La sangre de los inocentes (Campaña Black Friday)

Julia Navarro

Fragmento

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Los atentados contra las torres gemelas de Nueva York; en la estación de Atocha; en el metro de Londres; el de Kenia… En los últimos años el mundo se enfrenta impotente a atentados de islamistas fanáticos que han declarado la guerra a Occidente.

Siempre conservaré en la retina el horror de aquel 11 de marzo en Madrid donde unos bárbaros asesinos dejaron un reguero de sangre y muerte. La sangre de los inocentes es un alegato contra el fanatismo religioso, que siempre va acompañado de intereses políticos y económicos. La acción transcurre en Granada, Estambul, París, Cantabria, Roma, Bruselas, Bilbao, Jerusalén…, lugares donde grupos de personas opuestas mantienen una lucha sorda entre la razón y el fanatismo, entre la libertad y el miedo, entre la esperanza y la oscuridad y entre el progreso y el pasado.

Sí, es una novela de acción, un thriller, pero es algo más: es la apuesta por un futuro donde no quepa ni el fanatismo ni la violencia. Es mejor perseguir un sueño que rendirse a no tenerlos. Prefiero perseguir utopías.

Imagen decorativa

JULIA NAVARRO

A mi madre, Martina Elia Fernández,
in memoriam, con todo amor. Gracias

Agradecimientos

Detrás de un libro hay muchas personas además del autor. Durante el largo año y medio en que he estado escribiendo La sangre de los inocentes, he contado con la generosidad, paciencia y apoyo de Fermín y Álex, y también de algunos amigos muy queridos que no me han escatimado ánimos y han estado muy cerca, como Fernando Escribano, Margarita Robles, Carmen Martínez Terrón, Dolores Travesedo y Lola Pedrosa, o mis primos Juan Manuel y Mercedes.

Abraham Dar, con afecto y paciencia, me ha guiado por el Israel de hoy y de ayer, el de los pioneros en los primeros kibbutzim, recomendándome libros, buscándome documentación y respondiendo a todas mis preguntas y dudas sobre la situación de los judíos en la Francia de Vichy o en el Berlín de los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, y les aseguro que han sido muchas.

Tampoco puedo olvidar el apoyo y la confianza de mi editor David Trías, de Núria Tey y Riccardo Cavallero; de Luciano de Cea junto a todo el equipo de comerciales de Plaza y Janés; de Alicia Martí y Leticia Rodero, siempre con una sonrisa; de Emilia Lope que me ayudó a pasar a limpio el manuscrito, y desde luego de Justyna Rzewuska que ha abierto las puertas para que mis novelas se lean en más de veintiséis países. La verdad es que me faltaría espacio para mostrar mi agradecimiento a cuantas personas trabajan en Plaza y Janés y que hacen posible que mis novelas lleguen a manos de los lectores.

Con Tifis, mi perro, un pastor alemán noble y leal, he dado largos paseos que me servían para aclarar las ideas sobre lo que iba escribiendo.

Reconozco que sin mi familia y sin mis amigos no sería capaz de hacer nada, y mucho menos de escribir una novela como la que tienen en sus manos.

PRIMERA PARTE

1

Languedoc, mediados del siglo XIII

Soy espía y tengo miedo. Tengo miedo de Dios, porque en su nombre he hecho cosas terribles.

Pero no, no le echaré la culpa a Él de mis miserias porque no es suya, sino mía y de mi señora. En realidad la culpa es de ella y sólo de ella porque siempre se ha comportado como un ser omnipotente ante cuantos hemos estado a su lado. Jamás osamos contradecirla, ni siquiera su esposo, mi buen señor.

Voy a morir, lo siento en las entrañas. Sé que ha llegado mi hora, por más que el físico me asegure que aún viviré largo tiempo porque el mal que me aqueja no es mortal. Pero él sólo estudia el color del iris de mis ojos y el de mi lengua, y me hace sangrar para sacarme los malos humores del cuerpo aunque no me alivia el dolor permanente que tengo en la boca del estómago.

El mal que me consume lo tengo en el alma porque no sé quién soy ni qué Dios es el verdadero. Y por más que sirvo a los dos, a los dos acabo traicionando.

Escribo para aliviar mi mente, sólo por eso, aun a sabiendas de que si estas páginas cayeran en manos de mis enemigos o incluso en las de mis amigos, habría firmado mi sentencia de muerte.

Hace frío y, acaso porque tengo el alma helada, por más que me envuelvo en mi manto, no logro templar mis huesos.

Esta mañana, fray Pèire, al traerme un caldo caliente, intentó animarme con el anuncio de la Navidad. Dice que fray Ferrer me visitará más tarde, pero le he pedido que me disculpe ante el inquisidor. Los ojos de fray Ferrer me producen vértigo y su voz pausada, terror. En mis pesadillas me envía al Infierno, y aun allí siento frío.

Pero estoy desvariando, ¿a quién le importa que tenga frío?

Los hermanos no desconfían al verme escribir. Es mi oficio. Soy notario de la Inquisición.

Mis otros hermanos tampoco sospechan. Saben que mi señora me ha pedido que escriba una crónica de cuanto sucede en este rincón del mundo. Quiere que algún día los hombres conozcan la iniquidad de quienes dicen representar a Dios.

Cuando alzo la mirada hacia el cielo aparece Montségur entre la niebla, y su imagen borrosa me llena de zozobra.

Imagino el ir y venir de mi señora dando órdenes a unos y a otros. Porque por más que doña María se haya convertido en perfecta está en su carácter mandar. No quiero pensar en qué complicaciones nos habría metido de ser hombre.

De cuando en cuando se filtra a través de la gruesa tela de mi tienda la voz rotunda del senescal. Hugues des Arcis no parece estar de buen humor está mañana, pero ¿quién lo está? Hace frío y la nieve cubre el valle y las montañas. Los hombres están cansados, llevamos aquí desde el pasado mes de mayo y temen que el señor Pèire Rotger de Mirapoix aguante muchos meses más el asedio. El señor de Mirapoix cuenta con la complicidad de los habitantes del lugar que, ante las barbas del senescal, son capaces de ir y venir a la fortaleza llevando provisiones y noticias de parientes y amigos.

Ayer recibí una misiva de mi señora doña María instándome a reunirnos esta noche. Quizá mi desasosiego se deba a tener que atender esta última orden.

Uno de los campesinos de la zona, que surte de queso de sus cabras al senescal, logró colarse en mi tienda para entregarme la carta de doña María. Sus instrucciones son precisas: cuando caiga la noche debo abandonar el campamento y caminar hasta la entrada del valle. Allí alguien me llevará por los pasos secretos que sé que conducen a Montségur. Si Hugues des Arcis supiera de su existencia me pagaría bien por la información o acaso me mandaría ajusticiar por no haberla desvelado hace tiempo.

La tarde se me hace eterna. Oigo pasos, ¿quién será?

—¿Estáis bien, Julián? Fray Pèire me ha alarmado diciendo que sufrís fiebre.

El fraile se levantó de un salto y abrazó al hombre alto y robusto que acababa de entrar en la tienda sin pedir permiso. Era su hermano. Por un instante se encontró mejor, como cuando era niño y se sentía protegido por la figura imponente de Fernando, capaz de derribar de un manotazo a cualquiera que se le acercara. Pero sobre todo era su mirada serena y llena de confianza lo que desarmaba a sus adversarios y hacía que sus amigos se sintieran seguros.

—Fernando, ¿vos aquí? ¡Qué alegría! ¿Cuándo habéis llegado?

—Apenas hace una hora que llegamos al campamento.

—¿Llegasteis?

—Sí, con otros cinco caballeros. El obispo de Albi, Durand de Belcaire, le ha pedido ayuda al gran maestre. Nuestro hermano Arthur Bonard es un hábil ingeniero, lo mismo que el obispo.

—Hace días que llegaron los refuerzos que el obispo ha enviado a nuestro señor Hugues des Arcis. Pero no sabía que también pediría ayuda al Temple. Es un hombre de Dios al que le gusta la guerra, puesto que es capaz de imaginar todo tipo de máquinas y artefactos para destruir al enemigo.

—Supongo que tendrá otras virtudes… —respondió con una sonrisa Fernando.

—¡Oh, sí! Arenga a los soldados casi mejor que el señor Des Arcis.

—Bueno, no está nada mal para ser un obispo —bromeó Fernando.

—Decidme, ¿los templarios queréis acabar con los bons homes? He oído rumores de que no os gusta perseguir cristianos.

Fernando tardó en responder. Luego suspiró y le dijo en voz baja:

—No hagáis caso de los rumores.

—Ésa no es una respuesta. ¿No confiáis en mí?

—¡Claro que sí! ¡Sois mi hermano! Bien, os daré una respuesta: los cristianos tenemos adversarios poderosos, demasiados para perder energías combatiendo entre nosotros. ¿Qué daño hacen los bons homes? Viven como verdaderos cristianos, dando testimonio de pobreza.

—¡Pero reniegan de la Cruz! No ven a Nuestro Señor en ella.

—Aborrecen la Cruz como símbolo, como lugar donde fue crucificado. Pero yo no soy teólogo, soy un simple soldado.

—Y también monje.

—Cumplo con Dios como me manda la Santa Madre Iglesia, aunque eso no signifique que no pueda pensar. No me gusta perseguir cristianos.

—Ni a vos ni a los de vuestra Orden —recalcó Julián.

—Y a vos, ¿os gusta ver a mujeres y a niños abrasados en las hogueras?

La pregunta de Fernando le provocó náuseas.

—¡Que Dios les tenga en su seno! —exclamó Julián mientras se santiguaba.

—La Iglesia asegura que están en el Infierno —aseveró Fernando en tono burlón—. No nos aflijamos y tomemos las cosas como son. Ni a vos ni a mí nos gustan las muertes de inocentes. En cuanto al Temple… somos hijos obedientes de la Iglesia, nos han reclamado y aquí estamos. Otra cosa es lo que hagamos.

—¡Dios sea loado! Así que estáis pero como si no…

—Algo así.

—Tened cuidado, Fernando; entre nosotros está fray Ferrer, que ve la herejía hasta en el silencio.

—¿Fray Ferrer? He de confesaros que las noticias que me han llegado de él son inquietantes. ¿Por qué está aquí?

—Dirige nuestra Orden y ha jurado hacer justicia mandando a la hoguera a los asesinos de nuestros hermanos.

