La fuerza de un sueño

Teresa Perales

Fragmento

cap-1

La teoría del espiralismo

Si alguien me dijera que podría volver atrás en el tiempo y no quedarme en una silla de ruedas, le diría que no, si eso significase que no iba a vivir las experiencias que he tenido desde el día que dejé de caminar.

¿Extrañado? Posiblemente, sí. Esta es la reacción de muchas personas cuando me escuchan decir la frase que encabeza estas líneas u otras frases parecidas, después de preguntarme por mi vida. Lo normal es verme en una silla de ruedas y pensar que es difícil afirmar que «no se puede ser más feliz». En muchas ocasiones veo que la gente se sorprende cuando digo que soy feliz, y es porque parece que ir en silla de ruedas tuviera que estar reñido con sonreír. Por eso algunas me preguntan abiertamente cuál es mi secreto.

Son las siete de la mañana. Mientras escribo estas líneas, voy en un tren con destino a Madrid para dar una conferencia y recibo una llamada de mi hijo, Nano, que tiene tres años. Se ha despertado sobresaltado y llorando por culpa de una «terrible pesadilla». Normalmente, suelo ir a consolarlo a su cama pero, hoy, lógicamente, no ha sido así. Y entonces se ha acordado de lo que le dije la noche anterior, cuando lo arropé después de leerle un cuento: que no iba a estar en casa por la mañana y que sería papá el que lo llevaría al colegio. Y en ese momento de miedo y desconcierto, mi ausencia ha hecho que su disgusto fuera mayor y no hubiera forma alguna de consolarlo. Mariano, mi marido, ha recurrido al bendito móvil para que pudiera decirle algunas palabras, en un intento de reconfortarlo. Había que romper de alguna manera la dinámica en la que el niño se encontraba para que pudiera parar de llorar. Había que buscar una solución distinta, algo que le distrajera del círculo vicioso en el que estaba metido y que provocaba que, cuando iba a dejar de sollozar, volviera a romper en llanto al acordarse de su pesadilla y de mi ausencia. En cuanto el niño ha oído mi voz, se ha calmado, aunque entre sollozos me ha preguntado: «¿Cuándo vas a volver mami?». «Esta noche, cielo.» «Vale, ¿me cuentas un cuento?»

Y así es como he terminado contándole un cuento sobre una mamá y un papá que tuvieron un niño maravilloso al que querían con locura. No es muy original, pero es lo primero que me ha venido a la cabeza. Y, además, por fortuna, ha funcionado a la perfección y se ha quedado bastante tranquilo. Pero no ha tenido solo ese efecto; en este mismo instante hay una sonrisa bobalicona reflejada en mi cara. Y no puedo ni quiero quitármela. Me va a acompañar durante el resto de la jornada y, por supuesto, va a estar presente mientras les hable a los trabajadores de la empresa que me ha contratado hoy.

Hay una cosa en la que, como todas las madres, no soy muy original, y es cuando digo que Nano es lo mejor que me ha pasado en la vida. Es un niño cariñoso, rebosante de ternura y que me dice frases tan bonitas como «Mamá, quiero casarme contigo» o «Qué preciosa eres, mamá». Me regala sonrisas todos los días y me recuerda constantemente esa magia que existe cuando el mundo se descubre por primera vez. Siempre aprende algo nuevo y, mientras tanto, su padre y yo le acompañamos como mejor sabemos en su recorrido, recibiendo nosotros, a la vez, muchas enseñanzas en ocasiones junto con él y, en otros casos, de él.

Así que, ahora, cuando me preguntan que por qué soy tan feliz, suelo responder con otra pregunta obviamente retórica: «¿Cómo no voy a ser feliz, si tengo a Nano y a Mariano que me hacen sentir pletórica?».

Hace mucho tiempo me propuse encontrar el significado de mi existencia, dejar huella. Una pequeña huella, no de una manera ambiciosa o desproporcionada. Un poso que perdure en los que tengo más cerca, en los que me ayudan cada día, quienes me hacen sentir feliz, en los que me quieren, o en los que me saludan por la calle y me alegran un día mustio regalándome su sonrisa e, incluso, en los que «no me quieren bien», que, probablemente, también los habrá. Con mi hijo siento, también al igual que muchas madres, que eso lo cumplo cada día. Y es motivo suficiente para hacerme aún más feliz. Eso es todo lo que necesito: alguien que me quiera como mi hijo y mi marido, por todo lo que soy —lo bueno y lo malo—, y un montón de gente con los que compartir mi alegría.

