Contenido
Introducción
CAPÍTULO I. Adiós y cierre (2013-2014)
CAPÍTULO II. De la renuncia de Ratzinger a la llegada de Bergoglio
CAPÍTULO III. Infancia (1936-1946)
CAPÍTULO IV. Seminario de Mondoñedo (1946-1954)
CAPÍTULO V. Teología en Salamanca (1954-1959)
CAPÍTULO VI. Múnich (1959-1964)
CAPÍTULO VII. Profesor en Mondoñedo y Múnich (1964-1969)
CAPÍTULO VIII. Profesor en Salamanca (1969-1976)
CAPÍTULO IX. Obispo auxiliar de Santiago (1976-1984)
CAPÍTULO X. Arzobispo de Santiago (1984-1994)
CAPÍTULO XI. Arzobispo de Madrid (1994-2014?)
CAPÍTULO XII. Cardenal-arzobispo de Madrid (1998)
CAPÍTULO XIII. Presidente de la Conferencia Episcopal (1999-2002)
CAPÍTULO XIV. Punto de inflexión, reelección a pesar de los escándalos y última visita del Papa Wojtyla (2002-2004)
CAPÍTULO XV. La cruz de Rouco versus la rosa de Zapatero
CAPÍTULO XVI. Rouco pierde la presidencia de la CEE y a su amigo, el Papa Wojtyla
CAPÍTULO XVII. Presidente por segunda vez (2008)
CAPÍTULO XVIII. La apoteosis de la JMJ de 2011 y sus consecuencias
CAPÍTULO XIX. Claves de una vida
Bibliografía
A Irene y Lucía, mis niñas del alma, fieles correctoras, orgullo de hijas.
A Elena, mi mujer, una «champion», un sueño cumplido, una vida compartida.
A Jesús Bastante, redactor jefe de Religión Digital, que tanto me animó a concluir el libro y cubrió, con creces, mi retirada temporal al monte a investigar y escribir.
A las «parteras» de la primavera de Francisco, fieles, durante tantos años de involución, al Evangelio desde la mística de la resistencia activa.
Introducción
Decía el escritor francés Pierre Assouline que el biógrafo es «una mezcla de policía, soplón y barrendero». Como el que esto suscribe nunca ha sido ni pretende ser ninguna de esas tres cosas, es obvio que su obra no es una biografía. Ni lo quiere ni lo pretende ser.
Se trata, más bien, como comprobará el lector, de un reportaje, como corresponde al periodista que lo escribe. O de una crónica sucinta del devenir de la Iglesia católica española de los últimos setenta y cinco años, la época que abarca el recorrido vital del cardenal Rouco Varela. Eso sí, una crónica centrada en la figura del cardenal de Madrid. Con su vida como hilo conductor.
Una panorámica del devenir eclesial de las últimas décadas nucleada en torno a la figura descollante de Rouco Varela, en la que los lectores habituales de la información religiosa podrán encontrar cosas ya sabidas junto a otras inéditas. E, incluso, ciertas lagunas. La obra no pretende ser exhaustiva ni completa, porque hasta la selección de los grandes acontecimientos eclesiales es subjetiva. Y mucho más, su interpretación.
Nunca es fácil trazar el perfil de un personaje y todavía lo es menos cuando continúa y continuará durante años (al menos hasta los ochenta será cardenal elector) desarrollando una intensa actividad.
He querido hacer (el lector juzgará si lo he conseguido) una aproximación benevolente y equilibrada a su vida. Sin ajustes de cuentas, porque no hay cuentas que ajustar. Sin hacer leña del árbol caído, porque no está caído, simplemente camina hacia la jubilación. Sin forzar el trazo, pero también sin esconder información sobre los hechos y las claves que, a mi juicio, han dado sentido a la vida pública del cardenal gallego-madrileño.
Sin revanchas, pero con memoria histórica. Para no olvidar a tantos que sufrieron en sus propias carnes las iras, descalificaciones y persecuciones de los rouquistas. Tantos heridos que necesitan sanación y, sobre todo, rehabilitación. Todos esos que, en medio del invierno, supieron mantener enhiesta la mística de la resistencia activa y el espíritu conciliar, para que ahora pueda florecer en la primavera.
Como informador religioso seguí al Rouco personaje desde principio de los años ochenta. Y, aún hoy, me cuesta concretar el sentido profundo de su personalidad y de su vida. ¿Cuál es su secreto? Una tarea complicada, dado que Rouco siempre fue un decidido guardián de sí mismo y, de hecho, pocos resquicios de la persona dejó asomar el personaje durante todos estos años. Su timidez, su prudencia y quizá su inseguridad, fueron siempre las capas de un blindaje que impidió su cala.
Como persona, mantuvimos durante años una relación fluida. Incluso me hizo alguna gestión en Roma, para agilizar mi secularización, algo que siempre le agradecí. Tanto es así que, cuando ya llevaba varios años en Madrid, comenzamos la tarea de pergeñar una biografía autorizada. Y, con tal motivo, mantuve con el cardenal varias largas entrevistas en su palacio de la calle San Justo.
Más aún, después de escribir el primer capítulo sobre su infancia, se lo remití para que matizase lo que considerase oportuno. Me lo devolvió con algunas correcciones y tachones de un diálogo novelado entre sus padres, al lado del cual escribió con letra grande «Mentiras». Y, un poco más adelante, añadía: «Siempre estupideces y mentiras». Y, como era lógico, desistimos del intento de la biografía autorizada.
De hecho, al poco tiempo recibí un email de uno de los mejores amigos del cardenal, al que había solicitado ayuda. En él, dejaba bien claro que «la empresa que has emprendido es inviable, dado que el cardenal no solo no autoriza la biografía, sino que no le gusta y desea que no se haga. Ante esa tesitura, todos los amigos nos quedamos sin posibilidad de colaborar, ya que pondríamos en juego la lealtad».
Desde entonces, tuve muy claro que el cardenal me había colocado en su lista negra. Una lista en la que el que entra no sale jamás. Por muchos esfuerzos que haga. Y los hice. En varias ocasiones intenté tender puentes con él, sabedor de que un periodista no gana nada (y puede perder mucho) cuando está enfrentado con sus fuentes.
Pero el cardenal se mantuvo en sus trece y, como periodista, siempre me negó el pan y la sal. Pero no fui un caso único, porque eso mismo lo hizo con otros muchos profesionales. Nos veía como «enemigos», sin querer asumir (porque saberlo siempre lo supo) que los comunicadores somos instrumentos imprescindibles para que la Iglesia pueda hacer llegar sus mensajes a la sociedad.
Y es que, fiel a su espíritu canonista, lo quiere tener todo controlado y lo que no puede controlar, directa o indirectamente, lo ningunea y, si con eso no es suficiente, trata de cerrarle puertas y hasta ventanas. Una actitud que experimenté en carne propia en mi relación con el cardenal de Madrid. Con numerosos y desagradables episodios «persecutorios». Alguno se cuenta aquí. El conjunto de ellos daría para otro libro y retrata al personaje.
Para muestra, un botón. El día 27 de mayo de 2013, teníamos concertada la presentación del libro Francisco, el nuevo Juan XXIII (RD-Desclée) en la embajada de España ante la Santa Sede. Con la participación confirmada del embajador español, Eduardo Gutiérrez Saénz de Buruaga, el padre Ángel, fundador y presidente de Mensajeros de la Paz, y yo mismo. Ya en Roma y sin apenas tiempo para poder reaccionar, nos comunican a través de una secretaría de la embajada que el «señor embajador está indispuesto y no va a poder asistir a la presentación». Y que, por lo tanto, se suspende. Ni asiste el embajador ni se nos permite hacer la presentación en la embajada.
Nos quedamos sorprendidos por este repentino cambio de actitud y comenzamos a hacer las oportunas indagaciones. Y todo conducía al mismo personaje: Rouco Varela. El cardenal había llamado al embajador y le había «instado» a cancelar el acto. Su larga sombra llegaba hasta la embajada española de la Santa Sede en Roma. Para intentar silenciar la presentación del primer libro que se había publicado sobre el nuevo Papa. Los jesuitas nos acogieron en su sede central de Borgo Santo Spirito, al lado del Vaticano, donde pudimos presentar el libro con todos los honores.
A través de su vida y de los episodios eclesiásticos que protagonizó (la mayoría de los cuales, los viví en primera persona), he tratado de hacer un retrato ajustado del cardenal Rouco. Intentando bucear en su interior, consciente de la dificultad de la tarea. Porque todo el mundo guarda algún secreto. Desde los más lujuriosos deseos, hasta algún secretillo, incluso la más estúpida tontería, todos encontramos, en nuestro fuero interno, un cobijo para lo inconfesable.
No se trata, sin embargo, de hollar la intimidad personal del cardenal, sino de retratar su forma de actuar, derivada, en gran parte, de su forma de ser y de concebir su vocación y su misión en la vida y en la Iglesia. Lo que he pretendido es mostrar su quehacer y su «política» al frente de la Iglesia española, con la consiguiente crítica a su forma autoritaria de ejercer el poder, en una crónica periodística con fuertes dosis de ensayo.
Una aproximación, pues, a la época y al personaje, elaborada, interpretada y, por lo mismo, seleccionada y manipulada, en el sentido más neutral de la palabra, aunque no se haga de forma partidista, pero sí de manera inevitablemente parcial. Una invitación, con billete de ida y vuelta, a un viaje exploratorio de la vida del cardenal de Madrid. Un personaje importante, complejo y, quizás, un tanto contradictorio, como contradictoria es la vida misma.
Por eso, lo que aquí se narra es la biografía-reportaje (con mezcla de narración, declaraciones y testimonios) de un importante personaje eclesiástico, con la ventaja y al mismo tiempo con el inconveniente de la cercanía inmediata a los hechos. Falta sin duda perspectiva histórica, pero, en cambio, se gana en testimonios de personas que conocieron y compartieron las distintas etapas de la vida de Rouco. Para contar con tales testimonios, he realizado más de cien entrevistas; he intercambiado cientos de emails y he viajado a los principales enclaves geográficos de su vida.
El secreto de cada corazón solo queda abierto a Dios. Solo para Él, la persona deja de ser un continente desconocido. Aunque también es cierto que la vida vivida termina desvelando nuestro ser más íntimo. Sobre todo, si se trata, como en este caso, de un personaje público, que tuvo que enjuiciar, decidir, preferir, elegir, descartar, juzgar, alabar o condenar. Con todas estas opciones se ha ido retratando y transparentando su ser más íntimo.
