La raleada sonrisa de la vida
«La rue de la Seine!», ha pensado con un suspiro apenas audible el doctor Juan Bautista Jiménez Larrobla cuando el mismísimo dueño de La Confianza, don Jacinto Arnaud, con quien suele compartir recuerdos de París, le ha rendido el excepcional homenaje de servirle personalmente el desayuno, con sapientes movimientos.
«Paris, Paris, mon Paris!», ha clamado interiormente el doctor al contemplar abstraído la refinada vajilla de porcelana de Mennecy, por más que deplore que los bizcochos que acompañan las jarras de leche y café sean tres cañoncitos de pan con grasa, en vez de las magdalenas que cada domingo acostumbra hornear madame Arnaud, quien hoy ha abandonado la cocina para velar a un muerto.
«La rue de la Seine! Oh! là là!». ¡La caprichosa vida! ¿Por qué se emperra en dar pan a quien carece de dientes, mientras que a quien sí los tiene no le acerca la más pequeña hogaza apetecible?
El París que atesora su memoria es el de los heroicos días de la Comuna, que incendió para siempre su corazón con brasas libertarias; pero también el de las mórbidas curvas de Montmartre y el de los erráticos y placenteros paseos por el bois de Boulogne. ¡Cuántas delicias parisinas —desde muchachas en flor a manjares delicadísimos— debió contemplar sin el gozo de la apropiación, porque escapaban a sus esmirriados bolsillos de estudiante austeramente mantenido por las cautas y alternadas remesas de sus dos abuelos! Y ahora, en esta polvorienta, minúscula y agobiante Villa de San Fructuoso, sin Banco confiable en el que depositar sus crecientes ahorros, carga bajo la levita, encerradas en el interior de su cinto, que también sostiene la pistola, suficientes libras esterlinas para adquirir o alquilar lo que desee, pero sin que nada ni nadie —o casi nadie— le plazca. Ya no le es consuelo que la austeridad impuesta por la ramplona cotidianidad de la Villa leude, hora tras hora, el caudal de sus ahorros. Desea recompensas inmediatas y concretas para sus afanes cotidianos.
Esa madrugada, al filtrarse las primeras luces del día por la ventana, supo que el vasco Echavarren acababa de dejar de respirar; que ya estaba muerto y que la familia no se había dado cuenta. Casi dos años de ejercicio de la profesión le han enseñado cuál es la forma más adecuada a la que puede recurrir el médico para dar la noticia. Mejor que las palabras es acercarse al ya finado, tomarle el pulso y cerrarle los párpados, con o sin suspiro previo, todo depende de la imagen más cercana a la sensibilidad o a la profesionalidad que convenga procurar. Recién entonces se puede desplazar una mirada serena por los semblantes de todos los deudos y pronunciar, con voz apenas audible, alguna sobria frase de circunstancias: «Créanme que lo siento mucho», o algo por el estilo. Luego corresponde acercarse al principal miembro de la familia y tenderle la mano o besarle la mejilla, según sea el sexo y la mayor o menor intimidad del vínculo que ya estuviera entablado. Por último, retirarse de la pieza y de la casa, con paso entre cansino y apesadumbrado.
A pesar de que los puños yertos del vasco, en cumplimiento de alguna aberrante tradición, sostenían todavía los cirios encendidos, se las arregló para hurgarle el pulso de la diestra. No era momento todavía para despojarlo de las velas y apagarlas; tampoco era él quien debía hacerlo. Se limitó a llevar sus índices a los ojos abiertos y procedió a desplegar los párpados. Fue entonces que lo sorprendió una acuosidad imprevista. ¿Lágrimas?
El vasco era un hombre recio, de los que gustan parecer de piedra. ¿Hasta qué punto el láudano y la morfina que lo deslizaron en artificiosa pendiente hacia la muerte, muy cauta para que no fuera advertida por sus deudos, le obnubilaron la conciencia? ¿Es posible que la cera derretida sobre el dorso de su mano le haya advertido que su familia lo estaba preparando para la muerte inminente? Si así fuera, no perdió el temple, porque no profirió ningún gemido. Solo que no habrá podido contener las lágrimas.
En la confitería, aparte del médico, hay únicamente otro cliente: el acicalado Juan Rodríguez, el sastre extremeño que monopoliza la confección de las prendas masculinas de la Villa.
Don Jacinto, desde la caja berlinesa que trajo consigo de París, escruta de tanto en tanto a los dos caballeros, sin preocuparse por la ausencia de otros concurrentes habituales. Bien sabe la causa y por eso está atento, tanto al reloj de péndulo de su salón como a los ruidos de la calle. Ensimismado el sastre en la lectura de El Heraldo, la única y mínima aprensión de monsieur Arnaud la genera el médico que, flaco y ojeroso, ha comenzado a frotar obsesivamente, con sus respectivos pulgares, los largos índices de cada mano. También baja y sube, aunque con levedad, su descuidado bigote, trasuntando que la lengua está abocada a parecido prolijamiento de las encías y del paladar. El confitero infiere que la grasa de capón de esos malditos bizcochos criollos, a los que es adicta la mayoría de su deplorable clientela, ha pringado esas manos y esa boca tan acostumbradas a la delicadeza de la manteca. Ignora que el doctor explora con la lengua la reciente oquedad que ha abierto en su dentadura la extracción del canino superior derecho y que, casi en una suerte de compensación, distrae sus pulgares en la distensiva comprobación de que sus índices están secos, definitivamente desembarazados de las lágrimas póstumas del vasco Echavarren.
Tres muertes en este fin de semana, casi a razón de una por día, desde el jueves a la madrugada de este domingo, y por más que la primera podría no ser inventariada como derrota, sino casi como un caprichoso arrebato de la paciente, son un duro trance para un médico que no cuenta todavía con dos años de ejercicio de la profesión y no suma más de ciento ochenta y siete clientes, según surge de sus propias fichas. El jueves, doña María Elena; el sábado, el maestro Teodoro López; hoy, el vasco Echavarren.
El doctor Juan Bautista Jiménez Larrobla ha detenido su lengua en la todavía blanda fosa que dejó su canino, pero sus pulgares siguen acariciando la yema de sus índices. Hace un cuarto de hora que ha consumido su desayuno, pero no se mueve de su asiento.
No habrá de pagar porque esa es la porfiada voluntad del confitero. Al completarse el semestre, cotejan los precios de los servicios que recíprocamente se prestan y el que resulte deudor cancela el saldo. Hacia el final de cada período —ya lo ha notado el médico—, se acumulan consultas nimias, cuestión de emparejar las cuentas.
Esa delicadeza le inhibe de pedir otro café: negro, sin leche, en pocillo. Lo necesita, sin embargo, porque le pesan los párpados y los hombros y la columna dorsal, y lo acosan los bostezos. Está pendiente, como Arnaud, del reloj y de los ruidos de la calle; por eso, y para no fatigar los ojos, no ha pedido el ejemplar del día de El Comercio. Siempre prefiere leer cuando sabe que dispone del tiempo suficiente.
«¿Tanto me importa don Teodoro que postergo mi descanso?», se ha preguntado apenas encendió una pipa a la que cuidó de cargar con el mínimo de tabaco, no fuera que el cortejo pasara antes de lo pensado. «¿No he hecho por él todo lo que estuvo a mi alcance? ¿Acaso fui su alumno? Más allá de su honestidad, ¿cabe rendir homenaje a su obsoleta pedagogía?».
La rústica y espléndida belleza de Encarnación, nieta de doña María Elena y maestra en la escuela del viejo López, su mirada enérgica y confiada y siempre tan intensa, su nariz respingada, sus labios gruesos pero muy aptos para el beso apasionado, su busto firme y generoso (que él ya ha visto desnudo y hasta ha palpado demasiado morosamente para enseñarle a prevenir tumores), su silueta espigada, a pesar de que no la presiona ningún corsé, han aflorado de inmediato como respuesta.
¡Ay! Pero neuronas impiadosas titilan en su cerebro y descargan una penosa imagen que también registra su memoria. Aunque el doctor no quiera recordarlo, Encarnación se le acerca en pleno mediodía, bajo un inmenso y viril paraguas negro que hace las veces de parasol, y al verlo apostado en el zaguán de su consultorio, se le enciende una mirada, rebosante de alegría, y va a perpetrar, perpetra, ¡ay!, la imprudencia de sonreír, desnudando una dentadura que sería acaso cautivante si no le faltaran tres de sus ocho incisivos, dos arriba, el primero y el tercero, y uno abajo, el segundo.
El médico cierra los ojos, inclina pesaroso su frente y suspira. Encarnación está libre, sí, del seseo; pero carece del plural. Tiene un timbre hermoso, muy sensual; pero habla como una andaluza de pueblo, salteándose todo plural. Habría que llevarla a Montevideo o, mejor, a Buenos Aires, donde ya se están confeccionando dentaduras postizas de excelente calidad.
Pero esta hermosa y tan saludable muchacha provinciana, ¿solo porque no puede sonreír no alcanza todavía a ser la dama de sus sueños? ¿No es demasiado ingenua y primitiva, por no decir bárbara?
No se piense en el boulevard Saint Michel, quedémonos en la calle Sarandí o en el Teatro Solís, ¿con qué gracia se sentará en una butaca de su platea o a la mesa de un buen restaurante? ¿Sus risas acaso no son, más de una vez, estruendosas e inconvenientes risotadas galponeras? ¿Aprenderá a elegir los sombreros que nunca usó y a guiar con elegancia y distinción a sus modistas? Porque nada de eso puede enseñarle, atado por las torpezas de su género, el doctor Juan Bautista, quien, desde que la conoce, no ha podido dejar de temblar ante la previsible severidad del juicio de sus hermanas y cuñadas. ¿Sabrán las mujeres de su familia apreciar la pasmosa sensibilidad que invade a la muchacha cada vez que se sienta ante el teclado de un piano? ¿Cuál de sus dos hermanas y de sus tres primas interpretan como Encarnación preludios y sonatas?
Con Encarnación ha compartido muchas horas, tanto el viernes como el sábado. Horas de sala y de alcoba, pero de velorio o de agonía.
Todo empezó el jueves con la abuela de la muchacha, doña María Elena, la única pollera de la familia que siempre lo trató con disimulada pero advertible reserva. Dama de sacristías y cofradías, supo ser la incuestionada matriarca de su familia. Viuda desde muy joven, había criado sin dificultades a sus cuatro hijas y administrado su fortuna sin permitir que sus hermanos y cuñados y luego sus yernos interfirieran en sus decisiones. Leía, sin duda, sus miradas; nada ni nadie la sorprendía o desconcertaba.
El doctor Jiménez Larrobla sabía que lo consultaba porque no tenía otro médico en quien confiar. Lo había tratado siempre con distante cortesía y pagado puntualmente sus honorarios. Una única vez había llevado la conversación a temas personales. Lo acompañó hasta la puerta y, en el momento de despedirse, le sostuvo un poco más de lo usual la mano, lo miró como si le escudriñara los pensamientos y le dijo:
—¡Qué lástima, doctor, que usted no crea en Dios!
Eso fue, sí, hace nada más que dos meses atrás. Habían dejado en su dormitorio a Encarnación, postrada por dolores menstruales. Vigilante, la abuela no se había apartado de su cama. El doctor no pudo gozar, entonces, ni siquiera discretamente, de sus prerrogativas profesionales. Debió limitarse a un interrogatorio minucioso.
«¡Qué lástima, doctor, que usted no crea en Dios!». Garuaba. Guarecido bajo la capota de su cabriolé, el doctor Jiménez Larrobla, sin perder su empaque, se alejó perplejo, con las orejas de su mente —que no alma— tan tumbadas como las de su aterido tordillo. La mano sin músculos, diminuto bulto de huesos enfundados en arrugado pellejo, al retener la suya, reveló una tensión cordial; pero la mirada que se clavó en su rostro, más que admonitoria, fue apesadumbrada. Era la explicitación de una reserva no deseada, pero ilevantable.
Y no hace todavía cuatro días, el miércoles, en una tarde de viento norte que colmaba de arena o de tierra todos los zaguanes, doña María Elena llegó a la consulta a última hora. Ahora que se sabe lo que pasó después, queda claro que el pedido de que le auscultara el corazón fue apenas un pretexto para despedirse de su médico. «¿O del ateo, del que está enamorada la mayor de sus nietas?».
—La bradicardia está como siempre —concluyó el doctor Jiménez Larrobla, muy poco propenso al reconocimiento explícito de sus frustraciones—. Ni mejor ni peor.
Doña María Elena se sonrió:
—Disculpe, doctor, pero mis latidos son, para usted, un ruido, y para mí, un golpe en el pecho. Sé que son más débiles y que mis días están contados.
Mantuvo su sonrisa cuando le dijo, en el umbral del zaguán:
—Vine a verlo, sobre todo, para tratar de confiarle un pedido...
Se detuvo, como si necesitara recuperar el aliento. Decidida, golpeó el piso dos veces con la punta de su bastón y prosiguió:
—Si se casa con Encarna, no le arrebate la fe.
Y sin darle derecho a réplica, se dirigió a su carruaje. El viento sacudió la larga falda de su vestido y enredó en remolinos de arena sus gastados botines.
El médico quedó indignado. Era consciente de que, por respeto a la muchacha pero, más que nada, por una muy reflexiva defensa de sus propios intereses, se había cuidado de no manifestar esa atracción que cada vez le era más difícil resistir. Sin embargo, vuelto a su consultorio vacío, dio en pensar que la abuela se había atrevido a tan inesperado requerimiento porque los sentimientos a los que accedía no eran los suyos, sino los de la nieta. Se sentó en su sillón, acodó el brazo derecho en el apoyabrazos y se acarició la frente. No se movió, lo recuerda, por un largo rato.
Tampoco ahora lo hace y los párpados le pesan. Mira hacia la caja registradora, reprime un bostezo y se desembaraza de todo escrúpulo diciendo con una sonrisa desvaída:
—Monsieur Arnaud, necesito otro café.
—¡También yo...! —adhiere el sastre extremeño, sin despegar los ojos de su diario.
El doctor Juan Bautista recuerda lo que dijo su madre en el almuerzo en el que festejó sus bodas de plata, luego de que, quizá incitada por el champagne, les contó a sus hijos el prolongado esfuerzo que le demandó conquistar al padre:
—Aunque los hombres crean lo contrario, somos las mujeres las que elegimos al marido.
Su padre cabeceó, aspiró su habano y comentó:
—Cierto es que son los espermatozoides los que corren hacia el óvulo, pero siguen un impulso; no deciden, y el óvulo tampoco elige cuál de ellos lo ha de fecundar. Se abre al que gana la ciega carrera. Unos y otro obedecen a la ley primera de la materia viva.
Promediaba la mañana del viernes, la de anteayer, cuando un negrito de doce años llamó a la puerta del médico y, consternado, le pidió, mezclando castellano con portugués, que se trasladara con urgencia a la casa de doña María Elena.
La sala estaba colmada de hombres y se respiraba una atmósfera de muerte. Quien lo recibió y lo condujo hacia la alcoba de su suegra fue el padre de Encarnación.
—Doctor, lo hemos molestado porque necesitamos el certificado. Sabemos que está muerta.
Al médico lo recibió, en el dormitorio, un pequeño coro de mujeres que rezaba un rosario, conducido por Encarnación, quien ni siquiera alzó la mirada cuando él llegó. La madre, las tías y las primas no le habían disputado esa función: algunas de ellas eran catequistas, pero ninguna ejercía como maestra en la escuela de don Teodoro López. Esa condición exclusiva, aparte del tácitamente reconocido privilegio de ser la nieta favorita, habría sido decisiva.
El doctor se cuidó de no detenerse a observarla, pero podía atender a su voz sin que nadie se diera cuenta. Volvió a dolerle la falta de las eses, carencia inadmisible en una maestra, pero le sorprendió la serena congoja que embargaba la voz de la muchacha.
—Dio te alve, María, llena ere de gracia, el Señor está contigo. Bendita tú ere entre toda la mujere...
Eligió el costado del lecho de la muerta que le permitía dar la espalda a Encarnación. Miró con respeto el rostro ya de cera de doña Elena: las narinas dilatadas, los labios hundidos porque casi no había dentadura que los sostuviera, los ojos celestes clavados en el techo o en otras quiméricas alturas. Sin duda, nadie se había atrevido a cerrarlos. Entendió que le correspondía a él hacerlo. Consiguió extender por completo el párpado derecho y, muy parcialmente, el izquierdo. La vieja quedó mirándolo como si no cejara en la vigilancia más allá de la muerte. Contempló, con envidia, la placidez que, pese al ojo semicerrado, irradiaba ese rostro en el que no se advertía el menor atisbo de crispación.
Ya estaba en primer año de Facultad cuando su padre, al regreso de asistir a la muerte de una monja, le anticipó:
—Verás que los beatos, que absurdamente se privaron de tantos placeres sencillos, tienen la compensación de morir felices... Pero creo que te pasará lo mismo que a mí: jamás los envidiarás. Empequeñecen la muerte, pero antes achican su vida entera.
El doctor Jiménez Larrobla revuelve maquinalmente el café de la nueva taza que acaba de servirle monsieur Arnaud. Se siente acosado por una pregunta: «¿Pienso yo, siento yo lo mismo que papá?». Duda, no alcanza a discernir una respuesta. Por supuesto, se mantiene fiel a su inconmovible certeza de que no hay vida después de la muerte y de que la Iglesia es el bastión de la superstición, del dogmatismo y del oscurantismo. Pero entrevé profundas diferencias entre las tres muertes que la vida ha precipitado sobre él en menos de sesenta horas, con la amenaza de sacarlo —eso casi le consta, eso teme— de sus cabales. Por cierto, no desea para sí las agonías de don Teodoro, el maestro que quiso ser librepensador, y del vasco Echavarren, el lechero que fue creyente por costumbre; pero la muerte de doña María Elena lo ha dejado perplejo. «Cuando muera», se pregunta, «¿seguiré viviendo en mi familia? Mis hijos, mis yernos, mis nueras y mis nietos, ¿se unirán en ese dolor, tan hondo pero tan resignado? ¿Se alegrarán de que yo haya vivido?».
No se lo confiesa; pero le ha fascinado que la vieja se haya acostado a morir como si trepara a una diligencia para Bagé o Pelotas. Fue como si emprendiera un viaje sin retorno, sí, que deparaba un cambio definitivo de existencia, sí, pero que apenas causaba una separación provisoria.
Madrugó, fue a misa y, al regresar, desayunó como de costumbre: leche tibia, endulzada con miel y espolvoreada con canela, y un trozo de bizcochuelo que ordenaba preparar tan solo con clara, sin yema. Se ocupó de sus mirlos y de sus canarios y, luego, imprevistamente, volvió a acostarse.
—Vení dentro de una hora —le ordenó a la negra Clara, como si supiera que entonces ya estaría muerta.
Y antes de acostarse, habrá puesto a la vista, sobre el mármol de la cómoda, un sobre que contuviera las instrucciones para su entierro. Ese sobre que él vio cuando también posó sobre el mármol su maletín de urgencia, sabiéndolo inútil, antes de acercarse al cuerpito tieso. Después, en el velorio, se enteró de que doña María Elena, en ese pliego, informó a sus deudos de que el día anterior ya había elegido el ataúd y pagado todos los gastos del entierro al funebrero, por lo que agregaba el recibo; les pidió ser enterrada esa misma tarde, una vez rezado el responso, de cuerpo presente, en la parroquia; les aseguró que no había dejado ninguna deuda impaga, y les detalló los montos y los vencimientos de los créditos pendientes de cobro, acompañados por los correspondientes vales y pagarés.
Nada de eso sabía todavía el doctor Jiménez Larrobla cuando, apartándose del lecho de la muerta, se dio vuelta y contempló al grupo de mujeres dolientes, arrodilladas en el piso, con los ojos bajos. De algún modo, en el parecido físico y en la actitud asumida, ese coro le dijo que la influencia de doña María Elena perduraría, al menos en esa casa y a lo largo y a lo ancho de la Villa. Nadie como Encarnación denotaba ese fortísimo influjo. Debía ser muy parecida a la vieja cuando joven. Los años suelen alterar el talle y acortan siempre la estatura.
No supo contenerse y, al pasar frente a la muchacha, que acababa de rezar su parte y empezaba a escuchar la respuesta de sus parientes, le posó los tres dedos centrales de su mano derecha en el hombro, como si lo palpara. Abstraída en el rezo, Encarnación se estremeció y él lo supo porque todavía no había retirado sus dedos. Superada la sorpresa, al reconocerlo, la muchacha se ruborizó en exceso y se le incendió la mirada. ¡Q
