Índice
Prólogo
1. El mes de los vientos 1926
2. Una boda en Montevideo 1872
3. Meditaciones de un ex presidente 1872
4. En la Universidad 1873
5. Descubriendo Europa 1879
6. París deslumbrante 1880
7. Los baños de Matilde 1880
8. Pepe regresa a casa 1881
9. De nuevo Ruperto 1881
10. El ejercicio del periodismo 1881
11. Una corrida de toros 1883
12. La muerte de Prudencio Vázquez y Vega 1883
13. Matilde 1884
14. Pepe 1884
15. Una ciudad que huye 1885
16. Una amiga imprescindible 1885
17. Temperley 1886
18. Santos se muestra generoso 1886
19. Atentado en el Cibils 1886
20. Regresa la normalidad 1886
21. La despedida de un soldado 1886-1887
22. Jefe político en Minas 1887
23. Asume Julio Herrera y Obes 1887-1890
24. Al fin, la boda 1894
25. Su irreparable, inmenso dolor 1894
26. Años difíciles 1894-1896
27. Nace Lorenzo, muere Juan Luis 1897
28. Termina un siglo 1900
29. La primera Presidencia 1903
30. La revolución de 1904 1904
31. La muerte de Aparicio Saravia 1904
32. “Bombardeen la ciudad de Montevideo” 1904-1905
33. Sara Bernard en el Urquiza 1905
34. En París 1907
35. La muerte de Luis Batlle y Ordóñez 1908-1911
36. De nuevo la Presidencia 1912
37. Otra juventud truncada 1912-1913
38. Siempre la muerte 1913
39. El accidente sufrido por los Arena 1913
40. Irma Avegno 1913
41. Varios frentes de batalla 1914-1917
42. Muere José Enrique Rodó 1917
43. “Señores, ya no peligra nada” 1919
44. La vanguardia feminista 1919
45. Antes del duelo 1920
46. El duelo y después 1920
47. Retrato de una premonición 1926
48. Un delicado velo de encaje 1926
Bibliografía
Agradecimientos
Créditos
Agradecimientos
Quiero agradecer a la familia Batlle por su invalorable aporte para este trabajo. Especialmente al Dr. Luis Franzini Batlle, también amigo, quien compartió conmigo tantos recuerdos valiosísimos para él, como bisnieto de Matilde, pero sin duda también para una sociedad entera que le debía un tributo a esta mujer irrepetible.
Agradezco la generosidad del Lic. Daniel Pelúas, inagotable fuente de conocimientos y siempre dispuesto a esclarecer tantas dudas y a compartir documentación valiosa.
Fundamental fue el mensaje que la Prof. Graciela Sapriza estampó en la primera página de su estudio sobre Matilde Pacheco, en Mujeres Uruguayas, Tomo 2, al sugerir que la vida de Matilde era materia para un novelista, en cuanto enlaza una parte de la historia nacional con una historia de amor que, por momentos, reviste ribetes épicos. A ella debo mi decisión de aventurarme en estas vidas. También le agradezco la desprendida actitud que la trajo a mi estudio con una valiosa carpeta, repleta de datos que me fueron de gran utilidad.
También doy gracias a la Lic. Susana Monreal, que tuvo la gentileza de facilitarme material y explicarme pacientemente algunas facetas de la filosofía krausista, que domina con infinita solvencia, así como facilitarme fotocopias de sus conferencias sobre el tema.
Imposible olvidar al recientemente fallecido Federico Fernández Prando, quien fuera curador del archivo Batlle. Él, pleno de anécdotas, no escatimó contármelas durante mis entrevistas. También me fotocopió documentación y correspondencia personal de la familia.
Invalorable fue el aporte de la Sra. Alba Cassina de Nogara, quien con sus serenas reflexiones aportó su visión de este personaje. Además de facilitarme una fotocopia de su libro inédito sobre “José Batlle y Ordóñez”, un documento que todos los uruguayos deberíamos leer en el futuro.
Al Lic. Gerardo Caetano, quien en mitad de la vorágine que es su vida, tuvo la gentileza de asesorarme sobre diversos temas y leer mi primer tiraje, evitando así errores que descalificaran este trabajo.
También debo recordar al Dr. Julio María Sanguinetti y a su Sra., la historiadora Marta Canessa, quienes me abrieron las puertas de su casa y permitieron que el retrato al óleo de Matilde Pacheco que decora la galería del primer piso, obra del pintor nacional José Cúneo, fuera la tapa de este libro. Sin ese retrato, esta historia sobre Matilde no habría sido igual.
Tampoco hubiera sido igual si el gentil Alfredo Testoni no me hubiera facilitado el registro que, con la solvencia que le caracteriza, realizó años atrás del mismo retrato.
Mención aparte merecen: Ximena Gadea Pintos, quien colaboró durante toda la investigación para corroborar documentalmente cada dato obtenido, y Aída Altieri Tappa, siempre alerta al otro lado del correo electrónico, cuidando de que Matilde terminara siendo lo que hoy es: una novela para seducir.
Prólogo
Matilde ha sido para mí realmente una revelación. Su historia, una historia de amor, por momentos me conmovió hasta las lágrimas. En tanto buscaba al personaje, se metió en mi alma la mujer y me fue imposible no rebasar los límites de una biografía.
En un primer abordaje, intenté proceder en forma similar a la que he manejado con diversos personajes en los que fijé mi curiosidad de investigadora. Pero apenas arriesgados los primeros adjetivos y sustantivos, que ahora dan a luz esta novela, debo confesar que la personalidad de la protagonista me arrebató.
Lo hizo definitivamente, colocándome en la difícil situación de desnudar su vida privada, fundamental para los uruguayos que la sobrevivimos en futuras generaciones, pero a la vez respetando los rincones más recónditos de su intimidad.
Y es que una dama tan pudorosa, con un corazón enorme, capaz de sufrir y amar sin por ello perder el valor, merece sin duda que se la tome con la misma delicadeza con que las gotas de rocío le hacen el amor a las rosas cuando aún no despunta el alba: casi sin tocarlas por temor a herirlas.
Es quizá por ello que Batlle la amó. Incondicionalmente. Sin retaceos y sin cuestionamientos. La amó con sus tristezas y sus pequeñas alegrías; con su inteligencia y su valentía, tan diversas de las de muchas mujeres de su época.
Sencillamente: la amó de una manera tan absoluta y total que sin duda la vida de ese hombre y su obra, no hubieran sido las mismas sin Matilde.
Mercedes Vigil
1
El mes de los vientos
1926
El sol caía sin pena sobre la apretada multitud que navegaba rumbo al cementerio Central. Un mar de almas se arremolinaba en torno a una de las mujeres más amadas y repudiadas de su tiempo.
Sobre el austero cobijo de cedro que la abrazaba caía imponente el silencio lacerante, como si los miles de orientales que salieron a acompañar a Matilde Pacheco hasta su última morada, temieran despertar a la dama de vida atrevida.
Al pie del cuerpo, erguido y mustio en todo su dolor, don José Batlle y Ordóñez veía marcharse gran parte de su vida, entre sedas violeta y aroma a crisantemos.
Observó sin prisa el multicolor ramo que navegaba sobre el cajón rígido y recordó el perfume a madreselvas y jazmines que le encendieron el alma en otros tiempos, allá, bajo los álamos de la quinta de los Hocquard.
“Cuando la muerte llega se terminan los miedos y comienzan las certezas”, solía repetir Matilde en las horas previas a la partida de Ana Amalia. “Tiemblo a la llegada de febrero”, rezaba serena, mientras aguardaba las tragedias que sobrevendrían al arribar el mes de los vientos. Y así las acumulaba recogidamente, como si tantos desgarros no cupieran ya en su alma.
Ahora era tiempo de reposar y Matilde no temblaría más al caer la última tarde del mes de enero.
En su séquito le acompañaban los hombres que la amaron hasta la exageración: sus tres hijos varones y Pepe, casi con el aliento dejando huella sobre la fría madera.
Unos pasos atrás, los hijos habidos con Ruperto Michaelson: Guillermo, Sofía, Carlos y Ruperto. Salpicados aquí y allá, los nietos, con los ojos anegados en llanto.
Los discursos fueron quizá demasiado largos para una despedida que debió haber sido íntima, y el gesto de Batlle, suspendido en medio de aquella multitud, así lo indicaba.
Cientos de mujeres obreras caminaban con la mirada perdida. Alguna dama elegante se distinguía en el borbollón, de esas que en otras épocas supieron escapar de la compañía de la “concubina de Batlle” y que luego comprendieron, leyendo y llorando a Delmira Agustini, cuántos derechos habían llegado embriagados entre los cobrizos rizos de Matilde Pacheco Stewart.
Sin duda fue una vida azarosa, entremezclada con tantas otras vidas difíciles: las de María Estuardo (Mary Stewart), Melchor y Manuel Pacheco y Obes, César Díaz, Pancho Hocquard, Lorenzo Batlle y Grau, Ruperto Michaelson Batlle, Luis Batlle y Ordóñez, Rafael, Lorenzo y César Batlle Pacheco.
En fin, tanta gente que, levantando el sable y cargando la pluma, supo construir el pequeño gran país que es Uruguay.
2
Una boda en Montevideo
1872
Matilde peinaba sus largos cabellos de reflejos rojizos frente al viejo espejo biselado que, desde que tenía memoria, había reproducido los rostros familiares.
El acentuado ángulo de sus pómulos, así como el particular matiz sonrosado de la piel, denotaban su sangre escocesa. Con sus dieciocho años, lucía radiante.
En pocas horas sería su boda con Ruperto Michaelson Battle.
Su corazón latía aceleradamente. A veces retomaba su loco viaje con tal brusquedad que la joven temía que lo escucharan desde la sala, donde el resto de la familia trajinaba al compás de los últimos aprontes para la ceremonia que tendría lugar a la mañana siguiente.
¡Cómo le gustaría tener aquí a su querida Candela!
Al recordar a su entrañable amiga, un rayo de agua humedeció el intenso gris violáceo de su mirada. Demasiados días tenían los cuatro años que Candela llevaba sin regresar a Montevideo.
Primero había sido su viaje a Roma, luego su ordenación, y de allí a Buenos Aires. En su carácter de monja hospitalaria, la función de Candela la hacía casi imprescindible, dada la ausencia de enfermeras en la región. La suya era una nueva profesión, que iba adquiriendo más y más importancia a medida que aumentaban las guerras en el mundo.
Ahora Matilde añoraba las lánguidas noches en la quinta, cuando las dos cuchicheaban hasta caer rendidas por el sueño, al aproximarse el alba.
“¡Qué no daría por contarle mis íntimos recelos!”, reflexionaba, suspirando al constatar hasta qué punto la distancia siembra huellas terribles en los caminos de la vida.
Candela o Ángeles —como insistía en hacerse llamar desde que vistió sus hábitos como hermana de la congregación del Huerto— tenía un par de años menos que Matilde, pero era una joven madura, consciente de estar destinada al diálogo permanente con Dios, ya desde sus primeros años de vida.
¡Cómo olvidar cuando Francisco Hocquard se apareció con ella casi a rastras, una tarde cruda de invierno!
—Es la hija del boticario Mac Neel, uno de los primeros en establecerse en la ciudad —había explicado don Francisco mientras hacía señas a la larguirucha jovencita para que se acercara a la boca cálida de la chimenea encendida—. La recogieron las hermanitas del Hospital de Caridad. Nadie la reclamó luego que sus padres murieron fulminados por la fiebre amarilla, hace algunos meses. No tiene familia a la cual recurrir.
“El buenazo del tío Pancho”, recordaba Matilde, calificándolo como lo hacían todos en la ciudad cuando se referían al elegante inglés que había llegado siendo muy joven, desde su Jersey natal a estas tierras, para invertir en los más diversos emprendimientos.
Casado con doña María Antonia Agell, tía de su madre, componía con su esposa una de las más queridas parejas de la ciudad, siendo reconocidos por su incondicional apoyo a variadas obras de caridad y abanderados en llevar ellos mismos a cabo, tareas de beneficencia.
Matilde no hizo nada por reprimir su expresión divertida mientras repasaba en su memoria las chanzas de Candela al descubrir que la efigie del tío Francisco adornaba los viejos billetes del Banco Montevideano. Quebrado en 1868 junto con el Banco Mauá, tenía en cuyo papel moneda, de cincuenta y cien pesos, estampado el rostro de Hocquard, fallecido en febrero de 1866.
Sabiendo lo doloroso que resultaba perder a los padres, Matilde se había encariñado rápidamente con esa feúcha pelirroja que en pocos meses se convertiría en una presencia imprescindible en casa de la tía María Antonia.
“Parece tan lejano todo eso”, pensaba ahora, con repentina melancolía.
Levantó una canastilla de plata del secrétaire. Un gran sobre amarillo asomaba por entre infinidad de papeles y una libreta de cartas color ámbar llevaba estampado su nombre en cursiva: Matilde Pacheco Stewart.
En su última misiva, Candela le advertía sobre la imposibilidad de dejar su puesto de enfermera en el Hospital de Temperley para asistir a la boda.
“Candela”, apenas musitó sonriendo mientras recorría la querida caligrafía de su amiga, tan similar a la suya.
Su mente regresó vertiginosamente al pasado, a la vetusta mesa de nogal que la tía María Antonia colocaba en los veranos junto a las galerías exteriores y ante la cual las muchachas practicaban durante horas la perfecta caligrafía que Mrs. Arthington les enseñaba, hasta que la brisa nocturna acercaba el dulce perfume de la dama de la noche.
—Ya es hora de descansar —alertaba entonces Candela, ni bien advertía que el milagro de la noche estaba sucediendo, como ocurría en cada velada desde septiembre a marzo.
Para Matilde, aquellos veranos habían resultado una fiesta. Toda la familia se trasladaba a la gran quinta de los Hocquard en La Aguada, frente al camino del Paso del Molino. Allí encontraban una casa dispuesta a acoger a quien llegara de visita, rodeada por tierras arboladas, sendas enmarcadas por álamos y enormes magnolios que parecían custodiar el más exquisito jardín conocido en la época y celosamente cuidado por la tía Antonia.
Antes de Navidad, las hermanas Stewart Agell —Ana y Matilde, madre y tía de Matilde Pacheco, respectivamente— solían instalarse en la mansión de la tía María Antonia, para no marcharse hasta bien entrado el otoño.
Fue en ese bucólico escenario que conocieron el amor de la mano de un par de hermanos que harían historia en el Río de la Plata: Manuel y Melchor Pacheco y Obes. Juntas prepararon sus ajuares, aunque llegarían en distintos momentos al matrimonio: Matilde, para unirse con el viudo ministro Melchor Pacheco y Obes, que la había cautivado recitándole sus famosos poemas a la luz de la luna y a quien ella debió aguardar hasta que finalizara la Guerra Grande; Ana, por su parte, se pudo casar con el coronel Manuel Pacheco muchos años antes que su hermana, en la República Argentina, y no se demoró la descendencia. Cuando nació la menor de sus hijas, decidió ponerle el nombre de su hermana Matilde, como adivinando que a su temprana muerte la tía se ocuparía de guiar a la sobrina en lo sucesivo.
Muy cerca de la quinta de los Hocquard vivía el presidente Lorenzo Batlle quien, de vez en cuando venía de visita con sus hijos a la residencia. Tampoco lejos quedaba la propiedad que, finalizada la Guerra Grande, adquirieran los Pacheco, también en La Aguada.
¿Qué ha sido de las madreselvas que maquillaban las brisas de La Aguada durante las tardes de estío?, a menudo interrogaba Candela en sus cartas. ¿Y los cientos de barrileros que llegaban hasta los pozos a recargar sus barricas?
¿Recuerdas cuando a la hora de la siesta nos escapábamos hasta la puerta de las cocheras solo para atisbar a los soldados cabalgando cubiertos de polvo, rumbo al norte? Las tardes cuando se estacionaban las lentas carretas con toldos de paja, rebosando lanas y cueros, frente al mercado de frutos de la plaza Sarandí, tan cerca de la quinta de los Hocquard que, en el estío, podía oírse desde el jardín el chirriar de las ruedas cascando contra las piedras del camino...
Tantas preguntas le hacía Candela y tan pocas respuestas encontraba Matilde, como no fuera que todo eso por lo que se interesaba su amiga, había ido languideciendo con el paso del tiempo...
¿Dónde marcharon las mil constelaciones que Pepe nos descubría mientras adornaba cada estrella con sus versos profundos?
Y en sus cartas su amiga la hacía regresar a las mañanas brillantes, cuando Ruperto, Pepe y Luis jugaban en la quinta, mientras Daniel y Vicente, los viejos jardineros piamonteses, cuidaban de que los terribles diablillos no depredaran los árboles generosos en grosellas o las moreras preferidas del tío.
La ciudad ya no es la misma, se limitaba a escribir Matilde.
Luego de años de enfrentamientos internos, el país sufría la crueldad de la guerra de la Triple Alianza. Soldados orientales caían en Estero Bellaco, Boquerón, Curupaity...
Solo la presidencia del tío Lorenzo, elegido tras duros debates en marzo de 1868, pudo, poco a poco, calmar el ardor de las revueltas.
Si bien advierte que ha gobernado de crisis en crisis, todos saben que
