El tigre

Andrew Paxman
Claudia Fernández

Fragmento

El Tigre

Prefacio a la edición del 20º aniversario

¿Hay quien puede prescindir de la mafia del poder?

El Estadio Azteca estaba pletórico, lleno de euforia. Casi 90 mil mexicanos alzaron sus voces para aplaudir a un solo equipo y sobre todo a su capitán. Pero esa noche del 27 de junio de 2018 no se trataba de pasión futbolística, sino de un golazo político. Por tercera vez en su historia, desde que fue edificado por Emilio Azcárraga Milmo, El Tigre, a mediados de los años sesenta, la gigantesca arena deportiva fue anfitriona de un cierre de campaña, el del candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador. Sus contrincantes principales, Ricardo Anaya del PAN y José Antonio Meade del PRI, habían hecho lo propio unas horas antes, frente a 10 mil simpatizantes en León y 25 mil en Saltillo. En contraste, el llamado y muy cotizado AMLOfest —en la catedral del futbol mexicano (propiedad de Televisa), antecedido por una presentación de Belinda (cantante y actriz producto de Televisa), y con la aparición en el escenario del candidato en el horario estelar de las 21:00 horas (transmitida en ForoTV, canal de Televisa)— hizo evidente la percepción colectiva: el triunfo de López Obrador era ya inevitable. Ahora sí, en su tercera campaña presidencial, iba a ganar.

Las encuestas habían ido señalando la victoria morenista desde meses atrás. Pero por si aún quedaba duda, esa noche, la máxima empresa de medios, patrocinadora y servidora de cada candidato presidencial exitoso durante 60 años, le estaba dando a López Obrador su explícita bendición, y por extensión la implícita bendición de la cúpula empresarial del país. Podía, pues, parecer que López Obrador iba a gobernar no sólo en nombre de los pobres —de quienes tanto habló en campaña— sino también para el bienestar de los ricos y los clasemedieros. Cualquier aficionado del Club América, cualquier fan de Eugenia León (otra de las varias cantantes esa noche), podía imaginar que AMLO era su gallo.

Más paradójico este evento no pudo ser. Como líder izquierdista, López Obrador había sostenido una ríspida relación durante 14 años con Televisa, una compañía de marcada ideología conservadora. En 2004, los “videoescándalos”, unas grabaciones clandestinas de funcionarios capitalinos recibiendo dinero de un empresario, difundidas por Televisa, habían expuesto al equipo del entonces regente a acusaciones de corrupción. En 2006, Televisa contribuyó a su derrota milimétrica como candidato a la presidencia con la transmisión de varios discursos del presidente Vicente Fox (de tono implícitamente anti-López Obrador y por tanto de dudosa legalidad), de muchos anuncios desacreditadores pagados por la élite empresarial (decretados ilegales por el Tribunal Federal Electoral) y de los noticieros nocturnos de Joaquín López-Dóriga que favorecían al candidato panista Felipe Calderón (en contra de los lineamientos del Instituto Federal Electoral); en conjunto, estas tácticas fueron sin duda suficientes para inclinar la balanza del voto ligera pero decisivamente hacia el triunfo del PAN.

Tras esa elección, López Obrador señaló a Televisa como uno de los principales culpables de una derrota que juzgó fraudulenta. A partir del 2009, empezó a usar y popularizar la frase “la mafia del poder”. Con esta poderosa y pegajosa etiqueta se refería a las élites del PRI y del PAN y a los grandes empresarios beneficiarios de las políticas neoliberales de ambos partidos, entre ellos el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean. Según su análisis, se trataba de una especie de élite de poder, cuyos miembros políticos y empresariales protegían sus intereses mutuos, excluyendo y perjudicando a la gran mayoría de la población. Expuso esta teoría en su libro La mafia que se adueñó de México (2010), en donde además criticó a Televisa por fomentar de manera interesada la precandidatura del que sería su contrincante principal en su segunda campaña por la Presidencia, en 2012: Enrique Peña Nieto.

Sus ataques a menudo fueron despiadados. Refiriéndose a “la mafia” en entrevista con Reforma, argumentó: “Ya están creando al nuevo muñeco, una especie de ‘Barbie’ masculina, una telenovela, que es [Enrique] Peña Nieto, cuyo único mérito de su ideología es la del copete. Pero claro, es ahijado de [Carlos] Salinas y Televisa es la empresa encargada de su promoción”. El tiempo le daría la razón, como mostraría Jenaro Villamil de Proceso: “el gran montaje” de preparar y maquillar a Peña para que ocupara la silla presidencial y “la telepresidencia” que emergió tras su elección.

Sin embargo, a partir de principios del 2017, López Obrador mostró gestos de paz hacia Televisa, tal y como lo hizo con otros miembros de “la mafia”, especialmente los que controlaban los medios masivos: Ricardo Salinas Pliego de TV Azteca y Francisco González de Grupo Multimedios. Cuando presentó su equipo de campaña, reveló que Esteban Moctezuma, hasta entonces presidente de la Fundación Azteca, era un hombre clave. Luego surgió que otro aliado empresarial era Marcos Fastlicht, suegro de Azcárraga Jean. López Obrador ya no citaba a los magnates de medios cuando hablaba de la mafia del poder, un término que en su discurso iba perdiendo sus implicaciones capitalistas. Dos meses antes de la elección, fue invitado a Tercer grado, el programa de debate de Televisa, en donde el trato fue cordial y López Obrador aprovechó para proyectarse como un candidato agradable y moderado. Presidenciable, pues.

La misma noche de su triunfo electoral, el 1º de julio, en una fiesta en la casa del vencedor, estuvieron presentes Salinas Pliego y el co-presidente y encargado de relaciones políticas de Televisa, Bernardo Gómez. Poco después de los comicios, López Obrador fue fotografiado regalando abrazos a magnates en una comida del Consejo Coordinador Empresarial. En noviembre, López Obrador anunció la formación de un Consejo Asesor Empresarial, cuyos ocho miembros incluyeron a tres representantes de la televisión: Gómez, Salinas Pliego y el presidente de Grupo Imagen, Olegario Vázquez Aldir.

Así, el cierre de campaña en el Estadio Azteca no fue una anomalía, sino parte de una reconciliación general entre el abanderado del izquierdismo y los portavoces tradicionales del neoliberalismo. ¿Qué estaba pasando? ¿Los de la mafia ya no eran tan mafiosos? ¿López Obrador cambió de opinión? ¿O sólo era una cuestión de pragmatismo, de realpolitik, quizás del tipo que evoca la famosa frase de El padrino II: “Mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca aún”?

Cuatro semanas antes de la elección, el experimentado político y escritor Jorge Castañeda, en su rol de coordinador de campaña de Ricardo Anaya, alegó en una entrevista la existencia de “un pacto de impunidad” entre Peña Nieto y López Obrador. Según esta versión, dado que el morenista temía un resurgimiento del PAN parecido al que le había costado la victoria en 2006, Peña ofreció a López Obrador usar la maquinaria del gobierno para socavar la candidatura de Anaya, lo que sucedió con la fabricación de un muy comentado alegato de corrupción (el caso Manuel Barreiro). También ofreció usar la maquinaria del PRI para restar apoyo a Meade y orientar los votantes hacia López Obrador, algo que también sucedió, según versiones desde varios estados con gobernadores priistas. A cambio, López Obrador habría prometido no perseguir judicialmente a Peña después de asumir la presidencia.

Castañeda sugería que López Obrador estaba dispuesto a forjar acuerdos casi con quien fuera, para evitar la posibilidad de perder su tercera contienda presidencial. La misma lógica puede explicar la alianza electoral de Morena con el Partido Encuentro Social, de corte derechista pero con poder de convocatoria en algunos estados en donde Morena carecía de fuerza; con la lideresa sindical Elba Esther Gordillo, infame por auto enriquecimiento y presa en casa durante cinco años bajo varios cargos, pero todavía con influencia sobre los 1.5 millones de miembros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación; con líderes del sector empresarial, y por supuesto con Televisa.

Esta explicación no concluye con la elección. Como a cada presidente anterior confrontado por los grandes problemas nacionales, al presidente López Obrador le ha servido tener como aliada a Televisa, que a pesar de una notable disminución de su peso monopólico, sigue siendo la empresa mediática más influyente de México, con casi 60% de la audiencia televisiva. Y cuanto más ambicioso su proyecto —una “cuarta transformación” de la República, obstaculizada por toda la resistencia a la que todas las grandes transformaciones se enfrentan— más importante es esa alianza.

Una simbiosis imperativa

El sentido de necesidad era mutuo. Por un lado, el apoyo abierto de Televisa hacia el candidato presidencial con mayor probabilidad de ganar, sin importar el partido, correspondía a una larga tradición político-empresarial que data desde los inicios de la televisión mexicana en los años cincuenta. Fue una tradición iniciada por el fundador de la firma, Emilio Azcárraga Vidaurreta, perfeccionada por su hijo, Emilio Azcárraga Milmo, y heredada por su nieto, Emilio Azcárraga Jean, quien navegó exitosamente las alternancias políticas de 2000 y 2012. Así, el acercamiento de Azcárraga Jean y Bernardo Gómez (quien asumió la dirección diaria de Televisa en 2017) con López Obrador se debió —en cierta medida— a viejos instintos corporativos. Después de todo, una empresa de medios masivos depende en mucho de la buena voluntad del gobierno vigente: para la renovación de concesiones de difusión, para el otorgamiento de nuevas concesiones y para que detenga o atempere la llegada de nuevos competidores.

