César y Cleopatra

Philipp Vandenberg

Fragmento

Creditos

Título original: Cäsar und Kleopatra

Traducción: María Antonieta Gregor

1.ª edición: enero, 2014

© 2014 by Verlaggsgruppe LübbeGmbH&Co. KG, Bergisch Gladbach

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

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Depósito Legal: B. 29.283-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-712-7

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CINCO

TERCERA PARTE

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

NOTAS

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

MAGISTRATURAS Y TÍTULOS EN LA ANTIGUA ROMA

TABLA CRONOLÓGICA

Cuadro genealógico de la dinastía Julia-Claudia

Cuadro genealógico de la dinastía Julia-Claudia

Los antepasados de Cleopatra

La batalla de Accio

El imperio romano

El imperio romano

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PRIMERA PARTE

César

Eres en verdad un universo, oh Roma,

pero sin el amor, el mundo no sería mundo,

Roma tampoco sería Roma.

Johann Wolfgang von Goethe, Elegías

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CAPÍTULO UNO

Roma es el polvo de Cartago, el centelleante mármol de Atenas, la opresiva estrechez de Esparta y la infinita anchura de Babilonia. En ella vemos a la Tebas de las cien puertas, a la Corinto amoral, a los cíclopes de Troya y a las incontables almenas de Jerusalén. Se encuentran aquí industriosos efesios, cultos alejandrinos, ociosos de Antioquía y delfianos mojigatos, prostitutas que estampan su huella en el polvo de la calle, silenciosos filósofos y ricachones jactanciosos rodeados por un ejército de esclavos, mendigos harapientos, oradores encaramados en dorados podios y masas en el barro. Se ven cortesanas transportadas en literas y esclavos semidesnudos, gladiadores, llorosas y caras sicofantes, calumniadores profesionales y nomencladores que susurran al oído de su amo el nombre del que viene a su encuentro. Roma, un intrincado laberinto de calles y callejuelas estrechas inaccesibles a los carruajes, con tabernas en cada esquina y comidas baratas, como las cantineras, en su mayoría malolientes. Desde los pisos superiores de las torres habitacionales, adosadas sin orden ni concierto y ventiladas por pequeños ventanucos, a veces hasta cae mierda, sit venia verbo (con perdón de la palabra). Los senadores, ataviados con sus togas de orlas purpurinas, se dirigen con premura al Foro para conocer las últimas novedades del acta diurna, los periódicos murales que los esclavos copian para sus amos. Se ven dioses vernáculos: Júpiter y Venus, y otros extranjeros cuyos nombres nadie conoce, provenientes de África y Asia, así como obras de arte de Grecia, ¡qué delicia! Y todo se ofrece a la vista al unísono, no en intervalos de países y años, no de un momento a otro, sino en una sola ciudad: Roma.

«Si las calles estuvieran más despejadas y no fueran tan peligrosas para los pensadores», se lamentaba en la Via Apia, entre Samnio y Apulia, el más grande de los poetas de Roma, Quinto Horacio Flaco, hijo de un liberto de Venusia. Sacudido en sus años tempranos y, sin duda, no mimado por su progenitor (que solía limpiarse la nariz con la manga), decía pestes del caos romano. «Aquí eres embestido por un presuroso intendente de obras con su ejército de mulas y porteadores; allí sobresale de una enorme enredadera una viga o un sillar; aquí se cruza en tu camino una pesada y chirriante carroza fúnebre; allí corre un perro rabioso; aquí te sale al encuentro un puerco despavorido y embarrado. De pronto, entre esta congestión reparo en uno que recita versos.»

Y Juvenal, el orador, poeta y satírico, se quejaba de que en Roma no se podía siquiera salir a cenar sin haber hecho antes testamento: «En la carreta que avanza hacia ti se bambolea un largo tronco, en otra llevan madera de pino amontonada en altas pilas que trepidan y amenazan a los transeúntes. Cuando vuelca una carreta cargada de bloques de mármol ligúrico, y la carga se desploma sobre una densa muchedumbre, ¿qué queda de los cuerpos?» Para poder dormir en Roma, al decir de Juvenal, era menester ser muy rico. El escándalo era indescriptible y muchos romanos habrían muerto tras enfermar por falta de sueño. Sólo se podía hallar el reparador descanso nocturno en las fincas rurales, fuera de la ciudad.

