La casa de la mezquita

Kader Abdolah

Fragmento

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Las hormigas

Alef Lam Mim. Había una vez una casa muy antigua llamada «la casa de la mezquita».

Era grande, de treinta y cinco habitaciones, y durante siglos habían vivido en ella familias emparentadas al servicio de la mezquita.

Todas las estancias poseían una función y un nombre correspondiente, como el cuarto de la cúpula, el cuarto de fumar, el cuarto de las historias, el cuarto de las alfombras, el cuarto de los enfermos, el cuarto de las abuelas, la biblioteca y el cuarto del grajo.

Se había construido detrás de la mezquita, adosada a ésta. En un extremo del patio, una escalera de piedra conducía a la azotea, desde la que se accedía al templo. Y en medio del patio se hallaba el houz, la alberca hexagonal para las abluciones antes de la oración.

Por aquel entonces la casa estaba habitada por las familias de tres primos: Aga Yan, el vendedor de alfombras, responsable del viejo zoco de la ciudad; Alsaberi, el imán de la mezquita, y Aga Shoya, su muecín.

Era un viernes por la mañana a comienzos de primavera. El sol calentaba agradablemente y el jardín olía a tierra. Los árboles tenían hojas jóvenes, las plantas habían echado los primeros brotes y los pájaros, revoloteando de rama en rama, trinaban en el jardín. Las dos abuelas estaban recogiendo los restos de las plantas muertas el pasado invierno, mientras los niños jugaban a perseguirse y esconderse detrás de los recios árboles.

De pronto, un enjambre de hormigas surgió de debajo de los viejos muros y cubrió con un movedizo manto marrón el zaguán, junto al añoso cedro.

Millares de hormigas jóvenes, que por primera vez veían el sol y sentían su calor, se apretujaban unas contra otras.

Los gatos de la casa las observaban a distancia desde la alberca, perplejos ante aquella masa fluctuante. Los niños cesaron en sus juegos y acudieron a ver aquel portento que avanzaba por la entrada. Los pájaros enmudecieron y, posándose en las ramas del granado, estiraban el cuello para seguir el movimiento de las hormigas.

—¡Abuelas! —gritaron los niños—. ¡Venid a ver esto!

Las abuelas, atareadas en el otro extremo del jardín, no los oyeron.

—¡Venid, venid, hay millones de hormiguitas! —exclamó una de las niñas.

Las abuelas se acercaron.

—¡Jamás había visto nada semejante! —exclamó una.

—¡Ni había oído nada igual! —se admiró la otra.

Estupefactas, las dos se llevaron las manos a la boca. El número de hormigas crecía por momentos y en poco tiempo cubrieron por completo el zaguán, haciendo imposible llegar hasta la puerta principal.

Los niños corrieron hasta el estudio de Aga Yan, en el otro extremo del patio.

—¡Aga Yan, venga! ¡Ayúdenos! ¡Las hormigas!

Aga Yan descorrió las cortinas y miró fuera.

—¿Qué sucede?

—¿Puede venir un momento? Dentro de poco no podremos salir, las hormigas se dirigen hacia la casa. ¡Las hay a millares!

—Ahora mismo voy.

Se echó una larga túnica por los hombros, se caló el sombrero árabe y salió con los niños.

Aga Yan había vivido muchas cosas en aquella casa, pero jamás había presenciado nada igual.

—Esto me recuerda al profeta Suleimán —les dijo a los niños—. Tiene que haber un motivo especial para que ocurra algo así o no saldrían al exterior en masa. Si prestamos atención las oiremos hablar entre sí, aunque no sepamos su lenguaje. El profeta Suleimán sabía hablar con las hormigas, pero yo no. Se diría que están haciendo algo, una especie de ceremonia, o tal vez estén cambiando de hormiguero por la llegada de la primavera.

—¡Piensa algo! —lo instó Jolebé, la abuela más joven—. Haz que vuelvan a su nido o se meterán en la casa.

Aga Yan se arrodilló en el jardín, se puso las gafas y estudió las hormigas de cerca.

En ese momento intervino Jolbanú, la abuela de más edad.

—Lee el sura en que Suleimán habla con las hormigas que habían cubierto el valle para impedirle que pasara con su ejército. O lee Al Namal, el sura en que el profeta habla con Hodhod, la abubilla, cuando el pájaro le trae una carta de amor de la reina de Saba.

Los niños aguardaron la decisión de Aga Yan llenos de curiosidad.

—Lee Al Namal antes de que sea demasiado tarde y pide a las hormigas que regresen a su nido.

Los niños miraron de nuevo a Aga Yan.

—¡Lee la carta de amor o las hormigas se adueñarán de la casa!

Hubo un silencio.

—¡Traedme el Corán! —masculló Aga Yan.

Shabal, uno de los niños, fue corriendo hasta la alberca, se lavó las manos, se las secó con un trapo colgado en el tendedero y entró precipitadamente en el estudio. Al poco, regresó con un viejo ejemplar del Corán y se lo alargó a Aga Yan, quien lo hojeó en busca del sura Al Namal y, deteniéndose en la página 377, se inclinó hacia delante y empezó a declamar:

—Suleimán dijo: «Waqala ya ayo hanas elmana maneq altair waqala ya ayo hanas wa warthe soleiman davud waqale ya ayohanas olemana mantjal teir wa oteina men kolle sheian ena haza lahova alfazal almobin wa hashre soleiman yinude men alyen walens wal teir fahme yuzeun hatta eza atu ala wa ela wa danamal qalat namalato ya ayojallnamal adqalo maskanajom la yahtamanakom soleiman wa yanaho wa hom la yasharunwa.»

Todos miraban y callaban, todos esperaban la reacción de las hormigas.

Aga Yan siguió salmodiando y sopló sobre las hormigas. Las abuelas fueron en busca de dos hornillos y echaron un poco de esfand al fuego. Dos nubes de oloroso humo se expandieron por el aire. A continuación, se arrodillaron en el suelo junto a Aga Yan y fueron expeliendo el humo sobre las hormigas al tiempo que susurraban: «Suleimán, Suleimán, Suleimán, las hormigas, las hormigas, el valle, el pájaro Hodhod, el pájaro Hodhod, la reina de Saba, Saba, Saba, Saba. Suleimán, Suleimán, Suleimán, Hodhod, hormigas, hormigas, hormigas, hormigas.»

Los niños contuvieron la respiración.

De pronto los insectos se detuvieron, se hubiera dicho que escuchando, como si quisieran averiguar quién les cantaba y exhalaba sobre ellos aquel humo fragante.

—¡Fuera de aquí, niños! ¡Están retrocediendo! ¡No las molestéis! —los exhortó Jolbanú.

Los niños subieron a la planta superior y a través de las ventanas observaron cómo las hormigas se replegaban.

Muchos años después, cuando Shabal había dejado el país y vivía en el extranjero, solía evocar los recuerdos de aquel día para sus amigos. Les contaba que había presenciado con sus propios ojos cómo después de leer el sura de las hormigas, éstas habían desaparecido por los agujeros de los viejos muros como largas cuerdas parduscas.

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La casa de la mezquita

Alef Lam Ra. Pasaron los años. Nunca volvió a salir aquel desorbitado número de hormigas de debajo de los muros centenarios. Del suceso no quedó más que un breve recuerdo. En la casa ancestral, la vida seguía su curso. Al anochecer, las abuelas trajinaban en la cocina como las demás mujeres. Faltaba poco para que llegase el imán Alsaberi y tendrían que prepararlo para la oración de la noche.

El viejo grajo sobrevoló la casa y emitió un graznido. Un carruaje se detuvo en el portal y Jolbanú salió a abrirle la puerta al imán.

El anciano cochero saludó a la abuela y siguió su camino. Era el último cochero, pues el ayuntamiento había prohibido la circulación de caballos en la ciudad y subvencionaba taxis a todos los que obtuvieran el permiso de conducir. Pero había un cochero entrado en años que no lograba aprobar el examen y, por mediación de la mezquita, se lo autorizó a trabajar al servicio del imán, pues Alsaberi consideraba impuros los taxis y no le parecía apropiado que un religioso anduviese por la ciudad en uno de aquellos vehículos como si fuese un ciudadano corriente.

Alsaberi llevaba un turbante negro, lo que indicaba que era descendiente del profeta Mahoma, y vestía una larga aba, la túnica marrón de los religiosos. Había asistido a la ceremonia nupcial de una destacada familia de la ciudad, y bendecido el matrimonio. Los niños sabían que no debían acercarse demasiado al imán pues, todas las noches, cientos de personas se situaban detrás de él para rezar. Nadie podía tocarlo antes de la oración.

—Salam! —lo saludaban los niños a coro.

—Salam! —respondía el imán con una sonrisa.

Años atrás, cuando Alsaberi llegaba a la casa con una bolsita de golosinas, se la entregaba a una de las niñas; entonces, todos los críos echaban a correr mientras él proseguía su camino hacia la biblioteca. Pero ahora que los niños habían crecido ya no salían a su encuentro, de modo que el imán les daba las golosinas a las abuelas para que ellas se encargaran de repartirlas.

En cuanto el imán Alsaberi llegaba a la casa, las abuelas se lavaban las manos en la alberca y acudían presurosas a la biblioteca para acompañarlo al baño.

Todo sucedía en silencio. Una de las abuelas le quitaba con cuidado el turbante de la cabeza y lo dejaba sobre la mesa, mientras la otra lo ayudaba a despojarse de la túnica y la colgaba en el perchero. El imán no hacía nada por sí mismo, ni siquiera tocaba la ropa.

—Esto no puede seguir así —solían quejarse las abuelas a Aga Yan—. Lo que hace y nos exige no es normal ni bueno. Nunca habíamos tenido un imán así en la casa. Bien está que quiera ir limpio, pero esto pasa de castaño oscuro. Ni siquiera toca a sus propios hijos, y sólo come con una cuchara que lleva siempre en el bolsillo. No podrá seguir así por mucho tiempo.

Las abuelas le contaban a Aga Yan todo lo que sucedía en la casa, hasta los secretos que nadie más podía saber.

En realidad, las abuelas no eran las verdaderas abuelas de la familia sino dos sirvientas que llevaban allí más de sesenta años. Eran aún un par de jovencitas cuando el padre de Aga Yan las llevó a la casa y allí se quedaron. Nadie sabía de dónde venían y ellas nunca hablaban de su pasado. No habían estado casadas, aunque todos sabían que las dos mantenían relaciones secretas con el tío de Aga Yan: siempre que él iba de visita, eran suyas.

Las abuelas formaban parte de la casa, igual que el viejo grajo, el cedro y los sótanos. Una de ellas había criado al imán y la otra a Aga Yan, ambas eran las confidentes de este último y se encargaban de velar por las costumbres de la casa.

Aga Yan era vendedor de alfombras y poseía la tienda más antigua del zoco de Seneyán, donde tenía más de un centenar de empleados a su servicio. Asimismo, contaba con un equipo de siete dibujantes dedicados exclusivamente a crear los motivos de sus tapices.

El zoco es una ciudad dentro de la ciudad; se puede acceder a él a través de varias puertas. Es un laberinto de callejas cubiertas con techos abovedados, e innumerables tenderetes se apiñan unos junto a otros.

Durante siglos, los zocos habían sido el principal centro económico del país. En sus locales se instalaban miles de mercaderes que, desde tiempos inmemoriales, comerciaban con telas, oro, grano, alfombras y metales labrados. Los vendedores de alfombras, en particular, habían desempeñado un papel crucial en la historia del país.

Gracias a su privilegiada posición, Aga Yan tenía en sus manos las riendas de la mezquita y el zoco.

Las alfombras de la tienda de Aga Yan lucían espléndidos dibujos y asombrosos colores. Los tapices que llevaban su marca valían su peso en oro y no estaban al alcance de cualquiera. Los comerciantes especializados los encargaban con mucha antelación para sus clientes de Europa y América. Aquellas alfombras eran inigualables. Nadie sabía de dónde procedían aquellas figuras inalcanzables o cómo era posible lograr tan hermosa mezcla cromática. Aquél era el secreto de la casa y el que le daba un gran prestigio a la tienda.

No habían llegado aún los tiempos en que cada casa tenía su propio cuarto de baño; no obstante, la ciudad contaba con varios baños públicos muy espaciosos. Fieles a la tradición familiar, los hombres de la casa de la mezquita iban siempre a la casa de baños más antigua, donde había un lugar reservado para el imán. Pero Alsaberi no quería ni oír hablar del asunto y se negaba en redondo a poner un pie en aquel lugar donde, a buen seguro, encontraría decenas de hombres lavándose a la vez. Se ponía enfermo sólo de imaginarse desnudo delante de los demás. Por esa razón, Aga Yan acabó contratando un albañil para que construyese un cuarto de baño en el interior de la casa. El albañil sólo tenía experiencia en la construcción de baños tradicionales, de modo que se limitó a hacer un agujero en la estancia contigua a la biblioteca e improvisó una curiosa bañera para el imán.

Aquella noche, como de costumbre, Alsaberi se sentó sobre la piedra cubierto con sus largos calzones blancos, mientras una de las abuelas le echaba una jarra de agua caliente por la cabeza.

—¡Fría! ¡Fría! —exclamó el imán.

Pero las abuelas no se inmutaron. Jolebé empezó a frotarle la espalda con jabón y Jolbanú siguió vertiéndole agua por los hombros despacio, para no salpicar.

Después de enjuagarle el jabón del cuerpo, lo ayudaron a meterse en la poco profunda bañera. Alsaberi se tumbó y permaneció bajo el agua un buen rato. Cuando volvió a salir, tenía el rostro ceniciento. Las abuelas lo ayudaron a incorporarse, le pusieron una toalla sobre los hombros y otra alrededor de la cintura, y luego lo acompañaron hasta la estufa, donde se desprendió con renuencia de los calzones mojados y se puso rápidamente otros limpios. Las mujeres le secaron la cabeza y le pusieron la camisa, ocultándole las manos en las mangas. A continuación, lo acompañaron de nuevo a la biblioteca.

Lo sentaron en una silla y le supervisaron las uñas bajo la luz. Una de las abuelas le recortó una puntita de la uña del índice. Terminaron de vestirlo, le pusieron el turbante y las gafas, y con un paño le sacaron lustre a los zapatos.

El imán estaba listo para ir a la mezquita. Jolbanú se dirigió al cedro donde estaba colgada la vieja campana y la hizo sonar. La campana estaba destinada al conserje de la mezquita. En cuanto el hombre la oía, aparecía en la azotea, bajaba la escalera y se dirigía a la biblioteca pasando por delante del cuarto de huéspedes.

Nunca veía a las abuelas, pues éstas se ocultaban detrás de los anaqueles de libros al verlo entrar en la estancia, pero siempre las saludaba y ellas le devolvían invariablemente el saludo. Después, el conserje cogía los libros que el imán había dejado preparados encima de la mesa y lo escoltaba hasta la mezquita. Andaba siempre delante del religioso para que ningún perro pudiera acercarse a él; era la persona de confianza de Alsaberi, el único, aparte de las abuelas, que podía tocarlo, alcanzarle algo o tomar algo de su mano. El conserje iba tan limpio como el propio imán. Tampoco él frecuentaba los baños de la ciudad, era su mujer quien lo lavaba en casa metido en una gran cuba.

Delante de la mezquita había un corrillo de hombres esperando para acompañar a Alsaberi hasta la sala de oración; eran los mismos que siempre ocupaban la primera fila detrás del imán. En cuanto lo veían llegar, lo saludaban: «¡Alabado sea el profeta Mahoma!»

Los numerosos fieles que habían acudido para la oración se hicieron a un lado para dejar paso al imán.

Alsaberi ocupó su lugar y el conserje dejó los libros a su lado, sobre una mesita.

Sólo quedaba esperar a que llegara el muecín, el hombre que desde el último peldaño del antiguo almimbar se ponía en pie y voceaba: «Alaho akbar! Haye alal salat! ¡Alá es grande! ¡Preparaos para la oración!»

En cuanto lo veían subir los peldaños del almimbar, todos sabían que la oración había comenzado.

El muecín era el ciego Aga Shoya, primo de Aga Yan. Tenía una hermosa voz. Tres veces al día se encaramaba a uno de los minaretes de la mezquita y convocaba a los fieles a la oración: «Haye alal salat!»

Lo hacía de madrugada, antes de la salida del sol, a las doce del mediodía y al atardecer, tras el crepúsculo. Nadie lo llamaba ya por su nombre sino que le habían otorgado el título honorífico de «Muecín» y hasta su familia lo llamaba así.

—Alaho akbar! —gritó.

Todos se pusieron en pie y se situaron de cara a La Meca.

En teoría, un ciego no podía ocupar el puesto de muecín, pues era preciso que viera cuándo el imán se inclinaba hacia delante, cuándo posaba la frente en el suelo y cuándo volvía a enderezarse. Pero Aga Shoya no necesitaba la vista para saber esas cosas, bastaba con que el imán alzara un poco la voz en señal de advertencia.

Muecín tenía un hijo de catorce años llamado Shabal y una hija, Shahin, que ya estaba casada. Su esposa había fallecido de una grave enfermedad y él no había querido casarse de nuevo. Sin embargo, eso no le impedía mantener relaciones esporádicas con algunas mujeres de las montañas. De cuando en cuando, Muecín se ponía su mejor traje, se calaba el sombrero, cogía el bastón y desaparecía por unos días. Durante su ausencia, su hijo Shabal lo sustituía en sus funciones de almuédano, subía al minarete y llamaba al azan.

Al término de la oración, un grupo de hombres del zoco acompañaba al imán Alsaberi a casa.

Aga Yan solía quedarse un rato más en la mezquita para charlar con los fieles y casi siempre era el último en marcharse.

Aquella noche había estado hablando con el conserje sobre la reparación de la cúpula. Cuando se disponía a volver a casa, su sobrino Shabal lo llamó.

—Aga Yan, ¿podría hablar un momento con usted?

—Pues claro que sí, muchacho.

—¿Le importaría que fuésemos a dar un paseo a orillas del río?

—¿Al río? Pero en casa nos están esperando para cenar.

—Lo sé, pero es importante.

Echaron a andar hacia el río Sefiyani, que discurría plácidamente cerca de allí.

—No sé cómo empezar, no es preciso que me conteste enseguida.

—Tú dirás, hijo.

—Se trata de la Luna.

—¿La Luna?

—Bueno, de la Luna no. De la televisión, del imán.

—¿La televisión? ¿La Luna? ¿El imán? ¿Qué intentas decirme?

—Bueno, quiero decir que un imán debería saber un poco de todo. Tiene que estar al corriente de las cosas que pasan en el mundo. Alsaberi siempre está leyendo libros de su propia biblioteca, libros antiguos de hace siglos, pero nunca lee los periódicos. No sabe nada de… la Luna, por ejemplo.

—Explícate mejor, ¿qué es lo que Alsaberi debería saber de la Luna?

—Hoy se habla en todas partes de la Luna. En el colegio, en el zoco, en la calle, pero en nuestra casa jamás se habla de esos temas. ¿Tiene idea de lo que va a suceder de aquí a pocas horas?

—No, ¿qué va a suceder?

—Esta noche el hombre llegará a la Luna y usted ni siquiera lo sabe. Quizá no les importe ni a usted ni a Alsaberi, pero los americanos van a plantar su bandera en la superficie de la Luna y el imán de nuestra ciudad no está enterado. Jamás habla de eso en sus sermones. Esta noche debería haber dicho algo de lo que va a pasar, pero resulta que no tiene ni idea, y eso no es bueno para nuestra mezquita. En la mezquita se debería hablar de las cosas que interesan a la gente.

Aga Yan lo escuchaba pensativo.

—Lo malo es que ya he hablado de esto con Alsaberi —continuó Shabal—, pero no quiere ni oír hablar del asunto. No cree en esas cosas.

—¿Y qué opinas tú que deberíamos hacer?

—Esta noche retransmitirán por televisión la llegada del hombre a la Luna. Me gustaría que el imán y usted fuesen testigos de ese acontecimiento histórico.

—¿Cómo?

—¡Viendo la televisión!

—¿Quieres que veamos la televisión? —preguntó Aga Yan, estupefacto—. ¿Quieres que el imán de nuestra ciudad se siente delante de uno de esos chismes? ¿Sabes lo que me estás pidiendo, hijo? Desde la llegada de ese aparato, les hemos advertido a los fieles desde el almimbar que no lo vean, que no escuchen a ese sah corrupto, que no miren a los americanos. ¿Y ahora tú me pides que veamos cómo Estados Unidos planta su bandera en la Luna? Sabes de sobra que estamos en contra del sah y de los americanos que lo devolvieron al poder. No queremos ver la cara del sah y la bandera de los americanos en nuestra propia casa. ¿Por qué quieres sentarnos ante un televisor? ¡Ese aparato no es más que un arma de los americanos, así es como combaten nuestra cultura y nuestras creencias! He oído decir muchas cosas malas de ese aparato, de los programas perniciosos que enferman el espíritu.

—Lo que dice no es del todo cierto, también se emiten cosas interesantes, como lo de esta noche. ¡Tiene que verlo! ¡El imán tiene que verlo! Precisamente porque estamos en contra del sah y de América, debemos ver su televisión. Esta noche los americanos llegarán a la Luna. Usted es el hombre más importante de la ciudad y debería ser testigo. Pondré una antena en el tejado.

—¿Poner una antena en nuestro tejado? Mañana la ciudad murmurará a nuestra costa. La gente irá por ahí diciendo: «¿Habéis visto la antena en el tejado de su casa?»

—Nadie se enterará.

La petición de Shabal había turbado a Aga Yan. El muchacho conocía bien las reglas de la casa, pero se atrevía a defender sus ideas. Hacía tiempo que Aga Yan había descubierto aquella virtud en su sobrino y lo admiraba por ello.

Aga Yan tenía dos hijas y un hijo cinco años menor que Shabal, pero veía en su sobrino a la persona que habría de sucederlo al frente del zoco. Procuraba mantenerlo al corriente de los asuntos importantes de la casa, lo quería como a un hijo propio y lo educaba para que algún día ocupara su lugar.

A la salida del colegio, Shabal iba siempre directamente a la tienda de Aga Yan. Éste le contaba las novedades del zoco, le informaba de las decisiones que había tomado y le consultaba las que pensaba tomar.

Y ahí estaba Shabal, hablándole de la televisión y la Luna. Aga Yan sospechaba que aquella idea era propia de Nosrat, su hermano menor, que vivía en Teherán.

En cuanto llegaron a la casa, Aga Yan fue a ver a las abuelas y les dijo:

—Cenaré con el imán en la biblioteca, tengo que hablar con él. Que nadie nos moleste.

Luego se encaminó a la biblioteca, donde encontró al imán leyendo un libro, sentado en el suelo sobre su alfombrilla. Se acomodó a su lado y le preguntó qué leía.

—Es un libro sobre Jadiya, la esposa de Mahoma. En aquellos tiempos, Jadiya poseía tres mil camellos, lo que hoy en día equivaldría a unos tres mil camiones. Una riqueza exorbitante. Ahora lo entiendo. Mahoma era joven y pobre. Jadiya era una mujer madura y rica. Él necesitaba los camellos de ella, sus camiones, para poder llevar a cabo su misión —concluyó el imán esbozando una sonrisa.

—Pero no puedes explicarlo de ese modo —objetó Aga Yan.

—¿Por qué no? Todas las mujeres querían a Mahoma por esposo, ¿por qué si no eligió a la viuda Jadiya que le llevaba casi veinte años?

Las abuelas entraron con dos fuentes redondas. Las dejaron en el suelo delante de los hombres y volvieron a salir.

—Shabal me ha hablado de la Luna —comentó Aga Yan mientras comían—. Cree que deberíamos mirarla.

—¿Mirar la Luna? —preguntó el imán.

—Dice que el imán de la ciudad debería estar al corriente de los acontecimientos que suceden en el país, en el mundo. Cree que no está bien que no leas los periódicos y que sólo te intereses por los libros antiguos de tu biblioteca.

El imán se quitó las gafas y las limpió con el borde de su larga camisa blanca con aire pensativo.

—Sí, Shabal ya me ha dicho todas esas cosas a mí también.

—No creas que los reproches se dirigen sólo a ti, yo también me doy por aludido. Últimamente, sólo nos ocupamos de las cuestiones de nuestra fe, pero en la mezquita también deberían tratarse otros asuntos, como los hombres que esta noche llegarán a la Luna, por ejemplo.

—No estoy de acuerdo —observó el imán.

—Cree que deberías verlo. Quiere traer un televisor a la biblioteca.

—¿Te has vuelto loco, Aga Yan?

—Es listo y confío en él. Sabes que es un buen chico. El asunto quedará entre nosotros y no durará mucho. En cuanto acabe, volverá a llevarse el aparato de aquí.

—Si los ayatolás de Qom llegaran a enterarse de que hemos tenido un televisor en casa…

—Nadie tiene por qué enterarse. Ésta es nuestra casa y nuestra ciudad, nos corresponde a nosotros decidir cómo se hacen las cosas aquí. El chico tiene razón. Dice que casi todos los fieles que acuden a la mezquita han comprado un televisor. También es cierto que la televisión no está permitida en esta casa, pero no podemos encerrarnos entre estas cuatro paredes y cerrar los ojos a lo que pasa en el resto del mundo.

A través de la cortina de la cocina, las abuelas vieron a Shabal en la penumbra, dirigiéndose a la biblioteca con una caja.

Shabal saludó al imán y a Aga Yan al entrar y, sin más preámbulos, sacó un pequeño televisor de la caja y lo puso sobre una mesita que había junto a la pared. Después extrajo un cable muy largo y enchufó un extremo en la parte posterior del aparato. Con el otro extremo en la mano, salió al exterior y subió por la escalera que conducía a la azotea, donde un rato antes había instalado una antena portátil. Conectó el cable a la antena, lo ocultó bien y volvió a bajar.

Acto seguido, cerró con llave la puerta de la biblioteca y puso dos sillas delante del televisor.

—Pueden tomar asiento cuando gusten —les dijo.

En cuanto el imán y Aga Yan se hubieron acomodado en las sillas, encendió el aparato y apagó la luz.

Bajó un poco el volumen y les hizo una breve introducción.

—Lo que van a ver ahora está sucediendo en este preciso instante en el espacio. El Apolo XI se aproxima a la Luna y se dispone a aterrizar. Es un momento histórico. Miren, ahí está. ¡Dios mío!

El imán y Aga Yan se inclinaron hacia delante y observaron cómo el Apolo XI intentaba el alunizaje. Se hizo un profundo silencio.

—Algo está pasando en la biblioteca —le susurró Jolbanú a Jolebé—, algo importante que ni siquiera tú y yo podemos saber.

—El chico se ha encaramado por la escalera hasta la azotea, ha escondido algo y ha vuelto a bajar corriendo. Han apagado la luz. ¿Qué estarán haciendo ahí a oscuras?

—Vamos a ver.

Se acercaron con suma cautela.

—¡Mira! Hay un hilo que baja desde el tejado.

—¿Un hilo?

Fueron de puntillas hasta la ventana pero las cortinas estaban echadas. Con mucho tiento, pasaron por delante de la ventana y llegaron a la puerta. Una misteriosa luz plateada se colaba a través de los resquicios.

Pegaron la oreja a la puerta.

—Imposible —oyeron decir al imán.

—Increíble —oyeron decir a Aga Yan.

Miraron por la cerradura, pero sólo atisbaron aquella insólita luz que inundaba la estancia.

Decepcionadas, volvieron sobre sus pasos y desaparecieron en la oscuridad del patio.

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Noruz

Con la primavera llega también el nuevo año persa, el Noruz.

En sus orígenes, el Noruz era una fiesta regia que se celebraba con gran pompa en los palacios de los primeros reyes persas, al inicio de la nueva estación.

Los preparativos empiezan dos semanas antes con una limpieza a fondo de la casa. Para dar la bienvenida a la primavera se plantan semillas de trigo de las que brota el sabzé, y los padres compran ropa y zapatos nuevos a sus hijos para visitar a sus parientes, especialmente a los abuelos.

Las mujeres se ocupan de todos los detalles y sólo cuando todo está dispuesto se toman un tiempo para sí mismas.

En la casa, las abuelas estaban muy atareadas preparándola para el Noruz con la ayuda de un par de sirvientas. La anciana peluquera había llegado para acicalar a las mujeres, cortarles el pelo y depilarles las cejas y la cara.

Llevaba más de cincuenta años cumpliendo con aquel ritual. La primera vez que pisó aquella casa no debía de tener más de diez o doce años y acompañaba a su madre como aprendiza. Más tarde, cuando su madre murió, ocupó su lugar y se convirtió en la persona de confianza de las mujeres de la casa.

El día que ella llegaba, los hombres tenían prohibida la entrada en aquella parte de la casa. Durante todo el día se oían las risas de las mujeres, que deambulaban por las estancias y el patio sin el velo y con las piernas al aire. Las abuelas las malcriaban sirviéndoles el narguile, limonadas y otras golosinas.

La peluquera las ponía al corriente de los chismorreos de la ciudad. Frecuentaba las casas de las familias ricas y conocía a fondo las cosas que interesaban a las mujeres. Siempre llevaba consigo un viejo maletín con perfumes, tintes, maquillaje, tijeras y horquillas, que vendía a sus clientas. Eran artículos vistosos y distintos de los que podían comprarse en el zoco de Seneyán. La peluquera tenía un hijo que trabajaba en Kuwait y, siempre que volvía a casa de visita, le llevaba una maleta llena de productos de belleza para vender.

Aquel día, la peluquera había ido especialmente a petición de Fagri Sadat, la esposa de Aga Yan. Fagri Sadat era una mujer respetada en los círculos privilegiados de la ciudad. A veces ayudaba a las abuelas en la cocina, cosía ropa para sus hijos y, mientras éstos fueron pequeños, les leía cuentos. A decir verdad, leer era su mayor ocupación, sobre todo libros y revistas femeninas que su cuñado Nosrat le traía de Teherán.

Cuando hacía buen tiempo, Fagri Sadat cazaba pájaros. Las abuelas la ayudaban a sacar del sótano la jaula trampa, un gran cesto de mimbre que fabricaban especialmente para el tamuz, el final del verano. La tapa de la trampa estaba atada con una cuerda a un largo palo. Fagri Sadat esparcía grano por el suelo del patio y luego se sent

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