El misterio

Diego Moraes

Fragmento

Guía del lector

Guía del lector

En un orden alfabético convencional, se relacionan a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra.

ACOSTA, Felizarda. Testigo en el juicio penal con motivo del crimen de la calle Chaná, autora de sorprendentes revelaciones.

ALMEIDA, Enrique. Alférez del Cuartel de Artillería de Plaza, principal acusado del homicidio de Tomás Butler.

BALLESTERO, Jorge H. Juez letrado del crimen en la primera instancia del proceso penal.

BUTLER, Tomás E. Joven militante del Partido Nacional, asesinado la noche del 14 de octubre de 1895 en la esquina de Chaná y Arenal Grande.

CLEMENTE, José. Guardia civil de la 5.ª Sección de Policía, prófugo de la Justicia.

CHARLONE, Benjamín. Comandante, principal detective de la Policía de Investigaciones.

FERNÁNDEZ, Agustín. Hermano menor de la familia Fernández Fisterra, indagado por su posible participación en el asesinato de Tomás Butler.

FERNÁNDEZ, Joaquín. Hermano mayor de la familia Fernández Fisterra, acusado de ser cómplice de Enrique Almeida.

FIGARI, Pedro. Abogado defensor del alférez Almeida, el protagonista principal de esta historia.

LEIRA, Agustín. Inspector de la Policía de Investigaciones, fiel ayudante del comandante Charlone.

MARTÍNEZ, Martín C. Director del periódico La Razón.

MARTÍNEZ, Victoriano M. Fiscal del Ministerio Público en la segunda y la tercera instancias del juicio.

MASSERA, José Pedro. Abogado defensor de Joaquín Fernández.

PACHECO, Amanda. Testigo en el juicio penal, autora también de impactantes declaraciones.

PARAVIS. Coronel, jefe de la Policía de Investigaciones.

PÉREZ GORGOROSO, Eugenio. Junto con José P. Massera, abogado defensor de Joaquín Fernández en la segunda y la tercera instancias del juicio.

PLATERO, Enrique. Fiscal del Ministerio Público en la primera instancia del juicio penal con motivo del crimen de la calle Chaná.

PONS, Lorenzo A. Sacerdote, capellán de la Penitenciaría de Montevideo.

RAMÍREZ, Carlos María. Ensayista, narrador y periodista de La Razón, abogado defensor del detenido Agustín Fernández.

RISSO, Juan J. Jefe de la 5.ª Sección de Policía de Montevideo, con jurisdicción sobre la escena del crimen.

RUY, Demetrio. Escribano público, actuario del Juzgado del Crimen.

SÁNCHEZ, Gregorio S. Jefe político de Montevideo.

En pleno fin de siglo XIX se desarrolla ante la justicia nacional el más grotesco á la vez que sangriento sainete. Á un prevenido á quien se le ha querido condenar de todas maneras, por los medios más absurdos y arbitrarios, al final de la jornada se le dice: «No sabemos cómo habéis cometido el crimen, ni nos importa saberlo». «No sabemos dónde habéis adquirido el arma homicida, ni nos importa saberlo». «No sabemos por qué habéis cometido el asesinato, ni nos importa saberlo». «¡Hablad! Estáis condenado». «¿No habláis? Tanto da: estáis condenado». ¡Esto parece cuento, y es una realidad como un templo!

Pedro Figari, Un error judicial (1899)

Libro primero
1895-1896

Capítulo I

Es difícil precisar cuándo comienza esta historia. En los relatos policíacos es común que el crimen se revele en las primeras páginas y que luego se indaguen sus motivos, entretelones y consecuencias. Tratándose, en ciertos aspectos, de una narración de detectives y policías, tal vez sea una buena idea emplear ese método para abordar los terribles acontecimientos sucedidos en Montevideo a partir de la noche del lunes 14 de octubre de 1895.

La víctima se llamaba Tomás E. Butler y tenía apenas veinte años; era más bien petiso, delgado, de rostro trigueño y anguloso, adornado por uno de esos cuidados bigotes que estaban de moda entre los varones del país. Activo militante del Partido Nacional, acérrimo opositor del gobierno colorado del presidente Juan Idiarte Borda, estaba afiliado al Club Juan P. Salvañach, del cual era tesorero. Viajaba con frecuencia a Argentina como enlace con la juventud nacionalista de la Liga Patriótica Oriental y mantenía correspondencia con Abdón Aroztegui, héroe de la batalla de Sauce. Sus correligionarios lo describían como un joven de temperamento apasionado, ardiente, audaz y, en ocasiones, peligrosamente exaltado.

Desde hacía tres días, Butler venía siendo tenazmente acechado por dos desconocidos. Este dato ha sido corroborado por infinidad de testigos. Sus perseguidores, según parece, eran dos. Trascendieron detalles exactos sobre estos hombres: uno de ellos era alto, flaco, canoso, de unos cuarenta años y fumaba pipa todo el tiempo; el otro era bajo, gordo, más joven. Hubiesen podido pasar perfectamente por padre e hijo. Ambos usaban trajes oscuros y sombreros de paño negro. Estos sospechosos sujetos no le daban un segundo de tregua a Butler. A donde fuera que el joven se dirigiera, lo vigilaban de cerca como si fueran su sombra. Incluso lo habían amenazado una vez en el puerto de Buenos Aires, cuando abordaba el ferry de regreso a Uruguay al término de una reunión política.

¿Quiénes eran los espías? Tomás Butler y su círculo más íntimo estaban convencidos de que pertenecían a la Policía de Investigaciones. El motivo de la persecución se repetía en voz baja en todas las esquinas de la ciudad. Parece ser que Butler estaba sindicado como uno de los principales responsables de haber colocado tres días antes en la puerta de la casona del legislador y expresidente Julio Herrera y Obes, por la calle Canelones, un cartel alusivo al aniversario de la frustrada insurrección ocurrida en la Unión en 1891, en la que murieron varios partidarios blancos. El cartel decía «11 de octubre» con grandes letras y mostraba un puñal ensangrentado. Pocos se animaban a dudar de que los esbirros del gobierno estaban tramando una venganza contra aquella ofensa y que tarde o temprano quisieran hacer «desaparecer» al joven Butler por causas políticas.

La jornada del 14 de octubre amaneció cálida y agradable, pero negros nubarrones en el horizonte presagiaban el temporal. Como todos los días, Butler salió de su casa, ubicada sobre la calle Sarandí, en la Ciudad Vieja, y se dirigió a la sede del Banco Anglo-Argentino, donde trabajaba como cajero. Llegó al banco a eso de las nueve de la mañana y cerca de las cuatro de la tarde se retiró a hacer unas diligencias al Banco de Londres, seguidas de una breve visita al Banco Río de la Plata. Regresó a su casa poco después de las cinco de la tarde. Durante todo el día, no pudo dejar de percibir la inquietante compañía de sus perseguidores, que parecían ya pisarle los talones.

A eso de las seis de la tarde, Butler salió otra vez de su casa rumbo a la vivienda de un amigo y correligionario suyo, don Juan Iglesias, domiciliado en la calle Alzáibar, entre Sarandí y la plaza Zabala. Notó caer las primeras gotas; al alzar la vista, vio que el cielo, encapotado y gris, amenazaba descargarse en un furioso aguacero. Juzgó prudente llevar un paraguas. Por las dudas, también acomodó en el bolsillo del chaleco un viejo revólver Smith & Wesson calibre nueve milímetros que le había regalado uno de sus hermanos, reliquia de los tiempos de la Revolución del Quebracho. Su confianza en ese envejecido aparato demostraba que sabía poco de armas, ya que aquello parecía más un juguete que un revólver, de tan pequeño que era.

Butler llegó agitado a la casa de Iglesias y le preguntó por él a su señora madre, que salió a recibirlo a la puerta de calle. Como esta le respondió que en ese momento su hijo no estaba, Butler sacó papel y lápiz del bolsillo y escribió una nota que decía: «Querido amigo, tengo urgente necesidad de hablar contigo; te espero a las ocho en el Retiro. No faltes. Tuyo, Tomás». Más tarde, al ser interrogada por las autoridades, la señora de Iglesias indicó que mientras el desgraciado joven escribía, miraba hacia uno y otro lado, presa de verdadera intranquilidad.

Después, Butler se dirigió al café El Retiro, un conocido establecimiento ubicado en la Ciudad Vieja, sobre la calle Primero de Mayo, justo al lado de la plaza Zabala. El local, conocido por su ambiente animado y su atención por parte de camareras, estaba lleno de parroquianos a esa hora de la tarde, en su mayoría, buscando refugio de la lluvia. Como aún faltaba un buen rato para la cita, pidió un café, una copa de coñac y la última edición de El Siglo.

No pudo, sin embargo, concentrarse en la lectura; un nerviosismo creciente lo consumía, se sentía amenazado por un peligro inminente. Su inquietud era tan intensa que no pasó desapercibida para las camareras de El Retiro, quienes al verlo tan triste y preocupado se aproximaron solícitas a consolar a Butler, a quien ya conocían por tratarse de un cliente habitual. Dos de aquellas señoritas, Antonia Balverde y Adela Castelli, le preguntaron qué le sucedía. Butler se negaba a dar explicaciones. Solo repetía, entre sollozos y titubeos, que sus horas estaban contadas:

—No hay remedio. Esta noche me van a matar…

Las señoritas, sin éxito, intentaron que ofreciera mayores explicaciones sobre las razones de su evidente inquietud; Butler, agarrándose la cabeza con desesperación, levantándose del asiento a cada rato para asomarse a la puerta y anticiparse a cualquier movimiento sospechoso, solo repetía que lo querían asesinar. En determinado momento, como si el temor le nublara el juicio, se quitó un anillo de oro con su monograma grabado y, con un gesto casi teatral, se lo entregó a Antonia Balverde, pidiéndole que lo guardara como recuerdo en caso de que algo malo le sucediera.

Al rato, apareció por fin don Juan Iglesias. Tras disculparse por la demora, arrimó una silla a la mesa donde su amigo lo esperaba. Butler le señaló un recorte del periódico en el que se aseguraba que la Policía había descubierto a los autores del cartel y que estos pronto habrían de recibir su castigo. Fue entonces cuando se produjo el siguiente diálogo, según la versión publicada por el periódico El Día en su edición del martes 15 de octubre de 1895:

—Estoy perdido, Juan, completamente perdido. Me siguen sin descanso; y lo hacen, sin duda, porque entienden que soy yo el del cartel.

—¿Andan por darte una paliza? —inquirió el amigo.

—Si no fuera más que una paliza, no sería nada…

—¿Y qué te van a hacer?

—Son capaces de todo. No me dejan ni a sol ni a sombra. Salgo para el banco y me siguen. Vuelvo y me siguen. Me detengo, y los veo a cierta distancia. Esa insistencia me dice a las claras que en cualquier momento me van a atacar. Y como al primer amago voy a contestar con una bala, no es difícil que concluyan conmigo, desde que también andan con armas de fuego.

—Entonces lo prudente sería que no anduviese solo. Yo y otros amigos lo vamos a acompañar en adelante. Por lo pronto, vete a tu casa y no salgas esta noche.

—No me acompañes. Déjame solo. Soy bastante hombre para bastarme a mí mismo.

—¡Pero se te pueden aparecer de un momento a otro!

—¡No importa! ¡Lo deseo! No quiero prolongar esta situación, no puedo soportarla más. Es necesario y estoy resuelto a todo.

Y al decir esto, el joven se manifiesta nervioso e indignado extraordinariamente.

Una de las camareras que se hallaban cerca de ambos amigos, enterada de lo que ocurría, dirijióse a Butler y trató de calmarlo, haciendo algunas reflexiones pertinentes. No hizo caso de ellas y respondió:

—Si me matan, que me maten. Esto no puede seguir así.

Y entonces dio un salto y salió a la calle.

Cuando se fue, las camareras prendieron una vela a la Virgen para que lo protegiera

Iglesias se apresuró a acompañarlo…

Los amigos alquilaron entonces un carruaje de los que hacían el circuito hasta la villa de la Unión, identificado con el número cinco y conducido por el señor Francisco Suárez. Curiosamente, sin embargo, no se dirigieron a la casa de Butler, que quedaba allí cerca, sino al local del club político nacionalista al que estaba afiliado, el Club Juan Pedro Salvañach, ubicado sobre la otra esquina de la plaza Zabala.

Al detenerse, Butler le pidió al cochero que lo esperara un momento. Luego, en compañía de Iglesias, ingresaron a la sede del club, donde se encontraron con otros dos correligionarios, los señores Augusto Cessio y Proverbio Tosi. Estuvieron conversando con ellos por espacio de varios minutos. Por supuesto, estos compañeros también se mostraron dispuestos a ofrecer protección a Butler, pero este seguía negándose con terquedad desconcertante. No era ningún cobarde, argumentaba, para necesitar escolta. «Estoy armado», dijo, mostrando el diminuto revólver, «dispuesto a afrontar cualquier eventualidad».

Tomás Butler volvió a subirse solo al carruaje y le indicó al cochero que enfilara por la calle 18 de Julio hasta la Unión. No obstante, al llegar a la esquina de Municipio, golpeó el cristal y le hizo señas a Suárez para que se detuviera. Se bajó y le preguntó cuánto le debía. El cochero respondió que el viaje costaba un peso. Butler lo consideró excesivo, protestó y ofreció ocho reales, asegurando que debía considerarse bien pagado con esa cifra. A continuación, con paso apurado, regresó en dirección oeste por 18 de Julio, doblando luego a la izquierda con dirección sur al llegar a la esquina de Arenal Grande.

Butler siguió caminando entonces en dirección a la casa de su novia, que vivía en la calle Chaná número 59, a pocos metros de la intersección con Arenal Grande. La novia de Butler tenía diecisiete años y se llamaba Ernestina Fernández Fisterra; era una de las hijas del matrimonio entre la señora Agustina Pueblas Fisterra y el señor Joaquín Fernández, antiguo diputado de Colonia, personaje respetado de la sociedad montevideana y que había fallecido poco tiempo atrás. La viuda de Fernández, una señora ya entrada en años y aquejada por algunos problemas de salud, vivía allí con Ernestina y cuatro de sus seis hijos: Joaquín, Etelvina, Sofía y María Luisa. Butler visitaba esa casa los jueves y los domingos; dejaba su carruaje a dos cuadras, en Arenal Grande y Brandzen, y permanecía allí a veces hasta la madrugada. ¿Por qué realizaba esta visita extraordinaria el lunes 14, cuando ya había estado allí la noche anterior, y detuvo su carruaje a once cuadras del sitio de siempre?

Al llegar, descubrió que todos los integrantes del hogar estaban reunidos en la sala principal, departiendo en amable sociabilidad, tomando el té y jugando a las cartas o a la lotería, en compañía de tres visitantes. El primero era un hermano de la señora de la casa, don Francisco Fisterra, apodado el Cojo, jubilado policial de unos sesenta años. También estaba allí el subteniente Usher, que prestaba servicio en el cuartel del 4.º de Cazadores, amigo de la familia y cortejante de la señorita Etelvina. Y el tercero era un personaje que habría de desempeñar un rol protagónico en este drama: el alférez Enrique Almeida. Se trataba de un joven de veintitrés años, de origen rural, vestido con uniforme militar, capote y espada. Su rostro era desconocido para Tomás Butler; aquella era la primera vez que se veían. Almeida le ofreció un cigarrillo a Butler, que este aceptó.

En determinado momento, cerca de las diez y cuarto de la noche, el alférez Enrique Almeida y el joven Joaquín Fernández Fisterra se despidieron y se retiraron, según dijeron, a un café.

Hasta ese momento, a nadie le había llamado la atención el comportamiento de Tomás Butler. Estaba algo más callado que de costumbre, es cierto, pero nada más. Sin embargo, cuando Enrique Almeida y Joaquín Fernández se retiraron, su actitud cambió por completo. Contó que lo perseguían, se mostró afligido, temblaba de miedo. Estas revelaciones no tomaron por sorpresa a Francisco Fisterra, quien, al estar al corriente de los rumores sobre la implicación de Butler en el asunto del cartel en la casa de don Julio Herrera y Obes, ya había advertido a la familia Fernández que la vida del joven corría peligro.

A lo lejos, el campanario del Asilo de Huérfanos y Expósitos Dámaso Antonio Larrañaga marcó las once y media de la noche. Tomás Butler afirmó entonces que debía marcharse, argumentando que quería alcanzar la última salida de la línea del tranvía a caballos de la Estación del Cordón. Vivía bastante lejos, dijo, y como sabía que lo venían siguiendo, caminar a pie era algo que prefería evitar. Ni siquiera quiso aceptar una taza de chocolate caliente que la dueña de la casa le ofreció para tranquilizarlo.

Excusándose cortésmente, Butler recogió entonces su sobretodo, su sombrero y su paraguas y se dirigió de apuro hacia la puerta de calle. La familia lo acompañó hasta el descanso de la escalera. Afuera, la persistente lluvia que había caído en la ciudad durante toda la tarde se había transformado en una tenue llovizna.

Afligida, la señorita Etelvina exclamó:

—¡Cómo me gustaría que lo acompañaran a Tomás!

Sin dudarlo, el subteniente Usher se ofreció a hacerlo. Butler, no obstante, rechazó el gesto. No tenía motivos para sumar precauciones, indicó.

Inquieta, doña Agustina abrió el balcón que daba a la calle Chaná para seguir a Tomás Butler con la mirada. Lo vio entonces cruzar hasta la acera opuesta de la calle, caminar unos metros en dirección al oeste hacia Arenal Grande y luego doblar la esquina a la derecha en dirección norte, como rumbeando para la avenida 18 de Julio. Iba con paso apurado, bien pegado a la pared, evitando los charcos y las gotas que caían de los árboles. La señora de Fernández lo perdió de vista cuando aquel dobló la esquina del almacén Africano, propiedad del vecino don Carlos Castiglione, a pocos metros del portón de entrada a un solar baldío.

De repente, doña Agustina P. Fisterra de Fernández escuchó unos pasos. Con creciente alarma, le pareció distinguir también a un individuo de traje claro, hasta entonces oculto en las penumbras de la noche, que cruzaba la calle Chaná a toda velocidad en dirección hacia Butler.

Casi al mismo tiempo, se oyó una fuerte detonación.

Estremecida, doña Agustina dio un terrible alarido.

Acto seguido, se encaró con el subteniente Usher y con voz temblorosa le imploró:

—No sé por qué, pero me parece que a Butler le ha sucedido una desgracia… ¡Vaya a ver, por favor!

Usher, sin perder un instante, corrió a toda velocidad en dirección al sitio desde donde había provenido el estampido. Al llegar junto al número 116 de la calle Arenal Grande, a la entrada del almacén Africano, cerca de un foco de luz eléctrica, halló una escena tan macabra que casi se le paralizó el corazón: el cadáver de Butler, tendido en medio de un gran charco de sangre, con la cabeza reventada por un disparo de arma de fuego.

Así tuvo lugar lo que, a partir de entonces, sería conocido en los periódicos de Montevideo como «El crimen de la calle Chaná» o —según preferían denominarlo los folletines sensacionalistas— «El misterio».

Capítulo II

Hacia fines del siglo XIX, el Estado Oriental del Uruguay era un verdadero polvorín.

Los conflictos políticos estaban a la orden del día. La superación del «militarismo» de Latorre y el advenimiento del «civilismo» no habían conseguido apaciguar los ánimos de las divisas, que quedaron muy caldeados desde la Revolución de las Lanzas. El modelo «colectivista» trazado por el presidente Juan Idiarte Borda y su predecesor, el doctor don Julio Herrera y Obes, a quienes se atribuían secretas vinculaciones, era resistido no solo por los grupos nacionalistas que disputaban el poder, sino también entre los partidarios colorados; entre sus detractores se contaba incluso al propio José Batlle y Ordóñez. Los jóvenes blancos, denunciando los excesos del gobierno, se organizaban en clubes políticos, tanto en Montevideo como en Buenos Aires, donde preparaban la lucha y la resistencia. La guerra civil se respiraba en el aire. Uno de los más exaltados de esos centros era, precisamente, el Club Juan Pedro Salvañach, del cual era tesorero Tomás Butler, considerado uno de sus miembros más dispuestos y entusiastas.

Su asesinato fue el fósforo que hizo explotar aquel barril de pólvora.

La mañana del martes 15 de octubre de 1895, cuando los principales diarios de Montevideo —El Día, La Razón, El Siglo, El Nacional, La Tribuna Popular y el Montevideo Times— se hicieron eco de la siniestra noticia, se produjo una verdadera conmoción. La forma en que se había sorprendido a un joven de apenas veinte años, en un barrio no muy apartado de la ciudad, sumada a la distinguida calidad social de la víctima, causó dolor, impotencia, rabia, y despertó pasiones adormecidas. Podría decirse que Montevideo estaba al borde de la histeria colectiva por causa del crimen. La muerte de aquel militante nacionalista se convirtió en el tema obligado de todas las conversaciones, de todos los telegramas, de todos los titulares periodísticos; a su alrededor se escribió una verdadera novela, llena de pasajes interesantes y episodios inverosímiles. Los diarios de oposición al gobierno de Idiarte Borda, en especial, denunciaron un hecho que presumían cierto: se trataba de un asesinato político, con el fin de atemorizar a las juventudes nacionalistas.

En el centro de la atención mediática se encontraron, antes que todo, los actores que cargaron sobre sus hombros la incómoda responsabilidad de conducir las investigaciones. Se hicieron así muy populares, por ejemplo, los nombres del doctor Jorge H. Ballestero, juez de instrucción de la causa en primera instancia; el doctor Enrique Platero, fiscal del Ministerio Público; el señor Gregorio S. Sánchez, jefe político de Montevideo; el coronel Paravis, jefe de la Policía de Investigaciones; y el señor Juan J. Risso, jefe de la 5.ª Sección, con jurisdicción sobre la escena del crimen. La prensa denominó a estas figuras, genéricamente, como los «jueces» o los «magistrados». Otros nombres que empezaron a sonar a raíz del homicidio fueron los de los dos principales detectives del caso: el comisario Benjamín Charlone y su fiel ayudante, el inspector Agustín Leira, ambos de la Policía de Montevideo.

Las pesquisas por ellos realizadas permitieron conocer qué fue lo que sucedió en los instantes posteriores al homicidio.

Después de que el alférez Usher encontró el cadáver de Butler tirado en la calle, acudieron junto a él los demás integrantes de la familia Fernández Fisterra, angustiados en lágrimas y lamentos por la desgracia sucedida al querido amigo.

Casi enseguida llegó al lugar del hecho el guardia civil de la 5.ª Sección José Clemente. Este funcionario se hallaba en su puesto, a unas dos cuadras del sitio donde se cometió el crimen, cuando oyó un estruendo que le pareció un disparo de arma de fuego, por lo que corrió de inmediato a averiguar qué ocurría. Al llegar a la calle Arenal Grande esquina Chaná, encontró un grupo de mujeres que lloraban. Conversando con ellas y con el teniente Usher, se enteró de que allí acababan de matar a un amigo suyo. El guardia civil tocó entonces llamada de auxilio, a la que respondieron el comisario Juan J. Risso, su segundo, el joven Indalecio Núñez, el oficial inspector de servicio y varios agentes policiales. Estos quedaron custodiando el cadáver de Butler, mientras José Clemente, montando un caballo del inspector de servicio, se dirigía a la seccional para buscar una camilla. Una hora después, ya estaban presentes en el lugar los principales investigadores de la Policía, el jefe político y el médico de guardia, el doctor Felippone.

Trascendieron también jugosos detalles sobre el teatro del crimen.

El cadáver de Butler yacía boca abajo, extendido de forma longitudinal en el centro de la vereda, un poco hacia el norte del portón que daba acceso al solar del vecino Castiglioni. Las ropas estaban en orden, sin rozaduras, contusiones ni manchas que indicaran algún tipo de arrastre. El brazo derecho aparecía algo flexionado, oculto bajo la región abdominal. El paraguas, por su parte, descansaba en el borde de la vereda, alineado con el cuerpo. El muerto exhibía una tremenda herida en la frente; la bala parecía haber impactado cerca del nacimiento del cabello y atravesado la cabeza con un leve ángulo descendente. El sombrero mostraba el ala delantera quebrada y aún permanecía encajado en la cabeza del cadáver, como si el disparo brutal lo hubiese clavado en el cráneo.

En el bolsillo del chaleco las autoridades encontraron el pequeño Smith & Wesson calibre nueve milímetros de Butler, evidencia de que la víctima fue tomada tan de sorpresa que ni siquiera tuvo tiempo a reaccionar.

Un dato curioso es que junto al cadáver del joven Butler, debajo del sobretodo y a la altura del estómago, se encontró una segunda arma. Era un revólver de grueso calibre, doce milímetros, cuya culata mostraba una señal reciente, a juzgar por el aspecto de la madera: tres rayitas paralelas. El arma tenía todas sus cápsulas cargadas, salvo una que estaba vacía, lo cual llevó a suponer que se trataba del arma homicida. Este hallazgo desconcertó a los pesquisantes. La principal hipótesis que se manejó fue que el asesino había intentado despistar a las autoridades dejando el revólver junto al cadáver, una vez consumado el crimen, para hacer creer que Butler se había suicidado. La precipitación con que debió actuar le habría impedido registrar el cuerpo, como sí lo hizo la Policía, y descubrir que Butler iba armado.

El examen de la cartera hallada en el bolsillo de la víctima ofrecía detalles de gran interés. En su interior se encontró una divisa blanca y celeste, algo desteñida y rota —probablemente de la época de la defensa de Paysandú, obsequio de algún correligionario—, y una medalla dorada con el busto de Leandro Gómez. Había además un retazo de papel en el que figuraba escrita la siguiente leyenda: «¡Patria! Mi anhelo es verte libre». Se trataba, como puede apreciarse, de un bagaje de alto simbolismo político, síntoma de que la pasión por el partido ocupaba por completo el alma de aquel adolescente. En uno de los pliegues de la cartera se encontró también un retrato de Ernestina Fernández Fisterra, la novia del infortunado Tomás Butler, lo cual revelaba que, pese a los avatares de la lucha política, aún tenía espacio para el amor.

Como no podía ser de otra manera, la prensa se encargó también de difundir los testimonios de los primeros testigos interrogados por los «jueces», aunque, a decir verdad, estos poca luz pudieron arrojar sobre el hecho de sangre.

El subteniente Usher habló de su llegada al sitio del crimen y de las circunstancias en que encontró el cadáver. No se veía un alma en los alrededores, dijo; la calle estaba desierta. Interrogado por la Policía para que contara lo que sabía sobre los supuestos perseguidores de Butler, poco o nada pudo decir. Él conocía los rumores, por supuesto, pero no atinaba a dar con las causas que hubieran impulsado al asesino a cometer semejante crimen. No le conocía enemigos a Butler; si él se había ofrecido a acompañarlo, fue solo cosa del momento, no porque temiera de antemano que le sucediera alguna desgracia. Agregó también que Butler no parecía hombre para ser asesinado, aunque aclaró que ignoraba cuáles son los requisitos para que lo asesinen a uno y que nunca se le había ocurrido pensar que los asesinados pertenecen a un determinado grupo social.

La señora Agustina P. Fisterra de Fernández manifestó más o menos lo mismo. Por más que lo intentaba, precisó, no atinaba a dar con la causa del crimen. Indicó que en su casa Butler se encontraba muy animado, como le sucede con frecuencia a aquel sobre quien la muerte empieza a proyectar su sombra. Sus hijas, las señoritas Ernestina, Etelvina y María Luisa, estaban tan afectadas que no se les pudo tomar declaración.

Por su parte, el vecino don Carlos Castiglione, propietario del almacén Africano, en cuya vereda de la calle Arenal Grande fue encontrado el cadáver de Butler, manifestó que, por estar dormido, ni siquiera oyó la detonación del arma de fuego y que esto mismo les sucedió a su señora, a su hermano Ambrosio y a un inquilino que habitaba una pieza contigua.

También se tomó declaración a algunos parroquianos que habían estado aquella noche en el almacén Africano: Andrés Gatto, propietario de la fábrica de chocolate ubicada en la calle Chaná número 55; Antonio Castiglione, domiciliado en Chaná número 88 y hermano del almacenero Carlos; Luis Asti, de la calle Chaná 80; y Jaime Roca, de Chaná número 82… Todas estas personas dijeron haber estado hasta muy tarde de la noche, ya en el almacén Africano, ya en las puertas de sus casas, pero no advirtieron ninguna persona rondando por allí. Cuando oyeron la detonación, no vieron correr ni pasar a nadie. Otros vecinos de la cuadra, como Valles y Conde, tampoco vieron ni oyeron nada.

Los correligionarios del Club Salvañach, con expresión ensombrecida, aseguraron que Butler era perseguido por la Policía y no dudaban de que su muerte fuera un crimen político del gobierno, aunque no estaban en condiciones de aportar el nombre de ningún responsable. El club, que hizo manifestaciones de duelo por la muerte de su tesorero, le puso un gran crespón a la bandera oriental, a la que colocó a media asta. La Policía, en cumplimiento de disposiciones vigentes, ordenó que se le quitara el crespón a la bandera y que esta se colocara en su posición natural.

Las camareras de El Retiro Adela Castelli y Antonia Balverde solo atinaron a asegurar a la prensa y las autoridades que Butler parecía asustado y que en más de una ocasión les expresó sus temores de ser asesinado por sus tenaces perseguidores.

El cochero, el señor Francisco Suárez, afirmó que no tenía la menor idea de lo que le pudo haber sucedido a Tomás Butler después de que lo dejó en la esquina de 18 de Julio y Municipio, es decir, a once cuadras del lugar del hecho.

Sí se conoció un detalle singular. La mañana del martes 15 de octubre de 1895 estaba prevista la realización de la revista de comisario policial, por lo cual la noche previa, el lunes 14, el servicio estaba funcionando en régimen de excepción. Por tal motivo, no se encontraba en su habitual parada en la esquina de Lavalleja y Arenal Grande —es decir, a menos de una cuadra de la escena del crimen— el guardia civil que generalmente estaba de facción allí. Esta coincidencia, como es de suponerse, despertó un sinfín de suspicacias y encendió las alarmas sobre la posibilidad de un complot maliciosamente organizado para encubrir el crimen.

Los misterios se multiplicaban. Todo lo relacionado con el crimen se encontraba, al día siguiente del suceso, envuelto en las más densas tinieblas. Algo sí era seguro: se consideraba necesario capturar a los responsables.

El Nacional publicaba en letras mayores la siguiente advertencia:

A LA POLICÍA

Interesa sobremanera a la policía de la capital hallar a los autores del cobarde asesinato cometido en la noche del último lunes y en la persona del malogrado joven Tomás E. Butler.

Y si el hecho no se descubre, si los autores no son hallados, no sería extraño que la conciencia pública agregue un nuevo nombre al nombre de los mártires de un credo y de un ideal.

No acusamos, repetimos tan solo lo que está en todos los cerebros y en todas las bocas.

No acusamos, pero si el crimen queda en el misterio, si los miserables que han muerto por sorpresa y con traición a un niño, bien conocido por el noble exaltamiento de sus ideas, quedan impunes y no son hallados, la acusación vendrá, que no hemos de callar por cobardía, lo que por decoro de la especie humana y por parecernos forzosamente monstruoso, no queremos repetir ni aun creer.

Investigue la policía. A ella, sobre todo, a la de seguridad, le conviene aclarar ese misterio que causa espanto. Le conviene, ¿oye bien?

Otros diarios, como La Razón y El Día, más serenos y exhortando a la calma, relativizaron la tesis del asesinato político; el motivo del crimen, especulaban, podría ser una venganza privada, un asunto pasional, incluso un suicidio. Sin embargo, también presionaron a la Policía, ¡y mucho!, para que avanzara en sus indagaciones. Pero aunque los jueces no se daban un momento de reposo y a pesar de que se practicó un sinfín de diligencias y que se anunciara una y otra vez que se estaba siguiendo una pista que pronto podría conducir a la verdad, las horas pasaban y los asesinos seguían en libertad.

El martes 15 de octubre, en horas de la tarde, practicado ya el reconocimiento, el cadáver de Tomás fue llevado a la casa de su señor padre, don Ruperto Butler, situada en la calle Sarandí número 155, donde se realizó el velorio. En el ataúd, el cuerpo estaba expuesto envuelto en una mortaja blanca, con el cabello peinado de forma tal que cubría la herida en la frente.

El miércoles 16 de octubre por la mañana tuvo lugar el entierro en el Cementerio Central. Allí mismo se le realizó la autopsia al cadáver, a cargo del doctor Florentino Felippone, acompañado por sus colegas Taglie y Gorlero.

El Directorio del Partido Nacional concurrió en pleno de luto. El cortejo, integrado por los socios de los varios clubes nacionalistas, ocupaba más de dos cuadras y una verdadera multitud, estimada en más de mil personas, asistió a la necrópolis para tributar homenaje a la víctima. El féretro fue totalmente tapado de coronas; las más grandes provenían de los clubes Bernardo P. Berro, Defensa de Paysandú y 11 de Enero. Una corona con cintas blancas y letras de oro decía: «Los empleados del Banco de Londres y Río de la Plata». Otra gran corona con lazos de seda violeta y letras doradas rezaba: «Los empleados del Banco Británico a nuestro malogrado amigo Tomás Butler». Similares inscripciones aparecían en las cintas de las coronas del Banco Anglo-Argentino y el Banco Comercial. Además, el Club Juan Pedro Salvañach envió una gran cruz de dos metros de alto con una tarjeta que decía: «¡Viva el Partido Nacional!».

En el sepelio hicieron uso de la palabra el doctor Luis Alberto de Herrera, en su calidad de integrante de la redacción de El Nacional; Pedro C. Aladio, del Club Salvañach; y el joven Lorenzo Cerone, buen amigo de Butler. Cerró la oratoria el bachiller Octavio Ramos Suárez, en nombre del club Bernardo P. Berro, exaltando las generosas aspiraciones de su malogrado correligionario con estas encendidas palabras:

La santidad de nuestra causa redentora fue triunfando con la santidad de las aspiraciones populares, y ella no se rompe quebrando a sus unidades componentes, cualquiera que sea su categoría.

Vosotros, jóvenes de quienes todo lo espera la patria, que poseéis el vigor y robustez que brinda la primavera de la vida y que sois capaces de albergar en vuestras almas las nobles pasiones que fueron la diadema que circundó la frente de nuestro amigo Butler, tomad ejemplo en su vida, inspiraos en las enseñanzas de su carácter leal, altivo y generoso, y jurad sobre su cuerpo sagrado que si criminales corrompidos han querido estrangular en su garganta la voz ardiente del patriotismo, si han pretendido apagar el fuego de nobles entusiasmos y defraudar esperanzas que se yerguen en el horizonte amenazantes, jurad que esos brazos homicidas hallarán en cada uno de vosotros otras tantas víctimas que sacrificar.

Semejantes expresiones, en aquel contexto de brutal confusión, ansiedad y agitación, significaban un ultimátum. Apremiaban las publicaciones, se hostigaba a las autoridades, se exigía con vehemencia el nombre del asesino y se imploraba a viva voz la aplicación de un castigo ejemplar. Los «jueces» estaban con el agua al cuello. No podían ya excusarse en su impotencia. Los semblantes de los funcionarios revelaban a las claras sus torturas morales, fruto de la enorme presión ejercida por la prensa y la población. Todo era incertidumbre, y la incertidumbre crea pánico. El caso era por dem

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