Lunáticos viajantes

Jorge Costigliolo

Fragmento

ES SOLO UN ROCANROL DEL PAÍS

En junio de 1989 yo tenía 15 años y no tenía un mango. Voy a hablar sobre mí, sí, pero puede ser importante.

Hacía unos meses que vivía en Uruguay (venía de la Argentina de la hiperinflación y los carapintadas), buscaba trabajo e iba al liceo, que quedaba frente a mi casa. Allí no tuve grandes dificultades para hacerme de amigos, pero había un problema: me gustaba el rock.

Que te gustara el rock en el 89 en un liceo de La Unión era como decir que te gustaba surfear en un campamento en el Sahara. Lo que había sido el auge del rock nacional, a mediados de la década, ya estaba en retirada, y tampoco había pegado muy de lleno entre mis compañeros de curso, que para cuando apareció el Graffiti todavía estaban en la escuela.

Álvaro, uno de mis amigos, tenía un casete de Los Tontos, y creo que se sabía el estribillo del «Himno de los conductores imprudentes». Tatiana y Paola, que la iban de hippies, conocían «Imagine». A Luis le costó poco tiempo hacer que la plena que se escuchaba en Malvín Norte conviviera con su nuevo fanatismo por Sumo, al punto de raparse la cabeza y pasar a ser «el Pelado».

Pablo era una excepción. Usaba una vieja campera de cuero, heredada de algún pariente. Estaba cuarteada y descolorida, y cada tanto le pasaba pomada de zapatos, manchando todo lo que se le acercara a menos de un metro y medio. Eso sí: de lejos parecía la chaqueta de Peter Fonda en Easy Rider. Pablo vivía a dos cuadras de casa, y tenía dos hermanos. Gabriela, que era menor que nosotros, y Aldo, que ya estudiaba en facultad.

Aldo era lo más parecido a un melómano que podíamos encontrar en esa ubicación espaciotemporal. Tenía un buen centro musical, con su bandeja y doble casetero, unos cuantos vinilos de rock clásico, y decenas de casetes bien grabados. Ahí podías encontrar a Elvis, a los Carpenters. A los Travellin’Willburys, que eran, por entonces, una novedad.

Empezamos a juntarnos después de clases, a hablar de las compañeras de curso que nos gustaban (que eran niñas, como nosotros, y a mí ninguna me daba bola; a Pablo sí). Salíamos a hacer infinitas cuadras en bicicleta (yo sentado en el cuadro, porque nunca se me dio bien el deporte del pedal) o caminando, o nos juntábamos a escuchar música. A veces poníamos Del Plata FM, donde Jorge Recuero, desde Golden Hits, pasaba Elvis, Beatles, Stones, Creedence y otros. A veces le dábamos de punta a los casetes de Aldo, y yo empecé a llevar mis cintas, muy mal grabadas, para ver si podía entusiasmar a Pablo con algunos de mis artistas favoritos. Los Dead Kennedys pasaron sin pena ni gloria, igual que Damned y V8. Mejor suerte tuvieron Sumo, La Polla Records y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Pero era junio del 89, yo no tenía un mango y en la radio empezaron a anunciar un show de los Redondos en el Palacio Peñarol, el 22 de julio. En la radio decían que era algo así como la nueva promesa del rock argentino, y yo sabía que se quedaban cortos.

Flashback: conocí a los Redondos cuando iba al Normal 8 en San Cristóbal, Capital Federal (todavía se llamaba así, y no CABA). Seguramente escuché «La bestia pop» en la Rock&Pop, y el hermano de Marcelo, un compañero de clase, me pasó las copias de Gulp! y Oktubre, además de las letras de los dos discos. No me costó mucho convencerlo de que me llevara a ver a los Redondos en vivo en el Teatro Bambalinas; más me costó fraguar una mentira creíble para irme de casa a esa hora. Después, me aprendí todas las canciones y escuché los casetes hasta que las cintas quedaron finas como papel de Biblia, y los vi en un Cemento lleno hasta las pelotas. Y después dejé Buenos Aires, y me quedé sin rock.

Por eso, cuando me enteré de que los Redondos iban a tocar en Montevideo, empecé a ver el vaso de agua que, para mí, estaba medio vacío. Un guacho sin un mango, en un hogar en crisis. Rocanrol, las pelotas.

Sin embargo, gracias a una suma de costumbres que creo hoy cayeron en desuso, mi madrina decidió adelantar mi regalo del Día del Niño (que, por suerte, fue el último: no hubiera seguido tolerando la humillación de ser considerado un pibe pasible de obsequio, cuando ya le miraba las tetas a toda aquella que las tuviera), y me dio la plata que costaba la entrada más barata. Así que, con esa guita, mi vieja me sacó la entrada en el local de TodoMúsica del Centro.

Esos días pasaron entre la normalidad del liceo, un fútbol en la plaza, y la necesidad de convencer a alguno de mis nuevos amigos para que me acompañara al show. No pude.

Así que el sábado 22 de julio junté unas monedas para dos boletos, y me fui de La Unión al Palacio Peñarol, que no sabía muy bien dónde quedaba.

Para mi sorpresa, no había cientos de personas haciendo fila, ni patrulleros ni policías ni gente mangando para la entrada. Era temprano, pero no mucho, y apenas si entablé un breve diálogo con un fan, que resultó ser un porteño venido especialmente a ver a los Redondos.

Del show en sí no me acuerdo casi nada, y hace unos pocos meses, mi amigo Andrés, que estuvo en ese concierto y a quien conocí en marzo del 91, me contó que cerraron con «Vencedores vencidos», porque el folclore ricotero no había impuesto todavía misas y pogos más grandes del mundo.