—¿Os referís a los dominicos asesinados en Avinhonet?

—Así es. Llegaron a esa ciudad en busca de herejes. Les acompañaban ocho escribanos que fueron víctimas de un complot. Raimundo de Alfaro, el administrador del conde de Tolosa en Avinhonet, permitió su asesinato.

—Pero eso no está probado —protestó Fernando.

—¿Lo dudáis, señor? —oyeron a sus espaldas.

Julián y Fernando se volvieron, sorprendidos. Fray Ferrer acababa de entrar en la tienda y había escuchado las últimas palabras.

Fernando no se inmutó pese a la mirada cargada de reproche con que le examinaba el inquisidor.

—¿Vos sois…?

—Fray Ferrer —respondió el dominico—, y os preguntaba si dudáis de la complicidad de Alfaro en el asesinato de mis dos hermanos.

—No hay pruebas de que así sea.

—¿Pruebas? —bramó fray Ferrer—. Sabed que Alfaro alojó a mis hermanos en la torre del homenaje del castillo, donde nadie pudiera prestarles socorro, lejos de cualquier mirada. Sabed también que fueron asesinados en plena noche por un destacamento de herejes salido de aquí, de Montségur, este nido de iniquidad que Dios destruirá. La Iglesia no perdonará esta afrenta. Esos que se llaman Buenos Cristianos son un hatajo de asesinos.

Julián le miraba aterrado, incapaz de moverse. Fernando sopesó al dominico y decidió que sería un error entrar en conflicto con él.

—Ignoro los detalles de lo sucedido. Si vos decís que fue así, sea.

Fray Ferrer clavó los ojos en Julián, que parecía a punto de desmayarse.

—Fray Pèire me ha insistido en que no viniera a veros porque necesitáis descansar, pero faltaría a la piedad y a la caridad si no me preocupara por vos. Veo que estáis acompañado, ya os visitaré en otro momento.

Fray Ferrer salió con la misma rapidez con que les había sorprendido.

—Vamos, no os asustéis, os he visto palidecer —rió Fernando—. Es vuestro hermano en Dios.

—Vos… vos no le conocéis —murmuró Julián.

—No quisiera estar en el lugar de los herejes. Me temo que si de algo carece este fray Ferrer es de compasión.

—Supongo que sabéis que vuestra madre continúa en Montségur, acompañada de la más joven de vuestras hermanas.

Fernando asintió con gesto serio y preocupado. Evocar a su madre, doña María, le producía un dolor repentino en el pecho. Nunca la había sentido cercana, a pesar de quererla incluso más que a su padre. Enérgica e inquieta, no había prodigado demasiadas caricias entre sus hijos, por más que a todos quisiera y protegiera buscándoles un porvenir.

—Yo… bueno… la he visto en algunas ocasiones —confesó Julián.

—No me extraña, el castillo nunca ha estado incomunicado. Sabemos que algunos de sus hombres suben y bajan por pasos secretos que sólo ellos conocen. No hace mucho mi madre me envió una carta.

—¿Os escribió? —preguntó Julián, asustado—. ¡Sólo la señora podía atreverse a hacer algo así!

—No os preocupéis. Mi madre es inteligente y no nos puso en peligro. Recibí la misiva a través de un paje de la casa de mi hermana Marian. Ya sabéis que su esposo, don Bertran d’Amis, sirve al conde Raimundo, de manera que Marian recibe noticias frecuentes de mi madre. Ahora que estoy aquí procuraré verla, no sé cómo… quizá vos podáis ayudarme.

—¡Ni lo intentéis! Mi señor Hugues des Arcis os mataría, y el obispo os excomulgaría.

—Sabré encontrar el modo, mi buen Julián. Intentaré convencerla para que abandone Montségur o al menos se lo permita a mi hermana Teresa, que apenas ha dejado la infancia. Tarde o temprano el castillo será conquistado y… bueno, vos lo sabéis como yo: no habrá piedad para los cátaros. Intentaré convencerla, se lo debo a mi padre, a nuestro padre.

Julián bajó la cabeza avergonzado. Le dolían las entrañas al saberse un bastardo de don Juan de Aínsa.

—¡Vamos, Julián, no quiero veros abatido!

Tomó asiento y se sirvió una jarra de agua que bebió con avidez sin ofrecerle a Fernando. Éste aguardó en silencio a que su hermano reencontrara el sosiego antes de continuar.

—¿Habéis estado con don Juan? —preguntó Julián con un hilo de voz.

—Hace muchos meses, de regreso a este país, pude desviarme y pasar por Aínsa para visitar a nuestro padre. Apenas estuve dos días, pero fue suficiente para que nos sinceráramos el uno con el otro. Continúa amando a mi madre tanto como el día que la desposó y le angustia su suerte. Me encomendó que las salvara, a ella y a mi hermana pequeña. Le prometí que haría lo imposible para que abandonara Montségur, aunque ambos sabemos que mi madre no dejará el castillo, que afrontará la muerte mirándola de frente porque no teme a nada ni a nadie, ni siquiera a Dios.

—¿Don Juan se encontraba bien de salud?

—Está muy enfermo, la gota casi le impide caminar, y sufre de espasmos en el corazón. La mayor de mis hermanas le cuida con devoción. Ya sabéis que doña Marta enviudó y regresó a la casa solariega con sus dos hijos, buscando la protección de nuestro padre.

—Doña Marta siempre fue su hija favorita.

—Es la mayor de todos nosotros y durante un tiempo parecía que iba a ser hija única puesto que mi madre no quedaba encinta. A excepción, claro está, de los otros hijos que tuvo nuestro padre…

—Sí, de sus bastardos. Don Juan amaba a doña María, pero nunca tuvo reparo en tomar a otras mozas.

—Vuestra madre era muy hermosa.

—Sí, debió de serlo, no tuve la dicha de conocerla.

Los dos hombres quedaron en silencio, absortos cada uno en sus pensamientos. El aire frío y el carraspeo de fray Pèire les devolvió a la realidad.

—Excusadme, don Fernando, venía a comprobar que fray Julián se encontraba bien; no sé si se sentirá con fuerzas para cenar con nosotros o prefiere que le traigamos aquí las viandas…

—Si no os importa, desearía quedarme en la tienda —afirmó Julián—. Me siento mal; quizá el sueño me sirva de ayuda.

—Diré al físico que os vuelva a examinar —dijo fray Pèire.

—¡No! ¡Os lo ruego! No soportaría otra sangría. Un poco de caldo y un trozo de hogaza que mojaré en el vino serán el mejor de los remedios. Estoy muy cansado, fray Pèire…

—Creo que tiene razón —intercedió Fernando—; lo mejor que podemos hacer por mi buen hermano es dejar que descanse. No hay nada con lo que no pueda un sueño reparador.

—A vos, don Fernando, os esperan para compartir la cena con mi señor Hugues des Arcis y el resto de los caballeros.

—No me demoraré más de un minuto, el tiempo que tardéis en traer el caldo y el vino con pan al buen Julián.

Con paso diligente fray Pèire volvió a salir de la tienda, preocupado por la palidez del hermano Julián. Que Dios le perdonara, pero creía haber visto la muerte reflejada en su rostro.

—Siento haberos causado pesar —dijo Fernando cuando de nuevo quedaron a solas.

—No os preocupéis.

—Sí, sí me preocupo porque os aprecio, y os guste o no, somos medio hermanos. Eso no os debería afligir. Sois hijo de un noble señor de la villa de Aínsa.

—Y de una criada de vuestra casa.

—De una joven bella y encantadora que no tuvo otra opción que entregarse a su señor. Ni yo he dictado las reglas, ni estoy de acuerdo con ellas. Pero vos sabéis como yo que los señores tienen hijos fuera del matrimonio. Tuvisteis suerte, porque mi madre nunca abandonó a los hijos bastardos, ni tampoco a sus madres. Procuró dar a todos una posición y puso especial empeño en vuestro caso. Os criasteis en nuestro solar familiar, aprendisteis a montar a caballo al tiempo que yo y os hicieron aprender a leer y a escribir, incluso mi madre compró vuestro cargo eclesiástico…

—Pero soy un bastardo.

—Todos somos iguales a los ojos de Dios. El día del Juicio no os preguntarán por el instante ni la circunstancia de vuestro nacimiento, sino por lo que habéis hecho en esta vida.

Julián, aterrado, empezó a toser incesantemente mientras Fernando intentaba en vano hacerle beber agua.

—¡Tranquilizaos y bebed! Pero ¿qué os sucede?

—El juicio de Dios… iré al Infierno, lo sé.

El fraile temblaba y las lágrimas se le deslizaban por las mejillas. La angustia y el miedo convirtieron al notario de la Inquisición en un niño.

—¡Pero Julián! ¿Cuál es vuestra culpa para que os sintáis así?

—¡Vuestra madre, ella es la culpable de mi sufrimiento!

—¡Callaos! ¿Cómo os atrevéis a decir tamaña barbaridad!

Las lágrimas anegaban el rostro del fraile que, en medio de fuertes convulsiones, se tumbó en el austero catre donde dormía. Fernando no sabía qué hacer. Le apenaba ver en ese estado a Julián, al que siempre había querido y protegido, y al que prefería al resto de sus hermanos.

—Es una suerte que haya venido con nosotros el caballero Armand. Es un buen físico y en Oriente ha aumentado sus conocimientos. Le pediré que os visite y os dé un remedio para el mal que os aqueja. Ahora tengo que partir; mañana os vendrá a ver.

Fernando salió de la tienda confundido por su sufrimiento. Le preocupaba, más que el padecimiento físico de su hermano, el saberle con el alma desgarrada.

2

Julián se quedó un buen rato encogido en el catre. Ni siquiera se movió cuando fray Pèire le llevó el caldo, el pan y el vino. Prefirió hacerse el dormido para no tener que afrontar otra conversación sobre su calamitoso estado de salud. Cuando dejó de escuchar los pasos de fray Pèire se incorporó para mojar la hogaza de pan en el vino de sabor áspero que algunas veces lograba levantarle el ánimo. Bebió de golpe el caldo y volvió a tenderse a esperar que se apagaran los ruidos del campamento para acudir a la cita con doña María. El campesino que le entregó la misiva de la señora le esperaría a las afueras del campamento para conducirle a través de los riscos hasta el lugar donde solía citarle ella.