En la centuria anterior a la venida de Cristo poblaba la ciudad de las siete colinas un millón de personas: pululaban, reventaban por todas las costuras, rezumaban de las paredes como el leonado Tíber en su pantanoso cauce, y cada día eran más.

Roma, cien años antes de Cristo: depravada riqueza junto a la miseria administrada, ciudad de millonarios y menesterosos a merced de la asistencia pública con derecho, uno de cada dos, a 44 medidas de trigo al mes. Roma, ciudad de los marginados y truhanes, metrópoli, ciudad madre de la loba que devoraba todo lo que se le antojaba peligroso: Alba Longa, la capital del Lacio; Veyes, la ciudad de los etruscos; Capua, segunda ciudad en importancia del país itálico; Cartago, en África; Corinto, en Acaya; Numancia, en el nordeste de España. Roma: megalópoli, comunidad megalómana cuyos innumerables grupos de intereses la hacían ingobernable, ciudad de parásitos, aborrecida, temida en todo el Imperio, por chupar la sangre del campo como una garrapata hinchada a punto de reventar, tempus edax, época voraz.

Roma: desconsiderada, despiadada, cruel, sanguinaria ya desde sus comienzos, que Marco Terencio Varrón fijó con exactitud el 21 de abril de 753 a.C. En aquel entonces, Rómulo debió matar a su hermano gemelo Remo, descendiente del héroe troyano Eneas, por haber saltado por encima del pequeño muro que aquél había tendido alrededor de su aldehuela, y así continuó a través de las centurias. En Roma, siempre rigió el puño, nunca la cabeza como en Atenas. Las cabezas, como el mármol, eran importadas de Acaya, los perfumes de los ungüentos, del Asia y el grano, de Egipto. No se preguntaba por el intelecto, sino por el dinero. Desde los días de la República dos cónsules conducían los negocios de Estado, administraban justicia, controlaban la administración militar y civil y dieron sus nombres al año; el tiempo no se contaba.

Quien era dueño de un millón de sestercios, tenía derecho a un asiento en el Senado, donde distraían su tedio eméritos funcionarios encumbrados, y controlaban todos los cargos importantes: la política exterior, las finanzas y la religión.

Quien poseía un caballo y 400.000 sestercios era un miembro de la Orden Ecuestre. Al menos, eso sonaba distinguido, pertenecía al mundo de los negocios, a la nobleza adinerada, no apta para desempeñar cargos, pero todavía en la capa superior. Por debajo de ese nivel, el destino estaba señalado de antemano. Si se era uno de los humiliores, de los impotentes, apenas se tenía una oportunidad. Sin embargo, se formaba parte de la masa de los pobres con derecho a voto (y ese voto era capital; quien lo quisiera debía pagarlo) o, al menos, a formular promesas. De los esclavos, la mercancía humana, no se hablaba.

En la centuria anterior al nacimiento de Cristo los partidos no eran sino asociaciones de intereses, en ningún caso de correligionarios que se reunían para representar determinados ideales. Por dinero, a menudo se vendía el alma, y preferentemente, la convicción. Ubi bene, ibi patria (donde estoy bien, allí está mi patria). Quien se elevaba por encima del término medio, siempre encontraba adeptos, sin importar que fuese más rico, hermoso, brutal, locuaz, generoso o desvergonzado que los demás. Los romanos estaban ávidos de lo extraordinario, de superioridad. No se sentían bien sino cuando tenían un ídolo al cual adorar: el general victorioso en toda batalla, el orador de verbo más contundente, el gladiador que más fuerza derrochaba, la cortesana devoradora de hombres, el suicida que había encontrado la forma más fascinante de dejar de existir.

Desde un principio, el hombre del que nos ocuparemos en estas páginas no disponía de una pronunciada conciencia de superioridad, no tenía ideas elitistas, ni estaba dotado de la arrogancia del rango. Lo único que podría reprochársele era su vanidad. El apelativo Cayo, uno de los dieciocho que había entonces, lo había heredado de su padre. Éste, llamado también Cayo Julio César, no pasó a la historia más que por su original manera de morir, idéntica, además, a la de su propio abuelo: su deceso se produjo a temprana hora de la mañana, mientras se calzaba.

