MANUEL P. VILLATORO
El 13 de octubre de 1918 podría haber cambiado la historia de la humanidad. Aquel día, un joven cabo del ejército germano gritó de terror cuando los británicos atacaron con gas venenoso el búnker en el que descansaba. Muchos de sus compañeros murieron, pero él logró escapar y, según explicó poco después, pudo dirigirse hacia «la retaguardia con los ojos ardiendo», a pesar del dolor que lo atenazaba. Después de varios meses de ceguera, se recuperó y se dedicó a su gran pasión, la política. Aquel chico era Adolf Hitler.
Como él, decenas de personajes destacados de la Segunda Guerra Mundial combatieron en el conflicto iniciado en 1914, desde Winston Churchill —al mando entonces de la mejor armada de Europa— hasta el general George S. Patton —encuadrado en una de las primeras unidades conocidas de carros de combate—. Aunque fue en Alemania donde la contienda sirvió de improvisada escuela para una gran parte de los futuros oficiales del Tercer Reich.
EL GERMEN DEL MAL
Decir que la Primera Guerra Mundial fue un punto de inflexión para el Imperio alemán es quedarse muy corto. La derrota en Der Weltkrieg, el enfrentamiento que se cobró la vida de más de dos millones de soldados germanos, fue, de hecho, la semilla que llevó a la posterior invasión de Polonia en 1939. Las duras cláusulas impuestas por la Triple Entente —Francia, Reino Unido y Rusia, la columna vertebral de los aliados— al disuelto Segundo Reich en el Tratado de Versalles supusieron un fuerte golpe para una sociedad que tuvo que hacer frente a unas privaciones extremas a partir de 1918.
A su vez, la estupefacción de los generales ante el triste resultado provocó la forja del famoso mito de la «puñalada por la espalda»: la falsa tesis de que los judíos y los bolcheviques que residían en el país habían traicionado a los valientes que luchaban en la línea de vanguardia y habían destruido toda posibilidad de victoria desde el interior. Los generales más destacados, Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, se escondieron tras esta excusa en un intento de eludir su responsabilidad.
Sin embargo, para el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán este dolor fue un regalo. Aprovechándose de la división social que se había generado, Adolf Hitler se rodeó de una pléyade de veteranos de la Primera Guerra Mundial que utilizaron su participación en el conflicto como demostración de su lealtad a Alemania. El mismo líder nazi solía recordar en sus discursos que él también era un veterano que había arriesgado su vida en las trincheras de media Europa. La versión que ofrecía es la que, en la actualidad, ha quedado registrada en Mein Kampf, sus memorias. En ellas explica que, tras enterarse del comienzo de las hostilidades, se unió al ejército. «El 3 de agosto de 1914 presenté una solicitud directa ante S. M. el rey Luis III de Baviera con la petición de poder ser incorporado a un regimiento bávaro». Su petición fue admitida y se incorporó al Regimiento List, con el que combatió en el Rin y en Flandes.
A partir de este punto, la realidad es que Hitler habla poco en Mein Kampf de su participación directa en la Primera Guerra Mundial. Afirma que luchó en la batalla del Somme a finales de 1916 —la cual definió como «un infierno» en el que tuvo que resistir un «huracán de artillería»—, hasta que cayó herido el 7 de octubre de dicho año. A continuación, lo enviaron a la retaguardia hasta terminar 1917, cuando se reincorporó a su antigua unidad.
Su testimonio siempre es general y no se centra en los pormenores de la vida en el frente, sino en el sentimiento de la sociedad alemana. Tan solo hay un momento en el que sí narra un suceso de forma detallada, y ese es el ataque con gas que sufrió en la noche del 13 de octubre, cuando se hallaba en un búnker ubicado en una colina cerca de Ypres. «Al amanecer, fui presa de terribles dolores que [...] se hacían más intensos. A las siete de la mañana, tropezando y tambaleándome, me dirigí hacia la retaguardia con los ojos ardiendo». Como bien recordó una y otra vez a partir de entonces, las toxinas le provocaron una ceguera que lo acompañó durante varios meses.
Esta versión de su participación en el conflicto es real, aunque incompleta. Es cierto que a Hitler lo asignaron a la 1.ª Compañía del 16.º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva —conocido, en efecto, como Regimiento List—, pero la verdad es que, durante la mayor parte del tiempo, fue un cabo Radfahrer («mensajero ciclista»). El líder nazi obviaba este dato y dejaba entrever que había combatido en las trincheras como un soldado más. Craso error, pues el trabajo de los correos de la época era muy peligroso y respetado por los mandos.
De hecho, siempre se presentaba voluntario para las misiones más difíciles y, según historiadores como Thomas Childers, «las ejecutaba con notable distinción». Ejemplo de ello es que lo hirieron dos veces mientras custodiaba un mensaje y que obtuvo dos condecoraciones por ello, la Cruz de Hierro de 2.ª Clase y la Cruz de Hierro de 1.ª Clase. Él, por el contrario, dejó que la propaganda nazi divulgara que la última medalla la había ganado tras capturar en solitario a siete soldados franceses. Tampoco escribió que la ceguera de la que tanto se enorgullecía no era culpa del gas, sino que era histérica, un término que, en la época, hacía referencia a cualquier dolencia provocada por una crisis nerviosa o estrés postraumático.
SÉQUITO NAZI
Hitler no fue el único miembro del partido nazi que participó en las dos contiendas más sangrientas del siglo XX. Ejemplo de ello fue el popular Erwin Rommel, más conocido como el Zorro del Desierto por los éxitos cosechados con el Afrika Korps. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial y él contaba con dieciocho años, estaba encuadrado como Leutnant («teniente») en una compañía de artillería de reserva. No tardó en solicitar su traslado al 124.º Regimiento de Infantería cuando se enteró del inicio de las hostilidades.
Como explicó en sus memorias, tras un duro entrenamiento partió a Francia, donde combatió en varias escaramuzas. Así hasta que, en septiembre, demostró su arrojo al cargar, cerca de Varennes y a bayoneta calada, contra un número ingente de enemigos. «Incluso contra una superioridad de tres a uno en mi contra, tenía completa confianza en el arma y en mi habilidad». Cayó herido de gravedad, pero se recuperó y recibió la Cruz de Hierro de 2.ª Clase. No fue su única distinción, pues en enero de 1915 obtuvo la de 1.ª Clase al atacar en el bosque de Argonne a una unidad gala que lo superaba en número, para ganar tiempo y lograr que sus compañeros se retiraran sin que los masacraran.
