PRÓLOGO
Tiene cinco años cuando el granjero pobre la vende al doctor loco.
Es otoño, húmedo y frío. El hambre le forma un nudo en el estómago. Arrodillada sobre un montón de hojas de roble, sujeta a un terrier por las patas traseras mientras su hermano intenta arrancarle de la boca el hueso de la sopa. El hueso es un tesoro en el que resplandecen las motas de valioso tuétano. El perro gruñe y gañe; no oyen acercarse el carro.
El granjero les pregunta si tienen hambre. Dice que conoce a alguien que puede darles de comer, si están dispuestos a subirse a su carro.
Lo están. El perro conserva su hueso.
La niña se acurruca en el heno del carro del granjero. Su hermano la abraza e intenta protegerla del frío que se cuela por todo. Viajan con otro chico, cuyo pecho gorgotea cuando tose.
Llegan a la granja. El campo de detrás de la casa está salpicado de pequeños montículos de tierra negra. Aquí y allá, los cuervos los picotean y tiran de algún retazo de tela o una tira de piel.
Un doctor inspecciona a los niños. Ella comprende que les dará de comer si le gusta lo que ve, pero que odia la debilidad.
La chica observa al niño que tose. La enfermedad lo ha debilitado. Y ella tiene tantísima hambre.
Le pone la zancadilla. El doctor ve la debilidad del niño, que le asquea. Pronto hay otro montículo detrás de la granja. Y más comida para ella.
Se plantea hacer lo mismo con el niño llamado hermano. A lo mejor podría conocer el confort de una tripa llena. Pero hermano quiere ayudarla, y ella tal vez desee otras cosas cuando el hambre haya pasado.
Hermano vive.
Es invierno, largo y oscuro.
El doctor es un enfermo, empujado a la locura por el peso de su genio. Y busca algo. Adquiere niños para rehacerlos. Los atormenta, los raja, en su búsqueda desesperada de algo más grandioso.
Los días están llenos de bisturíes, agujas, grilletes, taladros, cables. Peste a polvo de hueso caliente, regusto metálico a sangre, ojos irritados por el ozono. Las noches transcurren cargadas de gimoteos, llantos, gemidos. Los tormentos se amontonan como copos de nieve. Lo mismo pasa con los cuerpos detrás de la granja.
Hermano intenta protegerla. Lo castigan.
Pero ella sobrevive. A veces el dolor es agradable; cuando no lo es, se refugia en el escondrijo oscuro de su cabeza.
Hermano también sobrevive. Ella se alegra; es útil.
El doctor la opera, una y otra vez, pero, por muchas veces que le abra el cráneo, por mucho que estudie su cerebro para despertar un potencial latente que solo él cree real, nunca se da cuenta de que ella es diferente. No ve que es como él.
Descubre el gozo de la poesía. El placer de los arreglos de flores silvestres secas. Colecciona amaneceres y puestas de sol.
Crece. Hermano también. Más altos, más fuertes, más sabios. Y se les unen otros: los pocos que aguantan años del escrutinio del doctor. Ella y hermano son diferentes de los demás. Tienen la piel más oscura, como algodón manchado de té, y los ojos como sombras, mientras que los otros tienen la piel clara y los ojos coloridos. Pero ella y hermano sobreviven, y por eso el doctor los mantiene.
Un día, avanzado aquel largo invierno, el doctor cosecha su primer éxito. Sus manipulaciones desencadenan ese algo esquivo que él llama «voluntad de poder». Sin embargo, el resultado consume al chico en el que está trabajando. Los gritos hacen saltar en pedazos las ventanas y resquebrajan los ladrillos durante esos breves instantes entre la transcendencia y la muerte.
El doctor, reivindicado por ese triunfo fugaz, redobla sus esfuerzos. Les taladra el cráneo para meterles cables e insertar electrodos en sus cerebros. Decide que la electricidad es la clave para desencadenar la voluntad de poder. Cuando no obtiene resultados, les abre el cráneo y vuelve a intentarlo. Una y otra vez. El doctor es un hombre paciente.
A veces el dolor es tan intenso que el escondrijo que ella tiene en la cabeza a duras penas resulta lo bastante profundo para mantenerla a salvo. Varios de los otros se vienen abajo; se vuelven imbéciles o se quedan mudos. Los que no se rompen, se tuercen. El doctor es su padre; se afanan por complacerlo. Creen que pueden, pero ella sabe que no. No entienden al doctor tanto como ella.
El doctor enchufa sus cabezas alteradas a unas baterías. Al final, uno por uno, los supervivientes se vuelven más que humanos. Vuelan, queman, desplazan objetos con la mente.
Aun así, ella es un puzle que el doctor no sabe solucionar. La lleva al laboratorio una y otra vez, pero nada funciona. Sus operaciones no la cambian. Hasta una mañana.
