Andrea contra pronóstico

Alba Lago

Fragmento

and-4.xhtml

1

WELCOME TO LONDON

 

 

 

Quién coño me iba a decir que, después de cinco interminables años de carrera y un máster, tendría que irme del país de mierda en el que había nacido y crecido. Sí, habéis leído bien, una puta mierda… y, para vislumbrar el futuro prometedor del que tanto me hablaron desde que aprendí la tabla del dos, tuve que hacer las maletas y empezar de cero. Otro país. Otra cultura. Otro idioma.

Allí estaba, con mi maleta de quince por veinte, medida límite para viajar con la única compañía low cost que operaba en Galicia desde el aeropuerto de Lavacolla, intentando disfrazar el vértigo de ilusión ante las caras de desconcierto de mi padre y mi hermana que, pancarta en mano, hacían todo lo posible por sobrellevar aquella decisión, según ellos determinante, tomada tan a la ligera.

Lo de mi madre era un tema aparte. Sentía que le arrancaban el corazón del pecho. Su hija, o sea yo, ya había estado estudiando fuera, pero, claro, en Madrid podía salir al rescate si algo sucedía, o eso creía ella, porque sucedió y ni se enteró. Ahora un miedo atroz la invadía cada vez que pensaba en su primogénita pasando hambre. Así que no hubo que esperar mucho para que sus ojos ya vidriosos se convirtiesen en un torrente de lágrimas, coincidiendo con la última llamada del vuelo FR4027, billete solo de ida, destino Londres.

¿Por qué Londres? Pues por el inglés, ¿por qué va a ser? Veinticinco años estudiando el idioma de Shakespeare e increíblemente no era capaz de mantener una conversación fluida. Para conseguirlo, había que necesitarlo, estaba claro. Además, era Inglaterra: McQueen, los Beatles, Blur, Oasis, la Tate Modern, las Dr. Martins, Brick Lane, el príncipe Guillermo… Sobraban los motivos.

Tras abrazar a cada uno de los miembros de mi familia como si el avión se fuese a estrellar, me encaminé hacia el arco de la vergüenza. Ese que te puede dejar en paños menores como te olvides de enseñar el audífono. No era el caso, pero con el frente frío que había entrado por Galicia aquel 16 de octubre, prescindir del calzado, chaqueta y abrigo me tocó bastante la moral.

Y para cuando las punteras de mis calcetines ya habían limpiado lo suficiente el suelo del aeropuerto, apareció. El que faltaba. ¿Qué cojones quería ahora? Si había borrado mi teléfono tras la última discusión. Aquello parecía la última escena de Pretty woman, con Julia a punto de salir de su apartamento y Richard apareciendo para pedirle que vuelva con él. Nunca me lo había planteado pero realmente el final de Pretty woman no era tan bonito. Ella quería marcharse lejos a estudiar, en busca de una formación, y él quiebra por completo su sueño, reteniéndola a su lado. Así pues, Julia Roberts se queda en Los Ángeles siendo la señorita de compañía de un todopoderoso Richard Gere, o sea, el que la mantiene.

De todos modos, a Carlos le faltaban las flores, la limusina y La traviata de fondo, así que el resultado no fue el mismo.

Llevaba días intentando hablar con él y, cuando su teléfono no estaba apagado, saltaba el buzón. Había escuchado más la voz femenina de su compañía telefónica que la de mi novio, ex o lo que fuese a esas alturas de curso. Según él, estaba enamorado, y así lo demostraba con estos arrebatos típicos de Disney. Pero eran eso, arrebatos de niño caprichoso que en cuanto le quitan la muñeca se pone a llorar, a pesar de que llevase meses olvidada en el fondo del cajón de los juguetes.

—No me montes un número ahora. Está mi familia.

—Mejor, que vean todo lo que te quiero. —Cómo le encantaba el drama.

Mi hermana soltó una carcajada, entonces la miré y se llevó la mano a la boca. Casi se me escapa otra.

—Carlos… —Eso era todo lo que le tenía que recriminar. Estaba harta de aquella montaña rusa sentimental y su cara de cordero degollado ya no surtía ningún efecto.

Y todo esto ante la atenta mirada del resto de pasajeros, que presenciaban el acto como si del final de Cristal se tratase (o de Lost, para los que digan desconocer la telenovela).

—No te pido que te quedes. Solo que me dejes seguir a tu lado, contigo, como siempre. —Silencio—. Sabes que yo sin ti no soy nadie —prosiguió.

¡Ay! Aquella frase ya la había oído tantas veces que dudé solo… uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.

—Esto no es un adiós, es un hasta luego más que necesario —susurré tajante y teatralmente, como a él le gustaba.

 

 

No tenía intención de hablaros mucho de él pero imagino que es imprescindible para que comprendáis nuestra relación.

