Bolívar

Marie Arana

Fragmento

CAPÍTULO 1. EL CAMINO HACIA BOGOTÁ
CAPÍTULO 1 EL CAMINO HACIA BOGOTÁ

Nosotros, tan buenos como ustedes,

lo hacemos nuestro señor y amo.

Confiamos en usted para defender nuestros derechos

y libertades. Y si no: No.

—Ceremonia de coronación, España, c. 1550[1]

Lo oyeron antes de verlo, el ruido de los cascos golpeando la tierra regular como el latir de un corazón, urgente como una revolución. Cuando surgió del bosque veteado por el sol, apenas pudieron distinguir la figura en el magnífico caballo[2]. Era pequeño, delgado[3]. Una capa negra ondeaba sobre sus hombros.

Los rebeldes lo observaron con desasosiego. Los cuatro habían estado cabalgando hacia el norte, esperando cruzarse con un realista que huía en la otra dirección, alejándose de la batalla de Boyacá. Tres días antes, los españoles habían sido sorprendidos por un ataque relámpago de los revolucionarios —descalzos, con ojos desorbitados— que bajaron de los Andes como un enjambre. Los españoles huían, dispersándose por el paisaje como un rebaño de ciervos asustados.

“Aquí viene uno de esos perdedores malnacidos”[4], dijo el general rebelde. Hermógenes Maza era un veterano de las guerras de independencia de la América española. Los realistas lo habían capturado y torturado[5] y estaba sediento de venganza. Espoleó su caballo y siguió cabalgando. “¡Alto! —gritó—. ¿Quién anda allí?”[6].

El jinete siguió a pleno galope.

El general Maza alzó la lanza y bramó su advertencia una vez más. Pero el extraño simplemente avanzó, ignorándolo. Cuando se acercó lo suficiente para mostrar nítida e inequívocamente sus rasgos, se volvió fríamente y le lanzó una mirada al general rebelde. “¡Soy yo![7] —gritó el hombre—. No seas tan tonto, hijo de puta”.

El general quedó boquiabierto. Bajó su lanza y dejó pasar al jinete.

Y así fue como Simón Bolívar cabalgó hacia Santa Fe de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, en la sofocante tarde[8] del 10 de agosto de 1819. Había pasado treinta y seis días recorriendo las llanuras inundadas de Venezuela y seis días marchando sobre las vertiginosas nieves de los Andes. Para el momento en que alcanzó el gélido paso, a tres mil novecientos metros, llamado páramo de Pisba, sus hombres a duras penas estaban vivos, iban mal vestidos[9] y se daban palmadas para recuperar su deficiente circulación. Había perdido a un tercio[10] de ellos a causa de las heladas o el hambre, la mayor parte de sus armas debido al óxido y hasta el último caballo por la hipotermia. Aun así, a medida que él y sus desaliñadas tropas bajaban tambaleándose por los peñascos, deteniéndose en los pueblos del camino, había reunido suficientes nuevos reclutas y provisiones para obtener una victoria contundente que, con el tiempo, vincularía su nombre a los de Napoleón y Aníbal. A medida que las noticias de su triunfo se propagaban, las esperanzas de los rebeldes se aceleraron y los españoles sintieron una fría punzada de miedo.

La capital del virreinato fue la primera en reaccionar. Al enterarse del avance de Bolívar, los agentes de la Corona abandonaron sus casas[11], posesiones y negocios. Familias enteras huyeron con poco más que las ropas que llevaban puestas. Maza y sus compañeros escucharon las ensordecedoras detonaciones[12] cuando los soldados españoles destruyeron sus arsenales y huyeron hacia los cerros. Incluso el cruel y malhumorado virrey, Juan José de Sámano, disfrazado de humilde indígena con una ruana y un sombrero sucio, abandonó la ciudad presa del pánico. Sabía que la venganza de Bolívar sería rápida y severa. “¡Guerra a muerte!”, había sido la consigna del Libertador; después de una batalla había exigido la ejecución a sangre fría[13] de ochocientos españoles. Sámano entendió que él también había sido despiadado[14] al ordenar la tortura y exterminio de miles de hombres a nombre del trono español. Desde luego, las represalias seguirían. Los partidarios del rey salieron de Santa Fe, como se llamaba Bogotá en ese entonces, inundando los caminos que conducían al sur, vaciando a Santa Fe hasta que sus calles quedaron en un espantoso silencio y los únicos residentes que quedaban estaban del lado de la independencia. Cuando Bolívar supo esto, saltó sobre su caballo, ordenó a sus edecanes que lo siguieran y avanzó prácticamente solo[15] hacia el palacio virreinal.

Aunque Maza había combatido al lado del Libertador años atrás, ahora difícilmente reconocía al hombre que pasaba frente a él. Estaba demacrado, sin camisa[16], con el pecho desnudo bajo una harapienta chaqueta azul. Debajo de la gastada gorra de cuero, la cabellera era larga y gris. La piel estaba áspera por el viento y bronceada por el sol. Los pantalones, antes de un escarlata oscuro, se habían desteñido a rosa mate; la capa, que le servía de cama, estaba manchada por el tiempo y el barro.

Tenía treinta y seis años y, aunque la enfermedad que le quitaría la vida ya circulaba por sus venas, parecía animado y fuerte, lleno de una energía ilimitada. Mientras atravesaba Santa Fe y bajaba por la Calle Real, una anciana corrió hacia él. “¡Dios me lo bendiga, fantasma!”[17], dijo, percibiendo —a pesar del aspecto desaliñado del Libertador— su singular grandeza. Casa por casa otros se arriesgaron a salir, primero tímidamente y luego en una creciente masa humana que lo siguió hasta la plaza. Desmontó con un ágil movimiento[18] y subió los escalones del palacio.

A pesar de su menguado físico —un metro con sesenta y siete[19] y apenas 59 kilos—, el hombre poseía una innegable intensidad. Sus ojos eran de un negro penetrante y su mirada inquietaba. La frente era profundamente arrugada, los pómulos altos, los dientes uniformes y blancos; la sonrisa, sorprendente y radiante. Los retratos oficiales presentan a un hombre menos imponente: pecho magro, piernas increíblemente delgadas, manos tan pequeñas y hermosas como las de una mujer. Pero cuando Bolívar entraba a una habitación su poder era palpable. Cuando hablaba, su voz motivaba. Tenía un magnetismo que parecía empequeñecer a los hombres más recios.

Disfrutaba de la buena cocina, pero podía aguantar días, incluso semanas de hambre severa. Pasaba jornadas agotadoras a lomos de su caballo: su resistencia como jinete era legendaria. Incluso los llaneros, domadores de caballos de las recias llanuras venezolanas, lo llamaban con admiración “Culo de Hierro”. Como ellos, prefería pasar las noches en una hamaca o envuelto en su capa sobre el suelo desnudo. Pero se sentía igualmente cómodo en un salón de baile o en la ópera. Era un soberbio bailarín de conversación ingeniosa, un cultivado hombre de mundo que había leído mucho y podía citar a Rousseau en francés y a Julio César en latín. Viudo y con juramento de soltería, también era un mujeriego insaciable.

Cuando Bolívar subió las escaleras del palacio virreinal en el bochorno de aquel día de agosto, su nombre ya se conocía en todo el mundo. En Washington, John Quincy Adams y James Monroe no lograban decidir si su incipiente nación, fundada en los principios de autonomía y libertad, debía apoyar la lucha de Bolívar por la independencia. En Londres, curtidos veteranos de la guerra de Inglaterra contra Napoleón se enrolaron para luchar por la causa de Bolívar. En Italia el poeta lord Byron puso a su bote el nombre de Bolívar y soñaba emigrar a Venezuela con su hija. Pero faltaban cinco años más de carnicería para expulsar a España de las costas latinoamericanas. Al final de aquella guerra salvaje y humillante, un solo hombre recibiría el crédito por concebir, organizar y liderar solo la liberación de seis naciones: una población un cincuenta por ciento mayor[20] que la de América del Norte, una masa del tamaño de la Europa moderna. Los obstáculos que superó —una formidable potencia mundial consolidada, vastas áreas de naturaleza inexplorada, las lealtades divididas de muchos pueblos— habrían desanimado a los generales más hábiles al mando de los ejércitos más poderosos. Pero Bolívar nunca había sido soldado. No había recibido entrenamiento militar formal. Sin embargo, con poco más que voluntad y genio de líder, liberó a gran parte de la América española y sembró el sueño de un continente unificado.

A pesar de todo esto era un hombre muy imperfecto. Podía ser impulsivo, testarudo, lleno de contradicciones. Hablaba con elocuencia sobre la justicia pero no siempre fue capaz de impartirla en el caos de la revolución. Su vida sentimental encontraba la manera de desbordarse al dominio público. Tenía problemas para aceptar las críticas y le faltaba paciencia en las discrepancias. Era particularmente incapaz de perder con elegancia en las cartas. No sorprende que a lo largo de los años los latinoamericanos hayan aprendido a aceptar las imperfecciones humanas de sus líderes. Bolívar se lo enseñó.

Al crecer la fama de Bolívar, se le conoció como el George Washington de América del Sur[21]. Había buenas razones para ello: ambos provenían de familias adineradas e influyentes; ambos eran ardientes defensores de la libertad; ambos fueron héroes de guerra, pero aprensivos para dirigir la paz; ambos se negaron a convertirse en reyes; ambos afirmaron que querían regresar a la vida privada pero se les llamó a edificar gobiernos. A ambos se les acusó de ambición desmedida.

Allí terminan las semejanzas. La acción militar de Bolívar duró el doble de la de Washington. El territorio que cubrió era siete veces más grande y abarcaba una asombrosa diversidad geográfica: desde selvas infestadas de caimanes hasta los confines nevados de los Andes. Además, a diferencia de la guerra de Washington, Bolívar no habría podido ganar sin la ayuda de las tropas negras e indígenas. Su éxito para unir a todas las razas alrededor de la causa patriota fue el punto de inflexión en la guerra por la independencia. Es justo decir que dirigió tanto una revolución como una guerra civil.

Pero quizás lo que más distingue a estos hombres puede verse con mayor claridad en su obra escrita. Las palabras de Washington fueron medidas, eminentes, dignas, producto de una mente cautelosa y deliberada. Los discursos y la correspondencia de Bolívar, por el contrario, fueron ardientes y apasionados, y representan algunos de los mejores escritos de las letras latinoamericanas. Aunque casi siempre escribió con premura —en los campos de batalla y por los caminos—, su prosa es lírica y a la vez majestuosa, inteligente pero históricamente fundamentada, electrizante pero profundamente sabia. No es exagerado decir que la revolución de Bolívar cambió el idioma español, pues sus palabras marcaron el comienzo de una nueva era literaria. El viejo y polvoriento castellano de la época, con sus florituras y sus engorrosas locuciones, en su notable voz y pluma se convirtió íntegramente en otra lengua: imperiosa, vibrante y joven.

Hay otro contraste importante: a diferencia de la gloria de Washington, la de Bolívar no duró hasta la tumba. Con el tiempo, la política en los países que Bolívar creó se volvió cada vez más inmanejable, sus detractores cada vez más vehementes. Finalmente llegó a creer que los latinoamericanos no estaban preparados para un gobierno verdaderamente democrático: abyectos, ignorantes, recelosos, no comprendían cómo gobernarse a sí mismos, habiéndoles arrebatado sistemáticamente esa experiencia sus opresores españoles. Lo que necesitaban, según él, era la mano dura de un ejecutor estricto. Empezó a tomar decisiones unilaterales. Impuso un dictador en Venezuela y le anunció a Bolivia que tendría un presidente vitalicio.

Cuando tenía cuarenta y un años, los funcionarios de cada república que había liberado y fundado empezaron a dudar de su sabiduría. Sus asistentes —celosos y desconfiados de su extraordinario poder— declararon que ya no apoyaban su sueño de una América Latina unificada. Surgieron los regionalismos, siguieron las disputas fronterizas, las guerras civiles y, en los propios salones de Bolívar, las traiciones de capa y espada. Al final, vencido, no tuvo más remedio que renunciar al mando. Su cuadragésimo séptimo —y último— año terminó en la pobreza, la enfermedad y el exilio. Luego de entregar la totalidad de su fortuna personal a la revolución, murió pobre y devastado. Pocos héroes en la historia han recibido tanto honor, tanto poder y tanta ingratitud.

Pero en la tarde del 10 de agosto de 1819, mientras se hallaba junto al espléndido escritorio virreinal en el palacio de Santa Fe de Bogotá, las posibilidades de la América de Bolívar no tenían límites. El déspota español había salido tan de prisa de la habitación que había olvidado llevarse la bolsa[22] de oro que estaba sobre la mesa. De hecho, cuando Bolívar reclamó la reserva en pesos[23] que quedaba en la hacienda del virreinato, comprendió que la suerte estaba a su favor: su revolución estaba en pie para heredar todas las riquezas abandonadas de un imperio en decadencia. También heredaba un torbellino de caos político y social. En el término de unos pocos años, el yugo español de tres siglos impuesto sobre las Américas se había roto y comenzaba el viaje realmente difícil hacia la libertad.

LA TRAVESÍA DE LA VIDA DE SIMÓN BOLÍVAR había comenzado en 1783, un año plagado de acontecimientos. En un edificio, por lo demás anodino, de París, Benjamín Franklin y John Adams firmaban con el rey de Inglaterra un tratado que ponía fin a la revolución estadounidense. En el espléndido palacio de Versalles, la emocionalmente frágil María Antonieta perdía al ansiado hijo que había llevado en su vientre. En una austera academia militar del noreste de Francia, el entonces adolescente Napoleón desarrollaba gran interés por los juegos de guerra. En la antigua ciudad de Cuzco, el primo de Túpac Amaru II lideraba una violenta insurrección contra los españoles, por lo que fue torturado, asesinado y desmembrado. En un establecimiento de bebidas en Manhattan, George Washington daba por terminado su mando del ejército continental y se despedía calurosamente de sus oficiales.

Pero en la cálida ciudad de Caracas, aislada de las vicisitudes del Caribe por una cadena de verdes montañas, la vida era soñolienta. El 24 de julio de 1783, mientras el amanecer inundaba las ventanas de la majestuosa mansión de la familia Bolívar en el centro de la ciudad, el único sonido era el sereno goteo[24] del agua para beber filtrándose a través de la roca hacia una jarra en la despensa. Poco después cantaba el gallo, relinchaban los caballos y toda la casa, llena de niños y esclavos, estallaba en vivo alboroto mientras doña María de la Concepción Palacios y Blanco comenzaba a dar a luz.

Era una hermosa morena de cabello ondulado, cuya voluntad y fortaleza contradecían sus veintitrés años. Se había casado a los catorce con el coronel don Juan Vicente de Bolívar, un mozo rubio, alto y dueño de sí mismo, treinta y dos años mayor, cuyas depredadoras aventuras sexuales[25] lo habían llevado a menudo ante el obispo de Caracas[26]. Tanto él como ella habían aportado largas tradiciones de riqueza y poder al matrimonio: su elegante mansión en la calle San Jacinto y las extensas propiedades que habían heredado a lo largo de los años daban la medida de su posición en un mundo privilegiado. Aquel día de verano, mientras esperaban el nacimiento de su cuarto hijo, eran dueños de no menos de doce casas en Caracas y el puerto de La Guaira, una hacienda en expansión en el valle de Aragua, una mina de cobre, cultivos de caña de azúcar, huertos frutales, una destilería de ron, un negocio textil, plantaciones de cacao y añil, así como haciendas de ganado y cientos de esclavos. Estaban entre las familias más prósperas de Venezuela.

Según la costumbre latinoamericana, en un ritual que se remonta a quinientos años atrás, más tardó en conocerse la noticia de que doña Concepción estaba en trabajo de parto (el mensaje corrió de los sirvientes a los vecinos), que los amigos en reunirse en el salón de la casa[27] para esperar el nacimiento. A la hora en que nació el niño esa misma noche, una multitud festiva de simpatizantes brindaba por su salud: entre ellos se encontraban el obispo, el juez, los patriarcas de las familias de Caracas vestidos de terciopelo y un rico sacerdote que bautizaría al niño y en cuestión de meses le dejaría una fortuna. Se hallaban en la gran sala con los codos apoyados en pesados cofres y mesas de caoba tallada[28]. Las sillas estaban recubiertas de tapicería oscura; a los espejos les pesaba la decoración, las cortinas de damasco eran de color púrpura intenso y brillante y estaban coronadas con cornisas de oro bruñido. Los sirvientes ofrecían refrigerios en bandejas y bajo los brillantes candelabros la conversación era jovial y alegre. Uno a uno, los miembros de la familia entraron a la habitación contigua a la sala de estar[29], donde vieron a la pálida madre adornada con encaje blanco, sentada en la cama bajo un dosel de brocado. Junto a ella, en una cuna lujosa, dormía el niño.

Aunque anteriormente había tenido tres hijos sanos —María Antonia, quien entonces tenía seis años; Juana, de cinco, y Juan Vicente, de dos—, doña Concepción era consciente de que estaba enferma[30]. Tan pronto como le contó a don Juan Vicente sobre su embarazo, este ordenó que una de sus preciadas esclavas[31] se casara, concibiera y diera a luz a un niño casi al mismo tiempo, para que relevara a su esposa de la responsabilidad de amamantar al recién nacido. Era una práctica bastante común en la época. La esclava negra, Hipólita, demostraría ser una devota cuidadora cuyas tiernas atenciones el niño luego recordaría vívidamente e incluso glorificaría, pero el 24 de julio aún no había dado a luz y no tenía leche que ofrecerle al hijo de su amo. Durante las primeras semanas de la vida de la criatura, doña Concepción tuvo que depender de una de sus amigas más cercanas, Inés Mancebo —la esposa cubana[32] de Fernando de Miyares, quien luego se convertiría en gobernador general de Venezuela— para amamantar al niño. Frágil pero decidida, doña Concepción sobrellevaba su situación de la mejor manera. Todavía no tenía la piel amarilla y cerosa que delata a las víctimas de la tuberculosis. El pequeño círculo de íntimos que se reunía en su dormitorio confiaba en que la madre y el niño saldrían adelante.

Aunque los vivaces ojos azules de don Juan Vicente[33] brillaban mientras conversaba con amigos y familiares en el salón, tenían la misma mirada febril que su esposa. La tisis, ya se sabía, era frecuente en el mundo de aquella época, pero en pocas partes cundía tanto como en los sofocantes trópicos suramericanos. El coronel se acercaba a los sesenta pero parecía mucho mayor[34]; sin embargo, cuando el sacerdote le preguntó qué nombre quería darle a su hijo, respondió con energía juvenil[35]. “Simón”, dijo, y señaló la imagen del hombre cuyo rostro audaz y confiado dominaba la habitación.

EL RETRATO DE ELABORADO MARCO DORADO[36] sobre el sofá de don Juan Vicente era de Simón de Bolívar, “el Viejo” quien, casi dos siglos antes, había sido el primer Bolívar en emigrar de España. El Viejo no era ni mucho menos el primero de los antepasados del Libertador en alcanzar el Nuevo Mundo. Por parte de doña Concepción, el recién nacido también descendía de los poderosos Xedler[37], una familia de nobles alemanes que se habían establecido en Almagro, España, y habían adquirido intereses en las Américas. En 1528, Carlos V le había otorgado a un selecto grupo de banqueros alemanes el derecho a conquistar y explotar la costa norte de América del Sur. Su llegada marcó el inicio de una era despiadada, dominada por la búsqueda incesante de riquezas y, especialmente, del legendario Dorado, la “ciudad perdida del oro”. Otro de los parientes lejanos de la familia, Lope de Aguirre —el infame conquistador vasco conocido como el Loco—, había sembrado un caos asesino por todo el continente en pos de las mismas quimeras deslumbrantes.

Pero Simón de Bolívar, vasco de la ciudad de Marquina, había venido en una misión muy diferente. Llegó a Santo Domingo[38] en la década de 1560 como miembro del servicio civil real de España, cuyo propósito expreso durante esos años era imponer alguna disciplina a la salvaje bonanza en que se había convertido la América española. Santo Domingo era la capital de la isla caribeña de La Española, hoy en día Haití y República Dominicana. Como primera sede del gobierno colonial en las Américas, Santo Domingo fue durante ese período el área de preparación de una nueva y temeraria iniciativa para domesticar la ingobernable costa de Venezuela, donde tribus de indígenas hostiles y piratas rapaces arruinaban los esfuerzos de colonización de España. Con ese propósito, en 1588, el rey Felipe II otorgó al gobernador de la isla, Diego Osorio, la responsabilidad adicional de gobernar la provincia de Venezuela. Osorio decidió llevar a De Bolívar, para entonces su ayudante y escriba de confianza, a Caracas, con el fin de satisfacer los deseos del rey. Acompañado por su esposa y su hijo, De Bolívar se instaló generosamente en la incipiente ciudad y adquirió enormes extensiones de tierra mientras hacía lo que el gobernador le había ordenado.

Bajo los patrocinios de Osorio, De Bolívar se convirtió en regente y procurador de Caracas y contador general de Venezuela, y en virtud de dichos cargos navegó a España para informar sobre el estado de la “Tierra Firma”, como se conocía en ese entonces a América del Sur, al propio rey Felipe II. De Bolívar resultó ser un líder con bastante conciencia cívica. Introdujo proyectos agrícolas a gran escala[39] —hasta entonces desconocidos en esa zona de América del Sur— y, con la colaboración de la Iglesia, estableció un sistema de educación pública. Con Osorio concibió y construyó el puerto de La Guaira[40], lo que catapultaría increíblemente hacia el futuro la prosperidad de Venezuela. En 1592 ayudó a fundar el seminario que finalmente se convirtió en la Universidad de Caracas. De Bolívar construyó haciendas y creó nuevas fuentes de comercio; le dio a la ciudad su primer escudo de armas. También reglamentó el envío anual de mercancías entre España y el puerto de La Guaira, incluso el transporte de cien toneladas de esclavos negros del África. De esta manera, el primer Bolívar de América entró en la agitada historia del continente, no como aventurero o colono sino como emisario de alto rango de la Corona española.

Sin embargo, junto a este avance de la historia estaba el fortalecimiento constante de una jerarquía racial que definiría a América del Sur en la era moderna. Comenzó cuando los hombres de Cristóbal Colón desembarcaron en La Española y les impusieron su voluntad a los taínos. Al principio la reina Isabel y la Iglesia[41] censuraron la captura y masacre de los indígenas. Los hombres de Colón habían cometido atrocidades horrendas, quemado y destruido las aldeas de tribus enteras, secuestrado a los nativos para convertirlos en esclavos, desatado plagas mortales de sífilis y viruela entre la población.

Los sacerdotes que acompañaron las “misiones civilizadoras” de la Corona insistieron en registrarlo todo. Como resultado, el Estado intentó adoptar una postura firme contra cualquier tipo de violencia institucionalizada. Introdujo el sistema de encomiendas, por el cual se les asignó a los soldados españoles lotes de indígenas y, a cambio de la tarea de instruirlos en la fe cristiana[42], se les daba el derecho de ponerlos a trabajar en la tierra o en las minas. Los soldados a menudo eran duros y corruptos: mataban a los nativos que no cumplían con sus brutales exigencias por lo que, finalmente, el sistema de encomiendas tuvo que abolirse. Pero la idea de animar a los soldados a trabajar la tierra en lugar de vivir del saqueo abrió el camino a una nueva era de vida dedicada a las plantaciones.

En todo momento el Estado tuvo dificultades para hacer cumplir las leyes que prohibían la esclavitud. Incluso la reina tuvo que aceptar que, sin el uso de la fuerza física, los indígenas se negarían a trabajar y las minas, tan necesarias para la economía de España, dejarían de funcionar. No podía haber oro, ni plata, ni azúcar sin la subyugación sistemática de los indígenas americanos. En 1503, apenas una década después de que Colón pisara América, la reina se retractó de su desaprobación inicial de la esclavitud y decretó:

En la medida en que mi Señor el Rey y yo hemos ordenado que los indígenas que viven en la isla de La Española sean considerados libres y no sujetos a la esclavitud (…) le ordeno, nuestro gobernador (…) obligar a los indígenas a cooperar con los colonos cristianos en dicha isla, a trabajar en sus edificios, a extraer y recolectar oro y otros metales, y a trabajar en sus casas y campos de cultivo.[43]

En otras palabras, matar era un pecado cristiano y no se toleraría el genocidio, pero “forzar” a los rebeldes nativos era un mal necesario. Los colonizadores españoles entendieron la aprobación tácita. A pesar de la condena oficial de la esclavitud, el Estado había admitido que haría la vista gorda. Los indígenas continuaron siendo una mercancía para ser poseída y comercializada. Y aunque los marineros españoles y las mujeres indígenas se habían mezclado libremente desde el principio, se estableció una psicología de superioridad e inferioridad. Lo mejor era ser español —y lo peor ser indígena— en el Nuevo Mundo creado por Europa.

El fraile dominico Bartolomé de las Casas se mostró en desacuerdo con todo esto, especialmente con la inconsistencia moral sobre los esclavos. Antiguo propietario de esclavos que había sufrido una dramática conversión, lo enfurecieron las brutalidades que los españoles habían cometido con el pueblo taíno y los cargamentos de esclavos indígenas que Colón transportaba regularmente a España. “Los esclavos son la principal fuente de ingresos del Almirante”, escribió De las Casas sobre el descubridor[44]. Finalmente, en un exaltado reclamo a Carlos V, alegó que la barbarie institucionalizada había diezmado cruelmente a la población indígena: “Los españoles aun actúan como bestias voraces, matan, aterrorizan, afligen, torturan y destruyen a los pueblos nativos”.[45] En La Española habían reducido tres millones de personas a “una población de apenas doscientas”;[46] en la parte continental de América del Sur habían robado más de un millón de castellanos de oro[47] y habían matado a unas ochocientas mil almas. Una “profunda y terrible tragedia americana —la llamó él—, ahogada en sangre indígena y violencia”.[48] Para mitigar el daño —para evitar el agotamiento de estos “nativos humildes, pacientes y pacíficos”[49]—, abogó por que España comenzara la importación de esclavos africanos.

De las Casas se dio cuenta con el tiempo de la hipocresía de esa propuesta, pero no antes de que las colonias se transformaran en un comercio vivaz. Para la época en que Simón de Bolívar había convertido a sus hijos y nietos sin duda en los más ricos aristócratas terratenientes de Caracas, había diez mil esclavos africanos trabajando en los campos y plantaciones de Venezuela.[50] Los indígenas, menos capaces de trabajar al sol y fácilmente afectados por los golpes de calor, fueron enviados a trabajar en las minas.

Tan pronto como la Corona pudo imponer cierta apariencia de control, impuso estrictas divisiones entre las razas. Se puso en marcha un implacable sistema de dominancia racial. En la cúspide estaban los supervisores nombrados por la Corona, nacidos en España, como Simón de Bolívar; debajo de ellos, los criollos —blancos nacidos en las colonias—, como el propio hijo de Bolívar. Después venían los pardos, población de mezcla racial en constante crecimiento que era mestiza, en parte blanca, en parte indígena; o los mulatos, mezcla de blancos y negros; o los zambos, combinación de negros e indígenas. Como en la mayoría de las sociedades de esclavos, las etiquetas se diseñaron para todos los colores de piel posibles: cuarterones, quinterones, octarones, moriscos, coyotes, chamizos, jíbaros, y así sucesivamente. Para cada nacimiento la Iglesia registraría meticulosamente la raza, ya que había ramificaciones concretas para el color de la piel de un niño. Si era indígena estaría sujeto al tributo español, un impuesto que aplicaba la Corona; si no podía pagar, se vería obligado a saldar su deuda mediante trabajos forzados. Los indígenas también estaban sujetos a la mita, período de trabajo obligatorio en las minas o los campos. Muchos de ellos no sobrevivieron. Encadenados, agrupados en bandas[51], separados de sus familias, a quienes servían la mita a menudo se les enviaba muy lejos para satisfacer las exigencias del virrey.

También se obligaba a los indígenas a comprar bienes según las leyes de repartimiento. Los gobernadores les vendían alimentos y suministros, esperando a cambio que les pagaran con oro o plata. A menudo el resultado era un infame tráfico de mulas enfermas, alimentos en mal estado o productos defectuosos vendidos al doble o al triple del precio normal. A veces estos artículos eran absolutamente inútiles: se obligaba a los hombres indígenas, que no tenían vello facial,[52] a comprar navajas de afeitar. Se obligaba a mujeres que vestían paños tribales a comprar medias de seda. Las ganancias se recolectaban y enviaban a las arcas reales de Madrid.

Para los negros, la vida en la América española era igualmente cruel. Separados de su familia, su país, su idioma, fueron traídos como pescadores, buzos de perlas, trabajadores de cultivos de cacao y de azúcar. Eran bantúes de Angola y del Congo, o mandingas de la Costa de Oro. En el transcurso de poco más de doscientos años, los portugueses, españoles e ingleses vendieron aproximadamente un millón de esclavos en Suramérica. Despreciados en general como el peldaño más bajo de la jerarquía humana, dejaron una huella indeleble en la cultura. Se abrieron paso desde el trabajo manual agrícola hasta convertirse en los artesanos más expertos, de esclavas domésticas a amadas niñeras; pero solo fue hasta mucho después de la revolución de Bolívar que se les liberó al infinito caudal de las posibilidades.

A pesar de todos los intentos de España por retener el control absoluto de sus colonias, la mezcla racial era inevitable en un mundo forjado por conquistadores varones. Rápidamente —y por necesidad—, la Corona adoptó la actitud de que el matrimonio entre razas era aceptable siempre y cuando los hombres españoles pudieran convencer a las mujeres no españolas de dejarse bautizar como cristianas. A decir verdad, racialmente los españoles no eran europeos “puros”. Después de siglos de historia convulsa, su linaje contenía vestigios árabes, fenicios, africanos, romanos, vascos, griegos, ligures, celtas, alemanes, balcánicos y judíos. Pero una vez que comenzaron a mezclarse con los indígenas y los negros en las Américas, empezó a surgir una raza cósmica[53] representativa de todos los continentes. Cuando Simón de Bolívar, el señor español, llegó a Venezuela a fines del siglo XVI, la población era de cinco mil españoles, diez mil africanos y 350 mil indígenas;[54]. Doscientos años después, cuando nació el Libertador, según el antropólogo Alexander von Humboldt, Venezuela tenía ochocientos mil habitantes[55], de los cuales más de la mitad eran mestizos o mulatos. Hoy en día, más de dos terceras partes[56] de todos los latinoamericanos son mestizos. En ningún otro lugar de la tierra se ha forjado una civilización de semejante complejidad étnica en tan poco tiempo[57].

