La redención de Pascacio Báez

Pablo Vierci

Fragmento

PREFACIO

El 11 de diciembre de 1971, el jornalero rural Pascasio Ramón Báez Mena, de cuarenta y seis años, se despertó muy temprano en su humilde casa de ladrillo asentado en barro, con techo de quincha, en las afueras de la ciudad de Pan de Azúcar, en las calles San Carlos y Francisco Bonilla del barrio Belvedere, o Paraje Peligro, como se le decía antes por el barrial donde se empantanaban las carretas.

Había nacido en la 4.ª Sección Judicial de Maldonado, en un rancho de paja y terrón próximo a la Guardia Vieja, un antiguo puesto militar español de 1752, junto a un camino estrecho que serpentea por los campos entre el arroyo del Sauce y Abra de Perdomo. Allí cerca estudió, durante unos pocos años, en la escuela rural que estaba en las inmediaciones de la laguna del Sauce, y que no existe más.

Con los arreos en la mano lo último que le dijo a su mujer, Alejandrina Garrido, quien trabajaba haciendo limpiezas, fue que iba “al este” a traer una yegua para correr cuadreras, propiedad de dos vecinos del pueblo que lo contrataban para que la pastoreara en un campo cercano.

Había llovido y ventado fuerte durante la noche. Caminó una cuadra hacia abajo por la calle de tierra San Carlos y pasó a saludar a sus padres, Tito Dagoberto Báez y Margarita Pascasia Mena, los que también vivían en un rancho de ladrillo asentado en barro y con techo de quincha. Tito tenía una vaca lechera y gallinas, y vendía queso, leche y huevos, mientras que Margarita hacía santiguados con yuyos y grasa de lagarto. Al hijo varón le pusieron el nombre de su madre, Pascasia, porque ambos habían nacido un 22 de febrero.

Ellos lo vieron salir hacia el este silbando bajito, cortando campo rumbo a la vía férrea, en lo que llamaban Puente Negro. Atravesó el campo de la familia Rubio y llegó al de Báez, otro Báez, sin ningún parentesco con su modesta familia; pero no vio a la yegua, que era arisca y se escapaba a menudo. En fija que el temporal había volteado algún tramo del alambrado y se pasó al campo contiguo, la estancia Spartacus, de Néstor Sclavo y Gloria Echeveste, cuyo casco está en el kilómetro 112,500 de la Ruta 9, teniendo del otro lado la vía del tren, detrás de las serranías.

Encontró el alambrado caído y siguió por donde habría caminado el animal en busca de pasto fresco, porque le conocía las mañas. Pascasio no le temía al toro bravo que estaba en el otro potrero y era conocido en el pago chico –con una gran argolla de bronce en la nariz para cuando había que sujetarlo–, porque él se había criado en el campo y los animales lo respetaban. Había aprendido las faenas rurales con su padre y cuando este envejeció, se ayudaban mutuamente. “Pascasio era el puntal de mis padres”, cuenta su hermana Esther, once años menor, que me recibe el 12 de julio de 2021, en su “casa de pobre”, como ella dice. “Pascasio era el único varón, el del medio; solo yo quedo viva. Además de las faenas rurales Pascasio hacía todo tipo de changas, incluso como albañil, si cuadraba, arreglando casitas, del pueblo o del campo”.

Entró al potrero caminando de oeste a este por donde estaba el toro malo, que olía el suelo con la cabeza gacha, escarbando, y divisó a la yegua, más lejos, en un verdor. Le silbó y el animal paró las orejas. Estaba junto a un monte de eucaliptos, a novecientos metros del casco de la estancia. Le pondría las riendas y volvería en pelo hasta el pueblo. Llegó a una hondonada, al lado de una chacra donde habían plantado un poco de maíz junto a una zona pedregosa, cuando sucedió lo inimaginable: de pronto se levantó una enorme piedra, de casi un metro cuadrado, en el medio del campo, mimetizada con otras similares del lugar, y de abajo se asomó un hombre, como emergiendo de la tierra. Aunque Pascasio Báez no podía saberlo, aquel era un guerrillero del grupo insurreccional uruguayo Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, modelo e inspirador de otros movimientos similares de América Latina y Europa en el marco de la guerra fría.

