Prólogo
He tenido ocasión de escribir más de una vez sobre José María Zavala. Por mucho que irrite a algunos, se trata de un historiador riguroso al que complace caminar por las páginas enmascaradas de la historia. Acierta casi siempre en la busca del tiempo perdido.
No es un filósofo de la historia como Toynbee, Spengler o Huizinga. Tampoco un historiador académico, sujeto a los convencionalismos de la profesión. Desentraña la Historia con rigor y plantea al lector la reflexión sobre incógnitas de especial interés. Ha escrito una veintena de libros y, entre ellos, varias biografías sagaces sobre personajes de cristal.
José María Zavala me desveló la relación entre Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera, víctimas ambos de la guerra incivil. Su sagacidad para el juicio crítico quedó robustecida en Infantas, el libro en el que retrató a una veintena de hijas de los reyes de España.
Ajeno a prejuicios y descalificaciones, el historiador se adentró con La pasión de José Antonio en un personaje polémico y admirado. En Bastardos y Borbones, relata las realidades históricas y también los bulos, maledicencias y calumnias sobre la dinastía que desde el año 1700 reina en España. Lo hace con nervio periodístico y frialdad científica de historiador.
Zavala ha sabido adentrarse en el mundo religioso con un libro sobre el padre Pío y otro sobre los milagros de Fátima. A Alfonso de Borbón Dampierre lo disecciona en El Borbón non grato y al hijo mayor de Alfonso XIII y príncipe de Asturias lo desvela psicológicamente en El Borbón de cristal.
Tuvo el acierto Zavala de radiografiar al hermano del dictador. Su libro sobre Ramón, Franco el republicano, no tiene desperdicio. Tampoco lo tiene su estudio sobre el dinero de Alfonso XIII en el exilio, aunque se deslicen algunos errores.
En Grandes misterios y leyendas de España vibra de nuevo el historiador riguroso, con alma de periodista, que es José María Zavala. El autor ha sabido agavillar una setentena de incógnitas sobre acontecimientos que afectaron al pueblo español y que aborda con documentos nuevos, serenidad imperturbable y profundo sentido de lo que tiene interés hoy.
El lector se quedará asombrado por la exposición de Zavala sobre el descubrimiento de América, la enfermedad y muerte de Alfonso XII, el fin de Isabel la Católica, las horas atroces de la reina Victoria Eugenia, las maldiciones de los primos de Alfonso XIII, fusilados el 1 de noviembre de 1936, al costado de Ramiro de Maeztu, el enigma de Garabandal, la muerte de Manolete, la autopsia de Cristóbal Colón, el fallecimiento de Durruti, el verdadero padre de Eulalia de Borbón, los atentados contra Juan Carlos I y tantos otros asuntos que convierten este libro en un apasionante relato que mantendrá en vilo al lector desde el principio hasta fin.
Capítulo aparte para un Quevedo, que participó en el complot para derribar a la República veneciana, y un Cervantes, según Zavala, perseguido de casa en casa. Logró escapar de la persecución disfrazado de pordiosero.
José María Zavala, en fin, acredita en este libro, una vez más, su calidad de historiador riguroso que sabe elegir y desentrañar pasajes de especial interés en la larga historia de la nación española.
LUIS MARÍA ANSON
de la Real Academia Española
1
La increíble historia del falso inca
FECHA: 1657. Pedro Bohórquez demostró su inigualable labia, siendo capaz de embaucar al mismísimo virrey para realizar una expedición al fantasioso reino de Paititi, donde aseguró que había oro.
LUGAR: PERÚ. Se hizo pasar ante los indios calchaquíes por el último descendiente de los emperadores incas, ofreciéndose a comandarles en una terrible guerra contra la Corona de España.
ANÉCDOTA: Por toda la región se proclamaba el nombre del Inca Hualpa y no había un solo varón que no anhelara empuñar un arma contra los hombres blancos.
La increíble historia que vamos a relatar sucedió en la localidad de Pomán, Virreinato del Perú, en julio de 1657.
