Historia de las epidemias en México

José N. Iturriaga

Fragmento

Historia de las epidemias en México

INTRODUCCIÓN

Enfermedad, epidemia y pandemia

Las enfermedades están asociadas a los seres vivos —plantas, animales y seres humanos— desde siempre. Los hombres prehistóricos las padecieron; agua sucia, alimentos descompuestos, heridas infectadas, cercanía con alimañas y falta de higiene han de haber provocado enfermedades y muerte. A veces el padecimiento pudo matar a todos los miembros de una tribu, algunas decenas de personas, algún ciento. Aunque tales cifras sean relativamente menores, deben considerarse como una epidemia: la enfermedad que provoca la extinción masiva de buena parte de una comunidad, no obstante que sus habitantes sean un número reducido, ya es una epidemia.

Conforme las agrupaciones humanas fueron creciendo, los pueblos, y más tarde las ciudades, se volvieron presa fácil para los contagios extensivos. Las urbes con alta densidad demográfica son las más propensas a esas infecciones generalizadas.

Aunque las definiciones de la Real Academia de la Lengua Española no coinciden exactamente con el uso que hoy se les da a las palabras epidemia y pandemia, lo cierto es que su acepción actual está generalizada: la epidemia tiene una cobertura local, regional o nacional, en tanto que la pandemia es internacional.

De los griegos a la Edad Media

En el mundo antiguo están documentadas muchas epidemias, que eran llamadas pestes o plagas. Tucídides, el historiador, reseña la llamada Peste de Atenas, en el siglo V a.C., que quizá fue fiebre tifoidea; entre miles, falleció el emblemático Pericles, que da nombre al siglo de oro griego. Pocos años después sucedieron la Peste de Agrigento y la Peste de Siracusa. El Padre de la Medicina, Hipócrates, ya en el siglo IV a.C. escribía ampliamente sobre las epidemias. En el siglo II a.C. tuvo lugar la Peste Julia. La Peste Antonina, del siglo II d.C., se extendió a Italia y Francia, y entre las numerosas víctimas mortales probablemente estuvo el propio emperador Lucio Vero. En la siguiente centuria, otra epidemia, surgida en Egipto, llegó a Grecia y Roma y alcanzó a matar 5 mil personas diarias en diversas ciudades. En la Peste Justiniana, del siglo VI, que cobró 600 mil vidas en el Imperio Romano,1 es probable que coincidieran varias enfermedades epidémicas. En el mismo siglo, la Pestilencia Amarilla (quizá de hepatitis) sucedió en Inglaterra.

La Peste Negra: 85 millones de muertos

La más devastadora epidemia en la historia de la humanidad fue en el siglo XIV, la Peste Negra (peste bubónica), que quizá se originó en China e India y llegó a Europa y África; se estiman hasta 60 millones de personas muertas en Asia y África y hasta 25 millones en Europa,2 entre ellas el rey de Castilla, Alfonso XI. Esa epidemia redujo la población europea entre un 30% y un 60% y dio un vuelco profundo a la economía y a la sociedad; incluso se considera que propició el término de la Edad Media y la llegada del Renacimiento.

Hay una serie de epidemias míticas o legendarias, o quizá verdaderas, sobre todo señaladas en la Biblia, que atribuyen a la cólera divina la etiología de la enfermedad. De igual manera, muchas otras epidemias sí documentadas históricamente han sido también consideradas como castigos de Dios; así sucedió en el Virreinato novohispano.

Brujería, astrología, religión y medicina

Ante la ignorancia y consecuente impotencia para combatir las epidemias y en general las enfermedades, el ser humano, para curarlas, ha echado mano de las prácticas mágicas y de la religión, apoyándose a veces en la información astrológica. Hechizos, brujerías, conjuros, exorcismos, ensalmos, vírgenes y santos han fracasado. La misma ciencia médica, aunque con avances impresionantes, sigue teniendo retos invencibles.

No es sino hasta finales del siglo XVIII cuando se inventan las primeras vacunas, en concreto para prevenir la viruela. Por cierto que la palabra vacuna proviene del ganado vacuno, pues de cultivos en esos animales surgió la sustancia para inocular a las personas.

Las fiestas de varicela

A nivel popular, en algunas comunidades se acostumbraba que cuando un niño enfermaba de varicela, acostaban a sus hermanos en la misma cama con él toda la noche, para contagiarlos y provocarles inmunidad, pues la enfermedad es muy benigna en los infantes, mientras que puede ser más delicada en personas mayores. Incluso, con la misma finalidad, en algunos países se organizaba una chickenpox party, o sea una fiesta de varicela, para convocar a los amiguitos de un niño que estaba ya enfermo.

Estas prácticas las siguen llevando a cabo algunos padres que no creen en la conveniencia de vacunar a sus hijos, pero están desaconsejadas por los médicos, pues pueden presentarse complicaciones.

¿Historia de la medicina, de la salud o de la enfermedad?

Para la elaboración de este trabajo se encontró, además de las fuentes primarias que siempre se prefieren, una serie de investigaciones multidisciplinarias contemporáneas del mayor interés. Acerca de ese cúmulo de materiales y su enfoque o clasificación, son muy pertinentes las reflexiones de Diego Armus, de la Kean University de Nueva Jersey y actualmente en el Swarthmore College de Pensilvania. Él distingue en ese dinámico proceso historiográfico tres categorías que han sido etiquetadas como historia de la medicina, historia de la salud pública e historia sociocultural de la enfermedad:

El tema de la enfermedad ha sido una suerte de coto controlado por los historiadores de la medicina […] Parecen haberse empeñado en reconstruir el “inevitable progreso” […] y resaltar cierta ética y filosofía moral […]

La historia de la salud pública destaca la dimensión política, […] el Estado, […] las instituciones de salud […]

La historia sociocultural de la enfermedad es más reciente […] Historiadores, demógrafos, sociólogos, antropólogos y críticos culturales […] han descubierto la riqueza, complejidad y posibilidades de la enfermedad y la salud, no sólo como problema sino también como excusa o recurso para discutir otros tópicos […]3

Igualmente sobre ese tema, la Dra. América Molina del Villar, de El Colegio de México, destaca lo conveniente que son “los distintos enfoques metodológicos para abordar el estudio de las epidemias desde una mirada multidisciplinaria”.4 Y agrega: “Es el enfoque adecuado para profundizar en las repercusiones de las epidemias en el mundo, aspecto que hace reparar en el contexto social, económico y político más amplio […] Significa analizar […] a los distintos actores sociales, la medicina, la clínica, los sistemas de poder, control y vigilancia”.5

Ya constatará el lector en estas páginas lo enriquecedores que resultan para esta investigación los numerosos ensayos —de un variopinto conjunto interdisciplinario— que hemos podido seleccionar y consultar.

01 Aunque numerosas fuentes coinciden con esta información, hay variantes con respecto a las cifras de víctimas.

02 Austin Alchon, Suzanne, Una plaga en la tierra: nuevas epidemias mundiales en una perspectiva global, Universidad de Nuevo México, 2003, vid https://es.wikipe dia.org/wiki/Peste_negra#Consecuencias

03 Armus, Diego, “La enfermedad en la historiografía de América Latina moderna”, en Cuadernos de Historia, serie Ec. y Soc., núm. 3, secc. Art., CIFFyH-Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 2000, pp. 7-10, vid https://revistas.unc.edu.ar/index.php/aifp

04 Molina del Villar, América, “El estudio de las epidemias: enfoques sociodemográficos y culturales”, en Presente y Pasado. Revista de Historia, año 21, núm. 42, julio-diciembre de 2016, Universidad de Los Andes, Venezuela, p. 145, vid http://www.saber.ula.ve/bitstream/handle/123456789/43168/articulo7.pdf?sequen ce=1&isAllowed=y

05 Ibid., pp. 147 y 153.

Historia de las epidemias en México

MÉXICO PREHISPÁNICO

Hambrunas y epidemias

Aunque diversas fuentes primarias hablan de grandes mortandades entre los indígenas del territorio que hoy es México, previas a la llegada de los españoles, en general son atribuidas a desastres naturales como sequías, heladas, plagas agrícolas e inundaciones. Sobre todo la falta de lluvia durante varios años seguidos, y sus consecuencias en la producción de alimentos, originaba hambrunas que diezmaban a la población, y es obvio que los pueblos hambrientos y desnutridos tenían mayor proclividad a las enfermedades. Como sea, no abunda la información precisa que permita identificar la índole de las ocasionales epidemias. De manera genérica las denominaban cocoliztli, palabra náhuatl que puede traducirse como “enfermedad” o “mal”.

El misterioso ocaso de los mayas

La decadencia y extinción de la cultura maya clásica se debió en algunas ciudades, probablemente, a una combinación de desastres naturales y al empobrecimiento de las tierras agrícolas, con la consecuente escasez de comida y la aparición de epidemias asociadas a la desnutrición, por su inherente debilitamiento del sistema inmunológico.