Mientras el paisano permanecía paralizado, el guerrillero dio la voz de alarma y salieron otros del túnel gigante, al estilo de los del Vietcong en Vietnam, apuntándole con armas. Cuando le preguntaron qué hacía ahí, explicó la casualidad –que estaba cortando campo para ir a buscar un caballo–, e inmediatamente lo obligaron a bajar al túnel, en calidad de prisionero, porque había visto algo que no debía ver: el principal baluarte del frente rural o el plan tatú de los tupamaros: la tatucera Caraguatá, un búnker de hormigón similar a un refugio antiaéreo de la Segunda Guerra Mundial, de veinte metros de largo por cuatro de ancho y tres ochenta de altura, que servía de habitación, depósito, laboratorio para elaborar artefactos explosivos o fabricar un lanzagranadas y como polígono de tiro, dotado de un generador eléctrico y agua. Esa tatucera, junto con otra menor situada a ochocientos metros, que operaba como polvorín, con explosivos, mechas y cebos eléctricos y mecánicos, así como un calabozo con rejas, en construcción, pertenecían a la columna del interior, según la jerga del MLN-Tupamaros, dirigida por uno de los fundadores del movimiento, Raúl Sendic Antonaccio. Toda la construcción había sido diseñada por otro de los fundadores, el ingeniero Jorge Manera Lluveras.

Lo tuvieron encerrado en esa casamata subterránea durante diez días, desesperado por la claustrofobia, por lo que debían mantenerlo permanentemente sedado, como lo cuenta otro de los fundadores del MLN, Julio Marenales, en su libro Reflexiones sobre algunos temas. No sabían qué hacer con él, por lo que evaluaron la posibilidad de detenerlo indefinidamente en un lugar más apropiado, la llamada cárcel del pueblo que los tupamaros tenían en Montevideo, bajo una casa de la calle Juan Paullier 1192 (la que fue descubierta el 27 de mayo de 1972), donde solo dos de sus tres celdas estaban ocupadas (con los secuestrados Ulysses Pereira Reverbel y Carlos Frick Davies), o trasladarlo clandestinamente a Cuba. Al fin “se optó por la vía más simple” –como dice Jorge Zabalza, otro de los fundadores del movimiento, en el libro La izquierda armada. Ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros–: ejecutarlo, para que no revelara la localización del túnel. La decisión la tomó la dirección nacional del MLN en ese momento, uno de cuyos integrantes fue al Caraguatá con la orden.

El 21 de diciembre, después de decirle a Pascasio que lo adormecerían para trasladarlo a la cárcel del pueblo de Montevideo, un aventajado estudiante de Medicina, en presencia del integrante de la dirección nacional proveniente de Montevideo y de otro guerrillero, lo mató inyectándole en el dorso del antebrazo una sobredosis de dos gramos de pentotal, diez veces más de la que se usaba como anestésico, provocándole un paro cardiorrespiratorio. Luego, de noche, lo envolvieron en nailon y lo enterraron bajo un ramaje de poda de un monte de eucaliptos.

Al no regresar Pascasio, la familia Báez Mena se desesperó, porque creyeron que se habría ahogado en algún arroyo por la creciente, pero su cuerpo no aparecía por más que lo buscaran. “Mi hermano estuvo desaparecido siete meses, que fueron de mucha tristeza y de muchísima locura”, relata su hermana Esther. La angustia medró sobre la salud de la mujer de Pascasio, Alejandrina, quien murió el 23 de diciembre de 1971, dos días después de que asesinaran a su marido, de “insuficiencia cardíaca”, como se registra en el acta de defunción, coincidencia que para Esther siempre resultó curiosa.

