Los Gatos Guerreros | El Poder de los Tres 1 - La mirada secreta (Los Gatos Guerreros | El Poder de los Tres 1)

Erin Hunter

Fragmento

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Contenido

Portada

Dedicatoria

Filiaciones

Mapa 1

Mapa 2

Prólogo

1

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Créditos

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«¡Ya debo de estar cerca del campamento!», pensó Glayito desesperado, resbalando sobre las hojas caídas.

Sintió un gran dolor en la cola cuando el zorro lo alcanzó con sus afilados dientes. Glayito aceleró; corría cada vez más deprisa hasta que, sin previo aviso, el suelo desapareció debajo de sus patas.

Con una sacudida de horror, notó cómo se hundía en el vacío.

«¡He caído a la hondonada!»

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Un agradecimiento especial a Kate Cary

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Filiaciones

CLAN DEL TRUENO

Líder

ESTRELLA DE FUEGO: gato de un intenso color rojizo.

Lugarteniente

ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos ámbar.

Aprendiz: BAYINO

Curandera

HOJARASCA ACUÁTICA: gata atigrada de color
marrón claro y ojos ámbar.

Guerreros
(gatos y gatas sin crías)

MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.

Aprendiza: ZARPA PINTA

TORMENTA DE ARENA: gata de color melado claro.

Aprendiza: MELOSA

NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo.

Aprendiza: CARBONCILLA

FRONDE DORADO: gato atigrado marrón dorado.

ESPINARDO: gato atigrado marrón dorado.

Aprendiza: ROSELLERA

CENTELLA: gata blanca con manchas canela.

CENIZO: gato gris claro con motas más oscuras,
de ojos azul oscuro.

ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.

ZANCUDO: gato negro de largas patas,
con la barriga marrón y los ojos ámbar.

Aprendiz: RATOLINO

RIVERA DONDE NADA EL PEQUEÑO PEZ (RIVERA): gata atigrada de color marrón y ojos grises, antiguo miembro
de la Tribu de las Aguas Rápidas.

BORRASCOSO: gato gris oscuro de ojos ámbar, antiguo miembro de la Tribu de las Aguas Rápidas.

CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.

BETULÓN: gato atigrado marrón claro.

Aprendices

(de más de seis lunas de edad, se entrenan
para convertirse en guerreros)

BAYINO: gato de color tostado.

ZARPA PINTA: pequeña gata gris y blanca.

RATOLINO: gato gris y blanco.

CARBONCILLA: gata atigrada de color gris.

MELOSA: gata atigrada de color marrón claro.

ROSELLERA: gata parda.

Reinas

(gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)

FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro. Pareja de Manto Polvoroso;
madre de Albinilla y Raposillo.

DALIA: gata de pelo largo color tostado, procedente
del cercado de los caballos.

esquiruela: gata de color rojizo oscuro y ojos verdes.
Pareja de Zarzoso; madre de Leoncillo, Carrasquina
y Glayito.

Veteranos

(antiguos guerreros y reinas, ya retirados)

RABO LARGO: gato atigrado de color claro con rayas
muy oscuras, retirado anticipadamente por problemas
de vista.

MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.

CLAN DE LA SOMBRA

Líder

ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes
patas negras como el azabache.

Lugarteniente

BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.

Curandero

CIRRO: gato atigrado muy pequeño.

Guerreros

ROBLEDO: pequeño gato marrón.

SERBAL: gato rojizo.

Aprendiza: YEDRINA

CHAMUSCADO: gato negro.

Aprendiz: RAPACERO

AGUZANIEVES: gata de un blanco inmaculado.

Reina

TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.

Veteranos

CEDRO: gato gris oscuro.

AMAPOLA: gata atigrada marrón claro
de patas muy largas.

CLAN DEL VIENTO

Líder

ESTRELLA DE BIGOTES: gato atigrado de color marrón.

Lugarteniente

PERLADA: gata gris.

Curandero

CASCARÓN: gato marrón de cola corta.

Aprendiz: AZORÍN

Guerreros

OREJA PARTIDA: gato atigrado.

Aprendiz: LEBRATO

CORVINO PLUMOSO: gato gris oscuro.

Aprendiza: ZARPA BRECINA

CÁRABO: gato atigrado de color marrón claro.

COLA BLANCA: pequeña gata blanca.

Aprendiz: VENTOLINO

NUBE NEGRA: gata negra.

TURÓN: gato rojizo de patas blancas.

Veteranos

FLOR MATINAL: reina de color carey,
muy anciana.

MANTO TRENZADO: gato atigrado
de color gris oscuro.

CLAN DEL RÍO

Líder

ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada
con insólitas manchas doradas.

Lugarteniente

VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.

Aprendiza: ZARPA ROANA

Curandera

ALA DE MARIPOSA: gata atigrada de color dorado.

Aprendiza: BLIMOSA

Guerreros

PRIETO: gato negro grisáceo.

MUSGAÑO: pequeño gato atigrado
de color marrón.

Aprendiza: PALOMINA

JUNCAL: gato negro.

Aprendiz: SALTARÍN

MUSGOSA: gata parda de ojos azules.

Aprendiz: GUIJOSO

FABUCÓN: gato marrón claro.

TORRENTERO: gato atigrado de color gris oscuro.

Reina

FLOR ALBINA: gata de color gris muy claro.

Veteranos

GOLONDRINA: gata atigrada oscura.

PIZARRO: gato gris.

GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES

LÁTIGO GRIS: gato gris de pelo largo.

MILI: pequeña gata doméstica
de color gris y atigrada.

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Prólogo

Las raíces embarradas de un árbol formaban una pequeña abertura. En las sombras que había más allá, los zarcillos enroscados rodeaban el suave suelo de una cueva excavada por muchas lunas de viento y agua.

Un gato subía por el sendero empinado que llevaba a la entrada, entornando los ojos conforme se iba acercando. Su pelaje del color del fuego resplandecía bajo la luz de la luna. Inquieto, con las orejas alerta y el pelo erizado, se sentó en la boca de la cueva y enroscó la cola alrededor de las patas.

—Me has pedido que viniera.

Desde la oscuridad, unos ojos lo miraron centelleando... unos ojos tan azules como el cielo estival reflejado en el agua. Un gato gris, marcado con las cicatrices del tiempo y de las peleas, estaba esperando en la entrada.

—Estrella de Fuego. —Rozó la mejilla del líder del Clan del Trueno con su hocico veteado de blanco—. Tengo que darte las gracias —maulló con voz ronca por la edad—. Has reconstruido el clan perdido. Ningún gato podría haberlo hecho mejor.

—No hay de qué —respondió Estrella de Fuego inclinando la cabeza—. Sólo hice lo que debía.

El viejo guerrero asintió, parpadeando pensativo.

—¿Crees que has sido un buen líder para el Clan del Trueno?

Estrella de Fuego se puso tenso y agitó los bigotes.

—No lo sé —maulló—. No ha sido fácil, pero siempre he intentado hacer lo correcto.

—Nadie dudaría de tu lealtad —dijo el viejo gato con voz cascada—. Pero ¿hasta dónde llegaría?

Los ojos de Estrella de Fuego brillaron con incertidumbre mientras buscaba las palabras para responder.

—Se avecinan tiempos difíciles —continuó el guerrero antes de que el líder pudiera contestar—. Y tu lealtad se pondrá a prueba al máximo. En ocasiones, el destino de un gato no es el mismo que el de todo el clan.

De pronto, el viejo guerrero se levantó pesadamente y se quedó mirando más allá de Estrella de Fuego. Parecía como si ya no viera al líder del Clan del Trueno, sino algo lejano que a éste se le escapaba.

Cuando volvió a hablar, su áspera voz sonó más suave, como si otro gato estuviera usando su lengua:

—«Habrá tres, sangre de tu sangre, que tendrán el poder de las estrellas en sus manos.»

—No lo comprendo —dijo Estrella de Fuego con un nudo en la garganta—. ¿Sangre de mi sangre? ¿Por qué me cuentas eso?

El viejo parpadeó y sus ojos volvieron a clavarse en el líder.

—¡Tienes que decirme algo más! —le exigió Estrella de Fuego—. ¿Cómo voy a decidir qué hacer, si no te explicas?

El anciano guerrero respiró hondo, pero al cabo sólo dijo:

—Adiós, Estrella de Fuego. En las estaciones por venir, acuérdate de mí.

Estrella de Fuego se despertó alarmado, con una sensación de miedo en el estómago. Parpadeó aliviado al ver las familiares paredes de piedra de su guarida, en la hondonada que había junto al lago. La luz de la mañana se colaba por la grieta de la roca. La calidez del sol en la piel lo tranquilizó.

Se puso en pie y sacudió la cabeza, tratando de olvidar el sueño, pero no había sido un sueño común y corriente, pues recordaba estar en esa cueva con tanta claridad como si hubiera pasado una luna atrás, en vez de las muchísimas transcurridas desde entonces. Cuando el viejo guerrero pronunció su extraña profecía, las hijas de Estrella de Fuego aún no habían nacido y los cuatro clanes todavía vivían en el bosque. La profecía lo había seguido durante el gran viaje por las montañas y se había quedado con él en su nuevo hogar del lago. Y todas las lunas llenas, ese recuerdo volvía a ocupar sus sueños. Ni siquiera Tormenta de Arena, que dormía a su lado, sabía nada de las palabras que él había intercambiado con el anciano.

Desde lo alto de su guarida, contempló el campamento, que se estaba despertando a sus pies. Su lugarteniente, Zarzoso, se desperezaba en el centro del claro, estirando sus potentes omóplatos con las garras clavadas en el suelo. Esquiruela se le acercó y lo saludó con un ronroneo.

«Ojalá me equivoque —pensó Estrella de Fuego, aunque sentía un vacío en el corazón. Temía que la profecía estuviera a punto de cumplirse—. Los tres ya están aquí...»

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1

Las hojas rozaban el pelo de Glayito como si fueran copos de nieve. Bajo sus patas crujían muchas más, rígidas por la escarcha. Había tantas que las patas se le hundían y cada paso le costaba un gran esfuerzo. El viento helado le atravesaba el pelaje —que aún consistía en la suave pelusa de los cachorros— y lo hacía estremecerse.

—¡Espérame! —gimió. Oía la voz de su madre más adelante, pero su cálido cuerpo siempre se encontraba a unos pasos de distancia.

—¡Nunca lo atraparás!

El agudo maullido se coló en sus sueños, y Glayito se despertó sobresaltado. Levantó las orejas y escuchó los sonidos familiares de la maternidad. Sus hermanos estaban jugando, revolviéndolo todo. Fronda lamía a sus cachorros adormilados. Ahora no había nieve; estaba en el campamento, calentito y a salvo. Podía percibir el olor del lecho de su madre, vacío pero todavía impregnado con su esencia.

—¡Uf! —resopló, sorprendido, cuando su hermana Carrasquina aterrizó sobre él—. ¡Ten cuidado!

—¡Por fin te has despertado! —exclamó la gatita.

Rodó sobre él y apoyó las patas traseras en el costado de Glayito. Luego, impulsándose, se alejó de un salto para atrapar algo que estaba fuera de su alcance.

¡Un ratón! Glayito captó su olor. Sus hermanos debían de estar jugando con la carne fresca que acababa de llegar. Se levantó de un brinco y se estiró deprisa, con un temblor que recorrió todo su cuerpecillo.

—¡Atento, Glayito! —exclamó Carrasquina, y el ratón pasó silbando junto a la oreja de su hermano—. ¡Eres tan lento como una babosa! —se burló, al ver que él giraba demasiado tarde para atraparlo.

—¡Lo tengo! —chilló Leoncillo, saltando sobre la pieza, y sus patas resonaron sobre el suelo de tierra compacta de la maternidad.

Glayito no iba a permitir que su hermano le robara el premio tan fácilmente. Puede que fuera el más pequeño de la camada, pero era rápido. Saltó hacia Leoncillo, lo derribó y alargó la pata para coger el ratón.

Aterrizó patinando con torpeza y rodó por el suelo; se asustó al notar que lo que había debajo de él no era musgo, sino los cálidos cuerpecillos de los dos cachorros de Fronda. Ésta le dio un enérgico empujón con las patas traseras para apartarlo.

—¿Les he hecho daño? —preguntó Glayito con la voz entrecortada.

—Por supuesto que no —le espetó la reina—. ¡Eres tan pequeño que no aplastarías ni a una pulga! —exclamó, y sus hijos maullaron mientras ella los atraía más hacia su vientre—. Pero ¡vosotros tres os estáis volviendo demasiado brutos para permanecer en la maternidad!

—Lo lamento, Fronda —se disculpó Carrasquina.

—Lo siento —repitió Glayito, aunque el comentario de Fronda sobre su tamaño le había dolido.

Por lo menos, a la reina se le pasaría pronto el enfado. Perdonaría con facilidad a los cachorros a los que había amamantado: cuando Esquiruela tuvo problemas para darles de mamar, fue Fronda quien alimentó a Glayito, Carrasquina y Leoncillo, lunas antes de que naciera su propia camada.

—Ya es hora de que Estrella de Fuego os busque mentores y os traslade a la guarida de los aprendices —maulló Fronda.

—Ojalá —suspiró Leoncillo.

—No tardará —señaló Carrasquina—. Ya casi tenemos seis lunas.

Glayito sintió la habitual oleada de emoción al imaginarse convertido en aprendiz de guerrero. Estaba deseando comenzar su entrenamiento, pero, incluso sin ver la cara de Fronda, percibió las dudas de la reina y supo que estaba mirándolo con lástima. Se le erizó el pelaje de frustración: ¡él estaba tan preparado como Carrasquina y Leoncillo!

Fronda respondió a Carrasquina, sin saber que Glayito había captado su momento de titubeo:

—Bueno, todavía no tenéis seis lunas. Y hasta que las cumpláis, ¡bien podéis ir a jugar fuera de aquí! —les ordenó.

—Sí, Fronda —contestó Leoncillo dócilmente.

—Venga, Glayito —dijo Carrasquina—. Trae el ratón.

Y las ramas del zarzal susurraron cuando la cachorrita traspasó la entrada de la maternidad.

Glayito recogió el ratón con delicadeza. Como no hacía mucho que había muerto, estaba blando, y no quería que sangrara: aún podrían jugar con él sin mancharse. Seguido de cerca por Leoncillo, salió tras su hermana. Le resultó agradable que las espinas del túnel de entrada le tiraran del pelo; eran lo bastante puntiagudas para eso, pero no tanto como para hacerle daño.

En el exterior, el aire tenía un vigorizante olor a escarcha. Estrella de Fuego estaba compartiendo lenguas con Tormenta de Arena debajo de la Cornisa Alta. Manto Polvoroso se encontraba con ellos.

—Deberíamos pensar en ampliar la guarida de los guerreros —aconsejó el atigrado marrón al líder—. Ya está abarrotada, y los hijos de Acedera y Dalia no serán aprendices eternamente.

«¡Y nosotros tampoco!», pensó Glayito.

Centella y Nimbo Blanco se estaban acicalando mutuamente bajo el sol, al otro lado del claro. Glayito oyó el sonido regular de sus lametazos, como el agua que gotea de una hoja tras la lluvia. Como el de todos los gatos del Clan del Trueno, el pelaje de los guerreros tenía el espesor de la estación sin hojas, pero los músculos de debajo se habían vuelto fibrosos debido a la escasez de presas y las duras partidas de caza.

El hambre no era la única consecuencia de dicha estación. Topero, uno de los hijos de Acedera, había muerto de unas toses que no habían respondido al tratamiento de Hojarasca Acuática, y Orvallo había perdido la vida durante una tormenta, cuando le cayó encima la rama de un árbol.

Centella dejó de lamer a Nimbo Blanco.

—¿Cómo estás hoy, Glayito?

El cachorro dejó el ratón entre sus patas, a salvo de las zarpas de Carrasquina.

—Estoy bien, por supuesto —maulló.

¿Por qué Centella tenía que prestarle tanta atención? Sólo se había echado una siesta en la maternidad, no había llevado a cabo una incursión en el territorio del Clan de la Sombra. Era como si la gata siempre tuviese puesto sobre él su único ojo bueno. Ansioso por demostrar que era tan fuerte como sus hermanos, Glayito lanzó el ratón por los aires.

Mientras Leoncillo pasaba como un rayo junto a su hermano para disputarse con Carrasquina quién sería el primero en agarrar al roedor, la voz de Esquiruela sonó desde un lateral de la maternidad:

—¡Deberíais mostrar más respeto por las presas!

La madre de los pequeños estaba atareada tupiendo con hojas los huecos de las ramas espinosas que rodeaban la guarida de las reinas.

Dalia la ayudaba.

—Los cachorros son así —ronroneó con indulgencia.

A Glayito se le dilataron las aletas de la nariz ante el extraño olor de Dalia. Era diferente al de los gatos nacidos en un clan, y algunos de los guerreros todavía se referían a ella como la minina casera, porque antes vivía en el cercado de los caballos y tomaba la comida de los Dos Patas. Dalia no se había convertido en guerrera porque no daba la menor muestra de querer abandonar la maternidad, pero sus hijos, Ratolino, Zarpa Pinta y Bayino, eran aprendices, y a Glayito le parecían tan buenos como el resto de sus compañeros nacidos en el clan.

—Pronto ya no serán cachorros —le dijo Esquiruela a Dalia, acercándose más hojas con la cola; el sonido que hacían al romperse le recordó a Glayito su sueño.

—Razón de más para dejar que disfruten ahora —contestó Dalia.

Glayito sintió una oleada de afecto por la gata de color tostado. Aunque su madre era Esquiruela, había sido Dalia quien, junto con Fronda, le había dado calor y lo había lavado cuando las obligaciones del clan mantenían a su madre lejos de la maternidad. Esquiruela había retomado sus tareas guerreras poco después de que nacieran sus cachorros. Aunque seguía teniendo un lecho en la maternidad, cada vez lo usaba menos, pues prefería dormir en la guarida de los guerreros, donde no molestaba a los cachorros ni a las reinas cuando se levantaba temprano para patrullar al alba.

—¿Todavía notas la corriente, Fronda? —le preguntó Esquiruela a la reina a través del muro.

—No —contestó Fronda detrás de las ramas enmarañadas—. Aquí dentro estamos tan calentitos como crías de zorro.

—Estupendo —maulló Esquiruela—. Dalia, ¿puedes limpiar tú esto? Le he prometido a Zarzoso que lo ayudaría a comprobar si hay rocas sueltas alrededor de la hondonada.

—¿Rocas sueltas? —repitió Dalia dando un respingo.

—Es genial tener unas defensas tan sólidas —repuso la guerrera, mirando hacia los escarpados muros de piedra que rodeaban el campamento por casi todos lados—. Pero las heladas podrían haber aflojado alguna piedra, y no queremos que caigan sobre el campamento.

Glayito se distrajo al captar el amargo tufo a bilis de ratón que emanaba de la guarida de los veteranos. Hojarasca Acuática debía de estar quitándole una garrapata a Rabo Largo o a Musaraña. Un olor mucho más agradable anunció la llegada de dos de los hijos de Dali

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