La conjura de los vicios

David Betancourt

Fragmento

Gonorrea

Cuando llegaron los tíos en el carro del tío Édgar yo ya sabía que venían por mí. Con los ojos chocolatiados mi mamá los convidó a tinto mientras les decía que la noche anterior, dándole la bienvenida al nuevo año, yo había tenido una sobredosis y que ese vicio mío me estaba dando sopa y seco y mucha brega y brega a ella y que ya iba siendo hora de que me encarrilara otra vez. Que si yo sabía, le decían los tíos en secreto, que si yo estaba, que dónde estaba, que si ya o de una vez, que eso era lo mejor para mí, que allá me iban a encauzar y que en un año iba a poder darse el lujo de estrenar a estas alturas de la vida y sin los dolores del parto un hijo enderezado, que si yo estaba dispuesto, que si yo reconocía que estaba enfermo, que qué dicha en un tiempito iba a poder chicaniar con un hijo derecho en este barrio de torcidos y descarriados y perdidos y desencauzados y descarrilados y desbrujulados.

Tristón, angustiado a más no poder, le eché seguro a la chapa de la puerta, la cuñé con el escritorio, la silla y la mesa de noche y me encaleté bien encaletado debajo de la cama. Ahí acostado, retraído, caviloso, filosófico, me puse a echarle cabeza a mi problema. Vos sí sos muy flojo en esta vida, home Manuel, me reprendí, cómo te dejás ganar y arrinconar de una cosa tan chiquita y tan abstracta. Y luego, contrariado, me dije duro: Mirá que esa cosa chiquita te está enchiquiteciendo más de la cuenta y si te descuidás, si te dejás coger ventaja, te vas a convertir en una cosa más chiquita que esa cosa chiquita que te está mangoniando. ¡Tenés que parar! ¡Vas de culos pal estanco! ¡Voy a parar hijueputa!, me aseguré.

En esas mentiras que me vivo echando estaba yo cuando tocaron la puerta. Me tiré la cobija encima para que no me vieran tan fácil si llegaban a entrar y enojado y asustado y nervioso, maldiciendo la ventana que no había por no estar, me puse a escuchar los nudillos fúricos de los tíos estrellarse contra la puerta. Esa no es manera de tocar en una pieza decente, pensé. Los murmullos, que me decían que ahí afuera había una familia desunida unida un rato por mi culpa planiando algo, se deslizaban como si el piso tuviera jabón, entraban por la abertura de debajo de la puerta y llegaban derecho al miedo mío. Entonces, a pesar de que yo no había desayunado y estaba trasnochado y tenía la existencia empañada y los nervios alborotados fregándome la tranquilidad mía de todos los días, con las pocas fuerzas que tenía me aferré fuertísimo con las manos de las patas de la cama y con las piernas abracé más fuerte todavía una de las tablas mientras soltaba pasitico una chorrera de groserías que no me alcanzó para calmarme del todo.

—Mijo, abra que no es pa eso —dijo el tío Anzízar desde una parte muy adentro de él que me quería mucho.

—No es pa qué, tío.

—Pa eso.

—Tío, yo sé que es pa eso.

—No es pa eso, mijo, palabra, se lo juro que no es pa eso.

—Entonces si no es pa eso pa qué es pues, tío.

—Pues pa lo otro.

—Y qué es lo otro.

—Pues, mijo, no sea bobo, lo otro, no pa eso.

—Yo no soy bobo, tío, yo sé que es pa eso y no pa lo otro.

—Abra. Abra. ¡Abra que no es pa eso!

Intentaron abrir con las tijeras de la leche, con cédulas, con carnets, con radiografías, con ganchos, con cordones, con cuerdas, con cortaúñas, con tenedores, con clavos, con tornillos, con martillos, con destornilladores, con alicates, con oraciones, jaculatorias, con maldiciones, con empujones, con la mente, hasta que les llegó la impaciencia y la rabia y la furia que les ayudaron a tumbar la puerta a la maldita sea, sin escrúpulos ni cariño, con odio, con bronca, con desprecio, como si la puerta les hubiera hecho algo malo. Al segundo, a pesar de que yo estaba debajo de la cama con la cobija encima bien escondido, el tío Anzízar y el tío Mario estaban bregando a desenredarme las piernas de la tabla, a desfundirlas, al mismo tiempo que el tío Édgar y el tío Frank lidiaban a fuerza de lidias por desengarzarme las manos de las patas de la cama.

