Prólogo
Tienes, lector, en tus manos el «Unamuno esencial». Algunos dirán que el presente volumen recoge lo más emblemático del Unamuno filosófico y ensayístico, pero dicha división, entre un Unamuno poeta, hombre de teatro, novelista, filósofo o ensayista, político u hombre religioso, carece de sentido tratándose de una personalidad tan amante de la unidad de vida como es la suya.
Don Miguel (1864-1936) nació en medio de una guerra civil (la segunda guerra carlista que de un modo magistral describe en Paz y Guerra) y murió en medio de otra (la del 36). Esto nos podría hacer pensar que Unamuno tuvo una vida convulsa, agitada e incluso violenta. Nada más alejado de la realidad. Su vida fue agitada por dentro —él dirá mejor «agónica»— y más serena de lo que parece por fuera. Fue un niño prodigio, un políglota excepcional, que acabó la licenciatura de Filosofía y Letras en Madrid con la máxima calificación contando apenas diecinueve años, y que a los veinte, después de haberse doctorado en un año con una tesis sobre la lengua vasca, se encontraba ya dando clase de Latín y Psicología en un instituto.
Se casará en 1891 con Concha Lizárraga (su inmortal Dulcinea/Aldonza), de la que está enamorado desde niño, y con la que tendrá nueve hijos. Ese mismo año obtiene la cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca, donde será nombrado rector en 1900, cargo que ostentará hasta en tres ocasiones. Como él mismo nos dice desde su exilio en París: «Toda mi obra se gestó mirando aquellas colinas nevadas de la sierra salmantina» y desde el café de la Plaza Mayor de aquella Salamanca que se tenía por cuna de la ciencia de los príncipes, y que había devenido, según Carlyle, tumba de la más sublime ignorancia. Toda la vida de don Miguel, exceptuando los años de exilio en Fuerteventura, París y Hendaya (1924-1928), debido a sus continuas críticas al monarca Alfonso XIII y al dictador Primo de Rivera, transcurrió entre los límites de la ciudad salmantina y los muros de su claustro universitario.
I
Como seguramente sabrás, amigo lector, la primera fase de la vida de nuestro autor transcurrió entre el positivismo, la naciente ciencia y su fabuloso desarrollo técnico, con su fe ciega en el progreso que ensombrecía todo horizonte de trascendencia. Después de su infancia en Bilbao, impregnada de creencia religiosa y humilde práctica piadosa, el alma de Unamuno se había vuelto agnóstica y casi atea: «Llegué a pensar que este nuestro mundo era la única realidad sin Dios, y que una vez muerto no había de existir nada más». Esta religiosidad que pierde fuelle en profundidad interior y trascendencia se vuelve, no obstante, acción práctica de caridad y fraternidad hacia los oprimidos y excluidos. De ahí su ingreso en 1894 en la Agrupación Socialista de Bilbao y su colaboración con el diario la Lucha de Clases. Como dice el político, tan admirado por nuestro autor, Nicolás Salmerón, pareciera en este período que «la virginidad de la fe se transformara en maternidad de la razón».
Como sabemos, gracias al descubrimiento y a la publicación, en la década de los años setenta, de algunos pasajes de su Diario íntimo, Unamuno sufrió una profunda crisis que le condujo a una conversión religiosa. Esta famosa «crisis» constituye la «piedra angular» para entender los tres escritos que aquí prologamos. Las causas hondas, singulares y personales de la misma son imposibles de sacar a la luz. Tan sólo podemos apuntar algunas circunstancias que la acompañaron. Entre ellas, tres sobresalen de un modo claro. La primera, las continuas dificultades económicas para llevar adelante a una familia que crecía sin parar. La segunda, que dicha angustia económica acabó con un episodio de amago de ataque cardíaco, con convulsiones y experiencia de una muerte física real. La tercera, y a nuestro parecer la más importante, es la enfermedad contraída apenas nacido por su segundo hijo, Raimundo, que viviría en circunstancias muy dolorosas y terribles, para fallecer a la edad de seis años. Don Miguel no se separó nunca de su lado. Escribía en su cuarto de estudio con la cuna de su hijo al lado, y mirándolo constantemente. Se trata del episodio más kierkegaardiano de su vida. Unamuno se torturó pensando en las leyes genéticas hereditarias, recordando el matrimonio de su padre, de edad avanzada, con su sobrina, diecisiete años más joven que él. Su padre, que emigró a México e hizo una importante fortuna, gozando de una vida holgada y privilegiada, murió relativamente joven, cuando él contaba apenas seis años. Es obvio que la ausencia de padre, y la muerte prematura de su segundo hijo, en circunstancias tan fatales y dolorosas, fueron «la tribulación», el «encuentro con la Cruz», que, en vez de volverle un ser amargado y resentido, generaron en él las condiciones del descubrimiento de su verdadero yo, de su hombre interior (in interiore hominis habitat veritas, que diría su siempre citado san Pablo), tal como nos refiere en uno de sus escritos más importantes de esta época, «Adentro» (1900).
II
La segunda fase de su vida, la más productiva y fecunda, se plasmará en su escrito más emblemático, original y conocido: Vida de Don Quijote y Sancho (1905). El lector inadvertido quedará exorcizado por este texto singular y personalísimo, en el que resuena una voz demónica, íntima, que no dejará de hablarle, impelerle y sacudirle en todo momento, al hilo del decurso de las fantásticas historias de nuestro inmortal Caballero, Don Quijote de la Mancha, y de su fiel y leal escudero, arrebatado del espíritu inmortal de su señor, don Sancho Panza, porque bueno es reconocer que, visto desde los ojos unamunianos, el buen Sancho tiene ya mucho de «don».
Se han dicho mil cosas sobre esta obra inclasificable. Ha recibido tantas loas de los neófitos, como críticas de los cervantistas y especialistas del Siglo de Oro. Quizá, para evitar malentendidos, lo mejor será tener en cuenta dos advertencias del propio autor. La primera es que se acercó al Quijote con el espíritu con el que los primeros reformistas se acercaron a la Biblia: realizando una meditación libre que pretende encontrar en lo escrito una norma para la propia vida. De aquí que Cassou, y otros, hayan hablado de don Miguel como de un mero intérprete, y de esta obra como un comentario al Quijote. Pero la palabra «comentario» es sumamente desafortunada: nos evoca la idea de un fragmento, una glosa, una advertencia al lector, algo subsidiario. Nada más alejado de la verdad: el «comentario» de don Miguel «recrea» el texto originario, sacándolo de la letra muerta e insuflándole nueva vida, resucitando el espíritu que en él se encontraba encerrado y a punto de expirar. De ahí, la segunda advertencia del autor: mi Don Quijote nada tiene que ver con el de Cervantes. Sabido es que entre la primera (1605) y la segunda parte del Quijote (1610) apareció, entre otras, el Quijote de Avellaneda que, en un mundo sin copyright ni derechos de autor, se abrogó el derecho de conducir al Quijote por los lugares que su imaginación quiso, haciéndole acometer las más insulsas y desaladas aventuras. La decisión de Cervantes, ya viejo, fue salomónica: matar al hijo de sus entrañas, encadenando su destino al suyo. Don Quijote sería sólo para Cervantes y Cervantes sólo para Don Quijote.
Semejante axioma no podía ser compartido por don Miguel, que veía en el Quijote el espíritu vivo de la Edad Media cristiana combatiendo contra la fuerza incipiente del Renacimiento, que conduciría más tarde a la Reforma y a la Revolución. Nos confrontamos, pues, con el drama de la secularización del cristianismo y con el inicio del nihilismo que tiene que ver, sin duda, con la lucha entre Reforma y Contrarreforma, luteranismo y catolicismo.
Has de saber, lector, que Unamuno copia el género epistolar, al que era tan aficionado, y lo traslada al ensayo para conducirte a un diálogo íntimo a tres voces: don Miguel, don Quijote y tú. El objetivo es volver a despertar en tu alma el anhelo y el ansia de inmortalidad, de vida plena, para acometer, desde dicha creencia, locuras que impregnen el mundo real de obras y acciones. Este ideal de santidad, de caballería humana a lo divino, no es ideal ascético elitista, dirigido a unos pocos, dotados de especiales cualidades, sino ideal de vida para todos, para todos los hidalgos que poblamos el mundo, carentes de hacienda, herencia y recursos, pero habiendo reconocido la nobleza de alma que nos es propia. Este socialismo o, incluso diríamos, comunismo de la santidad, es peculiaridad grande de este «comentario». No te ha de extrañar entonces su predilección por Sancho, hombre humilde y terrenal, con capacidad de dejarse encandilar por el noble ideal forjado en la locura de su señor, hijo de la tradición cristiana más prístina que impregna nuestra literatura (y no se ha de olvidar que Unamuno consideraba que «nuestra filosofía está disuelta en nuestra literatura»). Es a ese Sancho, que se irá quijotizando paulatinamente, impregnado de la locura del Quijote, al que Unamuno escoge, haciendo de él el verdadero héroe: aquél que se resiste a que su señor se vuelva cuerdo, como expone claramente el autor en el escrito que lleva por nombre El sepulcro de Don Quijote.
Muchas cosas admirables podrían decirse de esta obra simpar. Sin duda que todo Unamuno está contenido en ella, toda su alma puesta al descubierto: verdadero milagro que un hombre real, de carne y hueso, pueda introducirse plenamente en la ficción literaria. De todas formas, lo que a mí más me admira, íntimamente relacionado con su crisis espiritual y su proceso de conversión, es que Unamuno haya visto en don Quijote la imagen viviente del arte de reírse de uno mismo. La raíz de dicho arte radica en la tragedia en la que se ha expresado siempre el pueblo español (el de esa España invertebrada, hija de los reinos de taifas, fruto de la presencia árabe y de una reconquista fragmentada, que incluye en sí, por derecho propio, la personalidad de vascos, aragoneses y catalanes): la envidia y la codicia de un pueblo anidado en la pereza que se niega a que nadie destaque o se singularice, se segregue del rebaño, si no es sometiéndolo al estilete de la burla y del escarnio, llegando hasta la crucifixión y la muerte. Quien se quiera divino, o hijo de los dioses, o elegido de Dios, ha de pagar con su sangre y su vida tal locura. Don Miguel sabe que la locura exaltada del que no se quiere dejar morir, del que proclama la santidad de un ideal que es «escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1 Cor 1, 23) ha de chocar de pleno con el ralo sentido pragmático del mundano, que sólo ve la vida que pueda gozar con sus sentidos.
El que quiera emprender el camino de una vida hacia adentro, el que quiera vivir según su verdadero yo, ha de enfrentarse con las convenciones sociales, con la imagen que los otros nos imponen (como dirá Sartre), con los juicios externos de los demás, haciendo oídos sordos de sus burlas y ataques hirientes, aprendiendo el difícil arte del Quijote, que no es otro que saber reírse de sí mismo: «Ande yo caliente, y ríase la gente».
Otro gran descubrimiento hizo Unamuno en esta obra: la profunda implicación entre el autor y su obra. Don Miguel desarrollaría esta teoría de la creación poética, de la relación entre autor y personaje, en su inmortal Niebla, con su elaboración de la idea de nívola, y con su famoso Agustín Pérez, personaje de la novela que, no queriendo morir, se encara con su autor. Esta ontología de la creación poética explicita la profunda relación existente entre Dios y Unamuno, entre el Creador y la criatura, en una clave literaria tan profunda que encierra en sí una verdadera filosofía de la Palabra, diferente de la neoplatónica o de la de la cábala judía. Desde ella se entienden bien las palabras finales de despedida. Unamuno ve esta obra como el fruto maduro de su conversión y la tarea para la que había nacido y estaba destinado: «“Para mí sólo nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir”, hace decir el historiador a su pluma. Y yo digo que para que Cervantes contara su vida y yo la explicara y comentara nacieron Don Quijote y Sancho. Cervantes nació para contarla, y para explicarla y comentarla nací yo. No puede contar tu vida, ni puede explicarla ni comentarla, señor mío Don Quijote, sino quien esté tocado de tu misma locura de no morir».
III
Median entre las dos obras que aquí presentamos ocho años de inmensa fecundidad. Obras de poesía, de teatro y libros de viaje dedicados al paisaje. No obstante, desde las primeras páginas, se ve que Del sentimiento trágico de la vida (1913) es la expresión filosófico-teológica de la filosofía de la vida que late tras su comentario a la obra cervantina.
Es ésta la obra cumbre de la producción unamuniana, en la que se encierra su visión de la historia de Europa, su metafísica y, cómo no, tratándose de Unamuno, su propia y personalísima teología. En este libro se plasma su concepción del cristianismo: «el sentimiento trágico de la vida». Dicho sentimiento trágico, fruto de la herencia judía y griega, de Jerusalén y Atenas, en permanente conflicto, aboga por la experiencia mística y personal de Dios por un lado, y por una razón impersonal que a lo máximo que aspira, al final de su decadencia vital, es a salvar el alma, como vemos en los ritos órficos y en la tragedia griega. Pero será san Pablo, el apóstol que no conoció personalmente a Jesús, el que dará la impronta escatológica al cristianismo con la aseveración firme de que la fe cristiana se fundamenta en la resurrección de Jesús de Nazaret, y en la promesa de la resurrección futura para todos sus seguidores. He ahí, para don Miguel, la esencia misma del cristianismo: el afán de vida eterna, el impulso de toda vida a la conservación y a la perpetuación. Contra este afán de la vida, tan loco e irracional, se alza la fuerza de la razón que todo lo quiere comprender y asimilar, diferenciar e integrar. La historia del cristianismo europeo es la lucha por racionalizar ese sentimiento imposible en la teología católica que culminará en el siglo XIII, y que se proseguirá con el racionalismo del protestantismo en el ámbito ético y político en los siglos siguientes, frente a esa concepción que entiende la fe, en la línea que va de Tertuliano a Kierkegaard, no como sobreracional sino claramente antiracional: credo quia absurdum. Todo intento de reducir la aspiración de vida eterna de la religión a mera ética, política o moral públicas conduce a su falseamiento. De ahí que Unamuno vea, en el carácter retrógrado de la Iglesia católica (en la contrarreforma, el antimodernismo y el antiliberalismo), las señas claras de una institución que, a su pesar, conserva en su seno la aspiración a una vida trascendente, antimundana y eterna, hacia una escatología ante la que palidece toda forma de mundanización o secularización.
En ese conflicto entre razón y sentimiento, razón y voluntad de vida eterna, se cifra la esencia agónica del cristianismo: su lucha perpetua. De esa vida que es lucha y conflicto emergen, paradójicamente, una ética universal del amor como compasión, y una personalidad forjada en el dolor. Son esos capítulos fascinantes de la segunda parte del libro los que merecerían la lectura atenta del lector. Allí, en sus capítulos de «Amor, dolor, compasión y personalidad» y de «Dios a Dios», se encuentra la profunda comprensión teológica del autor. Su idea de que el hombre es pura aspiración a la totalidad desde la personalidad individual, aspiración que se ve burlada por la impotencia de su voluntad. Cuando el hombre es capaz de apropiarse lo ajeno, lo lejano, cuando es capaz de personalizarlo (se nota la profunda herencia de su concepción del amor en la de Ortega y Gasset), nace en él la verdadera compasión. El sujeto máximo, cuya fuerza de amor es capaz de personalizarlo todo, verdadera conciencia amorosa y piadosa de lo existente, no es otro que Dios. De esa doctrina del amor universal de Dios nacerá su concepción de la esperanza como fuerza que nos lleva a creer en lo que no vemos, siendo así que la esperanza fundamenta la fe, pero que ésta tiene su verdadero fundamento en la caridad. Al igual que hiciera con los vicios y las virtudes fundamentales (don Miguel ve en la pereza la fuente de todos los males, de donde nace la codicia y la envidia, que llevan al afán homicida entre hermanos, como queda reflejado en su novela Abel Sánchez), nos introduce ahora, con mano maestra, en el sancta sanctórum de su pensamiento.
Mucho se ha dicho de este afán de inmortalidad, no del alma, sino del ser entero e íntegro, de la persona, con su cuerpo, su alma y su espíritu. Se ha querido ver en él el principio egoísta que utiliza instrumentalmente a Dios para la realización de sus fines. El pavor y el temor del hombre individual ante la nada, la absoluta aniquilación llevaría al hombre a ampararse infantil e irracionalmente en una creencia pueril. Nada más lejos de la concepción unamuniana. El ansia que late de vida eterna en el alma humana, en el fondo de su ser, no es voluntad propia de eternidad, es impulso divino amoroso que conduce todo lo creado hacia su forma eterna.
El diagnóstico de Unamuno, en sus páginas finales, no puede ser más desolador. El pesimismo que se enseñorea de Europa es debido a su descatolización, a la «que han contribuido el Renacimiento, la Reforma y la Revolución, sustituyendo aquel ideal de una vida eterna ultraterrena por el ideal del progreso, de la razón, de la ciencia». A ésta vino a sumarse «una segunda mitad del pasado siglo XIX, época infilosófica y tecnicista, dominada por un especialismo miope y por el materialismo histórico, ese ideal que se tradujo en una obra […] de avulgaramiento científico», poniendo ésta al servicio de las bajas pasiones del pueblo. Queda claro que, para Unamuno, a diferencia de Ortega, lo importante era volver a españolizar Europa, es decir, devolverle su ansia de eternidad e inmortalidad. De ahí que acabe reivindicando de nuevo la figura del inmortal caballero Don Quijote (que no es otra cosa que el espíritu del cristianismo que parece ya fuera de época, anacrónico y muerto), y su leal Sancho, para enfrentarse a la terrible «tragicomedia europea moderna».
IV
La trilogía que aquí prologamos vendrá a cerrarse con un libro escrito tras la dura experiencia del exilio en Fuerteventura, tras haber sido desposeído de su cargo de rector en la Universidad de Salamanca, en 1924. Aunque se suspendió la sentencia, Unamuno se autoexilió voluntariamente a París primero, y después a Hendaya, donde permanecería hasta la muerte del dictador Primo de Rivera en 1930.
En el prólogo a esta enigmática obra, La agonía del cristianismo (1924), que, como su autor nos dice, fue un encargo de circunstancias durante su estancia en París, cuando estaba inserto en la lectura de la Enquête sur la monarchie de Charles Maurras, donde late ya el programa político de Acción Francesa, verdadera politización del cristianismo en el que la nación pasa a tener el protagonismo central, falseando el cristianismo, lo que don Miguel ya había visto materializarse en su amada España, y que aún vería más tarde en la figura de la Santa Cruzada durante la Guerra Civil. Frente a esta politización, hay que recordar que «el cristianismo es un valor del espíritu universal que tiene sus raíces en lo más íntimo de la individualidad humana». Ese valor radica en la agonía.
Y así, paradójicamente, lo primero que hace es salir al paso de esa posible confusión del concepto «agonía». Después de la experiencia agónica de la Primera Guerra Mundial, y cuando en todos sitios no se hace sino hablar de «decadencia», «ocaso» y «declive», pareciera que la agonía del cristianismo sólo relata una fase histórica del cristianismo que tiene que ver con su declinar y desaparecer, como ya profetizara con el conjunto de su obra Nietzsche. Nada más alejado de la intención de Unamuno. Agón, en su sentido originario griego, como ya sabía el propio Nietzsche, quiere decir lucha, combate, guerra. Lo agónico está siempre en un proceso continuo de riña que no permite el cese, la quietud o el descanso. La agonía no es, pues, una fase histórica del cristianismo sino, por usar un término de Feuerbach, la esencia misma del cristianismo: «Yo no he venido a traer la paz sino la guerra» (Lc 12, 51). En explicitar ese sentido agónico, la finalidad de esa lucha, se cifra todo el pensamiento de un Unamuno exiliado, lleno de nostalgia de su tierra, y de su familia y seres queridos, que forjarán, como él mismo dice, un misticismo religioso más profundo y acendrado, como queda bien reflejado en su Romancero del exilio (1928).
No gustará este libro a la mayoría porque don Miguel saca a la luz el corazón místico del cristianismo frente a aquellos que lo quieren utilizar como receta para cuestiones nacionales y sociales. No ha venido el cristianismo a paliar el problema de la pobreza, ni de las desigualdades. No es el cristianismo un «reino de este mundo, sino de otro mundo». Por eso el símbolo más prístino del cristianismo se encuentra en el celibato y en la vida monacal: la renuncia a la procreación y al mundo. No criar ciudadanos para la democracia, ni para resolver los problemas y angustias vitales de los padres que luchan por mantener a sus hijos. Cristo fue célibe, vino a llamar a ricos y pobres, vino a hablarles de otro reino. Se ve claramente que Unamuno percibe en el comunismo, de raíces budistas, de la civilización asiática el peligro de la mundanización del cristianismo. Este es el defensor de la individualidad radical y absoluta: el valor sagrado de la persona como hecho eterno. Esta defensa de la individualidad queda bien reflejada en su análisis de la fe pascaliana y en el análisis sutil de la figura del padre Jacinto. En Pascal, en la lucha entre su fe y su razón (tragedia que horrorizaba al bueno de Nietzsche), en su predilección por una creencia del corazón (que el corazón tiene razones que la razón no puede entender), se vislumbra el carácter agónico del cristianismo. En la peripecia del padre Jacinto, que colgó los hábitos y contrajo matrimonio para tener hijos, y perpetuarse a través de la carne, pero también espiritualmente, se muestra otra forma de agonía: la de la paternidad. El padre Jacinto vivió el conflicto entre reaccionarismo y revolución, entre el ansia de perpetuarse en el cuerpo y según el alma. La tragedia de su paternidad refleja para Unamuno la del corazón del cristianismo: la filiación divina. Desde la década de los años veinte (véase su relato emblemático «Dos madres»), Unamuno va tomando conciencia de que las relaciones carnales quedan, en el cristianismo, elevadas al orden espiritual, donde el padre se vuelve hijo de sus hijos, y donde, de un modo misterioso, el hombre se vuelve hijo de su propia mujer, al volverse ésta madre de sus hijos. El problema del nacimiento, del renacimiento, en clave carnal-espiritual, el que marca la filiación divina y la infancia espiritual como centro de la espiritualidad cristiana, aletea en estas páginas, cuya profundidad exige un conocimiento más hondo de la obra de Unamuno.
Es hora de marchar, querido lector. Gracias por tu inmensa paciencia. Estas líneas sólo querían ser un preludio para esa voz firme, diamantina, dura e intensamente enamorada y cordial de nuestro inconfundible don Miguel.
FERNANDO PÉREZ-BORBUJO ÁLVAREZ
Barcelona, 29 de septiembre de 2019
(Festividad de San Miguel Arcángel,
nacimiento de Miguel de Unamuno)
Vida de Don Quijote y Sancho
Según
Miguel de Cervantes Saavedra
Explicada y comentada por
Miguel de Unamuno
Prólogos del autor
A la segunda edición
Apareció en primera edición esta obra en el año 1905, coincidiendo por acaso, que no de propósito, con la celebración del tercer centenario de haberse por primera vez publicado el Quijote. No fue, pues, una obra de centenario.
Salió, por mi culpa, plagada, no ya solo de erratas tipográficas, sino de errores y descuidos del original manuscrito, todo lo que he procurado corregir en esta segunda edición.
Pensé un momento si hacerla preceder del ensayo que «Sobre la lectura e interpretación del Quijote» publiqué el mismo año de 1905 en el número de abril de La España Moderna, mas he desistido de ello en atención a que esta obra toda no es sino una ejecución del programa en aquel ensayo expuesto. Lo que se reduce a asentar que, dejando a eruditos, críticos e historiadores la meritoria y utilísima tarea de investigar lo que el Quijote pudo significar en su tiempo y en el ámbito en que se produjo y lo que Cervantes quiso en él expresar y expresó, debe quedarnos a otros libre al tomar su obra inmortal como algo eterno, fuera de época y aun de país, y exponer lo que su lectura nos sugiere. Y sostuve que hoy ya es el Quijote de todos y cada uno de sus lectores, y que puede y debe cada cual darle una interpretación, por así decirlo, mística, como las que a la Biblia suele darse.
Mas si renuncié a insertar al frente de esta segunda edición de mi obra aquel citado ensayo, no así con otro que con el título de «El sepulcro de Don Quijote» publiqué en el número de febrero de 1906 de la misma susomentada revista La España Moderna.
Esta obra es de las mías la que hasta hoy ha alcanzado más favor del público que me lee, como lo prueba esta segunda edición y el haber aparecido hace poco una traducción italiana bajo el título de Commento al «Don Chisciotte», hecha por G. Beccari y publicada en la colección «Cultura dell’anima», dirigida por G. Papini y que edita R. Carabba en Lanciano. A la vez que se prepara una traducción francesa.
Y me complazco en creer que a esta mayor fortuna de esta entre mis obras habrá contribuido el que es una libre y personal exégesis del Quijote, en que el autor no pretende descubrir el sentido que Cervantes le diere, sino el que le da él, ni es tampoco un erudito estudio histórico. No creo deber repetir que me siento más quijotista que cervantista y que pretendo libertar al Quijote del mismo Cervantes, permitiéndome alguna vez hasta discrepar de la manera como Cervantes entendió y trató a sus dos héroes, sobre todo a Sancho. Sancho se le imponía a Cervantes, a pesar suyo. Es que creo que los personajes de ficción tienen dentro de la mente del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen a una íntima lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo. Y el que desee más aclaraciones a este respecto, y no se escandalice de la proposición de que nosotros podemos comprender a Don Quijote y Sancho mejor que Cervantes que los creó —o mejor, los sacó de la entraña espiritual de su pueblo—, acuda al ensayo que cité primero.
Salamanca, enero de 1913
A la tercera edición
Esta edición —la tercera— de mi Vida de Don Quijote y Sancho, que forma parte de la de mis Obras completas, no difiere nada de la segunda, en que se corrigieron, no solo las muchas erratas tipográficas, sino los errores del original, hijos de mis precipitaciones de improvisador, que infestaban la primera, publicada en 1905 —hace veintitrés años—, coincidiendo, por acaso, no de propósito, con la celebración del tercer centenario de la primera publicación del Quijote, ya que no me propuse hacer obra de centenario.
Al corregir ahora aquí, en el destierro fronterizo, las pruebas de esta nueva edición, he sentido más de una vez tentaciones de añadir algo a su texto o modificarlo, mas me he abstenido pensando que cualquier añadido o modificación hallará mejor lugar en otra obra. Añadidos y modificaciones que me inspira mi experiencia quijotesca de cuatro años de expatriación de mi pobre España esclavizada. Al repasar, sobre todo, mi comentario a la aventura de la liberación de los galeotes, pensé añadir unos párrafos explicando cómo los galeotes apedrearon a Don Quijote porque lo que querían no era que les quitase sus cadenas, sino que les echase otras haciéndoles cuadrilleros de la Santa Hermandad, lo que me enseñaron en el Ateneo de Madrid ciertos mocitos que se dicen intelectuales de minoría selecta.
En este tiempo se han publicado ya cuatro traducciones de esta mi obra: dos en italiano, una en alemán y otra en inglés. Y por cierto el autor de esta última y excelente traducción, el profesor Homer P. Earle, de la Universidad de California, tuvo la delicada atención de llamármela sobre que en cierto pasaje pongo en boca de Sancho palabras que en el texto cervantino figuran en la de Sansón Carrasco y de preguntarme si modificaba o suprimía el pasaje o le añadía alguna nota en defensa preventiva de reparos de la crítica eruditesca. Pude haberle remitido a mi ensayo «Sobre la lectura e interpretación del Quijote», publicado por primera vez en el número de abril de 1905 de la revista La España Moderna, donde establecí bien claramente mi propósito y espíritu comentariales —los místicos han comentado en pareja forma las Sagradas Escrituras cristianas— y decirle que dejo a eruditos, críticos literarios e investigadores históricos la meritoria y utilísima tarea de escudriñar lo que el Quijote pudo significar en su tiempo y en el ámbito en que se produjo y lo que Cervantes quiso en él expresar y expresó. Pero preferí darle otra explicación, y es esta:
En el prólogo del Quijote —que, como casi todos los prólogos (incluso este), no son apenas sino mera literatura—, Cervantes nos revela que encontró el relato de la hazañosa vida del Caballero de la Triste Figura en unos papeles arábigos de un Cide Hamete Benengeli, profunda revelación con la que el bueno —¡y tan bueno!— de Cervantes nos revela lo que podríamos llamar la objetividad, la existencia —ex–istere quiere decir «estar fuera»— de Don Quijote y Sancho y su coro entero fuera de la ficción del novelista y sobre ella. Por mi parte, creo que el tal Cide Hamete Benengeli no era árabe, sino judío y judío marroquí, y que tampoco fingió la historia. En todo caso, ese texto arábigo del Cide Hamete Benengeli le tengo yo y aunque he olvidado todo el poquísimo árabe que me enseñó el señor Codera en la Universidad de Madrid —¡y me dio el premio en la asignatura!—, lo leo de corrido y en él he visto que en el pasaje a que aludía el profesor Earle fue Cervantes el que leyó mal y que mi interpretación, y no la suya, es la fiel. Con lo cual me creo defendido de todo posible reparo de una crítica profesional o profesoral.
Ni creo deber alargarme más aquí, en este sencillo prólogo, a exponer una doctrina que tantas veces he expuesto respecto a la realidad histórica, tanto más que preparo una obra sobre el quijotismo, en que me esforzaré por esclarecer la diferencia entre estar, ser y existir. Y cómo Don Quijote y Sancho son —no es solo que lo fueron— tan independientes de la ficción poética de Cervantes como lo es de la mía aquel Augusto Pérez de mi novela Niebla, al que creí haber dado vida para darle después muerte, contra lo que él, y con razón, protestaba.
Y ahora, atento lector, hasta que volvamos a encontrarnos.
MIGUEL DE UNAMUNO
En el destierro de Hendaya, en mi nativo país vasco y en la frontera misma de mi España, mayo de 1928
El sepulcro de Don Quijote
Me preguntas, mi buen amigo, si sé la manera de desencadenar un delirio, un vértigo, una locura cualquiera sobre estas pobres muchedumbres ordenadas y tranquilas que nacen, comen, duermen, se reproducen y mueren. ¿No habrá un medio, me dices, de reproducir la epidemia de los flagelantes o la de los convulsionarios? Y me hablas del milenario.
Como tú siento yo con frecuencia la nostalgia de la Edad Media; como tú quisiera vivir entre los espasmos del milenario. Si consiguiéramos hacer creer que en un día dado, sea el 2 de mayo de 1908, el centenario del grito de la independencia, se acababa para siempre España; que en ese día nos repartían como a borregos, creo que el día 3 de mayo de 1908 sería el más grande de nuestra historia, el amanecer de una nueva vida.
Esto es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno trata de agitar aisladamente este o aquel problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse.
No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta el loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Lo de la razón de la sinrazón es ya un hecho para todos estos miserables. Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a esta su España andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!
Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos esos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto —sea o no la que ellos suponen— se dicen: ¡bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.
Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos miserables necesitan comprender para perdonar el que se les humille, el que con hechos o palabras se les eche en cara su miseria, sin hablarles de ella.
Han llegado a preguntarse estúpidamente para qué hizo Dios el mundo, y se han contestado a sí mismos: ¡para su gloria!, y se han quedado tan orondos y satisfechos, como si los muy majaderos supieran qué es eso de la gloria de Dios.
Las cosas se hicieron primero, su para qué después. Que me den una idea nueva, cualquiera, sobre cualquier cosa, y ella me dirá después para qué sirve.
Alguna vez, cuando expongo algún proyecto, algo que me parece debía hacerse, no falta quien me pregunte: ¿y después? A estas preguntas no cabe otra respuesta que una pregunta. Y al «¿después?» no hay sino dar de rebote un «¿y antes?».
No hay porvenir; nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Esta es la única cuestión.
Y, en cuanto a hoy, todos esos miserables están muy satisfechos porque hoy existen, y con existir les basta. La existencia, la pura y nuda existencia, llena su alma toda. No sienten que haya más que existir.
Pero ¿existen? ¿Existen en verdad? Yo creo que no; pues si existieran, si existieran de verdad, sufrirían de existir y no se contentarían con ello. Si real y verdaderamente existieran en el tiempo y el espacio sufrirían de no ser en lo eterno y lo infinito. Y este sufrimiento, esta pasión, que no es sino la pasión de Dios en nosotros, Dios que en nosotros sufre por sentirse preso en nuestra finitud y nuestra temporalidad, este divino sufrimiento les haría romper todos esos menguados eslabones lógicos con que tratan de atar sus menguados recuerdos a sus menguadas esperanzas, la ilusión de su pasado a la ilusión de su porvenir.
¿Por qué hace eso? ¿Preguntó acaso nunca Sancho por qué hacía Don Quijote las cosas que hacía?
Y vuelta a lo mismo, a tu pregunta, a tu preocupación: ¿qué locura colectiva podríamos imbuir en estas pobres muchedumbres? ¿Qué delirio?
Tú mismo te has acercado a la solución en una de esas cartas con que me asaltas a preguntas. En ella me decías: ¿no crees que se podría intentar alguna nueva cruzada?
Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.
Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite.
A estas razones hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones estás perdido.
Si te preguntan, como acostumbran, ¿con qué derecho reclamas el sepulcro?, no les contestes nada, que ya lo verán luego. Luego… tal vez cuando ni tú ni ellos existáis ya, por lo menos en este mundo de las apariencias.
Y allí donde está el sepulcro, allí está la cuna, allí está el nido. Y de allí volverá a surgir la estrella refulgente y sonora, camino del cielo.
Y no me preguntes más, querido amigo. Cuando me haces hablar de estas cosas me haces que saque del fondo de mi alma, dolorida por la ramplonería ambiente que por todas partes me acosa y aprieta, dolorida por las salpicaduras del fango de mentira en que chapoteamos, dolorida por los arañazos de la cobardía que nos envuelve, me haces que saque del fondo de mi alma dolorida las visiones sin razón, los conceptos sin lógica, las cosas que ni yo sé lo que quieren decir, ni menos quiero ponerme a averiguarlo.
¿Qué quieres decir con esto? —me preguntas más de una vez—. Y yo te respondo: ¿lo sé yo acaso?
¡No, mi buen amigo, no! Muchas de estas ocurrencias de mi espíritu que te confío ni yo sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy yo quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí que me las dicta, que me las dice. Le obedezco y no me adentro a verle la cara ni a preguntarle por su nombre. Solo sé que si le viese la cara y si me dijese su nombre me moriría yo para que viviese él.
Estoy avergonzado de haber alguna vez fingido entes de ficción, personajes novelescos, para poner en sus labios lo que no me atrevía a poner en los míos y hacerles decir como en broma lo que yo siento muy en serio.
Tú me conoces, tú, y sabes bien cuán lejos estoy de rebuscar adrede paradojas, extravagancias y singularidades, piensen lo que pensaren algunos majaderos. Tú y yo, mi buen amigo, mi único amigo absoluto, hemos hablado muchas veces, a solas, de lo que sea la locura, y hemos comentado aquello del Brand ibseniano, hijo de Kierkegaard, de que está loco el que está solo. Y hemos concordado en que una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser alucinación para convertirse en una realidad, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Y tú y yo estamos de acuerdo en que hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad y no de mentirijillas. Loco, y no tonto.
Tú y yo, mi buen amigo, nos hemos escandalizado ante eso que llaman aquí fanatismo, y que, por nuestra desgracia, no lo es. No; no es fanatismo nada que esté reglamentado y contenido y encauzado y dirigido por bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques; no es fanatismo nada que lleve un pendón con fórmulas lógicas, nada que tenga programa, nada que se proponga para mañana un propósito que puede un orador desarrollar en un metódico discurso.
Una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún barbero, algún cura, algún canónigo o algún duque les detuviese para decirles: «¡Hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer esa barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser esa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decirles tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad.
¿No crees, mi amigo, que hay por ahí muchas almas solitarias a las que el corazón les pide alguna barbaridad, algo de que revienten? Ve, pues, a ver si logras juntarlas y formar escuadrón con ellas y ponernos todos en marcha —porque yo iré con ellos y tras de ti— a rescatar el sepulcro de Don Quijote, que, gracias a Dios, no sabemos dónde está. Ya nos lo dirá la estrella refulgente y sonora.
Y ¿no será —me dices en tus horas de desaliento, cuando te vas de ti mismo—, no será que creyendo al ponernos en marcha caminar por campos y tierras, estemos dando vueltas en torno al mismo sitio? Entonces la estrella estará fija, quieta sobre nuestras cabezas y el sepulcro en nosotros. Y entonces la estrella caerá, pero caerá para venir a enterrarse en nuestras almas. Y nuestras almas se convertirán en luz, y fundidas todas en la estrella refulgente y sonora subirá esta, más refulgente aún, convertida en un sol, en un sol de eterna melodía, a alumbrar el cielo de la patria redimida.
En marcha, pues. Y ten cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen del programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue a la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora y aquí lo de aquí.
¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino, mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! Luchar, y ¿cómo?
¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!
¿Es que con eso —me dice uno a quien tú conoces y que ansía ser cruzado—, es que con eso se borra la mentira, ni el ladronicio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón porque otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería disminuirá en el mundo.
Sí, hay que repetirlo una y mil veces: con que una vez, una sola vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero, habríase acabado el embuste de una vez para siempre.
¡En marcha, pues! Y echa del sagrado escuadrón a todos los que empiecen a estudiar el paso que habrá de llevarse en la marcha y su compás y su ritmo. Sobre todo, ¡fuera con los que a todas horas andan con eso del ritmo! Te convertirían el escuadrón en una cuadrilla de baile, y la marcha en danza. ¡Fuera con ellos! Que se vayan a otra parte a cantar a la carne.
Esos que tratarían de convertirte el escuadrón de marcha en cuadrilla de baile se llaman a sí mismos, y los unos a los otros entre sí, poetas. No lo son. Son cualquier otra cosa. Esos no van al sepulcro sino por curiosidad, por ver cómo sea, en busca acaso de una sensación nueva, y por divertirse en el camino. ¡Fuera con ellos!
Esos son los que con su indulgencia de bohemios contribuyen a mantener la cobardía y la mentira y las miserias todas que nos anonadan. Cuando predican libertad no piensan más que en una: en la de disponer de la mujer del prójimo. Todo es en ellos sensualidad, y hasta de las ideas, de las grandes ideas, se enamoran sensualmente. Son incapaces de casarse con una grande y pura idea y criar familia de ella; no hacen sino amontonarse con las ideas. Las toman de queridas, menos aún, tal vez de compañeras de una noche. ¡Fuera con ellos!
Si alguien quiere cojer en el camino tal o cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón, cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella refulgente y sonora. Y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza no para verla él, sino para que se la vean, ¡fuera con él! Que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte.
Mira, amigo, si quieres cumplir tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas odioso a los muchachos sensibles que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia. O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.
El escuadrón no ha de detenerse sino de noche, junto al bosque o al abrigo de la montaña. Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, les darán un beso y se dormirán para recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera le dejarán a la vera del camino, amortajado en su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos.
Si alguno intenta durante la marcha tocar pífano o dulzaina o caramillo o vihuela o lo que fuere, rómpele el instrumento y échale de filas, porque estorba a los demás oír el canto de la estrella. Y es, además, que él no la oye. Y quien no oiga el canto del cielo no debe ir en busca del sepulcro del Caballero.
Te hablarán esos danzantes de poesía. No les hagas caso. El que se pone a tocar su jeringa —que no es otra cosa la «syringa»— debajo del cielo, sin oír la música de las esferas, no merece que se le oiga. No conoce la abismática poesía del fanatismo, no conoce la inmensa poesía de los templos vacíos, sin luces, sin dorados, sin imágenes, sin pompas, sin armas, sin nada de eso que llaman arte. Cuatro paredes lisas y un techo de tablas: un corralón cualquiera.
Echa del escuadrón a todos los danzantes de la jeringa. Échalos antes de que se te vayan por un plato de alubias. Son filósofos cínicos, indulgentes buenos muchachos, de los que todo lo comprenden y todo lo perdonan. Y el que todo lo comprende no comprende nada, y el que todo lo perdona nada perdona. No tienen escrúpulo en venderse. Como viven en dos mundos pueden guardar su libertad en el otro y esclavizarse en este. Son a la vez estetas y perezistas o lopezistas o rodriguezistas.
Hace tiempo que se dijo que el hambre y el amor son los dos resortes de la vida humana. De la baja vida humana, de la vida de tierra. Los danzantes no bailan sino por hambre o por amor; hambre de carne, amor de carne también. Échalos de tu escuadrón, y que allí, en un prado, se harten de bailar mientras uno toca la jeringa, otro da palmaditas y otro canta a un plato de alubias o a los muslos de su querida de temporada. Y que allí inventen nuevas piruetas, nuevos trenzados de pies, nuevas figuras de rigodón.
Y si alguno te viniera diciendo que él sabe tender puentes y que acaso llegue ocasión en que se deba aprovechar sus conocimientos para pasar un río, ¡fuera con él! ¡Fuera el ingeniero! Los ríos se pasarán vadeándolos, o a nado, aunque se ahogue la mitad de los cruzados. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes a otra parte, donde hacen mucha falta. Para ir en busca del sepulcro basta la fe como puente.
* * *
Si quieres, mi buen amigo, llenar tu vocación debidamente, desconfía del arte, desconfía de la ciencia, por lo menos de eso que llaman arte y ciencia y no son sino mezquinos remedos del arte y de la ciencia verdaderos. Que te baste tu fe. Tu fe será tu arte, tu fe será tu ciencia.
He dudado más de una vez de que puedas cumplir tu obra al notar el cuidado que pones en escribir las cartas que escribes. Hay en ellas, no pocas veces, tachaduras, enmiendas, correcciones, jeringazos. No es un chorro que brota violento, expulsando el tapón. Más de una vez tus cartas degeneran en literatura, en esa cochina literatura aliada natural de todas las esclavitudes y de todas las miserias. Los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus cadenas.
Pero otras veces recobro fe y esperanza en ti cuando siento bajo tus palabras atropelladas, improvisadas, cacofónicas, el temblar de tu voz dominada por la fiebre. Hay ocasiones en que puede decirse que ni están en un lenguaje determinado. Que cada cual lo traduzca al suyo.
Procura vivir en continuo vértigo pasional, dominado por una pasión cualquiera. Solo los apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas. Cuando oigas de alguien que es impecable, en cualquiera de los sentidos de esta estúpida palabra, huye de él; sobre todo si es artista. Así como el hombre más tonto es el que en su vida ha hecho ni dicho una tontería, así el artista menos poeta, el más antipoético —y entre los artistas abundan las naturalezas antipoéticas— es el artista impecable, el artista a quien decoran con la corona de laurel, de cartulina, de la impecabilidad, los danzantes de la jeringa.
Te consume, mi pobre amigo, una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos y la morriña de la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo que quieres. Y ahora, ahora quieres ir al sepulcro del Caballero de la Locura y deshacerte allí en lágrimas, consumirte en fiebre, morir de sed de océanos, de hambre de universos, de morriña de eternidad.
Ponte en marcha, solo. Todos los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sagrado: el batallón de la santa e inacabable cruzada.
Tú no sabes bien, mi buen amigo, cómo los solitarios todos, sin conocerse, sin mirarse a las caras, sin saber los unos los nombres de los otros, caminan juntos y prestándose mutua ayuda. Los otros hablan unos de otros, se dan las manos, se felicitan mutuamente, se bombean y se denigran, murmuran entre sí y va cada cual por su lado. Y huyen del sepulcro.
Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oír lo que en él se cacarea? ¡No, amigo mío, no! Cuando pases junto a un cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.
Si quieres vivir de ellos, vive para ellos. Pero entonces, mi pobre amigo, te habrás muerto.
Me acuerdo de aquella dolorosa carta que me escribiste cuando estabas a punto de sucumbir, de derogar, de entrar en la cofradía. Vi entonces cómo te pesaba tu soledad, esa soledad que debe ser tu consuelo y tu fortaleza.
Llegaste a lo más terrible, a lo más desolador; llegaste al borde del precipicio de tu perdición: llegaste a dudar de tu soledad, llegaste a creerte en compañía. «¿No será —me decías— una mera cavilación, un fruto de soberbia, de petulancia, tal vez de locura esto de creerme solo? Porque yo, cuando me sereno, me veo acompañado y recibo cordiales apretones de manos, voces de aliento, palabras de simpatía, todo género de muestras de no encontrarme solo, ni mucho menos.» Y por aquí seguías. Y te vi engañado y perdido, te vi huyendo del sepulcro.
No, no te engañas en los accesos de tu fiebre, en las agonías de tu sed, en las congojas de tu hambre; estás solo, eternamente solo. No solo son mordiscos los mordiscos que como tales sientes; lo son también los que como besos. Te silban los que aplauden, te quieren detener en tu marcha al sepulcro los que gritan: ¡adelante! Tápate los oídos. Y ante todo cúrate de una afección terrible que, por mucho que te la sacudas, vuelve a ti con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte cómo aparezcas a los demás. Cuídate solo de cómo aparezcas ante Dios, cuídate de la idea que de ti Dios tenga.
Estás solo, mucho más solo de lo que te figuras, y aun así no estás sino en camino de la absoluta, de la completa, de la verdadera soledad. La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo. Y no estarás de veras completa y absolutamente solo hasta que no te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro. ¡Santa Soledad!
* * *
Todo esto dije a mi amigo y él me contestó en una larga carta, llena de un furioso desaliento, estas palabras: «Todo eso que me dices está muy bien, está bien, no está mal; pero ¿no te parece que en vez de ir a buscar el sepulcro de Don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques, debíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperar allí dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada?».
PRIMERA PARTE
Capítulo primero
Que trata de la condición y ejercicio del famoso
hidalgo Don Quijote de la Mancha
Nada sabemos del nacimiento de Don Quijote, nada de su infancia y juventud, ni de cómo se fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos. Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo, ni de cómo hubieran ido asentándosele en el espíritu las visiones de la asentada llanura manchega en que solía cazar; nada sabemos de la obra que hiciese en su alma la contemplación de los trigales salpicados de amapolas y clavellinas; nada sabemos de sus mocedades.
Se ha perdido toda memoria de su linaje, nacimiento, niñez y mocedad; no nos la ha conservado ni la tradición oral ni testimonio alguno escrito y, si alguno de estos hubo, hase perdido o yace en polvo secular. No sabemos si dio o no muestras de su ánimo denodado y heroico ya desde tierno infante, al modo de esos santos de nacimiento que ya desde mamoncillos no maman los viernes y días de ayuno, por mortificación y dar buen ejemplo.
Respecto a su linaje, declaró él mismo a Sancho, departiendo con este después de la conquista del yelmo de Mambrino, que si bien era «hijodalgo de solar conocido, de posesión y propiedad y de devengar quinientos sueldos» no descendía de reyes, aunque, no obstante ello, el sabio que escribiese su historia podría deslindar de tal modo su parentela y descendencia que le hallase ser quinto o sexto nieto de rey. Y de hecho no hay quien, a la larga, no descienda de reyes, y de reyes destronados. Mas él era de los linajes que son y no fueron. Su linaje empieza en él.
Es extraño, sin embargo, cómo los diligentes rebuscadores que se han dado con tanto ahínco a escudriñar la vida y milagros de nuestro Caballero no han llegado aún a pesquisar huellas de tal linaje, y más ahora en que tanto peso se atribuye en el destino de un hombre a eso de su herencia. Que Cervantes no lo hiciera no nos ha de sorprender, pues al fin creía que es cada cual hijo de sus obras y que se va haciendo según vive y obra; pero que no lo hagan estos inquiridores que para explicar el ingenio de un héroe husmean si fue su padre gotoso, catarroso o tuerto, me choca mucho, y solo me lo explico suponiendo que viven en la tan esparcida cuanto nefanda creencia de que Don Quijote no es sino ente ficticio y fantástico, como si fuera hacedero a humana fantasía el parir tan estupenda figura.
Aparécesenos el hidalgo cuando frisaba en los cincuenta años, en un lugar de La Mancha, pasándolo pobremente con una «olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos», lo cual todo consumía «las tres partes de su hacienda», acabando de concluirla «sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo y los días de entresemana […] vellorí de lo más fino». En un parco comer se le iban las tres partes de sus rentas, en un modesto vestir la otra cuarta. Era, pues, un hidalgo pobre, un hidalgo de gotera acaso, pero de los de lanza en astillero.
Era hidalgo pobre, mas a pesar de ello, hijo de bienes, porque como decía su contemporáneo el Dr. D. Juan Huarte en el capítulo XVI de su Examen de ingenios para las ciencias, «la ley de la Partida dice que hijodalgo quiere decir hijo de bienes; y si se entiende de bienes temporales, no tiene razón, porque hay infinitos hijosdalgo; pero si se quiere decir hijo de bienes que llamamos virtud, tiene la misma significación que dijimos». Y Alonso Quijano era hijo de bondad.
En esto de la pobreza de nuestro hidalgo estriba lo más de su vida, como de la pobreza de su pueblo brota el manantial de sus vicios y a la par de sus virtudes. La tierra que alimentaba a Don Quijote es una tierra pobre, tan desollada por seculares chaparrones que por dondequiera afloran a ras de ella sus entrañas berroqueñas. Basta ver cómo van por los inviernos sus ríos, apretados a largos trechos entre tajos, hoces y congostos y llevándose al mar en sus aguas fangosas el rico mantillo que habría de dar a la tierra su verdura. Y esta pobreza del suelo hizo a sus moradores andariegos, pues o tenían que ir a buscarse el pan a luengas tierras, o bien tenían que ir guiando a las ovejas de que vivían, de pasto en pasto. Nuestro hidalgo hubo de ver, año tras año, pasar a los pastores pastoreando sus merinas, sin hogar asentado, a la de Dios nos valga, y acaso viéndolos así soñó alguna vez con ver tierras nuevas y correr mundo.
Era pobre, «de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza». De lo cual se saca que era de temperamento colérico, en el que predominan calor y sequedad, y quien lea el ya citado Examen de ingenios que compuso el Dr. D. Juan Huarte, dedicándoselo a S. M. el rey don Felipe II, verá cuán bien cuadra a Don Quijote lo que de los temperamentos calientes y secos dice el ingenioso físico. De este mismo temperamento era también aquel caballero de Cristo, Íñigo de Loyola, de quien tendremos mucho que decir aquí y de quien el P. Pedro de Rivadeneira[7] en la vida que de él compuso, y en el capítulo V del libro V de ella nos dice que era muy cálido de complexión y muy colérico, aunque venció luego la cólera, quedándose «con el vigor y brío que ella suele dar, y que era menester para la ejecución de las cosas que trataba». Y es natural que Loyola fuese del mismo temperamento que Don Quijote, porque había de ser capitán de una milicia, y su arte, arte militar. Y hasta en los más pequeños pormenores se anunciaba lo que había de ser, pues al descubrirnos la estatura y disposición de su cuerpo en el capítulo XVIII del libro IV nos dice el citado padre, su historiador, que tenía la frente ancha y desarrugada y una calva de muy venerable aspecto. La que consuena con la cuarta señal que pone el Dr. Huarte para conocer al que tenga ingenio militar, y es tener la cabeza calva, y «está la razón muy clara», dice, añadiendo: «Porque esta diferencia de imaginativa reside en la parte delantera de la cabeza, como todas las demás, y el demasiado calor quema el cuero de la cabeza y cierra los caminos por donde han de pasar los cabellos; allende que la materia de que se engendra, dicen los médicos que son los excrementos que hace el cerebro al tiempo de su nutrición, y con el gran fuego que allí hay, todos se gastan y consumen y así falta materia de que poderse engendrar». De donde yo deduzco, aunque el puntualísimo historiador de Don Quijote no nos lo diga, que este era también de frente ancha, espaciosa y desarrugada, y además calvo.
Era Don Quijote amigo de la caza, en cuyo ejercicio se aprenden astucias y engaños de guerra, y así es como tras las liebres y perdices corrió y recorrió los aledaños de su lugar, y debió de recorrerlos solitario y escotero bajo la tersura sin mancha de su cielo manchego.
Era pobre y ocioso; ocioso estaba los más ratos del año. Y nada hay en el mundo más ingenioso que la pobreza en la ociosidad. La pobreza le hacía amar la vida, apartándole de todo hartazgo y nutriéndole de esperanzas, y la ociosidad debió de hacerle pensar en la vida inacabable, en la vida perpetuadora. ¡Cuántas veces no soñó en sus mañaneras cacerías con que su nombre se desparramara en redondo por aquellas abiertas llanuras y rodeara ciñendo a los hogares todos y resonase en la anchura de la tierra y de los siglos! De sueños de ambición apacentó su ociosidad y su pobreza, y, despegado del regalo de la vida, anheló inmortalidad no acabadera.
En aquellos cuarenta y tantos años de su oscura vida, pues frisaba esta en los cincuenta cuando entró en obra de inmortalidad nuestro hidalgo, en aquellos cuarenta y tantos años, ¿qué había hecho fuera de cazar y administrar su hacienda? En las largas horas de su lenta vida, ¿de qué contemplaciones nutrió su alma? Porque era un contemplativo, ya que solo los contemplativos se aprestan a una obra como la suya.
Adviértase que no se dio al mundo y a su obra redentora hasta frisar en los cincuenta, en bien sazonada madurez de vida. No floreció, pues, su locura hasta que su cordura y su bondad hubieron sazonado bien. No fue un muchacho que se lanzara a tontas y a locas a una carrera mal conocida, sino un hombre sesudo y cuerdo que enloquece de pura madurez de espíritu.
La ociosidad y un amor desgraciado de que hablaré más adelante le llevaron a darse a leer libros de caballerías «con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda» y hasta «vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías», pues no solo de pan vive el hombre. Y apacentó su corazón con las hazañas y proezas de aquellos esforzados caballeros que, desprendidos de la vida que pasa, aspiraron a la gloria que queda. El deseo de la gloria fue su resorte de acción.
«Y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio.» En cuanto a lo de secársele el cerebro, el Dr. Huarte, de quien dije, nos dice en el capítulo I de su obra que el entendimiento pide «que el cerebro sea seco y compuesto de partes sutiles y muy delicadas» y, por lo que hace a la pérdida del juicio, nos habla de Demócrito Abderita, «el cual vino a tanta pujanza de entendimiento, allá en la vejez, que se le perdió la imaginativa, por la cual razón comenzó a hacer y decir dichos y sentencias tan fuera de término que toda la ciudad de Abdera le tuvo por loco», mas al ir a verle y curarle Hipócrates se encontró con que era «el hombre más sabio que había en el mundo», y los locos y desatinados los que le hicieron ir a curarle. Y fue la ventura de Demócrito —agrega el Dr. Huarte— que todo cuanto razonó con Hipócrates «en aquel breve tiempo fueron discursos de entendimiento, y no de la imaginativa, donde tenía la lesión». Y así se ve también en la vida de Don Quijote que, en oyéndole discursos de entendimiento, teníanle todos por hombre discretísimo y muy cuerdo, mas en llegando a los de imaginativa, donde tenía la lesión, admirábanse todos de su locura, locura verdaderamente admirable.
«Vino a perder el juicio.» Por nuestro bien lo perdió para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual. Con juicio, ¿hubiera sido tan heroico? Hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio: el de su juicio. Llenósele la fantasía de hermosos desatinos, y creyó ser verdad lo que es solo hermosura. Y lo creyó con fe tan viva, con fe engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo hízolo verdad. «En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos cobrase eterno nombre y fama.» En esto de cobrar eterno nombre y fama estribaba lo más de su negocio; en ello el aumento de su honra primero y el servicio de su república después. Y su honra, ¿qué era? ¿Qué era eso de la honra de que andaba entonces tan llena nuestra España? ¿Qué es sino un ensancharse en espacio y prolongarse en tiempo de personalidad? ¿Qué es sino darnos a la tradición para vivir en ella y así no morir del todo? Podrá ello parecer egoísta, y más noble y puro buscar el servicio de la república primero, si no únicamente, por lo de buscad el reino de Dios y su justicia, buscarlo por amor al bien mismo, pero ni los cuerpos pueden menos de caer a la tierra, pues tal es su ley, ni las almas menos de obrar por ley de gravitación espiritual, por ley de amor propio y deseo de honra. Dicen los físicos que la ley de la caída es ley de atracción mutua, atrayéndose una a otra la piedra que cae sobre la tierra y la tierra que sobre aquella cae, en razón inversa a su masa, y así entre Dios y el hombre es también mutua la atracción. Y si Él nos tira a Sí con infinito tirón, también nosotros tiramos de Él. Su cielo padece fuerza. Y es Él para nosotros, ante todo y sobre todo, el eterno productor de inmortalidad.
El pobre e ingenioso hidalgo no buscó provecho pasajero ni regalo de cuerpo, sino eterno nombre y fama, poniendo así su nombre sobre sí mismo. Sometiose a su propia idea, al Don Quijote eterno, a la memoria que de él quedase. «Quien pierda su alma la ganará», dijo Jesús; es decir, ganará su alma perdida y no otra cosa. Perdió Alonso Quijano el juicio, para ganarlo en Don Quijote: un juicio glorificado.
«Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda […] y se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba.» No fue un contemplativo tan solo, sino que pasó del soñar a poner por obra lo soñado. «Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos», pues salía a luchar a un mundo para él desconocido, con armas heredadas que «luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón». Mas antes limpió las armas
que el orín de la paz gastado había
CAMOENS, Os Lusiadas, VI, 22
y se arregló una celada de encaje con cartones, y todo lo demás que sabéis de cómo lo probó sin querer repetir la probatura, en lo que mostró lo cuerda que su locura era. «Fue luego a ver a su rocín» y engrandeciolo con los ojos de la fe y le puso nombre. Y luego se lo puso a sí mismo, nombre nuevo, que convenía a su renovación interior, y se llamó Don Quijote y con este nombre ha cobrado eternidad de fama. E hizo bien en mudar de nombre, pues con el nuevo llegó a ser de veras hidalgo, si nos atenemos a la doctrina del dicho Dr. Huarte, que en la ya citada obra nos dice así: «El español que inventó este nombre, hijodalgo, dio bien a entender […] que tienen los hombres dos géneros de nacimiento. El uno es natural, en el cual todos son iguales, y el otro, espiritual. Cuando el hombre hace algún hecho heroico o alguna extraña virtud y hazaña, entonces nace de nuevo y cobra otros mejores padres, y pierde el ser que antes tenía. Ayer se llamaba hijo de Pedro y nieto de Sancho; ahora se llama hijo de sus obras. De donde tuvo origen el refrán castellano que dice: cada uno es hijo de sus obras, y porque las buenas y virtuosas llama la Divina Escritura algo, y los vicios y pecados nada, compuso este nombre, hijodalgo, que quiere decir ahora descendiente del que hizo alguna extraña virtud…». Y así Don Quijote, descendiente de sí mismo, nació en espíritu al decidirse a salir en busca de aventuras, y se puso nuevo nombre a cuenta de las hazañas que pensaba llevar a cabo.
Y después de esto buscó dama de quien enamorarse. Y en la imagen de Aldonza Lorenzo, «moza labradora de muy buen parecer de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende ella jamás lo supo ni se dio cata de ello», encarnó la Gloria y la llamó Dulcinea del Toboso.
Capítulo II
Que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso Don Quijote
«Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana antes del día […] se armó de todas sus armas, subió sobre su Rocinante […] y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.» Así, solo, sin ser visto, por puerta falsa de corral, como quien va a hacer algo vedado, se echó al mundo. ¡Singular ejemplo de humildad! El caso es que por cualquier puerta se sale al mundo, y cuando uno se apresta a una hazaña no debe pararse en por qué puerta ha de salir.
Mas pronto cayó en la cuenta de que no era armado caballero, y él, sumiso a la tradición siempre, «propuso de hacerse armar caballero del primero que topase». Porque no iba al mundo a derogar ley alguna, sino a hacer que se cumplieran las de la caballerosidad y la justicia.
¿No os recuerda esta salida la de aquel otro caballero, de la Milicia de Cristo, Íñigo de Loyola, que después de haber procurado en sus mocedades «de aventajarse sobre todos sus iguales y de alcanzar fama de hombre valeroso, y honra y gloria militar», y aun en los comienzos de su conversión, cuando se disponía a ir a Italia, siendo «muy atormentado de la tentación de la vanagloria», y habiendo sido, antes de convertirse, «muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías», cuando después de herido en Pamplona leyó la vida de Cristo, y las de los santos, comenzó a «trocársele el corazón y a querer imitar y obrar lo que leía»? Y así, una mañana, sin hacer caso de los consejos de sus hermanos, «púsose en camino acompañado de dos criados» y emprendió su vida de aventuras en Cristo, poniendo en un principio «todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas […] y esto no por otra razón sino porque los santos que él había tomado por su dechado y ejemplo habían echado por este camino». Así nos lo cuenta el P. Pedro de Rivadeneira en los capítulos I, III y X del libro I de su Vida del bienaventurado padre Ignacio de Loyola, obra que apareció en romance castellano el año 1583, y era una de las que figuraban en la librería de Don Quijote, que la leyó, y una de las que en el escrutinio que de la tal librería hicieron el cura y el barbero fue indebidamente al fuego del corral, por no haber ellos reparado en ella, que a haberla descubierto habríala el cura respetado y puesto sobre su cabeza. Y de que no reparó en ella es buena prueba el que Cervantes no la cita.
Resuelto Don Quijote a hacerse armar caballero del primero que topase, «se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras». Y creyendo muy bien al creer así. Su heroico espíritu igual habría de ejercerse en una que otra aventura; en la que Dios tuviese a bien depararle. Como Cristo Jesús, de quien fue siempre Don Quijote un fiel discípulo, estaba a lo que la ventura de los caminos le trajese. El divino Maestro, yendo a despertar de su mortal sueño a la hija de Jairo, se detuvo con la mujer de la hemorragia. Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud.
Se deja llevar de su caballo el Caballero, al azar de los senderos de la vida. ¿Qué menos daba esto si era siempre la misma y siempre fija su alma heroica? Salía al mundo a enderezar los entuertos que al encuentro le salieran, mas sin plan previo, sin programa alguno reformatorio. No salía a él a aplicar ordenamientos de antemano trazados, sino a vivir conforme a como los caballeros andantes habían vivido; su dechado eran vidas creadas y narradas por el arte, no sistemas armados y explicados por ciencia alguna. A lo que conviene añadir, además, que por entonces no había aún esta cosa que llamamos ahora sociología, por llamarla de algún modo.
Y conviene veamos también en esto de dejarse llevar del caballo uno de los actos de más profunda humildad y obediencia a los designios de Dios. No escojía, como soberbio, las aventuras, ni iba a hacer esto o lo otro, sino lo que el azar de los caminos le deparase y, como el instinto de las bestias depende de la voluntad divina más directamente que nuestro libre albedrío, de su caballo se dejaba guiar. También Íñigo de Loyola, en famosa aventura, de que hablaremos, se dejó guiar de la inspiración de su cabalgadura.
Esto de la obediencia de Don Quijote a los designios de Dios es una de las cosas que más debemos observar y admirar en su vida. Su obediencia fue de la perfecta, de la que es ciega, pues jamás se le ocurrió pararse a pensar si era o no acomodada a él la aventura que se le presentase; se dejó llevar, como según Loyola debe dejarse llevar el perfecto obediente, como un báculo en mano de un viejo, o «como un pequeño crucifijo que se deja volver de una parte a otra sin dificultad alguna».
«Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo: ¿quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos…», y todo lo demás que, según nos cuenta Cervantes, iba diciéndose Don Quijote. Cuya locura tira siempre a su centro, a buscar eterno nombre y fama, a que se escriba su historia en los venideros tiempos. Fue el fondo de pecado, es decir, la raíz hondamente humana, de su generosa empresa, la de buscar nombre y fama en ella, la de emprenderla por la gloria. Pero ese mismo fondo de pecado la hizo, ¡es natural!, entrañadamente humana. Toda la vida heroica o santa corrió siempre en pos de la gloria, temporal o eterna, terrena o celestial. No creáis a quienes os digan que buscan el bien por el bien mismo, sin esperanza de recompensa; de ser ello verdad, serían sus almas como cuerpos sin peso, puramente aparenciales. Para conservar y acrecentar la especie humana se nos dio el instinto y sentimiento del amor entre mujer y hombre; para enriquecerla con grandes obras se nos dio la ambición de gloria. Lo sobrehumano de la perfección toca en lo inhumano, y en ello se hunde.
Y entre los disparates que en este acto de su primera salida iba nuestro caballero ensartando, fue de lo primero acordarse de la princesa Dulcinea, de la Gloria, que le hizo el agravio de despedirle y reprocharle con el riguroso afincamiento de mandarle no parecer ante la su fermosura. La gloria es conquistadera, mas con harto trabajo, y el buen hidalgo, impaciente como novicio, se desesperaba de haber caminado todo aquel día «sin acontecerle cosa que de contar fuese». No te desespere eso, buen caballero: lo heroico es abrirse a la gracia de los sucesos que nos sobrevengan, sin pretender forzarlos a venir.
Mas al caer de este primer día de su carrera de gloria «vio, no lejos del camino por donde iba, una venta», llegando a ella «a tiempo que anochecía». Y las primeras personas con que topó en el mundo fueron «dos mujeres mozas, destas que llaman del partido»; el encuentro con dos pobres rameras fue su primer encuentro en su ministerio heroico. Mas a él le parecieron «dos hermosas doncellas o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo (pues por tal tuvo a la venta) se estaban solazando». ¡Oh poder redentor de la locura! A los ojos del héroe las mozas del partido aparecieron como hermosas doncellas; su castidad se proyecta a ellas y las castiga y depura. La limpieza de Dulcinea las cubre y limpia a los ojos de Don Quijote.
Y en esto un porquero tocó un cuerno para recojer sus puercos, y lo tomó Don Quijote por señal de algún enano, y se llegó a la venta y a las trasfiguradas mozas. Llenas estas de miedo —¿y qué sino miedo ha de criar en ellas su desventurado oficio?— se iban a entrar en la venta, cuando el Caballero, alzada la visera de papelón y, descubierto el seco y polvoroso rostro, les habló «con gentil talante y voz reposada» llamándolas doncellas. ¡Doncellas! ¡Santa limosna de la palabra! Pero ellas, al oírse llamar «cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que Don Quijote vino a correrse».
He aquí la primera aventura del hidalgo, cuando responde la risa a su cándida inocencia, cuando, al verter sobre el mundo su corazón la pureza de que estaba henchido, recibe de rechazo la risa, matadora de todo generoso anhelo. Y ved que las desgraciadas se ríen precisamente del mayor honor que pudiera hacérseles. Y él, corrido, les reprendió su sandez, y arreciaron a reír ellas, y él a enojarse, y salió el ventero, «hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico», y le ofreció posada. Y ante la humildad del ventero humillose Don Quijote y se apeó. Y las mozas, reconciliadas con él, pusiéronse a desarmarle. Dos mozas del partido hechas por Don Quijote doncellas, ¡oh poder de su locura redentora!, fueron las primeras en servirle con desinteresado cariño.
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido.
Recordad a María de Magdalena lavando y ungiendo los pies del Señor y enjugándoselos con su cabellera acariciada tantas veces en el pecado; a aquella gloriosa Magdalena de que tan devota era Teresa de Jesús, según ella misma nos lo cuenta en el capítulo IX de su Vida, y a la que se encomendaba para que le alcanzase perdón.
El Caballero manifestó sus deseos de cumplir hazañas en servicio de aquellas pobres mozas, que aún aguardan el Don Quijote que enderece su entuerto. «Pero tiempo vendrá —les dijo— en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca.» Y las mozas, «que no estaban hechas a oír semejantes retóricas», y sí soeces groserías, «no respondían palabra; solo le preguntaron si quería comer alguna cosa». Cesó la risa; sintiéronse mujeres las adoncelladas mozas del partido, y le preguntaron si quería comer. «Si quería comer…» Hay todo un misterio de la más sencilla ternura en este rasgo que Cervantes nos ha transmitido. Las pobres mozas comprendieron al Caballero calando hasta el fondo su niñez de espíritu, su inocencia heroica, y le preguntaron si quería comer. Fueron dos pobres pecadoras de por fuerza las primeras que se cuidaron de mantener la vida del heroico loco. Las adoncelladas mozas, al ver a tan extraño Caballero, debieron de sentirse conmovidas en lo más hondo de sus injuriadas entrañas, en sus entrañas de maternidad, y al sentirse madres, viendo en Don Quijote al niño, como las madres a sus hijos le preguntaron maternalmente si quería comer. Toda caridad de mujer, todo beneficio, toda limosna que rinde, lo hace por sentirse madre. Con alma de madres, preguntaron las mozas del partido a Don Quijote si quería comer. Ved, pues, si las adoncelló con su locura, pues que toda mujer, cuando se siente madre, se adoncella.
Si quería comer… «A lo que entiendo me haría mucho al caso —respondió Don Quijote—, […] que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.» Y comió, y al oír, mientras comía, el silbato de cañas de un castrador de puercos, acabose de confirmar «que estaba en algún famoso castillo y que le servían con su música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal y las rameras, damas, y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida». Con razón se dijo que nada hay imposible para el creyente, ni nada como la fe sazona y ablanda el pan más áspero y duro. «Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la orden de caballería.» Y decidió hacerlo.
Capítulo III
Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo
Don Quijote en armarse caballero
Va Alonso Quijano a recibir su caballeresco bautismo como Don Quijote. Y así, ahincó ambos hinojos ante el ventero pidiéndole un don, que le fue otorgado, cual fue el de que le armara caballero, y prometiendo velar aquella noche las armas en la capilla del castillo. Y el ventero, «por tener qué reír aquella noche, determinó de seguirle el humor», por donde se ve que era uno de estos que toman al mundo en espectáculo, cosa natural en quien estaba hecho a tanto trajín y trasiego de yentes y vinientes. ¿Cómo no tomar en espectáculo el mundo que vive en el de una posada en donde nadie posa de veras? El tener que separarse de uno apenas conocido y tratado nos lleva a buscar que reír.
Era el ventero un hombre que había corrido mundo sembrando fechorías y cosechando prudencia. Y tan claveteada esta que al responder Don Quijote a una pregunta suya «que no traía blanca porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído», le dijo se engañaba, «que puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse, como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron; y así tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes […] llevaban bien herradas las bolsas por lo que pudiese sucederles». A lo cual prometió «Don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba», pues era un loco muy razonable y ante la intimación de los dineros no hay locura que no se quiebre.
Pero ¿no vive el sacerdote del altar?, se dirá. Y ¿no es bien que de sus hazañas viva el hazañoso? ¡Dineros y camisas limpias! ¡Impurezas de la realidad! Impurezas de la realidad, sí, pero a las que tienen que acomodarse los héroes. También Íñigo de Loyola se esforzaba por vivir en verdadero caballero andante a lo divino, tornando, apenas salía de enfermedades, a sus acostumbradas asperezas de vida, «pero al fin la larga experiencia y un grave dolor de estómago que a menudo le saltaba —nos cuenta su historiador, lib. I, cap. IX— y la aspereza del tiempo, que era en medio del invierno, le ablandaron un poco para que obedeciese a los consejos de sus devotos y amigos; los cuales le hicieron tomar dos ropillas cortas, de un paño grosero y pardillo, para abrigar su cuerpo y del mismo paño una media caperuza para cubrir la cabeza».
Púsose luego Don Quijote a velar las armas en el patio de la venta, a la luz de la luna y espiado por los curiosos. Y entró un arriero a dar agua a su recua y quitó las armas que estaban sobre la pila, pues cuando hay que dar de beber a nuestra hacienda arrancamos cuanto nos estorbe llegar al manantial. Mas recibió su pago en un fuerte astazo de lanza que le derribó aturdido. Y a otro, que iba a lo mismo, acaeciole igual. Y a poco empezaron los demás arrieros a apedrear al Caballero, y él a dar voces llamándoles «soez y baja canalla» y los llamó «con tanto brío y denuedo» que logró atemorizarlos. Poned, pues, alma en vuestras voces, llamad con denuedo y brío canalla a los arrieros que arrancan de su reposadero las armas del ideal para poder abrevar sus recuas, y conseguiréis atemorizarlos.
El ventero, temeroso de otros males, abrevió la ceremonia, llevó un libro «donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas», hizo ponerse de rodillas a Don Quijote y leyendo una devota oración le dio un golpe y el espaldarazo. El libro en que asentaba la paja y cebada sirvió de evangelio ritual, y cuando el Evangelio se convierte en puro rito es lo mismo. Una de las mozas, la Tolosa, toledana, le ciñó la espada deseándole venturas en lides y él le rogó se pusiese «don» y se llamase doña Tolosa, y la otra moza, la Molinera, antequerana, le calzó la espuela «y le pasó casi el mismo coloquio» con ella. Y luego se salió sin que le pidieran la costa.
Ya le tenemos armado caballero por un bellaco que, harto de hurtar la vida a salto de mata, la asegura desvalijando a mansalva a los viandantes, y por dos rameras adoncelladas. Tales le entraron en el mundo de la inmortalidad, en que habían de reprenderle canónigos y graves eclesiásticos. Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas. Fue el primer entuerto del mundo enderezado por nuestro Caballero, y, como todos los demás que enderezó, torcido queda. ¡Pobres mujeres que sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acojer al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.
Y aquella vela de armas, ¿no os recuerda la del caballero andante de Cristo, la de Íñigo de Loyola? También Íñigo, la víspera de la Navidad de 1522, veló sus armas ante el altar de Nuestra Señora de Monserrate. Oigámoslo al P. Rivadeneira (lib. I, cap. IV): «Como hubiese leído en sus libros de caballerías que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él, como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y al parecer pobres y flacas armas, mas en hecho de verdad muy ricas y fuertes, que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie, parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de Nuestra Señora, encomendándose de todo corazón a ella, llorando amargamente sus pecados y proponiendo la enmienda de la vida para en adelante».
Capítulo IV
De lo que sucedió a nuestro caballero
cuando salió de la venta
Salió de la venta Don Quijote y, acordándose de los consejos del sesudo ventero, determinó volverse a casa a proveerse de lo necesario y a tomar escudero. No era un necio que fuese a tiro hecho, sino un loco que admitía las lecciones de la realidad.
Y al volver a casa, «a acomodarse de todo», oyó voces salientes de la espesura de un bosque, y se entró por él y vio a un labrador que azotaba a un muchacho «desnudo de medio cuerpo arriba», reprendiéndole a cada golpe. Y al ver un castigo se sublevó el espíritu de justicia del Caballero e increpó al labrador que se tomaba con quien no podía defenderse, e invitole a luchar con él, por ser de cobardes lo que hacía. «Es un mi criado», respondió con buenas palabras el castigador, contando después cómo le perdía ovejas de la manada, y que al castigarle decía el criado lo hacía su amo por miserable, en lo que mentía, según el amo. «¿Miente delante de mí, ruin villano? —dijo Don Quijote—; por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza; pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. ¡Desatadlo luego!»
¿Mentir? ¿Mentir delante de Don Quijote? Ante él solo miente quien reprocha de mentira a otro, siempre que el reprochador sea el más fuerte. En el bajo y triste mundo no les queda de ordinario a los débiles otra defensa que la mentira contra la fortaleza de los fuertes, y así estos, los leones, han declarado nobles sus armas, las recias quijadas y las robustas garras y viles el veneno de la víbora, las patas veloces de la liebre, la astucia del zorro y la tinta del calamar, y vilísima la mentira, arma de quien no tiene otra a que acojerse. Pero ¿mentir ante Don Quijote, o, mejor dicho, mentir a solas con quien sabe la verdad? Quien miente es el fuerte, que, teniendo atado y azotando al débil, le echa en cara su mentira. ¿Miente? ¿Y por qué él, Juan Haldudo el rico, al ser cojido en flagrante delito, va a aumentarlo ejerciendo de acusador, de diablo? Todo amo que se toma la justicia por su mano tiene que hacer de diablo para poder tomársela e inventar imputaciones. Siempre el fuerte busca razones con que cohonestar sus violencias, cuando en rigor basta la violencia, que es razón de sí misma, y sobran las razones. Es preferible un pisotón a secas, cuando nos lo dan adrede, que no con un «usted dispense» de añadidura.
Bajó el rico labrador la cabeza —¿y qué iba a hacer ante la verdad que, armada de lanzón, le hablaba amenazadora?—, bajó la cabeza sin responder, desató al criado y ofreció, so pena de muerte, pagarle sesenta y tres reales cuando llegaran a casa, pues no tenía allí dinero. Resistiose el mozo a ir, por miedo a nueva paliza, mas Don Quijote replicó: «No hará tal, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto, y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga». Protestó el criado, diciendo no ser caballero su amo, sino Juan Haldudo el rico, vecino del Quintanar, a lo que respondió Don Quijote que puede haber Haldudos caballeros «y cada uno es hijo de sus obras». Lo de haberle tomado por caballero Don Quijote vino de que vio «tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua»; y ¿quiénes sino los caballeros usan lanza, ni cómo sino por ella va a conocérseles?
Notemos aquel «no hará tal, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto», sentencia probadora de la honda fe del caballero en sí mismo, fe en que se ensalzaba, pues, no teniendo aún obras, creíase hijo de las que pensaba acometer y por las que cobraría eter
