CAPÍTULO PRIMERO
ITE
El viejo ya estaba podrido y me resultaba extraño que sólo yo le sintiera el agridulce, tenue olor; que ni la hija ni el yerno lo comentaran. Estaban obligados a ventear y fruncir la nariz porque ellos eran sus parientes y yo no pasaba de enfermero, casi, falso, ex médico.
Aquél era el primero de los trabajos que me había elegido Frieda cuando llegué a Lavanda y la descubrí en avenida Brasil 1597, tan hermosa y dura como en los tiempos viejos, y traté de sacarle dinero —le sobraba— o el apoyo imprescindible para todo inmigrante que pide, como un cornudo digno, una nueva oportunidad.
Los trabajos y los castigos. Cuidar la agonía del viejo que era el primero de la serie de sus venganzas sin motivo proporcional. Ella y yo preferíamos acostarnos con mujeres y alguna noche sin recuerdo chocamos en Santa María y yo no gané por merecerlo sino porque la mujercita en juego tuvo más miedo de mi carnet de comisario que avidez por lo que ella, Frieda, le estaba ofreciendo en el restaurante de la costa, sin intención de cumplir. Era un juego; y tarde en la madrugada Frieda perdió, hizo caer un chorro de saliva dentro de su vaso, se pintó la cara y pudo sonreírme antes de levantarse para salir y buscar su coche. Era, entonces, un Dedion Bouton crema, pequeño y sin capota. Habíamos estado los tres, tan cordiales, en la misma mesa. La mujercita, joven, flaca, sucia, se quedó conmigo. No puedo descubrir otra causa y esta misma es confusa.
Lo mejor de la experiencia, de la venganza primera, era la frescura de las mañanas, cuando excitado y viril por la falta de sueño me apoyaba en la verja de la Embajada Argentina para esperar el ómnibus 125. Las mejores entre todas eran las mañanas de aquel verano tormentoso, con barro y hojas castañas en el suelo, aquel aire inquieto que acababa de ser hecho para mí, aquella zumbona alegría de los viejos árboles de las quintas, las casonas que habían tenido nombre y prestigio, el cielo indeciso, arremolinado.
Porque ni el aire ni yo creíamos del todo en lo que habíamos hecho y visto durante la noche; y empezábamos el día despreciando las tareas, reconstruyendo en broma el amor, la amistad, la simpatía, el simulacro de la fe en los hombres, en sus cortas y feroces creencias.
A pesar del calor que llegaba a los nervios, la noche había sido tranquila y los ritos se repitieron con la impasible escrupulosidad de siempre. El yerno, el capitán, vino con su mujer a las nueve, casi enseguida de que la sirvienta hubiera salido del dormitorio con la bandeja de mi comida, cuando yo estaba preparando la primera inyección.
Apagué la llama de alcohol, puse la jeringa en la caja negra y volví a sentarme en el sillón con un libro abierto que se titulaba Concepciones cíclicas de Vico. Prefería no dar inyecciones sin testigos. Acompañante nocturno, dijo Frieda, y el título lo repitió Quinteros. «Doscientas dracmas por noche y el trabajo es nada», dijo apresurado, mientras apoyaba indiferente una mano abierta en la rodilla de Frieda y me recitaba pedazos apócrifos de la historia del viejo condenado e insinuaba mis posibles descubrimientos en el dormitorio, en los muebles, en el colchón, en los gestos y el balbuceo final.
Quinteros, que había tenido un antepasado que eligió llamarse Osuna cuando en el quinientos los Reyes Católicos hicieron una pequeña limpieza. Pero él, fuera de los negocios, imponía el Quinteros como desafío inane y tal vez satisfactorio.
No sé, exactamente, cuándo decidí aceptar irremediable la necedad humana, Santa María, Lavanda, el resto del mundo que ignoraría siempre. Abstenerme de contradecir. No sé cuándo aprendí a saborear silencioso mi total desavenencia con varones y hembras. Pero mi encuentro con Quinteros-Osuna, con su estupidez poderosa, con su increíble talento para ganar dinero, me produjo un desenfreno, me obligó a aceptar con entusiasmo aquella forma de imbecilidad que él me reconocía, con elogios exagerados, casi envidiosos. Por eso dije que sí a todo y agregué detalles, retoques, perfecciones.