Algo de lo que se puede deducir de todo ese recorrido vital es que el cardenal Rouco no tiene el carisma con el que Dios dota a las grandes personalidades. No es un Tarancón o un Gonzalez Martín. Y, sin embargo, ha marcado toda una época en la Iglesia y, por extensión, en la sociedad española. Y ha conseguido más poder que cualquier otro eclesiástico en la historia moderna de la Iglesia española.
Hace ya años le bauticé con el sobrenombre del «vicepapa» español. Y ese es un título que no se consigue sin valía. Es cierto que, sin disponer de grandes dotes carismáticas, Rouco supo mandar y templar, controlar y jugar sus bazas con maestría. Una mente de estratega consumado en un cuerpo frágil, propenso a la somatización y de psicología quebradiza.
Su fragilidad física dota de mayor valor, si cabe, su trayectoria eclesiástica. Un recorrido que contó siempre con el viento de Roma a favor, pero porque se lo supo ganar. Para ser el hombre de Roma en España, primero conquistó a los Papas sucesivos y a los grandes centros de poder de la Curia vaticana y, después, cumplió a rajatabla el papel que, desde allí, le pedían.
No solo fue fiel a las consignas de Roma, sino que extremó su celo para cumplirlas más allá de lo pedido y exigido. Para conseguirlo, se rodeó de un grupo de colaboradores que sobresalían por serle fieles a ultranza y no por sus grandes dotes intelectuales o pastorales, si exceptuamos a don Eugenio Romero Pose, gran patrólogo, al que convirtió en su obispo auxiliar.
Además, utilizó a fondo, para imponer su visión eclesiástica, la palanca de los nombramientos y de los cambios de sede episcopales. Pocas mitras se nombraron o se cambiaron durante estas dos últimas décadas que no pasasen por sus manos.
Para extremar el control, impuso un clima generalizado de miedo en la Iglesia: en asociaciones, movimientos y, sobre todo, entre las órdenes y las congregaciones religiosas masculinas y femeninas. Y, por supuesto, entre los teólogos y en las universidades católicas del país.
Amén de imponer su modelo eclesial hacia dentro, Rouco se convirtió, hacia fuera, en un actor político de primer orden y rompió la neutralidad política, en la que el cardenal Tarancón había instalado a la Iglesia durante la Transición. Hizo bajar a la institución a la arena política, aliándose abiertamente con la derecha más conservadora y con el Partido Popular.
A pesar de disfrutar de mucho poder, en términos globales, cabe decir que el cardenal Rouco no cosechó los frutos apetecidos o deseados. Algunos logros (como las misas-mítines de Colón o la JMJ de 2011), pero un balance general con más sombras que luces.
Como persona, ha sido un hombre temido, que no querido, y, hasta, a veces, odiado. Dejó «muchos cadáveres» en la cuneta e hirió profundamente a mucha gente. Muchas veces sin saberlo, y otras, creyendo cumplir su misión, a la que jamás antepuso ningún otro interés.
Además, su enroque no consiguió volver a llenar las iglesias ni los seminarios del país, al tiempo que imponía una eclesiología uniforme, doctrinaria, rígida y con una pérdida absoluta del sano pluralismo sin el que la institución se asfixia y se pudre por dentro.
Su implicación política hizo que la Iglesia pasase de ser referencia de autoridad moral a convertirse en una de las instituciones menos valoradas del país, sin credibilidad social, sin apenas influencia y con una pésima imagen pública.
Como consecuencia de su estrategia global, se produjo en España a lo largo de estas últimas décadas una de las mayores hemorragias silenciosas de fieles, que abandonaron la práctica religiosa por millones y se instalaron en la «santa» indiferencia.
Y, para colmo de males, Rouco se va «derrotado» desde dentro, por el propio Papa. Francisco está imponiendo, desde su llegada al solio pontificio, un modelo y una dinámica eclesial absolutamente diferente a la suya. Y Rouco ya no tiene cabida en ella. Y tiene que irse enterrando su propio modelo, víctima de una primavera romana que ya no juega la dinámica del poder, sino la del servicio. El cardenal derrotado por el cambio de ciclo vaticano. El «cardenal Cisneros» sin cetro ni gloria.
Capítulo I
Adiós y cierre (2013-2014)
Desde la sede principal, que ocupa en el estrado, el cardenal Rouco Varela divisa a unos tres mil jóvenes y los cinco obispos gallegos, entre ellos su sobrino, monseñor Carrasco Rouco. Arropándolo. Son las ocho menos cinco del 6 de agosto de 2014. A lo lejos se divisan las torres de su amada catedral de Santiago de Compostela. Está en el monte Do Gozo, rodeado de sus incondicionales, de los que le quedan.
Ha querido volver, el mismo día y a la misma hora, al mismo sitio en el que hace veinticinco años su estrella comenzó a brillar. Para cerrar el ciclo y conmemorar las bodas de plata de aquella efemérides que lo catapultó a lo más alto de la jerarquía española. Por la mente del cardenal de Madrid cruza, en un momento, toda su vida y, como una corriente eléctrica bifásica, una frase latina: «Non praevalebunt». Y el texto de Mateo 16,17 ss., en el que Jesús dice a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán (non praevalebunt) contra ella».
«¿Cómo he respondido al amor paciente y misericordioso del Señor para con un siervo y amigo tan débil y tan inútil?», se pregunta Rouco. Y contesta: «Si tuviese que resumir lo que me sale del alma en una sola respuesta diría: todo ha sido y es gracia».
Aquí está de regreso al punto donde todo comenzó. Hace más de un año que los medios de comunicación quieren jubilarlo. Pero aquí está y sigue siendo el arzobispo de Madrid. Al menos por un par de meses más. Y, desde dentro, le surge como un torrente el himno al Sagrado Corazón que había aprendido de niño, cuando todos le llamaban Tucho, en la iglesia de Santa María de Villalba y en la escuela de doña Amelia: «Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat» (Cristo vence, Cristo reina, Cristo gobierna). Y se pone, una vez más, en manos del Dios generoso al que había entregado su vida. Precisamente el próximo 20 de agosto cumplirá los setenta y ocho.
Y, antes de comenzar la vigilia juvenil, Rouco se concede unos minutos para recrear la vista, solazar el ánimo y mirar en retrospectiva, a aquella tarde-noche de un sábado, 19 de agosto de 1989, en el monte Do Gozo, donde el entonces joven arzobispo de Santiago había conseguido la proeza de reunir «a la mayor concentración de jóvenes de la historia», como titulaba el diario ABC.
Y en la entradilla lo explicaba así: «Más de medio millón de personas, la mayor concentración de jóvenes de la historia incluidos los famosos conciertos de rock de los años sesenta, se dieron cita anoche en el monte del Gozo de la capital gallega, para escuchar el mensaje que Juan Pablo II les dirigió. Con palabras claras —para las cuales utilizó cuatro idiomas—, el Papa Wojtyla animó a esa ingente marea humana a no dejarse llevar por los falsos ídolos que hablan de comodidad y de consumo, proponiéndoles como modelo de seguimiento radical de Cristo al monje trapense español Rafael Arnáiz, muerto en la abadía de Dueñas, cuando solo tenía veintisiete años».
Aunque no todos pensaban lo mismo. El prestigioso jesuita José María de Llanos criticaba la concentración compostelana en el diario Ya. «Compostela es una cita en el ayer, y fácil y un tanto ambigua y sin compromiso alguno. Lo más fácil no es precisamente lo más joven, y aquella Jornada Mundial de la Juventud resultaba fácil: caminos hoy en paz total, bien provistos, buena acogida, entusiasmo, facilidad suma, no como en el siglo XI. Y ambigüedad en el gran motivo cristiano».
A los pocos días, en el mismo periódico católico, le contestaba el sacerdote y periodista José María Javierre: «Querido padre Llanos, yo fui a Compostela. Estoy casi tan viejo como usted, pero viajé a estar con los chicos. Los ví, les oí. Hablé con ellos. Conviví. Y puedo contarle que de fácil, la cita, nada. Además, al identificar Compostela con el pasado, comete usted un gran despiste. Compostela aparece a los chicos de Europa como una incitación y una urgencia. Del pasado trae fidelidad a los valores evangélicos».
Ajeno a la polémica pública entre los dos curas, entre vivas, «totus tuus» y «Juan Pablo II te quiere todo el mundo», el Papa exhortó a los jóvenes a mantenerse castos y escapar de los que «reducen el amor a la experiencia de las gratificaciones personales o del mero gozo sexual». Porque «el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de la natalidad y los medios contraceptivos son formas de entender la vida en claro contraste con el Evangelio».
Bastantes años después, tras la celebración de la JMJ 2011 en Madrid, Rouco volvía a echar la vista atrás, hacia su primera JMJ del monte Do Gozo: «La recuerdo con mucha emoción y también con un sentimiento de profunda gratitud hacia nuestro Señor y hacia Juan Pablo II. Los recursos para organizar aquella JMJ eran muy escasos. Recuerdo que Juan Pablo II venía enfermo, pero lo disimulaba muy bien».
Y cuenta una anécdota, reflejo de sus vivencias al lado del Papa ya santo: «El domingo nos trasladamos al monte del Gozo de nuevo, para celebrar la misa de clausura. Todo el camino estuvo cubierto de niebla, como es habitual en Santiago. Pero, cuando llegamos al monte del Gozo, salió el sol. El Papa se subió al altar y lo recorrió de un extremo al otro, diciendo: “Ha venido el sol, es Cristo”. Era su oración. La experiencia fue muy hermosa y, desde entonces, perdura en el recuerdo de mucha gente una frase papal: “No tengáis miedo a ser santos”».
SE SIENTE INCOMPRENDIDO
«¡Cuánto han cambiado las cosas!», piensa Rouco. Entonces, estaba al lado del Papa viajero, que, con su sola presencia, seducía a las masas y transmitía carisma. Entonces, había conseguido reunir más de medio millón de «Papa-boys». Veinticinco años después, Rouco estaba en el mismo sitio, pero acompañado únicamente por unos tres mil chavales. Y en Roma había un nuevo Papa que, con su primavera, estaba echando por tierra el modelo eclesiológico uniforme y compacto al que Rouco se había convertido ya en Santiago, al que había dedicado su vida entera, intentando imponerlo a toda la Iglesia española.
Lo hizo de buena fe, trató de ser una fiel correa de transmisión de las líneas que procedían de Roma. Tanto con Juan Pablo II como con Benedicto XVI. Y, ahora, por vez primera en su vida, se encontraba descolocado, fuera de sitio. Y se sentía profundamente incomprendido. Tanto por los de dentro como por los de fuera. Pero, a estas alturas de su vida, tampoco iba a cambiar ni claudicar.
Mientras tuviese cuerda y Francisco le dejase, seguiría luchando por una catolicismo aliado con los sectores más conservadores de la Iglesia católica, el brazo largo de la jerarquía, y de la sociedad. Siempre había compartido con la derecha conservadora gran parte de los temas de la agenda. Desde la educación hasta la moral, pasando por el modelo social o las relaciones Iglesia-Estado. Y, por supuesto, seguiría luchando por una Iglesia beligerante contra la secularización y el laicismo.
Y eso que, desde Roma, llegaban signos cada vez más evidentes del cambio de rumbo. Con Francisco se estaba produciendo una especie de revolución tranquila, que por muy tranquila que sea, tendrá que poner en marcha una ruptura, un cambio de ciclo, un cambio de era.
Hay continuidad profunda en lo esencial, pero, al mismo tiempo, es evidente la discontinuidad en gestos, acentos, discursos, líneas y tendencias. No hay dos Papas iguales. Y esa es una de las claves de la pervivencia de la institución que, sin romper nunca la cadena que la une a Pedro a través de los siglos, es capaz de aggiornar el papado y la propia Iglesia por medio de los diversos carismas de los distintos Papas que se suceden en el solio pontificio.
El péndulo eclesial en manos de los Papas siempre se mueve entre la reforma y la conservación. En períodos que suelen ser alternos y sabiamente combinados. Después de la época reformista de Juan XXIII y Pablo VI, con la coda final truncada de Juan Pablo I, vino la era de la conservación con Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Toca cambio de ciclo. Por alternancia histórica. Porque la Iglesia lo necesita, tras haber tocado fondo en autoridad moral, en mala imagen y en sangría de fieles. Y porque el nuevo Papa es un reformista moderado. Hemos pasado de un pontificado pedagógico a la Iglesia de la calle. Del profesor al párroco. De Ratzinger a Bergoglio. De Alemania (Europa) a Argentina (Latinoamérica).
Giro geoestratégico de la Iglesia, que busca abandonar su jaula eurocéntrica y buscar nuevas salidas a la fe. Con claves eternas, pero pasadas por un Papa del Sur: la bondad, la ternura, la misericordia y los pobres, los preferidos de Cristo.
Dos Papas próximos y lejanos a la vez, que viven uno al lado del otro, en el escaso kilómetro cuadrado de la Ciudad del Vaticano. En una coexistencia pacífica pero inédita en una institución como la Iglesia que, fruto de sus dos mil años de historia, tiene respuesta para casi todo. Incluso para la cohabitación de dos Pedros y para la revolución de esta nueva primavera.
Revolución y ruptura en los gestos y en los símbolos, que, en la Iglesia, son primordiales, porque es la institución de lo simbólico. Ni plata ni oro ni zapatos rojos ni muceta de armiño... Sencillez y austeridad vivida y sentida. Y mucha naturalidad. Antes, abrazar al Papa era poco menos que una herejía. Ahora, es Francisco el que abraza y abraza de verdad a sus cardenales, pero también a la gente de la calle o a los líderes religiosos o políticos.
Revolución en los gestos y en los discursos. Antes, si a un obispo o a un teólogo se le ocurriese decir que la «Iglesia tiene que ser pobre y para los pobres», inmediatamente le acusarían de radical, incluso de hereje o, cuando menos, de teólogo de la liberación. Ahora, lo dice y lo repite, una y otra vez, el mismísimo Papa.
Una ruptura espectacular, que no gusta nada ni a Rouco ni a sus huestes. Los movimientos más conservadores están que trinan. Algunos lo dicen abiertamente. Otros disimulan como pueden y hablan de «error histórico». La galaxia neocon eclesiástica llevaba más de treinta años en el poder y no lo soltará con facilidad.
Unos pocos, los más radicales, se han echado al monte de la crítica inmisericorde al nuevo Papa. Sin darle tiempo. Sin concederle el beneficio de la duda. Solo por lo mucho que les molesta «la encíclica de sus gestos». Pero la mayoría de la galaxia neoconservadora llora, desconsolada, por las esquinas. Duelo amargo por el reino perdido. Llantos y suspiros por la involución perdida.
No salen de su asombro. «¿Cómo ha sido posible?», se preguntan. Y se les viene el mundo encima. Y pierden el oremus. Y el libreto se les hace añicos. Su libreto decía que «el postconcilio, en manos de los progresaurios, había sido la causa de todos los males de la Iglesia». Que «los progresaurios están acabados». Que «son todos viejos y carcamales y, con ellos, se irá su modelo de Iglesia conciliar». Que «las barbaridades del postconcilio no volverían jamás». En dos semanas, se han quedado sin libreto y hasta sin músicos para tocarlo.
Era tal el machaque, durante todos estos años, que los propios «progresaurios» reconocían el «invierno» eclesial (Rahner dixit) y esperaban nuevos tiempos. O, mejor, los soñaban. Pero, tal y como estaba la situación jerárquica, nadie se atrevía ni siquiera a señalar el final del túnel.
Eso sí, el modelo postconciliar siguió vivo en el corazón, la memoria y la vida de muchos teólogos y curas, que vivieron, mamaron y aplicaron el Concilio. Y de muchos fieles normales, sencillos, de los del común de mártires. Curas y fieles siguieron luchando en silencio por una Iglesia pueblo de Dios, encarnada, atenta a los signos de los tiempos, samaritana, misericordiosa... Y la semilla sembrada, entre lágrimas, empieza a dar su fruto.
El Espíritu sopló de nuevo. Como entonces. Como en la época del Papa Bueno. Y removió la ceniza y salieron a relucir las ascuas de la fe del pueblo de Dios. Y llegó Francisco y con él la nueva primavera. Es hora de disfrutarla y de posibilitarla. Porque tiene oposición e intentan ahogarla o que sea tan solo un paréntesis y vuelvan la uniformidad, la denuncia y el miedo.
Vuelve el Concilio. ¡Ojalá que esta vez sea para quedarse! De la mano del Papa Francisco. Y el pueblo de Dios sonríe. Y los teólogos se alegran. Y el miedo se bate en retirada. Y los que llevamos años pidiendo una Iglesia sana, plural y dialogante, donde quepamos todos, estamos radiantes. Nos conformamos con poco. Nos conformamos con eso: con una Iglesia que deje ser coto privado de unos cuantos y vuelva a ser inclusiva. Y con obispos-pastores que no implanten miedo, sino cariño y el respeto que se otorga a los que sirven con autoridad moral y con bondad.
Tanto Rouco como los movimientos saben también que la dinámica del cambio está en marcha. Aunque le está costando vencer las resistencias internas, el Papa Francisco está haciendo el cambio. Con decisiones de gobierno concretas. Empezando por el nombramiento de una comisión de cardenales (el G-8 cardenalicio), un nuevo secretario de Estado «redimensionado», en la persona de Pietro Parolin, y convirtiendo el IOR en un banco absolutamente transparente y al servicio de la caridad de la Iglesia.
El otro gran reto del Papa Francisco es volver al Concilio Vaticano II. Y aplicarlo de verdad. Por ejemplo, recuperar la colegialidad y la corresponsabilidad. Lo primero se refiere a la democratización de la Iglesia. Con órganos colegiados que funcionen. Por ejemplo, el Sínodo de los obispos, o dando mayor poder a los presidentes de las conferencias episcopales. La corresponsabilidad exige abrir más los órganos de decisión de la institución a los laicos y, sobre todo, a las mujeres.
Pero quizá la tarea más complicada del nuevo Papa sea mantener la ilusión y la esperanza en la gente, en el «santo pueblo de Dios», como él lo llama. Evitar que los curas se conviertan en funcionarios, hacer que en la Iglesia se acepte el sano pluralismo, volver a ilusionar a las bases como en la época del Concilio y parar el «cisma silencioso», la hemorragia de la gente que se va al reino de la indiferencia religiosa. Sin dar portazos y sin mirar atrás. Buscar, con «dulzura y bondad» (las recetas preferidas del nuevo Papa), a las ovejas perdidas. El mundo, continente de misión.
Una tarea hercúlea y a realizar en poco tiempo. Por ley de vida, el papado de Francisco será breve. Su predecesor, a los cinco años de estar en el solio pontificio, ya se movía con dificultades. Además, los cambios en la Iglesia son siempre rápidos y en pontificados cortos.
El Papa está aprovechando el tsunami de simpatía despertado para poner en marcha su revolución tranquila. Juega con la ventaja de que la Iglesia es una institución mimética. Muchos altos prelados, movimientos y organismos eclesiásticos ya están cambiando la chaqueta. Unos, por convicción. Otros, por simple maniobra de supervivencia. En la Iglesia católica es obligado mirar a Roma.
PIERDE SU PUESTO EN LA «FÁBRICA DE LOS OBISPOS»
Rouco, en cambio, no dará su brazo a torcer. Aunque de Roma llegan signos evidentes de que su tiempo ha pasado. Por ejemplo, en el mes de septiembre de 2013, el Papa Francisco confirmó en la presidencia de la Congregación de obispos a su presidente, Marc Ouellet, y a la mayoría de sus miembros, con una significativa ausencia: la del cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela.
Entre los confirmados, en cambio, se encontraban dos españoles: Santos Abril —uno de los purpurados más cercanos a Francisco— y Antonio Cañizares. Rouco pierde una de sus principales herramientas de poder. El péndulo del nombramiento de obispos para nuestro país vuelve a oscilar. Rouco y su entorno dejan de tener influencia decisiva a la hora de designar ternas o de lograr que, de estas, salga el candidato a presentar al Santo Padre. La vara de hacer obispos españoles pasa, desde entonces, por las manos de Santos Abril y de Cañizares.
De hecho, a las primeras de cambio, Francisco marca la pauta de los futuros nombramientos episcopales en el mundo y en España. Se terminó la era de los «grises». Así llaman, en la Iglesia católica, a los nombramientos episcopales efectuados por Roma en los últimos treinta y cinco años. Vuelven los «colores» y el pluralismo a los episcopados de la mano de Francisco. La primera decisión del nuevo Papa, nombrando a Mario Aurelio Poli como su sucesor en la archidiócesis de Buenos Aires, marca la pauta de los futuros nombramientos.