Por otro lado, en 2017 Televisa estaba en aprietos. A pesar de contar con un buen amigo en Los Pinos, y por lo tanto con un promedio anual de mil millones de pesos en publicidad gubernamental, su fuerza económica durante el sexenio de Peña Nieto sufrió un declive. Como en el resto del mundo, el negocio de televisión abierta fue debilitado por la creciente fragmentación de audiencias entre canales de cable, videojuegos y nuevas plataformas en línea, y por la fuga de anunciantes a medios digitales, sobre todo a Google y a Facebook. También emergieron nuevas emisoras: Imagen Televisión, el estatal Canal 30 (renombrado después Canal 14) y la ampliación a nivel nacional de Canal 11 y ADN40, entre otros. El impacto de esta competencia multifacética fue notable en el largo eclipse de lo que por décadas fue el centro de utilidades de Televisa: la telenovela. Las novelas se produjeron para audiencias de clases media y baja, pero a partir de los años noventa gran parte de la primera había empezado a abandonar el Canal de las Estrellas, una tendencia que parecía acelerarse. La gravedad del declive se vio en las ventas de anuncios, que cayeron casi 20% entre 2014 y 2017. Un creciente énfasis estratégico en el llamado triple play —el empaquetamiento de TV por cable, internet y telefonía fija— constituyó un esfuerzo prometedor para recuperar ingresos perdidos, pero el proceso estaba resultando lento y costoso, y generaba grandes niveles de deuda.

Durante años, las páginas de negocios habían hablado de los Cuatro Fantásticos, el núcleo de Azcárraga Jean, Gómez (encargado de noticieros y asuntos políticos), Alfonso de Angoitia (jefe de finanzas) y José Bastón (jefe de programación). Fueron ellos quienes llevaron a Televisa desde el borde de la bancarrota, tras la muerte de Azcárraga Milmo en 1997, al éxito financiero. Sus márgenes de utilidades se recuperaron hasta alcanzar un promedio anual de 14% en el sexenio de Felipe Calderón, y sus acciones en Wall Street ascendieron, vendiéndose en 40 dólares a mediados de 2015, seis veces el valor que tenían cuando debutó el joven heredero. Pero en enero de 2017, Bastón fue separado de su cargo, una tácita admisión de que los programas de Televisa eran anticuados. Unos meses antes, ya habían reemplazado al conductor López-Dóriga con la más joven y más fiable Denise Maerker. En octubre, Azcárraga Jean se retiró como director general, pasando los controles a la mancuerna Gómez y De Angoitia. La decisión parecía obedecer un intento por apaciguar al consejo de administración y a los accionistas institucionales. Pero estos últimos se entusiasmaron poco, ya que para finales del año la acción en Nueva York se había venido abajo, vendiéndose a 18 dólares. Debido a sus costosas inversiones (también al debilitamiento del peso), los márgenes de utilidades en la era de Peña promediarían un escaso 7 por ciento.

Las preocupaciones se acumulaban. Primero, la empresa era plenamente identificada con Peña Nieto, cuya popularidad estaba por los suelos, y el PRI tenía pocas perspectivas de retener la presidencia. ¿Podría un nuevo gobierno castigar a Televisa por sus décadas de privilegios monopólicos? (La percepción de que Televisa se salía con la suya había sido fortalecida por la Ley de Telecomunicaciones de 2014, que no pestañeó ante su compra monopolizadora de varios sistemas de cable). Ciertamente López Obrador, ya favorito, había amenazado con restringir la compañía durante su campaña presidencial anterior, en 2012. Segundo, persistía la amenaza de Carlos Slim. El amo de la telefonía mexicana, y hasta pocos años antes la persona más rica del mundo, llevaba décadas esperando que un gobierno le diera permiso para ofrecer televisión de paga por la amplísima red de fibra óptica de Telmex. Slim había forjado una buena relación de trabajo con López Obrador, cuando este último era regente de la capital. Aunque la amistad se había enfriado, había cimientos para revivirla. Tercero, también persistía la amenaza de Salinas Pliego, competidor de Televisa en televisión abierta y triple play, que había avanzado más rápido en entablar una amistad con López Obrador. Allí estaba Esteban Moctezuma en su equipo de campaña. Televisa no podía quedarse con los brazos cruzados durante la nueva temporada electoral; hacerlo la volvería vulnerable durante la gestión de gobierno.

Lo que ocurrió tras bambalinas aún está por contarse, pero sin duda emergieron señales de un cambio de estrategia. En marzo de 2017, pocas semanas después de que López Obrador revelara su equipo, Televisa compró un 50% de SDP Noticias, un sitio de noticias de alta popularidad y larga tradición lopezobradorista. Cuando Azcárraga pasó las riendas de su empresa a Gómez, puso su confianza en un ejecutivo con un probado talento para congraciarse con políticos de todos los partidos y con sus esposas. (La foto de Gómez besando la mano de Martha Sahagún de Fox, portada de Proceso, persiste en la memoria.) En los noticieros de 2018, no hubo intento de sesgar la cobertura de las campañas, según dos análisis de contenidos llevados a cabo por Carlos Muñiz de la UANL. Pero tampoco hubo un intento por comentar lo dicho por los candidatos, una falta de cuestionamiento que habrá favorecido al que usó la retórica más colorida y exagerada. Concluidos el cierre de campaña en el Estadio Azteca y la elección misma, Televisa recibió a López Obrador en su evento anual más importante, la cena-fiesta otoñal de sus principales anunciantes. Al parecer, la ofensiva diplomática estaba funcionando. Cuando Denise Maerker entrevistó al presidente electo ante la muchedumbre, él calificó a Televisa como una empresa “extraordinaria para el país”; durante la cena, el político se sentó al lado de Azcárraga Jean y los dos se comportaron muy amistosamente. Tres semanas después, Gómez fue incluido en su Consejo Asesor Empresarial. El beneficio de Gómez para el régimen se hizo evidente en marzo de 2019 cuando éste organizó una cena en su casa para que López Obrador pudiera conversar largo y a gusto con Jared Kushner, el yerno y asesor de Donald Trump.

Como en el pasado, por ejemplo, durante el sexenio de Luis Echeverría, la alianza entre Televisa y la Cuarta Transformación (4T) no ha sido del todo idílica. Fiel a su promesa de recortar el gasto oficial en publicidad —ya que Calderón y Peña habían derrochado montos extraordinarios en propaganda mediática— López Obrador la redujo drásticamente. En 2019, Televisa experimentó una reducción de 78% en publicidad oficial, equivalente a unos 60 millones de dólares. Ese agosto, el popular conductor Carlos Loret de Mola fue removido del noticiero matutino por haber incomodado al régimen con su tono crítico y su investigación, después publicada en línea, sobre las muchas propiedades no declaradas del alto funcionario Manuel Bartlett. En el transcurso del año, debido a una serie de jugadas políticas que erosionaron la confianza de la comunidad de inversionistas, la economía se estancó y con ella, el crecimiento de Televisa. Cuando se empezó a sentir el efecto del covid-19 en febrero de 2020, el peso rápidamente perdió 25% de su valor y a su vez las acciones de Televisa se desplomaron a un nivel histórico de menos de cinco dólares. Por primera vez desde la muerte de su padre, en 1997, Azcárraga Jean ya no se encontraba en la lista anual de los billonarios de Forbes. En 2000, al consolidar el rescate de su empresa, El Tigrillo fue calificado por Expansión como el segundo empresario más importante del país; ahora se encuentra en vigésimo lugar.

Pero poco después del nadir financiero de abril, el trato favorable a López Obrador pareció empezar a rendir un mínimo de frutos. Por decreto presidencial, se redujeron los llamados “tiempos fiscales” que las televisoras tenían que ceder cada día al Ejecutivo de 18 minutos a 11. En junio, Televisa lanzó el servicio de telefonía celular Izzi Móvil, dirigido a sus más de 5 millones de suscriptores a servicios de banda ancha y basado en la infraestructura de una red del gobierno; así, pudo continuar sus avances dentro del territorio de Slim, sin sufrir la incursión de éste en reversa, a pesar de acaparar 65% del mercado de TV de paga. En junio, Gómez fue uno de tan sólo 11 empresarios que acompañaron al presidente a una visita a Washington, aunque los dueños de Azteca, Imagen y Milenio Televisión también fueron. Y en agosto, durante la fuerte prevalencia del covid, las mismas cuatro televisoras pactaron con la 4T para difundir varios programas educativos, financiados por el gobierno, durante el próximo año escolar. Aunados al incremento general en los ratings de Televisa, con tantos mexicanos pasando más tiempo en casa, estos avances atenuaron la gran reducción en ingresos producida por la depresión económica, como señaló una modesta recuperación en el precio de sus acciones.

Aún así, la alianza entre la 4T y Televisa parece torpe e insostenible, como un abrazo entre Francisco I. Madero y Victoriano Huerta. Sus instintos y metas son muy diferentes. Sin duda conviene a Televisa que México tenga un presidente más acorde con su ideología del libre mercado, como Carlos Salinas, o más en deuda con la empresa, como Peña Nieto. No sorprendería descubrir en unos años que Televisa hubiera estado cultivando un candidato para la elección de 2024, alguien dispuesto a intercambiar favores más estratégicos, alguien (quizá de corte autoritario) inclinado a ayudar a Gómez, De Angoitia y Azcárraga Jean a restaurar la compañía a las alturas que disfrutó en los tiempos de Azcárraga Milmo.

Erase una vez un Tigre…

En el mundo contemporáneo e hiper-fragmentado de los canales digitales, Netflix y Claro Video, YouTube y TikTok, puede sorprender a los mexicanos más jóvenes que sólo hace una generación existía un hábito común de congregarse en familia ante el televisor cada noche para ver las telenovelas de Televisa; que muchos permanecían sentados para enterarse del acontecer nacional (y las fake news del día) vía un solo noticiero; que las referidas novelas solían establecer récords de audiencia no sólo en México sino en Rusia y Filipinas; que la misma Televisa controlaba no uno sino tres equipos de futbol de primera división, la mayor editorial de revistas en español del mundo, dos periódicos, varias estaciones de radio, dos disqueras, y muchos activos más. La primera mitad de los años noventa conformó el último lustro de tres o cuatro décadas en las que Televisa era “la dueña del tiempo libre de los mexicanos”, como acertó el crítico cultural Carlos Monsiváis.

Y había un solo hombre que controlaba todo: Emilio Azcárraga Milmo, conocido por sus admiradores y detractores como El Tigre. En cierto punto fue el empresario más cercano al Poder Ejecutivo y el más rico de América Latina. Fue famosamente ambicioso y amigable, generoso y amedrentador, nacionalista e internacionalista, leal y mujeriego. Famosamente contradictorio. Notoriamente consciente de su propio poder. Cuentan que cuando le preguntaron si le atraía la vida política, contestó sonriente: “¿Por qué me interesaría ser presidente por tan sólo seis años, cuando ya soy vicepresidente por toda la vida?”

Eran otros tiempos, pero el legado del magnate todavía está con nosotros. Perdura culturalmente, políticamente, económicamente, y en la percepción que tienen de México en el extranjero. Se trata de los valores retrógrados con que se educaron, conscientemente o no, varias generaciones de niños y adultos; de una disposición individual a votar por políticos según hábitos heredados o persuadidos por estándares telegénicos (y con una marcada tolerancia del autoritarismo); de una aceptación de monopolios como entes naturales, a pesar de su perjuicio al bien común, y del neoliberalismo como el mejor camino, a pesar de que tiende a empeorar la vida de los pobres; del fomento de una imagen internacional del país históricamente rica y compleja pero contemporáneamente sosa.

En el mundo televisivo, hay pocos géneros de impacto cumulativo más notable que las telenovelas. En el caso mexicano, el género nació en 1958, en la era de Azcárraga Vidaurreta, pero entonces se televisaba sólo en la tarde. Fue su hijo, El Tigre, quien creó toda una barra vespertina de novelas —de hasta cinco horas de extensión— y quien la programó para que terminara a las 10 de la noche, cuando empezaba el noticiero. En su mayoría las novelas estaban empapadas de ciertos valores que se podían calificar generosamente como conservadores, o más francamente como nocivos: sexismo, racismo y darwinismo social.

El sexismo se veía en la división maniquea y la doble moral aplicada a los protagonistas: la heroína siempre virginal, poco maquillada, con ropa suelta, devota de la Virgen de Guadalupe; la villana siempre sexy, muy maquillada, con ropa ajustada, devota de Maquiavelo; el héroe, que cae bajo las tentaciones de la villana, pero eventualmente encuentra el perdón y la redención gracias al amor y a la fe de la heroína. Y la felicidad que ella encuentra se contrasta a veces con la suerte de una amiga que, al no preservar su virginidad, enfrenta una tragedia.

El racismo se manifestaba en la marginación de la mayoría de la población mexicana y su tez morena. Esto se notaba no sólo en las telenovelas sino en casi todos los programas que no eran partidos de futbol. Hasta las heroínas de las novelas —ya fueran maestras de primaria, huérfanas, o hasta pepenadoras— eran mujeres de tez blanca y a menudo rubias. Muchos extranjeros recién llegados a México prendían el televisor y se preguntaban por qué los programas mexicanos representaban un país que extrañamente parecía Suecia.

La misma marginación se notaba en el dominio ejercido por Televisa en el mundo de la música y las revistas populares. En su programa de variedades de mayor duración, Siempre en Domingo, y aún más en su canal musical de cable Telehit y sus revistas como TVyNovelas y Eres, se favorecían caras bonitas de abolengo ibérico, a pesar de que la gente de tez blanca conforma tan sólo de 10 a 12% de la población.

Cabe añadir que las prácticas racistas de la empresa no eran ingenuas, en el sentido de ser una mera continuación de la marginación evidente en el Cine de Oro. Azcárraga Milmo impulsaba una deliberada política de programación basada en nociones racialmente estereotipadas sobre los televidentes. Ésta asumió que la mayoría de ellos, siendo pobres y morenos, verían a sus estrellas como los hermosos habitantes de un mundo disneyesco con quienes podrían soñar. Como dijo una vez a uno de sus productores: “Lo que necesita Televisa son dos canales blancos y dos canales […] para negros”.

Por su parte, el darwinismo social se notaba en la falta de ascenso socioeconómico de cualquier personaje pobre que no fuera la heroína, para que nadie excepto ella amenazara con contaminar el reducido círculo de la gente decente con sus genes inferiores. La heroína sólo lograba la comodidad material por ser guapa, guadalupana, virgen, blanca y novia de un príncipe azul. El mensaje para la gente con quien vivía la heroína durante los primeros episodios —gente pobre y morena— era el mismo que comunicó la trilogía de Pepe El Toro de la Época de Oro: Conozca su lugar. Es más, ser pobre es ser noble. Como el ejecutivo Miguel Alemán Velasco calificó la producción de Televisa en los años setenta: “Sí, eso es opio, pero es buen opio”.

No todo programa de Televisa fue narcótico. Entre 1975 y 1982, el productor Miguel Sabido creó una serie de telenovelas educativas que tuvieron efectos comprobados en la promoción de la alfabetización para adultos y la planificación familiar. Entre 1983 y 1990, Televisa programó su cuarto canal capitalino con contenidos culturales, sin anuncios. Había eventos televisados de trascendencia: el simposio de Octavio Paz “La experiencia de la libertad”, en el que Mario Vargas Llosa espantó a su anfitrión con su tesis “México es la dictadura perfecta”; o el gran festejo de la ópera con participación de Plácido Domingo, llamado Operalia.

No obstante, Televisa prefería la ruta no educativa, dando al televidente un entretenimiento pre-masticado. Por eso el estilo de actuación que insistía en la exageración. Por eso el uso de música incidental que agravaba esas exageraciones. Por eso la costumbre de alternar entre escenas en distintos lugares con el uso repetitivo de tomas de ubicación. Por eso la frecuente reiteración de revelaciones en los diálogos entre distintos personajes. Nunca se tenían que hacer conexiones o inferir relaciones para seguir la trama de una telenovela. El lenguaje televisual que se empleaba era apto para menores.

Hasta dónde los valores de Televisa eran digeridos y luego reflejados por los televidentes es difícil de medir. En cierta forma, la televisora reflejaba los valores, los prejuicios y las llamadas buenas costumbres arraigados en la cultura. Sin embargo, los estudios de comunicología —en particular, la “teoría del cultivo” de George Gerbner— acerca de los efectos cumulativos de la exposición a ciertos mensajes y normas sugieren un notable grado de impacto y asimilación. De hecho, la teoría de Gerbner puede aplicarse especialmente al caso mexicano, dada la alta proporción de las horas estelares representada únicamente por el género de la telenovela.

Además, contamos con la evidencia anecdótica que durante décadas ha ofrecido ejemplos concretos, como el afán de las jóvenes morenas de pintarse el cabello rubio, usar pupilentes de colores claros, o insertar respingadores nasales para lograr tener una nariz más “europea”. O las olas de madres que dieron a sus hijas el nombre telenovelesco Yesenia. No es irrazonable afirmar que una nación, cuyas aspiraciones estéticas reflejaban las semblanzas de una pequeña minoría (de hecho, de la nación colonizadora) y cuya industria publicitaria estaba exitosamente fundada en la noción de que lo recomendado por modelos blancos vende, es una nación que padecía, hasta cierto punto, de un complejo de inferioridad racial. Se puede añadir que una nación, en la que gran parte de sus ciudadanos enfrentaba un ascenso económico difícil debido a una tez asociada con la ignorancia y una falta de “buena apariencia” —sin importar su talento o su preparación— era una nación que no estaba alcanzando su potencial.

