ABRAZANDO LOS ÁRBOLES
Muchas veces ha sido dicho que existe una lejanía en las vivencias de quienes habitan las ciudades, especialmente Montevideo, de aquellos que están inmersos en esa generalidad que se denomina el campo, la campaña o la ruralidad. Hay mucho de cierto en ese reflejo y también de inevitable, porque la cotidianidad de vivir en las praderas o las sierras es intransferible a quienes están en una casa o un apartamento en una urbe. A la vez, muchas de esas vivencias son parte de la intimidad de familias o comunidades, convertidas en saberes que solo se comparten entre los iniciados y que son celosamente guardados de los extraños. Los citadinos no siempre advierten esa riqueza cultural en ese otro Uruguay, e incluso cuando se les brindan pistas solo unos pocos están dispuestos a escucharlas.
En las páginas que siguen, Emilia Díaz describe parte de esa rica diversidad. Lo hace con emoción, incluso pasión, a partir de recorridos y diálogos que revelan esos otros mundos. Son cosmovisiones en las que las personas se organizan y se sienten dentro de las naturalezas que las rodean, y a la vez, en ese entorno natural, con sus hongos, semillas, hojas, animales, fuegos o aguas, también son protagonistas, trasladándose de sus contextos ecológicos a los sociales, adentrándose en la cultura.
Este libro es una larga caminata tanto en la geografía del Uruguay como en esos otros espacios culturales. Nos lleva de la mano desde el encuentro con mujeres que son sanadoras en el río Queguay al Valle Edén, en Tacuarembó, desde los yuyeros en las sierras del este a encuentros en Montevideo, y desde allí retornar a Canelones o llegar a Paso Centurión, en Cerro Largo. Se rescatan las historias de mujeres, varones y sus familias, en escenarios que pueden ser casas o montes, habitaciones o fogones.
Es también el recorrido de conversaciones, diálogos pausados, por momentos rítmicos, en distintas localidades del país. Todos ellos enmarcados en el respeto y la paciencia de quien arriba desde las realidades de los edificios y las calles de hormigón, pero que pretende conocer y entender esos otros mundos que son a la vez de humanos y no humanos, de hombres, mujeres, arroyos o montes. Es una inmersión que se relata con humildad, aceptando esos saberes tal como sus creadores los expresan y los sienten, sin caer en petulancias de verdades reveladas que sirvan para señalar entre lo verdadero y lo falso.
Este tipo de abordajes son más que bienvenidos, ya que en Uruguay la temática ambiental es minimizada, muchas veces excluida, desde varios frentes a la vez. Eso se observa con buena parte de la política partidaria convencional, lo que explica las debilidades y los retrasos del país en la gestión ecológica. Otro tanto sucede con los intereses empresariales que hacen sus negocios expoliando los recursos naturales y contaminando el entorno. Finalmente, hay actores sociales que al estar atrapados en urgencias, como pueden ser la pobreza o la inseguridad, no alcanzan a tener ese momento de respiro para mirar lo que ocurre sobre todo en el medio rural.
Al mismo tiempo, en esas cuestiones que son simultáneamente sociales y ecológicas, hay una segregación que se expresa en el género. Es que los encuentros y los reencuentros con ese mundo natural en muchas ocasiones se logran gracias a las acciones y las sensibilidades de las mujeres. En las historias que aquí se comparten se encontrará repetidamente el papel que desempeñan las mujeres como guardianas de semillas nativas, expertas conocedoras de las sanaciones que descansan en las plantas o como proveedoras de seguridad alimentaria dentro de la familia. Al mismo tiempo, en varias de las denuncias, e incluso en las resistencias ante la problemática ecológica, son las mujeres las que lideran las movilizaciones, aunque eso no siempre se advierte. No son infrecuentes los casos en que los liderazgos masculinos acuerdan aceptar el daño en la calidad ambiental, o incluso sanitaria, a cambio de alguna compensación económica o el sueño de ventajas laborales, mientras que ellas entienden que la salud y el ambiente no tienen un precio suficientemente alto como para sacrificarlos.
Dando un paso más, este libro brinda luces sobre las intrincadas relaciones entre las exigencias por la calidad de vida y del ambiente y las sensibilidades y las afectividades. No se logrará resolver las urgencias ambientales, sean globales, como el cambio climático, o nacionales, como el deterioro de la calidad del agua en nuestros ríos y arroyos, únicamente con discursos racionales y medidas tecnológicas. Por cierto que esos aportes son fundamentales, pero la creencia de que son suficientes para resolver las crisis ambientales es errada. Desde hace décadas se han sucedido múltiples reportes académicos, centenas de documentos y reuniones, y muchas más denuncias, pero a pesar de todo ello, el deterioro ambiental sigue profundizándose. Lo mismo puede decirse de otras problemáticas sociales que también asoman en las páginas siguientes, como una medicina cada vez más dependiente del empresariado farmacéutico o suplantar las comidas tradicionales por productos procesados repletos de químicos.
