Witch and Wizard 2. La tierra de las sombras

James Patterson

Fragmento

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ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Bando

Libro uno. La chica que tenía un don

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Libro dos. Un día de mala suerte

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Libro tres. El fin de los Allgood

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Epílogo. Como prometimos, un espectáculo

Capítulo 99

Capítulo 100

Extractos de la propaganda del nuevo orden

Nota de la conversión

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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Para Jack, que me puso en marcha después de que yo le pusiera en marcha a él.

J.P.

 

Para Ruth, por reírse en los momentos adecuados.

N.R.

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LIBRO UNO
LA CHICA QUE TENÍA UN DON

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CAPÍTULO 1

 

 

 

WHIT

 

No tenemos mucho tiempo.

Mi nombre es Whit Allgood. Supongo que habrás oído hablar de mí y de mi hermana, Wisty, y de todas las cosas enloquecidas que nos han sucedido, pero esta es la verdad: es mucho peor de lo que imaginas.

Puedes creerme cuando digo que este es el peor de los tiempos, y que el mejor de los tiempos es poco más que un recuerdo lejano. Lo peor es que nadie parece prestar atención a lo que está sucediendo. ¿Y tú?

¿Estás prestando atención?

Imagínate que todas las cosas del mundo que te gustaban, y que probablemente te parecían normales, estuvieran prohibidas. Tus libros, tu música, tus películas, el arte… Si te lo hubieran quitado todo. Quemado.

Esta es la vida bajo el Nuevo Orden, un supuesto gobierno que en realidad es un régimen totalitario brutal, y que se ha impuesto en todo el mundo. Ahora, cada segundo que pasamos despiertos tenemos que luchar por cada una de las libertades que hemos perdido. Incluso nuestra imaginación está en peligro. ¿Puedes imaginarte un gobierno que intente destruir eso? Es inhumano.

Y además… nos acusan de ser criminales.

Exactamente eso. Wisty y yo somos los más buscados en todos los panfletos del Nuevo Orden. ¿Qué crimen hemos cometido? Promover el pensamiento libre y la creatividad… Oh, y practicar las «artes oscuras y malignas», es decir, la magia.

¿Te has perdido? Voy a retroceder un poco.

Una noche, no hace tanto tiempo, los militares irrumpieron en nuestra casa y nos despertaron a todos. A Wisty y a mí nos separaron de nuestros padres sin ningún miramiento y nos llevaron a una cárcel; en realidad, un campo de exterminio para menores. ¿Y por qué?

Nos acusaron de ser una hechicera y un hechicero.

Sin embargo, la verdad es que el Nuevo Orden acabó teniendo razón acerca de eso: en aquel momento no lo sabíamos, pero Wisty y yo sí que tenemos poderes. Poderes mágicos. Y ahora estamos esperando nuestra ejecución pública junto con nuestros padres.

Este acontecimiento especialmente siniestro aún no ha tenido lugar. Pero falta poco. Os prometo a todos los que buscáis suspense, aventura y derramamiento de sangre que podréis encontrar bastante de eso. Sobre todo si eres uno de esos ciudadanos con el cerebro lavado.

Pero si eres uno de los pocos que han podido librarse de las garras del Nuevo Orden, necesitas leer mi historia. Y la historia de Wisty. Y la historia de la Resistencia. Cuando nosotros ya no estemos, alguien tendrá que seguir comunicando la palabra.

Alguien tendrá que luchar por lo que merece la pena.

Esta historia empieza con otra ejecución pública: un acontecimiento desgraciado y lamentable, un accidente del destino o de la suerte. En una palabra que odio utilizar con toda mi alma: una tragedia.

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CAPÍTULO 2

 

 

 

WHIT

 

Esto fue lo que pasó. Trataré de acordarme lo mejor posible.

Recuerdo que no podría haber estado más desorientado y más solo mientras vagaba por las calles de aquella ciudad gris, abandonada y aun así llena de gente. ¿Dónde está mi hermana? ¿Dónde está el resto de la Resistencia? Sigo pensando en ello o quizá estoy murmurando estas palabras como si fuera un mendigo que ha perdido el juicio.

El Nuevo Orden ha desfigurado esta ciudad, que antes era hermosa, hasta el punto de que resulta difícil reconocerla. Parece un cadáver en el que proliferan las larvas. El cielo se halla tan bajo que resulta sofocante, los edificios indistinguibles entre sí, e incluso las caras de la gente que me rodea, todos con prisas, todos nerviosos, están tan carentes de color y de vida como el hormigón bajo mis pies.

Ya sé que el Nuevo Orden ha sometido a casi todo el mundo a un eficiente lavado de cerebro, pero se diría que estas personas están demasiado aceleradas, demasiado apegadas a los cuadernillos de propaganda que llevan en las manos como libros de oraciones.

De repente, mis ojos identifican una palabra escrita en grandes letras mayúsculas: EJECUCIÓN.

Y entonces una enorme pantalla que cuelga sobre el bulevar se enciende de pronto, y todo empieza a cobrar sentido. Todos los peatones se detienen de golpe y se quedan inmóviles, y cada una de las cabezas se gira hacia arriba como si se estuviera produciendo un eclipse.

En la pantalla de vídeo, un prisionero encapuchado, de poca estatura y aspecto frágil, se encuentra de rodillas en un escenario desnudo.

—Wisteria Allgood —pregunta una voz que hiela los huesos—, ¿deseas confesar el uso de artes oscuras con el malvado propósito de debilitar todo lo que es bueno y adecuado en nuestra sociedad?

Esto no puede estar sucediendo. Se me ha formado un enorme nudo en la garganta. ¿Wisty? ¿De verdad esa voz ha dicho Wisteria Allgood? ¿Están a punto de ejecutar a mi hermana?

Agarro por las solapas de su gabardina gris a un adulto con cara de retrasado.

—¿Dónde tendrá lugar esa ejecución? ¡Dímelo ahora mismo!

—En el Patio de Justicia —me mira con fastidio, como si le hubiera despertado de un sueño profundo—. ¿Dónde va a ser?

—¿El Patio de Justicia? ¿Dónde está eso? —le pregunto al hombre, mientras cierro las manos alrededor de su cuello, a punto de perder el control de mi propia fuerza. Juro que soy capaz de tirar a este tío contra un muro si es necesario.

—Bajo el arco de la victoria, ahí abajo —balbucea. Señala un bulevar a la izquierda—. ¡Suéltame! ¡Voy a llamar a la policía!

Lo suelto y echo a correr hacia el inmenso arco ceremonial, casi a un kilómetro de allí.

—¡Oye! ¡Espera! —grita cuando me voy—. ¿De qué me suena tu cara?

Claro que le suena. Y a todos los demás también les sonaría si se tomaran el tiempo de darse cuenta de que hay un criminal en busca y captura caminando entre ellos.

Sin embargo, los ojos de los ciudadanos siguen pegados a la pantalla. Tienen un apetito insaciable de maliciosos cotilleos de todo tipo y, por supuesto, un gusto igual de pronunciado por la muerte y destrucción injustificadas.

Incluso cuando los condenados son inocentes y menores. Nada más que muchachos.

Ahora oigo un rugido distante. El sonido del hambre de «justicia», del apetito de sangre.

Me introduzco en el patético rebaño de ovejas. «No voy a permitir que me arrebaten a mi hermana». No sin antes luchar a muerte.

Doblo una esquina y, entonces, justo donde más gente hay, veo… ¿Es esa mi hermana, Wisty, la que está en el escenario? Lleva una capucha y va toda vestida de negro, pero ahora está de pie. Con orgullo. Tan valiente como siempre.

Un hombre —si es que se le puede llamar así— se encuentra con ella en el escenario. Lleva un bastón retorcido, y su siniestro traje negro cuelga de su cuerpo de forma extraña, sin que el viento que aúlla en la plaza sea capaz de agitar la tela. Su cara angulosa resplandece de satisfacción y autocomplacencia, como si se acabase de tomar un tazón gigante de nata montada.

Lo conozco. Lo desprecio. Es el Único que es Único, seguramente la persona más malvada en toda la historia de la humanidad.

¿Faltan aún minutos o solo tengo unos segundos para detener esta horrible ejecución? No hay manera de saberlo.

Voy avanzando a codazos y a golpes hasta el escenario. Hay una fila de soldados bien armados que mantiene a la gente apartada de la tribuna. Si pudiera dejar fuera de combate a uno de ellos y hacerme con su pistola…

Miro al escenario justo a tiempo de ver al Único levantar su bastón negro y agitarlo amenazadoramente en dirección a mi hermana. Tiene una mirada de triunfo absoluto.

—¡No! —grito, aunque nadie me oye en medio de los chillidos de la multitud. Todos saben lo que está a punto de suceder. Yo también lo sé. Solo que no tengo ni idea de cómo detenerlo. Pero tiene que haber alguna manera—. ¡Nooo! —aúllo—. ¡No podéis hacer esto! ¡Es un asesinato a sangre fría!

Hay un flash —no de luz, sino de puro negro—, y ya no está. Wisty. Mi hermana. Mi mejor amiga en el mundo.

Mi hermana pequeña está muerta.

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CAPÍTULO 3

 

 

 

WHIT

 

Sigo respirando, pero no es porque le tenga el menor aprecio a la vida.

La última persona de la familia Allgood que estaba viva con certeza, la persona que me conocía mejor que ninguna otra en el mundo, la persona que se preocupaba por mí en todo, se ha ido. Qué increíble pérdida de una vida increíble.

Wisty murió mientras yo estaba mirando, y no pude hacer nada para salvarla.

El Único acaba de vaporizar a mi hermana… y ese monstruo carente de cualquier vestigio de conciencia no parece tener el menor remordimiento. Levanta los brazos como si acabara de marcar un gol, mofándose de la ausencia de sentido de la existencia humana. Me tiemblan las rodillas. Siento que estoy a punto de vomitar. Entonces oigo cómo un ensordecedor rugido de aprobación se abre paso por el enorme cañón de hormigón de esta ciudad, un lugar que ahora me parece malvado hasta el punto de no existir solución posible para él.

El Único ha conseguido su mayor triunfo social. Se regodea en la adoración, pero su impaciencia y rabia habituales emergen enseguida.

—¡Silencio!

Su mandato se expande por la ciudad, fulminando todo sonido.

Pero no me afecta. Sigo petrificado. Tengo todo el cuerpo rígido.

—Mis buenos ciudadanos —proclama sin necesidad de micrófono—, esta es una ocasión realmente magnífica. Habéis sido testigos de la supresión de la última amenaza significativa a nuestro dominio del Overworld. Wisteria Allgood, líder de la Resistencia, acaba de ser arrancada de esta dimensión. Para siempre.

Vuelve a elevar sus brazos y un nuevo golpe de viento arrastra hacia la multitud una fina estela de ceniza y un horrible olor a cabello quemado. Los «buenos ciudadanos» empiezan a vitorearle de nuevo.

Me derrumbo sobre las rodillas, pero estoy rodeado por todas partes. Entonces, de repente, tengo espacio para moverme. Los vítores se convierten en chillidos de pánico y la multitud retrocede. Veo una tremenda explosión a menos de cincuenta metros de mí.

Conozco ese fuego.

—¡Sí! —grito. Solo de pensar en ello, mi corazón parece estallar de alegría—. ¡Sí, sí, sí!

¡Es mi hermana! ¡Wisty está viva! Acaba de prenderse a sí misma en llamas, y eso, lo creáis o no, es algo muy bueno.

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CAPÍTULO 4

 

 

 

WISTY

 

Tan cierto como que me llamo Wisteria Rose Allgood, ahora mismo solo tengo un pensamiento: «Voy a quemarlo todo y a todos a mi alrededor. Quemarlo todo».

Empezaré con el escenario de la muerte, seguiré por esta plaza absurdamente ostentosa, después vendrá el turno de la ciudad entera, de su fría piedra, y más tarde acabaré con esta horrible pesadilla en la que se ha convertido el mundo. Aunque tenga que reducirme a mí misma a cenizas en el proceso, voy a arrasar todo esto, todo lo que hay, a todos ellos.

El Único que es Único acaba de matar a mi amiga Margo en ese escenario. Sé que era ella a pesar de que llevara la capucha puesta. Sus zapatillas moradas y sus pantalones negros y violetas resultaban inconfundibles. Las rayas y estrellas plateadas de sus zapatillas fueron la pista final. Margo, la última punk rocker del mundo. Margo, la persona más valerosa y entregada que nunca he conocido. Margo, mi querida amiga. No me preguntéis por qué ese monstruito del traje de seda negra la hacía pasar por mí. Lo único que sé es que voy a convertir en cenizas a ese maldito pirado.

Así que me transformo en una antorcha humana, como he hecho en el pasado. Solo que esta vez abandono toda precaución. De repente, llamas de uno, dos, tres metros se retuercen en torno a mí, alzándose hacia el cielo en el antes fresco aire de la tarde.

El gentío se echa atrás entre gritos, y no lo puedo remediar: sonrío, casi me parto de risa.

Estoy a punto de elevar un grado más la temperatura, para enviar chorros de fuego en todas direcciones, para arder con más brillo y calor de lo que nunca he hecho, cuando empieza a faltarme el aliento.

Lo percibo. Siento su mente enferma e infeliz. Siento sus ojos posarse de alguna manera sobre mí.

Un millar de soldados se giran en mi dirección al unísono, y ahora es el Único quien sonríe. Suelta una risotada. Se está riendo de mí.

Me contraigo de dolor mientras se me escapa el aliento. ¿Cómo puede poseer semejante poder?

No tengo otra opción que huir, al menos tratar de escapar a su ira.

Me lanzo contra la aterrada marea humana, esquivando codos y hombros con soltura. Pero el Único está demasiado cerca. Puedo sentir su helado soplo persiguiéndome, dándome alcance con sus garras congeladas, arañando mi cara y mi cuello, lanzándome un frío tan gélido que lo noto en todo el cuerpo.

Empiezo a pensar en lo irónico que resulta que una chica de fuego pueda morir de congelación aguda cuando, de repente, un calor me sofoca. Alguien me toma del brazo, me levanta y casi me saca el aliento que me queda.

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CAPÍTULO 5

 

 

 

WISTY

 

Es mi hermano, Whit.

En un instante me traslada cien, doscientos metros más allá, como si no pesara nada. Nos escondemos tras una pared de piedra. Durante unos preciosos segundos, nos encontramos fuera de la vista y a salvo.

Me abrazo a Whit con toda la fuerza que me queda. Por fin, él relaja su poderosa tenaza lo suficiente como para permitirme respirar.

—Pero si esta eres realmente tú… —se va quedando sin voz.

—Margo —susurro—. Ha matado a Margo.

De improviso, me pongo a llorar como una niña. Estoy temblando y mis dientes castañetean sin remedio.

Margo está muerta. La chica que me ayudó a ponerme un tercer pendiente en la oreja la semana pasada. La chica que nos despertaba a todos a las cinco de la mañana para pasar revista. La chica que demostraba más entrega a la hora de luchar contra la opresión del Nuevo Orden que el resto de nosotros juntos. Era tan joven. Solo tenía quince años.

—Le dije que no entrara en aquel edificio sin más ayuda. Se lo supliqué —afirma mi hermano—. ¿Por qué fue allí? ¿Por qué?

—Siempre era la última en dar por perdida una misión —le recuerdo a Whit, como si estuviera tratando de convencerme a mí misma de que no la habían atrapado por nuestra culpa—. La primera en entrar, la última en salir. Ese era su lema, ¿verdad? ¡Estúpida!

—Valiente —dice él, y por un instante entiendo por qué le quieren las chicas, por qué le quiero yo. Porque es honesto y sincero y no tiene ni pizca de miedo.

La misión, una de las docenas de rescates que hemos llevado a cabo durante el último mes, ha sido nuestro mayor fracaso hasta el momento. Estábamos tratando de liberar a cerca de un centenar de niños secuestrados en un centro de experimentación del Nuevo Orden. Pero nuestros informes debían de estar equivocados. En lugar de víctimas infantiles, el edificio albergaba un destacamento de soldados. Nos estaban esperando.

—En realidad, es una suerte que ninguno de nosotros… —empiezo a decir.

—¡Encontradla! —los altavoces montados en la plaza comienzan a vibrar con la colérica voz del Único—. ¡Hay otra conspiradora entre la muchedumbre! ¡Tiene el cabello de color rojo fuego! Cerrad las salidas del patio. ¡Atrapadla ahora mismo!

Whit agarra un sombrero gris de la cabeza de un hombre que pasa a su lado y lo encasqueta en la mía.

—Recógete el pelo dentro, rápido —dice.

En ello estoy cuando un policía me localiza. Se encuentra a unos veinte metros.

Está buscando su silbato, atado con un cordel alrededor de su cuello. De un momento a otro, llamará la atención de todos y cada uno de los soldados presentes en la plaza. Por no mencionar la del Único, a quien odio mencionar.

De pronto, una pequeña silueta oscura se planta de un salto y deja al policía noqueado en el suelo.

Whit y yo intercambiamos una mirada sorprendida.

—¿Acabas de…? —dice él.

Pero antes de que pueda finalizar la frase, la silueta oscura —una mujer mayor— llega a nuestro lado. Mete dentro de mi puño un papel arrugado y mugriento.

—¡Tómalo! ¡Tómalo!

Juro que es la criatura más extraña que me he cruzado en la vida, aunque la conozco de algo.

—Pero ¿quién…?

Me interrumpe.

—Sigue estas instrucciones. ¡Vete! Estoy de vuestro lado. Corre. Corre. No te pares ni a respirar o será el final. Para todos nosotros. ¡Corre!

De alguna manera, se pone a nuestra espalda y nos pega a los dos una patada en el trasero que nos manda tambaleando al interior de la agitada multitud.

Me vuelvo de inmediato, pero no hay señal de ella.

—Ya la has oído —dice Whit—. ¡Corre! ¡Ahora! ¡Corre!

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CAPÍTULO 6

 

 

 

WISTY

 

El papel arrugado y doblado cinco veces sobre sí mismo que la anciana me ha metido dentro de la mano es un mapa. «Dijo que estaba de nuestra parte, ¿verdad? Además, ¿qué otra cosa podemos hacer?». Así que Whit y yo seguimos el mapa.

La línea de puntos trazada a mano sobre aquel sucio pergamino nos lleva hacia la parte sur de la ciudad. Por el momento, estamos sanos y salvos.

—No acabo de recordar quién era —pienso en voz alta mientras dejamos atrás la ciudad en dirección a las vías del tren—. ¿Acaso ella… era amiga de papá y mamá?

Whit se encoge de hombros.

—¿Acaso importa algo? Cualquier persona capaz de arriesgar su vida enfrentándose a un guardia del Nuevo Orden es amiga nuestra. Una amiga de verdad.

Whit arranca un panfleto pegado bajo un altavoz cercano a las vías y lo hace trizas.

—Por cierto, ¿cuándo te convertiste en líder de la Resistencia? —me pregunta con una sonrisa y un destello de sus ojos azules.

—¡Oye! Si es el Único el que lo dice…

—Si quieres alcanzar fama y fortuna gracias a ese rufián fascista, todo para ti.

—¡Calla! —lo persigo por la vía, riéndome de mí misma—. ¡Lo que pasa es que estás celoso!

Whit se coloca en posición de sprint, de vuelta al modo «fútbol americano».

—¡Es trampa! —le grito. Es mayor que yo en tamaño y edad, y por supuesto corre más deprisa. Mucho más deprisa.

Por unos minutos, volvemos a ser niños de nuevo. Dos hermanos corriendo junto a las vías del tren. Como si una de nuestras mejores amigas no acabara de ser asesina

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