Presentación
La idea de escribir estas páginas nace de pláticas que a lo largo del tiempo y repetidamente tuvimos Celeste y yo. En ellas aparecía de repente el comentario de que no había una biografía completa de mi padre, Lázaro Cárdenas, que ninguno de los libros que con esa finalidad se habían escrito nos dejaba satisfechos. Muchos, serios y bien escritos, se enfocan en particular en algún tema o en una etapa determinada de su vida: la Expropiación Petrolera, la confrontación con el maximato, la reforma agraria, etcétera; otros fueron escritos antes de 1970 y se centraron preferentemente en el periodo de su presidencia; ninguno, de los que conozco, dio seguimiento a sus setenta y cinco años de vida, a lo que él en lo particular había hecho o en qué, en un momento dado, se había interesado o con quién o quiénes principalmente se había relacionado en el acontecer diario.
Celeste, cuando hablábamos de ello, siempre me decía que era a mí a quien tocaba escribir su biografía. Contestaba yo que desde luego me gustaría, pero que era una tarea complicada para obtener algo que nos satisficiera, por los muchos temas, contextos, circunstancias, relaciones que había que considerar. Y en ello nos quedábamos.
Por otra parte, cuando con algunos amigos se comentaba que no se contaba con una biografía de Lázaro Cárdenas, no faltaba quien dijera que era difícil escribir una biografía cuando existían ya los Apuntes, que de hecho constituyen una autobiografía, además de buenas recopilaciones de sus documentos públicos y correspondencia. Pero seguía faltando un trabajo en el que se resumiera y reuniera su diario proceder, hasta donde esto fuera posible.
En octubre de 2012 se celebraron las XXXIV Jornadas de Historia de Occidente en el Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, de Jiquilpan, Mich., organizadas por Luis Prieto. Presenté en esa ocasión un trabajo que titulé “Jiquilpan y Lázaro Cárdenas en los finales del siglo XIX y al despuntar el XX”, que prácticamente constituye el primer capítulo de este trabajo, del que me surgió la idea de echarme a la tarea de escribir sobre la vida de mi padre, pensando en que, justamente, tomando los Apuntes como base y guía, podía yo desarrollar un trabajo sobre qué había hecho, en qué había pensado, con quiénes se había reunido, en qué acontecimientos se había visto inmerso, qué le había dejado impresiones en un sentido o en otro, en el devenir de todos los días. Entonces, en una nueva lectura de esta obra como hilo conductor, me fui adentrando en lo que mi padre había hecho, en lo que se había encontrado día tras día. Los tres tomos de Palabras y documentos públicos y los dos tomos de Epistolario, ambos trabajos producto de la dedicación de Elena Vázquez Gómez, han sido complementos fundamentales para las páginas que a continuación se presentan.
Al releer esos textos y pasar por muchos otros, que me permitieron mejor precisar y contextualizar momentos o acontecimientos determinados, confirmé algo que sabía: que la vida de Lázaro Cárdenas había sido no sólo la que pública y formalmente en lo general se reconoce: una vida de servicio a México, a las causas de la soberanía nacional, las reivindicaciones agrarias y de los pueblos indígenas, la autodeterminación, la equidad y el progreso, a un internacionalismo justo y fraterno, todo ello en el marco de los principios avanzados de la Revolución Mexicana, sino que fue también una vida de enseñanzas en cuanto a cómo conducirse en todo momento y circunstancia con apego a principios, cómo hacer política, cómo hacerla dentro y fuera del poder, cómo comportarse frente a débiles y poderosos, manteniéndose siempre congruente respecto a lo que se sostiene públicamente. Confirmé, además, que aportó una gran riqueza ideológica sobre la que bien pudiera llamarse la doctrina avanzada de la Revolución Mexicana, tanto en sus anotaciones personales como en discursos y declaraciones públicas, que me afirman en pensar que en todo ello se encuentran planteamientos no sólo para su época, sino también fundamentales para las luchas emancipadoras, progresistas y democráticas de hoy día y del mañana. Y algo también muy importante, de lo que yo estaba plenamente consciente, que en sus escritos y palabras se puede ver cómo conducía su vida todos los días: con sencillez, afabilidad, por principio con cordialidad hacia los demás, conocidos o desconocidos, cercanos o distantes, más allá de quien fuera o qué pensara de él aquel que tenía enfrente.
He tratado de ser objetivo en estas páginas, que no son, como podrá constatarse, de alabanzas. Soy, no hace falta decirlo, admirador de Lázaro Cárdenas y he tomado compromiso conmigo mismo para impulsar las ideas y objetivos avanzados de la Revolución Mexicana que él ejemplarmente representó, y soy un mexicano agradecido con él, por lo que hizo, cómo lo hizo y lo que legó como ejemplo de vida y por la trascendencia de su obra para México y los mexicanos, para la humanidad, las causas con las que se comprometió, y también por sus cualidades como padre y parte de una familia, que fueron muchas.
La familia, la más cercana y la extendida, la tuvo entre sus afectos más íntimos y mereció su atención permanente. Tercero de ocho hermanos, el mayor de los hombres, siguió a Margarita y Angelina, y después de él vinieron Dámaso, los gemelos Alberto y Francisco, Josefina y José Raymundo. A la muerte de su padre, adolescente y como el mayor de los hombres, se hizo cargo de su madre y sus hermanos. Desde que se incorporó a la Revolución y a distancia, mantuvo una cariñosa atención a las condiciones y a la salud de su madre, para la que adquirió una casa en Guadalajara, donde vivió con sus hijas, con la tía Ángela y con el menor de los hombres, así como a la situación de sus demás hermanos, los que como él y salvo el menor, se fueron incorporando a la Revolución. Dámaso y Alberto siguieron la vida militar. Francisco, al dejar la casa paterna, también tomó las armas, pero no siguió en la milicia. Cuando le fue posible, envió a José Raymundo a una escuela en los Estados Unidos.
Amalia, Alicia, las nietas Alicia y Leticia, Celeste, los nietos Lázaro y Cuauhtémoc (Camila llegó cuando él ya faltaba), yo mismo, cariño profundo tuvimos siempre de él.
Lázaro Cárdenas fue un esposo, padre y abuelo fuertemente apegado a la familia. Estuvo siempre dispuesto a complacer, sin ir más allá de lo razonable; atento e interesado, en el caso de los menores, en estudios, amigos, gustos y actividades. A pesar de que el trabajo lo apartaba de casa con frecuencia y a veces por días y semanas, fue hogareño. Disfrutaba de estar en casa, de compartir con Amalia, de visitar a Alicia y las nietas, de recibir amigos, de lidiar a los nietos, que como todos los niños no conocían de horarios, ocupaciones ni formalidades. Gustaba del campo, de plantar árboles y de probar con nuevas especies de frutales, de forrajes, de plantas de ornato, de montar a caballo —era buen jinete y conocedor de cómo manejar un caballo— y de la cría de ganado, pensando siempre cómo sus experiencias agrícolas y ganaderas podían servir a los demás. Mantuvo permanente interés por recorrer el país y conocer las nuevas presas, las nuevas carreteras, cómo se desenvolvían aquellas regiones donde el reparto agrario había sido decisivo para su progreso. Fue amante del árbol y de la naturaleza, defensor del bosque y promotor de un buen manejo silvícola, pensando en el beneficio de las comunidades forestales. Presente en sus intereses estuvo buscar el mejoramiento de los grupos indígenas. Fue decidido luchador por la paz y la autodeterminación. Para todos en casa fue ejemplar y sólo podía correspondérsele con cariño.
Problemas y dificultades no sólo no los rehuyó, sino que los enfrentó yendo a su encuentro, con inteligencia y sensibilidad, midiendo tiempo y oportunidad para que la desatención no los complicara. Sabía que el trato directo, verse cara a cara y hablando claro, facilitaba el entendimiento. La autoridad moral que alcanzó, la obtuvo cumpliendo la palabra.
A lo largo de estas páginas manifiesto opiniones propias, pero en la mayoría de los casos dejo que sean las palabras y las reflexiones de Lázaro Cárdenas las que den cuenta de los sucedidos, y que sean preferentemente sus juicios los que califiquen hechos y comportamientos que merecieron su atención.
Lo que pudo llevar a cabo o en aquello en lo que tomó parte en su vida pública, fue en procesos, movimientos o acciones colectivas, pero en ellos no puede descartarse la influencia individual, de los individuos participantes, directa o indirectamente, y en el caso de Lázaro Cárdenas, su acción como individuo imprimió sello particular a todo aquello en lo que tomó parte.
Al escribir los primeros capítulos de este trabajo, un tema predominante, si así puede decirse, cubre un tiempo determinado: los primeros años, la incorporación a la Revolución, las comandancias militares del Istmo y la Huasteca, el gobierno de Michoacán, la candidatura presidencial; después los temas se diversifican y corren paralelos en el tiempo, tanto en los años de la presidencia como en los treinta posteriores. Lo que se mantiene invariable es la congruencia entre el dicho y el hecho, entre la palabra y la acción, y el que de los hechos mismos se desprenden enseñanzas que lo trascienden.
En estas páginas se encontrará, quiero insistirlo, lo que hizo, en lo que anduvo, en lo que pensó, cómo fue Lázaro Cárdenas en el devenir diario, lo que no resulta sencillo en una vida tan compleja. Mucho no aparecerá. Tampoco se profundiza en lo que pudieran denominarse los temas, que otros han estudiado y sobre los que han escrito, en el caso de Cárdenas, a detalle, aunque, como ya se mencionó, sí he recurrido a fuentes diversas para dar precisión o contextualizar determinados acontecimientos y ciertas épocas.
La vida de Lázaro Cárdenas no fue fácil, debido a los momentos en que se sucedieron los hechos y a las ideas y causas con las que tomó compromiso desde joven, y podría decirse, en lo coloquial, que fue así “porque él así lo quiso”. Fue una vida de esfuerzo y lucha constante, no sólo en su participación en la fase armada de la Revolución o como jefe militar, sino aun en el poder y sin duda, en los muchos momentos en los que tuvo que confrontarse con el poder.
Tampoco fue una vida de comodidades. Enfrentarse al poder no es cómodo, ni en lo ideológico ni en la práctica política. Y nunca buscó la comodidad material cuando ésta no llegaba de modo natural. Así se le ve, cuando pudo buscar otras condiciones, haciendo campaña política en largos recorridos a caballo, en prolongadas giras, o saltando en las brechas, cruzando arroyos y librando atascos en carros de doble tracción por horas y horas, aun con un buen número de años encima o pudiendo encargar ciertas tareas a otros. Al mismo tiempo, fueron muchas las satisfacciones: el cariño que encontró en Amalia, Alicia, Celeste, nietas y nietos, los amigos leales, el cariño de los indígenas de Michoacán, de sus amigos purépechas (tarascos), yaquis y kikapoos, de los ejidatarios de La Laguna, el Valle de Mexicali y el Yaqui, el saberse con el deber cumplido.
Los momentos más difíciles: sin duda, ver y situarse frente a las desviaciones y claudicaciones de regímenes y hombres que tuvieron y dijeron tener, en más de alguna ocasión, compromiso con la Revolución Mexicana. Esas situaciones hubo de sortearlas manteniéndose firme en los principios, lo que seguramente no le resultó fácil ni política ni afectivamente.
Nunca perdió conciencia de su ubicación: en el espacio, en el tiempo, en el poder o fuera de él, con quienes hubo afinidades o respecto a aquellos que estaban en campos contrarios. Siempre entendió que los objetivos últimos de la Revolución Mexicana, a cuyo logro dedicó su talento y esfuerzo, exigían tanto unidad como organización de las fuerzas políticas y sociales en busca de los mismos objetivos. De ahí su constante llamado a la organización, a una organización de la gente que sin ataduras pudiera entregarse a las causas perseguidas, y a la unidad. Dictó directrices sin salirse nunca de los límites que al respecto podían corresponderle. De no ser este caso, a nadie dijo qué hacer o cómo comportarse ante cualesquiera circunstancias, por lo que no hay que dar veracidad a quienes en algún momento han dicho o escrito “el general me dijo”, para justificar algún paso en su conducta. Predicó, sobre todo, con el ejemplo.
Estoy consciente de que este trabajo es una biografía con un enfoque muy distinto a otros que hayan tenido el mismo propósito o que traten de otras personas, de otras vidas. Estoy seguro, eso sí, de que al pasar por estas páginas se verá quién y cómo fue Lázaro Cárdenas, en qué anduvo metido, cómo se comportó en circunstancias muy diversas, dónde chocó y cuáles fueron los logros y las satisfacciones principales de su vida. Espero, también, que estas líneas sirvan para otros trabajos sobre Cárdenas, para que se conozca mejor su vida y obra, ya que en este sentido se encuentra abierto un amplio campo de estudio hacia el futuro.
Quiero agradecer el estímulo permanente de Celeste, mis hijos Lázaro, Cuauhtémoc y Camila para escribir estas páginas; de Cuauhtémoc (Cuate), Cuauhtémoc (Cuatito), Celeste, Camila y Fernanda Arnaut, por el diseño de la portada; de Cuate por la selección de fotografías; de Pablo Somonte Ruano por la fotografía de la solapa; agradecer igualmente a Leonardo Muñoz por la localización de algunos documentos y notas hemerográficas; y por su apoyo a este proyecto al doctor José Narro, durante su desempeño como rector de la UNAM, a la doctora Estela Morales, coordinadora de Humanidades de la propia Universidad, y al licenciado Fernando Gutiérrez Bolaños Cacho, de la misma Coordinación, así como al doctor Enrique Graue, rector de la UNAM, que recibió también con simpatía este proyecto.
A Ricardo Cayuela y a Ariel Rosales, de Penguin Random House, mi reconocimiento por la cordial acogida que dieron a estas páginas desde el primer momento que conversamos sobre ellas y, sobre todo, después de que se les pasó por una primera lectura.
Cuauhtémoc Cárdenas
25 de septiembre del 2016
1
Los primeros años
Jiquilpan
Los primeros años de vida de Lázaro Cárdenas transcurren en el salto del siglo XIX al XX, en Jiquilpan de Juárez, en el occidente michoacano, donde nació el 21 de mayo de 1895; ahí desenvuelve su vida, se familiariza con el entorno y éste le enseña y le influye; de su pueblo no sale sino hasta que se incorpora a la Revolución.
La Jiquilpan de entonces se sabe un pueblo antiguo, que está donde está con más de mil trescientos años de existencia, como lo ha guardado la memoria colectiva y como lo probarían, entre otras, las posteriores excavaciones en El Otero.1 Es un pueblo con historia y tradiciones. Sabiéndose y sintiéndose viejo y al mismo tiempo vivo en su actualidad, liberal y progresista, su identidad al final del XIX y en los asomos del XX no se va tan atrás: el pueblo se identifica con su pasado inmediato: liberal —en la cruenta confrontación entre conservadores y liberales que tiene lugar a raíz de la promulgación de la Constitución de 1857— y antiimperialista y libertaria —por su alineamiento con la causa republicana en la lucha contra la intervención y el imperio (1862-1867).
Jiquilpan es Jiquilpan y es al mismo tiempo Huanimban. Jiquilpan, en lengua nahua (¿y sayulteca?), significa “tierra donde crece el añil”; Huanimban, en purépecha, quiere decir “maíz tostado” o “árbol de flores aromáticas”, según otra interpretación.2 En el tiempo y ya consumada la Conquista, prevaleció la denominación nahua, seguramente por ser más numerosa la población con este origen y este idioma en la parte conquistada de lo que hoy es nuestro país, aunque a partir de la expansión purépecha hacia el occidente, que tiene lugar en la segunda mitad del siglo XV, esta tierra fue sometida por esa nación y desde entonces tuvo presencia también en el pueblo un grupo relativamente reducido con ese origen y esa lengua.
Desde tiempos indígenas Jiquilpan fue reconocido como importante centro cultural. En el curso de la Conquista, los franciscanos se desplazaron de su asentamiento de Tarecuato y para 1539 estaban ya construyendo el convento de Jiquilpan, según el proyecto de fray Juan de San Miguel. Poco después, por su localización en el occidente de la Audiencia de México y su proximidad con la Nueva Galicia, se convirtió en centro de gobierno civil. Durante el reinado ilustrado de Carlos III y como parte de la Intendencia de Valladolid, se otorga a Jiquilpan la categoría de Alcaldía Mayor, que en el reinado siguiente se convierte en una de las subprefecturas de la misma Intendencia. Al consumarse la Independencia, se vuelve capital del partido que comprende los municipios de Cotija, Sahuayo, Guarachita y, desde luego, el propio de Jiquilpan. En 1891 se le concede la categoría oficial de ciudad,3 cuenta con un destacamento de 23 soldados al mando de 3 oficiales,4 y así, por todo ello, en los finales del XIX y en los albores del XX hay conciencia en sus habitantes de que Jiquilpan ha sido históricamente, y sigue siendo en ese tiempo, el centro político de la región; conciencia también de que es más intenso e importante el comercio y son mejores comerciantes que los vecinos de Sahuayo y de Cotija.
La gente de Jiquilpan mostró en todo tiempo un acendrado espíritu cívico. Celebró en 1821 la consumación de la Independencia plantando fresnos alrededor de la plaza de armas “para solemnizar la fecha”. Como parte de su historia, mantiene vivo en su memoria el combate que libró el ejército Republicano, por cierto, con mala suerte, contra los invasores franceses en la loma de La Trasquila, en la que la población se recarga al occidente. Su liberalismo lo reconoció el gobernador Mariano Jiménez al agregar al nombre de Jiquilpan, por ley del 13 de abril de 1891, el nombre “de Juárez”, de lo que se entera el pueblo y festeja con entusiasmo el 3 de mayo siguiente.5
En 1895, cuando nace Lázaro Cárdenas, Jiquilpan registra una población de 5 036 habitantes.6 Además de la agricultura y la ganadería, en pequeña escala, a lo que se dedicaba buena parte de la gente, en la población tenía importancia la elaboración de rebozos: había 63 telares, principalmente en el barrio San Cayetano, en los que se ocupaba a unos 150 hombres, de 200 a 300 mujeres y unos 30 chamacos; los telares que trabajaban lana eran surtidos por las haciendas La Palma, Cerrito Pelón, San Pedro Reinosa, Vistahermosa y Chavinda, anexas todas ellas a la de Guaracha; se fabricaba también tabique y teja para consumo de la región, se contaba con una fábrica de jabón y en el barrio El Camposanto se hacían zapatos; en La Puentecita se encontraban herreros, talabarteros y muchas mujeres que hacían pan y buñuelos; San Cayetano era también un barrio de obrajeros y curtidores.7 Por cierto, el diseño y desarrollo de la población por barrios, que en el inicio tuvo que ver con la presencia de nahuas y purépechas, se impuso con la llegada misma de los franciscanos, que buscaron la homogeneidad étnica en el asentamiento y la convivencia.
Jiquilpan estaba comunicada con la región, con Totolán, Los Remedios, Sahuayo, La Palma, Guarachita, Zamora, Cotija, Mazamitla, San José de Gracia y puntos en distancias semejantes, por caminos de herradura. Se contaban unas cuantas brechas para carros de tracción animal. Para viajar a Guadalajara, el centro de la gran región del occidente, o a México, la capital nacional, se tenía que ir a La Palma, en diligencia, a caballo o a pie, donde los lunes, miércoles y sábados podía abordarse la embarcación que en alrededor de tres horas cruzaba la laguna de Chapala para llegar a Ocotlán, y ahí se subía al tren para dirigirse hacia uno u otro lado. Otra ruta para viajar a la capital era montar a caballo hasta Estación Moreno, asentada dentro de los terrenos de la Hacienda de Guaracha, tomar el tren hasta Pénjamo y ahí transbordar al que conducía a la Ciudad de México. En la época de lluvias, brechas y caminos de herradura se tornaban prácticamente intransitables; el pueblo se convertía casi en una isla.
La arriería constituía el principal medio para el transporte de mercancías. Ocho días hacían las recuas desde Colima. De Guadalajara llegaban el percal y la manta que se vendían en el pueblo. A lomo de mula se movían la arena y la cal para las construcciones y de igual forma llegaban, desde La Palma y Estación Moreno, las mercaderías de más peso, y desde este lugar, también, la hilaza para los reboceros y los cueros para las curtidurías.8
En 1784 se fundó en Jiquilpan la escuela para indios, a la que acompañaron las similares de Tingüindín, San Juan Peribán, los Santos Reyes, San Francisco Peribán y San Gabriel, que se sostenían con fondos de la comunidad. En 1843 llegó la escuela oficial de primeras letras, en la que un maestro atendía a un centenar de alumnos, y en 1856 doña Juana de la Parra creó la primera escuela para niñas, la que sostenía con los intereses que le pagaba la Hacienda de Guaracha.9
Al despuntar el siglo XX la mayoría de los niños no asistía a la escuela debido, sobre todo, a la precaria situación económica en que se encontraban sus familias. Muchos se veían obligados a trabajar desde pequeños, ya fuera acompañando a sus padres en el trabajo cotidiano, o porque éstos los alquilaban o acomodaban con otras personas, principalmente para realizar trabajos de campo.10
Hasta 1900 dirigió la escuela oficial el profesor José María Méndez, quien fue relevado ese año por don Hilario de Jesús Fajardo, que enseñaba gramática, aritmética, historia y geografía a unos 300 alumnos, a quienes siempre se dirigía anteponiendo el don a sus nombres.11 A la escuela, en ese tiempo, se entraba por una puerta ancha, que daba acceso a un pasillo y dos corredores, en los que recibían clase el cuarto y quinto años; en los tres cuartos con los que contaba el plantel recibían clase primero, segundo y tercero. Había además un patio empedrado, unos lotes enjardinados y un corral, en el que el maestro tenía gallinas y guajolotes para su gasto.
La lección del maestro, cuando éste consideraba que hacía falta, iba acompañada del reglazo en las manos por no escribir con buena letra o buena ortografía, y la vara de membrillo era el mejor instrumento para imponer silencio o para sancionar la indisciplina. El profesor Fajardo: “hacía adquirir los conocimientos primarios, con energía y castigos corporales, acostumbrados en ese tiempo. Los padres de familia los consentían y aplaudían, y cuando inscribían a un chico, le decían al maestro: ‘aquí le entrego a mi hijo, lo único que le encargo son los ojos’”.12
Las niñas no tenían otra opción que la que ofrecían las escuelas particulares, hasta que se estableció la oficial, dirigida por la maestra Josefa Ortiz Lemus.
La parte conservadora de la población veía con desconfianza, si no es que con hostilidad, a la escuela oficial, en la que no se impartía educación religiosa, escuchándose con frecuencia decir entre esa gente que “más valía burrito en el cielo, que inteligente en el infierno”.13
Existía también una escuela de artes, en la que 50 o 60 muchachos, además de aprender a leer y escribir, complementaban su educación o, mejor dicho, recibían sus enseñanzas principales en los talleres de curtiduría, zapatería y rebocería de la escuela.
Por primera vez en 1887 hubo un médico titulado en Jiquilpan: el doctor Gustavo Maciel. Unos años después se estableció también en el pueblo el doctor Amadeo Betancourt, jiquilpense como el anterior, ambos de ideas liberales. Antes de que llegaran los médicos, los conocedores de la herbolaria y, como don Teodoro Martínez o don Dámaso Cárdenas, que recetaban a partir de su lectura de libros de medicina y su “Farmacopea”, eran los que brindaban atención a los enfermos, a los que se sumaba el cura Carranza con remedios homeopáticos que él mismo preparaba.14
Jiquilpan, por la composición social, la forma del asentamiento, por sus celebraciones y las modalidades de esparcimiento de su gente, era una población típica del medio rural del porfiriato. En la parte central de la ciudad se encontraban las mejores casas, las más grandes y amplias. Hacia la periferia, las casas las iban ocupando familias más humildes y los materiales de su construcción resultaban más precarios, menos duraderos. Los festejos principales se correspondían con las fechas religiosas: se celebraba al patrón del pueblo, San Francisco, las fiestas guadalupanas y a Santa Anita. La comunidad indígena de Jiquilpan celebraba en sus barrios al Espíritu Santo, a San Pedro y al apóstol Santiago, además de participar en la fiesta del patrón del pueblo y en las de los días de la Candelaria, el Domingo de Ramos y la Semana Santa. Los festejos consistían en peregrinaciones, danzas, fuegos pirotécnicos, misas y rosarios. Los bailes para diversión de los jóvenes eran escasos, y las Hijas de María que asistieran a ellos, de enterarse doña Felipita, según recordó don Melitón Herrera muchos años después, eran expulsadas de la agrupación. Algunos jóvenes, no muchos puede presumirse, se incorporaban a la Orden Tercera que iniciara en la población el cura Carranza.