Cuando el frente italiano se abrió lo trasladaron allí junto al Batallón de Montaña de Württemberg, entonces la élite del ejército alemán. A finales de 1917 dirigió varios asaltos exitosos en la zona, aunque el que jamás olvidó se produjo a partir del día 25. Aquella jornada, la unidad de Rommel había recibido órdenes de conquistar las posiciones de la montaña de Matajur, ubicada ciento cincuenta kilómetros al este de Venecia. La misión fue un éxito. A golpe de sigilo y estrategia, el futuro Zorro del Desierto destruyó las diferentes líneas defensivas enemigas y causó tanto pavor en el comandante contrario que, cuando este lo vio llegar, se rindió sin disparar un solo cartucho.
El resultado: tras 52 horas de combate sin descanso y de escalar tres kilómetros de pared casi vertical, el oficial capturó a unos nueve mil prisioneros a cambio de seis muertos y una treintena de heridos. Aquella gesta le valió el mayor honor de la Alemania Imperial. «A la vuelta, el correo nos esperaba y había dos pequeños paquetes en él. Contenían la [medalla] Pour le Mérite para el Major Sprösser y para mí».
Otro miembro del NSDAP que pudo presumir de haber luchado en la Primera Guerra Mundial fue el comandante en jefe de la Luftwaffe, Hermann Göring. Nacido en 1893, superó sus estudios militares y llegó a la contienda de 1914 con el grado de segundo teniente. Tras combatir como soldado de infantería en Alsacia —donde obtuvo la Cruz de Hierro de 2.ª Clase— decidió unirse a la fuerza aérea. En principio lo rechazaron, pero consiguió hacerse con un puesto de observador y, en la primavera de 1916, obtuvo la formación como piloto de caza.
Lo cierto es que, a partir de entonces, se convirtió en un verdadero as de la aviación. En los meses siguientes fue de escuadrón en escuadrón acumulando biplanos destruidos. En el verano de 1918 obtuvo la codiciada orden Pour le Mérite cuando sumaba 21 aparatos derribados. No obstante, el mayor honor que recibió fue el de comandar el ala Jagdgeschwader I después de la muerte del mítico Barón Rojo y de su sucesor. Su llegada no fue bien recibida, pues en esta unidad había veteranos con hasta una cuarentena de victorias a sus espaldas. Acabó el enfrentamiento con 22 bajas y el rango de capitán.
La Kriegsmarine también contó con muchos integrantes que habían participado en el gran conflicto iniciado en 1914. Su mayor exponente fue Karl Dönitz, al frente de las fuerzas navales del Tercer Reich desde 1943 y sucesor de Hitler durante algo menos de un mes cuando este se suicidó en 1945. Nacido en 1891, ingresó en la armada con veinte años. Desde que la Primera Guerra Mundial llamó a las puertas de Europa y hasta 1916, sirvió en el navío Breslau. Según explicó en sus memorias (Diez años y veinte días), ese periodo le sirvió para aprender cuáles eran los puntos débiles de los buques de superficie. Y todo mientras hacía la vida imposible a la flota rusa.
Poco después se introdujo de lleno en el arma submarina como primer oficial y comandante. «Fui un submarinista entusiasta. Formé parte de aquellos marinos desterrados que componían la dotación de un arma solitaria, porque el tripulante ha de arreglárselas por sí mismo y [...] llevar a cabo una misión que exige fortaleza y un corazón animoso».
Versado y aguerrido, a Dönitz lo capturaron los británicos el 3 de octubre de 1918, cuando se enfrentó con su submarino a uno de los típicos convoyes ingleses formados normalmente por «entre treinta y cincuenta cargueros» y una barrera de buques de escolta. Aquel día descubrió, sin embargo, que la clave de la guerra bajo las aguas era atacar en grupo a estas grandes masas de navíos. Así desarrolló la que, a la postre, fue estrategia de las «manadas de lobos». Regresó a Alemania en el año 1919, cuando la contienda había tocado a su fin. En Kiel, sus superiores le preguntaron si quería continuar en su puesto o prefería licenciarse; al fin y al cabo, había pasado por un duro cautiverio. Su respuesta fue irónica: «¿Cree usted que llegaremos pronto a tener otra vez submarinos?».
INGLESES Y ESTADOUNIDENSES
Si para Alemania la Primera Guerra Mundial supuso una debacle, para Inglaterra no fue mucho mejor, pues el desgaste de la contienda le costó perder su posición hegemónica en el mundo. No obstante, las consecuencias solo se apreciaron con el paso de los años. Cuando comenzó el conflicto, de hecho, Gran Bretaña contaba con la mejor armada del mundo y estaba preparada para plantar cara a cualquier enemigo gracias a un entrenamiento previo exquisito. Su artífice había sido Winston Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo, el máximo responsable de la Royal Navy.
Al político que cogería las riendas del país a partir de 1940 el inicio de las hostilidades le pilló jugando a las cartas y, según parece, no le sorprendió, sino que le regocijó. La razón es que entendía que el conflicto armado era «la ocupación natural del hombre». Una de sus primeras decisiones fue apoyar a Francia, para lo que estableció que las British Expeditionary Forces cruzaran el canal en agosto de 1914. A pesar de que ansiaba el enfrentamiento, dio aquella orden entre lágrimas porque sabía que enviaba a miles de jóvenes al combate y, con toda probabilidad, a la muerte.
Aunque fue uno de los máximos valedores e impulsores de los carros de combate, también cometió multitud de errores que le granjearon el odio de la prensa. El primero de ellos fue su partida a Amberes en octubre de 1914 para infundir moral a unas tropas asediadas por los alemanes. El primer lord llegó ataviado con el uniforme más estrafalario que encontró y dio discursos en los que afirmaba que la ciudad no caería jamás. Pero sí lo hizo, y apenas unas jornadas después de su marcha. La prensa lo acusó de «vehemente» y hasta de «peligro nacional».
Otro tanto ocurrió en 1915. Aquel año, Churchill quiso acabar con el enfrentamiento mediante un golpe de efecto: una invasión anfibia en el estrecho de los Dardanelos, que buscaba sacar a Turquía de la lucha con la conquista de Estambul. El 25 de abril, más de medio millón de soldados ingleses, indios, australianos, franceses y neozelandeses desembarcaron cerca de Galípoli. El resultado fue una masacre aliada que costó doscientas cincuenta mil bajas y una retirada a toda prisa. Aquello lo dejó fuera del gabinete y le granjeó el apodo de Carnicero de Galípoli. Un año y medio después fue a Francia, donde combatió contra los germanos y, tras regresar al Gobierno, desempeñó funciones de ministro de Armamento.
Tampoco fue nada halagüeña la participación de Bernard Law Montgomery, mariscal de campo durante la Segunda Guerra Mundial, en el conflicto que sacudió a Europa en 1914. El británico, entonces un joven teniente, luchó en el continente hasta que, en octubre de ese mismo año, recibió un balazo en el pulmón mientras atacaba una posición enemiga a bayoneta calada. Solo pudo salvarse gracias a la valiente actuación de un compañero. «Un soldado me puso un vendaje, pero un francotirador le disparó en la cabeza y se derrumbó encima de mí. Recibió muchas balas que me habrían dado», explicó en 1958 en su autobiografía. Aquello le valió a Monty la Orden del Servicio Distinguido.
