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Pasando revista
Roger Wakefield se sentía rodeado en el centro de la habitación. Pensó que la sensación estaba plenamente justificada, pues en realidad estaba rodeado por mesas cubiertas de antigüedades y recuerdos, por pesados muebles victorianos tapizados de terciopelo y adornados con tapetes de ganchillo, y por diminutas alfombras extendidas sobre el suelo pulido, esperando pacientemente a deslizarse bajo un pie desprevenido. Rodeado por doce habitaciones repletas de muebles, ropa y papeles. Y libros. ¡Dios mío, los libros!
Tres de las paredes del estudio estaban cubiertas por estanterías, todas ellas a punto de reventar. Había montones de novelas de misterio en ediciones de bolsillo, brillantes y baratas, volúmenes encuadernados en cuero, apretados junto a obras del club de lectores, antiguos tomos robados de bibliotecas desaparecidas y miles de panfletos, folletos y manuscritos.
En el resto de la casa, la situación era similar. Libros y papeles cubrían cualquier superficie y los armarios crujían, llenos a rebosar. Su difunto padre adoptivo había tenido una vida plena y larga, diez años más de los setenta que prescribe la Biblia. Y en sus ochenta y tantos años el reverendo Reginald Wakefield nunca había tirado nada.
Roger reprimió la tentación de salir corriendo por la puerta principal, saltar a su Mini Morris y regresar a Oxford, abandonando la rectoría y su contenido a merced del tiempo y de los vándalos. «Tranquilízate —se dijo, respirando hondo—. Tiene solución. Los libros son lo más fácil; sólo es cuestión de clasificarlos y llamar a alguien para que se los lleve. Claro que se necesitará un camión gigantesco, pero puede hacerse. La ropa no es problema. A una institución de caridad.»
No sabía qué iba a hacer una institución de caridad con tantas sotanas negras de sarga de 1948, pero tal vez los pobres no fueran tan quisquillosos. Empezó a respirar mejor. Había pedido un mes de permiso en el Departamento de Historia de Oxford para ocuparse de las cosas del reverendo. Quizá eso bastara, después de todo. En sus momentos de mayor escepticismo había pensado que la tarea le llevaría años.
Se dirigió a una de las mesas y cogió un platito de porcelana. Estaba lleno de pequeños rectángulos de metal y unos distintivos de plomo que entregaban las parroquias a los mendigos en el siglo XVIII para identificarlos; en Escocia los llamaban gaberlunzies. Junto a la lámpara había una colección de botellas de cerámica y una caja de rapé en forma de caracol con un aro de plata. «¿Y si las donara a un museo?», pensó, no muy convencido. La casa estaba llena de objetos jacobitas. El reverendo había sido aficionado a la historia, y el siglo XVIII era su campo de investigación.
Sin querer se puso a acariciar la superficie de la caja de rapé, recorriendo las líneas negras de las inscripciones con los nombres y fechas de diáconos y tesoreros de la Organización de Sastres de la Canonjía de la Ciudad de Edimburgo, 1726. Quizá debería guardar algunas de las cosas del reverendo, pensó... pero se echó atrás, sacudiendo la cabeza con firmeza.
—Ni hablar —dijo en voz alta—. Sería una locura. —O, en el mejor de los casos, el comienzo de una vida de rata—. Si empiezas a guardar cosas, terminarás quedándote con todo, viviendo en esta casa monstruosa, rodeado de un montón de trastos... y hablando solo.
Al pensar en los trastos recordó el garaje y se le aflojaron las rodillas. El reverendo, que de hecho era su tío abuelo, lo había adoptado a los cinco años, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando su madre murió en un bombardeo y su padre en las negras aguas del canal de la Mancha. Con su fuerte instinto de conservación, el reverendo había guardado todos los efectos de sus padres, sellados en embalajes y cajas, en la parte posterior del garaje. Roger sabía muy bien que nadie los había abierto en los últimos veinte años.
Lanzó un quejido al pensar que tenía que revisarlos.
—Dios mío —dijo en voz alta—. Cualquier cosa menos eso.
No era un ruego, pero el timbre de la puerta sonó como si fuera una respuesta, haciendo que Roger se sobresaltara.
La puerta de la rectoría se trababa cuando había humedad, es decir, siempre. Roger la desatascó con esfuerzo antes de ver a la mujer en el umbral.
—¿En qué puedo ayudarle?
Era de estatura mediana y muy guapa. Roger notó que era de huesos finos y que llevaba el pelo castaño recogido en un moño. En medio del rostro destacaban unos extraordinarios ojos claros, color jerez añejo.
Los ojos lo recorrieron desde sus playeras del número 45 hasta la cabeza, unos treinta centímetros más arriba que la de ella. La sonrisa se extendió por su cara.
—No me gusta empezar con una frase hecha —dijo—, pero ¡cómo ha crecido, joven Roger!
Roger sintió que se ruborizaba. La mujer rió y le tendió la mano.
—Es usted Roger, ¿verdad? Soy Claire Randall, una vieja amiga del reverendo. Pero no le veía desde que tenía cinco años.
—¿Dice que era amiga de mi padre? Entonces sabrá que él...
La sonrisa se desvaneció y dio paso a una expresión de pesar.
—Sí, lo sentí mucho cuando me enteré. El corazón, ¿no?
—Sí. Fue muy repentino. Acabo de llegar de Oxford para ocuparme de... todo. —Hizo un gesto indefinido que comprendía la muerte del reverendo, la casa y todo su contenido.
—Por lo que recuerdo de la biblioteca de su padre, la tarea le llevará hasta Navidad —observó Claire.
—En ese caso, no deberíamos molestarlo —dijo una suave voz con acento estadounidense.
—Ah, me olvidaba —dijo Claire, volviéndose a medias hacia la chica que acababa de aparecer en la esquina del porche—. Roger Wakefield: ésta es mi hija, Brianna.
Brianna Randall dio un paso adelante con una sonrisa tímida. Roger la observó un momento, y entonces recordó sus modales. Se apartó y abrió la puerta preguntándose cuándo se había cambiado la camisa por última vez.
—De ninguna manera —dijo con sinceridad—. Me vendrá bien un descanso. ¿No quieren pasar?
Las condujo por el vestíbulo hasta el estudio del reverendo. Además de atractiva, la hija era una de las muchachas más altas que había conocido. «Un metro ochenta por lo menos», pensó, al ver que su cabeza alcanzaba la altura de la parte superior del perchero al pasar. Inconscientemente se enderezó hasta su metro noventa para superarla en estatura. Al entrar en el estudio, se agachó para no golpearse contra el dintel.
—Pensaba venir antes —explicó Claire, hundiéndose en el enorme sillón de orejas. La pared lateral del estudio del reverendo tenía ventanales desde el suelo hasta el techo, y la luz del sol hacía brillar la horquilla de perlas en su pelo castaño. Los rizos empezaban a escapar de su apretado moño y, con gesto ausente, Claire se colocó uno de ellos detrás de la oreja mientras hablaba—. Tenía pensado venir el año pasado, pero hubo una emergencia en el hospital de Boston y fue imposible. Soy médico —explicó, frunciendo un poco la boca ante la mirada de sorpresa de Roger—. Siento que no pudiéramos venir. Me habría gustado mucho volver a ver a su padre.
Roger se estaba preguntando por qué habrían ido hasta allí si sabían que el reverendo había muerto, pero le pareció descortés decirlo. En cambio, preguntó:
—¿Están disfrutando del viaje?
—Sí, hemos venido en coche desde Londres —respondió Claire mientras dirigía una sonrisa a su hija—. Quería que Bree conociera esto. Al oírla hablar no lo creería, pero es tan inglesa como yo, aunque nunca ha vivido aquí.
—¿De veras? —Roger miró a Brianna. No parecía inglesa, pensó. Aparte de la estatura, tenía un pelo rojizo que llevaba suelto sobre los hombros, y una cara angulosa con una nariz larga y recta, quizá un poco más larga de lo aconsejable.
—Nací en los Estados Unidos —explicó Brianna—, pero tanto mamá como papá son... eran... ingleses.
—¿Eran?
—Mi marido murió hace dos años —explicó Claire—. Creo que usted lo conoció. Frank Randall.
—¡Frank Randall! ¡Por supuesto! —Roger se dio un golpe en la frente y sintió que se ruborizaba ante la risa de Brianna—. Pensarán que soy tonto, pero acabo de darme cuenta de quiénes son.
El nombre lo explicaba todo. Frank Randall había sido un historiador eminente, muy amigo del reverendo. Habían intercambiado información sobre los jacobitas durante años, aunque habían pasado más de diez desde la última vez que Randall visitó la rectoría.
—¿De modo que están visitando los sitios históricos cercanos a Inverness? —preguntó Roger—. ¿Ya han estado en Culloden?
—Todavía no —respondió Brianna—. Pensábamos ir más adelante.
La sonrisa que acompañó su respuesta fue cortés, pero nada más.
—Haremos una excursión al lago Ness esta tarde —explicó Claire—. Y a lo mejor vamos hasta el Fuerte William mañana, o damos una vuelta por Inverness. Ha cambiado mucho desde la última vez que estuve allí.
—¿Cuándo fue?
Roger se preguntaba si debía ofrecerse como guía turístico. En realidad, no tenía tiempo, pero los Randall habían sido buenos amigos del reverendo. Además, un paseo en coche hasta Fort William con dos mujeres atractivas era una perspectiva más agradable que limpiar el garaje: la siguiente tarea en su lista.
—Ah, hace más de veinte años. Mucho tiempo.
Había una nota extraña en la voz de Claire que hizo que Roger la mirara, pero ella le devolvió la mirada con una sonrisa.
—Bien —dijo—, si hay algo que pueda hacer por ustedes mientras estén en las Highlands...
Claire seguía sonriendo, pero su expresión había cambiado. A Roger le dio la impresión de que había estado esperando a que se lo preguntara. Miró a Brianna, luego a él.
—Ya que lo menciona... —dijo con una amplia sonrisa.
—¡Mamá! —exclamó Brianna, irguiéndose en la silla—. No querrás molestar al señor Wakefield. ¡Mira todo lo que tiene que hacer! —Señaló con un ademán el estudio, las cajas y las hileras de libros.
—¡No es ninguna molestia! —protestó Roger—. ¿De qué se trata?
Claire hizo callar a su hija con la mirada.
—No planeaba golpearle en la cabeza y sacarlo a rastras de aquí —dijo con cierta aspereza—. Pero quizá conozca a alguien que pueda ayudarme. Es un pequeño proyecto histórico —dijo—. Busco a alguien versado en la historia de los jacobitas del siglo XVIII... El príncipe Carlos y los demás.
Roger se inclinó hacia delante, interesado.
—¿En los jacobitas? Ese período no es mi especialidad, pero algo sé. Sería difícil no conocerlo viviendo tan cerca de Culloden. Allí se libró la última batalla, como sabrá —le explicó a Brianna—. El ejército del príncipe Carlos se batió con el duque de Cumberland. Fue una derrota terrible.
—Así es —dijo Claire—. Y de hecho tiene que ver con lo que quiero averiguar.
Buscó en su bolso y sacó un papel doblado.
Roger lo abrió y lo leyó rápidamente. Era una lista de nombres, quizá treinta. Todos hombres. Había un título: ALZAMIENTO JACOBITA, 1745, CULLODEN.
—1745, ¿eh? ¿Estos hombres lucharon en Culloden?
—Así es —contestó Claire—. Lo que quiero averiguar es cuántos sobrevivieron.
Roger se frotó la barbilla mientras estudiaba la lista.
—Es una pregunta sencilla —dijo—, pero la respuesta puede ser difícil de averiguar. En Culloden murieron tantos miembros de los clanes que apoyaban al príncipe Carlos, que no los enterraron uno por uno. Los sepultaron en fosas comunes, con sólo una lápida con el nombre del clan.
—Lo sé —dijo Claire—. Brianna no ha estado allí, pero yo sí... hace mucho.
A Roger le pareció ver una sombra en su mirada, aunque ella la ocultó, buscando algo en el bolso. No le extrañó; Culloden era un sitio conmovedor. A él también se le llenaban los ojos de lágrimas al contemplar aquel extenso páramo y recordar la valentía de los soldados del regimiento de montañeses de Escocia que yacían bajo la hierba.
Claire le entregó varias hojas más. Su largo y blanco dedo recorría el margen de una de ellas. «Unas manos hermosas —pensó Roger—, delicadas y bien cuidadas, con un solo anillo en cada mano.» En especial resultaba atractivo el anillo de plata de la mano derecha: un aro ancho jacobino con el diseño entrelazado de las Highlands, adornado con flores de cardo.
—Éstos son los nombres que conozco de las esposas. Pensé que podían ser de utilidad pues, si los maridos murieron en Culloden, es posible que ellas se volvieran a casar o emigraran. ¿Esos datos estarán en el registro parroquial? Todos pertenecen a la misma parroquia. La iglesia estaba en Broch Mordha, al sur de aquí.
—Buena idea —señaló Roger, algo sorprendido—. Eso es lo que se le ocurriría a un historiador.
—Yo no lo soy, de ninguna manera —dijo con voz seca Claire Randall—. Pero cuando se vive con un historiador se piensa de manera parecida.
—Por supuesto. —A Roger le cruzó un pensamiento por la cabeza y se levantó—. Soy un pésimo anfitrión. Les traeré algo de beber. Después me puede contar algo más. Tal vez pueda ayudarla.
A pesar del desorden, sabía dónde estaban las botellas, y pronto sirvió whisky para los tres. Le puso bastante soda al vaso de Brianna, y notó que la muchacha sorbía la bebida como si fuera insecticida y no el mejor Glenfiddich. Claire lo pidió solo y parecía disfrutarlo más.
—Bien. —Roger volvió a su asiento y cogió el papel otra vez—. Un problema interesante desde el punto de vista histórico. ¿Dice que estos hombres eran de la misma parroquia? Serían también del mismo clan... veo que muchos se apellidan Fraser.
Claire asintió.
—Eran de la misma heredad, una pequeña granja de las Highlands llamada Broch Tuarach, conocida localmente como Lallybroch. Eran parte del clan Fraser, aunque formalmente nunca estuvieron a las órdenes de lord Lovat. Se unieron antes a la rebelión. Lucharon en la batalla de Prestonpans, mientras que los de Lovat entraron en la guerra poco antes de Culloden.
—¿De veras? Es muy interesante.
En circunstancias normales, en el siglo XVIII, los pequeños terratenientes morían en el lugar en que habían nacido, eran enterrados en el cementerio del pueblo, y sus certificados de defunción se archivaban cuidadosamente en el registro parroquial. Pero el intento del príncipe Carlos de reconquistar el trono de Escocia en 1745 sin lugar a dudas había cambiado el curso normal de los acontecimientos.
En la hambruna posterior al desastre de Culloden, muchos habitantes de las Highlands emigraron al Nuevo Mundo; otros se fueron de los valles y los páramos a las ciudades, en busca de trabajo y comida. Unos pocos se quedaron, aferrados a sus tierras y a sus tradiciones.
