Toda la verdad (Serie A. Shaw 1)

David Baldacci

Fragmento

 

Título original: The Whole Truth

Traducción: Eduardo Iriarte Goñi

1.ª edición: junio 2010

© David Baldacci, 2008

© Ediciones B, S. A., 2010

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.10393-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-057-9

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¿Por qué perder el tiempo en descubrir la verdad cuando la puedes crear con tanta facilidad?

 

La persona arriba citada prefirió permanecer en el anonimato, ya que no estaba autorizada a hablar públicamente sobre asuntos relativos a la verdad.

 

 

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

 

Prólogo

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Nota del autor

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Prólogo

 

—Dick, necesito una guerra.

—Bueno, como siempre, ha venido al sitio adecuado, señor Creel.

—No será un conflicto típico.

—Nunca espero nada típico de usted.

—Pero tienes que venderlo. Tienes que hacerles creer, Dick.

—Puedo hacerles creer cualquier cosa.

 

1

 

Exactamente a las cero horas HU, o medianoche Hora Universal, la imagen del hombre torturado irrumpió en la página web más famosa del mundo.

Las primeras cuatro palabras que pronunció las recordarían siempre todos aquellos que las oyeron.

«Estoy muerto. Fui asesinado.»

Hablaba ruso en la pantalla pero en la parte inferior su trágica historia se narraba prácticamente en cualquier idioma que uno quisiera con sólo apretar una tecla. La policía secreta de la Federación Rusa le había arrancado a golpes, tanto a él como a su familia, «confesiones» de traición. Se las había arreglado para escapar y grabar el tosco vídeo.

La persona que sostenía la cámara, fuera quien fuese, también estaba muerta de miedo, borracha o las dos cosas, porque la película granulada vibraba y se estremecía cada pocos segundos.

El hombre decía que si el vídeo salía a la luz, supondría que los matones del gobierno habían vuelto a capturarlo y ya estaba muerto.

¿Su delito? Sencillamente desear la libertad.

«Hay decenas de miles igual que yo», le decía al mundo. «Sus huesos yacen por doquier en la tundra helada de Siberia y en las profundas aguas del lago Baljash en Kazajistán. Pronto veréis pruebas de ello. Hay otros que seguirán con la lucha ahora que yo ya no estoy.»

Advertía de que, mientras el mundo se había centrado durante tanto tiempo en los Osama bin Laden, el antiguo mal, con una fuerza de destrucción un millón de veces más grande que la de todos los renegados islámicos unidos, estaba a todas luces de regreso, y era más letal que nunca.

«Es hora de que el mundo sepa TODA LA VERDAD», gritaba a la cámara, y luego rompía a llorar. «Me llamo Konstantin. Me llamaba Konstantin», se corregía. «Ya es muy tarde para mí y mi familia. Estamos todos muertos. Mi mujer, mis tres hijos, todos hemos desaparecido. No me olvidéis, ni olvidéis el motivo de mi muerte. No permitáis que la desaparición de mi familia haya sido en vano.»

Mientras la imagen y la voz del hombre iban desapareciendo por fundido, un hongo nuclear iluminaba la pantalla, y sobreimpresa en la parte inferior del horripilante paisaje se leía la ominosa frase: «Primero el pueblo ruso, luego el resto del mundo. ¿Podemos permitirnos esperar?»

La producción era rudimentaria, los efectos especiales, poco profesionales, pero eso no le importó a nadie. Konstantin y su pobre familia habían hecho el sacrificio definitivo para que el resto del mundo tuviera la oportunidad de conservar la vida.

La primera persona que vio el vídeo, un programador informático en Houston, quedó aturdido. Envió el archivo por correo electrónico a veinte amigos de su agenda. La siguiente persona que lo vio veinte segundos después vivía en Francia y quedó aquejada de insomnio. Deshecho en lágrimas, se lo envió a cincuenta amigos. El tercer espectador era de Sudáfrica y se indignó hasta tal punto por las imágenes que telefoneó a la BBC y luego realizó un envío masivo a ochocientos de sus amigos más «íntimos» en la Red. Una quinceañera en Noruega vio el vídeo horrorizada y se lo remitió a todos sus conocidos. Las siguientes mil personas que lo vieron vivían en diecinueve países distintos y lo compartieron cada uno con treinta amigos, y éstos con docenas cada uno de ellos. Lo que había empezado como un goteo digital en el océano de Internet explotó rápidamente como un tsunami de píxeles y bites de magnitud intercontinental.

Como una pandemia en expansión, el vídeo prendió como un torbellino en todo el mundo. La historia fue pasando de un blog a otro, de un grupo de chat a otro, de un correo electrónico al siguiente. Cada vez que volvía a relatarse, aumentaba de proporciones hasta que, por lo visto, la Tierra entera corría peligro de ser invadida en cualquier momento por chiflados rusos sedientos de sangre. En cuestión de tres días a partir de la triste proclama de Konstantin, su nombre resonaba de un extremo a otro del planeta. Muy pronto la mitad de la población mundial, incluidos muchos que no tenían idea de quién era el presidente de Estados Unidos ni el papa, lo sabían todo acerca del ruso muerto.

Y de los circuitos de correos electrónicos, blogs y grupos de chat la historia fue recogida por periódicos en las inmediaciones de la prensa dominante. Y luego publicaciones como el New York Times, el Wall Street Journal y los principales diarios del planeta entero se vieron sumidos en el delirio, aunque sólo fuera porque era de lo que hablaba todo el mundo. A partir de ahí, alcanzó el circuito televisivo mundial, y todas las cadenas desde Channel One en Alemania hasta la BBC, pasando por ABC News, CNN y la televisión estatal en China empezaron a anunciar una posible nueva era del juicio final. Y desde ese momento, quedó firmemente arraigada en la mente, el alma y la conciencia colectiva planetaria convirtiéndose en la noticia principal hasta el punto de que a nadie le importaba ninguna otra noticia.

El llamamiento de «Recordad a Konstantin» se oía en labios de personas de los siete continentes.

El gobierno ruso hizo públicos rotundos comunicados negándolo en su totalidad. El presidente ruso Gorshkov llegó al extremo de aparecer en la televisión internacional para denunciarlo como un embuste total y absoluto y ofrecer lo que él mismo denominó pruebas «arrolladoras» de que nunca había existido ese tal Konstantin. Sin embargo, no lo creyó mucha gente. Gorshkov era un antiguo integrante del KGB. De arriba abajo el gobierno ruso estaba colmado de demonios fascistas; periodistas del mundo entero llevaban años informando de ello a la gente. Era sencillamente que hasta entonces nadie le había prestado demasiada atención, porque, bueno, no interfería en sus vidas. Ahora tenían al fallecido Konstantin y un hongo nuclear en Internet advirtiéndoles que de súbito tenía una enorme importancia.

Desde luego, había escépticos en abundancia que albergaban grandes dudas acerca de a quién y exactamente qué se suponía que representaban en realidad Konstantin y su vídeo. Esas mismas personas empezarían a investigar al supuesto fallecido y su historia. En cambio, en el caso de muchos otros, ya habían oído y visto todo lo que les hacía falta para formarse una opinión inequívoca.