Cuando despierta, su mente está en llamas.
La asaltan las apariciones, visiones de lugares y personas desconocidas. Luminosas, radiantes, las imágenes pasan volando por su cabeza como estrellas fugaces que surcasen la bóveda celeste de su consciencia. El calor de su travesía la enfebrece.
El espectáculo lumínico dibuja patrones detrás de sus párpados. Una telaraña móvil y ondulante de fuego y sombra envuelve su mente. Duele. Se resiste, intenta desgarrar aquella red, pero desprenderse del brillante tapiz le resulta igual de imposible que al mar perder su cualidad de mojado. Forma parte de ella.
Busca a tientas algo constante. Mediante un ejercicio de pura fuerza de voluntad, obliga a su mente a concentrarse, a arrancar del caos una sola imagen antes de que la catarata la haga enloquecer.
Todo cambia.
La telaraña resplandece, se ondula, se reconfigura. Una nueva secuencia de visiones le asalta los sentidos. Las ve, las toca, las huele, las saborea y las oye.
La tierra tragándose a hermano.
El doctor vestido de militar.
La guerra.
La nada, inmensa, fría y más profunda que el lugar oscuro de su propia cabeza.
Se desmaya.
Cuando despierta, está tendida en el suelo de piedra de su celda. Hermano, arrodillado junto a ella, le sostiene la nuca y le pasa los fuertes dedos por la pelusa de su cráneo rapado. Al retirar la mano tiene las puntas de los dedos manchadas de rojo. Abre mucho los ojos, le dice que no se mueva, coge la almohada de su camastro y se la coloca debajo de la cabeza.
Temblorosa y fría, ella lo observa todo a través de la cortina resplandeciente, desde el otro lado de esas hebras de plata, oro y sombra. Las imágenes vuelven a invadirla.
Hermano de pie... saliendo al pasillo a toda prisa... tirando al suelo a uno de los otros en su apresuramiento por llamar al doctor... un cruce de palabras furiosas... el pasillo estallando en llamas... ella atrapada con la piel burbujeando cada vez más negra y marchita, en el calor infernal que retuerce su cuerpo y le arranca el aliento de los pulmones antes de que pueda gritar qué dolor ay dios qué dolor se muereabrasadaaydiosAYDIOS...
Hermano corre hacia la puerta.
Ella va a moriraydiosquédoloraydios...
Grita. Hermano se detiene ante la puerta.
Las telarañas resplandecientes parpadean y vuelven a reconfigurarse.
El futuro cambia. No hay incendio.
Es primavera, luminosa y colorida.
Su voluntad de poder se ha manifestado, y es gloriosa.
La catarata de experiencias todavía la asalta como una torrentada impetuosa, todavía amenaza con arrastrarla hasta la locura permanente. Alguien más débil abrazaría la demencia en busca de socorro y refugio; pero ella no. Ella lo entiende.
Las escenas que experimenta son pedacitos de su futuro. Uno de sus posibles futuros. Uno de entre una infinidad.
El Götterelektron recorre los cables, entra en su cabeza, toca el telar de su Willenskraft y estalla en un billón de sutiles hilos de posibilidad. Un tapiz de líneas temporales potenciales se extiende en abanico ante ella. Incontables hilos dorados, caminos de futuro cada uno de los cuales se ramifica en un sinfín de variaciones, e innumerables variaciones de esas variaciones, y así hasta el infinito. Cada decisión que ella toma desplaza el mundo de un juego de caminos a otro.
Es una profetisa, un oráculo, una vidente. Es, ni más ni menos, un vehículo del Destino.
La red de futuros posibles tiene una anchura infinita que crece y se expande a medida que la explora. Hace falta fuerza mental y de voluntad para recorrer las profundidades, investigar los confines lejanos de la posibilidad. Hay un horizonte que limita su omnisciencia, una frontera construida a partir de su propia debilidad.
En las frágiles primeras horas de su nueva habilidad, no puede adelantar su mirada más allá de unos instantes. Si hermano corre en busca del doctor, ella muere en un incendio; si se queda, sobrevive.
Con la práctica, empuja ese horizonte varias horas hacia delante. Le dice a hermano que tiene hambre: él vuelve con estofado, pan y Strudel de cereza. Espera una hora y se lo dice: no queda Strudel. Espera dos horas y luego le dice que está muerta de hambre: el doctor lo pilla saltándose el toque de queda y lo castiga con una noche y un día en el ataúd; hermano se arranca las uñas intentando salir.
Con varios días de práctica, puede seguir las líneas temporales del futuro hasta una semana. Roba un cuchillo de la cocina y apuñala a hermano en el cuello: ramas enteras de la red infinita desaparecen, sustituidas por otras que empiezan con una tumba poco profunda y un saco de cal viva.