—Un serrucho, un serrucho —le pedía el tío Mario a mi mamá para meterme susto.

Grité y grité y grité y patalié enmarañado a la cama.

—¿Dónde está la orden de cateo? —reclamé haciendo fuerza para no dejarme despegar—. ¿Y la orden de destrucción de silla y de escritorio y de nochero y de tumbada de puerta sin mi autorización y la de secuestro de sobrino inofensivo?

Me sacaron cargado de manos y pies, estirándome cada uno por su lado. En el camino, por el corredor, los ojos de la Mona Lisa del cuadro se quedaron quietos mirando un punto fijo en la pared del frente, sin determinarme, sin perseguirme como perseguían todo, desencantados de mí por aquello mío. Mi mamá, con los ojos camuflados detrás de las gafas negras de disimule que se ponía cuando estaba triste, esperaba parada al pie de la puerta de la calle con la mano lista para echarme la bendición. Que era por mi bien, me decía, que se lo iba a agradecer más adelante, que más vale temprano que tarde, que si seguía siguiendo en esas me iba a enviciar más al vicio. Luego le entregó al tío Anzízar unos billetes y la tarjeta con el número del celular y la dirección de la finca de don John Jairo que yo había visto al lado del teléfono en la mesa de la sala.

—Yo no necesito internarme —grité chapaliando—. Yo necesito amor, comprensión y ternura.

Antes de que le diera por arrepentirse, mi mamá dio la orden y me sacaron a los trancazos. Bocarriba, medio desnucado mirando para atrás, la vi rezando, agarrándose la cabeza, yéndose en reversa para la cocina, mirándome, como para no perderse lo poquito que le quedaba de hijo en la casa.

A la brava me embutieron en el carro. Los ojos de los tíos me miraban por encima de los hombros con esa prepotencia de los ojos que a pesar de tantos vicios vistos en la vida jamás se habían puesto rojos ni titilado ni dilatado ni excitado más de lo normal. Al principio del camino ninguno pronunció palabra pero todos nos estábamos hablando en silencio sin parar a cada uno sobre mí. Un perrito de plástico sentado en el tablero del carro mecía la cabeza hacia los lados como diciéndome no no no no, Manuel, qué decepción, caíste muy bajo, tocaste fondo. Lo dejé de mirar para no tener que reconocerle que tenía la razón.

En la autopista Medellín Bogotá, por Guarne, saliendo de la bomba de gasolina, me dio por mirar de reojo al tío Anzízar y una parte muy activa de mí que juzga me aseguró que él, mi preferido en el mundo, era el culpable de que los tíos se hubieran vuelto a reunir después de sacarse el cuerpo toda la vida y también de que yo estuviera yendo para donde iba. Otra parte de mí más tímida, la justa, para verificar que la parte mía que juzga tenía la razón o era además de prejuiciosa cizañera, me obligó a devolverme más de veinte años en el tiempo hasta que llegué en dos segundos al lugar donde estaba instalada mi niñez y ahí me quedé embelesado escarbando en los recuerdos.

El tío Anzízar, que estaba al lado mío agarrándome fuerte de la muñeca para que no se me fuera a ocurrir tirarme por la ventanilla, estaba, a la vez, pasando la calle sin canas ni entradas ni arrugas ni joroba ni barriga para ir a almorzar a la casa de la abuela donde yo lo estaba esperando asomado por los barrotes de madera de la ventana. Miró para el lado por el que venían los carros, frenó mientras leía algo en el bíper y sin volver a mirar pasó la calle cuando una cosa amarilla con llantas a toda velocidad se le fue encima. Yo me tapé los ojos dejando dos persianas de las manos medio abiertas y escuché chirriar las llantas del taxi, que patinó varios metros como si el piso tuviera aceite. Luego escuché lo que escuché, patente, letra por letra, claro, saliendo disparado a los gritos de la boca del tío directo a los oídos del chofer:

—Gonorrea —y los dos se quedaron mirándose con antojos de matarse.

