Agradecimientos
Hace ya casi una década que, de la mano de mi maestro y amigo Juan Pablo Fusi, comencé a estudiar la figura y la obra de Gregorio Marañón. Después de una tesis doctoral, varias monografías publicadas (Marañón, académico. Los paisajes del saber; Epistolario inédito. Marañón Ortega Unamuno; Biobibliografía de Gregorio Marañón), artículos especializados, capítulos en trabajos colectivos y el comisariado —junto al propio profesor Fusi—, de la Exposición Gregorio Marañón (1887-1960). Médico, humanista y liberal que ha organizado la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y la Fundación Ortega-Marañón con ocasión del cincuentenario del fallecimiento del doctor Marañón en 2010, parece que es un buen momento para que publique esta biografía en la que trato de reflejar las diferentes facetas que iluminaron la poliédrica figura de este médico —tal y como la calificó nuestro Premio Nobel Camilo José Cela—, que caracterizó una época de la historia de España,
Este trabajo es deudor de muchas contribuciones de estudiosos marañonianos y de personas del mundo universitario y académico que, en diferentes aspectos, me han ayudado a mejorar y perfilar diferentes aspectos de esta obra. Es de justicia que mencione, en primer lugar, a Juan Pablo Fusi quien, desde que comencé a trabajar a su lado, no ha dejado de enseñarme con su propio ejemplo lo mejor de la profesión; precisión y rigor conceptual, reflexión y síntesis sobre un adecuado soporte documental y metodológico y, en fin, honestidad intelectual como herramienta imprescindible en el historiador al abordar la interpretación de los hechos y personas que estudia. No sé si finalmente habré logrado una aproximación que merezca tales calificativos, el lector lo juzgará. En todo caso no me ha faltado el magisterio de Juan Pablo Fusi para tratar de lograrlo —el magnífico prólogo que generosamente ha puesto a esta biografía es buena muestra de ello—. Junto a él, he trabajado a lo largo de todos estos años en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, donde mis compañeros y amigos siempre me han brindado buenos consejos, colaboración y atinadas sugerencias para mejorar mi modo de hacer y comprender la historia. Esencial ha sido también la Fundación Gregorio Marañón —hoy Fundación Ortega-Marañón—, que dirigí durante cuatro años, y donde encontré el apoyo y afecto de sus patronos y de la familia Marañón en toda su extensión (hermanos Fernández de Araoz Marañón, Marañón y Bertrán de Lis y Burns Marañón), muy especialmente de Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, cuya entrañable e incondicional amistad ha sido decisiva en los momentos más difíciles de mi andadura por el universo Marañón.
También quiero expresar mi gratitud a los profesores Octavio Ruiz-Manjón, José Varela Ortega, Santos Juliá, José Manuel Sánchez Ron y Antonio Niño, que integraron el tribunal de mi tesis doctoral defendida en 2007 y cuyas atinadas observaciones y sugerencias aportaron nuevas luces a mi trabajo y enriquecieron de manera sustancial mis conocimientos sobre Marañón y su tiempo. La amistad y consejo que he recibido de Manuel Martínez Neira y de Antonio Morales Moya ha sido fundamental para mi vida universitaria y siempre les estaré profundamente agradecido por ello. También me han ayudado en diferentes aspectos relacionados con esta biografía los profesores Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla, Juan Francisco Fuentes, José Lasaga Medina, Margarita Márquez Padorno, José Antonio Montero Jiménez, Jesús Sánchez Lambás, Pili Solís Martínez-Campos, el tándem formado por José Juan Toharia y Susana Arbás, Javier Zamora y los documentalistas José Miguel González Soriano y Carmen Ibáñez Ulargui. A todos ellos mi afecto y gratitud. De Inés Vergara, Elena Martínez Bavière y Laura Vidal he recibido toda la comprensión, paciencia, dedicación y profesionalidad que se puede apreciar en esta magnífica edición. A ellas y a cuantas personas han trabajado en esta biografía en la editorial Taurus, todo mi agradecimiento.