El verdadero apellido, Julio, lo llevaban todos y cada uno de los miembros de la familia de los Julios, una antiquísima estirpe noble de Alba Longa que aseguraba descender de dioses y héroes: Afrodita, la belleza sobrenatural, había seducido al troyano Anquises en el monte Ida y al cabo de nueve meses había dado a luz a Eneas, aquel que más tarde se llevaría en brazos a su padre lisiado fuera de la Troya en llamas, modelo de pintores románticos, pero también acicate para el prosaico Schliemann, empeñado en encontrar las ruinas de aquella ciudad. Según la leyenda, Eneas surcó con su nave las aguas del Egeo hasta que, en Delos, el oráculo le aconsejó poner proa hacia tierra italiana, patria de sus antepasados, una empresa que, como se sabe, se perpetuó durante muchos años.

Su tercer nombre, César, era el patronímico menos común de todos. Aludía al procedimiento ginecológico empleado en el parto, que tuvo lugar el 13 de julio de 100 a.C., por sectio caesarea. El concepto existía desde el siglo iii, en el que vino al mundo de tan extraña manera uno de los antepasados de César. ¿Facta aut licta (verdad o ficción)? El hecho es que Plinio informa que Escipión el Africano, Manilio y el primero de los Césares fueron extraídos del útero de sus madres quirúrgicamente, y de tal suerte nacieron bajo signos propicios. Pero también es un hecho que, en aquel entonces, las madres morían después de una cesarotomía. La ginecología es una ciencia del Renacimiento. ¿Cómo pudo entonces Aurelia, la madre de Cayo Julio César, llegar a la edad de sesenta años? César no desmintió nunca esta versión y permitió de buen grado que lo llamaran por su forma de nacer. Los errores acerca de este hombre comienzan ya con su nacimiento.

No había nada, absolutamente nada de extraordinario en ese niño descrito como pálido, de alcurnia, pero sin fortuna, y eso era en Roma una lacra semejante a la lepra. Así transcurrieron la infancia y la pubertad de ese niño hasta que cumplió los trece años; sus padres decidieron proveer a su vástago de algo mejor y consiguieron que el cargo de sacerdote de Júpiter fuera para ese adolescente alto, delgado y de extremidades endebles. Papá Cayo, pretor urbanus en Pisa, así como edil y procónsul en Asia, o sea, gobernador, puso en juego todas sus relaciones para obtener el cargo para su primogénito, no sólo porque prometía un elevado prestigio social, sino también porque significaba considerables emolumentos para el investido. Un sacerdote no debía trabajar durante el resto de sus días, más aún, le estaba prohibido ver trabajar a los demás.

La dignidad imponía dos condiciones: un sacerdote de Júpiter debía mantenerse al margen de la política y la ley sagrada sólo le permitía tener una mujer para toda la vida, harta ironía para un hombre que habría de ser el político más grande y también uno de los mayores amantes con que Roma contó. Cuando apenas había cumplido los trece años, el joven Cayo Julio César había agotado ya el contingente que le correspondía: sus padres lo habían prometido a una niña, presumiblemente menor aún que él, llamada Cosutia, perteneciente tan sólo a la Orden Ecuestre, pero en compensación muy rica, como supo informar Suetonio, el biógrafo de los Césares, en el siglo i d.C. A los doce años las niñas ya eran núbiles: así se decía entonces. Sin embargo, a poco de fallecer su padre, el joven Cayo disolvió el compromiso no consumado, y se casó, contando ya dieciséis años, con la bellísima hija del cónsul Lucio Cornelio Cinna, un romano influyente, quien poco antes de la boda, o quizá poco después, halló la muerte durante una insurrección. Aparentemente, fue un matrimonio de fuerza mayor, pues al poco tiempo Cornelia, así se llamaba la elegida del joven Cayo, dio a luz una niña a quien, de acuerdo con la vieja tradición, llamaron Julia. Cayo, el padre adolescente, no podía sospechar que su inesperado matrimonio por amor podría conllevar más adelante un peligro político.