No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando escuchó un ruido cerca de su tienda. Se incorporó sobresaltado, consciente de que se había quedado dormido. A duras penas logró levantarse y servirse una jarra de agua, que bebió con apremio. Luego se enjuagó la cara y, colocándose los hábitos arrugados, salió con sigilo de la tienda sintiendo que los latidos de su corazón podían despertar al campamento que en ese momento estaba tranquilo, alumbrado por el fuego de las hogueras que intentaban aliviar el frío intenso de aquella noche de invierno.

Se escabulló del campamento con paso rápido y caminó hacia el bosque, seguro de que en cualquier momento aparecería el enviado de doña María.

—Os habéis retrasado —le reprochó el campesino que salió a su encuentro como si de un espectro se tratara. Era un cabrero que conocía bien los senderos de la montaña.

—No he podido venir antes.

—Os habéis dormido —replicó el hombre, malhumorado.

—No, no me he dormido, sólo que no puedo salir del campamento a mi antojo.

—Pues otros lo hacen.

—¡Vaya, esto sí que es una sorpresa!

—¿Os sorprende que entre los soldados reclutados a la fuerza haya quienes tengan parientes ahí arriba?

Julián calló. De manera que Fernando tenía razón: había quienes entraban y salían de Montségur como de sus propias casas.

—¿Dónde me espera la señora?

—Vos seguidme, tanto os da el lugar.

Caminaron cerca de una hora entre aquellos riscos formados de bloques calcáreos que terminaban en la gran roca donde, desafiante para el ojo humano, se aposentaba el castillo de Montségur.

El campesino se detuvo junto a unos árboles que se encaramaban por uno de los riscos. Apenas había recuperado el resuello cuando se encontró frente a frente con doña María.

—¡Julián, hijo, cuánto me alegra verte!

—Mi señora…

—Ven, siéntate a mi lado, no tenemos mucho tiempo y debemos aprovecharlo. Quiero que me cuentes cómo están las cosas ahí abajo. Nuestros espías dicen que Hugues des Arcis cuenta con diez mil hombres. Espero que el conde de Tolosa no se arredre ante esa fuerza y cumpla sus compromisos para con esta tierra. No se trata sólo de fe, sino de poder.

—¿Qué decís, señora?

—Si Hugues des Arcis conquista Montségur, se acabó la libertad de nuestra tierra. El rey quiere esas tierras porque, sin ellas, su reino no es nada. ¿Crees que le importan los cátaros? No, hijo, no te equivoques, aquí no se lucha por Dios, sino por el poder. Quieren nuestro país para la Corona.

—¡Pero el Papa quiere erradicar la herejía!

—El Papa sí, pero al rey de Francia tanto le da.

—¡Señora, decís unas cosas…!

—Bueno, no te cansaré con mis ideas, prefiero escucharte, o mejor: que respondas a mis preguntas.

Durante una hora doña María interrogó a Julián; no hubo detalle sobre las fuerzas de Hugues des Arcis sobre el que no preguntara.

—¿Y tú, Julián? ¿Continúas siendo un credente?

—¡Qué sé yo! Estoy confundido, señora, ya no sé ni quién es Dios.

—Pero ¿cómo es posible que digas eso? ¿Me habré equivocado contigo? Siempre te creí inteligente, por eso quise que estudiaras y te hicieras dominico…

—¡Pero si lo único que queréis es que traicione a mis hermanos!

—Lo que quiero es que sirvas al Dios verdadero, y no al demonio a quien tienes por Dios.

Julián se santiguó, espantado. Doña María le atormentaba con sus ideas heréticas y le hacía dudar. Aún recordaba el día en que le llamó para decirle que había encontrado al verdadero Dios y que a partir de ese momento él también debía servirle. Le explicó que el mundo lo había creado una divinidad inferior, un demonio que había encarcelado a los ángeles auténticos, y que estos ángeles eran las almas humanas que sólo se liberarían con la muerte. El cuerpo, le dijo, era una prisión, el peor de los calabozos. Dios nada tenía que ver con la terra oblivionis. Él era el artífice del espíritu, no de la realidad material. Coexistían dos creaciones, la mala y la buena, la terrenal y la espiritual. Los perfectos, añadió, nos ayudan a encontrar el camino para huir de la prisión y para que nuestra alma se encuentre en el cielo con esa parte de nuestro espíritu que nos hará volver a ser un todo.

—He visto a don Fernando.

—¿A mi hijo?

—A vuestro hijo.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, al menos eso parece. Llegó hoy al campamento. El obispo de Albi ha pedido a los templarios que le ayuden con alguno de sus artilugios, y uno de los freires, de una de las encomiendas cercanas, es un experto ingeniero. Vuestro hijo viene en la comitiva.

—Me alegro de que esté aquí en vez de en Oriente, eso me permitirá despedirme de él.

—Quiere veros.

—Y yo también. Te encargarás de traerle aquí.

—¿Yo? Mandad a uno de vuestros hombres…

—¡Por Dios, Julián, yo no mando hombres!

—Pero, señora…

—Debes obedecerme.

—Nunca he dejado de hacerlo —asintió Julián, apesadumbrado.

—¿Estás escribiendo la historia que te pedí?

—Lo estoy haciendo con gran riesgo de mi vida.

—No tengas tanto apego a esa carne hecha por el demonio. Escribe, Julián, escribe, los hombres deben saber lo que está pasando aquí. Si tu Iglesia, la Gran Ramera, pudiera, borraría para siempre nuestra existencia. Sólo si queda escrito que existimos, lo que hicimos y en qué creíamos, nuestra historia no será olvidada. La verdad debe salvarse a través de los escritos. No podemos permitir que ellos borren nuestra memoria.

—Escribo cuanto me habéis dicho y cuanto sucede aquí. Pero he de advertiros, señora, que Montségur caerá. Hasta vuestro hijo está seguro de que así va a suceder.

—¿Y crees que yo no? No confío en que el conde de Tolosa sea capaz de vencer el cerco al que le han sometido. Raimundo quiere que resistamos pero nos ha dejado librados a nuestras propias fuerzas e ingenio.

—El conde ha jurado perseguir a los herejes…

—El conde intenta salvarse y salvar sus tierras. Los herejes, como nos llamas, sólo somos piezas en el tablero, sus propias piezas. No olvides que nacimos en esta tierra.

—Vos sois aragonesa.

—En realidad, sólo mi madre era aragonesa. Mi padre era de Carcasona y siempre me sentí de este país. En esta tierra nací y viví los primeros años de mi vida y de aquí salí para desposarme con el bueno de don Juan, mi esposo, que espero se encuentre bien.

—¡Oh, sí! Vuestro hijo lo ha visto, y aunque refiere achaques sobre su salud, al parecer está bien cuidado por vuestra hija mayor, doña Marta.

—La vida ha sido generosa con ambos. Él tiene a Marta, y yo tengo a Teresa. Y de mis dos varones, todavía vive Fernando.

Doña María se quedó en silencio y por un instante evocó a su hijo muerto años atrás, en un lance contra otro caballero. Le quedaba Fernando, sí, pero éste nunca había sido del todo suyo. Acaso la culpa fuera de ella, puesto que durante muchos años lloró al hijo mayor despreocupándose del pequeño. Fernando había dejado el hogar familiar para ingresar en el Temple y combatir a los infieles. Dudaba de la fe de su hijo y creía saber que su ingreso en el Temple fue un signo más de rebeldía que de devoción. Pero ya era demasiado tarde para volver atrás y más ahora, que tenía tan cercana la muerte.

—Dentro de tres días quiero que regreses. Te daré una carta para mi esposo.

—¡Pero no podré hacérsela llegar! Fray Ferrer tiene ojos en todas partes.

—¡Eres notario de la Inquisición! ¡Claro que puedes! No debes dejarte amedrentar por ese fraile maligno.

—Es él quien ha excomulgado a gran parte de los caballeros del país. No dudará en hacerlo conmigo.

—¡Haz lo que te pido, Julián!

—Señora, he de permanecer a los pies de Montségur hasta…

—Hasta que logréis haceros con el castillo y matarnos a todos.

—¿Por qué no huís? Vuestra hija Marian goza de buena posición en la corte de don Raimundo. Su esposo…

—Su esposo es tan pusilánime como el propio Raimundo, más preocupado por mantener la cabeza sobre el cuello que por ningún otro asunto.

—Pero doña Marian es credente…

—Sí, eso sí, al menos mi hija no me ha traicionado. Y ahora escúchame y obedece. Te daré una carta para mi esposo, no me importa cuándo se la puedas entregar, pero asegúrate de que la lea. También me traerás a Fernando. En cuanto a tus escritos, cuando estén terminados se los entregarás a Marian. Ella sobrevivirá y sabrá guardar nuestra historia hasta que llegue el momento en que pueda sacarla a la luz.

—Eso puede ser nunca —se atrevió a decir Julián.

—¡No digas sandeces! Ni siquiera el rey de Francia será eterno. Y Marian tiene hijos, y éstos tendrán hijos a su vez. Lo importante es que nuestra historia quede escrita. Todo lo que no está escrito no existe. No podemos dejar nuestro sufrimiento al albur del recuerdo de los hombres. Dios me iluminó cuando te traje a nuestra casa y me empeñé en que aprendieras a leer y a escribir.

—Doña María, no puedo traer a vuestro hijo.

—¿A Fernando? ¿Y por qué no?

—Sabrá que soy un traidor y con una sola palabra puede enviarme a la hoguera.

—Fernando no hará eso. Te quiere, Julián, te considera su hermano, y además es incapaz de traicionarnos. Le devorarán los remordimientos por no poder confesar lo que sabe, pero guardará silencio. No, no te delatará, ni a mí tampoco. Soy su madre.

—Pero ¿qué he de decirle?

—Dile parte de la verdad: que recibiste un recado mío, que nos vimos y me anunciaste su llegada y que te he implorado por verle. No, no le digas que he implorado, no se lo creerá. Dile sólo que quiero reunirme con él. Os veré aquí a los dos, dentro de tres noches.

—¿Enviaréis a por nosotros?

—¿De qué otro modo podríais llegar hasta aquí? Si no lo hiciera, acabaríais en el fondo de un barranco. Y ahora, vete y piensa en el verdadero Dios y en el momento de dejar la cáscara que te envuelve.

Julián iba a protestar pero su señora había desaparecido sin que él acertara a ver por dónde. Por un momento se sintió perdido, dispuesto a creer que todo había sido un sueño y doña María una aparición, pero el carraspeo del campesino lo devolvió a la realidad.