Era costumbre que los domingos hubiera serenatas en el Jardín Colón, la plaza principal: a las once de la mañana, a la una de la tarde y a las siete de la noche. Las mujeres circulaban en un sentido, los hombres en el opuesto, mientras en el kiosco central tocaba la banda del pueblo. En algún momento, un prefecto discriminador y mojigato hizo colocar una reja en la plaza para separar a los catrines de la gente de calzón y de guarache; desde entonces, los primeros paseaban en el interior del enrejado, los segundos lo hacían por fuera.15
En Jiquilpan y en la región el orden político porfiriano se manifestaba a través del control y la rigidez de la actividad pública que imponían las autoridades y por el predominio que en todos los órdenes y más allá de lo institucional, e incluso legal, ejercía la Hacienda de Guaracha.
Más dureza que benevolencia caracterizaban el orden porfiriano: autoridades inflexibles en el ejercicio de sus funciones, que aplicaban con rigor las penas judiciales y que no dudaban en crear ilegalismos para imponer su voluntad; manga ancha con la gente acomodada e incondicionalidad frente a la Hacienda de Guaracha, el poder económico y político de la región.
Nicolás Díez Madrigal, quien nació en 1890, entrevistado en 1983, relata:
Ese don Porfirio fue un presidente muy duro, tan así que aquí el que cometía una falta le daban diez años redonditos de prisión, en eso no había paro, ni valía el dinero; lo que él ponía de castigo eso era. Al que robaba lo fusilaban, el que le faltara a una señorita de una familia acomodada, lo colgaban del pescuezo. Nada más porque le respondía recio a un patrón te mandaban a la cuerda de prisioneros; la cuerda eran puros hombres pegados del brazo mancornados con una reata y formados en tres columnas, esas cuerdas iban a dar hasta el puerto de Acapulco. Por la nada te mandaban prisionero. Se mató y se perjudicó a mucha gente por la nada, nada más porque aquel no se dejó fregar y el patrón lo ponía mal con el gobierno “ese es un bandido” y vámonos a la cuerda; nosotros sufrimos y pasamos unos trabajos tremendos, morales en la pobreza.16
Froylán Toscano Cárdenas, quien nació en 1900 y fue entrevistado también en 1983, decía:
Don Porfirio Villaseñor era muy duro, pero el prefecto más malo fue Pancho Jiménez porque fue el más porfirista, se portó mal con el pueblo, la juventud no tenía libertad porque si usted no le daba la banqueta al rico, lo mandaban al bote, si te veían parado en una esquina, te cargaban por vago. Luego los ricos mandaban a sus trabajadores a sus haciendas para aprovecharse y burlarse de su mujer y sus hijas, era un desmadre en ese tiempo. El clero, el gobierno y los ricos estaban unidos, eran los tres gobiernos que había en ese tiempo. La gente pobre sufrió mucho…17
En esa época, el pueblo se quedaba a oscuras desde las ocho de la noche y el toque de queda sonaba a las diez; después de esa hora si alguien andaba por la calle, la policía lo paraba e investigaba.
La mayor parte de la gente acomodada consideraba a Porfirio Díaz entre los mejores presidentes y estaba de acuerdo con sus formas de gobernar.
La Hacienda de Guaracha
La vida económica y política de la región estaba dominada por la Hacienda de Guaracha, que tuvo su origen en las mercedes reales del siglo XVI. Con el tiempo fue acumulando tierras producto de compras, ventas y despojos a pueblos y comunidades. Por el 1600, ocupando grandes extensiones de la Ciénega de Chapala, asfixiaba ya las tierras de Jiquilpan, Sahuayo y Guarachita, extendiendo sus linderos hasta las cercanías también de Cojumatlán, Tizapán y Santiago Tangamandapio. En 1790 se decía que Victorino Jaso Dávalos, el hacendado, tenía unas 9 mil reses y mucha caballada, y Guaracha contaba con sus anexos de El Jarrero, Los Corrales, Las Puentes, La Calera, el Cerrito Pelón, El Derramadero, El Varal y El Capadero; buena parte de la tierra la trabajaban arrendatarios de Sahuayo y Jiquilpan.18
El siglo XX encuentra a Diego Moreno como dueño de Guaracha.19 Se estima, conservadoramente, que la hacienda constituía una propiedad que sobrepasaba las 50 mil hectáreas, aunque por ventas, herencias y otras transacciones realizadas en el curso de los años, unas a la buena y otras a la mala, se había reducido, de la extensión máxima que llegó a alcanzar. Contaba en ese tiempo con las haciendas anexas del Cerrito Pelón, Platanal, Cerrito Colorado, Guarachita, San Antonio, Las Zarquillas, El Sabino, Guadalupe, Las Ordeñas y Capadero, lindando con terrenos de propietarios, en su mayor parte de pequeñas extensiones, de Chavinda, Cotija, San Ángel, Tarecuato y Jaripo, y chocando además de con éstos con las tierras y vecinos de Jiquilpan, Sahuayo y Guarachita; todos se encontraban y sentían ahogados por el espíritu dominador de Guaracha.
La familia, la escuela y los amigos
Así era la Jiquilpan en la que nació y pasó su niñez, adolescencia y primera juventud Lázaro Cárdenas. Fue el tercero de los hijos de Dámaso Cárdenas Pinedo y Felícitas del Río Amezcua; él de Jiquilpan, ella de Guarachita. Fue bautizado como José Lázaro. Llegó después de Margarita y Angelina y antes de Dámaso, Josefina, los cuates Alberto y Francisco, y José Raymundo. Lázaro fue también el nombre de un hermano de su padre, que falleciera joven.
Nació, al igual que todos sus hermanos, en la casa sin número de la calle de San Francisco, casa que doña Felícitas había heredado de su tía Ignacia Mora de la Torre.20 Casa típica de una familia que no era de las pudientes del pueblo, tampoco de las más humildes, no situada en el centro, pero no distante de la iglesia principal; paredes de adobe, techos de teja, soportados por vigas de madera, las habitaciones abiertas hacia un patio, un segundo patio o pequeña huerta y corral para animales domésticos, con una noria de la que se sacaba el agua de la casa.
A los seis años ingresó a la escuela particular de Mercedita Vargas, en la que sus padres pagaban una colegiatura de dos pesos mensuales. Compartía las clases con 11 compañeros más. Dos años más tarde fue inscrito en la escuela oficial a cargo del profesor Hilario de Jesús Fajardo, de quien Lázaro Cárdenas guardó toda la vida grato recuerdo. A esta escuela, en la que cursó hasta el 4° año, concurrían 300 alumnos y para impartir sus clases el maestro, el único del plantel, se auxiliaba con alumnos de 3° y 4° años.
Los cabezas de la familia, don Dámaso y doña Felícitas, estaban conscientes de la importancia de la educación para la formación y el futuro de sus hijos y de la necesidad de que asistieran a la escuela. Así, no sólo Lázaro fue a la escuela, lo hicieron también Margarita, Angelina y Josefina, que cursaron su primaria en el plantel oficial que dirigía la profesora Josefa Ortiz Lemus; Dámaso, que al igual que su hermano mayor ingresó a la escuela oficial; y Alberto y Francisco, que fueron inscritos en la particular del profesor Francisco Arteaga.21
El profesor Fajardo, que quiero pensar era muy especial para su época y lo hubiera sido en cualquiera, estimulaba y participaba en las actividades extraescolares de sus alumnos, en sus juegos y diversiones, de los que se valía para complementar las lecciones de la escuela. Así, los sábados por la tarde se llevaba a los muchachos a la “Alameda”, donde jugaban pelota y jineteaban becerros; en la misma “Alameda”, al pie de un salate centenario que ahí existía, reunía a sus alumnos y les hablaba de la historia de México, de las hazañas de Morelos y de Juárez, de las guerras de Independencia y Reforma y de las causas por las que luchaba el pueblo;22 les hablaba también de las inquietudes sociales que crecían al avanzar el siglo XX, de las que seguramente eran presa los muchachos mismos que lo escuchaban. Ahí, a través de las enseñanzas del profesor Fajardo, empezó Lázaro Cárdenas a introducirse en el conocimiento de la historia del país, de las contribuciones de los héroes a la formación de la nación y la nacionalidad, a tener una visión del desarrollo histórico y a forjarse e identificarse con una ideología libertaria y de servicio a los demás.
Por otro lado, en excursiones a los ranchos cercanos, el profesor Fajardo hacía conocer a sus alumnos las características y bondades de la naturaleza, la importancia de los árboles y los muchos beneficios que de éstos podían obtenerse. Así, en los paseos y las pláticas con el maestro, los muchachos iban conociendo y familiarizándose con el entorno de su pueblo, el territorio en el que vivían y la vegetación, y se iban formando al mismo tiempo una responsabilidad hacia el medio natural, tomando conciencia de la importancia de cuidarlo. Entre aquellos muchachos, no dudo que Lázaro Cárdenas fue uno de los que mejor absorbieron y aprovecharon aquellas enseñanzas, pues fue, a lo largo de su vida, un enamorado de los árboles y de las flores, incansable en su propagación y cuidado.
Una pinta de vez en cuando no venía mal, aunque tuviera sus consecuencias. Relata Lázaro Cárdenas que en una ocasión, una tarde en que Francisco Hernández y él no asistieron a la escuela por irse a jinetear becerros a la “Alameda”,
[…] nuestro profesor Fajardo envió a un celador (uno de los alumnos de mayor edad) a preguntar a mi padre por qué había faltado a la escuela. A las 5 de la tarde al regresar del campo a nuestras casas, me dijo Francisco: “¿Me invitas a las guayabillas?” “Sí —le contesté— pero tú subes al árbol”. En el patio de la casa había un esbelto guayabillo; subió a él Francisco y cuando se encontraba en las primeras ramas del árbol llegó mi padre con una vara de membrillo, dándome con ella en la espalda; escapé hacia el interior de la huerta, y al ver a Francisco encaramado en el árbol le aplicó con la vara, diciéndole: “tú tienes la culpa de que Lázaro falte a la Escuela”; Francisco protestó gritando: “estese don Dámaso, yo no ero su hijo”. Desde entonces, siempre que nos encontramos, invariablemente, citamos lo que él dijo a mi padre al recibir los varazos.23
El niño Lázaro no sólo aprendía y trabajaba en la escuela: ayudaba en la casa, entre otras cosas, encargándose de llevar y traer del potrero de La Cruz, por las mañanas y por las tardes, la vaca color bermejo y blanco que se ordeñaba para proveer la leche de la familia; y durante el temporal de lluvias, los fines de semana, acompañaba a su abuelo Francisco Cárdenas Pacheco al ecuaro de dos hectáreas que rentaba en las faldas del cerro de San Francisco, en el que cultivaba maíz y calabaza. El abuelo trabajaba la tierra con el azadón, pues lo pedregoso del terreno no permitía utilizar el arado; el nieto, hasta donde sus fuerzas alcanzaban, se ocupaba de la siembra y la escarda con la misma herramienta. Además, ayudaba al abuelo en su trabajo de rebocería, anudando canillas con hilo en la redina de mano.24 Escuela y maestro, casa y familia, abuelo y ecuaro contribuyeron a la forja del carácter, a estimar el valor del esfuerzo físico, e introdujeron al niño al mundo del trabajo y a tomar conciencia de la condición del trabajador.
El abuelo sirvió a la causa republicana durante la guerra contra la intervención francesa. Como soldado del Regimiento Lanceros de Jalisco, bajo las órdenes de los generales Ornelas y Rioseco, tomó parte en la batalla que se libró contra las fuerzas invasoras en el cerro que limita a Jiquilpan por el oeste, el de La Trasquila, el 22 de noviembre de 1864. Con sus relatos sobre los hechos que había vivido en aquellos tiempos, aportó sin duda a los conocimientos de la historia local y a la formación de la identidad liberal del nieto.
