El día del golero

Jorge Señorans

Fragmento

El día del golero

Convivir con el dolor no debe ser una tarea sencilla. Aprender a sufrir cargando la amargura del gol es algo que solo ellos sienten en su real dimensión. El puesto no permite margen de error.

Son raros, distintos, y hasta alguno de ellos expresó que: «Para ser arquero hay que estar un poco loco». Sin ir más lejos, Hugo Orlando Gatti solía declarar que el arco era un «puesto para bobos», pero añadiendo con su ironía que: «En el puesto de los bobos, yo soy el más vivo».

¿Por qué un libro de arqueros? Porque habitualmente, y salvo contadas excepciones, son los grandes olvidados.

La gente no recuerda un campeonato por la gran actuación del arquero, o por una atajada puntual, lo recuerda por el jugador que aporta el gol del triunfo. Y así será eternamente.

Los goleros lo asumen con total naturalidad. Tienen claro que forma parte del puesto que eligieron. Un puesto para el que hay que tener mucho amor propio, temple, y un particular diálogo interno.

Estos hombres son distintos. Son de otra madera. Tienen una gran resistencia y un enorme sentido de pertenencia por el puesto que defienden.

Desde chicos conviven con situaciones extrañas que los llevan a adquirir una madurez diferente.

Son distintos desde la vestimenta hasta en los entrenamientos que realizan. Se forman entre pelotazos de sus propios compañeros y gritos de gol hirientes que invaden sus oídos. Son tan diferentes que viven a su manera la felicidad del gol.

El recorrido por estas páginas me permitió conocer historias de hombres que tocaron el cielo con las manos y bajaron a tierra sin que se les cayera ninguna estrella.

De otros que convivieron durante muchos años, y sin egoísmos, bajo la sombra del arquero titular a sabiendas de que debían entrenar y trabajar para no jugar.

De «locos» que hicieron sus genialidades en el arco brindando espectáculos. Y de otros que conocieron y compartieron momentos de su carrera con personajes del mundo tan disímiles como Gadafi, Pablo Escobar Gaviria, el Rey Pelé, y Zinedine Zidane.

Ser arquero no es para cualquiera. Estos hombres pueden afirmar, con total convicción, que la pasión por el arco la perderán «el día del golero».

LA CAMA MALDITA

El extraño mito de la habitación 6 de la concentración de Peñarol. Un lugar al que nadie quería ir y que terminó afectando a tres arqueros en una misma temporada.

¿Brujería o mito? En lo más profundo de Los Aromos, la concentración de Peñarol, hay una leyenda oculta. La de la cama de la pieza 6. Una maldición que durante años persiguió al equipo y que, curiosamente, «atacó» a los arqueros del club.

Las pruebas son contundentes: en 2008 se lesionaron dos goleros, uno de ellos ni siquiera había debutado oficialmente, y otro fue a sacar del arco en un partido, le pegó a la tierra, y se comió un gol. Creer o reventar…

En el mundo del fútbol son comunes las cábalas y las creencias. Hay futbolistas que se aferran a una cadenita, un amuleto, o jugar siempre con la misma ropa, hasta la interior.

En Peñarol, son conocidas algunas de las historias de don Hugo Bagnulo, un entrenador que antes de cada partido mandaba a un jugador al baño, o le pedía a otro que cantara si lo había hecho previo a un triunfo. También era común que, cuando llegaba al banco de suplentes, se pusiera piedritas en la boca.

Más acá en el tiempo, en la época del segundo quinquenio de Peñarol, los jugadores tenían que divisar un carro tirado por caballos antes de llegar al Estadio Centenario.

Cierta vez el ómnibus fue avanzando por Camino Maldonado y nada. El carro no aparecía. El sudor empezó a correr por la frente de los más cabuleros, entre los que se encontraba el capitán Pablo Javier Bengoechea.

«Se avanzaba en el ómnibus y el carro no aparecía. No saben lo que fue aquello... Si no veían un carro, los jugadores entraban mal a la cancha. Entonces le empezaron a pedir al chófer que aminorara la marcha», contó el profesor Gonzalo Barreiro. «Estábamos llegando al Centenario y el carro nada. Los jugadores se empezaron a volver locos, a los gritos. ¿Qué gritaban? Que parara. ¡Paren el ómnibus!», agregó Barreiro entre risas. Finalmente, por las inmediaciones del Centenario, apareció el bendito carro.