Esa palabra áspera y brusca y carrasposa me entró raspándome los tímpanos y me llegó sin escalas hasta donde estaba la felicidad mía. Me reí gozoso revolcándome en el suelo. Me reí con una risa desconocida que yo no había tenido la dicha de reír nunca. Gonorrea. Todo el tiempo me repetí esa maravilla en la cabeza hasta que se me quedó grabada en la parte de uno adonde van a dar las groserías, feliz estrenando, inaugurando con lujo de detalles ese lugar dentro de mi mente tan importante en mi vida. Gonorrea, gonorrea, me decía suavecito, gonorrea, gonorrea, ¡qué linda!, gonorrea, gonorrea, ¡qué tierna!, gonorrea, y suspiraba.

Por Marinilla, a una hora de la finca de don John Jairo, el tío Anzízar me entregó tres pacas de cigarrillos para que en mis primeros días allá no comiera muchas ansias. No los determiné porque sabía que a esos cigarrillos yo no les importaba un carajo y por eso mismo no me iban a quitar las ansias ni el desespero ni la intranquilidad que se me estaban dejando venir fortalecidos. Pero sí miré maluco al tío Anzízar para que se diera cuenta de una vez que él era el responsable de lo mío.

Luego me puse a ver el paisaje por la ventanilla del tío Mario. Era como estar en la sala de la casa viendo Naturalia en el televisor sin Gloria Valencia de Castaño describiendo todo, pero con olores, mientras un impaciente con control remoto adelantaba el programa a ochenta kilómetros por hora por toda la autopista Medellín Bogotá. Los árboles, las montañas, los animales recostados haciendo pereza, las piedras y todas esas güevonadas se veían mamados de ir tan rápido en sentido contrario del carro del tío Édgar. En el peaje de Santuario me quedé viendo una piedra grande puesta en la nada como con ganas de salir corriendo a zancadas para donde estaba la naturaleza quieta y cansada y perezosa y unida como una familia que acabábamos de dejar atrás en el camino. Trascendental y sensible pensé: Es una piedra triste, pero con mucha personalidad.

—A esa piedra se le ve por encima el aburrimiento que tiene —dije por decir.

El tío Anzízar se rio al lado mío por no dejar, y en la parte mía de los recuerdos, en el comedor de la casa de la abuela, en una comida especial, se rio a las carcajadas cuando de la nada el niño que yo fui fue soltando delante de toda la familia en ese entonces hermanada esa palabra áspera y brusca y carrasposa y arrastrada y maravillosa y musical que me alegraba la vida. Me la celebraron secos de risa.

Entusiasmado por la recochita, durante más de un mes me la pasé de aquí para allá a pipí voliao gritando por toda la casa, en todas las casas, en toda parte, gonorrea sin contexto, gonorrea sacando mocos, gonorrea a las visitas, gonorrea al perro, gonorrea chupando dedo, gonorrea viendo muñequitos, gonorrea a Alf, gonorrea al loro que con cariño me saludaba de gonorrea, gonorrea a Guri Guri, gonorrea a la Mona Lisa, gonorrea a mi mamá, gonorrea a la abuela, gonorrea rezando, gonorrea a las cucarachas, gonorrea al cura del barrio, gonorrea al celador de la cuadra, gonorrea a los mariguaneros de la esquina, gonorrea al Chapulín Colorado, gonorrea al maestro Longaniza, gonorrea a las gonorreítas que pegaban chicles del timbre y salían corriendo, gonorrea al oso de peluche que yo arrullaba para dormirme, gonorrea a los tombos gonorreas, gonorrea, gonorrea, gonorrea, gonorrea, gonorrea.

Crecí, me crie y me eduqué diciéndole gonorrea a todo lo que se me atravesaba en el camino hasta que mi mamá me lo prohibió de tacada logrando con eso, sin querer, que esa hermosa palabra tan cuestionada, tan discriminada, tan satanizada, tan insultada, tan censurada, tan agraviada, tan injuriada, tan ultrajada, tan vituperada, tan atropellada, tan hijueputiada, tan despotricada, tan humillada, tan condenada, tan deshonrada, tan gonorreamente maltratada y tan mal vista que me gustaba tanto me gustara más por solidaridad con ella, ¡pobrecita!, y porque, viéndolo bien, a lo bien, todo bien gonorreas, la palabra gonorrea no era tan gonorrea como la querían hacer ver.

A los días fui progresando, ampliando el repertorio, superándome, nutriendo con disciplina mi banco de groserías que no decía, no señor, no decía, solo pensaba para que no me fueran a castigar. Luego agarré confianza y las empecé a decir para mí solo: en el baño, encerrado en la pieza, debajo de las cobijas, donde no hubiera oídos. Con el tiempo la mente y el cuerpo me pedían más, me exigían que aumentara la dosis, que incorporara groserías más groseras a mi catálogo de groserías, que las hiciera públicas, y yo me les rebelaba a la mente y al cuerpo y les decía que no, que comieran mierda, hijueputas, que qué se creían, y la mente y el cuerpo se me rebelaban, se me varaban, se me fundían, se me agüevaban, se me enchimbaban, no me dejaban caminar, no me dejaban pensar, no me dejaban en paz, me las reclamaban hasta que me sacaban la piedra y les vaciaba, por el bien de mi mente, de mi cuerpo y de mí, mi sartal de guachadas. Me estoy saliendo de las manos, pensaba entre angustiado y feliz, estoy tocando fondo.

Sin darme ni cuenta me convertí en un grosero empedernido, quizás, hazaña merecedora de felicitaciones, reconocimientos, premios, honoris causa, en el más grosero de Colombia, o sea del mundo, en un grosero de exportación.

Por eso volví a mirar de reojo al tío Anzízar, pero mucho más maluco de lo que lo había mirado. Aunque lo adoraba lo miré con odio y con gratitud al mismo tiempo. Con odio porque por él iba yo ahí para allá, gastando pensadera, con la cabeza hecha un enredo, aporriando neuronas, analizando la manera de volarme, y con gratitud porque por él yo tenía un vicio y el vicio es una cosa que el vicioso quiere mucho y no quiere dejar pero que, ay, qué cagada, tiene que dejar para darles gusto a otros.

—Lo suyo no es tan grave que digamos —comentó el tío Édgar por romper el hielo, sonriente todavía por mi comentario sobre la piedra desamparada—. Lo suyo, Manuel, se cura facilito a punta de fuerza de voluntad. Lo suyo es fácil, hombre, pan comido, difícil para los enviciados a decir «haiga», «taisi», «veniste», «dentrar», «ésito», «nadien», «ator», «setso» y esas cosas.

Quise decirle que si dejar un vicio para él era tan fácil como decía, entonces por qué hijueputas seguía metiendo arequipe con leche y mazamorra con panela y bocadillo con quesito día y noche como un viejito, que no subestimara los malparidos vicios ajenos, que los vicios de los otros tenían los mismos derechos que los de él, que los respetara, que, tío carechimba, fácil un culo, que yo no era capaz de pegar los ojos si antes de acostarme no decía un «marica» aunque fuera o un «pirobo» casual o un «güevón» inofensivo, que se me fundía el cacorro cerebro, se me atascaba, se me abarrancaba, se me emberracaba, que si no pronunciaba un «careculo» indefenso no podía ni cepillarme los dientes ni levantarme de la cama, me desganaba, me cogía el tembleque, ni ganas de darle al onanismo me daban, que si dejaba el vicio adentro, contenido, frustrado, amarrado, secuestrado, encaletado en mí, sin salida, tío enchimbado, si no lo exteriorizaba, si no lo hacía público como es debido y se lo merecía, si no lo dejaba libre, si le frustraba su condición de vicio sentía como si me colgaran de las güevas. ¿Fácil?, tío Édgar, con todo respeto, la chimba, no seás güevón. ¡Fácil las güevas!

—No es fácil, tío, no crea. Yo no puedo controlar las guachadas. Se me van saliendo solas, sin mi consentimiento, se me tiran de la boca sin darme cuenta. Yo quiero parar, tío Édgar, pero no puedo —le expliqué con cultura ciudadana—. Además, cuando las digo la existencia se me pone clarita.

—Uno empieza diciendo malas palabras, hombre Manuel, y luego miente, y el que miente roba, y luego pasa al cigarrillo y de ahí cae en la marihuana y en el alcoholismo y en el ateísmo y en el homosexualismo y después mata y termina en la cárcel o en silla de ruedas, o si le va bien acaba muerto —argumentó el tío Frank mirándome por el espejo de adelante.

—Acá te van a higienizar el vocabulario —aseguró el tío Mario dándome con el codo— y te van a enseñar a decir las cosas lindamente.

Cuando escuché el «acá» del tío Mario el corazón casi se me sale por la boca. Miré por la ventanilla donde él estaba agarrándome de la axila y vi puro verde. Enseguida miré por la ventanilla del tío Anzízar sosteniéndome de la muñeca y vi puro verde. Verde por todos lados. Verde hasta lo de otro color. Después miré hacia adelante y cuando el tío Édgar frenó vi un letrero gigante, de letras fornidas, bien alimentadas, derechitas, seguras de sí mismas, en la portada de una finca que parecía infinita, que decía: «Bienvenido: Centro de Rehabilitación Papá John: Especialistas en recuperar personas».

Me bajé del carro por mis propios medios y desganado me di un borondo por la manga hacia la entrada aspirándome el verde de las montañas vecinas y el café oscuro de la boñiga fresca, acabadita de hacer, perseguido por los tíos listos a correr detrás de mí mirándome mirar el paisaje y a los niños contentones elevando globos, prendiendo pilas y Chispitas Mariposa, tirando chorrillos, tacos, papeletas y voladores acostados. El tío Anzízar tocó con los nudillos la puerta de madera gruesa y enseguida con una piedra hasta que salió a recibirnos lo más de querido don John Jairo: un gordo desmelenado del todo luciendo con insolencia y elegancia un sombrero que le quedaba al pelo que se quitó por cortesía, una ruana, un carriel, un pantalón caqui y unas alpargatas, además de un sobrio tufo fiestero que le combinaba con la pinta camuflado detrás de un confite de menta. Calvo hijueputa, pensé lo que piensa la gente, hasta la decente, cuando ve un calvo.

Adentro me recibió el maletín, me requisó como si me deseara y me decomisó los cigarrillos. Mientras don John Jairo charlaba con los tíos y les decía que había sido una idea brillante haberme internado un primero de enero y que para acabar de ajustar lunes, dizque porque la mente de los adictos asimilaba mejor y de más buena gana ese tipo de fechas, yo me puse a pistiar el ambiente, los techos, las ventanas, las paredes, los patios, las puertas buscando por dónde era que me iba a escapar, pero aunque había por dónde, nadie parecía querer irse. Risas, chacota, entusiasmo, unión, armonía, guachafita, algarabía, charlas de gente feliz, luminiscente, limpiecita por dentro. Esa contentura de ellos hizo que me sintiera poquito, una migaja, hijueputamente triste, miserable.

Caminé por el corredor con las manos en los bolsillos viendo gente afeitada, peinada, bien motilada, en pantaloneta y camisilla pero digna, oliendo bueno, con una pátina disimulada de angustia y resignación en las maneras, en los gestos, presumiendo una alegría triste. En la sala unos muchachos, ajuiciados a las malas para olvidar que adentro de cada uno alguien los sonsacaba todo el tiempo a seguir en las mismas de antes, se hacían visita sentados en el suelo para embolatar la zozobra y distraer sus infiernos. Por todas partes, de aquí para allá, pasando bueno, personas que entraban con la mirada clavada en el piso y que el tiempo en la finca había ido enderezando. Adictos al trago, al juego, al bazuco, al ocio, a dar, a quitar, a la heroína, al perico, a la papaya, a la perfección, a la simetría, al apego, a la pega, al ego, a la paja, al cigarrillo, a hablar preguntándome por el mundo de afuera, abrazándome, dándome la bienvenida, chicaniándome cada uno con el vicio que estaba bregando dejar. Qué ganas, qué amure de vulgaridad tan gonorrea, pensé mientras comía uña y atisbaba gente.

En esas andaba cuando me saludó Gildardo, el mejor escritor de mi edificio, el orgullo de los vecinos por haberse ido a estudiar a una prestigiosa universidad en Francia cerca de la torre Eiffel, internado por su propia cuenta, quien me contó que estaba luchando por dejar el vicio de matar gente que se inventaba en sus libros. De la nada apareció don John Jairo, que me llevó cogido del brazo a una pieza con aires de oficina, adornada con materas y cuadros del Corazón de Jesús en todos los tamaños, colores y presentaciones, con un escritorio, una silla giratoria hermosa que daba pesar montarle el culo encima y otra humilde donde sí lo puse sin aflicciones para que me interrogara.

—¿Qué fue lo último que consumió? —me preguntó como tirándole piedra al foco de un poste de luz—. ¿Y cuándo?

—Natilla y buñuelo en la noche, nada más, celebrando el Año Nuevo —le dije la verdad.

—¿Bareta?, ¿perico?, ¿bazuco?, ¿alcohol?, ¿sacol?, ¿heroína?, ¿pepas? Diga a ver, diga, diga.

—Nada de eso. Yo estoy acá por otra cosa —dije agachando la cabeza con pena de lo que le iba a confesar—. Yo estoy acá porque mi mamá me mandó sin mi autorización.

—¿Cuál es su adicción? Joven, ¿qué mete usted? —dijo y se tomó un sorbo de un líquido transparente de una botella de Bretaña que expedía un olorcito pachanguero que me hizo entrar ganas de escuchar Julio Jaramillo a todo taco.

—Yo no meto nada, señor, yo saco. A mí se me salen groserías por la boca, como si estuviera encartado con ellas o se resbalaran. Hasta sin ganas se me salen y yo no hago nada por atajarlas. ¿Me entiende? —mientras hablaba sentí un «hijueputa» anidándome en la punta de la lengua con afanes de salírseme—. Como si no hubiera un filtro de decencia en mi garganta. Eso sí, señor: son groserías sin rabia, sin ira, sin odio, sin violencia, sin nada de esas cosas malucas. Son más como un hobby, pero son dueñas de mis actos y de mi estado de ánimo. Son groserías, incluso, cargadas de delicadeza y ternura.

Le hablé un rato largo de mi problema y le conté mi vida. Don John Jairo me miraba de una manera tan penetrante que sentí terror de que se metiera en mí y me viera cosas muy incómodas. Después de un momento de solo mirarnos a los ojos sin parpadiar ni decir palabra como dos enamorados, afirmó:

—Joven, definitivamente usted cayó muy bajo, su degenere es lamentable —se tomó otro trago de Bretaña feliz, agarró el teléfono, hizo como si alguien lo estuviera escuchando del otro lado y con disimulo silbó a los gritos—. La tarea va a ser difícil, pero vamos a desterrarle ese vicio de su vida.

De pronto apareció Mireyita, la encargada de atolondrarnos a punta de pastillas. Me llevó de gancho por toda la casa presentándome cuadros, materas, lugares y pura gente sonriente y dichosa que sufría por dentro. Sociabilizando conocí a Martín, un muchacho que llevaba tres años dando lidia internado y que andaba por la finca con una media dentro de la boca y una cinta aislante negra cubriéndosela como parte de la terapia, enviciado hasta el corrompimiento y la indecencia a sociabilizar. Por todos lados iba desesperado buscando gente que le escuchara la carreta, hablando encima de las palabras de los otros cosas que no se le entendían, expresándose con mone

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