La dicha conyugal de los jóvenes duró apenas dos años, al cabo de los cuales Cayo Julio César tuvo que separarse de su esposa en cumplimiento del deseo del dictador Lucio Cornelio Sila. Aunque de la misma familia, Cornelia no agradaba a Sila. La detestaba porque Cinna, el padre de ésta, había sido su mayor enemigo, y todo cuanto le recordara a él debía ser olvidado. Nos encontramos así en el centro del caos político del siglo i a.C.

Enigmático y bizco: así se describe a Lucio Cornelio Sila. Un tipo feminoide, rubio, de ojos azules, que se embriagaba en las tabernas de Roma en compañía de artistas y meretrices, bebiendo la mayoría de las veces más de lo que podía pagar, hasta que una rica cortesana le legó toda su fortuna. Sila no era ningún tonto; todo lo contrario: era culto, locuaz y ya había logrado desempeñarse como cuestor, pretor en Roma, propretor en Cilicia, y hasta cónsul. La fortuna parecía haberse aferrado a sus talones. De todos modos, Sila fue siempre el hombre adecuado en el momento adecuado, resuelto, jamás remilgado con los amigos, y mucho menos con los enemigos.

De acuerdo con un decreto del Senado, Sila tuvo que emprender una campaña contra Mitrídates, el rey del Ponto, quien, poco a poco, se fue convirtiendo en una amenaza para el Imperio romano. Cruel y artero, el bárbaro helenizado del extremo sur del mar Negro aprovechó las querellas políticas de la ciudad del Tíber y, paulatinamente, fue conquistando toda el Asia Menor. Sila sería el elegido para poner fin a esa situación. Una misión nada fácil, para la cual el exitoso propretor de Cilicia parecía predestinado, y casi imposible, pues en Italia había estallado una guerra entre aliados en la que los romanos tenían en servicio a catorce legiones.

El trasfondo de la desavenencia en el propio país era la exigencia, por parte de las tribus itálicas, de gozar del total derecho de ciudadanía romana, que, después del asesinato del tribuno reformador Marco Livio Druso, parecía haber quedado anulado. Publio Sulpicio Rufo se hizo cargo de su herencia política y, al hacerlo, se enfrentó con Sila. Al elocuente Sulpicio Rufo no le resultó difícil movilizar las masas, y, por resolución popular, encomendar al general Cayo Mario el mando supremo contra Mitrídates. Entonces, Sila hizo algo que nadie había osado hacer hasta entonces: con sus tropas se apoderó de Roma, declaró a Mario y a sus adeptos enemigos del pueblo, hostes publici, y abolió las resoluciones de Sulpicio, al que sin duda habría eliminado con la espada, si otros no se le hubieran anticipado. Ya tenía, pues, las espaldas libres para emprender la campaña contra Mitrídates y no había que perder un segundo más. Las provincias de Asia, Cilicia, Bitinia, Misia, Frigia, Licia, Panfilia, y Caria ya habían caído; en la conquista de Éfeso los asiáticos habían dado muerte a 80.000 romanos e itálicos; las provincias ya veneraban a Mitrídates como al «nuevo Dionisio», nuevo amo del mundo oriental. Atenas, Esparta, Beocia y la isla de Eubea, impresionadas por sus triunfos militares, se pusieron también de su lado. Sila cruzó con sus legiones hasta Epiro y saqueó a su paso templos y santuarios en Delfos, Olimpia y Epidauro para mejorar el estado de la caja de guerra. No fue la primera manifestación de la barbarie romana en aquellos lugares. Los tesoros en oro y plata fueron literalmente convertidos en dinero, expresión de centenaria devoción. El cuestor Lucio Lucinio Lúculo y su hermano menor, Marcos, los fundieron y acuñaron monedas de oro y plata. Todavía hoy se habla del «oro de Lúculo».

Los romanos castigaron las mentiras de aquel hombre que, en mejores tiempos, había anunciado allí que el conflicto bélico era el padre de todas las cosas. Quedó en claro que, ante todo, no era más que un enterrador. Los plátanos de la Academia platónica proporcionaron la leña para la construcción de las máquinas de sitio. El 1 de marzo de 36 a.C. cayó Atenas y las instalaciones portuarias del Pireo fueron pasto de las llamas: era el comienzo de una devastación que se prolongaría durante varios decenios. 250.000 infantes, 50.000 jinetes, 130 carros de ruedas guarnecidas con metal, una fuerza cinco veces mayor a la suya esperaba a Sila en Queronea, ciudad famosa por haber sido el escenario donde el padre del gran Alejandro infligió una decisiva derrota a tebanos y atenienses. Trescientos ochenta años más tarde vería en ella por primera vez la luz del mundo el hombre a quien debemos una detallada descripción de esa batalla: Plutarco.

Según escribe el gran historiador de la Antigüedad, los bárbaros se rieron y se burlaron de la catastrófica inferioridad de sus oponentes. La sola magnificencia de las armaduras bárbaras, el brillo dorado y plateado de sus escudos y los abigarrados colores de las cotas de armas médicas y escitas habrían infundido pavor a los romanos. Sin embargo, gracias a la traición de un camino resbaladizo y a la táctica de poner fuera de combate los carros del enemigo, la situación cambió inesperadamente. Los romanos se embriagaron en la lucha, fueron ganando ventaja y a cada avance batían las palmas y soltaban burlonamente un «¡Más!», como era costumbre en las carreras de carros que se celebraban en su patria. Sila ganó la batalla y sólo perdió a catorce de sus hombres, dos de los cuales volvieron a aparecer al caer la noche. Una leyenda, sin duda. Los generales victoriosos nunca registran pérdidas. Los tebanos vencidos debieron pagar un amargo tributo. Sila los obligó a llevar a cabo enormes reparaciones de guerra, no para su propio bolsillo, como tal vez cabía esperar, sino para restituir a Apolo de Delfos y a Zeus de Olimpia el botín que se habían llevado de sus santuarios.

Mitrídates desapareció en Queronea. El fracaso militar debió de confundirlo, pero estaba lejos de darse por vencido. Reunió un nuevo ejército y, medio año más tarde, en el otoño de 86, volvió a enfrentarse a Sila, de nuevo sin éxito. La vanidad se apoderó de Sila: se hizo llamar Epafrodito (el favorito de Afrodita) y, jactancioso, mandó acuñar monedas e inscripciones con el título honorífico Imperator.

La noticia de los triunfos estratégicos de Sila causó poca admiración en Roma: bajo el severo régimen de los cónsules Cinna y Cayo Papirio Carbón, muchos de los hombres influyentes se pasaron al partido del imperator triunfante y Sila se creó involuntariamente nuevas hostilidades y fue declarado enemigo del Estado. Al año siguiente se llegó a un acuerdo pacífico con Arquelao, el general de Mitrídates, por el cual el belicoso rey del Ponto conservó su antiguo Imperio y los romanos recuperaron las provincias de Asia y Paflagonia; al rey Nicomedes se le adjudicó Bitinia, y a Ariobarzano, Capadocia. Además, Sila obtuvo 2.000 talentos en concepto de indemnización de guerra y 70 naves. Es comprensible que Mitrídates, refugiado en Pérgamo, diera su conformidad a esta paz impuesta a regañadientes. Sila le había permitido conservar su diestra, asesina de tantos romanos, pero no sin hacerle saber que debería habérselo agradecido de rodillas.

En Roma y en el territorio itálico imperaba el caos cuando Sila regresó a Brundisium (Brindisi). La guerra de aliados estaba concluida, aunque sólo oficialmente; todos los itálicos al sur del Po habían obtenido la ciudadanía romana. Pero ni la Lex Julia que concedía la ciudadanía a todos los itálicos fieles, ni la Lex Plautia Papiria, una amnistía general que se concedía a los sediciosos tras la capitulación, restablecieron realmente la paz. Sila reconoció la validez de las nuevas leyes creadas durante su ausencia; sin embargo, le llevó un año y medio abrirse camino hacia Roma, y debió batirse en tres cruentas batallas hasta que el 1 de noviembre de 82 logró dominar, cerca de la puerta Collini de Roma, a los últimos samnitas rebeldes, los mandó ajusticiar por millares, saqueó sus ciudades y mató a sus habitantes.

Circularon listas negras con los nombres de 40 senadores, 1.600 miembros de la Orden Ecuestre y 4.700 romanos que, al regreso de Sila a Italia, lo habían combatido o tan sólo habían argumentado en su contra. Proscriptio fue una palabra que infundió pavor: era la proclamación de que aquellos cuyos nombres aparecieran en las pizarras y listas expuestas en todos lados serían considerados, hasta el 1 de junio de 81, libres como pájaros y se les podría dar muerte sin que el asesino mereciera por ello pena alguna; más aún, sería premiado con dos talentos. La fortuna de un proscripto pasaba a manos del Estado y sus hijos y nietos ya no podían acceder a cargo público alguno.

Sila mandó anunciar que habrían de llamarlo Felix, el dichoso, y redactó una ley, la Lex Valeria, que lo convertía en dictador, en soberano absoluto. Todos los romanos se estremecieron ante la idea: el de soberano absoluto era un título que se había otorgado por última vez ciento veinte años atrás, que siempre se había asociado a un estado de emergencia nacional, y que entregaba a un solo hombre todo el poder de resolver las crisis a su mejor entender, y sin tener que dar justificación alguna ni ante el Senado ni ante el pueblo.

Éste era el omnipotente dictador a quien se enfrentaría el joven de dieciocho años. Cayo Julio César hizo saber a Sila que no tenía intención de separarse de Cornelia sólo porque Cinna, su difunto suegro, hubiese sido enemigo del dictador. Esta primera muestra de intrepidez hubiera podido costarle la vida. En una situación análoga, un hombre como Pompeyo se habría sometido al dictado de Sila, pero Cayo no se dejó impresionar ni por la confiscación de la dote de Cornelia y la pérdida de su herencia, ni por su propia expulsión del sacerdocio de Júpiter. Sin embargo, como Sila lo declaró su enemigo, juzgó aconsejable desaparecer y preparar su futura carrera política de incógnito. Amigos influyentes lo ayudarían en su propósito.

Julio, presa de la fiebre durante largos días, cambió de escondite noche tras noche y, más de una vez, tuvo que hurgar en el fondo de su bolsillo para liberarse de los esbirros de Sila. Cualquiera podía ser comprado, desde un cónsul hasta un liberto, todo era cuestión de precio. El régimen de terror de Sila privó de seguridad a los individuos: los mejores amigos se trocaban en enemigos, los maridos eran traicionados por sus mujeres y los hijos, por sus madres. Cundió el pánico. ¿Quién sería el próximo?

Lucio Catilina, asesino de su propio hermano, asedió con éxito al dictador para que proscribiera posteriormente el asesinato como ofrenda. Sin embargo, para beneficiarse con el premio «por gratitud» mató a otro proscripto, presentó a Sila la cabeza cercenada, y se lavó las manos con el agua bendita del templo de Apolo. En Preneste, un centro de la resistencia, habrían sido ajusticiados 12.000 hombres de una vez. Entretanto, desde un estrado del Foro el dictador se complacía en subastar la fortuna requisada o la derrochaba con mujeres hermosas, artistas y cantantes. Ofrendaba un décimo de sus bienes recién adquiridos a Hércules, fuente de energía de sus proezas. Sila pretendía ganar amigos celebrando para el pueblo festines de largos días; se transportaban enormes cargamentos de manjares exquisitos, y todas las noches se arrojaban los restos al Tíber. El vino que se escanciaba, observa Plutarco, tenía cuarenta años de añejamiento.

Por mediación de Mamerco Emilio y Aurelio Cotta, dos parientes cercanos, así como de las vírgenes vestales (a quienes no se podía rechazar petición alguna), Cayo Julio César logró finalmente que Sila cambiara de opinión. El dictador lo indultó, no sin emitir una observación premonitoria: aquel por quien daban la cara en ese momento sería la ruina de la aristocracia a la que defendían. Había en él algo más que un Mario.