En los primeros años de Lázaro, su padre trabajaba en el tejido de rebozos. Poco después montó un pequeño comercio y en 1906 rentó un mesón de don Evaristo Partida, en la calle Nacional, en el que estableció un pequeño comercio de abarrotes. En 1908, debido seguramente a la precariedad del negocio, se cambió al domicilio familiar en la calle de San Francisco, del que separó dos cuartos, destinando uno al comercio de abarrotes e instalando en el otro una mesa de billar, denominando al conjunto “Reunión de amigos”, a donde efectivamente acudían éstos, atraídos, entre otras cuestiones, por su carácter jovial.
Ese mismo año, el padre tuvo que ir a la Ciudad de México para operarse un ojo. La operación fue costeada por su primo Ramón Pinedo. A principios de 1910 se vio obligado a cerrar el comercio, poco después enfermó de pulmonía, la salud se le fue deteriorando cada vez más, y el 7 de octubre de 1911 falleció. Lázaro, en su anotación de ese día, señala: “Hoy (sábado) a las 9 y media de la mañana dejó de existir mi papá. Fue su vida triste y pesarosa, sus padecimientos fueron morales”.25 En nota hecha años después, Lázaro señalaba que el doctor Gustavo Maciel, que atendía a su padre, dijo alguna vez a doña Felícitas: “La enfermedad de Dámaso se complica con la pena moral, por faltarle lo necesario para sus hijos”.26
Al fallecer el cabeza de la casa y agotados los escasos recursos por la atención de su enfermedad, quedó como sostén de la familia la madre, a cargo de ocho hijos, la tía Ángela, hermana del padre, y la Nana Pachita, “que abrazó a los ocho hermanos” en su niñez.
Frente a esta pérdida, no faltó la solidaridad de los amigos. Don Miguel Vázquez, secretario de la Prefectura, después de comentar el caso con don Bartolo Govea y don Modesto Estrada, llamó a Lázaro para decirle que se había tomado el acuerdo que pasara como escribiente a su despacho, con sueldo de 15 pesos mensuales, con lo que, aunque modestamente, podría ayudar a su madre, que obtenía un pequeño y único ingreso de los vestidos que confeccionaba.
En una ocasión, la tía Ángela vio a Lázaro leyendo una biografía de Benito Juárez, cuyo retrato reconoció en la portada, y exclamó: “Ese indito es de los nuestros”.27
Entre los amigos de la familia se contaba don Esteban Arteaga, “hombre culto y de plática amena”, a quien con frecuencia se acercaba Lázaro, ya fuera en la banqueta frente a su casa, donde se sentaba en un equipal, ya fuera en una banca de la plaza Zaragoza, para escuchar sus relatos sobre pasajes de la historia de México y sobre botánica. Don Esteban, además, prestaba al muchacho libros que le interesaban, de Victor Hugo, Juan A. Mateos y Antonio Plaza, que eran también los preferidos de su padre. Pocos, por otra parte, eran los libros al alcance de los jóvenes de Jiquilpan en esos años. De tarde en tarde pasaba por el pueblo un comerciante ambulante del que Lázaro fue adquiriendo las novelas de Salgari, que en su imaginación lo pasearon por el mundo y, sin duda, despertaron en él los deseos de viajar y conocer otras tierras y otras gentes.
En una ocasión, con once años de edad, encontrándose entre amigos, uno de ellos hizo una broma a Alberto Pardo, quien respondió con violencia. Lázaro le recriminó y Alberto contestó lanzándole una pedrada, que fue respondida con un ladrillazo en la cabeza, que lo sangró. Alberto corrió entonces a quejarse con su padre, quien a su vez dio cuenta de lo sucedido al padre de Lázaro, por lo que éste lo reprendió con energía. En eso intervino su madre, quien decidió internarlo en la “casa de ejercicios”. Ahí pasó la noche. Al día siguiente lo llamó el cura Luis G. García, que lo regañó
[…] con frases que yo tenía el concepto de que los sacerdotes no usaban y que llamaban “malas palabras”. [Escribió años después Lázaro Cárdenas, quien continuó] Al escuchar lo que sólo había oído entre gente que peleaba o en estado de ebriedad, me retiré sin hacer caso de su llamado. Me dirigí violentamente a la puerta y salí encaminándome a mi casa, y participé a mi madre lo que había ocurrido y que no volvería a los ejercicios.28
Era desde adolescente, según puede verse en este incidente, contrario a la violencia, pero no dejado. Del sacerdote, exigía se comportara de acuerdo con sus principios, por lo que al no hacerlo, perdía ante él toda autoridad, lo que reforzó en Lázaro la indiferencia por la Iglesia, que observaba en su padre, así como la ideología liberal y anticlerical que estaba consolidándose en él.
En 1909 entró Lázaro a trabajar como meritorio en la Oficina de Rentas de Jiquilpan, a cargo de don Jesús García Tinajero, quien muy poco después fue sustituido por don Donaciano Carreón. Su escaso ingreso contribuía al de por sí reducido que aportaba el comercio de su padre. Después de las horas de oficina empezó a asistir como aprendiz a la imprenta La Económica, propiedad del señor Carreón, donde recibía diez pesos mensuales, más dos que le entregaba cada sábado por la tarde el encargado de la imprenta, don Enrique Ibarra y Allende.
Ocho meses después de haber empezado Lázaro a trabajar en la imprenta, el señor Ibarra sufrió un accidente, perdió una mano y dejó la imprenta. A partir de ese momento, Lázaro se encargó del taller. Alrededor de un año o año y medio después, en que el negocio no iba bien, el señor Carreón decidió ponerlo en venta. Lázaro junto con otros compañeros organizaron una cooperativa y pidieron al señor Carreón les vendiera la imprenta, ofreciendo pagársela a plazos. Éste aceptó y Lázaro quedó como cabeza del taller, dejando a partir de ese momento el trabajo de escribiente.
El trabajo, que era lo primero para él, no impedía la convivencia y la diversión en compañía de jóvenes de su edad. Era frecuente, por las tardes, que mientras él realizaba trabajos en la imprenta, los amigos se reunieran ahí para acompañarlo y cantar.
Con los amigos que asistían a la imprenta, comentaba sobre las cuerdas de presos destinados a las Islas Marías, que pasaban por Jiquilpan en su ruta de Morelia al puerto de Manzanillo. A su paso por la zona, las cuerdas eran entregadas por los soldados que las custodiaban a las acordadas de la Hacienda de Guaracha, “que montaban caballos de alzada y portaban armas de las mejores”,29 para que las condujeran hasta su embarque.
Llega la Revolución
Jiquilpan no quedó al margen de las inquietudes políticas que se empezaron a agitar desde los albores del nuevo siglo, al vislumbrarse que el fin del porfiriato se acercaba. Allá por 1902, siguiendo la iniciativa del secretario de Guerra, general Bernardo Reyes —que en el fondo buscaba organizar una fuerza política que lo respaldara en su ambición de suceder al dictador en la presidencia, creyendo que el viejo no descubriría sus verdaderas intenciones—, se organizó en el pueblo un grupo de la Segunda Reserva, que pidió instructor “para hacer estudios como oficiales”.
Los hechos que sacudían la política nacional —apartar al general Reyes del juego electoral, la entrevista que el periodista James Creelman hizo a Porfirio Díaz, éste de nuevo en busca de la reelección, y la irrupción del movimiento antirreeleccionista de Francisco I. Madero, entre otros— tuvieron sus repercusiones en Jiquilpan, donde en 1910 se formó el Club Antirreeleccionista Democrático Jiquilpense, que encabezó el doctor Gustavo Maciel y del que formaron parte, entre otros, Ignacio Romero, Estanislao Betancourt, Francisco y David Mejía, Ignacio Martínez y Francisco Tinajero.30
En noviembre de 1910 estalló la Revolución. El movimiento fue recibido con entusiasmo en Jiquilpan, destacando en el apoyo revolucionario el doctor Gustavo Maciel, Francisco Tinajero, Trinidad Mayés y campesinos de las comunidades de Totolán y Los Remedios, que reclamaban la restitución de las tierras de las que habían sido despojados por la Hacienda de Guaracha.31
En Jiquilpan y pueblos vecinos no tuvo lugar estallido armado alguno. Fue hasta el 11 de mayo de 1911, pocos días antes de la caída del dictador, cuando se tuvo conocimiento que se acercaban fuerzas maderistas. El 19 entró al pueblo Irineo Contreras al mando de 40 hombres y el 28 la Presidencia Municipal recibió telegrama del gobernador doctor Miguel Silva, anunciando que se había firmado la paz, lo que celebró la población echando las campanas al vuelo y lanzando ¡vivas! a Madero.
El 29 de septiembre de ese año se conocieron en Jiquilpan los resultados de la elección en la que fueron electos Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. En aquellos días, Lázaro Cárdenas anotó en su diario —“Cuaderno de Memorias” le puso por título al cuadernillo en el que empezó a hacer apuntes casi diarios— que en la región eran partidarios de la fórmula Madero-Vázquez Gómez, “hombres que dieron principio a la revolución y supieron darnos libertad”.32
La Revolución cambió la forma de ser y la visión de presente y futuro de los mexicanos, entre ellos, desde luego, de los habitantes de Jiquilpan y la región. Con el triunfo maderista se habían abierto y se percibía que podrían abrirse horizontes aún más amplios, mejoras inmediatas, futuros mejores.
La segunda parte de 1911 y 1912 transcurrieron sin mayores sobresaltos, aunque la política, antes ausente, empezó a cobrar cada vez mayor presencia en la vida jiquilpense. En septiembre de 1911 llegó al pueblo el ex prefecto Francisco Villar para hacer propaganda en favor de la candidatura a vicepresidente de José María Pino Suárez, que según el joven Lázaro tuvo poca acogida en la población, que simpatizaba en mayoría con la fórmula Madero-Vázquez Gómez. Otras campañas políticas, en la búsqueda de otros cargos, empezaron a hacer presencia. Comenzaron a darse también entradas y salidas de tropas federales y no faltaban los rumores de posibles levantamientos.
Lázaro Cárdenas no fue ajeno al influjo de los vientos revolucionarios, que le generaron inquietudes, dudas y ambiciones; en lo particular le hacían sentir que en la imprenta o en la Administración de Rentas no llegaría muy lejos, ni habría cambios mayores en su vida. Así, el 16 de junio de 1912 el joven de pueblo, con nostalgia y cierta ingenuidad, anotaba en su “Cuaderno de Memorias” (por cierto, se trata de un apunte que aparece todo tachado, además de mostrar tachaduras dentro de la nota misma):
Creo que para algo nací. Para algo he Algo he de ser. Vivo siempre en la idea de que he de conquistar fama, ¿de qué modo? No lo sé. Soñaba una noche, Una noche borrascosa soñaba que andaba por las montañas con una numerosa tropa libertando a la patria del yugo que la oprimía Acaso se realizará esto? Puede ser. Pienso de escribiente del puesto que ocupo jamás lo lograré, pues en éste no se presentan hechos de admiración. De escribiente no pues aquí no se consigue con la pluma sólo no se consigue no se conquista fama que l para hacerse temer ¿De qué pues logro esta fama que tanto sueño? Tan sólo de libertador de la patria. El tiempo me lo dirá.33
En febrero de 1913 tiene lugar la Decena Trágica. Victoriano Huerta da golpe de Estado, asesina al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez y usurpa el poder, haciendo estallar la Revolución Constitucionalista. La región se mantiene por unos meses sin mayores movimientos militares, pero llegan las noticias de la rebelión del norte y del sur y empiezan a hacerse familiares los nombres de Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Lucio Blanco y otros jefes revolucionarios.
El 1 de junio de 1913 llegó a la Hacienda de Guaracha el general revolucionario José Rentería Luviano, al frente de una columna de 600 hombres. La acordada había huido. Ese mismo día llegó a Jiquilpan un grupo de aquella fuerza al mando del capitán Pedro Lemus, quien se dirigió a la imprenta y pidió a Lázaro se imprimiera con urgencia un manifiesto, que requerían al día siguiente en Guaracha. Lázaro, junto con Bruno Galeazzi y Enrique Canela, trabajaron en la impresión toda la noche, terminando el tiraje con las primeras luces de la mañana. El manifiesto llegó a Guaracha cuando se empezaron a escuchar los primeros disparos de las fuerzas huertistas que atacaban a los revolucionarios.