El gobernador se reunió con un aventurero andaluz a quien los indígenas acababan de coronar como su Inca o líder supremo. Todos iban ataviados con sus mejores galas. Los españoles, a caballo, entre un cortejo de hidalgos, clérigos y soldados; y el aventurero, portado en una litera de oro y rodeado por una docena de caciques que le rendían pleitesía.
Aquel trotamundos que se hacía llamar «Inca Hualpa» aseguró a las autoridades coloniales que, si le garantizaban su reconocimiento como monarca, convertiría a los indígenas al cristianismo. Y por si fuera poco, éstos debían revelarle antes la ubicación de sus inagotables yacimientos de oro.
El gobernador quedó satisfecho con sus palabras y le dio el tratamiento de capitán general. Una semana entera de festejos se celebró en su honor.
¿Cómo logró aquel sujeto tan poco fiable ser encumbrado de semejante forma? Eso es precisamente lo que vamos a descubrir. Se trata de la historia de un disparatado pícaro cuya vida hubiera inspirado a su anónimo autor, de haberla conocido, El Lazarillo de Tormes. Una grandiosa historia que alcanzó incluso ribetes de leyenda. Aludimos, naturalmente, a la vida exagerada de nuestro protagonista Pedro Bohórquez.
Llamado en realidad Pedro Chamijo, había nacido en Sevilla. Cruzó el océano con dieciocho años para hacer las Américas. Su periplo en el Nuevo Continente fue de lo más azaroso. Probó suerte en distintos oficios, pero eran demasiado humildes para él y enseguida colmaron su paciencia y ambición.
Por eso viajó a la ciudad más opulenta del mundo entonces: Potosí, el emporio donde se concentraba la mayor parte de la fortuna del Virreinato del Perú. Acudían allí muchos españoles para reclamar su parte del botín. Entre ellos, cómo no, Pedro Chamijo.
Aunque tampoco logró prosperar allí, al menos pudo apropiarse del apellido de un clérigo con el que hizo buenas migas. Chamijo cambió así su apellido por el de Bohórquez. Y con su nueva identidad se instaló en Lima para intentar medrar en las más altas esferas.
Demostró desde el principio su inigualable labia, siendo capaz de embaucar al mismísimo virrey para realizar una expedición al fantasioso Reino de Paititi, donde aseguró que existían yacimientos de oro y otros preciados tesoros. Pero la expedición resultó ser un fiasco y Bohórquez debió poner pies en polvorosa.
Capturado finalmente, fue conducido a la penitenciaría en el extremo sur de Chile, de donde logró escapar y cruzar después la cordillera de los Andes para establecerse en la provincia de Tucumán, en el límite del Virreinato peruano.
A esas alturas, Bohórquez era un estafador profesional cuya vida se había convertido en una permanente huida.
En aquella remota región, los españoles se hallaban en situación muy precaria. Su inferioridad era manifiesta ante la abrumadora presencia de los indómitos indios calchaquíes, al borde siempre de la rebelión. Y un hombre tan ladino como Bohórquez supo vislumbrar la gran ocasión de su existencia; una hazaña tan épica, que sólo cabía en la imaginación de un enajenado.
Contactó enseguida con los calchaquíes, haciéndose pasar nada menos que por el último descendiente de los emperadores incas. Y se ofreció a comandarles en una guerra de liberación contra la Corona de España. La realidad, en su caso, constituye un digno ejemplo de cómo supera con creces a la ficción.
Bohórquez era justo el caudillo que los indios necesitaban; un general clarividente capaz de conducirlos hasta el triunfo.
Cuando el loco aventurero consideró que el fuego de la insurrección había prendido lo suficiente, sus huestes resolvieron dar el golpe decisivo. Entretanto, por los valles de la región se proclamaba a voz en grito el nombre del Inca Hualpa y no había un solo varón en ellos que no anhelara empuñar un arma para acabar con los hombres blancos y barbudos, cuyas corazas les evocaban a cangrejos de hierro.
Los humos dieron la señal de guerra. Un ejército de energúmenos tomó entonces al asalto y saqueó poblados y misiones enteros con las puntas de sus flechas empapadas en cicuta.