Lo que sí está documentado son epidemias de los siglos XV y XVI, antes de la Conquista, con base en el Chilam Balam y en la Relación de fray Diego de Landa (1524-1579). A este franciscano se debe culpar por uno de los más monstruosos atentados de todos los tiempos en contra de la cultura del ser humano (la destrucción de miles de piezas arqueológicas y códices mayas, en 1562) y, de manera paradójica y pasmosa, también debe atribuírsele haber escrito, en 1566, el libro más importante que existe sobre la antigua etnografía maya: la Relación de las cosas de Yucatán. Después llegaría a ser obispo de esa provincia. En su obra leemos acerca de una epidemia sucedida en 1480:

Que quienes escaparon [de un devastador huracán] se animaron a edificar y cultivar la tierra y se multiplicaron mucho viniéndoles 16 años de salud y buenos temporales y que el último fue el más fértil de todos; y que queriendo comenzar a coger los frutos sobrevinieron por toda la tierra unas calenturas pestilenciales [en 1480] que duraban 24 horas, y después de cesadas se hinchaban los enfermos y reventaban llenos de gusanos, y que con esta pestilencia murió mucha gente y gran parte de los frutos quedó sin coger.1

Ahora Landa se refiere a otra epidemia, la de 1516:

Que después de cesada la peste tuvieron otros 16 años buenos en los cuales se renovaron las pasiones y bandos, de manera que murieron en batallas 150 mil hombres y que con esta matanza se sosegaron e hicieron la paz y descansaron por 20 años, después de los cuales [hacia 1516] les dio pestilencia de unos grandes granos que les pudría el cuerpo con gran hedor, de manera que se les caían los miembros a pedazos en cuatro o cinco días.2

El respetado mayista estadunidense Sylvanus Morley (1883-1948) logró identificar las fechas que proporciona Landa con las del libro sagrado Chilam Balam (que son en katunes, medida maya) y la coincidencia lo hizo declarar: “Por pequeños que sean estos dos puntos de confirmación, indican, sin embargo, el alto grado de confianza que se puede tener en las crónicas indígenas”.3

Por su parte, el estadunidense Charles Gallenkamp (1930), miembro de la Sociedad Americana de Arqueología, amplía estas ideas señalando que, desde principios del siglo IX, la civilización maya en las tierras bajas sufrió una catastrófica decadencia. Las actividades artísticas, intelectuales y religiosas se detuvieron gradualmente. Los edificios, monumentos y estelas fechadas quedaron inconclusos.

Desde 800 d.C. a 900 d.C. quedaron desiertas las en otros tiempos populosas ciudades del área central, […] las ciudades quedaron envueltas en un inmenso silencio del cual nunca han despertado. Lentamente las malezas ocuparon las plazas; las enredaderas y las raíces de los árboles se tragaron las pirámides, los templos y los palacios, haciendo que sus piedras se separasen y cayesen. Al final, la selva reclamó las desafortunadas ciudades mayas, totalmente olvidadas en el mismo pináculo de su gloria […]

Se sugirieron como posibles factores cambios inesperados en las condiciones del clima […] Las epidemias de malaria, fiebre amarilla y anquilostomiasis se citaron como otras razones para el éxodo […]4

La decadencia de los toltecas

A principios del siglo VI, en el año 511, los toltecas iniciaron una peregrinación que duraría un siglo; el sitio del cual partieron era llamado Huehuetlapallan. Hay fuentes que atribuyen esa emigración hacia el sur a epidemias con elevada mortalidad.5 Finalizaron su secular recorrido hacia el año 667, cuando fundaron Tula.

Por otro lado, es probable que el abandono de Tula, la capital tolteca, cuatro siglos después —sucedido en el año de 1052—, también se haya debido a una epidemia. Aunque el historiador Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648) —descendiente de Cuitláhuac y Nezahualcóyotl— solo habla de una terrible hambruna por sequía durante 26 años, agrega veladamente que también padecieron “otras muchas calamidades y persecuciones del cielo”.6

Más explícito es el jesuita Francisco Javier Clavijero (1731-1787), reconocido historiador veracruzano:

En los cuatro siglos que duró la monarquía de los toltecas […] fundaron grandes poblaciones; pero las estupendas calamidades que les sobrevinieron […], acabaron con todo su poder y felicidad. El cielo les negó por algunos años el agua necesaria a sus sementeras [milpas], y la tierra los frutos de que se alimentaban; el aire inficionado de mortal corrupción llenaba cada día la tierra de cadáveres, y de terror y consternación los ánimos de los que sobrevivían a la ruina de sus nacionales. Pereció de hambre o de enfermedad mucha o la mayor parte de la nación.7

Otra fuente rescata la cifra de un 90% de mortandad en Tula: “De las mil partes toltecas, se murieron novecientas”.8

Epidemias entre los totonacas y los nahuas

El franciscano Juan de Torquemada (1557-1624) —misionero, arquitecto, ingeniero, estudioso del náhuatl y del totonaco, compilador de códices y manuscritos, y sobre todo historiador— escribió sobre Mizquihuacan, en el Totonacapan precolombino del norte de Veracruz:9

Umeacatl, el cual gobernó ochenta años [¡!] […], a los veinte de su gobierno comenzó una hambre (casi como la de Egipto) que duró por tiempo de cuatro años, de la cual resultó pestilencia tan grande que morían en grandísimo número y tan sin él que todas sus regiones y pueblos eran en continuo hedor y los aires estaban en gran manera inficionados y eran tantos los muertos que apenas quedaron algunos vivos y donde quiera que les cogía la muerte se quedaban sin sepultura porque no había quien los enterrase.10

Prolijo, el mestizo Ixtlilxóchitl relata con amplitud una insólita nevada en el centro del país y la epidemia (quizá de influenza) que provocó:

En 1450 […] fue tan excesiva la nieve […] que subió en las más partes estado y medio,11 con que se arruinaron y cayeron muchas casas y se destruyeron todas las arboledas y plantas, y resfrió de tal manera la tierra que hubo un catarro pestilencial con que murieron muchas gentes, y en especial la gente mayor; […] se perdieron todas las sementeras y frutos de la tierra, en tal conformidad que pereció la mayor parte de la gente, y en 1454 […] hubo un eclipse muy grande de sol, y luego se aumentó más la enfermedad […]12

La desesperación de las personas fue incontenible y dio lugar a terribles decisiones:

Moría tanta gente que parecía que no había de quedar persona alguna […] y el hambre tan excesiva, que muchos vendieron a sus hijos en las provincias de Totonapan […] Y los de aquellas provincias, como eran tan grandes idólatras, todos los esclavos que compraban los sacrificaban a sus dioses, pareciéndoles que [así] los tenían propicios para que no corriese la misma calamidad en su tierra […]13

Otro documento, el Códice Chimalpopoca (en su apartado de los Anales de Cuauhtitlán), es debatible. Los académicos Angélica Mandujano Sánchez, profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, Luis Camarillo Solache, de la Universidad de la Laguna, en Tenerife, y Mario A. Mandujano, investigador de la UAM-Xochimilco, acerca de las hambrunas de 1450 escriben:

Muchas fuentes mencionan el consumo de cosas contrarias a la salud como causa de la mortandad y en el Códice Chimalpopoca se consigna que “en este año se dieron los bledos [amaranto], que era todo lo que se comía y por eso hubo mortandad. Fue el tercer año que hubo hambre. Están pintadas las figuras de la gente, a quien comen las auras y los coyotes”. Probablemente se agregaron problemas gastrointestinales.14

Se verificó la cita en el Códice Chimalpopoca15 y es correcta. La cuestión es si la gente hambrienta se comía a los zopilotes y a los coyotes o si estos se alimentaban de la gente famélica y desfalleciente. Creemos que la preposición a (“…la gente, a quien comen…”) significa que los devorados eran los humanos y por tanto no hay lugar para especular acerca de una epidemia de enfermedades gastrointestinales por consumir cosas contrarias a la salud. Por desgracia, el Códice solo preserva los textos y no las pinturas. Ellas nos sacarían de dudas.

El cronista Domingo Chimalpáhin (1579-1660), nacido en Amecameca de noble estirpe chalca, escribe una alusión brevísima a nuestro tema, pero muy reveladora, en una de sus Relaciones: que en el año 3 técpatl (pedernal), o sea 1456, “[…] hubo cosechas abundantes de maíz, pero murieron muchos de enfermedad […] También entonces hubo plaga de ratones”.16 No obstante el laconismo, queda claro que no se trató de enfermedades derivadas de la hambruna, pues fue un buen año agrícola. Además, aunque el dato de la plaga de roedores no lo asocia Chimalpáhin con las muertes (de hecho, aparece en un párrafo diferente), lo cierto es que los ratones son los portadores más frecuentes del piojo que propaga el tifus.

A diversos eventos, al parecer epidémicos, acaecidos a finales del siglo XV, el Códice Chimalpopoca los asocia con los astros, aunque no lo diga expresamente:

En el mismo año se eclipsó el sol: aparecieron las estrellas […] En este año Xochtlan se despobló con pestilencia. También en este año se eclipsó el sol […] Tequantépec se despobló con pestilencia, al igual que Amaxtlan […] [Hacia 1510] se despobló con pestilencia Cocollan, en un día […] En el año 2 acatl, Teuctépec se despobló por la peste, lo mismo que Itztitlan. En el propio año se eclipsó el sol.17

Como se puede apreciar, la existencia de epidemias en el México prehispánico es indudable, aunque no sea posible identificar en muchos casos cuál fue la enfermedad que se propagó.

Sahagún: pionero de la historiografía contemporánea

Una de las fuentes más confiables para el estudio del México prehispánico y el siglo XVI es el extraordinario fraile Bernardino de Sahagún (1499-1590), quien llegó a la Nueva España en 1529, aprendió el náhuatl y organizó grupos de indígenas viejos y sabios para reconstruir con ellos la historia anterior a la llegada de los españoles. Aunque el franciscano tenía claro que las viruelas fueron traídas por los conquistadores (como leeremos adelante), es interesante que sus informantes indios coordinados por él presentaban de la siguiente manera —con cierta contradicción— al “dios llamado Xipe Tótec, que quiere decir desollado”:

[…] Atribuían a este dios […] las viruelas; también las postemas […] y la sarna; también las enfermedades de los ojos […] Todos los que eran enfermos de alguna de las enfermedades dichas, hacían voto a este dios de vestir su pellejo cuando se hiciese su fiesta […] Todos iban vestidos de pellejos de hombres que habían muerto [sacrificados] y desollado en aquella fiesta, todos recientes y sangrientos y corriendo sangre.18

Salta a la vista que a un dios prehispánico no podía atribuírsele la viruela traída por los españoles. O quizá, cuando Sahagún trabajaba con sus informantes ya supuestamente evangelizados, ellos le atribuían la viruela —recién conocida por los indios— a su vieja deidad en la que aún creían…

01 Landa, Diego de, Relación de las cosas de Yucatán, Madrid, Historia 16, 1985, p. 57.

02 Ibid.

03 Morley, Sylvanus G., La civilización maya, México, San Fernando, (s.f.), p. 112.

04 Gallenkamp, Charles, Los mayas, México, Diana, 1982, pp. 173-174.

05 Somolinos d’Ardois, Germán, “Las epidemias en México durante el siglo XVI”, en Salud Pública de México, julio-agosto de 1988, vol. 30, núm. 4, p. 639.

06 Ixtlilxóchitl, Fernando de Alva, Obras históricas, t. II, p. 32, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obrashistoricas-de-don-fernando-de-alva-ixtlilxochitl-tomo-2/html/588554a4-a415-11 e1-b1fb-00163ebf5e63_210.html

07 Clavijero, Francisco Javier, Historia antigua de México, México, Porrúa, 1982, p. 51.

08 Mandujano Sánchez, Angélica, Camarillo Solache, Luis, y Mandujano, Mario A., Historia de las epidemias en el México antiguo, UAM/UNAM, en http://www.uam.mx/difusion/revista/abr2003/mandujano.html, consultado el 6 de abril de 2020.

09 En todas las citas de Torquemada, Sahagún, Motolinía y demás autores de siglos pasados, sobre todo del Virreinato, se ha modernizado la ortografía para facilitar una lectura más fluida, respetando desde luego la sintaxis. (N. del A.)

10 Torquemada, Juan de, Monarquía indiana, México, Porrúa, 1986, t. I, p. 278.

11 Un estado equivalía a la altura promedio de un hombre.

12 Ixtlilxóchitl, op. cit., p. 205.

13 Ibid., p. 206.

14 Mandujano, op. cit.

15 Códice Chimalpopoca (Anales de Cuauhtitlán), p. 52 en UNAM, en http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/000/000_04_01_Anales Cuauhtitlan.pdf

16 Chimalpáhin, Domingo, Las ocho relaciones, México, Conaculta, 1998, t. I, p. 259.

17 Códice Chimalpopoca, op. cit., pp. 59-61.

18 Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de la Nueva España, México, Conaculta, 2000, p. 99.

Historia de las epidemias en México

LA CONQUISTA DE MÉXICO

Mucho se ha insistido en que la guerra de conquista que impuso Hernán Cortés a los aztecas fue ganada no solo por la pólvora, los caballos y los aliados indígenas del conquistador (tlaxcaltecas, cempoaltecas y treinta pueblos más, enemigos de los tenochcas), sino por la epidemia de viruelas que trajeron los españoles y que diezmó en 1520 a los mexicas.

La voz del conquistador

Cuando Hernán Cortés dejó la ciudad de México Tenochtitlan para combatir a Pánfilo de Narváez en las costas veracruzanas —quien había sido enviado por el goberna

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