—Sería un artículo fascinante —dijo Roger, pensando en voz alta—. Seguir el rastro de varios individuos y averiguar qué fue de ellos. No sería tan interesante si todos hubieran muerto en Culloden, pero existe la posibilidad de que algunos se salvaran. —Estaba dispuesto a emprender el proyecto como una diversión, aunque no se lo hubiera pedido Claire Randall—. Sí, creo que podré ayudarla —dijo, y se sintió gratificado con la sonrisa cálida que le dirigió Claire.
—¿Lo hará? ¡Maravilloso! —exclamó ella.
—Será un placer —respondió él. Dobló el papel y lo puso sobre la mesa—. Empezaré enseguida. Pero cuéntenme, ¿qué tal el viaje desde Londres?
La conversación derivó hacia temas triviales. Las mujeres le hablaron de su viaje transatlántico, y luego del trayecto en coche desde Londres. Roger no prestaba mucha atención; hacía planes para la investigación. Se sentía culpable por haber asumido la responsabilidad, pues no debería gastar tiempo en eso. Por otra parte, era un tema interesante. Y tal vez podría alternar el proyecto con la clasificación del material del reverendo; estaba seguro de que había cuarenta y ocho cajas en el garaje etiquetadas con el nombre de JACOBITAS, VARIOS; pensar en ellas fue suficiente para acobardarse.
Con un esfuerzo logró olvidarse del garaje y descubrió que la conversación ya versaba sobre otro tema.
—¿Druidas? —Roger se sintió aturdido. Comprobó si le había añadido soda a su vaso.
—¿Nunca ha oído hablar de ellas? —Claire pareció un poco desilusionada—. Su padre, el reverendo, conocía el tema, aunque sólo en forma extraoficial. Tal vez no creyera que valiera la pena contarlo; le parecía como una broma.
Roger se rascó la cabeza, alborotando su abundante cabello negro.
—No, la verdad es que no lo recuerdo. Pero tiene razón, tal vez no lo consideró un tema serio.
—Bueno, no sé. —Claire cruzó las piernas. Un rayo de sol se reflejó en sus medias, realzando la delicadeza de sus largos huesos.
»Cuando estuve aquí con Frank la última vez... ¡pero, por Dios, si fue hace veintitrés años!, el reverendo le contó que había un grupo local de... digamos... druidas modernas. No sé si son auténticas; lo más probable es que no. —Brianna se inclinó hacia delante, interesada, con el vaso de whisky olvidado entre sus manos.
»El reverendo no podía reconocerlas oficialmente porque eran algo pagano, pero su ama de llaves, la señora Graham, formaba parte del grupo, de modo que él sabía qué pasaba. Le contó a Frank que iba a haber una ceremonia de algún tipo en el amanecer de Beltane... o sea, el primero de mayo.
Roger asintió, tratando de imaginarse a la seria señora Graham participando en ritos paganos y danzando alrededor de círculos de piedras al amanecer. Lo único que recordaba de las ceremonias druidas era que en algunas se sacrificaban víctimas quemándolas en jaulas de mimbre, un comportamiento de lo más inadecuado para una dama escocesa presbiteriana de su edad.
—Hay un círculo de piedras verticales en la cima de una colina, cerca de aquí. Frank y yo fuimos un día, antes del amanecer, para espiarlas —prosiguió Claire encogiéndose de hombros como si pidiera disculpas—. Ya sabe cómo son los estudiosos: no se interesan por nada que no tenga que ver con su disciplina, y a veces se olvidan de la cortesía. —Roger pareció sorprenderse un poco, pero asintió con ironía.
»Y allí estaban todas. La señora Graham, como el resto, llevaba una sábana puesta, y cantaban y bailaban en medio del círculo de piedras. Frank estaba fascinado —añadió con una sonrisa—. Incluso yo me quedé impresionada.
Hizo una pausa mientras observaba a Roger.
—Me enteré de que la señora Graham murió hace algunos años. Pero me pregunto si tenía familia. Creo que la pertenencia a esos grupos es hereditaria. A lo mejor hay una hija o nieta que me pueda contar algo.
—Bueno —dijo Roger lentamente—. Hay una nieta... se llama Fiona, Fiona Graham. De hecho, vino a ayudar cuando murió su abuela. El reverendo era demasiado viejo para arreglárselas solo.
Si algo podía borrar la imagen de la señora Graham danzando disfrazada con una sábana era pensar que Fiona, de diecinueve años, podía ser guardiana de antiguos conocimientos místicos. Pero Roger se repuso enseguida y prosiguió:
—Ahora no está, pero podría preguntárselo.
Claire hizo un ademán, como cambiando de idea.
—No se moleste. Otra vez será. Ya le hemos hecho perder mucho tiempo.
Para consternación de Roger, dejó su vaso vacío sobre la mesita que había entre las sillas, y Brianna se dispuso a dejar su vaso lleno con diligencia. Roger observó que Brianna Randall se comía las uñas. Esta pequeña imperfección le dio valor para dar el siguiente paso. La muchacha lo intrigaba y quería estar seguro de que la volvería a ver.
—Hablando de círculos de piedras —se apresuró a decir—. Creo que conozco el que ha mencionado. Es bastante pintoresco, y no está lejos del pueblo. —Sonrió mirando a Brianna Randall y al hacerlo notó que ésta tenía tres pecas en un pómulo—. Tal vez podría comenzar mi investigación yendo a Broch Tuarach. Está en la misma dirección que el círculo de piedras, así que quizá... ¡aaah!
Con una sacudida de su abultado bolso, Claire Randall había derribado los vasos que estaban sobre la mesa, mojando el regazo y los muslos de Roger con whisky de malta y bastante soda.
—Ay, cuánto lo siento —se disculpó. Se inclinó y empezó a recoger los cristales, a pesar de los esfuerzos de Roger por disuadirla.
Brianna se acercó a ayudar con un puñado de servilletas de lino que había cogido del aparador.
—Mamá, realmente no sé cómo te permiten operar. No es seguro darte nada más pequeño que una panera. ¡Mira, le has empapado de whisky hasta los zapatos! —Se arrodilló en el suelo y empezó a limpiar afanosamente el whisky derramado y los fragmentos de cristal—. ¡Y también los pantalones!
Cogiendo una servilleta limpia de la pila que tenía sobre el brazo, empezó a secarle laboriosamente los zapatos, mientras la cabellera roja se sacudía entre sus piernas. Levantando la cabeza, le miró los muslos y frotó un par de manchas húmedas sobre la pana. Roger cerró los ojos y trató de pensar frenéticamente en terribles accidentes de coche en la autopista, en formularios de impuestos para Hacienda y en La Masa Devoradora1 para no delatarse por completo mientras sentía el aliento de Brianna Randall a través de la tela mojada de los pantalones.
—Quizá quiera limpiar el resto usted solo —la voz procedía de algún lugar a la altura de su nariz; abrió los ojos y se encontró con una mirada azul y una amplia sonrisa. Cogió la servilleta que le ofrecía Brianna, respirando como si lo hubiera perseguido un tren.
Al bajar la cabeza para frotarse los pantalones, Roger alcanzó a ver la expresión de Claire, una mezcla de comprensión y burla. En su expresión no se percibía nada más; nada quedaba del brillo en los ojos que a Roger le había parecido ver justo antes de la catástrofe. Tal vez había sido producto de su imaginación, pues ¿por qué iba a hacer algo así a propósito?
—¿Desde cuándo te interesan las druidas, mamá? —Brianna hallaba algo divertido en la idea. Noté que se mordía el interior de la mejilla mientras yo charlaba con Roger Wakefield, y sonreía—. ¿Te vas a disfrazar con una sábana para unirte a ellas?
—Sin duda será más divertido que las reuniones de los jueves con el personal del hospital —repuse—. Pero me temo que cogería un poco de frío.
Brianna se rió a carcajadas, asustando a dos ardillas que se salieron del camino.
—No —respondí a su pregunta, poniéndome seria—. No son las druidas las que me interesan. Conocí a alguien en Escocia a quien me gustaría encontrar. No tengo su dirección. Hace más de veinte años que no la veo, pero estaba interesada en cosas raras como ésas: magia, antiguas creencias, folclore, ese tipo de cosas. Vivía cerca de aquí. Se me ha ocurrido que si todavía vive, podría estar relacionada con un grupo como el de las druidas.
—¿Cómo se llama?
Sacudí la cabeza, tratando de sujetar la horquilla que se me había aflojado, pero se deslizó por el pelo y saltó a la hierba alta del camino.
—¡Maldición! —exclamé, agachándome a buscarla.
Me temblaban los dedos mientras buscaba entre la hierba espesa y tuve dificultad en encontrarla, resbaladiza como estaba con la humedad de la hierba mojada. Pensar en Geillis Duncan me ponía nerviosa.
—No sé —respondí, mientras me apartaba los rizos de la cara—. Quiero decir... Ha pasado tanto tiempo, que estoy segura de que debe de tener otro apellido. Era viuda. Se habrá casado de nuevo, o puede que use su apellido de soltera.
—Ah. —Brianna perdió interés en el tema y caminamos un rato en silencio. De repente preguntó—: ¿Qué te ha parecido Roger Wakefield, mamá?
La miré. Tenía las mejillas rosadas, pero quizá era por el viento primaveral.
—Parece un joven muy agradable —dije con cautela—. Es inteligente sin duda, uno de los profesores más jóvenes de Oxford. —Sabía lo de su inteligencia; pero me pregunté si tendría imaginación. Los eruditos por lo general carecían de ella, pero la imaginación resultaba útil.
—Tiene unos ojos divinos —dijo Brianna olvidando el detalle de la inteligencia—. ¿No son increíblemente verdes?
—Sí, son muy llamativos —dije—. Siempre han sido así; recuerdo que cuando lo conocí de niño me llamaron la atención.
Brianna bajó la vista para mirarme.
—¡Qué ocurrencia la tuya, mamá! ¿Era necesario que le dijeras: «¡Dios mío, cómo ha crecido!» cuando te ha abierto la puerta? ¡Qué vergüenza!
Me eché a reír.
—Cuando alguien que te llegaba al ombligo la última vez que lo viste te supera en estatura, notas la diferencia —me defendí.
—¡Mamá! —Pero se reía a carcajadas.
—También tiene un trasero muy bonito —añadí en son de burla—. Me he dado cuenta cuando se ha agachado para sacar el whisky.
—¡Madre! ¡Pueden oírte!
Casi habíamos llegado a la parada del autobús. Junto al poste había dos o tres mujeres y un anciano de pie vestido de tweed; cuando nos acercamos se volvieron a mirarnos.
—¿Para aquí el autobús de Loch-side Tours? —pregunté, mientras miraba los avisos pegados en la cartelera.
—Sí —respondió amablemente una de las mujeres—. Llegará dentro de unos diez minutos. —Observó a Brianna; con sus tejanos y su camiseta blanca, era evidente que era norteamericana. La nota patriótica final la daba el rostro, colorado por la risa contenida—. ¿Van a visitar el lago Ness? ¿Es la primera vez?
Le sonreí.
—Hace unos veinte años viajé por el lago con mi marido, pero éste es el primer viaje de mi hija a Escocia.
—Oh, ¿de veras? —El comentario atrajo la atención de las demás señoras, que se agolparon a nuestro alrededor, de repente amables; nos dieron consejos y nos hicieron preguntas hasta que apareció el enorme autobús amarillo.
Antes de subir, Brianna hizo una pausa para admirar el pintoresco paisaje de verdes y sinuosas colinas que descendían al lago azul, bordeado de negros pinos.
—Esto será divertido —dijo riéndose—. ¿Crees que veremos el monstruo?
—Nunca se sabe —respondí.
Roger pasó el resto del día abstraído, haciendo una tarea tras otra. Los libros que debía donar a la Sociedad para la Conservación de Antigüedades yacían desparramados fuera de la caja; el viejo camión del reverendo estaba en el sendero con la capota levantada, en mitad de una revisión de motor, y una taza de té yacía a medio tomar y cubierta de nata junto al codo de Roger mientras éste observaba con mirada ausente la lluvia.
Sabía qué debía hacer: ordenar el estudio del reverendo. No eran sólo los libros; aunque era un trabajo arduo, sólo había que decidir con cuáles quedarse y cuáles enviar a la Sociedad para la Conservación de Antigüedades o a la biblioteca de la antigua facultad del reverendo. No, tarde o temprano iba a tener que ocuparse del enorme escritorio, cuyos cajones y casilleros estaban repletos de papeles que sobresalían. Y tendría que quitar y ordenar todo lo que decoraba la pared de corcho, tarea capaz de intimidar al más valiente.
Además de cierta aversión por la tediosa tarea, a Roger lo detenía otra cosa. No tenía ganas de ordenar los papeles, a pesar de que era necesario; le gustaría ocuparse del proyecto de Claire Randall, seguir la pista de los hombres de los clanes de Culloden.
Era algo interesante, aunque como investigación fuera un trabajo menor. Pero no se trataba de eso. No, pensó, para ser sincero, quería iniciar el proyecto porque ansiaba ir a la casa de huéspedes de la señora Thomas y poner el fruto de su esfuerzo a los pies de Brianna Randall, como se suponía que hacían los caballeros con la cabeza del dragón. Aunque no averiguara nada, necesitaba una excusa para verla y hablar con ella.
Brianna le recordaba un cuadro del Bronzino, pensó. Tanto ella como su madre parecían haber sido dibujadas con pinceladas tan vívidas y con un arte tan delicado que se destacaban del fondo como si estuvieran grabadas sobre el mismo. Pero Brianna tenía un color de piel tan intenso y un aire tan imponente, que parecía que los modelos de Bronzino te siguieran con la mirada, que estuvieran a punto de hablar desde sus marcos. Nunca había visto un cuadro del Bronzino haciendo muecas a un vaso de whisky, pero de haber habido uno, estaba seguro de que habría tenido el rostro de Brianna Randall.
—Bueno, maldita sea —se quejó en voz alta—. No me llevará tanto tiempo revisar los registros de la casa de Culloden mañana, ¿no? Tú —dijo, dirigiéndose al escritorio— puedes esperar un día más. Y tú también —dijo a la pared, y con actitud desafiante cogió una novela de misterio. Miró a su alrededor con aire beligerante, como si estuviera retando a los muebles a poner alguna objeción, pero no hubo ningún sonido excepto el rumor de la estufa. La desconectó y, con el libro bajo el brazo, abandonó el estudio, apagando la luz tras de sí.
Un minuto más tarde regresó, cruzó la habitación en la oscuridad y recogió la lista de nombres de la mesa.
—¡Por todos los diablos! —dijo metiéndose la lista en el bolsillo de la camisa—. No quiero olvidarme el maldito papel por la mañana. —Le dio una palmada al bolsillo, sintiendo el suave crujido del papel justo encima de su corazón. Luego se fue a la cama.