Pero en el año 2008 otros eran los López. Peñarol había agarrado la bajada y llevaba muchos años sin ganar un campeonato, razón por la cual comenzó a correr el rumor de una maldición en la concentración de Los Aromos. Una vieja leyenda que impedía ganar. La de la pieza 6.

¿De dónde venía el cuento? El mito se le atribuía a un jugador que maldijo al club cuando lo echaron.

Aquel año todas las habitaciones de la concentración de Peñarol disponían de dos camas. Todas menos una: la 6. Allí había tres camas. El primer día de concentración el cuerpo técnico distribuyó a los jugadores en las piezas y a la 6 fueron el argentino Matías Manrique y Federico Pérez.

Los jugadores con más años en el club ya tenían conocimiento del cuento, lo que generó dudas en Pérez cuando llegó la hora de tirarse a dormir una siesta: «Es verdad, con Matías fuimos con ciertos miedos porque la habitación ya tenía su historia», reveló el jugador.

PRIMERA VÍCTIMA

Después de una ardua negociación los dirigentes de Peñarol lograron cerrar la incorporación de Damián Frascarelli, arquero que el año anterior había sido figura destacada en Miramar Misiones.

En plena pretemporada Damián llegó a Los Aromos y el día que le tocó entrenar en régimen de concentración, pidió para ir a descansar a la habitación 6, ya que conocía a Federico Pérez.

El arquero llegó y comenzó a acomodar la ropa cuando sus compañeros de habitación le avisaron de la leyenda que circulaba sobre el lugar que iba a ocupar: «Mirá que esa cama no la utilizaron más porque han pasado cosas...», le dijeron Federico Pérez y Matías Manrique a Frascarelli.

Pero el arquero alejó los fantasmas y respondió con seguridad: «Yo no creo en esas cosas, soy más fuerte que cualquier superstición. No pasa nada. Voy a dormir acá».

Fue así que el golero descansó sin complejos en la referida habitación y en la cama en cuestión. A los pocos días Peñarol viajó a Hong Kong a jugar una serie de partidos amistosos.

Y ocurrió lo inesperado… «El primer día que llegamos a Hong Kong me rompí los ligamentos cruzados», reveló Frascarelli.

«Fue increíble. El Frasca llegó y cuando le tocó ocupar la famosa cama dijo a las risas que no pasaba nada. Pero dos semanas después se rompió la rodilla. Pah, ahí entramos a dudar de la cama», expresó su compañero de entonces, Federico Pérez.

SEGUNDA VÍCTIMA

Los dirigentes de Peñarol, ante el inminente inicio del Torneo Clausura, salieron de apuro al mercado y a los pocos días lograron incorporar al golero de Rampla, Nicolás Biglianti, para cubrir la baja de Frascarelli.

El jugador se sumó al plantel de Peñarol, que en ese entonces conducía técnicamente Gustavo Matosas, que no llegó a finalizar la temporada, ya que fue destituido y en su lugar asumió Mario Saralegui.

En su primera concentración en Los Aromos a Biglianti lo mandaron a dormir a la única habitación que disponía de una cama libre: la 6. Cuando llegó, sus compañeros lo pusieron en estado de alerta: «Nico, ojo con esa cama», le dijeron. Pero Biglianti, como había pasado con Frascarelli, no prestó atención al cuento.

El arquero arrancó el Torneo Clausura como dueño del arco mirasol. Sin embargo, la felicidad duró apenas dos fechas. De cara a la tercera jornada, contra Juventud de Las Piedras, el diablo metió la cola en Los Aromos y en un entrenamiento Biglianti se fracturó una mano.

Creer o reventar. En dos semanas Peñarol perdió a sus dos goleros. Los dos habían estado en la famosa habitación 6. La situación determinó que el cuerpo técnico tuviera que ascender al juvenil Gonzalo Araña Salgueiro.

AHÍ NO ME ACUESTO

«Yo nunca había concentrado, ni pretemporada había hecho, y cuando me llamaron la única cama libre era esa», rememoró Gonzalo Salgueiro haciendo referencia a la leyenda.

Resulta que el primer día que le toca concentrar, el arquero puso un pie en la habitación 6 y se plantó: «¡Yo en esa no me acuesto!», dijo con firmeza. Estaba claro que el mito había llegado a sus oídos.

Pero el problema era que no había otra habitación con cama disponible. ¿Qué hizo el arquero? Sacó el colchón y lo tiró al piso. ¡Sí, aunque cueste creerlo! El golero titular de Peñarol durmió el resto del año en el piso.

«No recuerdo si el técnico sabía de esto, pero el mito lo sabíamos todos y yo dije ahí no me acuesto, prefiero dormir en el piso. Imaginate… había ido Frascarelli, y se lesionó, llegó Biglianti, y se lesionó, y cuando me tocó dije: ni en pedo me acuesto ahí», expresó Salgueiro.

Federico Pérez recordó que, debido a aquella particular situación, estaban todos apretados en la pieza porque además de las tres camas, había un colchón en el piso.

Lo cierto es que Salgueiro atajó todo el año hasta que, en un partido contra Tacuarembó previo a las finales frente a Defensor Sporting, salió a cortar un centro, se le escapó la pelota de las manos, y le hicieron el gol. Perdió el puesto.

Pero aquello no fue todo. Tiempo después, en un partido contra Defensor por la Liguilla, el guardameta fue a sacar del arco, le pegó a la tierra, y la pelota le quedó servida a un rival que anotó un gol increíble.

CAMISETAS A SANTIGUAR

La situación generó tal inquietud que un día apareció uno de los goleros del plantel y dijo que conocía a una señora que podía realizar un trabajo para terminar con la mala suerte.

Fue entonces que los buzos de los arqueros fueron llevados a santiguar.

«Si mal no recuerdo fue Biglianti el que llevó la ropa a una señora que hacía trabajos», expresó Salgueiro, pero sin confirmar el dato.

Es que muchos conocían la leyenda, pero pocos se animaban a hablar. El día que le pregunté a Carlos Bueno sonrió y trató de eludir el tema diciendo: «No sé, preguntale a otro…».

A la hora de hablar de aquel mito, Gonzalo Salgueiro contó que estaba relacionado con un exjugador que se fue mal del club. Ese futbolista dormía en la habitación 6 y utilizaba la camiseta con el mismo número.

«Cuentan que el día que se fue dijo que algo malo le iba a pasar a todo el que ocupara su lugar, por así decirlo, y coincidió que los arqueros que se lesionaron dormían en esa cama», expresó Salgueiro.

Federico Pérez aportó otro dato referido a que, cuando el zaguero Carlos García debutó en Peñarol jugó con la camiseta número 6. Ese día se hizo un gol en contra y lo expulsaron. Después se la puso Alejandro Lago y se fracturó la nariz.

Sin embargo, hay otra leyenda que se atribuye a una «“bruja” que en el año 2004 echó cenizas en los guantes de un arquero», según reveló el sitio EstoesPeñarol.com.

Lo cierto es que, después de aquella derrota 0-3 contra Defensor, todo el estadio silbó a Salgueiro y nunca más fue citado. Para el año siguiente, bajo la conducción de Julio Ribas, llegó Pablo Cavallero. El argentino atajó todo el Apertura. Para el Clausura, el DT lo sacó y puso a Sebastián Sosa. Previo al clásico se lesionó. Ribas salió a enfrentar a Nacional con Gonzalo Noguera en el arco. A los 26 minutos se lesionó. ¿Y quién entró?: Cavallero. Pero al partido siguiente, contra Cerro, lo echaron a los 35 minutos. Terminó atajando Fernando González. Increíble.

¿QUÉ PASÓ CON LA CAMA?

Aquellos fueron tiempos duros para Peñarol. Tan es así que el arquero Damián Frascarelli reveló que la cama de la famosa pieza 6: «La sacaron y la prendieron fuego».

Para dar más crédito a su versión, Frascarelli comentó que cuando volvió al club en 2015, en la habitación «maldita» solo había dos camas. «Y yo ni loco me metía ahí», comentó entre risas.

Carlitos Bueno agregó: «Creo que la tiraron abajo esa pieza». Y apelando a su picardía comentó entre risas: «No voy a decir nada porque yo nunca creí en esas cosas».

Gonzalo Salgueiro, que vivió en carne propia la maldición, reconoció que esa habitación fue complicada. A su entender, el mito condiciona al jugador desde el punto de vista psicológico. «Capaz que no tuvo nada que ver la leyenda, pero te sugestiona. De hecho, ese año desfilamos cuatro arqueros por el arco de Peñarol y a los cuatro nos pasaron cosas. No hay dudas, ahí había cosas extrañas…». Creer o reventar.

