Joaquín Suárez

Luis Hierro López

Fragmento

Presentación

De Joaquín Suárez los uruguayos conocemos su abnegación y patriotismo, por aquella vieja frase de que “a la madre no se le llevan cuentas”, cuando se rehusó a recibir la devolución de las enormes sumas de su fortuna personal que había entregado a la Cruzada Libertadora de 1825 y al gobierno de la Defensa de Montevideo.

Pero, en realidad, la memoria historiográfica lo tiene un poco olvidado, desdibujándose su enorme figura. Fue especialmente exaltado en 1896, cuando su estatua fue colocada en la plaza Independencia, cumpliendo con una ley de 1881. Ese lugar de privilegio duró poco, porque esa instalación fue removida en 1922, cuando se radicó allí el monumento a Artigas, y la estatua de Suárez fue llevada a su ubicación actual, en Agraciada y Suárez, donde se encontraba su antigua chacra.

En la primera mitad del siglo XX se publicaron varias biografías, y el último trabajo sobre su personalidad es el de González Albistur, de 1979. Tras esa instancia, la memoria de Joaquín Suárez ingresó en un segundo plano, coincidente con una personalidad que nunca buscó la gloria ni la fama y protagonizó una especie de secundariedad –de la que habla uno de sus biógrafos– que terminó siendo, sin embargo, la línea principal de la historia.

Don Joaquín no era un caudillo ni un poderoso intelectual, sino un productor y comerciante devenido presidente, a quien la sociedad le encargó una tarea ardua y casi imposible –salvar la independencia y vencer a Rosas– que él consagró en forma silenciosa, con ese espíritu de quienes saben que su mayor recompensa será el cumplimiento del deber.

Sin su constancia, sin su rectitud, el gobierno de la Defensa habría caído y eventualmente el Uruguay no sería hoy una nación independiente.

Como sostuvo el historiador Francisco Bauzá en un documento que acá reproduciremos, la Defensa de Montevideo fue la última etapa de nuestra independencia, protagonizada por un pueblo varonil que consagró definitivamente nuestro surgimiento como país autónomo. Bauzá ratifica el concepto de que la independencia de Uruguay no fue una concesión de los países vecinos ni un permiso de las grandes potencias internacionales, sino la búsqueda de una nación que se puso en marcha.

A la vez de personificar la continuidad institucional, Joaquín Suárez representa también otros valores: república, decencia, abnegación; virtudes que guiaron permanentemente su larga vida pública y que siguen siendo ejemplos vigentes.

Fue un gran liberal, como lo demuestra el resumen que hizo de las libertades y los gobiernos, que se reproduce en el acápite.

En 1823 e impensadamente, ya que no era abogado, hizo la defensa ante la Justicia de un condenado a muerte, instancia en la que demostró su condición liberal y humanista al remarcar incluso el “derecho a la rebelión”. Don Joaquín era un hombre de la Ilustración y, sin ser un intelectual, se había formado en torno a esas columnas del pensamiento, lo que queda demostrado en el escrito que en esa instancia presentó ante la Justicia.

Por su tono conciliador, fue considerado por algunos de sus contemporáneos y por juicios posteriores un hombre indeciso o dócil. Se verá que en las cuestiones principales que tuvo a su cargo mantuvo, siempre, una actitud de firmeza y de constancia, ajena a los arrebatos, afirmada en un coraje sereno. Transaba en los temas vinculados a los embrollos de los hombres, como él los mencionaba, porque le disgustaban los enfrentamientos y los sectarismos. Era un ciudadano sin otro interés que el de servir a su patria.

Ya sabemos que donó toda su cuantiosa fortuna para sostener la guerra y que se murió pobre. No fue el único patriota que hizo eso. En el texto hay algunos datos para tratar de cuantificar en términos contemporáneos de cuánto dinero estamos hablando, una enormidad.

Pero su valía no se mide solo por ese dato, sino por su espíritu de servicio, su austera dignidad, su temple y sus valores republicanos.

L.H.L.

PRÓLOGO

La insistencia del límite

Por Aldo Mazzucchelli

Convengamos: vivimos en un tiempo desdeñoso de la historia. La atención de una abrumadora mayoría está puesta en el futuro, a partir de la promesa de que la tecnología permitirá manipularlo hasta el extremo de crear una existencia y unos existentes hasta aquí desconocidos, sobrehumanos. Dentro de ese tono, emprender el examen de una figura histórica nada más que humana es por lo menos un riesgo. ¿Cómo justificar la pregunta por las acciones morales de un modesto hombre muerto hace más de un siglo y medio?

Lo que alimentaba semejantes interrogantes por el “ejemplo de vida”, es decir la tradición metafísica que consistió en preguntarse especulativamente por el ser, la que acompañó a la especie más de dos mil quinientos años, parece estar siendo reemplazada por la tecnología. Es decir, la pregunta se reemplaza hoy por un hacer de ensayo-error, que algunos creen va arrojando las únicas respuestas válidas acerca del ser. Además, la ética humana parece casi una antigualla, cuando la única ética que la tecnología de hecho reconoce es la de la chapucería: los límites de lo que se puede mezclar, cambiar y trastornar son los límites de los materiales con los que cuento y las posibilidades combinatorias que mudamente ofrecen.

Este libro parece confiar en que Joaquín Suárez es, sin embargo, una especie de enigma, que igualmente interroga al presente. Arriesgaría sugerir: dice todavía que es un enigma como cada ser humano lo es. ¿Cómo justificar tal aparente desmesura? La nación, término acaso al borde de la definitiva anacronía, que Suárez contribuyó a mantener, está –como todas, o quizás más que muchas– en cuestión de nuevo, debido a la mengua evidente de las soberanías locales. Y el Uruguay tiene una “localidad” particularmente modesta, en opinión de quien firma –y mis opiniones en este prólogo, desde luego, no comprometen las del autor del texto principal.

Sin embargo Joaquín Suárez de nuevo resiste, examinable como una figurita humana distante, como su estatua de escasas dimensiones espera hoy en la altura de una cuchilla a la vez urbanizada y modesta.

Luis Alberto de Herrera escribió un párrafo conmovedor sobre él. Interesa ver cómo termina. Decía: Honesto, puro, patriota y desinteresado, don Joaquín Suárez

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