El 22 de mayo de 1972, las Fuerzas Conjuntas, que se encargaban de la lucha contra la guerrilla desde que fueron creadas mediante el decreto 566/971 –un mecanismo previsto en la Constitución–, descubrieron las tatuceras en la estancia Spartacus, y luego de un breve tiroteo detuvieron a nueve tupamaros, cinco en la tatucera mayor y cuatro en el casco de la estancia.

En el búnker Caraguatá encontraron cien fusiles Springfield y M1 Garand, además de dos bazucas antitanques, granadas y una ametralladora de cinta, robados a la Armada el 29 de mayo de 1970.

Casi un mes después, el 21 de junio, por las informaciones y declaraciones de los prisioneros, se supo lo del peón rural: cómo lo habían asesinado y dónde lo habían enterrado.

“Mi hermano era una persona humilde, a la que todo el que lo conocía quería. Bueno y leal pero un poco retobado, por lo que imagino que se puso fea la cosa cuando lo encerraron en el pozo”, dice Esther. “Cuando éramos niños, en el rancho mis padres nos pusieron juntos en una habitación a Pascasio y a mí. Él hizo una división con unas maderas, dos cuartos separados, para que yo tuviera alguna privacidad. Mi madre siempre decía que yo tenía más que mi hermano porque vine once años después; él iba más desnudo que descalzo a la escuela. De grande era un morocho de bigote fino, flaco y alto, muy alegre, que siempre andaba cantando, tarareando, silbando. Su preferido era el tango «La gayola», «Me encerraron muchos años/ en la sórdida gayola»”.

Cuando apareció el cadáver, como Alejandrina, su mujer, había muerto, los vecinos fueron a dar las condolencias a sus padres y medio pueblo los acompañó con sus restos al cementerio de Pan de Azúcar.

Tito Báez, el padre de Pascasio, dijo en ese momento: “… no tengo queja para nadie. Solo sé que la vida es brava”. No obstante, Esther sostiene que sus padres nunca superaron la tragedia: “Mi padre quedó muy mal: escuchaba disparos en las noches a medida que iba perdiendo la cabeza, mientras mi madre iba y venía al cementerio. Yo me tenía que tragar las lágrimas para que mis padres no se disgustaran más”.

El 28 de junio de 2021, fui con el nieto de Pascasio, Walter Pedroso (nieto de su mujer, Alejandrina Garrido) a casa de un exsoldado raso que participó en los dos procedimientos, cuando descubrieron las tatuceras y desenterraron el cuerpo. Caímos sin avisar, a las 5 de la tarde, a su modestísima vivienda en las proximidades de la zona, un día gélido y ventoso en que hacía tanto frío adentro como afuera. De pie, con una camisa de franela abrochada hasta el cuello y el cinto bajo las hebillas del pantalón, el hombre cuenta y gesticula para que se entienda mejor. Hay que hablar fuerte, porque escucha poco. “Cuando llegamos no se veía la tatucera, que estaba en un bajo, porque la enorme piedra que tenía como tapa era similar a las que estaban alrededor, y se apoyaba sobre un marco de perfiles de hierro, abriéndose con un balancín o contrapeso, como la barrera del tren. Se bajaba por una escalera de hierro y abajo era todo hormigón visto, como un galpón grande. El polígono de tiro estaba al fondo, y terminaba con dos paredes en forma de cuña, con un hueco de un metro de diámetro con arena, de modo que cuando disparaban las balas no rebotaban hacia atrás, sino para adelante, a la arena. De ese gran recinto subterráneo salían varios caños de hormigón, de 10 centímetros de diámetro, como respiraderos; en la superficie los disimulaban amontonando piedras alrededor. Tenían un generador Honda que proveía la luz y hacía funcionar los extractores de aire que conectaban con los respiraderos. En la estancia había un tractor ruso Belarus, con cabina y pala trasera con la que cavaron los pozos, trabajando de noche. Levantaron las paredes, la planchada y luego la cubrieron con tierra. El toro malo que permanecía de día en ese potrero ahuyentaba a los curiosos o a los cazadores furtivos”. Toma asiento y habla más bajo: “En el procedimiento del 21 de junio, desenterramos el cadáver de Pascasio. Estaba debajo de las ramas que habían podado de un monte de eucaliptos, a un metro y medio de profundidad, a doscientos metros de la ruta y a setecientos metros al oeste de la casa. Hacía tanto frío que no dio ni para llorar”.

Esther Báez me cuenta otra posible hipótesis con relación a lo sucedido con Pascasio, según le dijo a una prima una persona vinculada a la estancia Spartacus, cuando estaban ambas internadas en el hospital. “Pascasio divisó a un hombre entrando por la tapa de piedra de la tatucera de lejos, le sorprendió cuando se lo tragó la tierra y fue a avisarle al dueño del campo. Este le pidió que le mostrara el lugar y cuando Pascasio lo iba a hacer, salieron del pozo y lo metieron para adentro. Esto se ajusta más a la personalidad de mi hermano: para él todos eran buenos. Siempre me decía: «No hagas mal, porque recibes mal». Vio de lejos algo sospechoso y fue a avisar, como correspondía. Se equivocó y lo mataron por confiado”.

La familia de Pascasio Báez, que sigue residiendo en la pequeña ciudad de Pan de Azúcar, nunca reclamó nada. Mientras los exguerrilleros ocupan lugares de honor en la historia uruguaya (uno de los jefes, José Mujica, llegó a presidente de la República en la democracia, con notable prestigio internacional), Pascasio Báez es el nombre de una modesta calle, que antes se llamaba Senda de Paso de 17 metros, en el barrio Lezica de Montevideo, con árboles vetustos que le hacen la guardia.

La estancia fue devuelta a sus dueños y conserva el nombre original, Spartacus.

Antes de marcharme de su “casa de pobre”, Esther, con sus ojos azules empañados de lágrimas, quiere homenajear a su hermano cantando lo que siempre escuchó de sus labios: “Te lo juro, estoy contento/ que la dicha a vos te sobre./ Voy al campo a laburarla/ pa’juntar algunos cobres./ Pa’ que no me falten flores/ cuando esté dentro’ el cajón”.

En las páginas que siguen, los hechos reales se cruzan y entrelazan con narraciones y personajes ficticios. El resultado es este libro híbrido, que no puede circunscribirse a categorías tales como ficción o no ficción, y que tiene como objetivo ir al rescate de la memoria de Pascasio Báez, con su licencia paisana, imaginando su redención, en el berenjenal de los episodios históricos. Ojalá lo haya logrado, o al menos me haya aproximado a conseguir ese propósito.

P. V.

28 de julio de 2021

CAPÍTULO 1

SANTURRÓN

Miguel sabía que toda esta conversación en el bar El Hacha estaba vinculada con lo del compa –como les decían a los compañeros– Leopoldo. Lo estaban probando.

El día anterior Miguel se había reunido con Leopoldo en el hospital revolucionario número 2, un hospital de campaña clandestino, para realizar una cirugía compleja. Un comando tupamaro había asaltado un banco (el número dieciocho en los asaltos de este tipo) y trajeron al hospital a un herido grave, con un balazo en un pulmón. Era un guerrillero de unos veinte años, a quien Miguel veía por primera vez. El herido agonizaba ahora sobre esa mesa de cocina de madera con una colchoneta en la parte superior, en una habitación de paredes descascaradas que fungía de quirófano. Leopoldo, enfermero titulado y estudiante de Medicina de quinto año, había llegado minutos antes, manejando el furgón que traía al herido. Los dos que venían con él se fueron retirando del lugar a horas espaciadas, como indicaba el procedimiento, para no delatar una posible multitud en la modesta casa del parque Rodó, con frente, fondo y garaje.

Leopoldo, el encargado de la anestesia suministrada con elementos robados del hospital donde trabajaba, el Pereira Rossell, se había convertido en su confidente involuntario, aprovechando la proximidad, ya que sus jefes le habían pedido a Miguel, hacía un buen tiempo, que lo entrenara como cirujano. Sería su relevo si él caía de un balazo, preso, o si debía pasar a la clandestinidad y andar a salto de mata. No se lo decían con esas palabras, pero esa era la verdad.