La televisión no era el único factor de ese rezago, pero su influencia era innegable. El contraste con la televisión estadounidense es ilustrativo. A partir de los años sesenta, las grandes cadenas hicieron el esfuerzo de incorporar en sus series a protagonistas afroamericanos. No es ninguna casualidad que la primera de éstas, la serie policiaca I Spy, arrancó en 1965, el año en el que se promulgó la Ley de derecho al voto, que puso fin a las maniobras sureñas de excluir a los afroamericanos de ejercer su sufragio. Así, las cadenas estadounidenses activamente impulsaron la gradual aceptación popular de una reforma legal. En los ochenta, la comedia más popular trataba de una familia afroamericana de clase media alta, The Cosby Show. Aunque la serie fue criticada por su conservadurismo, ya que mostró a unos afroamericanos conformándose con los estándares de los ricos blancos, la mera existencia de esa familia pudiente constituyó un modelo de aspiración.

Y resultó que, tras cuatro décadas de una creciente presencia de afroamericanos en la tele (también en el cine), un país con un pasado cargado de un racismo institucionalizado logró elegir a un afrodescendiente como jefe de Estado. Sobra decir que Azcárraga Milmo nunca dio luz verde a ningún equivalente de I Spy o The Cosby Show. También sobra decir que la marginación de caras morenas sigue siendo aparente —si bien un poquito menos severa— en la televisión mexicana de hoy.

El sufragio poco efectivo

Era tan frecuentemente comentado que Televisa funcionó como ministro de propaganda del Partido Revolucionario Institucional que se volvió un cliché decirlo. Abundaba la evidencia de su apoyo incondicional al PRI, que gobernó durante toda la época de Azcárraga Milmo, sobre todo a través de su noticiero estelar, 24 Horas, con Jacobo Zabludovsky.

Irónicamente, a puerta cerrada, las relaciones personales entre El Tigre y los primeros tres presidentes que coincidieron con su liderazgo —Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel de la Madrid— fueron a menudo difíciles. Durante ambos sexenios corrían rumores de una posible expropiación de Televisa. Es probable que Azcárraga considerara las amenazas de 1972 y 1982 alarmantes porque, a pesar de décadas de servicio leal de su familia al régimen, la ideología izquierdista de Echeverría y López Portillo diferían de la suya y porque la oposición política era tan débil que el gobierno no dependía tanto de la maquinaria propagandística bajo su control.

Esas circunstancias cambiaron bajo De la Madrid, primero cuando el PAN presentó un claro reto a la hegemonía del PRI durante la elección gubernamental en Chihuahua, y después cuando empezó la contienda presidencial más reñida desde 1940, en 1987-1988. Durante 12 meses, Televisa ofreció una efusiva cobertura a Carlos Salinas, comunicó poco sobre su contrincante del PAN, Manuel Clouthier, y despreció a su rival principal, el izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas. Tras las reclamaciones postelectorales y los gritos públicos de fraude en el Zócalo la noche del 15 de septiembre, fue Televisa quien lidereó el esfuerzo para calmar las aguas y quien cultivó más que nadie la imagen modernizadora de Salinas durante los seis años siguientes.

Es difícil imaginar la victoria de Salinas —en plena década perdida, después de la respuesta inepta al temblor del 85 y el crac bursátil del 87— sin el apoyo abrumador de Televisa. Si México hubiera contado con una televisora imparcial, o con varias, habría sido muy difícil que el PRI, a pesar de sus tradicionales maniobras de alquimia electoral, lograra ganar la elección. No obstante, este juicio ha tendido a ser un artículo de fe, con muchos mexicanos convencidos de la fuerza del “Quinto Poder”. Sin embargo, investigaciones de las ciencias sociales han comprobado que la influencia de Televisa sí podía cambiar el resultado de una votación.

En las elecciones de julio de 1997, tanto el PRD como el PAN lograron incrementar sus porciones del voto a tal grado que el PRI perdería control de la Cámara de Diputados por primera vez en su historia. Antes y después del voto, el politólogo Chappell Lawson hizo encuestas sobre los noticieros vistos por unos 400 capitalinos y sus preferencias electorales, las cuales cambiaron de manera significativa entre marzo y julio. Lawson dedujo que como el PRI perdió control de la Cámara por tan sólo 3% del voto nacional, la nueva imparcialidad noticiera de Televisa fue suficiente para constituir el factor determinante del resultado.

Por supuesto, lo sucedido en 1997 no borró el legado de la influencia de Televisa sobre las elecciones anteriores, ni el antecedente del desarrollo de la imagen de Salinas. El último sonaría 24 años después en el desarrollo y el triunfo de otro candidato priista, joven, carismático, si bien mucho menos preparado y mucho menos listo y por lo tanto, aún más dependiente de un buen maquillaje mediático: Enrique Peña Nieto.

Tampoco borra la larga historia del apoyo público, monolíticamente oficialista, hacia la figura del presidente que se puede decir fue el verdadero modus operandi de Azcárraga Milmo. A pesar del pragmático cambio de camiseta partidaria de Azcárraga Jean en 2000, este legado se perpetuó durante 12 años de incondicionalidad hacia los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón. Fue visible, de manera particularmente preocupante en la cobertura superficial, con poco cuestionamiento o investigación, de la llamada “guerra contra las drogas” de Calderón y las matanzas que ocasionó. Este legado fue visto plenamente durante el sexenio de Peña Nieto. E interesantemente, la lealtad hacia el primer mandatario ha sido evidente de nuevo en estos años de López Obrador.

La creación de Mex & Co.

Sería deshonesto emitir un juicio general sobre el impacto de Televisa en el desarrollo económico de México sin admitir de antemano una postura ideológica. Si uno cree en el neoliberalismo (que el libre comercio, la privatización de paraestatales y la reducción del gasto público fomentan el crecimiento, y que tales políticas han impulsado la expansión de la clase media mexicana), el impacto del Tratado de Libre Comercio de America del Norte (TLC) y el de la empresa que fue su porrista principal fueron básicamente positivos. Si uno cree que el neoliberalismo ha propiciado principalmente la fuga de millones de campesinos mexicanos a Estados Unidos y un mayor nivel de desigualdad en casa, el impacto de Televisa en la economía fue básicamente nocivo.

Sin embargo, hay otras medidas de la influencia económica de Televisa cuya evaluación depende menos de posiciones ideológicas, como su disposición a proveer espacios para debates económicos y su comportamiento como empresa. ¿Contribuyó Azcárraga Milmo a una cultura económica más madura, es decir, mejor informada y menos dependiente del proteccionismo o del capitalismo de cuates?

En el primer caso, el debate más importante durante la época de Azcárraga Milmo seguramente giró alrededor del TLC. Este pacto fue ampliamente discutido en la prensa impresa pero escasamente abordado en Televisa. Su rechazo a las opiniones que no coincidían con las de El Tigre —para quien el TLC prometía mayor inversión extranjera y por tanto una nueva ola de anunciantes en sus canales— llegó a su clímax cuando cinco críticos del TLC asistieron a un foro de Televisa para una videoconferencia con el Comité de Comercio del Senado estadounidense. Durante el testimonio de estos opositores, entre ellos Jorge Castañeda, misteriosamente “se cayó” la señal.

En cuanto a su comportamiento empresarial, Azcárraga operó como monopolista descarado. Incluso antes de 1972, cuando tomó las riendas de Telesistema Mexicano y logró incorporar en su dominio a Televisión Independiente Mexicana, de la familia Garza Sada de Monterrey, Azcárraga Milmo se perfiló como adalid nacional de las prácticas monopólicas. México tiene una tradición monopólica que data por lo menos de las últimas décadas del siglo XVIII, cuando la Corona española estableció monopolios en el tabaco, la pólvora, el hielo y la sal, hasta en las peleas de gallos, y el de Azcárraga no fue de ninguna manera el único ni el más grande del siglo XX. Pero probablemente fue el más obvio.

La absorción de Televisión Independiente Mexicana —mejor conocida en la Ciudad de México como Canal 8— fue fruto de una guerra entre televisoras (1968-1972) en la cual Azcárraga Milmo, actuando en nombre de su padre, empleó todo tipo de prácticas monopólicas, no importándole el Artículo 28 de la Constitución o la Ley de Monopolios de 1934. Forzó a sus actores, cantantes y anunciantes a boicotear a su rival, una estrategia que usó de nuevo a partir de 1993, cuando surgió la recién privatizada TV Azteca. Entre esos dos episodios, en los años ochenta, utilizó su palanca política para obstaculizar el arranque de un competidor en la TV de paga, Multivisión, de la familia Vargas.