Las fuerzas de Rentería Luviano tuvieron que retirarse y las tropas del gobierno volvieron a ocupar las poblaciones de la zona. En la región, incluyendo a Jiquilpan, se produjeron varias detenciones. Amigos, que nunca faltaron, avisaron a doña Felícitas que las autoridades buscaban a Lázaro por la impresión del manifiesto. Gente del gobierno cateó el taller, volcando las cajas que contenían los tipos, llevándose impresos y papelería y quemando el archivo.
Desde tiempo atrás, tanto en la imprenta como en la “Alameda”, se reunía con frecuencia el grupo de amigos para comentar principalmente de la Revolución. Los más entusiastas para incorporarse al movimiento armado, además de Lázaro, eran Manuel Medina Chávez, Luis Cázares, Luis Martínez, Antonio Cervantes, Ignacio Lozoya, Enrique Canela, Francisco Álvarez y los hermanos Guerra, estos últimos de la comunidad indígena de Los Remedios.
Encontrándose tensa la situación, después del asalto de los huertistas a la imprenta, los días 15 y 16 de junio Lázaro se reunió con amigos, a los que planteó la necesidad de incorporarse ya a la Revolución.
El mismo 16 habló con su madre, diciéndole que tenía el propósito de ir a la Hacienda de La Concha, que administraba su tío José María del Río, para trabajar en la Tierra Caliente. Su madre, que bien adivinó sus intenciones, le dijo: “No vas con José María, sé que te vas a la revolución”.34 El 18 emprendió el viaje a La Concha, a donde llegó el 23, después de varios días de caminata. Permaneció ahí hasta el 4 de julio, día en que por la mañana dejó la hacienda, llegó a media tarde a Buenavista Tomatlán y solicitó al general Guillermo García Aragón incorporarse a la Revolución.
1 Álvaro Ochoa Serrano, Jiquilpan-Huanimban. Una historia confinada, Morelia, Mich., Instituto Michoacano de Cultura / Morevallado Editores, 2003.
2 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, Jiquilpan 1895-1920, Jiquilpan de Juárez, Mich., Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, 1984.
3 Álvaro Ochoa Serrano, op. cit.
4 Olivia Gall, Lázaro Cárdenas del Río: primeros pasos de un estudio biográfico (1895-1915), México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2009.
5 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
6 Álvaro Ochoa Serrano, op. cit.
7 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
8 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
9 Álvaro Ochoa Serrano, op. cit.
10 Ibidem.
11 Pastor Fajardo Chávez, Lázaro Cárdenas (breve semblanza), documento sin fecha (aproximadamente 1975).
12 Ibidem.
13 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
14 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
15 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
16 Ibidem.
17 Ibidem.
18 Álvaro Ochoa Serrano, op. cit.
19 Guillermo Ramos Arizpe y Salvador Rueda Smithers, op. cit.
20 William Cameron Townsend, Lázaro Cárdenas. Demócrata Mexicano, Grijalbo, México, 1959.
21 Lázaro Cárdenas, Apuntes, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1972.
22 Lázaro Cárdenas del Río, La Alameda de Jiquilpan, México, [s/e], 1970.
23 Lázaro Cárdenas, Apuntes, op. cit.
24 Ibidem.
25 Ibidem.
26 Ibidem.
27 Ibidem.
28 Ibidem.
29 Ibidem.
30 Álvaro Ochoa Serrano, op. cit.
31 Lázaro Cárdenas, Apuntes, op. cit.
32 Ibidem.
33 Lázaro Cárdenas, Apuntes. Una selección, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas” / Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2003. [Este párrafo no aparece en la edición de 1972 y se presenta con las tachaduras, tal como aparece en el “Cuaderno de Memorias”, para que se comprenda bien el sentido del pensamiento del joven Lázaro en 1912, N. del A.]
34 Ibidem.
2
Revolucionario y de nuevo revolucionario
(1913-1914)
La incorporación a la Revolución
La separación de madre e hijo se dio con intensa emoción en ambos, al mismo tiempo que con gran serenidad. Sabía ella que de permanecer él en Jiquilpan corría riesgo de ser detenido por las autoridades huertistas, como le había mandado decir don Jesús Zepeda. Lázaro, por otro lado, estaba íntimamente convencido de que su camino era el de la Revolución. “Y el 18 de junio a las seis de la mañana, me despedía de ella; me abrazó emocionada. Con Antonio Cervantes salimos a pie siguiendo el camino de Totolán, con dirección a Los Reyes. Ese día dormimos en Huáscato, cercano a Tingüindín, y al día siguiente llegamos a Los Reyes, alojándonos en el ‘Mesón México’[…]”1
Esa noche los viajeros fueron a visitar a Francisco Hernández, compañero de escuela de Lázaro, que trabajaba en una farmacia. Los invitó a comer al día siguiente a su casa y recordaron y de nuevo se rieron de aquel incidente en que por irse de pinta a jinetear becerros, el padre de Lázaro les había dado a los dos con la vara de membrillo. Permanecieron un día más en Los Reyes y a las seis de la mañana del 21 se despidieron de Francisco, quien prestó a Lázaro diez pesos que, lo dice éste en sus “Apuntes”, nunca le devolvió.
Siguieron su trayecto y llegaron a Peribán por la tarde. Pasaron a la casa de don Agapito Mejía, amigo de la familia, simpatizante de la causa revolucionaria, quien los detuvo a almorzar. De ahí fueron a pernoctar a Apo, pueblo pequeño situado en las faldas del Tancítaro, el cerro más alto de Michoacán. Madrugaron y a las nueve de la mañana estaban en el pueblo de Tancítaro, dirigiéndose a la casa de don Magdaleno Farías, paisano de Jiquilpan, quien los alojó. Les comentó que el día anterior había regresado de Apatzingán, de donde traía informes que por la Tierra Caliente se encontraban varias partidas de revolucionarios, aunque no conocía los nombres de los jefes, pero sí que se había combatido dos meses antes en Apatzingán, donde se incendiaron varias casas, y que había noticias de que se esperaban en la zona fuerzas federales procedentes de Morelia y Uruapan.
El mismo 22, pasado el medio día, partieron hacia la pequeña comunidad de Condémbaro, en la que pasaron la noche. Al día siguiente caminaron hasta Acahuato y el 24 hicieron su última jornada, pasando por el norte de Apatzingán y llegando a la Hacienda de La Concha, donde Lázaro se encontró con su tío José María del Río, que la administraba, su tía, primos y primas, que ya lo esperaban, pues habían sido avisados de su salida de Jiquilpan hacia la hacienda por Jesús Mandujano, que salió a caballo un día después que los caminantes partieran.
Tres días más tarde, Antonio Cervantes, el compañero de caminata, decidió regresar a Jiquilpan, aduciendo que le afectaba el calor.
El resto del mes de junio permaneció Lázaro en La Concha. En esos días pudo informarse de las fuerzas y los jefes revolucionarios que operaban por la Tierra Caliente:
El general Martín Castrejón, designado gobernador de Michoacán por el señor Carranza, se encontraba con sus fuerzas por la región de La Huacana; el general Guillermo García Aragón, con una columna de 700 hombres, recorría los pueblos situados en las márgenes del río Tepalcatepec; por Parácuaro, el coronel Cenobio Moreno, con 200 hombres; el general José Rentería Luviano, por la zona de Huetamo y pueblos de Guerrero limítrofes con Michoacán, con los contingentes que comandaban los coroneles Cecilio García, Ponciano Pulido, ingeniero Salvador Alcaraz y otros; y el general Gertrudis Sánchez, con el regimiento “Carabineros de Coahuila”, al que pertenecían los coroneles Barranco, de la Hoya y Joaquín Amaro, operaba por Uruapan, Ario y Tacámbaro.2
Con el general Guillermo García Aragón
El 3 de julio Lázaro comunicó a su tío que partía a incorporarse con el general García Aragón, que se encontraba en Buenavista, al mando de la Segunda División del Sur, una columna volante compuesta de 800 hombres, divididos en tres regimientos al mando del coronel Mastache y del teniente coronel Trinidad Regalado. Éste se había incorporado con 200 hombres, procedente de la comunidad de Atacheo, municipio de Zamora, donde quedó el resto de su regimiento, que operaba también por la región de Uruapan, brindando apoyo a las comunidades que reclamaban la restitución de sus tierras. Además de la columna volante, formaban parte de la Segunda División otros cuerpos que se mantenían en la costa y sierra de Guerrero.
Lázaro Cárdenas narra así su encuentro con el general Guillermo García Aragón, su primer jefe en la Revolución:
A las 4 de la tarde llegué a Buenavista; me encaminé a la casa en que se alojaba el general García Aragón con su Estado Mayor, y solicité verlo. Me preguntaron si llevaba armas, contesté que no y me pasaron a un cuarto en donde lo encontré escribiendo. Levantó la vista y me invitó a sentarme. “¿Qué lo trae por aquí amigo, de dónde viene?” “Soy de Jiquilpan, salí el mes pasado, estuve unos días en La Concha en donde está de administrador un hermano de mi madre”. “¿Qué viene usted a hacer a esta zona?” “A incorporarme a la revolución”, y le hice una explicación de los acontecimientos de Guaracha y de Jiquilpan… “¿Sabe usted escribir?”; “un poco”, le dije. “Copie esta orden”, y se levantó saliendo hacia el patio de la casa en donde lo esperaban varios jefes. Regresó a la media hora; leyó el escrito y preguntó: “¿En realidad, quiere incorporarse a mis fuerzas?” “Sí, señor”. “Va usted a quedar incorporado a mi Estado Mayor con el grado de Capitán Segundo y se encargará de mi correspondencia, entretanto regresa el coronel Viguri”.3
Así inicia la carrera militar de Lázaro Cárdenas.
Ese mismo día el general Cipriano Jaimes le entregó un caballo alazán, con su montura, y una carabina 30-30, y tres días después ya se encuentra combatiendo.
De sus nuevos compañeros el recién nombrado capitán segundo anotó:
El general García Aragón, hombre culto, de mentalidad ágil, con disposiciones para el mando, comedido en el trato, exigente en la disciplina. Originario del Estado de México, penetró a Michoacán procedente de Morelos, de donde tuvo que salir por disgustos con el general Emiliano Zapata, de quien era compadre. Llegó a Michoacán, autorizado por el señor Carranza, para operar en el sur y centro del Estado. El general Mastache, hombre valiente y tratable en su juicio; agresivo cuando tomaba. El general Cipriano Jaimes, hombre organizador y valiente, no bebía; cuando se disgustaba, era violento. El teniente coronel Albarrán, buen jinete y audaz en el combate; bebía con frecuencia. El coronel Luis Santoyo, hombre culto y de buen carácter, con frecuencia intervenía ante las actitudes agresivas del general Mastache y del teniente coronel Albarrán. El coronel ingeniero José Viguri, hombre de estudio, sereno en sus actos, sociable y alegre. El mayor Ignacio Valdovinos, de carácter reposado y enemigo de sacrificar prisioneros. Manuel Guido, Melesio Uribe y Plutarco Castañón, escasos de cultura pero distinguidos por su valor y disciplina. Los contingentes de los generales Mastache y Jaimes, muy fogueados ya en la lucha; algunos operaron al iniciarse la revolución en 1910 en el Estado de Guerrero, a las órdenes del general Ambrosio Figueroa. Al teniente coronel José Trinidad Regalado, campesino de Atacheo, Municipio de Zamora, Mich., se le reconocía como definido agrarista, jefe que se distinguía por la buena conducta de sus fuerzas, valiente y correcto en su conducta; desde 1909 luchaba por las tierras en favor de los campesinos. El capitán Ernesto Prado, de Tanaquillo, Cañada de Chilchota, Mich., pertenecía al grupo que venía reclamando la restitución de tierras pertenecientes a las comunidades indígenas de la propia Cañada de Chilchota. El mayor José Castrejón sirvió en Oficinas de Rentas en Michoacán hasta 1912; su conducta correcta. En las discusiones sobre la campaña, se tomaban en cuenta sus opiniones.4
Por varias semanas la columna de García Aragón anduvo por la Tierra Caliente, sin librar combates mayores. En los primeros días de septiembre dejaron la zona para dirigirse a la meseta Purépecha. En Aranza, el jefe de la columna se encontró con Casimiro López Leco,5 de Cherán, que mandaba 150 hombres, la mayor parte indígenas, levantados en armas para desalojar a la compañía extranjera que explotaba los bosques de la meseta, por concesión de 50 años concedida por el gobierno porfirista de Michoacán. El general García Aragón invitó a López Leco a sumarse a sus fuerzas, pero éste pidió quedarse en su región para defender los bosques de las comunidades, ofreciendo reunir provisiones, armas y parque, así como servir de enlace con otras fuerzas revolucionarias.
De la meseta Purépecha la columna se dirigió hacia Purépero, donde el 13 de septiembre, por la mañana, fue atacada por tropas federales en número superior. Después de varias horas de combate, habiendo sufrido bajas de consideración y ante la escasez de municiones, se ordenó la retirada para volver de nuevo a la Tierra Caliente, lo que se hizo con orden.
Después de varios días de marcha, la columna hizo alto en Acahuato, con el magnífico panorama del amplio valle de Apatzingán a la vista. Ahí convocó el general García Aragón a todos los jefes, a los que comunicó que se veía obligado a dirigirse al estado de Guerrero, donde esperaba encontrar pertrechos y la incorporación de nuevos contingentes a su columna. Que dejaba en libertad a quienes quisieran quedarse en Michoacán, sólo pidiéndoles se mantuvieran en contacto con él.
En eso estaban el 24 de septiembre cuando les cayó encima el enemigo. Desde que se escucharon los primero tiros, el general ordenó a la gente tomar posiciones de defensa. Cárdenas fue incorporado a la fuerza que mandaba el capitán Primitivo Mendoza, que pertenecía a la del coronel Cenobio Moreno. El ataque fue rechazado después de algunas horas de combate, ordenándose entonces que ese contingente se concentrara en Buenavista, a donde llegó al día siguiente. Ahí se tuvo conocimiento que el general García Aragón había cruzado el río Balsas, para internarse en el estado de Guerrero.
El pequeño grupo al mando de Primitivo Mendoza se movió por varios días por la Tierra Caliente, tiroteándose con algunas fuerzas federales, hasta que llegó a Aguililla. En esa población supieron que el coronel Cenobio Moreno se encontraba en la haciendita La Colorada y para allá dirigieron sus pasos, quedando entonces incorporados a sus fuerzas, Cárdenas formando parte de su escolta. En los primeros días de octubre el coronel Moreno decidió ir al encuentro del general Martín Castrejón, gobernador revolucionario de Michoacán, quien se encontraba en Úspero, sumándose a sus fuerzas.
Durante varios días operaron y combatieron por los rumbos de La Huacana, Arteaga y Tumbiscatío. En esta población, el 12 de octubre, el general Castrejón reunió a jefes y oficiales con los que analizó la situación de la región, que estaba en su mayor parte ocupada por fuerzas federales, que contaban con el auxilio de las defensas de las haciendas, planteando la conveniencia de dividir la columna para operar en diferentes zonas del estado.
El coronel Cenobio Moreno volvería con sus tropas a la zona de Parácuaro, el mayor Eleno Carrillo cuidaría la zona de Churumuco, el capitán Primitivo Mendoza con 40 hombres se internaría por Aguililla a la sierra de Coalcomán y el general Castrejón permanecería por los alrededores de San Pedro Jorullo en comunicación con cada uno de los jefes para reunirse cuando fuera oportuno. Yo pedí internarme a la zona de Jalisco cruzando la sierra de Tancítaro, por considerar tendría posibilidades de reunir gente de las cercanías de Los Corrales y Mazamitla, puntos inmediatos a Jiquilpan, y con mi asistente J. Guadalupe Tejeda, de Peribán, nos dirigimos a caballo y caminando entre el monte y fuera de los caminos, rumbo a la hacienda de La Concha.6
Tres días tardaron en llegar a La Concha y después de otros tantos en la hacienda, Lázaro emprendió, en sentido contrario, el camino recorrido cuando decidió incorporarse a la Revolución, llegando a Jiquilpan en los últimos días de octubre.
A Guadalajara y de vuelta a Jiquilpan
La labor de convencimiento que el joven capitán trató de realizar en la región, la que tenía que hacer a salto de mata, rehuyendo el encuentro con gente de la federación que controlaba la zona, no fue todo lo fructífera que hubiera deseado, por lo que, para esperar tiempos mejores y ayudar al sostenimiento de la familia, emprendió viaje a Guadalajara, ciudad a la que llegó el 28 de noviembre.
En Guadalajara fue a buscar al coronel Eugenio Zúñiga, que había militado a las órdenes del general García Aragón, quien se encontraba en esa ciudad curándose de heridas que había recibido en combate. En un segundo encuentro, varias semanas más tarde, el coronel le dijo que ofrecería sus servicios al gobierno.
Por su parte, el 5 de marzo, ya de 1914, Cárdenas empezó a trabajar en la cervecería La Perla, acomodando botellas, con salario de 75 centavos diarios. Dos meses después se encuentra de vuelta en Jiquilpan, donde las autoridades pretenden detenerlo y corre la versión de que ha regresado al frente de 700 hombres para colgar a varios, empezando por el secretario de la Prefectura Miguel Vázquez. En Jiquilpan, debe pasar las noches en la troje de la casa o en casas de parientes o amigos, cuidándose de no caer en manos de la gente del gobierno.
El 15 de junio Lázaro Cárdenas estuvo a punto de ser aprehendido:
Al día siguiente llevaron a Francisco Medina,7 que me llevó nuevas noticias de los movimientos revolucionarios. A los tres días le dije a mi madre: “Quiero salir al barrio de San Cayetano, en donde en una cerca de piedra, al llegar a la huerta de don Jesús Zepeda dejé unos documentos del general García Aragón, que considero de interés”. “No salgas, hijo; te buscan”. “Me precisa ir por esos documentos y ahora que se ha retirado el destacamento federal, es oportuna mi salida; me acompañará Antonio Salcedo, amigo de confianza que llamé por conducto de Francisco Medina”. Salimos y nos encaminamos sin contratiempo alguno hasta llegar a la esquina, casa-habitación de Luis Monares, frente a la capilla de San Cayetano. A la vuelta de la esquina estaban dos policías, Jesús Flores e Ireneo Soto, con pistola en mano, apuntándome. Me dijeron: “Te llaman de la Prefectura”.
Antonio Salcedo, que portaba una pistola y que había ofrecido hacer frente a los policías que ya sabíamos andaban por parejas, al dirigirse a mí los policías Flores y Soto, dijo: “Voy a ver a mi madre que está en angustia”, y a paso apresurado se retiró, llevándose la pistola que le había proporcionado.
“Vamos”, les dije, pensando que no llegaría a la Prefectura, y efectivamente, en el camino pude desprenderme de ellos. Caminé con ellos por la calle de San Cayetano, doblamos por la calle de los Santillán y en la esquina de la casa de Concha Abarca, tienda de abarrotes, entré y le pedí a María Bravo una limonada. En esos momentos ensayaba ella una guitarra con la canción “Mujer idolatrada”. Me sirvió el refresco y preguntó: “¿A dónde vas?”, y le dije sonriendo: “No voy, me llevan”.
Continuamos por la calle de los Villalpando y doblamos hacia la calle donde está situada la casa de los hermanos Medina y al llegar a la puerta me paré y le pedí a Pilar un vaso de agua, y dirigiéndome a los policías les dije: “No sigo de aquí hasta que me traigan la orden por escrito de la Prefectura”. Insistieron en que siguiera y me resistí. Flores, que era cabo de la policía, le ordenó a su compañero que fuera a recoger la orden por escrito y ya solo con Flores penetré a la casa de los hermanos Medina, y al ver Pilar que Flores me apuntaba con la pistola para que no caminara hacia el interior, se interpuso entre los dos y trató de arrebatarle la pistola, cayendo Flores a una zanja que abrían en la pieza donde habíamos penetrado, y al verlo caer, pasé al patio y salté la barda contigua a la casa de la imprenta, y al estar yo sobre la barda alcanzó a hacer dos disparos que no me tocaron. De la casa de la imprenta pasé al corral de los Orozco y de allí, de barda en barda, llegué a la capilla que está en construcción, situada en la misma cuadra de la imprenta y me introduje en una pequeña bodega, donde estaban encimados materiales de construcción. Allí permanecí hasta las 9 de la noche, cuando salí por la parte posterior de donde se construye la iglesia y toqué a la casa de Antonio Cervantes, amigo de la escuela, y pedí me acompañara hacia Totolán, lo que hizo de buena voluntad.8
Pasó la noche al pie de un salate y amaneciendo estaba ya en casa; poco tiempo pudo permanecer ahí, pues la policía andaba tras él, por lo que durante tres días tuvo que esconderse en el tapanco de la casa de don Saturnino Gálvez, amigo de la familia. Encontrándose en esa situación, le llegó noticia que un grupo revolucionario al mando del general José Morales Ibarra había entrado en Sahuayo, de donde una parte de la tropa se desplazó hasta Jiquilpan. Fue Lázaro entonces a presentarse con el general Morales, ofreciéndole sus servicios.
De nuevo en filas
Al día siguiente, 21 de junio, salió el grupo hacia Sahuayo, con Lázaro ya formando parte de él.
El 22, pasado el medio día, entró el general Eugenio Zúñiga a Jiquilpan. El general Morales había hecho un pacto con el jefe de la Defensa de Sahuayo, presbítero Montes, que en principio se oponía a la entrada de Zúñiga, a quien temía por sus ideas avanzadas. Al otro día, Zúñiga dio la orden de avanzar hacia Sahuayo, tomando dispositivos para atacar. Morales, aunque se sabía con una fuerza inferior, tomó posiciones de defensa y al mismo tiempo solicitó al general Zúñiga una entrevista, quien comisionó a Cárdenas y a dos oficiales más para que le comunicaran se reuniría con él en la comunidad de La Yerbabuena, a medio camino entre Jiquilpan y Sahuayo. (Desconozco en qué momento y en qué circunstancias, en un tiempo tan corto, pasó Cárdenas de las órdenes del general Morales a las del general Zúñiga, bajo cuyo mando se había encontrado ya con anterioridad.)
Al encontrarse con Morales y para despejar sus dudas, Cárdenas le dijo que
[…] conocía a Zúñiga, que había formado parte de las fuerzas del general García Aragón, con quien militó en 1913. Que Zúñiga era hombre de orden y luchaba por principios. Que en realidad, de entrar a la población no dejaría las armas a los vecinos por haber sido hostiles a los grupos revolucionarios y que no convenía siguieran tomando medidas de resistencia por defender tan sólo a un grupo, que ya se había declarado partidario del Gobierno usurpador que presidía Victoriano Huerta. Me manifestó que tales medidas eran con el fin de que los vecinos sacaran las armas para recogérselas, dándome instrucciones de trasladarme a Jiquilpan y comunicarle al jefe Zúñiga sus propósitos en Sahuayo, comisión que cumplí, recibiendo órdenes de permanecer en Jiquilpan.9
A partir de ese momento el capitán Cárdenas quedó formando parte del Estado Mayor del general Eugenio Zúñiga.
Zúñiga y Morales se encontraron en La Yerbabuena. Después de conversar por más de dos horas, se dirigieron todos a Sahuayo, de donde salió Morales al día siguiente rumbo a Guarachita.
El día 25, en Sahuayo, se detuvo a 13 sacerdotes que habían distribuido armas entre el vecindario, que fueron trasladados a Jiquilpan. En esa población, en la madrugada del día siguiente, fue fusilado el jefe de la Acordada del Cerrito Pelón, hacienda anexa a la de Guaracha, que había capturado a cuatro soldados del cuerpo de Zúñiga, a los que colgó en las cercanías de la hacienda.
Los sacerdotes presenciaron la ejecución y al presentarse Zúñiga al lugar en que se efectuaba, recorrió con la vista a los sacerdotes y señalando a uno de ellos, le dijo al oficial que mandaba la escolta: “En seguida me ejecutan a este”. Entonces, el sacerdote que había señalado corrió hacia Zúñiga a implorar clemencia, exclamando: “¿Por qué se me va a fusilar?”, a lo que Zúñiga contestó: “Por bonito y por c…”. Se decía de dicho cura que había violado a varias muchachas. No se le hizo nada, fue sólo un susto con el que quiso Zúñiga impresionarlo. Desde la noche anterior se había citado a todo el personal del Estado Mayor para estar presente en la ejecución, que tuvo lugar en las paredes de la antigua casa de don Francisco Murguía, situada en la esquina de la misma calle de nuestra casa. Me levanté a las 5 de la mañana y le dije a mi madre que no saliera a la puerta, que yo volvería a las 7. Como la ejecución tuvo lugar a las 6, media hora después volví a la casa y encontré a mi madre en la puerta, observando que tenía lágrimas en los ojos, y al entrar, me dijo: “No hagas tú eso”.10
Zúñiga ordenó que los curas quedaran libres, lo que sucedió al otro día, el mismo en que las tropas bajo su mando dejaron Jiquilpan. Se inició entonces un recorrido de varias semanas, que empezó por las orillas de la laguna de Chapala y terminó el 23 de agosto en Coyoacán, Distrito Federal. En el trayecto se libraron varios combates, el más duro en Atequiza, Jalisco, en el que el Tercer Escuadrón del 22 Regimiento de Caballería, al mando del capitán Lázaro Cárdenas, fue el primero en hacer contacto con el enemigo. En el trayecto, también, se tocó Tlajomulco, la tierra de Zúñiga, se atravesó después por los estados de Michoacán, Guanajuato, Querétaro y México, hasta llegar a Chapultepec y al centro de la Ciudad de México, la que por primera vez vería el joven capitán.
Después de poco más de una semana en Coyoacán, el 3er. Escuadrón recibió órdenes de trasladarse a Xochimilco para reforzar a las fuerzas constitucionalistas que combatían a los zapatistas, que acechaban los pueblos de la región. Encontrándose en esta población, el 19 de septiembre, el capitán Cárdenas recibió copia del telegrama, fechado el 17, que dirigiera el general Eugenio Zúñiga al teniente coronel Nicolás Zúñiga, en el cual se le relevaba del mando del 3er. Escuadrón y se le ascendía al grado de mayor, con la encomienda de hacerse cargo del Detall del 22 Regimiento de Caballería.
La Convención
En los principales jefes de las distintas fuerzas revolucionarias se había ido creando conciencia de la necesidad de terminar con las luchas entre revolucionarios y lograr una verdadera pacificación del país. Lucio Blanco y 49 generales carrancistas más tomaron la iniciativa de constituir la Junta de pacificación, proponiendo al Primer Jefe convocar a los jefes de la División del Norte para reunirse y encontrar las formas de superar las diferencias existentes entre ellos. Carranza aceptó con reticencia que la Junta se dirigiera a los villistas, que respondieron estar de acuerdo en reunirse con quienes los convocaban, siempre y cuando fuera en un sitio neutral.
Carranza, por su lado, convocó a todos los administradores civiles y a los jefes revolucionarios a reunirse en la Ciudad de México el 1 de octubre. A su llamado respondieron los carrancistas, entre ellos los miembros de la Junta, que declararon que acatarían las resoluciones de la reunión en la capital, pero que también acudirían a Aguascalientes, donde se había convenido con los villistas instalar la Convención Revolucionaria, que sería únicamente de militares.
La Convención se instaló en Aguascalientes el 10 de octubre. Sesionó hasta el 9 de noviembre, pero no logró superar las diferencias entre las diversas fracciones revolucionarias: los villistas y los seguidores de la Junta de pacificación, que constituían una tercera fuerza dentro de la Convención, consideraban indispensable el retiro de Carranza para lograr la unidad revolucionaria y la pacificación del país; los delegados identificados con la Junta y no pocos constitucionalistas estimaban necesarias las renuncias tanto de Carranza como de Villa, que fue resolución mayoritaria de la asamblea, con los votos en contra de los carrancistas duros, que respaldaban incondicionalmente al Primer Jefe, y del representante personal de Villa, el general Roque González Garza.
Al comunicarse a Carranza la determinación de la Asamblea de declararse soberana, el Primer Jefe pidió que se le diera a conocer cuáles eran las facultades que entendía la Convención tener, con objeto de saber el alcance de esa soberanía. La Convención no dio ninguna respuesta al Primer Jefe, y se nombró una comisión que integraron los generales Obregón, Chao y Cesáreo Castro para que se entrevistara con Carranza.
Ante esa comisión Carranza se negó a reconocer la soberanía de aquella asamblea. Puso una comunicación a la Convención de Aguascalientes, haciendo reflexiones sobre los problemas latentes, declarando al final que si la Convención encontraba que Carranza ya no era necesario para la Revolución, el Primer Jefe declaraba estar dispuesto a retirarse, presentando su renuncia, si previamente se aceptaban las siguientes condiciones:
“a) Que se estableciera un gobierno preconstitucional apoyado por el Ejército Constitucionalista, que se encargara de realizar las reformas sociales y políticas que necesitaba el país, antes de que se estableciera un Gobierno plenamente constitucional.
b) Que el general Francisco Villa renunciara, no a la candidatura de presidente ‘que nadie le había ofrecido’, sino a la jefatura militar de la División del Norte, retirándose a la vida privada o saliendo del país en caso de que así lo decidiera la Convención, condición a la que Carranza también se sujetaría.
c) Que el general Emiliano Zapata debería renunciar a toda pretensión a puestos políticos, locales y federales, retirándose igualmente del país, y entregando a la Convención las fuerzas que lo reconocían como jefe.”
Agregaba Carranza estar dispuesto a cooperar a la resolución de los problemas existentes.
La Convención procedió a discutir las proposiciones de Carranza relacionadas con el general Villa. Éste manifestó a la Convención estar dispuesto a retirarse, pidiendo a la Convención que ordenara fueran fusilados al mismo tiempo Carranza y él, “para que los que queden a salvar la República conozcan los sentimientos de sus verdaderos hijos”.
Tras minucioso estudio del documento enviado por Carranza, la comisión propuso a la Asamblea el cese del Primer Jefe, y el de Villa como Jefe de la División del Norte, por convenir así a los intereses de la Revolución, y también se sugería a la Asamblea la inmediata designación de un presidente interino, quien protestaría ante la Asamblea, pidiéndose además un voto de gracias para Carranza y para Villa por sus altos servicios prestados a la Revolución, reconociéndose el grado de general de división a Carranza.11
Por otro lado, desde finales de octubre fuerzas villistas empezaron a rodear la ciudad de Aguascalientes y a principios de noviembre el general Ángeles, al frente de 7 mil hombres, entró a la ciudad. “No sólo constituyó esto un movimiento de tropas en violación a las reglas de la propia Convención; también canceló el llamado de la Convención a la neutralidad, dejándola caer como fruta madura en las manos de Villa”.12
Fueron intensos los debates y difíciles las negociaciones en el seno de la Convención. Pocos fueron los acuerdos. No hubo una repuesta a las condiciones que puso Carranza para renunciar a su jefatura. La Convención siguió sesionando como si el constitucionalismo, como fuerza política y militar que reconocía la autoridad del Primer Jefe, no existiera. En la búsqueda de salidas, se dieron las autopostulaciones para el cargo de presidente provisional de la República, de Eduardo Hay y Eugenio Aguirre Benavides, y propuestas como la de Juan Cabral, hecha por los delegados villistas; y, finalmente, el 5 de noviembre, el acuerdo por mayoría de los delegados eligió presidente provisional al general Eulalio Gutiérrez. Éste protestó el cargo al día siguiente y entre sus primeras decisiones se contaron pedir a Carranza le hiciera entrega del Poder Ejecutivo y relevar a Villa del mando de la División del Norte. En ese momento, los delegados carrancistas abandonaron la Convención, declarando que sólo reconocían a Carranza como Primer Jefe de la Revolución.13
Carranza, por su parte, había dejado la Ciudad de México el 1 de noviembre, por no sentirse con respaldo militar seguro en la ciudad ocupada por tropas al mando del general Lucio Blanco, que se manifestaba firme en su apoyo a la Convención.
El rompimiento definitivo se produjo cuando Eulalio Gutiérrez dio un ultimátum a Carranza, fijando el 10 de noviembre como la fecha límite para reconocer la autoridad de la Convención. El Primer Jefe no se molestó en contestarle. Gutiérrez en ese momento lo declaró en rebeldía y designó a Villa comandante en jefe de todas las fuerzas de la Convención Revolucionaria.
Los debates y las desavenencias de Aguascalientes concentraban la atención de los revolucionarios de las distintas fracciones; cada uno, en el lugar en el que se encontrara, no dejaba de mostrar su filiación, como lo hizo el recién ascendido a mayor Lázaro Cárdenas cuando anotaba, el 20 de noviembre, que el Primer Jefe había salido de la capital de la República hacia Córdoba, “donde seguirá sosteniendo los ideales del Plan de Guadalupe”.14
Al convenir todos los grupos revolucionarios en reunirse en Aguascalientes, la totalidad de los cuerpos militares quedó bajo el mando de la Convención. Fue así que el 22 Regimiento de Caballería recibió órdenes de trasladarse al norte, movimiento que emprendió en los últimos días de noviembre.
1 Lázaro Cárdenas, Apuntes, op. cit.
2 Ibidem.
3 Ibidem.
4 Ibidem.
5 Citado por otros autores como Casimiro Leco López o como Casimiro Leco.
6 Lázaro Cárdenas, Apuntes, op. cit.
7 Amigo de la familia, invidente.
8 Lázaro Cárdenas, Apuntes, op. cit.
9 Ibidem.
10 Ibidem.
11 Emilio Portes Gil, “Sentido y destino de la Revolución Mexicana”, en México 50 años de Revolución. T. III, La Política, México, Fondo de Cultura Económica, 1961.
12 Alan Knight, The Mexican Revolution, University of Nebraska Press / Lincoln and London / Cambridge University Press, 1986 [traducción del autor].
13 Alan Knight, op. cit.
14 Lázaro Cárdenas, Apuntes, op. cit.
3
Del constitucionalismo a la convención y vuelta al constitucionalismo
Rumbo a Sonora
Mientras se desarrollaban intensos debates en la Convención, en Aguascalientes, se llevaban a cabo también acomodos de los jefes revolucionarios en función de las fuerzas que mandaban y de los territorios bajo su influencia. Así, en Sonora, José María Maytorena, de la Convención, y Plutarco Elías Calles, constitucionalista, disputaban el control del estado; en Aguascalientes, por otro lado, Villa y Obregón, buscando aplacar aquel enfrentamiento, convinieron en enviar a Sonora al general Juan Cabral como gobernador y comandante militar.
Al convenir la totalidad de los grupos revolucionarios reunirse en Aguascalientes, todos los cuerpos militares quedaron subordinados a la Convención. Fue en esas condiciones que hacia finales de noviembre, la 8a. Brigada, que se encontraba en Xochimilco, recibió órdenes de trasladarse a Acámbaro, Guanajuato, cruzando el Distrito Federal y el occidente del Estado de México. En ese sitio se concentraba, bajo el mando del general Lucio Blanco, la División de Caballería del Cuerpo de Ejército del Noroeste, fuerte con 12 mil hombres, a la que había sido incorporada la 8a. Brigada al mando del general Eugenio Zúñiga, de la que formaban parte los Regimientos de Caballería 22 y 23, comandados, respectivamente, por los coroneles Nicolás Zúñiga y J. Mercedes Ruiz.
El general Lucio Blanco, al romperse la Convención por las desavenencias ya insuperables que se estaban dando en su seno, se alineó con firmeza del lado de ésta, y entre los reacomodos de fuerzas que los mandos militares de la Convención consideraron necesarios estuvo el que los contingentes de la división a su mando se distribuyeran en diferentes partes del país para reforzar a los jefes que, como él, habían reconocido a la Convención.
En esos días, el general Eugenio Zúñiga y su hermano Nicolás habían tenido que ausentarse de Xochimilco y dejar sus mandos, debido a que su madre se encontraba enferma de gravedad en su tierra, Tlajomulco, Jalisco, por lo que la brigada fue puesta bajo el mando del general Federico Morales, al que se ordenó moverse con esas tropas al estado de Sonora.
El general Federico Morales, anciano que por circunstancias de vieja amistad con algunos jefes de la Convención, convino con estos marchar con la columna a Sonora (nuestra columna quedó a su mando al ausentarse el general Zúñiga para ir a Jalisco a visitar a sus familiares), seguramente celebró acuerdo sabiendo ya el fin del general Zúñiga, acontecimiento que supimos hasta llegar a Chihuahua, ya entre las fuerzas de Villa que controlaba aquella zona.1
En Acámbaro se había formado la 4a. División Mixta, con varios regimientos de caballería de la división del general Lucio Blanco, con batallones de otras unidades y la 8a. Brigada, quedando al mando de este cuerpo los generales Ramón Sosa y Juan Cabral. Esta división recibió órdenes de trasladarse a Sonora para reforzar al gobernador convencionista José María Maytorena, embarcándose los contingentes en varios trenes en Acámbaro, para amanecer en Aguascalientes el 1 de enero de 1915, de donde continuaron a Casas Grandes, Chihuahua. Hasta ahí llegaron las tropas en ferrocarril. El 23 de enero la división estaba ya cruzando el Cañón del Púlpito para adentrarse al estado de Sonora y reforzar las fuerzas del gobernador Maytorena que sitiaban Agua Prieta, donde se había hecho fuerte el general Calles.
La División Mixta llegó a Sonora el 23 de febrero y se le destinó a reforzar el sitio que las fuerzas convencionistas habían tendido a la población de Agua Prieta. El 22 Regimiento, que había quedado al mando del teniente coronel Lázaro Cárdenas desde la partida del coronel Zúñiga a Jalisco, fue destinado al campamento de Anivácachi.
Previamente, el 20 de enero, José María Maytorena, en su calidad de gobernador constitucional y comandante militar del estado de Sonora, y el general Plutarco Elías Calles, comandante militar de las fuerzas constitucionalistas en Naco y Agua Prieta, considerando que se encontraban en una región fronteriza, habían suscrito en Naco, Arizona, un acuerdo para evitar daños a la población y a bienes norteamericanos. En ese acuerdo, el general Calles se comprometía a evacuar el puerto fronterizo de Naco, y Maytorena a no ocuparlo, para que permaneciera neutral y cerrado al tráfico y al comercio, “hasta que pueda tomar posesión de él un gobierno constituido en México, y reconocido, al menos, por los Estados Unidos, o que una de las facciones contendientes en el Estado, domine completa y sustancialmente a la otra”.2
En el acuerdo se establecía también que
[…] durante las operaciones militares de las facciones contendientes respetarán, respectivamente, los puertos de Nogales, en poder de las tropas Convencionalistas, al mando del señor Maytorena, y el de Agua Prieta, al mando del señor P. Elías Calles, Jefe de las tropas Constitucionalistas en el Estado, esto es, que dichas plazas, no serán atacadas por ningún motivo, así también como se evitará la lucha en cualquier población fronteriza que corresponda a una población americana, con objeto de evitar daños en territorio americano y exponer así las relaciones amistosas con los Estados Unidos.
[Se] conviene que para cumplir y para llevar a la práctica lo acordado en los artículos anteriores [proseguía el acuerdo], todas las tropas, al mando del señor Maytorena, operando actualmente en los alrededores de Naco, se retirarán a Cananea o Nogales, Sonora, a su elección y no molestarán en lo más mínimo a las tropas del señor P. Elías Calles, durante la desocupación de Naco y marcha hacia Agua Prieta; se acuerda también que durante las operaciones anteriormente mencionadas, las tropas del señor General P. Elías Calles no molestarán a las del señor Maytorena.3
Dos hechos, que tuvieron lugar en esos días, hirieron profundamente los sentimientos del joven Cárdenas: las muertes de quienes fueron sus primeros jefes en la Revolución.
El general García Aragón, presidente que fue de la Convención en Aguascalientes, fue sacrificado por órdenes de Zapata en la Escuela de Tiro de México, por dificultades viejas en el Estado de Morelos. Zapata pidió a Villa le entregara al general García Aragón y en cambio Zapata entregó a Villa un jefe que también Villa mandó fusilar.4
El general Zúñiga, revolucionario radical, amigo del constitucionalismo, fue sacrificado en unión de su hermano el coronel Nicolás Zúñiga, en Guadalajara, en el cuartel de El Carmen. En esos días se dijo que el general Zúñiga, jalisciense, obtendría del Primer Jefe, señor Carranza, órdenes para relevar al general Manuel M. Diéguez, gobernador y comandante militar de Jalisco y ante la agitación política que ello provocó, fue aprehendido el general Zúñiga en Tlajomulco, Jal., en unión del grupo de Estado Mayor que lo acompañaba y trasladados a Guadalajara se les internó en el cuartel de El Carmen, antiguo convento.
El general Diéguez visitó en la prisión al general Zúñiga y hubo un fuerte altercado entre los dos, reclamándole el general Zúñiga lo injusto de su aprehensión, y se dice que el general Zúñiga dio un fuerte golpe en la cara al general Diéguez, lo que ocasionó que la guardia, a bayonetazos, sacrificara al general Zúñiga y a su hermano Nicolás. Esta versión la dio el coronel Andrés Magaña, segundo jefe del Estado Mayor del general Zúñiga, superviviente del grupo prisionero en el cuartel de El Carmen.5
Por otra parte, los efectos del rompimiento de la Convención no tardaron en llegar a Sonora.
Al tener conocimiento los generales Sosa y Cabral de que el general Eulalio Gutiérrez, nombrado en la Convención de Aguascalientes presidente de la República, había renunciado y que el general Maytorena, gobernador y comandante militar del Estado de Sonora, al conocer la renuncia del general Eulalio Gutiérrez manifestó su adhesión al villismo, los generales Sosa y Cabral nos llamaron a una junta a los ocho jefes de los regimientos y batallones que formábamos la Cuarta División y ya reunidos en Cananea, nos manifestaron que habían acordado ellos y el general Morales trasladarse al puerto de Veracruz para ponerse a las órdenes del señor Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, y que los jefes de corporaciones de la propia división podíamos decidir si quedábamos del lado constitucionalista o nos incorporábamos a Maytorena. Les pedimos nos permitieran unas horas para cambiar impresiones y nos fue autorizado. Salimos de la habitación y en el parque de la propia población de Cananea discutimos si debían salir los generales Sosa, Cabral y Morales, abandonando sus fuerzas, o debíamos obligarlos a que siguieran al frente de la división. Hubo distintas opiniones y al final se acordó dejarlos salir. El coronel J. Mercedes Ruiz, jefe del 23 Regimiento, pidió retirarse con ellos por sentirse enfermo y la misma tarde del día de la reunión una escolta de 25 hombres de caballería del 22 Regimiento acompañó a los tres generales y al coronel hasta la frontera de Estados Unidos, frente al rancho El Papalote.6
En ese tiempo, consciente de su origen constitucionalista, el comandante del 22 Regimiento no dejó de considerar, junto con otros oficiales, la posibilidad de volver a su origen constitucionalista e incorporarse a las fuerzas sitiadas en Agua Prieta, lo que al tratar de realizarlo entrañaba el riesgo de chocar con las fuerzas sitiadoras, por lo que había que pensar bien cómo y cuándo se daba el paso. El 15 de febrero Cárdenas hizo para sí el apunte siguiente: “Hoy reuní secretamente a los oficiales Rafael Anaya, David Mejía y Baltasar Ramos para tratar la manera de unirnos a la guarnición de Agua Prieta [...]”7
En los últimos días de marzo los generales Sosa, Cabral y Morales cruzaron la frontera hacia Estados Unidos. “Desde El Paso, Juan Cabral escribió a Carranza, afirmando que no podía, en conciencia, tomar parte en una guerra civil renovada; cuatro meses más tarde podía encontrársele en Douglas (Arizona) ‘como siempre, sentado sobre una barda… peleando con su conciencia si debiera ser un gutierrista, o villista, o carrancista o quién sabe qué’”.8
El 27 de marzo hizo Cárdenas la siguiente anotación en su diario:
En la noche de este día recibí comunicación de Naco, Son del agente carrancista E. Carranza, dándome noticias del movimiento de tropas en el país y de los contingentes de la Segunda División que habían pasado la frontera. A las 9 de la noche de este mismo día en nuestro campamento de Anivácachi se me presentó un soldado, que formaba parte de uno de los puestos avanzados que vigilaba nuestro campamento, informando que el capitán José Obregón del 23 Regimiento, jefe de dicho puesto, lo había abandonado tomando el rumbo de Agua Prieta. Inmediatamente reuní a los oficiales para comunicarles el proceder de Obregón, que precipitaba el plan que teníamos trazado para el día 30, de incorporarnos a las fuerzas constitucionalistas que comanda el general Calles. Luego, tomé medidas para alejar del campamento al coronel Ruiz, a fin de disponer la marcha de las fuerzas del 22 y 23 Regimientos hacia Agua Prieta. El mayor Samuel Cárdenas comanda el 23 Regimiento y yo, con grado de Teniente Coronel, el 22. El coronel Ruiz es el jefe de ambas unidades. Cuando hablamos al coronel Ruiz de incorporarnos al general Calles, que representa el constitucionalismo a que pertenecíamos al reconocer la División de Caballería (al mando del general Lucio Blanco) a la Convención de Aguascalientes, el coronel Ruiz nos manifestó se sentía enfermo y prefería retirarse internándose a territorio americano, para presentarse en Veracruz al señor Carranza. Una vez que el 22 y el 23 Regimientos se pusieron en marcha, en compañía del capitán José Mora y de mi asistente Santiago Covarrubias, a todo escape nos acercamos a Agua Prieta, y a distancia de 3 km adelanté al capitán Mora con instrucciones de comunicar al general Calles nuestra decisión. Como no regresaba el capitán Mora me volví para encontrarme con las fuerzas que hallé a 8 km, continuando nuestra marcha rumbo a Agua Prieta. A las 3 de la mañana hicimos alto a 5 km de la plaza y a las 8 horas regresó el capitán Mora con un grupo de jefes y oficiales, invitándome a pasar solo ante el general Calles. Los acompañé hasta su Cuartel General y ya frente a él, le manifesté los antecedentes de nuestra presencia en Sonora; que formando parte de la División de Caballería del general Lucio Blanco, este jefe reconoció a la Convención de Aguascalientes, como lo hicieron también los principales jefes del Ejército Revolucionario de los distintos sectores: constitucionalista, zapatista y villista. Que en Acámbaro se formó la Segunda División Mixta9 al mando del general de división Ramón Sosa y como segundo el general Juan Cabral, con un contingente de 3 500 hombres, destinándose a Sonora para incorporarse al general José María Maytorena, gobernador del Estado y comandante de las fuerzas en la propia entidad, adicto entonces a la Convención. Que al llegar a Sonora fueron distribuidas las fuerzas de la Segunda División, señalándose al 22 y 23 Regimientos el Cañón de Anivácachi, distante 22 km de Agua Prieta. Para esa fecha los principales jefes del constitucionalismo, zapatismo y villismo, habían desconocido los acuerdos de la Convención y el gobernador Maytorena se había declarado villista. Parte de la división a la que pertenecíamos cubrió los puntos de Gallardo y Cabullona, correspondiendo a nosotros Anivácachi, cercando así al general Calles que estaba fortificado en Agua Prieta. Al darse cuenta los jefes de la división del desconocimiento de la Convención y de la actitud del gobernador Maytorena, la mayor parte de ellos pasaron la frontera y fueron a presentarse al señor Carranza en Veracruz, entre ellos el general Federico Morales que comandaba la brigada compuesta de cinco corporaciones, a la que pertenecían el 22 y 23 Regimientos. Manifesté al propio general Calles, que no habíamos tenido ninguna acción de armas desde la salida de Acámbaro hasta la fecha y ninguna adhesión o manifestación de solidaridad de parte nuestra al comando del gobernador Maytorena, ni sentimiento de ninguna naturaleza con él o con sus fuerzas adheridas al villismo. Que siendo nosotros de origen constitucionalista, que habíamos luchado en la Revolución bajo la bandera del señor Carranza, no hacíamos más que incorporarnos a contingentes afines. El general Calles nos recibió con agrado y dispuso la entrada de nuestra fuerza a la población de Agua Prieta, que la recibió con regocijo, siendo objeto de parte del señor general Calles, jefes, oficiales y tropa, de toda clase de consideraciones. El general Calles disponía en Agua Prieta de 800 hombres, la mayor parte de infantería, fracciones de caballería y una sección de ametralladoras, más un regimiento de caballería a las órdenes del valiente coronel Miguel Samaniego, que operaba por Moctezuma y Sahuaripa. Con el 22 y 23 se constituyó un solo cuerpo con el propio número 22, Regi