Regresó al frente como oficial de personal en retaguardia y, hasta 1918, tuvo que ver como miles de hombres eran enviados a la muerte en cargas masivas por oficiales que no habían compartido una palabra con ellos. «El personal superior no estaba en contacto con las tropas. Vivían con comodidad [...] tras las líneas», señaló. También escribió que la «terrible cantidad de bajas» tras cada ofensiva le horrorizaba. Esto provocó que, a partir de 1939, siempre estuviera en primera línea de batalla con su gran boina y lo llevó a ser un oficial más que precavido; para algunos estadounidenses, demasiado.
Por parte de Estados Unidos, el general George S. Patton, famoso por su severidad, también combatió en las dos guerras mundiales. Este militar fue el arquetipo del oficial perfecto, ya que, además de cultivar su mente —había estudiado en la academia de West Point—, también era un gran atleta que representó a su país en los Juegos Olímpicos de 1912. Durante el conflicto se especializó en el uso de carros de combate, por lo que le destinaron al Cuerpo de Tanques en 1917. Entró en combate un año después y demostró la validez de estos nuevos vehículos en multitud de batallas. Por aquel entonces ya dejó claro que la disciplina era algo vital para él. Y, si no, que se lo pregunten al soldado al que golpeó con una pala en la cabeza por no cumplir sus órdenes.
PÉTAIN Y DE GAULLE, UNIDOS ANTES DEL ODIO
Por parte de Francia combatieron dos personajes que, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron enemigos: Philippe Pétain, el colaboracionista nazi que dirigió el régimen de Vichy a partir de 1940, y Charles de Gaulle, líder de las fuerzas armadas galas en el exilio. En 1914 el primero era un oficial cincuentón, algo mediocre y soltero, que decidió no retirarse para enfrentarse por última vez al enemigo. Un año después protagonizó algunas actuaciones de importancia en Bélgica y el Marne. No obstante, fue en la sangrienta batalla de Verdún, con más de un millón de bajas, en la que se granjeó el respeto de sus compatriotas al resistir los continuos envites germanos. La arenga que lanzó a sus hombres todavía se recuerda: «Coraje..., lo conseguiremos». En 1917 le nombraron comandante supremo de los ejércitos.
El papel del segundo fue algo más discreto. Luchó también en Verdún, donde le hirieron tres veces, y pasó la mayor parte del resto del conflicto en un campo de prisioneros de guerra del que intentó escapar hasta en cinco ocasiones.
DEL TITANIC A DOS GUERRAS MUNDIALES
La historia de Charles Herbert Lightoller es, a la par, desconocida y desgraciada. Este marino británico era el segundo oficial al mando del RMS Titanic cuando el 14 de abril de 1912 este navío se estrelló contra un iceberg. Durante la catástrofe se negó a subir a un bote salvavidas a pesar de los consejos de sus compañeros y coordinó la evacuación de mujeres y niños durante horas. Cuando el vapor se hundió, y ya en las gélidas aguas del Atlántico, encontró una plaza en una de las barcas plegables.
Tras el comienzo de la Primera Guerra Mundial fue nombrado teniente y combatió a las órdenes de la Royal Navy. Sus actuaciones —entre ellas, el hundimiento de un submarino alemán— le llevaron a ganar la Cruz por Servicio Distinguido. Por desgracia, ni siquiera eso le permitió borrar la mancha que supuso en su expediente la catástrofe del trasatlántico. Después del armisticio renunció y se compró un yate. Por ello, en 1940 lo reclamaron, así como a tantos otros civiles, para colaborar en la retirada de tropas de Dunkerque.
ISRAEL VIANA
Diario El Sol, 7 de noviembre de 1922. «Un movimiento político inclasificable dentro de los casilleros del siglo XX». Así definía Ramiro de Maeztu la ideología que acababa de irrumpir por sorpresa en Italia, una semana antes, de la mano de Mussolini.
En su artículo, titulado «El fascismo ideal», el prestigioso escritor español realizaba una defensa solapada de la nueva corriente, criticaba la libertad de prensa y asociación, y aprobaba el uso de la violencia como medio para asegurar el bienestar del pueblo. «A los liberales de la generación pasada les gustaba proclamar la inutilidad de la violencia. Nada más infantil. La violencia es la categoría de la realidad [...]. Sin fuerza, no hay hecho político», escribía.
Afirmaciones como esta no fueron ni mucho menos una excepción en la prensa española de la época. La condena del recién nacido movimiento fascista distó mucho de ser pronta y definitiva.
Cuando triunfó la Marcha sobre Roma, a este lado del Mediterráneo los periódicos trataban de averiguar, interpretar y explicar en qué consistía aquel nuevo régimen y qué consecuencias podía tener para España y Europa. Las críticas eran escasas. Todo eran incógnitas con respecto a un Partido Nacional Fascista nacido solo un año antes por obra de un Mussolini que, a principios de 1920, era un auténtico desconocido con apenas mil seguidores exaltados.
«¿Cómo una fuerza que era considerada hasta ayer un elemento de desorden ha podido conquistar el poder?», se preguntaba el escritor y periodista Manuel Bueno en El Imparcial, mientras el diario España publicaba un editorial en el que comentaba: «Si mira el lector el camino recorrido por el fascismo desde que nació oscuramente hasta alcanzar su actual omnipotencia, seguramente participará de la estupefacción que se apodera de nosotros al seguir de cerca la marcha ascensional de los fascistas».
Es cierto que las cabeceras estaban demasiado vinculadas al presente como para ponderar el fascismo tal y como se valora hoy en día. No se imaginaban que lo que acababa de ocurrir en Italia sería la causa principal de que comenzaran a proliferar dictaduras por todo el continente, ni que inspiraría a personajes como Hitler, que acabaría provocando la guerra más mortífera de la historia de la humanidad.
Pero, a pesar de ello, cabe preguntarse si es que no disponían los diarios de la suficiente información como para haberse mostrado más contundentes. La respuesta es que claro que sí.
A finales de octubre de 1922, la prensa española contaba con detalle la marcha de los camisas negras hacia la capital, los asaltos a los edificios públicos, la quema de las sedes de los sindicatos de trabajadores, las palizas, los heridos y los muertos que dejaban por el camino, la declaración del estado de sitio y el ultimátum al primer ministro Luigi Facta. «Os digo con toda solemnidad: o se nos entrega el Gobierno o lo tomaremos marchando sobre Roma», había advertido Mussolini.
«EL PUEBLO NO ES APTO PARA GOBERNAR»
Que se consumara la amenaza no impidió que muchos artículos, editoriales y columnas de opinión publicados aquí describieran con admiración la figura del líder de los fascistas, su meteórico ascenso al poder y la idea de régimen autoritario que comenzaba a dibujar para restablecer el orden en una Italia que, como España, se encontraba en crisis.