Me acuerdo, sí, claramente, de que dentro del Palacio Peñarol éramos muy pocos. Yo había sacado platea alta, como la mayoría de los que estábamos ahí. Soy malísimo para calcular personas por metro cuadrado, pero si se vendieron 700 entradas, como me aseguró el Ajo Núñez, no éramos más de mil, y la mayoría en el anillo superior, así que no pasó mucho tiempo entre que un solitario espectador se descolgara hacia la cancha para que lo siguieran cientos, que se iban corriendo de lugar a medida que los empleados de seguridad se movían para evitar el desmadre y justificar su jornal. Un punkie, al que conocí pocos meses después y falleció unos cuantos años atrás (ay, el rock y sus excesos), enganchó su campera de cuero en una especie de uña que sobresalía de la pared, así que, mientras él bajaba hacia el campo de juego, su abrigo iba quedando como una cáscara de naranja.

Cuando terminó el recital me volví a mi casa, solo, y no supe hasta varios días después que los Redondos habían tocado, el otro día, en un boliche pequeño, para poco más de 100 personas. Igual, no tenía un mango.

La revancha se dio unos meses después. Había conseguido laburo de cadete en una tienda, y al poco tiempo también entró Pablo. Ahí conocimos al Enano, que compartía con nosotros, además de la devoción por el chorizo de carrito y la cerveza, el gusto por el rock.

Así las cosas, los Redondos volvían a Montevideo. Era en diciembre, habían terminado las clases, teníamos plata y la capacidad de dormir pocas horas. Fuimos. Los tres. Esa vez había mucha más gente que en julio en el frío del Palacio Peñarol. Estuvo buenísimo, y se armó un pequeño lío que quedó inmortalizado en el disco En directo. Cuando terminó nos demoramos en la salida, y esperamos durante horas un 300 que nos llevara a nuestras casas. Al otro día volvieron a tocar en Laskina pero, vaya a saber por qué, no fuimos.

En junio de 1990, los Redondos reincidieron en el Palacio Peñarol. Días antes del show me metí en problemas, y me tocó dormir dos noches en una comisaría. Digamos, de una manera diplomática, que los funcionarios policiales encargados de mi cuidado no fueron demasiado amables, así que cuando salí de la seccional (sin antecedentes, aclaro, yo no había hecho nada), tenía más hambre que Hannibal Lecter y una lesión en el pie. El garrote puede lastimar si se encuentra con un hueso, está probado. Así que me fui al Palacio, con miedo, solo y rengueando. Mejor evitar las juntas por un tiempo. Y el recital estuvo tremendo.

Fue pasando el tiempo, y tuve otras prioridades. Además de ir a trabajar y a estudiar, se me dio por formar una banda de rock, pero no fue hasta que conocí a Andrés que le empezamos a meter mano al asunto. Los Redondos no estaban en el radar de nuestros intereses musicales. Nos iban los Pistols, los Clash, Joy Division, The Cure, Traidores, Estómagos. Igual, cuando cumplí 18 años, Andrés me regaló el ¡Bang! ¡Bang!, estás liquidado. Original. Esos son amigos.

Cuando apareció el Lobo suelto, cordero atado, acababa de comprarme lo que se denominaba un 3 en 1: bandeja para vinilos, doble casetero y radio AM-FM. «Por la misma plata te llevás uno con CD, sin bandeja, y por equis plata más uno con bandeja de vinilos y lector de CD», me dijo el vendedor de una casa de electrodomésticos en el Paso Molino. «¿Para qué? –pensé yo–, si nunca voy a tener un CD, con lo que cuestan». Bueno, después de mi genial operación comercial, los CD empezaron a popularizarse, y ya había quienes vendían copias a la mitad de precio del original.

Uno de los que se compró el Lobo suelto fue el Checho, un compañero de laburo (Pablo y el Enano ya no trabajaban conmigo). El Checho y Marcelo, su hermano, eran bien rockeros, y todos los meses agregaban algún disco nuevo a su colección. Escuchaban Stones, Doors, Ramones y lo que había que escuchar por entonces, y ya incursionaban en lo que conocemos como rockargentino, así, de corrido. Tenían Los Piojos, Divididos y Redondos.

Un día, Checho me prestó el Lobo suelto para copiarlo en cinta y, de paso, fotocopiar las tapas para intentar hacer alguna remera (se me daba muy bien la pintura en telas, y tiempo después me pagué unas frugales vacaciones en Aguas Dulces con la plata que hice pintando el logo de Dos Minutos. Checho me compró una remera, vendió como diez y se fue conmigo y mi novia de entonces al Este).

La cosa es que guardé el disco en la mochila (los dos discos, recordemos que es un doble), y allí estuvo, dando vueltas conmigo por un par de días. Cuando finalmente estuve en casa y lo fui a sacar, ¡el horror! No sé qué cosa pudo haberse derramado en el bolso, y eso había dejado las tapas de los dos álbumes en un estado impresentable. No podía devolverlos así, y se me caía la cara de vergüenza el tener que explicarle, a Checho y a Marcelo, lo que me había pasado con su más reciente adquisición. Así que fui hasta el Palacio de la Música y los compré. Nuevitos. Credisol paga. Por eso, durante varios años tuve el Lobo suelto con las tapas destruidas. Si Checho o Marcelo leen esto, les pido perdón, y espero que sigan conservando esos discos viejos con tapas nuevas. Los míos se fueron en alguna separación de bienes.

Mientras tanto, nuestro grupo seguía adelante. Bueno, más o menos, porque al tiempo de ensayar y luego de tres o cuatro conciertos medio patéticos, Andrés se dio cuenta de que yo, como cantante, era un excelente amigo, y se fue a tocar con gente más seria. O que al menos tenía una idea de afinación.

En cierta oportunidad, (la memoria engaña, pero apostaría que estábamos cerca del final de los

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