Mis familiares y amigos, como siempre, han apoyado y seguido mi trabajo animándome en los momentos en que no terminaban de salir las cosas. La ayuda y aliento de mis padres y hermanas, así como de Ignacio De Ribera Sánchez y de Lucía Martín Gutiérrez de Cabiedes han sido fundamentales a lo largo de todos estos años. Junto a ellos, esta biografía no habría sido posible sin mis hijos, Antonio, Asís e Ignacio, que han llenado de alegría nuestro hogar, y, sobre todo, sin el estímulo, confianza y comprensión de Lucía, mi mujer, a quien dedico de todo corazón este trabajo.
Nota del autor
Los orígenes de las cartas dirigidas a Marañón a las que se hace referencia en este libro se pueden consultar en el archivo de la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón. También hay copia de las cartas enviadas por el médico procedentes de los archivos de otras instituciones con las cuales la Fundación Ortega-Marañón intercambió copia de la correspondencia facilitando, de este modo, la tarea del investigador. Al final de esta obra se relacionan los archivos que custodian los originales de dichas cartas. Cuando la documentación a la que se hace referencia proceda de otros fondos se cita convenientemente.
ABREVIATURAS:
OC Obras Completas (de Marañón), 10 vols., Espasa Calpe, Madrid, 1966 y ss.
AGA Archivo General de la Administración
AHUCM Archivo Histórico Universidad Complutense de Madrid
CIB Centro de Investigaciones Biológicas
FOM Fundación Ortega-Marañón
RANM Real Academia Nacional de Medicina
RAE Real Academia Española
RAH Real Academia de la Historia
RACEFN Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
RABA Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Prólogo
MARAÑÓN EN LA HISTORIA
Una inmensa multitud, concentrada a lo largo de los paseos de la Castellana, Recoletos y Prado, en el centro de Madrid, asistió en silencio, el 28 de marzo de 1960, al entierro de Marañón, fallecido en su domicilio el día anterior, como consecuencia de una trombosis. Fue, posiblemente, el entierro más multitudinario de los celebrados en la capital española en todo el siglo XX.
El hecho —un médico valorado de forma superlativa, a la hora de su muerte, por la sociedad para la que había trabajado— tuvo, sin duda, mucho de inusitado. Pero era, por eso mismo, extraordinariamente significativo, por lo menos en un doble sentido. Por una parte, era la manifestación más evidente de la altísima estimación en que la sociedad española tuvo desde muy tempranamente al médico madrileño (Marañón había nacido, en efecto, en Madrid, el 19 de mayo de 1887), desde que irrumpió en la vida social española en la década de 1910. Por otro lado, aquel homenaje final en el día de su entierro sancionaba con exactitud lo que Marañón vino a significar en la historia española. Marañón no fue sólo, que lo fue, un médico prestigiosísimo —a la vez investigador y profesional de la medicina—, una personalidad generosa y extraordinaria, un gran intelectual y un excelente historiador y escritor. Marañón fue ante todo un acontecimiento, esto es, algo que le sucedió a la sociedad española del siglo XX, un hecho histórico en todo el amplio sentido del concepto, que indudablemente se cimentó, conviene dejarlo claro, en su talento profesional y en su prodigiosa —no cabe otra palabra— capacidad de trabajo. Marañón, en efecto, publicó un total de 125 libros, unos 1.800 artículos y cerca de 250 prólogos. Sólo su obra médica sumó 32 monografías y 1.056 artículos, muchos de ellos contribuciones sustantivas y originales a la ciencia médica. A su trabajo en el Hospital General de Madrid, que compatibilizó con el ejercicio de la medicina privada y con sus publicaciones, dedicó, como él mismo recordaría en 1955, 40 años (1911 a 1955), 12.561 días y 40.000 horas de servicio.
LA MEDICINA, PREOCUPACIÓN NACIONAL
El hecho histórico que fue Marañón representó la expresión de cambios esenciales en el interior de la propia sociedad española, y en buena medida, consecuencia, pero también causa, de éstos. Por decirlo con contundencia: Marañón fue el médico que en España hizo de la medicina una preocupación nacional.
