El corredor nocturno

Hugo Burel

Fragmento

1. EL AMIGO INVISIBLE

A Eduardo le gusta correr; ese hábito del deporte aeróbico lo adquirió hace unos años. Antes, jugó al básquetbol en forma amateur. Un día aceptó la invitación de un amigo para que corrieran por la rambla. Vive en una ciudad que ofrece veintidós kilómetros de vereda junto a la costa casi sin cruces u obstáculos para hacerlo. Cada vez son más los que corren. Temprano a la mañana o luego del atardecer, salen a extenuarse, a resoplar, a empaparse de sudor porque sí. No corren para superar a nadie, salvo a sí mismos. Para Eduardo, correr es un asunto solitario, una compulsión inexorable que lo obliga tres o cuatro veces por semana a lanzarse durante cinco, seis, siete kilómetros en busca del extraño éxtasis que provoca la producción acelerada de hormonas, la natural secreción de sustancias que invaden la sangre y ayudan a pensar diferente, a ver asuntos desde otros ángulos, a concebir ideas extrañas y —claro— a transformar dolor en placer. También es una forma de huir, de zafar de sí mismo. Eso es lo que le pasa últimamente: está bajo presión, por eso salir a correr es un alivio pasajero y una coartada. Las presiones son muchas y cada vez corre más, aunque lo hace sin método y sin un plan regular. Lo hace, en especial, cuando se siente a punto de estallar. No sabe qué podría hacer en vez de correr; probablemente bebería o sería un individuo violento. Correr es su vicio y también su salvación.

SOY TU SUEÑO Y TAMBIÉN LA PEOR DE TUS PESADILLAS. TU AMIGO INVISIBLE

Todavía recuerdo aquel escueto billete recibido en el festivo juego grupal con que celebrábamos el fin de año en la compañía de seguros. Una pista ambigua para que yo no descubriera la identidad de quien, a la postre, iba a regalarme un alfiler de corbata durante la ceremonia de la revelación, cuando todos perdimos el anonimato y supimos quién era el amigo invisible de cada uno.

Esa vez —hace quince años, calculo— me tocó de amigo mi propio jefe, el lacónico y severo Antonio Iribarne.

—Usted sueña con mi puesto —me dijo, inusualmente sonriente y afable—; y a la vez suelo ser su pesadilla, en especial los viernes a última hora, ¿verdad?

Cuando me entregó el obsequio, me palmeó la espalda y todos aplaudieron. Yo quedé sin posibilidad de respuesta y solo atiné a deshacer rápidamente el envoltorio para mostrar la pequeña baratija al resto de mis compañeros.

Casi dos años después, mi sueño se cumplió y pude ocupar el puesto de Iribarne, que murió de infarto lejos de su escritorio. El alfiler jamás lo usé y el billete del juego todavía lo guardo. Para mí es como una revelación, una guía condensada del alma humana.

Todos nuestros amigos tienen algo de invisibles si se los mira con atención. Todos esconden o escamotean una parte de lo que son. Esa es la condición de cualquier ser humano, el lado oscuro que a veces aflora y a veces no.

Por fortuna, a los amigos se los elige, o al menos eso es lo que sucede la mayoría de las veces.

Conocí a Raimundo Conti en un aeropuerto, pero ya nos habíamos visto, aunque no sé precisar dónde ni en qué circunstancias. Puede decirse que es una de esas personas que uno identifica sin que por ello las conozca: reuniones sociales, alguna oficina del Estado, el encuentro en un ascensor...

Su cara me resultó familiar cuando, al entrar en el bar de la zona de embarque del aeropuerto de El Galeão, nuestras miradas se cruzaron brevemente. Él bebía un café y leía Jornal do Brasil: parecía calmo y distendido. Yo estaba llegando demorado desde Europa para hacer escala en San Pablo, tomar la combinación a Buenos Aires y luego el puente aéreo a Montevideo. Pero por razones técnicas el avión descendió en Río. Había realizado un viaje a Milán pago por la compañía y regresaba sin los contratos previstos y con la posible deserción de nuestros socios italianos. Un resultado que el finado Iribarne no hubiera admitido. Milán me había parecido una ciudad gris, sucia y agobiante, y durante la semana que estuve no dejó un solo día de llover. Pese al excelente hotel ubicado a una cuadra del Duomo y al razonable viático concedido, me había dominado un raro desasosiego y el convencimiento de que mi visita a la filial italiana era un gestión inútil desde el comienzo. No me equivoqué.

Pedí una cerveza en el mostrador y me dispuse a esperar las siguientes tres horas hasta el nuevo embarque. Era alguien en tránsito, deprimido y con dolor en las cervicales, pese a la comodidad de la clase business. Cuando quise acordar, Conti —a quien, como ya dije, todavía no conocía y no podía llamarlo con nombre alguno— estaba junto a mí y me sonreía con afabilidad, como si hubiera estado esperándome.

—Nos hemos visto antes, ¿verdad? —dijo el hombre que enseguida habría de presentarse como Raimundo Conti, agente inmobiliario y asesor en bienes raíces. Buscó en el bolsillo superior de su saco y me extendió una sobria tarjeta que incluía su nombre y sus actividades.

Respondí que no y luego que sí. Aclaré que tal vez ya nos habíamos visto antes. Él mencionó algunos lugares donde pudimos cruzarnos, alabó su memoria visual y se jugó a adivinar mi profesión. Acertó.

Le dije mi nombre y me disculpé por no llevar tarjetas encima. Solo vestía camisa, pantalón y campera.

Pronto estuvimos hablando de temas generales: la decadencia de las líneas aéreas, la mala comida de a bordo, la recesión económica de la región y la crisis mundial. Noté que Conti era solvente en todos los tópicos, aunque evitaba contradecirme y solo reafirmaba mis opiniones. Me ofreció un habano, pero inmediatamente recordó que estaba prohibido fumar. No obstante, insistió en que me lo guardara para disfrutarlo en casa, “siempre y cuando el humo no le moleste a tu esposa”. Del mostrador pasamos a los sillones de la sala de espera y nuestra conversación ingresó en aspectos un poco más personales. Para entonces el agotamiento había hecho mella en mi interés en la conversación y creo que bostecé un par de veces. Conti lo notó y me recordó que teníamos una hora y cuarenta por delante antes de embarcar.

—Vos te dormís una siesta mientras yo voy al free shop. Cuando sea el momento de subir al avión, te despierto. Quedate tranquilo que no voy a olvidarme: si querés te dejo el pasaporte como garantía —propuso, amable y cordial.

El equipaje estaba en tránsito y yo no pegaba un ojo desde que saliera de Milán. Me cuesta dormir sobre cualquier cosa que se traslade.

—¿De dónde venís? —se me ocurrió por fin preguntar.

—De Marruecos —dijo Conti, que también debió haber hecho escala en Guarulhos.

—¿Marruecos? —repetí. Conti realizó un gesto de duro seductor y se levantó la solapa del saco.

—Sí, Marruecos, Tánger, Casablanca, Rick Blane y todo eso. Mucho desierto, pero vale la pena. ¿Y vos?

—¿Y yo qué? —dije.

—¿Dónde estuviste?

—Vengo de Milán, fui una semana por trabajo.

—¿Conocías?

—No, es la primera vez que visito Milán, pero no me gustó. Por empezar, llovió toda la semana.

—Sí, a veces es difícil contemplar el Duomo bajo el sol. ¿Lo visitaste? Es la tercera iglesia de la cristiandad, considerando su tamaño.

—Claro. Cuando llueve también impresiona —dije, y Conti asintió con expresión grave que disipaba su locuacidad anterior.

—Absolutamente: solo estar ante su mole justifica el viaje. Tardaron más de cuatro siglos en terminarlo y hasta Leonardo Da Vinci realizó un proyecto para reconstruir su cúpula por encargo del mismísimo Ludovico Sforza, duque de Milán.

—Bajo la lluvia me pareció un poco tétrico —dije—; en especial sus gárgolas.

Conti sonrió pensativo y no respondió.

Cuando desperté, las cervicales me dolían un poco más y se me había entumecido una pierna. Busqué mi ticket de embarque y no lo tenía. Cuando empezaba a inquietarme, Conti apareció y me lo entregó.

—Se te cayó mientras dormías. Aproveché y fui al mostrador para que nos dieran asientos contiguos. Ya está arreglado. Voy a contarte de Marruecos —prometió Conti.

El vuelo hasta Buenos Aires fue una pesadilla. Turbulencias por más de una hora y luego una tormenta que encontramos sobre Río Grande y se prolongó hasta Ezeiza. No pudimos conversar demasiado, pese a que mi compañero de odisea nunca perdió el buen humor y el temple para ignorar los sacudones y los destellos de los rayos. Por el contrario, yo estuve aterrado y sin ánimo de hablar sobre nada, cosa que Conti comprendió.

Ya en tierra y corriendo apresuradamente por los largos corredores del aeropuerto para tomar el siguiente avión, perdí a Raimundo Conti. Aparentemente se quedó en Buenos Aires, porque no tomó el puente aéreo. Por alguna razón que en ese momento no comprendí, sentí un gran alivio al habérmelo quitado de encima. No tenía motivos valederos para justificar esa sensación. Había sido un encuentro casual en circunstancias fortuitas que se disolvía en medio de un laberinto, tal como había comenzado.

En el bolsillo de la campera tenía su tarjeta, sobria y escueta. También llevaba el cigarro de obsequio.

—¿Desde cuándo fumás estos? —preguntó Clara, mientras yo empezaba a desayunar tras haber dormido diez horas de corrido. Había encontrado el puro mientras vaciaba mi campera antes de mandarla a la tintorería.

—Había una tarjeta, supongo que no la tiraste.

Me miró con una duda en el rostro:

—No encontré ninguna tarjeta —dijo, y olió el cigarro.

—¿Estás segura?

—Nada, solo esto y los tickets de embarque. ¿Algo importante?

—No, claro —dije—. Alguien que conocí en tránsito. Me regaló el habano y me dio su tarjeta de visita. Uno de esos tipos que los ves por ahí unas cuantas veces a lo largo de tu vida y un día terminás conociéndolos. Pura coincidencia.

—¿Y para qué necesitás la tarjeta?

—Sí, tenés razón —admití—. Seguro que la perdí.

Además yo no le di la mía.

—“Davidoff” —dijo mi mujer—. Un tipo refinado. Dejó el cigarro sobre la repisa de la cocina y me sirvió más café.

—Eduardo, un señor Conti lo llama por la línea dos. ¿Le digo que no está?

La voz de Lucía, mi secretaria, me rescató del marasmo de una póliza con multicobertura gradual.

“Conti”, pensé confundido. Una vaga idea, una nebulosa opaca y en rotación.

—¿Quién? —musité.

—Raimundo Conti, dice que es agente inmobiliario y asesor en bienes raíces, ¿usted lo conoce?

Había pasado una semana desde mi regreso de Europa, y la idea que yo tenía de Raimundo Conti se había extraviado en la rutina de los días. Lo evoqué: alto, quizá un poco excedido de peso pero no gordo, un rostro afable y encendido, el pelo lacio y castaño, peinado a la gomina, ojos pequeños y manos delicadas de largos y finos dedos, como de pianista o mago. Ese era el Conti visto y conocido en el aeropuerto, que luego yo iría cotejando con los anteriores de las fiestas, los bares concurridos, las calles de la Ciudad Vieja.

—Pasalo —respondí.

—¿Pudiste con ese Grand Cru? —la voz de Conti era tersa, mundana, envolvente como el lamido de un perro enorme y manso.

—¿Perdón? —dije, confundido.

—El Davidoff, claro. ¿Pudiste con él?

Escuché la corta carcajada y el suspiro. Intenté una disculpa:

—No, todavía no lo fumé; ¿en qué puedo ayudarte?

—Solo llamo para saludarte y recordarte nuestro almuerzo de mañana.

En ese momento quedé en blanco. No recordaba haber pactado almuerzo alguno con él. Tampoco le había dado mi número telefónico ni el nombre de la compañía. La conversación había sido amable pero con la lógica distancia que imponían las circunstancias. Recuerdo sí el cansancio, el sueño en la sala de espera y el vuelo de terror.

—Te sugiero Olivier a falta del Águila. Yo me encargo de reservar. ¿Doce y media está bien?

Estuve tentado de explicarle que no me interesaba almorzar con él y mucho menos sin un motivo valedero. Sin embargo, y como si mis defensas mentales se hubieran evaporado ante la llamada sorpresiva, acepté.

No obstante, antes de despedirnos le pregunté:

—¿Yo te había dado mi número?

El silencio del otro lado del tubo pudo ser un indicio, una señal. La inmediata respuesta me confundió todavía más:

—Me diste tu tarjeta, Eduardo, justo antes de despedirnos. La tengo delante:

Cr. Eduardo López Barcia

Gerente Administrativo

Conti ordenó un medallón de lomo a la pimienta negra y seleccionó un vino cabernet sauvignon nacional. Yo pedí ravioles de calabaza con salsa au fromage y agua mineral sin gas.

—¿Pasó el susto? —dijo mientras desplegaba la servilleta y mojaba un grisín en el cuenco con mayonesa y perejil.

—Claro, no fue para tanto. El cansancio y las ganas de llegar influyen —expliqué sin ánimo de evocar ese viaje.

—Es bueno volver a vernos en circunstancias más sosegadas. Habían surgido temas interesantes que me gustaría mucho profundizar.

Conti enfatizó la palabra “mucho”. ¿Cuáles temas?, pensé. Como si leyera mi mente, agregó:

—Ambos hacemos negocios y creo que podemos encontrar varios que nos beneficien. Vos manejás seguros, ¿verdad?

El almuerzo transcurrió bajo la impronta que impuso Conti. Habló de sus asuntos con entusiasmo y detalle, procurando interesarme con generalidades y confidencias.

Había viajado a Marruecos para concretar la venta de un lote de caballos Cuarto de Milla y también para ofrecer una serie de antigüedades compradas en un remate —muebles, piezas de platería y porcelana, objetos art déco de origen francés—. Todo pertenecía al mismo dueño. Había pasado unos días en Tánger visitando a unos clientes alemanes propietarios de un hotel. Precisamente, los cigarros eran obsequio del matrimonio Lowental, oriundo de Renania.

—Lenin los fumaba y los compraba en la casa original de Ginebra, abierta por el padre de Zino Davidoff, que después proyectó la marca y su apellido a los escaparates del mundo —me explicó Conti, y luego del postre encendió su cigarro.

—Originalmente se elaboraban en Cuba, pero desde 1990 se hacen en la República Dominicana. Muchos afirman que el tabaco dominicano compite hoy en calidad con los mejores de la isla. Ahora hay decenas de productos con la marca Davidoff que no son necesariamente cigarros —agregó entornando sus ojos con gesto soñador. Con lentitud fue expulsando el humo, y el aroma y su aureola nos fueron envolviendo.

—Básicamente, este hombre nacido en Kiev se hizo multimillonario vendiendo humo, y este que nos rodea y quizá fastidia a los de la mesa contigua cuesta doce dólares. No está mal, ¿verdad?

Mientras el mozo nos servía el café, Conti armó una sonrisa placentera y se repantigó en la silla. Finalmente, después de todo lo que le había oído decir, de apreciar el brillo de sus gemelos con monograma en los puños de su camisa y de soportar su arrogancia medida y su sobria forma de masticar, me pareció el momento de preguntarle:

—¿Qué han sido este almuerzo, el abordaje en el bar del aeropuerto, el puro y la cháchara sobre negocios, la inventada camaradería y el sospechoso interés en lo que hago? Vamos al grano, Conti.

—Está bien —dijo—, pero basta de formalidades.

Decime Raimundo. Todos me llaman así.

Encendí el Grand Cru y aprecié el sabor profundo y dulzón con un dejo picante del tabaco dominicano. Vi cómo los doce dólares empezaban a quemarse y me dejé llevar por el sonido bajo de la compactera que reproducía a Lou Vega cantando Mambo Number Five.

—¿Y al final, qué quería? —dijo Clara, ya en pijama y con una taza de té calentándole el regazo.

—Nada. Creo que joderme.

—¿Y por qué a vos? Es absurdo.

—No sé, no estoy seguro. Es como si hubiera intentado seducirme pero, evidentemente, no es homosexual. Estoy convencido de que yo no le di mi tarjeta, porque no llevaba ninguna encima. También estoy convencido de que no habíamos programado ningún almuerzo ni cosa parecida. Pagó él, claro. Un caballero en todo sentido.

—¿Y en qué quedaron?

Realicé una larga aspiración al cigarro y luego expulsé el humo con lentitud, como Raimundo me había sugerido.

—En que primero aceptase este pequeño obsequio, que lo fumase con toda calma en mi hogar, precisamente a esta hora y con esta actitud meditativa para poder relajarme y pensar con mente abierta, y que ya hablaríamos.

—¿Hablar de qué?

—Negocios, proyectos, planes de alcances difusos. Humo, por ahora. A propósito, ¿sabías que Lenin fumaba de estos?

Clara se fue a dormir y yo consumí el Davidoff hasta la mitad. La imagen del primer Raimundo que yo recordaba apareció por fin nítida en mi memoria: un joven alto y de cabellos lacios y largos bebiendo en una fiesta en el Hotel Carrasco. Hacía bailar una moneda entre los dedos delante de un grupo de amigos. En una mano el vaso, en la otra la moneda, que aparecía y desaparecía, giraba y recorría la mano con la palma hacia abajo.

Por unos días no supe más de Conti. En épocas de renovación de pólizas suelo trabajar muchas horas y mantener agotadoras reuniones con mis subalternos. La gerencia administrativa también me exige ocuparme de algunas ventas. Para colmo, la visita de unos ejecutivos de la casa de Londres me impuso obligaciones sociales y una exasperante serie de eventos protocolares que culminaron en un cóctel en la embajada británica, en donde fueron agasajadas varias empresas de Gran Bretaña.

Sometido a ruedas de conversación insípida y a encuentros breves y obviamente aburridos, transcurrí la velada solo disfrutando del buen whisky escocés que era esperado consumir allí. Cuando vi la oportunidad de retirarme —los ejecutivos de Londres habían sido acaparados por el embajador y su esposa— me escabullí entre los luminosos salones de la vieja casona buscando la puerta de salida.

—Eduardo, qué sorpresa.

La voz me sonó familiar, pero más familiar me resultó el aroma que la precedió y que yo percibí antes sin haber tenido conciencia.

Apoltronado con elegancia en un sofá de cuero del vestíbulo, el vaso bailoteando con el gesto despreocupado de la mano y el puro —no ya la moneda— en la otra, Raimundo Conti sonreía con suficiencia.

—¿Qué hacés acá? —dije, en un tono casi agresivo.

—Lo mismo que vos, aburrirme.

—Ya me iba. ¿Recién llegás?

—Hace rato que estoy. Te vi desde lejos pero no quise interrumpirte: estabas ocupado perdiendo el tiempo.

—¿Y vos qué hacías?

Fui otra vez insidioso y no oculté mi fastidio. —También tengo mis compromisos y lo social siempre me interesa: surgen oportunidades, circula la información. Mi gente ya se retiró y estiraba esta preciosura.

Levantó el vaso en actitud de brindis y dio una profunda aspiración a su cigarro.

—Vine sin el auto, ¿no me alcanzás?

No quería seguir hablando con Raimundo pero no tenía excusas para negarme a llevarlo. O podía tenerlas pero él lograba anularlas.

—Voy para Pocitos —dije.

—Perfecto, te queda de paso. Vivo cerca del Ombú. ¿Vos dónde vivís?

—La rambla —respondí con vaguedad y deseando que Raimundo no exigiera más datos.

—Trabajás demasiado, Eduardo —dijo Conti antes de bajarse del auto. Durante el viaje permaneció asombrosamente callado o, mejor dicho, no practicó el asedio. Como si comprendiera mi actitud de recelo, no intentó ninguna conversación sostenible por más de dos minutos. No obstante, ahora que habíamos llegado a la puerta de su casa —una pequeña finca de las que allá por los veinte construyeron Bello y Reborati, con frente estrecho y dos plantas— pareció animarse a ser interesado.

—¿Tomás un café?

—Es tarde y estoy cansado. Otro día.

—Puedo prepararte un excelente express a la italiana como manera de agradecer la “aventada”, como dicen los gringos. Vamos, concedeme el privilegio de no despreciar mi invitación.

Raimundo tensó la amabilidad y escamoteó la súplica. Por una razón que no podía ver con claridad, otra vez no pude negarme.

—Vivo con mi hija, que en este momento está de viaje. Es una chica simpática e independiente a la que por ahora mantengo. La madre murió hace algunos años, de manera que soy viudo y sin compromisos, salvo los de padre. Esta casa es cómoda para nosotros dos y la empleada, que a esta hora ya está durmiendo. Ponete cómodo que voy a encender la cafetera.

Mientras Raimundo desaparecía entre estrechos pasillos y pequeñas arcadas, ingresé en una estancia bastante cómoda —pese a lo reducido de la planta— cuyas ventanas daban al pequeño jardín del frente. Elegí una bergère junto a un mueble-biblioteca que estaba enfrentado a un sofá de cuero de cuatro cuerpos. Junto al sofá había un biombo con la figura de un dragón con las alas desplegadas. Una mesa baja repleta de pequeños souvenirs y libros ocupaba el centro de la habitación, que tenía estufa a leña y revisteros de ratán. De las paredes colgaban pequeños óleos y dibujos cuyas firmas no reconocí. También había grabados y algunas fotografías de personas con aspecto antiguo. En el ambiente, un aroma mezclaba madera, tabaco y el perfume de unas varas de incienso que alguien había encendido minutos antes. Sobre un pequeño secrétaire se veían sobres de correspondencia, cuatro o cinco tomos encuadernados en cuero, objetos de bronce y varios tarjeteros.

—¿Un coñac para acompañar el café?

Raimundo se había quitado el saco y aflojado la corbata, y sostenía un botellón y dos copas panzonas.

—Solo café —dije, incómodo y mirando la hora en mi reloj pulsera.

—Se está haciendo, no hay apuro.

—¿Qué edad tiene tu hija? —pregunté como forma de zanjar la absurda sensación de estar allí por equivocación. No me interesaban ni Raimundo ni su hija.

—Veinte años. Quiere ser azafata y también estudia periodismo. En realidad no sabe lo que quiere. Sin mi mujer ha sido muy duro. Ahora está en La Plata, en casa de unos parientes de la rama materna. ¿Tenés hijos, Eduardo?

—Un varón de once y una niña de ocho.

—Qué lindo, un casal, como se decía antes. Es difícil llevar adelante una familia hoy en día. Los colegios, la salud, todo un presupuesto. Voy por el café.

Si yo me fuera ahora, pensé, me lo quitaría de encima; Raimundo entendería que no vale la pena estirar una casualidad. A los parientes te los adjudica la vida, a los amigos se los elige. Sería cuestión de levantarme y desaparecer para que la señal fuera clara. Este tipo siempre me agarra cansado.

—Mirá, Eduardo, hoy pude verte en la reunión: harto y sin el menor interés en estar allí. Sé lo que es eso, porque lo viví. Soportar la conversación con unos tipos que nunca más volverás a ver, imaginar que eso puede tener algún beneficio cuando en realidad es una pérdida de tiempo inútil. Pensás que podrías estar en casa, con tu mujer, mirando la bahía desde tu apartamento, tomando una copa de vino en la tranquilidad de tu hogar. A lo mejor antes habías salido a correr, para mantenerte en forma y volver relajado y derecho a la ducha. Pero no, la compañía te exige esos insoportables ritos, esa fidelidad a las formas, luego de haber estado horas detrás del escritorio, consumiendo tu vida por un sueldo más una comisión, que nunca paga la verdadera entrega, tu real esfuerzo de neuronas y coronarias. Malo, Eduardo, muy injusto, también.

—Suponés demasiadas cosas —dije y me bebí el ex-press de un solo trago.

—No te ofendas, Eduardo, pero es así. Basta verte: tu elegancia sobria pero por debajo de tu gusto, la frente ya un poco arrugada, la inevitable costumbre de mirar la hora cada pocos minutos. Estás demasiadas horas bajo presión, persiguiendo el bienestar y una anticuada idea de la seguridad. Tengo una carrera, te decís frente al espejo mientras te afeitás. Después desayunás mal y apurado y te subís a tu auto japonés. Por unos breves diez minutos el paisaje de la costa apacigua tu lógica angustia: voy para cuarenta y dos y en cualquier momento estos tipos van a despedirme. Es una actitud lúcida pero pasiva, una entrega mansa al desguazadero.

Tal vez en ese momento debí detenerlo, explicarle que había llegado demasiado lejos, que era absurdo su punto de vista porque en realidad no me conocía, si bien yo estaba allí, en su casa, sentado en su sillón y bebiendo su café.

—Es tarde, Raimundo, tengo que irme.

Sonó a disculpa, a huida apresurada. Lo era, porque la otra alternativa hubiera sido la discusión con un perfecto entrometido. Entonces vislumbré el fondo de la situación, una idea demasiado compleja para poder expresarla con claridad en ese momento pero que me indicaba no aceptar un segundo café.

Cuando llegué a casa todos dormían.

Me quité el saco y me serví un vaso de leche. Fui al living, busqué en la mesita junto al sofá y tomé del cenicero el medio Davidoff que quedaba, volví a la cocina y lo arrojé a la basura. Me sentí mejor. Después fui al baño y me duché, pese a la hora.

Ya en la cama, me costó dormirme. Evidentemente el café, pensé con fastidio. ¿Qué le puso? Un jarabe espeso, una multiplicidad de sabores sabiamente dosificados, una delicia, en suma. ¿Qué hacía Conti en la embajada? Acecharme.

Recordé palabra por palabra su discurso y lo superpuse a la idea que tenía sobre mí mismo: coincidían. Un leve escalofrío me recorrió la espalda. “Una anticuada idea de la seguridad.” Todavía debo veinticuatro cuotas del apartamento. Mi viaje a Europa fue un fracaso y eso consta en el informe. Los tipos de Londres no vinieron solamente de visita. Desde su tumba, Iribarne sonríe y me señala: “nunca te pusiste mi regalo, jamás te dignaste a usarlo ni siquiera por complacerme una sola vez. Tus corbatas de entonces no merecían más que aquella baratija que te regalé. ¿La perdiste, la tiraste a la basura?”.

Mañana voy a dar la orden a la telefonista y a mi secretaria de que no me pasen más llamadas de Conti.

—¿Desayuno mal yo?

Clara me miró mientras preparaba los batidos de leche y cocoa para los niños que demoraban en vestirse.

—Café con leche, tostadas, mermelada, queso de untar, jugo de naranja, ¿no te alcanza? —dijo sin entender el verdadero sentido de mi pregunta. Dejé el asunto ahí porque no valía la pena más reflexión.

—Ayer me encontré con Raimundo —le informé.

—¿Con quién?

—Con el pesado del aeropuerto, el de los cigarros, el agente inmobiliario.

—¡Ah, ese! ¿Dónde lo viste?

—Estaba en la recepción de la embajada. Como me quedaba de camino, lo llevé hasta su casa. Me invitó con un café.

—¿Solo uno? Llegaste tarde, según recuerdo.

—Acepté por compromiso, Conti sabe manejar ese tipo de disyuntivas. Es muy difícil decirle que no, ahora que lo pienso. Dijo algo que lo pinta: “concedeme el privilegio de no rechazar mi invitación”, o algo por el estilo. Vive con una hija de veinte años y es viudo. El maldito café me desveló, me dormí tardísimo y hoy voy a arrastrarme todo el día. Para colmo tendré que pasar por el hotel donde se alojan los gringos. Por suerte se van después del mediodía.

—¿Así que ese tipo sigue empeñado en relacionarse contigo? —dijo Clara, sintética e incisiva. Ya estaba lista para ir al consultorio a escuchar la variable serie de niños-problema y adolescentes desnorteados que eran sus pacientes. Un sencillo traje color malva, los lentes sin montura, el pelo recogido en un moño flojo y el discreto maquillaje le daban un aire profesional y sensual a la vez. “Se parece a la psiquiatra esa que analiza a un mafioso en la serial de televisión”, pensé.

—Tené cuidado —me advirtió—. Son demasiadas casualidades.

La mañana era luminosa y el tránsito fluido. Las noticias que oía, inquietantes. Cuando llegué a la Ciudad Vieja el último comentario periodístico sonó amenazante: “decenas de compañías europeas están dispuestas a retirarse de la región si la crisis del vecino país no se resuelve de manera más o menos inmediata...”.

Apagué la radio y estacioné en mi lugar del parking. La amplia explanada subterránea estaba casi en penumbras. Abrí la portezuela trasera del auto para tomar mi portafolios, y entonces, al encenderse la luz del habitáculo, vi el sobre manila.

En letra manuscrita, pequeña y elegante, estaban escritos mi nombre y apellidos. El sobre no tenía leyendas ni marcas impresas. Lo abrí y extraje una revista de su interior: Cigar Aficionado. Una edición en inglés, lujosa y flamante. En la carátula, un actor d

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