Pero sucedió algo imprevisto que dio al traste con la victoria final: transformado en un demente homicida, el falso inca ordenó atacar sin piedad hasta el último reducto enemigo, confiado en su falta de munición.
Los calchaquíes se lanzaron así a la carga como bestias inmundas, pero un fuego inesperado les desarboló por completo. Sólo unos pocos pudieron huir. Pedro Bohórquez fue apresado, enviado a Lima y ejecutado al garrote.
LA LEYENDA DEL GRAN PAITITI
Con la llegada de los conquistadores, los incas supieron que el Imperio del Sol tenía los días contados. Su capital iba a caer de forma inminente, así que su élite decidió escapar hacia la selva. Se trasladarían hasta sus profundidades transportando toneladas de oro y magníficos tesoros, y fundarían una ciudad llamada Paititi, gemela de Cuzco, donde se mantendrían aislados hasta que el orden del universo fuese restituido. En ese feudo secreto, las riquezas serían custodiadas por una misteriosa tribu de gigantes supervivientes de una antiquísima civilización.
Para los escépticos, el reino perdido de Paititi no es más que una fantasía de imaginaciones calenturientas, un simple refugio psicológico de los incas para superar la frustración de su derrota. Sin embargo, su leyenda ha sido cantada por grandes poetas, como Garcilaso de la Vega. Y hay muchos otros que no descartan todavía su existencia real, aunque aún no haya sido encontrado.
2
La banda criminal de la Garduña
FECHA: 1821. Siguiendo el rastro de una joven secuestrada, la policía irrumpió en una casa sevillana hallando el cadáver de la víctima y un libro sobre una sociedad criminal.
LUGAR: SEVILLA. La Garduña fue, supuestamente, la sociedad secreta española más poderosa de todos los tiempos, comparable a la temible Mafia italiana, que actuaba en nombre de la Inquisición.
ANÉCDOTA: Avalada por estudiosos, la fama de la Garduña llegó a ser tal que la Guardia Civil calificó a la banda como «peligrosísima asociación de delincuentes» en 1914.
Sevilla, agosto de 1821. Siguiendo el rastro de una joven secuestrada, la policía irrumpió en la residencia de un conocido personaje de la sociedad hispalense.
Allí, además del cadáver de la infortunada, los agentes hallaron un libro donde se relataba la asombrosa historia de una sociedad secreta y criminal con un poder omnímodo. Aludimos a la Garduña, palabra cuya sola mención evoca todavía hoy algunos de los más horrendos crímenes cometidos en España durante siglos.
Su propio nombre, desde luego, inspirado en el del animal depredador nocturno de excelente vista, oído y olfato, habla ya por sí solo.
El dueño de la casa fue detenido de inmediato. Se llamaba Francisco Cortina y resultó ser el jefe de la banda. Tras un largo e intenso juicio, durante el cual se esgrimió el manuscrito como principal prueba acusatoria, numerosos miembros del grupo fueron ejecutados sin miramientos en una plaza pública de la ciudad.
Lamentablemente, un sospechoso incendio en la Audiencia de Sevilla destruyó el libro más tarde. Así al menos lo afirmaba el hombre que supuestamente dirigió todo aquel dispositivo policial: el oficial de cazadores Manuel de Cuendias.
La Garduña fue, supuestamente, la sociedad secreta española más poderosa de todos los tiempos, tal vez sólo comparable a la temible Mafia italiana. Habría sido fundada en Toledo hacia 1412, tras reunir en sus filas a diversas bandas de delincuentes que actuaban por su cuenta y riesgo.
Desde entonces, todas ellas formaron una sola organización dedicada exclusivamente a atacar y robar a judíos y musulmanes. Su pretexto moral era luchar contra la herejía, por lo que se autoproclamaban como el brazo armado de la misma Inquisición.