EN EL ARISTOCRÁTICO HOGAR DONDE NACIÓ SIMÓN BOLÍVAR la raza no era un tema relevante. Los matrimonios se habían arreglado durante mucho tiempo para garantizar a las generaciones futuras todos los privilegios que una estirpe aristocrática pudiera permitirse. Pero en 1792, cuando doña Concepción decidió buscar la aprobación oficial para obtener un título de nobleza que su suegro había comprado sesenta años antes, las rigurosas ruedas de la justicia de España se pusieron en marcha y comenzaron a aparecer secretas dudas sobre la pureza racial de la familia.

Para criollos como los Bolívar, un título de nobleza era un activo enormemente valioso. A pesar de la riqueza y la comodidad de que disfrutaban, los criollos eran ciudadanos de segunda clase, excluidos de las posiciones más poderosas del gobierno. Muchos de ellos anhelaban las ventajas singulares —la oportunidad de ocupar cargos, la posibilidad de mayores ingresos, la capacidad de ceder derechos hereditarios— que un marquesado o un título de barón podían conllevar. Cuando el abuelo del Libertador, Juan de Bolívar, se enteró en 1728 de que el rey Felipe V había donado un marquesado a un monasterio español para recaudar fondos para los monjes, compró el título directamente[58]. Le costó 22 mil ducados. Era así como se hacían los aristócratas.

Juan Vicente de Bolívar, su hijo, tenía todo el derecho a usar el título y llamarse a sí mismo marqués de San Luis, pero no lo hizo. Para él era suficiente ser Bolívar, descendiente de muchos ricos e ilustres Bolívar anteriores a él; bastaba para dominar las vastas propiedades que había heredado. Pero cuando Juan Vicente murió y doña Concepción decidió intentar oficializar el marquesado para sus hijos, se enteró de que el árbol genealógico de Bolívar no era tan prístino después de todo.

Resulta que la abuela de Juan de Bolívar había sido hija ilegítima de la unión de su bisabuelo, Francisco Marín de Narváez, y una criada. Que la sirvienta fuera blanca, parda o negra era incierto, nadie era capaz de decirlo, pero las estrictas leyes de sucesión españolas no permitían tales aberraciones, aparte de la espinosa cuestión de la raza. El título permaneció oficialmente en el limbo, fuera del alcance de los hijos de Juan Vicente de Bolívar. Poco les preocupaba. Con el tiempo eliminarían el “de” del apellido Bolívar, ignorando así el último marcador de nobleza.

La composición racial de Bolívar ha sido un tema de infinita fascinación para generaciones de historiadores, pero en última instancia el debate se reduce al color de esta única sirvienta y, finalmente, es mera conjetura. Algunos afirman que la criada personal de una rica matriarca caraqueña del siglo XVII probablemente era blanca; otros dicen que tuvo que ser mulata o mestiza. Una cosa es segura: no se habla de raza en los papeles o cartas de la familia. Y hay más: en su séptimo cumpleaños, la hija ilegítima heredó gran parte de la enorme propiedad de su padre. Cualquiera que haya sido el color de piel de su madre, cuando la pequeña Josefa Marín de Narváez cumplió los catorce años se convirtió en una joven con grandes posibilidades de casarse.

Los historiadores no son los únicos que discuten sobre el “nudo de Josefa Marín”. Tanto los promotores como los detractores políticos de Simón Bolívar lo han usado para apoyar puntos de vista opuestos. Para algunos, la madre de Josefa era una indígena de Aroa[59]; para otros, una esclava negra de Caracas[60]. Los críticos de Bolívar a menudo han planteado la cuestión racial para imputarle algún defecto de carácter. Sus discípulos lo ven como una forma de identificar a un grupo étnico con la grandeza. Pero si Bolívar tenía sangre africana en las venas, bien podía haber estado en la familia antes de que sus antepasados españoles pusieran pie en América. Si llevaba rastros de sangre indígena, probablemente no era diferente de muchos latinoamericanos que la llevan pero se consideran absolutamente blancos. Al final, la cuestión de la raza de Josefa sirve más como espejo de los polemistas de la historia que como posible indicio del hombre. A pesar de toda la tinta que se ha vertido en el tema, “el nudo de Josefa Marín” es poco más que un chisme sin fundamento.

Había, no obstante, razones muy reales para el chisme en la casa donde don Juan Vicente presidía sobre sus invitados y doña Concepción arrullaba a su bebé recién nacido[61]. El tatarabuelo de Simón no había sido el único de la familia en ejercer su droit de seigneur sobre las sirvientas. Su padre, don Juan Vicente, lo había hecho por años.

Don Juan Vicente de Bolívar y Ponte había nacido con una fortuna considerable, cuidadosamente acumulada por muchas generaciones de riqueza criolla. Había heredado la espléndida casa en la calle San Jacinto y las lucrativas plantaciones de cacao de nadie menos que de Josefa; una capilla lateral en la catedral de Caracas, de su bisabuelo Ponte; y la extensa hacienda azucarera en San Mateo de un legado que se remontaba al Simón de Bolívar original. De joven se había entrenado en las artes militares y a la edad de dieciséis años había servido al rey español defendiendo los puertos de Venezuela contra los invasores británicos[62]. A los veintiún años fue nombrado procurador de Caracas y tanto lo apreciaron las autoridades españolas que lo llamaron a la corte de Madrid, donde estuvo cinco años. Regresó a Venezuela en 1758 como hombre educado y sofisticado, y se le recompensó con responsabilidades aun más importantes. A la edad de treinta y dos años se había convertido en una verdadera institución.

También se había convertido en una especie de depredador sexual[63]. Regresó al imperio de su hogar de soltero con una gran disposición hacia el libertinaje. Comenzó a acosar a sus sirvientas y a exigirles favores físicos[64]. Elegía a las más atractivas y enviaba a sus maridos a expediciones lejanas. Emboscaba a las mujeres en dormitorios y tocadores, en los recovecos de su espaciosa casa. Las faltas eran tan descaradas, tan insidiosas —rayaban en la absoluta violación—, que sus víctimas no pudieron permanecer calladas. Cuando el obispo de Caracas hizo una visita pastoral a la plantación de San Mateo en 1765[65], comenzó a oír una letanía de quejas de las criadas de don Juan Vicente, así como de las esposas de los empleados varones.

Una afirmaba que la había obligado a ser su esclava sexual por tres años y estar a su entera disposición cada vez que él la deseara. Declaró que había al menos otras dos sirvientas de quienes abusaba de manera semejante al mismo tiempo; elegía entre ellas a su antojo, citaba a la infortunada a su habitación, luego cerraba la puerta y la deshonraba. Otra testigo, llamada Margarita, afirmó que la había asaltado en un pasillo y que, mientras la arrastraba a su habitación, le dijeron que venía visita y recapacitó. Aunque se había librado en aquella ocasión, Margarita admitió que había acabado por sucumbir; no se atrevía a cerrarle su habitación, “pues temía su poder y temperamento violento”[66]. La hermana de Margarita, María Jacinta, también le escribió una petición al obispo rogándole que intercediera por ella contra “ese lobo infernal que trata de tomarme por la fuerza y mandarnos a las dos al Diablo”[67]. Afirmó que don Juan Vicente la había estado importunando durante días para que pecara con él, hasta el punto de enviar a su esposo a una remota hacienda ganadera para poder llevar a cabo sus designios. “A veces me pregunto cómo hacer para defenderme de este hombre malvado —le dijo al obispo— y otras veces creo que lo mejor es simplemente decirle que sí, tomar un cuchillo y matarlo de una vez para librarnos a todas de este cruel tirano”.

El obispo se horrorizó tanto por las acusaciones que tuvo que discutirlas con el propio don Juan Vicente. Le sugirió al coronel que sus “maneras relajadas con las mujeres”[68] eran demasiado obvias para que la Iglesia las ignorara; se sabía que vivía en “un estado de desorden moral”. El obispo había tenido cuidado de advertirle a cada una de las testigos que era sumamente importante que sus relatos fueran del todo precisos, pero a medida que surgían los testimonios —convincentes, mutuamente corroborados— no le cupo la menor duda: don Juan Vicente era un réprobo moral. Había que detenerlo.

Pero el obispo también sabía que el acusado no era un ciudadano común. La posición de don Juan Vicente entre los criollos de Venezuela era de privilegio; sus honores y títulos provenían directamente de la corte de España. El obispo decidió recomendarles a las mujeres que se dedicaran a orar, que evitaran el contacto con su verdugo y tomaran un estricto voto de silencio. A don Juan Vicente le dio a entender que realmente no les daba crédito a las testigos pero que, si se seguían denunciando violaciones similares, se vería obligado a corregir a su señoría “con el rigor de la ley”[69]. Le aconsejó cesar cualquier comercio con mujeres y contactarlas solo a través de los oficios de un sacerdote. La advertencia del obispo tenía un corolario claro e inevitable: la Iglesia no toleraría una queja más. Era hora de que don Juan Vicente se casara.

CUANDO MARÍA DE LA CONCEPCIÓN PALACIOS Y BLANCO se casó con don Juan Vicente a la edad de catorce años, no era más joven que las otras novias de su clase en Venezuela: se sabía que los aristócratas americanos casaban a sus hijas desde los doce años. Podían internar en el convento a una niña de cuatro años[70] y sacarla ocho años después para que intercambiara votos de por vida con un niño de dieciséis.

Estos eran los mantuanos, la clase criolla más alta, a la que pertenecían los Bolívar y los Palacios. Ricos, blancos y excepcionalmente favorecidos, eran la columna vertebral del imperio español en Venezuela, y supervisaban todos los activos de la colonia al mando de todas sus tropas. En Caracas se decía que nueve familias integraban sus filas. Los mantuanos lucían escudos de armas tallados en grandes losas sobre sus puertas. Usaban elegantes sombreros y bastón. Sus esposas eran las únicas a quienes se les permitía usar mantillas o mantuas, unos velos que marcaban su estatus mientras paseaban por la ciudad en elaboradas y doradas literas cargadas por esclavos negros. Por doquiera que pasaban, diminutas campanillas cosidas a sus faldas anunciaban su proximidad.

Nunca sabremos con certeza cómo lograron los padres de Concepción concertar su matrimonio con el eminente y poderoso libertino de cuarenta y seis años que era don Juan Vicente, salvo que tenían una ventaja estratégica: eran sus vecinos. Los Palacios vivían justo detrás de los Bolívar, en la esquina de la calle Traposos, a pocos metros de distancia[71]. Caracas era chica, apenas catorce cuadras en un sentido y doce en el otro. En el pequeño cuadrante donde vivían los Palacios y los Bolívar las familias de la elite se conocían de cerca[72] y con frecuencia las emparentaban varias generaciones de matrimonios. Cabe asumir que en el mundo cerrado e insular de la vida de la Caracas dieciochesca, don Juan Vicente se enterara al regresar de Madrid que acababa de nacer una bebé en la familia Palacios. El padre era apenas cuatro años más joven que él, después de todo, y su colega militar. Ambos eran eminentes mantuanos, activos en la vida pública de Caracas. Teniendo tanto en común con el padre, don Juan Vicente tuvo sin duda la oportunidad de echarle un vistazo a la hija. Con el paso de los años y al llegar Concepción a la pubertad, don Juan Vicente se dio cuenta de que era una niña alegre y hermosa.

Comoquiera que se concretara el tema del matrimonio, hubo acuerdos nupciales, dos familias influyentes se unieron y don Juan Vicente sentó cabeza a una tranquila y casi letárgica vida conyugal. Doña Concepción se dedicó a los deberes de la mujer casada. Habiendo crecido en un hogar bullicioso junto a diez hermanos, la casa de los Bolívar, con todas sus hermosas habitaciones, debe de haberle parecido un lugar melancólico, tan oscuro e inhóspito como una tumba. Abrió las puertas a los patios y llenó de luz sus pasillos. Decoró los pesados aparadores con abundantes flores. Llenó el aire con música[73]. Al llegar a los dieciocho años comenzó a poblar con niños las muchas habitaciones. María Antonia, la primera, era la que más se le parecía: menuda, morena y decidida. Otros tres le siguieron pronto: Juana, una niñita lánguida y rubia que se parecía más al papá; Juan Vicente, un chico dulce y rubio de ojos azules, y por último Simón, pícaro y de pelo negro rizado.

A pesar de todas las diferencias, doña Concepción compartía una característica con su esposo. Sus ancestros eran tan renombrados e ilustres como los de él. Su madre, Francisca Blanco Herrera, descendía de reyes y príncipes medievales. Su padre, Feliciano Palacios y Sojo, provenía de una familia marcadamente intelectual. De su tío Pedro Palacios y Sojo, conocido sacerdote, músico y fundador de la Escuela de Música de Caracas, aprendió que tenía el don natural de la música. Era experta en el arpa, su instrumento preferido, pero también le encantaba cantar, tocar la guitarra y bailar. Aunque el destino solo le permitiría a Simón Bolívar pasar una breve temporada con su madre, había dos rasgos que heredaría de ella: la energía vibrante y positiva, y la pasión por el baile.

UNA VEZ INSTALADO EN SU NUEVA VIDA, don Juan Vicente comenzó a resentir las intromisiones de España. Por cincuenta años había sido súbdito leal del rey, respetado juez, gobernador y comandante militar, pero en 1776, precisamente mientras las colonias británicas declaraban su independencia, también don Juan soñaba con la insurrección. Tenía buenas razones. El ambicioso régimen borbónico español había decidido imponer a sus colonias un gobierno estricto. Puso en marcha una serie de leyes anticriollas que tuvieron efectos directos sobre los negocios de don Juan Vicente. Primero separó a Venezuela del virreinato de la Nueva Granada, región en expansión que originalmente abarcaba del Pacífico al Atlántico en los territorios al norte de América del Sur; luego nombró a un intendente en Caracas para administrar los asuntos económicos y a un capitán general para manejar las cuestiones políticas y militares. Ahora, conectada directamente a Madrid por un cordón umbilical, Venezuela comenzó a sufrir restricciones más estrictas en sus haciendas, minas y plantaciones. El Consejo de Indias, que gobernaba las Américas desde Madrid y Sevilla, fortaleció sus garras. Subieron los impuestos. En todas las transacciones se sentía la ubicua presencia imperial. La Compañía Guipuzcoana, poderosa corporación vasca que monopolizaba las importaciones y exportaciones, obtenía grandes ganancias con cada venta.

Si don Juan Vicente temía el impacto de las nuevas regulaciones, pronto vio que el golpe no solo sería financiero. Se estaba excluyendo a los criollos de las funciones gubernamentales. Por toda la América española, desde California hasta Buenos Aires, España comenzó a nombrar solo a peninsulares —los nacidos en España o en las islas Canarias— en las oficinas que decidían asuntos importantes. Era un cambio arrasador y, en últimas, radical, que revertía la cultura de confianza entre criollos y españoles alimentada por más de doscientos años. En Italia, el exiliado jesuita peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán escribió enojado que era como declarar a los americanos “incapaces de ocupar, incluso en nuestros propios países, cargos que en el más estricto derecho nos pertenecen”[74].

El aspecto más exasperante de todo esto para los criollos como don Juan Vicente era que los peninsulares a quienes se les asignaban los cargos más altos a menudo eran inferiores en educación y pedigrí. Era un sentimiento similar al que había experimentado por años la América británica[75]. Tanto George Washington como Benjamín Franklin habían registrado fuertes objeciones a las preferencias otorgadas a sujetos nacidos en la Gran Bretaña cuando era claro que los nacidos en América eran mucho más capaces. En las colonias españolas, los nuevos emisarios de la Corona eran en su mayoría miembros de la clase media de España: comerciantes o funcionarios de nivel medio con poca sofisticación. A medida que se quedaban con los cargos más codiciados, sus insuficiencias no les pasaban inadvertidas a los criollos que ahora debían hacerse a un lado. En España no todos estaban ciegos a las implicaciones. Un ministro borbón[76] planteó la reflexión de que los súbditos coloniales en las Indias podían haber aprendido a vivir sin libertades, pero que una vez que las adquirieran como derechos, no iban a quedarse impávidos si se las volvían a quitar. Entendiera o no las repercusiones la corte de Madrid, España había cruzado una línea roja: su estrategia colonial pasó del consenso a la confrontación, de la colaboración a la coerción, y para asegurar su control sobre la enorme riqueza que representaba América, impuso una firme sujeción a sus leyes.

Don Juan Vicente y sus compañeros mantuanos pueden no haber estado plenamente conscientes de ello, pero su descontento era parte de un espíritu rebelde que barría el mundo. Se llamaba la Ilustración. La Revolución Científica en Europa, desafiando las leyes, la autoridad, incluso la misma fe, había sembrado sus semillas mucho antes. Pero para cuando don Juan Vicente y doña Concepción comenzaron a tener hijos, las ruedas de una revolución americana generalizada —en el norte como en el sur— ya estaban en movimiento. Adam Smith había publicado La riqueza de las naciones, que abogaba por derribar los controles económicos impuestos artificialmente y liberar a las personas para construir sociedades más fuertes. Thomas Paine, en El sentido común, había postulado que las monarquías de Europa habían hecho poco más que dejar “el mundo bañado en sangre y en cenizas”. En Francia, Jean-Jacques Rousseau y Voltaire defendieron elocuentemente la libertad, la igualdad y la voluntad del pueblo. En El espíritu de las leyes, Montesquieu había previsto el resentimiento de don Juan Vicente: “Las Indias y España son dos poderes bajo el mismo amo; sin embargo, las Indias son lo principal, mientras que España es solo lo accesorio”[77]. No tenía sentido que las fuerzas políticas trataran de encadenar lo principal a lo accesorio, alegó. Las colonias eran ahora naturalmente las más poderosas de los dos.

El 24 de febrero de 1782, año y medio antes del nacimiento del niño que daría lustre al apellido familiar, don Juan Vicente se reunió con dos compañeros mantuanos, redactó una carta en la que proponía una revolución[78] y se la envió a Francisco de Miranda, coronel y disidente venezolano que se había atrevido a decir públicamente que su patria debía deponer su lealtad a la Corona. Miranda había luchado en un regimiento español en la batalla de Pensacola, sus superiores lo habían reprendido por exceder su mandato y, desde entonces, se había vuelto contra España sin ocultar su rencor. La carta que le dirigió Bolívar padre le informaba que los nobles de Caracas estaban exasperados con el montón de insultos de las autoridades españolas. El nuevo intendente y el capitán general estaban “tratando a todos los americanos, sin importar su clase, rango o circunstancia, como si fueran viles esclavos”. Los tres mantuanos instaban a Miranda a adoptar su causa en rebelión y le expresaban también cierta turbación, dada la despiadada eliminación de los rebeldes a España en otras partes: “No queremos dar ningún paso y menos sin su consejo, porque en su prudencia hemos puesto todas nuestras esperanzas”.

De modo que el espíritu que animó esta sublevación fue la prudencia, no el valor. Los mantuanos no estaban listos para demoler su mundo.

DON JUAN VICENTE NUNCA PUDO IMAGINAR que el bebé en la cuna bajo su propio techo sería quien les arrebataría la independencia a los colonizadores, no solo para Venezuela sino para gran parte de la América española. Lo que sí supo cuando su hijo tenía año y medio fue que, incluso si el patrimonio familiar colapsaba, el niño llegaría a ser un hombre rico. Un sacerdote así lo había decretado. Juan Félix Jerez de Aristiguieta, quien había bautizado al niño, era como muchos clérigos poderosos de la época un rico terrateniente con valiosas propiedades. También era sobrino de don Juan Vicente[79]. Al morir en 1785 sin herederos directos[80], sorprendió a todos al dejar al diminuto Simón toda su fortuna que incluía, entre otros bienes, una magnífica casa al lado de la catedral, tres plantaciones, un total de 95 mil árboles de cacao y todos sus esclavos.

Al siguiente año don Juan Vicente también moriría. La tuberculosis que durante años lo había afiebrado finalmente se lo llevó una cálida noche de enero de 1786 mientras yacía en su casa de la calle San Jacinto. Aún no tenía sesenta años. Su hijo Simón no llegaba a los tres. Su esposa estaba embarazada de un quinto hijo que apenas logró ver la luz del día.

El testamento de don Juan Vicente[81], para cuya preparación tuvo presencia de ánimo incluso mientras agonizaba, era un modelo de diligencia. En él informaba que no le debía dinero a nadie. Enumeraba sus ancestros y describía los altos cargos que había ocupado durante su larga e ilustre carrera. A pesar de su breve y poco entusiasta coqueteo con la rebelión, insistía en que sus restos se sepultaran en la capilla familiar de la catedral de Caracas, “decorados con mis insignias militares y enterrados con los privilegios de que gozo bajo la ley militar”. Repartía sus posesiones de manera equitativa entre sus cinco hijos (incluido el nonato), daba poderes a su esposa y a su suegro, y agregó una cláusula especial que le exigía a doña Concepción “llevar a cabo lo que le he ordenado para aliviar mi conciencia”. La frase solo podía significar una cosa: le ordenaba a ella darles dinero a sus hijos ilegítimos. El resto del testamento especificaba cuántos sacerdotes y frailes debían acompañar su ataúd hasta el lugar de descanso final y cuántas fervientes misas debían darse por su alma ya próxima al día del Juicio. Evidentemente murió preocupado.

Su partida podría haber traído el caos a la casa si su esposa no hubiera sido de naturaleza práctica y orientada a los negocios. Doña Concepción enterró a su esposo, llevó su embarazo a término, perdió a la bebé unos días después y luego comenzó a ordenar las propiedades familiares. Confiando en que su padre y hermanos le ayudaran a manejar lo que se había convertido en un verdadero conglomerado de negocios, trató de imponer cierto orden en la vida de sus hijos.

Simón, en particular, era un niño ingobernable. Lo había criado su nodriza, la esclava negra Hipólita, a quien más tarde reconocería como la mujer “cuya leche sustentó mi vida”, así como “el único padre que conocí”[82]. Ella adoraba y era infinitamente paciente con el niño pequeño, pero apenas podía controlarlo. Voluntarioso, irascible, claramente necesitado de mano dura, poco a poco se volvió incontrolable[83]. Por más que su madre tratara de obligar a los miembros masculinos de la familia a que ayudaran a disciplinarlo, a ellos les parecía perversamente divertido su descaro. Nadie lo regañaba y menos lo castigaba[84]. Finalmente doña Concepción encontró apoyo nada menos que en la Real Audiencia, el tribunal superior de España en Caracas que controlaba todos los asuntos legales. Dado que el niño había heredado una propiedad tan grande y como su padre había fallecido y su madre era incapaz de supervisarlo, la Audiencia nombró a un eminente jurista para supervisar el progreso del joven Simón. Su nombre era José Miguel Sanz.

Sanz era el brillante decano del Colegio de Abogados, conocido por sus opiniones progresistas sobre la educación. Ávido lector y escritor, había trabajado durante años para convencer a las autoridades coloniales de que le permitieran importar la primera imprenta a la colonia. Nunca lo logró. Sin embargo, era muy respetado por los españoles y admirado por los demás criollos. Además, a los treinta y seis años era el modelo mismo de un padre joven y concienzudo. Habría sido difícil encontrar un mejor acudiente para el niño. Como administrador de la fortuna de Simón Bolívar, Sanz había visitado diligentemente a su joven tutelado y había visto por sí mismo el grado de arrogancia del niño. Pero antes que Simón cumpliera seis años, Sanz decidió asumir una mayor responsabilidad y se lo llevó a vivir bajo su propio techo[85].

Tuerto, de aspecto sombrío, Sanz podía ser una presencia intimidante incluso para su esposa e hijos pero no para Simón, de quien se dice que respondía con altanería a sus órdenes. “¡Eres un barril de pólvora con patas, muchacho!”, le espetó Sanz después de una de las insubordinaciones más flagrantes de Simón. “Entonces mejor corre —le dijo el niño de seis años—, o te quemaré”[86].

Como castigo por sus muchas faltas, Sanz encerró a Simón en una habitación[87] del segundo piso de su casa y le ordenó a su esposa que lo dejara allí mientras iba a atender sus numerosos casos judiciales. Aburrido, exasperado, el niño gritó y manifestó su furia, y la esposa de Sanz, apiadándose de él, ató dulces y panes recién horneados a un palo largo y se los pasó por una ventana abierta. Le hizo prometer a Simón que mantendría en secreto su desobediencia. Cada tarde, cuando el abogado regresaba y le preguntaba cómo se había portado, ella simplemente sonreía y decía que el niño había sido la esencia de la tranquilidad.

Con el tiempo Sanz contrató a un erudito monje capuchino, el padre Francisco de Andújar[88], para que fuera a su casa y le diera a Simón formación moral. El sacerdote matemático, con la esperanza de congraciarse con su alumno, mezcló las clases con una dosis liberal de entretenidas historias, pero no había paciencia o encanto que hiciera que el niño dejara de ser como era: bufón, bromista y consentido. No está claro cuánto tiempo estuvo Simón bajo el cuidado de Sanz o si realmente pasaba las noches bajo su techo, pero ciertamente antes de su octavo cumpleaños ya estaba de vuelta en la casa de la calle San Jacinto. Para entonces la salud de su madre estaba quebrantada y le resultaba difícil concentrarse en el manejo de su familia, y mucho menos en el comportamiento de su hijo menor. Preocupada por la posibilidad de infectar a sus hijos con su enfermedad, se sometió a cuarentena en la plantación de azúcar en San Mateo y los dejó por su cuenta con los sirvientes. Simón pasaba los días jugando con los hijos de los esclavos y corriendo por ahí.

Si alguna ambición que la impulsara tenía doña Concepción en su rápido declive, era la de asegurar a Juan Vicente, su hijo mayor, el marquesado que el suegro había comprado tantos años antes. A diferencia de los Bolívar, la familia Palacios siempre había atribuido gran importancia al prestigio y la nobleza, y al morir don Juan Vicente de Bolívar, dejando el título potencialmente disponible para sus hijos, Doña Concepción envió a su hermano Esteban a España para que apresurara la empresa. Cuando Esteban le informó que el proceso estaba parado debido al cuestionado linaje de Josefa Marín de Narváez, don Feliciano Palacios canceló la operación: no estaba dispuesto a presionar un caso que pudiera revelar sangre no deseada en los Bolívar y posiblemente arruinarlos a todos. Sin duda, administrar el patrimonio de Bolívar se había convertido para los Palacios en la gallina de los huevos de oro. Los ingresos de las propiedades que Juan Vicente y Simón podían heredar mantenían a los hermanos de su madre. La familia política llevaba años viviendo de los activos de Bolívar.

En una de sus largas y aliviadoras visitas a San Mateo, doña Concepción se quedó hasta la temporada de lluvias y su aflicción empeoró. Regresó a Caracas y murió de tuberculosis aguda el 6 de julio de 1792[89], dejando a sus cuatro hijos al cuidado de su anciano padre. Tampoco del todo bien, don Feliciano Palacios tomó su pluma y le escribió a Esteban en Madrid, transmitiéndole la noticia con admirable ecuanimidad: “Concepción decidió descansar de su enfermedad y expulsó gran cantidad de sangre por la boca, continuando así su deterioro hasta esta mañana a las once y media, momento en el que Dios se encargó de reclamarla”[90], Fue una muerte larga y agotadora: había sangrado durante siete días[91].

Una vez enterrada su hija en la capilla familiar de los Bolívar, don Feliciano se dedicó a arreglar los matrimonios de sus nietas huérfanas. En un plazo de dos meses[92] casó a María Antonia, de 15 años, con un primo lejano, Pablo Clemente Francia. Tres meses después casó a Juana, quien solo tenía trece años, con su tío Dionisio Palacios[93]. En cuanto a sus nietos, don Feliciano decidió dejar a Simón y a Juan Vicente —entonces de nueve y once, respectivamente— en la casa de la calle San Jacinto, bajo la supervisión de los sirvientes de la familia Bolívar. Hizo abrir una puerta que comunicaba a las dos casas[94] para que los niños pudieran pasar los días con él y luego retirarse a sus viejas camas familiares por la noche. Parecía una solución bastante racional, que reconfortaba a los niños con una ilusión de permanencia y estabilidad. Sin embargo, ese consuelo endeble no duró mucho. Don Feliciano Palacios murió al año siguiente, dejando que sus nietos enfrentaran otra pérdida en el menguante universo familiar.

Los muchachos eran inmensamente ricos: su valor neto equivaldría hoy en día[95] por lo menos a cuarenta millones de dólares, y debido a ello nunca se los ignoró. Pero el dinero les había traído poca felicidad. En la primera década de su vida Simón había perdido a su padre, a su madre, a sus abuelos, a una hermana, y a la mayoría de sus tías y tíos por el lado de los Bolívar. El hecho de que tan pocos Bolívar hubieran sobrevivido para reclamar la fortuna familiar convenció a los Palacios de que sería suya. Tan confiado estaba don Feliciano Palacios en esa legítima herencia que antes de su muerte se aseguró de que al cabo pasara a sus propios hijos. Hizo un testamento donde nombraba a sus hijos guardianes legales de los niños Bolívar. Juan Vicente, de doce años, fue encomendado a la custodia de su tío Juan Félix Palacios y trasladado a una hacienda a ochenta kilómetros de distancia[96]. Simón, de diez años, quedó al cuidado de su tío Carlos, un soltero malhumorado y perezoso que vivía con sus hermanas en la casa de don Feliciano, al otro extremo del pasadizo.

Tan ocupado estuvo Carlos en la empresa de despilfarrar las ganancias de Bolívar, que tuvo poco tiempo para encargarse de él. Relegó el bienestar del niño a sus hermanas y sirvientes. Siempre terco, Simón comenzó a pasar el tiempo en compañía de muchachos de la calle[97], descuidando todo lo que sus tutores habían tratado de enseñarle, aprendiendo las groserías de la época. Cada vez que podía se dirigía a los callejones de Caracas o sacaba un caballo del corral familiar y cabalgaba hacia el campo circundante. Evitaba el estudio y, en cambio, dirigía su atención al mundo altamente imperfecto que lo rodeaba, el mundo que España había creado. No entendería mucho de lo que vio hasta más tarde, cuando atravesó el continente como hombre adulto. Sin embargo, fue una educación que le serviría por el resto de la vida.

DURANTE DOSCIENTOS AÑOS, DESDE MEDIADOS DEL SIGLO XVI hasta mediados del XVIII, el mundo creado por España luchó contra el fracaso fiscal. El Imperio, cuyo lema había sido alguna vez el entusiasta ¡Plus Ultra!, había saturado de plata los mercados mundiales, frustrado el crecimiento económico de sus colonias y estado más de una vez al borde de la ruina financiera. En ninguna parte era más evidente la equivocada estrategia fiscal de España como en las calles de Caracas a fines del siglo XVIII, donde iba creciendo una profunda rabia contra la “madre patria”.

El caso de las colonias hispanoamericanas no tenía precedentes en la historia moderna: se obligaba a una economía colonial vital, a veces por medios violentos, a someterse a una metrópoli poco desarrollada. Lo principal, como había predicho Montesquieu medio siglo antes, era ahora esclavo de lo accesorio. Mientras Inglaterra irrumpía en la era industrial, España no intentaba desarrollar fábricas[98], ignoraba el camino hacia la modernización y se mantenía obstinadamente anclada a sus raíces primitivas y agrícolas. Pero los reyes Borbón y sus cortes no podían ignorar las presiones del momento: la población de España crecía; su infraestructura era inestable; aumentar los ingresos imperiales era una necesidad apremiante. En lugar de probar algo nuevo, los reyes españoles decidieron aferrarse firmemente a lo que tenían.

A medianoche del 1º de abril de 1767, se expulsó a todos los sacerdotes jesuitas de la América española. Cinco mil clérigos[99], la mayoría americanos de nacimiento, fueron trasladados a los puertos, embarcados y deportados a Europa: de este modo la Corona aseguraba el control sin restricciones de la educación y las amplias propiedades de las misiones de la Iglesia. Carlos IV dejaba clarísimo[100] que no era aconsejable que América se educara: a España le convenía más y sus súbditos serían más fáciles de manejar si mantenía a sus colonias en la ignorancia.

El poder absoluto siempre había sido el sello peculiar del colonialismo español. Desde el principio, cada virrey y capitán general había reportado directamente a la corte española, y el rey era el supervisor supremo de los recursos americanos. Bajo sus auspicios, España había extraído grandes cantidades de oro y plata del Nuevo Mundo y las había vendido en Europa como materia prima. Controlaba la totalidad del suministro mundial de cacao y lo redirigía a puntos de todo el planeta desde las bodegas de Cádiz. Lo mismo había hecho con el cobre, el añil, el azúcar, las perlas, las esmeraldas, el algodón, la lana, los tomates, las patatas y el cuero. Para evitar que las colonias comerciaran con estos bienes les impuso un sistema oneroso de dominio. Prohibió cualquier contacto extranjero. Castigaba el contrabando con la muerte[101]. Vigilaba estrechamente el movimiento entre las colonias. Pero con el paso de los años, la vigilancia del gobierno colonial se relajó. La guerra que estalló entre Gran Bretaña y España en 1779 paralizó el comercio español, lo que disparó el contrabando. Floreció el tráfico de libros prohibidos. Se decía que toda Caracas estaba inundada de mercancías de contrabando[102]. Para ponerle coto, España se apresuró a revisar sus leyes, impuso unas más severas y prohibió a los americanos incluso las libertades más básicas.

Se le dio más poder al Tribunal de la Inquisición, instaurado en 1480 por Fernando e Isabel para mantener al Imperio en cintura. Sus leyes, que imponían penas de muerte o tortura, se hacían cumplir con diligencia. No se podían publicar ni vender libros ni periódicos sin permiso del Consejo de las Indias[103]. Se les prohibió a los colonos tener imprentas. La puesta en vigor de cualquier documento, la aprobación de cualquier empresa, el envío de una simple carta era un asunto engorroso y caro que requería la aprobación del Gobierno. Ningún extranjero, y tampoco los españoles, podía visitar las colonias sin permiso del rey. Toda nave no española en aguas americanas se consideraba enemiga y se le atacaba.

España también reprimió ferozmente el espíritu empresarial americano. Solo a los nacidos en España se les permitía tener tiendas o vender productos en las calles[104]. A ningún americano se le permitía sembrar uvas, poseer viñedos, cultivar tabaco, hacer licores o cultivar olivos: España no aceptaba la competencia. Ganaba el equivalente a sesenta millones de dólares al año (unos mil millones actuales), vendiéndoles bienes a sus colonias[105].

Pero, en un extraño acto de autoinmolación, España impuso regulaciones estrictas sobre la productividad e iniciativa de sus colonias. Se sometía a los criollos a onerosos impuestos; los indígenas o mestizos solo podían trabajar en oficios de baja categoría; los esclavos negros solo podían trabajar en los campos o como sirvientes domésticos en las casas. A ningún americano se le permitió poseer una mina, tampoco podía trabajar una veta de mineral sin informar a las autoridades coloniales. Las fábricas estaban prohibidas a menos que fueran ingenios azucareros registrados[106]. Las empresas vascas controlaban todo envío. Se prohibió terminantemente la manufactura, aunque España carecía de industria manufacturera competente. Lo más mortificante era que los ingresos recaudados por los nuevos y exorbitantes impuestos, unos 46 millones de dólares al año[107], no se utilizaban para mejorar las condiciones de las colonias. Todo el dinero se enviaba de vuelta a España.

Los americanos se oponían a todo ello. “La naturaleza nos ha separado de la España con mares inmensos —escribió en 1791 el exiliado jesuita peruano Viscardo y Guzmán[108]—. Un hijo que se hallara a semejante distancia de su padre sería sin duda un insensato, si en la conducta de sus más pequeños intereses esperase siempre la resolución de su padre”. Fue un comentario tan potente sobre las fallas inherentes del colonialismo como el tratado Un resumen de los derechos de la América británica, de Thomas Jefferson.

El rico huérfano que vagaba por las calles de Caracas no entendía el caos económico que se agitaba a su alrededor, sino el tumulto humano que no podía dejar de ver. A dondequiera que mirara, las calles estaban llenas de negros y mulatos. La colonia estaba abrumadoramente poblada por pardos[109], descendientes mestizos de los esclavos negros. Los barcos de esclavos europeos acababan de vender 26 mil africanos en Caracas[110], la mayor inyección de esclavos que experimentaría jamás la colonia. De cada diez venezolanos, uno era un negro esclavo; la mitad de la población descendía de esclavos. Aunque España había prohibido la mezcla racial, las pruebas de que se habían violado esas leyes lo rodeaban. La población de Caracas había crecido en más de un tercio en el transcurso de la corta vida de Simón Bolívar, y sus filas bullían como nunca antes en un verdadero espectro multicolor. Había mestizos, hijos de blanco e indígena casi siempre producto de uniones ilegítimas. También había indígenas puros, aunque eran pocos: sus comunidades se habían reducido a la tercera parte[111]. A los que no mataron las enfermedades los obligaron a irse al monte, donde subsistían como tribus marginales. Los blancos, a su vez, eran la cuarta parte de la población, pero la gran mayoría eran pobres isleños canarios a quienes los criollos consideraban racialmente manchados y marcadamente inferiores, o mestizos de piel clara que se hacían pasar por blancos. Incluso un niño que pateaba piedras en los callejones de la atestada ciudad podía ver que había una jerarquía precisa codificada por el color.

La cuestión de la raza siempre había sido problemática en la América española. Las leyes que obligaban a los indígenas a tributar a la Corona, ya sea mediante trabajos forzados o impuestos, habían provocado violentos odios raciales. A medida que pasaron los siglos y crecieron las poblaciones de color, el sistema para determinar la “blancura” se volvió cada vez más corrupto y generó mayor hostilidad. España comenzó a vender cédulas de Gracias al Sacar[112], certificados que otorgaban a una persona de piel clara los derechos que cualquier blanco automáticamente tenía: derecho a que lo educaran, a que lo contrataran en mejores empleos, a servir en el sacerdocio, a ocupar cargos públicos, a casarse con blancos, a heredar. La venta de cédulas le creó a Madrid nuevos ingresos pero además fue una sagaz estrategia social. Desde el punto de vista de España, la posibilidad de comprar “blancura” mantendría la esperanza de la gente de color y limitaría la petulancia de los amos criollos. El resultado, sin embargo, fue muy diferente. La raza en la América española se convirtió en una obsesión cada vez mayor.

Para cuando nació Bolívar, una serie de rebeliones raciales habían estallado en las colonias. El problema había comenzado en Perú, en 1781, cuando el autodenominado Túpac Amaru II[113], quien afirmaba ser descendiente directo del último rey inca, secuestró a un gobernador español y lo ejecutó públicamente para luego marchar a Cuzco con seis mil indígenas, matando españoles a lo largo de la travesía. La diplomacia había fracasado. Túpac Amaru II le había escrito antes al enviado de la Corona[114] implorándole que aboliera las crueldades del tributo indígena. Como ignoraron sus cartas, reunió un gran ejército y les advirtió a los criollos:

He determinado sacudir este yugo insoportable y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes (…). Si eligen este dictamen no se les seguirá perjuicio ni en vidas ni en haciendas, pero si, despreciando mi advertencia, hicieren lo contrario, experimentarán su ruina, convirtiendo mi mansedumbre en saña y furia (…). Tengo setenta mil hombres a mi mando[115].

Al final, los ejércitos realistas aplastaron la rebelión, lo que les costó a los indígenas unas cien mil vidas[116]. Túpac Amaru II fue capturado y llevado a la plaza principal de Cuzco, donde el visitador español le pidió los nombres de sus cómplices. “Solo sé de dos[117] —respondió el prisionero—, y somos usted y yo: usted como opresor de mi país y yo porque quiero rescatarlo de sus tiranías”. Enfurecido por la insolencia, el español les ordenó a sus hombres cortarle la lengua al indio, arrastrarlo y descuartizarlo allí mismo. Pero los cuatro caballos a los que ataron sus muñecas y tobillos se rehusaron. En cambio los soldados lo degollaron, le cortaron la cabeza, las manos y los pies y los exhibieron en diferentes esquinas de la ciudad. Las torturas y ejecuciones se repitieron a lo largo del día hasta que mataron a todos los miembros de su familia. Al ver que a su madre le cortaban la lengua, el hijo más pequeño de Túpac Amaru lanzó un penetrante alarido. Dice la leyenda que el grito fue tan desgarrador e inolvidable que marcó el fin del dominio español en América[118].

La noticia de la suerte de Túpac Amaru II resonó por todas las colonias, inflamando y aterrorizando a todos los que pudieran considerar una rebelión semejante. A los negros, para quienes la depredación de la esclavitud era cada vez más insostenible, el levantamiento solo se les hizo más urgente: no tenían nada que perder. Pero a los criollos, la idea de la insurrección les hizo temer que la venganza no provendría solamente de España sino de la enorme población de color. Esos temores se confirmaron meses después en la Nueva Granada, cuando un ejército de veinte mil criollos marchó contra el virreinato en Bogotá para protestar por los elevados impuestos. Uno de los líderes, José Antonio Galán, arrastrado por la fiebre del momento, proclamó la libertad de los esclavos negros y los instó a volver los machetes contra sus amos. Se ejecutó a Galán —fue ahorcado y descuartizado— junto con sus colaboradores y, al menos transitoriamente, España logró sofocar el descontento con mano brutal.

Pero España difícilmente podía sofocar los elocuentes clamores de libertad que emanaban de la Ilustración europea y viajaban, a pesar de todas las órdenes contra la literatura extranjera, hasta las colonias. En 1789 se publicó en Francia la “Declaración de los Derechos del Hombre”. Cinco años más tarde, uno de los principales intelectuales del virreinato de la Nueva Granada, Antonio Nariño, la tradujo en secreto junto con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y compartió subrepticiamente ambos documentos con criollos de ideas afines por todo el continente. “L’injustice à la fin produit l’indépendance!” (¡La injusticia al cabo da lugar a la independencia!), verso del Tancrède de Voltaire, fue la consigna. A Nariño lo arrestaron y enviaron al calabozo en el norte de África. Pero entretanto, mientras los republicanos franceses se tomaban la Bastilla y guillotinaban a la familia real, mientras se exhibía la cabeza cortada de María Antonieta para que todo París la viera, un eco sangriento resonaba por las calles de Santo Domingo y también los venezolanos asumían el grito de batalla.

No fue la majestuosa ascensión a la independencia que habían previsto intelectuales como Nariño. Fue una insurrección liderada por un hijo de esclavos. José Leonardo Chirino —mitad negro, mitad indígena— había viajado de Venezuela a Santo Domingo[119] y visto personalmente cómo la rebelión de los esclavos había prácticamente exterminado a los blancos de la isla y transformado la colonia —antaño la más productiva del Nuevo Mundo— en la república negra de Haití. Regresó a Venezuela en 1795 y reunió una fuerza revolucionaria de trescientos negros que saquearon las haciendas, mataron a los terratenientes blancos y aterrorizaron a la ciudad de Coro. Pero los españoles no tardaron mucho en dominarlos. Chirino fue perseguido y decapitado, su cabeza expuesta en una jaula de hierro en la carretera entre Coro y Caracas, y sus manos enviadas a dos diferentes pueblos al occidente. Aquello suponía una clarísima lección para los descontentos mantuanos: quienes estaban dispuestos a dar la vida por la libertad también podían ansiar la igualdad. La revolución realmente era posible.

Simón Bolívar sin lugar a dudas tuvo noticias de estos acontecimientos en la calle, en el establo, en la cocina, al escuchar a los asustados sirvientes. Solo tenía doce años.

CAPÍTULO 2. RITOS DE INICIACIÓN
CAPÍTULO 2 RITOS DE INICIACIÓN

Un niño aprende más en una fracción de

segundo tallando un pequeño palo, que en días

enteros escuchando a un maestro.

—Simón Rodríguez[1]

El irritable tío y tutor de Simón, Carlos Palacios, no tenía paciencia con los niños. A veces dejaba a su sobrino durante meses mientras viajaba por la colonia, visitando las haciendas de la familia Bolívar. Envió a Simón a una escuela primaria[2] dirigida por el anterior secretario de don Feliciano, el joven y excéntrico Simón Rodríguez. Era una institución pequeña y desvencijada, plagada de ausentismo escolar injustificado, un maestro para 114 estudiantes y con escasos útiles escolares. Pero era un alivio de conciencia para don Carlos quien, con la lógica de un hombre soltero, decidió que un salón de clases era el remedio perfecto para un niño inquieto.

En junio de 1795, mientras el revolucionario negro Chirino huía[3] por los bosques de Venezuela escapando de sus furiosos perseguidores, Simón también decidió fugarse[4]. Su tío había estado fuera de Caracas por dos meses y medio. Simón reunió algunas de sus pertenencias y se fue al pueblo en busca de refugio en la casa de su hermana María Antonia, donde trabajaba Hipólita, su antigua nodriza[5]. María Antonia y su esposo, Pablo Clemente, lo acogieron, registraron su cambio de domicilio ante los tribunales e hicieron una solicitud formal para que la familia Palacios —que al fin y al cabo estaba viviendo de la herencia de Simón— contribuyera con un sustento económico para el niño.

Ocho días después, Carlos Palacios estaba en el tribunal tratando de recuperar su custodia. El 31 de julio presentó una demanda[6] contra María Antonia y su esposo, insistiendo en que Simón le fuera devuelto a su casa, así fuera por la fuerza. Pablo Clemente argumentó que si el niño regresaba a la casa de Carlos, su mente vivaz solo seguiría desatendida. “Ya le hemos advertido a su tutor sobre este descuido —bramó Clemente—. Este niño siempre está deambulando por las calles solo, a pie y también a caballo. Lo peor es que siempre está en compañía de niños que no son de su clase. Toda la ciudad se ha percatado”.

A pesar de estas peticiones, los tribunales de la Audiencia ordenaron que los Clemente le devolvieran el niño a su guardián legal. Simón se negó a ir. Sin importar cuánto intentaron persuadirlo los magistrados para que volviera con su tío o cuánto le rogaron para que se fuera los Clemente, quienes en el fondo no querían desobedecer la ley, el niño de doce años se mantuvo firme. “¡Los esclavos tienen más derechos que esto! —insistió él—. Los tribunales tienen todo el derecho de disponer de propiedades y hacer lo que deseen con las pertenencias de una persona, pero no con la persona misma (…) No pueden negarle el derecho a alguien de vivir en la casa en la que desee”[7].

Molesto por el rechazo, don Carlos decidió enviar al niño a vivir con Simón Rodríguez, el maestro de la escuela pública. Don Carlos le aseguró a la Audiencia que, puesto que Rodríguez era “un individuo altamente respetado y capaz, alguien cuya actividad es enseñar a los niños, él le proporcionará al niño educación y lo mantendrá a la vista en todo momento en su propia casa, la cual es espaciosa y cómoda”[8].

La Audiencia aceptó fácilmente pero Simón aún se negaba tercamente a dejar la casa de su hermana. Incluso su tío Feliciano Palacios, a quien apreciaba más que a Carlos, no pudo hacerlo cambiar de opinión y, frustrado, terminó golpeando al niño en el pecho[9]. La familia estaba en tal alboroto por la agresión que Pablo Clemente amenazó con desenvainar la espada. Finalmente, un esclavo negro y fuerte arrastró a Simón a la casa de Rodríguez, mientras daba patadas y alaridos. El 1 de agosto de 1975 los registros de la Audiencia muestran que el niño se convirtió en pupilo de su maestro de veinticinco años.

La casa de Rodríguez no era ni espaciosa ni cómoda, ni en ella podía el profesor mantener a la vista a Simón en todo momento. El lugar se encontraba, en resumidas cuentas, en un incesante alboroto. Durante diez días, Simón se quejó amargamente y les rogó a su hermana y a su cuñado que lo rescataran. Finalmente, los Clemente presentaron otra petición en nombre de Simón, lo que suscitó una investigación. Una inspección de la casa de Rodríguez ordenada por el tribunal[10] reveló que en sus cinco habitaciones había diecinueve personas: el maestro, su esposa, el hermano del maestro, su cuñada y su bebé recién nacido, un huésped y su sobrino, cinco estudiantes varones confiados al cuidado de Rodríguez, dos de los hermanos de la esposa de Rodríguez, tres sirvientes y dos esclavos negros. Todo estaba destartalado, el desorden era constante y la alimentación necesariamente exigua. Para complacer los gustos de su nuevo tutelado, Rodríguez hizo los arreglos para que todas las comidas de Simón provinieran de la cocina de don Carlos. De todos modos el niño estaba inconsolable.

Tres días después, Rodríguez informó a la Audiencia que Simón había desaparecido[11]. Se organizó un equipo de búsqueda, pero antes de que pudiera salir a las calles de Caracas apareció un sacerdote con el niño a cuestas. Parecía que Simón se había escapado para discutir su caso con el arzobispo: una carta de la eminencia misma solicitaba clemencia para el niño.

En dos meses, la tristeza de estar separado de su entorno infantil cambió radicalmente el parecer de Simón. El 14 de octubre de 1795 se retractó de todas las cosas negativas que había dicho sobre su tío Carlos. A través de su hermana solicitó que la Audiencia lo devolviera al “amparo”[12] de la casa de los Palacios, donde se comprometió a comportarse y concentrarse en sus estudios. Ya que el tío a menudo se encontraba fuera de Caracas, la Audiencia acordó que don Carlos “contratara a un maestro respetable, de ser posible un sacerdote, que pudiera ser un compañero constante para el niño y darle la mejor educación posible”[13]. Tres días después, Simón Rodríguez renunciaría al cargo de tutor de Bolívar.

Simón Bolívar difícilmente sería un estudiante modelo —le gustaban los juegos, era demasiado inquieto para los escritorios y los lápices—, pero durante los siguientes tres años logró recibir una educación, en gran parte privada, bajo la tutela de algunas mentes formidablemente brillantes. Rodríguez se encargó de la lectura y la gramática. Andrés Bello, quien más tarde se convertiría en figura destacada de las letras latinoamericanas, fue su tutor en literatura y geografía. El padre Francisco de Andújar, el sacerdote que le había enseñado en casa de Sanz, erudito alabado por nadie menos que el gran naturalista[14] Alexander von Humboldt, le enseñó Matemáticas y Ciencias. Se dice que estudió Historia, Religión y Latín con varios otros estimados caraqueños de la época[15], pero a pesar de todas las afirmaciones que algunos apasionados biógrafos han hecho acerca de su brillantez y educación tempranas, Simón Bolívar había pasado la infancia antes de que despertara su sed de aprendizaje. Fue su instinto irreprimible de aventura, su sentido de la curiosidad altamente desarrollado, lo que más le enseñó durante esos años tormentosos.

EL MAESTRO QUE MÁS COMPRENDIÓ esa naturaleza irreprimible fue Simón Rodríguez. No era un pedagogo particularmente hábil y muchos escritores, incluso el propio Bolívar, han exagerado sus habilidades. Pero Rodríguez tenía una mente amplia y ágil, así como un agudo instinto de aventura. Su contribución más importante a la educación de Simón Bolívar fue que entendió las excentricidades del niño y le permitió ser él mismo.

Ciertamente Rodríguez no lo difundió abiertamente en ese momento —las penas por defender la libertad y el igualitarismo eran demasiado severas— pero era un gran admirador de Rousseau, Locke, Voltaire y Montesquieu, lo que quiere decir que fue un firme partidario de las nociones de la Ilustración acerca la autodeterminación. Las estrictas restricciones de la Iglesia española y la ley colonial no eran lo suyo; suscribía en cambio a una ola muy moderna de enciclopedismo francés. Era un creyente de la ciencia en oposición a la religión, y del individuo en oposición al Estado.

Había nacido en Caracas en 1771, parido en secreto[16], y abandonado también secretamente por padres que bien pueden haber sido mantuanos. La nota que metieron en la manta del bebé cuando lo dejaron a su suerte ante una puerta decía que era hijo bastardo de dos blancos. Lo adoptó doña Rosalía Rodríguez y posteriormente el sacerdote don Alejandro Carreño. De estos dos benefactores tomó su nombre, Rodríguez Carreño. Finalmente, sin embargo, en un ataque de rencor contra la Iglesia omitió el Carreño.

De hecho, la mayor parte de la vida de Rodríguez tendió a los ataques de resentimiento. Era irascible, libidinoso, impredecible, peripatético, hablador compulsivo cuyo método de enseñanza básico era impartir sus pasiones privadas. Tosco en el comportamiento, menudo de complexión, difícilmente lograba ser un hombre atractivo. Sus rasgos eran grotescamente desproporcionados: orejas demasiado grandes, nariz demasiado ganchuda, la boca una línea sombría cuando no estaba en movimiento. Era la antítesis de Andrés Bello, el erudito de cara pálida —apenas dos años mayor que Bolívar—, que contrataron para exponer al niño a la buena literatura.

Mientras Bello era reservado y de cabeza fría, y comprendió de inmediato que nunca sería capaz de interesar a Simón por la educación formal, Rodríguez tomó la decisión contraria. Mostró genuino interés por los caprichos del niño, alentó su espíritu aventurero, le dictó clase al aire libre, a caballo, en la naturaleza. Mucho se sabe sobre el hecho de que la biblia de Rodríguez era el Émile de Rousseau, la historia de un huérfano cuya aula es el mundo natural. Más un tratado sobre educación que verdadera obra de ficción, la novela de Rousseau describe al maestro ideal como alguien que permite que el niño se imagine a sí mismo como maestro mientras guía su progreso físico y mental con mano firme. El enfoque despreocupado y exagerado de Rodríguez —su capacidad para hacer que el aprendizaje cobrara vida— era precisamente lo que necesitaba el niño hiperactivo. Por vez primera un maestro le transmitía algo que Bolívar entendía. Puede que no haya aprendido a deletrear como debiera o a escribir con verdadera habilidad, pero Rodríguez ayudó al niño a sentar una base para su amor por las ideas. Una búsqueda permanente de la libertad se arraigaría en él.

Si el joven Simón no entendió de inmediato cómo funcionaban en el mundo las ideas de Rousseau, Locke y Voltaire sobre la libertad, pronto se hizo una idea de ello en 1797, cuando se intentó otra audaz apuesta por la independencia en Venezuela, esta vez abanderada por blancos de buena posición. El movimiento había comenzado en Madrid como un golpe de Estado contra el rey, organizado por masones. Un escritor y educador español, Juan Bautista Picornell, fue acusado, arrestado y condenado a prisión en el puerto venezolano de La Guaira. Allí, en grilletes, se contactó con dos criollos disidentes: el capitán retirado Manuel Gual, cuyo padre había luchado junto con el coronel Juan Vicente de Bolívar, y José María España, terrateniente y magistrado local en la ciudad costera de Macuto.

El complot cuidadosamente planeado por Gual y España contra los jefes supremos españoles en Caracas fue finalmente delatado a las autoridades y los dos debieron huir para salvar sus vidas a través de una serie de puertos del Caribe. Cuando las cortes revisaron sus documentos, vieron lo que su revolución tenía en mente[17]: el control total del Ejército y el Gobierno, la libertad de cultivar y vender tabaco, la eliminación del impuesto a las ventas, el libre comercio con potencias extranjeras, el fin de las exportaciones de oro y plata, la libertad de crear un ejército, la igualdad absoluta entre personas de todos los colores, la erradicación del tributo indígena y la abolición de la esclavitud.

A medida que el gobierno colonial empezó a inculpar a quienes tuvieran la menor participación en esa intrépida conspiración —barberos, sacerdotes, médicos, soldados, granjeros[18]—, surgieron pruebas que implicaban a Simón Rodríguez. No está claro si Rodríguez le dijo a su alumno que estaba en connivencia con Gual y España, pero es muy probable que Bolívar, de 14 años, asistiera al juicio de Rodríguez[19] ya que su mentor de la infancia, el abogado José Miguel Sanz, encabezó la defensa del maestro[20]. Con la ayuda de Sanz, Rodríguez escapó de la condena[21], pero el tribunal dictaminó que solo retiraría los cargos si dejaba las colonias para siempre.

Rodríguez partió a Jamaica sin siquiera despedirse[22] de su esposa, su hermano, sus antiguos asociados o su sugestionable alumno. En Jamaica adoptó el nombre de Samuel Robinson, luego se fue a Estados Unidos y finalmente a Europa, donde muchos años después volvería a encontrarse con Simón Bolívar. Al niño se le dejó seguir adelante con tutores que eran mucho menos interesantes para él. Pero Carlos Palacios tenía sus propias ideas de lo que su sobrino tenía que hacer ahora. Para cumplir las condiciones[23] de su herencia, don Carlos inscribió a Simón como cadete en el cuerpo de milicias de élite, los Voluntarios Blancos del Valle de Aragua, que el abuelo de Simón, Juan de Bolívar, había fundado, y que su padre, don Juan Vicente, había comandado. Simón pasó un año en entrenamiento “militar” —rito de iniciación obligatorio para los niños mantuanos—, durante el cual estudió topografía, física y sin duda aprendió muy poco acerca de las artes castrenses. Sin embargo lo ascendieron a teniente segundo y, en el proceso, lo admitieron en un codiciado círculo interno.

“Sigo preocupándome por los niños —escribió Esteban Palacios desde España—, especialmente por Simón”[24]. Una vez que este cumplió quince años, los dos tíos decidieron que debían completar su educación con un período de estudios en Madrid, bajo la supervisión de Esteban. Don Juan Vicente de Bolívar siempre lo había querido, doña Concepción también. La obstinación del abuelo de Simón —y tal vez su falta de voluntad para deshacerse del dinero— era simplemente lo que había mantenido a los dos hermanos en casa. En enero de 1799 Simón zarpó hacia Cádiz en el entendido de que su hermano, Juan Vicente, lo seguiría. Demasiado consciente de que la vasta herencia del niño podría deslizarse entre los dedos de la familia, Carlos le escribió a Esteban: “Mantén un ojo en él, como he dicho antes, primero porque gastará dinero sin disciplina ni sabiduría y segundo porque no es tan rico como piensa… Habla con él firmemente o ponle en una escuela estricta si no se comporta con el criterio requerido”[25].

Mientras Simón abordaba el barco San Ildefonso en La Guaira, José María España, uno de los dos conspiradores (con Gual), regresaba secretamente a Venezuela en una canoa[26] tras casi dos años de haber huido. España logró esquivar a las autoridades durante meses, deslizándose de aldea en aldea hasta que finalmente se refugió donde una familia negra. Simón estaba a mitad de camino a través del Atlántico cuando las tropas españolas sorprendieron a España en su escondite, lo arrestaron y declararon culpable de alta traición. Lo ataron a la cola de una mula y lo arrastraron hasta la plaza principal de Caracas. Allí lo ahorcaron, desmembraron y llevaron su cabeza y extremidades a rincones lejanos de la colonia. Una vez más hicieron que la gente presenciara las jaulas de hierro, la vil putrefacción de la carne, los buitres hambrientos, por si necesitaban recordarlo: España no tenía paciencia con los revolucionarios. Un año después, los espías españoles rastrearon a Manuel Gual en la isla de Trinidad. Un frasco de veneno[27] lo despachó fácilmente.

DESDE QUE PODÍA RECORDAR, Simón les había pedido a sus tíos que lo enviaran a España, por lo que abordó el San Ildefonso muy animado el 19 de enero de 1799, esperando la aventura de su vida. Su compañero de cabina era Esteban Escobar, un joven de trece años excepcionalmente brillante que se dirigía a España con una beca para estudiar en el colegio militar de Segovia. Habiendo crecido con antecedentes similares, los dos chicos se hicieron amigos. Su barco era un raudo buque de guerra, construido en la ciudad portuaria de Cartagena. Originalmente era parte de una flotilla de seis que había participado en muchas escaramuzas caribeñas y atlánticas, y enfrentaría un destino amargo cinco años después, en la batalla de Trafalgar. Con setenta y cuatro cañones y capacidad para transportar seiscientos hombres, era uno de los mejores acorazados al servicio de la Corona española. Pero viajar por los mares en un barco construido para la guerra era asunto peligroso. La última vez que el San Ildefonso había llevado pasajeros de América a Cádiz, su convoy de veintiséis barcos había topado con los ingleses en la batalla del Cabo San Vicente. Prueba de la ruina económica de España era que los buques de guerra ahora se usaban para transportar pasajeros y mercancías.

El San Ildefonso no era en absoluto cómodo: los camarotes eran apretados, la comida mediocre, la compañía tosca y grosera, pero a los niños se les daba alojamiento y privilegios especiales en la cubierta, lejos de la sentina y las alimañas. Al surcar las cristalinas aguas azules del Caribe hacia el norte, Simón y Esteban se acostumbraron a la vida en el mar.

Desde el inicio el comandante del barco fue generoso[28] con sus dos jóvenes pasajeros. Podemos suponer que aprendieron mucho bajo su tutela, conocimientos que Bolívar más tarde encontraría vitales para una revolución que se extendería también en el mar. Pero la generosidad del capitán no podía ocultar los peligros de la expedición o el nerviosismo del momento. Se sabía que el San Ildefonso llevaba metales preciosos —había transportado mercurio y plata a Cádiz—, por lo que era una presa potencial no solo para el enemigo británico sino también para los piratas que habían aterrorizado las aguas del Caribe durante siglos.

El viaje era peligroso por otra razón: la flamante Marina de los Estados Unidos estaba trenzada en una feroz “semiguerra” con corsarios franceses que cazaban sin piedad los barcos comerciales estadounidenses. Durante la revolución norteamericana, Francia y Estados Unidos habían sido aliados, pero la Revolución francesa y las posteriores guerras comerciales habían agriado la amistad. La competencia en el mar amenazaba con convertirse en un conflicto a gran escala. De hecho las lealtades fueron cambiando constantemente durante aquel volátil período; era difícil saber si el barco que se acercaba era amigo o enemigo. España, que solo años antes se había aliado a Portugal contra Francia, ahora se aliaba a Francia contra Inglaterra. Y a lo largo de la infancia de Simón Bolívar, los Estados Unidos habían pasado de librar una amarga revolución a convertirse en los principales socios comerciales de Inglaterra.

A pesar de todo el peligro que conllevaba, el San Ildefonso llegó a tiempo a Veracruz, México, el 2 de febrero, catorce días después de su salida de La Guaira. Luego de cargar siete millones de monedas de plata[29] en las bodegas del convoy, el capitán esperaba levar anclas y dirigirse hacia el oriente a Cádiz haciendo escala en La Habana, pero se le informó que un bloqueo británico impedía cualquier travesía en esa dirección. El San Ildefonso permaneció atracado en Veracruz por cuarenta y seis días.

Simón aprovechó el aburrido retraso para pedirle prestados cuatrocientos pesos[30] a un comerciante local y viajar en diligencia a la ciudad de México. Su tío Pedro, el más joven de los hermanos Palacios, le había proporcionado una carta de presentación del obispo de Caracas. Mientras se adentraba en la espléndida ciudad —la joya de la Nueva España, el orgullo del Imperio colonial español—, se sintió impresionado por la auténtica opulencia de la ciudad. “La ciudad de México me recuerda a Berlín —escribió Alexander von Humboldt—, aunque es más bella; su arquitectura es de un gusto más sobrio”[31]. Era un momento de abundancia general en la bulliciosa capital del virreinato, una época dorada en la que todo aristócrata construía su palacio para superar al del vecino. Las grandes avenidas, las extravagantes casas, los amplios parques, el animado comercio representaban una cúspide de esplendor que México nunca alcanzaría de nuevo y Bolívar se maravillaba ante ello.

Pasó una cómoda semana en la magnífica casa del marqués de Uluapa, estadía organizada por el presidente del tribunal de la ciudad de México, el oidor don Guillermo Aguirre, sobrino del obispo cuya carta llevaba. Bajo la guía de Aguirre, Simón se mezcló con la alta sociedad de México y se presentó al poderoso virrey Asanza. Mucho se ha escrito sobre la conversación de Simón con el virrey y sus referencias supuestamente valientes e incendiarias a la revolución, que pueden o no haberse dado. Es difícil creer que el soberano mexicano se hubiera involucrado en debates políticos con un niño de quince años, pero no hay duda de que hablaron y de que el tema de su breve intercambio fue el bloqueo que impidió zarpar al San Ildefonso. A pesar del imperio de España, a pesar de todo el oro y la plata de México, los británicos habían reducido el comercio español a la parálisis. La sola presencia de Simón, resultado directo del bloqueo, probaba la impotencia relativa de España. No es posible que nadie dejara de pensar en ello.

Además de la embriagadora presentación de Simón a la sociedad mexicana, se dice que tuvo su primer romance mientras estuvo allí. Se sabía que había coqueteado con sus bonitas primas en Caracas; su tío musical, el padre Sojo, le había enseñado a bailar, y se había convertido en una especie de dandy con sus cuellos de encaje y elegantes chalecos. Pero tras veinticinco días de aburrimiento y ociosidad en la ciudad portuaria de Veracruz, Simón tuvo la oportunidad de actuar movido por el amor.

Ella era María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, una mujer casada de veintiún años. Era rubia, de ojos azules, hija de aristócratas y su anfitriona, la marquesa de Uluapa, su hermana mayor, se la había presentado a Simón. Su romance con María Ignacia fue instantáneo, efímero, incrustado en ocho breves días de devaneos, pero como los dos se sentían a gusto en casa de la marquesa, lograron aprovechar algunos momentos íntimos[32] en la estrecha escalera de un piso superior. “La rubia Rodríguez”, como la llamaban, ya tenía bastante reputación[33] en la ciudad de México. Casada a los quince años y con una inagotable voluptuosidad, escandalizaría a México con su hilera de esposos y su desfile de amantes, entre ellos el emperador mexicano Agustín de Iturbide y el barón Alexander von Humboldt, quien la proclamó la mujer más hermosa[34] que jamás hubiera visto. Es imposible saber si este encuentro romántico fue el primero de Simón Bolívar. Ciertamente era la primera vez que se lanzaba a una mujer como varón totalmente independiente, libre de la supervisión y los impedimentos de la familia.

Simón finalmente regresó a Veracruz y partió hacia La Habana al levantarse el bloqueo, el 20 de marzo. Pronto su barco se unió a un convoy aun más grande y se dirigió hacia el norte pasando por las Bahamas[35] hacia la bahía de Chesapeake. El capitán del convoy había decidido bordear la costa de América del Norte hasta que sus barcos estuvieran fuera de peligro, arriesgándose a alargar viaje y a la posibilidad de agotar sus provisiones. En La Habana habían embarcado ganado, cabras, ovejas y gallinas, suficiente comida y agua para sesenta días. El viaje les tomó setenta y dos. Atrapada en una violenta tormenta, al acercarse a Cádiz la flota se dispersó; el San Ildefonso fue lanzado a la costa de Portugal, hacia el norte de España. Para cuando llegó al puerto vasco de Santoña, apestaba a queso rancio y a la sangre de los animales. Quemados por el sol implacable, azotados por vientos furiosos, los marineros eran una muchedumbre andrajosa. Mientras escudriñaban entre la lluvia las grises casas apretujadas de Santoña, debieron de sentir gran cansancio y hambre. Pero habían escapado de la guerra.

ESPAÑA HABÍA ESTADO EN GUERRA POR SEIS LARGOS AÑOS, y seguiría en guerra por otros veintiséis hasta que su fuerza se agotó y su posición como una de las naciones más poderosas del mundo quedó en el pasado. El rey Carlos IV se había convertido en rey de burlas en su propio país. Hombre de habilidades escasas y voluntad débil, le había cedido todo el poder a su primer ministro, Manuel de Godoy, quien le había estado poniendo los cuernos por años. A sus diecisiete, Godoy había llegado al palacio del rey como guardaespaldas real y al poco tiempo su aspecto viril llamó la atención de la reina. A pesar de su fea cara y tez arruinada, la reina María Luisa tenía un apetito formidable por los jóvenes apuestos. Godoy pronto se convirtió en su amante. La reina recompensó sus favores sexuales con mayores títulos y responsabilidades, lo casó para ocultar su enredo y convenció a su aburrido marido de nombrarlo jefe del Estado en 1792. Ese mismo año la reina dio a luz a su decimocuarta hija, sobre quien se rumoreaba en toda Europa que se parecía escandalosamente al nuevo primer ministro. Mientras el rey pasaba las horas[36] en el taller de palacio remendando muebles y afilando espadas, Godoy se apoderó del trono. Fue él quien desastrosamente declaró la guerra a Inglaterra, lo que dio inicio al precipitado declive financiero de España, y fue Godoy contra quien la población de España volcó su furia vengativa. Nadie ignoraba que pocos años antes habían guillotinado al rey y la reina de Francia. Tratando de recuperar su prestigio, la reina María Luisa nombró a un nuevo primer ministro, el físicamente frágil Francisco Saavedra, quien había estado en el Nuevo Mundo y ayudado a los norteamericanos a derrotar a los ingleses en la batalla de Yorktown y, siempre voluble en materia de sexo, puso los ojos en otro hombre.

El nuevo objeto de su concupiscencia[37] era Manuel Mallo, joven guardaespaldas de Caracas y, casualmente, amigo y confidente de Esteban Palacios, el tío a quien Simón había venido a ver. El niño de quince años apenas podía saberlo, pero la madre patria era un hervidero de decadencia y no el poder inviolable que pretendía ser. Desde el punto de vista político, económico y moral, España sufría las consecuencias de su propia y ruinosa administración. Las clases altas podían sentirlo en el bolsillo y el pueblo en la barriga. No era de extrañar que se recibiera con los brazos abiertos a un aristocrático joven rico de las Indias[38].

Simón llegó a Madrid “bastante apuesto —como informó su tío Esteban—. No tiene ninguna educación en absoluto, pero tiene la voluntad e inteligencia para adquirirla y, aunque gastó bastante dinero en el viaje, llegó aquí hecho un completo desastre. He tenido que renovar totalmente su guardarropa. Le tengo mucho cariño y, aunque hay que cuidarlo mucho, atiendo con gusto sus necesidades”[39].

Esteban había estado en Madrid por más de seis años, tratando de confirmar el título de marqués para el hermano mayor de Simón, Juan Vicente. En el proceso había gastado una cantidad considerable de fondos de los Bolívar y había logrado muy poco. Aunque era encantador y buenmozo —y aunque se pavoneaba en ostentosos círculos musicales—, Esteban era inexperto en política e incapaz de ganar el tipo de influencia necesaria para limpiar un árbol genealógico de sus incómodos defectos. Había estado a punto de abandonar su empeño y regresar a Caracas con las manos vacías, cuando tres sucesos cambiaron de opinión: lo nombraron ministro del tribunal[40] de cuentas, un cargo distinguido aunque modestamente remunerado; conoció a Saavedra, a quien acababan de nombrar primer ministro y, finalmente, su compañero de casa, el irresistible Manuel Mallo, se había convertido en el favorito de la reina. Toda España había oído hablar del último enamorado de María Luisa y toda Caracas era un hervidero de rumores. Aunque Mallo realmente había nacido en la Nueva Granada, había crecido en Caracas y era asiduo de la sociedad mantuana. Seguro de que su fortuna aumentaría paralelamente a la de su amigo, Esteban decidió quedarse. Había instado a sus hermanos en Caracas a enviar a Juan Vicente y a Simón para que también pudieran aprovechar este nuevo momento de gloria americana. Cuando Juan Vicente objetó y don Carlos Palacios propuso enviar solo a Simón, Esteban aceptó. Cuando el hermano menor de los Palacios, Pedro, escribió que también quería disfrutar de los éxitos de Mallo, Esteban también aceptó.

Simón llegó a Madrid[41] once días después de que el San Ildefonso atracara en Santoña. Tenía poco equipaje y casi nada de ropa. Días después, en la ciudad, se encontró con su tío Pedro, sin dinero y desaliñado; su barco había sido incautado[42], primero por corsarios británicos cerca de Puerto Rico y luego por la Marina inglesa, que lo había liberado. Al principio, Simón y Pedro se mudaron a las habitaciones de Esteban en la casa que este compartía con Mallo, pero las condiciones de hacinamiento pronto hicieron evidente que tendrían que encontrar su propio alojamiento. Los tres tomaron un modesto apartamento en la Calle de los Jardines y contrataron a tres sirvientes para atender sus necesidades. “Gozamos de cierto favor —le escribió Pedro a su hermano Carlos—, pero es demasiado complicado explicarlo por escrito”[43]. El favor, de hecho, era escaso. Mallo parecía tener considerable ascendiente en el boudoir de la reina pero poca influencia en su corte, ciertamente nada que se pareciera al poder de Godoy. Más preocupante aun era que la guerra con Inglaterra había frustrado el envío regular de fondos, que los jóvenes venezolanos necesitaban desesperadamente para mantener las apariencias. Ninguno de los hermanos Palacios poseía nada semejante a la fortuna que le pertenecía a Bolívar. Esteban se dispuso a organizar la educación de Simón lo mejor que pudo para que el niño pudiera brillar en los círculos de la sociedad en Madrid.

Contrató a un sastre[44] para vestir al niño con un elegante uniforme, abrigo de noche, chaquetas de cachemira, chalecos de terciopelo, camisas de seda, collares de encaje y capas. Contrató tutores especiales[45] que podían enseñarle la gramática castellana adecuada, Francés, Matemáticas e Historia universal. Pero después de unos meses Esteban tuvo una mejor idea. Le pidió al marqués de Ustáriz, nativo de Caracas y viejo amigo de la familia, que se encargara de la educación del niño. El marqués, entonces de sesenta y cinco años, era un miembro muy respetado del Consejo Supremo de la Guerra de España y se encontraba en el apogeo de una ilustre carrera pero nunca había tenido un hijo. No vaciló. Aceptó la responsabilidad con mucho gusto. Hombre erudito que leía mucho y estudiaba profundamente, el marqués resultó ser el maestro ideal. Era liberal, sabio, un modelo de integridad y amante ardiente de todo lo referente a Venezuela. Él y Bolívar congeniaron de inmediato. En cuestión de días, el joven de dieciséis años se mudó a la resplandeciente mansión del marqués[46] en el número 8 de la calle Atocha y comenzó a estudiar bajo su dirección.

El cambio que Simón experimentó bajo la tutela paternal del marqués fue rápido y dramático. Hasta entonces su escolarización había sido errática. La única carta que ha sobrevivido[47], escrita por su mano antes de este momento y dirigida a su tío Pedro, muestra una asombrosa falta de conocimiento para un aristócrata de quince años. Escribe mal las palabras más simples, tiene poca comprensión de la buena gramática. Su mentor seguramente se percató de inmediato y se comprometió a rehacer al niño por completo. Contrató a los mejores tutores disponibles en Literatura española, Francés e Italiano, filosofía de la Ilustración e Historia del mundo. Le recomendó libros, despertó su curiosidad con relatos de sus propias experiencias, lo supervisó mientras Simón leía y escribía. Rodeado por los libros del marqués en su biblioteca magníficamente dotada, Simón leyó con avidez y aplicó sus considerables energías a dominar los clásicos, así como las obras del pensamiento europeo contemporáneo. Escuchó a Beethoven y Pleyel, compositores de la época cuyas obras recién se estaban presentando en los salones de Madrid. Aprendió rudimentos de contabilidad que a su debido tiempo usaría contra su depredador tío Carlos. Pero pese a lo culto y académico de su programa de instrucción, no dejaba de lado el aspecto físico: se entrenó en esgrima y, rápido de piernas, desarrolló gran aptitud para ello. Estudió danza, pasatiempo que le proporcionaba enorme placer. Por las noches sostenía largas conversaciones filosóficas con el marqués, se mezclaba con huéspedes ilustres o se lanzaba a un torbellino de actividades sociales con sus tíos.

De vez en cuando los jóvenes venezolanos acudían a Mallo en la corte real, donde Simón tuvo la oportunidad de observar de cerca a la reina María Luisa. La había visto antes, cuando visitó a Mallo en la casa que Esteban compartía con él. Disfrazada con una capa de monje[48], deslizándose furtivamente en los aposentos de su amante, la mujer no le inspiró especial temor al niño. Pero aquí, en las relucientes salas del palacio real, no había duda de que era una presencia poderosa. Rodeada de lacayos y rigiendo caprichosamente a sus cortesanos, se destacaba por su figura formidable, rostro sombrío y extravagantes vestidos de seda. En un retrato pintado a un año de la llegada de Bolívar, Francisco de Goya captó la temible amalgama de libertinaje y astucia de la reina. Incluso entonces, a juzgar por la descripción franca y abiertamente satírica de Goya, sus críticos eran legión. “No hay mujer sobre la tierra que mienta con más aplomo ni sea tan traicionera —escribió un diplomático respetado en Madrid—. Sus simples comentarios se convierten en leyes irrevocables. Sacrifica los mejores intereses de la Corona a sus bajos y escandalosos vicios”[49]. Ahora, con su Imperio asediado, su manifiesta lujuria, sus dientes deteriorados por la decadencia, la corrupción de la reina no puede haberle pasado desapercibida al joven de Indias. Aunque estaba adquiriendo una educación digna de un noble español, también aprendía cuán frágil podía ser la construcción de las monarquías.

Henry Adams, gran cronista de la época, describió la fatuidad de la corte española en su Historia de los Estados Unidos durante las administraciones de Thomas Jefferson y James Madison:

El favorito de la reina en el año 1800 era un tal Mallo, a quien ella había hecho rico según se decía y que, según las camareras, golpeaba físicamente a su majestad como si fuera cualquier maritornes. Un día de ese año, habiendo venido Godoy a presentarle sus respetos al rey, y conversando con él como solía en presencia de la reina, Carlos le hizo una pregunta: “Manuel —dijo el rey—, ¿qué hay con este Mallo? Lo veo con caballos y carruajes nuevos todos los días. ¿De dónde saca tanto dinero?” “Señor —respondió Godoy—, Mallo no tiene dónde caer muerto pero lo cuida una vieja fea que le roba al marido para pagarle al amante”. El rey se rio a carcajadas y, volviéndose hacia su mujer, le dijo: “Luisa, ¿qué piensas de eso?” “¡Ah, Carlos! —respondió—, ¿no sabes que Manuel siempre está bromeando?”[50].

Una tarde Bolívar hizo un viaje a palacio para visitar al hijo de quince años de la reina, el príncipe Fernando, el futuro rey. Fernando lo había invitado a un juego de bádminton. En el calor de una de sus descargas, el volante de Simón aterrizó en la cabeza del príncipe, y el joven monarca, enfurecido y humillado, se negó a continuar. La Reina, que había estado observando todo el tiempo, insistió en que Fernando continuara, dándole instrucciones para que se comportara como buen anfitrión. “¿Cómo es posible que Fernando VII haya sabido —comentó Bolívar veintisiete años más tarde— que el accidente era un presagio de que algún día le arrancaría la joya más preciosa de su corona?”[51].

Casi al mismo tiempo, en febrero de 1800, Esteban y Pedro se mudaron de su apartamento[52] en la Calle de los Jardines y se fueron del todo de Madrid con la intención de distanciarse de un problema creciente. No está del todo claro por qué, pero es razonable suponer que en este nuevo siglo se habían vuelto sospechosos: cambió el poder en la corte, dos primeros ministros llegaron y se fueron, y el amante de la reina quedó al descubierto como lo que era: un simple gigoló. También pudo deberse a la misma reina que estaba muy celosa, inclinada a sospechar que Mallo le era infiel y tenía amantes en otras partes. En todo caso arrestaron y encarcelaron a Esteban —una contingencia corriente en aquellos tiempos convulsos— y Pedro comenzó a esfumarse, pasando gran parte de su tiempo en Cádiz. El marqués de Ustáriz, pilar orgulloso en aquella ciudad cada vez más venal, se convirtió en la única ancla de Bolívar.

Pero para entonces el joven Simón tenía una distracción muy apremiante: estaba enamorado. Había conocido a María Teresa Rodríguez del Toro en casa del marqués y tras dos o tres visitas vespertinas le expresó su afecto y logró ganar el suyo a cambio. Era hija de caraqueños ricos —prima de uno de sus amigos más cercanos de la infancia, Fernando del Toro—, lo que significaba que, aunque nacida en España, se había criado con las costumbres americanas que Bolívar tanto apreciaba. Era pálida, delicada, alta, no muy bonita que digamos, pero tenía grandes ojos oscuros y exquisita figura. No tenía aún diecinueve años, era casi dos años mayor que él y sin embargo parecía pura e inocente, con la naturaleza relajada de un niño. Mientras el marqués y su padre[53] se inclinaban sobre un juego de ajedrez o discutían política en cómodas sillas junto a una gran chimenea encendida, Bolívar atrajo a María Teresa a una conversación íntima. En poco tiempo comenzó a soñar con vivir a su lado.

La pidió en matrimonio a su padre tan pronto, que don Bernardo Rodríguez del Toro se sorprendió. Era una propuesta ventajosa para María Teresa, desde luego: el apellido Bolívar era convincente en sí mismo y Simón había adquirido una gran reputación para ser tan joven, ya que lo habían recibido en la corte y gozaba, obviamente, del favor del elegante marqués. Pero a don Bernardo le preocupaba la edad del aspirante: aún no había cumplido los diecisiete. Para enfriar las pasiones de los jóvenes, así como para probar la autenticidad de la propuesta del niño —y su paciencia—, don Bernardo decidió llevarse a María Teresa a su casa de verano en la ciudad vasca de Bilbao.

Mientras tanto, Bolívar convenció al marqués de que lo ayudara a asegurar la mano de María Teresa. Le envió rápidamente una carta a su tío Pedro, informándole de su intención de casarse. Le escribió otra carta a su amada, llamándola “dulce hechizo de mi alma”[54]. Seis meses después, el 20 de marzo de 1801, con pasaporte oficial en mano, partió hacia Bilbao a reunirse con ella.

Hay muy poca evidencia para saber con certeza lo que ocurrió el siguiente año, pero está claro que Bolívar pasó la mayor parte en Bilbao. Durante toda la primavera y el verano visitó a su futura novia y a su familia. En agosto don Bernardo se llevó a María Teresa a Madrid, pero Bolívar se quedó en Bilbao. Meses más tarde, a principios de 1802, hizo una breve visita a París. ¿Por qué? Algunos historiadores han sugerido que tenía un plan para ayudar a su tío Esteban a escapar de prisión. Otros han dicho que Bolívar se había convertido en persona non grata, porque la reina María Luisa creía que llevaba cartas de amor de Mallo a otra persona. Sin embargo, otros dicen que Godoy, de nuevo primer ministro, despreciaba al amante de la reina y a todos sus amigos de Indias y había bloqueado intencionalmente los movimientos de Bolívar. Muy probablemente Bolívar se quedó en Bilbao y viajó a París simplemente porque había hecho amigos franceses en Bilbao y estaba tratando de demostrar su valía ante su futuro suegro, dándole a entender que era hombre de mundo. Cualquiera que haya sido la razón, poco después de que Cornwallis y Napoleón firmaran el tratado que puso fin a la guerra entre Inglaterra y Francia, Bolívar recibió un pasaporte[55] y se dirigió a Madrid. Era el 29 de abril de 1802. Tenía dieciocho años.

Inmediatamente después de su llegada a Madrid solicitó una licencia de matrimonio[56] y la recibió el 5 de mayo. Eufórico, compró dos boletos para Caracas en el San Ildefonso, el mismo barco en el que había navegado tres años antes. Claramente ya había convencido a su novia para que regresara con él a su tierra natal, donde la vida prometía ser mucho menos complicada y les esperaba una gran herencia. Una de las principales estipulaciones[57] de su herencia, después de todo, era que tenía que residir en Venezuela.

Simón y María Teresa se casaron en Madrid con todas las bendiciones de su padre un agradable día de primavera, el 26 de mayo, en la iglesia parroquial de San José[58], a pocos pasos de la casa de la novia. Los asistentes a la boda, tan ardorosamente deseada por el novio, pertenecían en su mayoría a la familia de la novia ya que Esteban todavía estaba en prisión y Pedro no podía viajar desde Cádiz. Tres semanas más tarde, los felices recién casados salieron de España desde el puerto de La Coruña, en un camarote que Bolívar había adornado con flores[59].

Regresaron a Venezuela creyendo Bolívar que llevarían una cómoda vida de terratenientes, ocupada por el manejo de la propiedad, las cosechas y la administración del dinero y los esclavos. En Caracas pasaron algunos meses de ocio[60] junto a la catedral, en la espléndida mansión que Bolívar había heredado del sacerdote que lo había bautizado, la casa que su tío Carlos había deseado[61] durante años. María Teresa fue acogida calurosamente, no solo por la familia de Simón sino por la suya propia. Los Del Toro habían tenido una larga e ilustre historia en Venezuela y su tío, el marqués Del Toro, era una presencia influyente en la capital. Sin embargo, María Teresa nunca había experimentado las colonias por sí misma y, por lo tanto, su primera visión de la ciudad tropical, con sus razas exóticas, pájaros de colores vistosos y mujeres ricas llevadas por séquitos de esclavos le debió de causar gran impresión.

Bolívar tenía la esperanza de llevarla[62] a una de las haciendas familiares —la hacienda San Mateo, tal vez— donde podría mostrarle, al menos fugazmente, el lugar idílico de su infancia: los campos de caña de azúcar, los huertos y jardines, la vida en el país encantado que tan a menudo habían imaginado juntos. Pero nunca pudo hacerlo[63]. Ella se sentía demasiado débil para viajar, demasiado frágil para emprender el largo viaje en carruaje por carreteras llenas de baches. Allí, en la ciudad donde su padre había muerto prematuramente, donde había fallecido su joven madre, María Teresa se enfermó gravemente de fiebre amarilla. Nunca se sabrá si la contrajo en Caracas o en La Guaira, o incluso a bordo del San Ildefonso, pero no hay duda de que la enfermedad se apoderó de ella rápidamente, sorprendiendo con su virulencia al agitado marido. A los cinco meses de su jubilosa llegada a Venezuela, murió.

CAPÍTULO 3. LOS INOCENTES EN EL EXTRANJERO
CAPÍTULO 3 LOS INOCENTES EN EL EXTRANJERO

De repente entendí que los hombres fueron

hechos para cosas distintas del amor.

—Simón Bolívar[1].

El cuerpo de María Teresa, ictérico y demacrado por la enfermedad, se expuso en un ataúd abierto[2] para que toda Caracas lo viera. Estaba ataviada con un vestido ricamente decorado[3] de brocados de seda blanca. Su cabeza descansaba sobre una almohada que contenía el ajuar bautismal de su esposo: ningún niño lo usaría de nuevo. Un paño le cubría el rostro. Cuando terminó el funeral y los dolientes se fueron, cerraron con clavos su ataúd y lo deslizaron en la cripta familiar para que esperara la eternidad con los Bolívar.

La pena de Simón fue tan intensa[4] que, según su hermano Juan Vicente, viró hacia una especie de locura en la que se alternaban la furia y la desesperación. Si Juan Vicente no hubiera pasado cada minuto de vigilia cuidándolo, Simón podría haber perdido la voluntad de vivir. “Había pensado en mi esposa como en una personificación del Ser Divino —le contó Bolívar a uno de sus generales—. El cielo me la robó porque nunca estuvo destinada a esta tierra”[5]. Espiritualmente agotado, exhausto físicamente, quiso dedicarse a administrar sus propiedades de cacao y añil pero el trabajo no lo distrajo. Por doquiera que miraba, solo veía los pedazos de una vida imaginada. “Que Dios me conceda un hijo”[6], le había escrito una vez a su tío Pedro cuando tenía diecisiete años y estaba profundamente enamorado, pero por ahora se le había privado de ese sueño y obligado a reconsiderar cada ambición de una juventud llena de esperanza. No podía seguir viviendo solo en la inmensa mansión junto a la catedral, cuyas amplias habitaciones eran un recordatorio de su perdida e irrecuperable dicha. No podía consolarse en los salones de la sociedad de Caracas. Ya no podía esperar una vida tranquila en sus haciendas con una esposa cariñosa y una animada prole. Más tarde contaría:

Si no hubiera enviudado, mi vida podría haber sido muy diferente. Nunca me habría convertido en el general Bolívar, ni en el Libertador, aunque debo admitir que mi temperamento no me habría predispuesto a ser alcalde de San Mateo… Cuando estaba con mi esposa, mi cabeza estaba llena solo del amor más ardiente, no de ideas políticas. Esos pensamientos aún no habían capturado mi imaginación… La muerte de mi esposa me puso temprano en el camino de la política y me hizo seguir el carro de Marte[7].

El desarrollo de la notable capacidad para reponerse a los contratiempos comenzó aquí, en su vigésimo año de vida. Desde las profundidades del desaliento surgió la determinación del sobreviviente. Se volvió agresivo, combativo, contundente. Pronto se vio involucrado en una disputa legal[8] con Antonio Nicolás Briceño, un vecino que según él había traspasado los linderos de una de sus haciendas, construido casas y sembrado en su tierra en el valle de Tuy. No mucho después escribió una carta en la que regañaba a su tío Carlos Palacios[9] por no mantenerlo debidamente informado sobre sus finanzas. Finalmente, asignó toda la administración de sus propiedades a otra persona, José Manuel Jaén. Pero nada de esto retuvo su interés ni contaba como el tipo de vida de un hombre joven. Para su vigésimo primer cumpleaños estaba planeando viajar de regreso a Europa. Estaba aburrido más allá de lo imaginable[10] y ansioso por escabullirse.

Contrató un barco para transportar su cacao, café y añil a España, y zarpó de La Guaira en octubre de 1803. Armado con una pila de libros de Plutarco, Montesquieu[11], Voltaire y Rousseau, se preparó para la dura travesía por el Atlántico. Dos meses después llegó a Cádiz tras un viaje turbulento.

Se quedó en ese puerto el tiempo suficiente para vender las cosechas de sus haciendas y enviar instrucciones detalladas a Jaén, su agente[12]. Pero en enero Cádiz era una ciudad lluviosa y ventosa, y estaba ansioso por seguir adelante. En febrero se dirigió al norte, hacia Madrid, para consolar a su suegro, don Bernardo del Toro, y entregarle algunos recuerdos melancólicos que habían pertenecido a María Teresa. Bolívar pasó dos fríos meses en Madrid, una ciudad que solo lograba deprimirlo, llena de innumerables recordatorios de su esposa muerta y la evidencia de un imperio en descomposición. Todavía vestía ropa de luto[13], que la decencia y la costumbre exigían que usara durante al menos un año. Encontró algo de consuelo al llorar con don Bernardo[14], pero ver a sus viejos amigos y tratar de renovar lazos del pasado resultó tan insoportable como lo había sido en Caracas. En marzo, cuando la Corona emitió un decreto[15] que exigía que todas las personas sin residencia permanente evacuaran la capital debido a una grave escasez de pan, Bolívar se sintió casi aliviado. En abril, cuando florecieron los campos de violetas[16] y enviaron su dulce fragancia al cálido aire de los Pirineos, cruzó hacia Francia esas montañas con su amigo de la infancia, el primo de Teresa, Fernando del Toro.

Llegaron a París[17] justo antes de que el senado francés proclamara emperador a Napoleón, el 18 de mayo. La capital tenía alta la moral y se estremecía de expectativa. Parecía que no había límites a lo que Francia podría lograr. Los filósofos de la Ilustración habían dado forma a una nueva era; la Revolución, a pesar de todas sus atrocidades, había reinventado la nación, y los notables éxitos militares de Napoleón en Europa y Oriente Medio sugerían que Francia podía convertirse en la potencia mundial dominante.

Bolívar había observado el ascenso de la estrella de Napoleón con fascinación. Ahora, mientras caminaba por las calles de París, no podía dejar de ver sus logros: había un nuevo aire de prosperidad que contrastaba con el moho y la ruina de España. Napoleón estaba emprendiendo una redefinición de todas las instituciones públicas —la educación, la banca, las leyes civiles, incluso el transporte y el alcantarillado— y las mejoras eran audaces y evidentes. Una estrategia global más grande también parecía estar en acción. Para entonces, Napoleón le había vendido Luisiana a Thomas Jefferson. Meses antes había admitido la derrota en la sangrienta insurrección que había dado origen a la república de Haití. Pero a pesar de que Francia parecía naufragar en el Nuevo Mundo, surgía en el Viejo como una nación musculosa. Ningún gobernante en el mundo podía reclamar mayor admiración en ese momento que el recién proclamado emperador. Al ver a Napoleón vestido con un modesto abrigo y gorra[18] mientras pasaba revista a sus espléndidas tropas en el patio de las Tullerías, también Bolívar se l

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