No es que antes de Marañón no hubiera medicina en España. La hubo. La imagen que de la Facultad de Medicina de Madrid hacia 1890, y de sus profesores, diera Baroja, por ejemplo, en El árbol de la ciencia, imagen que el escritor reiteraría en Juventud, egolatría y recogería en sus memorias —no se aprendía nada, asignaturas que se estudiaban a medias, profesores vacuos e ignorantes, instalaciones deplorables, hospitales tétricos—, era sólo parcialmente cierta. De hecho, fue la generación anterior a Marañón, la de 1880 (Cajal, Ramón Turró, Alejandro San Martín, Cortezo, Simarro, Augusto Pi i Sunyer, Olóriz, Juan Madinaveitia, Gómez Ocaña…), que Marañón llamó en alguna ocasión la generación de los «sabios» —en cualquier caso, una generación precursora, que Marañón valoró siempre muy positivamente—, la que inició el resurgimiento de la medicina en España, que culminaría la generación de Marañón y que fue paralelo al despertar que, entre 1900 y 1936-1939 (generaciones del 98, del 14 y del 27), experimentaron la ciencia en general y la cultura española en su totalidad, un cambio histórico, como es bien sabido, determinante y de excepcional trascendencia en la historia del país. Cajal, por supuesto, había sido excepcional: creó las bases de la teoría neuronal de la neurociencia moderna. Pero no había estado solo. Con Cajal, Luis Simarro y Nicolás Achúcarro, más, tras ellos, Pío del Río-Hortega, Tello Muñoz, Gonzalo R. Lafora, José Mª Sacristán y otros —una verdadera escuela española de neurobiología—, la histología y la neurología tuvieron un espléndido desarrollo en el país, complementado además por el que experimentó la neurología clínica, con la labor, por ejemplo, de Luis Barraquer en Barcelona, y del antes mencionado Luis Simarro, en Madrid.
En ese contexto, la creación en 1907 de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas fue decisiva. La Junta, en efecto, becó para estudiar fuera de España a cerca de 350 jóvenes médicos españoles, prácticamente de todas las especialidades médicas: dermatología, farmacología, bacteriología, oftalmología, otorrinolaringología, patología, pediatría, neurología, odontología, etcétera. Marañón mismo, que se doctoró en 1910 con un trabajo sobre la sangre en los estados tiroideos, amplió estudios en Frankfurt entre otros con Ehrlich, el descubridor del salvarsán, la primera cura de la sífilis. La política de la Junta de Ampliación de Estudios fue, así, el embrión y fundamento de una nueva medicina española. Y efectivamente, con la generación de Marañón (Roberto Novoa Santos, Teófilo Hernando, José Goyanes, Gustavo Pittaluga, Salvador Pascual, Río-Hortega, Tello Muñoz, Lafora, Luis Urrutia, Calandre, Sánchez Covisa, I. Barraquer, Arruga y muchos otros), generación del 14 o de la «preguerra» —por usar una expresión del propio Marañón—, la Medicina se constituyó en uno de los enclaves de modernidad de la vida española. Un hecho al menos es cierto: merced a dicha generación, el auge en España de la especialización médica y quirúrgica fue definitivo e irreversible.
Pues bien, por la importancia de sus trabajos de investigación, por el inmenso prestigio que le proporcionaría su labor clínica, por la proyección pública y notoriedad que en seguida conseguiría, por la amplia labor de divulgación que iba a realizar, por el éxito de sus libros, por su personalidad —un hombre de porte señorial, generoso, cordial, ejemplar, carente de vanidad y arrogancia y dotado de un extraordinario sentido de la amistad, y un médico de excepcional capacidad de influencia sobre los enfermos—, por asomarse de manera ocasional pero decisiva a la política, por todo ello, Marañón representó, precisamente, la irrupción social en el país de la nueva medicina española.
