El Hombre Iluminado (edición limitada) (Novela Secreta 4)

Brandon Sanderson

Fragmento

 Agradecimientos
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¡UF, MENUDO AÑO! HA SIDO TODA UNA AVENTURA, QUE HA SUPUESTO un inmenso trabajo para todas las personas involucradas. Me aseguraré de no dejarme a nadie por mencionar en esta sección, pero quiero dar desde el principio las gracias a todos. Ha sido un esfuerzo hercúleo editar, ilustrar y entregar estos libros.

Nuestro editor para esta novela ha sido Moshe Feder, mi viejo compañero de fechorías y el hombre que me descubrió. Nos ha encantado trabajar de nuevo con él, y me alegro de que estuviera aquí para ayudarme con este nuevo paso en el periplo de Nómada. Un agradecimiento muy especial para el doctor Joseph Jensen por su ayuda con la astrofísica, ya que este libro era un poco peliagudo en ese aspecto. Y también al equipo de Arcanistas del Cosmere. Sois geniales.

Estoy representado por el estupendo equipo de la agencia literaria JABberwocky, que capitanea Joshua Bilmes. Gracias también a Susan Velazquez y Christina Zobel.

Este libro es un poco raro comparado con las otras novelas secretas, ya que tenemos tres ilustradores, no uno solo. Queríamos probar con alguna gente nueva y encontramos a varias personas que encajaban bien con esta novela concreta. Gracias a todos ellos por su asombroso trabajo. Estos proyectos se hicieron aún más especiales gracias a su implicación. Ernanda Souza se ha encargado de las guardas, las ilustraciones a color y el arte conceptual. El resultado es maravilloso y fue un placer trabajar con ella. Nabetse Zitro ha hecho las ilustraciones interiores, colaborando de nuevo con nosotros después del increíble trabajo que hizo en las páginas nuevas para la edición ómnibus de la novela gráfica Arena blanca. Y kudriaken creó la espectacular ilustración de cubierta.

Bill Wearne, nuestro representante de impresión en American Print and Bindery, ha hecho verdadera magia con cada una de estas novelas secretas. Se lo agradecemos mucho a él, a la gente de imprenta, al taller de encuadernación y a todas las personas que ayudaron a producir este libro. Debi Bergerson ha sido crucial en la parte de imprenta, y Chad Dillon se desvivió por conseguirnos unos materiales de encuadernación de la más alta calidad.

Y pasemos ya a los departamentos de Dragonsteel. Tengo conmigo al mejor equipo del sector, y todos se han deslomado con estas novelas secretas.

Isaac StÙart es nuestro vicepresidente de Desarrollo Creativo. En su equipo están Ben McSweeney (que creó un estupendo arte conceptual para mantener una visión coherente del proyecto), Rachael Lynn Buchanan (que cargó con mucho peso ayudando a Isaac a trabajar con los ilustradores, eligiendo qué escenas plasmar y estando encima de los detalles), Jennifer Neal, Hayley Lazo, Priscilla Spencer y Anna Earley.

El Instructivo Peter Ahlstrom es nuestro vicepresidente del Departamento Editorial. Su equipo incluye a Karen Ahlstrom, Kristy S. Gilbert, Jennie Stevens (nuestra editora interna para este libro), Betsey Ahlstrom y Emily Shaw-Higham. Kristy Kugler ha sido la revisora de esta novela.

El Departamento Narrativo lo compone solo Dan Wells, que también es vicepresidente. Pero le dejamos que mangonee a Ben para compensarlo.

Nuestra directora ejecutiva es Emily Sanderson, y el equipo de Operaciones lo componen Matt «Matt» Hatch, Emma TanStoker, Jane Horne, Kathleen Dorsey Sanderson, Makena Saluone, Hazel Cummings y Becky Wilson.

Adam Horne, también conocido como el Gran Maestre de Corgis, es nuestro vicepresidente de Publicidad y Marketing. En su equipo están Jeremy Palmer, Taylor D. Hatch y Octavia Escamilla.

Kara Stewart dirige como vicepresidenta nuestro Departamento de Promoción, Acontecimientos y Asegurarse De Que Os Lleguen Las Cajas Con Cosas. Su equipo lo componen Emma Tan-Stoker, Christi Jacobsen, Kellyn Neumann, Lex Willhite, Mem Grange, Michael Bateman, Joy Allen, Ally Reep, Richard Rubert, Katy Ives, Brett Moore, Dallin Holden, Daniel Phipps, Jacob Chrisman, Alex Lyon, Matt Hampton, Camilla Cutler, Quinton Martin, Esther Grange, Logan Reep, Laura Loveridge, Amanda Butterfield, Gwen Hickman, Donald Mustard III, Zoe Hatch, Pablo Mooney, Braydonn Moore, Avery Morgan, Nathan Mortensen, Christian Fairbanks, Dal Hill, George Kaler, Kathleen Barlow, Kaleigh Arnold, Kitty Allen, Rachel Jacobsen, Sydney Wilson, Katelyn Hatch y Judy Torsak.

Quiero dar las gracias también a Oriana Leckert de Kickstarter y a Anna Gallagher, Palmer Johnson y McKynzee Wiggins (creadora jefa de insignias) de BackerKit.

Mi grupo de escritura para esta novela ha estado formado por Emily Sanderson, Kathleen Dorsey Sanderson, Peter Ahlstrom, Karen Ahlstrom, Darci Stone, Eric James Stone, Alan Layton, Ethan Skarstedt, Ben Olsen y Dan Wells.

Entre los lectores alfa de este libro se cuentan Karen Ahlstrom, Joy Allen, Christi Jacobsen, Brett Moore, Brad Neumann, Kellyn Neumann, Ally Reep, Emma Tan-Stoker, Sean VanBlack y Dan Wells.

Los lectores beta han sido Ravi Persaud, Ian McNatt, Brandon Cole, Shannon Nelson, Ben Marrow, Jennifer Neal, Poonam Desai, Chris McGrath, Sumejja Muratagić-Tadić, Kendra Alexander, Zenef Mark Lindberg, Paige Phillips, Rosemary Williams, Eric Lake, David Behrens, William Juan y Erika Kuta Marler. Querría dar las gracias en particular a Mikah Kilgore, también lectore beta, por sus comentarios sobre las descripciones de las imágenes para el ebook y el audiolibro.

El equipo de lectura gamma incluyó a muchos de los lectores beta, además de a Evgeni «Argent» Kirilov, Joshua Harkey, Ross Newberry, Tim Challener, Jessica Ashcraft, Ted Herman, Brian T. Hill, Rob West, Paige Vest, Gary Singer, Darci Cole, Kalyani Poluri, Jayden King, Lingting «Botanica» Xu, Glen Vogelaar, Bob Kluttz, Billy Todd, Megan Kanne, Eliyahu Berelowitz Levin, Aaron Ford, Jessie Lake y Sam Baskin.

Nuestro equipo de Arcanistas está compuesto, entre otros, por Eric Lake, Evgeni «Argent» Kirilov, Ben Marrow, David Behrens, Ian McNatt y Joshua Harkey.

Dado que con este libro concluye el Kickstarter de las novelas secretas, quería aprovechar esta última oportunidad para daros las gracias a todos. Quizá los libros los haya escrito yo, pero vosotros creasteis el acontecimiento en que se han convertido. Habéis hecho muy especial este año. Leed el libro y seguimos en el posfacio.

BRANDON SANDERSON

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Nómada despertó entre los condenados.

Parpadeó, con la mejilla derecha contra la tierra. Enfocó la mirada en la incongruente visión de una planta que crecía a un ritmo acelerado ante sus ojos. ¿Estaba soñando? El delicado brote tembló y se retorció, elevándose sobre el terreno. Parecía estirarse con júbilo, separando los tegumentos como brazos después de un sueño profundo. Desde el centro emergió un tallo, que examinó el aire como la lengua de una serpiente. Entonces se extendió a la izquierda, hacia la tenue luz que brillaba desde esa dirección.

Nómada gimió y levantó la cabeza, con la mente embotada, los músculos doloridos. ¿Dónde había saltado esa vez? ¿Y sería lo bastante lejos para esconderse de la Brigada Nocturna?

Pues claro que no lo sería. No había lugar que pudiera ocultarlo de ellos. Tenía que seguir moviéndose. Tenía que…

Tormentas, qué bien sentaba estar tumbado allí. ¿No podría descansar un poco? ¿Dejar de correr para variar?

Unas manos bruscas tiraron de él desde atrás y lo levantaron hasta dejarlo de rodillas en el suelo, sacándolo de su estupor. Fue más consciente de su entorno, de los gritos, de los gemidos. Sonidos que había pasado por alto en el aturdimiento posterior al salto.

La gente de allí, incluido el hombre que lo había agarrado, llevaban una ropa desconocida para él. Pantalones largos, mangas con el puño apretado, cuello alto hasta la barbilla. El hombre sacudió a Nómada mientras le ladraba en un idioma que no comprendía.

—¿Tra… traducción? —graznó Nómada.

Lo siento, dijo en su cabeza una voz grave y monótona. No tenemos bastante Investidura para eso.

Cierto. Apenas había llegado al umbral para aquel último salto, que lo habría dejado casi vacío. Sus capacidades dependían de alcanzar y mantener ciertos niveles de Investidura, la mística fuente de poder que alimentaba los acontecimientos insólitos en la mayoría de los planetas que visitaba.

—¿Cuánta? —preguntó con voz rasposa—. ¿Cuánta nos queda?

Unas mil quinientas UEA. En otras palabras, menos del ocho por ciento de la capacidad de salto.

Condenación. Tal y como había temido, el coste de llegar hasta allí lo había dejado sin recursos. Siempre que mantuviera ciertos niveles, su cuerpo era capaz de hacer cosas extraordinarias. Cada una requería utilizar una pequeña cantidad de Investidura, pero ese coste era mínimo… siempre que estuviera por encima de los umbrales.

Cuando tuviera más de dos mil unidades equivalentes al aliento, empezaría a poder jugar con su Conexión. Sería capaz de Conectar con el planeta mediante sus habilidades y hablar el idioma local. Lo cual significaba que Nómada no podría comunicarse con los lugareños hasta que encontrase una fuente de energía que absorber.

Hizo una mueca al oler el aliento del hombre que vociferaba. Llevaba un sombrero de ala ancha, atado bajo el mentón, y guantes gruesos. Aún estaba oscuro, aunque una aureola ardiente iluminaba el horizonte. Nómada supuso que faltaba poco para el amanecer. E incluso con tan poca luz, las plantas ya crecían por todo aquel campo. Sus movimientos le recordaron su hogar, un sitio sin tierra pero con plantas mucho más vigorosas que las de otros mundos.

Pero aquellas no eran iguales. No esquivaban para evitar que las pisaran. Las plantas de aquel sitio crecían deprisa, sin más. ¿Por qué?

Cerca de él, unas personas que vestían largos chaquetones blancos estaban clavando estacas en el suelo, y otros se dedicaban a encadenar a ellas a otras personas sin chaquetón. Ambos grupos tenían la piel de diversos tonos y llevaban ropa similar.

Nómada no podía entender las palabras que gritaba nadie, pero reconocía la postura de los condenados. Las voces desesperadas que daban algunos, el tono suplicante de otros, la desdichada resignación de la mayoría mientras los encadenaban al suelo.

Aquello era una ejecución.

El hombre que retenía a Nómada volvió a gritarle, mirándolo furibundo con ojos de un azul acuoso. Nómada se limitó a negar con la cabeza. El aliento de ese hombre podría marchitar flores. Su compañero, que también llevaba chaquetón blanco, señaló a Nómada mientras gesticulaba y discutía con el primero. Al poco tiempo sus dos captores llegaron a un acuerdo. Uno se sacó unas esposas del cinturón y avanzó para ponérselas a Nómada.

—Ya —dijo Nómada—. Me parece a mí que no.

Asió la muñeca del hombre, preparado para derribarlo al suelo y hacer tropezar al otro con su cuerpo. Pero los músculos de Nómada se trabaron, como una máquina que se hubiera quedado sin aceite. Se quedó rígido y los hombres se apartaron de él, sorprendidos por su repentino arrebato.

Los músculos de Nómada se destrabaron y estiró los brazos, lo que le provocó un agudo y súbito dolor.

—¡Condenación!

Su tormento estaba empeorando. Lanzó una mirada a sus temerosos captores. Al menos no parecían ir armados.

Una figura salió de entre la multitud. Todos los demás iban cubiertos de arriba abajo, hombres y mujeres, mostrando la piel solo en el rostro. Pero el recién llegado tenía el pecho descubierto, vestido con una túnica vaporosa abierta por delante y gruesos pantalones negros. Era la única persona de aquella explanada sin guantes, aunque sí llevaba unos brazales dorados en los antebrazos.

Además, le faltaba casi todo el pecho.

Le habían extraído la mayor parte de los pectorales, la caja torácica y el corazón, quemados, dejando la piel restante chamuscada y ennegrecida. Dentro de la cavidad, el corazón del hombre había sido sustituido por una resplandeciente ascua. Palpitaba en rojo al avivarla el viento, igual que otros varios puntitos de luz carmesí por toda la carne carbonizada. Las negras marcas de quemazón irradiaban desde el agujero en la piel del hombre, alcanzándole la cara con unas motas, que de vez en cuanto titilaban también con sus ascuas mucho más pequeñas. Era como si lo hubieran atado a un motor a reacción mientras se encendía, y de algún modo no solo hubiera salido de allí vivo, sino ardiendo perpetuamente.

—Supongo —dijo Nómada— que no seréis de los que se ríen cuando alguien que desconoce vuestra cultura hace jocosas mete duras de pata, ¿verdad?

Se puso en pie y levantó las manos en postura no amenazadora, haciendo caso omiso a los instintos que, como siempre, lo urgían a echar a correr.

El hombre ascua se sacó un enorme garrote que llevaba a la espalda. Era como una porra de policía, pero más rencorosa dentro de su no letalidad.

—Ya me parecía a mí que no —dijo Nómada, retrocediendo.

Algunos de los encadenados lo miraron con aquella extraña pero familiar esperanza del prisionero, contentos de que fuera otro quien estuviera llamando la atención.

El hombre ascua fue a por él, con una velocidad sobrenatural, mientras la luz de su corazón destellaba. Estaba Investido. Maravilloso.

Nómada esquivó por los pelos un poderoso golpe.

—¡Necesito un arma, Aux! —espetó Nómada.

Pues invoca una, mi querido escudero, respondió la voz en su cabeza. No seré yo quien te lo impida.

Nómada gruñó y saltó entre la hierba alta que había brotado en los escasos minutos desde su despertar. Intentó hacer aparecer un arma, pero no ocurrió nada.

Es por tu tormento, señala con amabilidad el caballero a su moderadamente capaz escudero. Se ha vuelto lo bastante fuerte para negarte las armas. Como de costumbre, la voz de Aux era inexpresiva del todo. Le daba un poco de vergüenza, de ahí que añadiera incisos a sus frases.

Nómada lo esquivó de nuevo mientras el hombre ascua descargaba su garrote y volvía a fallar por poco, haciendo temblar el suelo con el impacto. Tormentas. La luz empezaba a brillar más. Cubría el horizonte con un fulgor que parecía demasiado regular. ¿Cómo de… grande era el sol de ese planeta?

—¡Creía que mis juramentos anulaban ese aspecto del tormento!

Perdona, Nómada, pero ¿a qué juramentos te refieres?

El hombre ascua se preparó para otro ataque y Nómada respiró hondo, se agachó bajo el porrazo y fue a embestir contra él. Pero cuando comenzó a tensar los músculos, el cuerpo se le trabó otra vez.

Sí, ya veo, cavila el caballero en tono coloquial. Ahora tu tormento intenta impedir hasta los pequeños encontronazos físicos.

¿No podía ni siquiera placar a alguien? Sí que estaba empeorando, sí. El hombre ascua le asestó en la cara un puñetazo que lo tiró al suelo. Nómada logró rodar para evitar el siguiente porrazo y, con un gemido, se levantó.

El garrote ya llegaba otra vez y, por instinto, Nómada levantó las dos manos y lo atrapó. Detuvo el golpe en seco.

Los ojos del hombre ascua se ensancharon. Los prisioneros que estaban cerca gritaron. Las cabezas se volvieron. Parecía que la gente de allí no estaba acostumbrada a ver a nadie plantar cara a aquellos guerreros Investidos. El hombre ascua abrió aún más los ojos cuando, apretando los dientes, Nómada dio un paso adelante y lo desequilibró, lo que hizo que retrocediera trastabillando.

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Por detrás del extraño guerrero, una luz fulgurante deformó el fundido horizonte, trayendo consigo una repentina oleada de calor. Alrededor de ellos, las plantas que tan rápido habían crecido empezaron a marchitarse. Las hileras de gente encadenada gemían y chillaban.

«¡Corre! —gritó una parte de Nómada—. ¡Corre ya!».

Fue lo que hizo.

Era lo único que hacía de un tiempo a esa parte.

Pero mientras se volvía para emprender la huida, un segundo hombre ascua que había llegado a su espalda descargó su garrote. Nómada trató de atrapar también ese golpe, pero su tormentoso cuerpo se bloqueó otra vez.

—¡Venga ya! —gritó mientras recibía un golpetazo en el costado.

Tropezó. El hombre ascua le atizó un poderoso puñetazo en la cara que lo envió de nuevo a tierra.

Nómada resolló mientras gemía y sentía el áspero suelo y las piedras en la piel. Y el calor. Ese calor horrible y desconcertante que venía del horizonte y que todavía seguía ganando intensidad.

Los dos hombres ascua le dieron la espalda y el primero señaló con el pulgar sobre el hombro hacia Nómada. Los dos apocados agentes de chaquetón blanco corrieron hacia él y, mientras Nómada estaba atontado de dolor y frustración, le esposaron las manos. Parecieron plantearse clavar una estaca y dejarlo sujeto a ella, pero concluyeron con acierto que un hombre capaz de parar el garrotazo de un guerrero Investido podría arrancarla del suelo. Así que lo llevaron a una argolla incrustada en una roca y lo inmovilizaron allí.

Nómada cayó de rodillas en la hilera de prisioneros, con la frente goteando a medida que crecía el calor. Sus instintos le chillaban que corriera.

Pero otra parte de él… solo quería terminar. ¿Cuánto tiempo duraba ya la persecución? ¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez que se había alzado orgulloso?

«A lo mejor dejo que todo acabe y ya está —pensó—. Una muerte piadosa. Como la de un hombre herido en el campo de batalla».

Se derrumbó al suelo, con el costado dolorido y palpitando, aunque dudaba que tuviera nada roto. Mientras mantuviese más o menos un cinco por ciento de la capacidad de salto, es decir, unas mil UEA, su cuerpo sería más poderoso, más resistente. Lo que rompía a otros a él lo magullaba. Un fuego que abrasaría a otros a él solo lo chamuscaba.

Curación activada, dice el héroe con una voz llena de confianza a su humillado chófer. Estás por debajo del diez por ciento de la capacidad de salto, así que la sanación no será tan eficiente como de costumbre.

A veces Nómada se preguntaba si las mejoras que portaba eran una bendición o una parte más del tormento. La luz incrementó con el calor, volviéndose cegadora. Ese humo en la distancia… ¿era el mismísimo suelo incendiándose? ¿Por la luz del sol?

Condenación. La mismísima Condenación se alzaba sobre el horizonte.

Ese brillo, dijo Aux, es con mucho demasiado poderoso para que lo emita una luz solar corriente, al menos en ningún planeta habitable.

—¿Crees que la luz está Investida? —susurró Nómada—. ¿Como en Taldain?

Es una hipótesis verosímil, responde el caballero con reflexiva curiosidad.

—¿Te parece que puedes absorberla?

Es posible. Supongo que no tardaremos en comprobarlo.

Si Nómada absorbía la suficiente, podría saltar fuera de ese planeta y poner incluso más tierra de por medio entre la Brigada Nocturna y él. Estaría bien por una vez, ¿verdad?, llevar un poco de ventaja. Aun así, había algo en la intensidad de esa luz que intimidaba a Nómada. Que lo preocupaba. No dejó de mirarla mientras los agentes cercanos, acompañados por los hombres ascua, terminaban de amarrar a los prisioneros. Cuando terminaron, echaron a correr hacia una fila de vehículos. Eran largos y finos, con seis asientos cada uno. No tenían techo, pero sí un parabrisas delante y controles para el operador a la izquierda en la primera fila.

Se parecían un poco a… ¿motocicletas aerodeslizadoras de seis plazas? Era una construcción rara, pero Nómada no sabía cómo llamar si no a aquellos vehículos. Los asientos estaban diseñados para sentarse a horcajadas, con un hueco para la pierna de dentro, y estaban todos sujetos a un fuselaje central, sin pared ni puerta exterior. Pese a lo extraños que eran, Nómada no se sorprendió cuando el primero emitió varios chorros de fuego por su parte inferior que lo elevaron unos dos metros en el aire.

¿Qué más daba? Se volvió otra vez hacia la creciente luz mientras las plantas, llenas de vida solo unos minutos antes, se ponían marrones y mustias. Le pareció oír el rugido de llamas en la lejanía a medida que la luz solar avanzaba con toda su intensidad, como el frente de una tormenta antaño familiar para él.

Estimó al observar la potencia de aquella luz, que no sería capaz de absorberla. No más de lo que un cable con enchufe normal y corriente podría soportar la producción en crudo de un reactor nuclear. Aquello era algo asombroso, una fuerza que lo freiría antes de que lograra sacarle algún partido a su poder.

Hum, Nómada, dijo Aux en su voz monocorde, tengo la sensación de que intentar absorber y utilizar la Investidura de eso de ahí será como intentar recoger un copo de nieve de una avalancha. Creo… que no deberíamos dejar que te diera.

—Me matará si lo hace —susurró Nómada.

¿Eso es… lo que quieres?

No.

No. Por muchas cosas que aborreciera de su vida, no quería morir. Incluso si cada día se transformaba en algo un poco más salvaje… bueno, los seres salvajes se aferraban a la vida.

Una repentina y frenética desesperación invadió a Nómada. Empezó a dar tirones y a revolverse contra las cadenas. La segunda moto deslizadora despegó, y Nómada supo, a partir de la velocidad a la que avanzaba la luz solar, que eran su única esperanza de escapar. Chilló con la voz áspera, tenso contra el acero, estirándolo, pero incapaz de liberarse.

—¡Aux! —gritó—. ¡Necesito una hoja esquirlada! ¡Transfórmate!

El que lo impide no soy yo, Nómada.

—¡Esa luz va a matarnos!

Matización, mi pobre chófer: va a matarte a ti. Yo ya estoy muerto.

Nómada profirió un aullido primordial mientras la tercera moto deslizadora se elevaba del suelo, pero vio que la última tenía problemas. Quizá podría…

Un momento.

—Las armas me están prohibidas. ¿Qué hay de las herramientas?

¿Por qué iban a estarte prohibidas?

¡Pero qué idiota era Nómada! Auxiliar era una herramienta metálica que cambiaba de forma y que, en ese caso, Nómada podía manifestar físicamente como una palanca. Se formó en sus manos a partir de una neblina blanca, salida de la nada. Nómada la enganchó en la argolla del peñasco y aplicó su peso contra ella.

CLAC.

Trastabilló por el impulso, ya libre, con las manos todavía esposadas pero con más de medio metro de margen entre ellas. Se levantó como pudo y corrió hacia la última motocicleta aerodeslizadora mientras por fin prendían los fuegos debajo de ella.

Invocó a Auxiliar como una cadena con garfio, que arrojó de inmediato hacia la moto. La alcanzó justo mientras la máquina despegaba. A una orden de Nómada, cuando Auxiliar estuvo sujeto, el gancho se distorsionó por un instante y se selló como un anillo sólido en torno a un abultamiento que había en la parte trasera del vehículo. El otro extremo de la cadena se cerró sobre las esposas de Nómada.

La luz del sol lo alcanzó. Una luz increíble, intensa, ardiente. Los prisioneros estallaron en llamas, chillando.

Oh, tormentas, grita el caballero.

En ese preciso instante, la cadena se tensó. Nómada salió despedido por delante de la luz solar, su piel chillando de agonía, su ropa ardiendo.

La moto deslizadora lo sacó de una muerte segura. Pero hacia qué lo llevaba, no tenía ni la menor idea.

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Nómada se estrelló contra el suelo de costado, arrastrado por la temible velocidad de la moto deslizadora.

La curación está activada, dijo Aux, y tu cuerpo se ha ajustado a la presión atmosférica más baja del entorno local. Pero te queda poquísima Investidura, Nómada. Intenta no acabar muy vapuleado en esto que viene ahora, ¿de acuerdo?

Incluso en el tiempo que Aux tardó en decirlo, Nómada pasó a través de barreras de plantas marchitas, se dio repetidos golpes contra rocas y notó cómo la tierra se incrustaba en su piel.

Pero, de nuevo, Nómada estaba hecho de un material fuerte. Endurecido por un nivel básico de Investidura. Aunque la sanación gastaría la Investidura más rápido que otras capacidades, mientras mantuviera un umbral mínimo no iba a necesitar demasiada curación.

No era inmortal. Casi cualquier arma avanzada sería letal para él al instante. Tormentas, incluso muchas de las primitivas podrían matarlo si se insistía con ellas hasta dejarlo sin Investidura. Sin embargo, en una situación que habría retorcido los brazos de una persona normal hasta discolocarle los hombros, que la habría desollado cuando la velocidad transformó los restos de plantas en cuchillas, Nómada se mantuvo entero. Hasta logró curarse las quemaduras.

Hemos bajado al seis por ciento, le informó Aux. No está mal, a fin de cuentas. Pero… ¿has sentido ese calor? Era increíble. Había Investidura involucrada, eso seguro, pero no he podido hacerme con nada de ella. Abrirme para absorber eso me habría destruido. Necesitaremos una forma más segura de recolectarla.

Nómada gruñó al dar de nuevo contra el suelo. Con esfuerzo, consiguió girarse para que el grueso de los daños recayera en el muslo y el hombro. Aunque el viento le había apagado las llamas de la ropa, impactar con fuerza contra cosas le hizo jirones los restos de la chaqueta y la camisa.

Pero su piel resistió. Nómada no le puso ningún pero al maltrato que estaba sufriendo en esa huida. Era mejor que haberse quedado en aquella luz solar.

Cerró los ojos, intentando desterrar un dolor más grande. El recuerdo de los chillidos que daban los desafortunados presos cuando el amanecer los alcanzó y los hizo ceniza en meros segundos. Estaba seguro de que algunos le habían pedido ayuda.

En otro tiempo, habría sido incapaz de pasar eso por alto. Pero cada día morían millones, quizá miles de millones de personas por todo el Cosmere. Nómada no podía impedirlo. Apenas lograba mantenerse vivo a sí mismo.

Le dolía de todos modos. Incluso después de años de tormento, seguía odiando ver a la gente morir.

Agachó la barbilla para protegerse la cara del convulsivo caos que era arrastrarse a gran velocidad por la escabrosa superficie de aquel mundo inclemente. Veía oscurecerse el cielo. La temible luz del sol desapareció tras el horizonte como si estuviera anocheciendo, aunque era Nómada quien se movía. La motocicleta aerodeslizadora era lo bastante rápida para rodear el planeta por delante del sol naciente, para zafarse de las ardientes garras del alba.

Este mundo debe de tener una rotación lenta, señala el héroe a su errático vasallo. Fíjate en que esos vehículos le sacan ventaja al sol sin problemas.

Por delante, en el lado opuesto al sol, un enorme anillo planetario se alzó en el firmamento, un amplio arco que reflejaba la luz solar.

Nómada apenas tuvo tiempo para disfrutar de su regreso al seguro crepúsculo. Varias personas de la moto intentaban soltar su cadena, pero, a esas velocidades y con el peso de Nómada en el otro extremo, les resultaría difícil incluso aunque no hubiera sellado el aro. Se preguntó si harían un alto para ocuparse de él, pero siguieron volando tras los otros vehículos sin elevarse más que unos palmos del suelo.

Al cabo de un tiempo frenaron y se detuvieron. Nómada terminó reposando en una zona de suelo húmedo, agradecido por la sensación de tener algo blando debajo. Dio un gemido y se giró de espaldas, con los pantalones hechos un harapo desgarrado, la piel recién sanada llena de golpes y magulladuras y las manos todavía esposadas. Tras un momento de suplicio, durante el que intentó apreciar el hecho de que al menos no se le añadían nuevos dolores, volvió la cabeza para averiguar por qué habían parado.

No vio ningún buen motivo. Tal vez fuese solo que los pilotos necesitaban orientarse, porque, después de una breve conversación, las motos aerodeslizadoras despegaron de nuevo. En esa ocasión se elevaron más en el aire, dejando que Nómada colgara al final de su cadena. Era mejor que antes, al menos, porque al ir volando no se estrellaba contra nada. Supuso que antes habían mantenido poca altitud para no arriesgarse a que la luz del sol los alcanzara si ascendían demasiado.

Volaron durante lo que le dio la impresión de ser una hora hasta que por fin llegaron a un lugar curioso: una ciudad flotante. Se desplazaba sobre el terreno como una gigantesca bandeja, sostenida en el aire por el empuje de centenares de motores que ardían en su cara inferior. Nómada ya había estado en ciudades voladoras, incluida una en un planeta próximo a su mundo natal, pero rara vez había visto que estuvieran tan… destartaladas como aquella. Era un agrupamiento dispar de edificios de una sola planta, como un inmenso suburbio que de algún modo se elevaba del suelo, pero solo diez o doce metros. De hecho, parecía que incluso alcanzar esa altura tan modesta ya ponía al límite los motores de la ciudad, que a duras penas proporcionaban el impulso suficiente para evitar los obstáculos del terreno.

Aquello no era una metrópolis voladora de esplendorosa tecnología. Era un ejercicio desesperado de supervivencia. Miró a lo lejos por detrás, donde la luz del horizonte se había reducido a la invisibilidad. Pero aun con eso, sabía que el sol estaba allí. Inminente. Como la fecha de tu ejecución.

—Tenéis que manteneros por delante de él, ¿verdad? —susurró—. Vivís en la sombra porque el sol de aquí os mataría.

Tormentas. ¿Una sociedad entera que no podía parar de moverse huyendo del mismísimo sol? Las implicaciones de aquello pusieron su mente a funcionar y su antigua formación, la del hombre que había sido, empezó a infiltrarse a hurtadillas en el cadáver que había pasado a ser. ¿Por qué el clima de ese planeta no era tempestuoso, incluso en la oscuridad? Si el sol estaba hipercalentando un lado a todas horas, debería ser imposible sobrevivir en el otro. Pero era evidente que allí lo hacían, así que se le escapaba alguna cosa.

¿De dónde sacaban la comida? ¿Qué combustible alimentaba esos motores, y cómo podían tener tiempo de extraerlo de minas o de perforar el suelo sin dejar de moverse? Y hablando de minas, ¿por qué no vivían en cuevas? Saltaba a la vista que tenían metal de sobra. Lo habían usado para encadenar a aquellos pobres desgraciados al suelo.

Nómada siempre había sido una persona inquisitiva. Incluso después de entrar en el ejército, dando así la espalda a una vida de erudición, había hecho preguntas. En esos momentos lo acosaban hasta que las ahuyentó con mano firme. Solo había una pregunta que importara. ¿La fuente de energía de esos motores bastaría para alimentar su siguiente salto y sacarlo de ese planeta antes de que la Brigada Nocturna diese con él?

La moto deslizadora rugió antes de empezar a ascender hacia la ciudad. Nómada colgaba de la última de las cuatro, lastrándola, y los motores arrojaban fuego en su dirección y calentaban la cadena. Auxiliar podía soportarlo, por suerte. Curiosamente, el pequeño cambio de elevación hizo que se le taponaran los oídos.

Cuando las motos alcanzaron la altura de la ciudad, no se posaron en ella a la manera convencional. Completaron la aproximación de lado, se fijaron al borde de la plataforma y dejaron los motores encendidos, añadiendo su impulso a los de la ciudad.

Nómada pendía de sus manos y la cadena y notó que se le pasaban los dolores al sanar de nuevo, aunque aquella curación era mínima comparada con la que había necesitado para recuperarse de la luz solar. Desde donde estaba se veían colinas yermas y depresiones fangosas por debajo, aguas residuales y páramos. La ciudad había dejado una amplia estela de mugre quemada y reseca tras de sí. Era evidente que, con un rastro como ese, a las motos voladoras les resultaría fácil encontrar el camino a casa.

Se sorprendió de lo bien que veía. Parpadeó para librarse del sudor y el agua turbia que le empapaban los ojos y alzó la mirada de nuevo hacia aquel anillo. Como la mayoría, en realidad era un grupo de anillos. Brillantes, de colores azul y oro, rodeando el planeta, arqueándose en lo alto, extendiéndose como hacia el infinito. Apuntaban hacia el sol, inclinados en un leve ángulo, de modo que reflejaban su luz sobre la superficie. Con tiempo para contemplarlos, una parte de él reconoció lo espectaculares que eran las vistas. Nómada había visitado decenas de planetas y nunca había visto nada que tuviera aquella magnificencia estoica. Barro y fuego abajo, pero en el aire… algo majestuoso. Estaba en un planeta que llevaba corona.

Su cadena se sacudió cuando alguien empezó a izarlo. Al poco tiempo lo agarraron de los brazos y lo subieron a la superficie metálica de la ciudad, en una calle torcida de edificios bajos. Había una pequeña muchedumbre charlando y señalándolo. Nómada no les hizo caso y se concentró en las cinco figuras características que había detrás de ella, gente con ascuas en el pecho.

Tenían la cabeza gacha y los ojos cerrados, y sus ascuas se habían enfriado. Dos eran mujeres, pensó, aunque el fuego que les había consumido el torso no hubiera dejado la menor semblanza de pechos, solo aquel agujero de un palmo de anchura y trocitos de costilla que asomaban por la piel calcinada. Ascuas en lugar de corazones.

Las demás personas iban vestidas como las que había visto abajo: cuello alto hasta la barbilla, embozados de arriba abajo, guantes sin excepción. Algunos llevaban el chaquetón blanco, formal, abierto por delante pero con insignias en los hombros. Agentes u oficiales. Los demás vestían colores apagados y parecían ser civiles. Algunas mujeres iban con falda, aunque la mayoría preferían unas chaquetas largas hasta las rodillas, abiertas por delante, que revelaban los pantalones de debajo. Muchos, tanto hombres como mujeres, llevaban sombrero de ala ancha. ¿Por qué ponérselos, si apenas había luz?

«No pienses en eso —se dijo, exhausto—. ¿Qué más dará? No vas a quedarte tanto tiempo como para aprender nada de su cultura».

Había muchos de piel clara, aunque también casi la misma proporción de personas con la piel oscura como la de Nómada. Un número inferior tenía distintos tonos intermedios. La multitud enmudeció y abrió paso a un recién llegado. Nómada se reclinó sobre los tobillos y respiró hondo. Resultó ser un hombre alto vestido con chaquetón negro… y cuyos ojos brillaban.

Emitían un tenue resplandor rojo oscuro, como si estuvieran iluminados desde atrás. El efecto le recordaba a Nómada a algo de su pasado, mucho tiempo antes, pero aquello no se parecía tanto a los ojos rojos de un alma corrupta como a que hubiera algo ardiendo en el interior del hombre. Su chaquetón negro brillaba también, a lo largo de los bordes, con un tono rojo anaranjado muy similar. A Nómada le pareció que tenía un ascua de aquellas en el pecho, aunque lo llevaba tapado por ropa fina. No parecía haberse hundido tanto en la piel como en la de los demás, ya que ese hombre aún conservaba la forma de los pectorales.

El mismo resplandor se repetía en muchos edificios, las aristas de cuyas paredes parecían iluminadas por el fuego. Como si la ciudad hubiera estado en llamas hacía poco y aquello fueran sus cenizas.

El hombre de ojos brillantes alzó una mano enguantada para silenciar a la multitud. Observó a Nómada y entonces asintió con la cabeza a dos agentes y lo señaló mientras ladraba una orden. Los agentes se apresuraron a obedecer y liberar a Nómada.

Nerviosos, retrocedieron nada más quitarle las esposas. Nómada se levantó, lo que provocó respingos en muchos civiles, pero no hizo ningún movimiento brusco. Porque, tormentas, qué cansado estaba. Soltó un largo suspiro, con el dolor algo más amortiguado. Le dijo a Auxiliar que se mantuviera como cadena, porque no quería revelar que tenía acceso a una herramienta cambiaformas.

El hombre de los ojos brillantes le gritó algo, en tono brusco.

Nómada negó con la cabeza.

Ojos Brillantes repitió la pregunta, más alto, más lento, más enfadado.

—No hablo tu idioma —dijo Nómada con voz ronca—. Dame una fuente de energía, como la del motor de una motocicleta de esas. Si la absorbo, podría bastar.

Dependería de lo que utilizaran como combustible, pero, si mantenía flotando una ciudad entera, Nómada dudaba mucho que la fuente de energía fuese convencional. La idea de hacer volar una ciudad como aquella con carbón era ridícula. Debían de emplear algún tipo de material Investido, tal vez cargado con aquella luz solar.

El líder, comprendiendo por fin que Nómada no iba a responderle, alzó la mano a un lado… y entonces, con meticulosidad, se quitó el guante, un dedo tras otro. La gente ahogó un grito, aunque lo que había bajo el guante era una mano normal y corriente, dentro de su palidez.

El hombre dio un paso hacia Nómada y lo agarró por la cara.

No ocurrió nada.

Eso pareció sorprender al líder. Lo asió de otra manera.

—Como te acerques para besarme —masculló Nómada—, voy a arrancarte el tormentoso labio de un mordisco.

Sentaba bien poder bromear así. Su distante exmaestro estaría orgulloso de él. En su juventud, Nómada había sido demasiado serio y casi nunca se permitía hacer comentarios a la ligera. Sobre todo porque lo avergonzaba y lo atemorizaba demasiado la posibilidad de decir algo que diera repelús.

Pero si a uno lo arrastraban por el suelo las suficientes veces, si lo apaleaban hasta casi matarlo, tanto que apenas recordaba ni su propio nombre… bueno, esas cosas mejoraban muchísimo el sentido del humor. Llegado a ese punto, lo único que te quedaba era reírte del chiste en que te habías convertido.

Los espectadores estaban fascinados de verdad por el hecho de que no hubiera sucedido nada al tocarlo Ojos Brillantes. El hombre agarró a Nómada una última vez por la barbilla y entonces lo soltó y se frotó la mano contra el chaquetón antes de volver a ponerse el guante, mientras sus ojos, como el brillante fuego del musgoardiente, le iluminaban el ala del sombrero y los rasgos demasiado finos del rostro. Podría tener unos cincuenta años, pero costaba saberlo, porque no se le veía ni una sola arruga. Por lo visto, alguna ventaja tenía vivir en un anochecer perpetuo.

Un agente de los de antes se acercó, hizo un gesto a Nómada y habló en voz baja. Parecía incrédulo y señalaba hacia el horizonte.

Otro agente asintió, sin apartar la mirada de él.

—Sess Nassith Tor —susurró.

Curioso, interviene el caballero. Eso casi lo he entendido. Se parece mucho a otro idioma con el que aún conservo una Conexión tenue.

—¿Alguna idea de cuál? —murmuró Nómada.

No. Pero… creo que… Sess Nassith Tor… significa algo parecido a… Aquel que Escapó del Sol.

Otros más atrás repitieron la frase, cada vez en voz más alta, hasta que Ojos Brillantes les rugió. Miró de nuevo a Nómada y luego le atizó una patada en el pecho. Dolió, y más en el estado en que se hallaba Nómada. Aquel hombre sin duda estaba Investido si podía dar un golpe tan potente.

Nómada gruñó y se dobló, resollando. El hombre lo agarró y sonrió, pues por fin había comprendido que Nómada no iba a plantarle cara. Le gustaba esa idea. Arrojó a Nómada a un lado y le dio otra patada en el pecho mientras su sonrisa se ensanchaba.

A Nómada le habría encantado arrancarle esa sonrisa de la cara con algo más de piel pegada. Pero como contraatacar lo paralizaría, su mejor opción era hacerse el dócil.

Ojos Brillantes hizo un gesto ampuloso hacia Nómada.

Kor Sess Nassith Tor —dijo en tono burlón y, ya puestos, le soltó otra patada a Nómada.

Unos agentes llegaron corriendo y lo agarraron de los brazos para llevárselo. Nómada se descubrió deseando llegar a una buena celda, a un lugar frío y duro, sí, pero donde al menos pudiera dormir y olvidar quién era durante unas horas.

Hasta una esperanza tan modesta se vino abajo cuando la ciudad empezó a deshacerse.

Imagen decorativa

La ciudad entera vibró y los edificios oscilaron tanto que mareaban. Aparecieron grietas en la calle metálica donde estaba Nómada, pero, cuando empezaba a entrarle el pánico, sus captores pasaron sobre las grietas con paso tranquilo y lo metieron en un edificio.

La ciudad se sacudió y se partió. No estaba… no estaba rompiéndose. Estaba desmontándose. Se dividió en centenares de partes, todas levitando sobre sus propios motores a reacción, todas compuestas por un solo edificio. Cada pedazo era una nave.

Nómada había visto las motos aerodeslizadoras engancharse al borde, añadiendo su empuje a la ciudad. Turbado, comprendió que todas las partes de la plataforma funcionaban de un modo similar. Aquello no era una gran ciudad voladora, sino cientos de naves unidas.

La mayoría eran de tamaño modesto, la versión «hogar familiar» de una nave aerodeslizadora. Otras muchas eran incluso más pequeñas, construidas como barcazas, con una cubierta amplia y una cabina. Algunas eran más grandes y transportaban construcciones que servirían como centros de reuniones o almacenes. Todos los edificios estaban rodeados de cubiertas anchas y planas que podían unirse para componer las calles de la ciudad. Mientras las naves se separaban, unas barandillas se alzaron circundando las cubiertas y las paredes se desplegaron dejando a la vista parabrisas y cabinas de control.

Nómada tuvo la impresión de que aquella ciudad no estaba construida como un todo que pudiera desmontarse, sino que era más bien una mezcolanza de vehículos individuales que podían acoplarse entre ellos. Explicaba en parte la sensación ecléctica que daba la ciudad. Ese lugar era como una caravana que, por conveniencia o por facilidad para defenderla, podía ensamblar sus piezas y formar así una población provisional.

Que el sistema funcionase tan bien era extraordinario. Respondiendo a gritos y órdenes que Nómada no podía entender, un gran número de naves se alejó y emprendió alguna actividad. Forzando la vista, Nómada vio que unas cuantas estaban desperdigando alguna sustancia por el suelo.

«Semillas —comprendió—. Están sembrando el terreno». Por fin encajó una pieza en el rompecabezas que era aquel mundo estrambótico. La luz solar Investida explicaba el crecimiento rápido de las plantas, que maduraban casi al instante absorbiendo el poderoso brillo de antes del alba. Nómada ya había comprobado que no podía absorber esa energía para sí mismo, pero las plantas insinuaban que existía alguna forma, aunque estuviese fuera de su alcance.

En todo caso, aquella sociedad hacía una cosecha cada día. Debían de sembrar los cultivos y luego recogerlos apenas unas horas después, antes de escapar a la oscuridad. ¿Bastaría con la luz de los anillos o tendrían que acercarse al borde y desafiar al mortífero amanecer?

Nómada tuvo que reprimir su curiosidad a porrazos.

«Se te da fatal ser cínico», se dijo.

La nave en la que se hallaba no siguió a las que estaban sembrando los cultivos. Se unió a otro grupo que descendía hacia la superficie. Algunas de aquellas naves tenían edificios de dos o tres plantas, los más grandes que había visto. Aterrizaron formando un amplio círculo en el suelo enfangado. La nave donde iba Nómada se posó y se ensambló a otra mucho más impresionante, con hileras de terrazas en la parte frontal.

Ojos Brillantes salió a una de ellas y se acomodó en un asiento. Nómada observó el sucio anillo de naves mientras las más pequeñas se acoplaban unas encimas de otras, creando una estructura escalonada de cuatro o cinco naves de altura. Le dio un vuelco el corazón al reconocer aquella disposición. Era un anfiteatro. Mientras los granjeros salían a trabajar, los privilegiados se reunían en las cubiertas de sus naves para disfrutar de algún tipo de espectáculo.

Gimió cuando sus captores le pusieron unos brazales dorados como los que llevaba la gente ascua. Luego lo arrastraron a la cubierta frontal de la nave. Cuando Nómada intentó resistirse lanzando un puñetazo a un guardia por instinto, se bloqueó. No tuvieron ningún problema en arrojarlo desde unos cuatro metros de altura a una tierra anegada y rancia.

No era el primer estadio en el que estaba, pero, mientras sacaba la cara del fango, Nómada decidió que sí que era el más sucio. Unas naves más grandes con forma de contenedor aterrizaron y abrieron sus puertas delanteras. Un grupo de agentes con chaquetón blanco sacaron a unas treinta personas harapientas y las obligaron a entrar en el círculo. Nómada suspiró antes de ponerse de pie, tratando de no hacer caso al hedor del barro. Teniendo en cuenta todo por lo que había pasado las últimas semanas, supuso que el barro estaría intentando hacer lo mismo con el suyo.

Los presos a los que habían sacado al estadio no tenían ningún aspecto de luchadores. Los pobres parecían casi tan hechos polvo y agotados como se sentía él. Dieron trompicones y traspiés al moverse por el espeso lodo, que les manchó la ropa.

No les ofrecieron armas. Por tanto, pensó Nómada, aquello no debía ser un estadio de gladiadores. La gente no estaba allí para luchar… pero era posible que sí para morir. De hecho, entonces se abrió otra puerta y salieron tres personas con ascua en el pecho, todas ellas armadas. Descendió una nave, llenando el espacio del incómodo calor de sus motores, y dejó caer varios contenedores metálicos, que salpicaron fango por todas partes. Obstáculos, de distintos tamaños.

La gente ascua se lanzó a la carga. La multitud vitoreó. Los presos desarmados se dispersaron como puercos ante un espinablanca, frenéticos.

Maravilloso.

Nómada echó a correr por el barro. Le llegaba solo a los tobillos, pero era traicionero y resbaladizo, y se le pegaba a los pies con una succión sorprendente. Vadeó hasta uno de los contenedores más grandes, de casi dos metros y medio de altura, consiguió agarrarse a la parte superior con las yemas de los dedos y subió.

Imaginó que, si se convertía en el objetivo más difícil de todos, la gente ascua perseguiría primero a las presas más fáciles. Así tal vez tendría tiempo de pensar en alguna tormentosa forma de salir de aquel apuro. Pero justo cuando se halló sobre el contenedor aparecieron unas manos cubiertas de guantes negros y una figura trepó tras él. La mujer tenía un ascua ardiendo en el centro de su pecho, ojos de color verde claro fijos solamente en él y los labios retraídos. Su pelo oscuro y corto estaba veteado de plata y le bajaba por la mejilla una vena de negrura con una línea brillante en el centro.

Los otros dos guerreros con ascua llevaban látigos, pero ella empuñaba un machete largo y afilado. Condenación. ¿Por qué iba a por él? Nómada echó un vistazo hacia arriba, donde Ojos Brillantes los observaba interesado desde su trono.

¿Tú crees, pregunta el caballero a su fiel escudero, que pretende ver de qué eres capaz?

—No —susurró Nómada al tiempo que retrocedía para alejarse de la mujer ascua—. ¿Te acuerdas de lo furioso que estaba el líder? Los otros me han mostrado cierta reverencia por haber escapado del sol. No le ha hecho ni pizca de gracia.

Aquello no era una prueba. Ojos Brillantes quería que mataran a Nómada en público. Lo quería humillado y derrotado a ojos de todos.

La mujer ascua se abalanzó hacia Nómada, así que él se volvió y saltó desde aquel contenedor enorme a uno más pequeño. Al llegar, rodó a propósito y se dejó caer al barro, donde fingió hurgar

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