Según cuentan los defensores de la existencia de esta banda, la Garduña se organizó igual que una logia, en cuya cúspide había un gran maestre. Un personaje de relevancia social a salvo de toda sospecha y al frente de un numeroso grupo de malhechores clasificados en escalafones de una férrea jerarquía: capataces, asesinos, ladrones y colaboradores. La única forma de reconocerse entre ellos eran los tres puntos que cada uno llevaba tatuados en la palma de la mano.
La siniestra agrupación creció con rapidez durante las décadas siguientes, hasta afianzarse con una sólida estructura en diversas ciudades españolas. Actuaba de manera implacable y casi con total impunidad, pues entre sus afiliados se contaban jueces, alcaldes, directores de prisión y hasta altos dignatarios del Santo Oficio.
A mediados del siglo XVI, esta mafia ibérica sentó sus reales en Sevilla, la metrópoli más rica entonces del mundo occidental gracias al oro y la plata que llegaban a espuertas desde las remotas Indias. Y allí siguió actuando precisamente hasta 1821, cuando se produjo la gran redada que la desarticuló para siempre.
La historia de la Garduña se había considerado verdadera hasta hace poco. Avalada por estudiosos de prestigio, figuraba en las enciclopedias más rigurosas. La fama de la Garduña llegó a ser tal, que incluso la Guardia Civil calificó a la banda como «peligrosísima asociación de delincuentes» en 1914.
Pero, aun así, no existe hoy una sola fuente documental que confirme su existencia. Contamos únicamente con el testimonio de Manuel de Cuendias, el presunto oficial de cazadores que detuvo al Gran Maestre de la hermandad en Sevilla. Pero ¿sabemos en realidad quién fue este hombre?
Como averiguó en su día el acreditado antropólogo y folclorista Julio Caro Baroja, Cuendias era un exiliado liberal que sobrevivió en Francia impartiendo clases de idiomas. Obligado a huir de España durante el reinado absolutista de Fernando VII, tras ser condenado por redactar un manifiesto contra la subida de precio del pan, probablemente no estuvo en Sevilla en 1821 y ni siquiera fue agente de la autoridad. Su heroica actuación resultaría ser así una pura invención.
Sabemos por fin ahora que la historia de la Garduña proviene de una novela que el propio Manuel de Cuendias compuso junto con la escritora francesa Madame de Suberwick, mientras mantenía con ella una relación sentimental.
Titulada Misterios de la Inquisición de España, la obra es en realidad un tremendo folletín muy en boga en la época, que exagera hasta el esperpento los supuestos abusos del clero en España. Gran parte de la novela está dedicada, precisamente, a contar los pormenores de una sociedad secreta llamada la Garduña, cuyos componentes asesinaban sin contemplaciones por encargo de la Inquisición.
¿Cómo es posible que este absurdo relato haya conseguido engañar durante tantos años a eminentes historiadores, sociólogos y criminólogos, centrando hasta tal punto su atención? Eso ya es otro insondable misterio…
LA EDAD DORADA DEL FOLLETÍN
En 1842, un terremoto literario sacudió Francia y su onda expansiva alcanzó en poco tiempo al resto del mundo. Fue la publicación por entregas, en el más popular de los diarios parisinos, de un relato escrito por Eugène Sue titulado Los misterios de París. Supuso el nacimiento del folletín decimonónico con todos sus ingredientes: el sórdido mundo de la pobreza, intrigas políticas, organizaciones criminales y héroes sin tacha. Con razón hizo furor entre los lectores.
Para replicar este asombroso éxito, al año siguiente se editaron otra vez en forma de serial Los misterios de Londres. También dieron en la diana de las ventas. Así que pronto se sumaron a este nuevo formato auténticos príncipes de las letras, como Alejandro Dumas, Victor Hugo o Charles Dickens. También quisieron participar Manuel de Cuendias y Madame de Suberwick con Misterios de la Inquisición en España. Y lo cierto es que tuvieron éxito.
3
¿Qué fue del buque fantasma San Telmo?
FECHA: 1819. Al doblar el Cabo de Hornos, el buque San Telmo fue arrastrado por tormentosos vientos hacia el mar abierto y ya nunca más se supo de él.
LUGAR: CABO DE HORNOS. En mayo de aquel año, la flota partió de Cádiz para sofocar el levantamiento secesionista en el Perú, pero las naves no estaban en muy buen estado.
ANÉCDOTA: Existen hoy numerosos indicios de que los tripulantes del buque San Telmo fueron los primeros seres humanos que pisaron la Antártida, antes incluso que los propios británicos.
El trágico final del navío San Telmo es uno de los episodios más misteriosos en la historia de la Armada española.
Sucedió en 1819, durante una travesía desde Cádiz hasta el Virreinato del Perú. Al doblar el cabo de Hornos, el barco se vio arrastrado por los tormentosos vientos hacia el mar abierto. Nunca más se supo de él desde entonces, pero existen numerosos indicios de que sus tripulantes fueron los primeros seres humanos que pisaron la Antártida. Verlo para creerlo.
Al mando de la expedición figuraba el brigadier Rosendo Porlier, en posesión de una intachable hoja de servicios. Nacido en Lima, en el seno de una noble familia criolla, Porlier ingresó en la Marina tras foguearse en las interminables guerras napoleónicas, durante las cuales España luchó contra los británicos aliada con Francia.
Uno de sus primeros destinos fue Haití, donde participó en el sometimiento de una rebelión de esclavos, cuya mecha había sido encendida por miembros de una secta vudú. Luego sobrevino la dolorosa derrota en Trafalgar, a manos del almirante Horacio Nelson.
Tras la guerra de la Independencia, las colonias americanas aprovecharon la debilidad de España para intentar independizarse. En México, Rosendo Porlier se distinguió en el combate contra los insurgentes y regresó a casa cubierto de laureles. Fue entonces cuando le ascendieron a brigadier, confiándole el mando de la División del Mar del Sur, compuesta por cuatro barcos, de los cuales el San Telmo era el buque insignia.
Se trataba de un barco armado con setenta y cuatro cañones, construido en los Reales Astilleros de Esteiro de Ferrol, y botado el mismo año que estalló la Revolución francesa.
En mayo de 1819, la flota partió de Cádiz para sofocar el levantamiento secesionista en el Perú. Las naves no estaban en muy buen estado que digamos, hasta el punto de que una de ellas tuvo que volverse a mitad de travesía. La época dorada del Imperio español tocaba a su fin.
El San Telmo y las dos fragatas que aún navegaban debían pasar del océano Atlántico al Pacífico virando por el cabo de Hornos, en los confines de Sudamérica. Pero navegar por aquellas aguas del fin del mundo constituía un reto peligrosísimo. Los vientos soplaban rugientes, furiosos y aulladores, mientras que las olas alcanzaban la altura de montañas.
No en vano, marinos de todas las latitudes aseguraban que en el fondo de ese inmenso piélago yacía encadenado el mismísimo diablo haciendo crujir una y otra vez sus grilletes.
Allí mismo habían sucedido numerosas catástrofes, y esa vez tampoco fue una excepción. Los buques españoles se dispersaron a causa de las tempestades infernales, aunque las fragatas lograron llegar a su destino.
Sin embargo, el San Telmo fue arrastrado por las corrientes y los vientos más allá de los límites australes conocidos y nadie lo volvió a ver ya jamás.
A tenor de los rastros hallados en suelo antártico por las expediciones inglesas posteriores, todo parece indicar que el destino del buque capitaneado por Porlier resultó fatídico. Pocas semanas después de su desaparición, el cazador de focas William Smith arribó al extremo norte del continente blanco y se topó con los restos de un naufragio. Por su minuciosa descripción, parecía tratarse del San Telmo.
A su regreso, Smith informó del hallazgo a la cúpula de la Royal Navy, que decidió ocultarlo por interés estratégico. De ese modo, la historia oficial seguiría reconociendo a un británico como el primer hombre que pisó la Antártida y el Reino Unido podría reclamar el nuevo territorio.
Conviene no olvidar que en aquel momento tenía lugar una frenética carrera entre varias potencias internacionales por la conquista de un territorio cuya existencia se intuía ya desde hacía tiempo.