La puesta de largo de esta última fue —justamente— su libro La doctrina de las secreciones internas. Su significación biológica y sus aplicaciones a la clínica (1915), un libro revolucionario que Marañón escribió con sólo 28 años (antes, ya había dado a conocer numerosos trabajos sobre enfermedades infecciosas y sobre su gran preocupación: la actividad glandular, y en 1911 había logrado plaza en el Hospital General de Madrid), que indicaba claramente que la endocrinología, entonces una especialidad nueva, era ya el gran campo de su especialización médica; y libro en el que aparecía además, siempre desde la perspectiva médica que daba sentido y unidad a la obra, su primer artículo sobre la vida sexual, tema del que Marañón se ocuparía en seguida con notable fortuna y al que, por múltiples y distintas razones y no obstante su interés social y profesional, raramente se habían asomado la medicina o el pensamiento españoles. Marañón desarrolló desde entonces lo que Laín Entralgo (en Historia de la medicina, 1978) definiría como una «espléndida obra endocrinológica» —recuérdese: la obra médica de Marañón sumó 32 libros y 1.056 artículos—, que combinó la investigación rigurosa sobre temas como las secreciones internas, la sangre, la adrenalina, las enfermedades del tiroides, el bocio, el cretinismo, la aortitis, la enfermedad de Addison, las febrículas, las infecciones o el climaterio de la mujer y del hombre, con la labor de alta divulgación, con libros de gran éxito, como La edad crítica (1919), el libro que Marañón dijo preferir entre los suyos, Gordos y flacos, Tres ensayos sobre la vida sexual, estos dos últimos de 1926, o Amor, conveniencia y eugenesia (1929), sobre problemas, como se apuntaba más arriba, de amplia repercusión médica y popular pero muchas veces silenciados, en España y fuera de España, o por la ignorancia o por el lastre de los prejuicios religiosos. Marañón introdujo la endocrinología en España, una de las especialidades decisivas en toda la evolución de la medicina moderna. Fue además uno de los principales investigadores europeos sobre las glándulas suprarrenales y un verdadero pionero en el estudio de la relación entre la adrenalina y la emoción, esto es, en la endocrinología y mecanismos de las emociones, un tema que le apasionó y del que empezó a ocuparse en torno a 1920. Trabajos suyos muy tempranos, de 1921 y 1922, sobre la «mano hipogenital», la mano fría, hinchada, con distrofia de las uñas, como manifestación de trastornos endocrinológicos producidos por el desarrollo insuficiente de caracteres sexuales secundarios, y sobre la «mano roja tiroidea» (lo que se llamaría «el signo de Marañón»), el enrojecimiento persistente de la mano como consecuencia de trastornos tiroideos, fueron aportaciones sustantivas a la ciencia médica en el mundo.
Marañón concebía, además, la medicina como una misión decisiva —que requería generosidad e ilusión—, como un servicio a la sociedad, como un imperativo moral del médico para con sus semejantes: ser médico —entendía— era un ejercicio de amor invariable hacia el que sufre, y un acto de desinterés en la prestación de la ciencia. Con Augusto Pi i Sunyer y Roberto Novoa Santos, personalidades igualmente esenciales en la renovación de la medicina española, Marañón fue de los primeros en entender la enfermedad no como el deterioro ocasional de este o aquel órgano, sino como un desorden orgánico general, como un fallo, por decirlo casi en sus palabras, de todo el mundo de reacciones nerviosas del enfermo, en razón del fundamento unitario que Marañón, a la luz de sus investigaciones endocrinológicas, hallaba en la biología del individuo. La exploración del enfermo exigía así, desde esa perspectiva, conocer la historia no sólo clínica sino también biográfica del paciente: sus antecedentes familiares, el entorno social en que se había desarrollado, las circunstancias de tiempo y lugar que componían su vida.
La endocrinología dio, pues, a Marañón una comprensión propia de la naturaleza de la vida humana y una particular visión del enfermo y de la enfermedad, en que la responsabilidad moral del médico y la dimensión social de la enfermedad adquirían dimensiones fundamentales y principales. Nacido, además, en un entorno acomodado y culto —es bien conocida la amistad de su padre, Manuel Marañón y Gómez Acebo, un prestigioso abogado de origen cántabro, con Pereda, Galdós y Menéndez Pelayo—, casado con Dolores Moya, hija de uno de los más influyentes hombres de la prensa liberal de principios del siglo XX; miembro de una generación, la generación del 14 (Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Azaña, Juan Ramón Jiménez, Américo Castro, Araquistáin, Fernando de los Ríos, Madariaga…), con muchos de cuyos miembros, como Ortega y Pérez de Ayala, tuvo íntima y fuerte amistad, que se planteaba España de forma perentoria como una preocupación, como un problema no sólo político sino también moral y cultural —que buscaba, por usar el título de un libro, de 1933, del propio Marañón, la raíz y el decoro de España—, Marañón fue asumiendo, de forma casi natural, crecientes responsabilidades públicas y, en su momento, en seguida se dirá algo de ello, políticas. El compromiso cívico de Marañón —que fue un hombre profundamente liberal, pero que jamás fue un hombre ideologizado, politizado o doctrinario, y que no sintió, de hecho, entusiasmo por la política— fue, pues, una exigencia de responsabilidad, una forma de conducta responsable, ejemplarizante, que Marañón creía se derivaba de su posición en la sociedad, una posición eminente que le obligaba a servir a su país en tanto que intelectual, esto es, desde perspectivas políticamente no partidistas y en cualquier caso, desinteresadas.