En cualquiera de esos asuntos se impone un cambio radical que también debería alcanzar las sensibilidades, la afectividad y las éticas por las cuales nos relacionamos con la vida que nos rodea. Se ha perdido esa conexión con los demás seres vivos y sus hábitats, como puede ser con los montes, las praderas o los bañados. Su destrucción no es sentida como una herida propia. El cambio necesario está, por lo tanto, en volver a sentir, por ejemplo, la indignación, tal como relata un protagonista en el libro al describir cómo murieron los coronillas centenarios en Villa Serrana a manos de una retroexcavadora.
Esos modos de sentir y pensar están en estas páginas, en los encuentros alrededor de una mesa o un fogón, rodeados por comidas o yuyos, con abrazos y miradas en los que se intercalan los que viven en los montes, las parteras que alumbran la vida o las mujeres que danzan alrededor del fuego.
Me apresuro a dejar en claro que en estos relatos no hay excentricidades ni rarezas, como podría suponer algún lector desprevenido. Similares formas de sentir y pensar se repiten en otros rincones de América Latina, sea en las selvas tropicales, en los Andes o en las demás praderas del Cono Sur. No deben ser entendidas como intentos de folclorizar la vida en el campo o un misticismo new age ante las crisis ecológicas. En realidad, estas y otras experiencias muestran los repetidos modos de reconectarse con la naturaleza, y que una y otra vez son minimizados y excluidos.
El libro de Emilia Díaz nos muestra cómo germinan algunos de esos otros modos de entender lo que nos rodea en nuestro propio país. Se nos presentan diálogos que efectivamente comparten la atmósfera de una conversación íntima en la que se confiesan experiencias profundas o secretos celosamente atesorados. Es una cadencia de vibraciones, de eventos que coquetean con la magia de los alquimistas, para llegar a las mujeres que abrazan a los árboles y a los arroyos que cobijan a esos mismos árboles.
Esas otras sensibilidades y miradas a un mundo que es tanto de las personas como de la naturaleza se vuelven fundamentales para, como se dice en el libro, imaginar futuros que no existen. Pensar otros futuros para así poder crearlos. Es un desafío urgente, porque ya sabemos que si se persiste con los modos contemporáneos del ser y del estar, es inevitable que se agrave el deterioro en nuestro país. Es por ello que las alternativas requieren de un cambio de posturas más amplio y profundo de lo que se supone, en múltiples dimensiones, para recuperar ese sentirse parte de las cadenas de vida que van más allá de nosotros mismos. La vida que allí reside, su permanencia y sobrevida, es esencial para nuestra propia existencia.
Para decirlo de otro modo, y acompañando el espíritu de los recorridos en las páginas que siguen, lidiamos con un compromiso fundamental y a la vez urgente, que es defender la vida, toda ella, en todas sus manifestaciones. Ese es el reto si esperamos volver a abrazar a los árboles.
Eduardo Gudynas
ESO QUE LATE BAJO NUESTROS PIES
«La magia aparece como un recurso sumamente pragmático, un salto vital, una manera de anclarse en el mundo y en la propia vida en una época donde todo parece confabularse para precarizarnos y debilitarnos».
Mona Chollet1
Sanar es cuestión de convivir mejor, lo sé, lo siento.
Sed. Sed de vientos cálidos y suaves que me rocen la piel y despierten mi memoria. Me muevo por territorios sembrados por ancestrxs, bajo un mismo sol que se pone una y otra vez, con la esperanza de un nuevo amanecer que nos espabile la conciencia.
Desconozco el lenguaje de las plantas. Pero puedo escuchar el dolor de su tierra seca, la memoria de sus ríos sedientos, la expansión de su desesperanza al sentir el paso de una especie que parece envidiar su riqueza mientras destruye ciegamente, con rapidez insospechada, lo que creció por milenios. Estamos ante una contradicción inaudita: somos pequeñxs y precarixs, pero tenemos un poder desmesurado2.
Me mueve un fuego en el pecho, la furia de sentirme parte de la tierra expropiada y violentada. Mi sed nutre mis palabras como manantial de fuerza. Huracán que pretende dar vuelta la pisada y esos pasos sordos que, abominables, avanzan destruyendo.