Pero ¿qué sucedió, entretanto, con el San Telmo? La hipótesis más aceptada sostiene que el buque debió de naufragar en el litoral antártico, y que una parte de sus tripulantes se salvó de morir ahogada. En ese reino permanente de bruma y nieve, los marineros subsistieron tal vez durante una breve temporada alimentándose con la carne de los animales que lograban cazar.
Luego, ante el temor a morir de hambre y frío en aquel inhóspito lugar alejado del mundanal ruido, pudieron utilizar un bote para alcanzar la Tierra del Fuego. Pero es obvio que no consiguieron llegar hasta allí.
Los mares helados los fagocitaron sin duda para siempre. Todavía hoy, algunos viejos marinos que los surcan aseguran que en las noches gélidas es posible divisar un navío a la deriva sobre un témpano gigante. ¿Será el San Telmo…?
EL TERROR
Pocos años después de esta tragedia, dos navíos británicos cartografiaron parte de la costa antártica. Eran el Terror y el Erebus. Después, hacia 1845 ambos barcos pusieron rumbo al Ártico para intentar hallar el Paso al Noroeste, la vía que permitiría establecer una ruta comercial con China. Iban a bordo más de cien hombres que quedaron atrapados en los laberintos de hielo próximos al Polo. Sin poder hacer nada para continuar la travesía, fueron víctimas de las enfermedades, el hambre y el frío atroz. Algunos trataron de sobrevivir recurriendo al canibalismo. Pero al final murieron todos sin excepción. Tal vez la suerte de los marinos del San Telmo fue muy parecida a la suya.
Esta escalofriante historia se convirtió en uno de los grandes enigmas de la era victoriana. Recientemente, una novela de éxito y una serie de televisión la han recreado, añadiendo además la amenaza de un monstruo sobrenatural.
4
El hombre-pez de Liérganes
FECHA: 1679. Varios pescadores avistaron en el mar una silueta humana que nadaba para luego sumergirse en las aguas. Tras capturarla, comprobaron estupefactos que habían apresado a un hombre.
LUGAR: CÁDIZ. Era un hombre distinto del resto, porque tenía escamas en el cuerpo y las uñas desgastadas por efecto del salitre. No hablaba ni parecía entender sus palabras.
ANÉCDOTA: A Francisco de la Vega le visitaron personas reputadas para desentrañar su misterio, como un secretario de la Inquisición o un ministro de la Audiencia de Oviedo.
Para algunos no se trata más que de un ser mitológico; pero otros, en cambio, basándose en crónicas antiguas, defienden a capa y espada su existencia en una villa cántabra de finales del siglo XVII.
Aludimos a un hombre con nombre y apellidos: Francisco de la Vega Casar. Más conocido como el hombre-pez de Liérganes.
Su historia, desde luego, merece ser contada. Retrocedamos para ello hasta 1674. Era entonces verano en el pueblo de Liérganes. Nuestro protagonista tenía quince años y se bañaba en el río con sus amigos. Había dejado la ropa junto a la de sus compañeros y se fue nadando solo corriente abajo, hasta perderse de vista.
Tardó tanto en regresar, que al cabo de unas horas todo el mundo en el pueblo creyó que se había ahogado. Su madre, como es natural, lloró desconsolada.
Pero lo prodigioso de verdad sucedió cinco años después en las costas de Cádiz, en el otro extremo de la Península, cuando varios pescadores avistaron en el mar una silueta humana que nadaba para luego sumergirse de nuevo en las aguas.
Asombrados ante la insólita escena, se acercaron para comprobar quién era, pero la figura desapareció como por ensalmo.
La intriga se apoderó de los pescadores, que durante varios días se propusieron atrapar a la criatura con una tupida red al sospechar que se trataba de un extraño monstruo. Lograron finalmente capturarla y la arrastraron a tierra, donde comprobaron estupefactos su gran equivocación: ¡habían apresado a un hombre!
Pero enseguida repararon en que no era un hombre cualquiera. Mejor dicho, era distinto del resto porque tenía escamas en el cuerpo y las uñas desgastadas por efecto del salitre. Además, no hablaba ni parecía entender sus palabras.
Temiendo que estuviese poseído por algún espíritu maligno, lo trasladaron a un convento, donde al cabo de varios días lograron arrancarle una sola palabra: Liérganes.
Al principio no entendieron su significado, hasta que apareció una persona que había oído hablar de un pueblo de Santander llamado así. Todos dedujeron entonces que el mozo debía de ser natural de allí.
Puestos en contacto con Liérganes, los religiosos verificaron la existencia de un joven llamado Francisco de la Vega Casar, desaparecido en el río cinco años antes sin dejar el menor rastro. Su aparición era un milagro, siempre y cuando se tratase de la misma persona.
Uno de los frailes se ofreció como voluntario para acompañar al muchacho hasta la villa cántabra, situada muy lejos de allí. Una vez en el pueblo, la madre reconoció de inmediato a su hijo Francisco, que desde entonces volvió junto a su familia.
Pero Francisco ya no era el mismo de antes. Su entendimiento permanecía nublado. Andaba descalzo y rehuía el trato con la gente sin inmutarse ante nada. Comía de vez en cuando y pronunciaba tan sólo las palabras «tabaco», «pan» y «vino».
Muy pronto, a Francisco de la Vega le visitaron en Liérganes personas muy reputadas para desentrañar su increíble misterio. Entre ellos, un secretario de la Inquisición, un caballero de la Orden de Santiago y hasta un ministro de la Real Audiencia de Oviedo. Todos ellos concluyeron que el muchacho debió de pasar los últimos cinco años de su vida en el mismo océano.
Aun así, persistían demasiados interrogantes que ninguna autoridad era capaz de responder. Por ejemplo, ¿cómo pudo acomodarse aquel hombre a un género de vida tan diferente? ¿Cómo se alimentaba, dormía, aguantaba la falta de oxígeno o lograba sortear a las voraces bestias marinas?
Se hablaba entonces de un suceso parecido en Sicilia, acaecido siglos antes: el del llamado Pesce Nicola. Pero en su caso, se le consideraba más bien una criatura legendaria cantada por los juglares y trovadores de la Europa medieval.
Muchos eruditos posteriores, como fray Benito Jerónimo Feijoo, se hicieron eco de este acontecimiento en apariencia portentoso, creyendo en su autenticidad. De hecho, la primera reseña en la que aparece el relato de nuestro protagonista es en el volumen VI del Teatro crítico universal. En 1877, José María Herrán publicó también un libro titulado El hombre-pez de Liérganes.
Hasta que en pleno siglo XX, el doctor Gregorio Marañón descartó el fenómeno desde el punto de vista de la ciencia médica.
Se cuenta, aun así, que el hombre-pez vivió nueve o diez años más en Liérganes, y que luego desapareció sin que jamás se volviera a saber de él.
Hoy, se ha erigido en el pueblo una estatua en su memoria e incluso existe un centro de interpretación donde puede obtenerse información sobre este ser mitológico.
EL INVESTIGADOR BENEDICTINO
Fray Benito Jerónimo Feijoo fue, en el siglo XVIII, uno de los pioneros más destacados de la Ilustración en España. En sus muchos escritos tuvo especial interés en atacar la creencia en la superstición, fuertemente arraigada en el imaginario popular de su época. Apelando a la razón, estudió y desestimó cuestiones como la de los duendes, visiones, magia, alquimia y adivinación. Sin embargo, no siempre se consideró un escéptico. Como muestra de ello, en su obra Teatro crítico universal da cuenta del misterioso episodio del hombre-pez de Liérganes y le concede credibilidad. Tal vez lo hizo porque pudo entrevistarse personalmente con algunos testigos directos de nuestra historia.
Cabe añadir, a modo de curiosidad, que hoy algunas personas consideran a este fraile erudito como el padre de la ufología en nuestro país. Al parecer, fue el primer español en reflexionar sobre la posibilidad de la existencia de vida en otros planetas.