El proceso es hermoso; hipnótico. No puede dejar de observarlas una y otra vez.
Aprende a concentrar su voluntad como un bisturí, a podar el árbol de las decisiones, a cortar la sutil maraña de posibilidades indeseadas.
Cuanto más aleja el horizonte, más poderosa se vuelve. Y aun así quedan cosas que no puede hacer, sucesos que no es capaz de llevar a término. No puede hacer que nieve en junio. No puede hacer que hermano se enamore en los dos días siguientes. Ninguna de sus acciones provocará que el doctor se caiga por la escalera de la granja y se rompa la crisma en las siguientes seis horas. Sin embargo, al alejar el horizonte, se multiplican las posibilidades. ¿Qué prisa hay? Al cabo de tres días los cielos se abrirán y caerá un aguacero. El doctor llevará unas botas de agua, que dejará delante de su puerta en el segundo piso de la granja para no meter barro en su habitación. Supervisa los ejercicios de entrenamiento diarios desde la ventana de su salón. Ella distrae a uno de los otros con un oportuno guiño; el tipo pierde la concentración y destruye equipo delicado en una explosión de Willenskraft. El doctor se pone hecho una furia. Abre la puerta de golpe. No ve las botas. Acaba al pie de la escalera con el cuello flácido y atravesado por astillas de vértebra.
Puede matar al doctor con un simple guiño. Un guijarro inicia un alud; un solo copo de nieve desencadena una avalancha.
Pero allí está cómoda. La muerte del doctor cambiaría la granja, pondría en peligro su confort. El doctor vive un poco más: ella ha decidido su destino.
Se ha desprendido del capullo invernal de su infancia para estirar sus alas bajo el sol.
Es una mariposa que desata huracanes a su paso.
Es verano, cálido, verde y glorioso.
Su habilidad es extensa, flexible; está cargada de sutilezas. Puede lograr que cualquiera haga prácticamente cualquier cosa, siempre que esté dispuesta a escudriñar la red de líneas temporales futuras con la antelación y la atención precisas, a practicar incontables variaciones de una breve conversación o un encuentro momentáneo. El infinito siempre incluye una línea temporal que sigue el hilo de sus caprichos.
El doctor no alcanza a comprender la magnitud de su creación. La paradoja la deleita.
Mueve el horizonte años adelante. Cuando su poder llega a ser lo bastante grandioso, hace lo que haría cualquier semidiosa que se preciara: vaticina su propio destino. Destinos.
Pero no es una auténtica semidiosa; no vivirá eternamente. Con las decisiones correctas en las encrucijadas precisas, eso sí, vivirá mucho tiempo. Bucea en el porvenir el día en que su cuerpo sucumbe por fin a la edad. ¿Tiene noventa años? ¿Un siglo entero?
Por el camino, ve otras cosas al acecho. Todas las líneas temporales muestran al mundo inmerso en una guerra inminente. Eso no le preocupa. Encontrar un camino cómodo a través de los años del conflicto es una tarea trivial.
Explora en primer lugar las potencialidades más prometedoras. Sonda el futuro, y se sumerge más aún, hasta que las ramificaciones sucesivas de las líneas temporales paralelas entretejen los hilos de la posibilidad hasta formar un finísimo pelaje...
... y descubre que algo la observa.
Algo que acecha no en las líneas temporales, sino en los huecos que las separan.
Un horror intersticial que merodea por los lugares donde nada debería existir. Titánico. Malévolo.
El horror repara en ella. Y se enfada.
Invierno otra vez. Nada salvo hielo y sombra.
Las pesadillas la atormentan durante semanas. Pasa todavía más tiempo antes de que recupere el valor suficiente para explorar el futuro profundo otra vez. Cuando lo hace, encuentra ese mismo muro de malicia asfixiante, esa misma sensación de que algo inmenso y antiguo la observa desde fuera de las líneas temporales.
Toda exploración del futuro —quitando, como siempre, las ramas que terminan de forma prematura porque le pegan un tiro, la estrangulan o la alcanza un rayo— acaba precipitándola a ese abismo. Terminan en una oscuridad tan completa que hasta su corazón sin miedo se estremece ante ella.
Lo intenta una y otra vez, y otra y otra, pero no hay manera de evitar ese destino. Aprende lo que puede.
Los demonios se llaman eidolones. Están en todas partes y en todos los tiempos. Son el mortero entre los ladrillos del universo. Son seres de puro libre albedrío y desprecian a la humanidad. Desprecian la mancha, la corrupción que la humanidad deja en un cosmos por lo demás perfecto. Pues los humanos no son más que un accidente inútil de espacio y tiempo, minúsculos, insignificantes, encadenados para siempre por sus limitaciones espaciales y temporales, y sin embargo, de algún modo, sensitivos y poseedores de una variedad limitada de libre albedrío. Nada podría resultar más ofensivo para los eidolones, que, por tanto, pretenden erradicar el insulto.
