Criar con empatía

Maritchu Seitún

Fragmento

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Introducción

Ante un escenario tan cambiante y en un momento tan crítico de nuestra historia, sentí que era necesario repensar las bases de la crianza. En este libro volqué gran parte de las ideas y los conceptos que fui desarrollando en mi larga experiencia de trabajo con familias y también como madre y abuela, tratando de ahondar en temas complejos y de reflejarlos con claridad y, sobre todo, de ofrecerles a los adultos sugerencias útiles y salidas a los conflictos más frecuentes en las diferentes edades de los hijos.

Atravesamos tiempos difíciles. En los días que organizaba los capítulos, durante enero de 2020, un grupo de adolescentes golpeó hasta matar a un chico en la puerta de un boliche de Villa Gesell. Otra vez la violencia entre nuestros jóvenes. Y cuando estaba por entregar el archivo a mis editores, sobrevino la cuarentena por la pandemia del COVID-19. El encierro nos puso a prueba a todos, confinándonos en nuestras casas y alejándonos de muchas personas queridas y de lugares habituales. Por un lado, un hecho más de violencia del que tenemos que aprender qué hicimos mal para que no se vuelva a repetir. Por el otro, una enfermedad global que puso en peligro a la humanidad, sobre todo a los más vulnerables, y por la que se hace inevitable fortalecer los lazos comunitarios y también fortalecernos como adultos responsables y amorosos que acompañan a sus hijos a ser mejores personas. Decidí reflexionar sobre ambos temas.

En la primera parte, La familia de origen y nosotros como padres, incluí cuestiones que permiten revisar la propia infancia para continuar o bien desterrar pautas, conductas o estilos a la hora de ser padres con el fin de criar a los hijos en libertad. ¿Cómo era nuestra familia cuando éramos chicos? ¿Con qué modelos de maternidad y paternidad nos formaron? La idea es pensar primero individualmente sobre los criterios personales para luego lograr acuerdos en pareja, aunando esas decisiones. En resumen: qué padres tuvimos y qué padres podemos y nos gustaría ser, integrando nuestra historia.

En la segunda parte, Criar personas de bien, reuní aspectos que pueden contribuir a formar a los hijos para que se conviertan en personas con una ética y una moral que les permitan actuar bien, aun cuando ya no estén bajo nuestra supervisión o junto a nosotros. Cómo educarlos para que sean respetuosos y empáticos, para que eviten la violencia, el abuso y el maltrato más adelante en sus vidas. También los modales, la competencia sana, la iniciativa, las habilidades sociales, cuestiones que hace algunos años estaban implícitas en la crianza, porque la sociedad trabajaba con ese objetivo común, pero que en la actualidad se hace indispensable volver a pensar ante la diversidad de enfoques de crianza y educación y el modo en que entran a nuestros hogares a través de la tecnología, inevitablemente y sin nuestro permiso. A esto se agrega que la velocidad de los cambios no da tiempo a que una cultura se instale y se transmita de generación en generación, como ocurría hasta no hace tanto tiempo, por lo que los padres tienen hoy un rol fundamental e ineludible en la formación de los hijos.

En la tercera parte, Preparados, listos, ¡ya!: los chicos crecen, me refiero a las distintas crisis que surgen a lo largo del camino, desde la primera infancia hasta la adolescencia tardía o la adultez joven, cuando los chicos salen de casa para hacer su vida independiente. Toco temas como el destete de los bebés, pasando por la importancia de no quemar etapas o de los rituales, hasta la sexualidad de los adolescentes. A medida que nuestros hijos crecen, varían las temáticas y también los problemas. Los padres tenemos que estar atentos a los acomodamientos y las modificaciones que debemos hacer en cada etapa, sin apurarnos y a la vez sin detener a nuestros chicos en ese abrirse al mundo porque, como dice Khalil Gibrán en el poema “Tus hijos no son tus hijos”, somos “el arco” del cual ellos son lanzados como “flechas vivas”. Y qué importante es adaptar nuestro arco a cada edad y a las necesidades de cada etapa.

Y en la cuarta y última parte, Solo con el amor no alcanza, abordo aspectos centrales de la crianza: la autoestima, la comunicación, el estrés y la empatía. Me detengo especialmente en cómo ayudar a los hijos en momentos difíciles, cuando perdemos a un ser querido, sufrimos una injusticia, estamos en peligro. Cada edad requiere de ciertas palabras y ciertos gestos de los padres que seguro no resolverán del todo un problema, pero sí lo aliviarán. Además, como soy abuela, quise sumar algunas ideas sobre el rol que cumplimos y cómo podemos estar presentes en el proceso de crianza de nuestros nietos y acompañar a nuestros hijos en su tarea como padres, esos que alguna vez fueron nuestros chiquitos y hoy ya son adultos.

Deseo aclarar que, al igual que en todos mis libros anteriores, cuando hablo de “mamá” no me refiero solo a ella, sino al cuidador o figura de apego principal para los chicos. También les doy un uso genérico a las palabras “padre” y “padres”, roles que pueden ser ejercidos y compartidos por más de una persona dentro de la familia o ir variando a lo largo del crecimiento. Del mismo modo, cuando hablo de “niño” o “chico” aludo tanto a varones como a niñas, salvo que mencione un nombre específico. Lo hago de esta manera por una cuestión de practicidad. Por el momento, la “x”, la “e” o la “@” no me resultan soluciones lo suficientemente universales y valederas para mencionar a los niños de manera general.

A partir del éxito de mi libro Criar hijos confiados, motivados y seguros, fui invitada a escribir en diferentes medios de comunicación. Agradezco al diario La Nación y las revistas Sophia y Tigris por el espacio que me brindaron en todos estos años. Ese trabajo, el de publicar regularmente, es la base de esta obra que tienen en sus manos. Me ilusiona pensar que podrá acompañarlos en la gran aventura de ser padres.

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La familia de origen

y nosotros como padres

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Los temas que nos atraviesan a todos

Lo que me tocó

En muchos temas y especialmente en la crianza, estamos más cerca de hacer lo que podemos que lo que queremos. Quizás sin saberlo tenemos no solo madre y padre internalizados, sino también abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos danzando dentro de nosotros, dirigiendo nuestras decisiones y ¡sin nuestro permiso!

¿Qué quiero decir con esto? Que como muchos aprendizajes de nuestra infancia fueron anteriores a la palabra hablada e inconscientes, solemos repetir sin revisar las pautas de nuestra familia. Salvo que algo nos haya molestado lo suficiente como para que tratemos de hacer exactamente lo contrario, aunque esto tampoco resulta una buena respuesta integrada, sino una actitud oposicionista y algo infantil.

Ocurre entonces que, sin saber el origen de lo que hacemos, no podemos quedarnos un rato más en la cama a la mañana porque “desaprovechamos” la mejor hora del día, o trabajamos y nos sentimos culpables porque no ponemos a nuestros hijos en primer y único lugar en la familia, nuestra mente tiene claro lo importante que es para todos nuestro trabajo, pero una voz interior no nos deja en paz con sus acusaciones: tu mamá estaba siempre en casa a la hora del té; la noche es para comer con los chicos, no para salir con amigas; para ser una buena madre tenés que postergar no solo tus deseos, sino además tus necesidades en aras de tu familia. No alzamos a nuestro bebé para evitar malcriarlo; no dejamos faltar a nuestra hija en sala tres, ni pasar un día sin bañarse; hacemos un escándalo porque alguno no quiere saludar o porque no termina su plato de comida. Por suerte esa voz interior a veces también nos alienta: el cielo es el límite, probá, no es grave equivocarse, tenés derecho a una carrera profesional, vos podés, decidí por tu cuenta, no importa si te equivocás, ceder una vez no es el fin del mundo.

Fuimos internalizando la cosmovisión de nuestros padres y así se armaron nuestra conciencia moral y nuestra voz interior, y como padres de niños y adolescentes estamos colaborando en el mismo proceso de nuestros hijos. Con el tiempo ellos van a tener criterio propio, pero para los más chicos sus padres somos sabios indiscutidos, carecen de la fortaleza interna suficiente como para no estar de acuerdo o para confiar en su desacuerdo y expresarlo, por eso “compran” nuestras concepciones de todo tipo, tal como hicimos nosotros en la infancia: la generosidad, la abundancia, el amor, la ternura, la entrega, el respeto, que tanto nos enriquecen como personas. Así también se eternizan diversas costumbres, modalidades, estilos de relacionarse y de crianza que funcionaban en otras épocas y se perpetuaron a través de las generaciones, aunque hoy no necesariamente tienen sentido. Algunas son solo anécdotas sin importancia ni trascendencia, como la historia de la familia que prepara la carne al horno cortándole la punta sin saber que lo hace porque la bisabuela tenía una fuente de horno chica y no le entraba entera. Para averiguarlo —y así decidir si era una buena práctica o era mejor cambiarla— hubo primero que preguntarse y preguntarles a la mamá y a la abuela por qué lo hacían, o no preguntarse nada y seguir cortando la punta de la carne.

Pero hay temas muy serios que podemos dar por sentados, por costumbre, como autoritarismos, favoritismos, expectativas, machismo, culpabilizaciones, secretos familiares, violencia —ya sea física, sexual o emocional—, actitudes irrespetuosas sobre la infancia o la diversidad, elitistas, racistas, tantos “ismos” que quizás fueron importantes para la supervivencia en otras épocas, y hoy no tienen sentido porque nos empobrecen como seres humanos.

Es fundamental que revisemos lo recibido, hagamos una buena síntesis personal y transmitamos lo que nosotros queremos después de haberlo analizado y de haber hecho el indispensable duelo por aquello que no nos gustó y por lo que nos hubiera gustado y no fue posible.

A menudo es más fácil seguir haciendo lo mismo sin examinarlo, seguir sintiéndonos sostenidos y avalados por la vieja estructura, que conectar con el dolor de nuestra infancia o armar nuestra propia y personal estructura de sostén, más acorde con nuestra identidad, nuestra familia actual y nuestros valores.

No repitamos todo sin revisar, pero tampoco rechacemos todo lo que recibimos; es probable que haya en nuestra relación con padres y abuelos infinidad de cuestiones muy valiosas que querremos conservar y sostener y otras —a veces pocas y otras muchas— que intentaremos hacer de forma diferente.

A la hora de rever esa familia que nos tocó, situemos a nuestros padres y abuelos dentro del contexto en el que ellos crecieron y criaron a sus hijos. Seguro nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron en ese momento, en esas condiciones, no se trata de enojarnos, acusarlos de que nos arruinaron la vida y seguir reclamando día tras día. Mientras reclamamos, el proceso interno se detiene porque no hacemos el duelo de la familia que nos hubiera gustado tener ni hacemos lugar dentro de nosotros para aceptar la que nos tocó, con sus luces y sus sombras, probablemente encontremos ambas. Al estar varados tampoco intentamos cambiar, mantenemos esos reclamos porque deseamos que ellos modifiquen su conducta, se disculpen, nos den finalmente aquello que no pudieron o no quisieron darnos antes, sin registrar que se nos va la vida en esos intentos. Se trata de, como adultos, hacernos cargo de nosotros mismos y de nuestra felicidad, y dejar de buscar —hasta encontrar— culpables para nuestros problemas, fracasos y frustraciones.

Hacernos cargo no significa no hablar en absoluto con nuestros padres de nuestras viejas heridas, sino saber qué temas vale la pena encarar o no. A menudo de esa charla —siempre y cuando no sea un reclamo airado que nos impide plantear la cuestión con claridad o escuchar— puede surgir un pedido de disculpa de nuestros padres, la oportunidad de conocer o confirmar sus humanas limitaciones, o es posible darnos cuenta de que nuestros miedos o quejas eran infundados.

Tengamos presente que nuestras visiones y recuerdos suelen ser subjetivos. Por ejemplo, cuando a un niño le pedimos que dibuje una familia cualquiera tiende a dibujar su familia ideal (es notable cómo esa familia ideal es diferente a la propia): los que son hijos únicos dibujan familias numerosas y los hijos de familias numerosas dibujan hijos únicos. Tendemos a idealizar el jardín y la familia del vecino, y a ver los defectos de la nuestra.

Tomemos lo bueno que nos dieron sin quedar atados al enojo o al dolor de lo que nos faltó, enojo y dolor que nos dejan varados sin posibilidad de hacer hoy algo diferente con nuestros hijos. Tampoco caigamos en el otro extremo, creyendo que nuestros padres fueron perfectos y no tenemos nada que mejorar, no sería realista de nuestra parte.

Las cosas se complican cuando armamos una pareja y nuestra propia familia, y los legados que cada uno aporta como leyes inamovibles son distintos: ¿hay que terminar el plato o no es necesario?; ¿la plata la administra el hombre o la mujer?; ¿a los chicos se les pega o no?; ¿es más importante la excelencia académica o el tiempo para jugar y la creatividad? Los temas para discutir y acordar son muchos y el primer paso para lograrlo es que entendamos que nuestras “leyes” quizás no sean tales, por lo menos no todas, sino solo criterios familiares que creíamos que eran leyes y que hoy, como adultos, tanto podemos conservar como revisar, cambiar, enriqueciéndonos al integrar dos cosmovisiones diferentes en lugar de batallar para hacer valer la propia, y armando una nueva para nuestra familia.

Hacernos plenamente adultos

Hablando un día con mi hermano menor llegamos a la inesperada conclusión de que no teníamos la misma madre. Quizás porque habíamos llegado a su vida en diferentes circunstancias, por ser de distinto sexo o por nuestras características personales, despertábamos en ella modalidades y respuestas disímiles, y establecimos relaciones absolutamente particulares, ¡incluso nuestras quejas eran diferentes! Y seguro pasaba lo mismo con nuestro padre.

Años de acompañar familias en sus dificultades diarias y de hacer talleres con mujeres madres me llevaron a concluir en muchas oportunidades que para que ellas hayan podido convertirse en esas mujeres y madres que son hoy —fuertes, inteligentes, con capacidad de amar y cuidar a sus hijos, con ganas de entender y de crecer—, algo muy bueno tienen que haber hecho sus padres durante la crianza. Mi hipótesis es que en esos casos (que son mayoría) los primeros dos años fueron suficientemente satisfactorios como para que esto haya podido ocurrir, y que las dificultades empezaron alrededor del año y medio o dos, a partir de la individuación (berrinches incluidos). No recordamos ese período (de hecho es anterior a la posibilidad de poner palabras a lo que nos pasa y, por lo tanto, recordarlo), pero esas experiencias siguen presentes dentro de nosotros y nos ayudan a ser quienes somos. En cambio, sí nos acordamos de enojos, reclamos y rencores de más grandes, cuando no nos escuchaban, no se interesaban por nuestras cosas, no respetaban nuestro punto de vista o no se tomaban el tiempo para estar con nosotros. ¡Y cómo nos enojan, duelen, ofenden esos recuerdos, y cuánto desearíamos ver en nuestros padres un cambio, una disculpa, una reparación! Algunas pocas veces eso sucede.

Pero ya dije que hacernos plenamente adultos implica asumir nuestra vida y dejar de acusar a nuestros padres, de esperar que cambien y de empujarlos hacia eso, comprender que ellos hicieron lo que pudieron, en ciertas circunstancias, con su historia anterior y los conocimientos de ese momento.

Hijos adultos: aceptemos las madres y los padres que nos tocaron, hagamos el proceso de duelo que nos permita despedirnos de los que nos habría gustado tener, y así poder aceptar y perdonar. De ese modo dejaremos de consumir nuestro tiempo y energía en enojos y acusaciones que hoy no tienen sentido más que para quedarnos varados en la eterna queja y el permanente reclamo. No nos damos cuenta de que seguir acusando, echando culpas y enojados nos impide cambiar y arruina nuestra vida y quizás también la de ellos.

A veces no será posible perdonar, porque el dolor, la ofensa o la herida son muy grandes. En esos casos tratemos de aceptar y de dar vuelta la página. Si sentimos que nuestros progenitores de alguna forma “arruinaron” nuestro pasado, hagamos el duelo y aceptemos los padres que tenemos (o tuvimos), ¡así no arruinamos nuestro presente ni nuestro futuro! ¿En qué consiste ese duelo? Implica primero enojo, luego tristeza y aceptación para poder llegar al reconocimiento y la transformación: ¿en qué nos ayudó todo esto?, ¿de qué forma somos mejores personas a partir de nuestro padecimiento? Cuando completemos el proceso, encontraremos un valor positivo a esas fallas, se despejará la bruma y reconoceremos algunos aciertos de nuestros padres que el enojo y la ofensa no nos permitían ver.

Algunos pacientes nos hacen mala fama a los psicólogos: son los que deciden dejar el tratamiento cuando llegan a la etapa de enojo y de ver los errores de sus padres, y no nos permiten acompañarlos en el proceso completo. Creen que ya encontraron al responsable o culpable de sus pesares y se van muy aliviados, ¡pero sin resolver sus dificultades! Y sin haber llegado a convertirse plenamente en adultos.

Abro la boca y sale mi mamá

Con sorpresa nos encontramos diciendo a cada rato: “Abro la boca y sale mi mamá” (o mi papá). Hacemos enormes esfuerzos para no gritarles a nuestros hijos como lo hacía mamá, para no mostrar nuestra desilusión ante sus conductas como lo hacía papá, o para no insultarlos, criticarlos, amenazarlos con ponerlos pupilos, burlarnos, humillarlos y más. Seguro sean varios los intercambios que nos disgustaron en la relación con nuestros padres durante la infancia y la adolescencia, y que nos comprometimos con nosotros mismos a no repetir. Incluso mientras ocurrían ya pensábamos: “Yo nunca le voy a decir (o a hacer) esto a mi hijo”. Pero resulta que en el momento menos pensado, en una situación emocionalmente impactante, se nos escapa la detestada frase (“siempre el mismo egoísta”), el comentario humillante (“sos un mantequita”), la conducta que prometimos mil veces no copiar (la cachetada, el empujón).

Reiteramos viejas historias familiares sin registrarlo de manera consciente, por lo menos hasta después de ocurridas, nos cuesta controlar esas reacciones que vienen desde lo profundo de nuestro pasado, que ya vimos que podría incluir varias generaciones. Lo mismo puede pasar con rasgos de personalidad. Por ejemplo, si mi madre era muy temerosa y crecí en un ambiente lleno de miedo y de alarma, me puede costar dejar de decir a cada rato “cuidado”, “más despacio” o “¡te vas a caer!”.

Repetimos para no recordar, es decir que sin darnos cuenta podemos hacer a nuestros hijos algo parecido a lo que padecimos en la infancia, porque hacer algo diferente nos conectaría con el dolor sufrido en aquel momento. Es un mecanismo inconsciente que explica cómo es posible que se perpetúen los maltratos y los abusos aun cuando produjeron enorme sufrimiento.

Hoy las neurociencias nos explican que en el cerebro se arman caminos neuronales: las neuronas que se encienden juntas se “acostumbran” y tienden a seguir encendiéndose juntas, eso ocurre desde la primera infancia en infinidad de temas en la relación con nuestros padres o cuidadores y luego en las múltiples experiencias vividas. Y es un mecanismo extraordinario para aprender y automatizar cuestiones prácticas, como lavarse los dientes o la forma de tomar los cubiertos para comer. Pero nos lleva a responder automáticamente en otras situaciones y no es sencillo cortar esas respuestas preestablecidas que aprendimos desde muy pequeños, con las que nuestros padres nos mostraban cuáles eran las conductas y respuestas aceptables o rechazables y cómo reaccionar ante cada una de ellas, también cuáles eran los sentimientos, emociones, ideas, principios, valores que ellos avalaban y cuáles desestimaban. Ese proceso empezó mucho antes de que fuéramos capaces de hablar por lo que esos mecanism

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