Por eso mismo, cuando entraba el capitán-yerno en el dormitorio y me encontraba leyendo el inventado libro de Clausewitz, yo era capaz de discutirle con pasión e imprudencia los puntos tácticos, estratégicos o logísticos en que a él no le importaba insinuar concesiones a cambio de que yo escuchara deslumbrado los discursos que dejaban para la historia militar y universal la convicción de que él nunca se equivocaba en lo fundamental, en lo valioso, en lo que torcería el destino de toda guerra, antigua o futura.
Pero cuando llegaba primero la hija del agonizante, Susana, yo estaba leyendo alguna novela de las que ella llamaba crudas y estaban escondidas como una carta robada en el estante, a la altura de los ojos, de la biblioteca. A veces me pedía opinión para llevarse alguna y siempre me las entregaba con un suspiro, una piedad, un «qué asco» enfermo de lentitud, espeso de compasión. Y los libros los había escondido, expuesto, el viejo agonizante, y ella me miraba con una lástima, una curiosidad semejante a la que yo atravesaba en las horas vulnerables del amanecer contemplando al viejo inquieto que empezaba a sumergirse con timidez y torpeza en el largo sueño, chocando contra los islotes delirantes, murmurando palabras que aludían, minuciosamente equivocadas, a recuerdos que nunca fueron verdad total, a sucesos o mentiras no conocidos por él, por el hombre que había sido y ahora, para trampearme y divertirme, intentaba prolongar en esos noventa minutos que separan la noche de un día más, ese tiempo en que la muerte anda suelta, ofreciéndose, y uno, tradición o instinto, cumple ritos de olvido para no decir que sí y abandonarse. Y como ella tenía la costumbre de plantarse a conversar con los pies muy separados, yo no podía impedirme pensar en humedades, en almohadilla cordial sobre huesos rígidos, indestructibles.
Un libro o cualquier página impresa, la cafetera eléctrica, las fingidas, largas ganas de orinar, la nariz en el frío de la ventana entreabierta, el repentino grito de pájaros dentro de la cabeza.
Y cuando entraba Pablo, el huérfano próximo —cada uno de ellos anunciado por las voces y los ruidos distintos que extraían de los peldaños de la escalera mientras iban subiendo, acercándose—, yo podía manotear el libro de Adler que había llevado desde la primera noche, alzar los ojos con un dedo olvidado entre las páginas. Porque Pablo, veinte años, estudiaba medicina, pero ya me había confesado una noche, paseándose como rabioso por aquella habitación que se llamaría mortuoria en cualquier momento imprevisible, fumando, encendiendo un cigarrillo con otro para facilitar la respiración tartamuda y el descanso de la cosa que todavía era su padre, me había confesado que la medicina general no era para él nada más que un trampolín para llegar a un reiterado sueño de infancia que él llamaba psicoanálisis. Tenía la cara limpia y plácida, inteligente, y le gustaba sacudirse el pelo desordenado caído en la frente.
Al empezar la farsa sentí que era el más peligroso de todos, el viejo, empecinado moribundo aparte. Pero luego de una noche de confidencias, trajo una botella chica de coñac, supe que el peligro no estaba en él.
Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón. Y la fe puede ser puesta y atizada en lo más desdeñable y subjetivo. En la turnante mujer amada, en un perro, en un equipo de fútbol, en un número de ruleta, en la vocación de toda una vida.
El leproso se exalta cuando tropieza, suda olores fosfóricos frente a la oposición más pequeña o sospechada, busca afirmarse —afirmar la fe— pisando cabezas o intimidades tiernas, sagradas. Para concluir —pienso en Pablo y en su edad—, un hombre contaminado por cualquier clase de fe llega velozmente a confundirla consigo mismo; entonces es la vanidad la que ataca y se defiende. Con la ayuda de Dios, es mejor no encontrarlos en el camino; con la ayuda propia, es mejor cambiar de vereda.