En público, abogó por el libre comercio, un principio clave del cual es la competencia, abierta y carente de favores políticos, entre empresas. Pero rodeado por otros de la clase empresarial, hizo alarde de prácticas distintas. “La única gente a la que no le gustan los monopolios es aquella que no tiene uno”, dijo una vez en una reunión con clientes. Con todo su carisma, su personalidad imponente, su dinero y sus conexiones políticas, ¿qué joven empresario mexicano no soñaba ser como El Tigre?

En suma, otro aspecto del legado de Azcárraga fue la perpetuación de una cultura empresarial que consideraba el monopolio —o el duopolio, en algunos sectores— como un fenómeno normal y hasta deseable. Ésta era una actitud compartida por el PRI: una relación de beneficio mutuo con una o dos familias en cada sector industrial le convenía más que el fomento de una competencia plena. Un sistema en el que una serie de monopolios comerciales existía en interdependencia con un monopolio político, unidos por relaciones tanto personales como institucionales, resultó más conveniente para ambas partes.

Prueba contundente de este sistema emergió en 1993, cuando se reportó un banquete en la casa del veterano funcionario Antonio Ortiz Mena, en el que Salinas y el presidente del PRI solicitaron a una treintena de empresarios una aportación de 25 millones de dólares cada uno para la campaña presidencial de 1994. No es de sorprender que El Tigre fuera uno de los primeros en comprometerse.

Mientras los monopolios son justificables y hasta saludables en algunos casos, por ejemplo, para fomentar una industria naciente, la experiencia mexicana desde la Revolución ha sido de una creciente concentración de sectores importantes en manos de unos cuantos. En tiempos de Azcárraga, se sospechaba que tal concentración fue perjudicial para la sociedad, ya que detenía el surgimiento de nuevas compañías, provocaba altos precios, apretaba salarios y generalmente debilitaba la economía, pero había poca investigación cuantitativa al respecto. En años recientes, tales conjeturas han sido comprobadas por varios estudios.

Así, como el “capitalista de cuates” más famoso de su época, Azcárraga contribuyó a un México menos equitativo. Lo hizo no sólo en términos tangibles sino también como el máximo símbolo darwinista de la supremacía del mejor conectado. A más de dos décadas de su muerte, muchos de sus colegas en las listas de Forbes durante el salinato, beneficiarios como él de las reformas neoliberales (Slim, Bailleres, Larrea, Salinas Pliego, entre otros), siguen dominando el ámbito empresarial mexicano.

Calidad de exportación

El escenario internacional es testigo del legado más mixto, más contradictorio de Azcárraga Milmo. Muchas de sus acciones elevaban el nombre de México en el extranjero, a menudo sin importar las consideraciones de costo o ganancia. A la vez, exportó una imagen nacional ficticia en lo televisivo y pequeña en lo deportivo.

Uno puede discrepar con su forma de mostrarlo, pero no hay duda de que El Tigre tuvo un fuerte sentido patriótico. En la época de su padre, se comprometió a construir un estadio de futbol capaz de celebrar la final de una Copa del Mundo. Como empresario, pudo haber construido algo funcional y fácil de costear, pero ordinario. En cambio, sin importar el costo, quiso construir algo bello, imponente, un edificio cuya arquitectura pondría a México en un club selecto de naciones con estadios maravillosos, como el Wembley de Inglaterra, el Maracaná de Brasil, el San Siro de Italia, o el Camp Nou de España. Y resultó anfitrión de no uno sino de dos Mundiales.

Por otro lado, al colaborar en la creación y fomento de la débil confederación de futbol Concacaf, Azcárraga ayudó a cultivar un camino facilísimo de navegar para que la selección nacional llegara al mundial. Demasiado fácil, porque a diferencia de las naciones de Europa y América del Sur, México podía calificar sin enfrentarse, y por lo tanto fortalecerse, con las grandes potencias. Seguramente esto ayuda a explicar cómo, a pesar de participar (hasta 2018) en 16 mundiales —más que Inglaterra, Francia o España, todos países ganadores— el tri nunca ha logrado avanzar más allá de los octavos de final. Como consecuencia de su casi automática calificación, las arcas de Televisa se han desbordado con dinero publicitario cada cuatro años, mientras la nación sufre la decepción de una salida temprana, típicamente en la segunda ronda.

Similarmente mixta es la huella que dejó Azcárraga en Estados Unidos. Junto con su padre y el norteamericano René Anselmo, utilizó casi puro contenido mexicano para crear la cadena SIN, hoy conocida como Univision y frecuentemente descrita como la quinta televisora más grande del país vecino. Su alcance y su éxito han sido una fuente de afirmación, consuelo y hasta orgullo para muchos mexicano-estadounidenses. Pero los anglo-americanos que se han topado con el canal en horario estelar han visto una programación parecida a las baratas series diurnas de los canales anglófonos, con escenarios de cartón y actuaciones de caricatura. En 2010 esa última tendencia fue deliciosamente satirizada en unos sketches (titulados “Besos y Lágrimas”) en el famoso programa de variedades Saturday Night Live.

En el contexto de América Latina, Televisa fue pionera de la televisión por satélite: primero con el uso de satélites para transmisión en vivo, seguido por canales diseñados para transmisión satelital, y luego con la televisión directo a casa, vía Sky. Además de sus metas empresariales, el patriotismo de Azcárraga lo llevó a crear el canal noticiero internacional ECO, en respuesta al norteamericano CNN. Pese a que ECO registró pérdidas de cientos de millones de dólares, Azcárraga lo mantuvo hasta su muerte.

Un orgullo parecido resultó en generosos donativos y un constante apoyo a la cultura, primero en casa, con la nueva Basílica de la Virgen de Guadalupe, el Museo Rufino Tamayo, el Centro Cultural/Arte Contemporáneo, todos imanes para el turismo internacional; y luego en el extranjero, con la exhibición itinerante “México: Esplendores de 30 Siglos”, en Nueva York, San Antonio y Los Ángeles, y el pabellón mexicano en la Feria Mundial de Sevilla.

A pesar de sus esfuerzos por compartir con el mundo la alta cultura mexicana, Azcárraga fue, en gran medida, responsable de una imagen poco favorable de México en el extranjero. Llegó a ser distinguido como el país con el partido autoritario más duradero del mundo. Llegó a ser conocido como el principal país de origen de las telenovelas, disfrutadas en mercados tan diversos como Rusia, Perú e Indonesia, pero ignoradas en países con altos índices de educación. Mientras decenas de miles de norteamericanos vieron “Esplendores de 30 Siglos”, cientos de millones de extranjeros vieron Los ricos también lloran, María la del barrio, El Chavo del 8 y otras series que difundieron —y como repeticiones o en la forma de remakes, siguen difundiendo— una imagen falsa y blanqueada de México.

Nuevos agradecimientos

Cuando este libro apareció por primera vez en 2000, los autores nos sentimos honrados con la generosa aceptación del público en México y el extranjero. Conforme pasaron los años, con la publicación de una segunda edición en 2001, una tercera en 2013, y ahora una cuarta, nos ha complacido también su aceptación como libro de referencia y de texto entre periodistas, escritores, profesores y estudiantes. Por tanto, nuestro agradecimiento ahora se extiende a los que han mantenido vivo nuestro libro en la conversación nacional, por medio de reportajes y libros periodísticos, la ficción, las aulas universitarias y las publicaciones académicas.

Saludamos a nuestros colegas periodistas, principalmente Jenaro Villamil, cuyos ocho libros sobre los medios en México son de lectura indispensable para entender a Televisa en la época de Azcárraga Jean; también damos las gracias a Liliana Corona, Diego Enrique Osorno, Ricardo Raphael, Wilbert Torre, la recién fallecida Jo Tuckman y los autores de generosas reseñas de la primera edición, entre ellos Luis Miguel González, †María Luisa Mendoza, †Paco Ignacio Taibo I, Florence Toussaint y Jorge Zepeda Patterson. Entre los novelistas, agradecemos los cumplidos de Fabrizio Mejía Madrid, cuya Nación TV especula con las entrañas y manipulaciones de la familia Azcárraga, y de Enrique Serna, quien en El vendedor de silencio, biografía novelizada de Carlos DeNegri evoca de forma fascinante la lambisconería periodística de los años cincuenta y sesenta en la que participó Zabludovsky. Entre los académicos que nos han apoyado en esta aventura sobresalen Denise Dresser y Raúl Trejo Delarbre, que junto con Villamil nos acompañaron en la presentación de la tercera edición, así como los asesores Alex Saragoza, emérito de UC Berkeley, y Mauricio Tenorio Trillo, ex UT Austin y ahora de Chicago. Ha sido un honor ver citado nuestro libro en las obras de Melixa Abad Izquierdo, Seth Fein, José Galindo, Celeste González de Bustamante, Marcela Hernández Romo, Sallie Hughes, Vicki Mayer, Rafael Montesinos, Juan Piñón, Andrew Grant Wood y Eric Zolov, entre otros.

Por último, queremos agradecer y reconocer a nuestros editores. Durante casi un cuarto de siglo Consuelo Sáizar y Ariel Rosales han mantenido un incansable entusiasmo por este proyecto. En 2013, la tercera edición recibió un importante impulso cortesía de Cristóbal Pera y una supervisión cuidadosa de Enrique Calderón. Ha sido un placer trabajar de nuevo con Enrique en esta edición del vigésimo aniversario.

