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BLADE RUNNER DE SÍ MISMO
Enrique Symns es la voz, el texto y el pensamiento de la Argentina profunda. Es tan inteligente, tan auténtico, tan culto y valiente que los géneros (los espacios) le tienen miedo porque “es lo que escribe”, porque lo vivió y lo sigue viviendo. Es demasiado verdadero para que la literatura lo soporte y demasiado genuino (entre casi todos los adjetivos del diccionario) para que el periodismo lo tolere. ¿Qué es Enrique, entonces? Es el pensamiento nacional, el narrador de lo que realmente ocurre, el sátiro tierno que casi siempre molesta, pero merece ser el más amado de nuestros camaradas. Este libro no es una antología de Enrique, entre otros motivos porque Symns no tiene un prontuario literario propiamente dicho.
Soy buen amigo de asaltantes y bandidos, de toreros y de algún poeta. Pero la amistad de Enrique es un tesoro. Hay que rastrear a Symns en YouTube para escucharlo hablar, siempre variopinto, pero único, discurso vitalista, revolucionario, brillante y aleccionador. En esta obra podemos leer una gran versión de Enrique Symns cuando nos guía por Mar del Plata y las pensiones del Once. Este oráculo, narrador, periodista, declamador y valeroso ser humano se destapa con un texto brillante de fluidez especial cuando nos lleva por los senderos que él mismo camina. Cuando es él mismo y se expone a la brutalidad dulce de la calle en su versión más genuina, entre los intestinos de la ciudad-laberinto, Blade Runner de sí mismo y replicante frágil que vio aquello que nadie se atreve a —o desea— mirar. Es atrapante y atrapado, extraviado y encontrado. Una pata fuerte para la sustancia del rock, las crónicas de una Argentina en proceso de putrefacción lírica, el periodismo de trincheras sangrando y el principio de un pensamiento filosófico superado y suicida. Siempre vivo. Perfecta y realmente vivo.
Nadie sale vivo de aquí, pero Enrique Symns tiene más vidas que un gato y en este libro nos cuenta algunos instantes testigos de una poderosa mente, una poderosa alma.
ANDRÉS CALAMARO
EL HOMBRE QUE VOLVIÓ DEL INFIERNO
Entraba en la Redacción como si caminara por una cornisa, el paso apurado, al borde del tropiezo, el pucho en la boca o colgando de sus dedos largos y flacos, la misma mirada triste de abismo de sus personajes. En cuanto le pedían una nota, ya fuera entrevistar a una celebridad o meterse en las calles calientes de la jungla de asfalto, se iba con el mismo vértigo con el que había llegado.
Conocí a Enrique Symns en Crítica de la Argentina: lo miraba de lejos, su rostro curtido detrás del humo del cigarrillo, con esa actitud defensiva de los tipos que han sufrido. Tipos que no necesitan una pistola para ser duros. Por entonces no me acercaba a hablarle, porque el mito decía que Symns podía ignorarte o patearte como una rata apestosa. Un amigo me contó que un día lo vio sentado en un banco de Parque Lezama y le preguntó por el Indio Solari. Según él, Symns lo mandó a la mierda y siguió mirando las palomas y a los pibes que jugaban a la pelota.
Tiempo después me enteré de que Enrique vivía en Mar del Plata, mi ciudad natal. Yo había leído dos crónicas magistrales sobre la mal llamada Ciudad Feliz: él mostró el lado más oscuro y oculto, el del drama existencial, el de las almas errantes, el de los barcos oxidados y el puerto pestilente, el del invierno que quiebra la piel de los que caminan como zombies de un destino que no existe. Supe que escribía contra el tiempo, que tiene dos libros inhallables (Los Tres y La represión sexual en el franquismo), un libro quemado (con cuentos infantiles, según él) y tres inconclusos (“Adiós muchachos”, “Mala suerte” y “El día que mataron a Enrique Symns”), que vivía en hoteles de mala muerte, que a veces comía salteado y que nunca perdió su dignidad. Eso me llevó a recordar una frase que John Cheever plasmó en sus diarios: “El alma del hombre no se refleja en granjas acogedoras ni en monumentos, sino en cuartos malolientes y oscuras pensiones”.
Compartí momentos inolvidables con Enrique. Charlas íntimas, enseñanzas, paseos por bares y restoranes, proyectos en común, vinos tintos y blancos, fernet o campari. Aunque una vez, el día de su cumpleaños, me dijo que no tenía motivos para vivir y que quizá lo mejor sería que la Parca se lo llevara de este sitio inmundo, al rato estábamos brindando porque nunca había dejado de escribir. “Escribir es más importante que vivir, somos más lo que escribimos que lo que somos”, me dijo cuando le conté que me sentía atravesado por una historia policial.
Una vez, Enrique contó que en el sueño más hermoso que había tenido en su vida volaba liviano por un cielo sin nubes. Este libro es parte de ese vuelo.
Más allá de que en sus textos critica a los que se someten a la rigidez del tiempo (“el presente es el recuerdo que el futuro tiene del pasado”, escribió), Enrique es puntual y ansioso por naturaleza. Ahora parece temerle a la noche —su vieja amiga de excesos sepultados— y a Buenos Aires, la ciudad de sus historias. Pero vuelve a los lugares donde fue feliz, como si fuese esclavo de lo que escribió una vez: “Siempre hay que volver”. Y reaparece en Once o San Telmo. “Cuando regreso a esos sitios inmundos, lo que me acuerdo de mí es cuando yo era yo”, confesó una tarde de confesiones junto a su amiga Julieta Ortega, de quien escribió que “tiene una mirada conmovedora. Hay en sus ojos un fondo de tristeza que es un paisaje que ella adjudica al provincianismo y yo a su esencia”.
Buenos Aires cada vez le duele más. Para él, es una mala ciudad para el dolor. En uno de sus retornos a la Ciudad de la Furia, volvió a monologar como en los tiempos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Subió al escenario con dificultad, pero al recitar sus textos fue invadido por una energía especial. Cósmica, diría él. La música acompañaba y él se desgarraba a medida que hablaba, subía la voz, hacía silencios, lloraba, reía, gritaba; porque sentir es una herida.
En otro de sus viajes nos juntamos en un comedero de la avenida Corrientes para darle forma a este libro. Y Enrique reveló que había vuelto a los lugares de su pasado: el Bar Británico de San Telmo y Parque Lezama eran algunos de ellos. “El pasado fantasmiza”, dijo con la voz quebrada y los ojos llorosos. Recordar —ha dicho alguna vez— es olvidar. Pero esa melancolía atroz al rato se volvió tibia esperanza cuando salió a la calle a fumar y vio las caras extrañas de los que iban y venían por la avenida que nunca duerme. Enrique ya sentía ganas de escribir sobre esos seres con los que nos cruzamos a diario.
Symns está dispuesto a vivir para escribir. Y sabe que escribir es no hablar: es como gritar en silencio. Se escribe para olvidar o ser olvidado. O para recordar. El que escribe se libera o se desangra. Escribir es un camino de ida: después de la primera frase, uno nunca vuelve a ser el mismo; puede ser desesperante o esperanzador. Porque, como escribió William Burroughs, “has de estar en el Infierno para ver el Cielo”. Porque hay instantes en que las palabras brotan como pecados que caen unos sobre otros. “No puedo escribir sin sexo, ni cocaína ni alcohol”, me dijo una vez. Pero el tiempo demostró que su escritura podría existir sin ningún artificio, antídoto o veneno. La chispa de Enrique está intacta, y en el ritual de la creación los espectros del olvido son asesinados cada día por una pistola invisible que se dispara en silencio.
Este libro demuestra que su escritura late. Aquí hay textos publicados en Crítica de la Argentina, en las revistas C, La Mano, Rolling Stone, Mavirock, THC, Orsai. También se incluyeron notas de El Porteño y El Cazador.
Además de escritor, Enrique es un periodista multifacético. En la mítica Cerdos & Peces fue capaz de escribir con varios seudónimos, y no pocos lectores creyeron que se trataba de autores distintos, hombres o mujeres. En C demostró otro de sus fuertes: su talento para entrevistar. Ante los entrevistados se vuelve un espejo que refleja las miserias y las virtudes del otro. Es como si los reporteados hablaran solos, o lo hicieran para sus adentros. Y en ese juego surgen confesiones impensadas, que Symns logró con el simple oficio de escuchar, en un mundo donde cada vez se escucha menos. O, como él dice, se dialoga con los oídos. Y en esas partidas de ajedrez, el otro se desnuda ante el grabador, cuenta lo inconfesable, habla a través del inconsciente vuelto lenguaje. Y Symns no los delata: los muestra tal cual son. Sin caer en la moral barata de muchos entrevistadores que preguntan desde lo políticamente correcto.
Y en esa charla que parece entre amigos, es capaz de querer saber si Pettinato labura por la guita, o decirle a Pergolini que tiene los ojos tristes que vio en psicópatas y asesinos; preguntarle a Capusotto si a su mujer no le jode que se masturbe, o en medio de una entrevista confesarle a Cecilia Roth: “Vos en mi percepción más íntima seguís siendo una hembra. Algo de mí calcula tu culo o mensura tus tetas. Los hombres somos depredadores sexuales o en todo caso mendigos del deseo”.
Symns conoce los senderos que conducen al abismo. Viajó al infierno y pasó allí más de una noche porque no conseguía pasaje de vuelta. Olfateó la cobardía de seres miserables, y la valentía de los que preguntan dónde está el miedo para ir a buscarlo. Saló sus heridas y saltó al indómito vacío con piruetas del olvido. Sin rumbo, ni fe ni esperanza. En este libro se reproducen crónicas inolvidables sobre territorios calientes: el Once mundano, el Soldati heavy, la noche después de Cromañón, los panaderos, los libreros y los buscadores de oro. Enrique se va del otro lado. Se mezcla con los protagonistas. Escucha y vive lo que le cuentan. Y después vuelve a este lado para contar la historia. Una historia en la que mete el cuerpo y el alma. Hay oscuridades que son imposibles de atravesar sin salir oscurecido. Y la angustia, a veces, no es más que la desesperación en cámara lenta.
Hay aquí laberintos que habitan los personajes extraviados del universo Symns: locos soñadores, sabios pistoleros, jóvenes con los ojos envenenados y miradas de araña, parias sin refugio, poetas malditos incurables. Marginales —como dijo alguna vez— que se desarrollan como plantas en lugares oscuros y baldíos abandonados de la cultura. La alcantarilla también puede ser una visión del mundo.
En tiempos en que las redacciones se volvieron grises oficinas y los periodistas cada vez salen menos a la calle a buscar historias, o pasan el día en las redes sociales, Symns nos invita a seguir soñando con el periodismo. Zamarrea nuestro letargo. Nos ordena que dejemos de calentar sillas. Que nos embriaguemos con el maldito aroma del maldito mundo. Que escuchemos y escribamos como si viéramos los hechos por primera vez. Que no guardemos secretos. Los nuestros.
La leyenda de Symns sigue vigente. Ese hombre de mirada huidiza, de ojos grises saltones que infunden respeto, ese hombre hosco que puede echarte de su mesa con un grito, no es más que un niño. Un niño perdido en el cuerpo de un hombre. Una víctima, como todos, del sistema que asesina la niñez. En el fondo, Symns sigue siendo el niño que juega con el barco de papel. Escuchemos a ese niño. Escuchemos los secretos que nos revela al oído.
RODOLFO PALACIOS
TERRITORIOS
ANARCO CORONADO
Siempre en domingo.
Feliz en su amargura existencial del agujero sin final, sabiamente reparado en un eterno instante que colmó todo el vacío.
¡El Linyera Rey!
Arquetipo dispar, que en nada nos hace recordar el futuro olvido.
Él es y será nonato, y a su vez el eslabón esencial para la vida sobre el Planeta Muerte.
Cuánta grandeza en su insignificancia de niño, encerrado en esa cárcel-cuerpo de un hombre.
Sed insaciable en su desértica existencia inundada de placeres.
Hambre troglodita en la orgía hedonista sin comienzo ni final.
Enormes estructuras invisibles bifurcan las uniones del bien y el mal, y solo por hoy haremos la excepción.
Así, como quien no quiere la cosa, como un gran intuitivo racional en extinción,
dueño de una lectura anticipada de los acontecimientos que nunca sucederán,
percibe de una manera cuántica el velo íntimo de cualquiera,
y se ríe de sí mismo,
para poder seguir riéndose de sus prójimos.
Sensei puro y duro.
Como un sabueso sin olfato
persigue ciegamente los destellos apagados
de una realidad plebeya.
Cuando piensa dentro de sus sueños,
vuela de forma religiosa,
y eso es lo más vital para su mundo literario.
Ambiente que acompaña a diario con el flagelo eterno de su lucidez,
como una epifanía ennegrecida por su infalible visión cosmogónica.
El gran adivino de todos los tiempos
que encontramos sin buscar en nosotros mismos.
Ese es para mí el Gran Enrique Symns.
DANIEL MELINGO
EL ONCE NOCTURNO, COMO HONG KONG
En la década de 1970 alumbró su mayor y primer ícono rockero, el mítico bar La Perla, donde se compuso “La balsa”. Hoy, los laberintos del barrio se cubren de marginalidad, delito, de bares donde descansan las prostitutas; y hay un enjambre de niños y adolescentes fumadores de restos de pasta base de cocaína, y una colonia de emigrados peruanos que cambió la fisonomía étnica del Once. Sin embargo, algunos personajes sobreviven como hace veinticinco años.
Ese pequeño y laberíntico Hong Kong que es el barrio del Once Nocturno tiene un epicentro, un eje, un inconfundible obelisco, y es el bar La Perla, en la esquina de Jujuy y Rivadavia. Posiblemente no gane el primer puesto en la competencia de antigüedad: está abierto desde mediados de la década de 1960. Y casi seguramente su aspecto en la adolescencia ha sufrido más transformaciones que el Bar Británico en San Telmo o el bar La Paz de la calle Corrientes. Sobre el cementerio donde nació “La balsa” ahora se levanta un hotel de cierto lujo, un cómodo restaurante con una carta internacional y un bar que cuenta con el mejor salón de fumadores de todos los que he visitado. A pesar de los cambios, el mozo, cuyo nombre es Vicente, igual que hace casi veinticinco años, todavía me sirve el café. Él y yo somos los únicos sobrevivientes del remoto pasado.
“Enrique… son más de veinticinco años... deben ser veintisiete”, me aclara enseguida Vicente. “Llevo veintisiete años trabajando todos los días en este lugar”. Robusto, muy grandote, con brazos de rugbier, cariñoso, humilde, Vicente guarda un recuerdo mil veces más preciso que el mío sobre el escenario caótico, creativo, delirante e interactivo que se desplegaba entre los parroquianos de todas las mesas durante el transcurso de gran parte de las noches de la década de 1980. Fue la mejor época de La Perla, aunque en la puerta del baño haya hoy una placa que les recuerda a los turistas el lugar en donde Litto Nebbia y Tanguito compusieron uno de los temas más célebres del cancionero popular argentino. Misteriosamente, toda la opulencia y elegancia del bar se extingue al atravesar la puerta para ir a mear. El baño sigue siendo la misma porquería incómoda y maloliente donde meábamos hace treinta años.
Tal como los malandras que se refinan, La Perla, acosado por la peligrosidad de la zona, cierra sus puertas a las diez de la noche. Así que para seguir bailando hay que atravesar la plaza y tomarse un trago en el bar que usan las putas de la noche para descansar o para compartir el fracaso de las cada vez más frecuentes jornadas sin trabajo. El bar, abierto las veinticuatro horas, está sobre la calle Catamarca, frente a la antigua terminal de ómnibus internacional, ahora transformada apenas en un paradero de bondis locales. Como en casi todos los boliches de la zona, la prohibición de fumar la obedecen las moscas y las cucarachas. No imagino a ningún inspector de la municipalidad atreviéndose a entrar con su talonario de multas. Es que el Once Nocturno es más peligroso y salvaje que Hong Kong. Aquí no rigen los códigos morales y sanitarios de los burócratas. La gente que anda por aquí ha decidido que a su salud la cuide Montoto.
El vendedor de diarios de la esquina de Mitre y Pueyrredón es trotskista, y desde la noche en que me vio usando una remera (que me habían prestado) con la figura de Salvador Allende y Pablo Neruda abrazados no me permitió pagar ninguno de los viejos ejemplares de El Tony, D’Artagnan o Fantasía que yo iba a comprar.
El hall de la estación tiene su propio pueblo nocturno. Los vendedores callejeros de factura barata y chipá, los quiosqueros madrugadores esperando el camión, los pasajeros que quedaron colgados y esperan el primer tren de la mañana, borrachos y peleadores, mendigos y vagabundos, empleados del ferrocarril y policías a punto de iniciar o terminar su turno conforman la pequeña y mutante población de esa diminuta ciudad que es la estación de trenes.
El pedazo de selva más enmarañado y espinoso nace en el túnel que pasa bajo las vías en la calle Jean Jaurès y que comunica la desaparecida calle Mitre (secuestrada por las ruinas de Cromañón) y la calle Perón. Hace unos años era realmente peligroso atravesar ese túnel a la noche sin correr el riesgo de ser tajeado, asaltado o violado por la horda de desclasados que establecieron allí su morada nocturna. La presión de los vecinos logró que el gobierno de la ciudad y la policía expulsaran al enjambre de niños y adolescentes fumadores de paco y navajeros, púberes hermosas de facciones atigradas escapadas de algún penitenciario o fugitivas de un hogar aterrador, locos de remate tratando de representar el papel de porongas con un cuchillo en la mano, y también grupos familiares que fueron expulsados del mercado laboral y de las villas, y pateados de calle en calle hacia el bajo fondo de la ciudad. Pero bajo el doméstico pasto que sembraron las autoridades sobre ese ficticio jardín, aguardaban los yuyos. Las hordas regresaron. Atravesé el túnel junto al fotógrafo. Una hermosa rubia de no más de 25 años yacía en uno de los colchones exponiendo sus abundancias. Del otro lado de la calle, una pareja de adolescentes dormían semidesnudos y abrazados al sueño del paco. La bombachita azul de la niña era observada por los ojos obscenos del tráfico.
Pero Jean Jaurès es una calle imprescindible. Desde Perón y hasta la avenida Corrientes está plagada de cuevas milagrosas. En la esquina de Jean Jaurès y Sarmiento, en un localcito de diminuto tamaño pero con amplias vidrieras, se encuentra la librería de libros usados más importante de la ciudad. Se llama Tercera Fundación y su dueño es Víctor Malamud. El local está atestado de libros. Más atrás de las vitrinas de exposición donde se exhiben bestsellers y novelas policiales, están los estantes y anaqueles donde se acumulan centenares de libros apilados sin orden alfabético, ni género, ni temática alguna. Allí están ocultas las joyas. Tú le dices a Víctor: “¿Es posible que tengas un ejemplar de Rock Springs de Richard Ford o los cuentos completos de Norman Mailer?”. Víctor —que tiene dificultades para caminar— te va guiando con su voz, como si jugara una partida de ajedrez a ciegas con Najdorf, hasta que lo encuentras. Hundido en su sillón y casi aplastado por los libros que lo rodean, Víctor se vanagloria: “Tengo algunas primeras ediciones y sobre todo libros antiguos, lo que ahora llaman raros, libros y autores agotados que nunca fueron reeditados”.
Permanecer una hora sumergido en la oscuridad de esa cueva puede resultar asfixiante. Hay que cruzar la calle para tomarse un fernet Cinzano en Lo de Pepe, en la otra esquina de Sarmiento y Jean Jaurès, invisible para los ojos de las multitudes cultas que visitan el Konex, a pocos metros del barsucho. Tiene una barra respetable, apenas siete mesas y un baño tan pequeño que solo puede entrar un cliente por vez. Para ir a mear hay que golpear la puerta. El alma de ese lugar es el mozo, José. Tiene el físico de Mike Tyson y su trompada debe poseer una potencia equivalente. Su rostro es fiero, le faltan algunos dientes. Su cuerpo está cubierto de cicatrices. Nació, creció y se hizo de la pesada en esa esquina. De pibe estuvo involucrado en tremendos tiroteos, creyó ser capo y en la cárcel le avisaron que era apenas un drogón. En aquellas remotas épocas José fue el terror del barrio. Uno de esos tipos que te convenía esquivar si lo veías venir. Atravesado por la luz misteriosa del amor de una mujer, el monstruo se convirtió en ángel. Si no te cuenta su historia, te parece imposible imaginarlo agresivo. José es uno de esos amigos del alma que mi alma tiene la suerte de contar. Lo de Pepe, más que un bar, es un club privado. Los clientes —el médico jubilado, el taxista gritón, el tartamudo, los “gerentes” (cuatro tipos que comen y beben lo más caro que puede vender el cuchitril), las maestras—, esa gente está en el bar todos los días de todos los meses de todos los años. Si eres un extraño, claro que puedes beber y comer y saciarte. Pero si un intruso se atreve a creer que puede integrarse a la conversación de los socios, será José quien le ponga los puntos y lo obligue a mantenerse callado en el rincón del silencio de todas las visitas.
En el atardecer de la calle Jean Jaurès, desde Sarmiento hasta Corrientes, esas tres calles se pueblan de pequeños comederos, el Mundo Perú comienza a mostrar su periferia. En esos cuchitriles, además del ají de gallina o del pisco sauer, hay cabinas telefónicas para llamar a otros países casi por monedas, y desde recónditas escaleras descienden preciosas adolescentes morochas, de pechos erguidos y culos apenas escondidos dentro de pequeñas bombachitas. En ese lento anochecer del atardecer, casi sin que te des cuenta, te ves rodeado de los vendedores de paco que merodean los colmados cibercafés y los kioscos de cigarrillos que cuando los clausuran por vender alcohol igual siguen vendiendo alcohol.
Como en la selva o como en los bosques, en cuanto el anochecer ciega la tarde, todas las bestias libres y salvajes de la calle Jean Jaurès salen a alimentarse.
LA LEYENDA DEL VIEJO JUAN
Hace muchos años que vivo, de mudanza en mudanza, en pensiones y hoteles de mala muerte en los que pude conocer en su intimidad —en un recorrido ciertamente no elegido y del que siempre intenté escapar— los laberintos habitacionales donde los bravos pobres de la urbe consiguen sobrevivir.
En 2006, sin embargo, como consecuencia del desastre de Cromañón, que expulsó a la clase media de sus inmediaciones, conseguí una habitación hermosa en el segundo piso de un edificio ubicado en la calle Perón 3045. Ese edificio, el follaje exuberante y casi selvático que crece en el pasillo central, los balcones y las barandas, su diseño casi de arquitectura cubana, ha sido el paraíso de los fotógrafos durante muchos años. Alguna vez fue de lujo. Hoy es una cueva lumpenal donde, como en algunas villas, conviven los legales con los ilegales. Cuando llegaba muy tarde, era posible encontrar un sendero de gotas de sangre que iban trepando por las escaleras hasta desaparecer en la penumbra de algún pasillo. Cuando atravesaba el jardín, no podía evitar cierto cobarde temor a los alacranes o escorpiones que la administración nunca consiguió exterminar o siquiera controlar su reproducción. Esos escorpiones (cuyo origen nunca fue aclarado, aunque la leyenda cuenta que llegaron en un tren de carga que descarriló en las cercanas vías), aun cuando los expertos opinan que su veneno es inofensivo, a veces se cargan un cachorrito de gato o de perro.
En el segundo piso, junto a la escalera, estaba la pensión donde me instalé y cuyo encargado era el Viejo Juan, una leyenda en el barrio. Su historia es bastante infrecuente, aunque aquello que lo tornó inolvidable en todo el vecindario fue su sonrisa. Nunca dejaba de sonreír. Enojado, deprimido, triste o aburrido, sonreía. Su risa era un faro de luz para las pobres gentes que colmaban el hotel, esa sonrisa iluminaba la penumbra de todas esas almas que trataban de vencer al implacable destino, que los derrotaba una y otra vez acorralándolos contra las rutinas de esa vida casi carcelaria que puedes hacer en una pensión.
Juan era correntino, en la juventud lo trajo a Buenos Aires su madre, que era la cocinera del Gordo Porcel. “Un gran hombre, un gran amigo —me contaba Juan—; todas las noches después de salir del teatro, el Gordo paraba el taxi aquí abajo y me gritaba: ‘Che, correntino dormilón, vamos a comer’”. A cincuenta metros de este edificio, en la esquina de Perón y Jean Jaurès, donde ahora se yergue una gigantesca ferretería industrial, había en aquellos años una famosa parrilla donde era habitual encontrar cenando a importantes miembros de la farándula.