Y si alguna noche Pablo me preguntó con desafío y lástima qué le habría o hubiera ocurrido al mundo, a los hombres, si no tuviesen fe bastante para progresar, yo moví la cabeza y medí silencioso la distancia que separa a los maumau de los campos de concentración, del genocidio y de los animales ávidos que gobiernan el mundo.
Todas las noches eran iguales o durante el tiempo se trató de una sola noche con horas marcadas por una tormenta, un cielo duro y estrellado, un lápiz que se cae, las oscilaciones del pulso y la temperatura. Y en esta noche única yo desertaba aburrido del libro apropiado a la visita y miraba el paisaje con curiosidades de recién llegado.
Desde la butaca de felpa apolillada, con resortes desparejos, contemplaba la veladora sobre la mesa redonda, el brillo de los barrotes de la cama de bronce, excesiva, las formas de los frascos de remedios, la sombra espesa del techo y del gran ropero. Miraba la hora y esperaba la primera claridad en la cortina de la ventana, roja vino en las mañanas, ahora negra. Me distraía tratando de adivinar, con odiosa facilidad, los muebles y los retratos separados de mí por la luz, perdidos en la zona donde descansaba o se movía la cabeza enferma.
Pero yo necesitaba mis cien monedas por noche. Alguna vez remota chocaría con Pablo, mintiendo contra mentira. Todas las noches o casi, el capitán tomaba café en la planta baja y era imposible desdeñarle las risas y las bromas.
La vez recordable fue así. A las nueve y cuarto entró en el dormitorio con Susana, su mujer, hermana de Pablo, tan hija del moribundo como él. Cuando llegaban, el difunto espaciaba sus jadeos y yo le suponía una malevolencia gozosa, un pronto y repentino silencio entre los suspiros. Continuaba viviendo y sabía.
A las nueve y cuarto de aquella noche de abril el capitán y Susana. Muy detrás Susana, buscando la sombra y la estupidez de una sonrisa fría y fija, las manos unidas sobre el pubis. Muy adelante, castrense sin agregada grosería, el pobre hombre, el capitán, caminó sin verme, recto hasta el borde de la cama, y se detuvo en posición de firme.
Si podía pensar, el capitán, parecía estar pensando con la mandíbula apoyada en la mano, mirando al viejo, arriba del viejo. Por burla o por cariño el medio muerto comenzó a mover la cabeza y mostraba, protegiéndose, el recuerdo de los dientes postizos al estrépito difuso que le imponía el mundo.
El capitán abandonó el examen y se volvió para saludarme.
Pero ella, Susana, la hija de mi muerto, la esposa del capitán, la hermana de Pablo, era lenta y oscura; me arrepentí de haberla inventado, al principio, tonta y distraída.
—A la orden, mi general —casi gritó Vélez, el capitán, mientras golpeaba un zapato con otro y me hacía la venia. Estaba alegre y seguro como podría haber estado su abuelo en el año de 1904 saludando con respeto en una tienda de campaña, cerca de un fogón disimulado con ramas de eucaliptus. Saludando la proximidad del alba frente al caudillo bárbaro y analfabeto (no importa el color), ensanchado el tórax y endurecidos los movimientos porque era portador de buenas o malas noticias, de un orgullo.
—Noches, mi capitán —le contesté apartando apenas el libro.
Como siempre, yo sentía que el viejo moribundo estaba despierto y lúcido, burlándose del capitán Vélez, de todos nosotros; o tal vez los años y la enfermedad lo hubieran instalado en un tiempo superadulto, que nada tenía que ver con la vejez, y desde allá nos miraba y todas nuestras palabras y movimientos le hacían gracia, le daban desdén y ternura como si observara distraído juegos de niños o insectos.
Aunque había hablado, casi sonriente, mirándome a mí, supe que las palabras del capitán Vélez no eran saludo y sólo querían llegar a la cosa gastada, sin muslos, larga en la cama.
Sin doblar las rodillas, educado en la gimnasia y la logística, el capitán Vélez se inclinó hasta tocar con una oreja la boca murmurante del enfermo. Perfilado, podía ver el brillo gozoso de los pequeños ojos negros, el bigote negro alargado en la sonrisa.
—Descuide, mi general —dijo—. Mandaremos la caballada. Y no se preocupe por el parque. Tenemos balas y banda lista para liquidar a todos esos maulas.
Como tantas veces, por obligación y vicio, yo era el espectador. Y algo más, ahora. Yo era el medio que usaba el capitán para transmitir a Susana el mensaje planeado: su padre iba a vivir diez años más o por lo menos no iba a morir esa noche. «Si estuviera grave, si hubiese peligro, yo, pundonoroso por jinetas, no podría portarme así, contento, bromear, golpearle con amistad los huesos.»
Además, al hablar de tácticas y de batallas que le había contado su abuelo, al hablar de máuseres, puentes y caballadas como si él hubiera vivido peripecias y estuviera tan triste, regresando de todo, compensaba en parte una larga humillación de cuartel, rescataba algo de la frustración de generaciones que aprendieron en teoría a guerrear para enterarse de que la clase de guerras conocidas por ellas ya nada tenía que ver con el futuro. Y, sobre todo, sus discursos invitaban al olvido de un coraje vocacional, que la mala suerte había condenado a morir virgen, sin expresión ni fracaso. Aquel año, en Lavanda, sólo podía apalear obreros y estudiantes. Cumplía y se descargaba sin felicidad verdadera.
Entonces, más o menos, trepó Susana y puso el principio de sonrisa entre las barras de bronce de la cama donde se le moría el padre. A veces se volvía a mirarme y yo me conservaba en paz, de pie, con alguno de los libros, tal vez equivocándome entre psicología y guerra, apoyado en el vientre. Moví la cabeza como diciendo todo va bien y se muere ahora mismo.
Pero el olor crecía, el olor revoloteaba como una mariposa, negra y verde, iba y venía, mientras todos fingían no sentirlo.
Era hermosa, Susana, y había nacido para casarse con Vélez porque yo supe que existe una calidad, un tipo de niñas, muchachas y mujeres que han nacido para casarse con soldados pundonorosos; acaso sea posible reconocerlas por la decisión de las caderas, y por la distancia que les separa la sonrisa de los ojos y del brillo de los dientes. Terminan sabiendo más que ellos de carácter y de sumisión.
Entonces, repito, el capitán se aburrió de acariciar la frente amarilla del viejo y enderezó el cuerpo, firme. Estaba vestido de civil.
—Es un viejo bárbaro, jefe —me dijo; lo esperé incrédulo hasta que dijo—: Estuvo en Masoller. —Se acercó para apretarme un hombro, movedizo, jovial, tan seguro de todo.
—Sí. Está un poco nervioso esta noche. Pero yo diría que está mejor.
Porque Quinteros, dictado por Frieda, había dicho de mí: «Dos años de medicina. Se hubiera recibido con medalla de oro a no ser aquella desgracia que, en el fondo, no fue otra cosa que ganas de hacer el bien».
La desgracia inventada por Frieda para humillarme durante semanas junto a la cama del viejo, me sirvió alguna vez para retocar un pasado. Era más real que mis hechos, que yo mismo. Con más facilidad que las piernas sangrientas, que la mandíbula torcida de la adolescente que yo acababa de matar perforándole el útero, recordaba mi grave lentitud al desprenderme la túnica en casa de la partera, en el extraño consultorio con canarios y begonias. La persistencia maniática con que me había lavado siete veces las manos, el asombrado descubrimiento de mis dedos, el rezo silencioso junto a la camilla, negativa a pedir ayuda, la histeria insultante de la mujer gorda encima de los guantes de goma vacíos en el suelo. Un recuerdo, una mentira del recuerdo.
—¿Ya le dimos la inyección, jefe? —preguntó Vélez, como si le importara.
En algún lado leí o alguien me dijo que los días no pasan en vano; mucho menos las noches: el pobre Vélez ignoraba, y nunca lo supo, que en algún momento yo lo había degradado de capitán a teniente.
—No todavía, estaba esperando. La inyección es indispensable, pero no me gusta que él la necesite. ¿Entiende? —dije.
Yo no entendía nada, pero el teniente sí.
—Claro —le explicó a Susana—. No hay que crear costumbre.
Cuando se fueron yo estaba olvidado y ellos bajaban la escalera hablando de Elina, de Punta del Este y de una venta.
Ya estábamos solos en la casa cuando le di la inyección al viejo recordando —u otro recordaba apoyándose cómodo dentro de mí— los cientos de inyecciones que yo había dado a borrachos, histéricas y accidentados en el Destacamento de Santa María, mientras esperaba que llegara un nebuloso médico forense o el doctor Díaz Grey, todavía soltero, despierto a cualquier hora y preguntando siempre, sin sonreír ni detenerse:
—Comisario. ¿Está seguro que vale la pena?
Y yo le repetía las palabras exactas del gastado juego que nunca pudo aburrirnos:
—Es nuestro deber, doctor.
Y él hacía el trabajo necesario y pocas veces olvidaba seguir o terminar:
—Sus cuadros son malos. A veces me gusta el color, pero usted nunca aprendió a dibujar de verdad. Sin embargo, no obstante, ¿por qué no manda al diablo esta mugre y vive de limosna y recorre la costa con un caballete y una caja de pomos?
Le acomodé las almohadas y las ropas al viejo y abrí a medias la ventana sobre la noche fresca y sin viento. Cuando me senté en la cama, él se movió hasta casi despertarse, hasta encontrarme los ojos; después empezó a balancear la cabeza y a murmurar velozmente retazos de palabras. Pensé que eso ya lo habían hecho antes que él millones de condenados.
Casi desde el principio yo había perdido las esperanzas y las ganas de comprender. De modo que me divertía —cuando Frieda o Quinteros me despertaban a las seis de la tarde— transmitiendo versiones fantásticas, a veces ingeniosas, siempre desconcertantes.
Veía mis mentiras moverse en la cara de Quinteros; a veces la sospecha de la buena pista, otras el desánimo. Era, entre bostezos, mi pequeña venganza diaria.
Y me agregaba una sucia, rumbosa felicidad tratando de adivinar qué palabras hubiera preferido Quinteros que dijera el moribundo y me arriesgaba entusiasta a exhibir falsas versiones textuales, contradictorias, que había escrito en madrugadas anteriores para defenderme del sueño y el aburrimiento.
Creo que toda mi literatura reiteraba la vieja y tonta necesidad de tener un amigo y confiar; aludía también a la desconfianza impuesta, al secreto y la astucia.
Bastaba ver la cara borracha o cansada de Quinteros a las malditas seis horas de la tarde; verle los trajes y las corbatas; oírle hablar de amistad y desinterés; recordar cuánto me pagaba, siempre puntual y sin mezquindad, para que le contara los vaivenes de la cabeza del viejo y los, supongo, arrevesados recuerdos infantiles que gorgoteaba la boca negra y desdentada.
Bastaba eso y la presencia de Frieda, casi siempre en último plano, jugando la indiferencia y la burla, para comprender que se trataba de dinero; mucho dinero.
Después, no sé cuándo, en un atardecer, hora de entrada, incrustado en la noche única del primer castigo, llegué a la calle que inexplicablemente llaman Agraciada y desde la esquina vi el furgón y comprendí que alguna cosa había terminado. La primera de las vidas breves que tuve en Lavanda. Crucé la calle, me senté en una mesa recostada contra un vidrio de mugre y transparencia aceptables. Se llamaba café y pedí café, espiando entre vagos y curiosos lo que estaba sucediendo, con precisión de oficio, en la casa de enfrente, la casa donde había leído alternativamente a Clausewitz y Freud, donde había dado inyecciones inútiles y estuve pensando en mi pasado sin lograr ordenarlo.
Cuando el furgón se fue me dediqué a llamar por teléfono a Quinteros, seguro de que estaba durmiendo su borrachera. Pensé en los timbrazos y los confundí o mezclé con las agujas de las inyecciones. Ya nunca más.
Llamé hasta que tuvo que despertarse y contestar idiotizado. Le dije:
—Son las dieciocho treinta y cinco. Habla Medina. Sería mejor que apuntaras. Llegué para marcar la tarjeta y primero vi un furgón que me puso triste y asombrado. Después, cuatro tipos que no los quisiera para mí, con guardapolvos grises o celestes, la luz es mala. Bajaron y entraron un crucifijo, un sobretodo de madera, seis candelabros, un álbum tentador para escribir una novela o el diario de mi vida. Agregaron cosas misteriosas que deben ser imprescindibles porque siempre la muerte es un misterio. Pienso que el resultado sería el mismo. ¿Apuntaste algo? En realidad te llamo por sentido del deber. Para felicitarte y para que te vayas a la raíz cuadrada de tu hermanita.
Colgué para matarle la voz y a partir de esa noche nuestra amistad mejoró, le tuve menos desprecio. Claro que nunca volvimos a conversar del asunto; y cuando tiempo después tuve la obsesión del regreso nadie fue más paciente, bondadoso y eficaz que Quinteros. Pero no lo hizo para pagarme el involuntario silencio.
CAPÍTULO II
La visita
Mucho tiempo atrás, cuando todos teníamos veinte años o pocos meses más, cedí a la tentación de ser Dios, absurda, azarosa, y respetando mis límites. Era en Santa María, en un marzo húmedo y caluroso con apenas amagos, alharacas de tormenta, como si el tiempo hubiera aceptado la modalidad de los pobladores del otro lado, de Lavanda, río por medio.
Esta tentación, cuando es genuina, prefiere visitar a los muy pobres, a los desesperanzados, a los que no cayeron en la trampa de un destino ordenado.
Todo era tan fácil y erróneo como una operación aritmética de primer año: con lo que yo renuncie a usar puedo hacer la dicha de otro.
El resultado fue un Seoane de diecisiete o dieciocho años, emigrado legítimo de Santa María, y su madre. Seoane era el apellido de la muchacha, mujer, y nunca supe si el niño, muchacho, era mi hijo. Ella había jugado siempre a la duda, el malentendido, la broma sin gracia. Ahora estaban en Lavanda y me parecía correcto sostener con un dedo decadente una bandeja de dulces y visitarlos mensualmente, cada luna llena.
Era meterme a voluntad y disgusto en el recuerdo de Seoane niño, en la habitación, en las imágenes vagabundas del muchacho en el departamento oscuro y maloliente, la mujer gorda con la cabeza llena de nudos, de tubos plásticos, de horquillas, la tristeza irritada que salía de nosotros, de los muebles, como un sudor.
Debe ser, y es penoso empezar a decir con dulzura esta clase de cosas: la vejez, la pobreza, los pasados muertos, continuar diciéndolos así.
Pero nunca me sucedió con María Seoane. A pesar de los regalos baratos que nunca olvidé en ninguna visita y que ella agradecía, cortés y casi burlona para enterrarlos de inmediato en el desorden mugriento de la pieza, la posibilidad exclusiva era el diálogo que aludía, frase tras frase, a los errores del pasado irrecuperable. Ella, la gorda repugnante, sabía mejor que yo porque se mostraba capaz de sintetizarlo todo colocando en la charla, espaciada, chupando la bombilla y con un suspiro:
—Ya no tiene vuelta.
Y era verdad para nosotros, para todos los amantes reencontrados, para todo el mundo. Sólo podía oponerle mi afán por comprender, participando a medias de la maldad inteligente de María, evocando la cabeza neutral, casi siempre ausente, del muchacho Seoane, que tal vez fuera mi hijo, que tal vez jugara a ser el medio idiota real cambiado de cuna por la inevitable tribu de gitanos que acampó en el lugar y la hora convenientes.
Después de una de mis peregrinaciones vergonzosas, traje dulces para María y para Seoane una corbata de seda y un billete de banco, azul. Y ahí estaba, después del hola de María Seoane, metido en el calor preso e inmóvil del departamento, enredado en la pobreza pretenciosa, en la carpeta de felpa roja, semicalva, con manchas de noches y botellas balbuceantes, de perros, un perro lejano e impaciente. Trabado en un mundo pequeño, irrespirable, oscuro, con gauchos y campesinas holandesas, porcelana o yeso, tapas de revistas encuadradas.
María no pensaba sólo en mí como para acumular tanto disgusto con el fin de molestarme. Ella y sus amigos. María confiaba en otras cosas, más directas y seguras.
Tampoco había fomentado con deliberación el olor de baja clase media, a fracasos cotidianos, a ruines deseos mascados por gente desconocida, desde veinte años atrás, antes que ella llegara a Lavanda, deseos que estuvieron adhiriéndose a las paredes y que tal vez yo pudiera, hoy, ir despegando con una uña.
Claro que los empapelados habían ido cambiando, una vez y otra, una esperanza y otra. Pero el olor de todo esto no había hecho más que crecer. Los marcos de las puertas, sobre todo, muy anchos, que fueron pintados sucesivamente de gris, de marfil, de crema, de gris, olían rencorosos y persistentes a los almuerzos italianos de los domingos, a recibos de mutualistas médicas, a trámites jubilatorios.
Yo no sabía si en aquella fecha de fiesta cualquier Seoane, diecisiete años, aparecería para mostrar su cara a mi lento escrutinio; tampoco sabía si llegaría a verlo; tampoco, repito, sabía si era mi hijo.
María me dejó solo para que mirara, oliera e inventara a gusto, para quitarse el gastado vestido decente y regresar despacio, con la sonrisa inútil de la venganza o el corto desquite. No me asombró porque yo estaba colmado de sonrisas semejantes de hembras, que había creído imaginar, y las mostraban, a través de millones de años, como un novedoso modelo de temporada, recién nacido, sin antecedentes, sin peligro de recuerdo.
No me asombró, repito. He conocido bondades, sacrificios y excepciones. Pero ella volvió, como lo hubiera hecho cualquier mujer, para reiterar, machacona, con su calibre de sutileza, quién había sido María Seoane a los dieciocho años, cuando en cada encuentro me empeñaba en buscarle los ojos desviados y estaba seguro de sentirle el olor de otro macho reciente. La sonrisa quería mostrarme en qué la había convertido yo, aliado inconsciente de su imbecilidad congénita.
Ahora volvía con una bata sucia y rotosa; había conseguido envejecer, poner distancia.
—Por las moscas —dijo con su flamante voz ronca, mientras cerraba los vidrios encima de la celosía de hierro. Se acostó lentamente en el diván donde dormía Seoane, mi hijo posible; con el viejo movimiento perezoso dejó desnuda la mitad de una pierna y me pidió cigarrillos. Le tiré un paquete, una caja de fósforos.
Lástima, pensé; una vieja un poco más joven que yo, repelente, manejando con torpeza un regreso de veinte años. Por un momento, abrumada de calor y sueño, manoteó pidiendo ayuda a la estupidez y la maldad. Era fácil herirme; la dificultad estaba en encontrar novedades, en mantener equilibrados el odio y la cochina cortesía.
Respiró un poco, hinchando las grandes tetas, habló y era como encontrarse otra vez sin refugio, bajo la lluvia monótona, pareja, sin viento. Pero su voz no era solamente hija mimada del alcohol y el tabaco; era ronca y profunda, a veces muerta de afonía, otras chillona, saliendo a fuerza de voluntad de la nada, del silencio. Ella sabía o sospechaba, disimulando con hipos, con amnesias deliberadas, toses y sonrisas esquivas. En mi oído su voz sonaba extranjera y pesada de misterio.
—Si viniste, pienso, a ver al muchacho, supongo que perdés el tiempo. Siempre te dispara, debe ser el instinto, pero a veces, estando solo, te llama y te extraña. Lo supe por los dibujitos. Disimula, claro; pero yo soy la madre. Salió con los amigos, esa clase de amigos que elige, para ir al cine o al básquet, a cualquier mierda de mentira que se le ocurrió. Siempre me miente, lo puedo probar, no me preocupo, ni siquiera lo escucho cuando me responde. O ni siquiera me contesta, a veces llega de madrugada o mañana y le ha dado por emborracharse. No viene,