Nota

Esta cuarta edición de El Tigre (como la segunda y la tercera) cuenta con un extenso aparato crítico: notas a pie de página que permiten profundizar en varios hechos e identificar fuentes exactas y una bibliografía complementaria para mayor consulta. Dado el gran espacio que requeriría tanta información, decidimos incluirla en un sitio donde se la puede leer, guardar o imprimir. Busca el link “Anotaciones” en www.tigre-azcarraga.com.

El Tigre

1

Rasgos y rasguños de un Tigre

EL TIGRE

Emilio Azcárraga Milmo, el empresario más poderoso que ha visto México, era muy quisquilloso con los gafetes. Estas credenciales, sin las cuales ningún empleado era admitido dentro de las instalaciones de Televisa, debían portarse no sólo como identificación, sino como símbolo de orgullo Después de todo, el personal de Televisa estaba empleado por la compañía de medios de habla hispana más grande del mundo, con cimientos que se remontan a 1930. Cuando se encontraba en sus oficinas de Chapultepec, Televicentro, o en los Estudios San Ángel, Azcárraga procuraba siempre usar su gafete, aunque a veces lo dejaba a propósito dentro de su bolsillo y reprendía escandalosamente a los guardias de seguridad que le permitían pasar sin él. En Televisa, el gafete representaba entonces el pasaporte y el emblema de honor; por tanto, la lealtad consistía en tener no sólo “la camiseta bien puesta”, sino también “el gafete bien puesto”.

Un día en Televicentro, Azcárraga entró en un elevador en el que viajaban algunos de sus técnicos, enfundados en sus chamarras amarillas. Inmediatamente notó que uno de los hombres no llevaba el gafete prendido al bolsillo de su uniforme, sino colgando de su cinturón.

“¿Para eso te pago tanto?” —reclamó Azcárraga—. ¿Pa’ que traigas el gafete en los huevos?” Se hizo un silencio aterrador. El Tigre había rugido. Pero el empleado pudo musitar una respuesta. Llevando su mano a la garganta, exclamó: “No, señor, ésos los traigo aquí”.

Azcárraga soltó tremenda carcajada, una de esas amplias y sonoras carcajadas suyas que le eran características. Nerviosos, sus empleados empezaron a reír entre dientes. Cuando el elevador llegó a su piso, Azcárraga se quitó su Rolex y se lo dio al trabajador. “Lo mereces, cabrón”, dijo, y salió por las puertas.

Ése era El Tigre. Temido y amado, déspota y alegre, impulsivamente generoso. Pero, ¿exactamente por qué le llamaron El Tigre? ¿Cómo surgió el apodo? Hay tantas respuestas como percepciones acerca de este hombre.

Algunos periodistas que escribieron sobre él, afirmaban que se debía a la franja de cabello cano, que peinaba hacia atrás y que acrecentaba su porte señorial. Los hombres de negocios atribuían el sobrenombre a su tendencia a arrojarse sobre algún bien ambicionado o a lanzarse a un nuevo negocio con premura; sus decisiones parecían basarse más en un instinto animal que en cualquier estudio. “Si le propones una idea, en ese momento te dice si la compra o si cree que eres estúpido”, decía el embajador Agustín Barrios Gómez, quien trabajó muchos años en Televisa. “Jamás te dice ‘Llámame el lunes’. Es ‘Hagámoslo’ o ‘Vete a la chingada’.” Más que pasar tiempo leyendo sobre un asunto, Azcárraga prefería buscar expertos, bombardearlos con preguntas y entonces tomar una decisión rápida, salomónica.

Los empleados de menor rango, quienes temblaban con sólo pensar en disgustar al patrón, sentían que el apodo reflejaba su impulsivo hábito de maltratar a aquellos que no llenaban sus expectativas, a veces despidiéndolos ahí mismo sin escucharlos. Otros sugerían que tal vez como a su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, se le conocía como El León, era lógico que el hijo tuviera un mote felino también.

De hecho, Emilio Azcárraga Milmo fue bautizado como El Tigre a finales de la década de los sesenta, antes de tomar el control de la compañía que su padre había fundado, aunque el apodo no llegó a ser muy conocido sino hasta los ochenta. Todo empezó como una broma privada de su amigo de la infancia, Othón Vélez, y que sólo compartía un pequeño círculo. El sobrenombre surgió después de una borrachera, en la cual Emilio —tratando de sostenerse en Othón— rasgó el traje de éste debido a su descomunal complexión. Atinadamente, el apodo también reflejaba las agudas aristas del carácter de Azcárraga: la velada amenaza que a menudo acompañaba sus saludos; una actitud demandante hacia los empleados, que rayaba en la posesión, y el hábito de recordarle a la gente, en voz alta —aun a sus más cercanos amigos—, que era él quien mandaba. En otras palabras, “hasta cuando acariciaba, rasguñaba”. O como ha dicho Valentín Pimstein, el gurú de las telenovelas de Televisa: “Le dicen Tigre porque cuando abraza te saca sangre”. O como describió Vélez: “Te da un zarpazo, y luego una lamida”.

Los filosos ángulos de la personalidad de Azcárraga eran más evidentes en su lenguaje. Al igual que su padre, tenía por costumbre dirigirse a la gente llamándola “pendeja”, y disfrutaba emplear expresiones amenazadoras cuando quería que algo se hiciera. “¡Te cuelgo de los huevos si no lo haces a tiempo!”, gritaba a sus empleados, o como amenazó a sus ejecutivos de Buenos Aires al arrancar Televisa Argentina: “Y el que no entienda mis palabras y no logre los objetivos, va a hablar finito”.

El mensaje quedaba muy claro para los empleados: si lo hacías enojar o tratabas de engañarlo, podías enfrentar toda la fuerza del gruñido y las garras de El Tigre. Sus famosos rugidos eran a menudo largas y humillantes diatribas, llenas de obscenidades. Pero Azcárraga sentía simpatía por aquellos que no se dejaban intimidar fácilmente. Su forma agresiva de hablar era su método para asegurarse de que sus órdenes fueran obedecidas y, al mismo tiempo, despertar la lealtad de sus subalternos de manera informal. Cuando el jefe te llamaba “pendejo” o “cabrón” o “medio maricón”, significaba que eras uno de los suyos, que le caías bien y que confiaba en ti. Si no le agradabas, te hablaba de “usted”.

En una ocasión, Miguel Sabido, jefe de investigaciones de Televisa y director de teatro, entró en una discusión con el patrón cuando se enteró de que Azcárraga pensaba deshacerse del Teatro Alameda, un renombrado palacio del cine que había pertenecido a la familia desde los años treinta. “Por favor, no lo regales”, se quejó Sabido, horrorizado. “Es mío”, contestó Azcárraga. En un arranque teatral —muy a su estilo—, Sabido se hincó y empezó a suplicar: “¡El Alameda no!... ¡El Alameda no!... ¡Por favor!” Entre el asombro y el enojo, Azcárraga le gritó: “¡Levántate, cabrón de mierda, eres un vicepresidente de Televisa!” No obstante, Sabido siguió protestando hasta que Azcárraga, exasperado y sin poder disimular una sonrisa, se dio por vencido: “Está bien, no regalaremos el Alameda”.

Azcárraga no reservaba sus rugidos exclusivamente a los hombres. Lucia Méndez, la actriz que por muchos años fue su creación más preciada, recibió una severa reprimenda cuando se grababa El extraño retorno de Diana Salazar, en 1987. Lucía le dijo que iba a tener un bebé. Lejos de felicitarla, El Tigre puso el grito en el cielo. La Méndez había cometido el pecado capital de las actrices: se había embarazado ¡justo a la mitad de una telenovela! Azcárraga le recetó un sermón de altos decibeles: “¿Por qué no lo planificaste? ¿Cómo le vamos a hacer si te pones muy gorda? ¡Estás al aire! ¡Eres una irresponsable! ¡Cómo es posible!”, y así siguió y siguió. Lucía no hizo más que soltarse a llorar y no paró de hacerlo hasta varias horas después. Al día siguiente, Azcárraga le telefoneó y se deshizo en disculpas: “Mira, Lucía, realmente ayer me enojé mucho, me puse muy mal. Te grité mucho. Quiero pedirte que me disculpes, y decirte que tienes razón: llevas muchos años trabajando, estás en la edad perfecta para tener un hijo...” Era típico de Azcárraga. Un zarpazo y luego una lamida.

Aunque el apodo de El Tigre tiene un origen único, hay un dejo de verdad en todas y cada una de las versiones de su significado. También hay algo de mito. Cualquier hombre que alcanza la cima de la fama inevitablemente se ve rodeado de percepciones equivocadas que, al repetirse, se convierten en parte importante de su imagen pública. Azcárraga estaba consciente del valor del mito popular y él mismo alimentó la borrosa línea entre los hechos y la ficción. Ni él ni sus allegados intentaron rectificar los errores y las exageraciones que publicaba la prensa.