Sin embargo, la misma inmensidad de los eidolones es también su debilidad; la salvación de la humanidad reside en su insignificancia dentro de la escala ilimitada del cosmos. Toda la existencia humana depende de un problema de demarcación. Se trata de un equilibrio precario, que será estable solo mientras los eidolones nunca perciban realmente a la humanidad.
Pero la percibirán, pues hay brujos en el mundo. Hombres que se comunican con los eidolones, hombres dispuestos a mejorar la percepción que los demonios tienen de la humanidad a cambio de hazañas fantásticas, imposibles. Porque los eidolones no están sujetos a las leyes de la naturaleza.
Los horrores que los brujos desencadenarán son consecuencia de la guerra que se avecina. Ni siquiera ella puede impedirla. Es demasiado grande y falta demasiado poco. El mundo fijó ese rumbo antes de que ella recibiera el timón.
En muchas líneas temporales, el fin llega durante la propia guerra. Hay otras sendas futuras, desenlaces más complicados y menos probables, en que los eidolones consumen el mundo años después de la conclusión del conflicto. Décadas, incluso. Aun así, hasta en los límites de la posibilidad, en las líneas temporales más enrevesadas e improbables que puede discernir, todo termina en la oscuridad. Todo termina con los eidolones.
Ella termina con los eidolones.
En todas y cada una de las líneas temporales.
Pasan las estaciones. Conociendo su sino, le cuesta encontrar sentido a nada. Sucumbe al nihilismo. Hermano no lo entiende. No puede. Sus preocupaciones van mucho más allá de la comprensión de los mortales.
¿De qué sirve ser una semidiosa si no puede cambiar lo que importa? ¿Si no puede alterar su propio destino?
Va dejando pasar los meses con desganadas exploraciones del futuro. Al igual que hermano, muchas personas reaparecen en sus investigaciones, pues sus destinos se trenzan con el de ella a lo largo y ancho de una multiplicidad de futuros. Pero un hombre despierta su interés. En algunas líneas temporales, sus interacciones no duran más que unos breves momentos, pero eso carece de importancia: lo ve una y otra vez.
Se llama Raybould Marsh. Es fuerte, valiente, bello. Cargado de ira acumulada. No es tan listo como ella, pero eso no es ningún pecado.
Salta a la vista que el destino quiere unirlos. ¿Por qué si no aparece en tantos de sus futuros ese magnífico desconocido?
Experimenta algo nuevo: empieza como un nudo en la garganta, da paso a un dolor maravilloso en el pecho, se convierte en mariposas en su barriga y se extiende columna abajo hasta crear un sutil calor entre sus piernas.
Juega a la seducción. Explora los futuros en los que se gana el corazón del desconocido. Es un hombre irritable y difícil en ocasiones, pero el amor no es más que otra emoción, y ella puede conseguir que cualquiera haga prácticamente lo que sea, que sienta casi cualquier cosa, si dedica el suficiente tiempo y paciencia. Y hay líneas temporales en las que él sucumbe a sus encantos. Son de difícil acceso e infrecuentes, pero existen.
En las noches solitarias se da placer mientras lo observa dormir. Es en una de esas noches, que dedica a imaginar que él recorre con sus manos encallecidas su cuerpo desnudo, cuando descubre que Raybould Marsh puede ser algo más que su amante.
Puede ser su salvador. Puede salvarla de los eidolones.
¿Qué haría Raybould si conociera su destino ineludible? Todas las líneas temporales terminan con los eidolones, pero él lo vería de otro modo: toda línea temporal preexistente termina así.
En ese caso ¿por qué no construir una línea temporal nueva? Desde cero.
Se incorpora en la cama, olvidados los primeros temblores del orgasmo.
Primavera de nuevo. La mariposa estira las alas.
Burlar a los eidolones supone un desafío soberbio, el único merecedor de su atención. Se convierte en su único objetivo durante varios años; dominar las manipulaciones, atravesar el corazón oscuro de las paradojas más enmarañadas, cosechar datos de recónditos futuros potenciales, rozar su propia muerte a manos de aliados enfurecidos y enemigos resueltos, entretejer causa y efecto a lo largo de varias décadas.
Inspecciona al pormenor todos los detalles; no debe dejar nada al azar. El plan debe desarrollarse a lo largo de tantos años que las más minúsculas contracorrientes desembocarán en ciclones capaces de desmadejar el endeble hilo de sus maquinaciones.
Es una empresa hercúlea, pero lo consigue.
Empezará con un hombre llamado Krasnopolsky.
Pronto, el doctor usará la Guerra Civil española para poner a prueba sobre el terreno las habilidades de sus niños, con lo que demostrará a sus benefactores que puede cumplir sus sueños de conquista. Las hazañas triunfales de la Willenskraft se grabarán para su posterior estudio. Krasnopolsky será uno de los cámaras. Presenciará sucesos antinaturales, cosas que lo inquietarán.
Le resultará fácil dar un empujoncillo a los recelos de Krasnopolsky para convertirlos en ideas de deserción. Los británicos enviarán a un espía a recogerlo. Un espía llamado Raybould Marsh.
Se verán fugazmente por primera vez en el puerto de Barcelona. Ella le tirará el anzuelo con un guiño.
Y así, una vez empezada la guerra, Raybould regresará al continente, en busca de información sobre la granja del doctor. Ella dejará que la capture.
La llevará a Inglaterra, donde él y sus compañeros la conducirán ante un eidolon. Los demonios verán también a Raybould y notarán lo que ella tiene pensado para él. Atraerá su interés. Y ese momento se convertirá en su ancla, el punto de injerto a partir del cual crecerá la nueva línea temporal. Aunque habrá mucho más que hacer.
Con sus indicaciones, hermano la rescatará. Se convertirá en la asesora más valiosa del alto mando militar, que gracias a su orientación aniquilará al ejército británico en las playas de Dunkerque; también dirigirá la destrucción sistemática de las defensas aéreas inglesas. Su Willenskraft se convertirá en un bisturí que cortará toda esperanza.
Raybould, entretanto, intentará formar una familia. Duele pensar en él con otra mujer, pero es una parte necesaria del plan. Además, su incomprensible encaprichamiento con la zorra pecosa no durará para siempre. Está destinado para una mujer y nadie más: ella es la mujer que ve a través del tiempo y él, el hombre que lo trascenderá.
Organizará un bombardeo que matará a la hija de Raybould, y este enloquecerá de dolor. La pena lo volverá descuidado. Se pondrá a la cabeza de un ataque sorpresa contra la granja. Los británicos usarán a los eidolones para transportar soldados a Alemania. Es una idea muy ingeniosa, pero ella echará por tierra el intento británico, para provocar una retirada a la desesperada. Los eidolones reclamarán al siguiente hijo de Raybould antes de permitir que los escasos supervivientes huyan en desbandada a Inglaterra.
La supervivencia de Gran Bretaña exigirá medidas drásticas. Los compatriotas de Raybould doblegarán a la Wehrmacht con un invierno sobrenatural y atraerán al Ejército Rojo para que remate la faena. Su estratagema funcionará pero, pese a los esfuerzos de Raybould por impedirlo, la granja caerá en manos de los soviéticos, que se apropiarán del trabajo del doctor.
Incluida ella. Y hermano.
Los acontecimientos se sucederán sin que ella los ajuste durante más de veinte años. El Imperio británico y la Unión Soviética convivirán en un precario empate. Por un lado los eidolones, por el otro la investigación del doctor. Sin embargo, cuando llegue el momento oportuno, ella y hermano escaparán, y su regreso a Inglaterra será el señuelo para que Raybould abandone su retiro.
Para entonces será un hombre distinto. Tocado, pero todavía no hundido. La tensión de vivir con un hijo deformado por los eidolones ha destruido su matrimonio, pero él aguanta porque Gran Bretaña es libre; aguanta porque cree que sus sacrificios significan algo.
Para entonces, los soviéticos habrán mejorado la tecnología del doctor, pero el intento de Raybould de eliminar al Ejército Rojo de la Willenskraft fracasará, y él resultará gravemente herido (no morirá, por supuesto; ella nunca lo permitiría). Su amada Gran Bretaña sucumbirá a un ataque fulminante.
Entonces, y solo entonces, Raybould se encontrará en el estado emocional adecuado para lo que ella necesita.
Sumido en la desesperación y la furia, dará rienda suelta a los eidolones, pero los demonios que habitan a su hijo vacío usarán sus ojos de hombre para ver completamente a la humanidad. La angustia de Raybould será lo que arroje su línea temporal al abismo malévolo.
Pero... Ella habrá dejado su ancla en el pasado mucho tiempo antes, habrá dejado su señuelo para atraer a Raybould al pasado. Y en los momentos finales de ese mundo, cuando él por fin comprenda su plan, dará un paso al frente para salvarla.
No entenderá que lo hace por ella. Raybould creerá que está aprovechando una segunda oportunidad de salvar la vida de su hija pequeña.
Sin embargo, lo único que importa es que cede y permite que el último brujo lo envíe al pasado. Llegará al punto de anclaje y creará una nueva línea temporal.