De esa forma, desde los años 1917-1918, Marañón comenzó a escribir en la prensa diaria sobre temas en principio relacionados con su profesión —problemas médicos, sanitarios, hospitalarios, la mendicidad, el tifus…—, pero que tenían, inevitablemente, evidentes implicaciones sociales y políticas (como la tenía la visita que como miembro de una comisión oficial española hizo a hospitales y frentes franceses para estudiar la terrible epidemia de gripe que en 1918 se extendió por buena parte del mundo). La Memoria que sobre el problema de Las Hurdes, la región extremeña, preparó en la primavera de 1922, con su colega José Goyanes y el inspector de sanidad de Badajoz, el doctor Bardají, conmocionó España. El problema de Las Hurdes, cuyo estado era para los autores de la Memoria el «mayor baldón» del Estado y la sociedad españoles, era un problema sanitario, que se derivaba de un gigantesco problema social: subdesarrollo rural, pauperismo, aislamiento, abandono, hambre, incultura, viviendas miserables y carencia de higiene y servicios médicos habían generalizado entre la población enfermedades como el bocio, el raquitismo, la anemia, la tuberculosis o el paludismo, con el resultado de una altísima mortalidad, superior al 90 por 1000. Las Hurdes requería, perentoriamente, la intervención inmediata y decidida del Estado: envío de médicos y alimentos, evacuación y hospitalización de enfermos graves, apertura de caminos y vías de acceso a la región, inversiones en obras hidráulicas y repoblación forestal, construcción de escuelas y centros de enseñanza. Incluso el rey, Alfonso XIII, viajaría poco después (21 a 26 de junio de aquel año) a la región acompañado por Marañón, y crearía un Real Patronato de Las Hurdes para la reforma y recuperación de la comarca.
Médicos y científicos de la generación de 1914 —médicos como los ya mencionados; científicos como Blas Cabrera, Julio Palacios, Enrique Moles, Antonio Madinaveitia y muchos otros, casi todos integrados en los centros y laboratorios de la Junta de Ampliación de Estudios— dieron, pues, en palabras de Marañón, «el golpe de timón que puso definitivamente la nave de la ciencia española proa al universo», de acuerdo con la exigencia de europeización que Ortega y Gasset, el líder decidido e indiscutido de la generación, había planteado como objetivo esencial de lo que debía ser toda una nueva política y actitud colectiva para España. La endocrinología española nació, sin duda, con Marañón. Las Hurdes mostró que para ese mismo Marañón —que en el ejercicio de la medicina privada contaba con una clientela distinguidísima y que aquel año de 1922 ingresaba en la Real Academia de Medicina—, la medicina no podía desconocer sus dimensiones y responsabilidades sociales. Marañón era, en 1922, una verdadera figura nacional. En 1921, había adquirido en Toledo, ciudad que conoció de la mano de Galdós, un cigarral, el Cigarral de Menores, un ideal para él de vida serena: como mostrarían algunos de sus libros (Elogio y nostalgia de Toledo, 1941; El Greco y Toledo, 1956), Marañón había encontrado en Toledo su paisaje prometido (por usar una feliz expresión orteguiana), la raíz de su alma, el símbolo de España.
