Las montañas siguen allí

Fragmento

Prólogo

El verano pasado fui a visitar a Nando1 a su casa en Punta del Este, con el objetivo de que leyera mi manuscrito y pedirle que escribiera unas líneas para la contratapa de este libro. Nando me dijo que lo iba a leer y eventualmente escribiría con gusto unas líneas.

Después de una cordial y agradable reunión me acompañó hasta la puerta de su casa para despedirme, y mientras caminaba delante de mí miré sus piernas flacas y cansadas y me estremeció imaginar a esas mismas piernas dando pasos de gigante en la montaña. Pero quedé totalmente desconcertado cuando vi unas feas cicatrices cerca de sus pantorrillas y talones. No sabía que Nando tenía sus piernas lastimadas mientras caminaba por los Andes e imaginé que las heridas se habían producido después.

“¿Cómo te hiciste esas heridas? ¿Fue en una moto o tuviste un accidente de auto?”, le pregunté confundido mirando sus lastimaduras intentando buscar una confirmación que me tranquilizara.

“No, Pedro, me las traje de la montaña”, contestó.

Me quedé petrificado. Descubrir esas heridas cuarenta y dos años después me conmovió profundamente al imaginarlo caminando con Roberto2 por la montaña, desesperados, heridos y al límite de sus fuerzas, buscando una salida para ellos y para nosotros. Sabía que había sido una hazaña inmensa, pero hacerlo con heridas sangrantes en las piernas me pareció que agregaba aún más valor a algo que ya no admite adjetivos.

Yo no tengo cicatrices visibles ni caminé diez días por la montaña, pero estuve setenta días viviendo bajito, luchando por sobrevivir. Con el tiempo que ha transcurrido, a medida que corremos el velo protector que nos protege, nuestras heridas aparecen y como las de Nando, magnifican lo que vivimos en los Andes.

“¡No irás a escribir otro libro más sobre el tema de los Andes!, ¿no está todo dicho ya?”, me dijo mi hermano Santiago al enterarse de que estaba trabajando en este proyecto.

¿Otro libro más? Pues sí, este es otro libro sobre lo que nos pasó en los Andes. Lo escribo porque creo que no está todo dicho y siento que tengo algo más para decir. Falta contar cómo viví yo mis setenta días en la cordillera y cómo llevé mi montaña después en mi vida personal; pero lo quiero contar como tiene sentido para mí.

Quiero dejar escrito mi testimonio y algunas reflexiones con más de cuarenta años de perspectiva. Me importa dar mi visión personal de esos setenta días, de la lucha por sobrevivir día a día, y cómo fue que entre todos, con dificultades y mucho trabajo pudimos construir esa máquina de sobrevivencia, que fue nuestro cuerpo colectivo en la montaña.

Lo hago porque me gusta contarlo, porque me hace bien. De hecho, al escribirlo me he podido conectar nuevamente con la montaña y me he conmovido al evocar los momentos del accidente, las decisiones importantes, la lucha diaria por sobrevivir, la rutina pequeña del día a día y la caminata final de Nando y Roberto mientras nosotros los esperábamos en el avión. También me emocioné con el recuerdo de mi padre buscándome sin esperanza y con nuestra salida de los Andes listos para enfrentar otros desafíos. Al final, me he dado cuenta de que la montaña todavía me acompaña, está conmigo, se mueve y me sigue conmoviendo. Pero ya pasó, he aprendido a vivir con ella; ya no molesta y me ha dejado vivir mi vida normal por más que a veces me emociono y me avisa que todavía está.

También soy consciente de que a mucha gente le impacta nuestra historia y que escucharla le ayuda a poner sus propias montañas en perspectiva y a tomar fuerzas para superar su propia adversidad.

En estos sesenta y dos años de vida y cuarenta y tantos años de segunda vida, me pasaron y pensé muchas cosas que tienen que ver con este hecho tan significativo para mí. Todo está en este libro, muchas veces en forma explícita, pero la mayoría de las veces flotando entre líneas, como es el caso de toda historia testimonial contada con el corazón en la mano.

En mi recuerdo despojado y limitado de lo que pasó en los Andes está también lo que es más difícil resolver, lo que sigue quedando como un misterio. ¿Por qué sobreviví yo y no algunos de mis hermanos de la montaña que estaban mucho mejor preparados o que después en sus vidas podrían haber hecho aportes mucho más importantes? ¿Cuál es la fuerza que nos hacía vivir un día más y que nos llevó hasta el final? ¿Cómo hicimos para conformar un verdadero equipo de trabajo cuando cada uno en el fondo quería sobrevivir él? ¿Dónde está hoy la montaña en mi vida? ¿Dónde está la cicatriz por las decisiones que tomamos para vivir? ¿Dónde está el duelo no hecho por mis amigos que no volvieron? ¿Cómo hicimos para soportar tanta tensión?

Algunas de estas preguntas tienen un inicio de respuesta y otras no porque ni yo mismo la sé.

Mi experiencia de los Andes fue un momento especialmente límite y difícil, de mucho trabajo, de dolor, oscuro, de vivir bajito, de estar en contacto con las manifestaciones vitales más básicas, de convivir con la muerte y de sobrevivir casi sin darme cuenta, instintivamente. Mi vida después de los Andes fue distinta, llena de oportunidades y realizaciones, con una linda familia y buenos trabajos, donde no he dejado cosas por hacer y crecer. Pero también, una vida con otras montañas, donde lo vivido en los Andes sirvió para saber que ante las nuevas montañas solo hay que empezar a caminar.

Porque no son dos vidas contrapuestas. Son parte de lo mismo. Hoy, con más perspectiva, intento integrarlas, hacer una síntesis, reconocer que las he vivido y que no las puedo separar.

Con más de cuarenta años de distancia, los recuerdos son borrosos, confusos y quedan básicamente imágenes muchas veces mezcladas por lo que se ha escrito o dicho después. El tiempo y todo lo que hemos vivido han borrado los límites y contornos de nuestras memorias. Las heridas existen pero han cicatrizado y nuevas experiencias y más heridas tenemos sobre las viejas heridas que ya teníamos. A veces, las cicatrices son tantas que no las podemos identificar. Lo bueno es que no vivo sobresaltado por los recuerdos ni me atemorizan viejos fantasmas. Eso ya pasó. Pero ahora, miro hacia atrás y conecto puntos, de lo que éramos y lo que somos, y la historia adquiere un nuevo sentido.

Obviamente este libro no es una novela ni nada por el estilo; es mi historia, la historia de mi vida, la que me permite const

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