Mi paisito es chiquito, la nuez de un bosque lleno de sorpresas. Poquitxs habitantes que presenciamos impávidxs la insensatez de la venta del agua, la tierra, el aire y nuestras propias ganas. Ahogando nuestros reclamos, se escucha a lxs decisorxs discutir por divisas, como hace más de cien años. Cuando la única divisa que deberíamos interpelar es la de un capital voraz, fugaz, estratégico y camaleónico, que no interrumpe su melodía para escuchar a lxs que se caen del carro. Lxs pisa y sigue, «progresando» y «desarrollando» sobre un mapa en cuyo recorrido lo no humano es solo una existencia prescindible y utilitaria desde donde la humanidad —y, por cierto, no toda ella— se elevará hasta una pretensiosa, inviable, imposible y estúpida eternidad.
Sanarse no es de un día y para siempre. Sanar es un proceso hecho dentro de comunidades, de conversaciones, de alquimia de almas y cuerpos, de armonías disonantes, de ríos tranquilos y revueltos, de vientos imparables y mansos, bajo soles que queman y caldean corazones. Todo eso es sanar, y quien lo ha intentado lo sabe.
La salud no es frágil por sí misma, construimos salud a cada paso, decidimos sobre ella a cada minuto, sin darnos cuenta. Y una vez sanxs, el equilibrio no es eterno. Porque el colono interno que llevamos dentro sabe de nuestra pulsión de autonomía y nos hará trampas en el aire, que, si andamos distraídxs, provocarán nuevamente malestar.
Lxs humanxs nos movemos. Y cuando lo hacemos, afectamos y somos afectadxs por una red de invisibles energías que vienen a nuestro encuentro. Sobre ellas danzamos y modelamos nuestras vidas, la propia, la de quienes nos acompañan y la de todo lo que nos rodea.
Sanar es cuestión de convivir mejor, pero no vale cualquier convivencia. Este escrito trae crónicas que son un convite a una sanación con la tierra, la que somos y la que nos sostiene, porque es la misma. Si no la sanamos, si no sanamos con y en ella, la sanación no será completa. Acudir a su llamado es también empezar a comprender que la naturaleza no está «afuera», porque somos naturaleza. Una vez y allá lejos, fue una división instrumental para aprehender el mundo, pero es una falsa y antropocéntrica dicotomía. Hoy lo sabemos, ya no son tan sutiles los mensajes que nos llegan, están llenos de signos contundentes que urge empezar a descifrar como alarmas.
¿Cuál es la naturaleza de lo humano? Estamos tan necesitadxs de cuidado como todo lo que nos rodea. Imposible pensar que lo que sucede fuera de nuestra conciencia humana no nos afecta. Y si las heridas del mundo se nos han hecho carne, probablemente sanar el mundo sea sanarnos. O lo que es igual, y será mejor, sanemos el mundo para sanarnos. Aunque nos parezca que no alcance lo minúsculo de nuestro esfuerzo, sé que valdrá la pena. Lo comprobé en estos viajes.
No estamos tan lejos, lo sé, lo siento. Este escrito intenta hilar un tejido, tender un puente de experiencias que inspiren nuevas formas de habitar el mundo y de habitarnos, de volver a mapear territorios sutiles y de los otros, de abrazar los montes, de cuidar infancias y semillas, de escuchar cuentos de abuelxs a la luz de un fogón y de volver a creer en la intención de nuestros actos.
Porque si el mundo duele porque está herido, ¿alcanzaría solo con sanarnos? Convencida de que el viaje de mirar donde duele es uno que haremos junto con otrxs, y siendo parte de esta naturaleza, fue que emprendí el rumbo hacia tierras que conocen de heridas y también de sanación. Estas, habitadas por seres que tejen, invisibles, lazos de sostén y solidaridad con todo lo que lxs rodea, están sanando. Porque las saben heridas es que las nutren, de distintas maneras. Y me han sanado a mí también, sin proponérselo.
Los guardianes honran la naturaleza, la veneran y le agradecen a diario. Sus vidas son el testimonio del servicio nutricio que le brindan con el fin de hacerla vibrar más alto. Defienden la vida, en sus múltiples formas, ayudan a parir coherencias, proyectos, bebés y huertas. También espejan luces que titilan en cuerpos tristes y transforman ese hilo de luz en destello enceguecedor a través del juego, la risa, las lágrimas y la música. Remueven nuestra tierra invitándonos a embarrarnos en emociones que provoquen el reencuentro con nuestra esencia, mientras sus pasos dejan huellas de alianza con el pulso de la vida.
Habitar es más que sobrevivir en esta jungla herida. Porque andamos lastimadxs es que el cuidado se hace urgente. Encontrar la forma de hacer(nos) menos daño es la premisa, para encontrarnos a conversar sobre lo que duele. Y será en diálogo con nuestra tierra y su memoria, la de nuestros territorios, que sanaremos en compañía de muchos seres, sutiles y de los otros, que vendrán a nuestro encuentro, si lo deseamos firmemente.