NAVARRO Y MONTOYA

EL LOCO NAVARRO Y SU CUÑADO MONTOYA

Dos arqueros que fueron parientes y atajaron en Rampla. Uno se hacía pasar por pastor de una iglesia, y el día que lo vendieron llegó borracho a firmar el contrato, y el otro marcaba el área con algodones. ¡Qué personajes!

El Loco Navarro entraba a la cancha y marcaba el área con algodones. Pero la costumbre más extraña que tenía era atajar la pelota y hacerla rebotar contra el travesaño. A Hugo Bagnulo, técnico de su equipo, le ponía los pelos de punta. Cuando se fue, el arco de Rampla quedó en manos de su cuñado, Montoya, otro personaje que se hacía pasar por pastor de una iglesia.

Ricardo Jorge Navarro llegó a Uruguay en 1964 para defender el arco de Defensor procedente de Atlético Nacional de Colombia.

El hombre no tardó mucho en comenzar a mostrar algunas de sus excentricidades. Navarro hacía las delicias de los hinchas porque atajaba de gorra y cada vez que salía a cortar una jugada del rival se la sacaba para cabecear generando el griterío de la tribuna.

Pero lo más curioso que hacía en la viola era enterrar un algodón en la mitad de la raya del área chica.

Al año siguiente, el Loco Navarro pasó a Rampla Juniors donde se encontró con un entrenador de la vieja escuela como Hugo Bagnulo.

Y para don Hugo, un tipo serio y sobre todo aferrado a las cábalas, encontrarse con un personaje de estas características fue toda una aventura plagada de travesías. ¡Lo volvió loco!

Navarro se vestía siempre de negro y jugaba con unos zapatos que parecía que los había encontrado en un tacho de basura, rememoró su excompañero José Pérez.

«El Loco era un personaje. Entraba a la cancha con un paquete de algodones y marcaba el área y el punto penal. Armaba como una vía de tren con los algodones y los ponía en puntos claves para tener referencias», reveló Pérez.

Pero, claro, cuando los rivales se avivaron de que Navarro se guiaba por los algodones, se los corrían de lugar. Y se armaba cada lío…

El técnico Hugo Bagnulo tenía como cábala hacer entrar a los jugadores de Rampla a la cancha con el pie derecho. Jamás con el izquierdo. Pero el Loco hacía lo que quería y el entrenador de los picapiedras empezó a lidiar con las costumbres de Navarro.

A modo de ejemplo, don Hugo se pasaba recorriendo el vestuario para levantar los trozos de algodón que el arquero dejaba desparramados por el piso.

Otro elemento de discordia era la gorra negra con la que atajaba Navarro. Los rivales se empezaron a dar cuenta de que, si le sacaban la gorra, el arquero de los picapiedras se volvía loco.

El expresidente de Rampla, José Luis Corbo, definió a Navarro como un personaje que tenía salidas insólitas: «Era un gran atajador, recuerdo un partido en el Estadio Centenario contra Peñarol donde fue espectacular su actuación, pero tenía una cantidad de comportamientos alocados. Salía jugando al estilo Manicera y la gente de Rampla se volvía loca».

Juan Ángel Betteato, otro jugador que vistió la camiseta rojiverde y fue compañero del argentino, no dudó en afirmar que Navarro fue el primer golero que vio sacar con los pies de aire y poner la pelota donde quería.

Lo cierto es que el Loco fue un baluarte en la campaña que realizó Rampla Juniors en 1964. Aquella temporada los picapiedras pelearon arriba en la tabla. En la última fecha se jugaban el vicecampeonato en la cancha de Defensor. Por aquellos tiempos ser vicecampeón era un honor al grado tal que al referido equipo se lo conocía como «el campeón de los chicos».

El partido en cuestión estaba empatado cuando los violetas ejecutaron un tiro de esquina. Cuando la pelota llovió al área, Navarro chocó con Ronald Langón. La gorra del Loco voló por el aire. ¡Para qué! El arquero picapiedra salió a buscar al 9 de la viola y le pegó tremenda trompada. Lo echaron y Rampla quedó sin golero. Al arco fue el Peta Ubiña.

EL RECUERDO DEL PETA

Luis Ubiña fue compañero del Loco Navarro en Rampla Juniors y no lo olvida... En una entrevista con la Revista Deportes, el Peta comentó sobre el golero argentino.