Cuando lo conocí, el Viejo Juan vivía en un humilde pero luminoso cuarto no muy diferente al resto junto a la Chori, su compañera de toda la vida. A poco de casarse con ella, cuarenta años atrás, Juan se compró al azar un billete de la Lotería Nacional y se ganó la grande. No se compró nada. Durante cuatro o cinco años él y la Chori viajaron por todo el mundo, sin despilfarrar, yendo a hoteles de media estrella en Madrid, o viviendo en la casa de un pariente de un amigo en Lisboa. Cuando charlábamos en los almuerzos que me invitaba Juan en su cuarto, la Chori se acordaba de sus viajes en barco, de algunos paisajes europeos, pero lo que no podía recordar era la fecha de la última vez que había bajado los casi cien escalones que la separaban de la calle. Quizá llevara seis o siete u ocho años sin bajar a la calle desde que sus piernas se doblegaron y solo le permitieron caminar muy pero muy lentamente hasta el baño, la cocina o el balcón. Para la Chori, el mundo era solo un recuerdo.
El Viejo Juan, en cambio, con sus 78 años, bajaba todos los días, al mediodía, y se caminaba los ciento cincuenta metros que lo separaban del bar Lo de Pepe. Allí se embriagaba, se tomaba con lentitud pero con avidez una botella entera de vino tinto que le permitía flotar en el globo aerostático de una aventura imaginaria volando muy por encima de la venganza de la cirrosis que lo acosaba. La Chori jamás debía enterarse de que él bebía y mucho menos de que se fumaba sus seis o siete cigarros negros todos los días. Desesperado, algunas noches de insomnio me golpeaba la puerta y yo lo le daba aguante para que se fumara dos cigarros y se tomara de un saque un trago de la ginebra que yo bebía.
Al hacer esta nota me enteré de que el Viejo Juan apenas alcanzó a festejar este último Año Nuevo. A los pocos días la cirrosis se cobró venganza. Sin darse cuenta, dormido, su alma se extinguió en la nada.
La Chori, como si fuera una roca indestructible, sigue viviendo. Sin el mundo, sin su compañero. Los vecinos le cocinan y la llevan al baño y hasta la colocan frente a la ventana para que mire el paisaje de los trenes.
HISTORIAS HEAVIES DE SOLDATI
Es un barrio estragado por sucesivas crisis económicas, cambiado, muy caído. Por él se pasean desde los que revuelven las sobras del comedor escolar hasta personajes duros como el Pepo, el Panameño, Carloncha, y la dealer que le metió tres tiros al tipo que le robó. Un paseo por un territorio que se parece poco al sueño de la Buenos Aires blanca y radiante.
Hasta fines de la década de 1990 y durante veinte años, don Leandro trabajó en un kiosco de diarios y revistas en la esquina de Lacarra y Rabanal. Durante esos veinte años, en bicicleta, era el tipo que llevaba a las casas no solo diarios y revistas sino ciertos libros y entregas especiales que la clientela le encargaba. Llegaba a la parada a las cinco y media de la mañana y esperaba junto a su patrón la llegada del camión de reparto con los ejemplares. Después preparaba el recorrido y luego salía de ronda con su bicicleta. “El trabajo era duro, porque para hacer las entregas tenía que subir y bajar escaleras durante casi toda la mañana. Pero yo estaba entrenado y además iba desayunando en el camino, porque nunca faltaba un vecino que me convidaba una taza de café con leche y alguna factura”.
Don Leandro se limpia las manos en los pantalones con cierta vergüenza cuando me lo presentan. Sus manos están sucias y mojadas porque junto a otros tres compadres está revisando el contenedor de basura de la escuela, recogiendo las raciones de comida sobrantes del comedor, las descartadas por el vencimiento sanitario. Don Leandro tiene 73 años y nunca se recuperó del trauma que significó el cierre del kiosco. Fue en 2002, y el cierre le cayó como un rayo que incendió su existencia. Ahora duerme en un galpón o a veces a la intemperie, y come lo que va consiguiendo mientras recuerda como un sueño aquellos años felices.
Don Leandro es un botón de muestra de la caída que, un rato antes, fuimos percibiendo en el barrio, mientras caminábamos por las calles aproximándonos a los famosos bloques edilicios que se constituyeron en la primera villa de cemento. La familia del Turco Mohamed, ex jugador y actual DT de Colón de Santa Fe, sigue teniendo su casa en Pergamino y Corrales. Es la casa más fortificada de toda la calle.
