Cuando el amor es más fuerte que la muerte

Marcelo Rittner
Ana Gladys Vargas

Fragmento

Título

NOTA DE LOS AUTORES


Hoy que finalizamos el libro me dedico a escribir estas líneas compartidas con mi coautora. Años atrás conocí a la psicoterapeuta Ana Gladys Vargas, quien por medio de una amiga en común me extendió una invitación para acompañarla junto con integrantes de la ONG Tech-Palewi, que Ana Gladys codirige, a llevar consuelo a los padres y familiares que lloraban la muerte de los niños y niñas de la Guardería ABC, en Sonora. Ella les había llevado copias de mi libro Aprendiendo a decir adiós, y los padres querían un encuentro. Esos dos días fueron un parteaguas en mi vida. Muy pocas veces en mis 44 años de vida pastoral me sentí tan conmovido hasta mis fibras más íntimas como ese día, donde lloramos juntos, platicamos y, pese a ser todos ellos católicos y yo un rabino, formamos un círculo de oración juntos, respetuosamente, con una fe y un sentimiento único y puro, que reafirmaba mi concepto acerca de los sentimientos universales que compartimos. Mi vida como ser humano y mi ser religioso tuvieron en ese instante de asombro y reconocimiento un nuevo momento. Y lo que comenzó con un encuentro ordinario se transformó en una experiencia extraordinaria. Desde entonces, en otras oportunidades Ana Gladys y yo participamos en varios encuentros. En cada uno de ellos nos preguntábamos: “¿Cómo podemos ayudar a estos padres?”.

Cerca de dos años después, un directivo de mi sinagoga me pidió visitar a una familia que acababa de perder un hijo y estaba desconsolada. Ahí conocí a Laura y Juan Carlos, y también a sus hijos, hoy queridos amigos. Bellas personas confrontadas por una tragedia, como tú, lector o lectora. Juan Carlos estaba muy enfocado en que no existe en ningún idioma una palabra para un padre o madre que perdieron a un hijo o una hija. Cuando fallecen tus papás pasas a ser huérfano, pero cuando un hijo muere no existe, en ningún idioma, una palabra que te describa. Juan Carlos escribió a la Real Academia Española, platicó con su sacerdote y con amigos, pero no logró resolverlo. Mientras tomábamos un café, me sugirió hacer un libro que buscara crear esa palabra. Y entre estos encuentros y los otros, surgió la idea de este libro que está ahora en tus manos.

Fue una tarea difícil, compleja, que llevó más del doble del tiempo que habíamos pensado. Teníamos mucho miedo de lastimar en lugar de sanar, y cada palabra de cada texto fue escrita y revisada. Hoy estamos entregándoles páginas llenas, queridos papás y mamás, de su amor, su ternura, su nostalgia, de sus luchas y dificultades, y también de esperanzas y recuerdos. Les entregamos un libro preparado de corazón a corazón, que no pretende ser una publicación académica, sino páginas donde ustedes mismos a lo largo del libro podrán escribir sus sentimientos y reacciones (cuando vean esta pluma, pleca, encontrarán un espacio para escribir sus propias reflexiones), sumados a los de los padres y madres que participaron en la elaboración del libro.

Gracias a todos ellos, a todas ellas, a cada uno y a cada una por una entrega tan valiente, honesta y difícil. Sin duda alguna ustedes fueron los arquitectos que dieron contenido y sentido a cada página.

Quiero agradecer especialmente a Ana Gladys Vargas por compartir este proyecto y llenarlo de enseñanzas y mensajes que ciertamente los ayudarán a cruzar el valle de las sombras y volver a encontrar el sentido en su vida, porque el amor es más fuerte que la muerte. Le agradezco su amistad, su entrega, su profesionalismo y sensibilidad. Especialmente el poder trabajar en equipo a gusto. Ana Gladys está comprometida con un mundo mejor, con abrir su corazón a las necesidades de todas las personas que se acercan a ella y a su magnífica asociación, Tech-Palewi. Gracias, Ana Gladys, el mérito es tuyo y el honor, mío.

Gracias a Roberto Banchik, amigo y director de Penguin Random House Grupo Editorial, por siempre apoyarme en los proyectos. A Ariel Rosales, editor, siempre con la palabra y el consejo apropiados. A David Velázquez, editor, con quien es siempre un gran placer trabajar.

A nuestras familias, a los que siempre nos alentaron, y a cada padre y madre que enfrenta una tragedia única como lo es que su hijo o su hija sean arrancados de sus brazos para la eternidad. Los queremos, con un abrazo virtual los estrechamos y lloramos con ustedes, porque el amor es más fuerte que la muerte.

Que nuestra gran comunidad, familia, amigos, conocidos, los rodee de amor y cuidados, mientras recorren el camino del luto hacia un tiempo de sanación en sus vidas. Que sea el recuerdo de tu amado hijo, de tu amada hija, una dulce y duradera bendición.

Con bendiciones de paz interior. Estamos juntos.

Rabino MARCELO RITTNER
y psicoterapeuta ANA GLADYS VARGAS

Título

Tus alas estaban
listas para volar,
pero mi corazón
nunca estuvo listo…
para verte partir.


Título

DE CORAZÓN A CORAZÓN


No sería imaginable para nosotros comenzar a compartirles nuestra tarea sin abrazar y besar, larga y silenciosamente, a cada una de las madres y padres que han abierto sus corazones y que han sido capaces de revivir momentos de tanto dolor, por el solo deseo de compartir con ustedes, lectores, sus sentimientos y experiencias, para ayudarlos a transitar por el oscuro camino del dolor y acercarlos a la luz de la paz a partir de su propia experiencia personal. Este libro es el resultado del amor de un grupo de madres y padres que han sido y son la fuente de inspiración, y a los cuales les estamos profundamente agradecidos por su apoyo y por la forma tan generosa con la que compartieron sus testimonios de amor y de vida. Sin su sensibilidad y valor, su coraje, sin su entrega a la memoria, al amor y al recuerdo, no podríamos haber puesto nuestra semilla en forma de libro. Que la memoria de cada uno de los que recordamos en estas páginas sea para ustedes una bendición, tal y como lo fue su vida para sus madres y padres.

Gracias, de corazón a corazón, a:

Carolina, mamá de Pato.

Galia, mamá de Tamara.

Gloria, mamá de José Gustavo.

Ivonne, mamá de Mau.

Laila y Anuar, mamá y papá de Anuar.

Laura y Juan Carlos, mamá y papá de Diego.

Lety y José Luis, mamá y papá de José Pablo y Milly.

Luis, papá de Ian.

Lupita, mamá de María.

Marcela, mamá de Chema y Santiago.

Miguel, papá de Miguel.

Mónica, mamá de Pierre.

Paloma, mamá de Álvaro.

Raquel, mamá de Jaim.

Santiago, papá de Tomás y Santiago.

Que los ángeles celestiales protejan el camino de sus hijos
e hijas en el viaje a la eternidad.

Salmo 91

Título

Cuando lloramos a un ser querido,
es difícil no sentirse solo en el mundo y
aceptar que nadie,
nadie,
podrá llenar el vacío que ha quedado.


Título

EL PORQUÉ DE ESTE LIBRO


Escribir este testimonio es una tarea que revive momentos y sentimientos que quisieras ya no traer a la memoria; pero el hecho de pensar que tal vez ayudará a otros padres que sufrieron la pérdida de un hijo o hija me alimenta el espíritu y me da fuerza para hacerlo.

JUAN CARLOS, papá de Diego

Cuando decidimos tomarnos de la mano para iniciar juntos este proyecto, sólo sabíamos que tenía que ser un trabajo profundamente cuidadoso; que no podía ser un libro escrito desde la silla del experto que señala lo que es adecuado e inadecuado, o lo que el otro debe hacer o lograr. Resolvimos, en cambio, hacerlo desde una posición más sensata y correcta: la de dos humildes acompañantes de padres y madres en duelo, desde campos distintos y a la vez complementarios, que con mucho respeto y sensibilidad ponen sus conocimientos, su corazón y su experiencia al servicio de esta tarea de fortalecimiento emocional y espiritual de padres y madres que enfrentan el dolor de haber perdido a un hijo o a una hija.

Decidimos escuchar con profunda atención las narraciones de los actores principales de esta historia y enriquecernos con ellas, decidimos generar las condiciones idóneas para que fueran ellos los que enriquecieran la vida de otras personas que atraviesan por esta experiencia, pero también la de todos aquellos que tienen un legítimo interés en comprenderlos y ayudarlos (familiares, amigos, profesionales de la salud, guías y consejeros espirituales, etcétera).

Por lo anterior, invitamos a participar con nosotros en este proyecto a madres y padres en duelo; algunos conocidos nuestros y otros conocidos de los conocidos, todos en diferentes momentos de su proceso de duelo. Pero ¿cómo pedirles que nos compartieran todo lo que han vivido en torno a la pérdida de su hijo o su hija sin que esta remembranza de momentos tan difíciles los dejara innecesariamente adoloridos?, ¿cómo poder guiarlos sin inhibir o limitar la expresión de sus vivencias, emociones y reflexiones?

Elaboramos un cuestionario, al cual se le hicieron pruebas piloto antes de presentárselos para estar seguros de que ofrecía las condiciones idóneas para guiar sus reflexiones sin limitarlas y garantizar que el orden de las preguntas llevaría a los padres poco a poco a introducirse en las profundidades del duelo y a salir de la narración tranquilos y satisfechos de haber llevado a cabo este esfuerzo de introspección y autorreflexión. La guía también nos permitió sistematizar de forma adecuada las vivencias, sensaciones y reflexiones de dichos padres y madres.

Una vez que tuvimos listo el instrumento y la ruta a seguir para el análisis de las respuestas, reunimos a las madres y padres para agradecerles su interés en ayudarnos, así como explicarles el sentido del libro y el método de recolección de sus testimonios (cada quien llenaría el cuestionario en total intimidad). Revisamos con ellos cada una de las partes del instrumento, cuál era el sentido de cada una y qué se esperaba de estas secciones. Finalmente se les pidió que pensaran nuevamente si querían participar en este proceso, con la certeza de que nosotros estaríamos cerca de ellos si así lo requerían.

Aquellos que estuvieran de acuerdo en compartir y tocar las profundidades del duelo, quienes se sintieran listos para ello, nos harían el favor de enviarnos una hoja firmada de consentimiento informado en donde nos darían su aceptación de participar y su autorización para poner el nombre de su hija o hijo y el suyo después de cada testimonio.

Es importante comentar que algunos papás y mamás sintieron que no estaban listos para participar, por lo que se les agradeció su disposición inicial y su honestidad, y se les ofreció el espacio para hablar de ello si lo necesitaban. A dichos padres también les estamos muy agradecidos, y este libro también se lo dedicamos a ellos y ellas. A quienes aceptaron, les hicimos llegar el cuestionario en cuanto recibimos sus consentimientos por escrito.

Una vez que contamos con todos los testimonios, nos dimos a la tarea de leer minuciosamente cada uno de ellos, una tarea muy difícil y dolorosa que nos hizo darnos cuenta de que teníamos en nuestras manos piezas infinitamente valiosas y delicadas que debíamos tratar con profundo respeto, pero sobre todo con gran cuidado. Nos dimos cuenta de que, además de sus testimonios, los padres y madres habían puesto en nuestras manos su historia íntima de amor. En ese momento nos sentimos muy agradecidos por su confianza, pero también mucho más comprometidos que antes con el hecho de tomar las mejores decisiones para el tratamiento de sus delicadas revelaciones. Vaya aquí nuestra disculpa personal para aquellas mamás y papás que pensaron que habíamos abandonado la tarea, debido al tiempo que tardó la elaboración de este libro. Sin duda alguna, al leer sus testimonios nos vimos impactados emocionalmente por la dimensión del dolor y la generosidad de los papás y mamás.

La tarea que teníamos frente a nosotros era mucho mayor y personal de lo que pudimos pensar. Empezamos a unir la información vertida en cada testimonio de acuerdo con cada apartado de la guía, a seleccionar cuidadosamente sus contenidos, a deshilar tan valiosos tejidos (fue utilizado poco más de 80% de cada testimonio, el resto nos sirvió para comprender la profunda vivencia individual). Una vez organizados los testimonios, se inició la tarea de integrarlos en un nuevo tejido común, en donde pudieran verse los hilos individuales, pero también se pudiera apreciar la construcción colectiva.

Finalmente llegamos al momento de hacer aportaciones a ese hermoso tejido (porque el deseo de ayudar a otros padres y madres hizo que el dolor compartido tuviera una especial belleza). Esta fase fue especialmente difícil, ya que no podíamos aportar nada que no sumara a la belleza de este hermoso telar.

En esta nueva publicación, un trabajo conjunto con la psicoterapeuta Ana Gladys Vargas, nos dedicamos a la tarea de preparar un texto que pueda ayudar a las madres y padres que lloran la muerte de un hijo o de una hija en este tan doloroso proceso del duelo. Tratamos de entregarles un libro en el que en sus páginas puedan encontrar no apenas el consuelo, también el bálsamo al dolor y la inspiración para continuar su camino por la vida, sabiendo que sus hijos y sus hijas caminan junto a ellos cada día, cada momento.

Ambos, Marcelo con su experiencia pastoral y Ana Gladys con su experiencia profesional, buscamos presentar un documento que no pretende ser un trabajo científico, más bien un mensaje de dolor compartido y emociones y sentimientos que pueda ayudar a otros padres.

Todo este trabajo nos llevó poco más de tres años, y hoy al verlo listo nos sentimos agradecidos por compartir junto a los padres un texto especial, lleno de amor y sensibilidad. Gracias a todos y todas los que nos ayudaron de una u otra manera a lograrlo.

Al haber construido el puente del amor, podemos, ahora, cruzarlo por nuestras memorias y recuerdos y encontrarnos con ellos en un abrazo eterno.


Las cicatrices en el alma
son un testimonio
de una vida
llena de amor.


Título

A MANERA DE INTRODUCCIÓN


Alguien, alguien se preocupa por mí,

allí arriba.

Nos encontraremos al final de senderos y preguntas.

Nos encontraremos al final de muchos días,

al final de muchas noches.

Sé que tú también estás acercándote.

Pasó la primavera y el verano se fue, y volvieron las lluvias.

Alguien, alguien se preocupa por mí,

allí arriba.

EHUD MANOT

Alguien. Puede ser un padre, una madre, tal vez ambos; una esposa, un marido, una hermana, un hermano, abuelos, amigos, personas queridas quienes, a pesar de su ausencia física, siguen acompañándonos en el viaje de la vida. Alguien puede ser un hijo, una hija… tu hijo, tu hija.

Alguien, que en el momento de la evocación, en el recuerdo, en los lugares que nos acompañamos, en los sabores, olores, en las risas y en los abrazos, en aquella melodía que compartíamos, en los secretos, en este silencio agobiante, en esta soledad sin ti, en estas lágrimas que expresan mi dolor, mi impotencia que te llama… Alguien eres tú, mi hijo; eres tú, mi hija, y te siento cerca en mi estremecimiento, en mi evocación, en mi amor.


Porque tú, tú fuiste alguien
que con su partida
nos rompió el corazón.


Si te preguntara: ¿cuáles son hoy tus prioridades? ¿Cuáles son tus sueños, tus propósitos, tus proyectos? ¿Verdad que ya no son los mismos antes de que la muerte se hiciera presente? Una simple llamada, un segundo en el tiempo infinito, una sorpresa que nos cambió en instantes. Y ya no volvemos a ser las madres o los padres que éramos. Nuestra vida ya no vuelve a ser la que vivíamos.

Y comienzan las preguntas: ¿por qué a mí?, ¿por qué a mi hija, por qué a mi hijo? Y como un castillo de naipes que construimos con tanto ahínco, observamos absortos su caída y no podemos reaccionar. El temor nos paraliza, la angustia nos ahoga. Lo que jamás imaginamos está ocurriendo.

Es curioso. Días atrás estaba preparando una plática para un grupo de padres cuyos hijos murieron en los últimos meses y recordé un pasaje en la Biblia que contaba acerca de la muerte de los dos hijos de Aarón, el hermano de Moisés, y en tres palabras describe la reacción de Aarón cuando le informan del evento. “Y Aarón guardó silencio.

No hay palabras, no hay mayor dolor ni mayor sufrimiento que la muerte de un hijo, una hija. Tu hijo. Tu hija. Y lo sabes, lo aprendiste. Fue una imposición de la vida que no te dio la oportunidad de borrar y volver a vivir. No te dio tiempo de prepararte, menos de aceptarlo. Y luego del llanto desgarrador, de todas las emociones y sensaciones tan difíciles de enunciar, de pronunciar, aprendemos que el silencio es sabiduría. Es tu intimidad con el ser amado por el que lloras.

Y ahora queremos invitarte a que abras la maleta del viaje de tu vida y que trates de rescatar las memorias y los recuerdos. Esa maleta que cargamos y en la que, cuando hurgamos en ella, comienzan a aparecer los recuerdos de tu alguien. Revivimos momentos, lugares, eventos, objetos, fotografías únicas que nos llenan los ojos de lágrimas y traen calor al corazón. Ya está más cerca… lo sentimos real. Y por algunos instantes nos volvemos uno, en un único e interminable abrazo, que en medio de ese dolor y esa nostalgia nos ofrece un bálsamo de consuelo a nuestro profundo dolor.

Muchas veces cito el ejemplo de un maestro del jasidismo (una interpretación mística del judaísmo): el Kotzker Rebe, quien fuera uno de sus líderes y que enseñó: “No hay nada más completo que un corazón roto”. Es algo difícil de explicar para quien no sufrió la pérdida de un ser querido. Solamente un corazón roto nos refleja lo completo. Y nadie puede decir que sabe mucho sobre la vida, si su sabiduría no incluye una relación con la muerte.

Desearía poder decirte que te acostumbras a que la gente muera. Pero yo nunca pude. Tampoco quiero hacerlo. Sin importar las circunstancias, cada vez que alguien querido muere, se crea dentro de mí un hueco en el corazón. No quiero decirles que es algo que simplemente pasa. Duele, y mucho. Y vas caminando por tu vida, arrastrando el alma y acumulando cicatrices en tu corazón.

Las cicatrices son una evidencia del amor y la relación que he tenido con esa persona. Si la cicatriz es profunda, así era ese amor. Las cicatrices son un testimonio de la vida.

Un lector de mi libro Aprendiendo a decir adiós, abriendo su corazón, me compartió un bello texto que lo había sensibilizado:

Verás que el dolor viene como en olas. Cuando un barco naufraga, te estás ahogando, ves destrucción a tu alrededor. Todo lo que flota cerca de ti te recuerda la grandeza y belleza del barco que ya no está. Y todo lo que puedes hacer es flotar. Encuentras un pedazo de lo destruido y te aferras por un rato. Tal vez es algo físico, tal vez un recuerdo o una fotografía, tal vez es otra persona que también está flotando. Por un tiempo todo lo que puedes hacer es flotar, permanecer vivo.

Al principio las olas son de 30 metros de alto y rompen sobre ti sin piedad. Las olas vienen cada 10 segundos y no te dan tiempo de volver a tomar aire. Todo lo que puedes hacer es aferrarte y flotar. Después de un tiempo, que pueden ser semanas o meses, te das cuenta de que las olas siguen siendo de 30 metros, pero ya vienen más espaciadas. Cuando llegan, igual rompen sobre ti y te cubren, pero entre una y otra puedes respirar, puedes funcionar. Nunca sabes qué disparará el dolor; puede ser una canción, una foto, un cruce de calles, el aroma de una taza de café, puede ser cualquier cosa… Y las olas siguen llegando. Pero entre una y otra hay vida.

En algún punto, y para cada uno es diferente, verás que las olas ya tienen 25 metros de alto, o 15. Y si bien siguen llegando, lo hacen más separadas unas de otras. Ya puedes verlas venir. Un aniversario, cumpleaños, las fiestas o una llegada al aeropuerto. Tú lo sientes llegar y, en general, puedes prepararte. Y cuando la ola te cubre, sabes que de alguna manera vas a llegar, otra vez, del otro lado de la ola. Empapado, hecho trizas, pero aún aferrado a ese pequeño trozo del naufragio saldrás adelante.

Toma este consejo de una persona mayor: las olas nunca dejarán de llegar, y de alguna manera tú ya no las quieres, pero aprenderás a sobrevivirlas. Y vendrán más olas, y las sobrevivirás también. Y si tienes suerte, tendrás muchas cicatrices de muchos afectos. Y muchos naufragios. Eso querrá decir que tuviste amor profundo y alegrías, memorias y recuerdos. Que tú como ello has vivido y que a pesar del dolor puedes sanar y seguir viviendo y seguir amando, porque las cicatrices son un testimonio de la vida.

Y a pesar del paso del tiempo y por el poder de la memoria, ese alguien de tu vida está junto a ti. Te ve sonreír, seca tus lágrimas, te abraza y acaricia la cicatriz que lleva su nombre. Cada uno es único y especial. Los lloramos, los evocamos, y aun en lo más profundo de nuestro dolor debemos agradecer que ellos han sido parte de nuestra vida. Y aprendemos a vivir con esas infinitas olas de dolor.

Se cuenta que el escritor Franz Kafka un día se encontró con una niña en el parque al que él iba a caminar todos los días. Ella estaba llorando: había perdido a su muñeca y estaba desolada. Kafka se ofreció a ayudar a buscar a la muñeca y se dispuso a reunirse con ella al día siguiente en el mismo lugar.

Incapaz de encontrar a la muñeca, Kafka compuso una carta “escrita” por la muñeca y se la leyó cuando se reencontraron: “Por favor no me llores, he salido de viaje para ver el mundo. Te voy a escribir contándote sobre mis aventuras...”. Ése fue el comienzo de muchas cartas.

Cuando él y la niña se reunían, él le leía estas cartas cuidadosamente compuestas sobre las aventuras imaginarias de la querida muñeca. La niña se iba consolada. Cuando las reuniones llegaron a su fin, Kafka le regaló una muñeca. Obviamente se veía diferente de la muñeca original. La muñeca traía una carta adjunta, en la que explicaba: “Hola. Mis viajes me han cambiado…”.

Muchos años más tarde, la chica, ya crecida, encontró una carta metida en una abertura desapercibida dentro de la muñeca. Era una nota de Kafka que decía: “Es muy probable que pierdas cada cosa que amas, pero al final el amor volverá de forma diferente”.

Kafka y la muñeca: la omnipresencia de la pérdida.

Curiosamente, cuando escribí este texto de Kafka no tenía claro el ejemplo con el que podría ilustrar este bello relato. Y si bien ustedes saben que no creo en coincidencias, era la víspera del Día del Perdón y fui a dormir a la casa de mis hijos Sonia y Gabriel, por estar cerca de la sinagoga. Cuando llegué, Sonia me pidió que tuviera en mis brazos por unos momentos a mi nieta Linda, de apenas unos meses, y sonriendo me pidió: “Trata de dormirla, porfa

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