Carlos desde niño estaba acostumbrado a ser el centro de todas las miradas y no precisamente por llevar una vida ejemplar. A los cuatro años se meaba en los armarios de la clase de parvulitos, a los diez esnifaba el pegamento de barra, a los catorce gestionaba el parque del vecindario porro en boca y a los dieciséis me esperaba quemando rueda a la salida del instituto en su Scooter amarilla rectificada. Mientras todo esto sucedía, siempre se las amañaba para camelar a profesoras, vecinas y compañeras de clase con su estudiada caída de pestañas que decoraban aquellos pizpiretos ojos marrones, acompañada de un arrepentimiento profundo y verdadero que cualquiera de sus interlocutoras terminaba por creer. Así, todas, que no todos, caían rendidas a sus pies.

Cierto es que su físico, fibroso y estilizado, no pasaba desapercibido en el cole, pero tenéis que entender que yo, delegada de clase, jamás me hubiese fijado en el macarra de turno.

Hasta que esta alumna modelo, ya en plena adolescencia, se corrió su primera borrachera vespertina en el casco vello de Vigo. Mi amiga Rebeca y yo estrenábamos de extranjis la Rouge Pulp waterproof de Chanel que había «cogido prestada» de la peluquería de su madre. Aquellos labios rojo pasión engrandecían nuestras todavía infantiles sonrisas con alguno de los últimos dientes adultos a medio crecer.

Aquella tarde se quemaba el Meco en la Puerta del Sol, poniendo fin al Entroido. En Teófilo Llorente, la calle principal de la zona de vinos, no entraba ni un alfiler, pero nosotras sí. Con los nervios y la excitación de entremezclarnos entre los «mayores» pedimos un vodka con lima en la barra del antiguo Limbo. Había gente del instituto, casi todos de cursos superiores, y algún freak de mi clase con el que incluso llegué a intercambiar un par de palabras en élfico (El señor de los anillos hizo mucho daño). ¡De un trago nos bebimos el segundo y el tercero! No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que la euforia me nubló la vista y el mareo y los sudores fríos empezaron a cobrar protagonismo.

Me sacaron del garito de moda casi a rastras dejando un reguero de vómito que hizo saltar del asco a los del botellón de las escaleras contiguas a la entrada del local.

«Dejadla sola, joder, que tome el aire», escuchaba a mi lado sin lograr poner cara a aquella voz familiar.

Antes de que me entrase la tiritona, una de esas chupas Dainese moteras azul klein cubrió mis hombros. Alcé la vista y me encontré a Carlos en mangas de camisa, riéndose mientras expulsaba el humo de la calada que le acababa de dar a una «L» de marihuana (tamaño canuto y medio).

—¿Qué, chapis? —Vamos, la abreviatura de chapona, o, lo que es lo mismo, de empollona—. ¿No sabes que el alcohol quema neuronas?

Volví a bajar la cabeza, humillada. Ya me podía dar por vacilada el resto del curso, ensuciando mi intachable reputación que tanto había labrado en el colegio de monjas y que intentaba mantener en el instituto.

—Venga, anda, que te llevo a casa…

No me podía oponer, estaba vendida. La última vez que había visto a Rebeca estaba aprendiendo a morrearse con uno de primero de bachillerato. Gasté las veinticinco pesetas, todavía no había llegado el euro, que me quedaban en mi móvil de prepago para enviarle un mensaje: «Me llevan a casa, estoy bien».

La brisa gélida del puerto en pleno febrero me espabiló, así que, a pesar de mi demacrado aspecto, cuando llegué al portal de mi casa ya podía caminar y vocalizar correctamente, con la gran suerte de que la luz de la ventana estaba apagada, mis padres todavía no habían llegado. Si me hubiesen pillado encima de una moto sin casco, con aquel pandillero y oliendo alcohol, el cinturón de mi padre habría acabado de romperse.

Bajé de la moto, agradeciendo su ayuda sin atreverme a mirarle a la cara. Me disponía a sacar las llaves cuando soltó:

—Das pena.

—Al menos solo un día al año… No como otros… —¿Veis? No podía bajar la guardia.

—¡Qué borde eres, tía! No esperaba menos de ti, así que entenderás que me tenga que aprovechar de la circunstancia, doña Perfecta…

—Ya decía yo que era demasiado bonito para no haber ningún interés oculto…

—¿Qué me podrías ofrecer a cambio de una garantía de silencio absoluto…? —preguntó.

Lo primero que se me pasó por la cabeza es que estaba sugiriendo que me enrollase con él. Por poco vomito otra vez.

—Pero ¿tú por quién me tomas, capullo? ¿Crees que te voy a dar siquiera la oportunidad de besarme? —Estaba indignada.

—¡Cállate, flipada! —espetó—. O apruebo mates y Lengua o repito por segunda vez. Y paso de aguantar a más niñatas como tú cuando ya debería estar currando en el taller de mi padre.

Por lo visto, lo único que quería eran clases particulares. Jamás me lo hubiese pedido en condiciones normales por miedo al bochorno de verse rechazado públicamente. Le echó pelotas y accedí.

Al cabo de tres semanas de derivadas, integrales y la Generación del 27, yo, la delegada de clase, que jamás me hubiera fijado en el macarra de turno, comenzaba a interesarme por el lado más sensible que aquel chaval de la calle mostraba solo conmigo.

Poco a poco la importancia que creía tener en su vida proyectaba pensamientos del tipo: «Seguro que yo lo puedo cambiar». ¡Error!

Así, para cuando llegamos al análisis sintáctico de oraciones subordinadas, ya nos habíamos convertido en la pareja de moda dejando en el camino mis excelentes notas y mi virginidad.

Los dos cedimos, él comenzó a aprobar y yo a relacionarme con su gente. Queríamos pasar las veinticuatro horas del día juntos. Era un tipo auténtico, con el que compartía las mismas raíces. Habíamos crecido en paralelo, en el mismo entorno, con los mismos referentes y, en general, valores.

No le costó mucho cambiar las muecas de rechazo por palmadas en la espalda y apoyo de mis padres, muy reticentes en un principio a que su niña aplicada se juntase con lo que ellos consideraban un perdido. Su retranca lo hacía todo, caía en gracia.

El padre tenía un taller en Cangas y apenas se acercaba al barrio de Coia, donde vivía con sus abuelos, y si lo hacía, no avisaba. En alguna ocasión, Carlos se topó con el coche de su padre en la entrada de un puticlub. Al menos, como decía él, sabía que estaba vivo. Su madre había fallecido cuando él todavía iba a preescolar.

Logró el graduado y se matriculó en un ciclo superior de electrónica; llegó incluso a cursar los dos primeros años de la Ingeniería Técnica, que abandonó al observar que nadie conseguía nada al rematar. Yo, sin embargo, estaba muy convencida de lo que quería ser de mayor y nada lo impediría. Esta ambición, como podéis comprobar diez años después, la había dejado atrás.

 

 

Dejé de respirar nada más subir al avión. Me ahogaba. No por el dolor de la despedida, qué va, tenía ganas de huir. El ambiente estaba tan cargado y había tan poco espacio entre los asientos que apenas me entraban las piernas, y ya os digo que no soy Elle McPherson. Con poco más de metro y medio no me aceptarían ni como azafata de vuelo.

Para más inri, al subir de las últimas, mi minimaleta tuvo que ser encajada en los huecos sobrantes de la cola del aeroplano. Vamos, que el avión se vaciaría antes de que pudiese entrar algo de oxígeno por mi pituitaria. Ya empezaba mal.

La música movía montañas, ¿no? No sé, pero calma a las fieras y yo en ese momento mordía. Me coloqué los auriculares y desaparecí. Casualmente sonaba Should I stay or should I go, de The Clash. Opté por lo segundo y me dejé llevar. Tarareaba internamente sin ser consciente de que mis labios se movían con el estribillo, como cuando de pequeña leía «para adentro».

De repente, un toque seco en el hombro me sacó de mi trance. Casi se me sale el corazón del pecho. Tuve que doblar el cuello muy hacia atrás para ponerle cara a la Anna Kournikova de las azafatas que, al tiempo que me quitaba los cascos, decía…

—The seatbelt, please.

«What???», pensé, pero solo se quedó en una viñeta mental en la que le arrastraba de los pelos por el pasillo del avión. Además, una maraña de nervios recorrió velozmente mi cuerpo. Me quedé petrificada, pegada como una lapa al asiento, sudaba. No la entendía.

—Excuse me?

—The belt —repitió la azafata mientras hacía un gesto en su cintura como si estuviese abrochándose algo con la mano o masturbándose, lo dejo a vuestra elección.

Mi cara pasó del blanco al rojo en un segundo. Ahora puedo reconocer que me moría de la vergüenza y, además, los espectadores-viajeros de la terminal continuaban pendientes de mi patética historia. Me habría gustado que alguno, en vez de limitarse a observar, me hubiese echado una mano con la traducción, pero eso solo debe de ocurrir en las películas. Como lo del polvo en el baño del avión. Es imposible. Están demasiado expuestos como para entrar dos sin que nadie se percate. Me reí visualizando la secuencia mentalmente. Entonces, aflojé y me atreví a preguntar otra vez: «Sorry?». La azafata agarró mi cinturón y me lo abrochó. Dos cosas pasaron fugazmente por mi cabeza: «Te voy a volver morena, barbie» y «Tierra, trágame». La segunda ganó peso y fue lo único que deseé en aquel momento. ¿Cómo se diría en inglés? «Land, swallow me»?

Volví a cerrar los ojos. Estaba demasiado avergonzada como para seguir atendiendo a las indicaciones en caso de emergencia de aquella rubia de uno ochenta con marcado acento inglés. Segura de que podría haberlo suavizado para que le entendiese mejor.

«En Londres será distinto. Allí nadie me conoce…», pensaba. No estaba acostumbrada a hacer el ridículo o al menos a que lo viesen los demás.

Me dormí.

Dos horas después un trompeteo acompañado de una voz chirriante felicitándose a sí misma por haber llegado en hora alteraba mi sueño. Intuí que aquello era algo inusual porque, como montasen esa fiesta cada vez que cumpliesen con su trabajo, ¿qué pasaría cuando aterrizasen antes? El público estalló en aplausos.

Welcome to el aparatoso aeropuerto de Stansted, a casi una hora en autobús del centro de Londres.

Llevaba el dinero justo para sobrevivir o morir de inanición en el intento de encontrar trabajo. Mil euros, unas setecientas libras. Una risa en Londres, pero en aquel momento no lo sabía. Portaba mi tesoro en una especie de cinturón de tela debajo de la ropa que me hacía sudar más que si llevase medio kilo de cocaína. En alerta ante cualquier tipo de amenaza de robo que tanto me habían dicho se estilaba en Londres, amarraba mi bolso y maleta cual señora en misa de diez un domingo.

La cara de pava que se me quedó cuando me di cuenta de que podía sacar libras del cajero del aeropuerto sin comisión podría haber sido objeto de mofa de Rebeca durante el resto de mis días, pero ella no estaba allí. Creo que aquel día se vestía de condón para ayudar a Amnistía Internacional a concienciar de los riesgos de follar a pelo. Ni un disfraz de preservativo podría esconder la belleza en la que se había convertido. Rubia, alta, ojos claros y facciones de eterna Lolita. Si se lo hubiese creído podría haberse ganado la vida como modelo, pero no, lo suyo ese día en concreto era el látex y la solidaridad. Además, tenía algo de lo que la mayoría carecíamos, se reía de ella misma. Así que no tardaría mucho en usar alguno de los condones que tenía que repartir entre los jóvenes inconscientes.

Crucé la sala de recogida de equipaje —no llevaba suficiente como para facturar—, y me topé con una hilera de stands multicolores que anunciaban ofertas de transporte desde el aeropuerto al centro de Londres. Fui a por el más barato, nueve libras la ida en el bus de color rosa. Ese era el mío.

La chica que me atendió se esforzó por hablar correcta y muy lentamente para que entendiese que tenía que bajar por la rampa que me llevaría a los andenes. Creo que tanto ella como yo nos sentíamos algo estúpidas. ¿Andén dieciséis o sesenta? Dieciséis, lo comprobé al llegar allí. Solo había veinte.

—Y luego, neno, adónde temos quir, ¿a Victoria Station o a Liverpool?

Claramente aquel chico era coruñés y se dirigía a su amigo en la reconocible jerga exportada desde el barrio de Montealto a toda la provincia.

Esa era mi fila sin lugar a dudas.

Empecé a ser consciente de que, muy lejos de lo cool que parecía desde España vivir en Londres, formaba parte de la oleada de jóvenes emigrantes de la que tanto hablaban las noticias a causa de lo que, en principio, llamaron recesión económica y que entonces ya nadie dudaba en reconocer como crisis en todo su esplendor. Crisis que había provocado la salida aquel año al extranjero de cincuenta y cinco mil cuatrocientos setenta y dos españoles. Cincuenta y cinco mil cuatrocientos setenta y dos, casi el treinta y siete por ciento de la población estatal.

No abrí la boca. Me abochornaba ser una más.

Me tuve que olvidar de mis padres, de mi hermana, de mis amigos, de Carlos, hasta de mí misma para montarme en el famoso National Express, que de exprés nada porque tardaba cincuenta minutos en llegar a Liverpool Street Station.

Durante el eterno camino me entretuve imaginando quiénes y cómo vivirían en las hileras de casitas más próximas a la carretera separadas por la verde campiña inglesa. Aquellas nubes gris plomizo a punto de llorar convertían el paisaje en una estampa decadente. Me estremecí bajo el abrigo acolchado que, a pesar de llevar años en el armario, estrenaba para la ocasión.

Encendí la BlackBerry, todavía con tarjeta española, y mandé un mensaje a mi madre: «Ya llegué. Bicos para todos. Mañana os llamo». Acto seguido saltó la luz de un nuevo mensaje. Era Carlos. «Si encuentras trabajo ahí, me voy contigo». ¡Manda carallo! A buenas horas…

¡Ahora se quería venir conmigo! Mira que había tenido tiempo de tragarse el orgullo y sincerarse. Siete años de idas y venidas, de amistad, de desplantes, de pasión, es suficiente, ¿no?

Fue durante mi primer año de universidad cuando empezamos a cambiar. Así como él la odiaba, a mí me entusiasmaba ir a la facultad, y adoraba todo lo que la rodeaba: la cafetería, gente nueva, charlas, botellón, partidas de póquer… Quizá no soportaba que yo me relacionase con grupos más heterogéneos, perdiendo el control de lo que hacía a cada paso. Recurrentemente me reprochaba que le hacía sentir inferior. Me sentía culpable.

Por supuesto que lo echaba de menos, llevaba medio año echándolo de menos, desde que decidió que era incapaz de hacerme feliz.

Y ahora esta era mi aventura, sola. Por fin había tomado una decisión sin consultar, pensando exclusivamente en mí. La ilusión y la esperanza de los primeros años de carrera se habían diluido y no iba a permitir que el resto del mundo, mi mundo, viese cómo se hundían mis sueños después de interminables años de esfuerzo. Al subir a aquel avión, sentí la extraña satisfacción de haber soltado lastre, aunque la tristeza me invadió cuando reconocí cuál era el mío, él.

No debían de ser ni las seis de la tarde y el cielo envejecido en Liverpool St. Station aparentaba unas cuatro horas más. Nada más bajarme del autobús, una especie de rissaga humana, que cíclicamente salía de la estación a paso de liebre, hizo que perdiese el equilibrio. Si no llega a ser por la minimaleta que ejercía de bastón, hubiese acabado sentada en uno de los numerosos charcos que se extendían por la avenida.

Hacía frío, más de lo que esperaba para finales de octubre, y llovía débilmente. Para eso sí estaba preparada. Soy gallega, no nos olvidemos. El paraguas de cuadros negros y grises con líneas en amarillo era una de esas piezas únicas que solo encuentra el que acude con frecuencia al chino del barrio y es capaz de convertirlas en complemento a admirar, incluso por las más trendy de la ciudad. Aquel paraguas molón estaba siendo, una vez más, mi compañero de viaje hasta que otra estampida salió del metro y temí perder un ojo como siguiese intentando mantenerlo abierto. Se acabó el romanticismo.

¿Así que aquella era la agitada Liverpool Street dándome la bienvenida a Londres? Me invadía la emoción; duró apenas unos minutos. Tenía la lengua como una zapatilla. Llevaba más de cinco horas sin ingerir líquido y las luces de neón del Dirty Dicks produjeron el efecto imán de un pastel en la puerta de un colegio. Allá fui, sin ni siquiera molestarme en traducir lo que el letrero gritaba. La mítica taberna inglesa, con ingleses borrachos viendo fútbol. Un entorno muy apacible para una chica de veinticinco años, con rasgos más mediterráneos, que atraía todas las miradas a medida que avanzaba con los desgastados ruedines de su maleta por el crujiente suelo de madera de la tasca. Muy prudente todo.

—A glass of water, please —pedí con marcado acento español.

—What? —preguntó el camarero con el ceño fruncido.

Sentí otra vez ese calor subiendo hasta las orejas. Me miraban, me costaba tragar saliva y ya dudaba de mi pronunciación. ¿Era «WatA» o «WatER»?, pensaba. Maldito americano de las pelis.

Saqué la mejor de mis sonrisas y remarcando cada una de las sílabas conseguí decir: «Water».

—¡¡Ah!!, ¡española! —dijo riéndose el camarero.

Excuse me?? O sea, que era español. ¡Aínda por riba!

Mi pudor inicial se dejó llevar por la ira, a punto de implosionar. Aquello no era un vaso, sino un jarro de agua fría, muy fría, que me acababan de arrojar a la cara, así, nada más llegar. Exteriorizaba, involuntariamente, mis estados de ánimo y aquel leonés sabía lo molesta que estaba, disfrutando con ello. Clavé mi mirada en él, bebí de un trago el vaso de agua y lo apoyé con un golpe seco en la barra, a lo Clint Eastwood en El bueno, el feo y el malo, soltando un retorcido «Gracias» (en castellano, por supuesto).

—Vuelve cuando quieras, morena —replicó el barman alzando la voz, provocando así al resto del bar.

—Morena —gritó un inglés mientras levantaba la copa.

—Morena —acompañó otro.

—Morena —Reían al fondo.

Y así salteadamente hasta que conseguí llegar a la puerta desde donde, con un leve giro de cabeza, hice la típica peineta española que todos entendieron a la perfección, mientras salía triunfal de aquel antro de «Pollas sucias» en el que sonaba Creep, de Radiohead.

Quería gritar. Necesitaba chillar. Me imaginaba a mí misma pateándole el culo a aquel estúpido camarero. ¡¡¡Joder, era español!!! Estaba indignaba. «Muy mal lo ha tenido que pasar aquel chaval para que…».

Un taxi libre interrumpió mis pensamientos. La lluvia, ignorada hasta el momento, me había calado entera. Demasiado tarde para abrir el paraguas de cuadros. Lo paré, me subí y sin arriesgar más señalé directamente en el mapa adonde quería ir:

—Here.

and-5.xhtml

2

TURISMO DE SUPERVIVENCIA

 

 

 

Había hecho la reserva en el hostel, que no hotel, más barato y decente del centro de Londres. Estaba en Russell Square, justo detrás del Museo Británico. El edificio se integraba perfectamente entre el resto de típicas casas adosadas de tres pisos y fachada oscura.

Un grupo de chavales de mi edad fumaban hierba en las escaleras de acceso. ¿¿Creéis que alguno se movió para dejarme pasar o echarme una mano con la maleta?? No, señor. Ni se inmutaron. Aquellos veinte escalones supusieron más esfuerzo que las cuatro series de veinte sentadillas que me imponía en el gimnasio tres veces por semana.

En la recepción había cola y el hall estaba plagado de italianos, por lo que pude adivinar mientras esperaba a ser atendida.

—Hola, tenía una reserva a nombre de Andrea Alonso.

—Hola, Andrea. —Me dio la bienvenida un joven y risueño indio en un inglés inteligible—.Tu habitación es la 45. Espero que lleves candado, si no la consigna te saldrá a cinco pounds el día.

Sí, mi madre me había metido en uno de los bolsillos el dichoso candado tras haberme repetido unas cien veces que durmiese con el bolso puesto. Detestaba darle la razón, pero esta vez, como otras tantas, la tenía.

Lo que no sabía mi madre era que el descanso era la menor de mis preocupaciones…, mi reserva estaba hecha para uno de los cuartos grandes, es decir, compartía habitación con diecinueve personas más.

El albergue tenía cuatro plantas hacia arriba y tres sótanos, donde se situaban los baños con duchas mixtas y el cuarto de las lavadoras, áreas a las que solo se podía acceder con la pequeña ficha magnética que te identificaba como cliente.

No fui consciente de lo que me supondría aquel ahorro en alojamiento hasta que abrí la puerta de la habitación. La luz estaba apagada, olía a pies. No veía nada, la encendí. Varias quejas se sucedieron: «The light!!!». Vamos, que como no les devolviese a la oscuridad «as soon as possible», me comían, y no a besos precisamente.

Cinco literas de cuatro camas pegadas con una especie de cortina en cada habitáculo, que, una vez corrida, indicaba que ya estaba ocupada. Tras un par de eternos minutos buscando sigilosamente el móvil conseguí encender la linterna y encontrar mi sitio.

Ahora venía lo bueno… Tenía que mudarme, pero, obviamente, no me iba a desnudar en medio de la habitación. Tumbé la maleta en el estrecho pasillo que quedaba entre las literas y la pared. Saqué el pijama, de Mickey para más detalles, que quedó desterrado a partir de ese día. Trepé por las frías e inestables escaleras de metal hasta el cuarto piso de somieres y allí, como pude, en horizontal, me cambié. Recordé haberme quitado la ropa así en algún momento hacía años, cuando empezaba a corromperse mi tierna adolescencia, pero aquello había sido mucho más excitante.

Haciendo equilibrismo en la oscuridad, con el móvil en la boca y la mano izquierda ocupada por la ropa húmeda, logré bajar hasta suelo firme. En el definitivo ascenso coloqué el bolso a los pies del colchón y tras enviar el mensaje de rigor a la mamma, que contestó al segundo, dejé el móvil debajo de la amarillenta almohada y cerré los ojos. Esa noche no me lavaba los dientes. Solo quería dormir.

Durante la noche mi sueño fue interrumpido por la llegada de una pareja y un grupo de tres chicas borrachas. Estas no hicieron mucho ruido, cayeron rápidamente en coma. Fueron los insoportables ronquidos del de la litera de abajo los que me desesperaron hasta bien entrada la madrugada. A las siete de la mañana, el movimiento en el cuarto me despertó. Me notaba molida, agotada.

En Vigo serían las ocho. Tenía que ponerme en marcha. Esperé a que saliera la gente que merodeaba por la habitación. Era incapaz de iniciar una conversación que supusiera el esfuerzo de traducir así de mañana. Necesitaba espabilarme, necesitaba café.

Me vestí antes de ducharme. No podía pasear a Mickey por todo el hostel. Con el neceser y la toalla en mano bajé hasta el tercer sótano, el de los baños. Por suerte, solo había un par de chicas secándose el pelo, así que el pudor desapareció rápido con el agua caliente resbalando por mi espalda.

Tras dejar mis pertenencias en la habitación, volví a la planta baja. Allí estaba el comedor. Una sala alargada y bastante grande dispuesta con largas mesas de madera en las que, ya a esas horas, desayunaban varios grupos de jóvenes.

Cuatro sofás a lo largo de la pared y al fondo, sobre una ancha estantería, tres grandes boles con una cuchara de madera incrustada en cada uno: mantequilla, mermelada de fresa y mermelada de naranja amarga. He dicho que mataba por un café, pero no por aquel. La mezcla de ese bote de granos molidos tenía que echarse directamente en el agua hirviendo que salía de uno de los dispensadores de una cuba para conseguir algo similar a lo que habitualmente tomaba por las mañanas para activarme. Lo descarté. Una jarra de leche a temperatura ambiente, o sea, fría, y una fuente con pan de molde y cereales eran las otras alternativas para empezar el día.

Opté por las bolsitas de té y un cuenco amarillo de plástico rayado con leche y cereales. Intenté hacerme una tostada pero mi mermelada preferida, la de fresa, dejó de serlo a partir de aquel momento y la de naranja amarga inevitablemente me recordaba al fantasma del cuento infantil de Elvira Menéndez.

Aproveché bien el desayuno porque sabía que la comida sería un suspiro. Por primera vez, tendría que administrar el dinero sin pedirles un duro a mis padres. Ese era el trato. Si no, me volvía.

Y por si mi capacidad administrativa fallaba, como era esperado, el tiempo se me echaba encima…, tenía que buscar trabajo. ¿De qué? De lo que fuese que no exigiera un nivel de inglés elevado, pero con el que pudiese progresar, al menos hasta coger la soltura suficiente para postularme en algún puesto relacionado con lo mío.

Mi docena de currículos impresos y yo nos echamos a la calle. La humedad hacía que el frío otoñal londinense calara hasta los huesos.

Sin rumbo, avancé por Montague Street y Bloomsbury Square llegando a la estación de metro de Holborn. Bajé Kingsway hasta Aldwych. Empezaba a lloviznar y todavía no me había tomado mi estimulante matutino. Aquel Starbucks era una señal.

—Café latte, please.

—Your name?

—Andrea.

Prueba superada ante una excesivamente agradable y cuasi graciosa camarera.

Tras endulzarlo con dos sobres de azúcar moreno y comprobar que no estaba demasiado caliente, le di el primer sorbo al ansiado café… «¡Puag!», a punto estuve de vomitar. Entendí entonces por qué allí bebían té. Aquel brebaje sabía excesivamente a leche y dejaba una fina capa de moco blanquecino en la lengua que hasta dificultaba el salivar. En cuanto salí del local de madera, tiré el vaso de cartón a la papelera. Me dolieron las casi cinco libras del ansiado café que nunca llegué a tomar. En otro momento de mi vida, la rabieta me hubiese durado un día entero pero no allí. «Think positive». Acababa de llegar.

Abrí el paraguas de cuadros y proseguí mi camino, pasmada ante los enormes y llamativos carteles de los teatros. Todo era nuevo, grande, motivador. Despertaba en mí esa curiosidad que había enterrado hacía tiempo dejándome arrastrar por la corriente.

Nunca había viajado sola, ni siquiera recordaba haber pasado más de tres horas sin nadie a mi alrededor, sin embargo no echaba en falta nada.

Llegué a Charing Cross. Desde allí por fin la vi, la National Gallery, el principal museo de arte de Londres, protagonista de tantas postales; la columna del almirante Nelson, las barbas de los estoicos leones de Trafalgar Square, ocultos bajo los traseros de los turistas que posaban sonrientes para la foto.

Una fuerza sobrenatural me empujó hacia la puerta principal de la galería. Con calma y sin gran idea de arte, saboreé la evolución en el estilo de El Greco, los paisajes de Turner o los jardines de Monet; abstraída del entorno, de la aglomeración de gente, de los niños corriendo por los pasillos del museo, de la lluvia que cobraba intensidad fuera.

Tan solo me devolvió a la realidad el sonido de un mensaje de texto. Carlos: «Que sepas que no dejo de pensar en ti». Agradecí estar tan lejos de él. Estaba segura de que si se encontrase aquí no podría disfrutar ni de las galerías, ni del museo, ni siquiera de su baño, porque lo cierto es que me meaba y era uno de los pocos servicios de acceso gratuito.

Trafalgar Square, la mayor plaza pública de Europa occidental, estaba plagada de cámaras, planos de la ciudad y carteristas. Desde allí, el corazón de Londres, tomaba perspectiva de la ciudad y de mi recién estrenada etapa. Había escampado y el sol saludaba con timidez. Inevitablemente, mis pies me dirigieron al Buckingham Palace. Los currículos tendrían que esperar. Me moría por ver el cambio de la Guardia Real. Permanecí impasible, como ellos, analizando cada una de sus caras e imaginando quién se escondería tras ellas. La verdad, me decepcionó un poco el Palacio Real. ¿Dónde estaban las flores que durante meses lo rodearon tras la muerte de Lady Di? Aquello había sacudido a la estricta y anticuada monarquía que tan a rajatabla regía the Queen, obsoleta ante muchos ojos británicos y, sin embargo, tan atractiva para el turismo como la tumba de Tutankamon. Resultaba muy exótica para el resto de Europa la arcaica rutina tras los muros de Buckingham, ¿no?

—¿Tiene hora?

¡Qué capacidad de evasión! Apenas había prestado atención a las numerosas familias, parejas y grupos que me rodeaban.

—No —respondí moviendo la cabeza.

Mis tripas avisaron de que podría ser la hora del almuerzo. Pasé por delante de varias famosas cadenas de restaurantes sin encontrar ninguno en el que ofreciesen un menú decente a un precio asequible.

Pret a Manger fue la opción más apetecible aunque no cumpliese los requisitos. Sándwich de una pasta similar a una mezcla de queso con mayonesa, una hoja de lechuga, un tomate y un trozo grueso de jamón, o lo que fuese aquello. Preferiría haberme llevado a la boca el noxento bocata de nocilla con chorizo tan de moda entre los niños de finales de los ochenta, pero hacía años que me había prohibido degustar la masa de leche, cacao, avellanas y azúcar. Cinco pounds por el minibocata y el agua, suficiente para ese día. Lo pedí para llevar, por aquello de que no me cobrasen más si ocupaba una de sus mesas.

Juro que no quería hacer turismo, pero, de manera inevitable, las calles me llevaron a un tranquilo Covent Garden donde me quedé perpleja asistiendo a un concierto improvisado de una de las mejores sopranos del mundo, desde mi ignorancia en el género operístico. Lo leí en un cartel próximo que invitaba a ver a la mujer de la voz portentosa en la Royal Opera House.

Tarareando aquella melodía que se había incrustado en mi cabeza, tomé la línea azul hasta Piccadilly Circus. Allí estaba: el gigante letrero de Sanyo que tanto había visto en la tele. Sonreí. Mentiría si dijese que no tuve la tentación de hacerme el selfie de rigor, pero lo último que quería era parecer forastera. Ahora vivía allí.

Y, al vivir allí, lo primero que tenía que hacer era conseguir un teléfono inglés, es decir, liberar la BlackBerry e insertar una tarjeta de un operador británico. Cualquier tienda de souvenirs de Oxford Street lo hacía por veinte libras, o eso había leído. Una tarjeta prepago con límite de llamadas y datos saldría por veinticinco pounds más. ¡Ah!, con WhatsApp gratis, que era lo importante.

«¿Y si me intentan timar?». ¿Qué? Era la primera vez que salía de España y había escuchado todo tipo de historias acerca de la picaresca de los comerciantes. Además, ¿cómo iba a negociar si me costaba hacerme entender pidiendo un mísero vaso de agua?

Con esa incertidumbre en la cabeza me obcequé con que no terminaría el día sin el número inglés. A testaruda no me ganaba nadie.

Aceleré el paso a medida que avanzaba por Regent St. siguiendo el ritmo de la gente. Caminaban como si llegasen tarde a algún lugar. Yo igual, no fuera a ser que me tomasen por turista. Observándolos con detenimiento, imaginé que aquel paso lo marcaba la música que escuchaban, algo tipo Pogo, de Digitalism, porque contados eran los hombres que, café en mano y traje impecable, no llevasen cascos. Igual las mujeres, que con zancadas vertiginosas cruzaban la avenida sin mirar, combinando zapatillas deportivas con vestidos y bolsos de marca. «Paletas», pensé. Más tarde me enteraría de que los tacones veían la luz en la puerta del trabajo y, con el tiempo, que aquel mix hortera de elegancia y comodidad se convertiría en tendencia causando furor en España. La paleta era yo.

Así, en mi intento por pasar desapercibida, imité al resto de los peatones acelerando mis andares y endureciendo el gesto, como ellos.

Metida en el papel, fui capaz hasta de evitar mostrar fascinación ante los cientos de juguetes de Hamleys o tener la tentación de salir corriendo hacia las llamativas guirnaldas de Carnaby Street que divisaba desde uno de los callejones que conectaban con Regent, la calle principal por la que entonces caminaba.

De todos modos, mis pintas me delataban. Vaquero pitillo negro, jersey a rayas, parca verde militar y New Balance. Era española. Pocos en Londres llevaban aquellas zapatillas, y si fuese italiana tiraría de logotipo gigante.

De repente, mis NB se pararon en seco, justo antes de llegar a Oxford Circus. Aquel escaparate, bueno, más bien sus dependientas, que fácilmente podrían confundirse con cualquiera de los maniquíes, me dejaron cautivada. Impolutamente maquilladas y vestidas, caminaban con destreza en tacones imposibles, con un amigable e imperturbable rostro que daba la bienvenida a los clientes.

Mi outfit y mi pelo enmarañado no encajaban ni lo más mínimo en aquel sofisticado paisaje. Tampoco me encontraba muy lúcida como para encandilar a nadie. No olvidemos además el inglés, que todavía dejaba mucho que desear…

Pero la volatilidad no era mi gran defecto, y a veces me permitía pasar del hundimiento al reflote en cuestión de segundos, por lo que cambié de opinión al instante. Ese sería mi trabajo.

Muy decidida crucé la puerta principal y pregunté con prudencia a una de las alegres chicas por el mánager. La espera se hizo interminable. ¡Cinco minutos! Aproveché para analizar el tipo de ropa que vendían, las líneas, los colores de las nuevas colecciones, etcétera.

El perfil de cliente era de mujeres estilosas de unos treinta y cinco años que requerían más atención de la que jamás hubiese recibido una compradora en cualquier boutique del centro de Madrid.

La tienda tenía tres plantas pero la mayor parte de la mercancía se repartía entre la principal y la baja. Las secciones de hombre y de mujer estaban diferenciadas por un leve desnivel que dotaba de independencia a ambas, unidas por la caja central. Paredes blancas, suelo blanco, muebles blancos. Destacaban las letras negras de la marca en eurostile.

La risueña dependienta apareció acompañada por un pequeño hombre indio que clavaba sus profundos ojos negros en los míos. Me intimidaba. Estrechó con fuerza mi sudada y nerviosa mano. Bajito, de constitución frágil y gesto imponente, Sahid era el segundo encargado de la tienda y quería saber quién osaba perturbar sus ocupaciones (má

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos