El campo de rosas

Philip Pullman

Fragmento

cap-2

Al final del libro anterior, LA COMUNIDAD SECRETA, Lyra llega a la ciudad abandonada de al-Khan al-Azraq, en busca de su daimonion, Pan.

A la luz de la luna, se adentra sola en las ruinas.

Lyra se había desviado para rodear una masa reluciente de mármol desmoronado que antaño fue un templo. Llegó al extremo de una columnata, que arrojaba negras franjas de sombra sobre el lechoso color blanco de las losas del camino.

Y allí, sentada encima de unos escombros, vio a una muchacha de unos dieciséis años, de aspecto norteafricano, que llevaba un vestido raído. No era un fantasma. Al igual que Lyra, proyectaba una sombra; también como ella, carecía de daimonion. En cuanto vio a Lyra, se levantó. Bajo la luz de la luna, parecía tensa y atemorizada.

—Usted es la señorita Lenguadeplata —dijo.

—Sí —confirmó Lyra, con asombro—. ¿Quién eres tú?

—Nur Huda el-Wahadi. Venga, venga deprisa. La esperábamos.

—¿Quién más aparte de ti? ¿No te referirás a…?

Sin contestar, Nur Huda tiró de su mano derecha con apremio y ambas se apresuraron a bordear la columnata, para dirigirse al corazón de las ruinas.

Y así comienza la última parte.

PRIMERA PARTE

1
Otra clase de seres

—Pero ¿quién? —preguntó Lyra—. ¿Quién está esperando?

—Yo —repuso Nur Huda— y mi daimonion, Jamal, pero no van a…

—¿Está aquí? ¿Está aquí tu daimonion?

—Sí, pero no lo van a dejar… No me van a dejar…

Lyra se detuvo. La luz de la luna iluminaba de pleno la cara de la muchacha, destacando con su brillo el labio que se mordía y las lágrimas que contenía en los ojos. A su alrededor había un cúmulo de columnas de mármol caídas, de estatuas, algunas de ellas intactas, de reinas o dioses relegados definitivamente al olvido, de muros, arcos y columnatas, que irradiaban un blanco resplandor en su lado encarado a la luna, entre picudas sombras de insondable negrura.

—Pero ¿quiénes son? —preguntó Lyra.

—Son solo voces. ¡No lo sé! Es como si hubiera una guerra aquí. Están luchando, y yo no sé por qué. No sé quiénes son y no los puedo ver. Estoy muy asustada. Son solo voces. A ellos no los veo.

—¿Y qué es lo que no te van a dejar hacer? ¿Llevarte a tu daimonion? ¿Es eso? ¿Lo tienen prisionero?

Nur Huda asintió con la cabeza. Con el movimiento, se le saltó una lágrima de un ojo, que enjugó con el dorso de la mano.

—¿Y cómo sabías mi nombre?

—Me lo dijo tu daimonion, Pan. Dijo que ibas a venir.

—¿Pan? ¿Has visto a Pan? ¿Dónde? ¿Está aquí?

El anhelo de Lyra fue tan ferviente y repentino que ni siquiera se percató de que había agarrado el brazo a la muchacha. Nur Huda dio un tirón, la mirada desorbitada por el miedo.

—Ay, perdona, no quería asustarte… —se disculpó Lyra, soltándola—. Es que he hecho un largo camino siguiéndolo, tratando de encontrarlo, y si no está aquí…

Había hablado, no obstante, con demasiada precipitación e impaciencia. La muchacha estaba hambrienta y cansada, y se sentía horriblemente sola. Al ver que estaba a punto de echarse a llorar, Lyra la abrazó.

—Sentémonos. Las dos estamos agotadas y asustadas. Por ahora, cuéntame solo lo que te pasó. No te voy a interrumpir, te lo prometo.

Se sentaron en una repisa de piedra desmoronada dispuesta en torno a una pila donde antaño había danzado el chorro de una fuente. De la cara de un sátiro, tiznada por el tiempo, manaba todavía un hilillo de agua; cuando la construyeron, debía de haber brotado de su boca, y aún corría desde el manantial donde afloraba. Nur Huda se volvió para llenarse el cuenco de la mano con agua y la sorbió. Lyra la imitó. Estaba límpida y glacial. Bebió un poco más. No sabía que tuviera tanta sed.

—¿Desde dónde viniste? —preguntó Lyra.

—De Bagdad, con mi familia. Pero íbamos en un barco que naufragó, y, cuando llegué nadando hasta la orilla, descubrí que Jamal había desaparecido. Creí que estaba muerto, y por consiguiente yo también, y me dio mucho miedo. Estuve sola durante un rato. No sabía qué hacer, pero entonces Pan me encontró dormida en una colina y me veló, y, cuando desperté, me habló de ti. Como pensamos que Jamal podría haber venido a este lugar, acudimos hasta aquí. Puesto que iba con Pan, no se notaba que fuera… Ya me entiendes.

—¿Jamal es tu daimonion?

—Sí.

—¿Qué dijo Pan?

—Dijo que buscaba algo que tú habías perdido.

—¿Te contó qué era?

Nur Huda negó con la cabeza.

—Dijo que él iba a seguir adelante para encontrarlo y ponerlo a resguardo. Iba a ir hacia el este, al sitio de donde provienen las rosas, eso fue lo que dijo. Pero añadió que no tardarías en llegar y que te reconocería porque no tenías daimonion, igual que yo… —precisó, con voz temblorosa.

—¿Y… Jamal está aquí?

—No. Me parece que no. Pasó algo raro. Un hombre salió del desierto. Se escondía de un pájaro gigante, y entonces vio que Jamal estaba cerca y lo cogió antes de que yo pudiera llegar hasta él.

—¿Un hombre? ¿Era una de las voces?

—No. Era solo un hombre. Parecía un escita, no sé, o quizá un corasmio…

Lyra parpadeó, asombrada.

—No sé —insistió Nur Huda, al percatarse—. De todos modos, tal vez no fuera real. Solamente tiene un ojo… El pájaro lo perseguía. Era tan grande que, cuando pasó volando, oscureció todo el cielo. Yo pensé que quizá el hombre cogió a Jamal para dárselo al pájaro como…, como, bueno, ya sabes, como cuando se arroja algo a un lobo para distraerlo…

—¿Un señuelo?

—No conocía esa palabra. Sí, eso. ¡No sé, perdona! Tengo tanto miedo…

—Has dicho que parece que hubiera una guerra aquí… ¿A qué te referías? ¿A que los daimonions luchan entre sí o algo por el estilo?

—No te sabría decir. Solo sé que a veces el aire está lleno de gritos, de rabia y de llanto. Probablemente, no son daimonions. En realidad, no hay muchos daimonions aquí. Solo las voces…

—¿Qué dicen? ¿Qué lengua hablan?

—Muchas. Susurran. A veces, yo diría que son insectos, como grillos o cigarras, y luego los oigo pronunciar palabras de verdad…

—¿Cuándo hablan?

—Ahora mismo las puedes oír.

Lyra aguzó el oído. El silencio era inmenso. Aquella era una de esas noches en las que casi se podía llegar a oír cómo se movían los planetas entre las estrellas. De repente se puso a compararla con el silencio del mundo de los muertos, pero aquel era un silencio cerrado, donde no había nada vivo, y, pese a su inmensidad, ese mundo tenía un aire cargado, viciado. El silencio de al-Khan al-Azraq era, en cambio, abierto, y tampoco era silencio del todo. Había una especie de arañazos, de quedos susurros y chasquidos, tenues como el sonido que produciría una pizca de sal al caer en la piel de un tambor, y ninguno significaba… nada. Se acordó de una noche, en Oxford, hacía varios años, en que pensó que todo tenía un significado y había creído comprenderlo. Eso fue, no obstante, antes de que leyera a Gottfried Brande y a Simon Talbot, por la época en que Pan todavía estaba contento con ella.

—¿No las oyes? —dijo Nur Huda.

Había hablado con tono inseguro, ansiosa ante la posibilidad de que Lyra no la creyera. Al percatarse entonces de lo joven que era la muchacha y de lo mucho que había sufrido, Lyra tomó conciencia de la crispación con que Nur Huda seguía agarrándole el brazo.

—Sí, un poco, pero no sé qué dicen. ¿Es este el mejor sitio para escucharlas?

—Es mejor en la plaza del mercado. Por aquí.

Después de trepar para sortear piedras caídas y abrirse paso entre los muros derruidos de una basílica, llegaron a una zona despejada que parecía una plaza central, un lugar público idóneo para celebrar reuniones: un foro.

La tierra que pisaban era blanca y fina, como harina recién molida. En el centro del foro había un plinto que había servido de base para una estatua. Esta yacía partida en tres pedazos, tal vez a consecuencia de un terremoto. Un dios barbudo de expresión airada enfocaba la mirada apagada hacia la luna. Lyra y Nur Huda se sentaron sobre su musculoso pecho. En el foro no se movía nada, no había ni un rastro de vida. A su alrededor, todo estaba petrificado, paralizado bajo el manto de la luz de la luna.

Poco a poco, Lyra percibió mejor los quedos susurros, las raspaduras de patas de insecto, los chasquidos y los roces que habría podido producir un puñado de hojas secas agitado por la brisa en el interior de una taza de porcelana. Al notar el contacto apremiante del brazo de la niña contra el suyo, el contraste del calor de su carne con el frío de la noche, Lyra tomó en parte conciencia de lo que debían de sentir sus daimonions, tan desprotegidos y vulnerables lejos de la reconfortante solidez de un cuerpo humano. Se disponía a decir algo, pero Nur Huda la acalló con un susurro.

—Chis…

Lyra no captaba ninguna diferencia entre los ínfimos roces y rasguños. Mientras se esforzaba por oír mejor, concentrando el oído en aquellos difusos sonidos, se acordó de los consejos que le había dado Giorgio Brabant para ver la comunidad secreta: «Debes mirarla de refilón —le había dicho—, por el rabillo del ojo. O sea, que tienes que pensar en ella como de reojo. Es algo que, al mismo tiempo, existe y no existe».

Claro. No debía forzar nada. Debía escuchar como si hiciese una lectura con el aletiómetro a la antigua usanza, como si no tuviera ningún significado y sí lo tuviera a la vez. Relajó la mente, la vista y el oído, dejando que la noche fluyera a través de su cuerpo. En torno a ella creció una aureola de percepción, como si sus sentidos se amalgamaran poco a poco con la Ciudad de la Luna.

Y, entre los chasquidos, roces y raspaduras, empezó a oír palabras:

… tú sola… queremos que lo oigas tú… esto no es para la muchacha… mándala a la fuente… este cometido es para ti, no para ella… Nur Huda, que también lo había oído, incrementó la presión en el brazo de Lyra y quiso decir algo, pero esta la acalló con un susurro. Las voces rasgaban el silencio con suavidad.

… muchacha… Nur Huda… debes dejarnos… ve a la fuente… espera allí… ya te enterarás cuando hayamos terminado…

—¿Me tengo que ir? —musitó Nur Huda.

—Sí —respondió Lyra, en voz baja—. Ahora vete y espérame. No tardaré en reunirme contigo.

La muchacha se levantó y se alejó con aire indeciso. De tanto en tanto, se volvía para mirar, como si quisiera cerciorarse de que Lyra seguía allí. Mientras salía del foro, la mullida arena se levantaba con una consistencia semejante a la niebla en torno a sus pies y después se asentaba con infinita lentitud en el suelo.

Lyra aguardó hasta que todo estuvo en calma. Después empezó a hablar, dirigiéndose a la oscuridad.

—¿Quiénes sois? ¿Sois ángeles?

… somos otra clase de seres…

—¿Formáis parte de la comunidad secreta?

… tenemos muchísima mayor hondura que eso… provenimos de los abismos que hay entre los buenos números…

—Los abismos que hay entre… ¿Lo he oído bien?

No obtuvo respuesta.

—Entonces, decidme otra cosa —añadió—. Decidme qué hay en ese edificio rojo del desierto de Karamakán, el edificio de donde vienen las rosas.

… una abertura hacia otro mundo…

Lyra guardó silencio un momento. Las estrellas, mientras tanto, giraban allá en lo alto, en el cielo.

—Una abertura… ¿Se refieren al mismo tipo de cosa que Will llamaba una ventana?

… un portal hacia otro mundo… por eso lo vigilan con tanta ferocidad…

—¿El mundo de donde vienen las rosas?

… no podían venir de ninguna otra parte…

Así de fácil; nunca se le había ocurrido. Algún viajero de Cittàgazze debió de haber cortado con su cuchillo aquella ventana en sus desplazamientos de un mundo a otro, y la dejó abierta. Empezaba a perder la noción de las cosas y se sentía mareada, como si no supiera ya dónde se situaban el arriba y el abajo, el ahora y el después, el aquí y el resto del espacio.

Las voces dijeron algo más, pero no lo comprendió.

… el alkahest…

—¿El… alkahest? ¿Han dicho eso?

… el alkahest…

—¿Alkahest? ¿Qué es eso?

… el destructor de vínculos…

Lo oyó con claridad y, aun así, era imposible comprenderlo.

—¿Qué quieren decir? ¿A qué viene eso del alkahest? ¿Qué es?

… destruir todo…

Lyra estaba aturullada. Aquello era demasiado. Así pues, se decantó por centrarse en la labor que debía afrontar en el presente.

—¿Dónde está el daimonion de Nur Huda? ¿Dónde está Jamal?

… en la tesorería…

—¿Y dónde está eso?

… detrás de ti…

Lyra se volvió a mirar. El edificio que antes se levantaba allí había quedado reducido a un montón desordenado de piedras, entre las que crecían algunas matas resecas.

—¿Quién lo tiene prisionero?

… un hombre que está dormido…

Su vista se había adaptado a la luz de la luna y veía casi con la misma claridad que si fuera de día. Tras desplazarse con soltura sobre las piedras, observó más de cerca el lugar al que llamaban la tesorería. Era el tipo de sitio donde serpientes, escorpiones y arañas venenosas podían ocultarse con facilidad. Uf, eran muchas las cosas capaces de infundirle miedo. Respiró hondo y se llevó la mano al corazón a fin de aquietar los latidos. No le dio resultado, desde luego, y puesto que hubo de recurrir a ambas manos para trepar sobre los cascotes, dejó que el corazón latiera a su antojo y siguió adelante, apoyando con cuidado, ora una mano, ora la otra, atenta a la posición de los pies. En su interior transportaba, como una valiosa vasija llena hasta el borde de un preciado aceite, el nuevo conocimiento relativo al edificio rojo del desierto de Karamakán. «No tiembles, no tropieces…».

Cuando ya había avanzado un corto trecho entre los escombros, vio una brecha en el suelo y dedujo que se trataba del hueco de una amplia escalera que descendía hacia el subsuelo. ¿Dónde pondrían las cosas de mayor valor en una tesorería? En las cámaras subterráneas. Debía de haber algún tipo de cuarto blindado allá abajo… ¿Y cómo lo iba a abrir, a oscuras y sin herramientas?

Cabía incluso la posibilidad de que no pudiera acceder a él. De todos modos, las escaleras no estaban demasiado obstruidas con cascotes, y la luna incidía con la inclinación precisa en la oquedad, de modo que no tenía excusa. Tentando la pared con la mano derecha, al tiempo que extendía la izquierda para mantener el equilibrio, bajó con cuidado, consciente del peligro de resbalar, torcerse un tobillo o sufrir alguna lesión peor.

Descendía más y más, y, aun así, la luna le alumbraba el camino. Al llegar al pie de las escaleras, tuvo que detenerse: el pasadizo que se prolongaba hacia la oscuridad estaba completamente bloqueado.

Justo al lado, fuera del alcance del haz de luz de luna, había sin embargo un hombre acostado boca arriba, dormido. Al principio creyó que estaba muerto, de tan quieto como se veía, y la sangre se le heló en las venas. No obstante, percibió sus quedos ronquidos, y también a su daimonion, un animalillo del desierto de especie indeterminada, que dormía aferrado a su hombro. El individuo tenía la cara magullada y lacerada, probablemente a causa de un furibundo ataque, y le faltaba un ojo: la cuenca vacía aparecía recubierta de sangre coagulada.

El brazo derecho reposaba en algo, justo a su costado. Al mirar más de cerca, advirtió qué era: una rudimentaria jaula del tamaño de una caja de zapatos, armada con toscas planchas unidas con clavos y una recia tela metálica en su parte delantera. Dentro había un daimonion, el de Nur Huda, un animalito parecido a un ratón, con unas grandes orejas y largas patas posteriores semejantes a las de los canguros, que permanecía agazapado y tembloroso en el rincón más oscuro.

—¿Eres Jamal? —susurró Lyra.

—Sí… ¿Dónde está Nur Huda? —repuso el daimonion, en voz tan baja que a duras penas lo oyó.

—Nos está esperando. Voy a llevarte con ella. ¿Quién es este hombre?

—Me atrapó y me metió en esta jaula que fabricó, y no puedo salir… Huía de un enorme pájaro, parecido a un águila. Ese pájaro estaba a punto de agarrarme y él luchó para rescatarme y después me puso en esta jaula… Tengo miedo. ¿Quién eres tú?

—Chis. Me llamo Lyra. Quédate quieto y no hables. No quiero que se despierte.

Para tocar la jaula, tuvo que alargar la mano sobre el cuerpo del hombre, y este se revolvió con un gruñido. Sobresaltada, se mantuvo lo más quieta que pudo hasta que volvieron a sonar los ronquidos. Entonces desplazó la mano hasta la jaula y la palpó para comprobar si podía levantarla y llevársela. No obstante, para ello habría tenido que arrodillarse sobre el pecho, pues no tenía ningún otro sitio donde apoyarse, y, a menos que encontrara algún tipo de soporte, perdería el equilibrio y lo despertaría de todas formas. Además, aún le dolía la mano izquierda como consecuencia de la refriega que había tenido con los soldados en el tren de Esmirna hacía tan solo dos días.

Tentó la jaula hasta donde logró llegar con los dedos. La madera estaba muy seca y astillada, y la tela metálica, sujeta a la madera con resistentes grapas, era demasiado fuerte como para doblarla.

Se quedó sentada un momento, pensando.

—¿La puedes abrir, por favor? —susurró Jamal.

—Chis.

Tenía conciencia de que la luna se desplazaba en el cielo; el haz de luz se movía también, y si no sacaba pronto al daimonion, tendría que desenvolverse a oscuras. Si al menos Will… Si al menos dispusiera de la daga sutil… Esta cortaría la tela metálica en un santiamén.

La distraían un millar de cosas. El olor del hombre dormido, que no era solo el de un cuerpo desaseado tapado con ropa sucia, sino de algo peor, similar a la gangrena. Advirtió que, aparte del ojo, también tenía una herida en la pierna; probablemente no tardaría en morir. El sonido de algo alojado en honduras más abismales, una especie de retumbo casi inaudible, como un refriegue de rocas. La quietud del aire, estancado y húmedo, de aquel subsuelo.

Un pensamiento la traspasó como una flecha.

«El aletiómetro…».

«El metal de la aguja…».

Los mineros galeses que conoció en el transbordador del mar del Norte habían reparado en ella, al igual que había hecho Will mucho tiempo antes. Tenía el mismo color y era del mismo material que la daga sutil.

Se alejó un poco, para situarse bajo el haz de luz de la luna, y buscó a tientas el aletiómetro en la mochila. Con la familiar y confortable sensación que le produjo sostenerlo en la mano, lo pegó a la mejilla y lo mantuvo allí durante unos segundos, emanando amor.

Nunca lo había abierto, ni había tratado de desmontarlo, pero debía de haber una manera de conseguirlo. El mecanismo lo había confeccionado un ser humano; después lo habían puesto en su estuche de oro y le habían añadido a presión una tapa de vidrio. Casi oyó un chasquido al pensarlo. También cabía la posibilidad de que la hubieran enroscado. Si lo habían cerrado, se podía abrir.

Malcolm, con su talento para la mecánica, habría sabido cómo se debía proceder. ¿Qué haría él? Sosteniendo el instrumento con la dolorida mano izquierda, trató de desenroscar el vidrio como si se tratara de la tapa de un tarro. Una vez había observado cómo un relojero del Mercado Cubierto de Oxford desenroscaba de esa forma un cristal de reloj, con la misma suavidad y firmeza que trataba de imprimir ella. No obtuvo resultado. O bien llevaba varios siglos sin que lo hubieran movido, o bien no iba enroscado.

Entonces le vino, como una flecha, otro recuerdo, que se despertó al pensar en Malcolm. Este había encontrado una bellota de madera con un mensaje dentro y no consiguió abrirla hasta que probó a desenroscarla en una dirección anormal, contraria al de las agujas del reloj.

Lo intentó a su vez.

Y funcionó.

El vidrio giró sin resistencia, como si lo hubieran movido el día anterior, y, después de dar tres vueltas, se desprendió en su mano. La esfera del aletiómetro, con sus treinta y seis diminutas imágenes, apareció abierta bajo la luz de la luna. Las tres manecillas negras apuntaban al camello, al ángel y al jardín amurallado, pero en ese momento los símbolos eran una cuestión secundaria; lo importante era la delgada y afiladísima aguja de color gris plateado, que se estremecía con el aire de Madinat al-Qamar al tiempo que el aire de Praga se alejaba de ella.

—Perdona —le susurró al pesado instrumento dorado, tan hermoso que había sido su compañero durante más de diez años, el guía que la condujo a buen recaudo hasta otros mundos y hasta el mundo de los muertos, y después de vuelta a casa.

Y, con toda la delicadeza que le permitían los huesos doloridos y los músculos exhaustos, levantó la aguja.

Esta se desprendió fácilmente del eje. Al ser consciente de su escasa consistencia y de su ínfimo peso, apenas superior al de un cabello, contempló con pavor la posibilidad de que se le llegara a caer. En tal caso, jamás la volvería a encontrar. Los dedos pulgar e índice de la mano derecha con los que la asía estaban húmedos, a causa del miedo y del sudor. Por ello, la depositó con cuidado en la palma de la mano izquierda para secarse la derecha con la tela de la blusa. Dado que estaba mojada también, optó por embadurnarse los dedos con el polvo del suelo. Después volvió a coger la aguja.

—Quédate en la parte de atrás y no te muevas —le susurró a Jamal.

El pequeño daimonion, que había estado mirando a través de la tela metálica, se precipitó hacia las sombras del fondo de la jaula.

«No sé si va a funcionar —pensó Lyra—, pero es la única opción».

El resultado dependería de si su mano izquierda resistía el esfuerzo. Para alcanzar la jaula, tendría que apoyarse un poco en ella. Arqueándose por encima del hombre dormido, posó la mano izquierda sobre la jaula y, muy lentamente, depositó su peso en ella al tiempo que alargaba la mano derecha.

Asiendo la aguja con la mayor firmeza posible, la apretó de lado, justo detrás de la punta, contra un borde de la tela metálica. La malla era recia y se habrían necesitado una cizalla y un puño vigoroso para hendirla; pese a ello, cedió como si fuera una telaraña.

Lyra estuvo a punto de lanzar un grito triunfal, pero apenas acababa de empezar. Concentrándose en la tarea, cortó uno tras uno los alambres hasta que la parte frontal se desprendió entera.

—Espera —musitó con tono apremiante, porque Jamal había acudido hasta el orificio, como si quisiera salir de un salto.

De todos modos, el hombre se estaba agitando. Debía de haber notado el movimiento de la jaula cuando cayó la malla. Levantó, gruñendo, el brazo… y tocó el de Lyra. Se despertó de inmediato.

Con un alarido de miedo, la agarró por la muñeca. Su único ojo se abrió con desmesura, reluciente.

—¡Jamal! ¡Corre! —gritó Lyra.

El pequeño daimonion dio un brinco para sortearlos y luego subió las escaleras a la velocidad de la chispa de un cohete.

El hombre no lograba sentarse, porque Lyra se había caído encima de él. Aquejada por un horrible dolor, trataba de liberar la muñeca de la tenaza de su mano. Sin pensarlo, cayó en la cuenta de que aún tenía la aguja en la mano derecha y la proyectó con fuerza contra el brazo del hombre.

Con un grito de rabia y de asombro, este la apartó de un empujón. El hedor a gangrena, o lo que fuese, la envolvió y le provocó náuseas. Aun así, seguía aferrando la aguja, que blandía ante sí mientras el hombre se ponía trabajosamente en pie. Al ver la jaula abierta, soltó un grito y le propinó a Lyra una patada en las costillas, que casi le hizo perder el equilibrio. Y entonces vio el oro del aletiómetro, que relucía con los últimos rayos de luz de luna, lo cogió y se alejó escaleras arriba, demasiado rápido como para que ella pudiera seguirlo.

Se quedó allí aturdida, mareada de puro dolor y agotamiento y sin resuello por la patada recibida en el pecho; pero aún conservaba la aguja entre los temblorosos dedos.

El vidrio curvado que había desprendido del aletiómetro le devolvía un diminuto reflejo de la luna. Tras recogerlo, se cargó la mochila y, dando traspiés, se dirigió a la escalera. Trastornada por la debilidad, temblorosa como una hoja, subió a trompicones, resbalando en la arena que había caído del exterior y procurando no desahogar a gritos su dolor y su miedo, hasta emerger en el silencioso foro bañado por la luz de la luna.

El daimonion de Nur Huda se había esfumado. Sí vio, en cambio, al escita, al corasmio, o lo que fuera, que se alejaba con paso incierto mientras aferraba el aletiómetro contra el pecho. Entonces, de improviso, en total silencio, una inmensa sombra recorrió el foro, y sumergió en la oscuridad al hombre. Apoyada en la pared, Lyra observó incrédula cómo la criatura que proyectaba la sombra se abalanzó sobre él, lo agarró con sus gigantescas garras y, provocando un remolino de polvo con las extensas alas, se elevó con él hacia el cielo. Todo había ocurrido en cuestión de segundos.

Cuando la inmensa y feroz criatura, mitad león y mitad águila, pasó volando delante de la luna llena, Lyra vio al hombre que se debatía entre sus garras y oyó sus lejanos alaridos. Con él se iba el aletiómetro.

No obstante, ella tenía el vidrio y la aguja, pese a que apenas podía sostenerlos. Con trémula cautela, depositó la aguja en el bolsillo de la blusa y el vidrio en la mochila.

Nur Huda estaba sentada con Jamal en las manos. Le hablaba en voz baja y afanosa, se lo acercaba a los labios, a las mejillas y a las orejas, acariciándole la espalda, dándole besos y apretándolo contra sí.

Al ver a Lyra, se levantó como un resorte, con expresión de felicidad.

—¡Es Jamal! ¡Está bien! —exclamó.

Lyra quiso darle un abrazo y absorber algo de su alegría. Entonces, manteniendo su daimonion pegado al corazón, Nur Huda proyectó el otro brazo en torno al cuello de Lyra y le dio un beso. Con ello, le aplastó la mano izquierda sobre el costado. Lyra dio un respingo involuntario y Nur Huda se apartó, alarmada.

—¡Te has hecho daño! ¿Qué ha pasado?

—No… No lo sé. No me acuerdo. ¿Cómo vas a encontrar el camino de vuelta a casa?

—Jamal lo encontrará. ¡No hay de qué preocuparse! Con Jamal siempre estoy a salvo. De todas formas, mi casa está donde está mi familia. Los buscaremos a ellos y, así, encontraré un hogar. Igual que tú y Pantalaimon.

—Sí…

—Cuando lo encuentres, ¿volverás a casa?

—Me parece que no tengo casa… No sé. Igual podríamos buscarnos una.

—¡Sí! Buscaos una casa. Es una buena idea. Pero lo más importante es que, cuando lo encuentres, debes darle muchos, muchísimos besos.

—¿Lo voy a encontrar?

—¡Claro que sí!

—Y… ¿va a encontrar él lo que está buscando?

—Desde luego que sí. Es muy ducho buscando cosas. Lo vas a encontrar y todo se arreglará. Entonces encontrarás un hogar y te casarás con una persona de bien. ¡Gracias, Lyra! ¡Gracias!

A continuación, dio media vuelta y emprendió el largo viaje hacia su casa, en compañía de su diminuto daimonion, que daba saltos a su lado. Lyra aún alcanzó a oír su parloteo y sus risas después de que se hubieran perdido de vista, más allá de la columnata impregnada de luz de luna.

Ionides, el guía que la acompañaba en el desierto, dormía cuando Lyra regresó al campamento, situado en el linde de la ciudad. Pese a sus intentos de no hacer ruido, la oyó y se incorporó.

—¡Señorita Plata! ¿Su daimonion no estaba allá?

—Había estado, pero se fue. Y había unas voces… Hablaban de algo llamado el alkahest… ¿Ha oído hablar del alkahest?

—No. ¿Y quién dijo esa palabra?

—No los pude ver. Solo eran voces.

El guía se encogió de hombros y luego la miró con más detenimiento.

—¿Se ha hecho daño? ¿Qué ha ocurrido?

—He visto un pájaro gigantesco, parecido a un león…

—¿Un pájaro parecido a un león? ¿Cómo va a ser posible eso? Creo que está tan cansada que no discurre muy bien. Venga, échese a dormir hasta mañana. Dentro de poco apretará el frío.

Sacudió una manta y la colocó sobre la pila que había formado con otras. Lyra se acostó. No le quedaba más remedio.

Soñó que, en el momento más oscuro de la noche, Pan volvía a su lado y, sin decir ni una palabra, se introducía bajo las pieles de cordero y se aposentaba en su lugar favorito de antes, enroscado en su cuello.

—¡Es una ventana, Pan! —murmuró—. ¡Igual que esas por las que pasábamos con Will! ¡En el edificio rojo hay una ventana que da a otro mundo! ¡El mundo de donde vienen las rosas! ¡Es eso!

Oyó que el Pan con que soñaba susurraba algo, pero lo que dijo fue un misterio, y se quedó dormida también en el propio sueño.

2
La enfermería

Poco después de que Lyra llegara a la Ciudad de la Luna, la directora de Oakley Street tuvo una visita. La organización había sido desmantelada de forma oficial, y Glenys Godwin había recibido órdenes de retirarse y ceder todo el control de las grabaciones, archivos, oficinas, propiedades y todo lo demás al Ministerio del Interior. Ella las había desobedecido, desde luego. Estaba decidida a hacer lo posible por mantener cuanto pudiera fuera del alcance de la facción que en ese momento llevaba las riendas del gobierno y a proseguir la lucha y preservar los principios que había jurado defender cuando ingresó en su juventud en Oakley Street, hacía cuarenta años.

Puesto que habían requisado sus oficinas, ella y su equipo de veteranos trabajaban de manera provisional en un espacioso y lúgubre piso cercano a Battersea Park. No sospechaba que alguien supiera que estaban allí. Por eso quedó atónita cuando, al final de la mañana, sonó el timbre y su secretario acudió a anunciarle que había un señor mayor que deseaba verla. Se había presentado con el nombre de Makepeace.

—¿Ha dicho algo más?

—No, señora. Pero sí ha especificado que había venido a verla a usted.

—¿Con mi nombre? ¿No solo a la directora o a la persona responsable?

—Ha dado su nombre completo.

—¿Qué aspecto tiene David?

—De setenta y pico años, aunque se ve bastante vigoroso. Lleva un traje negro deslucido, bastante andrajoso, pero, más que un vagabundo, parece un artesano jubilado, pongamos por caso. Su daimonion es un gato.

—Vaya, me ha picado la curiosidad. Hazlo pasar, pero quédate junto a la puerta de al lado, hazme el favor.

Permaneció frente a su escritorio mientras entraba el recién llegado. Aunque su descripción era acertada, el secretario había omitido mencionar el aire de fuerza intelectual que transmitían sus ojos claros, su expresión autoritaria, y también el leve olor a humo de leña que emanaba de él. Llevaba en la mano un pequeño maletín baqueteado.

—Gracias por recibirme, señora Godwin —dijo, con tono formal y aristocrático—. No le voy a robar mucho tiempo.

—Tome asiento, señor Makepeace. En primer lugar, dígame, ¿de qué conoce mi nombre? En segundo lugar, ¿cómo sabía dónde podía encontrarme?

—Hace mucho que sé de la existencia de Oakley Street. Tuve un amplio trato con Tom Nugent y coincidía con los principios por los que él trabajaba. Conocí su nombre porque él me dijo antes de morir que lo iba a suceder, y sabía cómo localizarla porque ya estuve aquí con anterioridad, por la época en que se utilizaba como piso franco.

—Pero…

—Lo único que precisa saber es lo que le voy a explicar sobre estos dos objetos.

Abrió el maletín y sacó un paquete, más o menos del tamaño de un puño grande, envuelto en un papel marrón. Al abrirlo, dejó al descubierto dos piedras planas, de color negro verduzco, ambas con un lado más reluciente y plano que el otro.

—¿Qué son? —preguntó Godwin, mientras cogía una para sopesarla.

—Quien tenga una de estas piedras puede comunicar instantáneamente con la otra, por más distancia que medie entre ambas. Funcionan mediante un proceso de entrelazamiento cuántico, que no tengo tiempo de detallarle. Tendrá que descubrir por sí misma cómo utilizarlas. Le proporcionarán una ventaja inmediata y poderosa sobre sus enemigos, nuestros enemigos.

—¿De dónde provienen?

—De otro mundo.

Había hablado con la misma sobria dignidad que antes, con mirada firme y diáfana, y las manos plegadas tranquilamente sobre el regazo. Aun así, aquello de otro mundo…

—Comprendo —dijo ella—. ¿Y cómo llegaron a sus manos?

—Es muy sencillo. Las vi en el escaparate de una tienda de viejo, las reconocí y las compré. En el mundo de donde provienen se las denomina magnetitas resonantes.

—Y ese otro mundo…

—Usted debe recordar sin duda la hipótesis de Barnard-Stokes.

—Yo creía que la conclusión era que desde un mundo es imposible acceder a otro.

—Esa fue una parte de la matemática que se incorporó bastante tarde a fin de engañar a las autoridades, incitándolas a pensar que la idea de la diversidad de mundos no podía tener ninguna aplicación práctica, con lo cual se podía contemplar de manera teórica sin incurrir en herejía.

—O sea, que, si estos objetos han llegado, de alguna manera, desde ese otro mundo, ¿podría haber una forma de que las personas se desplazaran igualmente?

—Sí, pero es algo difícil y peligroso. El desplazamiento humano es virtualmente imposible. Los objetos, en cambio, encuentran a veces la manera de pasar de un mundo a otro, ya sea por casualidad, por accidente o por inadvertencia.

—¿Dónde había visto antes unos objetos así? Ha dicho que los reconoció.

—Reconocí que no provenían de este mundo. Una vez que se aprende a identificarlo, resulta inconfundible. Es como entrenar los sentidos, de la misma forma en que un afinador de pianos aprende a reconocer las armonías y los intervalos. No tenía ni idea de para qué servían hasta que conocí a un viajero que las había visto y hablado con el extraño pueblo que las utilizaba. No se lo he contado a nadie salvo a usted, pero ha llegado el momento de que se vuelvan a poner en uso.

En la mente de la directora desfilaron, veloces, toda clase de posibilidades, como los personajes de una fantasmagoría. El hombre permanecía tranquilamente sentado; le sostenía la mirada.

—¿A qué se dedica usted, señor Makepeace?

—Antes trabajaba en lo que se denominaba teología experimental. Puesto que ese término no parece gozar de mucha aceptación en los últimos tiempos, prefiero presentarme como un alquimista. —En su expresión se produjo un cambio, un tenue chispazo, un destello de complicidad, con el que le dio a entender que había una comprensión entre ambos. Luego cerró el maletín—. Tenemos poco tiempo, señora Godwin. De todas formas, querría un recibo por estos objetos.

—Mi secretario le preparará uno. —Pulsó un botón y habló un instante con este, antes de volver a centrar la atención en Makepeace—. Si no es indiscreción, ¿le puedo preguntar dónde vive?

—En Oxford, en el barrio al que llaman Jericho. En la calle Juxson, más concretamente.

La puerta se abrió y el secretario acudió con dos copias de un recibo escrito a máquina, que firmaron ella y Makepeace.

Este cogió su ejemplar y se levantó. Después se estrecharon las manos y la directora lo acompañó a la puerta.

—Gracias por haberme traído estas piedras —dijo—. ¿De veras cree que podré descubrir cómo hay que utilizarlas?

—Sí. Y si la persona con la que se comunique puede averiguar algo en relación con el alkahest, prestarían un servicio muy valioso.

—¿El alkahest? ¿Qué es eso?

—Un término utilizado en alquimia. Señora Godwin, sus jefes políticos no tardarán en localizar esta dirección. Creo que lo mejor sería que se trasladen antes de que eso ocurra.

—Siempre me gustó cómo suena Hemel Hempstead —dijo ella.

—Es un nombre muy romántico.

Otro tenue destello, que demostró que había comprendido. Luego inclinó la cabeza, sonriendo, y se marchó.

—Bueno, David —le dijo Glenys Godwin al secretario—. Tenemos trabajo por delante.

Marcel Delamare, presidente del Consejo Supremo del Magisterio, apenas salía del edificio de Ginebra, conocido como La Maison Juste, que albergaba su despacho. El mundo en el que evolucionaba, acotado por su acogedor piso, situado a corta distancia, con vistas al lago y la catedral, las ocasionales salidas para ir a un restaurante o a un concierto y los paseos por la orilla del lago destinados a mantener la salud, era tranquilo y ordenado. No había ido a la montaña desde que era joven, por la época en que creía que el entusiasmo por el alpinismo le sería útil para añadir una atractiva pincelada a su reputación.

Así pues, habían transcurrido más de veinticinco años desde la última vez que recorrió los senderos nevados que discurrían más arriba de Les Diablerets. Aparte, nunca había ido por el camino que conducía al fenómeno que examinaba en ese momento. En realidad, tal como aseguraba su guía, prácticamente nadie iba por allí. El individuo que los acompañaba no comentó si había estado o no en ese lugar. En realidad, hablaba muy poco. El coronel Schreiber se encontraba como pez en el agua en las montañas y, al igual que otros funcionarios de alto rango que obraban bajo el mando de la institución conocida como Tribunal Consistorial de Disciplina, estaba acostumbrado a guardar silencio. Su cuerpo, bajo y fornido, y su barba, de estilo imperio, con el mentón rasurado, eran sin embargo de sobra conocidos entre sus subordinados.

El portento que estaban observando se hallaba en un escarpado valle, rodeado de densos bosques de pinos. Delamare nunca había visto nada igual. Era como si alguien hubiera cortado un agujero en el aire.

Costaba de ver, y así, con aquella pálida luz de la tarde, habría podido pasar inadvertido para cualquiera que no estuviera buscándolo, puesto que el terreno que había del otro lado —del agujero, por así decirlo— era muy parecido a todo cuanto había en el entorno de ese lado: pinos y una pendiente rocosa cubierta de nieve. Era tan idéntico que quien pasara caminando por allí a duras penas se habría percatado de su existencia, entre otras cosas porque se habría visto obligado a no distraer la atención para no resbalar en la nieve en medio de aquellos escabrosos parajes.

—¿Todos se parecen a este, Beamish? —le preguntó al guía.

Hugo Beamish era un hombre delgado, de pelo cano y cara atezada, de unos cuarenta años.

—Sí —confirmó—. Todos tienen más o menos el mismo tamaño y se encuentran en sitios aislados, de difícil acceso y difíciles de ver.

Una vez que hubo afianzado bien los pies, Delamare adelantó el torso para mirar. El borde del orificio que había en el aire resultaba claramente visible de cerca, aunque no tanto si uno se distanciaba un poco. La abertura, por la que habría podido pasar una persona adulta, tenía una forma irregular. Su borde no era recto, ni contenía tampoco suaves curvas; era más bien como si hubieran practicado un corte al desgaire, tal vez de manera precipitada.

—¿Qué ocurre si…? Coronel, ¿tendría usted la amabilidad de pasar detrás…, del otro lado, digamos…? —solicitó Delamare, retrocediendo con prudencia dos pasos.

El coronel Schreiber acató el requerimiento. Tras buscar un buen equilibrio sobre las resbalosas rocas, se adentró por la abertura y pasó al otro lado. Desapareció de inmediato. Su daimonion, un puercoespín que no lo había acompañado, se quedó correteando delante de la abertura, gimiendo y haciendo entrechocar las espinas, presa de una extrema agitación.

Delamare respiró hondo. El guía, que ya había presenciado aquel fenómeno, se quedó mirando, apoyado en su bastón.

—¿Coronel? ¿Me oye?

—Sí, lo oigo, pero no lo veo. No los veo a ninguno de los dos.

—Hágame el favor de volver.

Schreiber apareció como si acabara de salir de detrás de un edificio, pese a que, en ese caso, no había nada que ver, aparte de la empinada pendiente rocosa y los árboles cubiertos de nieve que crecían en los alrededores.

—Sitúese donde yo estoy, si es tan amable —pidió Delamare—, y quédese observando mientras lo atravieso.

El coronel acudió a su lado. Consciente del sentimiento que lo embargaba, semejante al miedo, aunque más profundo y extraño, Delamare se plantó a mirar delante de la abertura, tal como había hecho un momento antes. Luego dio un paso y entró en el espacio de detrás. Su daimonion lechuza lo acompañó, aferrado con crispación a su hombro. Miró en torno a sí. Habría podido encontrarse perfectamente en su propio mundo, en Suiza, en un día frío y nublado, en un bosque situado más arriba de Les Diablerets. Todo era casi igual. No obstante, había una diferencia fundamental, cuya naturaleza no alcanzaba a identificar.

Con una sensación de desasosiego, retrocedió para reunirse con sus dos acompañantes.

—Muy bien —dijo—. Regresemos a Ginebra.

A la mañana siguiente, el señor Delamare recibió al guía en una pequeña oficina situada no lejos de la estación de tren principal. No se vieron en La Maison Juste: por diversas razones, el presidente quería mantenerlo alejado de dicho edificio, y aquel lugar anónimo y anodino, que tenía alquilado a nombre de una empresa de contabilidad inexistente, era perfecto para su propósito.

Hugo Beamish era un caso aparte entre los consejeros de Delamare, en el sentido de que su especialidad no tenía nada que ver con la teología, ni con el derecho ni la economía, sino con la geografía. Era inglés, y su carrera lo había conducido por un sinuoso recorrido desde la casa parroquial de Hampshire donde había nacido, a través de su labor académica en Cambridge y el trabajo de campo en el norte de Nueva Dinamarca y el Ártico siberiano, hasta la oficina del director de La Maison Juste, flamante presidente del nuevo Consejo Supremo del Magisterio. Al advertir en Beamish una diligencia y taciturnidad fuera de lo común, Marcel Delamare le había encomendado dos años atrás una misión de carácter extremadamente confidencial. Había comprobado con satisfacción que su confianza no era infundada.

La oficina donde se reunieron era pequeña, pero estaba limpia y caldeada. El sol lucía en la calle y el mobiliario era anodino, moderno y funcional.

—Dígame, Beamish ¿cuántos prodigios de esos ha descubierto? —preguntó el presidente, una vez que les hubieron servido café.

—Diecisiete —respondió el guía—. Desperdigados en distintas partes del mundo. Bien, me refiero a los diecisiete que he visitado. Existen otros de los que he oído hablar, ocho en concreto, pero que todavía no he visto en persona. Todas las notas, todos los mapas y el material correlativo están aquí a su disposición.

Señaló el fajo de cinco o seis abultadas carpetas de cartón, atadas con una cuerda, que había depositado sobre la mesa que mediaba entre ambos asientos.

—¿Imágenes? ¿Fotogramas?

—El fenómeno tiene un extraño efecto sobre la película fotográmica. He tomado fotos de lo que se ve a través de la abertura y de lo que hay en este lado, pero es como si la emulsión se viera trastocada por lo que ocurre cuando la luz proveniente de ambos costados incide en ella. Debe de haber una manera de conseguirlo, pero todavía no la he descubierto. Las imágenes de que dispongo están en el dosier, junto con las otras notas.

—¿Y qué piensan las gentes del lugar de esos portales?

—En los raros casos en que conocen su existencia, hablan de ellos con miedo y superstición. En algunos sitios consideran que son puertas de conexión con el mundo espiritual, o algo por el estilo, y los evitan a toda costa. Eso fue lo que dificultó tanto mi labor de indagación.

—¿Y los cruzó todos y cada uno de ellos? ¿Exploró lo que hay en el otro lado? ¿No se dejaría arredrar por las leyendas locales, supongo?

—No, crucé todos cuantos encontré. Los detalles están expuestos en las notas. Los portales que encontré se hallaban, con solo dos excepciones, en lugares agrestes, y el paisaje del otro lado era por lo general muy parecido, tal como ocurría con el que vimos ayer…, como si hubieran elegido el sitio precisamente por ese motivo. Aun así, en todos los casos tuve la inconfundible impresión… —Calló, con aire turbado.

—Continúe —lo animó calmadamente Delamare—. Está presentando un informe sobre algo extraño, no cometiendo ninguna herejía. ¿Qué iba a decir?

—Cada vez que pasé por uno de esos portales —respondió Beamish, tras aclararse la garganta—, tuve la inconfundible impresión de hallarme en un mundo distinto. No era como estar en otro país, en un clima distinto o un paisaje diferente… Era más que eso. Era un lugar fuera de este mundo.

—¿Esa sensación llegó a tener un aspecto espiritual?

Beamish volvió a dudar, con expresión abrumada.

—No olvide que obedecía órdenes mías —precisó Delamare—. Fuera cual fuese la naturaleza de lo que vio o de lo que hace constar, no cabe achacarle ninguna culpa.

—Gracias, señor. Un aspecto espiritual… No sé exactamente cómo… Percibía que… Era diferente en cada sitio. Eso era también sorprendente. Era como si cada uno de los portales de este planeta dieran acceso a una parte completamente distinta del universo. O… a un universo distinto.

—Comprendo que pueda resultar desconcertante. —Delamare dirigió una mirada evaluadora al geógrafo antes de ponerse en pie—. Parece usted cansado, mi querido Beamish —añadió—. Un vaso de schnapps de albaricoque le servirá para reponer fuerzas.

Vertió un poco de licor dorado en un par de copas.

—¿Y vio algún ser viviente en esos otros mundos?

—En uno de ellos alcancé a ver, desde lejos, los edificios de una ciudad, como jamás habría podido imaginar…, por el tremendo tamaño de los edificios y sus formas… En otro había seres, criaturas, que trabajaban la tierra. No estaba cerca, debo precisar; todos los portales se habían dispuesto con cierto cuidado lejos de zonas pobladas y de carreteras, en parajes solitarios, bien elegidos.

—Hábleme de esos seres o criaturas.

—Los observé con los prismáticos durante unos treinta minutos. Eran del mismo tamaño que los caballos pequeños, pero tenían seis patas, como si fueran insectos inteligentes. Hablaban entre sí mientras labraban la tierra. Oía sus voces de una manera distante y difusa.

—¿Tenían herramientas?

—Sí, unos arados o gradas de pequeño tamaño, pero parecía como si los instrumentos funcionaran con propulsión propia y fueran autodirigidos. En un momento dado, se produjo una discusión… Parecía que uno de los arados quería tomar un rumbo diferente y las criaturas-insecto trataban de convencerlo de lo contrario, pero al final se salió con la suya. Como se estaban acercando hacia la ladera desde donde miraba, consideré mejor regresar antes de que me descubrieran.

—¿Vio alguna vez criaturas que pudieran haber sido humanas?

—En un par de ocasiones, a lo lejos, en una carretera, pero estaban demasiado lejos para verlas claramente, incluso con los prismáticos.

Delamare se recostó y, con la cabeza apoyada en el sofá, posó la mirada en el techo. Parecía absorto en sus pensamientos.

—¿En algún lugar, en el curso de sus viajes —preguntó al cabo de un minuto—, habló con alguien de este fenómeno? ¿Manteniendo una conversación seria y prolongada, me refiero?

—En tres ocasiones, señor presidente. Una, con un erudito maliense de Tombuctú, que me habló de un portal de ese tipo situado en las montañas del Atlas. Lo busqué, pero no logré encontrarlo. En otra, con unos pastores de Mongolia, que habían perdido unas ovejas, según ellos por obra de un grupo de ladrones proveniente… del otro mundo. No se atrevieron a perseguirlos para recuperar su ganado. Lo único que pretendían era alejarse para evitar ese sitio en el futuro. Y otra vez, con un comerciante de especias de Java, que me contó que un amigo suyo había desaparecido por uno de esos portales y no había regresado nunca.

—¿Dejó anotadas todas esas conversaciones? ¿Con nombres, direcciones y otros detalles?

—Todo consta en el dosier.

—¿A alguna persona dotada de autoridad le pareció sospechoso su interés?

—No, señor. Por dondequiera que fui, el asunto parecía suscitar una leve o nula curiosidad. Lo consideraban como algo fuera de lo normal, pero carente de interés o utilidad básica.

—¿Y preguntó desde cuándo se conocía este tipo de cosas? ¿Si se aludía a ellas en antiguas tradiciones, por ejemplo?

—En las sociedades de tradición oral, las horas y las fechas se suelen concretar con expresiones como «por la época de nuestros abuelos» o «antes de los grandes incendios» o «más antiguo que el bosque»… Ese tipo de cosas.

—¿Y sabe si alguna de esas aberturas ha cambiado? ¿Si se ha ensanchado o reducido? ¿O si se ha cerrado por entero?

—Las personas que hablaban de ellas creían, en su mayor parte, que siempre habían estado igual. De todas formas, tal como decía, eran pocas las personas que hablaban de ellas.

—Muchas gracias, señor Beamish. Déjeme sus informes. Los leeré con avidez. Comunique a mi secretario el lugar donde se aloja. Le aconsejo que descanse un tiempo después de tantos viajes. Tómeselo con calma durante un par de semanas. ¿Dónde se hospeda?

—En el Hôtel de la Tour.

—Muy bien. Necesitaré verlo de nuevo. No se aleje, pues, demasiado, porque volveré a contactar con usted.

Se notaba que Delamare había llegado a una rápida y definitiva conclusión. A Beamish, que había desarrollado un considerable apego por aquellos portales, le habría encantado hablar de ellos largo y tendido, pero en cuestión de minutos se encontró fuera, en las tranquilas calles de Ginebra de un domingo por la mañana, preguntándose qué había hecho y en qué había estado desacertado.

No bien vio a Beamish caminar abajo desde la ventana, el presidente pulsó un timbre en su escritorio. Al cabo de un momento, la puerta se abrió y dio paso al coronel Schreiber.

—¿Lo ha oído?

—Sin perderme ni una palabra, monsieur le Président.

—Aquí está el dosier. Lléveselo al salir. Espere a que Beamish haya vuelto a la habitación de su hotel y entonces mándelo arrestar, y traiga todo lo que haya en el cuarto. Encárguese de él de forma indolora, pero definitiva. Quiero que desaparezca. Después, quiero que lea ese dosier e idee un plan para destruir todas y cada una de esas aberturas, en cada rincón del mundo. Supongo que los explosivos deben de ser la manera más efectiva. Pruebe con la que vimos ayer en Les Diablerets y póngame de inmediato al corriente del resultado. Infórmeme… de forma presencial… del tamaño mínimo de la fuerza que podría requerir y del material y el equipo necesarios. Hay que aplicar el más alto grado de confidencialidad. Si debemos vernos en persona, lo haremos solo aquí y no en La Maison Juste.

El coronel se cuadró y dio media vuelta para marcharse.

El daimonion de Delamare, una lechuza blanca, lo observó mientras se iba y después volvió la cabeza hacia el presidente. Este la observaba con una compleja expresión que conocía muy bien y que ambos amaban y temían.

—¿Y bien? —dijo el daimonion.

—Ya voy viendo lo que debemos hacer.

—¿Aparte de asesinar a geógrafos inocentes?

Delamare desestimó el comentario con un ademán.

—Las cosas empiezan a encajar —afirmó.

Lyra soñaba con su daimonion, pero, en el mundo de la vigilia, Pan percibía el olor de un río. O tal vez lo oía: aunque tenía los sentidos muy aguzados, no siempre los distinguía unos de otros. Muchas veces se congratulaba de vivir a menudo en un estado de sinestesia, y entonces, al oír el río, se volvió a felicitar por esa capacidad sensorial. Además de oírlo, olía la combinación de juncos, de barro y de agua corriente.

Se encontraba a una noche de camino de la ciudad abandonada. No tenía ni idea de cómo se llamaba ese río ni de a dónde conducía, pero en todo caso discurría en dirección al este igual que él. Tras sumergirse en él entre los juncos de la orilla, contempló el manso fluir del agua bajo las estrellas, por un cauce casi igual de ancho que el del Támesis a la altura de Westminster, y se sintió más animado.

Fue como si la pena y la culpa que lo habían invadido al dejar a Nur Huda en Madinat al-Qamar se desprendieran de él, como si de una muda de ropa se tratara. Abandonándolas en la orilla, se adentró en la corriente. Flotando sin esfuerzo, dejó atrás los chopos de la ribera. Pronto pasó frente a un pueblo de pescadores, donde la gente preparaba la cena en una hoguera junto a un embarcadero donde había amarradas tres o cuatro barcas, y oyó sus voces, amortiguadas por el agua.

Siguió dejándose llevar por el río, pensando que tal vez este desembocaría en un gran lago o incluso en el mar Caspio. En algún lugar situado entre el punto donde se encontraba y el lejano desierto de Karamakán debía de haber una cadena de montañas, y tal vez perecería allí, a una distancia inconmensurable de aquella parte de sí llamada Lyra, y ella perecería en el mismo instante que él.

Mientras se complacía con tan trágico panorama, lo sobresaltó un pájaro que, surgido de la oscuridad, se precipitó no lejos de su cabeza. Oyendo el batir de alas y una extraña voz apagada, se dio la vuelta en el agua para mirar hacia arriba, pero el animal había desaparecido. No podía haber sido una lechuza, porque, en ese caso, no habría oído el ruido de sus alas; tenía la impresión de que podía tratarse de una criatura joven, torpe, atemorizada. Tal vez no fuera siquiera un ave, porque ni su forma ni su manera de gritar acaban de coincidir…

Una vez más, la criatura volvió a descender y Pantalaimon advirtió algo casi humano en su grito.

Se puso a nadar a toda prisa en dirección a la orilla, y entonces, desde una mayor altura, sonó un grito, seguido de otro, tremendamente salvaje, de tinte casi sobrenatural.

La primera criatura volvió a bajar y su voz sonó como una especie de sollozo, más cercano y apremiante, dirigido a él.

¿Era una advertencia? ¿Una demanda de ayuda?

Entonces, en las alturas sonó una andanada de gritos, ásperos y cargados de odio…, y, después, algo grande y pesado se abalanzó sobre la primera criatura y la proyectó sobre el agua, a corta distancia. Pese a la confusión que invadió sus sentidos, Pantalaimon captó con claridad varias cosas: la segunda criatura era un ave enorme, que apestaba a carne podrida, y la otra se iba a ahogar si él no intervenía. En su pugna, levantaban grandes salpicaduras de agua, y el estridente chillido de la inmensa ave sonaba repugnante, tan de cerca…

Un momento después vio con claridad que el ave había aferrado con las garras a la criatura más pequeña y trataba de despedazarla y seccionarle la cabeza. No obstante, no se hallaba en su propio elemento. Las enormes alas se estaban mojando y los picotazos aterrizaban en el aire o en el agua, mientras la criatura se retorcía tratando de esquivarlos. Bastaría con que ese pico se cerrara sobre ella una sola vez para que la víctima muriera al instante.

Pantalaimon sabía cómo funcionaban los picos. Los músculos que los abrían eran mucho más débiles que los que los mantenían cerrados. Si alcanzaba a acercarse y clavar sus dientes en ese pico, tal vez lograría mantener al ave bajo el agua el tiempo suficiente para ahogarla. Necesitaría suerte.

El ave no lo había visto todavía, pero, si no actuaba con celeridad, no podría aprovechar el factor sorpresa. Se precipitó hacia ellos impulsado con una voltereta. Luego, con un vigoroso tumbo, se hundió en el agua e irrumpió entre la turbulencia, tan cerca de la primera criatura que hasta alcanzaba a sentir su terror mientras pugnaba por salir a respirar a la superficie.

Al notar que su cara chocaba con la pierna recubierta de escamas de la inmensa ave, Pantalaimon le dio un mordisco. El ave exhaló un grito y soltó a la primera criatura, que se escabulló fuera del alcance de sus garras.

Pan giró sobre sí, retrocediendo, y luego se precipitó directamente contra la cara del agresor y la laceró con uñas y garras. A continuación, hizo amago de retirarse a un lado y el ave se volvió para seguirlo. Entonces Pan se volvió a abalanzar sobre ella y, azotándola con la cola, retorciendo la columna a la manera de una serpiente, acabó por aferrarle el pico entre sus potentes fauces. No obstante, se las había hincado tan solo en la punta. El ave se debatía y Pan se mantenía prendido a ella, consciente de que debía soltarse para poder agarrar con más firmeza el pico, notando toda la fortaleza de la criatura con cada batido de sus gigantescas alas. Percibía cada latido de su movimiento, y, justo cuando levantó las alas, en una mera fracción de segundo en que carecía de impulso, se desprendió y, precipitándose de nuevo, clavó los dientes, afilados como agujas, en la parte superior del pico. Aquella vez iba a tener que mantenerlos hincados allí.

Pese a tener las poderosas alas entorpecidas por el agua, el ave aún podía agitarlas, y también arañar con sus horrendas garras, impregnadas del hedor de la carne podrida que había despedazado durante toda su vida. Con su feroz forcejeo, estuvo a punto de hundir a Pan en el agua, donde lo habría ahogado en apenas un minuto.

Él también poseía, sin embargo, unas garras aceradas. Dejando colgar todo su peso desde el pico, las descargó contra todas las partes del ave que logró alcanzar, el pecho, las alas, el cuello y los ojos. Mientras exhalaba todavía aquel repugnante chillido, la criatura sacudía la cabeza para zafarse y se precipitaba a uno y otro lado, junto con él, ora dentro y ora fuera del agua, contra la orilla y luego contra el agua, retorciéndose y levantando un revuelo líquido con sus formidables alas.

Pan tenía la mandíbula dolorida por el esfuerzo. La proximidad del hocico al pútrido olor de la cabeza del ave le ocasionaba náuseas. Había recibido, además, varias brutales patadas y golpes de alas. Era consciente de que le quedaban ya pocas fuerzas, pero, de repente, notó cómo el ave se quedaba exangüe y caía a plomo al agua.

Forcejeó tratando de desclavar los dientes del pico, recubierto de queratina, y hasta temió acabar ahogado por el enemigo al que acababa de matar. Al final, sin embargo, el pico se desprendió en su boca, y cayó de espaldas al agua. Mientras observaba, conmocionado y dolorido, el cadáver que se alejaba con la corriente, entre la oscuridad, pensó: «Sin duda, Lyra debe de haber sentido lo que ha ocurrido».

Con un batir de alas más ligero, la primera criatura se posó en la orilla. Pan salió del agua con un inmenso esfuerzo y quedó tendido, jadeando, en la hierba.

Con la luz de la luna distinguió algo que no había visto hasta entonces. Aquel ser tenía alas, pero no era un ave; también tenía cuatro patas dotadas de garras, a la manera de los leones, pero no era un león. Tenía el tamaño de un gato doméstico; la cabeza, semejante a la de un águila, estaba cubierta de plumas al igual que el pecho y las alas, mientras que el resto del cuerpo era velludo. Al igual que Pan, estaba herido, y sangraba por una desgarradura apreciable en su costado.

—Te debo la vida —susurró.

¿Había hablado en inglés? ¿De verdad?

—Vuelve a meterte en el agua ahora mismo —le dijo Pan, no bien advirtió su herida—. Tienes que limpiarte eso sin tardar.

—Tú también, por cierto —le contestó la criatura—. Claro que tú estás en tu elemento en el agua y yo no. Me vas a tener que ayudar.

Tenía una voz grave y vibrante, y su inglés presentaba un leve acento que habría podido ser persa. Entre ambos lograron limpiar la herida de la sangre y de cualquier impureza que el ave hubiera dejado en ella, y luego Pan hizo lo mismo con sus lesiones. Los pájaros aún graznaban en el cielo, pero se oían con menor intensidad, como si se alejaran.

—¿Qué son? —preguntó Pan.

—Oghâb-gorgs de las montañas del Tian Shan.

—Pero si eso queda a más de tres mil kilómetros… ¿Qué hacen aquí?

—Buscan la guerra. Yo me llamo Gulya. ¿Y tú? ¿Por qué vas solo, siendo como eres un daimonion?

—Soy Pantalaimon, el daimonion de Lyra Lenguadeplata. Me dirijo al desierto de Karamakán tratando de encontrar algo que ella perdió. ¿Qué me has dicho de esos pájaros?

—Son oghâb-gorgs que han venido buscando una guerra. Probablemente, intuyen que se acerca una guerra. Son capaces de oler la sangre a una distancia de cinco mil leguas de estepa o de desierto.

—Todavía se oyen. ¿Están peleando entre sí?

—No. Los míos los están hostigando. No toleramos a esos seres inmundos cerca de nosotros.

Pan calló un momento, prestando oído a la distante algarabía. Los gritos más estridentes sonaban más apagados, pues el centro del combate se desplazaba en el cielo.

—¿Quiénes son los tuyos? —preguntó—. ¿Qué clase de criatura eres?

—Un grifo, un grifo hembra. Soy así de pequeña porque sufro el efecto de una maldición. Aunque tengo setenta años, no alcanzaré un tamaño normal hasta que haya matado al brujo que me echó el hechizo.

—¿Cuánto tiempo viven los grifos?

—Varios centenares de años.

—¿Y cómo es el tamaño normal?

—Mayor que el del más corpulento caballo que pueda haber en el mundo.

—¿Cómo se entiende que hables inglés?

—Yo hablo todos los idiomas.

—Y vuestro reino… ¿Es aquí vuestro reino?

—Nuestro reino se extiende desde el mar Negro hasta Kamchatka, y desde el Himmaleh hasta Taimyr. Ese es el reino exterior. El reino interior es aún mayor y abarca el sol, la luna, los planetas y las estrellas.

—¿El interior es mayor que el exterior?

—Así es como funcionan todas las cosas.

Pan se quedó pensativo un momento y acabó por comprender que podía ser cierto.

—Escucha —dijo Gulya—. Se han ido.

El cielo estaba en silencio. En la tierra y en la maleza que bordeaba el río comenzaban a rebullir los animalillos, como si hubieran permanecido petrificados por el terror mientras se libraba el combate. Entonces Pan oyó algo más: un batir de grandes alas, un veloz surcar de plumas en el aire y un unánime y dilatado grito triunfal. Gulya levantó la cabeza y, extendiendo las alas, las agitó con vigor, expulsando las últimas gotas de agua. Advirtiend

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