Una en la que ella no es consumida por los eidolones.
Salvarse significa tejer nuevos hilos en el tapiz de los futuros posibles. Significa destrozar a Raybould Marsh, el hombre al que ama, y forjar su dolor hasta convertirlo en una herramienta para destruir el mundo.
Significa tentarlo con lo que desea por encima de cualquier otra cosa. Significa atraerlo al pasado.
Funciona.
1
12 de mayo de 1940
Westminster, Londres, Inglaterra
Me agazapé en el doloroso abrazo de un seto de espino mientras los ecos de un agónico mundo resonaban todavía en mis oídos.
Un sudor cálido me hacía cosquillas en el cuero cabelludo, pero temblaba presa de escalofríos y náuseas, secuelas del contacto con los eidolones. No había reparado en lo enfermo que me sentía hasta que aquellos demonios me habían desmontado y reconstruido veintitrés años en el pasado.
Era un viajero en el tiempo, un refugiado del fin del mundo, el único superviviente de un cataclismo que yo había causado.
El cielo se tiñó de naranja y rosa por el oeste, al otro lado de los terrenos del parque real. Los últimos vestigios del ocaso recortaban la silueta de las farolas del parque Saint James. Todas a oscuras, sin encender. La única fuente de luz aparte del sol era una estrecha separación en la cortina opaca que cubría la ventana de arriba; un haz de luz pálida atravesaba las sombras por encima de mi escondite. El mismo Londres era una presencia gigantesca que se adivinaba en la noche aunque no se viera. El edificio del Almirantazgo se cernía a mi espalda, envuelto en aquel camuflaje oscuro. Me llegaba el olor a humedad de un aguacero reciente y el de la savia que manaba de las ramas de espino que había partido en mi precipitada huida por la ventana. Todo estaba en silencio salvo por el zumbido lejano y ocasional de los coches que pasaban por Whitehall.
La oscuridad prestaba una familiaridad inesperada a ese lugar y ese tiempo. Era como encontrarse con una antigua amante a la que se había dejado hacía mucho, para descubrir que no había cambiado ni pizca.
Era la primavera de 1940. Aquellos primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, antes de que cayera Francia y perdiésemos un ejército en las playas de Dunkerque. Antes de que se vinieran abajo las primeras fichas de dominó de la larga cadena de acontecimientos que culminaría, décadas más tarde, en un apocalipsis demoníaco.
Mi cometido era romper esa cadena. De alguna manera.
El peso asfixiante de esa tarea me cortaba la respiración. No podía asimilar su enormidad sin marearme. Sentí un retortijón.
Respiré hondo para calmarme y traté de ubicarme en el momento. En una vida anterior había sido jardinero, de modo que me concentré en mi entorno inmediato.
Unos brotes largos, sin podar, asomaban aquí y allá del seto descuidado, e interrumpían la línea recta y limpia del matorral. Las esbeltas ramitas empezaban a preñarse de blancas flores de mayo, y mis temblores hicieron que los espinos verdes repicasen contra el cristal de la ventana del Almirantazgo. Unos espinos como esos habían atravesado mi camisa cuando había saltado por la ventana y me habían dejado arañazos desde la cintura hasta la axila.
Probablemente fuese un seto vivo, con un siglo o más de edad. Sin embargo, eran tiempos de guerra, y la gente tenía preocupaciones más acuciantes que mantener los jardines bien podados.
Esa sencilla observación, más que cualquier otra cosa, más incluso que las medidas contra los bombardeos, me obligó a aceptar que aquello era real. Will lo había conseguido: me había mandado al pasado.
Imaginemos lo siguiente, si es posible: un hombre, a punto de cumplir cincuenta y tres años, algo más grueso de lo que debería, aquejado de una rodilla lesionada y un humor aún peor, desfigurado por el fuego. Que sufre náuseas, fiebre, soledad. Observemos cómo se dobla su espalda, cómo se encorva por culpa de la desesperación mientras trata de asimilar la enormidad de su imposible tarea.
Ese era yo.
Unos pasos que se acercaban a la ventana por la que había escapado hicieron traquetear los tablones del suelo del Almirantazgo. Me escondí mejor dentro del espino y apreté la mandíbula al recibir una docena de nuevos pinchazos. Apoyé la espalda en la fría y rígida piedra del edificio y traté de no respirar. Me dolían los músculos a causa del esfuerzo que hacía por no temblar para que nadie oyese el repicar de las ramitas contra el alféizar. Mi estómago protestaba.
Alguien cerró las cortinas negras. Me envolvió la oscuridad.
Y entonces una voz de mujer atravesó flotando las sombras. Tenía que proceder de la habitación a la que había ido a parar yo, a apenas un metro del punto en el que me encontraba en ese momento, encogido en el frío y la oscuridad. Lo que dijo llegó amortiguado por las cortinas, pero aun así lo entendí. Creo que esa era la intención.
—Ah.
Conocía esa voz. Otro espasmo me retorció el estómago.
Un hombre dijo, con tono brusco:
—¿Qué?
Por supuesto, esa otra voz también la reconocía, pero no estaba preparado para pensar en eso todavía.
—Ha funcionado —dijo la mujer.
Como hay Dios que oí curvarse hacia arriba la comisura de su boca mientras lo decía. Dos simples palabras, pero más que suficiente para hacer que me recorriera todo el cuerpo otra tanda de escalofríos.
Gretel. La vidente que llevaba décadas manipulando el mundo —y había asesinado a mi hija y destruido mi matrimonio— en su paradójico empeño de eludir a los eidolones en el último día de la historia. Yo y todas las personas que me importaban, sin saberlo, habíamos sido meras piezas en la larga y compleja partida de ajedrez de Gretel. Como lo habían sido la propia Gran Bretaña, el Tercer Reich y la Unión Soviética. Todos marionetas. Volví a temblar, pero esa vez de rabia.
«Ha funcionado.»
Sí, había funcionado. Me había engañado para que desencadenase a los eidolones y luego, mientras el mundo se acababa a nuestro alrededor, había agitado ante mí una zanahoria irresistible: la ocasión de salvar a mi hija muerta. Porque ella sabía que Agnes era el único señuelo lo bastante poderoso para arrancarme de mi apatía; para entonces, me daba bastante igual que terminase el mundo.
Y se había dado cuenta de que yo estaba allí. Sabía que había ganado.
Pero ¿era ella la ganadora?
Porque «mi» Gretel, mi bestia negra —la Gretel que había instigado el bombardeo aéreo que había matado a Agnes, la Gretel cuyo espectro había sobrevolado todos los días de mi vida en las décadas transcurridas desde el final de la guerra—, había fallecido junto con todos los demás, cuando los eidolones habían acabado con el mundo. Aunque claro, a ella no le importaba porque, pese a estar loca, tenía en sus manos el poder de los dioses. Así, su largo juego no venía a ser más que un enrevesado sacrificio. Una finta destinada a los eidolones, un truco sobrenatural de prestidigitadora, para que otra versión de ella pudiera salir adelante. Para que una Gretel diferente, la Gretel de esa línea temporal escindida, pudiera vivir libre de los eidolones.
Qué perspectiva tan privilegiada la mía. Resultaba escalofriante ser testigo de excepción de sus despiadadas maquinaciones; repugnante, la magnitud de la psicosis de aquella loca. Terrorífica.
Una arcada me dobló por la mitad mientras los pasos se alejaban y «él» acompañaba a la prisionera de vuelta a su celda. Sabía que eso era lo que estaba haciendo porque yo había estado allí.
«Estoy aquí. Ahora mismo. Pero “él” también.»
¿Yo era el que temblaba, sudaba y sangraba en la oscuridad, o esa otra persona, que estaba a salvo del frío en el interior del Almirantazgo? Tenía sus recuerdos, pero él no compartía los míos. No compartía mis heridas, mi desfiguración, el dolor constante de mi garganta. No había soportado dos intentos fallidos de formar una familia.
Al pensar en mi familia las lágrimas se derramaron por los extremos de mis párpados cerrados. Mi querida hija Agnes, que murió tan pequeña. Mi hijo, John, un recipiente sin alma moldeado por los eidolones para facilitar la erradicación de la humanidad. Y mi esposa, Liv, con sus pecas, su ingenio mordaz y su rencor ponzoñoso.
Una nueva revelación me golpeó el estómago con tanta fuerza que amenazó con aflojar mis tripas revueltas. Era 1940: nada de todo eso había sucedido aún. Liv todavía amaba a ese «él». Lo amaba de un modo que en mi caso se había marchitado y muerto hacía mucho. Lo amaba de un modo que no se merecía. No era justo. Lo odié por ello.
Sin embargo, la semilla de una idea se hundió en el fértil suelo de la trastienda de mi cabeza. No podía sacarla. Tampoco quería.
Esperé hasta que estuve seguro de que Gretel y su acompañante habían bajado y de que nadie me oiría mover el seto desde dentro. Un búho ululó en el parque Saint James mientras luchaba por salir del espino. Varios minutos de maldiciones dieron como fruto mi liberación, además de una retahíla de arañazos nuevos, que sangraron profusamente mientras cruzaba Horse Guards en dirección al parque.
Había que caminar con cuidado: muchos de los parques de la ciudad se habían reconvertido en huertos y espacios destinados a tareas de defensa nacional. Tropecé con una zanja que con toda probabilidad se había excavado para llenar sacos terreros.
