Índice
Cubierta
El fin de la pobreza
Agradecimientos
Prólogo de Bono
Introducción
1. Retrato de familia mundial
2. La extensión de la prosperidad económica
3. Por qué algunos países no consiguen prosperar
4. Economía clínica
5. Hiperinflación a gran altura en Bolivia
6. El retorno de Polonia a Europa
7. Recoger tempestades: la lucha de Rusia por la normalidad
8. China: ponerse al día tras medio milenio
9. Las reformas de mercado en la India: el triunfo de la esperanza sobre el miedo
10. Los moribundos sin voz: África y las enfermedades
11. El milenio, el 11-S y las Naciones Unidas
12. Soluciones sobre el terreno para erradicar la pobreza
13. Qué inversiones hay que realizar para erradicar la pobreza
14. Un pacto global para acabar con la pobreza
15. ¿Pueden los ricos permitirse ayudar a los pobres?
16. Mitos y soluciones mágicas
17. Por qué debemos hacerlo
18. El reto de nuestra generación
Obras citadas
Lecturas complementarias
Créditos de los pasajes
Notas
Biografía
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
A Sonia Compañera de vida, inspiración, maestra y mi mejor amiga
Agradecimientos
Los presentes agradecimientos deben cumplir una doble función. Al escribir este libro, he contado con innumerables apoyos, actos de generosidad y consejos. Ahora bien —y quizá eso sea lo más importante—, al enfrentarme a los desafíos de nuestra sociedad global y nuestro mundo profundamente dividido, he contado con la ayuda de colegas, maestros y dirigentes entregados. Ahora tengo una excelente oportunidad de agradecerles toda una vida de compañerismo y apoyo.
Empiezo, como es natural, por mi familia: mi esposa Sonia, mis hijas Lisa y Hannah y mi hijo Adam. Ha sido un esfuerzo familiar, a lo largo de veinte años, que ha conllevado replantearse las «vacaciones» para ir a escuchar a papá mientras imparte una conferencia más en una sala sofocante de un pueblo de África oriental. Sonia ha sido mi guía, mi inspiración, mi maestra de diagnóstico diferencial y mi colaboradora en estudios sobre desarrollo, de algunos de los cuales ha sido coautora. Mis hijos, estoy orgulloso de decirlo, han visto todos los rincones del mundo en vías de desarrollo y han aceptado personalmente el desafío del desarrollo mundial. Su asombro ante lo que vemos juntos es mi inspiración para luchar por un futuro para ellos. En todo este esfuerzo familiar, la sabiduría de mi suegro, Walter Ehrlich, el buen sentido de mi madre, Joan Sachs, y el ávido interés de mi hermana, Andrea Sachs, han desempeñado un papel fundamental a la hora de mantenernos en el buen camino. Otro tanto ha hecho la imperecedera guía moral de mi difunto padre, Theodore Sachs, que consagró su inmenso talento como abogado y su gran energía a la lucha por la justicia social.
Durante veinte años, he tenido la suerte de ser bien recibido en todas las regiones del planeta y contar con colegas que me han acompañado a la hora de comprender las condiciones y desafíos locales y hacer encajar esos retos en el escenario general del mundo. Mis primeros colegas en Bolivia fueron Daniel Cohen y Felipe Larraín, compañeros de toda la vida en aventuras intelectuales. David Lipton dejó el Fondo Monetario Internacional (FMI) para unirse a mí en el trabajo en América Latina y Europa del Este, y luego pasó a desempeñar un brillante papel en la economía política internacional durante la administración Clinton. Wing Woo me ha instruido sobre Asia durante un cuarto de siglo y ha sido mi guía en muchas y valiosas empresas, en las que hemos actuado conjuntamente como autores y asesores. Nirupam Bajpai ha mostrado su constancia y acierto como perspicaz observador, estudioso, colaborador en distintos trabajos y consejero sobre todos los aspectos de las extraordinarias reformas de la India durante la pasada década.
La mejor manera de llegar a ser un asesor económico de éxito es aconsejar a los gobiernos que tienen éxito. He tenido la inmensa suerte de poder hacerlo. Mi primera aventura fue en Bolivia, bajo la extraordinaria dirección del ya fallecido presidente Víctor Paz Estenssoro y su hombre de máxima confianza en asuntos económicos, Gonzalo Sánchez de Lozada, que posteriormente también sería presidente del país. Ambos me enseñaron acerca de la política práctica de las reformas económicas exitosas y el valor de la honestidad y el amor al país para lograr éxitos políticos más generales. En Polonia, Larry Lindenberg desempeñó un papel fundamental en mi presentación a los extraordinarios dirigentes de Solidaridad, entre ellos Adam Michnik, Jacek Kuron, Bronislaw Geremek y, por supuesto, Lech Walesa. Leszek Balcerowicz, el valeroso y brillante líder de las reformas polacas, nos dejó en buen lugar a todos. Admiro al ya veterano presidente de Polonia, Aleksander Kwasniewski, con quien estoy en deuda por el honor que nos hizo a Lipton y a mí al concedernos una de las más altas condecoraciones civiles de su país, la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito. El presidente de Eslovenia Janez Drnovsek no solo me instruyó acerca de la enrevesada política de los Balcanes durante los últimos veinte años, sino que también me inspiró con su liderazgo y me honró con la posibilidad de contribuir al nacimiento de Eslovenia como Estado independiente. En Rusia, quiero dar las gracias a mi colega en tareas de asesoramiento Anders Aslund y rendir un especial homenaje a tres reformadores que lucharon valerosamente contra las graves dificultades a las que se enfrentaban: Yegor Gaidar, Boris Fedorov y Grigori Yavlinski.
Mi tarea en África ha tenido la suerte de contar con la ayuda y la orientación de un gran número de colegas y líderes africanos. Estoy especialmente agradecido a Calestous Juma, Dyna Arhin-Tenkorang, Wen Kilama, Charles Mann y Anne Conroy. Mis fervientes esperanzas sobre África se ven alimentadas por el gran número de dirigentes enérgicos y clarividentes que he visto a lo largo y ancho del continente, lo cual contrasta con la tópica visión desinformada estadounidense sobre el modo en que se gobierna en África. En particular, me gustaría dar las gracias a la nueva generación de líderes democráticos africanos que están señalando el camino, entre ellos el ex presidente Alberto Chissano, de Mozambique; el presidente Mwai Kibaki, de Kenia; el presidente John Agyekum Kufuor, de Ghana; el presidente Olusegun Obasanjo, de Nigeria; el ex vicepresidente Justin Mulawesi, de Malawi; el presidente Festus Mogae, de Botswana; el presidente Abdoulaye Wade, de Senegal, y el primer ministro Meles Zenawi, de Etiopía.
El planeta se mantiene unido, por más que sea de modo precario, gracias a la clarividencia, el liderazgo y la lucha de aquellos dirigentes que están comprometidos con un mundo de justicia, igualdad e imperio de la ley. El más grande de ellos es el secretario general de la ONU, Kofi Annan, cuya discreta determinación ha contribuido a evitar que el mundo se precipitara al abismo en los últimos años. Otra gran líder es Gro Harlem Brundtland, que me concedió el honor de prestar servicio a la Organización Mundial de la Salud (OMS) durante su ejercicio como directora general de la misma. La Comisión sobre Macroeconomía y Salud de la OMS ayudó a mostrarnos el camino para ampliar las inversiones básicas en favor de los pobres. Mis colegas en dicha comisión son líderes inigualables en sus respectivos campos, y entre ellos había las siguientes personas: Manmohan Singh, el actual primer ministro de la India; Richard Feachem, director del Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria; Supachai Panitchkadie, director general de la Organización Mundial del Comercio, y Harold Varmus, director del Centro Oncológico Memorial Sloan-Kettering.
Las agencias de la ONU están repletas de dirigentes caracterizados por su talento y dedicación, y en años recientes he tenido el honor de colaborar estrechamente con ellos: Mark Malloch Brown, administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que ha sido paladín del Proyecto del Milenio de la ONU desde el principio; Joseph Chamie, director de la División de Población de la ONU; Zephirin Diabre, administrador adjunto del PNUD y mi guía en lo tocante a las economías del Sahel africano; el ex director gerente del FMI y actual presidente de Alemania, Horst Kohler, que durante su ejercicio en el FMI insistió con vehemencia en una mayor justicia mundial en la asignación de los recursos; Anna Tibaijuka, la extraordinaria dirigente, nacida en Tanzania, de UN-HABITAT (Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos); Klaus Topfer, el jefe siempre genial del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y Jim Wolfensohn, el valeroso y enérgico líder del Banco Mundial. También estoy agradecido por la maravillosa camaradería de los economistas jefes del Banco Mundial Nick Stern y François Bourguignon, y del economista jefe del FMI, Raghuram Rajan.
Muchas de las ideas específicas acerca del modo de erradicar la pobreza mundial han surgido del trabajo del Proyecto del Milenio de la ONU, que tengo el honor de dirigir y en el cual me he inspirado ampliamente para escribir este libro. El proyecto habría descarrilado nada más empezar sin el liderazgo certero y entregado de John McArthur, mi colega de cada día en el empeño. John y yo, por nuestra parte, hemos contado con un secretariado impresionante, del que formaban parte Chandrika Bahadur, Stan Bernstein, Yassine Fall, Eric Kashambuzi, Margaret Kruk, Guido Schmidt-Traub, Erin Trowbridge y los ayudantes permanentes Alberto Cho, Michael Faye, Michael Krouse, Luis Javier Montero, Rohit Wanchoo y Alice Wiemers.
Los directivos de los grupos de trabajo del Proyecto del Milenio de la ONU, así como los científicos y expertos en política que colaboran con ellos, son mis maestros y guías en los campos interrelacionados de la agronomía, la gestión del agua, la climatología, los sistemas energéticos, el control de enfermedades y otras áreas de interés central para la reducción de la pobreza y el desarrollo a largo plazo. Afortunadamente, muchos de esos maravillosos científicos de talla mundial son colegas míos en el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia. Me complace expresar un agradecimiento especial a los colegas de Columbia Deborah Balk, Wallace Broecker, Bob Chen, Lynn Friedman, James Hansen, Klaus Lackner, Upmanu Lall, Roberto Lenton, Marc Levy, Don Melnick, Vijay Modi, John Mutter, Cheryl Palm, Allan Rosenfield, Josh Ruxin, Pedro Sánchez, Peter Schlosser, Joseph Stiglitz, Awash Teklehaimonot, Ron Waldman, Paul Wilson y Stephen Zebiak, que han desempeñado un papel fundamental en la ampliación de mi comprensión de los desafíos del desarrollo sostenible. El ejemplar rector de la Universidad de Columbia, Lee Bollinger, ha dado su firme apoyo al Instituto de la Tierra en este y otros proyectos, y le estoy agradecido por ello. También doy las gracias a todos los coordinadores y miembros de los grupos de trabajo por hacer del Proyecto del Milenio de la ONU la obra extraordinaria que ha sido.
Nadie ha hecho tanto como el incomparable Bono por abrir los ojos de millones de admiradores y ciudadanos a la lucha común por la igualdad y la justicia mundiales. Le estoy agradecido por su prólogo al libro, por su talento como líder que ha conectado mundos que de otro modo habrían permanecido separados y por recoger las energías y compromisos de esos vínculos recién forjados. Los estrechos colaboradores de Bono, Jamie Drummond y Lucy Matthews, son estrellas excepcionales de la sociedad civil mundial. Entre otros taumaturgos del fomento de la justicia mundial que me han ayudado generosamente en mis actividades se cuentan el filántropo y financiero de talla mundial George Soros y los pioneros de la sanidad pública Paul Farmer, Jim Kim y Bruce Walker.
Es un tópico decir que este libro no habría sido posible de no ser por… pero a veces esos tópicos son completamente ciertos. Margarethe Laurenzi, diestra escritora y colaboradora editorial desde el principio de este proyecto, me ha proporcionado un apoyo incomparable, sugerencias expertas y comentarios editoriales que nos han mantenido bien encaminados y al día. Gordon McCord es un inestimable y apreciado ayudante en lo que se refiere a todos los aspectos de mi tarea en el Instituto de la Tierra y el Proyecto del Milenio de la ONU, incluido el trabajo minucioso en todas las partes de este libro. Gordon va a ser también, sin duda alguna, uno de los líderes de su generación en los desafíos del desarrollo sostenible. Winthrop Ruml se sumó al equipo proveniente de Harvard a mediados de 2004, y ha sido un miembro clave del proyecto desde su llegada al Instituto de la Tierra. Martha Synnott se encargó de mi despacho durante los dos decenios que abarcan los acontecimientos descritos en este libro, hasta 2003. Ji Mi Choi me ofreció una inestimable ayuda el año siguiente, y ahora Heidi Kleedtke gestiona el caos controlado que me permite combinar mis obligaciones en la ONU, el Instituto de la Tierra y otros proyectos y programas que se extienden a lo largo y ancho del mundo.
Varios colegas y amigos leyeron el manuscrito con gran atención y creatividad, y evitaron que hubiera errores, malentendidos o lagunas problemáticas. Les doy en especial las gracias a Diane Asadorian, Nirupam Bajpai, David Lipton, Will Masters, Staci Warden, Wing Woo y Jeannie Woo, por su generosidad al dedicarme tiempo y clarividentes sugerencias. También doy las gracias a Bob Edgar y sus colegas del Consejo Nacional de Iglesias de Estados Unidos, por responder a preguntas sobre el tradicional compromiso cristiano con la reducción de la pobreza mundial.
Andrew Wylie, agente literario extraordinario, me ayudó a concebir este libro, su estructura y su lógica como un modo de ampliar la comprensión mundial de la oportunidad que tiene nuestra generación de poner fin a la pobreza extrema. Scott Moyers, mi editor en Penguin Press, aportó la orientación y el apoyo constantes, claros y profesionales que permitieron llevar el proyecto a buen término (ello incluye también al enorme y experto equipo de trabajo de Penguin Press, necesario para realizar un esfuerzo de producción tan magistral). Les estoy agradecido a ambos.
Prólogo
Dos hombres duermen uno junto al otro durante un largo viaje a África, literalmente —y por suerte— por encima de los nubarrones. Uno va perfectamente afeitado y está rodeado de papeles desparramados por doquier; traje negro mate, ligeras ojeras por la falta de sueño, pensamientos demasiado grandes incluso para su gran cabeza. El otro es un personaje más desastrado y bohemio. Sin afeitar, descuidado, no es posible que lleve solo unos días sin meterse en la cama: su rostro es juvenil, pero cualquiera diría que tiene más años; un claro ejemplo de por qué el exceso de viajes en avión puede ser malo para la salud. Cuando despierta, una azafata le pide un autógrafo. Confuso y divertido, él señala al tipejo de traje negro rodeado de papeles. Ese soy yo. Permítanme que me presente. Me llamo Bono y soy una estrella del rock convertida en estudiante. El hombre que me acompaña es Jeffrey D. Sachs, el gran economista y, desde hace unos años, mi profesor. Con el tiempo, su autógrafo tendrá mucho más valor que el mío.
Déjenme que les cuente cómo empezamos este viaje. Su origen se remonta a antes de que Jeff Sachs asumiera la dirección del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia; a antes de que se trasladara a Nueva York para convertirse en asesor especial del secretario general de la ONU, Kofi Annan. Se remonta al momento en que Jeff Sachs me concedió un título de posgrado por la Escuela Kennedy de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, en Cambridge (Massachusetts). Mi gran amigo Bobby Shriver me había aconsejado que me reuniera con él para que tuviera conocimiento de causa de lo que hablaba cuando acudiera al Capitolio con el fin de presionar en nombre de Jubileo 2000 a favor de la condonación de la deuda contraída por los PMD (países menos desarrollados) con los países ricos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), como parte de las celebraciones del nuevo milenio. Entraría en el mundo de los acrónimos de la mano de un hombre que podría hacer una sopa de letras con ellos. Una sopa que apetece comer; una sopa que, si se ingiriera adecuadamente, permitiría que mucha más gente comiera mucha más sopa.
El hambre, las enfermedades y la pérdida de vidas que comporta la pobreza extrema son una afrenta para todos nosotros. Para Jeff se trata de una ecuación difícil pero que se puede resolver. Una ecuación que combina el capital humano con el financiero, los objetivos estratégicos del mundo rico con un nuevo tipo de planificación en el mundo pobre.
Soy un cantante con cierto oído para las melodías. Las grandes ideas tienen mucho en común con las grandes melodías: poseen cierta claridad e inevitabilidad, son pegadizas… No te las puedes quitar de la cabeza, te importunan constantemente… Las ideas de este libro no constituyen exactamente una sesión de canto a coro, pero poseen un gancho que ustedes no olvidarán: el fin de la pobreza. Se trata de un desafío difícil de ignorar.
Jeff resulta difícil de ignorar. En charlas y conferencias he tenido que salir a escena después de él, y es como si los Monkees salieran después de los Beatles. Su voz es más sonora que cualquier guitarra eléctrica, más potente que el heavy metal. Posee una pasión operística, y físicamente tiene mucha presencia, es vigoroso. Su retórica no está exenta de desmesura, pero su lógica posee rigor. Quizá Dios le haya dado una voz con amplificador incorporado, pero lo que prevalece son los argumentos.
No solo es vigoroso: está enfadado, porque sabe que muchas de las crisis del mundo en vías de desarrollo podrían evitarse. Ver a la gente haciendo cola para morir a razón de tres por cama —dos encima y uno debajo— en un hospital de las afueras de Lilongwe (Malawi), y saber que ello no tiene por qué ser así es demasiado para la mayoría de nosotros. Yo estoy abatido, pero él es creativo. Es un economista capaz de hacer cobrar vida a unas estadísticas que, al fin y al cabo, originalmente correspondían a vidas. Puede levantar la mirada de los números y ver rostros a través de las hojas de cálculo, familias como la suya que se mantienen unidas en penosas migraciones a los confines del mundo. Nos ayuda a comprender lo que significa realmente lo incomprensible: la muerte diaria de quince mil africanos, víctimas de enfermedades que se pueden prevenir y tratar —sida, malaria, tuberculosis—, por falta de unos medicamentos que nosotros tenemos asegurados.
Esa cifra por sí sola pone en ridículo la idea a la que muchos de nosotros nos aferramos con fuerza: la idea de la igualdad. Lo que está sucediendo en África desbarata nuestras creencias convencionales, pone en duda nuestra preocupación y cuestiona nuestro compromiso con el concepto en su conjunto. La razón es que, si somos sinceros, en modo alguno podemos concluir que alguna vez se permitiría que semejante mortandad masiva, día tras día, sucediera en cualquier otro lugar. Desde luego, no en América del Norte, ni en Europa, ni en Japón. ¿Un continente entero estallando en llamas? En el fondo, si de verdad aceptáramos que sus vidas —las vidas africanas— son iguales que las nuestras, todos estaríamos haciendo más para apagar el incendio. Se trata de una verdad incómoda.
Este libro versa sobre la alternativa: dar el siguiente paso en el camino de la igualdad. La igualdad es una idea grandiosa, relacionada con la de libertad, pero se trata de una idea que no está libre de costes. Si somos serios, tenemos que estar dispuestos a pagar el precio. Algunas personas dirán que no nos lo podemos permitir, pero yo no estoy de acuerdo. Creo que no nos podemos permitir no hacerlo. En un mundo en el que las distancias ya no determinan quién es tu vecino, pagar el precio de la igualdad no solo es cuestión de corazón, sino de inteligencia. El destino de los «poseedores» está intrínsecamente unido a la suerte de los «totalmente desposeídos». Por si no lo sabíamos todavía, es algo que quedó demasiado patente el 11 de septiembre de 2001. Quizá los autores del 11-S fueran saudíes ricos, pero fue en el Estado de Afganistán, abatido y asolado por la pobreza, donde hallaron refugio y socorro. África no es la primera línea de la lucha contra el terrorismo, pero podría serlo pronto.
«La guerra contra el terrorismo forma parte indisoluble de la guerra contra la pobreza.» ¿Quién dijo eso? No fui yo, ni ningún grupo pacifista alternativo. Fue el secretario de Estado Colin Powell. Cuando un militar empieza a hablar así, tal vez habría que escuchar. En tiempos tensos y de inquietud, ¿no resulta más barato —e inteligente— convertir en amigos a los potenciales enemigos que defenderse de ellos?
Ojalá las cosas fueran distintas. Ahora bien, confundir los deseos con la realidad no solo resulta inútil en este caso, sino que es peligroso. El plan que expone Jeff no solo corresponde a su idea de un camino fundamental para cumplir el Objetivo de Desarrollo del Milenio para 2015 consistente en reducir a la mitad la pobreza, un objetivo suscrito por todos los gobiernos del mundo; también es un manual acerca del modo en que podríamos completar la tarea; sobre cómo podríamos ser la primera generación que erradica la clase de pobreza extrema y sin sentido que, en un mundo de abundancia, lleva a un niño a morir de hambre o de una enfermedad que se podría prevenir con una vacuna que tan solo cuesta veinte centavos. Somos la primera generación que puede permitírselo. La primera generación que puede desenredar toda la maraña del comercio injusto, la deuda injusta (e incobrable) y la suerte injusta. La primera generación que puede poner fin a la relación perversa entre los poderosos y las regiones más débiles del mundo, una relación que tan abusiva ha sido durante tanto tiempo.
En manos de Jeff, las posibilidades de actuación que tenemos —una actuación necesaria no exenta de dificultades— se convierten en una aventura, en algo factible y alcanzable. Su argumentación es clara. Convergemos desde nuestros puntos de partida distintos… él desde los mercados y yo desde las pancartas. Afortunadamente, coincidimos en que unos y otras son necesarios. Ahora bien, pese a todo el poder de convicción del libro, no encontrarán ustedes en él una respuesta a la pregunta más importante de todas. Esta queda fuera del ámbito de las regresiones matemáticas, de los teoremas y del trabajo de campo, y recae de lleno sobre nuestros hombros. Podemos ser la generación que deje de aceptar que un simple accidente de latitud determine si un niño vive o muere, pero ¿conseguiremos ser esa generación? ¿Nos daremos cuenta en Occidente de nuestro potencial, o nos dormiremos en la comodidad de nuestro bienestar económico, con la apatía y la indiferencia susurrándonos dulcemente al oído? Quince mil personas mueren todos los días innecesariamente de sida, tuberculosis y malaria. Madres, padres, maestros, agricultores, enfermeros, mecánicos, niños. Este es el drama de África. Que esto no aparezca en los informativos, que no lo tratemos como una emergencia: este es nuestro drama.
Las futuras generaciones que hojeen estas páginas sabrán si hemos respondido a la pregunta clave. La prueba será el mundo que tengan a su alrededor. La historia será quien nos juzgue, pero lo que se escriba depende de nosotros: quiénes somos, quiénes fuimos y por qué queremos que se nos recuerde. No podemos decir que nuestra generación no sabía cómo hacerlo; no podemos decir que nuestra generación no podía permitírselo; tampoco podemos decir que nuestra generación carecía de razones para hacerlo. Está en nuestras manos. Podemos optar por quitarnos de encima la responsabilidad o, como propone aquí el profesor, por cambiar de paradigma.
BONO, 2004
Introducción
Este libro trata del final de la pobreza en nuestra época. No es un pronóstico. No estoy prediciendo lo que ocurrirá, sino tan solo explicando lo que puede ocurrir. Actualmente, más de ocho millones de personas mueren todos los años en todo el mundo porque son demasiado pobres para sobrevivir. Nuestra generación puede optar por erradicar esta pobreza extrema en el año 2025.
Todas las mañanas, los periódicos podrían informar: «Más de 20.000 personas murieron ayer a causa de la pobreza extrema». Los artículos situarían en su contexto las escuetas cifras: hasta 8.000 niños muertos de malaria, 5.000 madres y padres muertos de tuberculosis, 7.500 adultos jóvenes muertos de sida y otros varios miles muertos de diarrea, infecciones respiratorias y otras enfermedades mortales que atacan a los cuerpos debilitados por el hambre crónica. Los pobres mueren en salas de hospital que carecen de medicamentos, en aldeas que carecen de mosquiteras para prevenir la malaria, en casas que carecen de agua potable. Mueren en el anonimato, sin que se haga pública su muerte. Por desgracia, tales artículos rara vez llegan a escribirse. La mayor parte de la gente ignora la lucha diaria por la supervivencia y los miles de personas empobrecidas de todo el mundo que pierden esa lucha.
Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha emprendido una guerra contra el terrorismo, pero ha desatendido las causas más profundas de la inestabilidad mundial. Los 450.000 millones de dólares que Estados Unidos dedicará este año a gastos militares no servirán en ningún caso para conseguir la paz si el país sigue gastando aproximadamente una treintava parte de esa cifra, tan solo 15.000 millones de dólares, en hacer frente a la grave situación de los más pobres de entre los pobres del planeta, cuyas sociedades se ven desestabilizadas por la pobreza extrema y, debido a ello, se convierten en focos de malestar, violencia e incluso terrorismo mundial.
Esos 15.000 millones de dólares representan un porcentaje minúsculo de las rentas de Estados Unidos, tan solo 15 centavos por cada 100 dólares del producto nacional bruto, o PNB, del país. La parte del PNB estadounidense dedicada a ayudar a los pobres lleva décadas disminuyendo, y constituye una porción diminuta de lo que reiteradamente Estados Unidos ha prometido y no ha dado. También es mucho menos de lo que Estados Unidos debería aportar para resolver la crisis de la pobreza extrema y de ese modo garantizar su propia seguridad nacional. Este libro trata, pues, de la toma de decisiones acertadas, unas decisiones que pueden conducir a un mundo mucho más seguro, basado en la veneración y el respeto auténticos por la vida humana.
He pasado los últimos veinte años trabajando con jefes de Estado, ministros de Economía y Sanidad y habitantes de aldeas de decenas de países de todas las regiones del planeta. He estado y trabajado en más de cien países, que en total poseen cerca del 90 por ciento de la población mundial. La experiencia acumulada de ver el mundo desde muchos puntos de observación privilegiados me ha ayudado a valorar las verdaderas circunstancias de nuestro planeta: las causas de la pobreza, el papel de las actuaciones políticas de los países ricos y las posibilidades para el futuro. Conseguir una perspectiva adecuada sobre estos asuntos ha constituido mi lucha y mi desafío durante los últimos veinte años. Ningún otro aspecto de mi vida intelectual ni mi compromiso político ha resultado tan gratificante.
He tenido la suerte de haber observado algunos éxitos reales y de haber contribuido a ellos: el fin de situaciones de hiperinflación, la introducción de nuevas monedas nacionales estables, la condonación de deudas impagables, la conversión de las moribundas economías comunistas en economías dinámicas basadas en el mercado, la puesta en marcha del Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, y el tratamiento con medicamentos modernos de personas carentes de recursos e infectadas por el VIH. He comprendido cada vez mejor el abismo existente entre lo que el mundo rico asegura estar haciendo para ayudar a los pobres y lo que hace en realidad. También he llegado a entender gradualmente, por medio de la investigación científica y del trabajo como asesor sobre el terreno, el formidable poder que tiene en sus manos nuestra generación para poner fin al terrible sufrimiento de quienes padecen la pobreza extrema y, de ese modo, hacer más seguras nuestras vidas.
En las páginas que siguen a continuación explicaré lo que he presenciado y aprendido en sociedades tan variadas como Bolivia, Polonia, Rusia, China, la India y Kenia. Verán ustedes que todas las regiones del planeta tienen la posibilidad de incorporarse a una era de prosperidad sin precedentes basada en la ciencia, la tecnología y los mercados mundiales. Sin embargo, también verán que ciertas regiones están atrapadas en una espiral descendente de empobrecimiento, hambre y enfermedad. No sirve de nada sermonear a los moribundos diciéndoles que deberían haber aprovechado mejor lo que les ha tocado en suerte en la vida. Nuestra tarea consiste más bien en ayudarlos a subir a la escalera del desarrollo, por lo menos a poner un pie en el peldaño inferior, desde el cual podrán seguir trepando por su propia cuenta.
¿Acaso soy un optimista? El optimismo y el pesimismo no tienen nada que ver en este asunto. La cuestión no es predecir lo que sucederá, sino contribuir a forjar el futuro. Esa tarea es colectiva: les corresponde a ustedes tanto como a mí. Si bien los libros de texto de introducción a la economía preconizan el individualismo y los mercados descentralizados, nuestra seguridad y prosperidad dependen por lo menos en la misma medida de decisiones colectivas para combatir las enfermedades, promover la ciencia constructiva y la educación generalizada y actuar al unísono con el fin de ayudar a los más pobres de entre los pobres. Cuando se dan las condiciones previas de infraestructuras básicas (carreteras, energía, puertos) y capital humano (sanidad y educación), los mercados son poderosos motores de desarrollo. Sin esas condiciones, los mercados pueden ignorar cruelmente amplias zonas del planeta y dejarlas empobrecidas y sufriendo sin cesar. La acción colectiva, por medio de la provisión gubernamental eficaz de sanidad, educación e infraestructuras, así como la ayuda exterior cuando es necesaria, sustenta el éxito económico.
Hace ochenta y cinco años, el gran economista británico John Maynard Keynes reflexionó sobre las atroces circunstancias de la Gran Depresión. Desde lo más hondo de la desesperación que lo rodeaba, en 1930 escribió acerca de «Las posibilidades económicas de nuestros nietos». En una época de penalidades y sufrimiento, previó el fin de la pobreza en Gran Bretaña y otros países industriales para la época de sus nietos, hacia finales del siglo XX. Keynes puso de relieve la marcha espectacular de la ciencia y la tecnología y la capacidad de los avances tecnológicos para sustentar el crecimiento económico continuado a interés compuesto, un crecimiento que sin duda bastaría para poner fin al antiquísimo «problema económico» de tener suficiente para comer y suficientes ingresos para hacer frente a otras necesidades básicas. Keynes acertó de lleno, desde luego: la pobreza extrema ya no existe en los países ricos actuales, y está desapareciendo en la mayoría de los países de renta media del mundo.
Hoy podemos invocar la misma lógica para afirmar que se puede acabar con la pobreza extrema, no en la época de nuestros nietos sino en nuestro tiempo. La prosperidad del mundo rico, el poder de las amplias fuentes de conocimiento actuales y la disminución de la porción del mundo que necesita ayuda para escapar de la pobreza se combinan para hacer que el fin de la pobreza sea una posibilidad realista para el año 2025. Keynes se preguntaba por el modo en que la sociedad de sus nietos usaría su riqueza y su liberación sin precedentes de la antiquísima lucha por la supervivencia diaria. Esa misma pregunta se ha convertido en la nuestra. ¿Tendremos el buen criterio de emplear sabiamente nuestra riqueza para sanear un planeta dividido, poner fin al sufrimiento de quienes todavía están atrapados por la pobreza y forjar un vínculo común de humanidad, seguridad y metas compartidas entre culturas y pueblos?
El presente libro no responderá a esta pregunta. En cambio, sí contribuirá a mostrar el modo de avanzar hacia la senda de la paz y la prosperidad, basándose en una comprensión detallada de cómo la economía mundial ha llegado a donde está hoy y de la manera en que durante los próximos veinte años nuestra generación podría movilizar sus capacidades para erradicar la pobreza extrema que subsiste. Espero que, al mostrar los contornos de esta prometedora senda, resulte más probable que la elijamos. Por ahora, estoy agradecido por la oportunidad de compartir lo que he visto del mundo y de las posibilidades económicas de nuestro tiempo.
1
Retrato de familia mundial
MALAWI: LA TORMENTA PERFECTA
Todavía es media mañana en Malawi cuando llegamos a una aldea, Nthandire, situada aproximadamente a una hora de Lilongwe, la capital. Hemos llegado por caminos de tierra, pasando ante mujeres y niños que caminaban descalzos y cargados con cántaros de agua, leña y otros bultos. La temperatura de media mañana es sofocante. En esta región dedicada al cultivo de subsistencia del maíz y perteneciente a un país empobrecido y carente de salida al mar del África meridional, las familias sobreviven a duras penas trabajando unas tierras que no regalan nada. Este año ha sido mucho más difícil que de costumbre porque las lluvias han sido muy escasas, probablemente a consecuencia del ciclo de El Niño. Sea cual sea la causa, en los campos por los que pasamos los cultivos se están echando a perder.
Si en la aldea abundaran los hombres sanos, que hubieran sido capaces de construir pequeñas unidades de recogida de agua en lo alto de las viviendas para aprovechar la lluvia caída en los meses anteriores, por poca que fuera, la situación no sería tan desesperada como lo es esta mañana. Sin embargo, cuando llegamos al pueblo no vemos ningún hombre joven y sano. De hecho, nos reciben decenas de mujeres mayores y niños, pero no se ve ni un hombre ni una mujer joven en edad de trabajar. «¿Dónde están los trabajadores? —preguntamos—, ¿en el campo?» El cooperante que nos ha llevado hasta el poblado menea con tristeza la cabeza y dice que no. Casi todos han muerto. El lugar ha sido devastado por el sida, que ya lleva varios años causando estragos en esta zona de Malawi. En la aldea solo quedan cinco hombres de edades comprendidas entre los veinte y los cuarenta años. Esta mañana no están porque todos han acudido al funeral de un paisano que murió ayer de sida.
La presencia de la muerte en Nthandire ha sido abrumadora en los últimos años. Las abuelas que encontramos cuidan de sus nietos huérfanos. Cada mujer tiene su propia historia que contar acerca de la muerte de sus hijos e hijas, que les han dejado la carga de criar y mantener a cinco o diez —a veces quince— nietos huérfanos. Estas mujeres han alcanzado una edad en la cual, en lugares más prósperos, serían las veneradas matriarcas que disfrutan de un descanso bien merecido después de toda una vida de duro trabajo. Pero aquí no hay descanso, ni siquiera oportunidad alguna para un respiro momentáneo, porque las abuelas de esta aldea —y de un sinnúmero de otras semejantes— saben que, si aflojan el ritmo un instante, esos niños pequeños morirán.
El margen de supervivencia es extraordinariamente estrecho; en ocasiones se cierra por completo. Una mujer a quien encontramos ante su choza de barro tiene quince nietos huérfanos, como puede verse en la fotografía 1. Cuando empieza a explicarnos su situación, primero señala hacia los cultivos secos de los campos cercanos a la choza. Su pequeña parcela, tal vez de media hectárea en total, habría resultado demasiado exigua para alimentar a su familia aunque las lluvias hubieran sido abundantes. Los problemas que plantean el reducido tamaño del terreno de cultivo y la sequía se agravan debido a otro problema: los nutrientes del suelo están tan agotados en esta zona de Malawi que, con lluvias adecuadas, la cosecha alcanza solo alrededor de una tonelada de maíz por hectárea, frente a las tres toneladas por hectárea que serían propias de suelos más ricos.
Media tonelada de grano producida por un terreno de media hectárea no sería suficiente para una nutrición adecuada y proporcionaría escasísimos ingresos por comercialización, en el caso de que llegara a hacerlo. Este año, debido a la sequía, la mujer no obtendrá casi nada. Desliza la mano en el delantal y saca un puñado de mijo medio podrido e infestado de insectos, que constituirá la base de las gachas que preparará para la cena de esta noche. Será la única comida que los niños consuman en todo el día.
Le pregunto por la salud de los pequeños. Señala a una niña de unos cuatro años y dice que la semana anterior contrajo la malaria. La mujer transportó a cuestas a la chiquilla a lo largo de unos diez kilómetros, hasta el hospital de la zona. Cuando llegaron, resultó que aquel día no había quinina, la medicina contra la malaria. La niña tenía fiebre muy alta, pero las enviaron a ambas de regreso a casa y les dijeron que volvieran al día siguiente.
En lo que constituyó un pequeño milagro, cuando regresaron al día siguiente tras otra caminata de diez kilómetros, había llegado la quinina, y la niña respondió al tratamiento y sobrevivió. Ahora bien, se salvó por muy poco. Cuando la malaria no se trata en cuestión de uno o dos días, los niños pueden empeorar y pasar a sufrir malaria cerebral, seguida de un estado de coma y luego de la muerte. Cada año sucumbe a la malaria más de un millón de niños africanos, quizá hasta tres millones. Esa catástrofe espantosa sucede a pesar de que la enfermedad se puede prevenir en parte —por medio del uso de mosquiteras y otros controles ambientales que no llegan a las aldeas empobrecidas de Malawi y de la mayor parte del resto del continente— y se puede tratar sin excepción. Sencillamente, no existe ninguna excusa que justifique que esa enfermedad se cobre millones de vidas todos los años.
Nuestro guía en Nthandire es un cooperante cristiano, un malawí entregado y compasivo que trabaja para una organización no gubernamental (ONG) local. Él y sus colegas trabajan contra viento y marea para ayudar a aldeas como esta. La ONG apenas dispone de financiación y sobrevive a base de aportaciones exiguas. Su gran obra en el poblado, incluida esta casa, consiste en proporcionar lonas plásticas impermeables para colocarlas bajo la techumbre de paja de todas las chozas. La lona impide que los niños queden completamente expuestos a los elementos, de modo que, cuando lleguen las lluvias, el techo no gotee sobre los quince nietos que duermen debajo. Esa aportación, de apenas unos cuantos céntimos por familia, es todo lo que puede obtener la organización de ayuda.
Mientras recorremos la aldea, otras abuelas relatan historias similares. Todas han perdido a hijos e hijas; los que quedan luchan por sobrevivir. En el poblado no hay más que pobres. No hay ningún centro de asistencia médica cercano. No hay suministro de agua potable. No hay cultivos en los campos. Y, particularmente, no hay ninguna ayuda. Me inclino para preguntarle a una de las niñas cómo se llama y qué edad tiene. Aparenta siete u ocho años, pero en realidad tiene doce; los años de desnutrición han afectado a su desarrollo. Cuando le pregunto qué le gustaría hacer en la vida, me dice que quiere ser maestra, y que está dispuesta a estudiar y trabajar con ahínco para conseguirlo. Sé que las posibilidades de que sobreviva para acudir a la escuela secundaria y a una facultad de magisterio son escasas en las condiciones en que vive. Que vaya a la escuela ahora es una cuestión de azar. Los niños acuden o no a la escuela en función de las enfermedades. Su asistencia depende de la urgencia con que se les necesite en casa para ir a por agua y leña, o para cuidar de hermanos o primos; de si pueden permitirse comprar materiales y uniformes y pagar la matrícula, y de si resulta seguro caminar varios kilómetros hasta la misma escuela.
Dejamos la aldea y, más avanzado el día, volamos a la segunda ciudad del país, Blantyre, donde visitamos el principal hospital de Malawi, el Hospital Central Reina Isabel. Allí sufrimos la segunda conmoción del día. El hospital es el lugar donde el gobierno de Malawi tiene grandes deseos de iniciar un programa de tratamiento para los cerca de novecientos mil ciudadanos del país infectados por el VIH que actualmente se están muriendo de sida por falta de dicho tratamiento. El hospital ha creado un centro de atención inmediata para las personas que pueden permitirse pagar el dólar diario que cuesta la terapia de combinación antirretroviral; su actividad se basa en acuerdos de Malawi con el productor indio de medicamentos genéricos Cipla, que ha sido pionero en el suministro de fármacos antirretrovirales de bajo coste a países pobres. Como el gobierno está demasiado empobrecido para asumir el dólar diario correspondiente a todos los necesitados, el programa ha empezado dirigiéndose a los contados malawíes que pueden permitirse pagarlo de su bolsillo. En el momento de nuestra visita, este centro de tratamiento está suministrando diariamente medicamentos antisida a unas cuatrocientas personas que pueden pagarlos: cuatrocientas personas en un país con novecientos mil infectados. En lo esencial, el resto no tiene acceso a medicinas antisida.
Entramos en una sala de reuniones con el médico que supervisa el servicio de pacientes externos y las salas de hospitalización. Nos describe los pequeños milagros logrados con los pacientes tratados con fármacos antisida. La respuesta ha sido espectacular: los medicamentos dan resultado casi en el ciento por ciento de los casos. Las cepas de VIH no muestran resistencia a los fármacos porque anteriormente los habitantes de Malawi jamás habían tenido acceso a ellos. El médico también explica que el nivel de asistencia de sus pacientes a las dos sesiones diarias prescritas ha sido muy alto; está claro que los pacientes quieren seguir viviendo. En resumen, el médico está extraordinariamente satisfecho de los resultados.
En el preciso momento en que su información nos está animando, el médico se levanta y nos propone visitar la sala de hospitalización, que está justo al otro lado del vestíbulo. «Sala de hospitalización» es, de hecho, un eufemismo escandaloso, porque en realidad no se trata en modo alguno de eso: es el lugar al que los malawíes acuden a morir de sida. En la sala de hospitalización no hay medicamentos. El recinto tiene una capacidad teórica de 150 camas, pero en él hay 450 personas, a las que se logra acomodar poniendo a tres en cada cama o alrededor de ella. En la mayoría de los casos, hay dos personas tendidas pies con cabeza: extraños que comparten lecho de muerte. Junto a la cama o debajo de ella, hay alguien muriéndose en el suelo, a veces literalmente y en ocasiones sobre un cartón.
En la sala se oyen constantes gemidos. Es un recinto para moribundos, y tres cuartas partes o más de las personas que hoy se encuentran en él sufren sida en fase terminal y carecen de medicamentos. Los familiares están sentados junto a la cama, limpiando labios resecos y viendo morir a sus seres queridos. El mismo médico que trata a pacientes al otro lado del vestíbulo es el responsable de este servicio. Sabe lo que podría hacerse. Sabe que todos y cada uno de estos pacientes podrían alzarse del lecho de muerte si no fuera porque les falta un dólar diario. Sabe que el problema no es de infraestructura, ni de logística, ni de incumplimiento del tratamiento. Sabe que el problema consiste simplemente en que el mundo ha considerado oportuno mirar a otro lado mientras centenares de malawíes empobrecidos mueren hoy a consecuencia de su pobreza.
Después de varias visitas, he llegado a conocer relativamente bien Malawi. Hace algunos años se puso en contacto conmigo el vicepresidente del país, Justin Mulawesi, una excelente persona, una figura digna, elocuente y popular en lo que, pese a todas las dificultades, es una democracia pluripartidista. Las dificultades son muchas, porque la democracia está condenada a ser frágil en un país empobrecido en el que la renta por habitante asciende a unos 50 centavos diarios —o, lo que es lo mismo, alrededor de 180 dólares anuales por persona—, y donde las tensiones derivadas de la enfermedad y el hambre masivos y de los cambios climáticos lo dominan todo. Aunque parezca mentira, los malawíes lo han conseguido mientras la mayor parte de la comunidad internacional se mantenía al margen de todo ese sufrimiento.
El propio vicepresidente Mulawesi ha perdido varios familiares a causa del sida. La primera vez que hablamos de esa enfermedad, se refirió con ojos profundamente tristes a sus nuevas responsabilidades como jefe de la Comisión Nacional del Sida. Mulawesi ha encabezado un equipo de expertos encargado de planear una estrategia nacional sobre el sida que pudiera empezar a afrontar ese espantoso desafío. El equipo ha viajado por todo el mundo —con visitas a la Universidad de Harvard, la Johns Hopkins y la de Liverpool, a la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres y a la Organización Mundial de la Salud— para debatir ideas destinadas a intensificar la lucha contra el sida.
La verdad es que Malawi elaboró una de las primeras y mejor concebidas estrategias para proporcionar tratamiento a su población moribunda, y dio una respuesta muy sensata a los retos que representaban la gestión de un nuevo sistema de suministro de medicamentos, la orientación y educación de los pacientes, el servicio de asistencia social comunitaria y los flujos financieros que habían de acompañar el proceso de capacitación de los médicos. Sobre esa base, Malawi realizó propuestas a la comunidad internacional para que ayudara en el intento de que el tratamiento con fármacos contra el sida llegara gradualmente a cerca de un tercio del total de la población infectada (es decir, a unas trescientas mil personas) en un plazo de cinco años.
Sin embargo, los procesos internacionales son crueles. Los gobiernos donantes —entre ellos los de Estados Unidos y Europa— indicaron a Malawi que moderara drásticamente su propuesta, ya que la inicial era «demasiado ambiciosa y demasiado costosa». En el siguiente anteproyecto, el objetivo quedó rebajado a tan solo cien mil personas en tratamiento al cabo de cinco años. Pero incluso esa cifra era demasiado. En un tenso lapso de cinco días, los donantes obligaron a Malawi a rebajar la propuesta en otro 60 por ciento, con lo cual el objetivo quedó reducido a cuarenta mil personas en tratamiento. Ese plan, mutilado en gran parte, se presentó al Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. Aunque parezca increíble, los donantes que gestionaban aquel fondo consideraron oportuno volver a recortar el alcance del proyecto. Tras una larga lucha, Malawi recibió financiación para salvar tan solo a veinticinco mil personas al cabo de cinco años: la comunidad internacional había condenado a muerte a la población del país.
Carol Bellamy, de UNICEF, ha descrito acertadamente la grave situación de Malawi como «la tormenta perfecta», una tormenta en la que se combinan el desastre climático, el empobrecimiento, la pandemia del sida y las ya viejas lacras de la malaria, la esquistosomiasis y otras enfermedades. Ante ese torbellino espantoso, hasta ahora la comunidad mundial ha dado numerosas y espectaculares muestras de preocupación e incluso ha exhibido una retórica altruista, pero no ha hecho prácticamente nada.
BANGLADESH: EN LA ESCALERA DEL DESARROLLO
A unos cuantos miles de kilómetros de esa tormenta perfecta, hay otro escenario de pobreza. En este caso se trata de pobreza en retroceso, de un lugar en el que poco a poco se está ganando la lucha por la supervivencia, aunque todavía con riesgos terribles y grandes necesidades no resueltas. Esa lucha se está librando en Bangladesh, uno de los países más populosos del mundo, con 140 millones de habitantes que viven en las llanuras aluviales de los deltas de dos grandes ríos, el Brahmaputra y el Ganges, que atraviesan Bangladesh en su camino hacia el océano Índico.
Bangladesh nació en 1971 de una guerra de independencia contra Pakistán. Aquel año sufrió una hambruna y un caos generalizados, lo cual llevó a un funcionario del Departamento de Estado dirigido por Henry Kissinger a calificar al país de «caso perdido internacional», una expresión que hizo fortuna. En la actualidad, Bangladesh dista mucho de ser un caso perdido. La renta per cápita se ha duplicado aproximadamente desde la independencia, la esperanza de vida ha ascendido de cuarenta y cuatro años a sesenta y dos, y la tasa de mortalidad de lactantes (el número de niños que mueren antes de cumplir un año por cada mil nacimientos) ha bajado de 145 en 1970 a 48 en 2002. Bangladesh nos muestra que, incluso en circunstancias que parecen las más desesperadas, hay maneras de avanzar si se aplican las estrategias correctas y se realiza la combinación adecuada de inversiones.
Con todo, Bangladesh no se ha deshecho todavía de la pobreza extrema. Si bien durante la última generación se ha librado de los peores estragos del hambre y la enfermedad, en la actualidad se enfrenta a desafíos importantes. Pocos meses después de mi visita a Malawi, un día me levanté de madrugada en Dhaka, la capital de Bangladesh, y fui testigo de una escena singular: miles de personas que acudían a trabajar caminando en largas hileras procedentes del extrarradio de Dhaka y de algunos de sus barrios más pobres. Al mirar con mayor atención, me di cuenta de que casi todas aquellas personas eran mujeres jóvenes, tal vez entre los dieciocho y los veinticinco años de edad. Son las trabajadoras de la floreciente industria de la confección de Dhaka, y cada mes cortan, cosen y empaquetan millones de prendas de vestir destinadas a Estados Unidos y Europa.
A lo largo de los años he visitado fábricas de ropa en todo el mundo en vías de desarrollo. He llegado a familiarizarme con los recintos cavernosos en los que centenares de mujeres jóvenes se sientan ante máquinas de coser y los hombres, frente a mesas de corte, y donde los tejidos se desplazan a lo largo de líneas de montaje y, cuando la ropa llega a las últimas etapas de confección, se le colocan las conocidas etiquetas de GAP, Polo, Yves Saint-Laurent, Wal-Mart, J. C. Penney y otras marcas. Se trata de un trabajo carente por completo de atractivo. Es frecuente que todas las mañanas las mujeres caminen dos horas en hileras largas y silenciosas para acudir a trabajar. Llegan a las siete o las siete y media, y pueden pasar en sus puestos la mayor parte de las doce horas siguientes. A menudo trabajan sin apenas descanso, o tal vez con una brevísima pausa para comer, y con pocas oportunidades de ir al lavabo. Sobre ellas se inclinan jefes de gesto lascivo, que plantean la amenaza del acoso sexual. Tras un día largo, difícil y tedioso, las jóvenes caminan penosamente de vuelta a casa, momento en el que nuevamente sufren la amenaza de las agresiones sexuales.
Estos empleos sometidos a una grave explotación son objeto de protestas públicas en los países desarrollados, protestas que han contribuido a mejorar la seguridad y la calidad de las condiciones de trabajo. No obstante, quienes ponen el grito en el cielo en los países ricos deberían apoyar que se crearan más empleos como esos, aunque bajo mejores condiciones de trabajo, y mostrar su desacuerdo con el proteccionismo comercial de sus propios países, que impide la entrada de la ropa que exportan naciones como Bangladesh. Esas jóvenes ya tienen un pie en la economía moderna, lo cual significa que están un paso —un paso fundamental y perceptible— por delante de las aldeas de Malawi (y, lo que es más relevante para ellas, un paso por delante de las aldeas de Bangladesh donde nacieron la mayoría de ellas). Las fábricas donde reina una explotación tan intensa son el primer peldaño de la escalera para salir de la pobreza extrema, y desmienten el pronóstico del Departamento de Estado de Kissinger según el cual Bangladesh estaba condenada a la pobreza extrema.
En una visita a Bangladesh llegó a mis manos un periódico matutino escrito en inglés, en el cual encontré un extenso suplemento con entrevistas a mujeres jóvenes que trabajaban en el sector de la confección. Los relatos eran conmovedores, fascinantes y reveladores. Una tras otra, hablaban de las horas de ardua labor, de la falta de derechos laborales y del acoso. Lo que resultaba más sorprendente e inesperado de aquellas historias era la afirmación reiterada de que aquel trabajo era la mayor oportunidad que aquellas mujeres pudieran haber imaginado jamás, y que el hecho de que las contrataran había cambiado positivamente sus vidas.
Casi todas las mujeres entrevistadas se habían criado en el campo, en condiciones de extrema pobreza, sin posibilidades de aprender a leer y escribir ni de estudiar, y vulnerables al hambre y las privaciones crónicas en una sociedad autoritaria y patriarcal. Si ellas (y sus antecesoras de las décadas de 1970 y 1980) hubieran permanecido en esas aldeas, se habrían visto obligadas a contraer matrimonios convenidos por sus padres y, a los diecisiete o dieciocho años, a concebir un hijo. La emigración a las ciudades para conseguir empleo ha dado a esas jóvenes una oportunidad de liberación personal de unas dimensiones y posibilidades sin precedentes.
Las mujeres bangladesíes contaban que podían ahorrar una pequeña cantidad de sus exiguos salarios, gestionar sus ingresos, tener alojamiento propio, elegir cuándo y con quién salir y casarse, decidir tener hijos cuando se sintieran preparadas y emplear los ahorros para mejorar sus condiciones de vida y, especialmente, para regresar a la escuela con el fin de ampliar su capacidad de leer y escribir y sus aptitudes con vistas al mercado laboral. A pesar de toda su dureza, esta vida supone un paso en el camino hacia unas posibilidades económicas que resultaban inimaginables en generaciones rurales anteriores.
Algunos de los que protestan desde los países ricos han sostenido que las empresas de confección radicadas en Dhaka deberían pagar salarios mucho más elevados o cerrarse, pero cerrar esas fábricas a causa de unos sueldos que se hicieran subir por encima de la productividad laboral representaría para esas mujeres poco más que un billete de vuelta a las miserias rurales. Para esas jóvenes, las fábricas no solo ofrecen posibilidades de libertad personal, sino también el primer peldaño de la escalera del aumento de cualificación e ingresos, tanto para ellas como, en cuestión de pocos años, para sus hijos. Prácticamente todos los países pobres que se han desarrollado con éxito han pasado por esas primeras etapas de industrialización. Esas mujeres bangladesíes viven la misma experiencia que muchas generaciones de inmigrantes que llegaron al barrio textil de Nueva York y a centenares de lugares más, donde su desplazamiento para trabajar duramente en fábricas de confección constituyó un paso en el camino hacia un futuro de prosperidad urbana para las generaciones siguientes.
El sector de la confección no solo estimula el crecimiento económico de Bangladesh —más de un 5 por ciento anual en los últimos años—, sino que también hace aumentar la conciencia y el poder de las mujeres en una sociedad que durante mucho tiempo tuvo prejuicios manifiestos con respecto a sus oportunidades vitales. Como parte de un proceso más generalizado y espectacular de transformación de toda la sociedad bangladesí, esos cambios y otros ofrecen al país la posibilidad de situarse, en cuestión de pocos años, en un camino seguro de crecimiento económico a largo plazo. También el campo que abandonaron aquellas mujeres está cambiando con rapidez, en parte debido a las remesas de dinero y las ideas que las jóvenes envían de vuelta a sus comunidades rurales, y en parte debido al incremento de los viajes y migraciones temporales que se realizan entre zonas rurales y urbanas a medida que las familias diversifican sus bases económicas entre la agricultura rural y las manufacturas y servicios urbanos.
En 2003, mis colegas de Columbia y yo visitamos un poblado cercano a Dhaka con uno de los dirigentes de una organización no gubernamental ejemplar, el Comité de Fomento Rural Bangladesí, que ahora todo el mundo conoce por sus siglas inglesas, BRAC (Bangladeshi Rural Advancement Committee). Allí conocimos a las representantes de una asociación local que el BRAC había ayudado a organizar y en la cual las mujeres, que vivían aproximadamente a una hora de camino de la ciudad, se dedicaban a actividades comerciales a pequeña escala —la preparación y venta de comida— en el mismo pueblo y en los caminos y carreteras que lo unen con Dhaka. Aquellas mujeres ofrecían una imagen de cambio tan espectacular como la del próspero sector de la confección.
Vestidas con hermosos saris, las mujeres se sentaron en el suelo en seis hileras, cada una formada por seis de ellas, para darnos la bienvenida y responder a nuestras preguntas. Cada fila representaba a un subgrupo del centro de «microfinanciación» local. La mujer que encabezaba cada hilera se encargaba de los préstamos de todo el grupo que tenía detrás. Cada grupo era colectivamente responsable de la devolución de los créditos recibidos por cualquier componente de la fila. El BRAC y su famoso homólogo, el Grameen Bank, fueron pioneros de esta modalidad de crédito colectivo, en la cual se conceden a beneficiarios necesitados (habitualmente mujeres) pequeños préstamos de unos centenares de dólares como capital de explotación para actividades microempresariales. A aquellas mujeres se las consideró durante mucho tiempo inaceptables como prestatarias; sencillamente, no se las juzgaba lo bastante solventes para asumir el conjunto de los costes de transacción necesarios para recibir préstamos. El crédito colectivo cambió la dinámica de las devoluciones: los índices de impago son muy bajos, y el BRAC y el Grameen han calculado asimismo el modo de mantener en niveles mínimos otros costes de transacción.
Más asombrosas quizá que las historias acerca del modo en que la microfinanciación estimulaba la actividad empresarial a pequeña escala resultaron las actitudes de las mujeres respecto a la procreación. Cuando el doctor Allan Rosenfield, decano de la Escuela Mailman de Sanidad Pública de la Universidad de Columbia y uno de los máximos expertos mundiales en salud reproductiva, preguntó a las mujeres cuántas tenían cinco hijos, no se levantó ninguna mano. ¿Cuatro? Ninguna mano. ¿Tres? Una mujer nerviosa, mirando a su alrededor, levantó con pocas ganas la mano. ¿Dos? Alrededor del 40 por ciento de las mujeres. ¿Uno? Quizá otro 25 por ciento. ¿Ninguno? El resto de ellas. El promedio de hijos de las madres del grupo se hallaba entre uno y dos hijos.
A continuación, Rosenfield les preguntó cuántos hijos querían tener en total. Volvió a empezar por cinco, y no se levantó ninguna mano. ¿Cuatro? Ninguna mano. ¿Tres? Ninguna mano. ¿Dos? Se levantaron casi todas las manos. Aquella pauta social era nueva, y una demostración tan sorprendente del cambio de actitud y posibilidades que Rosenfield pasó el resto de la visita meditando sobre ella. Llevaba visitando Bangladesh y otras zonas de Asia desde la década de 1960, y recordaba nítidamente los tiempos en que las mujeres bangladesíes de las zonas rurales solían tener seis o siete hijos.
Para esas mujeres, las cosas han cambiado por completo gracias a los empleos que han conseguido en las ciudades y en microempresas rurales no agrícolas; a un nuevo espíritu favorable a sus derechos, su independencia y su adquisición de poder; a la reducción espectacular de las tasas de mortalidad infantil; a la creciente alfabetización de las niñas y las jóvenes, y, de modo crucial, al acceso a la planificación familiar y los métodos anticonceptivos. No hay una explicación única para la reducción espectacular, verdaderamente histórica, de las tasas de fecundidad deseadas: se trata de la combinación de nuevas ideas, una sanidad pública mejor para las madres y los hijos y de las mayores oportunidades económicas de que disponen las mujeres. Las tasas de fecundidad más reducidas, a su vez, estimularán el aumento de rentas en Bangladesh. Con menos hijos, una familia pobre puede invertir más en la salud y en la educación de cada niño, con lo cual se proporciona a
