Las siete hermanas (Las Siete Hermanas 1)

Lucinda Riley

Fragmento

cap-3

1

Siempre recordaré con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto.

Estaba en Londres, sentada en el hermoso jardín de la casa de mi vieja amiga del colegio, con un ejemplar de Penélope y las doce criadas abierto pero sin leer sobre el regazo y disfrutando del sol de junio mientras Jenny recogía a su pequeño de la guardería.

Me sentía tranquila y agradecida por la excelente idea que había sido disfrutar de unas vacaciones.

Estaba observando las clemátides en flor, alentadas por su soleada comadrona a dar a luz un torrente de color, cuando me sonó el móvil. Miré la pantalla y vi que era Marina.

—Hola, Ma, ¿cómo estás? —dije con la esperanza de que también ella pudiera percibir el calor en mi voz.

—Maia…

Se quedó callada y enseguida supe que algo iba terriblemente mal.

—¿Qué ocurre?

—Maia, no hay una manera fácil de decirte esto. Ayer por la tarde tu padre sufrió un ataque al corazón en casa y… ha fallecido esta madrugada.

Guardé silencio mientras un millón de pensamientos absurdos me daban vueltas en la cabeza. El primero fue que Marina, por la razón que fuera, había decidido gastarme una broma de mal gusto.

—Eres la primera de las hermanas a la que se lo digo, Maia, porque eres la mayor. Quería preguntarte si prefieres contárselo tú a las demás o que lo haga yo.

—Yo…

Continuaba sin poder articular palabras coherentes, ya que empezaba a comprender que Marina, mi querida y amada Marina, la mujer que había sido lo más parecido que había tenido a una madre, jamás me diría algo como aquello si no fuera verdad. De modo que tenía que ser cierto. Y de repente todo mi mundo se tambaleó.

—Maia, por favor, dime que estás bien. Es la llamada más difícil que he tenido que hacer en toda mi vida, pero ¿qué otra opción tenía? No quiero ni imaginarme cómo van a tomárselo las demás chicas.

Fue entonces cuando oí el sufrimiento en su voz y comprendí que Marina había necesitado contármelo no solo por mí, sino también por ella. Así que volví a mi papel de siempre, que consistía en consolar a los demás.

—Por supuesto que yo misma se lo diré a mis hermanas si así lo prefieres, Ma, aunque no estoy segura de saber dónde están todas. ¿No está Ally entrenando para una regata?

Mientras hablábamos del paradero de cada una de mis hermanas pequeñas, como si necesitáramos reunirlas para una fiesta de cumpleaños y no para llorar la muerte de nuestro padre, la conversación se tornó un tanto surrealista.

—¿Para cuándo crees que deberíamos programar el funeral? Con Electra en Los Ángeles y Ally en alta mar, lo más seguro es que no podamos celebrarlo hasta la próxima semana como muy pronto —dije.

—Bueno… —La voz de Marina era vacilante—. Creo que lo mejor será que lo hablemos cuando llegues a casa. En realidad ya no hay prisa, Maia. Si prefieres pasar los dos días de vacaciones que te quedan en Londres, adelante. Aquí ya no podemos hacer nada más por él…

La tristeza le apagó la voz.

—Ma, tomaré el primer vuelo disponible a Ginebra. Voy a llamar a la compañía aérea ahora mismo y luego intentaré hablar con mis hermanas.

—Lo siento muchísimo, chérie —dijo Marina con pesar—. Sé lo mucho que lo querías.

—Sí —dije, y la extraña serenidad que había experimentado mientras discutíamos los preparativos me abandonó bruscamente, como la calma antes de la tormenta—. Te llamaré más tarde, cuando sepa a qué hora llego.

—Cuídate mucho, Maia, por favor. Has sufrido un golpe terrible.

Pulsé el botón para terminar la llamada y, antes de que los nubarrones de mi corazón se abrieran y me ahogaran, subí a mi cuarto para buscar mi billete de avión y telefonear a la compañía aérea. Me pusieron en espera y, entretanto, miré la cama donde aquella misma mañana había despertado para disfrutar de otro día tranquilo. Y agradecí a Dios que los seres humanos no tuviéramos el poder de predecir el futuro.

La mujer que al cabo de un rato me atendió no destacaba por su amabilidad y, mientras me hablaba de vuelos llenos, recargos y detalles de la tarjeta de crédito, supe que mi dique emocional estaba a punto de romperse. Cuando al fin me asignó de mala gana un asiento en el vuelo de las cuatro a Ginebra, lo cual significaba hacer la maleta de inmediato y tomar un taxi a Heathrow, me senté en la cama y me quedé mirando el papel de ramitas de la pared durante tanto rato que el dibujo empezó a bailar ante mis ojos.

—Se ha ido —susurré—. Se ha ido para siempre. Nunca volveré a verlo.

Esperaba que pronunciar aquellas palabras desatara un torrente de lágrimas, así que me sorprendió que en realidad no ocurriera nada. Me quedé allí sentada, aturdida, con la cabeza todavía llena de detalles prácticos. La idea de darles la noticia a mis hermanas —a las cinco— me espantaba, y repasé mi archivo emocional para decidir a cuál de ellas llamaría primero. Inevitablemente, a Tiggy, la penúltima de las seis chicas y a la que siempre me había sentido más unida.

Con dedos temblorosos, busqué su número en el móvil y lo marqué. Cuando me salió el buzón de voz no supe qué decir, salvo algunas palabras embrolladas pidiéndole que me llamara de inmediato. En aquel momento se hallaba en algún lugar de las Highlands de Escocia trabajando en un centro para ciervos salvajes huérfanos y enfermos.

En cuanto al resto de mis hermanas… sabía que sus reacciones irían, al menos en apariencia, desde la indiferencia hasta el melodrama más espectacular.

Dado que en aquel instante no estaba segura del grado que alcanzaría mi propia pena cuando hablara con ellas, opté por la vía cobarde y les envié un mensaje de texto en el que les pedía que me telefonearan lo antes posible. Después hice la maleta a toda prisa y bajé por la angosta escalera hasta la cocina para escribirle a Jenny una nota explicándole el motivo por el que había tenido que marcharme así.

Decidida a correr el riesgo de intentar parar un taxi en las calles de Londres, salí de la casa y eché a andar a buen ritmo por la arbolada calle curva de Chelsea, tal como haría una persona normal en un día normal. Creo que hasta saludé a alguien que paseaba a su perro cuando me lo crucé en la acera y que alcancé a esbozar una sonrisa.

«Nadie podría imaginar lo que acaba de sucederme», pensé mientras conseguía un taxi en la concurrida King’s Road y, tras subirme, le pedía al conductor que me llevase a Heathrow.

Nadie podría imaginarlo.

Cinco horas después, cuando el sol descendía lentamente sobre el lago de Ginebra, llegué a nuestro muelle privado, donde emprendería la última etapa de mi regreso a casa.

Christian ya estaba esperándome en nuestra elegante lancha Riva. Y por la expresión de su cara, supe que estaba al tanto de lo sucedido.

—¿Cómo está, señorita Maia? —preguntó con una empática mirada azul al tiempo que me ayudaba a subir.

—Bueno… contenta de estar aquí —respondí en tono neutro mientras me dirigía al fondo de la lancha y tomaba asiento en el acolchado banco tapizado en piel de color crema que seguía la forma curva de la popa.

Normalmente me habría acom

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