«En Rampla había un cuadrazo. En el último partido de ese año jugábamos contra Defensor en el Franzini y Cerro, que nos pisaba los talones, lo hacía en el Tróccoli. Me acuerdo de que atajaba el Loco Navarro, un argentino que enloquecía a don Hugo Bagnulo. Padre de [Carlos] Navarro Montoya, que posteriormente sería el arquero de Boca. Era flor de arquero, pero le daba por hacer cosas raras. Tenía la extraña costumbre de que, cada vez que atajaba una pelota, la hacía picar en el horizontal, y después la agarraba de nuevo. ¡Para qué! Don Hugo no paraba de gritarle. Le decía de todo. Pero el Loco no hacía caso. Resulta que en ese último partido, a los cinco minutos del segundo tiempo, lo echan por pegarle una piña a Langón. Por algo le decían el Loco Navarro… Bagnulo me llama y me dice: “Pedile el buzo al trastornado ese y andá al arco”. Y fui. Terminamos ganando 4 a 2 y Cerro perdió».

El historiador de Rampla Juniors, Miguel Aguirre Bayley, estaba en la cancha aquella tarde y rememoró la incidencia: «Fue sobre el arco que da a la playa, yo estaba con mi padre y mis hermanos en la tribuna de pasto que había en el Franzini. No había asientos, ni nada, y me parece estar viendo al Peta Ubiña calzarse los guantes y atajar un par de pelotas complicadas porque habían expulsado al Loco».

Aquella expulsión fue determinante para la salida de Navarro de Rampla. Lo curioso del caso es que el arco pasó a manos de su pariente, Ruben Montoya. Otro personaje de ribetes increíbles…

EL PASTOR MONTOYA

Montoya, cuñado del Loco Navarro, era otro personaje desopilante. Se hacía pasar por reverendo de una iglesia y el día que lo vendieron apareció mamado a firmar el acuerdo.

El expresidente del club, José Luis Corbo, reveló que Montoya solía decir que era pastor de una iglesia en La Teja. «Una vez pasé por frente a la casa y estaba en la puerta, parecía Jesucristo», recordó Corbo para dar paso a una anécdota.

«Un día voy a la cancha de Rampla y Montoya me presenta a la compañera que tenía sentada al lado como su esposa. A los veinte días vuelvo y resulta que me presenta a otra mujer como la esposa. Era tremenda ficha», contó entre risas.

Cierta vez Corbo estaba descansando en su casa cuando recibió una llamada de Jefatura de Policía para informarle que Montoya estaba detenido. ¿Por qué motivo? Andaba circulando en una motoneta que había sido robada. «Era un mentiroso… Aquel día de la motoneta me metió cualquier historia, pero resulta que la moto la había robado en Córdoba y se la trajo», comentó el expresidente de los picapiedras.

Aquella temporada Rampla se había atrasado en el pago de los salarios de los jugadores y cuando se puso al día la noticia salió en los diarios. El equipo estaba en pleno entrenamiento, cuando por detrás del arco del pastor aparecieron dos o tres acreedores para cobrarle. «Y empezó a gritar: ¡Es mentira! ¡Los diarios mienten!», recordó su excompañero José Pérez.

Aquel equipo picapiedra era dirigido por un histórico como William Martínez, campeón de América y del Mundo con Uruguay y Peñarol. Un día el técnico entró al vestuario con un par de botines nuevos para regalar. Cuando lo vio, Montoya primereó: «¡William, justo me hacen falta un par de zapatos!». A lo que el entrenador respondió con una pregunta: «¿Cuánto calzás vos?». La respuesta de Montoya dejó a todos de cara: «Del 35 al 45 me quedan todos bien».

Pero la más insólita de todas fue el día que lo vendieron a Barcelona de Guayaquil.

Los directivos de Rampla que llevaron adelante la negociación llegaron a un acuerdo con sus pares del club ecuatoriano. Una vez que depositaron el dinero de la ficha, los dirigentes de Barcelona quedaron en pasar a buscar al jugador por el estudio del doctor Corbo.

«Recuerdo que lo citamos a las 11 de la mañana», comenzó diciendo Corbo. «A la hora señalada, con los tipos esperando, Montoya no llegaba. A las 11.15 nada. A las 11.30 le digo a una secretaria del estudio si podía bajar a ver si andaba en la vuelta. Allá como a las 12 me llama la secretaria y me dice: “Acaba de llegar Montoya, pero lo tuve que meter en el baño porque tiene una mamúa bárbara”».

Corbo se quería morir. La gente de Barcelona estaba esperando para viajar con el jugador y el tipo se

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos