La familia Martin

David Foenkinos

Fragmento

libro-2

 

1

Me costaba escribir; no avanzaba. Había pasado años imaginando muchas historias y nutriéndome muy pocas veces de la realidad. Estaba entonces con una novela relacionada con los talleres de escritura. La trama transcurría durante un fin de semana dedicado a las palabras. Pero quien no tenía palabras era yo. No sentía interés alguno por mis personajes, me aburrían tanto que me daban mareos. Pensé que cualquier relato real sería más interesante. Cualquier existencia que no fuese ficticia. Cuando iba a firmar libros, muchos lectores acudían para decirme: «Debería usted contar mi vida. ¡Es increíble!». Seguro que era cierto. Podía bajar a la calle, parar a la primera persona que pasara, pedirle que me proporcionase algunos elementos biográficos y estaba casi seguro de que iba a motivarme más que una nueva invención. Así fue como empezó todo. Me dije en serio: «Bajas a la calle, te acercas a la primera persona que veas y será el tema de tu libro».

2

Debajo de mi casa hay una agencia de viajes; paso a diario delante de esa extraña oficina sumida en la penumbra. Una de las empleadas sale a menudo a fumar delante del local y se queda ahí quieta, mirando el móvil. A veces me he preguntado en qué estaría pensando; creo firmemente que los desconocidos también tienen una vida. Así que salí de casa diciéndome: «Como esté ahí fumando, va a ser la protagonista de mi libro».

Pero la desconocida no estaba. Y yo había estado a una voluta de humo de convertirme en su biógrafo. A pocos metros vi entonces a una señora mayor que cruzaba la calle tirando de un carrito morado. Me absorbió la mirada. Esa mujer no lo sabía, pero acababa de entrar en el territorio de la novela. Acababa de convertirse en el tema principal de mi nuevo libro (si aceptaba mi propuesta, claro). Yo podría haber esperado a que llegara la inspiración u otra persona que me atrajera más. Pero no, tenía que ser «la primera persona que viera». No había más alternativa. Tenía la esperanza de que esa casualidad organizada me condujera a una historia emocionante o hacia uno de esos destinos que permiten comprender alguna de las apuestas esenciales de la vida. A decir verdad, lo esperaba todo de esa mujer.

3

Me acerqué, disculpándome por molestarla. Me dirigí a ella con la cortesía melosa de los que quieren venderte algo. Aflojó el paso, sorprendida seguramente de que alguien se le acercase así. Expliqué que vivía en el barrio y que era escritor. Cuando paras a alguien que va andando hay que ir al grano. Suele decirse que las personas de edad son desconfiadas, pero la mujer me dirigió en el acto una amplia sonrisa. Me sentí lo bastante a gusto como para exponerle mis planes.

—Pues verá: me gustaría escribir un libro sobre usted.

—¿Cómo dice?

—Ya sé que puede sonar un poco raro… Pero es como un reto que me he puesto a mí mismo. Vivo justo ahí —dije señalando mi edificio—. Le ahorro los detalles, pero se me ha ocurrido que me gustaría escribir sobre la primera persona con quien me cruzase.

—No entiendo.

—¿Podríamos ir a tomarnos un café para que le explique la situación?

—¿Ahora?

—Sí.

—No puedo. Tengo que subir a casa a meter algunas cosas en el congelador.

—Ah, sí, claro, me hago cargo —contesté, preguntándome si ese primer contacto no estaba tomando un giro de lo más patético. Me había animado mucho seguir mi impulso, pero resulta que ya había llegado al extremo de escribir sobre la necesidad de no volver a congelar los productos descongelados. Pocos años después de haber recibido el premio Renaudot, notaba cómo me bajaba por la espalda el escalofrío del declive.

Le propuse esperarla en el café que estaba al final de la calle, pero prefirió que la acompañase. Al pedirme que fuera con ella me estaba brindando, ya de entrada, su confianza. Yo en su lugar no habría permitido nunca que un escritor se me metiese en casa con tanta facilidad. Sobre todo un escritor carente de inspiración.

4

Pocos minutos después estaba sentado a solas en el salón de la señora, mientras ella trajinaba en la cocina. De forma totalmente inesperada, me embargó una intensa emoción. Mis dos abuelas llevaban muchos años muertas y hacía mucho que no me encontraba así metido en el decorado de la vejez. Había tantas cosas en común: el hule, el reloj ruidoso, los marcos dorados rodeando la cara de los nietos… Con el corazón oprimido, me acordé de cuando iba a visitarlas. No nos decíamos nada, pero me gustaban nuestras conversaciones.

Mi protagonista volvió trayendo una bandeja con una taza y unas pastas. No se le ocurrió poner algo para ella. Para tranquilizarla, le conté mi trayectoria en pocas palabras, pero no parecía preocupada. La idea de que pudiera ser un hombre peligroso, un impostor o un manipulador no se le había pasado por la cabeza. Más adelante le pregunté a qué se había debido ese exceso de confianza. «Tiene usted cara de escritor», me contestó, dejándome un tanto perplejo. A mí, la mayoría de los escritores me parecen libidinosos o depresivos. A veces, ambas cosas. Así que, para esta mujer, tenía la cara adecuada para mi trabajo.

Qué ganas tenía de descubrir mi nuevo argumento de novela. ¿Quién era? Lo primero era saber cómo se llamaba:

—Tricot —me desveló.

—¿Tricot, como de tricotar?

—Sí, eso es.

—¿Y el nombre?

—Madeleine.

Así que me hallaba en presencia de Madeleine Tricot. Un nombre que me dejó dubitativo unos segundos. Nunca habría sido capaz de inventarlo. A veces me he pasado semanas buscando el nombre o el apellido de un personaje, completamente convencido de la influencia de la sonoridad en un destino. Era algo que me ayudaba incluso a entender algunos caracteres. Una Nathalie no podía portarse como una Sabine. Sopesaba los pros y los contras de cada denominación. Y resulta que, sin tener que cavilar, tenía una Madeleine Tricot. Esa es la ventaja de la realidad: se ahorra tiempo.

En cambio, hay un inconveniente de envergadura: la falta de alternativas. Había escrito ya una novela sobre una abuela y la problemática de la vejez. ¿Iba a tener que someterme otra vez a ese tema? La verdad era que no me entusiasmaba, pero tenía que aceptar todas las consecuencias del proyecto. ¿Qué interés tendría la cosa si empezaba a distorsionar la realidad? Tras pensarlo, se me ocurrió que no me había encontrado con Madeleine por casualidad: los escritores tienen con su tema predilecto una relación no muy distante de la cadena perpetua.[1]

5

Madeleine llevaba cuarenta y dos años viviendo en el barrio. A lo mejor ya me había cruzado con ella, acá o allá, pero su cara no me sonaba de nada. Dicho lo cual, yo todavía era relativamente nuevo por allí, pero me gustaba pasarme horas recorriendo las calles para pensar. Soy de esos para quienes escribir está emparentado con una forma de anexionar un territorio.

Madeleine debía de saberse la historia de muchos de los moradores del barrio. Debía de haber visto crecer niños y morir vecinos, debía de saber detrás de qué comercio nuevo se ocultaba una librería desaparecida. Seguramente pasarse la vida entera en el mismo perímetro conlleva

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