Ser percibido como un tigre inmisericorde, de sangre fría, le ayudaba a intimidar a los empresarios antes de sentarse con ellos a la mesa para negociar y, como consecuencia, la gente frecuentemente salía de esas reuniones aún más impresionada por su encanto personal. Si se creía que era un dedicado ejecutivo que aprobaba cada libreto, seleccionaba a la estrella de cada novela y ayudaba a diseñar cada programa, su prestigio como genio creador aumentaría, y con eso mejoraría el ánimo de los empleados. Si corría el rumor de que solía transportarse en metro (lo cual solamente hizo una vez en que tenía prisa para ir de Televicentro a una comida en la Zona Rosa y las puertas del estacionamiento habían sido bloqueadas por manifestantes), ayudaría a su reputación de magnate que se mantenía en contacto con su público. Si se decía que había nacido en la ciudad de México, y el mismo día su padre inauguró su primera radiodifusora, eso sólo podía significar que la Divina Providencia había guiado su ascenso hasta convertirlo en el soberano de los medios en México.

Las percepciones tan contrastantes sobre Emilio Azcárraga han sido alentadas por la naturaleza contradictoria de este hombre. Es un cliché decir que México es la tierra de las contradicciones. Pero lo es: una tierra en la que, a pesar de sus vastos recursos naturales, la mitad de la población vive en la pobreza; una tierra donde, pese a haber sufrido una guerra de independencia y una revolución, la desigualdad en el ingreso y la segregación de las clases sociales se mantiene entre las peores del mundo; una tierra en la que, a pesar del hecho de que cuatro quintas partes de sus habitantes son mestizos, la élite económica, política y cultural es predominantemente blanca; una tierra que históricamente ha abrazado, lo mismo que renegado, a su poderoso vecino, Estados Unidos. En estos términos, difícilmente habría un mexicano más representativo que Emilio Azcárraga Milmo. Su vida y su carácter estuvieron colmados de incongruencia, de ironía y de paradoja.

Aunque era orgullosamente mexicano, nació en Estados Unidos y ahí eligió morir. Pese a haber sido el hijo caprichoso de un prominente hombre de negocios, que se creía destinado a ser mediocre, acabó con todas esas predicciones al convertirse en un hombre aún más rico y poderoso que su propio padre. El escritor Carlos Monsiváis lo expresó acertadamente al saber de su muerte: “Es de los pocos herederos que derrotaron el fatalismo del júnior. De los pocos que desarrollaron y ampliaron la herencia porque, en general, tienden a empobrecerla”. Para 1993 Emilio Azcárraga Milmo era el hombre más rico de América Latina, con una fortuna estimada en 5 000 millones de dólares. La pregunta que surge, sin embargo, es si la asombrosa expansión de su empresa fue resultado de su visión y su afinado olfato para los negocios, o si lo logró en vista de la ausencia de una competencia local y, en general, de las circunstancias favorables en las que se desarrolló y que fueron otorgadas por el sistema.

Como jefe, Azcárraga era en muchos sentidos el clásico señor feudal, el patrón; déspota y generoso al mismo tiempo. Pero estos rasgos tradicionales de los empresarios mexicanos adoptaban formas extremas en la personalidad y las acciones de Azcárraga, debido a su carácter voluble y caprichoso. Envió a algunos empleados al exilio permanente, como fue el caso del conductor convertido en ejecutivo Juan López Moctezuma, e incluso el de su querida Lucía Méndez, pero normalmente no guardaba rencor. Un día podía decir que no quería volver a ver a alguna actriz y ésta desaparecía de Televisa, pero en menos de un año la misma podía reaparecer como heroína en alguna de sus novelas. Era leal hasta con sus empleados más humildes, especialmente con los de mayor antigüedad en la empresa. Pagaba sus cuentas de hospital o las de sus familiares e incluso los enviaba a Houston a recibir tratamiento médico, sin jamás hacer alarde de ello. Pero cuando se enojaba, era capaz de despedir a cualquier empleado sin pensarlo dos veces.

Azcárraga contaba entre sus amistades cercanas al más grande hombre de letras en México: Octavio Paz. También eran amigos suyos el director de orquesta austriaco Herbert von Karajan, el pintor británico David Hockney, el banquero y filántropo estadounidense David Rockefeller, el rey Juan Carlos de España y el historiador mexicano Enrique Krauze. Sin embargo, pese a rozarse con una élite cultural e intelectual en la que sumaba amigos famosos y sofisticados como creía debía hacerlo un aristócrata, la principal contribución de su empresa a la cultura mexicana fue una especie de drama que con frecuencia ha sido denostada (sin haberla estudiado a profundidad) como el opio de los pobres: la telenovela. Asimismo, Azcárraga se aficionó a la promoción de la ópera e incluso consiguió una interpretación de la “Misa de coronación” de Mozart en el Vaticano, pero generalmente los productos musicales de Televisa eran cantantes prefabricadas con cuerpos posconstruidos.

Azcárraga manejaba rígidamente su empresa como proveedora de entretenimiento para las masas. Sin embargo, era un hombre de gran entusiasmo y gestos patrióticos, que lo llevaron a invertir en instituciones culturales, exposiciones y eventos que mostraban su gran aprecio por la excelencia artística. Al parecer, daba caviar a los acaudalados y frijoles a los pobres, pero mucho de lo que apoyaba en las artes era gratuito y disponible al público en general.

Como su padre, Azcárraga dedicó muchos de sus recursos, tanto personales como profesionales, a los pobres. Públicamente, creía que sus canales de televisión servían a las clases humildes al darles entretenimiento gratis. En lo privado, en uno de los aspectos menos conocidos de su vida, hizo donativos secretos —de su propio bolsillo y no de Televisa— a numerosos proyectos de caridad. Éstos incluían albergues para los niños de la calle y personas discapacitadas, así como escuelas en Chiapas. También contribuyó con el grupo de defensa ambiental Greenpeace y financió viajes de monjas a Roma. Muy pocos sabían de estas donaciones, ya que usualmente las enviaba de manera anónima, pidiendo a sus secretarias de confianza o a algunos ejecutivos que se encargaran de la transferencia de los fondos. No le gustaba que le dieran las gracias, y menos cuando el agradecimiento era emotivo, porque lo desconcertaba totalmente.

Azcárraga, sin embargo, falló en servir a los mexicanos como un pueblo mestizo. Optó por un tipo de producción que suprimía —y aún suprime— los rostros morenos de la mayoría de los habitantes de su país. Vetó cualquier representación artística auténtica del estilo de vida de los más necesitados y prefirió ofrecer una mezcla de cuento de hadas y caricatura. Creyó ayudar a los pobres al permitirles el acceso gratuito a programas como Siempre en Domingo, pero por más de tres décadas este complaciente público estuvo ovacionando a una sucesión de artistas que eran cada vez más blancos y más rubios, y progresivamente menos parecidos a los que se encontraban en el estudio.

A Azcárraga le gustaba decir que no sabía cómo gastar el dinero, lo que hacía a muchos preguntarse a quién trataba de engañar. Durante una de sus visitas a México, Manuel Jorge Cutillas, presidente mundial de Bacardí, se encontró con él y platicaron sobre su afición por el mar y los yates. “¿Cuánto mide tu yate?”, le preguntó Emilio. “Cincuenta”, le contestó su invitado. “Pues es similar al mío El mío. mide sesenta”, añadió Emilio, y ofreció mostrarle un video de su barco. Grande fue la sorpresa del directivo de Bacardí cuando vio un enorme y reluciente yate casi cuatro veces más grande que el suyo. Cuando dijo que medía 50, quería decir 50 pies (15 metros); el de Azcárraga medía 60 metros.

Azcárraga invirtió decenas de millones de dólares en diversos yates de lujo, en varios jets Grumman, en residencias palaciegas en Contadero, Nueva York, Los Ángeles y Aspen, así como en una colección de arte considerada por la revista Art News de las 200 más importantes del mundo. Pero, aunque poseía un Mercedes Benz blindado, como los que suelen tener los presidentes, era mucho más feliz manejando su motocicleta. A mediados de los ochenta, navegó en uno de sus yates hasta llegar a un baile de beneficencia en Venecia, donde pagó mil dólares por cenar y beber con la aristocracia europea, pero en privado su comida favorita eran los tacos con salsa picante, hamburguesas y sundaes con chocolate.

Era un hombre extremadamente preocupado por su imagen, pero proyectaba aspectos discrepantes. Generalmente era un príncipe entre los hombres, pero cuando le convenía era un hombre del pueblo. Si no hubiera sido hijo de un magnate de los medios, bien podría haber sido actor o político. Ambas profesiones requieren la habilidad de causar una fuerte impresión, y con su imponente estatura física, su voz autoritaria, su gusto impecable en el vestir, su seguridad y encanto, lo tendría fácil. Estas profesiones también precisan de una capacidad para aparentar, lo que se le daba a Azcárraga, aunque a veces era fácil descubrir sus propósitos reales. Incursionaba en el mundo de las artes para mejorar su perfil como hombre de la cultura, ya que sentía que así debía ser percibido un mexicano de la nobleza. Pero cuando se dirigía a sus trabajadores, u ofrecía una entrevista ad hoc, adoptaba una pose populista, describiéndose a sí mismo como “guapachoso” y “reventado”, y utilizando expresiones coloquiales como “ni madre”, “esas gentes”, “la chingada”. La verdad es que detrás de esa fachada había un hombre muy reservado que evitaba las entrevistas formales —con excepciones ocasionales a medios estadounidenses— y casi nunca hablaba de sus sentimientos, ni con sus amigos.

Fascinaba, atraía casi a todos los que lo conocían por primera vez. En los negocios, utilizaba su innegable encanto para convencer a algún ejecutivo que quería contratar o a algún empresario con quien quisiera hacer negocios. En privado, lo usaba como complemento de su atractivo físico y de su magnetismo, para seducir a las mujeres y —en un sentido platónico— a muchos hombres. Al igual que Clark Gable o Jorge Negrete, las mujeres querían estar con él, y los hombres querían ser él. Muchos exitosos empresarios y diplomáticos extranjeros quedaron hechizados con su encanto: el corredor de bienes raíces de Los Ángeles, George Rosenthal; el editor del New York Post, Peter Pric; el agente de yates inglés, George Nicholson; el magnate de la televisión estadounidense, Jerry Perenchio; el embajador de Estados Unidos, John Gavin, y el embajador ruso, Oleg Darusenkov. A veces la seducción era puramente verbal. A Azcárraga le gustaba discutir con mujeres indómitas, insumisas; desde María Félix hasta la entrevistadora Cristina Saralegui, tanto por el placer de cautivarlas mientras se le enfrentaban, como para intercambiar ideas. En ocasiones, la labor de seducción era innecesaria. Solía contarse en Televisa que la actriz —y más tarde senadora— Irma Serrano, La Tigresa, quien fuera amante del presidente Díaz Ordaz, alguna vez le envió un cheque en blanco con una nota que decía: “Pon la cantidad que quieras, por pasar una noche contigo”. (Años después, en una entrevista de radio La Tigresa negó la anécdota, pero añadió que habría sido una buena idea.)

El encanto era parte de los recursos actorales de Azcárraga y se hizo más evidente con el tiempo. Si sospechaba que había problemas, podía amenazar en broma: “Si no, ¡vas a ver por qué me llaman Tigre!” Se sometió a cirugía plástica y se tiñó el cabello, que ya encanecía, para acentuar su franja blanca. Vestía de manera impecable y se perfumaba con la más exclusiva colonia Chanel. Ya avanzados sus 60, seguía ejerciendo un efecto seductor en la gente que recién conocía. “Emilio Azcárraga es el modelo de la perfección en el arreglo personal”, consideró en una ocasión Nely Galán, ejecutiva estadounidense, que trabajó con él en 1994. “Vive la vida como una representación artística.”

Sus tendencias teatrales hicieron a Azcárraga más enigmático. ¿Dónde terminaban las apariencias y dónde comenzaban las convicciones? Era un entusiasta seguidor del Partido Revolucionario Institucional (PRI), pero tras la crisis de 1994-1995, su sutil distancia hacia el partido sugiere que hasta entonces había sido un priísta no por convicción sino porque apoyar a este partido convenía a sus negocios e intereses. Públicamente se hizo notoria esta ligera evolución en su discurso: en 1990 se autoproclamó “soldado del PRI y del presidente”; cinco años más tarde manifestó ser “soldado del presidente”, únicamente. Tras bambalinas, sin embargo, y prácticamente hacia el final de su vida, tuvo algunos acercamientos con miembros de los partidos de oposición. Carlos Castillo Peraza, ex presidente del conservador Partido Acción Nacional (PAN), estuvo en la nómina de Televisa como asesor político. Otro acercamiento ocurrió con Andrés Manuel López Obrador, cuando éste era presidente del Partido de la Revolución Democrática (PRD), centro-izquierdista. Después de algunos encuentros con Azcárraga, y para su sorpresa, fue entrevistado en vivo en Televisa cuando fue nombrado presidente de ese partido.

Azcárraga se declaró “muy guadalupano” y sus heroínas de televisión solían rezarle a la Virgen de Guadalupe. A veces montaba su motocicleta y visitaba al abad en la Basílica de la Virgen. Sin embargo, casi nunca iba a misa y ciertamente no se preocupaba por cumplir los mandamientos de la Iglesia católica, en particular los que se referían al sexo, al matrimonio y a la humildad. En una ocasión comentó: “Yo no soy cristiano, sino guadalupano”. ¿Su guadalupanismo público reflejaba una fe íntima? ¿Era una forma de justificar un letargo espiritual? ¿O era “muy guadalupano” simplemente porque sentía que eso es lo que un patriota mexicano debía ser?

Azcárraga predicaba con gran celo que el deber de la televisión era reflejar y respetar los valores de la familia mexicana. Pero el ejemplo que él mismo daba no podría haber sido peor: su vida familiar era de engaño permanente —no sólo engañaba a sus esposas, sino incluso a sus amantes—, y hasta pocos años antes de morir, se ocupaba poco de sus hijos.

Esto no quiere decir que Azcárraga fuera un hombre sin convicciones, un empresario interesado únicamente en hacer crecer su imperio. Su filiación política, su guadalupanismo y sus valores familiares eran sinceros, y de corazón, hasta cierto punto. Aunque todos ellos generan dudas respecto a su conveniencia y provecho.

Todavía más complejo era su patriotismo. El amor de Azcárraga por México, tanto en palabras como en hechos, no se pone en duda. Elogios hacia México y una preocupación por el bienestar de su gente con frecuencia eran mencionados en sus discursos públicos y en conversaciones privadas. “Un satélite —dijo en una asamblea de anunciantes— cuesta 30 millones de dólares, y a unos siete años. Comunica a todo el país. ¿Qué son 30 millones de dólares a plazo? Porque a plazo, los mexicanos compramos ¡hasta la Casa Blanca!”

Procuraba disimular su nacimiento en Estados Unidos y casi nunca hablaba de su sangre vasca e irlandesa. Invirtió millones de dólares, tanto en forma privada como profesional, en el fomento y la exportación de la cultura mexicana. Hablaba inglés perfectamente, pero en sus políticas de programación, al patrocinar conferencias académicas, y en su apoyo a la cadena de noticias ECO, era un activo defensor del castellano. Destaca también el hecho de que para 1990 manejaba una nómina de más de 20 000 empleados, cuyo tamaño, según todos los expertos, era muy ineficiente. En otras palabras, a pesar de los despidos y de sus listas de vetados, Azcárraga estaba dispuesto a poner a la gente por encima de las utilidades.

Otra demostración de su patriotismo se canalizó en sus intentos por promover la cultura mexicana, o por lo menos lo que, desde su perspectiva, México y el mundo debían entender por cultura mexicana. Primero en su participación en la creación del Museo Tamayo, una de las más importantes vitrinas de arte contemporáneo en la ciudad de México. Seguiría el Centro Cultural Arte Contemporáneo, al que trajo coloridas exhibiciones —de Paul Klee a Frida Kahlo—, y su esfuerzo culminaría con el patrocinio de la fastuosa exhibición itinerante “México: Esplendores de 30 Siglos”, que se presentó en Nueva York, San Antonio y Los Ángeles. Fue la colección mexicana más extensa jamás presentada en Estados Unidos.

No obstante, algunos podrían afirmar que su fervor patriótico era un producto para consumo público y conveniencia política. Podrían aducir que estaba calculado para contrarrestar las críticas contra el monopolio televisivo o contra su proclividad hacia lo estadounidense. Para sus amigos y para la mayoría de sus empleados, esas opiniones resultan inadmisibles. Sin embargo, cuando Azcárraga pronunció su famoso discurso de 1993, sobre la misión recreativa de Televisa, refiriéndose a “una clase modesta muy jodida” y a la obligación de la televisión de “sacarla de su triste realidad”, muchos interpretaron estas palabras como prueba de una arrogante condescendencia y de una explotación que ejercía sobre los pobres. Cierto o no —algunos afirman que sus palabras fueron mal interpretadas—, surge la pregunta de si ésas son palabras propias de un patriota.

Más profundas quizá que su patriotismo, Azcárraga tenía dos creencias que defendía con convicción: una en su propia grandeza, demostrada tanto en su audacia como en su arrogancia, y dos, la fe en el poder y la importancia de las imágenes, especialmente al ser transmitidas por la televisión. Es común que los ejecutivos de las televisoras exalten el éxito de ciertos programas, la fortaleza financiera de su empresa o las perspectivas de nuevas tecnologías, pero es raro que alaben a la televisión en un sentido abstracto. Ése era el placer de Azcárraga y su fuerte. Usualmente lo hacía en privado, a veces durante apariciones espontáneas en eventos especiales, y en una ocasión inédita, durante una entrevista formal

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos