Índice
Cubierta
PRÓLOGO
I ESPEJISMOS
II EL BOLSO DE VIAJE
III LA POSADA “EL CHORRO DE LA BALLENA”
IV EL CUBRECAMA
V DESAYUNO
VI LA CALLE
VII LA CAPILLA
VIII EL PÚLPITO
IX EL SERMÓN
X UN AMIGO DEL ALMA
XI EL CAMISÓN
XII BIOGRAFÍA
XIII LA CARRETILLA
XIV NANTUCKET
XV CAZUELA
XVI LA NAVE
XVII EL RAMADÁN
XVIII SU MARCA
XIX EL PROFETA
XX EN PLENA ACCIÓN
XXI A BORDO
XXII FELIZ NAVIDAD
XXIII LA COSTA A SOTAVENTO
XXIV EL ABOGADO
XXV POSDATA
XXVI CABALLEROS Y ESCUDEROS
XXVII CABALLEROS Y ESCUDEROS
XXVIII AHAB
XXIX ENTRA AHAB, DESPUÉS STUBB
XXX LA PIPA
XXXI LA REINA MAB
XXXII CETOLOGÍA
XXXIII EL SPECKSYNDER
XXXIV LA MESA DE LA CABINA
XXXV LA COFA
XXXVI EL ALCÁZAR
XXXVII CREPÚSCULO
XXXVIII OCASO
XXXIX LA PRIMERA GUARDIA NOCTURNA COFA DE TRINQUETE
XL MEDIANOCHE, CASTILLO DE PROA ARPONEROS Y MARINEROS
XLI MOBY DICK
XLII LA BLANCURA DE LA BALLENA
XLIII ¡ESCUCHA!
XLIV EL MAPA
XLV EL TESTIMONIO
XLVI CONJETURAS
XLVII EL TEJEDOR DE ESTERAS
XLVIII EL PRIMER DESCENSO
XLIX LA HIENA
L EL BOTE Y LOS HOMBRES DE AHAB. FEDALLAH
LI EL CHORRO FANTASMA
LII EL ALBATROS
LIII EL GAM
LIV HISTORIA DEL TOWN-HO
LV SOBRE LAS MONSTRUOSAS IMÁGENES DE LAS BALLENAS
LVI DE LOS RETRATOS DE BALLENAS MENOS ERRÓNEOS Y LAS IMÁGENES VERDADERAS DE LAS ESCENAS DE CAZA
LVII DE LAS BALLENAS PINTADAS: EN DIENTES; EN MADERA; EN PLANCHAS DE HIERRO; EN MONTAÑAS; EN ESTRELL
LVIII BRIT
LIX EL CALAMAR
LX LA LÍNEA
LXI STUBB MATA A UNA BALLENA
LXII EL ARPÓN
LXIII LA HORQUETA
LXIV LA CENA DE STUBB
LXV LA BALLENA COMO PLATO
LXVI LA MATANZA DE LOS TIBURONES
LXVII EL DESCUARTIZAMIENTO
LXVIII LA MANTA
LXIX EL FUNERAL
LXX LA ESFINGE
LXXI LA HISTORIA DEL JEROBOAM
LXXII LA CUERDA DEL MONO
LXXIII STUBB Y FLASK MATAN UNA BALLENA Y DESPUÉS CONVERSAN SOBRE ELLA
LXXIV LA CABEZA DEL CACHALOTE; ESTUDIO COMPARATIVO
LXXV LA CABEZA DE LA BALLENA DE GROENLANDIA; ESTUDIO COMPARATIVO
LXXVI EL ARIETE
LXXVII EL GRAN TONEL DE HEIDELBERG
LXXVIII CISTERNA Y BALDES
LXXIX LA PRADERA
LXXX LA NUEZ
LXXXI EL PEQUOD ENCUENTRA AL VIRGEN
LXXXII EL HONOR Y LA GLORIA DE LA CAZA DE BALLENAS
LXXXIII JONÁS CONSIDERADO HISTÓRICAMENTE
LXXXIV LA VOLTERETA
LXXXV LA FUENTE
LXXXVI LA COLA
LXXXVII LA GRAN ARMADA
LXXXVIII ESCUELAS Y MAESTROS
LXXXIX PEZ AMARRADO Y PEZ SUELTO
XC CABEZAS O COLAS
XCI EL PEQUOD ENCUENTRA AL PIMPOLLO
XCII EL ÁMBAR GRIS
XCIII EL NÁUFRAGO
XCIV UN APRETÓN DE MANOS
XCV LA SOTANA
XCVI LAS REFINERÍAS
XCVII LA LÁMPARA
XCVIII ESTIBA Y LIMPIEZA
XCIX EL DOBLÓN
C PIERNA Y BRAZO
CI EL BOTELLÓN
CII UNA GLORIETA ENTRE LAS ARSÁCIDES
CIII MEDIDA DEL ESQUELETO DE LA BALLENA
CIV LA BALLENA FÓSIL
CV ¿LA BALLENA DISMINUYE DE TAMAÑO? ¿SE EXTINGUIRÁ?
CVI LA PIERNA DE AHAB
CVII EL CARPINTERO
CVIII AHAB Y EL CARPINTERO
CIX AHAB Y STARBUCK EN LA CABINA
CX QUEEQUEG EN SU ATAÚD
CXI EL PACÍFICO
CXII EL HERRERO
CXIII LA FRAGUA
CXIV EL DORADOR
CXV EL PEQUOD ENCUENTRA AL SOLTERO
CXVI LA BALLENA MORIBUNDA
CXVII LA GUARDIA
CXVIII EL CUADRANTE
CXIX LOS CIRIOS
CXX LA CUBIERTA HACIA EL FIN DE LA PRIMERA GUARDIA NOCTURNA
CXXI MEDIANOCHE. LAS AMURADAS DEL CASTILLO DE PROA
CXXII MEDIANOCHE; ARRIBA, TRUENOS Y RELÁMPAGOS
CXXIII EL MOSQUETE
CXXIV LA AGUJA
CXXV LA CORREDERA Y LA LÍNEA
CXXVI EL SALVAVIDAS
CXXVII LA CUBIERTA
CXXVIII EL PEQUOD ENCUENTRA AL RACHEL
CXXIX LA CABINA
CXXX EL SOMBRERO
CXXXI EL PEQUOD ENCUENTRA AL DELICIA
CXXXII LA SINFONÍA
CXXXIII LA CAZA. PRIMER DÍA
CXXXIV LA CAZA. SEGUNDO DÍA
CXXXV LA CAZA. TERCER DÍA
EPÍLOGO
ETIMOLOGÍA
EXTRACTOS
NOTAS
CRÉDITOS
Acerca de Random House Mondadori ARGENTINA
PRÓLOGO
I
A
l filo de 1800, ya consolidada la independencia de la nueva república, los escritores y pensadores norteamericanos afrontaron —a veces con incertidumbre y vacilación— la tarea casi insólita de crear una literatura nacional. En respuesta a esta urgente necesidad de consolidación cultural, se ensayaron muy diversas interpretaciones, sugeridas sea por las circunstancias históricas mismas que habían engendrado la emancipación o por las tradiciones políticas y religiosas que se habían heredado de la época colonial: algunos autores postulaban una actitud pragmática, inspirada en el racionalismo del siglo XVIII, y consecuentemente sugerían el abandono de la actividad artística como labor autónoma pues la juzgaban demasiado gratuita y ajena al enfoque práctico y utilitario que había guiado a los constructores de la nacionalidad; otros, de conformidad con las ideas puritanas, expresaban su desconfianza con respecto a la literatura, tarea demasiado concentrada en la ficción y en el deleite sensible para que respondiera a los esquemas del pietismo más estricto; un tercer grupo, de orientación nacionalista, sostenía que el mero hecho de que hubiera escritores ya entrañaba por sí solo la existencia de una literatura propia que no tenía razón alguna para ir a la zaga de la producción poética europea; por último, en virtud de la lengua utilizada, un cuarto sector pensaba que las letras norteamericanas no podían ser otra cosa que un apéndice trasatlántico de la literatura inglesa. Confeccionadas siempre sobre la marcha y a menudo con ánimo polémico, hipótesis tan variadas podían contener en cada caso su parte de verdad, pero resultaban insatisfactorias en la medida en que carecían de una adecuada perspectiva y se mostraban incapaces de reconciliarse entre sí. En definitiva, ninguno de estos vaticinios habría de resultar tan profético como la observación apuntada por un inmigrante francés radicado en Nueva Jersey cuyo nombre era St. Jean de Crèvecoeur, quien señaló en fecha muy temprana que “el norteamericano es un hombre nuevo y, por consiguiente, obrará de acuerdo con nuevos principios y deberá crear nuevas ideas y elaborar nuevas doctrinas”. Las condiciones geográficas, los factores históricos, el ensayo de un sistema político democrático, la posibilidad de una rápida expansión a través de territorios casi inexplorados determinarían, con el transcurso del tiempo, que los autores norteamericanos fueran adquiriendo una visión propia de la realidad y que la expusieran mediante formas y recursos originales.
Por supuesto, este fenómeno no tuvo una expresión inmediata, sino que se desarrolló de manera gradual y progresiva. No en vano, Emerson todavía parecía justificado al declarar que “toda la literatura aún aguarda ser escrita”, que “la poesía apenas si ha entonado su primer canto”. Sin embargo, lo que en Crèvecoeur sólo era un anuncio se convirtió en Emerson en un verdadero programa, expuesto desde sus ensayos iniciales y sintetizado en la célebre conferencia sobre la tarea del intelectual americano que dictó en Harvard el 31 de agosto de 1837, Esta disertación puede considerarse el plan concreto de un proyecto que ya se hallaba en vías de realización; y en la actividad del período es posible desentrañar síntomas indudables que declaran el advenimiento efectivo de una toma de conciencia, volcada en una vasta exploración reflexiva y creadora. Precedida por los esfuerzos más bien insulares que Irving, Cooper y Poe llevaron a cabo en la primera mitad del siglo, hace su ingreso la generación de escritores que alcanzaría su plenitud hacia 1850: Emerson, Thoreau, Melville, Hawthorne y Whitman. A partir de un común ascendiente romántico, este grupo se dispersa en variadas direcciones: Emerson incorpora elementos del neoplatonismo y de las doctrinas filosóficas y religiosas orientales; Thoreau, a la vez que asimila estos mismos ingredientes, se convierte en heredero del individualismo libertario; Whitman busca una forma poética que responda a su visión cósmica y casi panteísta; Hawthorne y Melville tratan de adaptar los procedimientos de la narrativa a las exigencias impuestas por la vida norteamericana. Por cierto, los recursos empleados dejan una impresión de honda disparidad, pero los resultados ponen de manifiesto un significativo parentesco: todos por igual consideran que los Estados Unidos han proporcionado al mundo moderno una experiencia enteramente nueva, como crisol que logra amalgamar materiales divergentes en una suerte de organismo unitario, cuya cohesión debe buscarse en ciertas nociones elementales que permiten construir un sistema propio a partir del ejemplo moral proporcionado por doctrinas ancestrales. En suma, la obra de estos autores expone, en forma directa o indirecta, una sostenida reflexión sobre la naturaleza y destino de la sociedad norteamericana. El balance de esta búsqueda, empero, pone al descubierto un íntimo conflicto que divide las opiniones: Emerson, Thoreau y Whitman exhiben una fe profunda en las posibilidades de realización que ofrece el individualismo romántico y tienden hacia una concepción afín, que puede juzgarse optimista en la medida en que ve al futuro como una dimensión absolutamente constructiva; en cambio, en Hawthorne y Melville se advierte lo que el crítico David Bowers denominó una “trágica irresolución”, quizás engendrada por el enjuiciamiento de ciertos factores culturales —especialmente, el trasfondo puritano— que estos escritores percibían de manera casi visceral como un peso que perturbaría cualquier intento de apertura.
Es curioso observar que esta óptica más bien desgarrada y conflictiva se da en dos narradores. Por cierto, sería muy difícil establecer la dirección del proceso: si el enfoque de la realidad determinó la elección del medio expresivo, o viceversa. Presuntamente, las ideas condujeron a escoger la estructuración poética, pero de cualquier modo cabe apuntar que ambos autores adoptaron la forma no sólo más difundida en la literatura moderna de habla inglesa sino también la que mejor se prestaba al análisis de las tensiones sociales. Sin embargo, la maduración del trasplante novelístico en la literatura de los Estados Unidos impuso sugestivos cambios en el género empleado. La pauta arquetípica de la novela, en su desenvolvimiento pleno, quizá pueda extraerse de Inglaterra y Francia en los siglos XVIII y XIX. Lo más notorio en este modelo radica en que la composición ha sido trazada de acuerdo con esquemas sociales proporcionados por una mentalidad burguesa muy afianzada: el comportamiento humano está expuesto en función de criterios muy elaborados y convencionalizados, de conformidad con las aspiraciones e ideales que prevalecían en un sistema eminentemente urbano y competitivo, cuyos objetivos individuales eran la fortuna pecuniaria, el prestigio social y el matrimonio conveniente; a causa de ello, la forma narrativa apuntó hacia un tipo de ordenamiento cerrado en el que la trayectoria personal del héroe ficticio fue examinada dentro de un intrincado contexto de normas ya establecidas, como se advierte en Pride and Prejudice de Jane Austen o en Eugénie Grandet de Balzac; y aun en los casos en que predominaba una arquitectura abierta (David Copperfield), una progresión trashumante (Tom Jones) o una insularidad casi absoluta (Robinson Crusoe), el rasgo más universal y destacado en la conducta de los protagonistas era el arraigo de un sedimento cultural que los inducía a proponerse el deliberado sometimiento del ámbito circundante y la obstinada persecución del éxito personal; en consecuencia, aun en los casos en que se manifestaba hostil o parecía independiente, la naturaleza no era concebida como fuerza autónoma o como personaje, sino como un material o instrumento que el hombre debía aprovechar para la satisfacción de fines prácticos. Cuando el escritor norteamericano trató de aclimatar la novela a su mundo, en el curso de la centuria pasada, a menudo comprobó que por razones de hábito y de tradición esta forma se había identificado con las condiciones imperantes en una sociedad burguesa radicalmente utilitaria y secularizada; por consiguiente, advirtió que el género resultaba un tanto insatisfactorio para reflejar circunstancias muy distintas, a menos que se lo sometiera a una drástica adecuación. Esto surge de manera muy clara en Moby Dick y también, más tarde, en Huckleberry Finn, obras en las que el estructurado sistema que había perfeccionado la novela europea parece en todo momento a punto de disgregarse para dar paso a otra especie narrativa de construcción más libre y de vocación mítica más poderosa y avasalladora, menos disimulada tras el suceso cotidiano y la convención social
Según la tesis que formuló Richard Chase en The American Novel and Its Tradition, esta mutación fue una exigencia inevitable originada en el hecho de que la experiencia norteamericana enraizaba en una “cultura de contradicciones”; a juicio de este crítico, el proceso fue desencadenado, principalmente, por una oposición casi maniquea entre el bien y el mal y por una creciente nostalgia de las formas de vida más sencillas que el crecimiento material eliminó; en términos más generales, el cambio quizá pueda interpretarse como resultado de que el novelista europeo había elaborado su mundo imaginario con materiales “homogéneos”, en tanto que el narrador norteamericano debió enfrentar la integración de elementos “heterogéneos”: las peripecias novelescas en Jane Austen o en Balzac surgían no tanto de un conflicto que aquejaba a la comunidad cuanto del deseo que sentía el héroe de ubicarse dentro de la estructura social ya existente; por lo contrario, en la literatura norteamericana de ficción el individuo parece encarar un desgarramiento que muchas veces no se siente capaz de resolver plenamente. Este problema cultural es bastante notorio en los cuatro narradores más representativos de los Estados Unidos en el siglo pasado: Hawthorne parece obsesionado por la imposibilidad de conciliar el excesivo rigorismo moral con la tolerancia inherente al régimen democrático; Melville advierte las manifestaciones extremas del antagonismo puritano entre naturaleza y salvación; Mark Twain, ante una disyuntiva análoga a la de Melville, opta por el “buen salvaje” de Rousseau y proporciona a Huck la alternativa —bastante espinosa— de afirmar su individualidad mediante el rechazo de las naciones morales que pretende imponerle la sociedad; por último, en Henry James el conflicto radica en las dificultades que se presentan al protagonista norteamericano del “episodio internacional” para integrar su formación en el apetecido refinamiento de la vida europea. A causa de estas circunstancias tan dispares, la novela europea clásica —pese al realismo crítico que tanto se ha subrayado— desemboca en una actitud conformista que se limita a sugerir reajustes del ordenamiento social, en tanto que la narrativa norteamericana —como observa Chase— es “más honda y clarividente” a la vez que “más estrecha y arbitraria” porque expone perturbaciones que se desenvuelven a un nivel más profundo e insuperable. Mientras en el primer caso hay una adecuada resolución de las tensiones a través del triunfo o fracaso que sobrelleva el personaje novelesco en su intento de incorporarse a las pautas vigentes, en el segundo no hay una salida tan fácil porque cualquiera que sea el desenlace siempre advertimos subyacente una perduración agudizada del conflicto. En consecuencia, por la índole misma de la “heterogeneidad” que la nutría, la narrativa de los Estados Unidos modificó sustancialmente los esquemas tradicionales de la novela: en lugar de proporcionarnos el juego feliz o desdichado que se desenvuelve dentro de un sistema acerca del cual existe un grado considerable de consenso, nos presenta una búsqueda que conduce inevitablemente hacia una suerte de formulación mítica, en virtud de que no es posible ofrecer una conveniente solución lógica. Como consecuencia de que su propósito no apunta a describir los esfuerzos que el protagonista realiza para integrarse en el contexto social sino a explorar una reconciliación que parece replegarse más allá del horizonte visible, en la novela norteamericana se observa un abandono de la estructura cerrada y un notorio retorno a la forma abierta y errática de la narración épica, del roman courtois, del Quijote: desaparece la trama minuciosamente urdida; la unidad queda ligada a la presencia continua de un individuo o de un reducido grupo de individuos que lleva a cabo una especie de quête, la búsqueda de un “objeto mágico”; la acción se torna episódica y, exceptuados los personajes que dan trabazón a los sucesos aislados mediante la persistencia de su empresa, las figuras humanas introducidas en el relato sólo desempeñan un papel más bien localizado y circunstancial.
Estas características suelen presentarse con menor intensidad en Hawthorne y Henry James, acaso porque las contradicciones enfrentadas en sus obras no son tan extremadas y admiten, hasta cierto punto, un tratamiento novelesco tradicional; pero en Moby Dick y en Huckleberry Finn se tornan muy evidentes, tal vez porque el contraste entre el hombre y la naturaleza como elemento no humano —ya se trate de la ballena o del río— precipita una polarización más honda e insalvable. E incluso entre ambas narraciones, la de Melville es la que pone mayor énfasis en la disyuntiva, sea por sus alcances cósmicos y elementales, por la catástrofe final que anula todo compromiso o, muy especialmente, por la dramática ambigüedad sin solución que entraña el enfrentamiento entre dos antagonistas que persisten hasta el desenlace como fuerzas absolutas e irreconciliables. En este sentido, Moby Dick constituye casi el arquetipo de la originalidad alcanzada por la narrativa norteamericana del siglo XIX.
II
Melville nace en 1819 y muere en 1891; Moby Dick aparece en 1851, cuando su autor tiene apenas treinta y dos años. Sin embargo, esta novela no puede considerarse una obra comparativamente temprana, sino el centro de la producción literaria de Melville, el punto culminante de su labor creadora, la síntesis de su experiencia como vagabundo de los mares, como lector infatigable y omnívoro, como pensador formado en el idealismo romántico. Descendiente de una estirpe no exenta de prestigio social y que había gozado de una holgada situación, Herman Melville dejó truncos sus estudios a causa de la muerte de su padre y de los reveses económicos de su familia. Durante un breve lapso se dedicó a la enseñanza, pero su principal actividad desde los diecinueve hasta los veinticinco años fue la navegación, primero en barcos balleneros y más tarde en un buque de guerra norteamericano. En el curso de sus travesías, comenzó por surcar el Atlántico hasta Liverpool; luego, navegó hasta el Pacífico y a lo largo de una errática trayectoria visitó las Galápagos, las Marquesas, Tahití, las Hawaii y algunos puertos de México y Perú. En su condición de marinero raso —pues no era más que un man before the mast, según se denominaba a los tripulantes, habitualmente instalados en la proa—, corrió toda clase de aventuras, sin excluir motines, deserciones, desembarcos en islas remotas y convivencias al parecer amables con tribus a las que se atribuía la práctica del canibalismo. Al mismo tiempo, consagraba todos sus momentos libres a leer cuanto le podían proporcionar las inciertas bibliotecas de los navíos que lo trasportaban. El conocimiento acumulado en esta vida trashumante y aventurada habría de constituir la columna vertebral de la producción narrativa, iniciada en 1846 con la aparición de Typee, que se subtitula “Una ojeada a la existencia polinesia” y que se difundió en Londres como Melville’s Marquesas. En líneas generales, se trata de una historia de aventuras, en la que Melville ya exhibe su capacidad de observador minucioso y perspicaz. La acogida del público fue favorable, y la crítica se mostró interesada en el relato, si bien surgieron algunas reservas en razón del excesivo entusiasmo con que eran evocadas las mujeres indígenas. En la primavera de 1847 se publicó Omoo, una segunda narración de viajes en la que se elaboran los recuerdos del autor como azaroso y descuidado residente en las playas de Tahití, donde había apelado para subsistir a los recursos más imprevistos y accidentales. Este nuevo libro tropezó al principio con algunos inconvenientes pues los editores juzgaron que sus ataques a las misiones protestantes de los Mares del Sur resultaban inoportunos e impíos; pese a ello, logró imponerse y difundió exitosamente su imagen de los predicadores religiosos que sin duda habían conseguido enmendar algunos defectos de la población nativa —adquiridos, por lo demás, gracias al influjo del hombre blanco—, pero que se arrogaban como gran triunfo moral la destrucción de las creencias locales que eran, precisamente, el fundamento de la organización social lugareña.
Estos primeros ejercicios literarios produjeron un rápido y decisivo impacto, de modo que Melville se dedicó por entero a su inesperada vocación creativa, en la que perseveró de manera sostenida por espacio de varios años. En 1849 completó Mardi, un tercer relato en el que ya se advierten ciertas tendencias que habrían de culminar en Moby Dick. El protagonista es un marinero que vive un extraño idilio con una doncella nativa a quien rescata de un sacrificio ritual; más tarde, la muchacha desaparece, y su búsqueda modifica completamente el tono de la narración, que abandona el enfoque lineal y directo para convertirse en una mezcla de sátira y alegoría: por un lado, hay una corrosiva presentación de la sociedad en la que el espíritu religioso ha sido desvirtuado hasta la raíz a causa de la codicia imperante; por otro, la persecución se traslada, en manifiesto contraste, a una comarca donde el comportamiento responde escrupulosamente a las enseñanzas de Alma, nombre con el que se designa a Cristo. Pero el rescate de la doncella fracasa —como en los ciclos románticos de la Edad Media— en razón de las imperfecciones del héroe, quien se deja aprisionar por un nuevo personaje que representa el poder de los sentidos. Según declaró Melville, su intención al escribir Mardi fue satisfacer a quienes consideraban sus narraciones anteriores el producto de una fantasía carente de asidero real por lo que decidió ensayar una obra de pura invención que — a su juicio— tal vez los lectores estuvieran dispuestos a recibir como anécdota verdadera; por momentos la historia se aproxima —en virtud del clima extravagante o corrosivo—a los procedimientos de Rabelais o Swift, pero la creciente simbología tiende a remitirnos más bien hacia la imaginación profética de Blake, nutrida asimismo por lecturas vastas y dispares; de cualquier modo, este libro, que posee momentos de lograda intensidad poética pese a su carácter desordenado y hasta incoherente parece anticipar el cambio que habría de conducir a Melville hacia las composiciones de su madurez plena, en las que oscura pero sugestivamente prevalece el conflicto entre las ambigüedades humanas y la necesidad de hallar algún tipo de certidumbre. Entre 1849 y el año siguiente se conocieron dos libros más en los que reaparece el trasfondo autobiográfico: en Redburn asoman las reminiscencias del primer viaje, a comienzos de 1841, que había llevado al marinero novato hasta Liverpool, a lo cual se añaden algunos sucesos un tanto misteriosos acaecidos en Londres y las peripecias del regreso que culmina con la muerte de un tripulante cuya suerte parece prefigurar el destino de James Wait, el principal personaje en The Nigger of the “Narcissus” de Conrad; en cambio en White-Jacket queda registrado el viaje de Honolulú a Boston que Melville completó en octubre de 1844 a bordo de una fragata de la armada norteamericana, ocasión en la que durante largos meses pudo observar —y también experimentar— el trato despiadado que recibía el personal de los buques de guerra.
Desde los primeros meses de 1850 Melville trabajó en una nueva anécdota sobre la cacería de ballenas, cuyo plan respondía al relato de aventuras más o menos autobiográficas que ya era habitual en su producción. Sin embargo, a medida que la redacción avanzaba, la obra fue imponiendo sus exigencias propias y gradualmente se trasformó en una empresa de gran complejidad cuyos alcances no habían sido previstos de antemano. El autor mismo se mostraba vacilante y su correspondencia del período documenta esa incertidumbre de modo cabal. Durante el verano, a mediados de año, una necesidad casi compulsiva determinó la revisión del proyecto, cuando ya buena parte de la tarea se mostraba “casi terminada”; la organización definitiva del material aparentemente presentó serias dificultades y si bien en agosto el manuscrito se hallaba muy adelantado la entrega al editor se demoró más de un año. Al cabo de una prolongada y angustiosa gestación, Melville escribía en noviembre de 1851 a Hawthorne —con quien había trabado amistad poco antes— para anunciarle el resultado de su afanosa labor: “He compuesto un libro perverso y me siento tan inmaculado como un cordero”. En verdad, Moby Dick, la narración que acababa de terminar, era una obra de significado sumamente intrincado —“un libro de extraña especie”— pero constituía de manera simultánea la formulación más reveladora de quien lo había concebido: era el testimonio de regiones penumbrosas de la conciencia y, en la exposición de la lucha titánica entre el voluntarismo puritano y las fuerzas espontáneas de la naturaleza, tendía a resolverse en una suerte de satanismo prometeico, de sublevación contra un orden que resultaba demasiado estrecho a causa de sus rígidos contrastes. Tal vez, la novela había apuntado al justo centro de las preocupaciones más hondas y aun inconscientes que inquietaban no sólo a Melville sino también a sus compatriotas; por ello mismo, suscitó en los lectores norteamericanos una mezcla de sorpresa y desasosiego, que puede trazarse en las reseñas publicadas por los periódicos de la época: al aparecer el libro hubo, sin duda, elogios entusiastas, pero asimismo menudearon los juicios adversos. En la reseña publicada por The Southern Quarterly Review en enero de 1852, el comentarista resumía su apreciación con señalada virulencia, de la que sólo quedaba a salvo la ballena: “En las escenas en las que el cetáceo desempeña el principal papel activo o pasivo, el trazado y la acción alcanzan gran vigor e interés. En todo otro sentido, se trata de una triste mezcolanza, tediosa y sombría, o ridícula. Los cuáqueros del señor Melville son los más infelices necios y fatuos, y su enajenado capitán [...] es un monstruoso pelma [...] Sus delirios, y los delirios de algunos personajes secundarios, y los delirios del mismo Melville, destinados a la elocuente declamación, conforman un material que justificaría un mandamiento judicial de lunático contra todos los partícipes”. Por lo contrario, Hawthorne, en el extremo opuesto, declaraba con ilimitado fervor, respaldado por su notable experiencia literaria: “¡Qué libro ha escrito Melville! Me deja una impresión de poderío mucho mayor que sus creaciones anteriores”. El público, tan afecto durante el siglo XIX al tradicional relato de andanzas marítimas, se sintió en parte defraudado por esta narración que poseía un sabor decididamente insólito, con su persecución cósmica de una ballena que era encarnación de algún significado absoluto e inquietante, pero casi indescifrable: en los cuarenta años que transcurrirían hasta la muerte de Melville, Moby Dick fue reimpreso una sola vez. Habría que esperar hasta octubre de 1899, cuando Archibald Mac Mechan —en un juicio que todavía resultaba aislado e inusual— puntualizó en un artículo publicado en el Queen’s Quarterly que esta creación era “la mejor historia marítima jamás escrita”.
El desconcierto ya existente se acentuó aun más al aparecer Pierre, en 1852. Esta narración, sintomáticamente subtitulada “Las ambigüedades”, nos presenta el abandono total del asunto marítimo, suplantado por una anécdota de manifiesto sesgo romántico, no desprovista de ingredientes exagerados y hasta grotescos, pero de considerable intensidad y eficacia como análisis del comportamiento y como cuadro de costumbres. La trama de nuevo se halla centrada en conflictos que no tienen solución y bordea riesgosamente el tema del incesto, hasta precipitarse por último en el triple suicidio de los infortunados protagonistas. La osadía de Melville acabó por enajenarle la reputación literaria que aún conservaba, y el vuelco desfavorable de la opinión pública llegó a ejercer un influjo perturbador sobre su ánimo, al punto de que su sostenida labor creadora tendió a declinar en caudal hasta interrumpirse. Así comenzaba una etapa difícil en la vida del novelista, quien por espacio de algunos años todavía produjo varias obras, en abierto desafío a la adversidad: en 1855 dio a conocer Israel Potter, relato histórico que constituye una de sus realizaciones menos logradas; en 1856 publicó los Piazza Tales, que incluyen algunas de sus piezas más notables, como “Benito Cereno”, “Bartleby” y “The Encantadas”; en 1857 el desaliento y la misantropía se volcaron en The Confidence Man, de acento amargamente satírico. Melville ya no difundió otras novelas en el resto de su existencia y durante treinta y cuatro años permaneció en un silencio sólo interrumpido por algunas colecciones de poemas y por Clarel, un relato filosófico en verso aparecido en 1876. Por espacio de casi dos décadas, el escritor se desempeñó exclusivamente como funcionario de la aduana de Nueva York, cargo al que renunció en 1885, favorecido por una situación económica más próspera; las circunstancias propicias le permitieron completar dos volúmenes inconclusos de poesía, y ya en las postrimerías de la vida compuso Billy Budd, narración póstuma que redactó en unos pocos meses y que permaneció inédita hasta 1924; en ella retomó el asunto marinero con desacostumbrada economía de recursos y trazó el agudo retrato de un individuo inocente que es destruido por las intrigas ajenas pero que en el instante mismo de la muerte logra reconciliarse con su destino. De tal modo, el autor cuya obra había desafiado al público de su tiempo con una independencia corrosiva e insolente pareció dispuesto en su postrera labor a una generosa aceptación de las luchas y fracasos que había tenido que soportar.
Con frecuencia se ha destacado el hecho de que la obra de Melville se nutre en hondos y agudos conflictos que el novelista mantuvo no sólo con la mentalidad de su época sino también consigo mismo. En el curso de su vida, la actividad creadora irrumpe en forma casi inopinada, se desenvuelve en medio de rectificaciones y aun de contradicciones, alcanza la plenitud en unos pocos años y vuelve a sumergirse al cabo de una década seminal ante la indiferencia de sus contemporáneos, para sólo resurgir en un relato postrero que durante un largo período permaneció ignorado. Para explicar las luchas íntimas y las incertidumbres que trasunta la producción de Melville se han ensayado muy diversas interpretaciones: se ha especulado acerca de una radical crisis de fe que se oponía a la arraigada educación religiosa imperante en el ámbito en el que se había formado; se ha observado en los libros una notoria ausencia de elemento sexual pese a su temperamento apasionado; se ha reclamado incluso el auxilio del psicoanálisis para explorar en las actitudes del artista —con su incesante búsqueda de lejanías— el impacto que habrían producido la prematura muerte del padre y la imperiosa ternura de la madre. Sea cual fuere el valor de estas apreciaciones, el hecho cierto es la presencia indudable de oscuridades y tensiones en la textura misma de las narraciones. Por otra parte, un factor adicional de conmoción fue la incapacidad que los hombres de su tiempo demostraron para comprender a Melville. Por cierto, aceptaron sus relatos iniciales en la medida en que parecían meras historias de aventuras marítimas pero rechazaron su labor madura porque suscitó en ellos una sensación de perplejidad: pese al influjo romántico y al ascendiente de las historias “góticas”, estaban acostumbrados a una novela eminentemente fáctica y social en sus alcances; en consecuencia, los desconcertó el hecho de que Melville empleara su extraordinario y minucioso registro de sucesos para ostentar una indagación alegórica simbólica o metafísica que excedía la realidad inmediata; era una circunstancia que sobrepasaba el horizonte de la narrativa practicada a mediados del siglo XIX, y aún transcurriría mucho tiempo hasta que se dieran las condiciones para la aparición de un Kafka, un Daumal o un Camus. Además, las ideas de Melville entrañaban problemas difícilmente superables en la época en que escribía: las preocupaciones religiosas y morales tuvieron considerable importancia en el desenvolvimiento del escritor —con su insistencia casi obsesiva en el misterio de la naturaleza divina y en la caridad y la confraternidad humanas—, pero por ese mismo motivo denunció sin contemplaciones la hipocresía que consideraba inherente a un excesivo rigorismo exento de sentido o justificación, actitud que hirió la sensibilidad de su público. Por último, advirtió con profundo desasosiego el contraste entre los ideales democráticos y los excesos del individualismo, precisamente porque él mismo experimentaba este desgarramiento: sentía una urgente necesidad de no identificarse con el autoritarismo del capitán Ahab, pero era incapaz de resistir la tentación muy romántica que lo arrastraba a convertir a este personaje en una figura sobrehumana, en un émulo del casi admirable Satanás miltoniano. Este cúmulo de razones hizo muy trabajoso el acceso a la obra de Melville. Todavía en 1917 Carl Van Doren se consideraba justificado en despachar a este autor en apenas tres páginas de su artículo sobre “contemporáneos de Cooper”, en el tomo I de la voluminosa Cambridge History of American Literature, y se mostraba muy satisfecho con su opinión de que Mardi era “uno de los libros más extraños y extravagantes que jamás haya compuesto un norteamericano” y de que Moby Dick resultaba “demasiado irregular, demasiado grotesco”. Sólo a partir del centenario del nacimiento comenzó la rehabilitación laboriosa y gradual; pero en el trascurso de cincuenta años esta tarea ha determinado una absoluta reversión de criterios y una caudalosa actividad exegética, uno de cuyos momentos capitales lo constituye la “Centennial Edition” de Moby Dick, publicada en 1952 bajo la dirección de Luther S. Mansfield y Howard P. Vincent.
III
Sin duda, Moby Dick ha llegado a significar cuanto los investigadores pretendieron hallar en sus páginas, sea ello valedero o arbitrario. En tal sentido, su lectura tiene la fascinación adicional de estimular a los posibles intérpretes del texto y de proporcionarles un campo casi ilimitado para la especulación. No obstante, resulta incuestionable el hecho de que, primariamente, se trata de un relato de aventuras marítimas, de conformidad con la especie que satisfacía de manera tan notoria el gusto del siglo XIX, cuya literatura está recorrida por un sostenido caudal de navegaciones, ilustrado con obras de Cooper, de Marryat, de Dana, de Stevenson, de Julio Verne, de Conrad, sin omitir infinidad de memorias auténticas de viajeros. De algún modo, tal producción respondía a la atmósfera imperante en un mundo de exploraciones geográficas y científicas, de innúmeras travesías, de creciente intercambio. Pero en esta nutrida veta existe una variedad imaginativa singular, en la cual el viaje náutico recupera aquel sentido mágico que poseía en las expediciones fantásticas de la Edad Media y se trasforma en vehículo para una simbología asumida deliberadamente por el poeta o narrador; ello ya se observa en The Rime of the Ancient Mariner de Coleridge, retorna en The Narrative of Arthur Gordon Pym de Poe, se hace aun más notorio en Le bateau ivre de Rimbaud y es posible desentrañarlo con frecuencia en los relatos de Conrad. En todas estas composiciones reaparece la incesante preocupación por ces beaux navires qui ont l’air de traduire notre pensée, como hubiera comentado Baudelaire. También el libro de Melville debe ser ubicado en esta misma corriente. El centro de la carga significativa subyacente debe darse en la lucha sin cuartel que libran el capitán Ahab y la ballena blanca. En su persecución monomaníaca, el marino encarna las actitudes más extremadas del fanatismo, que atribuye —y exige— un sentido moral a las manifestaciones de la naturaleza y que interpreta toda acción según una drástica polaridad entre el bien y el mal, sin admitir gradaciones intermedias. De esa forma, el vigor espontáneo del animal que se defiende del cazador es transformado en una expresión maligna, por obra del hombre que le atribuye tal sentido. En este aspecto, Melville parece renovar la reflexión de Hamlet cuando le advertía a Horatio que hay más cosas en la tierra y en el cielo que en cualquier filosofía: no todo puede reducirse a esquemas rígidos y, en especial, la falta de flexibilidad que nace de un excesivo pietismo religioso suele trasformarse en un pecado contra Dios mismo, a quien se pretende limitar mediante la exclusión de aquellas facetas que sobrepasan la insuficiente capacidad humana de comprensión. Paradójicamente, es esta actitud casi sacrílega en su religiosidad maniquea la que confiere proyecciones heroicas a Ahab, convertido en desafiante adversario de las potestades sobrenaturales. La misma circunstancia tal vez origine ese carácter indeterminado de la ballena que tanto desconcierto ha suscitado entre los críticos: es el símbolo de lo incierto, de aquello que supera la intelección del hombre. Por este motivo, parece muy feliz la tan mentada observación que hizo D. H. Lawrence, cuando señaló que Moby Dick tiene una indudable significación específica pero que ni el mismo Melville pudo saber en qué consistía: se trata de un sentido misterioso que no es posible explicar sin desvirtuarlo; es una suerte de referencia a la índole “numinosa” de lo divino, que por consiguiente posee un valor inescrutable y que incluso —de acuerdo con la advertencia de Rudolf Otto— “puede ser indiferente a lo ético”. En la literatura moderna, la única comparación valedera acaso la proporcione el tigre de Blake: es una mezcla de espíritu demoníaco, belleza y terror, sin que sea lícita ninguna vinculación estricta con las nociones de bien o mal. En suma, la ballena quizás encarne la presencia de lo no humano, de lo que el hombre no puede entender o dominar, de la naturaleza en su modalidad primigenia, sin adulteración. Remotamente, cabe sospechar que en el enfrentamiento ofrecido por el relato es posible trazar una representación tardía —consciente o no— de la experiencia que una cultivada estirpe europea vivió al entrar en contacto con la agreste realidad del suelo americano. Por otra parte, la ballena admite las interpretaciones más variadas, desde el clásico Leviatán de Job o el animal marino en cuyo vientre permaneció Jonás (explícitamente aludido por Melville) hasta la prefiguración de los sufrimientos de Cristo según el salmo 69 (como sugiere Marius Bewley en The Eccentric Design). Además, es importante observar que perseguido y perseguidor no pueden subsistir separados, de modo que la historia de Moby Dick se interrumpe con el fin del capitán Ahab.
Varios personajes parecen ilustrar distintas formas de sensatez o de humanidad que contrastan manifiestamente con el intolerante titanismo de Ahab. Starbuck, por ejemplo, es el emblema de la prudencia, cuya cauta valentía se complementa con una dosis adecuada de right mindedness. Queequeg, en cambio, es el “buen salvaje”, el amable caníbal que adora a Dios a su modo y que se considera en la obligación de “ayudar a estos cristianos”. Pero el principal contraste con el capitán lo proporciona Ismael, el narrador, quien a semejanza del mensajero que recibe Job puede decir: “Yo he escapado sólo para darte la noticia”. Al respecto, se ha puntualizado que, así como Ahab recuerda al Satanás miltoniano, de manera análoga Ismael admite cierto grado de comparación con el peregrino dantesco, cuyo itinerario se va definiendo como una penitencia y expiación que conduce al perfeccionamiento interior. El estado de confusión inicial en que lo hallamos sumido por influjo de la melancolía corresponde a la desorientación del viajero que se encuentra de pronto en una selva oscura porque ha perdido la senda conveniente. El suyo es el mal du siècle, la desazón romántica. Pero Ismael no se entrega a un fácil disconformismo, sino que trata de imponerse a sí mismo la inevitable convivencia humana del tripulante que debe mantener una continua relación con los otros marineros. En el curso del viaje, desciende hasta las profundidades infernales y participa del juramento presuntamente diabólico que Ahab exige al personal del barco. Pero advierte la locura de la empresa y logra liberarse de su atracción demoníaca. De manera gradual, en su ánimo se va afianzando una actitud de fraternidad y compasión, hasta que se consolida plenamente el sentimiento de compartir su existencia con los demás en forma voluntaria. Si Ahab se identifica con la conducta autoritaria engendrada por un voluntarismo demasiado individualista, Ismael da testimonio de una solidaridad que es hondamente democrática. Por último, cuando todos perecen, Ismael se salva casi sin proponérselo, de un modo poco menos que fortuito: logra aferrarse al ataúd que le sirve de boya para sobrenadar la catástrofe. Nuevamente surgen los indicios significativos: a un nivel más bien superficial, se subraya la recíproca vinculación entre vida y muerte; en un plano de mayor profundidad, el náufrago es rescatado de la destrucción a través de un símbolo de muerte, con lo cual protagoniza el drama de la resurrección en sus atributos esenciales. Es razonable suponer, por lo tanto, que en este episodio final hay una intencionada significación cristiana, si bien no ha de faltar la interpretación psicoanalítica acerca de supuestos atisbos inconscientes.
Ismael comienza refiriéndonos su historia en primera persona y en el curso de su relato se convierte en narrador omnisciente. Éste es uno de los variados indicios que algunos críticos han utilizado para suponer que Melville, en cuanto creador, se identifica con su criatura y la emplea para ofrecernos la visión que el autor tiene acerca de los acontecimientos. Con respecto a esta opinión no se advierten mayores controversias pues las ideas y sentimientos del personaje tienen mucho en común con ciertas actitudes del novelista. Conviene, empero, tener en cuenta que otros investigadores tienden a circunscribir los alcances de esta identificación (aunque sin desecharla en absoluto) y destacan, en cambio, que Melville simpatiza con la rebeldía de Ahab. Ambos criterios son igualmente aceptables porque no se excluyen ni contradicen entre sí, pero sirven asimismo como evidencia de la naturaleza intrincada que singulariza a Moby Dick —y en general a toda la obra de Melville—, al punto de que no es lícito en modo alguno adelantar interpretaciones demasiado simples y taxativas. Ésta es una admonición que el lector debe tener muy presente: el ámbito de experiencias en el que se interna la historia tiene un inevitable margen de ambigüedad, en tanto que la trabazón interna y la complejidad del enfoque narrativo exhiben —tal vez deliberadamente— una aptitud que admite muy variadas lecturas. Ello determina que cualquier elucidación —sin excluir la que hemos propuesto— sólo resulte provechosa en la medida en que reconozca sus propias limitaciones y respete la polivalencia del texto. La riqueza de concentración que ha gravitado en la tarea creativa es el motivo de que la exégesis resulte poco menos que inagotable. Prácticamente, es imposible hallar un pasaje que no esté cargado de símbolos, presagios y alusiones significativas o que no remita a otros autores y obras, desde Platón, el Antiguo Testamento y las tradiciones parsis hasta Shakespeare y los dramaturgos isabelinos, Rabelais, Cervantes, Milton, Bunyan, Goethe, los románticos ingleses, Carlyle, Emerson, diversos tratados sobre navegación o cacería de ballenas e innumerables libros de viajes. Algunas páginas han llegado a convertirse en piezas ejemplares, como el sermón marinero del capítulo IX y las reflexiones del capítulo XLII sobre el terror que engendra la blancura del cetáceo. Con respecto al estilo de Melville, se ha observado que su eficacia y virtuosismo residen no tanto en la visibilidad cuanto en el apego a “esa soberbia tradición” de la prosa inglesa que se distingue por los procedimientos rítmicos y acumulativos; el modelo de esta técnica debe buscarse, preferentemente, en la morosidad ricamente modulada de Sir Thomas Browne; es, además, un lenguaje pleno de reverberaciones literarias intencionales, a menudo tratadas con el singular oído para el absurdo, la ironía y el humorismo verbal que poseía el autor de Moby Dick, como sucede hacia el final del capítulo XXXII donde se percibe un eco de las postreras reflexiones sobre la vida que enuncia Macbeth, aplicadas —por supuesto— a las ballenas de índole fabulosa, full of Leviathanism, but signifying nothing. Algo parecido se advierte en las referencias al barco ballenero Raquel, identificado reiteradamente —al final del capítulo CXXVIII y en el epílogo— con la heroína bíblica que in her retracing search after her missing children, only found another orphan. Cabe añadir que la tendencia de Melville a derivar hacia largas disquisiciones, con frecuencia perjudicial en otros libros, aquí prácticamente no se advierte; ello se debe no tanto al hecho de que hayan sido excluidas cuanto a la circunstancia de que desempeñan un papel funcional en el relato: por un lado, amplían nuestra comprensión del asunto; por otro, van creando insidiosamente un clima análogo al que produce el carácter fragmentario de las novelas de Kafka, al dejarnos la impresión de que los sucesos abarcan un lapso impreciso y acaso ilimitado, con infinitas postergaciones y variaciones de un mismo tema. De tal forma, lo que comienza como una inocente narración de aventuras marítimas acaba por convertirse en una alucinante visión apocalíptica.
JAIME REST
Como muestra de mi admiración
por su genio
dedico este libro a
Nathaniel Hawthorne.
I
ESPEJISMOS
P
ueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años —no importa cuántos, exactamente—, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.
Aquí está, pues, la ciudad insular de los manhattoes, rodeada de muelles como las islas indígenas por los arrecifes de coral. El comercio la ciñe con su oleaje. A derecha e izquierda, las calles llevan hacia el mar. En la punta extrema de la ciudad está el fuerte, augusta mole refrescada por brisas y bañada por aguas que, pocas horas antes, eran invisibles desde tierra. Miren ustedes la multitud que contempla las olas.
Recorran ustedes la ciudad en la tarde soñolienta de un sábado. Vayan desde Corlears Jock hasta Coenties Slip y desde allí, pasando por Whitehall, hacia el norte. ¿Qué ven ustedes?
Apostados como centinelas silenciosos en torno a la ciudad toda, hay millares y millares de mortales perdidos en divagaciones oceánicas. Algunos apoyados contra los pilotes; otros sentados en las escolleras; otros mirando más allá de las amuradas de naves llegadas desde China; otros en lo alto de los aparejos, como empeñados en obtener una vista aun más amplia del mar. Pero todos son hombres de tierra firme: durante la semana, están encerrados entre cuatro paredes, atados a mostradores, clavados en bancos, pegados a escritorios. ¿Qué ha ocurrido? ¿Han desaparecido las verdes praderas? ¿Qué hacen aquí estos hombres?
Pero ¡miren ustedes! Llega aun más gente. Todos avanzan hacia el agua y parecen resueltos a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada los contentaría tanto como el límite extremo de la tierra; no les basta vagabundear a la sombra de los depósitos que rodean el puerto. No. Tienen que acercarse todo lo posible al agua, sin caer en ella. Y ahí se quedan, inmóviles, en una extensión de millas, de leguas. Todos hombres de tierra adentro: afluyen por sendas y callejas, por calles y avenidas... Desde el norte, el este, el sur, el oeste. Y sin embargo, aquí se reúnen todos. Díganme ustedes: ¿acaso los atrae el poder magnético de la aguja de las brújulas de todas esas naves?
Y esto no es todo. Supongamos que se encuentren ustedes en algún paraje elevado, donde abunden los lagos. Tomen cualquier sendero que se les antoje: casi siempre irán a dar, a través de un valle, a un estanque formado por la corriente. Hay en ello algo mágico. Elijamos al más distraído de los hombres sumergido en su más honda ensoñación; pongámoslo en pie y nos llevará, infaliblemente, hacia el agua, si hay agua en esa región. Y si alguna vez están ustedes sedientos en el gran desierto norteamericano, hagan este experimento, si es que por casualidad hay un profesor de metafísica en la caravana. En efecto: como todos sabemos, agua y meditación siempre han estado unidas.
Pero tomemos a un pintor. Quiere pintar el paisaje romántico más soñador, más umbroso, más apacible, más hechicero de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Allí están sus árboles, cada uno con el tronco hueco, como si guardara en su interior a un ermitaño y un crucifijo; y aquí duerme su pradera, allí duerme su rebaño. Más allá, desde esa cabaña, serpea un humo soñoliento. Un sendero se hunde sinuoso entre los bosques distantes y llega hasta las estribaciones superpuestas de las montañas bañadas por el azul de sus laderas. Pero aunque la escena esté sumida en semejante éxtasis y el pino deje caer suspiros, como hojas, sobre la cabeza del pastor, todo sería inútil si el pastor no tuviera fijos los ojos en la corriente mágica que pasa frente a él. Visiten ustedes las praderas en junio, caminen millas y millas hundidos hasta las rodillas entre lirios atigrados... ¿cuál es el encanto que falta? El agua: ¡allí no hay una sola gota de agua! Si el Niágara fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes tantas millas para verlo? ¿Por qué será que el pobre poeta de Tennessee, al recibir de improviso dos puñados de plata, dudó entre comprarse el abrigo que le hacía tanta falta o invertir su dinero en un viaje a pie a la playa de Rockaway? ¿Por qué será que cualquier muchacho robusto y saludable, que tenga dentro de sí un espíritu robusto y saludable, en un momento dado se enloquece por darse a la mar? ¿Por qué será que, durante el primer viaje que hicieron ustedes como pasajeros, sintieron un estremecimiento místico al enterarse de que ni el buque ni ustedes ya no podían ser vistos desde tierra? ¿Por qué será que los antiguos persas consideraban sagrado al mar? ¿Por qué será que los griegos le destinaron una deidad especial, un hermano de Jove? Sin duda, todo eso no carece de sentido. Y es aun más profundo el significado del mito de Narciso que, al no poder ceñir la imagen exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se arrojó a ella y se ahogó. Pero todos nosotros vemos esa misma imagen en nuestros ríos y en nuestros océanos. Es la imagen del inasible fantasma de la vida. Y ésta es la clave de todo.
Ahora bien: cuando digo que tengo el hábito de darme al mar cada vez que siento una niebla ante los ojos y empiezo a preocuparme por mis pulmones, no hay que deducir que viajo como pasajero. Para viajar como pasajero debe uno llevar una billetera, y una billetera es sólo un harapo cuando no contiene nada. Por lo demás, los pasajeros se marean, se pelean entre sí, no duermen de noche y, por regla general, no se divierten demasiado... No; nunca viajo como pasajero. Y aunque en cierto modo soy marinero de agua salada, tampoco voy al mar como comodoro, capitán o cocinero. Abandono la gloria y la distinción de esos oficios a quienes gustan de ellos. Por mi parte, abomino de todos los trabajos, dificultades y tribulaciones honrosas y respetables, de cualquier clase que sean. Me basta con cuidar de mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcazas, bergantines, goletas o lo que fuere. En cuanto a emplearme como cocinero —por más que haya una gloria considerable en ese oficio, puesto que el cocinero es una especie de oficial a bordo—, nunca sentí ganas de asar pollos... aunque una vez asado el pollo, juiciosamente enmantecado y sabiamente condimentado, nadie será capaz de hablar de él con más respeto —por no decir con más veneración— que yo. A causa del cariño idólatra que los antiguos egipcios profesaban a los ibis asados y los hipopótamos a la parrilla, hoy vemos las momias de esos seres en esos hornos inmensos que son las pirámides.
No; cuando me doy al mar, lo hago como simple marinero, bien plantado frente al mástil, bien metido en el castillo, bien encaramado al palo mayor. Cierto es que me tienen a mal traer con tantas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como una langosta en una pradera de mayo. Al principio, es bastante desagradable. Hiere nuestro sentido del honor, especialmente si descendemos de una vieja familia establecida en el país, los Van Rensselaers, o los Randolphs, o los Hardicanutes. Y la cosa es mucho peor aún si poco antes de meter la mano en el balde de brea hemos sido amos absolutos en una escuela de campaña, en calidad de maestros, y hemos atemorizado a los muchachos más altos con nuestra sola presencia. Les aseguro que es muy brusca la transición de maestro de escuela a marinero, y se necesita una poderosa ración de Séneca y los estoicos para sonreír ante ese cambio y sobrellevarlo. Pero también esto se diluye con el tiempo.
¿Qué importa si un capitán viejo y gruñón me ordena tomar la escoba y barrer la cubierta? ¿Qué cuenta esa indignidad, pesada, pongamos por caso, en los platillos del Nuevo Testamento? ¿Creen ustedes que el Arcángel Gabriel me tendrá en menos por el solo hecho de que obedecí con prontitud y respeto a ese viejo gruñón en esa ocasión determinada? ¿Quién no es esclavo? Contéstenme a esto. Bueno, lo cierto es que por más que los viejos capitanes me den orden tras orden, por más que me traten a golpes y puñetazos, tengo la satisfacción de saber que todo anda bien, que todos los hombres, de un modo u otro, deben servir exactamente de la misma manera (quiero decir, desde un punto de vista físico o metafísico), y así el puñetazo universal sigue su ronda y cada uno debería fregarle la espalda a los demás y sentirse contento.
Además, si siempre me doy al mar como marinero es porque así consideran que es un deber pagarme por mi trabajo, mientras nunca he oído que pagaran un solo penique a los pasajeros. Al contrario: son los pasajeros quienes deben pagar. Y hay una diferencia enorme entre pagar y ser pagado. El acto de pagar es, acaso, la condena más fastidiosa que nos legaron los dos ladrones del vergel. Pero ser pagado: ¿qué puede comparársele en el mundo? La cortés avidez con que un hombre recibe dinero de los demás es, en verdad, maravillosa, teniendo en cuenta que estamos profundamente persuadidos de que el dinero es la raíz de todos los males terrenos y de que no existe la menor posibilidad de que un hombre rico entre en el cielo. ¡Ah, con qué alegría nos condenamos a la perdición!
Y por fin, siempre me doy al mar como marinero a causa del sano ejercicio y el aire puro que se respira en el puente de proa. Porque así como en este mundo los vientos contrarios prevalecen abundantemente sobre los vientos de popa (y esto si no violamos la máxima pitagórica), el capitán casi siempre recibe en el alcázar una atmósfera de segunda mano, que le llega a través de los marineros en el castillo. Él cree ser el primero en respirarla, pero no es así. De manera semejante, las comunidades guían a sus jefes en muchas otras cosas, aunque los jefes ni siquiera lo sospechen. Pero ¿por qué razón, después de haber olido tantas veces el mar como marinero mercante, se me habrá metido en la cabeza la idea de zarpar en un ballenero? Esto podrá explicarlo mejor que nadie el invisible oficial de policía de los Hados, que me vigila sin cesar, me acosa en secreto e influye sobre mí de modo inexplicable. Y sin duda, este viaje mío en un ballenero formaba parte del gran programa que la Providencia organizó hace mucho tiempo. Surgió como una especie de breve interludio, un solo, entre los números más importantes. Imagino que esa parte del programa debió de sonar más o menos así:
Gran lucha electoral por la Presidencia de los
Estados Unidos
Un individuo de nombre Ismael viaja en un
ballenero
SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN
No puedo decir el motivo exacto por el cual esos directores de escena que son los Hados me adjudicaron este papel tan deslucido del viaje en un ballenero, cuando a otros les dieron papeles magníficos en grandes tragedias, o papeles breves y fáciles en comedias de salón, o papeles cómicos en las farsas. Aunque no pueda explicar el motivo exacto, ahora que recuerdo todas las circunstancias creo discernir algo entre los móviles y resortes que, hábilmente ocultos bajo varios disfraces, me indujeron a representar ese papel, además de engatusarme con la ilusión de que ésa era una elección resultante de mi libre albedrío y de mi discernimiento.
El principal de esos móviles era la idea abrumadora de la gran ballena en carne y hueso. Un monstruo tan portentoso y enigmático despertaba toda mi curiosidad. Y después, los mares salvajes y distantes donde el monstruo hacía rodar su masa, gigantesca como una isla; y los peligros indescriptibles de la ballena: todo eso, sumado a las maravillas que esperaba descubrir en un millar de paisajes y vientos patagónicos, contribuyó a alimentar mi deseo. Para otros hombres, quizá, nada de eso habría sido un incentivo. Pero yo me siento atormentado por una inagotable ansiedad de cosas remotas. Me gusta navegar por mares prohibidos y acercarme a costas bárbaras. Sin ignorar el bien, percibo enseguida el horror, y hasta puedo vivir en buenos términos con él —siempre que el horror me lo permita—, porque me parece correcto mantenerme en buenas relaciones con los demás inquilinos del lugar donde vivo.
Por todos estos motivos, di la bienvenida al viaje en el ballenero. Las grandes compuertas del mundo de las maravillas se abrieron ante mí y entre las delirantes imaginaciones que me impulsaron hacia mi propósito, fluctuaron hacia mi espíritu, de a dos en dos, procesiones interminables de ballenas. En medio de todas ellas pasó un fantasma gigantesco, encapuchado, como una colina de nieve en el aire.
II
EL BOLSO DE VIAJE
M
etí una o dos camisas en mi raído bolso de viaje, lo sujeté bajo el brazo y partí hacia el Cabo de Hornos y el Pacífico. Dejé la buena ciudad de los antiguos manhattoes y, según lo previsto, llegué a Nueva Bedford la noche de un sábado de diciembre. Me fastidió bastante descubrir que el vaporcito con destino a Nantucket ya había zarpado y que no habría otra oportunidad de viajar hacia allí hasta el lunes siguiente. La mayor parte de los candidatos a las penurias y fatigas de la caza de ballenas se detienen en esta Nueva Bedford para iniciar desde ahí su viaje; pero debo confesar que yo no tenía la menor intención de hacer tal cosa. Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y famosa, algo que me atraía de manera extraordinaria. Por lo demás, aunque Nueva Bedford ha ido monopolizando en estos últimos tiempos la industria de la caza de ballenas, y si bien la pobre y vieja Nantucket se le ha quedado muy atrás en este aspecto, la verdad es que Nantucket ha sido la cuna de este comercio, la Tiro de esta Cartago: el lugar donde se llevó a tierra la primera ballena norteamericana capturada. ¿De qué otro lugar, si no de Nantucket, salieron por primera vez las canoas de los balleneros indígenas, los pieles rojas, para dar caza al leviatán? ¿Y de dónde, si no de esta misma Nantucket, zarpó esa primera chalupa aventurera, cargada en parte con guijarros importados —según dice la historia— para arrojarlos a las ballenas y descubrir de ese modo si estaban bastante cerca como para arriesgar un arpón desde el bauprés?
Como tenía por delante una noche, un día y otra noche más para pasar en Nueva Bedford antes de poder embarcarme hacia mi puerto de destino, se me presentó el problema de dónde comer y dormir en ese lapso. Era una noche muy incierta... ¡qué digo!, era una noche oscurísima, tétrica, terriblemente fría. No conocía a nadie en ese lugar. Había sondeado mi bolsillo con mano ansiosa, para pescar sólo unas pocas monedas de plata. “Dondequiera que vayas, Ismael —me dije a mí mismo, de pie en medio de una calle lúgubre, echándome el bolso a la espalda y comparando las tinieblas que se extendían al norte con la negrura que envolvía todo el sur—, dondequiera que te lleve tu sabiduría para pasar la noche, mi querido Ismael, ten la precaución de preguntar el precio y no seas demasiado exigente.”
Con pasos vacilantes recorrí las calles y pasé frente a la insignia de “Los arpones cruzados”. Pero tenía un aire demasiado caro y alegre. Más adelante, desde las ventanas rojas y brillantes de la “Posada del pez espada” surgieron rayos tan cálidos que parecían haber derretido la nieve y el hielo amontonados frente a la casa, porque en cualquier otro lugar la escarcha formaba un pavimento duro, como de asfalto, de diez pulgadas de espesor. Era bastante penoso para mí dar con el pie contra las piedras que sobresalían, ya que un uso largo y despiadado había reducido a una condición lastimosa las suelas de mis zapatos. Demasiado alegre y lujoso, volví a pensar, deteniéndome un instante para mirar el vasto reflejo en la calle y escuchar el tintineo de los vasos en el interior. “Vamos, Ismael —me dije al fin—; ¿no oyes? Apártate de la puerta; tus zapatos remendados interrumpen el paso”. De modo que seguí andando. Entonces, por instinto, tomé por las calles que iban hacia el mar: en ellas, sin duda, estarían las posadas más baratas, si no las más alegres.
¡Qué calles tan tétricas! Bloque de oscuridad, en vez de casas, a cada lado; de cuando en cuando, una vela, como una luz en una tumba. A esa hora de la noche, en el último día de la semana, ese barrio estaba casi desierto. Pero al fin llegué hasta una luz humeante proyectada desde un edificio bajo y ancho, cuya puerta se abría acogedoramente. Tenía un aspecto descuidado, como si hubiese estado destinado al uso público; y lo primero que hice al entrar fue tropezar con un cajón de cenizas en el zaguán. “¡Vaya! —pensé, medio ahogado por la nube de ceniza—. ¿Estas cenizas vendrán de Gomorra, la ciudad destruida? Si allá arriba están ‘Los arpones cruzados’ y ‘La posada del pez espada’, ésta debe ser la hostería de ‘La trampa’.” Pero me repuse y al oír una voz estrepitosa en el interior me adelanté y abrí una segunda puerta interior.
Parecía el gran Parlamento Negro reunido en el infierno. Un centenar de caras negras se volvieron desde sus bancos para mirar; más allá, un negro Ángel de las Tinieblas sacudía un libro sobre el púlpito. Era una iglesia negra, y el texto del predicador hablaba sobre la negrura de las tinieblas, el llanto, los gemidos, el crujir de dientes. “¡Oh, Ismael! —murmuré, retrocediendo—. ¡Triste diversión en la hostería de ‘La trampa’!”
Seguí mi camino y al fin llegué a una especie de halo de luz, no lejos de los muelles. De pronto oí en el aire un chirrido angustioso. Miré hacia arriba y vi una insignia oscilante sobre la puerta, con un dibujo blanco que representaba vagamente un chorro alto, recto y brumoso y, debajo, estas palabras: “Posada El chorro de la ballena - Peter Coffin”.1
¿Coffin? ¿Chorro de ballena? Como asociación, pensé, resulta bastante siniestra. Pero dicen que Coffin es nombre muy común en Nantucket, y supongo que este Peter habrá emigrado desde allí. Como la luz era tan débil y el lugar parecía, por el momento, bastante tranquilo y además la ruinosa casa de madera tenía el aire de haber sido trasportada desde las ruinas de un barrio incendiado (sin contar con que la insignia oscilante chirriaba proclamando pobreza), me dije que ése era el lugar indicado para encontrar alojamiento barato y el mejor café de guisantes.
Era un lugar harto extraño: una casa decrépita, rematada por un alero, con un lado paralítico, por así decirlo, tristemente ladeado. Estaba en una esquina aguda, desolada, en la cual el impetuoso Euroclidón aullaba con más fuerza aún que sobre la zarandeada barca del pobre Pablo. Pero Euroclidón es la más deliciosa de las brisas para quien está metido en su casa, con los pies ante la chimenea, asándose tranquilamente antes de meterse en la cama. “Si hemos de juzgar a ese tempestuoso viento llamado Euroclidón —dice un antiguo escritor de cuya obra sólo yo poseo el único ejemplar existente—, encontraremos una maravillosa diferencia si lo consideramos tras los vidrios de una ventana, con la escarcha del lado exterior, o si lo contemplamos desde una ventana sin marco, con la escarcha dentro y fuera de ella, y con la Muerte como único cristal”. Es muy cierto, pensé al recordar ese párrafo: razonas sabiamente, viejo escriba... Sí, estos ojos son ventanas y este cuerpo mío es la casa. Lástima que no hayan compuesto las grietas y las fisuras, y que no hayan puesto un poco de hilaza aquí y allá. Pero ya es demasiado tarde para cualquier mejora. El universo está terminado, la cúpula está en su lugar y los restos ya han sido barridos hace un millón de años. Pobre Lázaro, que castañetea los dientes en el cordón de la acera que le sirve de almohada y al tiritar sacude sus harapos: aunque se tapara las orejas con trapos viejos y se metiera en la boca una mazorca, no lograría tener a raya al tempestuoso Euroclidón. ¡Euroclidón!, dice el viejo Dives en su túnica de seda roja (después tuvo otra aun más roja). ¡Qué hermosa noche de helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Qué aurora boreal! “¡Bah, bah! Que la gente hable de sus climas estivales, en los países de Oriente, semejantes a eternos invernaderos; a mí, resérvenme el privilegio de crearme mi propio verano con mis carbones”.
Pero ¿qué piensa Lázaro? ¿Puede calentarse las manos tendiéndolas hacia las grandes estrellas boreales? ¿No preferiría estar en Sumatra? ¿No preferiría acostarse a lo largo de la línea del Ecuador? ¡Sí, oh Dioses! ¿No preferiría hundirse en el terrible corazón de la tierra para quitarse ese hielo de encima?
Lo cierto es que imaginar a Lázaro echado en la acera, frente a la puerta de Dives, es más maravilloso que figurarse un témpano amarrado a una de las islas Molucas. Y por otro lado, qué hace Dives sino vivir como un zar en un palacio de hielo, hecho de suspiros congelados, presidiendo una sociedad de la templanza que le impide beber otra cosa que las tibias lágrimas de los huérfanos.
Pero basta de lágrimas: nos espera una cacería de ballena y ya tendremos tiempo de sobra para lloriquear. Quitémonos el hielo de los pies congelados y comprobemos qué clase de lugar es este “Chorro de la ballena”.
III
LA POSADA “EL CHORRO DE LA BALLENA”
A
l entrar en esa posada, rematada por un tejado puntiagudo, se encontraba uno en un vestíbulo muy grande, de techo bajo, y forma irregular, con un friso de madera anticuado, que recordaba las amuradas de un viejo barco encallado. A un lado pendía un óleo inmenso, tan ahumado y cuarteado que, visto a esa luz difusa, sólo después de un estudio muy atento, una serie de visitas sistemáticas y una cuidadosa indagación podía uno llegar a comprender vagamente su significado. Había masas de sombra y de oscuridad tan inexplicables que al principio podía pensarse que algún joven artista ambicioso, de los tiempos de las brujas de Nueva Inglaterra, se había embarcado en la empresa de representar el caos maldito. A fuerza de reiteradas y concienzudas contemplaciones, al cabo de meditaciones incesantemente repetidas —y sobre todo, gracias al recurso de abrir el ventanuco al fondo del vestíbulo—, llegaba uno a la conclusión de que, aunque absurda, tal idea podía no ser del todo injustificada.
Pero lo que más intrigaba y confundía era una larga, ágil, portentosa, masa negra de algo misterioso que revoloteaba en el centro del cuadro, sobre tres líneas verticales azules y difusas, que flotaban en un fermento sin nombre. Era, en verdad, un cuadro viscoso, encenagado, pantanoso, capaz de enloquecer a un hombre que no tuviera los nervios bien firmes. Y sin embargo había en él una especie de indefinida, semilograda, inimaginable sublimidad que inmovilizaba al espectador, el cual, involuntariamente, se juraba a sí mismo no cejar hasta descubrir qué significaba ese cuadro portentoso. De cuando en cuando, una idea luminosa, pero por desgracia ilusoria, atravesaba el cerebro de ese espectador: “Es el Mar Negro durante una tempestad nocturna”. “Es el combate antinatural de los cuatro elementos primordiales”. “Es una hoguera maldita”. “Es una escena invernal hiperbórea”. “Es el torrente congelado del Tiempo que se precipita”. Pero al fin todas esas fantasías se esfumaban ante ese algo portentoso que reinaba en medio del cuadro. Una vez descubierto qué era eso, el resto habría sido evidente. Pero, un momento... ¿no tiene eso una ligera semejanza con un pez gigantesco? ¿No recuerda al gran Leviatán?
En realidad, el propósito del artista parecía ése: teoría a la que al fin llegué basándome en parte sobre las opiniones sumadas de muchos ancianos con los cuales he hablado sobre el asunto. El cuadro representa un navío en el Cabo de Hornos, durante un terrible huracán: el navío, casi hundido, rola sin que no se pueda ver de él otra cosa que los tres mástiles desmantelados; y una ballena enfurecida está a punto de saltar sobre la nave, en el acto supremo de encajarse entre las tres cofas.
La pared opuesta de ese vestíbulo estaba enteramente cubierta por un despliegue pagano de mazas y lanzas monstruosas. Algunas estaban profusamente engastadas de dientes brillantes, parecidos a sierras de marfil; otras estaban empenachadas con matas de pelo humano; una tenía forma de hoz, con un mango enorme, arqueado como el trecho abierto, en la hierba recién cortada, por un segador de brazo muy largo. Se estremecía uno al mirarla, preguntándose qué monstruoso salvaje caníbal habría sido capaz de emprender una siega de muerte con un instrumento tan horripilante. Mezclados con todo eso había viejas lanzas y arpones herrumbrados, rotos, deformes. Algunas de esas armas eran famosas. Con aquella lanza —en otros tiempos larguísima, ahora absurdamente torcida—, cincuenta años antes Nathan Swain había matado quince ballenas entre la aurora y el atardecer. Y aquel arpón, ahora tan parecido a un sacacorchos, había sido arrojado en los mares de Java y arrebatado por una ballena, muerta años después frente al Cabo Blanco. El hierro original había entrado cerca de la cola; y como una inquieta aguja en el cuerpo de un hombre, había viajado cuarenta pies para ser descubierto, al fin, sepulto en la joroba.
Después de atravesar ese vestíbulo tenebroso, y avanzando por un pasaje de bóveda muy baja, abierto en lo que en otras épocas debió de ser una inmensa chimenea central, con hogares a la redonda, se entra en el salón común. Lugar aun más tenebroso, con tales vigas en la techumbre, bajas y pesadas, y tales maderos en el piso, viejos y rugosos, que cree uno estar en el vientre de un barco decrépito, especialmente en una noche como ésa, con semejantes aullidos, cuando la vieja arca anclada en la esquina se debate enfurecida. A un lado hay una mesa estante, larga y baja, cubierta de vitrinas rajadas, llenas de polvorientas curiosidades obtenidas en los rincones más remotos del inabarcable mundo. Y en el ángulo más alejado se destaca una guarida tenebrosa: el bar, burdo intento de reproducir una cabeza de ballena. Lo cierto es que allí se alza el enorme hueso arqueado del maxilar de la ballena, tan vasto que casi podría pasar un carruaje por debajo de él. Dentro, hay míseros estantes con filas de frascos, botellas, licoreras viejas. Y entre esas quijadas de rápida muerte se ajetrea como otro Jonás maldito (ése es el nombre que, en verdad, le dan) un minúsculo viejo arrugado que, a cambio de su dinero, vende cariñosamente a los marinos el delirio y la muerte.
Abominables son los vasos en que vierte su veneno. Aunque cilíndricos por fuera, por dentro los vasos verdes, perversamente centelleantes, se ahúsan engañosos hasta el fondo, que es una trampa. Meridianos paralelos, toscamente grabados en el vidrio, circundan esos vasos de bandoleros. Llenar el vaso hasta esta marca, cuesta un penique; hasta esta otra, un penique más, y así sucesivamente, hasta colmar el vaso, la medida del Cabo de Hornos, que puede uno zamparse por un chelín.
Al entrar en ese sitio descubrí a una cantidad de marineros jóvenes, reunidos en torno a una mesa; examinaban bajo una luz difusa unas cuantas muestras de skrimshander.1 Me dirigí hacia el patrón. Le dije que deseaba un cuarto. Me contestó que la posada estaba llena: no quedaba una sola cama disponible.
—Pero... ¡un momento! —agregó, dándose una palmada en la frente—. Supongo que no tendrá inconveniente en compartir la manta de un arponero, ¿no es cierto? Como imagino que usted sale a pescar ballenas, le convendrá acostumbrarse a estas cosas.
Le dije que nunca me había gustado mucho dormir de a dos en una cama; que si tenía que hacerlo, todo dependería de quién fuese el arponero. Si él (el patrón) no tenía de veras otro lugar para mí y el arponero no era una calamidad, bueno... antes que seguir vagabundeando por una ciudad desconocida en una noche de perros como ésa, prefería compartir la manta de una persona decente.
—Sí, ya me lo figuraba. Está bien: siéntese. ¿Cena? ¿Quiere cenar? La cena estará lista enseguida.
Me senté en un viejo banco de madera, cubierto de incisiones, como un banco del Fuerte. En una punta, un viejo marinero rumiante seguía adornándolo con su navaja, inclinado y trabajando con diligencia en el espacio entre sus piernas. Probaba su mano tallando una nave con las velas desplegadas. Pero me pareció que no avanzaba mucho...
Al fin, cuatro o cinco de nosotros fuimos emplazados a recibir nuestra comida en un cuarto vecino. Hacía tanto frío como en Islandia. No había fuego: el patrón aseguró que no podía permitírselo. Nada, salvo dos tétricas velas de sebo, cada una en un fanal. Nos habríamos contentado con abotonarnos los gabanes y llevarnos a la boca tazas de café hirviente con nuestros dedos medio congelados. Pero la comida fue de las más sustanciosas: no sólo carne con patatas, sino también pasteles. ¡Cielos! ¡Pasteles para la cena! Un muchacho de gabán verde se precipitó sobre esos pasteles sin la menor consideración.
—Muchacho —dijo el posadero—, mira que esta noche tendrás una pesadilla terrible...
—Patrón —murmuré—, ¿no será éste el arponero?
—Oh, no —respondió el posadero, con expresión de diabólica alegría—. El arponero es un tipo de piel morena. Nunca come pasteles, nunca... no come más que bifes, y le gustan casi crudos...
—¡Al diablo! —exclamé—. ¿Y dónde está ese arponero? ¿Está aquí?
—No tardará en venir —fue la respuesta.
Sin poder evitarlo, empecé a recelar de ese arponero “de piel morena”. De todos modos, me juré que si al fin tendríamos que dormir juntos, debería desnudarse y meterse en la cama antes que yo.
Acabada la comida, el grupo volvió al bar. Allí, sin saber qué hacer de mí mismo, decidí pasar el resto de la noche como espectador.
De pronto se oyó afuera una gritería. El posadero se puso de pie de un salto y exclamó:
—Es la tripulación del Grampus. Esta mañana vi que anunciaban su llegada en el muelle. Un viaje de tres años, con el barco cargado... ¡Viva, muchachos, nos traerán las últimas noticias de las islas Fiji!
En el vestíbulo se oyó ruido de botas de marinero; la puerta se abrió de golpe y una feroz banda de marineros se precipitó en el cuarto. Arropados en los hirsutos gabanes de guardia, con las cabezas envueltas en bufandas de lana, harapientos y hediondos, con las barbas erizadas de agujas de hielo, parecían una irrupción de osos del Labrador. Acababan de bajar a tierra y ésta era la primera casa donde entraban. No es de asombrarse, pues, que enfilaran derecho hacia el maxilar de la ballena —el bar—, donde el minúsculo y arrugado Jonás que allí oficiaba les sirvió una vuelta de vasos bien llenos. Uno de ellos se quejó de un mal resfrío de cabeza: Jonás le sirvió una poción de color pez, mezcla de ginebra y melaza que, juraba, era el remedio soberano para cualquier resfrío o catarro, por viejo que fuera o aunque se lo hubiese pescado ante la costa del Labrador o a barlovento de una isla de hielo.
El alcohol se les subió pronto a la cabeza, como suele ocurrir incluso con los bebedores más avezados cuando acaban de bajar a tierra, y todos empezaron a hacer las cabriolas más estrepitosas.
Sin embargo, observé que uno de ellos se mantenía algo aparte, y aunque parecía deseoso de no estropear la alegría de sus camaradas con la seriedad de su cara, en general se abstenía de hacer tanto ruido como los demás. Ese hombre me interesó de inmediato; y como los dioses del mar ya habían ordenado que habría de ser mi camarada de travesía (aunque sólo un compañero en las horas de sueño, en cuanto se refiere al presente relato), aventuraré aquí una breve descripción de él. Medía por lo menos seis pies de altura, tenía nobles hombros y el pecho como una caja fuerte. Pocas veces he visto tanto nervio y tanto músculo en un hombre. La cara, muy oscura y tostada; por contraste, sus blancos dientes centelleaban. Al mismo tiempo, en las profundas sombras de los ojos fluctuaba algún recuerdo que no parecía alegrarlo mucho. Su voz proclamaba enseguida que era un sureño y su hermosa estatura hacía pensar que quizá fuera uno de esos altos montañeses de los Alleghanies, en Virginia. Cuando el alboroto de sus camaradas llegó al punto máximo, este hombre se escabulló sin que repararan en él. No volví a verlo hasta que se convirtió en mi camarada de nave. Pero al cabo de unos minutos, sus compañeros lo echaron de menos. Como por algún motivo especial parecía ser el favorito de todos, empezaron a clamar “¡Bulkington! ¡Bulkington! ¿Dónde está Bulkington?” y salieron como flechas de la posada en su busca.
Serían ya más o menos las nueve. El cuarto parecía semisumido en una quietud casi sobrenatural, después de esas orgías, y yo empecé a felicitarme por un plan que había urdido justamente antes de que entraran los marineros.
A ningún hombre le gusta dormir con otro en una cama. En verdad, ni siquiera nos gusta dormir con nuestro propio hermano. Y si se trata de dormir con un desconocido, en una posada desconocida, y ese desconocido es un arponero, nuestras objeciones se multiplican infinitamente. Ahora bien: no había ninguna razón en el mundo para que yo, como marinero, tuviese más obligación de compartir una cama que cualquier otro hombre, puesto que los marineros no duermen de a dos en los barcos más que los reyes solteros en tierra. Es cierto que duermen juntos en el mismo recinto, pero cada uno en su propia hamaca, cubierto por su propia manta y envuelto en su propia piel.
Cuanto más pensaba yo en el dichoso arponero, más abominaba de la idea de dormir con él. Era lícito presumir que, siendo arponero, su ropa interior, ya fuera de lana o de algodón, no habría de ser por cierto la más limpia y menos aún la más fina. Empecé a estremecerme. Además, se hacía ya muy tarde: mi respetable arponero ya habría debido estar de regreso, camino de la cama. Si se me presentaba en mi cama a medianoche, ¿cómo podría yo adivinar de qué horrible agujero había salido?
—¡Patrón! He cambiado de idea... No dormiré con ese arponero. Me las arreglaré en este banco, aquí...
—Haga como se le antoje. Lo siento, pero no puedo darle un mantel como colchón. Y la tabla del banco es muy áspera —agregó, palpando los nudos y hendiduras de la madera—. Pero ¡un momento! Skrimshander... Tengo un cepillo de carpintero aquí, en el bar. Espérese, le digo: le haré un sitio bastante cómodo.
Al decir esto, fue en busca del cepillo; limpió el polvo del banco con su viejo pañuelo de seda y después empezó a cepillar vigorosamente mi cama, haciendo muecas como un mono. Las virutas volaban a derecha e izquierda; al fin, la cuchilla tropezó contra un nudo indestructible. El posadero estuvo a punto de recalcarse la muñeca; le rogué que por el amor de Dios acabara con la cosa: la cama era bastante cómoda para mí y no sabía cómo podía convertirse una tabla de pino en un edredón, por más que se usaran todos los cepillos del mundo. Entonces el posadero recogió las virutas con otra mueca y después de echarlas en la gran estufa que se alzaba en mitad del cuarto se marchó para seguir con sus ocupaciones, dejándome sumido en honda cavilación.
Entonces tomé las medidas del banco y descubrí que le faltaba un pie de largo. Eso podía remediarse con una silla, pero también le faltaba un pie de ancho, y el otro banco del cuarto era unos cuatro pies más alto que el elegido: no había manera de juntarlos. Entonces puse el primer banco a lo largo del único tramo libre que había en la pared, dejando un corto espacio entre ambos para encajar en él mi espalda. Pronto descubrí que desde la ventana me llegaba una corriente de aire tan fría que este plan era impracticable, sobre todo cuando otra corriente que provenía de la puerta mal cerrada se reunía con la de la ventana y ambas formaban una serie de remolinos en la vecindad inmediata del lugar donde había resuelto pasar la noche.
Que el diablo se lleve a ese arponero, pensé. Aunque... ¿no podía hacerle una jugarreta? ¿No podía cerrar la puerta por dentro, meterme en su cama y no despertarme ni bajo los llamados más violentos? No parecía mala idea. Pero después de reflexionar, la deseché. Porque ¿quién me aseguraba que a la mañana siguiente, no bien saliera yo del cuarto, no me encontraría con el arponero plantado ante la puerta y dispuesto a derribarme de un puñetazo?
Sin embargo, al mirar a mi alrededor sin ver la menor posibilidad de pasar una noche soportable, a menos de resignarme a compartir el lecho de otra persona, empecé a pensar que después de todo quizá tuviera prejuicios ilegítimos contra el desconocido arponero. Esperaré un poco, me dije; tendrá que llegar muy pronto. Entonces lo miraré bien y tal vez podamos ser buenos compañeros de cama, después de todo... ¿quién puede decirlo?
Pero aunque los demás huéspedes empezaron a llegar en grupos de a dos o de a tres para irse a la cama, no había señales de mi arponero.
—¡Patrón! —dije—. ¿Qué clase de tipo es éste? ¿Siempre vuelve tan tarde?
Ya eran casi las doce.
El posadero volvió a sonreír con su mueca de mono y pareció divertirse extraordinariamente con algo que superaba mi comprensión.
—No —respondió—. Generalmente es un pájaro madrugador... se levanta temprano y se acuesta temprano. Sí, piensa que al que madruga, Dios lo ayuda... Pero esta noche ha salido a vender sus mercancías, ¿entiende usted? No sé qué diablos lo ha entretenido tanto... a menos que no haya podido vender aún su cabeza, cosa muy posible.
—¿Vender su cabeza? ¡Qué clase de patraña me está contando! —exclamé, ardiendo de furia—. ¿Quiere usted decirme, patrón, que este arponero está tratando de vender su cabeza por la ciudad en este bendito sábado, que ya es la madrugada del domingo?
—Exactamente eso —repuso—. Aunque le dije que no podría venderla aquí: la plaza está abarrotada.
—¿De qué?
—De cabezas, por supuesto. ¿No hay demasiadas cabezas en el mundo?
—Escúcheme, patrón —le dije, con absoluta calma—. Haga el favor de acabar con esos cuentos. No soy un niño.
—Quizá no lo sea —dijo él, tomando una astilla y usándola como mondadientes—. Pero le aseguro que usted se las verá negras si este arponero se entera de que usted calumnia su cabeza.
—¡Yo se la romperé! —grité, abandonándome de nuevo a la furia que me producía el absurdo fárrago del posadero.
—Ya la tiene rota —dijo él.
—¡Rota! —dije—. ¿Ha dicho usted rota?
—Seguro. Y ése es el motivo por el cual no puede venderla, supongo.
—Patrón —le dije, frío como el monte Hecla en una tempestad de nieve—, patrón, deje en paz ese mondadientes. Usted y yo tenemos que entendernos, y sin hacer demasiadas historias. Yo llego a su posada y necesito una cama; usted me dice que sólo puede darme media cama, porque la otra mitad pertenece a un arponero. Y acerca de este arponero, a quien todavía no he visto, usted persiste en contarme los cuentos más absurdos y exasperantes, como para provocar en mí un sentimiento desagradable hacia el hombre que me destina como compañero de lecho (una clase de relación, señor posadero, que es de las más íntimas y confidenciales). Entonces le pido que se explique y me diga quién y qué cosa es el bendito arponero, y si estaré a salvo, en todo sentido, pasando la noche con él. Y en primer lugar, usted tendrá la gentileza de desmentir esa historia sobre la venta de su cabeza, porque si es cierta, me da pruebas suficientes de que el arponero está loco de remate (y no tengo la menor intención de dormir con un loco); y usted, señor, usted, digo, patrón, usted, señor mío, al inducirme deliberadamente a dormir con un loco, está cometiendo un delito penado por la ley.
—¡Vaya! —dijo el patrón aspirando el aire con fuerza—. Ese discurso que me ha espetado es bastante largo para un tipo como yo, que me doy el lujo de reír de cuando en cuando... Pero quédese tranquilo, quédese tranquilo. El arponero de quien le he hablado acaba de llegar de los Mares del Sur, donde ha comprado un lote de cabezas embalsamadas de Nueva Zelanda (cosa bastante curiosa, ¿no le parece?) y las ha vendido todas, salvo una. Ésa es la que trata de vender esta noche, porque mañana es domingo y no estaría bien andar vendiendo cabezas humanas por las calles, cuando la gente va a la iglesia. El domingo pasado quiso hacerlo, pero lo detuve justamente cuando salía de la puerta con cuatro cabezas enfiladas en una cuerda, como una ristra de cebollas.
Este informe aclaró el misterio hasta entonces inexplicable y demostró que el posadero, después de todo, no tenía intenciones de burlarse de mí... pero al mismo tiempo, ¿qué podía pensar yo de un arponero que pasaba en vela la noche de un sábado hasta acercarse al sagrado Sabbath, ocupado en un negocio tan caníbal como la venta de las cabezas de unos idólatras muertos?
—Créame, patrón: ese arponero es un individuo peligroso.
—Paga regularmente —fue la respuesta—. Pero venga... será mejor que vire para otro lado: tendrá una cama excelente. Sall y yo dormimos en ella la noche de nuestras bodas. En esa cama hay bastante espacio como para que los dos tiren puntapiés. Es una enorme cama omnipotente. ¿Sabe una cosa? Antes de que dejáramos de usarla, Sall solía poner a nuestro Samuel y al pequeño Johnny a sus pies. Pero una noche me puse a soñar, estiré los brazos y las piernas y tuvimos que ir a buscar a Sam al suelo. Estuvo a punto de romperse un brazo. Después de eso, Sall dijo que había que buscar otro arreglo. Venga por aquí, se la mostraré enseguida.
Al decir esto, prendió una vela y la acercó a mí, ofreciéndose para mostrarme el camino. Pero yo permanecí indeciso. De pronto, el posadero miró un reloj en un rincón y exclamó:
—¡Pero si ya es domingo! Esta noche no verá usted al arponero. Debe de haber anclado en alguna parte... Venga, pero venga usted. ¿No quiere venir?
Pensé un minuto y al fin empezamos a subir la escalera. El posadero me introdujo en un cuarto pequeño, frío como un molusco y amueblado con un lecho prodigioso, casi tan grande como para que durmieran en ella cuatro arponeros tendidos boca arriba.
—Bueno, aquí estamos... —dijo e