¿Cómo sabía Leopoldo que Miguel jamás lo delataría?… Intuición: veía en Miguel a alguien genuino, y además era su mentor, su instructor. Y, sobre todo, Miguel le había expresado a Leopoldo, previamente, sus inquietudes; no más que eso, ansiedad, cuando la orga ajustició o asesinó al primer secuestrado, el norteamericano Dan Mitrione, hecho que colocó a los tupamaros en la primera plana de la prensa del mundo y los enfrentó hasta con la estrella internacional Frank Sinatra. Al principio eran frases sueltas, donde se ponía en duda no solo el proverbial espíritu justiciero de la orga, como llamaban los compañeros a la mítica organización insurreccional, sino su sentido, su rumbo. ¿Mejorar la democracia? ¿Si estaban amenazando hasta a los jueces y habían secuestrado a Daniel Pereira Manelli, un magistrado impoluto que no hacía más que cumplir la ley?

A la vez Miguel sentía, cada vez más, irrefrenables ganas de escuchar a Leopoldo. De un modo sutil o hasta inconsciente, lo estimulaba a que se explayara. Y cada día el joven anestesista hacía revelaciones más imprudentes, lo que ningún otro se atrevería a pronunciar. La orga no era un movimiento político democrático, con libertad de expresión y pensamiento. Era un movimiento insurreccional a lo cubano, con una sola meta: tomar el poder, que hasta entonces se venía repartiendo entre quienes integraban la “oligarquía”, e instaurar una dictadura hasta que pudiera “depurarse la democracia”; donde no hubiera espacio para titubeos o discusiones bizantinas –la “verborragia burguesa”–, cuando “las palabras nos separan y la acción nos une”. Toda una ensalada de consignas que, si bien antes a Miguel le parecían algo elementales pero funcionales, ahora le resultaban, cada vez más, frases huecas.

¡En una fortaleza sitiada, cualquier disidencia es traición!

–¿Por qué te llaman Santurrón? –le preguntó Leopoldo–. ¿Sos muy católico?

–Viene de atrás, de joven. Tal vez porque soy medio ingenuo, medio nabo. No tanto por lo católico, que cada vez lo soy menos.

Habían trabado un tipo de amistad especial, al estar tanto tiempo juntos en la cornisa, curando heridos, enfermos, salvando alguna vida que se escapaba por el orificio de una bala. Últimamente Leopoldo le planteaba sus dudas mientras duraba la anestesia del paciente, en general heridos de bala aunque a veces intervenían a los que estaban clandestinos, como habían sido los casos de una cirugía reciente de vesícula y otra de apendicitis. Y luego de la cirugía esperaban a que el paciente despertara en dos de los tres hospitales revolucionarios, esperando la hora adecuada para irse. Tal vez ese era el nexo, pensó Miguel, lo que les daba una hermandad que no tenía con los otros: los demás amenazaban o quitaban vidas; ellos remediaban, devolvían.

La primera confesión explícita de Leopoldo hacía meses –la que le había hecho sobre el caso de Dan Mitrione en verdad surgió como respuesta a una consideración de Miguel– se refería a la crueldad con que trataron a uno de los tantos secuestrados, Ulysses Pereira Reverbel, presidente de Usinas y Teléfonos del Estado, UTE, porque los dos lo curaron mientras estaba encerrado en una jaula como de gallinero, minúscula, en un túnel construido bajo una casa de la calle Juan Paullier 1192, en el Cordón, un típico barrio de clase media en la otrora apacible ciudad de Montevideo. En las Actas Tupamaras, que los guerrilleros publicaban a mimeógrafo y lograban que se difundieran en la prensa, se reían de su homosexualidad, porque al “monumento a la oligarquía uruguaya” lo obligaban a cagar en una pelela rosada, “adornada con alegres patitos azules”. Lo tuvieron secuestrado dos veces, cuatrocientos veintiocho días en total, pidiendo a cambio la liberación de prisioneros tupamaros, a sabiendas de que el presidente de la República de la época, Jorge Pacheco Areco, el Bocha, íntimo amigo del prisionero, jamás cedería a la extorsión, porque, como él había manifestado, no lo haría aunque le secuestraran a un hijo.

Como Miguel no le negó a su ayudante el estar de acuerdo con lo que opinaba, Leopoldo luego le confesó cuitas más filosóficas: cómo uno se encariñaba incluso con el “enemigo”, lo que incluía a otro secuestrado que Leopoldo había curado, el exministro de Ganadería y Agricultura Carlos Frick Davies, un “terrateniente”, prisionero en la misma cárcel del pueblo donde estaba Pereira Reverbel y que fue mantenido cautivo poco más de un año. Leopoldo lo decía y dejaba la palabra colgando, con intencionalidad: “enemigo”. “Frick me dijo que no es terrateniente, que es un estanciero cualquiera. Me pareció un hombre amable”.

Pero Miguel no caía en la celada, aunque tampoco lo negaba. ¿Entonces estaría de acuerdo? ¿Sí, se encariñaba con el “enemigo”? Si fuera verdad, el “enemigo” no era tal, aventuraba Leopoldo, habría que cambiar de vocablo, porque era objeto de afecto, de compasión. No era un ser siniestro y distante, un oligarca o un capitalista imperialista que solo puede despertar odio, ira revolucionaria, sino que era un igual, un semejante.

–Y este equipo… está manchado de sangre –agregaba Leopoldo, señalando a la otra habitación–. Lo confirmé.

Miguel frunció el ceño.

–¿Seguro?

–Seguro.

Había sido un terrible accidente, pero lo mataron. La orga tenía información de que un prestigioso médico, Julio Morató, coleccionaba armas y había adquirido instrumental quirúrgico de última generación en Estados Unidos, que tenía en su casa, incluido un electrobisturí portátil necesario para cauterizar heridas. Un comando de dos hombres y una mujer lo asaltaron el 4 de mayo de 1972, pero el médico se resistió y lo mataron de cinco balazos. Era un médico reconocido, humanista, que se defendió en su hogar.

–¿No te parece que esto se está descarrilando? –le preguntó Leopoldo a Miguel, por primera vez, mientras esperaban a que despertara el paciente con el pulmón agujereado, en estado delicado. Si moría, otro compa, en algún auto robado por la orga, lo dejaría tirado en una vereda, para que alguien lo llevara a algún hospital del Ministerio de Salud Pública, el verdadero, no el mítico que ellos construían en la imaginación, para certificar la muerte, localizar a su familia y entregarle el cadáver para su entierro.

–El momento es complicado –dijo Miguel.

–Vamos, Santurrón, vos pensás como yo.

Miguel sonrió apenas, sin imaginarse lo que seguiría. De lo contrario hubiera permanecido serio.

–Tengo que contarte algo, Santurrón.

CAPÍTULO 2

CUCARACHAS

No era adecuado ni siquiera que lo llamara por ese apodo: Santurrón. ¿Había averiguado sobre su vida? Ninguno de los dos estaba en la clandestinidad –no eran de los clandes, como les decían en la orga–, pero no se debía hurgar en las vidas privadas, eso era parte de la compartimentación.

–¿Sabés lo que creo?... Que vos y yo nos equivocamos y no sabemos cómo salir –le dijo Leopoldo.

Miguel quedó mudo. Esa frase no debía decirse, nunca había escuchado algo parecido desde que entró a la orga, hacía casi tres años, más los dos años previos de coqueteo con ese sector de la ultraizquierda; aunque era lo que pensaba todos los días, en los últimos meses, en las últimas semanas. Él ingresó en la época fácil, al final de la fase Robin Hood, el asalto a los corruptos de la Financiera Monty, desenmascarando los chanchullos ante la Justicia, adonde enviaron los libros contables (quedándose con el dinero robado), el asalto al casino San Rafael de Punta del Este, donde iban a solazarse los oligarcas, el robo de las libras de Carlos Sayago, la “violencia cortés” contra el pachecato –el régimen del Bocha Pacheco que, cascoteado por todos lados, incluso con amenazas de juicio político en la Cámara de Diputados, recurría constantemente, con el apoyo del Parlamento, a las Medidas Prontas de Seguridad previstas en la Constitución, con la prohibición temporaria de publicidad sobre huelgas o reprimiendo paros en los servicios públicos, para responder al estado de insurgencia–; pero repentinamente pasó a vivir todo el desbarajuste de la segunda fase, el hostigamiento. Cuando él ingresó, los pocos muertos ocurrían en lo que llamaban “enfrentamientos francos”: tiroteos en igualdad de condiciones, refriegas donde algunos caían pero los dos bandos se jugaban la vida, aunque la inmensa mayoría de los policías no habían vestido el uniforme azul para una guerra como esta, porque nunca hubo sublevados en el siglo XX uruguayo, desde 1904; más bien el de policía era un trabajo humilde para quienes no encontraban empleo en otro lado porque no tenían formación, mientras que los tupamaros eran mayoritariamente de clase media, muchos universitarios, con determinación revolucionaria, lo que les permitía humillar, avasallar, pasar por encima a los policías, con inteligencia e ingenio. Pero desde que él entró, en febrero de 1970, como una maldición se desencadenó la espiral de violencia y vinieron los secuestros, los ajusticiamientos, los ajustes de cuentas, las represalias, los asesinatos por la espalda, con tiros en la nuca, donde cada exceso se justificaba en el exceso del otro. Y luego de la imponente fuga de ciento once tupamaros de la cárcel de Punta Carretas, hacía poco más de un año, en septiembre de 1971, el Bocha Pacheco echó mano de otro mecanismo legal e incluyó a las Fuerzas Armadas en la lucha contra la subversión: el famoso decreto 566/971 que estableció la creación de las Fuerzas Conjuntas. Y tras la matanza del 14 de abril de 1972 se adoptó otro recurso constitucional: el Estado de Guerra Interno. ¡Qué mala suerte!

Se asustó tanto con lo que dijo su ayudante que Miguel miró a ambos lados, como si sospechara que hubiera micrófonos en esas paredes cubiertas con manchones de humedad, o como si el paciente recién operado, en la otra habitación de la casita del parque Rodó, hubiera despertado y registrado lo que acababa de decir Leopoldo.

Miguel se incorporó, lo fue a ver, pero todavía seguía sedado. Le palpó el pulso, controló la vía en el dorso de la mano, que suministraba el suero colgado de un clavo en la pared. Un caso grave. Un ilustre desconocido, que tal vez moriría en este tiempo de desbandada, en la debacle. Leopoldo le había inducido el sueño con pentotal diluido y lo mantuvo dormido con éter.

¿Cuántos morirían al final, sin el menor sentido, cuando la lucha estaba prácticamente perdida? Eso desasosegaba a Miguel especialmente, se convencía de que tenían los días contados, de que alguno de los que caían presos lo entregaría, las Fuerzas Conjuntas irrumpirían en el hospital clandestino a los tiros; sentía que estaban en la cuenta regresiva, no en la progresiva de la fase Robin Hood, y de que muchos morirían en la orilla, no en forma épica, sino tonta, indigna, al santo botón.

Volvió a la otra sala y se lo advirtió al compa, porque temió que, por la inercia de los acontecimientos, se precipitara al abismo.

–Hay que seguir el procedimiento, Leopoldo –le dijo, sin convicción.

El otro lo miró fijo, como para entender cuál era su pensamiento verdadero, escondido detrás de la fachada del procedimiento.

–Vos y yo estamos en la retaguardia de los estropicios que hacen ellos, nosotros parchamos lo que los otros deshacen. Todo esto me tiene anudado el pecho y no me deja respirar ni dormir de corrido –di

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