Combatientes en la sombra

Robert Gildea

Fragmento

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LISTA DE IMÁGENES

 

 

 

Durante la ocupación los alemanes consideraban que sacar fotografías era un acto de espionaje, y por motivos de seguridad, los miembros de la Resistencia no se hacían fotos, de modo que son muy escasos los documentos gráficos de la época. No obstante, estas imágenes fueron tomadas en esa época, con la excepción de la del Comité de Liberación de París.

 

1. Henri Rol-Tanguy en el frente de España, 1936-1939 (reproducida por cortesía de la familia Rol-Tanguy).

2. Jean Cavaillès con uniforme de soldado en 1940 (Musée de l’Ordre de la Libération).

3. Jeanine Sontag en una barca (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

4. Guy Môquet en bicicleta (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

5. De Gaulle y Jorge V pasan revista a la Legión Extranjera Francesa en Londres (Musée du Général Leclerc de Hautecloque et de la Libération de Paris - Musée Jean Moulin, Villa de París).

6. Cantera de Châteaubriant al día siguiente de la ejecución de veintisiete rehenes, entre ellos Guy Môquet, el 22 de octubre de 1941 (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

7. Archivo policial de la búsqueda de André Tollet (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

8. El documento de identidad falso de Pierre Georges / coronel Fabien, como sacerdote (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

9. Militante de Carmagnole ejecutado (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

10. De Gaulle y Giraud en Casablanca, ante la mirada de Roosevelt y Churchill, enero de 1943 (Imperial War Museum).

11. Marianne sobre un pedestal en Bourg-en-Bresse proclamando la IV República, fotografía original y réplica propagandística, 11 de noviembre de 1943 (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

12. Maquisards a punto de ser ejecutados en Lantilly, Borgoña, 25 de mayo de 1943.

13. El Affiche rouge que demoniza a los resistentes del grupo Manouchian como «el ejército del crimen» (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

14. El general Leclerc en Normandía, 1 de agosto de 1944 (Musée de l’Ordre de la Libération).

15. Comité de Liberación de París, posando después de la Liberación (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

16. Henri y Cécile Rol-Tanguy (derechos reservados).

17. Madeleine Riffaud en el lugar de su triunfo (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

18. Funeral de Pierre Georges / coronel Fabien (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

19. Desfile gaullista, 18 de junio de 1945 (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

20. Inauguración de la estatua de Missak Manouchian en Ivry por su viuda, Mélinée, en 1978 (Colección del Musée de la Résistance Nationale, Campigny-sur-Marne).

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AGRADECIMIENTOS

 

 

 

En primer lugar he de dar las gracias a Lucy-Jean y a mi familia, que me permitieron tomarme un año de excedencia en París para llevar a cabo las investigaciones recogidas en este libro; durante ese tiempo estuve acompañado por mi hija Georgia que, mientras tanto, continuó allí sus estudios. Esta investigación fue posible gracias a la generosidad del Arts and Humanities Research Council, que la financió económicamente. Asimismo, estoy en deuda con el Leverhulme Trust que me concedió su Major Research Fellowship para completar la redacción de este libro.

Pese a que mi trabajo va en ocasiones a contrapelo de la historiografía francesa, hay un trío de historiadores galos a los que quiero mostrar mi agradecimiento por sus consejos, por su apoyo y por su lectura atenta de esta obra. Laurent Douzou, Guillaume Piketty y Olivier Wieviorka han sido pioneros y compañeros a lo largo del tortuoso camino de la investigación y la redacción. En el Reino Unido quiero dar las gracias a Samantha Blake por su ayuda en el Written Archives Centre de la BBC en Caversham. Bucear en los archivos franceses no es fácil en ningún caso, pero uno siempre se ve recompensado. Por su paciencia y por su ayuda, quisiera expresarle mi gratitud a Patricia Gillet, Olivier Valat y Pascal Rambaul de los Archives Nationales, a Dominique Parcollet del Centre d’Histoire de Sciencies Po, a Anne-Marie Pathé y a Nicholas Schmidt del Institut d’Histoire du Temps Présent, a Cécile Lauvergeon del Mémorial de la Shoah, a André Rakoto de los Archivos Militares de Vincennes, a Pierre Boichu de los Archivos Departamentales de la Seine-Saint Denis, a Chantal Pagès de los Archivos Departamentales del Alto Garona y a Isabelle Rivé-Doré y Régis Le Mer, del Centre d’Histoire de la Résistence et de la Deportation de Lyon. La acogida que me dispensaron en el Musée de la Résistance Nationale de Campigny-sur-Marne fue particularmente afectuosa y constante y, por ello, quiero que conste aquí un cálido agradecimiento al equipo formado por Guy Krivopissko, Xavier Aumage, Céline Heytens y Charles Riondet.

Por el apoyo recibido y por ser fuente de inspiración, quisiera dejar constancia de mi gratitud respecto a un grupo de colegas: Hanna Diamond, Matthew Cobb, Julian Jackson, Nick Stargardt, Lyndal Roper, Daniel Lee y Ludivine Broch. Ruth Harris leyó e hizo comentarios al manuscrito definitivo y siempre me dio consejos agudos y perspicaces. Neil Belton en Faber y Joyce Selzer en Harvard fueron más allá de su labor de editores: creyeron en el proyecto y con su exigencia lograron que el texto fuera más intenso, legible y convincente. Mi agente, Catherine Clarke, no ha escatimado entusiasmo ni generosidad a los que hay que añadir, además, un infatigable ojo crítico. Gabi Maas compiló la bibliografía con el rigor y amabilidad de los que siempre hace gala y Christopher Summerville llevó a cabo una impecable labor de edición a partir del manuscrito original. La producción y el marketing del libro estuvieron a cargo de las expertas manos de Julian Loose, Kate Murray-Browne, Anne Owen y Anna Pallay por parte de Faber y de Silvia Crompton por parte de Whitefox.

Comencé las investigaciones que condujeron a este libro poco después de que a mi madre le diagnosticaran un cáncer. Falleció mientras aún me encontraba redactando el primer borrador. Se lo debo todo a su inteligencia y agudeza, a su amor y su comprensión de lo humano. Este libro está dedicado a su recuerdo.

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INTRODUCCIÓN

RECORDANDO A LA RESISTENCIA FRANCESA

 

 

 

El 16 de mayo de 2007, el día de su investidura como presidente de Francia, Nicolas Sarkozy se desplazó hasta el Bois de Boulogne, en las afueras de París, para rendir homenaje a los treinta y cinco miembros de la Resistencia ejecutados por los alemanes en agosto de 1944, durante los trascendentales días previos a la liberación de París. «Los resistentes eran jóvenes y murieron, pero lo que encarnaban era invencible. Ellos dijeron “no”. “No” al yugo, “no” al deshonor, “no” a lo que denigra la vida humana y ese “no” sigue escuchándose tras su muerte porque es el grito eterno de la libertad humana contra la esclavitud. Es el grito que aún escuchamos hoy en día»[1].

Sarkozy proclamó en su discurso que aquellos que habían dado su vida por Francia no eran solo patriotas que habían muerto por la liberación de su país. Eran mártires de la humanidad que habían dado su vida por los valores eternos de la libertad y la dignidad. Era su deseo, además, que este mensaje fuera transmitido a todos los jóvenes franceses y, de hecho, un buen número de ellos había sido invitado a asistir a la conmemoración. Un estudiante de secundaria leyó la última carta que Guy Môquet, un resistente de diecisiete años ejecutado por los alemanes en 1941, escribió a sus padres. Sarkozy dio su palabra de que esa carta sería leída año tras año en todos los colegios de Francia. Guy Môquet era comunista. Su padre era un diputado comunista que había estado encarcelado y los veintiséis hombres que fueron ejecutados con Guy eran también comunistas. Pero ya se había ganado la Guerra Fría y el Partido Comunista Francés no era ni la sombra de lo que había sido, de modo que la lección moral que se podía extraer de la muerte del joven era, de nuevo, una lección universal: «la grandeza del hombre pasa por entregarse a una causa mayor que él mismo».

La historia de la Resistencia francesa es una piedra angular en la identidad gala. El país sufrió una derrota en 1940, arrollado por una Blitzkrieg que apenas duró seis semanas. La mitad norte de Francia quedó ocupada desde el mismo comienzo de la guerra y la mitad sur a partir de noviembre de 1942, como respuesta a los desembarcos de los Aliados en el norte de África. El poder pasó a manos del mariscal Pétain, el héroe de la batalla de Verdún, cuyas primeras medidas fueron la derogación de la República francesa y la implantación de un régimen autoritario cuya capital pasó a ser la ciudad balneario de Vichy, en la región central de Francia. Los franceses se dividieron entre quienes colaboraron con los alemanes, aquellos que se enfrentaron a ellos con las armas y quienes no hicieron ni una cosa ni otra, sino que se resignaron a su nueva situación y se las «apañaron» con ella como pudieron. El régimen de Vichy cedió ante las presiones alemanas para deportar a los setenta y cinco mil judíos residentes en Francia —veinticuatro mil de nacionalidad francesa y cincuenta y un mil de nacionalidad extranjera— a los campos de exterminio. Pasaron cuatro años de espera hasta que los Aliados volvieron a poner los pies en suelo francés y ayudaron a los franceses a expulsar a los alemanes de su país. La liberación de París se produjo en agosto de 1944 y finalmente se consiguió echar a los alemanes. Las tropas francesas entraron en Alemania y emprendieron también la recuperación de los territorios coloniales perdidos en Oriente Próximo e Indochina y, con ello, la restauración de su pasada grandeza nacional.

Para hacer frente al trauma de la derrota, la ocupación y una guerra civil en potencia, los franceses desarrollaron el mito fundacional de la Resistencia. No se trataba de inventarse algo que nunca hubiera sucedido, sino de una historia que sirviera a los propósitos de la Francia que surgió tras la guerra. Se trataba de un mito fundacional que permitía a los franceses reinventarse y mantener su orgullo nacional durante el periodo de posguerra. Este relato estaba compuesto por diversos elementos. En primer lugar, la Resistencia era un continuo que había comenzado el 18 de junio de 1940, cuando De Gaulle, que se encontraba aislado en Londres, hizo un llamamiento a la resistencia a través de una emisión radiofónica de la BBC, y que había llegado a su apogeo el 26 de agosto de 1944, día en que desfiló por los Campos Elíseos entre las aclamaciones del pueblo francés. En segundo lugar, se consideraba que mientras «un puñado de miserables» había colaborado con el enemigo, el esfuerzo de una minoría activa de resistentes había gozado del apoyo de la inmensa mayoría del pueblo francés. En tercer lugar, por último, se consideraba que, a pesar de que los franceses estuvieran militarmente en deuda con los Aliados y con algunos extranjeros que habían participado en la Resistencia, el pueblo francés se había liberado a sí mismo y había sido capaz de restaurar su honor nacional, su autoestima y su unidad.

Este mito se orquestó con gran eficacia desde el mismo momento de la liberación. Cuando Charles de Gaulle recibió la bienvenida en el Ayuntamiento de París, el 25 de agosto de 1944, se dirigió desde allí a la multitud que se encontraba en las calles. Cabe considerar sus palabras, frecuentemente citadas, como la primera tentativa de definición del mito de la resistencia y la liberación, antes incluso de que la liberación de Francia se completara:

 

¡París ha sido liberada! Liberada por sí misma, liberada por su pueblo con la ayuda de las tropas de Francia, con el apoyo y la participación de toda Francia, de la Francia combatiente: la única Francia, la Francia auténtica, la Francia eterna[2].

 

Este relato se continuó fraguando a través de una serie de actos oficiales posteriores, una vez que Francia había terminado la guerra y había aceptado la rendición de los alemanes en Berlín como una de las potencias aliadas. Durante un desfile celebrado en París el 18 de junio de 1945 —el V aniversario de la llamada a la resistencia por parte de De Gaulle—, las tropas de la Francia Libre, que habían continuado los combates hasta el final de la guerra, eclipsaron, tanto por su número y como por su estilo, a las fuerzas de la Resistencia francesa del interior. Por las calles rodaron tanques que representaban al ejército en el que había combatido el propio De Gaulle y una escuadra aérea dibujó en el cielo su emblema: la cruz de Lorena[3]. El mito de la resistencia de De Gaulle era militar, patriótico y masculino. Recibió su consagración en noviembre de 1940 con la creación de una nueva orden de caballería: los Compagnons de la Libération. Sus miembros no eran más de mil treinta y ocho y habían sido elegidos por su valor en actos de guerra en el transcurso de la epopeya de la liberación. El 81 por ciento de ellos eran oficiales en servicio, solo un 5 por ciento eran extranjeros y el 0,6 por ciento era la escueta cuota reservada a las mujeres[4]. La dimensión patriótica del relato creado en torno a la Resistencia se impuso a golpes de exclusión a cualquier otra visión que la explicara como una lucha internacional contra el fascismo y el nazismo librada parcialmente en suelo francés por guerrilleros que tan pronto podían ser republicanos españoles como judíos polacos. El 11 de noviembre de 1944, en compañía de Winston Churchill, De Gaulle depositó una corona en la estatua de Clemenceau, primer ministro francés durante la Primera Guerra Mundial, situada en los Campos Elíseos, y proclamó que la Resistencia había sido un episodio más en una guerra contra Alemania que se había extendido a lo largo de treinta años, entre 1914 y 1944.

Por poderoso que fuera, semejante mito nunca se implantó de manera completamente hegemónica en la conciencia del pueblo francés. Los comunistas, que desempeñaron un papel dirigente en los combates de la Resistencia y se impusieron como el mayor partido político tras el final de la guerra, no pusieron objeciones al relato dominante mientras disfrutaron del poder. En 1947, sin embargo, tras el comienzo de la Guerra Fría y la expulsión de los comunistas del Gobierno, comenzaron a insistir en que ellos tenían su propia versión de la historia[5]. El Partido Comunista (PCF) se autodefinió como el partido de los setenta y cinco mil fusillés, que era su estimación del número de comunistas fusilados por los alemanes. Las cifras estaban, indudablemente, infladas, pero el Partido Comunista hizo hincapié en un caso espectacular de martirio: los veintisiete comunistas hechos rehenes —entre ellos Guy Môquet— que fueron fusilados en octubre de 1941 en Châteaubriant en represalia por la ejecución del Feldkommandant de Nantes a manos de un comando comunista. En octubre de 1950, en la misma explanada en la que habían sido ejecutados, se inauguró un monumento que representaba a cinco varones musculosos atados a una estaca y cantando a voz en grito La Marsellesa o bien La Internacional. El hecho de que, en octubre de 1952, la ciudad de Nantes erigiera su propio monumento a los dieciséis rehenes no comunistas fusilados en Nantes, como se hiciera con los comunistas fusilados en Châteaubriant, simboliza las rivalidades que surgieron por la apropiación de su memoria. El alcalde de Nantes elogió el papel de las autoridades de Vichy, que habían mediado ante los alemanes para evitar la segunda ronda de ejecuciones con la que habían amenazado, y el del honorable pueblo de Nantes, que había soportado las represalias con dignidad. Este acto público fue clara y explícitamente boicoteado por los comunistas, que celebraron por su cuenta su propia vigilia, demostrando con ello cuán marcadamente divididos podían estar los actos de conmemoración de la Resistencia[6].

Lo que cabía denominar el «mito gaullista de la resistencia» sufrió, además, el revés de otra división interna durante la guerra de Argelia, que transcurrió entre 1954 y 1962. El norte de África había sido la plataforma militar y política desde la que se había urdido la liberación de Francia, pero diez años después, la guerra para evitar la independencia de Argelia se libró con métodos brutales, entre ellos, la tortura de los insurgentes. Los antiguos miembros de la Resistencia se dividieron entre los que consideraban que la liberación pasaba por la restauración de la grandeza nacional y quienes veían con preocupación los métodos «nazis» empleados por el Ejército francés contra los rebeldes argelinos. A fin de restañar la unidad perdida en el conjunto de la Resistencia, comenzó a fomentarse el culto a Jean Moulin, que había dado su vida como un mártir y que fue quien logró unir durante un breve periodo de tiempo a las diferentes facciones de la Resistencia francesa enfrentadas entre sí y ponerlas bajo el mando de De Gaulle, que se encontraba en Londres. En diciembre de 1964, antes de las primeras elecciones presidenciales con sufragio universal desde 1848, en las que De Gaulle esperaba el triunfo, los restos de Jean Moulin fueron solemnemente trasladados al Panteón, donde reposan los héroes de Francia. Esto supuso el apogeo del mito de unificación gaullista y De Gaulle fue reelegido presidente al año siguiente. No obstante, el legado que dejó la guerra de Argelia dividió a los inmigrantes argelinos y a los colonos franceses repatriados tras la independencia de Argelia en 1962, lo que nutrió el populismo de extrema derecha del Front National en la Francia poscolonial.

La pérdida del poder por De Gaulle en 1969 y su muerte, acaecida poco tiempo después, debilitó la coraza del mito fundacional de la Resistencia francesa y entonces comenzaron a aflorar otras historias. La afirmación comúnmente aceptada de que solo una pequeña parte de los franceses se había deshonrado a sí misma colaborando con los alemanes, mientras que la abrumadora mayoría del pueblo francés había apoyado a la Resistencia, fue puesta en tela de juicio en la película del año 1969 de Marcel Ophüls Le Chagrin et la Pitié («La tristeza y la piedad»), que tenía como subtítulo «Crónica de una ciudad francesa durante la ocupación». La película insinuaba que los franceses, lejos de ser héroes, habían actuado de manera oportunista o cobarde, cuando no de forma abiertamente traidora[7]. Uno de los líderes de la Resistencia entrevistados en la película, Emmanuel d’Astier de la Vigerie, declaraba: «Creo que uno solamente se podría haber unido a la Resistencia si era un inadaptado»[8]. Dado que era una mina en la línea de flotación de la historia oficial de la Resistencia, Le Chagrin et la Pitié estuvo vetada en televisión durante diez años. Mientras tanto, el presidente Pompidou, que había tomado el relevo de De Gaulle en 1969, tendió una rama de olivo a los antiguos colaboracionistas con el indulto de Paul Touvier, el jefe de la Milicia Francesa de Lyon, que había combatido contra los resistentes y los judíos y que, después de la guerra, había permanecido oculto durante varios años. El propio Pompidou nunca había formado parte de la Resistencia e incluso veía de forma negativa los logros de esta. En 1972, en el curso de una rueda de prensa, llegó a preguntar: «¿Acaso no ha llegado ya la hora de correr un velo sobre esa época en la que los franceses se odiaban mutuamente y se despedazaban y mataban entre sí?»[9].

Fue entonces cuando conquistó la atención de la opinión pública un relato distinto sobre la resistencia bajo la ocupación alemana. Reivindicaba el papel de liderazgo desempeñado en la Resistencia francesa por los antifascistas extranjeros en general y por los judíos extranjeros en particular. Los franceses se habían liberado a sí mismos, pero no sin la ayuda de los resistentes extranjeros, cuya contribución había sido, en un primer momento, escamoteada. Este relato volvió al primer plano gracias a dos películas centradas en la tragedia de un grupo de veintitrés resistentes, bajo el mando del armenio Missak Manouchian, que fueron ejecutados el 21 de febrero de 1944 en el fuerte de Mont Valérian. A L’Affiche rouge (1976) de Frank Cassenti, titulada así en alusión a un cartel de propaganda alemán que aprovechaba la oportunidad de demonizar a los guerrilleros como extranjeros y judíos, le siguió la película de Serge Mosco Des terroristes à la Retraite (1985). Por desgracia, esta película tuvo que competir con otra: Shoah, de Claude Lanzmann, también de 1985, que se concentraba en los judíos como víctimas del exterminio en lugar de como miembros activos de la resistencia armada. Esto configuró un nuevo y poderoso paradigma que, cada vez más, veía la Segunda Guerra Mundial no tanto desde la perspectiva de la resistencia, sino desde la del Holocausto. Esta óptica se vio reforzada, además, en 1987, año en el que el antiguo jefe de la Gestapo, Klaus Barbie, fue capturado en su refugio boliviano, extraditado a Francia y juzgado por la Corte de Lyon por su papel en la deportación, el 6 de abril de 1944, de cuarenta y cuatro niños judíos desde un hogar en Izieu, cerca de Lyon, a Auschwitz. A Barbie, al que se conocía en los círculos de la Resistencia como el hombre que había torturado a Jean Moulin hasta la muerte, no se le juzgó, sin embargo, por este delito. En lugar de esto, se escuchó el testimonio de las víctimas francesas del Holocausto, que declararon contra sus verdugos, dando con ello prioridad a la historia de la matanza de inocentes. Sabine Zlatin, que había cuidado a los niños de Izieu, exclamó:

 

Barbie siempre dijo que su preocupación principal eran los resistentes y los guerrilleros del maquis, esto es, los enemigos del Ejército alemán. Y yo me pregunto: los cuarenta y cuatro niños, ¿qué eran? ¿Resistentes? ¿Guerrilleros del maquis? ¿Qué eran? Eran inocentes. Por el terrible crimen de Izieu no cabe ni el olvido ni el perdón[10].

 

No solo sucedió que los resistentes quedaran en segundo plano, sino que, de manera figurada, fueron ellos los que pasaron a sentarse en el banquillo de acusados.

El abogado defensor de Barbie, el misterioso Jacques Vergès, hizo correr el rumor de que Jean Moulin había sido delatado a la Gestapo nada más y nada menos que por Raymond Aubrac, considerado hasta ese momento, junto a su esposa Lucie, como uno de los paladines de la Resistencia francesa. El honor de la Resistencia había sido ultrajado y era preciso salir en su defensa. Jacques Chaban-Delmas, que había sido uno de los sucesores de Jean Moulin, que había contribuido al mantenimiento de los lazos entre De Gaulle y la Resistencia en territorio francés y que había llegado a primer ministro durante la presidencia de Pompidou, salió en su defensa: «Si hubo traidores en la Resistencia —afirmó— no se trataba de los miembros de esta, sino de colaboracionistas que se infiltraron en ella con mucha astucia y que no tenían nada que ver con nosotros». Saliendo al paso de otros intentos de manchar el orgullo del conjunto de la Resistencia mancillando a algunos de sus líderes, Chaban se dirigió a las nuevas generaciones: «Los jóvenes de hoy han de saber que el pueblo de Francia se comportó con honor y que no deben avergonzarse ni de Francia ni de la conducta de sus compatriotas durante la ocupación». La resistencia, continuó, haciéndose eco del discurso emergente por aquellos años centrado principalmente en los derechos humanos, había comenzado como una campaña dirigida a expulsar de Francia a los invasores alemanes, pero con el tiempo se había convertido en algo universal: una guerra contra el nazismo, que era «una maldición, un desprecio hacia el ser humano»[11].

Barbie fue condenado por crímenes contra la humanidad y sentenciado a cadena perpetua, pero los alemanes no fueron los únicos culpables de la deportación de Francia de setenta y cinco mil judíos. Se puso también en tela de juicio el papel del Estado francés por su colaboración con el Tercer Reich. Aumentaron las presiones para que el Estado reconociera su participación en el Holocausto. El presidente Mitterrand se negó a ello, afirmando que era Vichy quien había cometido el crimen, no la República, pero en 1995 su sucesor, Jacques Chirac, reconoció solemnemente la participación del Estado francés en el confinamiento de judíos antes de su deportación. Recurrió en su discurso a los derechos humanos para condenar las acciones del Estado francés y para pedir perdón: «Francia, el país de la Ilustración y los derechos humanos, la tierra de la acogida y el asilo, hizo aquel día algo irreparable». No obstante, en el mismo discurso mencionó la estadística suministrada por Serge Klarsfeld, quien había hecho las gestiones para sentar a Barbie en el banquillo de los acusados y había actuado como fiscal, según la cual tres cuartas partes de los judíos de Francia no habían sido deportados. Había que extraer la conclusión de que esos mismos valores que habían sido traicionados por el Estado francés se habían mantenido vivos en el corazón y el espíritu del pueblo llano francés y que habían inspirado compasión y generosidad hacia los judíos perseguidos. Chirac, por tanto, elogió «los valores humanos, los valores de libertad, justicia y tolerancia que constituyen la identidad francesa y nos proyectan unidos hacia el futuro»[12].

El relato de una minoría de resistentes armados, apoyados por la masa del pueblo, fue sustituido entonces por el de una masa de almas solidarias que habían apoyado a una minoría de salvadores y que habían logrado hallar escondites a salvo o rutas de escape seguras para los judíos perseguidos bajo la ocupación alemana. El Yad Vashem, la institución oficial creada en Jerusalén en 1953 como centro de documentación y memoria del Holocausto, había honrado parcialmente a estos salvadores gentiles considerándolos Justos entre las Naciones. Cerca de cincuenta años después, en 2005, se inauguró en París un Monumento a la Shoah en el antiguo barrio judío del Marais. Dentro del edificio, en el Muro de los Nombres, se inscribieron los nombres de todos los judíos deportados desde Francia. En 2006, en el exterior del edificio, en el Muro de los Justos, se descubrió una inscripción con los nombres del todos los franceses Justos entre las Naciones. El 18 de enero de 2007, Jacques Chirac y Simone Veil, superviviente de Auschwitz y política francesa, presidieron una espectacular ceremonia en el Panteón para conmemorar a los Justos de Francia. Chirac elaboró un discurso que apelaba a la razón y a los derechos y se revestía de legitimidad moral. Fieles a «Francia, una tierra de Ilustración y respeto a los derechos humanos», afirmó: «muchos franceses y francesas demostraron que los valores de la Humanidad seguían vivos dentro de sus corazones»[13]. Esta ceremonia sirvió para consagrar una nueva imagen de lo que había significado la Resistencia. Ya no era la lucha militar y patriótica cuya finalidad había sido la expulsión de los alemanes de Francia, sino la labor no armada de rescate de una minoría perseguida a la que había que proteger de las garras de los nazis y que otorgaba a Francia plena legitimidad para reclamar su identidad como país de la libertad y de los derechos humanos.

Los mitos son relatos desarrollados para definir la identidad y las aspiraciones de grupos de personas o de países enteros y no necesitan basarse en hechos históricos probados[14]. Los historiadores, sin embargo, están obligados a servirse de los registros escritos, orales o visuales del pasado, a analizarlos críticamente y a probar su veracidad. Del mismo modo que De Gaulle elaboró un mito sobre la Resistencia desde el mismo momento de la liberación, los antiguos miembros de la Resistencia y los historiadores también movilizaron a los organismos estatales para preservar y también construir un registro histórico en torno a la experiencia francesa de la Segunda Guerra Mundial. En los primeros días de octubre de 1944 se formó una Comisión sobre la Historia de la Ocupación y la Liberación de Francia (CHOLF) dependiente del Ministerio de Educación para conservar la documentación producida en el resto de organismos ministeriales durante el periodo de guerra. Sus secretarios generales fueron el medievalista Édouard Perroy y Henri Michel, antiguo profesor de Historia del liceo de Toulon y resistente socialista en Provenza. En junio de 1945, inmediatamente después del final de la guerra, se fundó otra institución: el Comité para la Historia de la Guerra (CHG). Presidida por el historiador Lucien Febvre y con la participación, de nuevo, de Henri Michel como secretario general, respondía directamente ante De Gaulle y había sido creada para ejercer mayor influencia sobre los ministerios para facilitar la publicación de documentos. No obstante, muy pronto se hizo evidente que estas dos instituciones oficiales se solapaban en funciones y cargos, y en 1951 se fusionaron en el Comité para la Historia de la Segunda Guerra Mundial (CHDGM, por sus siglas en francés)[15].

El primer objetivo de estos comités eran los documentos guardados en los diversos ministerios. Sin embargo algunos ministerios se mostraban recelosos a la hora de entregar sus documentos a los Archivos Nacionales, al menos a corto o medio plazo. Una vez llegados a los Archivos, los documentos quedaban sujetos a una protección de confidencialidad de cincuenta años antes de poder ser consultados. Los archivos documentales que contenían documentos oficiales sobre la ocupación, Vichy y la Resistencia permanecieron prácticamente en absoluta confidencialidad hasta la ley de 1979 que facilitó el acceso a ellos, aunque este acceso a muchos ficheros solo era posible mediante un permiso especial o dérogation del Ministerio de Cultura. Había, por tanto, que recurrir a otras fuentes. Durante casi cuarenta años, mientras los archivos permanecieron cerrados, la historia de la Resistencia se escribió a partir de fuentes orales y de los recuerdos de sus antiguos miembros.

Una de las atribuciones del Comité para la Historia de la Segunda Guerra Mundial fue la construcción de un archivo de entrevistas con antiguos miembros de la Resistencia a partir del cual pudieran trabajar los historiadores posteriores[16]. La metodología empleada estaba muy lejos de la que se usa actualmente para la recolección de historias orales. Los entrevistadores y los entrevistados pertenecían al mismo entorno, de modo que el proceso de efecto «bola de nieve» entre un resistente y otro desembocó en entrevistas bastante semejantes entre sí: gente culta, mayormente varones, que había formado parte de la Francia Libre o de las principales redes y organizaciones no comunistas que operaron en territorio francés. En un clima marcado por la Guerra Fría casi no se realizaron entrevistas a resistentes comunistas, pero fueron aún menos los extranjeros entrevistados. Tampoco se grabaron las entrevistas y no queda claro si fueron recogidas en taquigrafía. Los textos mecanografiados de las mismas no se dispusieron literalmente, en forma de preguntas y respuestas, sino como resúmenes de las conversaciones. No se concebía la idea de que los testigos pudieran estar contando su propia historia, que podía ser diferente de la historia de la Resistencia. Henri Michel consideraba, por su parte, que cruzando un conjunto de historias parciales se podría extraer de ellas «la savia de verdad que contenían». El material resultante de estas entrevistas, convenientemente anónimas, y otra clase de documentos, como las publicaciones de la Resistencia, proporcionó la base testimonial para las primeras historias de la Resistencia elaboradas bien por antiguos historiadores que se habían convertido en resistentes, bien por antiguos resistentes convertidos en historiadores. Henri Michel publicó la primera monografía sobre la Resistencia en 1950, y otros volúmenes sobre el mismo tema en 1954 y 1962[17]. Marie Granet, una de las principales entrevistadoras del CHDGM, publicó una serie de estudios sobre redes de resistencia concretas[18]. En una investigación que marcaba distancias respecto a esta «historia oficial», dos antiguos resistentes, Henri Noguères (que había pertenecido a los Franc-Tireurs en Languedoc) y el excomunista Marcel Degliame (que había colaborado con Combat), escribieron entre 1962 y 1982 una historia en diez volúmenes sobre la Resistencia. Estos autores se lamentaron de que los archivos estuvieran sujetos a cincuenta años de confidencialidad, pero, dado que no podían esperar, se basaron en ciento setenta testimonios orales y escritos. No llevar a cabo esta tarea, señalaron, «hubiera supuesto abandonar la posibilidad de que quienes la vivieron tuvieran la posibilidad no solo de escribirla y discutirla, sino también de controlarla»[19]. En su obra se asumía plenamente que una élite de miembros de la Resistencia fuera quien escribiera su propia historia. Entretanto, en 1975-1976, Jean-Louis Crémieux-Brilhac, que había colaborado con la Francia Libre en Londres, hizo una edición de los mensajes que se habían emitido a Francia desde la BBC en Londres, inaugurando con ello una brillante carrera que le convirtió en el más acreditado antiguo resistente-historiador de su generación[20].

Las memorias de los antiguos miembros de la Resistencia eran la otra fuente desde la que comenzar a elaborar una historia válida. Durante los años inmediatamente posteriores a la guerra había pocos testimonios directos de resistentes comunes. Uno de ellos era el de Agnès Humbert, que había participado en la red de resistencia del Musée de l’Homme y había sido deportada a Alemania para la realización de trabajos forzados[21]. Lo más frecuente era encontrarse con los testimonios de figuras importantes —o bien de otras que querían darse mayor importancia[22]— o de militares de alta graduación o líderes políticos ansiosos de dejar su relato para la posteridad[23]. Después de 1968 apareció una segunda oleada de memorias y, concretamente tras la muerte de De Gaulle y el declive del Partido Comunista, se abrió un espacio mayor para que una amplia variedad de antiguos miembros de la Resistencia contara su propia versión de los hechos[24]. Durante bastante tiempo se esgrimió como autoridad el testimonio de los antiguos resistentes que habían estado próximos a los epicentros de la toma de decisiones. Sin embargo, la confianza en sus testimonios se tambaleó en 1973 con la publicación de las memorias de Henri Frenay, el líder de Combat[25]. Reanudando las querellas que sostuvieron durante la guerra, acusó a su antiguo rival Jean Moulin, que había ascendido a la categoría de héroe de la Resistencia y de mártir, de ser un agente comunista. Repitió la acusación en otro libro de 1977 que suscitó una gran polémica en los medios de comunicación[26]. El antiguo operador de radio de Moulin, Daniel Cordier, ansioso por salir en defensa del honor de Moulin, decidió que el mejor modo de rechazar tales acusaciones era analizar todo el registro de archivos disponibles. Su misión coincidió en el tiempo con una profesionalización de la historia de la Segunda Guerra Mundial, simbolizada en el relevo de la antorcha que se llevó a cabo entre el Comité para la Historia de la Segunda Guerra Mundial presidido por Henri Michel al Instituto para la Historia del Tiempo Presente (IHTP), fundado en 1978 y dirigido por François Bédarida. Nacido en 1926, Bédarida había sido miembro de la Resistencia cuando aún era un colegial, pero, ante todo, era un académico que consideraba su misión situar en contexto histórico los estudios sobre la Segunda Guerra Mundial. Bédarida y Cordier trabajaron en común para poner en tela de juicio la confianza que cabía depositar en los testimonios, tanto orales como escritos, en nombre de la primacía de las fuentes documentales escritas. Los cuatro volúmenes de Cordier sobre Jean Moulin, publicados entre 1989 y 1999, presentan una historia de los archivos de la Resistencia, a la vez que convierten a Moulin en la pieza central de esa historia[27].

Este culto a los archivos sirvió de estímulo para que una nueva generación de catedráticos y estudiantes de doctorado, nacida entre las décadas de 1950 y 1960, se dedicara a investigar y convirtiera la Resistencia en un tema de análisis histórico de pleno derecho. Aquellos que trabajaban en las provincias se aplicaron a la investigación histórica de la Resistencia en su área, ya fuera en el Franco Condado, en Provenza o en Bretaña[28]. Los doctorandos vinculados con la Sorbona y la facultad de Sciences Po de París, por su parte, redactaron y publicaron tesis sobre las organizaciones no comunistas más importantes de la Resistencia: Laurent Douzou sobre Libération-Sud, Alya Aglan sobre Libération-Nord y Olivier Wieviorka sobre Défense de la France[29]. Guillaume Piketty redactó una tesis sobre Pierre Brossolette, el intermediario de Jean Moulin entre Londres y Francia, y, juntas, estas publicaciones se concentraron en «la vía rápida» de la resistencia en territorio francés[30]. Una tesis de 1996 sobre el Front National, a través del cual el Partido Comunista construyó puentes entre organizaciones comunistas y no comunistas, permaneció sin publicar[31]. En torno al XL aniversario de la liberación, estos historiadores se sirvieron también de los congresos como herramienta académica para compartir el estado de actualización de sus investigaciones y sus metodologías de trabajo[32]. Asimismo, se embarcaron en un Dictionnaire historique de la Résistance, que representó en 2006 la plasmación del estado de la cuestión de la investigación contemporánea sobre la Resistencia[33].

Varios integrantes de esta nueva generación de investigadores entrevistaron a antiguos miembros de diversas organizaciones de la Resistencia y Piketty se sirvió de las entrevistas realizadas por la viuda de Brossolette durante la década de 1970[34]. Sus directores de investigación, sin embargo, mantenían un escepticismo no disimulado sobre la validez de los testimonios orales y las entrevistas que se usaban fundamentalmente como complemento de los archivos documentales. En una mesa redonda sobre historia oral celebrada en 1986 en el IHTP, Daniel Cordier admitió que la entrevista tenía el «beneficio estético de la inmediatez» y que podía recrear «una atmósfera», pero que, una vez que se llegaba al detalle concreto, era inservible. «La cronología es extremadamente imprecisa porque el testigo es, por naturaleza, incapaz de situar en el tiempo su propio pasado. Cuando un testigo le dice a uno: “Sucedió el 21 de junio en Avignon”, puede que fuera el 15 de agosto de 1943 o el 10 de septiembre de 1942». François Bédarida, director del IHTP, puso fin a una mesa redonda en 1986 con estas palabras: «La Resistencia, que hasta la fecha había sido entendida como un territorio escogido por la historia oral, aparece ahora como un lugar en el que se ha impuesto la historia escrita»[35].

En cambio, al margen del ámbito académico, se hacía gala de un grado mayor de confianza en los testimonios orales y escritos y un interés también mayor en recoger los testimonios de los miembros de la Resistencia que no habían tomado la «senda principal», principalmente el de los judíos, comunistas y extranjeros. En torno a 1968, Anny Latour llevó a cabo una serie de entrevistas, tanto en Francia como en Israel, con resistentes judíos para utilizarlas en un libro que estaba redactando sobre la participación judía en la resistencia. Estas entrevistas se guardaron en el Centro de Documentación Judía Contemporánea (CDJC), que hoy en día forma parte del Mémorial de la Shoah[36]. El Musée de la Résistance Nationale de Campigny-sur-Marne, que abrió sus puertas en 1985, tenía una filiación comunista y sindical. Recopiló testimonios escritos de resistentes pertenecientes a organizaciones comunistas, a menudo de origen extranjero. Asimismo, guardaba el archivo de documentos originales con las respuestas a un llamamiento que llevó a cabo el periódico comunista L’Humanité en 1984 para recoger testimonios sobre «el lado oculto de la Resistencia» y que se nutrió con un vasto repertorio de acciones y recuerdos enviados por gente corriente[37]. Finalmente, el Centro de Historia de la Resistencia y de la Deportación de Lyon, inaugurado en 1992, comenzó un programa de grabaciones en vídeo de entrevistas con antiguos miembros de la Resistencia. Se incluyó a miembros célebres, pero se dio relevancia a las entrevistas con miembros extranjeros, a menudo de origen judío, y a las mujeres.

La moda de los relatos autobiográficos recibió un nuevo impulso con la publicación en 2004 de la novela póstuma de Irène Némirovsky Suite francesa, un relato de ficción acerca de las familias que huyeron de París en 1940 y las que vivieron junto a los alemanes en la Francia ocupada[38]. Se reactivó el interés respecto a lo que se podía extraer de las memorias, revistas, diarios, cartas y testimonios orales. Las memorias de Agnès Humbert, publicadas originalmente en 1946, se reeditaron en Francia en 2004 y se tradujeron al inglés en 2008[39]. En 2006 se publicaron los diarios y las memorias de la estadounidense Virginia d’Albert Lake, que estuvo implicada en una vía de evasión para aviadores derribados[40]. Los historiadores académicos volvieron a confiar en lo relatos personales. Laurent Douzou, por ejemplo, alabó un género recién surgido: el de los escritos de los hijos de los miembros de la Resistencia, y en especial sus viajes al pasado oculto de sus padres[41]. Algunos de ellos presentaban a los lectores a miembros de la Resistencia que no eran franceses de nacimiento. Después de la muerte de su madre en 1994, el científico Georges Waysand publicó Estoucha, una narración de la actividad de esta en el seno de la Resistencia. Esther Zilberberg, cuyo nombre en clave era Estoucha, era una estudiante de medicina judía y comunista que había emigrado a Bélgica durante la década de 1930, que había participado como enfermera en la Brigadas Internacionales durante la guerra civil española y que había militado en la Resistencia comunista en el norte de Francia, dando a luz a Georges en 1941, antes de que su esposo fuera ejecutado por los alemanes y ella fuera deportada a Ravensbrück[42]. Claude Lévy, también de origen polaco-judío, había escrito su propia historia de los extranjeros que formaban parte de la Resistencia francesa en 1970[43]. En 2007 su hijo Marc revivió el papel y la voz de su padre en la novela Les Enfants de la liberté, en la que exploraba la experiencia de este con resistentes judíos e italianos y el trauma que había sufrido con el «tren fantasma» que deportó a su padre y al hermano menor de este, entre julio y agosto de 1944[44]. En 2009, Guillaume Piketty editó un soberbia colección de testimonios en primera persona escritos por resistentes y extraídos de los diarios de los soldados de la Francia Libre y de las cartas de Claire Girard, resistente asesinada por los alemanes en 1944[45]. Dos años más tarde, François Marcot coeditó una colección de textos de la época de la ocupación en los que se daba mucha importancia a los diarios como fuente documental[46]. Ironías de la vida, Daniel Cordier, que había emprendido anteriormente una campaña tan enérgica contra la fiabilidad de los testimonios directos, publicó en 2009 sus propias memorias: Alias Caracalla. «Pese a que por naturaleza un diario tenga sus limitaciones —admitía— es, sin embargo, incomparable: ofrece una instantánea del pasado que hace revivir antiguas pasiones»[47].

El estudio sobre la Resistencia que aquí se presenta se basa plenamente en el testimonio, tanto oral como escrito. Asume el punto de vista de que solo los relatos en primera persona pueden poner al descubierto la subjetividad individual, la experiencia de la militancia en la Resistencia y el significado que sus miembros daban a sus acciones. Se recogen testimonios de una variada gama de fuentes a fin de subrayar la amplitud y diversidad de quienes formaron parte de ella dentro y fuera de Francia, la mayoría de ellos franceses, pero muchos de origen extranjero. Los primeros seis capítulos de este libro tratan sobre las razones por las que una minoría reducida de individuos optó por el camino de la resistencia en un contexto marcado por el impacto producido por la derrota de Francia y el armisticio de 1940. Mientras que la mayoría del pueblo francés vivió el fin de la guerra como un alivio, confió en que el mariscal Pétain defendería sus intereses y convivió más o menos pacíficamente con las fuerzas de ocupación alemanas, unos pocos se negaron a hacerlo. Procedían de todos los sectores sociales, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, cultos e incultos, soldados franceses que abandonaron la Francia derrotada y se marcharon a Inglaterra o que seguían invictos en las colonias. ¿Eran seres raros, excéntricos o idealistas que habían recibido un aprendizaje político y que se movían por principios? ¿Estaban de alguna manera condicionados por sus familias y entornos, o tuvieron algo que ver la contingencia y el azar? Después la historia se centra en los modos en los que los resistentes se reunieron en pequeños grupos, aislados del conformismo de la gran parte de la población, para pensar qué se podía hacer para resistir. Todos ellos se enfrentaban al reto que suponía infringir la ley y arriesgar, con ello, sus propias vidas y las de otros. Todos ellos estaban vinculados con intensos lazos de camaradería, fraternidad y solidaridad, de amor incluso. Dado que el acto de resistir suponía originalmente rechazar la derrota y continuar la lucha, las mujeres no estuvieron en primera línea desde el principio, pero el fracaso de los varones a la hora de defender su país en 1940 y el hecho de que un millón y medio de ellos pasaran a ser prisioneros de guerra hizo que recayera sobre ellas bastante responsabilidad. Las mujeres se movían entre el cumplimiento de las expectativas establecidas por sus roles de género y las posibilidades que se abrían para la realización de extraordinarias hazañas. Se analiza asimismo cómo los resistentes organizaron su mundo clandestino, se inventaron identidades nuevas e interpretaron roles nuevos. Esto podía tener algo de encanto teatral, pero el riesgo que implicaba podía significar el descubrimiento, la captura y la muerte. La inventiva daba a los resistentes la posibilidad de hacerse pasar por quienes no eran, pero también hacía posible que los confidentes se hicieran pasar por resistentes. A menudo la camaradería y la confianza entre ellos se veían expuestas al engaño y la traición. De cuando en cuando los resistentes salían a la luz desde su entorno de sombras para dar a conocer su mensaje y reivindicar sus acciones y, a veces, estos momentos clave eran los más peligrosos de todos.

Los miembros de la Resistencia siempre fueron una minoría pero surgieron de un amplio abanico de ambientes diversos. Tenían puntos de vista muy diferentes y luchaban por objetivos distintos. Algunos de ellos eran solo patriotas que estaban en contra de la idea de patriotismo que tenía el régimen de Vichy. Su perfil ideológico podía ser bastante parecido al de los partidarios del régimen de Vichy, excepto en lo referente a su oposición a la colaboración con Alemania. Otros entendían que estaban librando una guerra contra el fascismo que había comenzado cuando se habían presentado como voluntarios para defender la República española y luchar contra la cruzada emprendida por Franco, que había recibido el apoyo de la Italia fascista y la Alemania nazi. Tras la derrota de la República española en 1939, muchos de ellos se marcharon a continuar la lucha en suelo francés. Esta guerra también se libró en los Países Bajos, en Europa central, en los Balcanes y en la retaguardia alemana del frente oriental. Hombres y mujeres de origen judío desempeñaron un papel importante en la Resistencia francesa, luchando contra Alemania, pero también librando otra «guerra dentro de la guerra» contra los alemanes y contra Vichy para evitar su exterminio. A menudo eran jóvenes judíos que habían perdido a sus padres y a otros familiares en los confinamientos y deportaciones, y que se habían unido a los grupos de la Resistencia como la única manera de sobrevivir. Había judíos franceses cuyo objetivo principal era conseguir una Francia libre y tolerante, pero había también judíos polacos y rumanos que soñaban con establecer repúblicas socialistas en los países de los que se habían exiliado o, incluso, que deseaban abandonar la vieja Europa y fundar un nuevo hogar en Palestina, en aquel entonces bajo mandato británico.

En este libro se somete a escrutinio el relato gaullista sobre una línea de resistencia ininterrumpida entre 1940 y 1944, así como el de una Francia que se habría liberado a sí misma, si bien con cierta ayuda por parte de los Aliados. El armisticio de 1940 dejó al Imperio francés intacto, y los pocos que se unieron a la Francia Libre de De Gaulle lucharon por el control de las colonias en África y en Siria y Líbano contra las tropas de Vichy que, siendo colaboradoras del Eje, se enfrentaron a ellos en todo momento. En Londres De Gaulle contó con el apoyo de Churchill, pero el general era una figura aislada, incluso entre el exilio francés. Los estadounidenses, además, sentían por él un rechazo visceral, y mantuvieron un embajador en Vichy con el propósito de asegurarse de que el mariscal Pétain no entrara en guerra del lado alemán. En noviembre de 1942, cuando los estadounidenses desembarcaron en el norte de África, llegaron a un pacto con el almirante Darlan de Vichy y, después, cuando este fue asesinado, apoyaron al gran rival de De Gaulle, el general Giraud. De Gaulle, por otra parte, tuvo grandes dificultades para establecer conexiones duraderas con los movimientos de la Resistencia que surgían en el territorio francés. Los grupos comunistas de la Resistencia se mantuvieron por completo al margen de él, e incluso los que no eran comunistas guardaron celosamente su autonomía. Finalmente, en 1943, Jean Moulin, el enviado de De Gaulle, reunió los diversos hilos de los movimientos de resistencia en territorio francés y los puso bajo el mando del general De Gaulle. Entretanto, el propio De Gaulle se estableció en África junto a Giraud. Desgraciadamente, Jean Moulin cayó en manos de los alemanes en junio de 1943 y fue torturado hasta la muerte. Se rompieron con ello los lazos con los movimientos de la Resistencia interior que, al mismo tiempo, iban ganando aceptación popular a la vez que la demanda alemana de trabajadores forzosos para las fábricas del Reich provocaba levantamientos y huelgas y hacía que muchos jóvenes tuvieran que esconderse y que otros se pasaran al maquis en bosques y montañas. Algunos se alistaron en organizaciones comunistas bien estructuradas que planteaban una estrategia de acciones puntuales e insurrección nacional; otros recibieron armas de manos de agentes de los Aliados —armas lanzadas en paracaídas—, pero habían recibido la consigna de no acometer ninguna acción ofensiva hasta el Día D.

Los desembarcos del Día D provocaron un estallido de acciones de resistencia: los guerrilleros emergían de las sombras para atacar a los alemanes por la retaguardia. Al principio esta táctica tuvo consecuencias desastrosas, ya que los guerrilleros estaban provistos de gran optimismo y energía, pero estaban muy mal dotados de entrenamiento, conocimientos estratégicos y mandos. Se produjo un conflicto entre dos modelos de resistencia: por una parte, el deseo comunista de una insurrección nacional, del que participaba todo el abanico de resistentes extranjeros y que abriría camino al poder popular y a reformas de gran alcance; frente a una toma del poder en el momento oportuno, según se fuera produciendo la retirada de los alemanes, que permitiera a De Gaulle reafirmar la autoridad del Estado francés y sofocar cualquier posibilidad de revolución popular. Es en este punto en el que el relato gaullista llega a su apogeo, con el general desfilando por los Campos Elíseos entre los vítores de la población antes de que Francia volviera a la normalidad. Sin embargo, para los que habían estado resistiendo, el asunto no se resolvió tan fácilmente y sus testimonios dan fe de sus esperanzas y miedos, sus victorias y sus desilusiones después de la liberación. Muchos guerrilleros se unieron a las fuerzas francesas que continuaron la marcha hacia Alemania y algunos nunca regresaron. Una minoría tomó parte en la proclamación de la IV República, pero, en la mayoría de los casos, lo hizo a costa de las aspiraciones de los movimientos de resistencia. Otros regresaron de los campos de deportación para reconstruir sus vidas deshechas o se dedicaron en cuerpo y alma a ayudar a reconstituir las vidas deshechas de aquellos que los rodeaban.

El libro termina con el análisis de la batalla por el alma de la Resistencia, que en décadas posteriores enfrentó tanto a grupos como a individuos, mientras unos y otros peleaban para imponer su propia memoria colectiva como el relato hegemónico del conjunto de la Resistencia francesa. Nada más concluida la liberación, el evangelio gaullista —militar, patriótico y fundamentalmente masculino— se convirtió en el relato principal. Competía con él la memoria comunista que, sitiada por la Guerra Fría, estaba bajo el control de un estalinismo que borraba del recuerdo a los comunistas disidentes que habían estado en primera línea de la resistencia. El Holocausto, que se convirtió en el marco principal de reflexión sobre la Segunda Guerra Mundial a partir de la década de 1990, marginó irónicamente el recuerdo de una resistencia judía que había comenzado a resurgir por aquel entonces. El relato dominante hoy en día es el del mito humanitario y universal de la lucha por los derechos humanos, lo que concede un papel más importante a las mujeres y a los que rescataron a judíos, pero un papel menor a los luchadores por la libertad armados con subfusiles Sten. Los recuerdos de miembros de la Resistencia como los comunistas disidentes, los extranjeros y los de origen judío han sobrevivido como memorias grupales, pero no como relatos dominantes. Uno de los cometidos de este estudio es integrarlos de nuevo en el relato principal.

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CAPÍTULO 1

DESPERTARES

 

 

 

La visión de la debacle hizo que reviviera un viejo reflejo nacionalista, un sentimiento de profunda humillación y furia ante la idea de que esa gente se sentía en casa en nuestras propias casas. Al mismo tiempo existía también un antifascismo muy profundo, un odio a todo aquello.

JEAN-PIERRE VERNANT, 1985

 

 

Madeleine Riffaud no había cumplido aún dieciséis años cuando, el 5 de junio de 1940, las tropas alemanas, triunfales tras la victoria en Dunkerque, invadieron el norte de Francia. Su familia huyó al sur, pêle-mêle(1) con otras decenas de miles de civiles aterrados y soldados aturdidos, con sus posesiones cargadas en coches, carros y caballos[48]. Sus padres, ambos maestros de escuela en el Somme, tenían que sobrellevar la carga adicional de un abuelo que estaba muriendo de cáncer. Algunas semanas más tarde, tras la derrota de Francia, iniciaron lentamente el regreso a su casa, que se encontraba ahora en el territorio francés ocupado por los alemanes. En la bombardeada estación de Amiens, Madeleine comenzó a buscar una camilla de la Cruz Roja para llevar en ella a su abuelo y completar el último tramo del camino. Bien parecida, con su «pequeño vestido estival y su largo pelo suelto», fue importunada por un grupo de soldados alemanes. Un oficial los llamó al orden pero, a la vez, «me propinó un puntapié en el trasero que me hizo volar. Estaba furiosa, fue una humillación. Sentí ira y, en mi ira, me prometí a mí misma que encontraría a la Resistencia. Encontraría a aquellos que estaban resistiendo. Así empezó todo»[49].

La nación francesa en su conjunto sufrió la humillación de la derrota, desde sus dirigentes hasta el pueblo llano. Era una derrota inesperada, ya que los franceses habían entrado en guerra en 1939 con la cabeza bien alta, confiados en el poderío de sus fuerzas de tierra, mar y aire. Fue una derrota inexplicable, ya que entre 1914 y 1918 las tropas francesas habían mantenido a raya a las alemanas durante cuatro años y, al final, habían salido victoriosas de las trincheras. Esta vez, sin embargo, se vieron desbordadas en tan solo seis semanas[50]. Fue una derrota decisiva porque supuso la desaparición de la República que encarnaba los ideales democráticos y patrióticos franceses desde 1870 y porque dio paso a un régimen autoritario dispuesto a negociar con Alemania.

Los acontecimientos se sucedieron muy deprisa. El 17 de junio el Gobierno francés, que había salido de París y se había refugiado en Burdeos, en la costa atlántica, solicitó un armisticio. Paul Reynaud, que había sucedido a Édouard Daladier como primer ministro en marzo de 1940 y que había acordado con Gran Bretaña no firmar la paz con Alemania por separado, perdió su mayoría en el gabinete. Transfirió el poder al mariscal Philippe Pétain, el vencedor de la batalla de Verdún en 1916, quien, junto al general Maxime Weygand, había sido incorporado al Gobierno en mayo de 1940 para fortalecerlo, justo cuando Holanda y Bélgica se desmoronaron ante el ataque alemán. Por desgracia, las ideas de Pétain y Weygand no se limitaban exclusivamente a lo militar: para ellos la derrota ofrecía la oportunidad de deshacerse de una República cada vez más atacada por los conservadores por entregar presuntamente las llaves del poder a judíos, comunistas y francmasones. La República ya había estado a punto de caer el 6 de febrero de 1934, en París, cuando paramilitares fascistas y reaccionarios atacaron el edificio del Parlamento francés. Para cerrarles el paso se había formado un movimiento antifascista en las calles y en el seno de los sindicatos, apoyado por los socialistas, los comunistas y los partidos de centro-izquierda radicales, que en 1936 llegaron al poder como Frente Popular con el judío Léon Blum como primer ministro. Si bien el Frente Popular evitó que el fascismo llegara al poder, como había sucedido en Italia y Alemania, y eludió una guerra civil como la que devastó España entre 1936 y 1939, los fascistas y los reaccionarios estaban al acecho de la ocasión de cobrarse su venganza, y esta llegó en 1940[51].

En su alocución del mediodía del 17 de junio, el mariscal Pétain anunció que, cual Jesucristo, se estaba ofreciendo en sacrificio para poner un fin honorable a la guerra y redimir a Francia:

 

Convencido de la lealtad de nuestro admirable ejército, que está luchando con un heroísmo digno de nuestra larga tradición militar contra un enemigo superior en número y armamento y convencido de que su brillante resistencia ha cumplido con sus deberes para con nuestros Aliados […], ofrezco a Francia mi persona para atenuar su infortunio […]. Es con gran tristeza que les anuncio hoy que debemos poner fin a la lucha. Anoche envié una comunicación al enemigo, en los términos que se manejan entre soldados, tras la batalla y con honor, para preguntarle si tenía la intención de explorar vías que desembocaran en el fin de las hostilidades[52].

 

De acuerdo con las condiciones establecidas en el armisticio firmado el 22 de junio de 1940, el Tercer Reich se anexionaba Alsacia y parte de Lorena y el Ejército alemán se establecía como ocupante de la mitad norte de Francia y de toda la costa atlántica hasta la frontera con España. El Ejército francés quedaba reducido a cien mil hombres y se tenía que pagar una enorme indemnización de guerra a Alemania por haberle declarado la guerra junto a Gran Bretaña en septiembre de 1939. Menos de tres semanas más tarde, el 10 de julio, se convocaba al Parlamento francés en la ciudad balneario de Vichy, en la zona central de la Francia no ocupada. Fue el veterano político Pierre Laval, éminence grise(2) política de Pétain, quien convenció al Parlamento de que le otorgase plenos poderes a este para redactar una nueva constitución. Pétain se erigió inmediatamente en cabeza de lo que pasó a llamarse «État Français» y abolió la República. Su primera medida fue otorgarse a sí mismo plenos poderes ejecutivos, legislativos y constitucionales y suspendió el Parlamento indefinidamente.

La mayor parte del pueblo francés respiró aliviada. El armisticio significaba que la guerra había terminado y que no se repetiría una carnicería como la de la Primera Guerra Mundial, en la que Francia perdió a un millón cuatrocientos mil hombres. Un millón y medio de soldados fueron hechos prisioneros por los alemanes, pero se esperaba que pronto fueran liberados. No se entonaron grandes lamentos por el fin de una República que había fracasado de forma palmaria tanto en lo militar como en lo político. Los conservadores consideraban que Francia estaba por fin en manos de un salvador y de un líder fuerte que la purgaría de los judíos, los comunistas y los francmasones que habían minado el país desde el interior y que restablecería la unidad y el poderío franceses.

Unos pocos no veían las cosas del mismo modo y estaban dispuetos a actuar. Uno de ellos era Charles de Gaulle, un general relativamente desconocido que había pasado la mitad de la Primera Guerra Mundial en un campo de prisioneros de guerra alemán. En noviembre de 1918 confesaba a su madre que «el inmenso gozo que comparto contigo por los acontecimientos se me mezcla para mí con un lamento indescriptible, más amargo que nunca, por no haber formado parte de ellos en mayor grado: algo que me acompañará el resto de mi vida»[53]. Desde entonces había demostrado ser una autoridad en el empleo de carros de combate y había comandado meritoriamente la 4.ª División Acorazada en Abbeville, cerca de la desembocadura de Somme, entre finales de mayo y comienzos de junio de 1940, tratando de abrir un corredor de salida para las tropas acorraladas en Dunkerque. El 5 de junio había sido nombrado subsecretario de guerra en el Gobierno de Renaud y el enviado especial de Churchill lo describió como un hombre que guardaba un silencio pétreo mientras observaba la marea ascendente del pánico y del derrotismo, «fumando sin cesar, encendiendo un cigarrillo tras otro»[54]. De Gaulle pertenecía a la minoría del Gobierno que estaba a favor de continuar la guerra. Aislado, temía que pudieran detenerle. A primeras horas del 17 de junio, él y su ayuda de campo, el teniente Geoffroy de Courcel, se embarcaron en Burdeos en un pequeño avión suministrado por los británicos y partieron rumbo a Inglaterra mientras Pétain hacía su alocución. Al día siguiente, el 18 de junio de 1940, De Gaulle realizó su célebre réplica a Pétain en las ondas de la BBC:

 

Yo, el general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y a los soldados franceses que se encuentren en territorio británico, o que ahí vinieran a encontrarse, con sus armas o sin ellas, así como a los ingenieros y obreros cualificados de la industria del armamento que se encuentren en territorio británico, a ponerse en contacto conmigo. Pase lo que pase, la llama de la resistencia no debe apagarse y no se apagará[55].

 

Pese a que según el mito gaullista este mensaje sea la piedra fundacional de la Resistencia francesa, lo cierto es que no fueron muchos los que lo escucharon en su momento. Dado que en un primer momento solo se concebía la resistencia en términos militares, el mensaje estaba dirigido ante todo a los militares: a los treinta mil soldados, marineros y aviadores que estaban en Gran Bretaña, que habían abandonado las playas de Dunkerque o que habían escapado al desastre en barcos que habían partido desde otros puertos franceses del canal de la Mancha o de la costa atlántica. También estaba dirigido a los remanentes del Ejército francés que se encontraban en plena retirada en toda la parte sur de Francia. No obstante, parte de la población civil también escuchó el mensaje, pues numerosos integrantes de esta se encontraban diseminados por las carreteras que conducían al sur de Francia o en las ciudades y pueblos en los que se refugiaron para capear el temporal. Confusos, encolerizados, humillados, no estaban en situación de continuar la lucha de inmediato. Además, tenían que decidir si volver a sus vidas anteriores y someterse al nuevo régimen o comenzar a buscar a gente afín con vistas a «hacer algo», fuera lo que fuera.

Quienes luego participaron en actos de resistencia siempre se mostraron ansiosos por demostrar que habían sido resistentes «de la primera hora». Su honor emanaba de cuán pronto habían respondido al llamamiento de De Gaulle a la resistencia. Quienes se pusieron de parte de De Gaulle fueron, sin embargo, una minoría y una minoría, además, que a menudo se veía frustrada por el escepticismo del que daba muestras la mayoría acerca del apresuramiento del general y de su ambición de crear un gobierno en el exilio opuesto al del mariscal Pétain[56]. El primer grupo de apoyo en potencia fue la comunidad francesa residente en Londres y ciertos personajes influyentes que estaban de paso, pero el apoyo brillaba más bien por su ausencia. El director del Instituto Francés, Denis Saurat, catedrático de Literatura en el King’s College y un especialista en Milton, Blake y Victor Hugo, se reunió con De Gaulle el 19 de junio en su residencia en Seymour Grove (ahora Curzon Place) para ofrecerle sus contactos personales[57]. Uno de ellos era el escritor André Maurois, que sin embargo rehusó el ofrecimiento de colaborar con De Gaulle por temor a las represalias que pudiera sufrir su familia en Francia y que, en su lugar, voló a Estados Unidos para impartir clases en Boston[58]. Jean Monnet, que había participado en las negociaciones para conseguir apoyo logístico por parte de Estados Unidos y que, el 16 de junio de 1940, había concebido un vano proyecto de unión entre Francia y Gran Bretaña como única tabla de salvación para Francia, encontraba que la iniciativa de De Gaulle era demasiado personalista y demasiado histriónica y tomó un barco con rumbo a Nueva York en agosto[59]. Alexis Léger, diplomático que publicaba además libros de poemas bajo el pseudónimo de Saint-John Perse, se negó asimismo a unirse a De Gaulle, entre otras cosas porque Renaud había despedido a Léger de su puesto como secretario general del Quai d’Orsay(3) por ser excesivamente conciliador y, a continuación, había incorporado a De Gaulle, por lo que Léger se marchó también a Estados Unidos[60]. El embajador francés en Londres, Charles Corbin, se opuso a la propuesta de De Gaulle de crear un Comité Nacional Francés que representara a la Francia Libre y dimitió de su puesto después de que, el 23 de junio, el Gobierno británico lo reconociera, regresando a Francia para jubilarse allí, pasando antes por Río de Janeiro[61]. Hasta 1942 ningún miembro relevante de la comunidad diplomática francesa se unió a De Gaulle.

De Gaulle tuvo un poco más de éxito con los militares que se encontraban en Inglaterra, aunque incluso entre estos solo una minoría se pasó a su bando. Uno de los primeros fue Georges Boris, nacido en una familia judía de Lorena que había optado por la nacionalidad francesa cuando Alemania se anexionó la provincia en 1871. Consideraba que «había nacido en la izquierda»: formado en las batallas que surgieron con el Asunto Dreyfus, que enfrentaron a los intelectuales y a los judíos contra los conservadores y los clericales, era un socialista comprometido. Enfermo de tuberculosis, no había combatido en la Primera Guerra Mundial, pero había trabajado en Suiza para la Comisión Interaliada para el bloqueo de las Potencias Centrales y fue después acusado de embusqué (4) al tener un trabajo cómodo lejos del frente. Tenía experiencia en asuntos de gobierno, ya que había sido jefe del gabinete privado de Léon Blum en 1938, durante el segundo Gobierno del Frente Popular, trabajando junto al ministro del Tesoro, Pierre Mendès France, en un plan keynesiano de estímulo de la economía. Este ministerio, de corta vida, fue blanco de los ataques de la prensa de derechas que lo acusó de ser un gabinete «judío»[62]. En 1939 estaba entusiasmado con la idea de subsanar su déficit patriótico y comenzó la guerra como soldado común. Ascendido a sargento, colaboró con el Ejército británico como oficial de enlace y el 28 de mayo de 1940 fue evacuado de Dunkerque junto al resto de efectivos británicos. El 20 de junio de 1940 acudió a los Cuarteles Generales de De Gaulle para ofrecer sus servicios pero —teniendo en cuenta su participación en el Frente Popular y más aún el Asunto Dreyfus— expresó su preocupación de que «la participación de judíos y socialistas notorios pudiera socavar la labor que estaba llevando a cabo De Gaulle, ya que podría alejar a conservadores y militares de los que tenía necesidad»[63]. Se hizo cargo del departamento de prensa y estuvo en relaciones con la BBC, pero siempre se sintió incómodo en presencia de los elementos más a la derecha y militares del entorno de De Gaulle.

El caso del general Antoine Béthouart ilustra muy bien el dilema de si convenía unirse o no a De Gaulle. Se había graduado en la academia militar de Saint-Cyr en la misma cohorte que De Gaulle y había estado al mando del contingente de tropas francesas en las fuerzas expedicionarias anglofrancesas enviadas a Noruega en mayo de 1940 para detener la invasión alemana. Dicho contingente incluía a la 13.ª Semibrigada de la Legión Extranjera y algunas unidades de los Cazadores Alpinos. Repatriado a Francia cuando los alemanes irrumpieron en junio, había combatido brevemente allí antes de escapar a Inglaterra junto a sus tropas. Béthouart escuchó el llamamiento de De Gaulle y almorzó con él el 26 de junio en el hotel Rubens en Victoria. Aunque entendía los motivos de su colega, consideraba que su deber estaba en otra parte. De esta conversación recuerda:

 

«¿Has visto lo que he hecho?», preguntó De Gaulle. «Naturalmente». «¿Y qué piensas?» «Creo que tienes razón. Alguien tiene que plantarse y luchar junto a los Aliados, pero, personalmente, tengo que repatriar a siete mil hombres y, en conciencia, no puedo abandonarlos antes de que estén en sus casas sanos y salvos»[64].

 

En ese momento había bastantes posibilidades de que la guerra de Francia contra Alemania, que ya había terminado en el continente, continuara en las colonias francesas del norte de África: Marruecos, Argelia y Túnez. Béthouart consideraba que la idea de llevar sus tropas a Marruecos resultaba «tentadora, ya que las hostilidades podían reanudarse allí». Sin embargo, continuó diciendo: «No está muy claro qué es lo que está pasando, pero parece que la mayoría de los militares de alto rango —Weygand, Darlan, Noguès, Mittelhauser— apoyan al mariscal Pétain»[65].

El 28 de junio el Gobierno británico reconoció a De Gaulle como «el líder de toda la Francia Libre, dondequiera que se encuentre, que se le una en la defensa de la causa de los Aliados»[66]. Unirse a él o no era el dilema que se les planteaba a todas las fuerzas militares francesas que se encontraban en Inglaterra. Mientras que los Cazadores Alpinos eran una fuerza de élite, la 13.ª Semibrigada incluía en sus filas a un gran número de republicanos españoles y de judíos refugiados de Europa central y oriental que no tenían derecho a combatir en el Ejército francés propiamente dicho y a los que los oficiales veían respectivamente como comunistas e intelectuales[67]. En ese momento se unieron a otros soldados y marinos franceses que, tras la petición de armisticio por parte de Francia, estaban en campamentos improvisados levantados en hipódromos en el área de Liverpool, como Aintree, Arrowe Park, Haydock Park y Trentham Park o en Londres en el canódromo del White City Stadium[68]. El 30 de junio De Gaulle acudió a Trentham Park, pero no logró congregar muchas tropas. Había un conflicto entre la jerarquía militar, que confiaba en Pétain, y algunos de los soldados y oficiales jóvenes, de ánimo más rebelde, que confiaban en De Gaulle[69]. Se daba, además, una dimensión política añadida: los republicanos españoles que formaban parte de la Legión Extranjera temían ser entregados a Franco, mientras que los judíos centroeuropeos temían terminar en manos de Hitler[70]. De los setecientos Cazadores Alpinos, todos menos treinta decidieron regresar con Béthouart, mientras que novecientos ochenta y nueve de los mil seiscientos diecinueve hombres que formaban parte de la 13.ª Semibrigada se quedaron en Gran Bretaña. Muchos de los republicanos españoles se unieron a las fuerzas armadas británicas. En sus homilías, los capellanes castrenses católicos propagaron su tradicional anglofobia entre los mil seiscientos soldados franceses acantonados en el White City Stadium de Londres. Solo ciento cincuenta y dos se unieron a De Gaulle, mientras que treinta y cuatro se pasaron al Ejército de Tierra británico y treinta y seis a la Armada[71].

Dos oficiales de la 13.ª Semibrigada de la Legión Extranjera que se unieron a De Gaulle provenían de entornos militares tradicionales. Pertenecían a familias nobles de las provincias del oeste de Francia, pero había algo en su pasado que les incitaba a disentir. Jacques Pâris de Bollardière era hijo de un oficial bretón que había servido en Marruecos a las órdenes del mariscal Lyautey. Cuando su padre murió en 1917, Jacques tenía diez años y sentía que debía continuar la tradición familiar. Sin embargo, se rebeló contra la disciplina de la academia militar de Saint-Cyr y, cuando se graduó en 1930, dijo: «Llevo solo los galones de sargento, en lugar de los de subteniente»[72]. Tras servir en Marruecos, al igual que su padre, fue ascendido a capitán durante la campaña de Narvik y, tiempo después, comentó acerca de los acontecimientos de 1940: «Estaba terriblemente avergonzado por la derrota […]. De entonces en adelante quise mostrar mi rechazo ante tal cobardía y luchar durante todo el tiempo que hiciera falta para que pudiéramos recobrar juntos el derecho de mirarnos unos a otros sin vergüenza»[73]. Gabriel Brunet de Sairigné, de veintisiete años de edad, descendía de la nobleza de Vendée, que había luchado contra la Revolución francesa, y asistió a la academia de Saint-Cyr. Luchó en Narvik y en Bretaña como teniente de la 13.ª Semibrigada: «Vergonzoso armisticio», escribió en su diario del 23 al 25 de junio de 1940. «¿Qué pasará en el norte de África? Se habla de repatriación, quizá a Marruecos. La disciplina es imposible: los españoles se marchan». El 1 de julio fue testigo de la marcha de todos excepto de los Cazadores y de setecientos Legionarios: «Emoción en la estación, con la despedida del coronel. Todo el mundo se excusa. Sabemos que Marruecos no luchará. Casi todos tienen motivos personales»[74].

La decisión de quedarse o de regresar no era nada fácil de tomar o siquiera de predecir. André Dewavrin provenía de una importante familia de industriales del norte de Francia, había estudiado en la elitista École Polytechnique y servido en Noruega y Francia en el Cuerpo de Cazadores Alpinos bajo el mando del general Béthouart antes de partir por mar hacia Inglaterra el 18 de junio. Se perdió la visita de De Gaulle a Trentham Park y le molestaban los insultos lanzados contra los que habían decidido quedarse, tales como «guerra a los que nos apuñalan por la espalda» o «traidores ingleses». «El virus Pétain comenzaba a propagarse», afirmó. Simpatizante de la derecha, no obstante, y leal a Béthouart, necesitaba la aprobación de este antes de tomar la decisión de quedarse:

 

Dudé hasta el último momento y acompañé a las tropas hasta Barry Docks, donde embarcaron. Tras una última conversación con Béthouart, que apoyó mi plan, decidí quedarme en Inglaterra y unirme al general De Gaulle[75].

 

El 1 de julio se encontró con De Gaulle en la desvencijada casa St. Stephen del muelle Victoria, donde tuvo temporalmente su sede la Francia Libre antes de mudarse a Carlton Gardens, cerca de Pall Mall, a finales de ese mismo mes. Se le puso al frente de los servicios de inteligencia del general y desde entonces se le conoció habitualmente por su pseudónimo: coronel Passy.

Los soldados que estaban en Francia en el momento del armisticio fueron oficialmente desmovilizados y la mayoría de ellos regresaron a sus casas, familias y trabajos. Sin embargo, un pequeño número de ellos reaccionó contra la resignación y la pasividad de sus superiores e hicieron lo posible por salir del país y continuar la guerra desde Gran Bretaña. Claude Bouchinet-Serreulles, de veintiocho años de edad, se describió a sí mismo como «alguien que había nacido en una cuna de oro». Había continuado la carrera diplomática que su padre se había visto obligado a abandonar a causa de una enfermedad. Sirvió como oficial de enlace con el Ejército británico en Arras y luego se retiró a los Cuarteles Generales del Ejército francés en Vichy, donde escuchó el discurso de Pétain del 17 de junio:

 

Estábamos en la cantina, cada cual con los ojos fijos en su plato, pasmados. Todas nuestras esperanzas de continuar la guerra junto a los británicos con un presidente de la República y un gabinete de guerra en Argelia se fueron al traste en un instante. Se abrió un abismo y se hizo el silencio, excepto en mi mesa donde, tras el discurso, el coronel de Artillería X del Cuerpo de Oficiales exclamó: «Bravo, continuaremos la guerra con los alemanes y les daremos una buena tunda a los británicos». Tras una pausa, añadió: «¡Brindo por los galones que vendrán!». Lo único en lo que pensaba era en ascensos. Me sentí mal, pedí disculpas y abandoné la mesa. ¡Solo, en el pasillo se me vino por primera vez a la cabeza la idea de que tendría que desertar![76]

 

Bouchinet se marchó a Burdeos y se las apañó para embarcar en el Massilia, que partía para Casablanca. Allí se encontró con Jacques Bingen, que había servido como oficial de enlace con la 15.ª División Escocesa. Herido en Normandía, Bingen había nadado hasta una barca de pesca que le llevó a Cherburgo. Cuando los alemanes fueron estrechando el cerco, saltó de un tren hospital que se dirigía a Burdeos y embarcó en un carguero francés que iba de La Rochelle a Casablanca. Allí Bingen y Bouchinet se las arreglaron para embarcarse en un barco polaco con destino a Gibraltar y, desde allí, a Inglaterra. Bingen escribió en inglés:

 

Aquí estoy. He logrado escapar de Nazilandia y estoy listo para unirme al Imperio británico y luchar contra Hitler hasta el final […]. He perdido todo lo que tenía: mi dinero (no me queda ni un penique), mi trabajo y mi familia, que se ha quedado en Francia y a la que puede que no vuelva a ver jamás, mi país y mi querido París, pero sigo siendo un hombre libre en un país libre y eso es lo más importante que hay[77].

 

Tras embarcarse en Liverpool, Bouchinet y Bingen se dirigieron a Londres y, el 22 de julio, se encontraron con De Gaulle en su Cuartel General de St. Stephen. Bouchinet se volvió a reunir allí con un antiguo compañero del colegio Stanislas, un centro católico de élite: Geoffroy de Courcel, que había volado a Londres en compañía de De Gaulle. A la vez que De Courcel se convirtió en el jefe del gabinete militar de De Gaulle, Bouchinet pasó a ser el jefe de su gabinete civil. Más adelante comentó que «el clan de militares (que rodeaban a De Gaulle) era exclusivamente de derechas. Eran feroces partidarios de luchar contra Alemania, punto en el que estaban en contra de Vichy, pero por lo demás, al igual que los partidarios de Vichy, eran antirrepublicanos y antiparlamentarios»[78]. Bingen, que en su vida anterior había sido director de una empresa de transporte marítimo, recibió el encargo de reunir toda la flota mercante francesa que pudiera conseguir para ponerla a disposición de la Francia Libre[79]. Al igual que Georges Boris, permaneció ligeramente al margen del centro de poder, pero su contribución no fue en absoluto baladí.

No todos los que se unieron a De Gaulle en Londres para continuar la lucha contra los alemanes eran figuras destacadas, ni todos eran hombres. Hélène Terré había comenzado la guerra en septiembre de 1939 de forma convencional, como simple enfermera de la Cruz Roja, y había participado en la evacuación de niños de París. Había abogado por la creación de un servicio de ambulancias y le había espetado al general que estaba a cargo del Ministerio de la Guerra: «Queremos servir en esta guerra. No somos enfermeras y queremos llevar el uniforme francés». «Querida señora mía —le replicó este—, comprenda, por favor, que en esta guerra ninguna mujer pondrá un pie en el frente»[80]. Tras la derrota, decidió marcharse a Inglaterra, donde desde 1938 se estaba reclutando a mujeres para el Servicio Territorial Auxiliar (ATS, por sus siglas en inglés). Llegó allí en septiembre de 1940, tras un viaje a través de España y Portugal, pero fue inmediatamente arrestada como sospechosa de pertenecer a la quinta columna y pasó tres meses de arresto en la prisión de Holloway. Tras su liberación en diciembre de ese año, leyó en el periódico que De Gaulle había creado un servicio auxiliar para mujeres, el Corps Féminin des Volontaires Françaises, y en octubre de 1941 la pusieron al mando de las ciento veintiséis mujeres que formaban parte de él.

Tereska Szwarc fue una de las que se alistaron en el Corps Féminin. Sus padres, judíos polacos, habían llegado hasta Francia y se habían convertido al catolicismo sin decírselo a sus abuelos en Łódź. Tereska había sido alumna del liceo Henri IV y era lectora de Proust. En enero de 1940 escribió en su diario:

 

Un enigma: ¿quién soy? Legalmente soy francesa, pero los franceses me consideran polaca, porque mis padres lo son. Soy judía, pero los judíos no quieren saber nada de mí porque además soy católica. Soy judía de religión católica, algo que no puede ser, aunque lo sea[81].

 

Su idea de lo que significaba ser polaca y judía se agudizó en septiembre de 1939 cuando, tras regresar de visitar a la familia en Polonia, las tropas alemanas invadieron el país. La sinagoga de Łódź fue pasto de las llamas y su abuelo murió de un ataque al corazón. Tuvo miedo de que se pudiera repetir lo mismo en Francia y, en cuanto los alemanes invadieron Francia, la familia huyó rápidamente hacia San Juan de Luz, donde se embarcaban los soldados británicos y polacos.

 

Me encontré con Elisabeth en la calle, y fue ella quien me contó lo del llamamiento del general De Gaulle. Mientras intentaban subir a un barco en San Juan de Luz, un amigo me dijo: «Tenéis que iros todos. Los alemanes están a punto de llegar. Eres judía y estás en peligro». Yo quería ir a Inglaterra para unirme al ejército de De Gaulle[82].

 

La decisión de unirse a De Gaulle era un modo de escapar de su identidad judeopolaca y de reafirmarse como una patriota francesa. La familia llegó a Lisboa en octubre de 1940. Un barco los llevó de allí a Gibraltar y luego a Inglaterra, donde Tereska se convirtió en una de las primeras reclutas del ala femenina del ejército gaullista de la Francia Libre.

La gente que se unió a De Gaulle en Inglaterra eran unos pocos privilegiados, pero eran pocos. Se encontraban también en Inglaterra y tenían plena confianza en los buenos oficios y la generosidad del Gobierno británico, que concedió a De Gaulle un reducido reconocimiento como líder de la Francia Libre y le suministró apoyo material tras el acuerdo del 7 de agosto de 1940. En términos de legitimidad e importancia militar, el mayor reto para De Gaulle pasaba por conseguir la anexión de las colonias francesas que se extendían desde las Indias occidentales hasta el norte de África, el África occidental y ecuatorial, pasando por los protectorados franceses de Siria y Líbano hasta Indochina, en el Extremo Oriente. Defendían las posesiones africanas los ciento cuarenta mil soldados del poderoso Ejército de África, compuesto mayormente por regimientos europeos, como los zuavos, la Legión Extranjera y los regimientos norteafricanos al mando de oficiales franceses, los tiradores marroquís, argelinos y tunecinos[83]. Los respaldaban las fuerzas que estaban en Siria y Líbano bajo el mando del general Mittelhauser y los cuarenta mil efectivos en Indochina, bajo el mando del general Catroux, el gobernador general que, a finales de junio de 1940, había sido relevado de su cargo por el Gobierno de Vichy y se había pasado al bando de De Gaulle[84]. Defendían, además, las colonias la segunda marina más importante después de la británica, que estaba al mando del almirante Darlan. Si los barcos se unían a la Francia Libre de De Gaulle, su posición se vería enormemente reforzada, pero arrebatárselos al mariscal Pétain, que era la cabeza del Gobierno y comandante en jefe de las fuerzas armadas, no sería tarea fácil.

La idea de continuar la guerra desde el norte de África había surgido entre los veintisiete parlamentarios franceses y antiguos ministros que, el 21 de junio, habían embarcado en Burdeos en el crucero Massilia y habían llegado al puerto de Casablanca el 24 de junio. Entre ellos estaban el anterior primer ministro, Édouard Daladier; el anterior ministro de Interior, Georges Mandel, y Pierre Mendès France, que se había opuesto al armisticio y quería continuar la guerra desde el norte de África. Desgraciadamente, el Gobierno de Pétain les había facilitado la salida para quitárselos de en medio y, a su llegada, habían sido arrestados y retenidos en el barco a fin de someterlos a juicio por traición[85]. El 19 de junio, De Gaulle envió un telegrama al general Charles Noguès, comandante en jefe de todas las fuerzas del norte de África y residente general de Marruecos —de facto, el primer ministro del sultán— en estos términos: «Estoy a su disposición, ya para combatir a sus órdenes o para cualquier gestión que pueda usted considerar provechosa»[86]. En otro mensaje, este del 24 de junio, decía: «General, la defensa del norte de África está exclusivamente en sus manos. Sí, de usted o de nadie, y supone el elemento esencial y la base para que la resistencia continúe»[87]. Reforzó la propuesta la visita del general François d’Astier de la Vigerie, que había sido un as de la aviación durante la Primera Guerra Mundial, había dirigido los combates por aire en el noreste de Francia entre mayo y junio de 1940 y tenía previsto proseguir la guerra aérea desde el norte de África. En un primer momento D’Astier encontró a un Noguès «vibrante, dinámico y plenamente patriótico», pero en una segunda ocasión se lo encontró llorando. Había contactado con Weygand para informarle de que el norte de África no aceptaba la rendición y, acto seguido, Weygand había exigido su dimisión. Noguès concluyó entonces: «Bien mirado, podría imponer la capitulación». D’Astier comentó: «Se convirtió en el colaboracionista que conocimos»[88].

Después de que Francia abandonara la guerra, la preocupación mayor para Gran Bretaña era que la Armada francesa no cayera en manos alemanas. Una situación así supondría una amenaza para las rutas marítimas, que eran fundamentales para su supervivencia, y la destrucción de su superioridad marítima. La flota francesa estaba dividida entre Toulon, los puertos argelinos de Mers el-Kébir, en las inmediaciones de Orán, y Alejandría. El 2 de julio los británicos dieron a elegir al comandante francés en Orán entre estas opciones: luchar junto a la Armada Real británica, navegar hasta las Indias occidentales francesas con tripulaciones reducidas y entregar allí las armas o que los británicos hundieran la flota. El comandante francés rechazó este ultimátum, aduciendo que bastaba con la palabra de honor de Francia de que la flota francesa no caería en manos alemanas. A primeras horas de la tarde del 3 de julio los británicos comenzaron a atacar con artillería y aviones desde el portaaviones Ark Royal. En apenas unos minutos, habían quedado destruidos el grueso de la flota francesa y sus amarraderos, y se perdieron mil trescientas vidas. Mientras que Churchill recibía una ovación con la Cámara de los Comunes puesta en pie, De Gaulle fue condenado a muerte por traición por un tribunal militar en Clermont-Ferrand y un amplio sector de población comenzó a considerarlo un prisionero de la pérfida Albión.

La mayor parte del norte de África se puso de parte de Vichy y tan solo una minoría entendió la situación de forma distinta. José Aboulker, un estudiante de medicina de veinte años, nacido en el seno de una familia judía próspera y conocida en Argelia, había llegado a doctor-alumno del Cuerpo Médico de Reserva, «el rango militar más bajo para médicos alistados en el ejército». «Con el armisticio —recordaba— casi todo el mundo esperaba que los territorios del norte de África prosiguieran la guerra junto a los británicos» y se recibía con vítores a los escuadrones aéreos que llegaban desde Francia. Sin embargo, en un corto espacio de tiempo se produjo un cambio en el sentir general del ejército. El 5 de septiembre de 1940, el general Weygand llegó como delegado general del África francesa e hizo una ruta por las cantinas de oficiales del norte de África para llamarlos al orden y cortar de raíz con cualquier indicio de gaullismo: «Vi a Weygand cuando llegó a nuestros barracones —recordaba Aboulker—. Al día siguiente se podía decir que todos los hombres habían cambiado de opinión. El gran general les dijo que debían seguir al mariscal en su política de colaboración»[89].

Más al sur de África, la guerra por el control entre la Francia Libre y Vichy fue más encarnizada. A más de 4.500 kilómetros de distancia desde Orán, en Pointe Noire, en la costa del Congo francés, el capitán François Garbit, educado con los jesuitas y de treinta años de edad, que había estado al mando de las tropas indígenas en el África subsahariana desde su graduación en Saint-Cyr en 1932, escribió una carta a su madre con fecha del 30 de junio de 1940. Narraba en ella cómo se iban agotando las esperanzas de que el Imperio continuara la guerra, a la vez que la gente se iba resignando a la nueva situación, mientras que solo unos pocos, como él, estaban deseosos de continuar la lucha:

 

Se ha acabado. Se ha firmado el armisticio. Esperábamos al menos que este armisticio, como el de los Países Bajos, por ejemplo, solo concerniera a la metrópoli. Estamos decepcionados: el armisticio ha rendido la flota y se ha extendido al Imperio. Esperábamos que el Imperio se levantara, que rechazara obedecer a un Gobierno que rinde a sus fuerzas armadas intactas y que entrega sus mejores cartas al enemigo. Sin embargo, no ha sido posible lograr la unidad […]. Los que quieren luchar se impacientan, mientras poco a poco van aceptando el hecho consumado y sueñan con sus pequeños privilegios de antes como si fueran a devolvérselos. Solamente la voz del general De Gaulle suena clara, limpia, leal y persuasiva, pero aquí, tan lejos de todo, sin información, ¿cómo podemos saber qué camino escoger? Ojalá que el Espíritu Santo nos guíe[90].

 

La duda duró poco tiempo. Pierre Boisson, gobernador del África Ecuatorial Francesa (AEF) en Brazzaville, a más de 160 kilómetros al interior desde Pointe Noire, hizo una llamada a la calma y mantuvo una postura ambigua respecto al armisticio. Blanche Ackerman-Athanasiades, la esposa de un hombre de negocios en Brazzaville, contaba cómo «todo el mundo sospechaba del otro. Nadie sabía quién iba a sumarse (a Vichy) y quién no»[91]. El 14 de julio de 1940 Boisson voló a Dakar, la capital del África Occidental Francesa, y se pronunció a favor de Vichy. Lo siguieron militares como el mayor Raoul Salan, quien se definió a sí mismo como «un soldado del Imperio, de ese Imperio imprescindible para la grandeza de Francia»[92]. Había combatido en las filas de la infantería colonial desde 1917 y había sido comandante de un batallón de los Tiradores Senegaleses en 1940. Horrorizado por el bombardeo de Mers el-Kébir, se posicionó del lado de Vichy y colaboró con el ministro colonial antes de convertirse en jefe de los servicios de Inteligencia de Dakar entre 1942 y 1943.

Sin embargo, otros militares adoptaron el rumbo contrario y crearon la Francia Libre, lo cual proporcionó a De Gaulle un punto de apoyo en África[93]. El oficial superior de François Garbit, el corso Jean Colonna d’Ornano, tomó un vuelo de Brazzaville a Lagos (Nigeria) para encontrarse con el enviado de De Gaulle en África y con el antiguo asistente de Jean Monnet, René Pleven. La Administración colonial británica en Nigeria ofreció apoyo financiero y económico a los enclaves que conformaban el África Ecuatorial Francesa —Chad, Camerún, el Congo Francés y Gabón— para unirse a De Gaulle, y Pleven entró en conversaciones con ellos[94]. Pleven y D’Ornano tomaron a continuación un avión al este, a Fort Lamy, la capital del Chad, cuya posición estaba amenazada por el norte, ya que había fuerzas italianas desplegadas en Libia, y donde —informó Garbit— «una población que en número abrumador quería continuar la lucha les recibió con flores»[95]. Félix Éboué, el gobernador negro de Chad, declaró ante las figuras importantes allí reunidas: «Habéis escuchado cuál es nuestra postura. Los que no estén de acuerdo que se marchen»[96]. La anexión del Chad a la Francia Libre el 26 de agosto de 1940 supuso un momento crucial en el equilibrio de fuerzas entre la Francia Libre y Vichy. En palabras de Garbit «encendió la mecha» en el África Ecuatorial Francesa[97]. El propio Garbit se desplazó hasta Chad para unirse allí a Colonna en la ofensiva contra los italianos en Eritrea, en el mar Rojo.

En ese mismo avión, junto a René Pleven, cuando aterrizó en Lagos y después en Fort Lamy, viajaba también el mayor Philippe de Hautecloque, un noble procedente de Picardía que se había graduado en Saint-Cyr y que, en la década de 1920, había servido en la guerra del Rif contra los rebeldes marroquíes. En 1940 estaba en el Estado Mayor de la 4.ª División de Infantería. Tras haber sido hecho prisionero dos veces, fugándose en ambas ocasiones, se había escondido en el château de su hermana en Anjou antes de emprender el viaje a Bayona, de donde había pasado a España primero y luego a Portugal, para unirse finalmente a De Gaulle en Londres. El 4 de agosto de 1940 pronunció una alocución en la BBC alabando el patriotismo de aquellos franceses que no habían aceptado la derrota y diciendo que en el entorno de De Gaulle «había tenido el gozo de ver que todos, soldados y civiles, solo perseguían una meta: la lucha. No he encontrado a refugiados, sino a luchadores. Pueden estar ustedes tranquilos: Francia conserva aún a sus defensores»[98]. Cambiando su apellido por el de Leclerc, por el que sería conocido de entonces en adelante, y equipado con indumentaria colonial por los británicos, el 6 de agosto subió a un avión con destino a África en compañía de Pleven. Una vez allí, el 27 de agosto, en Duala, organizó la adhesión de Camerún a la Francia Libre. En cambio, los soldados y civiles de Gabón, incitados por el obispo local, permanecieron leales a Vichy hasta que, el 10 de noviembre de ese mismo año, las fuerzas de la Francia Libre se hicieron con el territorio[99].

Entretanto, De Gaulle, en una operación marítima realizada con el apoyo de Gran Bretaña, había intentado tomar el control del puerto de Dakar y, con él, de toda el África Occidental Francesa. El asalto, llevado a cabo entre el 23 y el 25 de septiembre, fue un fracaso, ya que el gobernador Boisson no cedió ante el ataque y las baterías costeras y el acorazado Richelieu, que había logrado escapar del ataque británico contra la flota francesa en Mers el-Kébir, lograron repelerlo[100]. «Quería evitar una batalla campal entre franceses, de modo que retiré mis tropas a tiempo —escribió De Gaulle a su esposa en Londres, añadiendo—: El techo sobre mi cabeza se derrumba»[101]. Aunque fue calurosamente recibido en el África Ecuatorial Francesa durante un viaje que realizó del 8 de octubre al 17 de noviembre, la Francia Libre había sufrido una fuerte pérdida de confianza en sí misma y en el Gabinete de Guerra británico comenzó a plantearse si no habrían apostado por el caballo equivocado y si debían reanudar las conversaciones con Vichy[102].

Existía un abismo, geográfico y psicológico a la vez, entre lo que la Francia Libre estaba haciendo en remotas zonas de las colonias francesas y las opciones posibles para los que se encontraban en la metrópoli, donde la vía militar era imposible. En el norte de Francia, la zona sometida a la ocupación alemana, no había efectivos militares franceses, se prohibieron todas las organizaciones de índole paramilitar —incluso los boy scouts—, y todas las armas —también los rifles de caza— tuvieron que ser entregadas bajo amenaza de muerte. En la parte no ocupada, la zona libre, donde Vichy tenía el control, estaba el Ejército del Armisticio, formado por cien mil hombres, que servía para mantener el orden interno, pero que era enteramente leal al régimen.

En unas pocas mentes aisladas, aun así, comenzaron a surgir pensamientos, de una u otra clase, acerca de la posibilidad de resistir. ¿En qué tipo de mentes se albergaban estos pensamientos? ¿Acaso estos primeros resistentes eran patriotas que reaccionaban de manera instintiva frente a la ocupación alemana? ¿Eran idealistas que reaccionaban contra el autoritarismo de Vichy y sus medidas políticas de discriminación? ¿O eran solamente seres anómalos y disidentes que no estaban de acuerdo con el conformismo de la mayoría? ¿Había entre ellos profundas razones familiares o sociales que les abocaran a la resistencia o eligieron ese camino accidentalmente, por azares de la vida?

Todos los franceses presumían de ser patriotas, aunque su concepción del patriotismo fuera muy distinta. En el centro de su relato se encontraba la valentía y la resistencia francesas durante la Primera Guerra Mundial, frente a la cual lo sucedido en la guerra de 1940 representaba un fracaso humillante. El modo en que esto afectó a la población no fue homogéneo. Algunos consideraban que estaban continuando la tradición de sus padres, que habían servido a Francia heroicamente en la Primera Guerra Mundial, y que en 1940 seguían ciegamente a Pétain, al igual que habían hecho en Verdún en 1916. Estos obedecían a sus padres por respeto filial. Un segundo grupo lo componían quienes sentían que habían sido incapaces de estar a la altura de sus padres, o de los hermanos mayores que se habían distinguido en la Gran Guerra. Habían fallado en 1940, cuando les había llegado su turno, y su hombría había quedado en entredicho. La resistencia era el medio de recobrar, por una parte, el sustrato patriótico que habían perdido; por otra, su autoestima. Un tercer grupo estaba compuesto por aquellos cuyos padres no habían desempeñado roles heroicos en la Gran Guerra, bien por no ser aptos para el combate o bien porque, de una manera u otra, habían decepcionado al país. A la generación más joven, por tanto, tanto hombres como mujeres, le correspondía no solo demostrar que podía estar a la altura de los acontecimientos, sino también redimir el honor familiar.

«Dado que mi padre era un oficial y yo me había graduado en Saint-Cyr, estuve inmerso en el mundo militar desde mi más tierna infancia —dijo Henri Frenay—. Pertenecía a esa derecha francesa tradicional, pobre, patriótica y patriarcal sin siquiera ser consciente de ello»[103]. Su padre había muerto en la Primera Guerra Mundial, cuando él era aún un niño y había sido criado por su madre. Con rango de capitán, en 1940, había caído prisionero en la línea Maginot, pero había logrado escapar y llegar al sur, a Marsella, a finales de julio. «En la zona sur —recordaba en 1948—, la inmensa mayoría de la población acogió favorablemente el armisticio con una profunda sensación de alivio y la República desapareció el 10 de julio ante la indiferencia general». No escuchó el mensaje de De Gaulle hasta finales de julio de 1940 y «tampoco tuvo una repercusión notable por aquella época; Pétain era quien estaba a la cabeza del Gobierno. De Gaulle no era importante y tampoco teníamos medios para unirnos a él»[104]. La popularidad del mariscal Pétain, como salvador del pueblo francés, estaba en su apogeo y Frenay veía en él a un sustituto de su padre o a un abuelo. Así describe la visita oficial que el mariscal hizo a Marsella el 3 de diciembre de 1940, en la que, entre la aclamación popular, pasó revista a los quince mil hombres de la Légion Française des Combattants, cuerpo en el que se había agrupado a todas las asociaciones de veteranos:

 

El jefe del Estado desciende de su coche, grave y digno. Viste de uniforme. Sin una sonrisa escruta a la masa electrificada a la que saluda con una floritura de su bastón. Con su pelo blanco como la nieve y sus ojos azul pálido, su calma ejerce un poderoso efecto […]. La población rompe las barreras de protección y se lanza hacia él. Perplejo, veo cómo un anciano besa la mano del mariscal. Una mujer corpulenta con un vestido ancho plisado, probablemente la mujer de un pescador, se arrodilla y besa piadosamente el dobladillo del abrigo del mariscal. Nunca había presenciado un fervor religioso semejante[105].

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