Volvimos del lago Ness, empapadas por la lluvia y el viento, al tibio refugio de una comida caliente ante el fuego de la sala. Brianna empezó a bostezar antes de terminar los huevos revueltos y pronto se excusó para darse un baño caliente. Me quedé charlando con la señora Thomas, la dueña de la casa de huéspedes, y hacia las diez subí a darme un baño y a ponerme el camisón.
Brianna se levantaba temprano y se iba a dormir también temprano; cuando abrí la puerta del dormitorio me recibió su suave respiración. Tenía el sueño bastante pesado. Colgué la ropa y arreglé un poco el cuarto sin hacer ruido, aunque no había peligro de que se despertara. La casa se sumió en el silencio mientras me dedicaba a mis tareas; por eso el ruido de mis movimientos me parecía fuerte.
Había llevado conmigo varios de los libros de Frank, con la idea de donarlos a la biblioteca de Inverness. Estaban en el fondo de mi maleta, creando una base para los objetos más frágiles que había encima. Los saqué y los apoyé sobre la cama. Cinco volúmenes de tapa dura, con las cubiertas llenas de polvo. Unos buenos tomos, de quinientas o seiscientas páginas cada uno, sin contar los índices ni las ilustraciones.
Las Obras Completas de mi difunto marido, con anotaciones en todas las ediciones. Citas de elogios de la crítica cubrían las solapas, comentarios de reconocidos expertos en el campo de la historia. No estaba mal para toda una vida de trabajo, pensé. Un trabajo completo y autorizado del cual enorgullecerse.
Coloqué los libros sobre la mesa, al lado de mi maleta, para no olvidarlos por la mañana. Los títulos de los lomos eran diferentes, por supuesto, pero los ordené de modo que el nombre «Frank W. Randall» coincidiera, uno encima del otro. Brillaban como joyas bajo la luz del velador.
La casa de huéspedes estaba en silencio; todavía no era temporada de turistas y los pocos que había se habían retirado a dormir ya hacía rato. En la cama vecina, Brianna soltó un pequeño gruñido y se dio la vuelta en sueños, cubriendo su rostro dormido con largos mechones rojizos. Un pie largo y descalzo quedó fuera de las sábanas y lo tapé con delicadeza.
El impulso de tocar a un niño dormido nunca desaparece, a pesar de que el niño sea mucho más robusto que su madre, y toda una mujer aunque sea joven. Aparté el pelo de su rostro y le acaricié la cabeza. Sonrió dormida, con un fugaz reflejo de satisfacción. Sonreí mientras la observaba, y susurré en sus oídos, como tantas otras veces: «¡Por Dios, te pareces tanto a él!».
Tragué el nudo que tenía en la garganta; se había convertido en un hábito. Cogí el camisón del respaldo de la silla. En las noches de abril hacía muchísimo frío en las Highlands escocesas; sin embargo, aún no estaba lista para acudir a mi lecho.
Le había pedido a la casera que dejara el fuego encendido en el comedor, después de asegurarle que lo apagaría antes de retirarme. Cerré la puerta con suavidad, mirando las largas piernas y la cabellera rojiza desparramada sobre el cobertor azul.
—Tampoco está mal como trabajo de toda una vida —susurré en el oscuro pasillo—. Quizá no sea tan compacto, pero está igual de acreditado.
La salita estaba oscura; el fuego se había consumido hasta reducirse a una llama constante en el tronco principal. Empujé un silloncito frente al hogar y apoyé los pies sobre el guardafuego. Podía oír los pequeños sonidos de la vida moderna; el tenue zumbido del frigorífico en el sótano, el murmullo de la calefacción central que convertía al hogar de leños en un adorno antes que en algo necesario; de vez en cuando, el motor de un coche al pasar.
Pero por debajo de todo permanecía el profundo silencio de la noche de las Highlands. Me senté muy quieta, queriendo aprehenderlo. Hacía veinte años que lo había sentido por última vez, pero aún estaba allí el poder consolador de la oscuridad entre las montañas.
Metí la mano en el bolsillo de mi bata y saqué una copia de la lista que había entregado a Roger Wakefield. Estaba demasiado oscuro para leer a la luz del fuego de la chimenea, pero no necesitaba leer los nombres. Desplegué el papel y contemplé las líneas ilegibles. Pasé el dedo por cada una, susurrando cada nombre como una oración. Estaban en su elemento en aquella fría noche de primavera, mucho más que yo. Me quedé contemplando las llamas, dejando que la oscuridad exterior llenara los espacios vacíos de mi interior.
Y repitiendo sus nombres, como para convocarlos, empecé a dar mis primeros pasos hacia atrás, cruzando la oscuridad vacía donde ellos aguardaban.
1. La Masa Devoradora (The Blob) es una película estadounidense de ciencia ficción del año 1958. (N. de la t.)
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El asunto se complica
Roger salió del museo de Culloden a la mañana siguiente con doce páginas de notas, desconcertado. Lo que al principio le había parecido un sencillo trabajo de investigación histórica estaba adquiriendo un cariz extraño.
Había encontrado sólo tres de los nombres de la lista de Claire entre los muertos de Culloden. Esto, en sí, no era notable. El ejército de Carlos Estuardo nunca tuvo una lista completa de enrolados, pues los jefes de algunos clanes se habían unido a las fuerzas del príncipe al parecer por un capricho repentino, y otros se habían separado antes de que todos los nombres pudieran inscribirse en un documento oficial. Los registros del ejército de las Highlands, de por sí irregulares, se habían desintegrado por completo hacia el final; no tenía sentido mantener un ejército si no había dinero para pagar a los soldados.
Se agachó con cuidado para acomodarse en su viejo Morris. Sacó la carpeta de debajo del brazo, la abrió y observó las páginas que había copiado. Lo más extraño era que casi todos los hombres de la lista de Claire aparecían en otra lista militar.
Dentro de las filas del regimiento de un clan determinado, los hombres podían haber desertado a medida que se veía con mayor claridad el desastre que se avecinaba: aquello no tenía nada de extraño. No, lo que hacía que todo fuera incomprensible era que todos los nombres de la lista de Claire aparecieran como parte del regimiento de Lovat, enviado cuando la campaña estaba muy avanzada para cumplir una promesa de apoyo hecha a los Estuardo por Simon Fraser, lord Lovat.
Sin embargo, Claire había dicho que todos aquellos hombres provenían de una heredad llamada Broch Tuarach, al sudoeste de las tierras de Fraser, en el límite de las tierras del clan MacKenzie. También dijo que aquellos hombres estuvieron con el ejército de las Highlands desde la batalla de Prestonpans, al comienzo de la campaña.
Roger negó con la cabeza. Aquello no tenía sentido. Sin duda, Claire estaba equivocada con respecto a las fechas... ella misma había dicho que no era historiadora. Pero ¿podría estarlo con respecto al lugar? ¿Y cómo era posible que los hombres de la heredad de Broch Tuarach, que no habían jurado fidelidad al jefe del clan Fraser, estuvieran bajo su mando? Aunque lord Lovat era conocido como «el Viejo Zorro», Roger dudaba de que tuviera la suficiente astucia para lograr algo así.
Frunciendo el ceño, Roger arrancó y se alejó del museo. Los archivos del museo de Culloden estaban incompletos, lo que resultaba deprimente. Estaban conformados en su mayor parte por pintorescas cartas escritas por lord George Murray, en las que se quejaba de los problemas de aprovisionamiento y cosas por el estilo; parecían propias de un museo para turistas. Roger necesitaba más.
—Un momento —recordó mientras miraba por el espejo retrovisor al doblar—. Se supone que debes averiguar qué les pasó a los que no murieron en Culloden. ¿Qué importa cómo llegaron si salieron vivos de la batalla?
Sin embargo, no podía quedarse tranquilo. Era una circunstancia tan rara... A menudo se confunden los nombres, en especial en las Highlands, donde la mitad de la población en una época determinada parecía haberse llamado Alexander. Por eso se conocía a la gente por su región de origen, y también por su clan o su apellido. A veces se utilizaba el nombre de la región o del clan en lugar del apellido. Lochiel, uno de los jefes jacobitas más famosos, se llamaba en realidad Donald Cameron, nativo de Lochiel, lo cual lo distinguía de los cientos de Cameron que se llamaban Donald.
Y en las Highlands, los que no se llamaban Donald o Alec se llamaban John. De los tres muertos que encontró que coincidían con la lista de Claire, uno era Donald Murray, otro Alexander MacKenzie y el tercero John Graham Fraser. Pero en la lista de Claire no aparecía su lugar de nacimiento; sólo sabía que los tres pertenecían al regimiento de Lovat, el regimiento Fraser.
Pero sin el lugar de origen, no podía estar seguro de que se tratara de los mismos hombres de la lista. Había por lo menos seis John Fraser en la lista de muertos, y ésta era incompleta; los ingleses no habían sido muy precisos; la mayoría de los registros habían sido elaborados por los jefes de los clanes, que contaban a los hombres y determinaban quién no había vuelto a casa. A veces los jefes de los clanes no regresaban, lo cual complicaba las cosas.
Se frotó la cabeza con la mano, frustrado, como si el masaje capilar pudiera estimularle el cerebro. Y si los tres nombres no pertenecían a las mismas personas, el misterio era mayor. Más de la mitad de los hombres de Carlos Estuardo había muerto en Culloden. Y los de Lovat habían luchado en la peor parte, justo en el centro de la batalla. Resultaba inconcebible que un grupo de treinta hombres hubiera sobrevivido en aquella posición sin ninguna baja. Los hombres de Lovat habían llegado tarde a la rebelión; aunque hubo muchas deserciones en otros regimientos, ellos habían sido leales, y habían sufrido las consecuencias.
Un fuerte bocinazo lo desconcentró; se apartó para ceder el paso a un camión. Le pareció que pensar y conducir no eran actividades compatibles. Si continuaba así, terminaría estrellándose contra alguna pared.
Se quedó sentado, reflexionando. Quería ir a la casa de huéspedes de la señora Thomas y contarle a Claire lo que había averiguado hasta el momento. La perspectiva de estar un momento con Brianna Randall hacía aún más atractiva la idea.
Por otra parte, su instinto de historiador le exigía más información. Y no estaba seguro de que Claire fuera la persona más indicada para proporcionársela. Él no tenía la menor idea de qué era lo la había impulsado a involucrarlo en el proyecto, y a interferir al mismo tiempo en su trabajo dándole información falsa. No tenía sentido, y Claire Randall parecía una persona sensata.
Entonces recordó el incidente del whisky y se ruborizó. Estaba seguro de que lo había hecho a propósito... y dado que Claire no parecía la clase de persona que haría ese tipo de bromas, tenía que suponer que lo había hecho para impedirle invitar a Brianna a Broch Tuarach. ¿Querría alejarlo del lugar o impedir que llevara allí a Brianna? Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que Claire ocultaba algo a su hija, pero no sabía qué era.
Lo olvidaría todo si no fuera por dos razones: Brianna y su curiosidad. Quería saber qué pasaba y tenía la firme intención de averiguarlo.
Golpeó suavemente el volante, pensando. Por fin tomó una decisión; volvió a arrancar y avanzó. En la siguiente rotonda, se desvió y se dirigió a la estación de ferrocarril de Inverness.
El Flying Scotsman podía llevarlo a Edimburgo en tres horas. El encargado de conservar los documentos de los Estuardo había sido amigo del reverendo. Y él tenía una buena pista para empezar. La lista con los nombres del regimiento de Lovat mostraba que su jefe era un capitán llamado James Fraser, de Broch Tuarach. Aquel hombre era el único vínculo entre Broch Tuarach y los Fraser de Lovat. ¿Por qué no estaría en la lista de Claire?
Había salido el sol; Roger bajó la ventanilla para dejar que el viento le zumbara en los oídos.
Tuvo que pasar la noche en Edimburgo y volver al día siguiente. El largo viaje en tren lo dejó tan cansado que apenas tuvo tiempo de engullir la comida que Fiona le preparó, antes de caer rendido en la cama. Pero al día siguiente se levantó con energías renovadas y fue en su coche hasta la pequeña aldea de Broch Mordha cerca de Broch Tuarach. Si su madre no quería que Brianna fuera allí, nada le impediría a él echar un vistazo.
Encontró Broch Tuarach por sí solo, o eso creyó al menos; había un gran montón de piedras rodeando las ruinas de una de las antiguas torres circulares, llamadas brochs en la región, que se usaban como defensa y como vivienda. Entendía el suficiente gaélico para saber que el nombre del lugar significaba «torre que mira al norte». Se preguntó cómo podía tener aquel nombre una torre circular.
Cerca había una casa solariega rodeada de edificios, todos en ruinas, aunque quedaban algunos muros. En un poste, en el patio, había un letrero casi ilegible de un agente inmobiliario. Roger se quedó en la ladera, junto a la casa. No veía nada que explicara por qué Claire quería impedir a su hija ir allí.
Detuvo el Morris frente a la puerta. Era un sitio bellísimo, aunque muy remoto; había tardado casi tres cuartos de hora desde la autopista, maniobrando con cuidado para que el Morris avanzara por el sendero sin que se le rompiera el cárter.
No entró en la casa; estaba abandonada y a lo mejor era peligrosa. El nombre «FRASER» estaba grabado en el dintel y en la mayoría de las lápidas de lo que habría sido el cementerio de la familia. Algunas eran ilegibles. Eso no ayudaba mucho, pensó. En ninguna lápida había ningún nombre de la lista. Tendría que seguir adelante. Según el mapa del Automóvil Club, la aldea de Broch Mordha estaba a cinco kilómetros.
Tal como temía, la iglesia de la pequeña aldea había caído en desuso y la habían derribado hacía años. Llamó a varias puertas; lo recibieron miradas inexpresivas u hoscas, hasta que un viejo granjero sugirió que los registros de la parroquia quizá estarían en el museo del Fuerte William, o tal vez en Inverness. Allí había un religioso que coleccionaba documentos antiguos.
Cansado y polvoriento, pero no desanimado, Roger volvió al coche, que había dejado junto a la taberna de la aldea. Se trataba de la clase de revés que tan a menudo se daba en el ámbito de la investigación histórica, y estaba acostumbrado a ello. Tomaría una cerveza rápida (tal vez dos, pues hacía un día inusualmente cálido) e iría al Fuerte William.
Sólo faltaba, pensó, que los registros estuvieran en los archivos del reverendo. Se lo merecía por descuidar su trabajo y dedicarse a búsquedas quiméricas para impresionar a una chica. Su viaje a Edimburgo sólo había servido para eliminar los tres nombres que había encontrado en Culloden: los tres provenían de regimientos distintos al de Broch Tuarach.
Los papeles de los Estuardo llenaban tres salas, de modo que no podía decir que su estudio hubiera sido exhaustivo. Aun así, había encontrado un duplicado de la lista que había visto en Culloden con los hombres que habían estado bajo el mando de lord Lovat, el hijo del Viejo Zorro, es decir, Simon el Joven. El viejo astuto había jugado a dos bandas, pensó Roger: él se había quedado en su casa, jurando ser un leal súbdito del rey Jorge, mientras enviaba a su hijo a pelear por los Estuardo. De nada le sirvió.
El documento mencionaba a Simon Fraser el Joven como comandante, sin nombrar a James Fraser. No obstante, el nombre de James Fraser aparecía en muchos documentos militares. Si se trataba del mismo hombre, había tenido una participación muy activa en la campaña. Sin embargo, el solo nombre no bastaba para saber si era el de Broch Tuarach. James era un nombre común en Escocia, como Duncan o Robert. Sólo en un documento había encontrado un James Fraser con un nombre en el medio que podía ayudar a la identificación, pero el documento en cuestión no mencionaba a sus hombres.
Roger se encogió de hombros, alejando malhumoradamente con las manos una repentina nube de voraces mosquitos. Le llevaría años revisar aquellos registros. Incapaz de eludir las atenciones de los mosquitos, se adentró en la atmósfera oscura del pub, dejándolos deambulando fuera, en una frenética nube de incertidumbre. Mientras saboreaba la cerveza fría y amarga, pensó en los pasos que había dado y las opciones que tenía. Aún tenía tiempo de ir al Fuerte William, aunque regresara tarde a Inverness. Si no encontraba nada en el museo del Fuerte William, el siguiente paso sería una búsqueda minuciosa en los archivos del reverendo.
¿Y después? Bebió el último trago de cerveza y pidió otra. Si era necesario, darse un paseo por todas las iglesias y cementerios de las cercanías de Broch Tuarach era, probablemente, lo mejor que podía hacer a corto plazo. No creía que las Randall permanecieran en Inverness durante los dos o tres años siguientes, esperando los resultados.
Palpó su libreta en el bolsillo. Antes de partir de Broch Mordha, debía echar un vistazo a los restos del antiguo cementerio. Nunca se sabía con qué se podía uno encontrar, y así no tendría que regresar.
A la tarde siguiente, las Randall fueron a tomar el té a casa de Roger para enterarse de sus progresos.
—Encontré varios de los nombres de su lista —dijo a Claire—. Es muy raro. No he hallado a nadie que muriera en Culloden. Pensé que tenía tres, pero eran otras personas con los mismos nombres.
Miró a la doctora Randall; estaba de pie, muy quieta, agarrando el respaldo de un sillón orejero, como si hubiera olvidado dónde estaba.
—¿No quieren sentarse? —dijo Roger; algo sobresaltada, Claire asintió y se sentó en el borde del sillón. Roger la miró con curiosidad, pero continuó; sacó su carpeta y se la entregó.
»Como les decía, es muy raro. No he rastreado todos los nombres. Aún tengo que consultar los registros parroquiales y las tumbas cercanas a Broch Tuarach. Encontré la mayor parte de los datos entre los papeles de mi padre. Lo lógico sería que hubiera encontrado dos o tres nombres, ya que todos estuvieron en Culloden. Sobre todo si estuvieron con uno de los regimientos de Fraser, en el centro de la batalla, donde la lucha fue más intensa.
—Lo sé.
El tono de su voz hizo que Roger la mirara intrigado, pero no logró verle la cara al inclinarse sobre el escritorio. La mayor parte de los papeles eran anotaciones de Roger, puesto que la moderna tecnología del fotocopiado no había llegado aún a los archivos gubernamentales que guardaban los documentos de los Estuardo, pero también había unas cuantas hojas originales, desenterradas del tesoro de documentos dieciochescos del reverendo. Claire hojeó los registros con delicadeza, cuidándose de tocar el frágil papel más de lo necesario.
—Tiene razón: es raro.
Él reconoció la emoción en su voz: era excitación, mezclada con satisfacción y alivio. Aquello era lo que Claire esperaba encontrar, o tenía la esperanza de encontrar.
—Dígame... ¿Qué nombres encontró? ¿Qué pasó con ellos, si no murieron en Culloden?
A Roger le sorprendió que le importara tanto; sin embargo, sacó la carpeta con sus notas y la abrió.
—Dos estaban en la nómina de un barco; emigraron a América poco después de Culloden. Cuatro murieron por causas naturales un año después; no es extraño que después de Culloden hubiera una terrible hambruna y muriera mucha gente en las Highlands. A este otro lo encontré en un registro parroquial, pero no de la parroquia de la que provenía. Pero estoy casi seguro de que es uno de sus hombres.
Notó entonces que se aflojaba la tensión de los hombros de Claire.
—¿Quiere que siga buscando el resto? —preguntó, esperando que le dijera que sí.
Observó a Brianna por encima del hombro de su madre. Brianna estaba de pie junto a la pared de corcho, medio vuelta como si no le interesara su proyecto, aunque Roger notó que arrugaba ligeramente el ceño.
Tal vez Brianna también percibía la emoción contenida que rodeaba a Claire como un campo eléctrico. Roger lo había notado desde que Claire entró en la habitación; sus revelaciones sólo habían aumentado tal emoción. Roger pensó que si en aquel momento la tocara, saltarían chispas.
Un golpe en la puerta del estudio interrumpió sus pensamientos. La puerta se abrió y entró Fiona Graham, empujando el carrito con el té: tetera, tazas, servilletas, tres tipos de bocadillos, un bizcocho, pastelillos y bollos con crema.
—¡Hum! —exclamó Brianna—. ¿Es todo para nosotros o va a venir alguien más?
Claire Randall miró el banquete, sonriendo. El campo eléctrico seguía allí, reprimido merced a un gran esfuerzo. Roger vio que aferraba el dobladillo de la falda con tanta fuerza que el borde del anillo le cortaba la piel de la mano.
—Hay tanto que no tendremos que comer en una semana —dijo Claire—. ¡Qué buena pinta tiene todo!
Fiona rebosaba alegría. Era baja, rellena y bonita como una pequeña gallina castaña. Roger suspiró. Si bien le gustaba mostrar hospitalidad, se daba cuenta de que el banquete estaba destinado a su propio lucimiento, no al placer de sus invitadas. Fiona, de diecinueve años, tenía una sola ambición en la vida: ser una mujer casada. Mejor con un profesional. Le había bastado ver a Roger cuando llegó una semana antes para ordenar las cosas del reverendo, para decidir que un profesor adjunto de Historia era lo mejor que ofrecía Inverness.
Desde entonces se había dedicado a inflarlo como a un pavo en Navidad; le lustraba los zapatos; le preparaba las chinelas y el cepillo de dientes; le hacía la cama; le cepillaba la chaqueta; le compraba el diario y se lo dejaba junto al plato; le masajeaba el cuello cuando pasaba muchas horas trabajando en su escritorio, y le preguntaba a menudo por su comodidad física, su estado de ánimo y su salud. Nunca había estado expuesto a semejante bombardeo de domesticidad.
En resumen, Fiona lo estaba volviendo loco. Su desaliño se debía más a una reacción ante su implacable persecución que al abandono de los hombres temporalmente libres de las exigencias del trabajo y la sociedad.
Pensar en unirse en sagrado vínculo matrimonial con Fiona Graham era suficiente para que se le pusieran los pelos de punta: en un año Fiona lo volvería loco con su constante acoso. Además, estaba Brianna Randall, que contemplaba el carrito como si se preguntara por dónde empezar.
Roger había estado prestando atención a Claire Randall y a su proyecto, evitando mirar a su hija. Claire Randall era encantadora; tenía el tipo de finos huesos y piel translúcida que a los sesenta años le darían el mismo aspecto que habría tenido a los veinte. Pero al mirar a Brianna Randall se quedaba sin aliento.
Tenía el porte de una reina; no caminaba con torpeza como muchas chicas altas. Viendo la espalda derecha y la postura elegante de la madre, podía deducir de dónde procedía aquel atributo en particular. No así la gran estatura, la cascada de pelo rojizo hasta la cintura con brillos dorados y cobrizos y mechones de color ámbar y canela que se rizaban de forma casual alrededor de su rostro y sus hombros como un manto; ni los ojos, de un azul tan oscuro que parecían negros en algunas ocasiones; ni tampoco la boca amplia y generosa, con un grueso labio inferior que invitaba a mordisquearlo con pasión. Todo aquello lo debía de haber heredado del padre.
A Roger le alegraba que el padre no estuviera allí, pues sin duda no le habrían gustado sus pensamientos; unos pensamientos que temía desesperadamente que se reflejaran en su rostro.
—Té, ¿eh? —exclamó con entusiasmo—. Espléndido. Maravilloso. Tiene un aspecto delicioso, Fiona. Gracias, Fiona. Creo que... no necesitamos nada más.
Haciendo caso omiso de su sugerencia, Fiona recibió complacida los cumplidos de sus invitadas, repartió las tazas y platos con diestra economía de movimientos, sirvió el té y distribuyó la primera porción de bizcocho; parecía dispuesta a quedarse como ama de casa.
—Ponga un poco de crema en los bollos, Rog... quiero decir, señor Wakefield —dijo, y se los sirvió, sin esperar su respuesta—. Está muy delgado; tiene que cuidarse. —Dirigió una mirada cómplice a Brianna Randall y dijo—: Ya sabe cómo son los hombres; nunca comen como deben si no tienen una mujer que los cuide.
—Es muy afortunado al tenerla a usted —respondió Brianna cortésmente.
Roger respiró hondo, flexionando los dedos varias veces hasta que se le pasaron las ganas de estrangular a Fiona.
—Fiona —dijo—. ¿Podrías hacerme un pequeño favor?
El rostro de la muchacha se iluminó y esbozó una amplia sonrisa ante la perspectiva de hacer algo por él.
—¡Por supuesto, Rog... quiero decir, señor Wakefield! ¡Lo que sea!
Roger se sintió un poco avergonzado, pero después de todo, se dijo, era por el bien de ambos. Si Fiona no se iba, él pronto dejaría de ser responsable de sus actos y ocurriría algo que ambos lamentarían.
—Gracias, Fiona. No es mucho, sólo que encargué un poco de... —pensó rápido, tratando de recordar el nombre de alguno de los comerciantes del pueblo— un poco de tabaco al señor Buchanan en la calle Mayor. ¿Querrías ir a buscarlo? Me gustaría fumar una pipa después de un té tan estupendo.
Fiona ya se estaba quitando el delantal, el que tenía encajes, notó Roger sombríamente. Cerró los ojos aliviado al oír que se cerraba la puerta, intentando olvidar el hecho de que en realidad no fumaba. Con un suspiro de alivio, reanudó la conversación.
—Lo que decía de seguir buscando el resto de los nombres... —dijo Claire. Roger tuvo la extraña impresión de que compartía su alivio ante la partida de Fiona—. Sí, me gustaría que lo hiciera... si no es demasiada molestia.
—De ninguna manera —dijo Roger, no sin cierta deshonestidad—. Será un placer.
La mano de Roger vaciló entre la variada selección del carrito de té, antes de coger la botella de cristal de un whisky Muir Breame de doce años. Después de aquel momento de tensión con Fiona, sintió que se lo merecía.
—¿Un poco de whisky? —preguntó. Al ver la mirada de disgusto de Brianna, añadió—: ¿O un poco de té?
—Té —respondió Brianna, aliviada.
—No sabes lo que te pierdes —le dijo Claire, mientras olía el whisky con delectación.
—Claro que lo sé —contestó Brianna—. Por eso me lo pierdo. —Se encogió de hombros y arqueó una ceja mirando a Roger.
—En Massachusetts hay que tener veintiún años para poder consumir alcohol —explicó Claire a Roger—. A Bree le faltan ocho meses, así que no está acostumbrada al whisky.
—Hablas como si no apreciar el whisky fuera un delito —protestó Brianna, sonriendo a Roger por encima de su taza de té.
Él alzó las cejas en respuesta.
—Mi querida amiga —dijo Roger con severidad—. ¡Estamos en Escocia! ¡Por supuesto que es un delito!
—¿Ah, sí? —replicó Brianna con dulzura, imitando a la perfección el acento escocés de Roger—. Pues esperremos que no merrezca la pena capital.
Cogido por sorpresa, Roger se atragantó. Tosiendo y golpeándose el pecho, miró a Claire para compartir la broma. Ésta esbozó una sonrisa forzada, pero se había puesto pálida. Pestañeó, sonrió con naturalidad, y la conversación continuó.
Roger se sorprendió al ver con qué facilidad fluía la conversación entre ellos, tanto si hablaban de trivialidades como del proyecto. Brianna se había interesado por el trabajo de su padre, y sabía mucho más que su madre sobre los jacobitas.
—Es sorprendente que llegaran tan lejos —dijo refiriéndose a Culloden—. ¿Sabía que los montañeses ganaron la batalla de Prestonpans con apenas dos mil hombres contra el ejército inglés, que contaba con ocho mil? ¡Es increíble!
—Y la batalla de Falkirk fue parecida —dijo Roger—. Superados en número, en armas, marchando a pie... no era posible ¡pero lo consiguieron!
—Ajá —dijo Claire, tomando un gran sorbo de whisky—. Lo lograron.
—Estaba pensando... —dijo Roger a Brianna en tono casual— que quizá le gustaría acompañarme a alguno de los lugares... los sitios de las batallas. Son interesantes, y estoy seguro de que sería de gran ayuda.
Brianna se echó a reír y se alisó el pelo, que le caía sobre el té.
—No sé en qué podría ayudar, pero me encantaría ir.
—¡Espléndido! —Sorprendido y entusiasmado, apretó la botella y casi la tiró. Claire lo atajó a tiempo y llenó su vaso.
—Es lo menos que puedo hacer, después de haberlo derramado la última vez —dijo, sonriendo en respuesta a su agradecimiento.
Al verla tranquila y relajada, Roger dudó de sus sospechas. Después de todo, tal vez no hubiera sido más que un accidente. Aquel hermoso y sereno rostro no dejaba entrever nada.
Media hora más tarde la mesa del té era un caos, la botella estaba vacía y los tres estaban sentados con aspecto satisfecho. Brianna se movió inquieta una o dos veces, miró a Roger y finalmente le preguntó por el aseo.
—¿El lavabo? Por supuesto.
Se puso en pie haciendo un esfuerzo, con el estómago repleto de torta y bizcocho de almendras. Si no se libraba pronto de Fiona, volvería a Oxford pesando ciento cincuenta kilos.
—Es de los antiguos —explicó, mientras señalaba el cuarto de baño al fondo del pasillo—. La cisterna está en el techo y tiene cadena.
—Vi uno de esos en el Museo Británico —dijo Brianna—. Sólo que no estaba en exposición, sino en el tocador de damas. —Vaciló, y después añadió—: No tendrá la misma clase de papel que en el Museo Británico, ¿no? Porque si es así, tengo pañuelos de papel en el bolso.
Roger cerró un ojo y la miró con el otro.
—O es una extraña deducción, o he bebido mucho más de lo que pensaba. —De hecho, Claire y él habían dado cuenta de todo el Muir Breame, ya que Brianna había bebido únicamente té.
Claire se echó a reír al oír la conversación y se levantó para darle a Brianna varios pañuelos de su propio bolso.
—No será papel encerado con el sello de «Propiedad del Gobierno de Su Majestad» como el del Museo, pero tampoco es mucho mejor —dijo a su hija—. El papel higiénico británico es un artículo un poco áspero.
—Gracias. —Brianna cogió el papel y se dirigió a la puerta, pero después se giró—. ¿Cómo puede haber gente que se dedica a fabricar papel higiénico que parece lija? —inquirió.
—Nuestros hombres tienen corazones duros —entonó Roger— y traseros de acero. Contribuye a fomentar el espíritu nacional.
—En el caso de los escoceses, supongo que también fomenta la insensibilidad hereditaria —añadió Claire—. Los hombres que podían cabalgar con un kilt sin duda debían de tener el trasero como el cuero de la silla de montar.
Brianna se rió a carcajadas.
—No me gustaría saber qué usarían como papel higiénico en aquel entonces —dijo.
—En realidad no era tan malo —dijo Claire para sorpresa de ambos—. Las hojas de candelaria son bastante suaves; casi tan buenas como el papel higiénico de doble pliego. En invierno, dentro de casa, siempre había algunos trapos húmedos; no muy higiénicos, pero bastante suaves.
Roger y Brianna la miraron intrigados.
—Lo leí en un libro —dijo, y se ruborizó.
Mientras Brianna, todavía riendo, iba al servicio, Claire se quedó junto a la puerta.
—Ha sido muy amable al recibirnos de esta manera —dijo Claire sonriendo. El desconcierto había desaparecido para dejar sitio a su calma habitual—. Y más todavía, al investigar esos nombres por mí.
—Es un placer hacerlo —le aseguró Roger—. Un buen cambio después de las polillas y las telarañas. Le avisaré en cuanto encuentre algo sobre los jacobitas.
—Gracias. —Claire vaciló, echó un vistazo por encima de su hombro y bajó la voz—. De hecho, ahora que Bree no está... hay algo que quiero pedirle, en privado.
Roger se aclaró la garganta y se apretó la corbata que se había puesto para la ocasión.
—Sólo tiene que pedirlo —dijo, sintiéndose alegremente generoso con el éxito de la merienda—. Estoy a su entera disposición.
—Le ha preguntado a Bree si quería acompañarle. Quería pedirle... hay un lugar al que preferiría que no la llevara, si no le importa.
Roger se puso en alerta. ¿Iba a enterarse del misterio de Broch Tuarach?
—El círculo de piedras verticales... que llaman Craigh na Dun. —El rostro de Claire estaba serio al acercarse aún más al suyo—. Tengo una razón importante, o de lo contrario no se lo pediría. Quiero llevar a Bree yo misma, aunque no le puedo decir la razón ahora. Lo haré en su momento. ¿Me lo promete?
La cabeza de Roger era un torbellino. ¡Así que no era Broch Tuarach el sitio del que quería alejar a su hija! Eso explicaba un misterio, pero abría uno nuevo.
—Si así lo desea... por supuesto —respondió por fin.
—Gracias. —Acarició el brazo de Roger y se dispuso a marcharse. Al ver la silueta de Claire a contraluz, Roger recordó algo. Quizá no era el momento adecuado para preguntar, pero no podía hacer ningún daño.
—Ah, doctora Randall... ¿Claire?
Claire se dio la vuelta. Eliminada la distracción que suponía Brianna, pudo apreciar que también era una mujer muy hermosa. Tenía el rostro arrebolado por el whisky y sus ojos eran de un inusual tono marrón dorado, pensó, como el ámbar cristalizado.
—En todos los registros que encontré —dijo Roger, escogiendo las palabras— aparecía un capitán llamado James Fraser, que al parecer era su líder. Pero no estaba en su lista. Me gustaría saber si conocía su existencia.
Claire se quedó paralizada; a Roger le recordó a cómo se había comportado al llegar. Pero después de un momento se movió levemente y respondió con aparente calma:
—Sí, conocía su existencia. —Hablaba con serenidad, pero ya no había color en su rostro. Roger notó que le palpitaba una vena en el cuello—. No lo puse en la lista porque sabía lo que le pasó. Jamie Fraser murió en Culloden.
—¿Está segura?
Como si estuviera ansiosa por partir, Claire recogió sus cosas y miró hacia el cuarto de baño, donde el ruido del viejo pomo indicaba que Brianna estaba a punto de salir.
—Sí —dijo sin mirarlo—. Estoy segura. Ah, señor Wakefield... quiero decir, Roger. —Se giró y lo miró, posando aquellos ojos de color extraño sobre él. Con aquella luz, sus ojos parecían casi amarillos, pensó Roger; los ojos de un enorme gato, de un leopardo—. Por favor, no le hable de Jamie Fraser a mi hija.
Era tarde y hacía rato que debía haberse acostado, pero Roger no podía dormir. Ya fuera por el acoso de Fiona, las confusas contradicciones de Claire Randall o por la ansiedad que le producía la perspectiva de investigar junto a Brianna, estaba despierto, y sin duda seguiría así. En lugar de dar vueltas en la cama o de contar ovejas, resolvió dar utilidad a su insomnio. Revolver un poco entre los papeles del reverendo seguramente le devolvería el sueño.
La luz del cuarto de Fiona seguía encendida, así que bajó las escaleras de puntillas para no molestarla. Al encender la luz del estudio, contempló la magnitud de la tarea que le aguardaba.
La pared era una muestra de la mente del reverendo Wakefield. Era un amplio panel de corcho de unos seis metros por cuatro que cubría completamente un lado del estudio. No se veía casi nada del corcho bajo las capas y capas de papeles, notas, fotografías, facturas, recetas, plumas de pájaro, trozos de sobres con sellos interesantes, direcciones, llaveros, postales, bandas elásticas y demás efectos, todos sujetos con chinchetas o con trozos de cuerda.
Las trivialidades estaban doce capas más abajo; sin embargo, el reverendo siempre era capaz de dar con lo que deseaba sin equivocarse. Roger pensó que todo estaba organizado según un principio tan sutil que ni siquiera los científicos de la NASA podrían descifrarlo.
Contempló la pared con vacilación. No existía ningún punto de partida lógico. Cogió una lista con fechas de reuniones de la Asamblea General enviada por la oficina del obispo, pero se distrajo al ver debajo un dragón dibujado a lápiz; por la nariz le salían nubes de humo y por las fauces, llamas verdes.
Al pie de la página estaba escrito «ROGER» con letras mayúsculas grandes y torcidas. Recordó vagamente haber explicado que el dragón escupía fuego verde porque lo único que comía eran espinacas. Dejó en su sitio la lista de la Asamblea General y se alejó de la pared. Se ocuparía de ella más tarde.
En comparación, el escritorio de persianas de roble, que contenía por lo menos cuarenta casilleros llenos a rebosar, era tarea fácil. Con un suspiro, Roger empujó la maltrecha silla de oficina y se sentó para tratar de encontrar algún sentido a los papeles que el reverendo había considerado que debían guardarse.
Un casillero contenía facturas sin pagar. Otro, documentos de aspecto oficial: títulos de propiedad de coches, informes de investigación, certificados de inspección. Al lado, otro contenía notas y registros históricos. En otro había recuerdos de familia. En el más grande, cosas sin valor.
Estaba tan concentrado en su tarea que no oyó la puerta que se abría a sus espaldas ni los pasos que se acercaban. De repente apareció sobre el escritorio una enorme tetera.
—¿Qué? —Se enderezó, sorprendido.
—He pensado que le gustaría tomar un poco de té, señor Wake... quiero decir, Roger.
Fiona dejó una bandejita con una taza y un plato de galletas.
—Ah, gracias.
En realidad tenía hambre y dirigió a Fiona una sonrisa amable que hizo que se ruborizara. Al parecer alentada por este gesto, no se marchó, sino que permaneció junto al escritorio, contemplándolo mientras Roger proseguía entre un bocado y otro de galleta de chocolate.
Sintiendo que de algún modo tenía que decir algo, Roger sostuvo una galleta a medio comer y masculló:
—Está deliciosa.
—¿Verdad que sí? Las he hecho yo.
Fiona se ruborizó aún más. Era atractiva, pequeña, redonda, con pelo oscuro y ondulado y grandes ojos castaños. De repente pensó si Brianna Randall sabría cocinar y sacudió la cabeza.
Interpretándolo como un gesto de incredulidad, Fiona se acercó más.
—Es verdad —insistió—. Es una receta de mi abuela. Siempre decía que al reverendo le gustaban mucho. —Sus ojos castaños se empañaron un poco—. Me dejó todos sus libros de cocina. Al ser la única nieta...
—Lamento lo de tu abuela —dijo Roger con sinceridad—. Fue algo rápido, ¿no?
Fiona asintió apesadumbrada.
—Sí. Estuvo bien todo el día; después de cenar dijo que estaba cansada y se fue a la cama. —La muchacha levantó los hombros y los dejo caer—. Se fue a dormir y no se volvió a despertar.
—Una muerte dulce. Me alegro —dijo Roger.
La señora Graham había estado aquí desde antes que llegara él, con cinco años, asustado y huérfano. De edad madura ya en aquel entonces, viuda y con hijos mayores, le había brindado su afecto maternal durante las vacaciones escolares, cuando Roger regresaba a la rectoría. Con el reverendo formaban una extraña pareja, pero entre ambos habían convertido la casa en un hogar.
Conmovido por los recuerdos, Roger apretó la mano de Fiona. Ella le respondió, y sus ojos castaños parecieron derretirse. La muchacha entreabrió la boca y se inclinó, haciéndole sentir su tibio aliento en la oreja.
—Gracias... —balbuceó Roger, soltando la mano de Fiona como si le quemara—. Muchísimas gracias por el... té y todo lo demás. Estaba bueno. Muy bueno. Gracias.
Se volvió y cogió unos recortes de diarios de un casillero elegido al azar, para ocultar su confusión.
Desenrolló los recortes amarillentos y los extendió sobre el escritorio, sosteniéndolos con las manos. Frunciendo el entrecejo, inclinó aún más la cabeza sobre el texto descolorido. Un momento después Fiona se levantó suspirando y fue hacia la puerta. Roger no alzó la mirada.
Exhalando un profundo suspiro, Roger cerró los ojos y dio gracias a Dios por haberse escapado. Sí, Fiona era atractiva. Sí, una excelente cocinera. Pero también era curiosa, entrometida e irritante; y estaba decidida a casarse. Si volvía a poner una mano sobre su piel rosada, estarían publicando las amonestaciones al mes siguiente. Pero, si de él dependía, el nombre ligado al de Roger Wakefield en el registro parroquial no debía ser el de Fiona, sino el de Brianna Randall.
Preguntándose en qué medida dependería de él, abrió los ojos y parpadeó, pues frente a él estaba el apellido que había estado imaginando en un certificado matrimonial: Randall.
Por supuesto, no se trataba de Brianna, sino de Claire Randall. Los titulares de los recortes de periódico rezaban: «REGRESÓ DE LA MUERTE.» Debajo se veía la foto de Claire, veinte años más joven, pero con poca diferencia en su aspecto, salvo en la expresión de su cara. Estaba sentada en la cama de un hospital, despeinada y con la boca cerrada en un rictus amargo, mirando a la cámara con sus enormes ojos.
Roger echó un rápido vistazo a los recortes, y después los apartó para leerlos con más detenimiento. Aunque los periódicos habían sacado todo el jugo posible a la historia, los hechos eran escasos.
Claire Randall, esposa del doctor Franklin W. Randall, destacado historiador, había desaparecido durante una fiesta escocesa en Inverness, a finales de la primavera de 1945. El coche que conducía había sido encontrado abandonado, pero no había ni rastro de ella. La búsqueda no había dado resultados, y la policía y el marido llegaron a la conclusión de que había sido asesinada, quizá por un vagabundo, y que habían escondido su cuerpo en la región rocosa.
Pero en 1948, casi tres años después, Claire Randall regresó. La encontraron, despeinada y vestida con harapos, vagando por la zona donde había desaparecido. Estaba en buen estado de salud, aunque con signos de desnutrición. Parecía desorientada y sólo decía incoherencias.
Roger levantó las cejas ante la idea de que Claire Randall hubiera sido alguna vez incoherente, y continuó mirando los recortes, que hacían referencia al tratamiento por hipotermia y conmoción que había recibido en un hospital local. Había fotografías del esposo, Frank Randall, supuestamente contento. Aunque más que contento parecía asombrado, pensó Roger, y no era para menos.
Examinó las fotos con curiosidad. Frank Randall había sido un hombre delgado y de aspecto aristocrático, pelo oscuro y un porte elegante que se reflejaba en su cuerpo mientras posaba sereno a las puertas del hospital; el fotógrafo lo había sorprendido cuando iba a visitar a su esposa.
Roger siguió con el dedo la línea de la mandíbula y la curva de la cabeza, y se dio cuenta de que buscaba los rasgos de Brianna en su padre. Intrigado por la idea, se levantó y buscó los libros de Randall en la estantería. Había una foto en color en una de las solapas. La cubierta mostraba una fotografía de rostro completo de Frank Randall. No, decididamente el pelo era castaño, no rojizo. Aquel tono quizá provenía de un abuelo, junto con los ojos azules y rasgados como los de un gato. Hermosos, aunque sin ningún parecido con los de la madre. Ni tampoco con los del padre. Por más que lo intentara, no veía ningún parecido entre los rasgos sensuales de Brianna y los del famoso historiador.
Cerró el libro con un suspiro y recogió los recortes. Tenía que dejar de perder el tiempo y seguir con su trabajo si no quería pasar los siguientes doce meses en aquel escritorio.
Estaba a punto de guardar los recortes cuando un titular le llamó la atención: «¿SECUESTRADA POR LAS HADAS?» No tanto el titular como la fecha que aparecía justo encima: 6 de mayo de 1948.
Dejó el recorte sobre la mesa con suavidad, como si se tratara de una bomba a punto de estallar. Cerró los ojos y trató de evocar la conversación con las Randall. «En Massachusetts hay que tener veintiún años para poder consumir alcohol —había dicho Claire—. A Bree le faltan ocho meses.» Entonces tenía veinte. Brianna Randall tenía veinte años.
Incapaz de contar hacia atrás con la suficiente rapidez, se levantó y buscó en el calendario que el vicario había conservado en un espacio libre sobre la pared repleta de papeles. Encontró la fecha y se quedó pasmado mientras apretaba el dedo contra el papel.
Claire Randall había reaparecido despeinada, desnutrida, desorientada... y embarazada.
Roger por fin había conseguido conciliar el sueño, pero debido al insomnio se levantó tarde, con los ojos hinchados y con un principio de jaqueca que ni una ducha de agua fría ni el buen humor de Fiona en el desayuno consiguieron eliminar.
La sensación era tan opresiva que abandonó su trabajo y salió a caminar. Bajo una fina lluvia, descubrió que el aire fresco le quitaba el dolor de cabeza, pero también le aclaraba la mente lo suficiente para volver a pensar en el descubrimiento que había hecho la noche anterior.
Brianna no lo sabía. Estaba claro por la forma en que hablaba de su padre muerto, o del hombre que ella creía que era su padre, Frank Randall. Y posiblemente Claire no quería que lo supiera, pues de lo contrario ya se lo habría dicho. A menos que aquel viaje a Escocia fuera el preludio de una confesión. Su verdadero padre debía de haber sido escocés. Después de todo, Claire había desaparecido y reaparecido en Escocia. ¿Viviría él aún allí?
Era un pensamiento asombroso. ¿Acaso Claire había llevado a su hija a Escocia para presentarle a su verdadero padre? Roger negó con la cabeza. Algo así sería tremendamente arriesgado. Para Brianna sería muy confuso, y para Claire, penoso. El padre tampoco entendería nada. Y era evidente que la muchacha adoraba a Frank Randall. ¿Cómo iba a sentirse al enterarse de que no tenía ningún lazo de sangre con el hombre al que había idolatrado toda su vida?
Roger se sintió mal por todos, incluyéndose a sí mismo. No quería tener nada que ver con aquello, y deseaba volver al mismo estado de maravillosa ignorancia que disfrutaba el día anterior. Claire Randall le caía bien, y le resultaba desagradable la idea de que hubiese cometido adulterio. Al mismo tiempo, se rió de sí mismo por ser tan anticuado y sentimental. ¿Quién sabía cómo habría sido su vida con Frank Randall? Tal vez había tenido una buena razón para escaparse con otro hombre. Pero entonces, ¿por qué había vuelto?
Empapado y de mal humor, Roger regresó a casa. Se quitó la chaqueta en el vestíbulo y subió a darse un baño. A veces un buen baño le ayudaba a tranquilizarse, y esta vez lo necesitaba.
Pasó la mano por las perchas de su armario buscando su viejo albornoz blanco. Entonces, deteniéndose un momento y sin saber por qué, buscó en la parte trasera del mueble, deslizando las perchas hasta que encontró la que buscaba.
Miró la raída bata con mucho afecto. La seda amarilla de la parte posterior había palidecido hasta convertirse en ocre, pero los coloridos pavos reales eran tan llamativos como siempre, extendiendo sus colas con una indiferencia señorial y observando al espectador con ojos negros como cuentas. Se acercó la suave tela a la nariz e inspiró hondo, con los ojos cerrados. El leve aroma del tabaco para pipa Borkum Riff y a whisky derramado le hizo recordar al reverendo Wakefield de una forma que ni toda la pared llena de recuerdos de su padre había conseguido.
Había olido muchas veces aquel aroma reconfortante, mezclado con una nota de colonia Old Spice, acurrucado contra la suavidad de la seda, mientras los gruesos brazos del reverendo lo envolvían protectoramente. Roger había donado el resto de la ropa del anciano, pero por algún motivo no había querido separarse de la bata.
Siguiendo un impulso se la echó sobre los hombros desnudos, algo sorprendido por su calidez, como unos dedos acariciando su piel. Movió los hombros placenteramente bajo la seda, la ciñó alrededor de su cuerpo y se ató el cinturón con un nudo.
Mirando a su alrededor para evitar a Fiona, recorrió el pasillo hasta el cuarto de baño. Había un calentador de agua sobre la bañera, como el guardián de un manantial sagrado y eterno. Otro de sus recuerdos de la infancia era el terror semanal de tratar de encender el calentador con un encendedor de pedernal para tomar un baño caliente; el gas le pasaba junto a la cabeza con un amenazador siseo mientras los dedos, húmedos por el miedo a la explosión y a la muerte inminente, resbalaban sobre el metal del encendedor.
El calentador, que hacía algún tiempo era automático gracias a algún misterioso procedimiento, gorgoteaba, y la invisible llama de gas gruñía y silbaba bajo el armazón de metal. Roger abrió el grifo de agua caliente al máximo, dio media vuelta al de agua fría y se quedó mirándose en el espejo mientras esperaba que se llenara la bañera.
No estaba tan mal, reflexionó, metiendo tripa y enderezándose ante el espejo de cuerpo entero que había detrás de la puerta. Firme. Delgado. De piernas largas pero no demasiado. ¿Tal vez un poco estrecho de hombros? Frunció el entrecejo con expresión crítica.
Se pasó una mano por el espeso pelo oscuro hasta que quedó tieso, tratando de imaginarse con barba y pelo largo, como algunos de sus estudiantes. ¿Se veía bien o parecía anticuado? Tal vez podría ponerse un aro, pero parecería un pirata, como Edward Teach o Henry Morgan. Juntó las cejas y descubrió los dientes.
—Grrrr —dijo a su reflejo.
—¿Señor Wakefield? —dijo el reflejo.
Roger dio un salto, asustado, y chocó contra la pata de la antigua bañera.
—¡Ay!
—¿Se encuentra bien, señor Wakefield? —preguntó el espejo. El pomo de porcelana de la puerta se movió.
—¡Por supuesto que sí! —dijo irritado mientras miraba con furia la puerta—. ¡Vete, Fiona, me estoy bañando!
Se oyó una risita al otro lado de la puerta.
—¡Oh, dos veces el mismo día! ¡Pero qué coqueto! ¿Quiere sales de baño? Están en el armario.
—No, no quiero —rugió. El agua había llegado hasta la mitad de la bañera, así que cerró los grifos. El repentino silencio le resultó tranquilizador. Inspiró profundamente una nube de vapor. Retrocedió un poco por el calor, cobró ánimos, se metió en el agua y se sentó. Sintió que sudaba a medida que el calor ascendía por su cuerpo.
—¿Señor Wakefield? —volvió a decir Fiona, gorjeando al otro lado de la puerta.
—Vete, Fiona —gruñó entre dientes, acomodándose en la bañera. El vapor lo envolvió, reconfortante como los brazos de una amante—. Tengo todo lo que necesito.
—No, no es verdad —dijo la voz.
—Sí. —Pasó revista a la fila de botellas y frascos que había sobre la repisa de la bañera—. Tres clases de champú. Acondicionador de pelo. Espuma de afeitar. Maquinilla de afeitar. Gel de baño. Jabón facial. Loción para después del afeitado. Colonia. Desodorante. No me falta absolutamente nada, Fiona.
—¿Y toallas? —inquirió dulcemente la voz.
Después de mirar con desesperación hasta el último rincón del baño y comprobar que no había ninguna, Roger cerró los ojos, apretó los dientes y contó lentamente hasta diez. Al no ser suficiente, contó hasta veinte. Entonces, sintiéndose capaz de responder sin que le saliera espuma por la boca, dijo con calma:
—Está bien, Fiona. Déjalas fuera, por favor. Y, después, por favor, por favor, Fiona... vete.
Hubo un rumor de actividad, seguido por el sonido de pasos que se alejaban con desgana. Roger, con un suspiro de alivio, se entregó al placer de la intimidad. Paz. Tranquilidad. Ninguna Fiona.
Así podría pensar en su perturbador descubrimiento; sintió curiosidad por el misterioso padre de Brianna. A juzgar por la hija, el hombre debía de ser muy atractivo. ¿Habría bastado eso para seducir a una mujer como Claire Randall?
Ya había considerado la posibilidad de que el padre de Brianna fuera escocés. ¿Viviría, o habría vivido, en Inverness? Quizá el nerviosismo y el secretismo de Claire se debía a eso. Pero ¿y los confusos ruegos que le había hecho? No quería que llevara a Brianna a Craigh na Dun, ni que le mencionara al capitán de los hombres de Broch Tuarach. ¿Por qué?
Un pensamiento repentino hizo que se incorporara en la bañera, haciendo que el agua chapoteara descuidadamente contra los costados de hierro fundido. ¿Y si Claire no estuviera interesada en el soldado jacobita del siglo XVIII, sino sólo en su nombre? ¿Y si el padre de su hija también se llamaba James Fraser? Era un nombre común en las Highlands.
Sí, pensó, ésa podía ser la explicación. En cuanto al deseo de Claire de enseñarle ella misma el círculo de piedras, quizá estaba relacionado con el misterio del padre. Quizá lo había conocido allí, o a lo mejor Brianna fue concebida en ese lugar. Roger sabía muy bien que el círculo de piedras era un lugar de citas; él mismo había llevado allí a chicas del instituto, confiando en que el aire de misterioso paganismo del círculo venciera su timidez. Siempre funcionaba.
De repente tuvo una visión: las piernas finas y blancas de Claire Randall, entrelazadas en salvaje abandono con el cuerpo desnudo y fuerte de un hombre pelirrojo, ambos cuerpos mojados por la lluvia y llenos de barro, retorciéndose en éxtasis entre las piedras verticales. La visión fue tan chocante y nítida que Roger empezó a temblar, con el sudor bajándole por el pecho hasta desvanecerse en el agua humeante de la bañera.
¡Por Dios! ¿Cómo podría mirar a Claire a los ojos la próxima vez que la viera? ¿Y qué le diría a Brianna? «¿Qué libro has leído últimamente?» «¿Has visto alguna película buena?» «¿Sabías que eres ilegítima?»
Sacudió la cabeza, tratando de aclarar sus pensamientos. Lo cierto era que no sabía qué hacer, pues la situación era algo confusa. No quería verse involucrado en ella, pero de hecho ya lo estaba. Claire Randall le caía bien; también Brianna Randall... a decir verdad, mucho más que eso. Quería protegerla y evitarle cualquier sufrimiento. Pero no sabía cómo. Lo único que podía hacer era mantener la boca cerrada hasta que Claire hiciera lo que planeaba hacer. Luego, ya recogería él los pedazos.
3
Madres e hijas
No sé cuántos salones de té hay en Inverness. La calle Mayor está llena de pequeños cafés y tiendas. Al darles su real beneplácito, la reina Victoria había transformado las Highlands en un lugar seguro para los viajeros, y cada vez llegaban más turistas. Los escoceses, que no estaban acostumbrados a recibir del sur más que invasiones armadas e intromisiones políticas, aceptaron el desafío.
Es imposible caminar más de unos cuantos pasos por la calle principal de cualquier pueblo de las Highlands sin encontrar alguna tienda que venda panecillos, pañuelos bordados con cardos, gaitas de juguete, insignias de clanes de aluminio fundido, abrecartas con forma de claymore, monederos en forma de morral (algunos con un fornido escocés pegado debajo) y muchos artículos hechos con falsas telas escocesas de clanes, que iban desde sombreros, corbatas y servilletas hasta un horrendo patrón amarillo «Buchanan», empleado para hacer calzoncillos de nylon para hombres.
Al mirar un surtido de servilletas que tenían grabado un dibujo bastante inexacto del monstruo del lago Ness cantando Auld Lang Syne, pensé que la reina Victoria había sido una irresponsable.
Brianna paseaba por el angosto pasillo de la tienda mirando las mercancías que colgaban del techo.
—¿Crees que es auténtica? —preguntó, señalando una cornamenta de ciervo que sobresalía entre un gran bosque de roncones de gaita.
—¿La cornamenta? Pues, sí. No creo que la tecnología del plástico haya llegado tan lejos —respondí—. Además, fíjate en el precio. Cualquier cosa que valga más de cien libras tiene que ser auténtica.
Los ojos de Brianna se agrandaron y bajó la cabeza.
—¡Caray! Entonces creo que a Jane le voy a llevar un retal de tela escocesa.
—Las telas escocesas de lana de buena calidad no cuestan mucho menos —le advertí—, pero será mucho más fácil de llevar en el avión. Vamos a la tienda de kilts; serán de mejor calidad.
Había empezado a llover, como de costumbre, y metimos nuestros paquetes debajo de los impermeables que yo había insistido en llevar. Brianna se echó a reír.
—Te acostumbras tanto a llamarlos gabardinas, que se te olvida cómo se llaman en realidad. No me extraña que haya sido un escocés el que inventó el impermeable —dijo, mientras miraba el agua que caía por el borde de la cornisa—. ¿Aquí llueve siempre?
—Casi siempre —dije, mientras miraba a un lado y otro de la calle para cruzar—. Aunque siempre he pensado que el señor Macintosh debió de haber sido un cobarde; a la mayoría de los escoceses que conozco no les importa la lluvia—. Me mordí el labio de repente, pero Brianna no se dio cuenta de mi lapsus; estaba observando el riachuelo que llegaba hasta el tobillo y corría hacia la alcantarilla.
—Mamá, será mejor cruzar en la esquina. Aquí no se puede.
No me negué. Mi corazón bombeaba a cien por hora bajo el húmedo impermeable. «¿Cuándo vas a terminar con todo esto? —preguntaba mi conciencia—. No creo que puedas disimular durante mucho más tiempo. ¿Por qué no se lo cuentas todo?»
«Todavía no —pensé—. No soy cobarde, y si lo soy, no importa. Pero todavía no es el momento. Primero quiero que vea Escocia. No esto —me dije mientras pasábamos frente una tienda donde se exhibían de patucos de tartán—, sino el campo. Y Culloden. Sobre todo, quiero contarle el final de la historia. Y para eso necesito a Roger Wakefield.»
Como si lo hubiera invocado con el pensamiento, el techo anaranjado de un viejo Morris me llamó la atención en el aparcamiento de la izquierda, brillando como un faro en la neblinosa lluvia.
Brianna también lo había visto. Seguro que en Inverness no había muchos coches de aquel color. Lo señaló y dijo:
—Mira, mamá, ¿no es el coche de Roger?
—Sí, creo que sí —dije. Había una cafetería a la derecha desde la que llegaba un aroma a bollos recién hechos, tostada rancia y café, que se mezclaba con el aire fresco de la lluvia. Cogí a Brianna del brazo y entramos—. Tengo hambre —dije—. Tomemos un chocolate con pastas.
Aún suficientemente niña como para sentirse tentada por el chocolate y suficientemente joven como para comer en cualquier momento, Bree no opuso resistencia. Se sentó al instante y cogió la hoja verde manchada de té que servía de carta.
No tenía muchas ganas de tomar chocolate pero necesitaba un momento o dos para pensar. En el aparcamiento que había al otro lado de la calle, un letrero sobre la pared de cemento rezaba «SÓLO PARA USUARIOS DEL TREN», y venía acompañado de diversas amenazas en minúsculas que advertían de lo que les ocurriría a los vehículos de aquellas personas que aparcaran allí sin ser pasajeros del tren. A menos que Roger supiera algo que yo ignoraba sobre el rigor de la ley y el orden en Inverness, todo indicaba que había subido a un tren. Lo más probable era que hubiera ido a Edimburgo o a Londres. Se tomaba muy en serio la investigación.
También nosotras habíamos viajado en tren desde Edimburgo. Traté de recordar el horario, pero no lo logré.
—¿Volverá Roger en el tren de la tarde? —preguntó Bree, haciéndose eco de mis pensamientos de una manera tan sorprendente que hizo que me atragantara con mi chocolate. El hecho de que se preocupara por la llegada de Roger me hizo preguntarme hasta qué punto se había fijado ella en el joven señor Wakefield.
Al parecer, se interesaba por él.
—Estaba pensando —dijo— que ahora que estamos aquí tendríamos que comprarle algo a Roger Wakefield para agradecerle lo que está haciendo por ti.
—Buena idea —dije—. ¿Qué crees que le gustaría?
Brianna miró su taza como buscando inspiración.
—No sé. Algo bonito. Este proyecto parece darle mucho trabajo. —De repente me miró con las cejas alzadas—. ¿Por qué le encomendaste este trabajo? —preguntó—. Para rastrear personas del siglo XVIII existen compañías especializadas que se dedican a hacer genealogías y cosas por el estilo. Papá habría llamado a Scot-Search si hubiese necesitado algo así y no hubiese tenido tiempo para hacerlo.
—Sí, lo sé —dije. Estábamos llegando a un terreno pantanoso—. Este proyecto era... algo especial para tu padre. Le habría gustado que lo hiciera Roger.
—Ah. —Se quedó callada mirando cómo la lluvia salpicaba y perlaba la ventana de la cafetería. Un rato después, preguntó de repente, con la nariz hundida en su taza y las pestañas bajas para evitar mirarme—: ¿Echas de menos a papá?
—Sí —respondí. Acaricié con el índice el borde de mi taza intacta, limpiando una gota de chocolate derramado—. No siempre nos llevábamos bien, como sabes, pero... sí. Nos respetábamos; eso ya es mucho. Y nos queríamos, a pesar de todo. Sí, lo echo de menos.
Ella asintió, sin decir nada, y cubrió mi mano con la suya, dándome un pequeño apretón. Entrelacé mis dedos entre los suyos, largos y cálidos, y nos quedamos así unidas durante un rato, sorbiendo chocolate en silencio.
—Vaya —dije por fin, echando la silla hacia atrás con un pequeño chirrido metálico sobre el linóleo—. Me había olvidado de algo. Tengo que enviar una carta al hospital. Quería hacerlo de camino al pueblo, pero se me ha pasado. Si me doy prisa, creo que puedo alcanzar el correo de salida. ¿Por qué no vas sola a la tienda de kilts? Está un poco más abajo, en la acera de enfrente. Nos encontraremos más tarde, cuando haya pasado por la oficina de correos.
Bree pareció sorprendida, pero asintió.
—Está bien. Pero ¿no está lejos correos? Te empaparás.
—No, cogeré un taxi.
En la mayoría de las ciudades, lo normal es que los taxis desaparezcan cuando llueve, como si fueran solubles. Sin embargo, en Inverness esa misma conducta los habría amenazado de extinción. Caminé menos de una manzana antes de encontrar dos taxis negros frente a un hotel. Entré en el interior cálido y con aroma a tabaco de uno de ellos con una cómoda sensación de familiaridad. Además de contar con un mayor espacio para las piernas, los taxis británicos tenían un olor distinto a los estadounidenses; algo que acababa de darme cuenta que había echado de menos durante los últimos veinte años.
—¿Número sesenta y cuatro? Es la vieja rectoría, ¿no?
A pesar de la calefacción del taxi, el conductor llevaba una bufanda y una gruesa chaqueta, además de una gorra que le protegía la cabeza de las corrientes. Los escoceses se habían vuelto blandos, pensé; había pasado mucho tiempo desde los días en que los robustos montañeses dormían en la pradera sólo con la camisa y la capa. Aunque yo tampoco estaría dispuesta a dormir en la pradera con una capa mojada. Hice una seña al conductor y partimos en medio de la lluvia.
No me gustaba mucho la idea de hablar con la asistenta de Roger a sus espaldas, ni de engañar a Bree. Pero habría sido difícil explicárselo. Aún no había decidido cómo ni cuándo hablaría con ellos, pero sabía que aún no era el momento.
Mis dedos sondearon el bolsillo interior de mi impermeable, apaciguándose ante el crujido del sobre de Scot-Search. No había prestado mucha atención al trabajo de Frank, pero conocía la empresa, que contaba con varios investigadores especializados en genealogía escocesa; no era la clase de empresa que investiga el árbol genealógico de alguien para buscar su relación con Roberto I, rey de Escocia.
Scot-Search había realizado un trabajo minucioso y discreto con Roger. Sabía quiénes habían sido sus antepasados desde hacía siete u ocho generaciones. Lo que no sabía era de qué sería él capaz. El tiempo lo diría.
Pagué el taxi y chapoteé por el camino inundado que conducía a las escaleras de la vieja casa del reverendo. La entrada estaba seca, y pude sacudirme la mayor parte del agua antes de que se abriera la puerta tras tocar el timbre.
Fiona sonrió al verme; tenía esa clase de cara redonda y alegre cuya expresión natural era la sonrisa. Llevaba vaqueros y un delantal con volantes; el aroma a limón y a comida recién horneada emanaba de ella como si fuera incienso.
—¡Qué sorpresa, señora Randall! —exclamó—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Tal vez sí, Fiona —respondí—. Quiero hablar contigo de tu abuela.
—¿Te encuentras bien, mamá? Si quieres que me quede contigo, puedo llamar a Roger y decirle que iremos mañana.
Brianna habló desde la puerta del dormitorio, con el ceño fruncido por la preocupación. Estaba vestida para ir a caminar: llevaba botas, vaqueros, un jersey y el brillante pañuelo de seda naranja y azul que le había traído Frank de París poco antes de su muerte, hacía dos años.
«Del mismo color de tus ojos, pequeña belleza —había dicho Frank sonriendo mientras le colocaba el pañuelo alrededor de los hombros—: anaranjado.» Llamarla «pequeña belleza» se había convertido en una broma entre ellos cuando Bree superó el metro sesenta de Frank, a los quince años. Así la había llamado desde que era niña, y la ternura del viejo apodo perduraba cuando Frank se estiraba para besarle la punta de la nariz.
En realidad, era la parte azul del pañuelo la que tenía el color de sus ojos; el de los lagos escoceses y los cielos estivales; el azul nebuloso de las montañas distantes. Sabía que Brianna adoraba aquel pañuelo, por lo cual supe que su interés por Roger era mucho mayor del que había imaginado.
—No, estoy bien —le aseguré. Hice un gesto hacia la mesilla de noche, en la que había una pequeña tetera que se mantenía templada gracias a una funda de ganchillo, y unas tostadas en una bandeja que las mantenía frescas—. La señora Thomas me ha traído té con tostadas; tal vez coma un poco más tarde. —Esperé que no pudiera oír el ruido que bajo las sábanas hacía mi estómago vacío, que mostraba el horror que sentía ante tal perspectiva.
—En ese caso... —Se volvió hacia la puerta, como con desgana—. Volveremos enseguida, en cuanto hayamos visto Culloden.
—No os preocupéis por mí —le dije.
Esperé hasta oír que se cerraba la puerta de la calle y estar segura de que se había marchado. Entonces abrí el cajón de la mesilla y saqué la tableta de chocolate con almendras que había escondido la noche anterior.
Cuando mi estómago estuvo saciado, me recosté sobre la almohada, observando ociosamente la neblina gris que se espesaba en el cielo. La rama de un tilo golpeó la ventana; el viento soplaba con fuerza. La habitación estaba caldeada gracias al radiador que había al pie de mi cama; sin embargo, me estremecí. En el prado de Culloden haría frío.
Aunque quizá no tanto frío como en abril de 1746, cuando el príncipe Carlos condujo a sus hombres al campo de batalla para enfrentarse a la nieve y a los cañones ingleses. Los informes del día decían que hacía un frío intenso. Los escoceses heridos yacían entre los muertos, empapados de sangre y de lluvia, a merced de los vencedores. El duque de Cumberland, al frente del ejército inglés, no tuvo clemencia con los caídos.
Los muertos fueron apilados como si fueran leña y quemados para impedir que se extendiera una epidemia. La historia dice que muchos de los heridos tuvieron un destino similar, sin la gracia de una última bala. Todos yacen ahora protegidos de la guerra o del clima, bajo el prado de Culloden.
Hacía casi treinta años que había conocido el lugar, cuando Frank me llevó en nuestra luna de miel. Pero Frank también estaba muerto y yo había llevado a mi hija a Escocia. Quería que Brianna conociera Culloden, pero nada me obligaría a volver a poner los pies en aquel páramo.
Supuse que sería mejor permanecer en la cama para que Brianna se creyera que mi indisposición me había impedido acompañarlos en su expedición. La señora Thomas podía contarle a Brianna que me había levantado y había pedido el almuerzo. Miré dentro del cajón: había otras tres tabletas de chocolate y una novela de misterio. Con suerte, me ayudarían a pasar el día.
La novela era bastante buena, pero fuera el ruido de las ráfagas del viento era hipnótico, y la cama cálida resultaba acogedora. Me quedé dormida plácidamente y soñé con montañeses vestidos con kilts y con el sonido de escoceses de voz suave, zumbando alrededor de una hoguera como el sonido de las abejas en el brezo.
4
Culloden
—¡Vaya cara de cerdo! —Brianna se inclinó para mirar, fascinada, el maniquí vestido con casaca roja que había en el vestíbulo del Centro de Visitantes de Culloden. Medía poco más de un metro sesenta y llevaba una peluca empolvada e inclinada hacia delante sobre una frente baja y unas mejillas rosadas y carnosas.
—Es que era pequeño y gordo —dijo Roger—. Sin embargo fue todo un general, por lo menos comparado con su elegante primo. —Señaló con la mano la alta figura de Carlos Eduardo Estuardo, situada al otro lado del vestíbulo, que miraba con un aire de nobleza bajo su sombrero de terciopelo azul con escarapela blanca, ignorando con actitud altiva al duque de Cumberland—. Lo llamaban «Carnicero Billy» —dijo Roger, señalando al duque, impasible y ataviado con unas calzas blancas hasta la rodilla y una casaca bordada en oro—. Y por una buena razón. Además de lo que hicieron aquí —dijo señalando la extensa y verde pradera del exterior, sombría debido al cielo encapotado—, los hombres de Cumberland fueron responsables del peor reinado del terror que haya habido jamás en las Highlands. Perseguían a los supervivientes de las batallas hasta las colinas, quemando y saqueando todo lo que encontraban a su paso. Dejaban morir de hambre a mujeres y niños, y asesinaban a los hombres sin preocuparse por averiguar si alguna vez habían luchado por el príncipe Carlos. Un contemporáneo del duque dijo, refiriéndose a él: «Creó un desierto y lo llamó paz»... y me temo que aquí lo siguen odiando.
Y era cierto; el encargado del museo, amigo de Roger, le había contado que al príncipe Carlos lo trataban con respeto, mientras que los botones de la casaca del duque desaparecían muchas veces y la figura era objeto de más de una broma pesada.
—Me contó que una mañana llegó temprano y, cuando encendió la luz, encontró una daga escocesa clavada en el vientre de Su Alteza —dijo Roger, haciendo un gesto con la cabeza hacia la pequeña y regordeta figura—. Dijo que lo tenía bien merecido.
—Supongo que sí —susurró Brianna, mirando al duque—. ¿La gente todavía se lo toma tan a pecho?
—Pues, sí. Los escoceses tienen buena memoria, y no son de los que perdonan.
—¿De veras? —Lo miró con curiosidad—. ¿Eres escocés, Roger? Wakefield no parece un apellido escocés, pero cuando hablas del duque de Cumberland...
Había un asomo de sonrisa en su boca; Roger no sabía si se estaba burlando de él, pero le respondió con seriedad.
—Pues sí. —Sonrió mientras hablaba—. Soy escocés. Wakefield no es mi verdadero apellido; el reverendo me lo dio al adoptarme. Era el tío de mi madre... Cuando mis padres murieron en la guerra, me llevó a vivir con él. Mi verdadero apellido es MacKenzie. Con respecto al duque de Cumberland... —hizo un gesto hacia la luna de la ventana, a través de la cual se divisaban claramente los monumentos de Culloden—, ahí fuera hay una lápida con el apellido MacKenzie. Muchos de mis parientes están enterrados ahí.
Se estiró para tocar una charretera dorada y la dejó balanceándose.
—No me lo tomo de forma tan personal como otros, pero yo tampoco he olvidado. —Le ofreció una mano y preguntó—: ¿Salimos?
Fuera hacía frío; el viento agitaba dos estandartes que pendían de sendos postes a cada lado del páramo, uno amarillo y el otro rojo; marcaban las posiciones donde estuvieron los dos comandantes, detrás de sus tropas, esperando el resultado de la batalla.
—Bien alejados del peligro, por lo que veo —dijo Brianna—. No era posible que se cruzaran en el camino de una bala perdida.
Roger notó que la muchacha temblaba, así que la cogió del brazo y la acercó a él. Pensó que explotaría por la repentina felicidad que lo invadió, pero trató de ocultarla con una explicación sobre la batalla:
—Bueno, así era como los generales dirigían la batalla: desde atrás. En especial el príncipe Carlos; huyó tan deprisa al final de la contienda que dejó atrás la cubertería de plata.
—¿La cubertería de plata? ¿Merendó en medio de la batalla?
—Pues sí.
Roger se dio cuenta de que cuando estaba con Brianna no le importaba mostrar su acento escocés. Normalmente se esforzaba por disimularlo con el habla de Oxbridge que le servía en la universidad; sin embargo, en aquel momento lo acentuó para conseguir una sonrisa de Brianna.
—¿Sabes que también lo llamaban príncipe Charlie? —preguntó Roger—. Los ingleses siempre han creído que era un apodo que demostraba lo mucho que lo querían sus hombres.
—¿Y no era así?
Roger negó con la cabeza.
—En absoluto. Sus hombres lo llamaban príncipe Tcharlach —lo pronunció cuidadosamente—, que en gaélico significa Charles. Tcharlach mac Seamus: «Charles, hijo de James». Muy formal y respetuoso. Pero Tcharlach en gaélico suena muy parecido a «Charlie» en inglés.
Brianna sonrió.
—¿Así que no era un apodo cariñoso?
—Por aquel entonces, no. —Roger se encogió de hombros—. Ahora sí, por supuesto. Es uno de esos pequeños errores históricos que se dan por hechos. No es el único.
—¡Y lo dice un historiador! —dijo Brianna en tono burlón.
Roger sonrió.
—Por eso lo sé.
Pasearon lentamente por los senderos de grava que conducían al campo de batalla. Roger señaló la posición de los diferentes regimientos que habían peleado, explicó el orden de la batalla y contó pequeñas anécdotas de los comandantes.
Mientras caminaban, el viento amainó dejando paso al silencio del campo. También su conversación se fue apagando lentamente, hasta que sólo hablaban esporádicamente en voz baja, casi susurrando. El cielo estaba gris y nublado y todo lo que había bajo su cúpula parecía haber enmudecido; sólo se oía el murmullo de las plantas del páramo que hablaban con las voces de los hombres que las alimentaban.
—Este lugar se llama «Pozo de la Muerte». —Roger se inclinó junto al pequeño manantial. De apenas treinta centímetros cuadrados, era un diminuto pozo de agua oscura situado bajo un saliente de piedra—. Uno de los capitanes murió aquí; sus seguidores le lavaron la sangre del rostro con agua de este manantial. Y allí están las tumbas de los clanes.
Las lápidas de los clanes eran enormes piedras de granito gris llenas de musgo. Estaban asentadas sobre el césped, al borde del páramo. Cada una llevaba un solo nombre; la piedra estaba tan erosionada que en algunos casos era ilegible. MacGillivray, MacDonald, Fraser, Grant, Chisholm, MacKenzie.
—Mira —dijo Brianna casi en un susurro, señalando una de las piedras. Allí había un pequeño montículo de ramas, junto con unas pocas flores tempranas, aunque ya marchitas, mezcladas con las ramas.
—Es brezo —explicó Roger—. Es más común en el verano, cuando florece; entonces se ven montículos como ése frente a cada lápida. Es púrpura con alguna rama blanca; el blanco significa suerte y monarquía; era, junto con la rosa blanca, el emblema del príncipe Carlos.
—¿Quién los deja aquí? —Brianna se agachó cerca del sendero, tocando las ramas suavemente con el dedo.
—Los visitantes. —Roger se agachó a su lado y tocó las letras gastadas de la piedra: FRASER—. Los descendientes de los hombres que murieron aquí. O quienes sólo desean recordarlos.
La muchacha lo miró de reojo, con el cabello revoloteando alrededor de su cara.
—¿Y tú lo has hecho alguna vez?
Roger miró hacia abajo, hacia sus manos que colgaban entre sus rodillas, sonriendo.
—Sí. Supongo que soy un sentimental, pero sí.
Brianna miró los matorrales que bordeaban el sendero al otro lado.
—Enséñame dónde está el brezo —dijo.
Una vez de regreso, la melancolía de Culloden desapareció, pero no la sensación de bienestar. Hablaron y rieron juntos como si fueran viejos amigos.
—Es una lástima que mamá no haya podido venir con nosotros —dijo Brianna mientras entraban en la calle en la que se encontraba la pensión de las Randall.
Por mucho que apreciara a Claire Randall, Roger no estuvo de acuerdo. Tres, pensó, habrían sido demasiados. Sin embargo, asintió; un momento después preguntó:
—¿Cómo está tu madre? Espero que no esté muy enferma.
—No, no, es algo del estómago... por lo menos eso es lo que dice.
Brianna se puso seria un momento, y después se volvió hacia Roger, apoyando una mano sobre su pierna. Roger sintió que los músculos le temblaban desde la rodilla hasta la ingle, y le fue muy difícil concentrarse en lo que Brianna decía. Seguía hablando sobre su madre.
—Espero que esté bien —terminó. Sacudió la cabeza y en su pelo brillaron reflejos cobrizos a pesar de la luz tenue del coche—. No sé; parece muy afligida. No enferma, exactamente... más bien parece estar preocupada por algo.
Roger sintió una repentina pesadez en la boca del estómago.
—Mmmfm —dijo—. Tal vez es porque está lejos de su trabajo. Estoy seguro de que se pondrá bien. —Brianna sonrió con gratitud cuando el coche se detuvo frente a la casita de piedra de la señora Thomas.
—Lo he pasado muy bien, Roger —dijo, rozándole el hombro—. Pero no te he ayudado mucho con el proyecto de mamá. ¿Crees que puedo ayudarte con el trabajo más pesado?
El ánimo de Roger mejoró considerablemente, y le sonrió.
—Creo que no habrá ningún problema. ¿Quieres venir mañana a ayudarme a ordenar los papeles del garaje? Si quieres ensuciarte, allí lo conseguirás.
—Estupendo. —Brianna sonrió, inclinándose sobre el coche para mirarlo—. Tal vez mamá quiera venir también.
Sintió que se le endurecía el rostro, pero siguió sonriendo galantemente.
—Bien —dijo—. Ojalá. Así lo espero.
Al día siguiente, Brianna llegó sola a la rectoría.
—Mamá está en la biblioteca pública —explicó—. Consultando los antiguos archivos. Busca a un viejo conocido.
A Roger le dio un vuelco el corazón. La noche anterior había buscado en los archivos del reverendo. Había tres hombres llamados James Fraser, y dos más con un primer nombre distinto pero con la inicial «J» en el medio.
—Bien, espero que lo encuentre —dijo tratando de parecer indiferente—. ¿Estás segura de que me quieres ayudar? Es una tarea aburrida y sucia. —Miró a Brianna con expresión dubitativa, pero ella asintió, nada turbada ante la perspectiva.
—Ya lo sé. A veces ayudaba a mi padre a desenterrar viejos registros y a encontrar notas a pie de página. Además, es el proyecto de mamá. Lo menos que puedo hacer es ayudarte.
—Muy bien—. Roger echó un vistazo a su camisa blanca—. Deja que me cambie e iremos a echar un vistazo.
La puerta del garaje chirrió y, a continuación, cedió a lo inevitable y se abrió de golpe, entre los quejidos de los resortes y las nubes de polvo. Cuando estuvieron dentro, Brianna sacudió las manos frente a su cara, tosiendo.
—¡Dios! —exclamó—. ¿Cuánto hace que no entra nadie aquí?
—Una eternidad, supongo —respondió Roger, abstraído. Iluminó el interior del garaje con la linterna, revelando montones de cajas de cartón y madera, baúles viejos con etiquetas despegadas y formas amorfas cubiertas con lonas. Aquí y allá asomaban patas de muebles ocultos en la penumbra, como esqueletos de pequeños dinosaurios sobresaliendo de entre las rocas.
Entre los montones de trastos había una especie de sendero; Roger entró y enseguida desapareció en un túnel lleno de polvo y sombras; la pálida mancha de su linterna iluminaba su avance mientras se reflejaba de manera intermitente en el techo. Por fin, con un grito de triunfo, tiró de un cordón y el garaje se iluminó con el resplandor de una bombilla de gran tamaño.
—Por aquí —dijo Roger cogiendo a Brianna de la mano—. Hay un espacio vacío en la parte de atrás.
Había una mesa antigua apoyada en la pared trasera. Quizá originalmente fuera la pieza central del comedor del reverendo Wakefield, aunque era obvio que se había reencarnado sucesivamente en mesa de cocina, mesa de herramientas, caballete y mesa de pintura, antes de venir a descansar a este polvoriento santuario. Una ventana llena de telarañas la iluminaba desde arriba, y una luz tenue se reflejaba sobre la superficie arañada y manchada de pintura.
—Aquí podremos trabajar —dijo Roger mientras sacaba un taburete de entre los trastos y le quitaba el polvo de manera superficial con un pañuelo—. Siéntate. Veré si puedo abrir la ventana; si no, nos ahogaremos.
Brianna asintió, pero en vez de sentarse empezó a revisar los montones de cajas. Roger intentó abrir la ventana. Podía oírla a sus espaldas, leyendo las etiquetas de algunas de las cajas.
—Aquí pone «1950-1953» —decía—. Y aquí «1942-1946». ¿Qué son?
—Diarios —gruñó Roger mientras apoyaba los codos sobre el mugriento alfeizar—. Mi padre... quiero decir, el reverendo, siempre llevaba un diario. Escribía todas las noches después de cenar.
—Pues parece que encontraba mucho de que escribir. —Brianna alzó varias de las cajas y las amontonó a un lado para poder inspeccionar la siguiente pila—. Aquí hay cajas con nombres. «Kerse.» «Livingston.» «Balnain.» ¿Tú sabes si eran miembros de la parroquia?
—No, aldeas. —Roger hizo una pausa, jadeando. Se enjugó la frente, dejando una línea de suciedad en la manga de su camisa. Por fortuna se habían puesto ropa vieja para trabajar—. Las cajas contienen notas sobre la historia de las aldeas de las Highlands. Con esas notas escribió libros. Puedes verlos en las tiendas para turistas de toda Escocia.
Se volvió hacia un tablero de clavijas sobre el que colgaba una selección de herramientas deterioradas y cogió un destornillador para volver a asaltar la ventana.
—Busca las que dicen «Registros parroquiales», o aldeas del área de Broch Tuarach —dijo.
—No sé los nombres de esas aldeas —contestó Brianna.
—Ah, claro. —Roger metió la punta del destornillador entre los bordes del marco de la ventana, quitando las capas de pintura vieja—. Nombres como Broch Mordha... Mariannan, Saint Kilda. Hay otros, pero sé que en esas aldeas había iglesias bastante grandes que fueron cerradas o demolidas.
—De acuerdo. —Brianna abrió una de las tapas y, de repente, saltó hacia atrás y soltó un chillido,
—¿Qué? ¿Qué pasa? —Roger se dio la vuelta, destornillador en mano, listo para atacar.
—No sé. Algo ha salido corriendo cuando he tocado esta tapa. —Brianna la señaló y Roger bajó el arma, aliviado.
—Ah, ¿eso? Será un ratón. O tal vez una rata.
—¿Una rata? ¿Hay ratas aquí? —La tensión de Brianna era evidente.
—Bueno, espero que no, porque de ser así se habrán comido los archivos que estamos buscando —respondió Roger. Le tendió la linterna—. Toma, apunta a la oscuridad; por lo menos no te cogerá por sorpresa.
—Muchísimas gracias. —Brianna aceptó la linterna, pero siguió mirando las cajas con aprensión.
—Vamos, continúa —dijo Roger—. ¿O prefieres que recite la oda a la rata?
El rostro de Brianna se iluminó con una amplia sonrisa.
—¿La oda a la rata? ¿Qué es eso?
Roger tardó en responder mientras intentaba de nuevo abrir la ventana. Empujó hasta que pudo sentir sus bíceps tensarse contra la tela de su camisa. Por fin, con un crujido, la ventana cedió y una corriente de aire penetró a través del espacio que había creado.
—¡Por Dios, así está mejor! —Se abanicó exageradamente mientras sonreía a Brianna—. ¿Continuamos?
Brianna le entregó la linterna y dio un paso atrás.
—¿Qué te parece si tú buscas las cajas y yo las inspecciono? ¿Y qué es la oda a la rata?
—¡Cobarde! —dijo Roger, inclinándose para buscar debajo de la tapa—. La oda a la rata es una antigua costumbre escocesa; si había ratas o ratones en tu casa o en tu granero, podías hacerlas desaparecer recitando un poema que decía que la comida era escasa en ese lugar y muy abundante en otro. Les decías adónde debían ir y cómo llegar y, si la poesía era buena, se iban.
Sacó una caja en la que ponía «JACOBITAS, VARIOS», y la llevó hasta la mesa mientras cantaba:
Vosotras, ratas, sois demasiadas,
si queréis cenar en abundancia,
debéis marcharos.
Dejó caer la caja con estrépito e hizo una reverencia en respuesta a la carcajada de Brianna. Se volvió hacia el montón, mientras continuaba con voz estentórea:
Id al jardín de los Campbell,
donde ningún gato monta guardia
y la col crece y madura.
Id y llenad vuestras panzas,
no sigáis royendo mis bienes
¡Marchaos, ratas, marchaos ya!
Brianna soltó una carcajada.
—¿Te la acabas de inventar?
—Por supuesto. —Roger depositó otra caja sobre la mesa con una floritura—. Una buena sátira a la rata debe ser original —dijo, y echó un vistazo a las apretadas hileras de cajas—. Después de esa actuación, no debería haber ni una sola rata en varios kilómetros a la redonda.
—Bien. —Brianna extrajo una navaja de bolsillo y cortó la cinta que sellaba la caja de encima—. Deberías venir e inventar una en la casa de huéspedes; mamá dice que hay ratones en el baño. Algo mordió su jabonera.
—Sólo Dios sabe lo que se necesita para echar a un ratón capaz de comer jabón; está fuera de mis humildes poderes. —Sacó un cojín raído de detrás de un montón tambaleante de enciclopedias obsoletas y se lo dio a Brianna—. Te daré los registros parroquiales; son más fáciles de leer.
Trabajaron toda la mañana en cordial camaradería, encontrando ocasionales pasajes de interés, y sacudiéndose algunos insectos y las recurrentes nubes de polvo, aunque no hallaron nada que fuera de valor para el proyecto.
—Será mejor que hagamos una pausa para almorzar —dijo Roger. No quería volver a casa, donde, una vez más, se encontraría a merced de Fiona, pero el estómago de Brianna había comenzado a hacer ruido al mismo tiempo que el suyo.
—De acuerdo. Podemos seguir después de comer si no estás demasiado cansado. —Brianna se puso en pie y se desperezó; sus puños cerrados casi alcanzaban los travesaños del viejo garaje. Se limpió las manos sobre las perneras de sus pantalones vaqueros y se inclinó entre las pilas de cajas—. ¡Eh! —Brianna se detuvo en seco, cerca de la puerta. Roger, que la seguía, casi se dio de bruces con su nuca.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. No será otra rata, ¿no? —Advirtió que el sol brillaba en la gruesa trenza de la muchacha con reflejos de cobre y oro. Con un pequeño halo dorado de polvo a su alrededor y la luz del mediodía resaltando el contorno de su nariz prominente, a Roger le pareció que tenía un aire medieval; Nuestra Señora de los Archivos.
—No. ¡Mira esto, Roger! —Señaló una caja de cartón que había cerca del centro de una pila. Con letra del reverendo, había una sola palabra escrita: «Randall».
Roger sintió una mezcla de excitación y aprensión. La excitación de Brianna era patente.
—¡Tal vez esté aquí el material que buscamos! —exclamó—. Mamá dijo que era algo en lo que mi padre estaba interesado; tal vez él ya le había preguntado al reverendo al respecto.
—Tal vez. —Roger reprimió el repentino sentimiento de temor que se había apoderado de él al ver el nombre. Se arrodilló para sacar la caja de su sitio—. Llevémosla a casa; la miraremos después de almorzar.
Abrieron la caja en el estudio del reverendo; dentro había un surtido variado de objetos. Había fotocopias de registros parroquiales, dos o tres listas militares, cartas y papeles sueltos, una libreta pequeña y delgada, con tapas grises de cartón, unas viejas fotografías con las esquinas dobladas y una carpeta con el nombre Randall en la tapa.
Brianna cogió la carpeta y la abrió.
—¡Es el árbol genealógico de papá! —exclamó—. Mira.
Le pasó la carpeta a Roger. Dentro había dos hojas de pergamino grueso con las líneas de ascendencia dibujadas cuidadosamente en horizontal y hacia abajo. La fecha de incio era 1633; la anotación final, al pie de la segunda página, rezaba:
Frank Wolverton Randall c.
Claire Elizabeth Beauchamp, 1937
—Está hecho antes de que tú nacieras —susurró Roger.
Brianna miró por encima del hombro de Roger mientras éste señalaba con el dedo las ramas del árbol genealógico.
—Lo he visto antes; papá tenía uno en el estudio. Solía mostrármelo a menudo. Pero me había añadido al final. Éste debe de ser anterior.
—Tal vez el reverendo hizo parte de la investigación para él.
Roger le entregó de nuevo la carpeta y cogió un papel de la mesa.
—Esto es una reliquia para ti —dijo, mirando el escudo de armas grabado en el papel—. Un nombramiento militar, firmado por Su Majestad el rey Jorge II.
—¡Jorge II! ¡Es anterior a la revolución de Estados Unidos!
—Mucho antes. La fecha es 1735. El