No tengo ninguna duda de que la felicidad nace y muere en el interior de cada persona y a cada momento. Todo tipo de acontecimientos diarios y todo tipo de personas producen en nosotros vivencias y emociones que nos hacen reaccionar de muy diferente manera. El pensamiento positivo o negativo con el que traduzcamos esa realidad puede conseguir que un mismo acontecimiento sea motivo de sufrimiento o todo lo contrario, de alegría; puede hacer que veamos el vaso medio lleno, o lo veamos medio vacío.

¿Qué es la teoría del espiralismo? A pesar de su nombre aparentemente pretencioso, se trata de mi planteamiento vital, resumido en una teoría no muy ambiciosa, de pocas líneas pero que creo que son bastante claras. La idea es simple: «Cada ser humano puede crear su propia espiral de optimismo y felicidad». Tienes que poner imaginariamente a tu alrededor, en esa espiral, lo que más o quien más te satisface, y hacer que todo ello te rodee siempre.

Para lograrlo hay que partir de la base de que nuestros movimientos, sentimientos, decisiones y actuaciones más básicos siempre dependen de nosotros mismos, y por eso está en nuestras manos el poder de construir nuestra propia felicidad.

Se puede caer en la tentación de pensar que habría que empezar por definir qué es la felicidad, pero eso es algo que se me antoja imposible incluso para alguien que, como yo, se manifiesta fundamentalmente feliz. Una gran definición de este concepto sería algo inabarcable incluso para el filósofo más sabio. Nos quedaremos con una de las escuetas definiciones de la palabra «felicidad» que da el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: «Satisfacción, gusto, contento». Estas tres palabras nos conducen a hacernos una pregunta mucho más concreta que la de ¿qué es la felicidad?

¿Qué significa para ti ser feliz?

Exclusivamente para ti, ser feliz significa tener todas las personas, vivencias y sentimientos que te llevan a alcanzar ese estado de satisfacción, gusto o contento. Es fácil de decir y complicado de hacer, pensarás. Y es cierto. Sin embargo, para que el camino sea más liso y poder despejar los obstáculos, vamos a intentar averiguar qué necesitas para alcanzar esa felicidad. Una buena guía sería una balanza que te permitiera comprobar si has ganado o perdido felicidad, como sucede cuando nos ponemos a dieta y nos subimos a la báscula, por ejemplo. Pero eso es imposible. Como decía antes, la felicidad es algo etéreo que no se puede ni tocar ni ver, y que, por lo tanto, no se puede comparar de manera objetiva. En definitiva, no existe una tabla general de valores de referencia que nos pueda servir de guía. Así que ¿cómo saber si soy feliz?

La verdad es que, paradójicamente, yo no he encontrado todavía una definición de felicidad que me convenza plenamente, pero, sin embargo, sí sé, con total seguridad y sin ningún ápice de duda, que soy feliz.

La esencia de la felicidad es inabarcable, pero todas esas pequeñas cosas que la conforman son las que tienen que ser parte de tu espiral de felicidad. ¿Qué más me da no tener una definición clara, si conozco perfectamente lo que tengo que hacer para lograr la meta buscada? Esto es, sin duda, lo importante: saber cómo llegar hasta la meta.

Y el primer paso que hay que dar en ese camino es contestar, no solo afirmativamente sino con todo tu ser, a dos preguntas más: ¿quieres ser feliz?, y ¿estás preparado para reconocer y proclamar que lo eres?

Normalmente, nos dejamos llevar por la vorágine del día a día, sin apenas detenernos a disfrutar de lo que nos rodea. Nos perdemos en los «barrizales» y dejamos de lado lo que de verdad es importante, esos pequeños detalles que dan sentido a todo, pero que, por ser habituales, pasan desapercibidos. ¡Cuántas veces nos acordamos de lo bueno que teníamos cuando lo hemos perdido! ¡Cuando ya es demasiado tarde para recuperarlo!

Recuerdo con cariño y nostalgia cuando mi padre llegaba a casa todos los días después de trabajar, y yo corría hacia él para subirme encima de sus pies y así poder llegar a darle un gran beso. Vernos a mi hermano, a mi madre y a mí, después de una durísima jornada de trabajo, cargando y descargando un camión de congelados, hacía que se le iluminase la cara. Esa sensación tan pura era contagiosa y se transformaba en otra sonrisa en nuestros rostros. Un día esa rutina, que hoy sigo añorando, se rompió para siempre. Yo tenía catorce años por aquel entonces, pero lo recuerdo de forma cristalina, como si hubiera sucedido ayer. Se abrió la puerta de casa y papá entró y yo corrí hacia él y me subí en sus pies y le besé, como sucedía diariamente. Pero esta vez en su cara solo asomó una sonrisa fugaz que desapareció para dar paso a una mirada de desconcierto y miedo. Nunca le había visto así; sin embargo, desde ese día, aquello pasó a ser casi habitual. «Me han llamado del médico. Tengo que ir de nuevo a hacerme unos análisis de sangre al hospital», le dijo a mi madre. Días atrás, ya se había hecho unos porque se encontraba cansado, y mamá insistió en que se los hiciese. Así que el hecho de tener que profundizar en los resultados no presagiaba nada bueno.

Me quedé paralizada por el susto, y eso que, en ese momento, no podía ni siquiera sospechar el fatídico y rápido desenlace que iba a tener lugar en menos de un año. Fueron once meses de calvario para mi padre, que lo vivió en su propio cuerpo, y para mi madre, que fue la única de todos que comprendió desde un principio lo que iba a suceder. Aunque ambos intentaban ocultarnos a mi hermano y a mí la gravedad de la enfermedad que estaba padeciendo, fue inevitable que lo viéramos sufrir, y mucho. Papá no aguantaba las agujas y, aun así, en un alarde de generosidad, soportó estoicamente transfusiones, primero, cada quince o veinte días; poco después, cada semana, y al final, diariamente. Y lo hizo por nosotros, para poder estar más tiempo a nuestro lado.

Durante aquellos once meses, únicamente eché de menos —cosas de la edad— llevar una vida normal, que no tuviera nada que ver con entradas y salidas del hospital. Y luego, sencillamente, le eché de menos a él.

Su temprana muerte dejó un profundo vacío y dolor que nos acompañará para siempre a todos y cada uno de los que le queríamos.

Y, en mi caso, con el vacío llegó la culpa, por haber sido egoísta, por haber dejado tantas cosas en el tintero, conversaciones que quise tener con él y nunca tuve, y algunos gestos de cariño que me guardé porque con quince años me creía mayor para hacerlo.

Esa fue la dura manera que la vida, o más bien la muerte, tuvo de enseñarme una gran lección que grabé a fuego: no hay peor sensación que la de echar la vista atrás y arrepentirte de lo que no hiciste.

Durante bastante tiempo me convertí en una zombi de quince años. Me daba todo igual, nada era justo, el mundo se había vuelto contra mí. Ya no me importaba nada. Vamos, que me había convertido en la auténtica protagonista de mi drama. Aunque fuera por una razón que todo el que me rodeaba podía entender, la apatía se apoderó de mi cuerpo, y anuló cualquier voluntad por hacer algo, cualquier atisbo de ilusión; simplemente, todo ello se marchitaba incluso antes de florecer. Si me quedaba sentada, pues sentada. Si me pedían que hiciera alguna cosa, la hacía, pero sin sentimiento, sin pasión, sin motivación alguna. Como se dice vulgarmente, todo me resbalaba. El único que me mantenía algo conectada a la realidad era mi hermano pequeño, David, que tenía ocho años y no terminaba de entender lo que estaba sucediendo. Y ahora, pasado el tiempo, lo siento infinito por mi madre, quien tuvo que sumar a su dolor por la pérdida del amor de su vida, el dolor que yo le provocaba con mi actitud. Y sin embargo, tengo que agradecerle que siempre estuvo a nuestro lado y que, con una paciencia y un amor también infinito, aguantó todas mis chiquillerías.

Sin embargo, durante ese tiempo posterior al fallecimiento de mi padre, yo solo podía pensar que había sido un gran hombre, trabajador, cariñoso y especial para mí, y no podía entender por qué el mundo no se quedaba parado an

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