—Daos prisa. Hoy la señora se ha entretenido más de lo esperado, y tenemos un buen trecho antes de que os pueda dejar en el campamento.

3

Se podía intuir el alba a través de las nubes cargadas de lluvia cuando llegaron al campamento. En la oscuridad de su tienda aún rezumaban los rescoldos del brasero. Cansado, se dispuso a dormir antes de que le sorprendiera el amanecer.

—¿De dónde venís?

La voz rotunda de Fernando le sobresaltó.

—¡Por Dios, me habéis asustado!

—No tanto como me he asustado yo al venir aquí y no encontraros. Os he buscado por todo el campamento sin que nadie me haya sabido dar razón sobre vos.

—¡Estáis loco! ¿Qué habéis hecho? —se lamentó Julián.

—Vamos, no os asustéis y decidme de dónde venís.

—No os lo creeríais.

—Mi querido hermano, la vida me ha enseñado que lo increíble forma parte de la realidad.

—Nada más iros recibí un mensaje.

Fernando miraba a Julián con curiosidad y pena viendo el sufrimiento que se reflejaba en su rostro sudoroso y cansado.

—¿Y ese mensaje os ha hecho abandonar vuestra tienda en mitad de la noche aún estando enfermo como estáis?

—Era de doña María —admitió Julián bajando la voz.

—Mi madre... bueno, era de esperar que tarde o temprano se pusiera en contacto con vos. ¿Es el primer mensaje que recibís de ella?

—¡Por Dios, Fernando, parecéis no darle importancia a lo que os digo! Vuestra madre es una perfecta, una iniciada consagrada a la virtud, quizá la mujer más influyente de Montségur.

—No exageréis, aunque, conociéndola, seguro que pocos se atreven a desobedecerla. Bien, decidme qué os decía en el mensaje.

—Me pedía que abandonara el campamento y me reuniera con ella.

Fernando rió con ganas asombrado por la osadía de su madre. Poco después, dando un golpe cariñoso en la espalda de Julián, se sentó a su lado dispuesto a escucharle.

—Contadme toda la verdad.

—¿La verdad…? Ya no sé cuál es la verdad. La señora ha sabido de vuestra presencia aquí y me ha invitado a llevaros ante ella.

—Poco a poco, Julián. ¿Era la primera vez que la veíais? ¿Y cómo ha sabido de mi presencia en el campamento si apenas hace unas horas que he llegado?

—Debéis saber que Pèire Rotger de Mirapoix es uno de los jefes militares de la plaza, además de encargarse de que en Montségur no falten alimentos. El señor De Mirapoix es pariente de Raimon de Perelha.

—Ya lo sé, ya lo sé, no hace falta que me expliquéis a quiénes nos enfrentamos. Son hombres valientes y decididos.

—¿Cómo os atrevéis a hablar así de vuestros enemigos?

—Pero, Julián, os sobresaltáis por todo. ¿Por qué no hemos de reconocer virtudes en los hombres contra los que luchamos? Ellos tienen su causa, nosotros la nuestra.

—Y Dios ¿con quién está?

Fernando se quedó pensando en silencio. Luego clavó su mirada en la de Julián y se levantó incómodo, caminando a zancadas por la tienda.

—¡Basta de charla! Sois vos quien tenéis que responder a mis preguntas.

El fraile bajó la cabeza resignado. Fernando le conocía bien. Le resultaría difícil engañarle, por más que doña María le había pedido que no le dijera toda la verdad; aun así, decidió seguir las instrucciones de su señora.

—Vuestra madre envió a un hombre que me guió a través de las sombras. Anduvimos durante mucho tiempo, no sé si dos o tres horas, estoy agotado. Luego doña María apareció de entre las rocas encargándome que os llevara ante ella al cabo de tres días. Eso es todo.

—¿Eso es todo? Poco me parece tratándose de mi madre —respondió con desconfianza Fernando.

—Bueno, también me dijo que quiere enviar una carta a vuestro padre para que se la hagáis llegar.

Fernando observó pensativo a Julián preguntándose si su hermano conservaría algo de salud para el día de la cita con su madre. El rostro del fraile parecía la máscara de un muerto. O Armand, su compañero templario, encontraba el mal que aquejaba a Julián o éste, pensó Fernando, no seguiría con vida por mucho tiempo.

—Ahora quiero que me obedezcáis —le dijo a Julián—. Os acostaréis, y no os moveréis del lecho hasta que yo no regrese entrada la mañana. Vendré con mi compañero Armand; ya os he dicho que es un físico excelente, él os aliviará vuestro mal. ¡Ah!, y no se os ocurra decir a nadie lo que ha pasado. Os mandarían ahorcar.

Julián sufrió un espasmo ante la advertencia de Fernando, quien salió de la tienda con aire preocupado.

4

El frío del amanecer envolvía a los hombres del campamento instalado por Hugues des Arcis en el Col du Tremblement, un lugar estratégico que impedía a los sitiados la mejor salida hacia el valle.

Esa mañana el senescal de Carcasona, Hugues des Arcis, parecía de buen humor, a pesar del tiempo inclemente. Católico convencido de la bondad de su causa, se congratulaba del apoyo incondicional del arzobispo de Narbona, Pèire Amiel, y de la presencia de los caballeros templarios, aunque de estos últimos no se terminaba de fiar. Sin embargo, agradecía que entre ellos se encontrara un gran ingeniero militar.

En la tienda del senescal un criado servía a los presentes vino rebajado con agua. Bebían para combatir el frío.

Hugues des Arcis se dispuso a explicar a los recién llegados la situación.

—No estoy dispuesto a pasar el resto de mi vida ante estos peñascos. Sabemos que la guarnición de Montségur se ha visto reforzada por campesinos de la región, para los que esta montaña no tiene secretos. Cuento con diez mil hombres, pero ni siquiera con esta fuerza he podido controlar todos los caminos que llevan a la cima. No hemos podido reducirles por el hambre, tampoco por la sed, porque no ha dejado de llover desde que acabó el verano. Tomar al asalto la fortaleza es imposible, al menos hasta ahora lo ha sido; tan sólo tirando piedras ya nos hacen un daño considerable.

—¿No es posible escalar hasta ese nido de águilas por algún lugar que esté al abrigo de sus miradas? —preguntó Arthur, el ingeniero templario.

Hugues des Arcis le señaló el mapa:

—Estamos aquí: en el Col du Tremblement, a los pies de este maldito peñasco; la empinada que veis enfrente conduce directamente al castillo. Al situar el grueso de nuestras fuerzas en este lugar lo único que hemos logrado es impedir el acceso directo a la fortaleza y controlar la aldea cercana, donde tienen parientes que, a pesar de nuestra presencia, les abastecen. He enviado a mis hombres escalar esos riscos y buscar un acceso hasta la cresta de la montaña, pero aunque llegáramos y lográramos reducir a los centinelas aún no habríamos logrado nuestro objetivo: hay un desnivel de varios metros que lo separa del castillo.

»Os confieso, caballeros, que mis mejores hombres han dedicado todo su esfuerzo y empeño trepando esos riscos engañosos, puesto que no han sido pocas las ocasiones que creyendo haber encontrado un paso oculto que nos podía llevar a la cima nos hemos enfrentado a desfiladeros que terminaban en barrancos. Dado el terreno, tampoco nos es posible utilizar nuestras máquinas de guerra, ya que no lograríamos alcanzar ni la más baja de sus defensas. Bien, he tomado una decisión que espero resulte acertada. Mañana llegarán un grupo de gascones para los que las montañas no tienen secretos. Exigen una buena paga y la tendrán si, como espero, logran abrirnos una brecha en sus defensas, un camino que nos acerque a la cumbre.

—¿Y qué pueden hacer los gascones que no hayan sido capaces vuestros hombres? —preguntó Fernando con gesto ofendido.

—Me los han recomendado asegurándome que ni Montségur ni ninguna otra montaña tiene secretos para ellos. Sus pies son firmes donde otros tropiezan y ven en la oscuridad como si del día se tratara. Debemos intentarlo, caballeros —respondió el senescal.

—¿Por dónde, cómo y cuándo intentarán vuestros gascones acercarse a Montségur? —insistió Fernando.

—Serán ellos quienes lo decidan —sentenció Hugues des Arcis.

Durante toda la mañana los caballeros continuaron hablando de la situación y de lo que el senescal preveía si los gascones tenían éxito. Su principal empeño era poder acercar alguna de las máquinas de guerra hasta el castillo, sólo así podría derrotar a los sitiados. Fue entonces el turno de las preguntas del caballero templario Arthur Bonard.

De aquella reunión, lo que más sorprendió a Fernando fue el fuego vengativo que brillaba en los ojos de fray Ferrer, el principal inquisidor. No había una brizna de piedad en su mirada y sus palabras parecían dictadas por una intensa pasión. Aquel hombre, se dijo, estaba dominado por el odio.

Cerca del mediodía hicieron un alto para dar cuenta del generoso almuerzo dispuesto por el arzobispo de Narbona, momento en que Fernando solicitó a su compañero Armand de la Tour que le acompañara a ver a Julián.

El fraile dormía agotado y a su lado el bueno de fray Pèire le secaba la frente con un paño húmedo mientras rezaba implorando a Dios por la salud del ilustre notario de la Inquisición.

El fraile se sobresaltó al ver entrar a los dos caballeros templarios.

—Disculpad nuestra irrupción, pero me gustaría que el caballero Armand examinara al buen Julián y ver si puede aliviar su dolencia.

—¡Ojalá! Pero debéis saber que el físico del senescal le visita casi a diario sin que hasta el momento haya podido mitigar su mal.

Armand de la Tour rogó al fraile que les dejara solos y éste, a regañadientes, obedeció. No le gustaban los templarios, los consideraba arrogantes y misteriosos, y había escuchado algunas historias que ponían en entredicho la santidad de estos monjes soldados.

El físico templario se acercó al lecho donde yacía Julián y sin ningún miramiento le destapó, sobresaltando al enfermo.

Fernando le tranquilizó asegurándole que estaba en buenas manos e instándole a responder a cuantas preguntas le hiciera el físico.

—¿Dónde os duele? —quiso saber De la Tour.

Julián señaló desde el corazón hasta el vientre. Le confesó que a veces el dolor era tan agudo que no podía ponerse derecho ni caminar, y que en ocasiones notaba un hormigueo en los brazos y las piernas hasta sentirlos rígidos. Sufría fiebre, explicó; además, también tenía vómitos.

Armand de la Tour examinó minuciosamente al enfermo. Le hizo mostrar la lengua, luego hundió sus ágiles dedos en el estómago y en el vientre; a continuación, le hizo que encogiera y estirara las extremidades. Luego le llegó el turno a los ojos y a la nuca.

Fernando asistía en silencio al quehacer de su compañero de armas y sonreía para sus adentros por el temor que reflejaba el rostro de su hermano.

Tras examinar a Julián, el caballero Armand de la Tour se sentó a su lado y le pidió que le describiera con detalle todo lo concerniente a sus dolores.

—¿Qué os preocupa, fray Julián? —preguntó súbitamente el físico.

Temiendo que aquel templario fuera capaz de leer en su alma, Julián sufrió una fuerte convulsión.

—No es fácil la vida en un campamento militar —respondió intentando desviar la atención de De la Tour.

—No lo es más que en cualquier otro lugar, y a vos nada os falta. Sois notario de la Inquisición a la espera de examinar de cerca las almas perdidas de los herejes de Montségur.

Julián se santiguó y volvió a ser presa de temblores. Una ola de sudor y frío le inundó la frente.

—Yo creo que vos sufrís, fray Julián, y si me dijerais por qué acaso pudiera ayudaros.

—¿Sufrir? Bueno… sufro por esas almas perdidas que pronto irán al Infierno.

—Pero vos sois un hombre de experiencia, lleváis años ejerciendo como notario.

—Es tanta la responsabilidad… temo equivocarme en mis juicios…

—Sois simplemente notario, a vos no os corresponde juzgar.

—No creáis, en ocasiones mis hermanos requieren mi juicio; saben que a mí no se me puede escapar ninguna palabra de los acusados, y que de mi entendimiento de cuanto dicen a veces depende su pena.

—Insisto en que sois hombre de experiencia.

—Lo soy, lo soy, no hace mucho participé en un cónclave y, para evitar el error en los juicios contra los sospechosos, compilé un glosario para hacer mejor mi labor. Fray Ferrer nos guió.

Julián carraspeó y, clavando los ojos en Armand de la Tour, recitó como si de una letanía se tratase:

—Son «herejes» los que se obstinan en el error. Son «creyentes» los que tienen fe en los errores de los herejes y los asimilan. Los sospechosos de herejía son los que están presentes en los sermones de los herejes y participan, por poco que sea, en sus ceremonias. Los «simplemente sospechosos» han hecho estas cosas sólo una vez. Los «sospechosos virulentos», muchas veces. Los «sospechosos más virulentos» han hecho estas cosas con frecuencia. Los «encubridores» son los que conocen a herejes pero no los denuncian. Los «ocultadores» son los que han consentido en impedir que se descubra a los herejes. Los «receptores» son los que han recibido dos veces a herejes en sus posesiones. Los «defensores» son los que defienden a sabiendas a los herejes a fin de que la Iglesia no extirpe la depravación herética. Los «favorecedores» son todos los de arriba en mayor o menor grado. Los «reincidentes» son los que vuelven a sus antiguos errores heréticos tras haber renunciado formalmente a los mismos…

—Bien, bien, está claro que sabéis cuál es vuestra función y cómo distinguir a los herejes. Con ese glosario es difícil equivocarse, ¿no? —preguntó con sorna el caballero.

—No creáis… a veces… a veces, es difícil saber si mienten o si sencillamente son inocentes. Entre los herejes hay gente rústica que responde con simpleza a las preguntas sin darse cuenta de que con sus palabras siembran la sospecha… pero tal vez son inocentes, simplemente no saben demostrarlo… Pero fray Ferrer…

—Ese dominico… —Fernando no se atrevió a terminar la frase.

—¿De dónde viene? —quiso saber el caballero De la Tour.

—Es catalán, de Perpiñán, y se ha hecho cargo de todo después del asesinato de nuestros hermanos en Avinhonet. Es muy minucioso, nada se escapa a su mirada, lee en el corazón de los hombres y sabe cuándo le mienten —explicó, azaroso y nervioso el fraile.

—Y a vos os aterra —añadió Armand de la Tour.

—¡Oh, es mi hermano en Cristo! —protestó Julián—. Él se encargará de los herejes de Montségur.

—¿Y a vos os preocupa la suerte que puedan correr?

—¿Que si me preocupa? Sabéis que la condena puede ser la hoguera. ¿Habéis visto morir a algún hombre en la hoguera? Los herejes desafían a la Iglesia y muchos se niegan a pedir perdón prefiriendo morir abrasados. He visto a mujeres y hombres, también a jóvenes, enfrentarse al fuego cantando, mientras el olor a carne quemada se prendía en el aire hasta hacer insoportable el hedor de nuestras ropas y de nosotros mismos. Ese olor… a veces me despierto oliendo a carne quemada y veo los rostros de quienes por no saber decir la palabra precisa han sido pasto de las llamas.

—Os duele la conciencia —sentenció el físico—. Es un alivio saber que aún hay quien tiene conciencia.

—Pero ¡qué decís! —protestó asustado el fraile—. Os aseguro que mi conciencia nada tiene que ver con el dolor que me atraviesa el vientre. ¿Es que no sois capaz de diagnosticar mi mal?

—Calmaos, mi buen fraile; tener conciencia es un don, un don doloroso por cierto, pero un don.

—¡No os entiendo!

—Hermano, no os agitéis —terció Fernando—. Y vos, Armand, ¿qué estáis diciendo? No acabo de saber adónde queréis llegar.

—Vuestro hermano sufre mucho, bien es cierto, y ese sufrimiento es su principal mal. No creo que padezca del hígado ni tampoco creo que su dolencia esté en los intestinos, o en la garganta… Su mal está en el alma, y para eso sólo hay un remedio.

Fernando escuchaba atentamente al caballero Armand, meditando todo cuanto decía, mientras Julián les observaba, temblando como lo haría un niño descubierto en falta.

—Y bien, ¿cuál es ese remedio? —preguntó Fernando.

—Que viva de acuerdo a su conciencia, que no haga nada de lo que tenga que avergonzarse, que escuche la palabra que Dios le murmura al oído y se resiste a atender. Vuestro hermano sufre por los bons homes… y lo hace porque no está seguro de que sean unos malvados o, en todo caso, no cree que sus creencias merezcan tanto sufrimiento, ¿me equivoco?

Julián lloraba como un niño entre convulsiones e hipidos ante la mirada compasiva de Fernando, que se acercó para abrazarlo intentando darle consuelo.

—Entonces, ¿no ha de tomar ninguna medicina? —insistió su hermano.

—Sí, algo le daré para ayudarle a conciliar el sueño. Lo que no debe es someterse a más sangrías innecesarias que le están debilitando. Yo mismo os prepararé unas hierbas que tomaréis antes de acostaros. Os ayudarán a encontrar un sueño tranquilo y profundo. Por lo demás, no creo que tengáis ningún mal.

—Os equivocáis —acertó a quejarse Julián—, estoy enfermo.

—Sí, pero la vuestra es una enfermedad del alma; sólo cuando os pongáis a bien con vuestra conciencia sentiréis alivio, hasta entonces lo único que se puede hacer por vos es ayudaros a que podáis dormir. Hablaré con el físico del senescal para aconsejarle que detenga las sangrías a las que os viene sometiendo.

Julián se estremeció al pensar que el templario le hablaría al físico del senescal sobre el mal de su alma. Armand de la Tour no pudo evitar un sentimiento de compasión al ver el miedo reflejarse en los ojos del fraile dominico. Pensó que a Julián no le adornaban ninguna de las virtudes de Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden que había hecho de su vida un modelo de sacrificio y ascetismo parecido al de los bons homes, a los que con tanto ahínco quiso hacer que regresaran al redil de la Iglesia. El templario se pregunto por qué Julián habría seguido a Domingo de Guzmán si todo en él delataba que poseía un espíritu frágil.

—No os preocupéis, Julián, nadie sabrá de vuestro mal. No mentiré, pero tampoco entraré en detalles; pediré permiso para trataros con mis hierbas para ver si logro aliviaros.

—Gracias, Armand —dijo Fernando apretando con gratitud el hombro de su compañero—. Y ahora, Julián, empezad por cumplir las instrucciones que os ha dado Armand. Cuando os sintáis mejor deberías pasear, visitar a los soldados; sin duda agradecerán que un fraile se preocupe de sus almas, y de esta manera tendréis tiempo de olvidaros un rato de la vuestra.

—También pediremos a fray Pèire un barreño con agua tibia y jabón; no os vendría mal asearos —terció el físico templario.

Julián no fue capaz de poner objeciones a las recomendaciones del caballero y de su hermano. Los miró con gratitud y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió confortado. La presencia de Fernando había despejado momentáneamente las brumas de la soledad que le acompañaba desde que entró en la orden de los dominicos.

5

Fernando y Armand de la Tour dejaron a Julián sumido en sus tribulaciones y con paso firme se dirigieron al rincón del campamento donde se encontraban sus compañeros templarios.

—No os debéis preocupar por Julián —aseguró el físico.

—Lo sé, después de escucharos estoy más tranquilo, aunque veo que las enfermedades del alma son tan devastadoras como las del cuerpo.

—A veces son peores, pero en el caso de Julián vuestra presencia servirá para que recupere las fuerzas que le faltan. Con vos se siente seguro.

—Mi hermano ha vivido atormentado desde que supo que era el hijo bastardo de mi padre.

—No debe de ser fácil estar en esa posición, por más que me hayáis contado las bondades de vuestros padres, sobre todo la generosidad de doña María, vuestra madre…

—Supongo que no podemos comprenderle del todo, puesto que nacimos caballeros. Os agradezco que hayáis visitado a Julián y sé que cuento con vuestra discreción. Ahora quisiera preguntaros qué os parece la situación respecto a Montségur.

—Es cuestión de tiempo.

—¿Qué queréis decir?

—Que nadie resiste eternamente. Y que, por más que se antoje difícil llegar a la cima, se puede hacer. El precio son vidas, y tanto el senescal Hugues des Arcis como el rey Luis no serán avaros a la hora de pagarlo.

Volvieron a sumirse cada uno en sus pensamientos hasta que se encontraron con sus compañeros, que en ese momento estaban limpiando las armas.

—Me alegro de que hayáis regresado —les saludó Arthur Bonard—. El senescal ha ordenado que nos unamos a su estado mayor.

Arthur Bonard era tan eficaz inventando artilugios de guerra como seco y directo al hablar.

—¿Y vos, qué habéis respondido? —quiso saber Fernando.

—No debemos desairar al senescal ni al rey Luis, ni tampoco al arzobispo de Narbona —respondió Bonard.

—Eso quiere decir que nos quedamos —sentenció Fernando.

—Eso quiere decir que aguardaremos a ver si esos fieros gascones de los que nos ha hablado el senescal son capaces de acercarse a la fortaleza. Será interesante conocer el resultado de tal empeño —respondió el ingeniero.

—¿Y nosotros qué haremos? —preguntó Fernando.

—Esperar, observar, hablar y poco más. Ya sabéis que a nuestra Orden no le gusta matar cristianos, y esas gentes de Montségur lo son, equivocados, pero cristianos al fin y al cabo. Temo por ellos, puesto que el arzobispo de Narbona y fray Ferrer están dispuesto a vengar la muerte de Étienne de Saint-Thibéry y Guilhèm Arnold. Como bien sabéis, estos dos inquisidores fueron asesinados hace más de un año en Avinhonet.

—Es la única ocasión en la que los bons homes han participado en un acto criminal —apuntó uno de los templarios.

—No lo hicieron directamente —les disculpó Fernando.

—No seáis ingenuo —interrumpió Armand de la Tour—. ¿Acaso creéis que no matar a un hombre directamente con la espada o con las manos exime de la responsabilidad de su muerte…? Los hombres que mataron a los inquisidores salieron de aquí, de Montségur. ¿Creéis acaso que sus obispos herejes Bertran Martí o Raimon Agulher no sabían lo que iba a suceder en Avinhonet? No es un secreto que la noticia del asesinato de los inquisidores fue celebrado en Montségur y que incluso repicaron las campanas de alguna iglesia. El asesinato de Étienne de Saint-Thibéry y Guilhèm Arnold fue llevado a cabo por credentes, entre ellos Guilhèm de Lahille, Guilhèm de Balaguier y Bernat de Sent Martí…

—Pero ¿cómo sabéis tanto de lo que sucedió aquella noche en Avinhonet? —preguntó Fernando, cada vez más sorprendido.

—Lo sé, o creo saberlo, pero de esto no hablaremos ni con el senescal ni con el arzobispo de Narbona. Pero ya veis que hay momentos en que todos los hombres pecamos por acción, por omisión, o simplemente porque nos alegramos del sufrimiento de nuestros enemigos. Quizá no seríamos hombres si no lo hiciéramos.

Se hizo el silencio entre los caballeros. El físico había expuesto con crudeza cómo el mal formaba parte de la sustancia humana.

—Bien, ahora ya sabéis que nos quedaremos un tiempo —dijo Arthur Bonard—, el suficiente para no ofender ni al arzobispo ni al senescal. Si podemos, no participaremos en ninguna batalla, aunque creo que debemos estar tranquilos al respecto. Los hombres de Montségur no la plantearán y aún pasará tiempo antes de que el senescal Hugues des Arcis logre hacerles bajar de ese risco infernal.

Súbitamente, un paje llegó corriendo hasta la tienda con un recado del arzobispo de Narbona. Les invitaba a cenar. Los caballeros respondieron que acudirían puntuales; sentían curiosidad por conocer el interior de la suntuosa tienda del arzobispo, de la que se decía estaba mejor equipada que la del propio senescal. Ése era el problema de la Iglesia: que sus sacerdotes no vivían de acuerdo al camino de humildad y pobreza señalado por Cristo, por más que el español Domingo de Guzmán hubiera dado ejemplo de que en su seno también había quien no olvidaba el mensaje del Maestro. Sin embargo, pese a que él y sus frailes daban ejemplo de ascetismo y privaciones, se mostraban inmisericordes con quienes se negaban a regresar al seno de la Iglesia.

6

El cabrero se presentó en la tienda de Julián más tarde de lo acordado.

Fernando se mostraba inquieto. Temía que hubiese ocurrido algo inesperado, algún suceso que impidiera a su madre mandar a por ellos.

La noche se había cerrado en torno al campamento y hasta la tienda de Julián llegaban, de cuando en cuando, las voces de los centinelas dando el santo y seña, y las toses secas de los soldados que habían enfermado durante la larga espera, preparando el asedio a Montségur.

Julián permanecía sentado en su catre, extrañamente quieto. Le latían con fuerza las venas de las sienes y pensó que en aquel síntoma, el físico templario habría visto miedo y sólo miedo.

Cuando el cabrero se deslizó por la abertura de la tienda siseando el nombre de Julián, los dos hombres se apresuraron a salir a su encuentro.

—¿Por qué os habéis retrasado? —quiso saber Fernando.

El cabrero le miró con fastidio antes de responder:

—Veo, señor, que sois soldado, de manera que deberías saber que el senescal tiene ojos por todas partes, y que esos demonios de gascones llevan dos noches estudiando el terreno, están por todas partes, y no quisiera ser yo quien cayera en sus manos. No imagináis lo que el senescal sería capaz de hacer con un traidor. Claro que yo no lo soy, soy tan sólo un hombre de esta tierra, un credente que sirve al verdadero Dios.

—Basta de charla —atajó Fernando—, ¡conducidnos a donde nos esperan!

El cielo parecía un manto negro y apenas lograban ver lo que había unos pasos delante de ellos, pese a que el cabrero les guiaba con la seguridad de quien conoce el terreno aun con los ojos cerrados.

A Fernando se le antojó una eternidad la caminata a través de riscos y maleza, y se sorprendió de que Julián no hubiera emitido ni una sola queja. Se dio cuenta de que su hermano había hecho ése u otros caminos en más ocasiones, y que debía de haber estado viendo con frecuencia a su madre.

De repente el cabrero se paró en seco indicándoles con la mano que se detuvieran. Lo hicieron con una punzada de inquietud, temiendo haber tropezado con alguna patrulla de gascones. Pero no fue un gascón con quien de repente se encontraron sino con doña María, que apareció entre la maleza sonriéndoles.

—¡Vaya, ya era hora! —les reprochó la dama, envuelta en una capa negra.

—¡Madre!

La mujer se acercó a su hijo templario y antes de abrazarlo, le observó expectante.

—¡Cuánto has cambiado! Te has hecho un hombre.

Luego le abrazó apretándole con ansia mientras suspiraba conteniendo las lágrimas.

Fernando se dejó agasajar por su madre mientras aspiraba el olor a lavanda que desprendía el manto que la envolvía. Era una perfecta, pero siempre sería una dama que ni aun en las circunstancias más extremas renunciaría a su personal toque de coquetería, aunque sólo fuera perfumar su áspera capa.

—Sentaos, tenemos mucho de que hablar y poco tiempo para hacerlo. ¿Cómo estás, Julián? Te veo con mejor cara, y tú, Fernando, hijo mío, cuéntame qué ha sido de ti estos años en que no nos hemos visto. Julián me ha dicho que fuiste a ver a tu padre. ¿Cómo se encuentra? Rezo por él, y me tranquiliza saber que le cuida tu hermana Marta; ella lo hará mejor que yo, pues tiene la dulzura y la paciencia que a mí me faltan.

Mientras doña María hablaba, Fernando la observaba con emoción.

Las canas habían cubierto el cabello otrora trigueño de su madre. El rostro se le había afilado, había perdido peso, pero en sus ojos continuaba brillando la misma luz que antaño; toda ella desprendía la energía de siempre. Continuaba siendo una mujer a la que era difícil desobedecer.

Doña María sujetaba entre las suyas las manos de su hijo, que acariciaba con la ternura que tantas veces él sentía que le había sido negada. Fernando tenía un nudo en la garganta y, temiendo romper ese momento que se le antojaba mágico, no se atrevía a decir ni una palabra.

—Señora, el senescal va a enviar a unos gascones para conquistar Montségur —anunció Julián—. Deberías salir antes de que sea demasiado tarde; si no es por vos, hacedlo por vuestra pequeña hija. Teresa no tiene la culpa de que vos profeséis una fe que conduce a la hoguera.

—Sé bien que hace dos días llegó un grupo de gascones. Mi admirado Hugues des Arcis sabe que sus gascones podrán trepar por estos riscos y llegar hasta el castillo. El bueno de Pèire Rotger de Mirapoix lo cree imposible, pero conozco bien al senescal: es un soldado tozudo que no cejará hasta destruir Montségur.

—Entonces, si lo sabéis, ¿por qué os empeñáis en morir? —gritó Julián.

—¡Déjanos solos! —ordenó doña María—. No me canses y permíteme hablar con mi hijo y despedirme de él, pues será la última vez que nos veamos en esta vida.

Julián, abatido, se sentó en una roca a pocos metros de ellos.

Doña María clavó sus ojos del color de la miel en los ojos negros de Fernando intentando leer las emociones y sentimientos de su hijo.

—Te quiero, te lo digo por si alguna vez te han asaltado las dudas. Sé que no he sido la madre que tú esperabas ni la que me hubiera gustado ser. No me disculparé enumerándote razones que ni a mí me convencen. Soy un ser imperfecto; esta cáscara que me envuelve ha intentado pudrir mi alma, pero afortunadamente pronto me desprenderé de ella.

—¡Madre…!

—Calla y escúchame, Fernando, no tenemos tiempo y es mucho lo que debo decirte. Aquí tienes a tu medio hermano Julián, que es débil y asustadizo, al que he intentado convencer de que abrace la verdadera fe, pero lo único que he conseguido es que viva atormentado. Aun así, confío en él, lleva tu sangre, sangre de los Aínsa, y por tanto jamás nos traicionará. Hace meses le pedí que, puesto que sabe leer y escribir, no permitiera que nuestros nietos y los nietos de ellos y sus bisnietos olviden lo que ha sucedido aquí. Quiero que escriba una crónica en que lo cuente todo, la maldad de la Gran Ramera, cómo no puede soportar que haya cristianos que vivamos de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, que compartamos cuanto poseemos con quienes nada tienen, que ayudemos a quien lo necesita. Ella, la Gran Ramera, vive envuelta en ropajes damasquinados, rodeada de sirvientes y riqueza, lejos de los pobres y enfermos, sirviendo al Diablo, porque es parte de él.

—¡Madre, blasfemáis!

—No lo hago, Fernando, y tú… y tú, hijo mío, bien lo sabes. Tú conoces la avaricia de la Iglesia que nosotros llamamos la Gran Ramera. Tú y los que son como tú habéis visto su iniquidad; no te pediré que lo aceptes aquí y ahora, pero sé cómo eres y por tanto sé que eres bueno, que estás dispuesto a morir por los débiles, a sacrificarte por los necesitados, a dar tu vida por Dios, sin esperar nada a cambio. Escucha: Julián escribirá esa crónica, y relatará que tuvimos en doña Blanca de Castilla una fanática y poderosa adversaria; sin ella Francia no existiría y Raimundo conservaría el condado de Tolosa.

—Doña Blanca ha sido generosa con los condes de Tolosa y de Foix; por su mediación el rey no les ha castigado tan severamente como merecían —acertó a decir Fernando.

—¡No seas ingenuo! Doña Blanca es el mejor gobernante de Francia. Sin ella, su hijo no sería nada. Si Luis se ha mostrado misericordioso no ha sido por otra razón que por consejo de su madre. Doña Blanca no tolerará que se empobrezca más esta tierra a causa de la guerra, y no lo consiente porque muy pronto pertenecerá íntegramente a la Corona. Cuando caiga Montségur, nuestro país habrá muerto.

—¿Creéis que Raimundo no acudirá en ayuda de Montségur?

—No, no lo hará. El conde nos dejará a nuestra propia suerte. Como bien sabes, tu hermana Marian vive en la corte de Raimundo, ya que su marido, Bertran d’Amis, ocupa un lugar principal al lado del conde. Ella me hace llegar noticias ciertas sobre lo que podemos esperar en Montségur. En el concilio de Béziers toda la horda de la Gran Ramera tomó la decisión de aplastar Montségur. Aquí se encuentran los hombres que acabaron con la vida de los odiosos inquisidores Étienne de Saint-Thibéry y Guilhèm Arnold, de manera que Montségur es el último bastión de los verdaderos cristianos. Sólo cuando el castillo sea destruido por las llamas habrá paz.

—¡Y lo decís así!

—Que yo sea cristiana no significa que sea tonta y no entienda las reglas del tablero de la política. Conocí a doña Blanca y te aseguro que siento auténtica admiración por ella; yo habría hecho lo mismo si el destino me hubiese puesto en su lugar.

—Sin embargo, después de los asesinatos de los inquisidores en Avinhonet, las gentes del país han tomado otra vez las armas… —apuntó con timidez Fernando, impresionado por la lección de política que en aquellas extrañas circunstancias estaba impartiéndole su madre.

—Una tormenta en un vaso de agua. La familia Saint-Gilles está acabada, Raimundo lo sabe y por tanto no volverá a enfrentarse al rey de Francia. La Corona y la Iglesia le han derrotado. Antes ya lo aceptó Rotger Bernat de Foix, por eso firmó la paz con los franceses. Sin él Raimundo no es nadie, y por ello ha tenido que seguir sus pasos. Pero la Iglesia no perdona, de manera que Montségur pagará por los inquisidores muertos en Avinhonet. Si no lo hiciera, las gentes de aquí tendrían la tentación de seguir destripando frailes; por eso en Béziers se tomó la decisión de destruir Montségur.

—¿Y después? —preguntó con congoja Fernando.

—Después los trovadores ensalzarán nuestro sacrificio y la crónica de Julián servirá para que nuestros nietos sepan la verdad y no olviden que sobre la inteligencia y el fanatismo de una reina se acreció una monarquía que acabó con las libertades de nuestro país.

—Id a por Teresa, yo os sacaré de aquí —suplicó Fernando con desesperación.

—Tú sabes que no lo haré, ¿me crees capaz de huir? ¿En tan poco me tienes?

—Teresa no es más que una niña, ¿condenaréis a morir a mi hermana?

Doña María suspiró impaciente. Sentía el dolor de Fernando, preocupado por la muerte, incapaz de ver la verdad, esa verdad que ella había abrazado con alegría sabiendo que el cuerpo es la peor pesadilla, el manto del que hay que desprenderse para convertirse en sustancia y encontrarse, finalmente, con Dios.

—Fernando, hijo, en el trigo hay cáscara y grano y el cuerpo es sólo cáscara. Teresa no morirá, sólo…

Fernando la interrumpió furioso apartando sus manos de las de ella, sin inmutarse por la pena que se reflejaba en los ojos de su madre. Ambos sufrían por igual: el hijo pensaba que estaba condenado a no entenderse con su madre y la madre se reprochaba no ser capaz de hacer entender la verdad a su hijo.

—Madre, Teresa no merece morir en la hoguera; traédmela o subiré por ella aunque pierda la vida en el empeño.

Doña María le escuchaba sabiendo que cumpliría lo que acababa de decir. Pero ella no quería ver a Fernando muerto; en su fuero íntimo, a pesar de sus creencias, deseaba que su hijo viviera. Él tenía que cumplir una misión y aún era pronto para que regresara a la patria celestial.

—Te doy mi palabra de que lograré que Teresa deje Montségur. No la forzaré, pero se lo pediré porque tú así lo deseas.

—Os pido más, madre, os exijo que la obliguéis a dejar esta montaña. No os perdonaré la vida de mi hermana.

Se miraron en silencio incapaces de expresar en voz alta el dolor, el amor y la admiración que sentían el uno por el otro. Doña María volvió a agarrar las manos de su hijo y se las llevó al rostro besándole la punta de los dedos.

—Quiero morir y regresar a mi ser celestial, pero no descansaré tranquila si sé que parto con tu odio, de manera que haré lo imposible por convencer a Teresa. Te doy mi palabra, tú sabes lo que vale. Sólo te ruego que no me culpes si Teresa no acepta la orden que he de darle.

—Quiero que la traigáis mañana mismo; ordenad al cabrero que mañana cuando caiga la noche nos vuelva a conducir aquí.

—Eso no te lo puedo prometer. Os buscará cuando no haya peligro, mañana, pasado, ya lo sabrás; hasta que eso suceda, confía en mí.

—Tengo vuestra palabra —asintió Fernando.

—Sí, tienes la palabra de una buena cristiana.

—Mi padre… mi padre me pidió que saludarais en su nombre al señor De Perelha; ya sabéis que, pese a todo, le tiene en gran estima.

—Lo haré. Es un hombre valeroso que sabe que ha de morir, al igual que su esposa Corba de Lantar y sus queridas hijas.

—Me pidió que le hiciera llegar el ruego de que os cuide, pero no sé cómo podré hacerlo…

—Yo misma se lo diré, aunque no hace falta, puesto que la familia Perelha me viene distinguiendo con su afecto y amistad. No han sido pocas las ocasiones en que me ha brindado su protección para que regresara a las tierras de tu padre en Aínsa.

—A vuestras tierras, señora —le recordó Fernando.

—Nada tengo y nada quiero tener, así lo decidí hace tiempo; sólo siento el daño que os he causado a tu padre y a ti y mi torpeza al no ser capaz de haceros abrazar la verdadera fe.

—Cristo os juzgará, señora.

—¿Cristo?

—Nuestro Señor, Dios.

—¡Hijo, cómo me gustaría hablarte de Jesús! Te dices cristiano y sin embargo ensucias tu alma con ritos que nada tienen que ver con el Maestro. El día más feliz de mi vida fue el que recibí el consolament, el bautismo espiritual auténtico, el único sacramento que permite la salvación del alma. Cuando el obispo me impuso las manos…

—¡Callaos, por favor! Nada quiero saber de vuestra herejía.

—Son ellos los herejes, son ellos los que se han apartado del camino. Recuerda que el Señor dijo que «Juan bautizó con agua pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo».

—¡Basta, madre, no tenemos tiempo para discusiones teológicas!

Doña María guardó silencio apretando con firmeza las manos de su hijo; luego, sin que éste lo esperara, lo abrazó y rompió a llorar.

Fernando se sobresaltó. Nunca había visto derramar lágrimas a su madre, incluso había escuchado en la casona de Aínsa que doña María ni siquiera dejó escapar un gemido cuando trajo sus hijos al mundo.

—Madre, perdonad mi rudeza —se excusó Fernando.

—Disculpa tú mis lágrimas, hijo mío, pero me es más difícil despedirme de ti de lo que nunca imaginé. Has de saber lo mucho que te he amado, aunque sé que no lo has sentido así. Perdóname si puedes…

—No me pidáis perdón, yo… yo os quiero, señora; admiro vuestra fe y entereza, os envidio porque no dudáis…

—La vida no permite la vuelta atrás —dijo doña María enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano sin soltar a su hijo.

—¿Qué queréis que haga? —preguntó Fernando.

—Mi última voluntad es que hagas saber a tu padre que siempre le he amado y que siento cuántos quebrantos le he provocado. No he sido ni la esposa que él esperaba, ni la que él merecía, pero eso ya no lo podemos cambiar. Sólo quiero que algún día nuestros nietos sepan lo que sucedió aquí: que sepan que fuimos buenos cristianos decididos a vivir como el Maestro dijo, y que nos vimos inmersos en una lucha por el poder, que unos y otros ansiaban. Nuestro pecado ha sido ser el espejo en el que la Iglesia no soporta mirarse porque ve humildad y pureza donde en ella sólo hay avaricia y corrupción. No, no te preocupes, no voy a iniciar una discusión teológica, pero prométeme que cuidarás de Julián para que escriba la crónica que le he encargado. Prométeme también que, cuando esté terminada, se la entregaréis a tu hermana Marian para que sea ella quien a través de sus hijos se encargue de mantener viva la memoria de lo sucedido en Montségur. Tú eres un monje soldado, Marta está demasiado apegada a la Iglesia, Teresa… bien, sólo Marian puede hacer lo que estoy pidiendo; ella es una credente y su marido también lo es. Ella es la indicada para…

—No os justifiquéis, madre, tenéis razón. Os doy mi palabra de que cumpliré vuestra última voluntad.

Fernando apretó a su madre entre los brazos y no pudo evitar las lágrimas. Agradeció que las sombras de la noche impidieran a Julián y al cabrero verle en ese estado de emoción.

—Te mandaré a Teresa en cuanto pueda.

—Sé que lo haréis.

Madre e hijo volvieron a abrazarse una vez más antes de que doña María desapareciera como si de un sueño se tratara.

Fernando vio a Julián que, apoyado en una roca, también lloraba. El cabrero, a corta distancia, parecía absorto escuchando los ruidos de la noche.

Los tres hombres emprendieron el camino de regreso sin intercambiar palabra alguna. Fernando sentía el peso de la emoción del encuentro con su madre, y se juró que no participaría en la toma de Montségur. No sería capaz de estar en las filas de quienes dieran muerte a doña María, por más que ella le insistiera que el cuerpo era sólo la cáscara del trigo y el alma el grano. Él sentía que aquel cuerpo enérgico era su madre y no soportaría que nadie la hiciera sufrir.

El cabrero los instó a que caminaran deprisa. El encuentro con doña María había sido más largo de lo previsto y el alba podía sorprenderles llegando al campamento.

Fernando y Julián se separaron, cada uno en dirección a su tienda. No habían pronunciado palabra durante el camino. Ya hablarían cuando ambos volvieran a tener el dominio de sus emociones.

7

Hugues des Arcis se frotaba las manos para combatir el frío de la mañana. El jefe de los gascones le había mandado recado pidiendo ser recibido.

El senescal de Carcasona había convocado de inmediato a su estado mayor, además de al arzobispo de Narbona y al obispo de Albi, cuya vocación eclesial era menor que la de soldado. Los seis caballeros templarios también fueron invitados a participar en la reunión.

—Y bien, decidnos, ¿por dónde subiréis? —preguntó el senescal de Carcasona al jefe de los gascones, un hombre bajo de aspecto fornido, manos grandes y ojos depredadores.

—Mis hombres y yo hemos examinado el terreno, no es fácil lo que queréis de nosotros.

—Si lo fuera no estaríais aquí —respondió con sequedad el gran senescal—. Es mucho lo que ganaréis si cumplís el encargo, de manera que no hace falta que perdamos el tiempo discutiendo sobre las dificultades del empeño; lo que quiero saber es cómo y cuándo actuaréis.

—Creemos que es posible hacernos con el punto más alto, lo que llamáis el Roc de la Tour. El ilustrísimo señor obispo de Albi —el gascón señaló con el dedo índice— necesita ese baluarte para colocar sus máquinas de guerra, y lo tendrá.

—¿Y por dónde subiréis?

—Por el este. Es la única manera de alcanzar esa parte del risco, desde la ruta occidental seríamos una presa fácil para los de Montségur.

El senescal sabía que aquélla era una pared empinada, que había resultado imposible de escalar a sus hombres más avezados, pero si los gascones aseguraban que podían hacerlo, tendría que esperar a ver si resultaba cierto.

—¿Cuándo lo haréis?

—Esta noche —aseguró el gascón—, pero depende de alguien. Por eso he pedido veros. Necesito una buena bolsa de monedas para una persona que nos guiará a través de los riscos.

—¡Un traidor entre los herejes! —exclamó entusiasmado el arzobispo de Narbona.

—Vos le llamáis traidor —respondió el montañero— pero es sólo un hombre como yo, que conoce bien el paraje y que tanto le da a quién y cómo se rece.

Se quedaron en silencio, incómodos por las palabras del jefe de los montañeros.

—Es un hombre que aspira a vivir mejor, sólo eso —aseguró el gascón con dureza y un deje retador en el tono de sus palabras—. Bien, vos decidís. Los de Montségur jamás imaginarán que nos vamos a acercar por ese lugar; es un bastión separado del castillo por muchos metros, un suicidio, salvo que se sepa llegar hasta allí. Y hay un hombre que sabe cómo hacerlo.

—¿Quién es? —quiso saber Hugues des Arcis—. Traedle aquí.

—¡Ah, qué cosas pedís! Eso es imposible, no aceptará hablar con vos, no se fía —rió el gascón—. Trata conmigo por razones familiares, pero no lo hará con los franceses, no os tiene ningún aprecio.

Hugues des Arcis carraspeó irritado por la insolencia del montañero. Podría obligarle a que le desvelara el nombre del traidor si le sometía a tortura, pero entonces los gascones se negarían a participar en ninguna acción. Tomó una decisión, aunque sin comunicársela de inmediato al jefe de los gascones.

—Marchaos, ya os mandaré llamar.

El gascón salió de la tienda seguro de que el gran senescal de Carcasona, el hombre que representaba al rey Luis, no tendría más remedio que ceder a sus peticiones. Conocía bien la naturaleza de los nobles para saber que el senescal le mandaría recado con una buena bolsa llena de monedas.

Fray Pèire contemplaba cómo Julián bebía el brebaje preparado por el físico templario. Su silencio era un evidente reproche, porque el bueno del fraile consideraba que el físico del senescal sabía mucho más que un templario que había pasado su vida combatiendo sarracenos allende los mares. Aun así, reconocía que Julián pasaba las noches tranquilo sin sufrir aquellas convulsiones que hacían temer por su vida.

El dominico continuaba taciturno, sí, pero se quejaba menos del dolor de estómago, y algo de color había vuelto a sus flácidas mejillas.

Julián rompió el silencio preguntando a fray Pèire por los rumores que corrían por el campamento, de los que siempre hacía gala de estar bien informado.

—Poca cosa, salvo que los gascones saldrán esta noche para intentar acercarse a la plataforma de la cresta oriental, la que da a la parte trasera del castillo. Al parecer entre los herejes hay un traidor dispuesto a llevarles por un camino secreto.

—¿Un traidor? No puedo creerlo… —murmuró el fraile.

—Son peores que perros, y entre ellos los hay codiciosos —concluyó fray Pèire.

Julián no quiso contrariarle, pero le costaba creer que entre aquellos que malvivían en Montségur esperando su muerte hubiera traidores. Pensó en doña María y en la pequeña Teresa y no pudo evitar un estremecimiento.

—¡Otra vez! —se lamentó fray Pèire—. Llamaré al físico del senescal; volvéis a tener convulsiones, esas hierbas del templario no son nada eficaces…

—No os mováis, hermano, que ya estoy bien —suplicó Julián—, sólo ha sido un espasmo.

—Debería veros el físico…

—Os digo que estoy bien, no os preocupéis. Decidme qué más sabéis…

—Poco más… el señor Des Arcis se muestra impaciente, el rey Luis mandó hace dos días un emisario para saber la situación. El senescal espera poder ofrecerle buenas noticias, si es que los gascones cumplen con lo prometido.

—¿Y quién es el traidor? —preguntó Julián sintiendo una oleada de rubor bajándole de la frente al mentón.

—Nadie lo sabe, sólo el jefe de los gascones. Dicen que es un pariente suyo que se casó con una mujer de esta zona y que conoce bien los vericuetos de estas montañas. En cualquier caso se le pagará bien. Un paje le entregó una bolsa bien repleta al gascón.

Julián bostezó para dar a entender a fray Pèire que estaba cansado; luego se sentó en el catre.

—¿Queréis que recemos el rosario? —propuso el bueno de fray Pèire.

—Os lo agradezco, pero ya lo recé antes de que vinierais. Prefiero orar a solas antes de intentar dormir.

—Entonces os dejo. Si necesitarais algo…

—Os doy las gracias, hermano.

Apenas había salido fray Pèire de la tienda cuando entró Fernando, sobresaltando a Julián.

—¿Cómo os encontráis? —quiso saber Fernando.

—Compungido por la noticia que me ha dado fray Pèire. ¿Sabéis que hay un traidor en Montségur?

—En Montségur no, aquí, cerca de nosotros, un hombre del lugar al parecer pariente del jefe de los montañeros.

Los dos hermanos se quedaron unos segundos en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Julián.

—¿Hacer? ¿Nosotros? No os entiendo, Julián…

—Vuestra madre está allí arriba y…

—Mi madre ha elegido.

Volvieron a guardar silencio, cada uno pensando en doña María.

—No he sabido nada del cabrero —dijo Julián.

—Mi madre cumplirá su palabra y nos hará saber cómo y dónde recoger a mi hermana Teresa.

—Y si no pudiera…

—¿Mi madre? ¿Acaso no la conocéis? Podrá, aunque para ello tenga que enfrentarse sola al ejército del senescal.

—Sí, es bien capaz de ello —aceptó Julián.

—Venía a deciros que no estaré aquí mucho tiempo. Apenas vea a mi hermana me marcharé, en realidad nos iremos todos.

—¿Os iréis con vuestros hermanos?

—Sí, hemos convencido al senescal de que no le somos necesarios, puesto que cuenta con el ingenio del obispo de Albi para las máquinas de guerra. Además, nos necesitan en nuestra encomienda. Pronto regresaremos a Oriente.

—A los templarios no os gusta combatir a los herejes —sentenció Julián.

—Son cristianos como nosotros, Julián, los Buenos Cristianos se denominan ellos, y a veces pienso que tienen razón, que en realidad lo son. ¿Cuál es su pecado? Viven en la pobreza dando ejemplo, ayudan a los menesterosos, curan a los enfermos, acogen a los huérfanos…

—Pero no creen en Nuestro Señor —protestó el fraile.

—Sí, sí creen en él, sólo que de manera distinta. Odian la Cruz por ser el símbolo del sufrimiento, dicen que Jesús no pertenece al mundo visible, creen que hay un Dios bueno y otro malo. ¿De qué otra manera se entiende tanta iniquidad y sufrimiento? ¿Cómo explicar que si Dios todo lo ha creado haya traído el mal o al menos lo permita? ¿Qué tiene que ver Dios con la muerte de tantos inocentes? El Demonio existe y tiene un poder inmenso; nosotros llamamos al Mal de una manera, ellos de otra. Tampoco son tan grandes las diferencias.

—¡Pero qué decís! ¡Estáis cometiendo un sacrilegio!

—¡Mi buen dominico! A veces se me olvida que pertenecéis a la orden encargada de combatir la herejía, y que sois un notario de la Inquisición. Seréis vos quien mande a la hoguera a cuantos se resguardan en Montségur.

—¡Callad! ¡No me atosiguéis, Fernando! ¡Sabéis bien cuánto sufro por todo esto! El Diablo me atormenta el alma.

—El Diablo no es quien os atormenta, sino vuestra conciencia, incapaz de distinguir lo que está bien de lo que está mal; y vos sabéis como yo que esa gente ningún mal hace, que son inocentes…

—¡No lo son! Se han rebelado contra nuestra Santa Madre Iglesia.

—Se han rebelado contra la corrupción de nuestra Santa Madre Iglesia, contra clérigos amora

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