Para el escritor y colaborador de ABC Álvaro Alcalá-Galiano, por ejemplo, Mussolini era «un reaccionario enérgico que no teme afrontar las iras democráticas y declara que los más numerosos no siempre tienen razón. Que la masa, es decir, el pueblo no es apto para gobernar». El titular que encabezaba el texto era meridianamente claro: «La reacción contra la anarquía».
Tan solo una minoría se atrevió a calificar la Marcha sobre Roma como un atropello a la libertad y un golpe de Estado contra la democracia. Este sector crítico estaba formado por publicistas como el periodista republicano Josep Pla, a quien el diario El Sol envió a Italia para «hacer un estudio detenido del movimiento fascista»; el socialista Luis Araquistáin, y, sobre todo, el catalanista Gabriel Alomar.
Pla fue de los pocos que no se creyeron el intento de Mussolini por mostrar lo ocurrido como una acción legal. En artículos como «El contenido del fascismo», el corresponsal exponía sin reparos la censura que se estaba estableciendo en Roma: «Una de las cosas más discutibles que ha hecho el fascismo ha sido suprimir la crítica independiente de una manera violenta [...]. Muchos directores de periódicos populares y socialistas han debido firmar un papel, obligados por las pistolas, concebido aproximadamente de esta manera: “Juro por mi honor no escribir nunca más en el inmundo y antiitaliano periódico que hasta la fecha he dirigido. Firmado: X”. Toda esta parte de comicidad truculenta y voraz que tiene el fascismo demuestra con absoluta claridad que en Italia no gobierna más que la tranca».
Alomar, por su parte, es una de las excepciones más admirables. Este poeta, ensayista y diplomático relacionado con el modernismo catalán criticó el asalto de Mussolini con una clarividencia y una contundencia casi únicas entre un centenar de firmas del momento. «Italia acaba de sufrir un golpe de Estado. Ya pueden esforzarse sus políticos dinásticos en presentarlo como perfectamente constitucional. Pero no, la subida al poder de los fascistas es el resultante de un acto de fuerza, de un asalto, no la expresión libre y clara de la voluntad popular», aseguraba en uno de sus artículos, publicado en La Libertad el 11 de noviembre de 1922.
EN BUSCA DE UN «SALVADOR»
Gran parte de la opinión pública, sin embargo, ansiaba solucionar la inestabilidad política y social de la agotada Restauración, que llevaba cinco años sumida en luchas entre el Gobierno y las organizaciones obreras. Querían encontrar, en definitiva, a su «salvador», como en Italia. La prensa lo sabía y aprovechaba el momento, tal y como apuntaba el diario España: «La victoria del fascismo italiano ha producido una impresión que rara vez producen entre nosotros acontecimientos de orden internacional. No ha faltado periódico de la derecha que enarbolase el estandarte fascista y tocase a rebato citando con delectación a Mussolini».
En efecto, las firmas más conservadoras y reaccionarias, que se expresaban en diarios como ABC, La Época o El Debate, no ocultaban su interés por aclimatar el naciente modelo italiano en estas tierras. El objetivo era, supuestamente, aplastar al movimiento obrero en todas sus formas: reformista, revolucionaria, socialista, anarquista y comunista. El sector católico de esta última cabecera, por ejemplo, aplaudía la victoria de Mussolini sobre el socialismo maximalista, que en Italia había producido numerosas huelgas en los núcleos industriales de Turín y Milán. El mismo 31 de octubre llegaron a disculpar el asalto de los fascistas al poder calificándolo como una «reacción de fuerza contra los desmanes anteriores de los socialistas y los comunistas».
El director de La Acción, Manuel Delgado Barreto, no escatimaba en elogios al nuevo régimen italiano con editoriales como «El estímulo de un gran ejemplo». Y ABC iba más allá en artículos como «La revolución a paso gentil», donde informaba a sus lectores del golpe de Estado con las siguientes palabras: «Esta noche de sábado, el pueblo de Roma, tan macerado ya en siglos de historia, ha tenido la linda ocurrencia de no ser populacho y pegar una patada caballeresca a todas las estupideces que se le oponían».
Lo firmaba nada menos que su corresponsal en Italia, Rafael Sánchez Mazas, que una década después se convertiría en uno de los miembros fundadores de Falange Española.
En los meses finales de 1922, el interés por el fascismo de la prensa española —que se hacía eco de bulos como que una fábrica de Tortosa había recibido un encargo de camisas negras, según publicó en noviembre La Libertad— fue en aumento.
Hasta aparecieron dos revistas dirigidas a la clase media y obrera sobre esta nueva ideología. Una de ellas fue bautizada como La Palabra. La segunda, con un nombre que no daba lugar a dudas, La Camisa Negra, en la que se insertaban retratos de Mussolini e iba acompañada de artículos pseudoacadémicos como «El fascismo en el poder. Economía. Trabajo. Disciplina».
UNA IZQUIERDA HARTA DE CORRUPCIÓN
A pesar de ello, no hay que llevarse a engaño. La derecha no fue la única que vio con buenos ojos la acción protagonizada por Benito Mussolini. Una amplia franja de la izquierda, harta de las corruptelas, se dejó seducir por la idea de una dictadura temporal para solucionar la crisis política de España. Temían, además, que el ejemplo de los sóviets cundiera en el país y alguien como el futuro Duce pudiera ser la solución.
En este sentido, cabeceras progresistas de todo tipo, algunas entre las más leídas, incluyeron artículos en los que dieron por cierta la propaganda del movimiento fascista, que presentó su empresa como provisional y regeneradora del anterior régimen político. No se imaginaban en ese momento que aquel exsocialista de cuarenta años acabaría sometiendo a su pueblo con mano de hierro hasta 1945 y dejaría el país en ruinas.
Sirva como ejemplo esta tesis publicada por La Libertad siete meses después de que Mussolini se hiciera nombrar, bajo amenaza, primer ministro: «No olviden los españoles que Italia es actualmente un semillero de posibilidades, así que contemplémosla desde esta España precaótica. Italia, con sus nerviosidades, busca la claridad, que fue siempre virtud especialmente latina. Si los hermanos de raza asisten a su amanecer, tal vez la luz que un día bañe sus espíritus alumbre un poco este viejo solar de España que entró en un periodo penumbroso, sin reacciones salvadoras».
Para su autor, Camilo Barcía, España era una especie de «dictadura parlamentaria», tal y como anunciaba el título, mientras que Italia representaba ahora el ejemplo a seguir.
Otros periódicos de izquierda como El Heraldo de Madrid publicaron artículos en los que, aun renegando de la dictadura, elogiaban el «equilibrio económico» logrado por el nuevo régimen en los cuatro primeros meses de vida. «Mussolini está dando un ejemplo del arte de gobernar a todos los estadistas», afirmaba, mientras El Sol optaba por una vía mucho más sutil el mismo día del alzamiento.