Un nombramiento rápido e inesperado. También en esto el papa Bergoglio rompe esquemas. Las quinielas no acertaron el nombre del sucesor de Francisco en la capital porteña. El Papa, en su primera decisión de gobierno y de calado, eligió a «otro Bergoglio» para sucederle en Buenos Aires. Marco Aurelio Poli, en efecto, es un calco de su predecesor: sencillo, austero, humilde y, sobre todo, apasionado por Cristo, y con personalidad.
Este es el nuevo retrato robot de los que aspiren a ser obispos. Hasta ahora, primaba la seguridad doctrinal, y de ahí que la mayoría de los elegidos para la mitra fuesen eclesiásticos sin fuste alguno. Los vientos han cambiado también en este ámbito. Francisco quiere obispos-pastores, entregados, que conecten con el pueblo, que no sean meros gestores, que sigan estando tan apasionados por Cristo como cuando se ordenaron de curas. Es decir, que no hayan «perdido los Cristos», como suelen decir los eclesiásticos.
Pastores con personalidad, que salgan a la calle, que no tengan miedo de relacionarse con sus ovejas y compartir sus penas y alegrías, que no se instalen en sus palacios, que dejen sus grandes coches y sus chóferes. Pastores que sean párrocos, pendientes de sus fieles y tan preocupados por su rebaño que «huelan a oveja».
Tendencias nuevas también en el nombramiento de obispos... en España. Eso es lo que confirmaba el nombramiento del obispo auxiliar de Oviedo, Juan Antonio Menéndez, el 26 de abril de 2013. Sin grandes saltos, su nombramiento era muy significativo por varias razones.
Se trataba del primer nombramiento episcopal en España desde la llegada de Francisco al solio pontificio. Y también aquí se percibía un cambio de estrategia. Se terminaba le época de los obispos «grises», elegidos en función de su fidelidad máxima a la ortodoxia, sin grandes luces ni demasiadas dotes personales y pastorales. Medianías, pero seguras. Ese era el perfil episcopal en la larga etapa del cardenal Rouco Varela.
Cambiaba esa tendencia y, con Menéndez, Roma apunta a obispos-pastores, obispos-párrocos, a imagen y semejanza del Papa Francisco. El olor a oveja llega a los pastores españoles. Sin estridencias, porque Menéndez tampoco es un exaltado revolucionario. Un cura de centro y centrado, con excelentes dotes de gobierno, ascendió a la cúpula jerárquica asturiana de la mano de monseñor Díaz Merchán, en su última etapa al frente del arzobispado de Oviedo. Y siguió durante toda la etapa de monseñor Osoro. Y después volvió a la base, como párroco en diversas parroquias. Un hombre, pues, moderado, pero preparado y pastor.
La señal que venía de Roma, con el nombramiento de Menéndez, era más potente y clara todavía, si se tenía en cuenta que «el designado», el obispo «in péctore», nombrado al alimón por Rouco-Sanz-Camino, era Jorge Juan Fernández Sangrador. El actual vicario general iba el primero en la terna, en todas las ternas. Pero, en Roma, la cambiaron y eligieron a Menéndez.
Era evidente, por lo tanto, que había llegado a su fin la época en la que Rouco hacía y deshacía nombramientos episcopales. Fue el gran conseguidor de mitras españolas. Muchos se la deben (por eso, le daban sus votos), y otros, el cambio de diócesis. El reino de Rouco terminaba... también en eso. Francisco busca otro perfil de obispo. Y Rouco dejó de ser «el hacedor» de prelados españoles.
PIERDE LA SECRETARÍA DE LA CEE
Rouco no solo perdía peso en Roma, sino también en España. Una pérdida que iba a escenificarse claramente en la elección del secretario de la Conferencia Episcopal Española. Los obispos españoles eran conscientes de que la prueba del algodón de su «franciscanismo» pasaba por las ternas a secretario de la Conferencia Episcopal. Sabían que, con su elección, se iban a retratar ante Roma, ante los fieles y ante la opinión pública española.
El cargo de secretario general del episcopado cuenta con mucho relieve interno, y sobre todo externo, por ser el portavoz del episcopado y la cara visible de la Iglesia. Tras décadas copado por representantes del sector más conservador (en sintonía con lo que había en Roma), era lógico pensar que, cuando Roma había virado hacia la primavera, los obispos españoles no se empeñarían en continuar en el invierno de lo antiguo.
Sabían los obispos que ya no valía acudir a esquemas del pasado ni escudarse en la falsa prudencia o en temores orquestados ante el «vicepapa» español. Entre otras cosas, porque Rouco está ya de retirada y Francisco quiere una Iglesia de periferia, con obispos «callejeros» y que sepan transmitir la misericordia del Señor.
Sabían los obispos que la elección de la cara visible y mediática de la Conferencia Episcopal era una tarea delicada. Estaba en juego la imagen pública y publicada de la Iglesia. Esa que, con el tándem Rouco-Martínez Camino, quedó tan por los suelos, que salía siempre en último lugar en las encuestas de confianza social, a la par de los políticos.
Sabían los obispos españoles que tenían que tocar la misma música y la misma letra que, desde hacía seis meses y medio, sonaba desde Roma.
Pero, fiel a sí mismo, Rouco se seguía resistiendo a dejar paso libre a los nuevos tiempos. Durante diez años (o más) habían sido uña y carne. Mientras el cardenal fulgía como arzobispo de Madrid y vicepapa español, colocó a su fiel servidor, Juan Antonio Martínez Camino, como su «larga mano» en Añastro, sede de la Conferencia Episcopal Española. Ahora se podía quedar sin «pantalla» y buscaba desesperadamente los votos suficientes para volver a colocar a uno de los suyos en el puesto de secretario-portavoz de la sala de máquinas de la Iglesia española.
Hombre de poder, acostumbrado a mandar y decidir, Rouco Varela nunca tira la toalla. Y, aunque está al final de su «reinado», quiere seguir gobernando a las puertas de su jubilación e incluso después de ella. Por eso, el purpurado madrileño maniobró a fondo para colocar a uno de sus fieles como sucesor de Martínez Camino en la secretaría y la portavocía del episcopado.
En un primer momento, Rouco pensó en el auxiliar de Getafe, José Rico Pavés, para ese puesto. Después, se dio cuenta de que, tras la llegada del tsunami Francisco, su candidato a secretario «desentonaba» con los nuevos aires que empezaban a soplar de Roma y afinó su estrategia. Necesitaba un hombre más moderado, con una imagen más suave y un perfil de mayor consenso. Ese hombre lo tenía a su lado: Fidel Herráez, su mano derecha e izquierda en Madrid, el hombre que le gobernó la diócesis.
Monseñor Herráez podía cosechar apoyos no solo en el sector conservador, sino también en el moderado. Además, la secretaría del episcopado sería el broche de oro a su carrera y un premio de consolación a su abnegada labor de servicio absoluto al cardenal desde 1995. Primero, como vicario general y, desde 1996, como obispo auxiliar y moderador de la Curia.
Pero poco premio de consolación parecía la secretaría general para un prelado que sirvió toda su vida al cardenal, que nunca tuvo diócesis propia y que, de aceptar el puesto de secretario, terminaría su recorrido episcopal sin llegar a obispo titular. Y alguien se lo hizo ver al cardenal, que tardó en abandonar la idea de monseñor Herráez.
Creía Rouco que jugaba con varios tantos a su favor. El primero era que su facción estaba bien organizada y que iba a seguir jugando sus bazas a fondo, descubriéndolas en el último momento, para pillar desprevenido al sector moderado, que no se movía ni tenía un líder claro ni engranajes engrasados en la lucha por el poder.
La otra ventaja con la que el cardenal creía contar era la inercia. Rouco llevaba tantos años ejerciendo el poder y de una manera tan absoluta que acostumbró a los obispos a delegar en él y en sus decisiones todo lo referente a la Conferencia Episcopal. Acostumbrados a hacer «lo que diga Rouco», una especie de «mente que piensa por todos», les costaba formar lobby y consensuar un par de candidatos de su cordada. De ahí que, aunque los moderados sean mayoría en el episcopado, hayan llevado casi siempre las de perder.
Pero el arzobispo de Madrid también era consciente de que había dejado de ser el hombre de Roma en España y que los obispos sabían que la elección del secretario les iba a retratar ante el nuevo inquilino del Vaticano y ante la opinión pública. «Hay hartazgo de Rouco entre muchos obispos y ganas de cambiar las agujas en los raíles de la Iglesia», explicaba un teólogo que conoce, desde hace años, los intríngulis del episcopado.
En vísperas de las elecciones, Rouco desestimó la candidatura de monseñor Herráez, pero presentó a otro de sus hombres de absoluta confianza, su también obispo auxiliar César Franco.
JOSÉ MARÍA GIL, LA NUEVA CARA AMABLE DE LA IGLESIA CATÓLICA
Pero, por vez primera, desde hacía más de dos décadas, la estrategia de Rouco fracasaba. Casi un plebiscito: con cuarenta y ocho votos (de setenta y nueve) y a la primera votación, los obispos españoles elegían a José María Gil Tamayo como secretario general de la Conferencia Episcopal. Era el candidato de los moderados y venía «apadrinado» por el arzobispo castrense Juan del Río.
Los obispos confiaron en él por eso y, sobre todo, por sus cualidades mediáticas. Conscientes de que la imagen de la institución eclesial había tocado fondo en España y se situaba en niveles de credibilidad como los de los políticos, la jerarquía española eligió al sucesor de Martínez Camino por sus dotes humanas de diálogo y por su capacitación mediática.
Para remontar en las encuestas y aprovechar el «efecto» Francisco, la Iglesia católica española necesitaba una nueva voz y una nueva cara. Un rostro amable, para presentar a una institución más madre y menos madrastra, y focalizar sus mensajes no tanto en la doctrina sino en el Evangelio. Primero, el Evangelio y, después, la doctrina. Más zanahoria que palo. Más sonrisa que vinagre. Proponer con humildad, sin imponer.
Para eso, los obispos buscaron (y encontraron, a las primeras de cambio) a un portavoz «franciscano». En las formas y en el fondo. Un párroco de cincuenta y seis años (y canónigo de Badajoz), periodista (de la escuela de monseñor Montero), con muchas tablas mediáticas, con dotes de diálogo, con espiritualidad de la Obra y amigo de las «vacas sagradas» de la comunicación vaticana, Federico Lombardi y Giovanni Maria Vian.