Pero Rusia y el resto del mundo no llegarían a descubrir nunca que en realidad Konstantin era un actor huido de Letonia, sus heridas y su aspecto demacrado eran el resultado de un maquillaje aplicado con pericia y una iluminación profesional. Tras grabar el vídeo se había lavado, quitado todos los elementos de su disfraz y almorzado tranquilamente nada menos que en el Salón de té ruso de la calle Cincuenta y siete en Nueva York, donde gastó parte de los cincuenta mil dólares que había cobrado por la filmación. Puesto que también hablaba español y poseía un atractivo aire moreno y un cuerpo bien cincelado, su principal aspiración consistía ahora en conseguir un papel destacado en un culebrón latinoamericano.

Mientras tanto, el mundo ya nunca sería el que fuera.

 

2

 

Nicolas Creel terminó sin prisas su gin-tonic de Bombay Sapphire y se puso la chaqueta. Iba a salir a dar una vuelta. En realidad, la gente normal iba a dar una vuelta. Los jefes corporativos multimillonarios se desplazaban muy por encima de la chusma. Mientras miraba por la ventanilla del helicóptero en el breve trayecto a través del Hudson hasta Jersey, los rascacielos a sus pies le hicieron pensar en lo lejos que había llegado. Creel había nacido en el oeste de Tejas, una zona tan grande y árida de una llanura en apariencia interminable que, según se decía, muchos de los que la consideraban su hogar no estaban al tanto de que hubiera ningún otro lugar en el que vivir, o al menos ninguna manera de llegar allí.

Creel había pasado exactamente un año de su vida en el «estado de la estrella solitaria» antes de trasladarse a las Filipinas con su papá, sargento del Ejército. De allí se sucedieron otros siete países en una ráfaga hasta que el padre de Creel fue destinado a Corea y poco después reducido a cenizas en lo que el Ejército describiría más adelante como un desafortunado desliz logístico. Su madre viuda volvió a casarse, y, años después, Creel accedió a la universidad, donde obtuvo una licenciatura en ingeniería. Acto seguido, consiguió de aquí y de allá el dinero suficiente para cursar un máster en administración de empresas, pero perdió interés tras seis meses y prefirió curtirse en el mundo real.

La única lección valiosa que le enseñó su padre militar fue que el Pentágono adquiría más armas que nadie y pagaba un precio excesivo por todas y cada una de ellas. Y, mejor aún, cuando te urgían más beneficios, bastaba con pedírselos y te los concedían. Después de todo, el dinero no era suyo. Y no había nada más fácil que regalar el dinero ajeno, sobre todo teniendo en cuenta que Norteamérica tenía el mayor cerdito hucha del mundo. Parecía un negocio de tres pares de narices en el que tomar parte, pues, como no tardó en averiguar Creel, uno podía venderle al Ejército de Estados Unidos 12.000 retretes y 9.000 martillos y salirse con la suya al amparo de una montaña de argucias legales y galimatías expuestos en las sesiones del Congreso.

Creel dedicó las décadas siguientes a levantar Ares Corporation, que ahora era el conglomerado de defensa más grande del mundo. Según la revista Forbes, era la decimocuarta persona más rica del planeta, con más de veinte mil millones de dólares en su haber.

Su difunta madre era una griega de pura cepa con temperamento fogoso y una ambición feroz que él había heredado junto con su atractivo de tez morena. Después de que el padre de Creel hubiera sido víctima de aquel desliz logístico en Corea, se casó con un hombre que ocupaba un peldaño superior en la escala socioeconómica, quien se deshizo de Creel enviándolo a escuelas privadas, que además no se contaban precisamente entre las mejores. Mientras que a los hijos de otros ricos se les entregaba todo en bandeja de plata, al intruso de Creel le tocaba apechugar con sus pullas, y tuvo que sudar y esforzarse por cada centavo. Esas experiencias lo proveyeron de una piel con la dureza de una armadura.

El que bautizara su empresa en honor al dios griego de la guerra fue un homenaje a esa madre a quien había amado por encima de cualquier otra persona. Y Creel se enorgullecía de lo que producía su empresa. El nombre estampado en su yate a motor de ciento treinta metros de eslora era Shiloh, el de la batalla de la jornada más sangrienta de toda la Guerra de Secesión norteamericana.

Si bien nacido en suelo estadounidense, Creel nunca se había considerado simplemente norteamericano. Ares Corp. tenía su sede en Estados Unidos, pero Creel era un ciudadano del mundo, tras haber renunciado mucho tiempo atrás a su ciudadanía estadounidense. Eso resultaba muy conveniente para el negocio, ya que ningún país tiene un monopolio sobre la guerra. No obstante, Creel pasaba tanto tiempo como le placía en Estados Unidos porque contaba con todo un ejército de abogados y contables que se dedicaban a buscar todos los resquicios en el balbuciente marasmo lingüístico denominado Código Fiscal estadounidense.

Muchos años atrás, Creel había aprendido que para proteger su negocio tenía que repartir los beneficios. Todo contrato de sistemas armamentísticos de Ares estaba diseminado por los cincuenta estados norteamericanos. Sus llamativas y costosas campañas de publicidad pregonaban ese dato por encima de todos los demás.

«Un millar de proveedores repartidos por todo el país velan por su seguridad», proclamaba la voz en off con ecos de Hollywood en un tono resonante que ponía la piel de gallina y aceleraba el pulso. Aunque sonaba de lo más patriótico, en realidad se había hecho por una sola razón. Ahora, si algún burócrata intentaba recortar sus ganancias, quinientos treinta y cinco miembros del Congreso se alzarían y fulminarían a esa persona por tener la audacia de intentar arrebatar puestos de trabajo a «su» gente. Creel había puesto en práctica esa misma estrategia en una docena de países más. Igual que en lo tocante a la guerra, los estadounidenses no tenían el monopolio de los políticos interesados.

Reactores militares construidos por Ares sobrevolaban todos los principales acontecimientos deportivos del mundo, incluidas las World Series, la Super Bowl y el Campeonato Mundial de Fútbol. ¿Cómo no se le iba a poner a uno la carne de gallina cuando una cerrada formación de naves de guerra de la era espacial, por valor de ciento cincuenta millones de dólares la pieza, llegaban bramando por el cielo con la suficiente potencia de fuego para eliminar a todo hombre, mujer y niño en las inmediaciones, y hacerlo de una sola pasada? Resultaba casi poético en su aterradora majestuosidad.

El presupuesto de Ares para marketing y grupos de presión era de tres mil millones de dólares al año. Por esa suma descomunal no había ningún país importante con dinero de defensa que gastar que no oyese el mensaje una y otra vez: «Somos fuertes. Estamos de tu parte. Velamos por tu seguridad. Velamos por tu libertad. Somos lo único que se interpone entre tú y ellos.» Y las imágenes resultaban igual de convincentes: barbacoas y desfiles, banderas al viento, niños que saludaban mientras pasaban los tanques, los aviones surcaban los cielos y soldados de gesto adusto con el rostro tiznado de negro se abrían paso por territorio hostil.