Este libro es un convite a la acción con intención, a la autonomía de pensamiento, una invitación a interpelar servidumbres voluntarias. Es un llamado que nace desde vidas que inspiran. Un viaje sanador en el que sembrar semillas y un recorrido en el que podrás ensayar tu próxima siembra. Solo falta que elijas la semilla que querés ser; porque sin ella, no habrá milagro.
Nota:
Como habrás visto, este libro está escrito con lenguaje inclusivo. Sé que podría darte pereza leer la x en voz alta. Confío en que la lectura en silencio te hará acostumbrarte. También sé que si al mundo lo sabemos más rico cuando es diverso, ya es hora de hacer más visible la diversidad. El «los y las» deja afuera a un montón de gente.
Así que, como en todos mis libros, haré visible la diferencia hermosa que nos hace humanxs más enriquecidxs. No voy a entrar en debates sobre lo habilitado o no. No pido permiso, tomo la palabra. Espero que te pase lo mismo. Que te hagas escuchar y que tu voz también sea un instrumento que multiplique la riqueza de esta existencia, tendiendo lazos implícitos a quienes se sienten excluidxs, solxs, silenciadxs y reducidxs al masculino genérico, utilices o no este lenguaje.
Una vez se dijo: «primero, fue el verbo». Si las palabras crean, creemos pues, con ellas, el mundo que deseamos disfrutar.
1 Mona Chollet (2019). Brujas, la potencia indómita de las mujeres, Hekht Libros.
2 Marina Garcés (2017). Nueva Ilustración radical, Anagrama.
JULIO
LA VISIÓN EN EL FUEGO
Primera parada
Fogones sanadores del Queguay a Valle Edén
«Porque yo veo a la gente, la miro y sé quién es. ¿O tú te pensás que somos solo de este tiempo?
No. Yo no tengo solo sesenta y cinco años.
Tengo más, de repente tú también».
Solo pensar en volver a lo de Ana Lanouguere me expandía el pecho de felicidad. Ir acercándome al Queguay me llenaba de júbilo. Sabía que me esperaba el camino del corondá, una noche de luna llena, puentes de madera sobre hilos de agua en medio del monte nativo, pajaritos que nos saludarían con sus mil voces y alguna vaca despistada e inteligente que siempre aparecía camuflada entre lo silvestre.
El abrazo que me dio Ana al verme aún lo siento en mi pecho. Volver al aroma de sus hierbas en la sala de la farmacia Medicinas del Queguay me devolvía el calorcito que necesitaba en ese otoño. La última estancia en ese paraíso había sido con mis hijos y en carpa. El jugo con naranjas licuadas y las tortafritas que hizo la tía Ana del Queguay, como le decían, les quedaron estampados en la memoria gustativa. Esta vez llegábamos sin carpa y con Fernando, mi compañero, por unas vacaciones en Semana de Turismo.
Nuestra anfitriona andaba muy visitada por esos días. De todas partes llegaban familiares, amigxs y curiosxs aventurerxs, deseosxs de encontrar paz. Un padre y su hijo adolescente, desde el barrio La Teja de Montevideo, venían recorriendo montes desde hacía una semana. Dejaron su camioneta en lo de Ana y bordearon el Queguay, donde encontraron rincones insospechados. Con un mapa de papel, a la vieja usanza, linternas y ollitas colgando, esa pareja de padre e hijo era inspiradora. Ojalá tenga bien mis rodillas en diez años para hacerlo con los míos, pensé.
Intercambiamos regalitos y nos dispusimos a cenar. En la agenda de Ana había un fogón previsto para esa noche, yo aún no lo sabía.
—¿Quieren participar? —nos dijo, invitando dulcemente.
No sabía si podría con mis pequeños, ellos no solían participar en fueguitos. Me gustaba que Fernando lo hiciera. De los dos, la más «mística» soy yo, así que Fernando siempre terminaba entregándose a las experiencias antropológicas, incluso a las de índole religiosa. Siendo un confeso ateo, sentí su aceptación a esa invitación como un gran acto de amor.
—Si los niños quieren participar tienen que estar todo el tiempo desde el comienzo. Una vez que uno se sienta alrededor del fuego ya no se puede parar e irse. Están invitados. Siempre participan niños en nuestros fueguitos —dijo Ana.
Hice la invitación, pero no hubo caso. Les expliqué que durante un tiempo deberían quedarse solos en la casita del Club de Pescadores del Queguay, donde alquilamos. No tenían problema con eso, me dijeron. Un poco decepcionada, caminé con Fernando hasta lo de Ana para ayudar con los preparativos.
El fuego se inició en un fogón de piedra a medio construir, a pasos de la casa de Ana. Había personas que nunca había visto. Las únicas mujeres éramos Ana y yo. ;Ana repartió unas hierbas de aroma riquísimo ataditas por hilitos, sahúmos, cada unx elegiría el que más le vibrara. La noche estaba un poco fresca, por lo que también repartió frazaditas para las piernas. Las sillas se dispusieron alrededor del fuego y se dio inicio a la instancia, saludando los elementos y agradeciendo el encuentro y la abundancia. El fuego se empezó a manifestar dando chisporroteos y caldeando la experiencia.
Se hizo un silencio. En torno a aquella luz que se irradiaba desde el centro, los rostros parecían pincelados. Algunos se dejaban ver de frente, otros bajaban el mentón emocionados. De a poco fue circulando la palabra en el sentido que sugirió Ana. Nacían como brotecitos detalles de la vida de cada unx que me conmovieron. No había participado en instancias en las que los varones abrieran de esa manera su corazón. Fernando estaba a mi lado y tomó mi mano de repente, agradeciendo nuestra relación y mi presencia en su vida. Se me erizó la piel y brotaron lágrimas tímidas bajo mi sonrisa. Era algo que él solía decirme, pero no en forma pública.
En un momento, un hombre de estatura pequeña se expresó en forma contundente, desde el vientre. Abrió su corazón con un dolor y una honestidad brutales. Me dieron ganas de abrazarlo, pero hacía tan solo unos minutos que lo conocía. Se expresaba con pausas que hacían ver que escogía con precisión las palabras que emitía. Se tomó todo el tiempo que la emoción le permitió, dándole una profundidad y un sentido únicos a la ceremonia. Hablaba como poeta. Agradeció a Ana, su guía en las instancias más duras de su vida. Venía desde Paysandú especialmente para este fueguito y su pedido se alzó a los cielos con fuerza. La vida de su amada sobrina estaba en peligro. Lo escuchamos atentamente, sentimos el dolor y la impotencia de su cuerpo. El fuego respondía dando chisporrotazos sorprendentes.
—Ana, te agradezco este fuego, a ti y a todos los hermanos aquí presentes. También a los que están lejos, o no están. Agradezco a Julio y todos sus fueguitos desde el Valle Edén. Gracias por la confianza, por el calor de este encuentro.
Su rostro empapado en lágrimas colmaba de honestidad el ritual. Sentí que, entre todxs lxs presentes, hacíamos nuestras vulnerabilidades más resilientes, que el dolor de aquel hombre era también el mío y el de todxs, que repartido dolía menos. Al finalizar, nos saludamos como una gran familia que había conjurado la muerte. La energía de aquella complicidad se había elevado a los cielos y el viento la llevó donde hubiera otros fueguitos en los que despertar conciencias.
Aquella noche dormí como hacía mucho tiempo no dormía. Paz en mi corazón. Alegría y agradecimiento por todo lo que me rodeaba.
Julio. ¿Quién sería ese Julio que había mencionado aquel hombre? Amanecía en el Queguay. Una intriga me carcomía rumbo al desayuno. La noche anterior no quise preguntar, no era pertinente. El mate mañanero en ronda me ayudó. El señor que había pedido por su sobrina disfrutaba del solcito otoñal del Queguay entre las risas de Ana, que se escuchaban de lejos. Era una anfitriona excepcional. Entre el pancito casero y el bizcochuelo hecho por ella, se dio la charla. Me animé. Carlos era su nombre. Tenía la mirada más limpia que la noche anterior. Ojos rústicos y hablar dulce y experto, era docente. Hacía tiempo que los fueguitos y los saberes indígenas lo habían conmovido. Seguía su rastro y había encendido su intuición gracias a ello, pero sobre todo había vuelto a confiar en la fuerza sanadora de las relaciones sutiles con todos los elementos.
—Carlos, anoche nombraste a Julio y sus fueguitos, que vivía en Valle Edén, dijiste.
—Sí, gran hombre. Siempre le estaré muy agradecido. De una energía brutal. Una persona muy observadora, además de firme y directa en su decir. En lo personal siempre lo escuché con atención… sus palabras basadas en su experiencia de vida, de la que habla muy poco, y su conexión con lo ancestral se transforman para quien lo escucha en enseñanzas, o advertencias en algunos casos.
—¿Vos creés que le gustaría conocerme? Mañana vamos para allá.
—¡Claro que sí! —dijo Ana, que escuchaba la conversación—. Ya te doy su teléfono.
—Si vas para allá me gustaría mandarle algo —agregó Carlos.
—Sí, Carlos, se lo hago llegar con gusto.
Ana y yo nos apartamos para prepararnos para el paseo matinal. Ya habíamos recorrido sin ella, el día anterior, una parte del Queguay, buscando unas lagunas con cascadas que nos dijeron que estaban rumbo al noroeste. No lo logramos, pero a la sombra de un gran timbó paramos a descansar y jugar. Aquel árbol en medio de la llanura de base húmeda, por las crecidas del río, era un fiel testimonio de perseverancia y se transformó en una sombra que nos permitió reír y jugar a los fotógrafos y las selfies por un rato.
Con Ana, bordeamos el Queguay por la ribera sur, rumbo al oeste, por el camino de los corondás, hasta llegar al puente de la ruta desde donde se divisaba a ambos lados la parte más ancha del río. Esas aguas guardaban siempre un misterio para mí. En el camino, Ana les enseñó a mis hijos cómo extraer medicina de los tembetarís y cuál era la gracia y la magia de abrazar a los guayabos del país gigantes y de piel tersa que nos acompañaban a ambos lados del sendero. Mientras caminaba sentía mi cuerpo pesado. Me senté en un claro del monte a descansar y beber de la botella con infusión de suelda consuelda que había llevado. Me sentí mareada y cerré los ojos para llevarme el monte sanador dentro de mí. Aún me dolía expandir el tórax para respirar; una caída en el tablado de Carnaval había logrado fisurarme una costilla, y esa infusión me aseguraba una soldadura rápida.
—¿Qué estás tomando? —me preguntó Ana, curiosa.
—Suelda consuelda.
—¿Cuánto hace que la tomás?
—Un mes. Me hago un litro por día.
—¡Uh! ¡Mi niña! Debe ser por eso que te baja la presión. ¿Sabías que esta hierba baja la presión en grandes dosis como la estás tomando?
—No lo sabía… —respondí agradecida.
Me despedí gradualmente de aquella infusión y recuperé cierta energía. Ana estaba en lo cierto, una vez más. El monte también me arrullaba mientras mis hijos lo recorrían asombrados por sus vericuetos y aromas. Hacer aquel sendero con Ana era toda una aventura para ellos, que reían tímidos abrazando los árboles.
Recorrer el Queguay con mi familia me llenó el alma, saber que se llevarían en sus retinas, en sus sentidos, tanta diversidad me emocionaba. A la vuelta devolvimos las llaves de la cabaña y conocimos al nuevo guardaparques argentino que trabajaba en el Centro de Visitantes. No nos quedaba mucho más tiempo, debíamos conducir por tres horas hasta Tacuarembó para llegar a tiempo a almorzar a Ñangapiré, una posada de campo que nos esperaba con comida casera.
Nos despedimos con pena y abrazos múltiples, así era con ella, no me cansaba de abrazarla. Cargamos varias bolsitas de hierbas que acompañarían a la familia el resto del año. También iba encomienda para Julio, un tabaco rezado que le enviaba Carlos.
—¡Emilia! —gritó Ana, deteniéndonos—. Hablé con Julio por teléfono, dice que los espera con un choricito de rueda para almorzar el día que anden por Valle Edén. Luego te paso su número de teléfono.
—¡Uh! ¡Qué rico! ¡Genial, gracias, Ana!
Marchamos por un atajo entre el Queguay y la ruta 26 llamado Paso de los Carros hasta tomar la ruta 4, casi 50 kilómetros de recorrido. Los paisajes, paradisíacos, pero la suspensión del auto sufría y aullaba. Al llegar, una hora y media después, a la ruta 26, asfaltada, los niños gritaron «¡aleluya!». Y mi coxis también.
Sincronías del pluriverso
Troteamos la ruta 26 con mi coxis agradecido. Las serranías y los montes aparecían tímidamente a los bordes del cemento, augurando más aventuras. Mi corazón ansiaba conocer Valle Edén, su magia y su gente. Una cosquilla en mi pecho me recordaba el futuro encuentro con Julio, hijo de esa tierra ancestral.
Nos hospedaríamos en una posada agroecológica llamada Ñangapiré, situada a 13 kilómetros de Tacuarembó, donde elegimos pernoctar un par de noches. Aquel mediodía nos recibieron unos ojos turquesas con una risa contagiosa que eran todo lo que estaba bien. Parecía tratarse de una anfitriona de alto rendimiento. Llevaba una clásica boina campera pendiendo a un costado de su cabeza. Vestía bombacha de gaucho, camisa a cuadros y botas. Carnavalera hasta los tuétanos, reconoció que yo era la misma que había cupleteado hacía unos meses en la murga Doña Bastarda, en 2022.
—Tenés que conocer a Asdrúbal, es mi compañero y es murguista. Acaban de ganar el Primer Premio del Carnaval de Tacuarembó con su conjunto Salto el Churre. ¡Ah! ¡No va a poder creer que estás acá!
Los cachetes rozagantes y la ilusión de haber encontrado, en tierra de gauchos, a alguien que pudiera conversar de carnes tolendas con él la entusiasmaban.
—¡Asdru! Vení, ¿la conocés?
—Bo, nah, ¿sos Emilia Díaz? No, no, no te lo puedo creer —dijo con los ojos sobre el mentón.
Estos dos personajes encantadores eran amantes de la vida rural y compañerxs de locuras. Cada unx con su pasión. Asdrúbal, además de gaucho, era compositor, poeta y cupletero. Su amor por la murga venía de lejos, y Alda lo acompañaba a los tablados desde hacía años. Solían turnarse los liderazgos, sabían hacerse de peón, el uno al otro, por turnos.
—Hay que tener cuidado cuando una hace de patrona, porque cuando me toca ser peón, cae la vara —diría entre risas.
—¿Y tú a qué te dedicás? ¿Cuál es tu pasión?
—Mi pasión es la huerta, y también el laboratorio, mis honguitos, soy ingeniera agrónoma.
¿Ingeniera agrónoma? ¿Honguitos? Era ella. No podía ser. Le pregunté su nombre y me dijo: Alda. ¡Clic! ¡Sinapsis! Mis neuronas se conectaron rápidamente y me cayeron todas las fichas.
Angelita, una compañera militante feminista, me había hablado de Alda, «la guerrera guardiana de la agroecología» en la zona norte del país. Por aquella época trabajaba para el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). La llamé en 2018 para concretar una visita y me respondió que, en cuanto saliera de un monte en el que se había metido a explorar, me llamaría. Nunca sucedió. Tampoco insistí.
Chequeé mi celular sin decirle nada. Busqué «Alda» y, efectivamente, el último texto decía «te llamo en cuanto salga del monte». Era ella.
—¿Sos Alda Rodríguez?
—Efectivamente.
—Alda, sabés que te envié un mensaje en 2018, porque estaba haciendo la investigación para un libro, mirá… —le dije, mostrándole el mensaje.
—¿Y nunca te respondí? —dijo entre risas.
—No…
—Bueno… cuatro años después no es tanto, ¿no?
—Podrían pasar una década y cinco mil modelos de celulares —agregó Asdrúbal—, con Alda es más fácil que le llegue una señal de humo de Montevideo y la vea y la entienda, antes de que vea tu mensaje de texto —dijo aquel gaucho cupletero, despertando la carcajada de todxs.
¿Serían las sincronías de la vida o simplemente era mi despiste intuitivo lo que me llevaba a toparme con personas excepcionales? Sea como fuere, la estancia y la convivencia con ellxs en Ñangapiré significaron el sustrato que me hizo volver meses más tarde.
Hasta el día de hoy mi hijo Felipe, una vez por mes, me pide para andar en los caballos de Asdrúbal y los caminos «asdrubaleños». Aquel gaucho tenía un talento especial para lxs gurisxs. Una de las mañanas de nuestra estadía se los llevó monte adentro por unas cuantas horas. Cayó la tarde y no volvían; nunca me asusté, supuse que el hombre sabía lo que hacía. Y supuse bien, porque volvieron felices, agotados y con una sonrisa de oreja a oreja. El gaucho cupletero, estudiando cómo se conducían con los equinos, sacó la ficha de personalidad de ambos como si fuera un pariente con el que habían convivido toda la vida.
Alda nos hizo una visita guiada por el predio. Se emocionaba cada vez que nos deteníamos, haciéndonos notar el aroma del arazá y de los guayabos del país y el canto de los pájaros. Conocimos el laboratorio BioUruguay, donde hacía trabajar a los hongos sobre cadáveres de garrapatas, arañas y otros insectos. Con esto lograba producir biofertilizantes y controladores biológicos en forma aliada con la diversidad de los ecosistemas.
Compartió en esa recorrida todo el conocimiento que estaba a su alcance. La conservación de ambientes naturales, las zonas de montes nativos, los bañados, las huertas orgánicas, las casas biotérmicas, los hornos ecológicos de alta eficiencia en consumo de leña, los humedales artificiales para sanear toda el agua del predio y la producción rotativa de animales. Estábamos fascinadxs por experimentar con nuestros cuerpos el ciclo de la vida y los nutrientes, los productos de la huerta y las anécdotas de esos veinte años de existencia del BioUruguay3. Cada espacio tenía una razón de ser y estaban unidos por un hilo invisible que hacía dialogar todo con todo.
El día que nos fuimos nos despertó el gallo Bartolito con su canto potente, que te hacía saltar de la cama. Así cantan los gallos que son tratados con MEN4 y fitoterapia desde 2008, pensé. A Vicente y a Felipe se les dio por imitarlo, además de perseguir a las gallinas cuando las soltaban. Asdrúbal los invitó a ordeñar, y luego de esa epopeya láctea desayunamos pan casero y nos despedimos. Una penita en el corazón se encendía, la visita había tenido gusto a poco. Subimos al auto con los bolsillos llenos de semillas y el alma llenita de nutrientes. Volvería antes de lo previsto, con Alda tenía un encuentro pendiente desde hacía cuatro años.
Otra cita latía a pocos kilómetros de allí. Ese mediodía nos esperaban unos chorizos caseros que Julio demoraba, ansioso, en su fogón de Valle Edén.
Fuegos ancestrales de Valle Edén
Manejar sobre una ruta de afectos prestados era un privilegio. Saber que te esperaban como quien espera una carta añorada venida de lejos, también. La llegada del cartero ese mediodía era un auto cargado de aroma a Queguay que, tras su estancia en Ñangapiré, venía buscando caballos en el Valle.
Felipe no paraba de estornudar a la sombra y yo cruzaba los dedos para que no se resfriara. Le había prometido que podría seguir sus cabalgatas por otras serranías, con esa excusa se había subido rápido al auto. Vicente no preguntaba ni solicitaba mucho, un poco somnoliento se quejaba por tener que madrugar en vacaciones: «Es lindo el paseo, mamá, pero yo no descanso nada». Estaban ansiosos, les había dicho que conoceríamos a un descendiente de indígenas.
Julio César Rodríguez aguardaba en su quiosquito a la vera de un camino frente al puente colgante del arroyo Jabonería, llamado así por la espuma que producían las hojas de las plantas de la ribera al contactar con el agua. En unas horas Felipe saldría corriendo a buscar hojas y agua, con el objetivo de frotarlas y hacer tal experimento.
Aún no había explotado de visitantes la Semana de Turismo, por lo que se podía circular sin mayor inconveniente. Julio tendría más tiempo para recibirnos y charlar, le gustaba mucho conversar, y era un buen oyente, también. Ana le había dicho que nos esperara con algo rico, y lo que decía Ana eran órdenes para él. Al ladito nomás del quiosco tenía el fogón donde había asado un chorizo de rueda casero y exquisito. Todo lo que espera un buen viajante cuando para en el camino.
—Así que usted, Julio, vive aquí —afirmó Fernando.
—Esta es mi casa. En todos lados es mi casa. Soy el hombre más rico del mundo —respondió mientras sonreía—. El don me puso este quisco para yo hacer contactos acá.
Pensé que el don era un señor. Pero no, era El Señor, Diosito, nomás. Muy creyente, Julio llamaba a Dios de diversas maneras.
—Todos tenemos una vibración, somos una partecita del Gran Espíritu, ¿por qué pensar que no tenemos? Este es un lugar de reencuentro, todas las personas que vienen buscan tranquilidad. Si no sintonizan con este lugar es porque no era para ellos.
Caía el cuchillo contra el plato y el corte dejaba caer el juguito. Nuestras glándulas secretaban mientras la sabiduría de Julio se abría ante nuestros ojos con generosidad y confianza. Para Julio todxs somos parte del Gran Espíritu, pero a veces tenemos una mente muy estructurada que nos impide darnos cuenta del lugar que ocupamos en el mundo y no nos permite ser «nuestros propios jefes».
—Porque tenemos un gran corte histórico, por suerte hoy la gente está volviendo y está buscando. Porque yo veo a la gente, la miro y sé quién es. ¿O tú te pensás que somos solo de este tiempo? No. Yo no tengo solo sesenta y cinco años. Tengo más, de repente tú también.
Me clavó la mirada alzando los ojos desde el plato. Me invadió un sacudón de la cintura hasta la nuca. Siempre me sentí más vieja de lo que soy. No sé en qué va, somos eternxs. Eso creo. La edad es un detalle nomás.
Había hecho un fueguito la noche anterior en honor a los pueblos originarios, por la humanidad, por sí mismo y «para estar mejorando día a día». Trataba con esto de abrir conciencia. Nadie dirigía sus fogones, porque todxs teníamos el don de ser libres.
—¿Por qué juzgar que la gente no tiene vibración? Yo estuve en un pozo, tomaba y timbeaba, y ¿por qué no creer? La gente está buscando. Tengo buenos maestros y maestras que me sostienen y han hecho cambios en mí. Ana me vio y me dijo de una: «Tú sos hermano espiritual». Me conocía cuando yo no la conocía a ella. Con maestros como ella se hace fácil la cosa —dijo sonriendo, mientras se levantaba de la silla—. Voy a traer un refresco.
Delicioso el chorizo casero, tanto que mis niños hablaban co