Empezó de párroco, en su diócesis de Mérida-Badajoz, pero de la mano del también periodista y gran maestro de informadores eclesiásticos, monseñor Antonio Montero, pasó, desde muy joven, a ocuparse de los medios de comunicación. Primero, en su diócesis. Después, en Añastro, sede de la CEE, como director de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación.
En Madrid hizo de todo en el ámbito de los medios de comunicación eclesiales y civiles. Desde comentar los grandes eventos en las televisiones, hasta dirigir los programas religiosos de Televisión Española y Radio Nacional de España, pasando por la puesta en marcha de la ya periclitada Popular TV de la Iglesia.
Desde Madrid y de la mano de su amigo Giovanni Maria Vian, director de L’Osservatore Romano, comenzó a publicar columnas en el periódico del Papa, al tiempo que era nombrado consultor del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales del Vaticano.
En el cargo de «fontanero» de la comunicación de Añastro estuvo trece años nada menos. Lo dejó para irse a cuidar a su madre anciana, y porque parecía que su horizonte en el escalafón eclesiástico se cerraba, taponado por Martínez Camino y los suyos. En su diócesis volvió a ser párroco de San Juan Bautista y canónigo de la catedral. Y a la sede de la CEE regresó como jefe de la sala de máquinas y con olor inminente a mitra.
El último impulso que necesitaba para volver por la puerta grande le llegó del Vaticano. Allí, al lado de Federico Lombardi y Rosicca (el portavoz para la lengua inglesa), Gil Tamayo se consagró a nivel mundial como un experto comunicador. Esa «aura» le valió muchos de los votos que cosechó para ser elegido sucesor de Camino. Otros muchos le avalaron por pertenecer al sector moderado y porque Rouco, que quería jugar sus bazas hasta el final, presentó a uno de sus auxiliares (César Franco), que se llevó solo los doce votos de los más conservadores y escenificó a las claras la pérdida de poder del arzobispo de Madrid.
Gil Tamayo llegó con un libreto nuevo bajo el brazo. Con cambio de letra, de música y, por supuesto, de director de orquesta. El nuevo y flamante secretario general y portavoz del episcopado quiso escenificar, en su estreno ante la prensa, que la «primavera» de Francisco había entrado también en la cúpula de la Iglesia española. Por eso, prometió que la política informativa de la institución sería «transparente», amén de cordial y cercana, sin dejar de ser eficaz.
El nuevo director de orquesta de la Conferencia Episcopal toca una nueva sinfonía que, sin pretenderlo, entierra y supera la etapa dura y doctrinaria de su predecesor, Juan Antonio Martínez Camino. Una música nueva con una nueva puesta en escena. Desde que entró en la sala abarrotada de medios, el padre Gil Tamayo fue saludando, uno por uno, a todos los presentes. Casi todos conocidos de su larga etapa de trece años en Añastro, como director del secretariado de Medios de Comunicación.
Besos, abrazos y muchas sonrisas y parabienes por parte de todos, incluidos los directores de los secretariados («mis compañeros hasta hace dos años»), que asistieron casi en pleno a su toma de posesión. Y aplaudieron, con convencimiento, esa nueva canción sonora de Añastro, sede de la Conferencia Episcopal.
«Buenos días, compañeras y compañeros». Desde el saludo inicial, José María Gil sonaba al Papa Francisco y a sus cálidos mensajes. Y por si quedaba la más mínima duda, añadía: «Estoy encantado de estar con vosotros. Estoy a vuestro servicio».
Consciente de que su nuevo cargo era «difícil, muy difícil», quiso ganarse, de entrada, la benevolencia de los profesionales de la información. «Hacéis un papel insustituible, necesario e imprescindible para que llegue a la sociedad lo que la Iglesia le quiere decir». De ahí que vea a los periodistas no como enemigos o gente a evitar, sino «como compañeros necesarios».
Una vez camelados los periodistas, el nuevo portavoz de la Iglesia miró ad intra, hacia la Casa de la Iglesia, para agradecer la tarea de la gente que allí trabaja, especialmente de los «directores» de los diversos departamentos, por esa «tarea oculta y de servicio a la Iglesia» que realizan de forma «entregada y generosa».
Obligada la referencia a su predecesor, Martínez Camino, con el que todos los presentes le estábamos comparando. Y el nuevo inquilino de Añastro sale ganador en todo. Sin hacer grandes cosas. Sin grandes alardes. Solo con sencillez y campechanía. Porque, al estilo de Francisco, el nuevo portavoz transmite confianza, cercanía, sencillez y transparencia. Como el Papa, no actúa, se deja transparentar.
Un cura-periodista, con dos vocaciones en las que cree teórica y prácticamente. «Creo en la comunicación profundamente». Y, hasta reconoce que «quizá por eso se han fijado en mí los obispos».
Siempre humilde, se define a sí mismo como «un cura que se metió a periodista», pero «cura y periodista de manera apasionada». Eso sí, huye de las etiquetas de progresista o conservador y no se siente condicionado por ellas.
El nuevo portavoz de los obispos cree en «la transparencia», que, a su juicio, es «la mejor forma de luchar contra los rumores, la pereza y la desinformación». Confiesa que no viene con un programa preconcebido. Ni mediático ni de gestión, pero todo lo que dice apunta a una hoja de ruta pensada desde hace tiempo. Quiere «transmitir lo que la Iglesia es en realidad y lo que hace por la sociedad española, especialmente por los más desfavorecidos».
Y no solo quiere «vender» la labor social de la institución, sino también su función social, porque «la Iglesia es una institución de sentido, que quiere iluminar las realidades sociales». Y, como buen informador, pretende que sea la institución la que marque la agenda, para que no vaya siempre a rebufo de la agenda marcada por los demás: «Hay que mandar en la cancha, hay que ir por delante, siempre con honestidad y transparencia».
Con esas actitudes de fondo, José María Gil quiere que la Iglesia deje de ser «profeta de calamidades» y vuelva a comunicar en positivo. Y, sobre todo, con eficacia. «Tenemos que revisar los resultados que conseguimos en la comunicación y en cómo está llegando nuestra imagen a la sociedad».
O dicho de otra forma, Gil Tamayo quiere que la Iglesia «salga de las páginas de sucesos y ocupe en las de sociedad el lugar que le corresponde». Y para eso propone «ofrecer nuestras convicciones con alegría, con simpatía y con fuerza». Porque solo así «se irá adecuando la realidad eclesial con la mediática».
Tiene también claro que «la Iglesia española mirará a Roma, como no puede ser de otra manera, y mirará con alegría a ese aire fresco y nuevo que nos trajo el Papa». A su juicio, la sintonía con Francisco es y será total, entre otras cosas porque «Francisco tiene nuestras mismas claves culturales y eso favorece nuestra sintonía con él».
Y termina con la misma sencillez con la que empezó: «Disculpad por los errores y por los nervios». Y en la sala, suenan aplausos. Y comentarios de admiración. «Es un cambio claro de ciclo —confiesa a mi lado un fontanero de Añastro—. Desde ayer hemos empezado a respirar. Hay aire nuevo en los pasillos». Y en el hilo musical suena una sinfonía «franciscana». Dirigida por un cura-periodista.
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ROUCO COMO LÍDER DE LA IGLESIA ESPAÑOLA
Antes de sus elecciones, los obispos españoles tenían que pasar por Roma en visita ad límina. «Estoy seguro de que el Papa nos sorprenderá, como hace habitualmente, y pondrá sobre la mesa pistas y pautas para afrontar con ilusión y alegría y un fuerte espíritu renovador y ardor misionero la tarea evangelizadora que tiene la Iglesia por delante». Esto decía el obispo de Terrassa, José Ángel Síaz Meneses. Y como él pensaba la mayoría de los ochenta y tres obispos que estaban en Roma en la visita ad límina. Pero Francisco les sorprendió por el otro lado...
Francisco fue recibiendo a los obispos españoles por pequeños grupos. Y de esos encuentros, según variadas fuentes episcopales, salieron «impactados por la personalidad, la cercanía y la capacidad de escucha del Papa». Tanto, que la mayoría exclamaba: «¡Qué maravilla!».
Quizá por eso, esperaban que, en el discurso central, ante los ochenta y tres obispos españoles reunidos en Roma, Francisco marcase claramente la hoja de ruta de la Iglesia española, conscientes de que se habían suscitado enormes expectativas y que toda la Iglesia española estaba esperando sus directrices como agua de mayo.
Pero el Papa les entregó un discurso plano, quizás escrito por algún funcionario de la Secretaría de Estado y muy similar, en fondo y forma, a los que también entregó las semanas pasadas a los obispos checos o polacos.
Y los obispos se quedaron «fríos» ante una recepción de trámite, en la que el Papa ni siquiera leyó el discurso, sino que se lo entregó en un sobre a cada obispo. La impresión de los prelados es que el Papa estuvo escuchando, pero «después no se mojó» y, por supuesto, «no hizo el perfil del líder episcopal que se necesita hoy en España» ni abordó las grandes preocupaciones de la agenda española.
Nada de señalar al sucesor de Rouco en Añastro y, por lo tanto, a su «hombre» en España. Solo se permitió, al respecto, un comentario en plan divertido sobre el tema: «Sé que tienen asamblea plenaria, ¿la semana próxima, verdad? ¡Pues nada, que se diviertan!». La broma provocó las sonrisas de los prelados y todo concluyó con un aplauso.
Lo que sí que hizo el Papa, según nuestras fuentes, con diversos grupos de obispos, fue mostrar su preocupación «por la situación económica, por la situación de la Corona y por la unidad de España». Ante algún grupo de prelados, llegó a plantear esta pregunta directa: «¿Creen ustedes que España podría evolucionar hacia una República?». Pero solo en privado.
De ahí la decepción de muchos prelados que esperaban que el Papa señalase un claro cambio de ciclo en la Iglesia española, tanto en personas como en actitudes, y que abordase, en público, al menos alguno de estos tres grandes temas.
«Quizá pusimos demasiadas expectativas en el discurso y lo que el Papa quiere es que, como Iglesia adulta que somos, encontremos nuestro propio camino, sin tantas indicaciones de Roma», explica uno de los prelados allí presentes. Y añade: «Francisco ha querido decirnos que ya va siendo hora de que la Iglesia española deje de tener tortícolis de tanto mirar a Roma, como sentenció, hace ya muchos años el cardenal Tarancón».
En esa misma audiencia en la que el Papa recibió a todos los obispos españoles, Rouco escenificaba, precisamente en su discurso ante Francisco, que seguía siendo adalid del viejo estilo. Y su intervención contrastaba con el posicionamiento papal. Mientras Rouco hablaba de «concepción secularista y materialista» en la sociedad española, de «preocupaciones acuciantes» en el campo del matrimonio, la familia y la defensa de la vida, de la «herencia católica» de España, Francisco abogaba por la «ternura y la misericordia», el «respetar con humildad» a cada persona y recordaba que «la fe no es una mera herencia cultural».
Bergoglio dejó claras las directrices que habrán de seguir los obispos españoles en el futuro. Contra el excesivo poder acumulado por los jerarcas católicos en los últimos años, el Papa les recordó que «también la grey que le ha sido encomendada tiene olfato para las cosas de Dios». Que se acabó el ordeno y mando y que los prelados tomen las iglesias como coto privado y particular.
Las claves, pocas y muy claras: «Ternura y misericordia, y buscar lo que verdaderamente une y sirve a la mutua edificación». Con los sacerdotes, pero también con «las personas consagradas, por su rica experiencia espiritual y su entrega misionera y apostólica en numerosos campos. Y los laicos, que desde las más variadas condiciones de vida y respectivas competencias llevan adelante el testimonio y la misión de la Iglesia». Los grandes olvidados de los últimos años de la Iglesia española cobrando protagonismo una vez más en las palabras del Santo Padre.
Frente a la tentación de poder, un llamamiento a «la colaboración franca y fraterna», y al «anuncio valiente y veraz del Evangelio» y de convencer «con el ejemplo, la educación y la cercanía», para que «nadie se quede excluido» y para «llegar al corazón de todos».
«El Papa nos ha marcado las claves de presente y de futuro», señalaba un obispo a la salida del encuentro. Nadie quería dar nombres, y mucho menos personalizar en la figura del cardenal de Madrid, pero el que más y el que menos daba por finalizada la etapa de Rouco en la Conferencia Episcopal.
Francisco quiere que su primavera llegue y cale también en España, donde la Iglesia católica está llamada a cerrar un ciclo (con el fin de la era Rouco) e iniciar una etapa de «renovación». Con una nueva hoja de ruta, basada en el programa general del «Buen Samaritano». Pasar de ser y sentirse fortaleza asediada a «viña del Señor» o madre misericordiosa, en cuyos brazos «quepan todos». Un cambio de tendencia que el Papa desgranó ante los ochenta y tres obispos españoles en visita ad límina.
Antes de ofrecer a los prelados el programa del Buen Samaritano para la Iglesia española, el Papa reconoció la difícil situación actual que atraviesa la institución en nuestro país. Sometida por un lado a la «indiferencia de los bautizados» que se alejan de ella y buscan espiritualidad en otros prados, y, por el otro, a una «cultura que arrincona a Dios» en las sacristías o pretende expulsar la fe «del ámbito público».
Ante esta situación, el Papa, siempre esperanzador, invitó a los prelados patrios a echar una mirada a la historia. Para que fuesen conscientes de dos cosas. Una, que Dios sigue actuando en ella, a pesar de los pesares. Y dos, que la Iglesia española tiene que volver a ser «viña de todos» y no coto exclusivo de unos cuantos elegidos.
Marcadas las grandes líneas, Francisco concreta aún más la hoja de ruta que quiere que apliquen los obispos españoles. Y les ofrece una especie de decálogo para esta nueva era:
1. «Abrir caminos nuevos al Evangelio», sin contentarse con lo de siempre. Innovación y creatividad. Avanzar sin miedos. Con unos obispos que se pongan «al frente de la renovación».
2. Obispos en actitud de «escucha atenta a todos», de «corazón a corazón», buscando siempre lo que une y no lo que separa. Un consejo que huele y suena a Juan XXIII.
3. Prelados que, según el Papa, tienen que poner en práctica sobre todo estas cuatro virtudes: humildad, paciencia, ternura y misericordia.
4. Además, los obispos no pueden ser señores, sino pastores que confían en «la grey», porque esta «tiene olfato para las cosas de Dios». La grey conformada por curas, frailes, monjas y laicos.
5. La Iglesia española tiene que dejar sus «grupos-estufa», su psicología de gueto y salir a las periferias geográficas y existenciales. Desinstalarse.
6. Una Iglesia en estado de misión, dedicada no solo a conservar lo que ya tiene, sino volcada en ir a buscar a los «alejados», a las ovejas perdidas. Una Iglesia consciente de que «la fe no es una mera herencia cultural».
7. Una Iglesia que cuide especialmente la transmisión y la educación de la fe de los niños. Porque la infancia es la patria de la vida y, si el misterio de Dios entra en el alma en esas edades primeras, permanece para siempre.
8. Iglesia volcada en el acompañamiento de las familias, como espacios de amor, de vida y de fe. Ofreciendo este caudal de virtud a la sociedad, sin querer imponer el modelo matrimonial católico como el único y exclusivo.
9. Francisco pide a los obispos atención «prioritaria» a las vocaciones sacerdotales y religiosas. Eso sí, con una acertada selección de candidatos, para que no se cuelen en los seminarios más manzanas podridas.
10. Y, por último, pero siempre como primero en la agenda papal, «el servicio a los pobres» de una Iglesia que «es madre y nunca puede olvidar a sus hijos más desfavorecidos». Un ámbito en el que Francisco elogió explícitamente la labor de Cáritas española, que «ha merecido el reconocimiento de creyentes y no creyentes».
SU ÚLTIMO DISCURSO COMO PRESIDENTE DEL EPISCOPADO
El 11 de marzo de 2014 reinaba un ambiente especial en la Plenaria episcopal. Como suele suceder en todas las asambleas donde se celebran elecciones. Aquí no hay partidos ni campañas electorales, pero sí grupos y sensibilidades episcopales distintas, que tienen que plasmarse, lógicamente, en personas y en estructuras. Mediaciones que dicen los obispos.
Olía a votos y a fin de reinado de Rouco. Y la mayoría episcopal no parecía sentir en demasía su marcha. «A don Antonio —dice un fontanero de Añastro— se le teme o se le respeta más que se le quiere».
Comenzaba la despedida por etapas del cardenal de Madrid. Al día siguiente, dejaría su gran palanca de poder, la presidencia de la Conferencia Episcopal. En el verano posiblemente Roma le aceptase públicamente la renuncia y, en octubre, se despediría del arzobispado de Madrid. El día 11 (aniversario del atentado contra las torres gemelas de Nueva York), pronunció su último discurso como líder del episcopado. Se iba el «cardenal Cisneros» y su marcha no fue llorada por sus pares.
En su despedida, volvió a su hoja de ruta de siempre: familia, vida y defensa de la clase de Religión. Y una descripción en blanco y negro de la situación de España, «amenazada por posibles rupturas insolidarias».
Y es que, para el cardenal de Madrid, España está viviendo en una situación cultural «postcristiana», que describe con sus habituales tonos sombríos. «Sufrimos el envejecimiento alarmante de nuestra sociedad, con el matrimonio y la familia atravesando una crisis profunda; la cultura disgregadora y materialista del tener y disfrutar se percibe en muchos campos, en particular, respecto de los inmigrantes, afectados, como también las clases medias, por la crisis cultural y económica; la misma nación española se encuentra con graves problemas de identidad, amenazada por posibles rupturas insolidarias; el nivel intelectual del discurso público es más bien pobre, afectado por el relativismo y el emotivismo».
En definitiva, una España a punto de romperse, en crisis profunda, víctima «del materialismo, del relativismo y del emotivismo». Esta situación se manifiesta, para el purpurado, especialmente en la crisis de la familia, de la vida y de la educación.
Por eso, Rouco volvió a insistir, una vez más, en que el matrimonio y la familia «son la célula básica de todo cuerpo social» y, en España, se encuentra desprotegida por las leyes. La familia es también «sujeto primario de la educación». En este ámbito, el cardenal recuerda el derecho de la Iglesia «a la enseñanza de la religión católica en la escuela estatal y el derecho de los padres a elegir la educación religiosa y moral de sus hijos».
Tras volver a clamar contra el aborto y reclamar la defensa de la vida «tanto en los comienzos de la existencia como en los finales», el cardenal concluyó advirtiendo que «la Iglesia no reivindica ningún privilegio para ella» y reconociendo que «la situación no es fácil».
Aunque también hay algunos signos de esperanza en medio del túnel del alejamiento de Dios. Entre ellos, Rouco señala a los movimientos eclesiales, a la vida consagrada, a las familias, a los jóvenes comprometidos, a «muchos abuelos que son verdaderos apóstoles» y, sobre todo «a una fe que mantiene sus hondas raíces en la conciencia popular, alimentada por la piedad del pueblo».
Una despedida gris y plana. Con los mismos acentos de siempre en su vieja forma de ser y de hacer Iglesia. Vieja, porque la hizo envejecer la realidad social. Vieja, porque la hizo envejecer, en este último año, el Papa «llegado del fin del mundo». Francisco está proyectando e impulsando una Iglesia pobre, tierna, amable, propositiva y dispuesta a ofrecer al mundo la medicina de la «misericordina», como dijo en una de sus catequesis dominicales, con un frasco de ese remedio tan especial en la mano.
Rouco y su fiel escudero, Juan Antonio Martínez Camino, arropados por un número corto pero irreductible de mitrados, han venido defendiendo, durante las últimas décadas, un modelo de Iglesia a la defensiva, doctrinaria, triste, impositiva, con pocas entrañas sociales, dispuesta siempre a salir a la calle por cuestiones de moral sexual (léase, matrimonio gay), pero sin apenas capacidad de denuncia profética de los desmanes de los políticos, de los dramáticos efectos de la crisis en los más pobres o de la marea negra de la corrupción.
En definitiva, doctrina y más doctrina. Pero Francisco ha cambiado las tornas y, como él mismo suele decir, quiere «primero Evangelio y, después, doctrina». Por eso, Rouco y los suyos se han quedado descolocados: sin guión, sin actores, sin teatro y casi sin público. Su modelo de juego se ha hundido. Los aires que soplan de Roma han cambiado tanto y tan rápidamente que les han pillado con el pie absolutamente cambiado. Y ya no quieren ni pueden virar.
Por eso, el cardenal de Madrid sigue aferrado a lo que el Papa llama «las viejas obsesiones» de la moral, del sexo y de la defensa a ultranza de los privilegios heredados de otras épocas. De ahí que su penúltimo discurso haya seguido el guión acostumbrado: pidió leyes que defiendan la familia tradicional que, a su juicio, está en crisis profunda; aseguró que las relaciones Iglesia-Estado están «suficientemente bien reguladas», para que a nadie se le ocurra tocar los Acuerdos; y, cuando bajó a la política, fue para introducir un tema que divide al episcopado: el de la unidad de España.
Rouco proclamó (en contra del sentir de la mayoría del episcopado catalán, al menos) que la unidad de España es «una parte principal del bien común» y que, por lo tanto, la responsabilidad moral exige a los políticos que «respeten la Constitución».
El último discurso de Rouco como residente de la CEE quedó todavía más en evidencia, al compararlo con el que, a continuación, pronunció el Nuncio del Papa en España, Renzo Fratini. «Rouco sigue anclado en el pasado, mientras que el Nuncio se agarra al presente», resumía un «fontanero» de Añastro.
En plena y clara sintonía con Francisco, Fratini (cuyo papel en España, al menos hasta ahora, había quedado siempre a la sombra de Rouco) se descolgó con una intervención, corta pero enjundiosa, en la que trazó ante la Asamblea plenaria el perfil de obispo que quiere el Papa: «pastores cercanos a la gente, padres y hermanos, hombres que aman la pobreza y la austeridad, sencillos, humildes...».
El representante de Francisco no solo dijo a los obispos cómo quiere el Papa que sean, sino que, además, les invitó a cambiar de programa y a poner en marcha un «nuevo plan pastoral». Un plan que conecte a la Iglesia española con la «primavera» de Francisco. El aplauso a Rouco de sus compañeros obispos duró solo ocho segundos y un tanto deslavazados.
BALANCE DE LA ERA ROUCO EN AÑASTRO
Se cierra el ciclo Rouco en la Iglesia española. Se termina la era del vicepapa español. Se va de la presidencia del episcopado el cardenal Antonio María Rouco Varela y deja un balance de más sombras que luces en su liderazgo del órgano colegiado de los obispos.
Rouco estuvo al frente de la Conferencia Episcopal más tiempo que nadie: cuatro mandatos de tres años, solo interrumpidos en el trienio 2005-2008, cuando Ricardo Blázquez le ganó las elecciones por un solo voto. Superó al cardenal Tarancón, que estuvo tres trienios y un año en funciones. La primera vez que conquistó el cargo fue en 1999, volvió a ser reelegido en 2002, cedió el testigo en 2005 a Blázquez, y lo volvió a recuperar en 2008, para mantenerlo hasta 2014. Doce años de presidencia de facto, a los que hay que añadir los otros tres de presidencia en la sombra.
Doce o quince años, según el cómputo que se haga, en los que Rouco hizo y deshizo en la Iglesia española a su antojo. Con su personal auctoritas que le hacía brillar por encima de sus pares, dicen sus amigos. A través del miedo y del control, dicen sus enemigos. Pero el caso es que el cardenal mantuvo «atada y bien atada» a la Iglesia española durante casi dos décadas. Nada se hacía, nada se movía sin contar con su plácet.
El Cardenal (con mayúscula, como le llaman en su entorno) supo poner en marcha durante todos estos años estrategias ganadoras. Y lo cierto es que, dedicado en cuerpo y alma a la gestión del poder eclesial, Rouco consiguió varias victorias.
En efecto, durante los años de la hegemonía política socialista, convirtió a la Iglesia en la principal oposición a las políticas «laicistas» de Zapatero, convocó manifestaciones, salió a la calle a manifestarse contra el matrimonio gay y convirtió la fiesta de la Familia en la plaza de Colón de Madrid en una Numancia del catolicismo.
Exhibiendo públicamente el poder de la Iglesia, negoció de tú a tú con el Gobierno socialista y consiguió de él el mejor acuerdo de financiación que jamás haya logrado la Iglesia católica. Aunque la firma real del acuerdo la efectuase Ricardo Blázquez en su primer trienio como presidente de los obispos, las negociaciones venían de la época de Rouco. Tampoco cedió terreno en la situación de la clase de Religión en la escuela pública y, en definitiva, mantuvo todos los «privilegios» que conceden a la institución católica los Acuerdos Iglesia-Estado.
Pero en su debe abundan las sombras. La Iglesia era la institución más valorada en tiempos de Tarancón, pero con Rouco al frente, rozó sus cotas más bajas, situándose en las´ultimas posiciones de la confianza social de los españoles, al lado de los políticos.
Por otra parte, a pesar de presidirla tantos años, Rouco nunca creyó en la Conferencia Episcopal como órgano colegiado. Y, fiel a los vientos que soplaron de Roma hasta la llegada de Francisco, la desactivó, congeló su dinamismo y la utilizó cuándo y cómo quiso. De la mano de Martínez Camino, que fue el que, como secretario general, le cuidó la Casa de Añastro, sede del episcopado, hasta que fue desbancado por José María Gil Tamayo.
Rouco decía que el presidente del episcopado no es el «jefe de los obispos», pero él ejerció su cargo de forma y manera absolutamente presidencialista. Tanto es así que los obispos decían, entre broma y broma: «Añastro está en Bailén», la sede del arzobispado de Madrid.
Conscientes de ello, los obispos españoles, siempre demasiado atados a la línea jerárquica, venían a las sesiones de la Plenaria de la CEE a cumplir el trámite, para volver cuanto antes a refugiarse en sus respectivas diócesis. «Que lo decida Rouco o que lo arregle Rouco, porque, de todas formas, lo va a hacer», decían.
En cualquier caso, unos por comodidad y otros por miedo, durante todos estos años muy pocos se atrevieron a alzar la voz o a contradecir al todopoderoso cardenal madrileño. El que lo hacía quedaba marcado y, por supuesto, se jugaba el ascenso a otra diócesis más importante. Porque todos los nombramientos de obispos, así como los cambios de diócesis pasaban por las manos de Rouco.
Además de su poder personal, Rouco contó con el aura, certificada en muchas ocasiones, de ser el hombre del Papa en España. Primero de Juan Pablo II, que lo encumbró. Y, después, de Benedicto XVI, que asistió a su apoteosis en la Jornada Mundial de la Juventud de 2011. Al cardenal de Madrid hay que reconocerle que siempre fue fiel a Roma y se dedicó a poner en marcha el modelo restauracionista eclesial que se exigía desde el Vaticano. En ese empeño no cejó hasta el final.
Quizá por eso, el cambio de ciclo y de era en Roma le cogió con el pie cambiado y Rouco dejó la CEE con más pena que gloria. Pasó su momento y hasta su modelo de Iglesia del no, de Iglesia como fortaleza asediada pendiente sobre todo de la doctrina, se desmoronó como un castillo de naipes.
Ironías de la historia: Rouco asiste a la derrota de su modelo a manos de la propia Roma. Y es que Francisco trae consigo una nueva primavera eclesial, que también en España comienza a florecer. El Papa predica con el ejemplo y con su forma de ser y de estar entre la gente. Un ejemplo que los fieles entienden a la perfección, incluso los alejados o los ateos. Un ejemplo que, en cambio, encuentra resistencias internas en los nostálgicos de los proyectos de hegemonía cultural, de la estrategia de la ocupación de espacios, de la reafirmación de identidad, de la fe vertida en esquemas doctrinarios.
Es el modelo de la «ley y el orden» de Rouco, de los suyos, y de los que, en el fondo, esperan que lo de Francisco sea un chaparrón, una tormenta. De ahí su actitud de esperar a que escampe y poder cerrar esta etapa como si de un paréntesis se tratase, para que el pueblo cristiano siga mirando hacia otra parte y no hacia el lujo, el carrerismo y la lucha por el poder, en un momento en que el estilo es esencia.
Además, lo lógico es que tantos años de poder le pasen factura al cardenal. Ha hecho muchos favores a sus amigos, pero también ha dejado muchos cadáveres en las cunetas eclesiásticas. Hay mucha gente que le tiene ganas. Y, en la Iglesia, el que pierde el poder lo pierde todo. Y eso que un cardenalazo de su talla, mientras no pierde la potestad de elegir al Papa, mantiene muchas de sus prerrogativas en Roma. Aunque en España pierda pie.
CAMBIO DE CARAS Y DE LÍNEA EN LA IGLESIA PARA SINTONIZAR CON EL PAPA
Cambio de caras, de estilo y de línea en la cúpula de la Conferencia Episcopal Española. Los obispos confían en el tándem Blázquez-Osoro para recuperar la credibilidad perdida de la Iglesia católica y poner su reloj a la hora del de Francisco. Se impone la mayoría moderada en la presidencia, vicepresidencia y en el Comité Ejecutivo, máximo órgano decisorio del episcopado. Los afines a Rouco se baten en retirada o se suman a los moderados. Al socaire de los nuevos vientos que soplan de Roma.
«El amor de Dios se tiene que testificar con amabilidad». Esta fue una de las frases con la que se retrató Ricardo Blázquez a sí mismo y a la nueva etapa que se inauguraba en la Iglesia española, en su primera comparecencia como nuevo presidente del episcopado. Elegido, en primera votación, por sesenta votos de setenta y nueve votantes. Casi un plebiscito, para lo que se estila en la Casa de la Iglesia.
De hecho, el respaldo obtenido por Blázquez ha sido el mayor de un presidente del episcopado. Los prelados han querido escenificar la unión hacia dentro y la sintonía total con Francisco hacia fuera. El arzobispo de Valladolid representa una transición suave y temporal. Cumplirá los setenta y cinco años cuando termine su trienio y todo anuncia que dejará paso a su vicepresidente, Carlos Osoro.
También cosechó un excelente resultado, precisamente, el vicepresidente Carlos Osoro, con cuarenta y seis votos en primera votación. El arzobispo de Valencia no solo se convierte en un claro aliado de Blázquez, sino que se sitúa en el primer puesto de la parrilla de salida tanto para suceder al nuevo presidente dentro de tres años como al cardenal Rouco en el arzobispado de Madrid.
Nuevo tándem Blázquez-Osoro en la cúpula del episcopado. Ambos del mismo sector o de la misma sensibilidad moderada. Ambos sincronizados con Roma. Francisco lee los libros de Blázquez y a Osoro le acaba de llamar «el peregrino», porque siempre está pastoreando en la calle y a pie de obra.
La nueva tendencia también consigue mayoría en el Comité Ejecutivo, el órgano más decisorio y que corta el bacalao en la vida diaria de la Iglesia católica, tanto en las relaciones con los gobiernos de turno como en la gestión de los medios de comunicación eclesiales. Además de Blázquez, como presidente, Osoro, como vicepresidente, Gil Tamayo, como secretario, y Rouco, como arzobispo de Madrid todavía, fueron elegidos Juan del Río, arzobispo castrense, Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla, y Julián Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela. Claro triunfo de la mayoría moderada, que se está haciendo con todos los resortes de los afines a Rouco.
Un nuevo equipo con un objetivo muy claro: pasar de la doctrina al Evangelio y de la Iglesia del «no» a la del «sí». Lo dejó patente en su comparecencia el nuevo presidente, al que se le nota mucho más suelto que en su anterior etapa como inquilino de Añastro, la Casa de la Iglesia. Ya no tiene hipotecas, cuenta con un secretario de su misma cuerda, José María Gil, y su «amigo» y «padrino», cardenal Rouco Varela, está a unos meses de despedirse definitivamente.
Por eso, en las palabras de Blázquez, resonaban constantemente las de Francisco. Y por eso también insistía en que no tiene «programa». Lo irá haciendo en corresponsabilidad con sus hermanos obispos y, eso sí, teniendo muy en cuenta «las insistencias que el Papa nos viene mostrando».
Una de ellas, eliminar las aduanas. «La Iglesia es una casa de puertas abiertas a todos, especialmente a los más indigentes». Una Iglesia samaritana y centrada en el Evangelio. A su juicio, el objetivo fundamental de la Iglesia «es transmitir la fe a las generaciones actuales», porque «evangelizar es siempre la vida de la Iglesia». Por supuesto, no se va a cambiar la doctrina, por ejemplo respecto al aborto, pero se aborda con otro estilo, otro lenguaje y con matices.
«Se trata de respetar la vida en todo su trayecto, no solo en el comienzo y en el final, también en los niños de la calle, en los niños soldado, y otras formas. En el Evangelio aprendemos a adorar a Dios y a servir a los demás», recalcó.
Además de los pobres («el Evangelio siempre coloca a los pobres en su corazón»), otra clave de insistencia del nuevo líder episcopal es la esperanza. «Hay motivos para la esperanza. Tenemos que profundizar en ellos, en los motivos de esperanza en la sociedad y en la Iglesia».
Como persona bien educada y sumamente formalista, Blázquez comenzó su primera comparecencia agradeciendo «la confianza que los obispos han depositado en mí» y alabando públicamente a su antecesor, cardenal Rouco Varela. «Expreso la amistad que ya desde Salamanca prendió en nosotros». En aquella época, Blázquez era profesor, Fernando Sebastián, rector, y Rouco, vicerrector de la Pontificia. A los pocos años, el propio Rouco hizo a Blázquez su obispo auxiliar en Compostela.
Con el resultado de las elecciones en la CEE se demostró fehacientemente que la estrategia de Francisco consiste en dejar las manos libres a los obispos para que elijan a sus presidentes en las conferencias episcopales, mientras él decide en persona los grandes nombramientos episcopales por contraste o por confirmación. Es decir, para corregir o confirmar la línea seguida por el episcopado.
Tras las elecciones episcopales, los elegidos como presidente y vicepresidente son de la cuerda del Papa. Por lo tanto, este no debería actuar por contraste en el nombramiento del sucesor de Rouco, sino por confirmación. Y, como sería absurdo que confirmase a Blázquez por tres años como arzobispo de Madrid (que es el tiempo que le queda al prelado castellano antes de presentar su renuncia), gana posibilidades que el confirmado sea Osoro, que tiene sesenta y ocho años y dispone, por lo tanto, de siete para regir los destinos de la capital de España.
Por otra parte, la «cocina» de la Casa de la Iglesia la dirige en el día a día el secretario general, José María Gil. Avalado por el nuevo presidente y conocedor de sus interioridades (fue secretario de la comisión de medios durante años) tendrá que comenzar a rodearse de gente de su confianza y prescindir de los «fontaneros» de la vieja guardia. Aunque eso, en la Iglesia, siempre se hace de forma lenta y pausada. Posiblemente, para el inicio de curso 2014-2015.
Junto al secretario general, el órgano que toma decisiones habituales, se reúne al menos dos veces al mes y gestiona los temas más espinosos es el Comité Ejecutivo. Su constitución queda así: Blázquez, Osoro, Gil Tamayo y Rouco son miembros por razón de sus cargos de presidente, vicepresidente, secretario y arzobispo de Madrid, respectivamente. Los estatutos prevén que el arzobispo de Madrid, si no es presidente, tenga un puesto fijo en este organismo. Los tres miembros elegidos que entraron en el Ejecutivo son Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla, Juan del Río, arzobispo castrense, y Julián Barrio, arzobispo de Santiago. De todos ellos, solo Asenjo funge como afín a Rouco. Al menos, hasta ahora. Los demás, corriente moderada pura, que no dura.
Eso sí, la sala de máquinas de Añastro estará tutelada por la presencia del cardenal Rouco durante un tiempo, probablemente hasta el próximo mes de octubre, cuando deje de ser arzobispo de Madrid. Su presencia, sin duda, condicionará las decisiones, pero no hasta el punto de poder bloquearlas. Por ejemplo, muchos obispos esperan que el Ejecutivo cambie el posicionamiento de los grandes medios de la Iglesia: la COPE y, especialmente, 13TV, criticada públicamente por muchos obispos.
Las comisiones episcopales son una especie de ministerios episcopales. Son catorce y van desde Medios de Comunicación hasta Liturgia, pasando por Migraciones, Pastoral, Relaciones Interconfesionales o Doctrina de la Fe. La mayoría de ellas han caído en manos de los moderados. La dinámica general que han seguido los prelados ha sido reelegir a los que solo llevaban un trienio y elegir a nuevos (del sector moderado casi todos), para las comisiones en las que sus presidentes llevaban dos o tres trienios.
El sector rouquista solo ha conseguido cuatro comisiones. Braulio Rodríguez, que repite en Misiones; Javier Martínez, que hace lo propio en Relaciones Interconfesionales; Jesús Catalá, en Clero, y la gran sorpresa de César Franco, obispo auxiliar de Madrid, que se ha aupado como presidente de la comisión de Enseñanza y Catequesis. En dura pugna con monseñor Salinas, obispo de Mallorca, y tan solo por un par de votos de diferencia: pero su elección demuestra que las huestes de Rouco no están derrotadas del todo.
Pero casi. Los resultados cosechados son muy exiguos. En términos políticos, estaríamos hablando de «batacazo» del rouquismo. Una derrota que se escenifica en dos de sus líderes: Francisco Pérez, arzobispo de Pamplona, y Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo. El primero pasa del Ejecutivo a la nada, porque ni siquiera formará parte de la comisión Permanente. Y el segundo se queda en la nada, sin presidencia de comisión y sin presencia en la Permanente. Ambos eran los prelados preconizados por Rouco para sucederle en Madrid.
Por el otro lado, hay «victorias» muy significativas. Quizá la más importante haya sido la de monseñor Vives, elegido para la comisión de Seminarios, de la que había sido desbancado por las huestes rouquistas. Vuelve a tener un cargo de relieve uno de los líderes del sector más abierto del episcopado. Otra comisión importante, la de Apostolado Seglar, es para Javier Salinas, el obispo de Mallorca, excelente catequeta. Vicente Jiménez, obispo de Santander, repite en la delicada comisión de Vida Religiosa, prueba de lo bien que lo está haciendo. Y entra en Pastoral Social otro obispo emergente, el titular de Logroño, Juan José Omella.
El suspense se mantuvo hasta el final por la presidencia de la poderosa comisión de Doctrina de la Fe. Por sorteo, había quedado para el final y, según el diario ABC, el ex secretario general del episcopado, Martínez Camino, aspiraba a presidirla. Pero los obispos se decantaron por reelegir al obispo de Almería, Adolfo González Montes. Y Camino, de rebote, se convirtió en el máximo símbolo de la derrota de los rouquistas.
Con estos nombramientos queda completada la Comisión Permanente: todos los miembros del Comité Ejecutivo, los presidentes de las comisiones, más el arzobispo de Burgos, el de Mérida-Badajoz y el de Zaragoza (estos tres últimos al no haber representante de sus provincias eclesiásticas). Será miembro también el cardenal Martínez Sistach (art. 19.6 de los Estatutos de la CEE).
Y el broche final: el polémico obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig, fue desbancado de la subcomisión de Familia y Vida, que presidía desde hacía lustros y regía como si de su cortijo se tratase, para sustituirlo por el obispo de Bilbao, Mario Iceta, médico y experto en bioética. En términos políticos (que tan poco gustan a los obispos), paseo de los moderados y derrota sonada del rouquismo.
MANO TENDIDA A RAJOY
Era praxis habitual que el presidente de Gobierno recibiese al presidente de los obispos. Era lo que se venía haciendo desde la época de Suárez, después con Felipe González, con José María Aznar o con José Luis Rodríguez Zapatero. Pero Mariano Rajoy rompió la costumbre y no se dignó recibir al cardenal Rouco en los más de dos años que ambos coincidieron en la presidencia.
Y es que, a pesar de ser gallegos o precisamente por serlo, Rouco y Rajoy no se dirigen la palabra desde hace años. En concreto, desde que el cardenal de Madrid apostó, en 2008, por Esperanza Aguirre en detrimento del político gallego, admitiendo que desde la cadena COPE Federico Jiménez Losantos atacara dura y constantemente al actual jefe del Ejecutivo.
Cuentan quienes vivieron de cerca esos momentos que Rajoy fue una tarde de primavera a ver al cardenal de Madrid a su casa de San Justo, y que este se limitó a contestar con un «No puedo hacer nada» a la petición del presidente del PP de que parase los pies al locutor turolense. Finalmente, en el famoso congreso de Valencia, Rajoy se impuso a las tesis más liberales, y la relación directa entre el presidente del episcopado y el entonces líder de la oposición se rompió definitivamente.
Rehacer esos puentes fue una de las prioridades de la nueva cúpula episcopal post-Rouco. El secretario de los obispos lo expresaba así: sintonía total con Francisco y mano tendida al Gobierno de Rajoy. Es decir, sintonía «con entusiasmo» en la renovación que pide el Papa y «cooperación en libertad» con el Ejecutivo del PP.
«El Papa pide renovación y los obispos están con él», aseguraba el portavoz del episcopado. Lo escenificaron en las elecciones, porque «el único cartel que circuló entre ellos fue una foto de todos con el Papa». Y lo están plasmando co
