Conspiración república

Fernando Amado

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

Este es mi libro número doce, y es el cuarto que dedico a analizar la masonería en Uruguay. «¿Hay algo más para decir del tema?», te preguntarás si sos uno de esos lectores que me ha acompañado durante todo este camino. La respuesta corta es que sí (y mucho). La respuesta larga tendrás que descubrirla recorriendo conmigo cada uno de los capítulos que construyen este libro.

Yo no sé quién serás, si estarás iniciado en la masonería o no. Pero tú sí sabes a quién tienes de este lado de las letras: a alguien que respeta la institución, pero desde una óptica externa. Soy un profano. Y, me animaría a decir, el único que escribe sobre la masonería uruguaya, hoy, no siendo masón.

Este libro ofrece una mirada en perspectiva, se adentra en la influencia que la masonería ejerció al forjarse la identidad republicana, laica y democrática del Uruguay: un hilo que corre desde las tramas en la clandestinidad durante la época colonial hasta la consolidación institucional del siglo XX. No se trata solo de nombres y fechas; es la historia de una cultura política que aprendió a respirar en la penumbra y que, cuando pudo, salió a la luz para fijar reglas, límites y derechos.

La masonería moderna —formalmente constituida en Londres en 1717 y en Francia en 1773— se propagó con rapidez por el viejo continente. En las colonias españolas, sin embargo, el desembarco fue más áspero y más oculto. El encono de las monarquías y de la Iglesia católica apostólica romana marcó el terreno; Felipe V (1740) y Fernando VI (1750-1751) prohibieron la Orden y llegaron a decretar la pena de muerte por «alta traición». Cientos de masones pasaron por los tribunales de la Inquisición, y de allí a la cárcel, la tortura o la muerte. La señal era clara: esas ideas no debían circular.

¿Cuál era la causa de tanta hostilidad? Las reuniones masónicas hablaban de libertad e independencia, palabras que, para el régimen monárquico, sonaban a dinamita. O, peor aún, a revolución. Por eso, en las colonias españolas la masonería operó en clave clandestina, encubierta tras «sociedades filantrópicas o sociales» para no dejar huellas documentales. En el Río de la Plata la presencia asomó temprano: José Joaquín de Viana, primer gobernador de Montevideo (1751), ya había sido iniciado en la Orden masónica en España. Un presagio.

El ideario masónico, anclado en la Ilustración y en un liberalismo puro, sembró lo que sus contemporáneos llamaron el «fuego sagrado en las ideas de libertad, de justicia y de solidaridad entre los hombres». Ese tríptico —libertad, igualdad, fraternidad— se volvió programa ideológico de la gesta independentista. La huella se ve, por ejemplo, en José Artigas: «hermano sin mandil», sí, porque no fue masón, pero se rodeó de iniciados y se inspiró en las revoluciones francesa y norteamericana. De allí se nutrió su doctrina: apuntalada en la libertad civil y religiosa, república, federación y poder a raya.

Este trabajo recorre cómo esa base ideológica se convirtió en red de organización —con la logia Caballeros Orientales como pieza clave— y, luego, en acción política directa: desde el liderazgo en la Cruzada Libertadora de 1825 hasta la elaboración de los documentos fundacionales del Estado, con sello en la Constitución de 1830.

Más tarde, ya en la vida republicana, ese impulso ayudó a empujar las grandes reformas laicas en un proceso secularizador cuya coronación fue la Constitución de 1918, que terminó de perfilar el ADN de la sociedad uruguaya moderna. Eran tiempos en que los tres poderes del Estado estaban en manos de masones: Feliciano Viera (presidente de la República), Ricardo Areco (presidente del Senado de la República) y Julio Bastos (presidente de la Alta Corte de Justicia). No es mito ni fábula: es una trama verificable de ideas, personas y decisiones que conectan la reserva clandestina con la institución pública. En síntesis: doscientos años de conspiraciones que forjaron lo que hoy es nuestra república.

La Orden ha pasado de esta influencia fundacional y clandestina a su máxima visibilidad en el siglo XXI. A partir de 2005 la masonería uruguaya experimentó un boom, con un crecimiento que pasó de 71 logias ese año a 118 logias en 2025. Este incremento no solo se concentra en Montevideo, sino que se ha desplegado con presencia significativa en departamentos como Canelones, Maldonado y Cerro Largo. Se ha producido también un «rejuvenecimiento» de la Orden, con un promedio de edad de los candidatos a ingresar de 45 años.

Por otra parte, ya no es solo una cuestión de caballeros: las mujeres masonas también pisan fuerte en nuestro país. Han consolidado su Orden, crecido en su participación y en la multiplicación de sus logias. También gozan de gran prestigio entre sus pares en el mundo masónico internacional. No es casualidad que se termine el 2025 con la designación de la máxima autoridad de la Gran Logia Femenina del Uruguay, serenísima gran maestra Estela Vieras, como flamante presidenta de la institución que aglutina todas las masonerías femeninas del continente, la Federación Americana de Masonería Femenina.

En el poder público, el guion también se escribe con letra masónica. En nuestra historia reciente, por una década nos gobernó un presidente masón; y el actual mandatario cita el lema que nos trae reminiscencias de la Revolución francesa pero corre por las venas del ideal de la Orden: «libertad, igualdad, fraternidad». En 2006, los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas fueron masones; en 2025 es el turno de la cúpula policial. En 2010 y 2015, en la presidencia de la Suprema Corte de Justicia estuvo un hermano que a la vez oficiaba de presidente del Supremo Tribunal Masónico.

Pero no es solo en la cúpula tradicional del poder en donde se juega esta gramática. En el área de la salud hay jerarcas médicos y sindicalistas que abren puertas. También hay connotados hermanos en el fútbol, en la música que escuchamos, en el periodismo, en la academia, en el carnaval, en quienes brindaron respuestas a las mayores crisis que nos han tocado vivir como sociedad, desde la dictadura a la pandemia. La presencia de masones en todos estos ámbitos también habilita la posibilidad de influencia.

Pese a esta apertura, la masonería sigue siendo el objeto principal de teorías conspirativas que la miran con desconfianza.

¿Qué influencia real ha tenido la masonería en el nacimiento del país y en sus principales preceptos?

¿Es efectivamente la masonería un poder en las sombras, que incide sobre los caminos del país de forma retorcida?

¿Cuál es la relación que establecen los poderes públicos con esta institución?

¿Quiénes integran la masonería? ¿Cómo ha ido cambiando el perfil de esta hermandad en estos doscientos años?

¿Qué poder tiene al terminar el primer cuarto de siglo?

¿Por qué, aún hoy, sigue siendo polémico para algunos reconocerse masones?

En estas páginas el lector se encontrará con algunas respuestas a estas y otras preguntas, y hallará información que termina de configurar un puzle intrincado que se presume escondido pero que en realidad está a la vista; es cuestión de aprender a distinguirlo.

Aquí llegamos a un punto medular en esta historia. El secreto sustancialmente nunca fue tal. La masonería hablaba en voz alta, pero pocos estaban escuchando.

Lo cierto es que gestó a lo largo de nuestra historia y hasta el presente una red que convierte ideas en procedimientos, y procedimientos en instituciones. Así se fue tejiendo el país, al menos en una parte medular, que nos define aunque lo ignoremos.

CAPÍTULO 1
ARTIGAS, EL IDEARIO MASÓNICO

Olor a puerto

Montevideo olía a cuero, salitre y pólvora húmeda cuando José Artigas empezó a parecerse menos a un jinete de frontera y más a un hombre con una biblioteca en la cabeza. No hay actas ni mandiles ni columnas que lo den por masón con la solemnidad que algunos quisieran; lo que sí hay es un programa entero que pensó y late a ese ritmo: libertad civil y de conciencia, república, federación, poder a raya. La propia revista de la Orden masónica lo admite sin mucha vuelta: nada prueba que haya sido iniciado, pero sus escritos «muestran con claridad» la respiración del ideario masónico. El historiador y profesor Mario Dotta, exponiendo sobre Artigas en representación de la Gran Maestría, reflexionaba al respecto:

Una de las cosas que más nos preocupan a los masones es la relación de Artigas con la Masonería; si Artigas fue en determinado momento iniciado regularmente o no; y sabemos de la preocupación de varios hermanos en ese sentido. Hemos oído que pudiera haber sido iniciado por los ingleses durante las invasiones, pero no hemos podido encontrar evidencias al respecto. […]. Entendemos que corresponde entonces que los masones midamos las acciones de Artigas con las reglas de la Masonería en su conducta profana y veamos si —aun no iniciado formalmente— podemos considerarlo un hermano sin mandil […]. Desde este punto reflexionemos e intentemos ver si Artigas ajustaba su vida y accionar a nuestro sagrado tríptico de LIBERTAD-IGUALDAD-FRATERNIDAD.1

Dotta continuaba su intervención analizando a Artigas según el método anunciado:

Artigas implantó el respeto a los procedimientos democráticos inspirado en Rousseau marcando su accionar en conjunción con el amor por la LIBERTAD, lo que nos da la seguridad de estar ante un fiel cumplidor del precepto del lema que porta uno de los lados de nuestro triángulo. En cada momento de su accionar —a diferencia de los procedimientos del Gobierno de Buenos Aires y otras partes de América— el Instituto del Congreso popular acompañó sus decisiones y no hizo palabra vana su discurso: «…mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana…».

Incluso en medio de la guerra y sufriendo persecución, en las peores circunstancias, tuvo a bien llamar a consulta ciudadana. Allí está presente la contractualidad roussoniana desde los primeros eventos: la reunión de la Panadería de Vidal, la de la Quinta de la Paraguaya, el Congreso de Abril, el Congreso de Oriente o de Concepción del Uruguay o de Arroyo de la China, en junio de 1815, en el momento de su mejor poder y discrecionalidad consentida de la que jamás abusó, hasta la etapa final, el Congreso de Ávalos, que dio lugar al Pacto Confederativo ofensivo y defensivo de la Provincia Oriental con la de Corrientes y las Misiones.

Nadie pues, entre los líderes de entonces, más respetuoso de la LIBERTAD que José Artigas.

La condición de amante de la verdadera justicia lo llevaba de la mano a valorar el lema inscripto en el otro lado del triángulo masónico: la IGUALDAD de los derechos de sus congéneres. Igualdad tan cara a nuestros principios.

Desde ese punto de vista el «Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados» aprobado el 10 de setiembre de 1815, un día después del de Comercio para toda la Liga Federal en que se proclamaba la igualdad de las provincias en los derechos comerciales, es un ejemplo de verdadera IGUALDAD de oportunidades, que venía con otro gran principio masónico, el de la CARIDAD.

El respeto con que trataba a los habitantes de la campaña impidió que jamás los llamara «gauchos», término que en aquella época era peyorativo. Sinónimo de «vago» y «malentretenido» y que marcaba a los hombres sueltos en el medio rural; y por ello se refiere siempre a los «paisanos» y a los «ciudadanos».

Y trataba de darles el lugar que les correspondía: «…todos son iguales ante la presencia de la ley…», lo que incluía a los indios, como lo expresaba en el oficio el Gobernador de Corrientes, José de Silva, el 8 de julio de 1815: «…Igualmente encargo a usted que mire y atienda a los infelices pueblos de indios… yo deseo que los indios en sus pueblos se gobiernen para sí, para que cuiden sus intereses como nosotros los nuestros. Así experimentarán la felicidad práctica y saldrán de aquel estado de aniquilamiento a que los sujeta la desgracia. Recuerden que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación vergonzosa para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión vergonzosa que hasta hoy han padecido por ser indianos. Acordémonos de su carácter noble y generoso, enseñémosles a ser hombres, señores de sí mismos…».

En este camino práctico a la IGUALDAD, aunque sea en las acciones del mundo profano, ¿cómo no va a ser una enseñanza masónica? ¿Qué hace nuestra Orden sino tratar de que seamos señores de nosotros mismos? ¿Qué representa esa escultura del hombre surgiendo de una piedra desbastada por sus manos? No se trata de paternalismo sino de ayuda fraternal. No se trata de someter a los indios para mejor servicio de los blancos, sino de que cumplieran con un destino individual de dignidad.

[…]. Con respecto a los negros, ya desde 1811 había Artigas estimulado la libertad de los mismos para que, uniéndose al ejército oriental, rompiesen cadenas.

Sin haber decretado formalmente su libertad —sin duda para no malquistarse con ciertos intereses de patricios— los tuvo en cuenta en el reglamento Agrario de 1815 que en su artículo 6º, ordenando la forma de reparto de las tierras, incluía la más generosa amplitud en el espectro de la IGUALDAD; «…los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, los Negros libres, los Sambos de esta clase, los Indios y los Criollos pobres podrán ser agraciados con suerte de estancia si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y la de la Provincia…». Y por el artículo 19º se impedía enajenar, vender o hipotecar este bien como protección a la IGUALDAD de oportunidades; impidiendo de esta manera, con previsora precaución, que algún rico se valiera de la miseria para tentar a un pobre a deshacerse de la donación, ante el relumbrón de las monedas. Así pues los dos lados del tríptico masónico plenamente justificados por la praxis y que serán soldados, estructurados por la FRATERNIDAD.

En ese sentido, Artigas elevó un conmovedor templo a la Fraternidad Universal; porque es fácil ser fraterno entre iguales. Lo difícil es conjugar la FRATERNIDAD con la IGUALDAD, en el ámbito de la LIBERTAD en forma equitativa y generosa con los de abajo, con los que a veces los seres humanos sienten el tirón del desdén o del paternalismo que rebaja, que desvaloriza al que está en un nivel social inferior al nuestro.

[…]. Para terminar diremos que huelga a estas alturas promover la inquietud de si Artigas era o no era masón regular.

Muchos de los que eran —sobre todo en Buenos Aires— no lo quisieron; y nos quedan dudas de si, en muchas ocasiones, ajustaron sus compases al ritmo que exigía una conducta verdaderamente masónica.

Para nosotros, Artigas, por su comportamiento, por su elevación de miras, por su sentido de la LIBERTAD, por sus ideales de justa IGUALDAD, y por su obra de amor y FRATERNIDAD, debe ser recordado y sentido como un hermano, incluso como un hermano sin mandil pero, sin duda, rodeado de hermanos, penetrado con los ideales de hermanos remotos, lo que elevó su obra al carácter de Templo, que hoy es legado de nuestra Patria y también de nuestra Orden.

Por su parte, un documento interno de la Orden que señala el papel protagónico de masones en nuestra gesta independentista revela varias figuras iniciadas cercanas al prócer:

Comenzaremos por manifestar, porque existen pruebas inequívocas que así lo avalan, como quedará más adelante demostrado, que toda nuestra GESTA INDEPENDENTISTA al igual que la de todo el CONTINENTE AMERICANO está vinculada en forma indisoluble a la LABOR desplegada por los HERMANOS MASONES, o sea, por la MASONERÍA.

Así veremos cómo, desde el comienzo del MOVIMIENTO EMANCIPADOR de 1810, ya aparece la actividad MASÓNICA en nuestro territorio a través del HERMANO PABLO ZUFRIATEGUI, del HERMANO SANTIAGO FIGUEREDO (cura párroco de Florida), del HERMANO GRAL. JOSÉ RONDEAU, DEL HERMANO JOAQUÍN SUÁREZ, DEL HERMANO PRESBÍTERO JUAN VALENTÍN GÓMEZ (que recibiera la espada de Posadas en Las Piedras) y del vehemente HERMANO JOSÉ MONTERROSO, secretario particular de ARTIGAS.2

El doctor Miguel Ángel Semino, connotado masón, suma otro iniciado del riñón del prócer: «También fue masón Félix de Azara, distinguido científico, amigo y consejero de Artigas». Y refuerza lo señalado anteriormente por otras fuentes: «entre quienes actuaron junto al prócer, podemos nombrar a Pablo Zufriategui, a José Rondeau y nada menos que al padre Monterroso, su célebre secretario. Obsérvese que no nombré a Artigas; Artigas no fue masón».3

Una biblioteca en la cabeza

La escena de origen no transcurre en un templo, sino frente a un anaquel. Francisco Ortega y Monroy —militar español, masón, lector voraz— muere dejando una biblioteca brutal: más de novecientos volúmenes de Rousseau, Montesquieu, Marat, Condorcet, Paine. El virrey manda confiscarla para la hoguera. Martín José de Artigas, padre del futuro jefe, mete el cuerpo y la salva. Ahí, entre páginas que aún huelen a imprenta, se forja la sintaxis de un oriental poco amigo de los dogmas: soberanía popular, contrato, frenos constitucionales.

Es la propia Orden que determina con claridad estos datos:

Es también en esa misma época que un Masón español, oficial de infantería del ejército de su Majestad Católica, llamado Francisco Ortega y Monroy, toma contacto con Artigas, durante la fundación de los pueblos de las Misiones, insuflando el alma y el espíritu de nuestro futuro conductor con ideas de libertad, igualdad y fraternidad.

Francisco Ortega y Monroy poseía una biblioteca muy importante para la época, […] que fue confiscada por el Virrey Arredondo, en ocasión de su muerte, y cuyo destino, de acuerdo a las leyes del momento, habría sido la quema en la plaza pública. Esto fue evitado por el padre de Artigas, Don Martín, quien bajo su plena responsabilidad se convirtió en custodio de este Tesoro Literario, en el cual José Artigas forjó su doctrina Republicana-Federal-Democrática bajo el numen de la Libertad y dentro del marco de la justicia y el derecho.4

El detalle importa porque explica el tono. No hay mística; hay lectura que se vuelve método. No hay apóstol; hay oficial de campaña con brújula civil: limitar el mando, ponerle cerrojo a la arbitrariedad, convertir el coraje en «energía» al servicio de instituciones. Un joven con biblioteca en la cabeza es, ya, un adulto con un proyecto de nación en la cabeza.

Vale precisar que los ideales de la francmasonería llegaron a las costas de la Banda Oriental a través de la oficialidad de los navíos españoles que fondeaban en el principal puerto naval de aquella época, Montevideo. Un mojón trascendente de la presencia de la masonería en el siglo XVIII en nuestro territorio es la instalación el 14 de marzo de 1751 como primer gobernador de Montevideo del mariscal José Joaquín de Viana, masón iniciado en España, junto al ya mencionado Francisco Ortega y Monroy y otro destacado masón de esta época: el capitán de infantería Francisco Ortega. Fueron las primeras señales claras de que la escuadra y el compás habían llegado a tierra oriental.

El pueblo entra en escena

El Grito de Asencio del 28 de febrero de 1811 abre el juego, y el Cabildo, en octubre, nombra a José Artigas jefe de los Orientales. El registro de esa irrupción se pega a la nota al Paraguay, que alude al 28 de febrero como día «memorable», por ponerle voz a lo que muchos mascaban en silencio: la obediencia colonial se había rajado para siempre.5

El liderazgo que nace allí no se apoya en la fuerza de un vozarrón. No hay caudillo de estampita: hay organizador. El paisaje es brutal —retiradas, alzadas, intrigas— y, sin embargo, el hilo no se corta: la revolución aprende a conjugar «pueblo» en presente, con verbos de contrato.

En el Ayuí aparece la frase que quiebra el espinazo del viejo orden: la «soberanía particular de los pueblos» será el objeto de la revolución. Dicho de otra manera: la libertad no es un bloque macizo; es una suma de soberanías concretas que nadie puede absorber sin degradarlas.

Esa precisión —seca, quirúrgica— corta el centralismo porteño sin necesidad de gritar. A partir de ahí, todo lo demás —las alianzas, las cartas que suben y bajan por el río, los pleitos— girará alrededor de esa idea.

El Discurso de Abril6 de 1813 sorprende por la falta de almidón. «Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana», dice, como quien aclara de entrada que el poder tiene fecha de vencimiento. Y enseguida pone el candado: «Solo el freno de la Constitución puede afirmar la probidad de los hombres».

En un pueblo que venía de obedecer por reflejo y de resistir por cansancio, alguien les habla a los ciudadanos como adultos. Mandato revocable, desconfianza organizada, garantías por escrito… Nada más antirromántico; nada más revolucionario.

Instrucciones del año XIII: del credo al plano

Lo que viene después no es un himno, es un plano de obra. Las Instrucciones del año XIII fijan el tríptico —independencia, república, federación— y despliegan la ingeniería: libertad civil y religiosa «en toda su extensión imaginable»; tres poderes para vigilarse; Constitución como cerradura común; «despotismo militar aniquilado con trabas constitucionales»; capital lejos del hambre de un solo puerto.

La frase sobre libertad religiosa corta de raíz la tentación catequista del Estado. La federación es la condición para cualquier pacto. En cada renglón se escucha a un lector con oficio de carpintero: medir, escuadrar, atornillar.

Al costado del jefe, casi pegado a su sombra, trabaja Miguel Barreiro. La tradición lo nombra como probable pluma de las Instrucciones. Si uno afina el oído, escucha el ruido del taller: frases que se liman hasta calzar, intuiciones que se vuelven cláusulas, voluntad que se convierte en diseño. Nada de genio solitario: hay equipo.

Masonería: vecindad intelectual

La historiografía de la Orden se toma la molestia de escribirlo todos los años al homenajear con asiduidad al prócer desde la revista oficial de la Gran Logia: no hay constancia documental de iniciación de Artigas como masón. Lo que sí hay —y salta claramente de los textos atribuidos al prócer— es una inspiración que conversa con el ideario masónico: «libertad, igualdad, fraternidad», una noción temprana de laicidad, límites al poder, supremacía del contrato.

Al decir de Mario Dotta, el vínculo formal deja de ser relevante al estar frente a un masón sin mandil.

Después de la batalla de Las Piedras, la clemencia con el vencido no puede leerse como un sentimentalismo dominguero: es valor de Estado. El enemigo deja de ser botín. Si había una forma de inaugurar la república, no era con degüellos: era con límites que también valieran para la victoria.

Cuando la Asamblea se instala en 1828, la comarca deja la adolescencia de los manifiestos y empieza a hablar en voz de reglamento. La liturgia del recinto —mesa, comisiones, taquígrafos— le pone cuerpo civil a lo que venía latiendo desde 1813.

La Constitución de 1830 capta esa música y la escribe en partitura: poderes que se equilibran, llamado a sala, responsabilidad ministerial, derechos que no piden permiso y una regla esculpida: lo no prohibido está permitido. El Estado, por fin, con compás.

Si Artigas no fue masón, ¿por qué hablar de masonería?

Porque su ideario coincide con los valores supremos de la Orden: promover la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable, república, frenos al poder, búsqueda de la igualdad, caridad. Las ideas expresadas en las Instrucciones del año XIII se nutrieron del modelo de la Constitución de los Estados Unidos de América, así como de las cartas orgánicas de algunos estados, como la Declaración de Derechos de Massachusetts, las constituciones de Nueva York, Nueva Jersey y Pennsylvania, entre otros. El pensamiento político se basó en las ideas de la Ilustración del siglo XVIII. La famosa biblioteca heredada de Francisco Ortega y Monroy en la que abrevó el prócer incluye autores como Thomas Paine y Jean-Jacques Rousseau. Según la historiadora Ana Ribeiro: «Eran una síntesis de diversas influencias teóricas con una amplia experiencia del Río de la Plata, sus problemas y sus gentes».7

Afirmar la inspiración masónica sin credencial es más honesto y, sobre todo, más útil para entender cómo se arma un país sin teologías al mando.

La fuente ideológica de la que se nutren las independencias de nuestro continente tiene una vinculación directa con los procesos revolucionarios que se dieron en Francia y en los Estados Unidos. Si bien no solo fueron masones los que participaron de estas gestas, la masonería estuvo fuertemente presente como autor intelectual, así como material. Desde las logias conspirando y corriendo la voz, pero también en los campos de batalla.

Vale la pena decir que 53 de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (uno de los modelos que adoptó Artigas) eran masones. Por cierto, lo era George Washington, también Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, James Madison y tantos otros que plasmaron en las nuevas instituciones los principios liberales de la organización a la cual pertenecían. En Estados Unidos, actualmente, al visitar la ciudad de Washington o el Museo Nacional Masónico en honor a su primer presidente, en retratos y esculturas de salas oficiales se muestra sin tapujos la presencia e influencia directa de la masonería en la gesta independentista norteamericana.

El otro mojón es la Revolución francesa. El doctor Miguel Ángel Semino, estudioso del tema además de connotado hermano masón, sostiene:

[…] la Revolución Francesa, piedra de escándalo de los adversarios de la masonería, que sin lugar a duda fue inspirada por esta, de quien apoyó hasta su divisa: «Libertad, Igualdad y Fraternidad». Repito: «Libertad, Igualdad y Fraternidad» no es el lema de la Revolución, es el lema de la masonería, que fue adoptado por la Revolución Francesa y es actualmente el lema oficial de Francia.

Dentro de las logias —y había cientos de ellas en la Francia prerrevolucionaria— se elaboraban, estudiaban y analizaban las ideas de lo que se conoce como «enciclopedismo», nombre derivado de ese gran compendio del saber humano que dirigió un masón, Diderot. Esas ideas iban, pocos años después, a conmover a Francia y a dar la vuelta al mundo, resumidas en la celebérrima Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Ese gran movimiento ideológico había sido inspirado, principalmente, por tres hombres. De uno de ellos, Jean-Jacques Rousseau, no tenemos conocimiento fehaciente de que fuera masón; en cambio, lo fueron Montesquieu —el de la separación de poderes— y Voltaire —el defensor de la tolerancia religiosa y la libertad de expresión—, que se inició en la logia Las Nueve Hermanas, apoyado en el brazo de Benjamin Franklin.8

Que «todo fue obra de logias» tampoco es una afirmación acertada. Hubo logias de ocupación que barnizaron la autoridad extranjera y contralogias patriotas que convirtieron la discreción en logística. No todo fue acuerdo entre iniciados; hubo logias que aspiraban a cambiar radicalmente de régimen político y otras que, aun teniendo en su programa mayor liberalismo que el que existía, en definitiva, sostenían los gobiernos que estaban y su statu quo. Hubo logias revolucionarias republicanas y logias imperiales. El método es neutral; lo decisivo es la mano que lo empuña. Y el programa de Artigas llegó primero.

Escena del límite. «Mi autoridad emana de vosotros…». Un caudillo que no se cree su propia leyenda. Poder a plazo y bajo vigilancia. Parece poco; es todo.

Escena de la conciencia. Libertad religiosa «en toda su extensión imaginable». Un Estado que no catequiza, garantiza. Con eso, la convivencia deja de ser una promesa y se vuelve administración cotidiana de la diferencia.

Artigas no pidió obediencia: pidió contrato. No prometió milagros: exigió Constitución. No inventó unanimidades: fundó soberanías particulares que, juntas, hacen república. Si la masonería uruguaya lo siente cercano, no es porque alguna vez él se haya enfundado en sus túnicas: es por su identificación con las herramientas que usa para medir el poder y dejarlo del tamaño del ciudadano.

Programa antes que pertenencia. Ese fue su filo; todavía corta.

La generación de ciudadanía es un concepto clave de los valores masónicos; de ahí el desvelo por apuntar a la educación pública, la laicidad, la reflexión crítica, las herramientas para desarrollar la libertad de pensamiento. Esta visión confluyó con otras que trajeron aires de independencia al continente, y recalaron con el mayor éxito y fuerza a la hora de forjarse el Uruguay. Esta nación probablemente es el producto perfecto de lo que aspiraba la masonería como proyecto político de organización de la sociedad.

En una lectura actual, las diferencias sustanciales que se constatan con los países de la región abrevan muy probablemente en la fuerza republicana y laica que la masonería imprimió por estas tierras, en detrimento de lo religioso, que era el poder político y espiritual hegemónico en todo el continente.

Fotografía de una placa conmemorativa en la que se lee debajo de un logo 'En este lugar descansaron por primera vez los restos del General José Gervario Artigas, prócer de la patria grande. Homenaje de la Logia José Gervasio Artigas número 100, Jurisdiccionada a la Gran Logia simbólica del Paraguay y de los GG. MM. presentes en el día de su levantamiento de columnas. Vall de Asunción, 19 de julio de 2025 (E V). Mario Pera (VGM GLMU) y José Fernández Zacur (SGM GLSP).

Placa en homenaje de la masonería uruguaya a la figura de José Artigas en tierra paraguaya, en oportunidad del levantamiento de columnas de la logia José Artigas n.º 100, en ese país, en julio de 2025.

Portada de la revista Masonería.uy donde con el título 'Tema de reflexión. Artigas a 250 años de su nacimiento' junto a una fotografía de una estatua de Artigas. Portada de la revista Masonería.uy con el título 'Bicentenario de las instrucciones del Año XIII' junto a una ilustración de Artigas con expresión seria, de pie y llevando un poncho en su hombro izquierdo. Portada de la revista Acacia con el título 'Aniversario de la muerte de Artigas', lo acompaña texto y debajo una ilustración de un retrato de Artigas. Portada de una revista con el título 'Tenida de Gran Logia en celebración del solsticio de invierno, 24 de junio de 2000 (EV) Artigas y debajo una reproducción de un cuadro donde Artigas está sentado en un sillón.

En las revistas y trabajos internos de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay el prócer se repite una y otra vez. José Artigas no fue iniciado, pero la Orden lo considera un «masón sin mandil».

1 Revista Masónica del Uruguay, año V, diciembre de 2000.

2 Luis Pérez Martela (asesor) y Humberto Scardino (secretario). Informe de la Comisión de Patrimonio Histórico-Masónico de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay sobre el 25 de agosto. Montevideo, 1988.

3 Miguel Ángel Semino. «Masonería y liberalismo». Ciclo de Conferencias. Las ideas filosóficas que influyeron en la formación del Uruguay contemporáneo. Montevideo: Fundación Prudencio Vázquez y Vega, y Fundación Hanns Seidel, 1988.

4 Ídem.

5 Véase: <https://es.scribd.com/document/175048387/FRAGMENTOS-DEL-OFICIO-DE-ARTIGAS-A-LA-JUNTADEL-PARAGUAY-EL-7-DE-DICIEMBRE-DE-1811-DESDE-EL-DAYMAN#:~:text=vistas3%20p%C3%A1ginas-,Fragmentos %20Del%20Oficio%20de%20Artigas%20A%20La%20Junta%20Del%20Paraguay,libertad%20lejos%20de%20la%20opresi%C3%B3n>.

6 Discurso inaugural de Artigas al Congreso de abril de 1813.

7 Ana Ribeiro. Los tiempos de Artigas. Tomo 2. La definición política. Montevideo: El País, 1999, p. 101.

8 Semino (1988), o. cit.

CAPÍTULO 2
LOGIAS DE OCUPACIÓN Y CONTRALOGIAS PATRIOTAS (1814-1822)

Montevideo aprendió temprano a avanzar con una mano en el bolsillo y la otra en la imprenta. De día, ciudad portuaria; de noche, laboratorio de ideas. Entre 1814 y 1822 la política se escribió en clave de logia: en este momento histórico bajo el paraguas de la masonería se alojaban antagonistas: logias que apuntalaban el orden constituido y contralogias patriotas que practicaban el arte de desarmarlo.

Nuestro territorio estaba en conflicto. Intereses extranjeros colonialistas de distintos lares, al compás del crecimiento de un sentir autóctono criollo con ansias de independencia y autonomía.

Esa era la disputa de fondo. Pero para terminar de entenderla es preciso mirar en perspectiva el escenario geopolítico e institucional en que se desarrollaba, que poco tiene que ver con la contemporaneidad.

Lo que hoy es nuestra ciudad capital era un territoriocolonia en el que pululaban extranjeros que habían descendido de los barcos desde el viejo continente. Era una ciudad tutelada, ocupada por foráneos. Ellos gobernaban, ellos marcaban el diario vivir. No existían ni libertades ni partidos políticos. Salvo algunas excepciones (Artigas, como vimos), la población criolla conocía solo lo que veía y vivía. Las nuevas ideas, el nuevo paradigma de organización de las sociedades, las nociones de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa, los principios liberales de la independencia de los Estados Unidos, las ideas revolucionarias del desmantelamiento del régimen colonial y la construcción de repúblicas con separación de poderes empiezan a penetrar en nuestro territorio ya iniciado el siglo XIX. Son las minorías de las burguesías, profesionales, militares del criollaje, quienes entusiastamente adoptan estas ideas y quieren llevarlas adelante. Pero, para derribar un régimen, era sustantivo organizarse y correr la voz; reclutar y planificar desde la clandestinidad e ir sembrando en la población esa rebeldía para accionarla cuando fuera el momento oportuno.

Las logias masónicas y paramasónicas (vinculadas a la masonería, aunque estrictamente no pertenecientes a ella) fueron protagonistas principales en liderar esa red de organización. No había milagro: había método.

El primer masón criollo

La primera fue una semilla inglesa. En 1807, con la ocupación británica, el Regimiento irlandés n.º 47 instaló en la ciudad una logia masónica —denominada Montevideo n.º 192— y dejó en papel timbrado el diploma de Miguel Furriol, considerado el primer oriental iniciado.

Lodge Nº 192, Hel in Majesty’s 47th Regiment of Foot. Principium et Finis. A todos los Verdaderos Noachides iluminados en los misterios sagrados de la Cábala Divina en que esta represente, certificamos de nuestra parte como el portador nuestro Hermano D. Miguel Furriol, introducido y aprobado en nuestra Logia 192 bajo el Registro de Irlanda, quien después de un perfecto conocimiento en los dos Grados de la Masonería fue elevado al digno y honrado Grado de Maestro Masón. Por cuyas consideraciones lo recomendamos a todos y en particular a cada uno en nuestra Fraternidad a fin de que en cualquier distrito del mundo que se halle se le reconozca como verdadero Hermano Masón que es, porque en su estado hizo cuando pudo, siempre sin variación y con los límites en el honor. En testimonio de lo cual sellamos los márgenes de este Certificado con el sello de nuestra Logia. Dado debajo de nuestras firmas en nuestra Logia en Montevideo a 18 de julio de 1807, Anno Lucis 5807.9

El primer masón criollo ocupó cargos importantes: fue contador de la Aduana de Montevideo, y «visitador ordenador» durante la administración artiguista de la provincia. A él fue a quien José Artigas encargó, en 1816, el relevamiento de las propiedades de los emigrados del territorio oriental.10

Sus valores masónicos prendieron en las nuevas generaciones de la familia, ya que su nieto, homónimo, un siglo después llegó a ser grado 33.º y soberano gran comendador de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay (períodos 1908-1909 y 1912-1913). Fue precisamente este quien entregó a la logia —en aquel momento llevaba el nombre de Acacia n.º 876— el diploma de iniciado de su abuelo.

El documento original se halla en la sede de la logia inglesa Silver River n.º 876, ubicada en la calle Colonia. Una copia de dicho diploma se encuentra en el Museo Masónico de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay con sede en la calle Cassinoni. La Orden atesora la prueba de aquel acto de iniciación masónica oriental como símbolo del comienzo de la francmasonería en nuestro país.

A lo largo de estas páginas hay un hilo de datos curiosos o significativos que a simple vista parecen casualidades, pero que enhebrados en un collar histórico dan pie a que se especule respecto a cómo la masonería signó la historia del país. Precisamente, el primer masón criollo se ordenó un 18 de julio.

Entre los porteños «racionales» y los lusos «imperiales»

Otoño de 1814. Entra Carlos María de Alvear con uniforme y plan.

El general argentino —como muchos en aquella época— había emigrado de pequeño junto a su familia al viejo continente. Completó su educación en Londres y realizó el servicio militar en España, en la Brigada de Carabineros Reales. En la guerra contra la Francia napoleónica tuvo una performance destacada en las batallas de Talavera, Jebenés y Ciudad Real. En 1811, siendo su padre gobernador de la isla de León, se separó de las armas reales y abrazó la causa independentista. Fue así que en 1812 Carlos María de Alvear desembarcó en Buenos Aires junto a José de San Martín para sumarse a la lucha por la emancipación americana. En 1813 fue nombrado presidente de la Asamblea General Constituyente y, un año después, general en jefe de las fuerzas sitiadoras de Montevideo, donde obliga a capitular al general realista Gaspar Vigodet. Trae la experiencia de la hermandad lautarina11 y la trasplanta en Montevideo, donde funda una logia con nombre de reminiscencia gaditana: Caballeros Racionales. ¿Para qué? Para ordenar cuadros, disciplinar tiempos, bajar línea, sin estridencias. Un método.

Varios documentos internos de la Gran Logia de la Masonería Uruguaya a los que tuve acceso confirman que, durante la ocupación porteña, Alvear funda en Montevideo esta hermandad. Asimismo, documentos históricos externos12 repiten la secuencia: Alvear (logia Lautaro) y Caballeros Racionales en Montevideo en 1814, como injerto organizativo que hereda el molde de la logia Miranda en Cádiz.

Eran momentos de mucha efervescencia y fundación de logias que coordinaban acciones en distintas partes del mundo, pero con los mismos objetivos políticos. La logia Lautaro, por ejemplo, fue una organización con diferentes filiales fundada en 1812 por revolucionarios hispanoamericanos, con el objetivo de implementar estrategias para el establecimiento de la independencia de las colonias españolas en América y, sobre la base de los principios del liberalismo, instaurar un sistema de gobierno republicano y unitario. A su vez, la logia Lautaro no era una expresión «orejana»; por el contrario, venía de una rama que llevaba por nombre logia Reunión Americana o también Logia de los Caballeros Racionales, fundada por el prócer venezolano Francisco de Miranda en Londres, en 1798. Miranda había conformado también en Cádiz y Madrid, en 1807, filiales de Lautaro y Caballeros Racionales. Confluyeron en ella los principales libertadores de América: los argentinos José de San Martín, Manuel Belgrano y De Alvear; los chilenos Bernardo O’Higgins y Ramón Freire; los rioplatenses Mariano Moreno y Julián Álvarez; el mexicano fraile domínico Servando Teresa de Mier; los ecuatorianos Vicente Rocafuerte, Carlos de Montúfar, y Juan Pío de Montúfar; el cubano Pedro José Caro, el hondureño José Cecilio del Valle, entre otros.

Así, la principal misión de la logia lautarina era establecer gobiernos independientes en América Latina. Dado su carácter de organización secreta, ayudó a coordinar y establecer contactos entre muchos de los líderes de la independencia de Chile y Argentina. O’Higgins fue el encargado de la Constitución matriz de la logia Lautaro establecida en el país trasandino. El contacto entre la logia lautarina chilena y sus filiales en Argentina fue posible gracias al mariscal de campo de San Martín, José Antonio Álvarez Condarco.

La logia Lautaro de Santiago de Chile fue instalada el 12 de marzo de 1817, después del triunfo de los patriotas en la batalla de Chacabuco. Tuvo filiales en Perú, Bolivia y Uruguay.

Según el historiador argentino Emilio Corbière,13 la masonería llegó al Río de la Plata a finales del siglo XVIII, influida fundamentalmente por los masones españoles y no por los ingleses, como se ha creído. Cuando José de San Martín, Carlos de Alvear y otros patriotas llegaron a Buenos Aires en 1812, la Orden ya estaba implantada: existía la logia Independencia en 1795, y en 1810 se estableció una homónima, presidida por Julián Álvarez, la cual se llamó Logia de San Juan y suministró los elementos básicos para la Lautaro. Las lautarinas fueron logias masónicas operativas (en oposición a las especulativas).14

La experiencia de De Alvear en Montevideo arrancó con paso firme, pero esa fortaleza duró poco. La enemistad que sembró con José Artigas —quien exigía la independencia de la Banda Oriental del centralismo porteño— y que también fue generando con el propio San Martín terminó en un aislamiento progresivo de su figura.

Año 1817. Llega la ocupación luso-brasileña a Montevideo con consentimiento del gobierno de Buenos Aires, comenzando así el dominio portugués sobre la Banda Oriental, y con ello la política de salón. Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna, arma su propia ingeniería. En 1819 promueve Los Aristócratas y la logia Imperial: talleres masónicos para fidelizar élites, tender puentes con comerciantes y contrapesar la predicación patriota que venía creciendo. Documentos internos de la Gran Logia de la Masonería lo consignan con fechas y propósito: contrarrestar a los revolucionarios orientales «a través del vínculo masónico».15 Varias fuentes externas, aunque con conocimiento masónico, ubican esas logias probrasileñas en Montevideo entre 1817 y 1822 como el brazo discreto del orden imperial.16

No eran caprichos nominales. Los Aristócratas y Logia Imperial funcionaron como una especie de cámara de compensación, donde se tejían redes de sociabilidad, favores, lealtades. Mientras las bayonetas sostenían la plaza, las logias cuidaban la fragua de ideas.

La respuesta patriota

En 1819, del lado oriental cuaja la contralogia directamente llamada Los Independentistas. No se trata solo de conspirar; se trata de organizar: recaudar, imprimir, reclutar, poner hora y lugar. Los archivos de la masonería uruguaya lo dicen sin barroquismos: fundan Los Independentistas como respuesta clandestina a la ocupación.

Así surgiría el nombre que grabaría la memoria. Sobre ese andamiaje, en 1822 apareció la marca que sería el sostén filosófico de la Cruzada Libertadora: Caballeros Orientales. Era la continuidad de Los Independentistas con otra denominación y una ambición mayor: ser el brazo logístico de la revuelta.

Esta logia, que celebraba sus reuniones secretas en el bar Los Patriotas, ubicado en la actual Ciudad Vieja de Montevideo, disponía de un sistema organizativo estructurado en tres grados. Llegaría a contar con más de 300 integrantes, según algunas investigaciones, entre los que se encontraba la totalidad de los miembros del Cabildo de Montevideo de 1822-1823.

En toda la literatura interna de la Gran Logia a la que tuve acceso se ubican como un continuo: Los Independentistas (1819) como antecedente de Caballeros Orientales (1822), y estos como trampolín para la Cruzada Libertadora (1825). A su vez, bibliografía externa consultada concuerda en que Caballeros Orientales figura como logia masónica independentista radicada en Montevideo —con raíces en Caballeros Racionales— y con peso en la opinión pública que preparó las acciones de 1825.

La letra chica del poder

Nada de esto funciona sin la prensa. Las fuentes de la masonería dan cuenta de la tríada El Pampero, La Aurora y El Aguacero como órganos de prensa que sostenían la prédica revolucionaria. En 1822-1823 esos papeles ponían en ritmo a la ciudad: se multiplicaban títulos, se cruzaban editoriales, la calle aprendía a leer sus propias urgencias. Ese ecosistema paramasónico, con nombres que después veremos en cargos públicos, calentó la ciudad bajo ocupación y preparó la Cruzada. La historiografía universitaria sitúa esos impresos entre 1822 y 1823 y describe su tono: del formalismo al desenfado, siempre contra la censura imperial.

Los documentos de la Gran Logia despejan cualquier duda:

Los componentes de esta Logia fueron los que, desde el SECRETO y con la predica que realizaron desde las páginas de los diarios «EL PAMPERO», «LA AURORA» y el «AGUACERO», dirigidos por los HERMANOS MASONES don SANTIAGO VÁZQUEZ, don JUAN FRANCISCO GIRÓ y el GRAL. don ANTONIO DÍAZ, crearon el ambiente apropiado para que la CRUZADA DEL AÑO 1825 fuera una realidad sin la cual el 25 de agosto de 1825 no hubiera existido.

Esta BENEMÉRITA LOGIA MASÓNICA —cuyos fines y objetivos eran lograr la INDEPENDENCIA de la BANDA ORIENTAL— estaba integrada por ilustres ciudadanos y militares…17

La Aurora salía de la imprenta del Cabildo y dejaba un rastro claro; El Aguacero levantaba un tono más corrosivo. El trabajo de Wilson González Demuro18 muestra la densidad de ese entramado —tiradas, imprentas, actores— y los repositorios de Anáforas permiten citar números concretos. La prensa no solo contó la historia: la empujó.

El relevamiento de dichas publicaciones arroja: ocho ediciones de El Patriota, 15 de El Pampero, 17 de La Aurora, ocho de El Aguacero, 12 de El Ciudadano, siete de Los Amigos del Pueblo. «Nuestra hipótesis es que el notable aumento del volumen de impresos incidió de manera significativa en el proceso políticocultural en curso», dice González Demuro.

Más adelante, en su investigación sobre la prensa de Montevideo entre 1814 y 1825, describe:

Según la información disponible, los medios con mayor influencia compartieron tanto el perfil editorial como el cuerpo de redactores, un número reducido de individuos que en su mayoría pertenecieron al grupo de Caballeros Orientales. En efecto, cinco de los siete periódicos más longevos del bienio fueron redactados completa o parcialmente por integrantes de la logia: El Pampero, La Aurora, El Aguacero, El Ciudadano y Los Amigos del Pueblo, por lo que serán objeto principal de atención.

Un detalle importante relevado por González Demuro es la inclusión de epígrafes como un elemento repetido y vinculado más o menos directamente con los contenidos de cada medio. Al desarrollar cuáles eran, el objetivo de los diarios luce claro:

En la nueva etapa también expresaron sintéticamente el espíritu que animaba a los responsables de cada medio […]. Continuando una tradición tan antigua como la aparición de la imprenta en la ciudad (Herrera, 2008), La Aurora recurrió a un autor clásico, Cayo Salustio Crispo, y su sentencia Pulchrum est bene facere rei publicæ («Es hermoso hacer el bien a la república»), incluida en su obra La conjuración de Catilina. También El Ciudadano apeló a una expresión latina, breve y de significado claro: Pro Patria. Por su parte, El Pampero reprodujo un fragmento del canto tercero de La Araucana, obra de 1574 en la que Alonso de Ercilla y Zúñiga relató el enfrentamiento entre conquistadores españoles e indígenas en territorio chileno. Los versos escogidos tenían un sentido premonitorio: «Vuestra fama, el honor, tierra y haberes / a punto están de ser recuperados / que el tiempo que es el padre del consejo / en las manos nos pone el aparejo». También española fue la cita de Los Amigos del Pueblo, aunque este dato no consta en la publicación. Los versos «Vivir en cadenas, / ¡Qué triste vivir! / Morir por la Patria, / ¡Qué bello morir!», están incluidos en Los defensores de la Patria. Canción cívica, escrita en 1809 por el madrileño Juan Bautista de Arriaza en homenaje a la resistencia antinapoleónica […]. Otros papeles presentaron frases acuñadas por conocidos exponentes de la Ilustración francesa: el Semanario Político citó el libro II, capítulo III del Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau y El Febo Argentino hizo lo mismo con el libro I, capítulo II de El espíritu de las leyes, de Montesquieu.

Bajo el título «Los Caballeros Orientales y sus medios de prensa. Perfil de los editores», Demuro afina el lápiz entre unos y otros:

Como «verdadera fiebre periodística, que tenía por objeto formar la opinión pública a favor de la emancipación política de la Provincia Cisplatina», definió De María el ciclo desarrollado entre 1822 y 1823 (1976, t. II: 71). «Héroes de esa campaña de la prensa libre —agrega el cronista con algo de hipérbole— fueron Antonio Díaz, Juan [Francisco] Giró, Santiago Vázquez, [Francisco] Solano Antuña, José Catalá y Codina, y algunos otros de letra menuda». Todos los nombrados fueron, individual o colectivamente, directos responsables de alguno o varios de los cinco periódicos que constituyeron una suerte de prensa orgánica del movimiento revolucionario. De acuerdo con los datos disponibles —en buena medida proporcionados por Zinny y recogidos por otros autores—, los detalles sobre fechas de aparición y redactores son los siguientes:

  • El Pampero (diciembre de 1822-mayo de 1823): Antonio Díaz, Santiago Vázquez y Juan Francisco Giró;
  • La Aurora (diciembre de 1822-abril de 1823): Antonio Díaz;
  • El Aguacero (abril-octubre de 1823): Antonio Díaz, Santiago Vázquez y Juan Francisco Giró;
  • El Ciudadano (junio-julio de 1823): Santiago Vázquez;
  • Los Amigos del Pueblo (en adelante, Los Amigos) (agosto-setiembre de 1823): Francisco Solano Antuña y José Catalá y Codina.

El 27 de agosto de 1822, otro periódico se quita el guante y nombra el fenómeno: «Tales sociedades se han convertido en otros tantos clubs políticos», escribe El Patriota, y agrega que «solo merecerían aplauso si prescindieran de lo político y fueran públicas». No es una diatriba aislada: es la ciudad viéndose al espejo, admitiendo que la sociabilidad masónica ya operaba como técnica política.

Topografías del sigilo

En esa década corta, las logias de ocupación y las contralogias comparten topografía: cafés, escribanías, trastiendas. Una parte de la dirigencia cabildante que más tarde firmará manifiestos circula ya en estas redes —de un lado y del otro de las voluntades políticas—, modulando alianzas, puliendo vocablos («independencia», «confederación», «soberanía») que, en 1823, pasarán a actas del proceso constitucional de nuestro país.

A modo de síntesis, como señalé, hay logias de ocupación y contralogias. Los objetivos de ambas son bien diferentes; mientras las logias de ocupación apuntan a estabilizar, las patriotas apuntan a desequilibrar el statu quo. También difieren en su base social; mientras Lecor recluta entre élites administrativas y comerciantes, los patriotas cruzan militares, tipógrafos, abogados jóvenes y marinos. Ambos tipos de logias precisan generar clima, «ambiente», propicio para sus objetivos. Unas quieren mantener todo en calma, y para ello qué mejor que —teniendo el poder— utilizar la herramienta de repartir protección y el favor del régimen, a los efectos de silenciar descontentos y evitar actos de rebeldía; por el contrario, las logias patriotas buscan la desestabilización del régimen para avanzar en derribarlo, y para ello precisan que crezca la insatisfacción, la indignación y se contagie un sentimiento de esperanza de revertir el estado de situación: la herramienta para correr la voz y generar la discordia son los periódicos. Lo único compartido entre ambas son sus movimientos, siempre con el telón de fondo del «titiritero».

¿Logias plenas o «paramasónicas»?

Una nota metodológica: parte de la literatura discute si Caballeros Orientales fue una logia masónica regular (oficial) o una sociedad paramasónica con ritualidad prestada. La disquisición obliga a afinar: organización hubo —listas, roles, prensa, disciplina— y documentación hay (cartas, nóminas, periódicos). Si fuera «paramasónica», no desacredita el hecho político: en todo caso lo explica.

El actual venerable gran maestro de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, Mario Pera, abona este concepto al responder al semanario Búsqueda sobre la Cruzada Libertadora:19

Está bastante vinculada a la masonería de 200 años atrás, que era bien distinta a la masonería de hoy. La

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