¿Cómo? Invitando a los lectores a criticar las flaquezas del liberalismo, que representaba algo así como la vieja política, sin condenar el fascismo y hasta excusándolo: «La formidable reacción fascista no parece ser más que la réplica a una exageración contraria. Es muy cómodo considerarse libre de todo pecado y achacar el mal a un oscurecimiento patológico de las conciencias, pero sería más conveniente que las izquierdas, en vez de concentrar la atención sobre el fascismo, fijasen la mirada en sí mismas».
Esta fue la tónica de la mayoría de los diarios españoles desde octubre de 1922 hasta bien entrado 1924. Cerca de dos años en los que mostraban una imagen idealizada de lo que ocurría en el primer país fascista de la historia mientras Mussolini acumulaba poderes, cercenaba libertades y sembraba el terror entre sus opositores. Si era necesario, incluso mandaba asesinar a algunos de ellos, como le ocurrió al diputado socialista Giacomo Matteotti tras denunciar públicamente los abusos perpetrados en las elecciones de 1924.
Quién les iba a decir a los responsables de todos estos periódicos que, dos décadas después, el cadáver de aquel hombre sería colgado y golpeado en una plaza céntrica de Milán, durante la guerra, para satisfacción del pueblo al que había ido a «rescatar».
MANUEL P. VILLATORO
Adolf Hitler ha pasado a la historia como el líder indiscutible del Tercer Reich y el tirano que orquestó el asesinato de millones de personas. Sin embargo, no se hizo con el timón de Alemania de un día para otro. En los años veinte era un desconocido cabecilla político que trataba de abrirse paso enarbolando la bandera de la superioridad germana. Fue durante esos turbios comienzos, en 1923, cuando le entrevistó el periodista español Javier Bueno, bajo el seudónimo de Antonio Azpeitua, para el diario ABC. Las conclusiones de la conversación se publicaron el 6 de abril de ese mismo año y, en ellas, el futuro dictador no salió bien parado. Y es que el reportero le definió como alguien «falto de cultura y preparación científica» que se sentía siempre «poseedor de la verdad absoluta».
PRIMERA IMPRESIÓN
Corría por entonces una época dura para Alemania, pues, tras la derrota de la Primera Guerra Mundial, se veía obligada a pagar las llamadas «reparaciones de guerra» a sus antiguos enemigos. El descontento reinaba, rápido y furioso, entre unos ciudadanos sometidos económicamente al yugo extranjero y a una contienda pasada. Justo esa fue la piedra angular en la que se basaron multitud de movimientos nacionalistas para adquirir simpatías entre la población y también, a su vez, la forma que tuvo un joven y no muy conocido Adolf Hitler de catapultarse hacia el estrellato y ganar adeptos para su recién formado Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP).
Aquella Alemania llena de resentimiento fue el lugar seleccionado por Bueno para entrevistarse con un político que no contaba con más de treinta y cuatro años. Su nombre no era aún más que un trazo de tinta que no había adquirido el significado que obtuvo tras hacerse con el poder supremo en 1933. Por ello, el periodista de ABC se limitó a definirle como el «jefe del fascismo bávaro». El encuentro, a su vez, no se llevó a cabo en una sede oficial, sino en «la casa de un exalmirante que, a falta de barcos de guerra, dirige ahora la sección de política internacional en un periódico de Múnich». Fue un encuentro de perfil bajo, vaya.
La entrevista comenzó mal para Bueno debido a que su entrevistado no se presentó a la hora acordada. «Escribí a Hitler; pero no sé si mi carta llegaría a tiempo, ni si Hitler estará en Múnich. Es hombre de actividad asombrosa; aparece y desaparece cuando menos lo esperan sus partidarios; nadie puede decir dónde está; surge como un fantasma...», se excusó el antiguo almirante. Minutos después, el político llamó a la puerta, entró en la estancia y, para asombro del español, colgó su pistola en el perchero como si de «un paraguas o un bastón» se tratase. El reportero español le definió así tras verle por primera vez:
Es alto, ancho de hombros, musculoso y está vestido como un funcionario subalterno. Cabeza grande sobre cuello de toro; fuertes maxilares, ojos azules muy a flor del rostro, que expresan exaltación, violencia, agresividad, ambición, seguridad de dominio. Debajo de una nariz plebeya, cuyas ventanas son exageradamente grandes, el bigote, de cerdas como púas, ha sido reducido al mínimum por el rasurado.
SIMPLE Y FACILÓN
Hitler arrancó con una falta de respeto. En principio no habló con el español, se limitó a quejarse de que el dinero que le habían prometido algunos empresarios germanos no había llegado todavía al partido. «Hitler nos mira receloso, desconfiado. Al principio, la conversación se entabla entre ellos dos, y, mientras, queremos descubrir las cualidades morales e intelectuales del héroe. Hitler parece preocupado, obsesionado por un solo problema: el de obtener recursos para su obra. Se queja de cierto retraso de las sumas que le prometieron para activar el reclutamiento y atender a las necesidades de su gente», explicó Bueno. Solo cuando su interlocutor le insistió en que la inyección de billetes no tardaría en arribar, se dispuso al interrogatorio del reportero. Fue como descorchar una botella:
Cuesta trabajo conseguir que Hitler abandone el tema del dinero para explicarnos su programa, su ideología, sus métodos redentores. Cuando al fin lo logramos, Hitler se convierte en un torrente de oratoria violenta, tempestuosa, atronadora... Su odio furioso va todo contra el marxismus, el marxismus de la derecha y de la izquierda. Él conoce el marxismus porque fue socialista. Los procedimientos que los adversarios burgueses del marxismus emplearon hasta ahora para combatirle le parecen absurdos y torpes. Él sabe cuál es la psicología del pueblo porque viene del pueblo y sabe cómo se debe actuar para impresionarle.
Durante aquellos minutos, el líder nazi demostró al periodista su incultura. «No puede expresar ideas sirviéndose de conceptos abstractos; por eso recurre al ejemplo simplista, al símil, a la comparación de cosas concretas», corroboró el español. Le caló hasta los huesos al incidir en que su fuerza para impresionar a las multitudes se levantaba sobre «afirmar rotundamente, sin admitir duda, sintiéndose poseedor de la verdad absoluta». Poco le importaba contar o no con argumentos; lo suyo era otra cosa: el populismo barato.
CONTRADICCIONES POLÍTICAS
Emocionado por la conversación, Hitler describió al periodista sus planes de forma detallada: «Su obra proyectada es hacer que resucite el espíritu de 1914 en el pueblo alemán. Y está convencido de que, aplastando al marxismus, resurgirá lo que desapareció entre los escombros de la catástrofe». Pero, para Bueno, lo hizo de forma irracional y cayendo en constantes contradicciones: «En las explicaciones verbales de Hitler se advierte la misma confusión y la incoherencia que habíamos señalado en el programa impreso que ha lanzado hace pocas semanas». A continuación, Bueno describió, una a una, las medidas más autoritarias del líder.
El programa de Hitler es una extraña mezcla de nacionalismo intransigente y dictadura revolucionaria que tiene muchos puntos de contacto con el sóviet. Mientras declara la guerra sin cuartel al marxismo, proclama la necesidad de un ataque al capital. Hitler quiere abolir el parlamentarismo, pero acepta el principio democrático; afirma que la tierra no puede ser materia de especulación; niega la libertad de la prensa y la obliga a ser propagandista del credo que él tiene por único y verdadero; el teatro, el cinematógrafo, las modas femeninas han de estar sometidos a una censura previa...
Lo que más le sorprendió fue que Hitler no daba solución alguna a los problemas que sufría Alemania. «No propone un remedio; se contenta con gritar en la plaza pública la gravedad de la situación». En su favor, recogió las palabras que un alemán de a pie le había dicho poco antes de que se dirigiera a la casa del almirante para la entrevista:
La actuación de Hitler en el momento presente puede representarse así; hay un enfermo muy grave, y, cuando todas las autoridades científicas estudian su mal y buscan el plan curativo, llega a la habitación del paciente un mozo de cuadra y empieza a vociferar desde el balcón: ¡Se muere! ¡Ya casi no respira! ¡Está en las últimas! Y el vocerío y el escándalo pueden acabar con las últimas energías del enfermo.
El culmen de la entrevista llegó cuando, «con el rostro congestionado» y «los puños que golpean a enemigos invisibles», el jefe del NSDAP vaticinó la caída de sus enemigos. Tras ese clímax acabó la conversación. «Ha terminado la entrevista. Mientras nosotros nos ponemos el sobretodo, Hitler se cuelga la pistola que había dejado en el perchero. Salimos a la calle. En la esquina está su automóvil». A pesar de los desencuentros, el futuro líder de Alemania tuvo unas palabras curiosas para el periodista: «Si quiere usted, le llevaré a donde se proponga ir. Pero debo advertirle que a mi lado se corre algún peligro». El español aceptó. Sin embargo, en el trayecto tuvo tiempo de hacerse una última pregunta con mucha sorna: «¿Cuál es el grado de la influencia que este hombre ejerce y dónde?».
ISRAEL VIANA
Diario ABC, 3 de noviembre de 1926: «El joven parecía un muchacho extremadamente tímido y de una cultura inferior a la media. Tenía, sin embargo, un temperamento extraño, pero en ninguna ocasión había manifestado sentimientos hostiles hacia el fascismo». La noticia se encontraba escondida en la página 40 y se despachaba con dos columnas y media. Ni tan siquiera le hicieron un hueco en la portada, dedicada exclusivamente a una asamblea celebrada en la Confederación Nacional de Profesores Españoles.
Hoy, sin embargo, es fácil darse cuenta de que, si el plan de aquel adolescente de quince años llamado Anteo Zamboni hubiera triunfado, la historia de Italia y del mundo entero habría sido muy diferente. Es probable, incluso, que el siglo más mortífero de la historia de la humanidad hubiera sido mucho menos mortífero, ya que Mussolini no habría ejercido la influencia que ejerció sobre otros futuros dictadores como Hitler y Franco, a los que todavía les faltaban unos años para acceder al poder.
Cuando efectuó sus disparos el 31 de octubre, Zamboni se encontraba a muy pocos metros del Duce. Hacía solo cuatro años que el dictador había impuesto su nueva ideología, pero a Europa y Estados Unidos aún les costaba entender que aquel hecho se acabaría convirtiendo en uno de los más trascendentales del siglo XX. Un acontecimiento clave para entender el surgimiento de otras dictaduras en España, Bulgaria, Turquía, Portugal y Alemania, y causa indirecta de que en la guerra del 39 murieran entre sesenta y ochenta millones de personas, como ya hemos apuntado en capítulos anteriores.
El mismo Hitler lo reconoció años después: «Los camisas marrones probablemente no hubieran existido sin los camisas negras. La marcha de 1922 sobre Roma fue uno de los hitos de la historia y nos llenó de ánimo. Si a Mussolini le hubiese vencido en velocidad el fascismo, no sé si nosotros hubiésemos podido resistir. El nacionalsocialismo era en esta época una planta muy débil».
A pesar de su éxito, el líder de los fascistas italianos contaba con muchos enemigos en Italia a causa de los episodios violentos protagonizados por los camisas negras contra sus adversarios políticos. Sobre todo, contra los socialistas y comunistas, pues llegaban a secuestrarlos y asesinarlos sin el más mínimo reparo. Eso fue lo que le ocurrió, por ejemplo, al diputado socialista Giacomo Matteotti, que desapareció tras ser capturado en una calle de Roma el 10 de junio de 1924 y cuyo cadáver no apareció hasta el 16 de agosto, en un bosque a 25 kilómetros de la ciudad. Se encontraba en estado de descomposición, pero la autopsia pudo demostrar que había sido apuñalado.
Como consecuencia de ello, creció la hostilidad pública contra el régimen. Para intentar apaciguarlas, las pesquisas policiales señalaron a cinco militantes fascistas como responsables del crimen. Solo tres de ellos fueron enviados a prisión, pero fueron indultados poco después por el rey Víctor Manuel III. Y aunque nunca se demostró que hubiera sido Mussolini quien ordenó su asesinato, el odio contra él creció a la misma velocidad que sus enemigos.
Prueba de ello es que el intento de magnicidio por parte de Zamboni era el cuarto que sufría Mussolini desde su llegada al poder y el tercero de 1926. Lo sorprendente del que ahora contamos es que no lo perpetró un enemigo feroz, ni un terrorista peligroso o un miembro poderoso de la oposición, sino un chaval de quince años que acabó convirtiéndose en un símbolo de la lucha antifascista.
«NADA PUEDE SUCEDERME»
Otros periódicos españoles se hicieron eco de la noticia. El 1 de noviembre, La Nación apuntaba a sus lectores que se había producido «otro atentado contra Mussolini, cuando un anarquista disparó su pistola contra el Duce en Bolonia sin herirlo». El diario católico El Siglo Futuro revelaba que, «durante el momento de confusión que siguió al atentado, el autor del crimen fue linchado por la muchedumbre exasperada». La Correspondencia Militar, un periódico que contaba hasta con cinco ediciones al día, rescataba el telegrama enviado posteriormente por el dictador, que se centraba en la acogida que le habían brindado los vecinos de Bolonia: «Quiero reiterarles la expresión de mi alegría y mis elogios por la inolvidable manifestación fascista de ayer. El fascismo boloñés se mostró a la altura de sus tradiciones gloriosas, y la obra por él realizada garantiza su pujanza futura».
Pero sus palabras más curiosas se las dedicó al jefe del partido fascista boloñés, a quien pocos días después le dijo lo siguiente, muy convencido de sí mismo: «Nada puede sucederme antes de que mi obra termine». Como muestra de su «inmortalidad», también le hizo entrega de la banda de San Mauricio que había llevado el día del atentado, agujereada por la bala que a punto estuvo de costarle la vida.
El dictador italiano había acudido a Bolonia para inaugurar el nuevo estadio Il Littoriale en el contexto de los actos de conmemoración de la Marcha sobre Roma esos mismos días. Tras el solemne acto, que llevaba semanas preparándose, Mussolini subió a su coche oficial descapotable y se dirigió a la estación «entre ovaciones delirantes».
Fue entonces cuando Zamboni aprovechó para intentar perpetrar su crimen. Así se describía la escena en El Siglo Futuro:
El Duce respondía sonriendo a las aclamaciones del público, que, en medio de las flores arrojadas, de los gritos de alegría y del flamear de las banderas, parecía invadido por un delirio que aumentaba mientras avanzaba el vehículo. Cuando este disminuyó la velocidad para coger una curva, oímos un golpe seco a nuestra derecha, a muy poca distancia. Entonces vimos a un individuo más bien pequeño, de pie entre los cordones de las tropas y el automóvil, a muy poca distancia de Mussolini. Tenía la mano levantada y se encontraba en actitud de disparar. El Duce se dio cuenta inmediatamente del atentado, pero en lugar de encogerse o apartarse a un lado, permaneció derecho y ordenando a sus hombres. A la pregunta llena de ansiedad de si se sentía herido, respondió: «Nada, no es nada». Y después, en un tono seco y autoritario, añadió: «Ahora calma, que nadie pierda la cabeza».
El diario católico aseguraba, además, que el dictador había salvado la vida de milagro: «El disparo partió la banda de San Marino y un pedazo del uniforme a la altura del pecho, atravesando luego la manga del chaqué al alcalde de Bolonia».
CATORCE PUÑALADAS
A Zamboni no le dio tiempo a hacer ni un disparo más, pues, inmediatamente después, una horda de fascistas indignados se echó encima de él para molerlo a golpes. La escena debió de ser brutal, porque, cuando se retiraron, su cuerpo presentaba catorce puñaladas, un balazo y signos de estrangulamiento. Por si fuera poco, el cadáver se exhibió ante la multitud como si de un acto de justicia divina se tratara, a pesar de que la sangre que le cubría la cara apenas dejaba ver sus facciones. El hombre que le identificó le detuvo como autor del disparo fue el oficial de caballería Carlo Alberto Pasolini, padre del director de cine Pier Paolo Pasolini.
La Correspondencia Militar añadía después: «En todas las ciudades de Italia ha habido manifestaciones de regocijo. A Roma han llegado millares de telegramas de felicitación dirigidos a Mussolini. El señor Augusto Turati, secretario general del Partido Nacional Fascista, ha lanzado una proclama que termina con la siguiente frase: “El asesino ha sido linchado en el acto. Se ha cumplido la primera parte de la justicia. Ahora vamos contra los cómplices”».
Y así fue, porque las consecuencias no se hicieron esperar y fueron terribles. El Gobierno fascista utilizó el atentado como palanca política para suprimir las libertades y disolver todos los partidos de la oposición.
ABC, por su parte, daba algunos detalles más que constataban la rápida y brutal reacción del cortejo de Mussolini a la hora de vengar el intento de asesinato:
En el instante mismo de producirse el disparo de Zamboni, un cabo de los carabinieri y un grupo de fascistas se arrojaron sobre el criminal, el cual, atenazado por ellos, no pudo hacer ningún disparo más, como, evidentemente, era su intención. El proyectil fue hallado en el coche del Duce. El criminal murió a manos de la muchedumbre indignada. Su cadáver fue llevado a la Dirección de Policía. En la ropa no llevaba ningún documento ni objeto con el que pudiera identificársele. Se calcula que no transcurrió más de un minuto y medio entre el momento de cometerse el atentado y la muerte del criminal.
La prensa de todo el mundo pronto se hizo eco de nuevos detalles sobre aquel «niño de quince años de familia honrada» que pudo haber cambiado la historia. Tal es así que, años después de acabar la guerra, le dedicaron una calle en Bolonia. Sin embargo, aunque tradicionalmente se ha considerado al joven Anteo como un anarquista prematuro y convencido, lo cierto es que este hecho jamás se probó.
Tampoco se esclarecieron las motivaciones que le habían llevado a intentar el magnicidio, y los periódicos se llenaron de las más diversas teorías. «La Policía ha encontrado un cuaderno en el que el autor del atentado había escrito varios párrafos de obras con marcada tendencia revolucionaria y notas de una carta dirigida a un amigo suyo anunciándole su proyecto de “hacer justicia”», contaba el diario ABC.
Posteriormente aparecieron nuevas versiones sobre el suceso. Se dijo que Zamboni no era el autor o que los vínculos entre la familia del chico y el político fascista Leandro Arpinati habían sido el móvil.
Lo único cierto es que el joven no tuvo tiempo de explicarse. Sus padres tampoco, porque fueron acusados asimismo de «anarquistas militantes» y condenados a treinta años de prisión por instigadores. Eso, por supuesto, tampoco se pudo probar.
MANUEL P. VILLATORO
«Es verdad, amo a Geli y quizá podría casarme con ella; pero, como bien sabe usted, estoy dispuesto a permanecer soltero. Por tanto, me reservo el derecho a vigilar sus relaciones masculinas hasta que descubra al hombre que le convenga». Con estas crudas palabras admitió Adolf Hitler a su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann, la obsesión secreta que sentía por su medio sobrina, Angela Maria Geli Raubal, hija de su hermanastra; una joven que las crónicas definen como una belleza de la época y a la que superaba en diecinueve años.
Después, Hitler le dijo al que también era uno de sus mejores amigos por entonces —nunca fue muy proclive a las amistades— que entendía que aquello no le pareciera bien a la chica, pero que no tenía otro remedio. «Lo que ella considera una esclavitud no es sino prudencia. Debo cuidar de ella para que no caiga en poder de cualquier desaprensivo», completaba. La realidad es que, para el resto de los líderes nazis, ambos eran amantes.
Pero, según explican algunos historiadores como Joachim Fest o Robert Payne, lo que empezó como un capricho en apariencia pasajero acabó por destruir a Geli, el nombre por el que la conocían sus más allegados. Tras irse a vivir con su tío a un piso de Múnich allá por 1929, en pleno auge del partido nazi y tan solo tres veranos antes de que la esvástica ascendiera al poder, la relación de Hitler se tornó en una peligrosa obsesión que acabó por llevar a la joven de veintitrés años a dispararse en el corazón con la pistola del futuro Führer.
El misterio sobre esta muerte, sucedida el 18 de septiembre de 1931, aún no se ha desvelado. Es posible que el asfixiante cerco que el líder ejercía sobre su sobrina la llevara a quitarse la vida. Otros autores, sin embargo, señalan una discusión entre ambos como posible causa. Más allá de este enigma histórico, aquellos que han estudiado la figura de Geli coinciden en dos cosas: en que fue el gran amor de Hitler y en que su muerte se silenció para evitar que la carrera política del líder cayese en picado. Así lo confirma el investigador Ron Rosenbaum en Explaining Hitler. The Search for the Origins of His Evil.
AMOR E INTERÉS
El autor Michael Musmanno afirma en Los últimos testigos de Hitler que el líder nazi conoció a su medio sobrina en 1925. Para entonces, la joven sumaba diecisiete años y ya «había florecido como una rosa; tenía una figura exuberante, era aficionada a la música y amante de la naturaleza». Lo curioso es que Geli representaba todo lo contrario a la mujer aria por la que el nazi clamaba en sus discursos. Con su pelo negro, su comportamiento heterodoxo, su carácter rebelde y su fuerte acento vienés reflejaba todo aquello que la alemana debía rechazar según la doctrina nacionalsocialista.
Sin embargo, la joven Geli pronto atrajo la atención de su pariente. Atractiva y jovial, parece que Hitler disfrutaba de su compañía y gustaba de exponerla como un trofeo ante sus compañeros de partido. A partir de entonces ambos comenzaron a estar juntos a todas horas. Para los líderes nazis era habitual verlos disfrutando de una buena cena, de una función de teatro o de un espectáculo circense.
Todos los que observaron la relación llegaron a la conclusión de que el tío estaba enamorado de su sobrina. Robert Payne así lo corrobora: «Su sobrina le cautivó. No hizo nada para ocultar al exterior el evidente afecto. Con el tiempo nació una auténtica pasión amorosa, o al menos la sintió Hitler». Y otro tanto hace Fest en Hitler, una biografía. Este cree que estaba enamorado de Geli, pero a su modo: «Quería a la vez poseerla y mantenerla a distancia». La califica además como un adorno de su casa y las delicias de sus horas de ocio. Una compañera y una prisionera.
La definición de Geli que hizo tras la guerra Emil Maurice, uno de los muchos novios que tuvo en secreto, pone de manifiesto la razón que llevó a Hitler a interesarse por su propia medio sobrina. Este joven la describió como «una princesa que, cuando pasaba por la calle, atraía las miradas de la gente, aunque en Múnich no es costumbre hacerlo». También explicó que «tenía una hermosa cabellera negra de la que estaba muy orgullosa» y que lucía vestidos que dejaban ver sus piernas a los transeúntes. Aunque la calificó de «una muchacha atolondrada, con la basta lozanía de una sirvienta, sin seso y sin carácter».
CURIOSA OBSESIÓN
En todo caso, Geli correspondía a su tío. La joven adoraba a aquel hombre al que las masas admiraban cada vez más. Para ella era un personaje inalcanzable que, a pesar de lo que parecía a primera vista, se mostraba encantador y tenía cierto halo de misterio. El ama de llaves del líder nazi no tuvo dudas cuando le preguntaron por la relación entre ambos: «Geli amaba a Hitler. Continuamente iba detrás de él. Quería llegar a ser la señora Hitler. Él era un buen partido». Con todo, también afirmó que la chica «coqueteaba con cualquier otro» y que «no era muy seria» en ese sentido.
La obsesión que Geli tenía en principio por Hitler queda clara en la actualidad gracias a testimonios como una carta que la joven envió a una de sus amigas. En ella mencionaba a que el tío Alf, como se refería a él, tenía una capacidad increíble para convertir cualquier evento en un acontecimiento de carácter wagneriano. También estaba impresionada por la popularidad del jerarca. Un ejemplo es que, cuando iba con él al café Heck, inmediatamente los rodeaban los admiradores, que le felicitaban, y las mujeres, que le besaban la mano.
El instructor de canto de Geli, Albert Vogel, afirmó a su vez que la joven le había insistido varias veces en que estaba enamorada de Hitler y en que deseaba casarse con él. Aunque también es necesario señalar que otras tantas fuentes afirman que se dejó asombrar por un ídolo de masas que ejercía sobre ella una presión enfermiza. Muchos todavía la presentan como una involuntaria prisionera de un pervertido.
Ernst Hanfstaengl, un periodista que tuvo gran influencia en el ascenso de Hitler al poder, recalcó que Geli y su madre dependían por entero del Führer, lo que pudo influir también en que ambos estuviesen siempre juntos. Aunque, en lo que respecta a las relaciones sexuales, fue cauto: «Nunca llegaremos a saber con seguridad si la veía como una joven que podía ser sometida fácilmente a sus peculiares gustos, o si en realidad fue la única mujer en su vida que le curó en parte su impotencia haciendo de él un hombre».
NACE LA LOCURA
El paso de los meses enrareció la relación. Hitler acaparó a Geli y se obsesionó con que no viera a ningún hombre más. Se convirtió en la prisionera de su tío soltero, que le permitía todos los caprichos, pero la trataba como un marido celoso. Ejemplo de ello es que, cuando la atrapó manteniendo relaciones con otros chicos, la envió con unos amigos durante un tiempo para «alejarla de las tentaciones». Después todo fue mucho peor. No dejaba que saliera si no era acompañada de su madre; no permitía que asistiera a bailes locales e impedía que se mostrase en traje de baño. Tampoco era raro que la pusiera bajo el cuidado de algún miembro del partido que, además, debía informarle de las cartas que recibía.
Más allá de esta obsesión, los historiadores coinciden en que es difícil demostrar que Hitler mantuviera relaciones sexuales con su medio sobrina. Entre los que apoyan esta teoría se halla el periodista Konrad Heiden, nacido en 1901:
Un día, la relación familiar de Hitler con su sobrina Geli dejó de ser familiar. Ella esperaba hacer una brillante carrera como cantante y pensaba que el tío Alf le facilitaría las cosas. A comienzos de 1929, Hitler escribió a la joven una carta redactada en los términos más inequívocos. Era una carta en la que el tío y enamorado se mostraba abiertamente; expresaba los sentimientos correspondientes a un hombre con inclinaciones masoquistas coprofílicas lindando con el undinismo (el deseo de que el otro le orine encima para obtener gratificación sexual). Esa carta probablemente habría sido repulsiva para Geli si la hubiera recibido, pero nunca la recibió.
Esta teoría se une a una segunda elaborada por el político del NSDAP Otto Strasser, a quien Geli habría confesado que Hitler la obligaba a hacer contra su voluntad «prácticas sumamente desagradables» y que «aparentemente conducían al undinismo». «Mi tío es un m
