INTRODUCCIÓN
¿Qué es la adolescencia? ¿Es una etapa del desarrollo? ¿Es el despertar biológico de la madurez sexual? ¿Es hormonal? ¿Social? ¿Cultural? ¿Es todo eso junto? ¿Es un invento de la modernidad, como decía el historiador José Pedro Barrán? En estas páginas vamos a intentar averiguarlo.
Normalmente, entendemos como adolescencia el período en el cual dejamos de ser niños y comenzamos a transformarnos en adultos.
Su duración se ha ido estirando culturalmente, ha ido invadiendo la etapa anterior, la niñez, con el fenómeno de los llamados preadolescentes, y la etapa siguiente, la adultez, con los modernos Peter Panes, adultos aniñados que juegan a no crecer. Una tendencia en ascenso a nivel mundial.
Cada vez más, vemos adultos con comportamientos adolescentes, niños con comportamientos adolescentes, toda una gama de productos, servicios, espectáculos, modas, destinados a adolescentes, al punto que lo que antes se consideraba una etapa, hoy llega a transformarse en identidad. Un cambio cultural que todavía no sabemos ver.
En Psicología, hablamos de una adolescencia normal cuando observamos los problemas típicos de la edad; y de adolescencia complicada cuando los trastornos van más allá de los que son propios de la etapa e indican cierto grado de patología.
Muchas veces se confunden los trastornos genuinos con las conductas contradictorias, exageradas —a veces tontas, otras sublimes—, propias de la llamada “edad del pavo”. Es que los adolescentes deben demostrar y demostrarse que son lo que no son. Son chicos que se disfrazan de grandes. Necesitan sacarse de encima el control de los adultos para adquirir el suyo propio. Buscan —por ensayo y error— superar la frontera que los separa de la madurez, muchas veces a ciegas y, casi siempre, corriendo riesgos que los adultos no entendemos. Van y vienen, se entusiasman y se descorazonan con facilidad. Idealizan y desidealizan; con velocidad increíble, creen y descreen en vocaciones, caminos místicos e ídolos deportivos, dándonos a los adultos la idea de que son “locos”, “enfermos”, o “peligrosos” para sí mismos o para los demás. Por si fuera poco, nos enjuician, no nos hacen caso, nos delatan en cosas que no asumimos, nos exasperan todo el tiempo.
La crisis de los adolescentes también es la de los padres, quienes deben aceptar que el niño cariñoso y obediente se ha ido para no volver.
La pubertad —el período del brusco cambio biológico que nos hace capaces de aparearnos y reproducirnos— es un momento de crisis existencial. El adolescente que estrena la madurez sexual debe replantearse todo.
Esta crisis —estirada, legitimada, transformada en destino existencial— ha devenido paradigma de una cultura, un estilo de vida, una pseudoidentidad, algo parecido a un trastorno de personalidad. Aquí llamaremos a tal desmesura: adolescentitis.
El pasaje de la niñez a la adultez se ha ido haciendo más y más largo durante el siglo XX. Las causas son múltiples y se desarrollarán más adelante, pero —en forma resumida— pasan por: el ascenso de la expectativa de vida, el acceso cada vez más masivo a la educación, la postergación de la formación de familias y de la maternidad, la adquisición de la mujer de derechos civiles, de educación, de trabajo, hasta de una vida sexual desconectada de la obligación de procrear, las revoluciones culturales de los años 60, la legitimidad de los jóvenes como grupo social enfrentado a las costumbres de la generación anterior, etc. Luego, son esos jóvenes de los 60 y 70 —devenidos adultos (pero no tanto)— los que, en vez de apurar el crecimiento de la próxima generación, lo enlentece.
Adolescentes: ¿crisis de identidad permanente o crisis que se resuelve exitosamente? En eso estamos, creo, trancados. Y lo peor es que no nos damos cuenta.
Superar la crisis de los adolescentes, hoy día, es un problema que los supera a ellos. Es un problema que tenemos como colectivo, todos. Nos hemos convertido en adoradores de la juventud como si fuera un valor en sí mismo. Los medios nos saturan de mensajes que nos convencen de que es posible y, mientras soñamos con ideales perdidos de nuestra adolescencia, ellos crecen y nos demandan que seamos adultos responsables que los