César desconfiaba de la palabra del dictador, así que, a pesar del indulto, creyó prudente volver la espalda a la capital por unos años. La provincia de Asia se le antojaba bastante vasta, e ingresó como oficial en el Estado Mayor del pretor Marco Minucio Termo. Tres años de entrenamiento militar en el oriente del Imperio no fueron particularmente emocionantes; sin embargo, el joven, que tenía ya veinte años, se destacó en dos ocasiones hasta tal punto que los historiadores antiguos tomaron nota de su actuación: se distinguió en la toma de la isla Lesbos, cuyos habitantes simpatizaban aún con Mitrídates, rey del Ponto. Si bien ignoramos exactamente cómo sucedió la toma de la capital, Mitilene, debió de ocurrir de una manera tan espectacular que los superiores del joven Cayo le asignaron la corona de ciudadano, una simbólica corona de hojas de roble tan honrosa como efectiva, porque en los teatros todos los espectadores debían ponerse de pie cuando el portador de esa distinción entraba en su palco. Enviado a Bitinia, al sur del mar Negro, en una misión diplomática, el distinguido Cayo habría de hacer recordar a su rey Nicomedes la convenida cesión de una flota, lo cual en efecto realizó, pero «no sin que corriera el malévolo rumor —censura Suetonio—, de haber entregado su castidad al monarca».

César arrastró a su zaga este desliz homosexual con Nicomedes durante el resto de sus días, algo poco comprensible, pues era muy natural que un joven romano de la nobleza también tuviera no sólo una amiga, sino también un amigo, con el que compartía el lecho. El rumor tal vez lo explicaba el hecho de que jamás se hablaba de ello públicamente. De cualquier manera, la conducta del joven Cayo les resultó a los soldados demasiado llamativa. A los pocos días de haber regresado de Bitinia, viajó de nuevo al mar Negro para encontrarse con Nicomedes aduciendo un pretexto poco convincente. Decenios más tarde, con motivo del triunfo de las Galias, sus legionarios se mofaban aún de él en unos versos: «César conquistó la tierra gala, pero Nicomedes conquistó a César. Sin embargo, Nicomedes no se jactó de ello.»

Todavía encontraremos más indicios de las inclinaciones homosexuales de César. Existió un caballero romano llamado Mamurra, más tarde nombrado por César Praefectus fabrum, que no ocultó su relación con Julio. Este advenedizo se construyó una casa en el monte Celio, el lugar más distinguido, y le robó la amante al poeta Valerio Cátulo, quien le respondió con un epigrama referido a Cayo Julio César. Mamurra se sintió así puesto en evidencia. Le hizo saber a César que Cátulo se disculpaba y con un banquete enterraron su enemistad. Finalmente, tenemos noticias de Rufio, «su licencioso amante», según lo describe Suetonio, durante su permanencia en Alejandría junto a Cleopatra. A él le encomendó el imperator el mando de las tres legiones que habían quedado. ¿Cayo Julio César, homosexual?

Sin duda, el joven Cayo evidenciaba afectaciones propias de una mujer, vestía ropas llamativas como un pavo real, llevaba zapatos rojos de tacones a la usanza de los anteriores reyes de Alba, una sortija de oro con la efigie de su madre original, Venus, una túnica provista de largos flecos, ceñida con negligencia, y el cabello largo. ¡Qué chocante debió de resultar en la antigua Roma! Su aspecto provocaba burlas. Suetonio dice textualmente: «En el cuidado corporal era casi un exquisito, no sólo se hacía rasurar y cortar el cabello meticulosamente, sino que, al decir de algunos, también se hacía arrancar uno por uno los pelos de todo el cuerpo.» Sila advertía por su parte con desdén: «¡Cuidaos del mozalbete mal ceñido!» Y, más tarde, Cicerón observó: «Cuando veo el exagerado esmero con que cuida su cabello y cómo se rasca la cabeza con un solo dedo, se me antoja imposible que este individuo pueda concebir en su mente tamaño crimen como la destrucción de la forma de Estado romana.»

Trahit sua quemque voluptas. Cada cual se pone lo que le viene en gana. César se sentía atraído por todo lo bello: mujeres

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