Mi cabeza palpitaba al compás de mi pulso, y el sudor descendía por mis sienes. Me asaltó otro acceso de náusea. Los acuosos retortijones dotaban de urgencia a mi deambular, pero sabía que en el parque no había servicios públicos. No en 1940. Y no tenía tiempo de encontrar unos.
Agachado en el barro junto al lago, se me ocurrió que ya había visto una vez esa orilla, pero salpicada de tiendas de campaña. Un campamento base. Ese recuerdo, como una draga, hizo que aflorasen otros, en especial el de un encuentro extraño y terrorífico, pero mis pensamientos volvieron a dispersarse; era reacio a rememorar aquello, aunque no acababa de comprender por qué.
Mi alivio duró poco. Apenas me había subido los pantalones cuando me dio una luz en la cara. El leve palpitar de mis sienes estalló en forma de jaqueca sin paliativos.
—Oiga, ¿qué hace ahí?
«Oh, Dios bendito, no. Ahora no.»
Estaba deslumbrado y solo distinguía algo pálido que aleteaba en las sombras más allá del haz de la linterna. Posiblemente un pañuelo. Una segunda voz con la nariz tapada dijo:
—¡Joder! Creo que ha cagado en el lago.
—Estoy enfermo —farfullé. Cada palabra encendió un fuego en mi garganta.
Poco a poco fui asimilando la magnitud de mi humillación, que si no era la peor de mi miserable vida, se acercaba mucho. La posibilidad de que Gretel la conociera no hacía sino empeorar las cosas. En ese momento me daba igual salvar el mundo; solo quería que me tragara la tierra.
—Puede ser —dijo la segunda voz—, pero los parques reales no son su retrete particular. Eso es una asquerosidad.
El primer hombre inclinó la linterna para dejar de apuntarme directamente a los ojos. Distinguí el destello de una placa y la silueta de un casco de bobby.
—Me gustaría ver su carnet de identidad, señor.
Y entonces fue cuando comprendí que tenía un problema. Tanto era el peso del terror que creí que me hundiría en el barro.
El Gobierno de Su Majestad había emitido carnets de identidad para todos sus ciudadanos al comienzo de la guerra, en 1939. Los habíamos llevado hasta principios de los años cincuenta, cuando por fin se canceló el condenado programa del Censo Nacional.
Sin embargo, nada de eso importaba porque, en ese momento, 1940, en plena guerra, la ley exigía que enseñase mi documento de identidad a los policías. La ley exigía que nunca saliera de casa sin el carnet encima. Por desgracia, los carnets no se me habían pasado por la cabeza mientras los eidolones devoraban el mundo.
Volvieron a entrarme los temblores.
—Lo he perdido —dije con la voz raposa.
—¿De verdad? ¿Y cómo lo ha perdido?
No podía explicarle al policía que lo había tirado a la basura durante una limpieza a fondo hacía diez o doce años, pero el segundo agente captó mi vacilación antes de que acertase a inventar una mentira plausible.
—No lo preguntaré otra vez. ¿Dónde está su carnet de identidad, señor?
—No... no lo llevo.
—Vale —replicó el policía—. ¿Sabe que podríamos encerrarlo por eso? Y por eso otro. —Señaló la orilla del lago con la porra—. Es un puñetero atentado contra el orden público, eso es lo que es.
—Francis —dijo el primero—. Ven un momento. Usted —añadió señalándome—, quietecito.
La policía me había detenido las veces suficientes para reconocer que se fraguaba una diferencia de pareceres. Agucé el oído y me planteé salir corriendo. El aire tranquilo de la noche me acercaba sus susurros. Tenía que hacer un esfuerzo para oírlos por encima de las olas del lago, pero sabía que estaban discutiendo.
—Nos lo llevamos —dijo Francis, que todavía se tapaba la nariz con un pañuelo.
—Necesita un hospital —replicó el otro policía.
—No hablarás en serio.
—Se nota que el pobre viejales está confuso. Mírale a los ojos: lo más probable es que esté medio senil. Podría ser el padre de alguien.
—A lo mejor eso es lo que los alemanes quieren que pensemos.
—Mira sus cicatrices. Seguro que luchó en la Gran Guerra.
—A lo mejor combatió del lado de los teutones.
—Estás siendo un poco exagerado, ¿no te parece?
—No. Tú estás siendo un poco vago.
—Deja que intente aclararme con el pobre infeliz, ¿vale?
Volvieron. Yo no me había movido. Sabía que no estaba en condiciones de ser un fugitivo decente. Me atraparían y eso echaría por tierra mi misión antes incluso de que empezara.
En mis años mozos podría haberme planteado pi