MARAÑÓN, CLAVE ESPAÑOLA
Un ejemplo, tomado de la pintura, da la medida del puesto que Marañón ocupaba en la vida española. Cuando Zuloaga fue componiendo, entre 1920 y 1936, su cuadro Mis amigos, un dibujo al carbón, inacabado, de enormes dimensiones, con el que además de honrar a sus amigos —Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Blasco Ibáñez, Maeztu, Valle-Inclán, el duque de Alba, Uranga, Beobide, Belmonte, Pío Baroja, Azorín— quería plasmar la vida intelectual española, puso en primer plano, sentados en una mesa en torno a la cual se reunía el resto del grupo, a Ortega y Marañón, los retratos centrales de esa forma de la composición. Zuloaga acertó: Mis amigos reflejaba la centralidad de Ortega y Marañón en la vida cultural española de las décadas de 1920 y 1930 (en el dibujo faltaba Unamuno, tal vez porque cuando Zuloaga hizo los primeros estudios de aquél, Unamuno, perseguido por la dictadura de Primo de Rivera, se había exiliado: pero Zuloaga evocaba su recuerdo al dibujar unas pajaritas de papel, un «divertimento» unamuniano, sobre la mesa en que posaban Marañón y Ortega).
Ortega y Marañón tuvieron, en cualquier caso, papel principalísimo en lo acontecido en España: en la vida cultural, desde luego; en la vida política también (aunque ambos se asomaran a la política de forma, por decirlo con Ortega, transeúnte). En razón de su ya considerable prestigio profesional y de la enorme notoriedad de que gozaba —en parte, sin duda, reforzada por el viaje a Las Hurdes—, Marañón, un hombre que siempre creyó en el papel ejemplarizante de los intelectuales en la sociedad en tanto que creadores de opinión y ciudadanía, encabezó la disidencia intelectual en el interior de España contra la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) —la exterior la encabezó, en efecto, Unamuno, exiliado a partir de 1924 primero en París y luego en Hendaya—, la dictadura que puso fin a la España de la Restauración, una España, de 1874 a 1923, que Marañón asociaba con Galdós, Pereda, Giner, Menéndez Pelayo y, sobre todo, con el liberalismo, razón última de la admiración que le inspiró dicha etapa, en la que veía incluso una de las máximas cristalizaciones de la España reciente. Marañón, que en los años veinte mantuvo una cercanía intelectual y personal muy fuerte con Unamuno, veía en la dictadura de Primo de Rivera la liquidación del espíritu liberal de la época galdosiana, la interrupción de la vida ascendente que España experimentaba desde finales del siglo XIX.
Marañón fue encarcelado y multado por la dictadura en 1926, tal vez como advertencia de que el régimen militar no toleraba desafío alguno, ni siquiera de personas del más eminente rango social y profesional, como era en ese momento el médico madrileño. La ruptura fue, pues, irreversible. Marañón había concluido que, al aceptar en 1923 la dictadura, la Monarquía se había invalidado como régimen nacional y, lo que le importaba decisivamente, como fundamento de la renovación civil, moral y cultural que desde su perspectiva debía constituir la aspiración de todo sistema político limpio, transparente y responsable. Caída la dictadura en 1930, en marcha ya el amplio movimiento de opinión que iba a culminar en la proclamación de la República en abril de 1931, Marañón encabezó, a principios de este año, con Ortega y Pérez de Ayala, la Agrupación al servicio de la República, una especie de asociación política de intelectuales que nacía con la aspiración de orientar y elevar el combate de ideas que debía impregnar a la futura república española. Fue precisamente en casa de Marañón, en Serrano 43 (Madrid), donde el 14 de abril de 1931 se celebró la entrevista, que él mismo presidió en silencio, entre Romanones, el político monárquico, y Alcalá-Zamora, presidente del que se proclamaba ya Gobierno Provisional de la República, en que se pactó la salida de España del rey y la familia real, y se acordó dar paso, de forma civil y pacífica —como pretendía Marañón—, al régimen republicano. Marañón recibió la II República como una esperanza, como un régimen de renovación nacional, como una posibilidad real de elevación del perfil histórico de la vida española.
Marañón, no obstante, siguió siendo importante ante todo como intelectual y como médico. De 1924 a 1936-1937, produjo una obra ciertamente extraordinaria. Además de artículos, conferencias y prólogos —y además de continuar su actividad médica, a la que ahora añadió la dirección del Instituto de Patología Médica y la docencia universitaria tras que la República creara para él en 1931 la cátedra de Endocrinología de la Universidad de Madrid—, publicó un sorprendente número de libros: Gordos y flacos, Tres ensayos sobre la vida sexual (ambos, 1926), El bocio y el cretinismo (1927), Sobre las enfermedades graves en la enfermedad de Addison y su probable patogenia (1929), Manual de las enfermedades del tiroides (1929), Amor, conveniencia y eugenesia (1929), La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales (1930), Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), Estudios de fisiopatología sexual (1931), Amiel. Un estudio sobre la timidez (1932), Raíz y decoro de España (1933), Lecciones explicadas durante el curso de Endocrinología 1931-1932 (1933), Once lecciones sobre reumatismo (1933), Las ideas biológicas del padre Feijóo (1934), Ginecología endocrina (1935), Vocación y ética (1936), El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar (1936), Climaterio de la mujer y del hombre (1937), una revisión y actualización de La edad crítica, y aun algún otro (además de que sus conocidos y polémicos estudios sobre don Juan, que recogería como libro en 1940, fueran también de estos años). Eran libros sin duda importantes, todos bellamente escritos y de lectura, por eso mismo y por los temas abordados, siempre absorbente, y algunos, como Amiel, Las ideas de Feijóo, Olivares o Climaterio de la mujer y el hombre, ciertamente piezas maestras, se estuviese, o se esté, o no de acuerdo con sus tesis.
La obra de Marañón contenía —basta repasar los títulos de sus libros— un universo de estudios, interpretaciones, referencias y temas médicos, intelectuales, históricos y literarios, propio e inconfundible, que incorporaba al debate intelectual español incitaciones, problemas y conceptos en parte discutibles pero sin duda nuevos y sugestivos. Sus estudios endocrinos, su sexología, sus tesis sobre las edades y su fisiología de la emoción, que terminaron por ser las contribuciones más sustantivas y características de su producción intelectual, componían, de hecho, una concepción integral del hombre, una interpretación omnicomprensiva de la biología y la vida humana, una explicación de los procesos vitales del individuo, una teoría de las raíces y manifestaciones de la personalidad y la conducta —de la psicología— humanas. Como en parte ya quedó apuntado más arriba, y como es por otra parte bien sabido, Marañón hizo de la endocrinología la clave para la interpretación de la naturaleza psicológica y neurológica del hombre, de los problemas biológicos del organismo. El sistema endocrino, la secreciones internas, las hormonas, los mecanismos biológicos, en suma, estaban, desde su perspectiva médica psicofisiológica, en la raíz de la constitución física del individuo, y daban razón de reacciones, fenómenos e instintos como la emoción y la sexualidad, importantísimos, si no esenciales, en la conformación de la personalidad y por extensión, en la génesis de la conducta y del comportamiento. El sistema endocrino era para Marañón el «guardián de la personalidad», como dijo en alguna ocasión: el factor condicionante, dada la unidad biológica del organismo, de la anatomía, fisiología y psicología del individuo, de su sexualidad, de la masculinidad y la feminidad y de sus edades críticas —pubertad, climaterio—, incluso de los distintos deberes que la edad (niñez, juventud, madurez, ancianidad) impone al hombre.
Las biografías que, como vemos en la relación de sus libros, escribió Marañón (de Enrique IV, Amiel, Feijóo y el conde-duque de Olivares antes de 1936; de Tiberio, Luis Vives, Antonio Pérez y Cajal, después de esa fecha) fueron de esa forma, ante todo, estudios del alma humana (de la pasión de mandar, de la sexualidad anómala, del resentimiento, de la timidez…). El resultado fue fascinante. El Enrique IV de Marañón —el rey de Castilla (1454-1474), cuya sucesión desembocó, en razón de su posible impotencia, en una gravísima crisis resuelta en la guerra civil entre los partidarios de la hija del rey, Juana, y la hermanastra de aquél, Isabel— era un eunocoide displásico con reacción acromegálica, de sexo poco desarrollado, voluntad débil y propensiones homosexuales, lo que sin embargo no le habría impedido necesaria