No había país en toda la Tierra capaz de resistirse a un mensaje tan palpitante y enaltecedor, según había comprobado Creel. Bueno, tal vez los franceses, pero nadie más.

Tal como estaban ideados los anuncios, daba la impresión de que la todopoderosa Ares Corporation facilitaba armas movida por el fervor patriótico en vez de la eterna necesidad de rebasar el presupuesto y retrasarse en la entrega. O tenían por objeto convencer a los ministerios de Defensa de que adquiriesen carísimos juguetes bélicos que ni siquiera llegaban a utilizarse y pasasen por alto artículos más baratos, como blindajes y gafas de visión nocturna, de los que dependía la supervivencia de los soldados sobre el terreno. Llevaba décadas funcionando de maravilla.

Sin embargo, las cosas estaban cambiando. La gente, por lo visto, se estaba cansando de la guerra. La asistencia a las enormes ferias comerciales que celebraba Ares anualmente llevaba cinco años seguidos en descenso. Ahora, el presupuesto de publicidad de Ares era superior a sus ingresos netos, lo que ponía de manifiesto una única verdad: no estaban comprando lo que Creel vendía.

Así que en esos instantes estaba sentado en un agradable despacho en un edificio propiedad de su empresa. El hombrachón sentado delante de él iba con vaqueros y botas de combate, y ofrecía todo el aspecto de un oso pardo salvo por la piel. Tenía la cara bronceada y curtida, con lo que parecía o bien un cráter de bala o la madre de todas las picadas de viruela en una sola mejilla. Era ancho de hombros y con manos inmensas y de alguna manera amenazadoras.

Creel no se las estrechó.

—Ya está en marcha —anunció Creel.

—He visto al camarada Konstantin. —El hombre no pudo reprimir una mueca de satisfacción cuando lo dijo—. Ahora deberían concederle un Oscar.

—Sesenta minutos va a emitir un especial sobre su historia este fin de semana. Al igual que todas las publicaciones de actualidad. Ese idiota de Gorshkov nos lo está poniendo fácil.

—¿Qué hay del incidente?

—El incidente eres tú —señaló Creel.

—Ya funcionó sin poner las botas sobre el terreno.

—No estoy interesado en guerras que cesan a los cien días o degeneran en enfrentamientos callejeros entre bandas con ínfulas. Con eso no llega ni para la factura de la electricidad, Caesar.

—Deme usted el plan y yo lo llevaré a cabo, señor Creel, como siempre.

—Mantente listo para entrar en acción.

—Usted paga —asintió Caesar.

—Desde luego que sí.

En el trayecto en helicóptero de regreso al Edificio Ares, Creel contempló los templos de hormigón y acero a sus pies. «Ya no estás en el oeste de Tejas, Nick.»

Aquello, naturalmente, no tenía que ver únicamente con el dinero, ni con salvar su compañía. Creel poseía dinero suficiente y, al margen de lo que hiciera o dejara de hacer, Ares Corp. sobreviviría. No, en realidad se trataba de volver a encauzar el mundo en su estructura adecuada. Las cosas llevaban ya mucho tiempo sumidas en el desbarajuste. Creel se había hartado de ver a los débiles y los salvajes imponerse a los fuertes y los civilizados. Esa locura ya había regido el mundo durante el tiempo suficiente. Estaba a punto de enmendar la situación. Tal vez habría quien afirmara que se estaba arrogando el papel de Dios. Bueno, en cierto modo, así era. Pero incluso un dios benigno se servía de la violencia y la destrucción para alcanzar sus objetivos. Creel tenía la intención de seguir ese «modelo» al pie de la letra.

En un principio, habría dolor.

Habría pérdidas.

Siempre las había. De hecho, su propio padre había sido una de las víctimas que se cobraba la empresa de mantener el espectro del poder global sobre cimientos bien firmes, de manera que Creel entendía muy bien el sacrificio que requería. Pero al cabo, todo merecería la pena.

Se retrepó en su sillón.

El creador de Konstantin sabía alguna que otra cosa.

Caesar sabía alguna que otra cosa.

Sólo Nicolas Creel lo sabía todo.

Como lo sabían los dioses, siempre.

 

3

 

—¿Qué significa la A? —preguntó el hombre en buen inglés con un solapado y leve acento holandés.

Shaw miró al caballero plantado delante de él en el control de pasaportes del aeropuerto de Schipohl, quince kilómetros al sur de Ámsterdam. Schipohl, uno de los aeropuertos más concurridos del mundo, se asentaba cinco metros por debajo del nivel del mar, con millones de toneladas de agua batiente en las proximidades. Shaw siempre lo había considerado el colmo de la audacia en cuestiones de ingeniería. Sin embargo, dos tercios del país estaban bajo el nivel del mar, así que no tenían muchas opciones a la hora de decidir dónde aparcar los aviones, ¿verdad?

—¿Cómo dice? —preguntó Shaw, aunque sabía muy bien a qué se refería el hombre.

El individuo dio unos golpecitos con el dedo en la página de la foto del pasaporte de Shaw.

—Aquí. Su nombre de pila se reduce a la inicial A. ¿Qué quiere decir?

Shaw miró fijamente el pasaporte mientras el holandés seguía con la vista puesta en él.

Como correspondía a la nación con los hombres más altos de la Tierra, el agente del control de pasaportes con su uniforme reglamentario medía uno ochenta y seis, sólo un par de centímetros por encima de la estatura media de los holandeses, pero aun así siete centímetros por debajo de la imponente altura de Shaw.

—No quiere decir nada —respondió Shaw—. Mi madre no llegó a ponerme nombre de pila, así que tomé un nombre que designa lo que soy. A Shaw, en inglés: un Shaw. Porque así me apellido, o al menos así se apellidaba mi madre.

—¿Y su padre no puso objeción a que su hijo no adoptase su apellido?

—No hace falta padre ninguno para que nazca un niño, sólo para concebirlo.

—Y en el hospital, ¿no le pusieron nombre?

—¿Nacen todos los niños en hospitales? —replicó Shaw con una sonrisa.

El holandés se puso rígido y luego abandonó su tono de confrontación.

—Así que Shaw. ¿Irlandés, como George Bernard?

El holandés era un pueblo estupendamente informado, según había comprobado Shaw. Bien educados y curiosos, les encantaba debatir. Nunca le había ocurrido que le preguntaran por George Bernard Shaw.

—Bien podría ser, pero soy escocés. De las Tierras Altas. Al menos, de allí vinieron mis antepasados —se apresuró a añadir, pues había presentado pasaporte estadounidense, uno de los seis que poseía—. Nací en Connecticut. ¿Ha estado por allí alguna vez?

El hombre respondió con entusiasmo:

—No, pero me gustaría mucho viajar a Norteamérica.

Shaw ya había visto esa mirada rebosante de deseo en otras ocasiones.

—Bueno, en realidad las calles no están empedradas de oro ni todas las mujeres son estrellas de cine, pero hay muchas cosas que hacer y mucho sitio donde hacerlas.

—Tal vez algún día —dijo el agente de pasaportes no sin cierta melancolía antes de volver a adoptar su papel—. ¿Viene por negocios o por placer?

—Las dos cosas. Después de hacer un viaje tan largo, ¿para qué escoger?

El hombre dejó escapar una risilla.

—¿Algo que declarar?

—Ik heb niets aante geven.

—¿Habla holandés? —dijo en tono de sorpresa.

—¿No lo habla todo el mundo?

El agente rio y estampó el pasaporte de Shaw con un sello de tinta a la antigua usanza en vez de utilizar uno de esos artilugios de alta tecnología que usan en algunos países y que, según había oído Shaw, implantan un dispositivo de seguimiento digital en el papel. Siempre había preferido la tinta a los dispositivos de rastreo.

—Disfrute de su estancia —le deseó su nuevo amigo holandés al tiempo que le devolvía el pasaporte.

—Ésa es mi intención —respondió Shaw, camino ya de la salida y del tren que lo llevaría hasta la estación Centraal en Ámsterdam en unos veinte minutos de viaje.

Desde allí el asunto no haría sino ponerse más emocionante. Pero antes tenía un papel que interpretar, porque tenía público.

De hecho, lo estaban observando en esos precisos instantes.

 

 

4

 

El taxi recogió a Shaw en la estación de tren y lo dejó en el imponente Amstel Intercontinental Hotel, que contaba con setenta y nueve habitaciones de gran belleza, muchas con vistas envidiables del río Amstel, aunque Shaw no había ido por las vistas.

Ciñéndose al papel que debía desempeñar durante los tres días siguientes, Shaw era un turista. Pocos lugares había tan adecuados para ello como Ámsterdam, una ciudad con 750.000 habitantes, sólo la mitad neerlandeses de nacimiento. Dio un paseo en barco, tomando con entusiasmo instantáneas de una ciudad con más canales que Venecia a juego con los trece mil puentes en un espacio de apenas doscientos kilómetros cuadrados de los que una cuarta parte estaba cubierta por las aguas.

A Shaw lo atraían especialmente las casas flotantes, casi tres mil, amarradas a lo largo de los canales. Le llamaban la atención porque representaban raíces. Aunque flotaban en el agua, esos barcos no se movían nunca. Pasaban de unos a otros, de generación en generación o se vendían sin que mediara hipoteca alguna. ¿Qué debía de sentirse, se preguntó, al tener vínculos semejantes con un lugar?

Luego se plantó unos pantalones cortos y zapatillas de deporte y se fue a correr por los amplios espacios de Oosterpark, cerca de su hotel. En un sentido muy real del término, Shaw llevaba corriendo toda su vida. Pues bien, si las cosas salían según sus planes, eso tocaría a su fin. O eso, o acabaría muerto. Correría el riesgo de buena gana. En cierta manera, ya estaba muerto.

Mientras se tomaba un café en el Bulldog, un local de la cadena de cafeterías más famosa de Ámsterdam, Shaw contempló a la gente que atendía sus asuntos. Y también observó a los hombres que tan evidentemente lo vigilaban a él. Era patético, en realidad, ver a unos tipos encargados de seguirlo que no tenían ni la más remota idea de cómo se hacía.

Al día siguiente comió en uno de sus restaurantes preferidos de la ciudad, administrado por un italiano entrado en años. La mujer del italiano se pasaba el día sentada leyendo el periódico mientras su marido hacía las veces de maître, camarero, chef, ayudante de camarero, friegaplatos y cajero. El establecimiento sólo tenía cuatro taburetes en la barra y cinco mesas, sin contar los dominios de la mujer, y uno tenía que aguardar en el umbral y someterse al escrutinio del marido. Si asentía, podías tomar asiento y comer. Si se daba media vuelta, ya podías ir buscando otro sitio donde almorzar.

A Shaw nunca lo habían rechazado. Tal vez fuese su imponente estatura, o sus magnéticos ojos azules que parecían arrebatarlo a uno en su poderoso abrazo, pero probablemente fuera porque el propietario y él habían trabajado juntos tiempo atrás, y no fue en nada que tuviera que ver con el campo de la gastronomía.

Esa noche Shaw se vistió de traje y asistió a la ópera en el Muziektheater. Una vez concluida la representación, podría haber regresado a su hotel, pero en cambio prefirió pasear en dirección contraria. Esa noche era el auténtico motivo de que hubiera ido a Holanda. Ya no era un turista.

Conforme se acercaba al Barrio Rojo observó cierta actividad en una callejuela oscura y especialmente estrecha. Había un niño plantado entre las sombras. A su lado había un hombre de aspecto peligroso con la bragueta abierta y una manaza metida en los pantalones del crío.

En un instante Shaw cambió de dirección. Se adentró en la callejuela y propinó un golpe en la nuca al individuo. Fue un puñetazo comedido, con intención de atontar, no de matar, aunque Shaw se vio profundamente tentado de acabar con el depredador. Tras caer el hombre inconsciente al suelo, Shaw le puso cien euros en la mano al chavalillo y lo ahuyentó con un empujón y una brusca advertencia en holandés. Al perderse el eco de sus frenéticos pasos, Shaw supo que al menos ese niño no pasaría hambre ni moriría esa noche.

Cuando retomaba su camino cayó en la cuenta por primera vez de que la Bolsa estaba directamente enfrente de las putas en el Barrio Rojo, lo que le chocó hasta que pensó un poco en ello. El dinero y la prostitución siempre habían sido compañeros de ruta. Se preguntó si algunas señoritas aceptaban acciones de empresa en vez de euros como pago.

Más irónico incluso que la cercanía de la Bolsa a las putas era el que el Barrio Rojo rodease por completo Oude Kerk, o la Antigua Iglesia, el lugar de culto más grande y viejo de la ciudad. Construida en 1306 como una sencilla capilla de madera, a lo largo de los dos siglos siguientes habían estado retocándola y ampliándola constantemente. Algún bromista había llegado incluso a incrustar un par de pechos en el empedrado junto a la entrada principal. Shaw había estado varias veces en Oude Kerk. Lo que más le había llamado la atención era la serie de tallas en los bancos del coro en las que se veía a hombres evacuando el vientre muy a gusto. Lo único que se le ocurrió fue que por aquel entonces las misas debían de ser sumamente largas.

Santos y pecadores, Dios y prostitutas, reflexionaba Shaw cuando alcanzó la parte central de aquella zona de iniquidad. Los holandeses la llamaban los walletjes, o «muretes». Era de suponer que lo que ocurría tras los walletjes no salía de allí. Esa noche contaba con ello.

El Barrio Rojo no era tan grande, quizá de la longitud de dos cruces de canales, pero había cantidad de cosas embutidas en esas dos manzanas. Por la noche las prostitutas de guardia eran las más hermosas. Muchas eran despampanantes europeas del Este traídas al país con falsos pretextos que luego se habían visto «atrapadas en el oficio», como se decía en un alarde de delicadeza. Irónicamente, las prostitutas nocturnas eran en buena medida mera fachada. Después de todo, ¿quién iba a querer cruzar los libidinosos umbrales con miles de personas mirando? Por las mañanas y las tardes el barrio estaba más tranquilo y era entonces cuando los clientes de verdad visitaban a las señoritas, mucho menos atractivas pero también eficientes, del segundo y tercer turno de ocho horas.

Era difícil pasar por alto las habitaciones de las prostitutas, ya que estaban bordeadas por completo de neones rojos casi cegadores. Las habitaciones también tenían iluminación fluorescente, de manera que el escaso atuendo de las chicas relucía como el sol estival. Shaw pasó por delante de un escaparate tras otro, donde las mujeres estaban de pie, a veces bailando, otras en poses eróticas. A la hora de la verdad la mayoría de la gente iba a fisgonear, no a fornicar, aunque las camas seguían arrojando aproximadamente quinientos millones de euros en transacciones al día.

Shaw mantuvo la cabeza gacha, los pies dirigidos hacia un destino concreto. Casi había llegado.

 

5

 

La chica del escaparate era joven y guapa, con el cabello retinto arremolinado sobre los hombros desnudos. Llevaba únicamente un tanga blanco, tacones de aguja y un collar de quincallería que colgaba entre sus grandes pechos, cuyos pezones llevaba cubiertos con girasoles adhesivos. Una elección curiosa, pensó Shaw.

Mantuvo contacto visual con ella mientras se abría paso entre la muchedumbre. La mujer salió a recibirlo a la puerta, donde Shaw confirmó su interés. Incluso con tacones era treinta centímetros más baja que él. Los artículos expuestos a menudo parecían más grandes, y mejores. Cuando te llevabas la compra a casa, no resultaba ni remotamente tan especial.

La chica cerró la puerta y luego corrió las cortinas rojas, único indicio de que la habitación y la señora estaban ocupadas.

El espacio era reducido, con un lavabo, retrete y, naturalmente, una cama. Al lado del lavabo había un botón: el que las prostitutas pulsaban en caso de emergencia. Entonces de repente se presentaba la policía y se llevaba a rastras al cliente que se había pasado de la raya para obtener satisfacción. Era una de las zonas mejor vigiladas de la ciudad: todo lo que hiciera falta para mantener el flujo de ingresos tributarios. Shaw vio una segunda puerta en la pared del fondo y luego desvió la mirada. Desde el cuarto de al lado llegaban altos y claros los sonidos de otro cliente feliz. Los alojamientos de las fulanas estaban separados por tabiques baratos o a veces únicamente por una cortina. Estaba claro que el negocio no requería mucho espacio ni lujos para funcionar.

—Eres muy atractivo —le dijo en holandés—. Y grande —añadió, levantando la vista—. ¿Eres grande por todas partes? Porque yo no soy muy grande ahí abajo —remató, ahora con la mirada fija en su entrepierna.

—Spreekt u Engels? —le preguntó Shaw.

Ella asintió.

—Hablo inglés. Son treinta euros por veinte minutos, pero puedo pasar una hora por setenta y cinco. Es una oferta especial, sólo para ti —añadió en tono práctico. Le entregó una lista en holandés que estaba traducida en la parte inferior de la página a diez idiomas distintos, incluidos inglés, francés, japonés, chino y árabe. Se titulaba: «Cosas que hago y que no hago.»

Shaw le devolvió el papel:

—¿Está tu amigo? —le preguntó—. Llevo mucho tiempo esperando conocerlo. —Desvió la mirada hacia la otra puerta.

Ahora la chica lo miró con diferentes ojos.

—Sí, está aquí.

Se volvió y lo hizo pasar por la puerta en la pared del fondo. Sus nalgas al aire, aunque firmes, retemblaron levemente al adoptar delante de él unos exagerados andares de modelo de pasarela. Shaw no hubiera sabido decir si lo hacía por costumbre o porque los tacones de aguja eran muy poco estables.

La mujer abrió la puerta y le indicó que pasara. Luego lo dejó delante del viejo sentado a una mesita en la que había servida una comida sencilla: una porción de queso, una ración de bacalao, un puñado de pan y una botella de vino.

El rostro del hombre era un entramado de arrugas, tenía la barba blanca desaliñada y la barriguilla fofa y abultada. Sus ojos asomaban debajo de unos mechones de pelo desapañado y blanco como la nieve al que le hubiera venido de perlas una buena poda. Captó la presencia de Shaw y se quedó mirándolo fijamente.

Indicó la mesa con un gesto.

—¿Tienes hambre? ¿Sed?

Había otra silla pero Shaw prefirió no tomar asiento. De hecho, si hubiera intentado sentarse, tal vez el hombre le habría pegado un tiro, pues en la mano izquierda tenía aferrada una pistola apuntada directamente hacia Shaw y las instrucciones convenidas habían sido explícitas. Uno no se sentaba. Uno no comía ni bebía si quería conservar la vida.

Shaw ya había escudriñado toda la estancia. La única vía de acceso era la puerta que había cruzado para colocarse de manera que pudiera vigilar esa entrada con un ojo y con el otro al hombre, y su arma.

Negó con la cabeza y dijo:

—Gracias, pero ya he comido en De Groene Lanteerne. —Era un establecimiento de comida tradicional holandesa con un comedor que tenía trescientos años de antigüedad y además los representaba.

Una vez cumplido el absurdo trámite de las palabras en clave, el hombre se puso en pie, sacó un papel del bolsillo y se lo entregó.

Shaw echó un vistazo a la dirección y demás información en el papel, lo rompió y lanzó los pedazos al retrete que había contra una pared para luego tirar de la cadena. Como si le hubieran dado una señal, el hombre se puso un sombrero destrozado y se marchó.

Shaw no podía marcharse todavía. Por lo general los encuentros sexuales duraban algo más de dos minutos, incluso en el caso de adolescentes primerizos. Y nunca se sabía quién podía estar vigilando. Bueno, en realidad, él sí lo sabía. Había varios.

Regresó a la habitación principal donde la chica estaba tendida, cual gata, en su catre. La cortina seguía cerrada; el contador seguía en marcha.

—¿Quieres echarme un polvo ahora? —le preguntó la mujer en tono levemente tedioso mientras empezaba a bajarse el tanga—. Ya está pagado —añadió, como si necesitara más incentivos—. Una hora entera. Y estoy dispuesta a saltarme la lista por otros treinta euros.

—Nee Dank u —respondió Shaw con una sonrisa amable. Si ibas a rehusar a una señora en cuestiones de sexo, más te valía hacerlo en su propio idioma.

—¿Por qué no? ¿Hay algún problema? —dijo, evidentemente ofendida.

—Estoy casado —se limitó a responder.

—Igual que la mayoría de los que vienen a verme.

—No me cabe duda.

—¿Dónde está la alianza? —preguntó recelosa.

—Nunca la llevo cuando trabajo.

—¿Seguro que no me deseas? —Su tono de incredulidad resultó tan claramente marcado como el gesto de descreimiento que adoptó.

A Shaw le hizo gracia, pero lo disimuló. Debía de ser muy nueva, porque tenía la vanidad casi intacta. Las putas mayores sin duda se hubieran aferrado a la oportunidad de cobrar la faena entera sin tener que darse el revolcón.

—Completamente seguro.

Volvió a subirse el tanga.

—Qué pena.

—Sí, una pena —dijo. En realidad, si las cosas iban de acuerdo con lo planeado, en un par de días estaría en Dublín con la única mujer a la que había querido de veras, que era también la razón por la que tenía que marcharse, ya mismo.

Aun así, como no podía por menos de reconocer el propio Shaw, era una gran incógnita. En su oficio, mañana no era más que otro día en el que morir.

 

 

6

 

Siempre había un maldito tunecino, marroquí o egipcio implicado. Siempre. Eso se dijo Shaw. Un paso en falso con esos caballeros y te arrancaban las gónadas para luego hacértelas comer y aducir que Alá se lo había ordenado, si es que se molestaban en ofrecer alguna explicación. «Nos veremos en el paraíso, infiel. A mis pies por toda la eternidad, sucio cerdo.» Se sabía de memoria todas las increpaciones.

Shaw aferró el pesado maletín con la mano derecha y apartó la izquierda del costado mientras el fibroso tunecino, con ojos enrojecidos, el semblante hosco y los dientes al aire, lo cacheaba.

Seis hombres más, aparte de Shaw, estaban en la pequeña habitación de la planta superior. Era un piso típico situado en un canal menor. Por arriba era angosto como un nido de serpiente, con sogas anudadas a guisa de barandilla en las escaleras para que quien subía pudiera encarar el ascenso casi vertical. Se podía perder fácilmente el resuello subiendo meramente de la primera a la segunda planta de una residencia de los canales de Ámsterdam.

La razón era histórica, según había averiguado Shaw. Siglos atrás esas casas fueron las sedes comerciales de mercaderes. Y a la sazón, cuando fueron construidas, los únicos artesanos disponibles eran carpinteros navales. Esos hombres, como es natural, decidieron que lo que era adecuado para un barco era adecuado para una casa, y construyeron las escaleras casi en vertical, como tenían por costumbre hacer en los barcos, donde el espacio era muy limitado. De ahí que la mayoría de esas casas tuviera una viga de acero como la proa de un barco que descollaba de la planta superior. Antaño la utilizaban para levantar artículos a la venta y ahora se usaba para subir los muebles porque no había dios capaz de acarrear escaleras arriba un sofá, por mucho que fuera de un tamaño modesto.

La víspera por la noche, Shaw se había ido del Barrio Rojo, regresado a su hotel e informado en recepción de que se marchaba. El empleado de guardia estaba sin duda en nómina de los que querían mantenerse al tanto de los movimientos de Shaw y con toda seguridad les transmitiría la información. Pondrían a varios hombres a seguirlo en cuanto Shaw abandonase el Intercontinental.

Como no deseaba especialmente compañía adicional, dejó el bolso y la ropa y salió del hotel por el sótano. Por eso se había alojado en el enorme Intercontinental, con sus numerosas salidas; tenía que largarse sin que lo vieran. Sirviéndose de la información memorizada que le había dado el anciano en el cuarto de la prostituta, fue en la parte trasera de una vieja camioneta de granja hasta un punto de destino fuera de la ciudad donde el paisaje era amplio y verde y no había agua en treinta metros a la redonda, nada menos. Hizo unas llamadas telefónicas y la noche siguiente tomó posesión del maletín que el tunecino intentaba febrilmente arrebatarle ahora.

Shaw, mucho más corpulento, tiró de la cartera para arrancársela, lo que hizo que el hombre, de menor tamaño, trastabillara y cayera al suelo de cabeza. El tunecino, sangrando por la nariz rota, se incorporó con un cuchillo en su mano vigorosa.

Shaw se volvió hacia el líder de la pandilla, un iraní sentado en una silla —su trono en miniatura, según vio Shaw— y le sostuvo la mirada.

—¿Quiere que le enseñe la mercancía? —preguntó Shaw—. Pues dígale a esta hiena que se aparte de mí.

El esbelto persa, ataviado con unos pantalones recién planchados y una holgada camisa blanca de manga larga hizo un gesto con la mano y el cuchillo del tunecino desapareció, aunque no así su mueca amenazadora.

—Anoche se las arregló para dar esquinazo a mis hombres —le dijo a Shaw con acento británico.

—No me gusta la compañía.

Dejó el maletín encima de la mesa, introdujo dos códigos digitales distintos, pasó el pulgar por un escáner y los cierres de titanio se abrieron de golpe. Shaw observó de cerca la reacción del hombre de Teherán ante el regalito que aguardaba en su interior. La expresión del iraní no dejó lugar a duda: la Navidad, irónicamente, había llegado temprano a Holanda para el siervo de Alá del Próximo Oriente.

Shaw anunció:

—Oficialmente, esto es un DDR, un dispositivo de dispersión radiológica, también conocido como bomba atómica de mano o bomba sucia. —Todo eso lo dijo en farsi, lo que hizo que el iraní arqueara una ceja.

Los hombres se reunieron en torno. El iraní tocó con cautela el dispositivo con sus cables, carcasa de metal, tubos de acero inoxidable y múltiples pantallas de lectura de diodos luminosos.

—¿Sucia, hasta qué punto?

—Radiación suficiente para arrasar una ciudad norteamericana de tamaño medio, como Omaha. ¿Alguna vez ha estado en Omaha?

—¿Cuántas personas?

—Varios cientos de miles.

Los seis musulmanes cruzaron miradas de entusiasmo ante semejante nivel de destrucción. El iraní dijo:

—¿Este aparatito matará cientos de miles de personas? ¿Seguro?

—No. Ésa es la población de una ciudad norteamericana de tamaño medio. Esto no es una bomba de las que producen un hongo nuclear. Si es eso lo que desea, puede descargarse los planos de Internet. Pero se verá en la necesidad de obtener los ingredientes indispensables, como uranio altamente enriquecido.

»Esta ricura provocará entre diez y veinte mil muertes en el momento de la detonación y otras cien mil serán víctimas de los efectos de la radiación a largo plazo. Y lo mejor es que la ciudad será totalmente inhabitable durante diez mil años. Así que no vaya a invertir en bienes inmuebles allí donde tenga previsto activarla. —Miró de soslayo al iraní—. ¿Conviene a sus necesidades? —añadió, aunque tuvo la impresión de que su cliente ni siquiera le escuchaba.

El iraní se volvió hacia él tras propinar a la bomba una última palmadita afectuosa:

—¿Y el precio?

Shaw se irguió, destacando por encima de todos los demás:

—El mismo que en el documento con las condiciones que le enviamos.

—Supuse que era su oferta inicial. Ahora quiero negociar.

—Supuso mal. El precio es firme. Si no la quiere, hay muchos otros interesados.

El iraní dio un paso adelante. Sus hombres lo imitaron.

—Negociará.

Shaw dio unas palmaditas al contenido del maletín.

—Esto es una bomba nuclear, no un juego de cuchillos, ni un diamante para la parienta. Esta noche no hay ninguna oferta especial, ni un dos por uno.

—¿Y qué razón hay para que no podamos arrebatársela sin más ni más? ¿A cambio de nada?

El tunecino debía de leer el pensamiento, porque ya había vuelto a sacar el cuchillo y tenía los ojos inyectados en sangre, sin duda espoleado por la perspectiva de clavar la hoja hasta la empuñadura en el fornido cuello de Shaw.

—Y matarlo —concluyó el iraní, sin necesidad de ello, pues Shaw ya había captado el mensaje.

Shaw señaló una hendidura en el costado de la bomba sucia que se parecía a la ranura de inserción de un DVD.

—Eso es la entrada para el paquete de software que contiene los códigos de detonación automática y por lo general hace que el artilugio estalle y la radiación empiece a crepitar. Si uno intenta hacerlo sin el software, lo único que consigue es freírse su propio culo.

—¿Y dónde está ese paquete?

—En las inmediaciones no, eso ni de coña.

El iraní descargó una palmada sobre el maletín.

—¡Así que esto es inservible!

—Tal como se especificaba con toda claridad en el documento con las condiciones —empezó Shaw con voz hastiada—. Se le entregará el hardware tras desembolsar el cincuenta por ciento y el software cuando haya ingresado la otra mitad en la cuenta indicada.

—¿Y debo confiar en usted sin más ni más? —preguntó el iraní, insuflando a sus palabras un matiz desagradable.

—Igual que debo confiar yo en usted. Llevamos mucho tiempo dedicándonos a esto y aún no hemos dejado a ningún cliente insatisfecho. Eso ya lo sabe, o no estaría aquí.

El iraní vaciló.

«Venga, gusano. Haz el sacrificio de dar el brazo a torcer delante de tus chicos para llevarte el huevo de oro. Bien sabes que lo deseas. Piensa en cuántos norteamericanos puedes cargarte con este trasto.»

—Primero voy a tener que llamar a una persona.

—Creía que usted tenía autoridad para tomar las decisiones, ¿no? —dijo Shaw en tono de fastidio.

El iraní lanzó nerviosas miradas de soslayo a sus hombres, el bochorno era evidente en sus finos rasgos.

—Una llamada —se apresuró a decir, y sacó el teléfono.

Shaw levantó una mano.

—¡Alto ahí! El que la Interpol irrumpa a saco en nuestra fiestecilla no está entre mis planes de vacaciones.

—No durará el tiempo suficiente para que la localice nadie.

—Ha visto demasiadas películas de Harry el Sucio. Eso no es aconsejable en nuestra profesión.

—¿De qué habla? —le espetó el iraní.

—Ya sé que en realidad están en el siglo IX y tal pero tienen que engancharse al siglo XXI si no quieren acabar en el corredor de la muerte. No les hace ninguna falta que el candidato esté hablando dos días en un teléfono de dial giratorio para localizar la llamada. A un satélite le hacen falta exactamente tres segundos para rastrear la huella digital, efectuar una triangulación, aislar los repetidores de señal, establecer una señalización con un margen de error de treinta metros y desplegar el equipo de intervención. —Shaw estaba diciendo chorradas en buena medida, pero sonó bien—. ¿Por qué creen que Bin Laden vive en una cueva y escribe sus órdenes en puto papel higiénico?

El iraní miró el móvil como si acabara de asestarle un picotazo. Shaw introdujo la mano lentamente en el bolsillo, atento al sanguinario tunecino, y sacó su propio móvil para pasárselo al cabecilla terrorista.

—Emisor de interferencias y difusor de señales de vanguardia. Este trasto tiene capacidad de codificación por destellos de fotones, de modo que ni siquiera un ordenador cuántico, en el caso de que alguien lo hubiera inventado, podría descifrar semejante paquete de bites. Así que ya puede marcar, amigo mío. Los minutos corren de mi cuenta.

El tipo hizo la llamada, vuelto hacia la pared de manera que Shaw no lo oyera ni pudiera leerle los labios.

Shaw centró la atención en el tunecino. En un idioma en el que, estaba razonablemente seguro, no hablaban ni ese individuo ni ninguno de los demás, dijo:

—Te gusta pasarte a críos por la piedra, ¿a que sí?

El pasmado tunecino se quedó mirándolo incapaz de entender un dialecto chino de una minúscula provincia al sur del país comunista. Shaw había pasado allí un año de su vida, estuvo a punto de morir en dos ocasiones y sólo se las arregló para escapar con ayuda de un campesino y su antiquísimo Ford, un tipo que no paraba de eructar. Así las cosas, supuso que aprender el idioma podía venirle bien, aunque no se veía regresando allí, al menos por propia voluntad.

El iraní le devolvió el teléfono a Shaw, que lo cerró y se lo metió en el bolsillo.

—De acuerdo —dijo.

—Me alegra oírlo —respondió Shaw, al tiempo que le aplastaba la nariz al tunecino de un puñetazo. En el mismo movimiento, hizo oscilar con fuerza el maletín alcanzando en toda la sien a otros dos hombres, que se desplomaron muertos o muy cerca de estarlo.

Un instante después la puerta reventó y media docena de figuras con protecciones por todo el cuerpo y pertrechadas de ametralladoras entraron en tropel, gritando a todos que levantaran las manos y dejaran las armas y no necesariamente en ese orden si no querían acabar con otro ojo en medio de la frente.

Entonces el iraní hizo lo inesperado. Se tapó la cara con las manos, atravesó el vidrio de la ventana y se lanzó al vacío.

Shaw se apresuró hasta la ventana convencido de que iba a ver al tipo poner punto final a su vida hecho un manchurrón sanguinolento en la calle a sus pies.

—¡Joder!

El impulso del salto lo había llevado lo bastante lejos como para ir a caer al río.

Shaw vio a dos hombres con trajes a prueba de balas que se quedaron mirándolo, anonadados.

—Que alguien pida una antitetánica. Hace mucho que me puse la última.

Le lanzó el teléfono a uno de los hombres, cogió el cuchillo del tunecino y masculló una maldición. Permaneció un momento encaramado al alféizar, meditando brevemente sobre lo que estaba a punto de hacer, y luego saltó sin otro sostén que el tenue aire holandés.

 

7

 

Si hay unas aguas fuera de la antigua Unión Soviética o tal vez Venecia en las que nadie querría sumergirse, son las del río Amstel. Es un río famoso, aunque no precisamente por su transparencia, su limpieza ni su salubre discurrir.

Shaw cayó al agua, escindiéndola limpiamente en dos. Aun así, el impacto de la caída desde una cuarta planta supuso una sacudida en todos los nervios y huesos de su cuerpo. Se volvió y se propulsó hacia la superficie para luego mirar en torno en busca del hombre. Ni rastro.

Por lo visto, el iraní nadaba muy rápido para alguien oriundo de un país desértico. Shaw también era buen nadador y cuando por fin divisó a su presa, se lanzó a cruzar el estrecho canal con poderosas brazadas, y a punto estuvo de agarrar al otro por el pie cuando salía del agua trepando.

En una serie de patadas, el iraní le propinó un doloroso golpe en la barbilla con el tacón de la bota, lo que no contribuyó a mejorar el estado de ánimo de Shaw.

Los dos hombres se cuadraron cerca de la base del puente de Magere Brug, cuyas animadas luces ofrecían un extraño fondo a un par de furias chispeantes que buscaban aniquilarse mutuamente.

—¡Me has traicionado! —gritó el iraní.

—Ya lo superarás.

El iraní adoptó una sofisticada pose de pelea.

—Me prepararon como muyahidín. Combatí a los demonios en Irak y Afganistán durante años. Ardo en deseos de matarte con mis propias manos. Muerde el polvo, escoria.

Antes de que pudiera pasar al ataque, Shaw sacó el cuchillo y se lo arrojó. Alcanzó al otro hombre en el pie, atravesó piel y hueso y su punta acabó por incrustarse en uno de los tablones de madera del puente en el que estaban.

El iraní gritó de dolor y profirió obscenidades mientras intentaba desensartarse la extremidad.

Shaw aprovechó el momento de distracción para dejar al iraní sin sentido de un golpe, su pie todavía seguía clavado a la madera como una mariposa en un tablero de corcho mientras yacía despatarrado sobre los maderos.

—Hablas más de la cuenta —le dijo Shaw al hombre inconsciente.

Una hora después, Shaw estaba sentado en la parte de atrás de una furgoneta blanca con una manta sobre sus fornidos hombros y tomaba sorbos de una taza de humeante café holandés.

Dos hombres de uniforme, llamativos precisamente porque no tenían una sola característica que los identificase, junto con un tercer individuo con un traje confeccionado, estaban sentados enfrente de él.

—¿Saltando por ventanas? ¿Al río Amstel? ¿A tu edad? —dijo el tipo del traje mientras se rascaba una zona de piel enrojecida en su cabeza calva con forma de huevo.

—¿Habéis localizado la llamada?

El hombre asintió.

—Ha sido un alarde de ingenio lo de darle tu teléfono. Hemos pillado a Mazloomi y su equipo en Helsinki hace unos diez minutos. Una pandilla de lo más cruenta. Sí, unos tipos chungos de verdad. —El hombre fingió un estremecimiento y luego se echó a reír.

Shaw ni siquiera sonrió.

—Los buenos rara vez intentan cargarse a gente con una bomba nuclear. Para eso tenemos gobiernos.

—¿Estás convencido de ello?

—Sí, y tú también, Frank, si tuvieras huevos para reconocerlo.

Frank miró a los gemelos uniformados e hizo un gesto en dirección a la puerta con la cabeza. Se levantaron de inmediato y salieron. Frank se acercó un poco más a Shaw.

—¿Qué es eso que he oído acerca de que quieres dejarlo?

—¿Cuánto tiempo creías que iba a seguir haciendo esto?

—¿No leíste la letra pequeña? Hasta que mueras. Como ha estado a punto de ocurrir esta noche.

—¿Esta noche? Ni de lejos. Esto ha sido tan peligroso como enfrentarse a una monja armada con una regla.

—Bueno, pues si alguna vez se te ocurre palmarla, que no sea durante mi turno de guardia. No quiero líos.

—Gracias por tu interés.

—Y ahora ¿adónde?

—A Dublín.

—¿Por qué? —preguntó Frank con curiosidad.

—De vacaciones. ¿No crees que me las merezco después de lo de esta noche?

—Ah, puedes ir, pero volverás —dijo Frank con toda seguridad.

Shaw se incorporó, dejó que la manta le cayera de los hombros y le pasó la taza vacía a Frank. La piel le escocía a rabiar y tenía la sensación de que el pelo se le estaba cayendo.

—Sí, en cuanto me envíes una foto tuya nadando en el Amstel. Desnudo, claro.

—Desde luego. ¿Sigues alegrándote de haberte pasado a nuestro bando?

—No tenía muchas opciones, ¿verdad?

—Disfruta en Dublín, Shaw.

—Eso podrás verlo con tus propios ojos, ¿no? Seguro que tus chicos no me pierden la pista.

Frank encendió un puro holandés y ofreció a Shaw una mueca burlona por entre la cortina de humo.

—¿Te parece que eres lo bastante importante como para que te persigamos allí donde vayas? Dios santo, te crees el ombligo del mundo.

—Ojalá no envejezcas nunca, Frank.

 

8

 

El asunto de «Recordad a Konstantin» se había puesto al rojo vivo. Hubo manifestaciones contra los rusos en cincuenta países y Naciones Unidas había pedido formalmente a un furioso presidente Gorshkov que diera una respuesta más rigurosa. Y sin embargo, mentes más sosegadas, o al menos más escépticas, estaban levantando un muro ante esta marejada de sentimientos antirrusos.

Un buen número de líderes políticos, periodistas, comentaristas y diversos miembros de gabinetes de estrategia, escarmentados en el pasado por haberse precipitado a sacar conclusiones, instaron a la precaución y la mesura en la estela del ultraje del «Recordad a Konstantin». Se habían planteado más preguntas acerca de la autenticidad del hombre y el vídeo, sobre todo a raíz de los detallados desmentidos y el inaudito acceso a archivos clasificados que permitió el gobierno ruso a medios de comunicación de otros países. Dos días después de esta medida de cooperación por parte de Moscú, el sentimiento generalizado de que Rusia era el mal encarnado había empezado a menguar un poco. Y líderes del mundo entero comenzaron a respirar con algo más de tranquilidad. Sea como fuere, este reflujo no era sino la calma antes del auténtico estallido.

Dos días después el mundo se llevó otra sacudida colectiva cuando, marchando al paso de la oca digital de servidor en servidor por todo el planeta, llegaron los nombres y las fotografías de miles de rusos supuestamente masacrados por su propio gobierno. Había entre ellos hombres, mujeres, niños; jóvenes, viejos, embarazadas y discapacitados. Y junto con las caras y los nombres figuraban detalles de la vida de cada uno de ellos, así como de sus muertes espantosas y trágicas. Y lo que era más pernicioso, todos esos ficheros poseían indicios de proceder directamente de los archivos clasificados del gobierno ruso.

La línea del asunto de la nueva andanada era sencilla y devastadora: «Recordad no sólo a Konstantin.» Poco después todo el mundo, desde supuestos expertos hasta expatriados rusos pasando por gente de los países del antiguo bloque soviético, atacaba a Rusia en televisión, radio e Internet por el evidente retroceso a su papel de amenaza maníaca sedienta de poder.

Era como si la imagen del pobre Konstantin torturado, reforzada por la huella indeleble de miles de «nuevos» muertos, hubiera dado por fin a la gente la valentía para hablar. La nota extraña fue que los mercados globales se v

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