El rostro de un extraño

Anne Perry

Fragmento

Creditos

Título original: The Face of a Stranger

Traducción: Roser Berdagué

1.ª edición: agosto, 2013

© 2013 Anne Perry

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 21.257-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-544-4

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A Christine M. J. Lynch,

como testimonio de gratitud

por la antigua amistad renovada.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Lo único que vio al abrir los ojos y mirar hacia arriba fue un color gris claro, un gris uniforme como el de un cielo invernal, denso y amenazador. Parpadeó y miró de nuevo. Estaba boca arriba y aquel gris que veía era el de un techo, sucio de mugre y de vapores acumulados con los años.

Se movió un poco. La cama en la que estaba tendido era dura y corta. Hizo un esfuerzo para sentarse pero sintió un profundo dolor. En el fondo del pecho lo apuñalaba un agudo pinchazo, y también le dolía el brazo izquierdo, cubierto por un grueso vendaje. En cuanto intentó enderezarse, notó que le latían las sienes, como si el pulso le martilleara detrás de los ojos.

A unos palmos de distancia había otro camastro de madera, igual que el suyo, en el que se movía, inquieta, la pálida cara de un hombre tapado con una manta gris medio rota y con la camisa empapada de sudor. Más allá otro hombre tenía las piernas fajadas con vendas manchadas de sangre y, a continuación, seguía otro y otro más hasta el fondo de la gran sala, donde una estufa negra y panzuda había formado una mancha de humo en el techo.

Dentro de él estalló el pánico, rezumando calor a través de su piel. ¡Estaba en un asilo! Dios santo, ¿cómo había ido a parar allí?

Era pleno día. Con gesto desmañado cambió de postura y estudió la habitación. Todas las camas estaban ocupadas. Arrimadas a lo largo de la pared, ni una sola estaba vacía. ¡No era lo normal en un asilo! La gente habría debido de estar levantada y trabajando, ya que el trabajo es beneficioso para su espíritu, por no decir que también lo es para las arcas del asilo. Ni siquiera a los niños se les perdonaba el pecado de la ociosidad.

Por supuesto, se trataba de un hospital. ¡No podía ser otra cosa! Con grandes precauciones volvió a tumbarse boca arriba y en cuanto su cabeza se posó en la almohada rellena de salvado sintió que un inmenso bienestar invadía todo su cuerpo. No sabía cómo había ido a parar a un sitio como aquél, en su memoria ni un jirón de recuerdo le indicaba que pudiera estar herido, si bien era indudable que así era, ya que notaba el brazo rígido y torpe y sentía un profundo dolor en el hueso. También advertía un gran dolor en el pecho cada vez que inspiraba. ¿Qué le había ocurrido? Debía de tratarse de un accidente de consideración, ¿se habría derrumbado un muro sobre él, habría sido víctima de la violenta coz de un caballo, se habría caído de alguna altura? Sin embargo, no recordaba nada, ni siquiera haber sentido miedo.

Seguía intentando recordar cuando, de pronto, vio sobre él un rostro sonriente que le habló en tono cordial.

—¡Vaya! ¡Otra vez despierto!

Levantó la vista y contempló aquella cara de luna. Era un rostro ancho y chato, de piel agrietada, con una sonrisa que se abría, amplia, dejando al descubierto unos dientes rotos.

Intentó aclarar sus ideas.

—¿Otra vez? —dijo confundido.

Su pasado era como un sueño vacío de sueños, un blanco pasillo cuyo principio no se divisaba.

—Está perfectamente, ¿verdad? —dijo la voz con un suspiro, pero en tono alegre—. ¡Claro que no va a estar como unas pascuas de un día para otro, digo yo! No me extrañaría nada que se hubiese olvidado hasta de su nombre. Vamos a ver, ¿cómo está? ¿Qué tal el brazo?

—¿Que cómo me llamo?

Nada, ni un solo recuerdo.

—Sí. —Ahora la voz, además de alegre, sonaba paciente—. Eso, que cómo se llama.

Tenía que saber su nombre. ¡Tenía que saberlo! Se llamaba... transcurrieron unos segundos, pero seguía en blanco.

—Bueno, ¿qué me dice? —lo acució la voz.

Seguía esforzándose. Pero no le llegaba ningún recuerdo, sólo un pánico blanco, una especie de ventisca de nieve en el cerebro, unos peligrosos remolinos sin vórtice.

—¡En fin, que no se acuerda! —La voz sonó estoica y resignada—. Ya me lo imaginaba. Pues mire lo que le digo, anteayer estuvo aquí la policía y dijeron que usted se llamaba Monk, William Monk. Pero hombre, ¿se puede saber de dónde sale, qué ha hecho usted para que lo busque la policía?

El hombre le arregló, solícito, la almohada con sus manazas y puso un poco de orden en las mantas.

—¿Quiere que le traiga algo? ¿Una bebida caliente? Hace un fresco aquí dentro que nadie diría que estamos en julio, ¡ni que fuera noviembre! Voy a prepararle alguna cosita caliente o unas gachas, si quiere. ¿Qué me dice? En este momento está cayendo una que para qué le voy a contar. Siempre estará mejor aquí dentro que en la calle.

—¿William Monk? —repitió el nombre.

—Eso mismo, bueno eso dijo la policía. Un tal Runcorn. El señor Runcorn, todo un inspector, no se vaya a creer. —Levantó unas cejas alborotadas—. ¿Qué ha hecho, si es que se puede saber? ¿No será usted uno de esos maleantes que andan sueltos por ahí birlando carteras y relojes de oro a los señorones? —Hizo la pregunta sin sombra de censura, mirándolo con sus ojillos redondos y bonachones—. Si quiere que le hable con franqueza, no parecía otra cosa cuando lo trajeron aquí, porque iba con la ropa que daba lástima, toda sucia de barro, hecha jirones y cubierta de sangre.

Monk no dijo nada. Su cabeza estaba dando marcha atrás, le latía al intentar descubrir algún indicio en medio de tanta niebla, un recuerdo claro y tangible. Pero ni siquiera el nombre significaba nada. Ese «William» le resultaba vagamente familiar, pero era un nombre tan común... Cualquiera conoce a varios Wiliams, a docenas de ellos...

—O sea que seguimos sin acordarnos de nada —continuó el hombre con una expresión de cordialidad en el rostro, vagamente divertido.

Había sido testigo de todo tipo de miserias humanas y nunca había habido nada tan temible ni tan extraño que le hiciera alterar su compostura. Había visto a hombres morir de sífilis y peste, y hasta a algunos subirse por las paredes, aterrados por cosas que no existían en realidad. Que un hombre hecho y derecho no se acordara de lo que le había ocurrido ayer constituía para él una curiosidad, pero no era motivo de maravilla.

—¿O quizás es que no lo queremos decir? —prosiguió—. Bueno, no se lo reprocho. —Se encogió de hombros—. No le cuente nada a la policía si no le conviene, pero ¿no le apetecería tomar unas gachas de avena? ¿Un puré bien espesito, que ya lo tengo caliente desde hace un rato en aquella estufa? ¡Es que tiene que poner algo de su parte, hombre!

Monk tenía hambre y pese a estar tapado con la manta se notaba helado.

—Sí, por favor —aceptó.

—Entendidos, pues, le voy a dar las gachas esas. Supongo que no habré hecho mal diciéndole cómo se llama, no va a mirarme con malos ojos por esto. —Movió la cabeza—. O había hecho algo horrible o tenía un miedo de la policía que para qué le voy a contar. ¿Qué hizo si se puede saber? ¿Afanó las joyas de la corona, quizá?

Y mientras se dirigía a la estufa negra y ventruda del final de la sala aún masculló alguna cosa más y se rió para sus adentros.

¡La policía! ¿Sería un ladrón? La sola idea le repugnaba, no sólo por los miedos que despertaba en él, sino por la palabra en sí y por lo que comportaba cuando se la aplicaba a sí mismo. Pero quizá fuera verdad.

¿Quién era? ¿Qué clase de hombre era? ¿Se habría herido, tal vez, mientras realizaba alguna proeza, algún hecho arriesgado? ¿O al verse acosado como un animal tras cometer algún delito? ¿O quizá no era más que un pobre desgraciado, una víctima que se había encontrado en el momento más inoportuno en el lugar más desafortunado?

Rebuscó en su mente, pero no encontró nada, ni un jirón de pensamientos o de sensaciones reveladoras. En algún sitio tenía que vivir, a alguien debía de conocer. Personas, rostros, voces, emociones. ¡Pero no había nada! Por lo que podía recordar, era como si acabara de nacer en un duro camastro de aquel desolado hospital.

Sin embargo, alguien sabía quién era. Sí, la policía.

El hombre había vuelto con las gachas y con sumo cuidado comenzó a administrárselas, cucharada tras cucharada. Un plato insulso y de poca consistencia, pero no por ello menos de agradecer. Después se volvió a tumbar en la cama y, aunque estuvo luchando por no dormirse, ni el miedo logró impedir que se sumiera en un profundo letargo, aparentemente desprovisto de sueños.

Cuando se despertó al día siguiente por la mañana, como mínimo tenía dos cosas muy claras en la cabeza: su nombre y el lugar donde se encontraba. Recordaba con precisión absoluta los escasos hechos del día anterior: el enfermero, las gachas calientes, el vecino de al lado revolviéndose inquieto y lamentándose en la cama, el techo de un color gris deslavado, el tacto de las mantas y el dolor del pecho.

Tenía una idea muy precaria del tiempo, pero suponía que debía de ser media tarde cuando entró el agente de policía. Era un hombre alto, o eso le pareció al verlo con su esclavina y el sombrero de copa que llevaban las Fuerzas de la Policía Metropolitana de Peel. Tenía una cara huesuda, nariz larga y boca ancha, una frente despejada, pero unos ojillos hundidos y tan pequeños que difícilmente se habría podido decir de qué color eran. Aunque su aspecto general era agradable y denotaba inteligencia, entre las cejas y en torno a los labios había leves indicios de mal genio. Se detuvo ante la cama de Monk.

—Supongo que ahora ya sabe quién soy, ¿verdad? —le preguntó con aire risueño.

Monk no negó con la cabeza porque le dolía demasiado.

—No —se limitó a decir.

El hombre dominó su irritación e incluso un sentimiento que podía ser de contrariedad. Observó de cerca a Monk y recorrió de arriba abajo su cuerpo con la mirada, frunciendo un ojo como si con ese gesto que revelaba su nerviosismo pretendiera concentrarse en lo que veía.

—Hoy tiene mejor aspecto —decretó.

¿Sería verdad o es que Runcorn pretendía simplemente animarlo? Y ahora que lo mencionaba, ¿cuál era su aspecto? No tenía ni la más mínima idea. ¿Era moreno o rubio, feo o bien parecido? ¿Sería fornido o desgarbado? Si no podía verse las manos, ya no digamos el cuerpo, cubierto con las mantas. No deseaba llevar a cabo esa prospección, esperaría a que Runcorn se hubiese marchado.

—Supongo que no recordará nada —prosiguió Runcorn—. ¿Se acuerda de lo que le pasó?

—No. —Monk se debatía en medio de una nube totalmente amorfa.

¿Lo conocía, aquel hombre, o sólo sabía alguna cosa de él? ¿O era tal vez un personaje público al que Monk habría debido de reconocer? ¿O quizás andaba tras él con algún propósito oculto, dictado por el deber? A lo mejor se limitaba a buscar información o tal vez sabía algo de Monk, además de su nombre, que habría podido darle sentido al descarnado hecho de su presencia.

Monk estaba tendido en la cama, tapado hasta la barbilla, pese a lo cual se sentía mentalmente desnudo y vulnerable, como los que quedan públicamente en ridículo. El instinto le aconsejaba ocultarse, esconder su debilidad. Sin embargo, tenía necesidad de saber. Tenía que haber en el mundo docenas o más, de personas que lo conocían; sin embargo, él no sabía nada. Estaba en una situación de desventaja total y absolutamente paralizante. Ni siquiera sabía quién lo amaba o lo odiaba, a quién podía haber perjudicado y a quién ayudado. La necesidad en la que se encontraba era comparable a la de quien, pese a sufrir las angustias del hambre, siente el terror de que en cada bocado puede ocultarse el veneno.

Volvió a mirar al policía. El enfermero había dicho que se llamaba Runcorn. Tantearía el terreno.

—¿He tenido un accidente? —preguntó.

—Eso parece —le replicó Runcorn sin darle mayor importancia—. El cabriolé volcó, un verdadero desastre. Probablemente chocaron con algo cuando iban a toda velocidad. El caballo se asustó y salió corriendo. —Hizo un movimiento con la cabeza y bajó las comisuras de los labios—. El cochero murió en el acto, el pobre. Se golpeó la cabeza con el bordillo. Como usted iba dentro del coche, seguramente por eso salió mejor parado. ¡Lo que nos costó sacarlo! ¡Era un peso muerto! Jamás habría dicho que fuera usted tan pesado. Seguro que no se acuerda de nada, ¿verdad? ¿Ni siquiera del susto?

Su ojillo izquierdo volvió a empequeñecerse ligeramente.

—No.

Al cerebro de Monk no acudía ninguna imagen, ningún recuerdo de velocidad desaforada, de golpe alguno, de dolor siquiera.

—¿No se acuerda de lo que hacía en aquel momento? —continuó Runcorn, aunque sin verdadera esperanza en la voz—. ¿En qué asunto estaba ocupado?

Monk se aferró a una esperanza, algo que parecía haber adquirido forma; casi tenía miedo de preguntar por temor a que todo se desmoronara al más mínimo contacto.

Miró fijamente a Runcorn. Era probable que conociera a aquel hombre personalmente, tal vez incluso que lo viera a diario. Sin embargo, nada en él le despertaba el más mínimo recuerdo.

—¿Y bien? —le preguntó Runcorn—. ¿No se acuerda de nada? Nosotros no lo habíamos enviado allí. ¿Qué demonios hacía en aquel momento? Seguramente había descubierto algo. ¿No recuerda qué puede ser?

La niebla era impenetrable.

Monk movió la cabeza con unas sacudidas con las que quería decir que no, que no recordaba nada, pero dentro de él persistía aquella burbuja luminosa. Ahora sabía que él era policía y que por eso lo conocían. No era un ladrón ni un fugitivo.

Runcorn se inclinó ligeramente hacia delante y lo miró con atención, vio cómo se iluminaba su cara.

—¡Veo que recuerda algo! —dijo en tono triunfal—. ¡Vamos, hombre! Diga qué es.

Monk no podía explicar que no era el recuerdo lo que lo había cambiado, sino la disolución de una de las formas más lacerantes del miedo. Aquella niebla que lo sofocaba seguía en el mismo sitio, aunque ahora sin carácter alguno, sin constituir una amenaza específica.

Runcorn seguía esperando, observándolo con gran atención.

—No —dijo Monk lentamente—, todavía no.

Runcorn se irguió y exhaló un suspiro de resignación.

—Todo llegará...

—¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí? —preguntó Monk—. He perdido la cuenta.

Era una observación razonable, cualquiera en sus circunstancias podía haber dicho lo mismo.

—Más de tres semanas... hoy es 31 de julio de 1856 —añadió, no sin una sombra de sarcasmo.

¡Santo Dios! Llevaba más de tres semanas y lo único que recordaba era el día de ayer. Cerró los ojos. En realidad, lo que sentía era algo infinitamente peor: ¿cuántos años podía tener? ¡Y pensar que de lo único que se acordaba era de ayer! ¿Qué edad tenía? ¿Cuántos años había perdido? Sintió que el pánico hervía de nuevo dentro de él y a punto estuvo de gritar: «¡Ayudadme!, ¡que alguien me ayude! ¿Quién soy? ¡Devolvedme mi vida, mi ser!»

Pero los hombres no gritan en público, ni siquiera en privado. Sintió el sudor frío que le bañaba la piel y se quedó rígido, tendido allí con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo. Seguramente Runcorn supondría que se trataba sólo de dolor, del dolor físico corriente. Debía guardar las apariencias. No podía dejar que Runcorn se imaginara que había olvidado su trabajo. Si perdía el trabajo, el asilo pasaría a convertirse en realidad, penosa, desesperanzada, un día tras otro de trabajo obediente, servil y sin objeto.

Se obligó a volver al presente.

—¿Más de tres semanas?

—Sí —replicó Runcorn y después tosió y se aclaró la garganta.

Tal vez Runcorn estaba cohibido. ¿Qué se le puede decir a un hombre que no te recuerda, que ni siquiera se recuerda a sí mismo? Monk lo sintió por él.

—Todo llegará —repitió Runcorn—. Cuando se reponga, cuando vuelva al trabajo. Pero necesita descansar para recuperarse, eso es lo que necesita, un descanso que le permita renovar fuerzas. Una semanita o dos, es el tiempo indispensable. Cuando esté en condiciones de trabajar vuelva a la comisaría y entonces se hará la luz, me atrevería a decir que eso es lo que ocurrirá.

—Sí —dijo Monk, aunque más para dar la razón a Runcorn que por creerlo realmente, porque no lo creía.

Tres días más tarde Monk abandonó el hospital. Ya tenía fuerzas suficientes para andar y, además no hay nadie que se quede más tiempo del necesario en un hospital. No sólo por consideraciones de tipo financiero, sino también por el peligro que entrañaba permanecer en un sitio como aquél. Muere más gente por contagio que por enfermedad o por las heridas que los llevaron al hospital. Se lo contó con aire resignado el enfermero que le había dicho cómo se llamaba.

No le extrañaba lo más mínimo. En los pocos días que recordaba había visto a médicos pasar de una herida abierta a una úlcera enconada, de pacientes aquejados de fiebre a otros que vomitaban o soltaban flujo, para después volver a curar heridas abiertas, y vuelta a empezar. El suelo estaba cubierto de vendas sucias y se hacían pocas coladas de ropa, aunque era indudable que todos hacían lo que podían con los escasos medios disponibles.

De hecho, para ser sinceros, hacían cuanto estaba en sus manos para no admitir a pacientes declarados de tifus, cólera o viruela y, en caso de detectar estas enfermedades una vez ingresados corregían el error y enviaban a aquellos pobres desgraciados a sus casas, para que pasasen en ellas la cuarentena, donde estaban abocados a una muerte segura o se recuperaban sólo si ésa era voluntad de Dios. Pero por lo menos allí constituían un peligro menor para la comunidad. Todo el mundo sabía qué significaba la bandera negra que colgaba fláccida en una bocacalle cualquiera.

Runcorn le había dejado el abrigo y el sombrero de copa de su traje de Peeler, limpio y arreglado con esmero después del accidente. Por lo menos eran de su medida, aunque ahora le quedaban un poquito grandes debido al peso que había perdido mientras guardaba cama. Ya lo recuperaría. Se había dado cuenta de que era un hombre fuerte, alto, esbelto y musculoso, pero como no se había afeitado él mismo, sino el enfermero, todavía no había tenido ocasión de verse la cara. Sin embargo, se la había palpado, la había recorrido con las yemas de los dedos cuando no lo observaba nadie. Era huesudo y fuerte y, al parecer, tenía una boca ancha. Pero no sabía nada más. En cuanto a sus manos, eran suaves y no estaban encallecidas por el trabajo manual y tenía el dorso de las mismas cubierto de vello oscuro.

Al parecer, llevaba unas monedas en el bolsillo en el momento de su ingreso, que le devolvieron al marchar. Alguien debía de haber pagado el tratamiento al que lo habían sometido. ¿Habría bastado con su salario de policía? En aquel momento estaba de pie en la escalera y tenía ocho chelines y once peniques en el bolsillo, además de un pañuelo de algodón y un sobre en el que figuraba su nombre y una dirección: 27 Grafton Street. Dentro del sobre había una factura de su sastre.

Al dirigir la vista a su alrededor no reconoció nada. Era un día radiante y nubes viajeras que se movían rápidas, empujadas por un viento cálido, cruzaban el cielo. A unos cincuenta metros de distancia, en un cruce, había un niño con una escoba, ocupado en dejar la encrucijada limpia de estiércol de caballo y otros desechos. Un carruaje tirado por dos caballos bayos lanzados a la carrera pasó veloz.

Monk, todavía débil, bajó la escalera y se dirigió a la calle principal. Tardó cinco minutos en encontrar un cabriolé libre, al que hizo señal de que se detuviera y a cuyo cochero dio la dirección. Ocupó su asiento en el interior y se dedicó a observar las calles y plazas que iban desfilando ante sus ojos, así como otros vehículos y carruajes, algunos con lacayos vestidos con librea, otros cabriolés, carros de cerveceros y las carretas de los verduleros ambulantes. Vio buhoneros y mercachifles, un vendedor de anguilas frescas, otro de pasteles calientes y otro de budines de ciruela. Eran cosas que le apetecían y se moría de hambre, pero como no tenía idea de lo que podían costar, no se atrevía a pararse para comprarlas.

Un vendedor de periódicos gritaba algo, pero pasaron tan rápidamente por su lado que el ruido de los cascos de los caballos apagó el clamor. Un hombre con una sola pierna vendía cerillas.

Encontraba algo familiar en aquellas calles, pero era una sensación que le llegaba muy débil desde el fondo de sus pensamientos. Aunque no le parecían del todo extrañas, no habría podido decir el nombre de ninguna de ellas.

Tottenham Court Road. El tráfico era intenso: carruajes, carros, carretas, mujeres que rozaban con sus amplias faldas los desperdicios de la cuneta, dos soldados que se reían a carcajadas y un borracho, levitas rojas convertidas en manchas de color, una florista y dos lavanderas.

El carruaje enfiló Grafton Street y se paró.

—¡Aquí es, señor, el número veintisiete!

—Gracias —dijo Monk apeándose con torpeza del carruaje, el cuerpo muy envarado y desagradablemente débil.

Incluso aquel esfuerzo, pese a ser insignificante, lo había dejado exhausto. No tenía idea de cuánto dinero debía pagar. Mostró un florín, dos monedas de seis peniques, una de un penique y otra de medio penique en una mano.

El cochero titubeó, cogió una de las monedas de seis peniques y la de medio penique, se llevó la mano al sombrero e hizo restallar las riendas sobre la grupa del caballo dejando a Monk en la acera. Ahora que había llegado el momento, el miedo se había apoderado de él. No tenía ni la más ligera idea de qué encontraría ni a quién.

Pasaron dos hombres que lo observaron llenos de curiosidad. Probablemente suponían que se había perdido. Se sentía ridículo, confundido. ¿Quién respondería a su llamada? ¿Conocería a la gente de la casa? Si aquélla era su casa, lo tenían que conocer por fuerza. Pero ¿hasta qué punto? ¿Serían amigos o sólo los propietarios? Por absurdo que pareciera, ni siquiera sabía si tenía familia.

De cualquier modo, si la hubiera tenido, con seguridad lo habrían visitado en el hospital. Runcorn lo había ido a ver, o sea que ahora ya sabían dónde estaba. Tal vez él era uno de esos hombres que no inspiran amor, sólo una cortesía profesional. ¿Por eso había ido a verlo Runcorn? ¿Porque era lo que correspondía hacer?

¿Había sido un buen policía? ¿Eficiente en su trabajo? ¿Era un hombre simpático? Toda aquella situación era ridícula, patética.

¡Bah, era infantil! Si hubiera tenido una familia, una esposa o un hermano o una hermana, Runcorn se lo habría dicho. Debía ir descubriendo las cosas a medida que pudiera; si trabajaba con los Peelers, quería decir que era detective. Iría reuniendo todas las piezas hasta completar el rompecabezas, su modo de vida. El primer paso consistiría en llamar a aquella puerta de color marrón oscuro cerrada ante él.

Levantó la mano y llamó con viveza. Transcurrieron unos minutos largos y desesperados mientras en su cabeza se iba devanando una serie de preguntas antes de que una mujer fornida y de mediana edad, que llevaba un delantal, abriera la puerta. Era gruesa, llevaba el cabello peinado hacia atrás con desaliño, pero iba limpia y tenía un rostro que parecía haberse restregado con denuedo y que revelaba una expresión de generosidad.

—¿Quién lo había de decir? —dijo rebosante de espontaneidad—. Que Dios salve mi alma si éste no es el señor Monk. Esta misma mañana, sin ir más lejos, le he dicho al señor Worley que como usted no apareciera pronto me vería obligada a alquilar sus habitaciones, aunque fuera contra mis principios. Ya se sabe que no se puede vivir sin comer. Debo decir, de todos modos, que el señor Runcorn pasó por aquí y me dijo que usted había sufrido un accidente terrible, que estaba herido en el hospital. —Se llevó la mano a la cabeza en un gesto de desesperación—. ¡Que Dios nos libre de sitios como ésos! Usted es el primero que veo salir por su propio pie de uno de esos lugares. Si quiere que se lo diga con franqueza, estaba esperando que el día menos pensado apareciese por aquí algún mensajero para anunciarme que se había muerto.

Frunció la cara y lo miró con concentrada atención.

—De todas maneras, hay que decir que tiene muy mal aspecto. Pase y le haré una buena comida porque me parece que debe de estar medio muerto de hambre. Me jugaría cualquier cosa a que no ha tomado una comida decente desde que salió de esta casa. ¡Qué día aquel! Hacía un frío de todos los demonios.

Y con un rápido revuelo de sus amplias faldas, dio media vuelta y lo hizo pasar.

Él la siguió a lo largo del corredor revestido de paneles y lleno de cuadros románticos colgados de las paredes y después escaleras arriba hasta un amplio rellano. La mujer sacó después un manojo de llaves que llevaba en el cinto y abrió una de las puertas.

—Supongo que habrá perdido la llave, ya que de otro modo no habría llamado a la puerta. Es eso, ¿verdad?

—¿Tenía yo llave? —preguntó sin percatarse de que se traicionaba al pronunciar aquellas palabras.

—¡Que Dios nos acoja! ¿Cómo no iba a tener? —exclamó la mujer, sorprendida—. ¿No supondrá que voy a estar subiendo y bajando la escalera a todas horas por la noche, cada vez que usted entra y sale, digo yo? No hay cristiano que aguante si no descansa lo suyo. Hay que dormir, eso no falla. Supongo que también usted habrá dormido.

Se volvió a mirarlo.

—Pero ahora que lo miro bien, veo que tiene muy mala cara. Seguro que lo ha pasado mal. Mire, entre y siéntese. Voy a traerle de comer y de beber. Lo que a usted le hace falta es disfrutar de las cosas buenas de la vida, se lo digo yo.

Lanzó un resoplido y se recompuso el delantal con brío.

—Siempre he dicho que en los hospitales no cuidan a los enfermos como es debido. Me juego lo que quiera a que la mitad de los que se mueren en el hospital es porque no comen.

Y con una indignación que se reflejaba en las contracciones de todos sus músculos cubiertos por el negro tafetán, salió como una exhalación del cuarto dejando la puerta abierta.

Monk se acercó a la puerta, la cerró y después se volvió para echar un vistazo a la habitación. Era espaciosa y las paredes estaban recubiertas de paneles de color marrón oscuro y de papel verde. Los muebles tenían aire de viejos. En el centro de la habitación había una pesada mesa de roble con cuatro sillas a juego. Eran de estilo jacobino, con las patas talladas terminadas en forma de garras. El aparador situado en la pared opuesta tenía una factura similar, si bien no veía qué función podía tener, ya que lo abrió y no vio en él objetos de porcelana ni cubertería en los cajones. Sin embargo, los cajones más bajos guardaban manteles y servilletas de lino, todo recién lavado, planchado y en perfecto estado. Había también un escritorio de roble con dos cajones pequeños y planos y, arrimada a la pared más próxima, colocada junto a la puerta, una elegante biblioteca repleta de libros. ¿Formaban parte del mobiliario? ¿O eran suyos? Después miraría los títulos.

Las ventanas estaban envueltas, más que cubiertas, con unas cortinas afelpadas orladas de flecos, y eran de un verde descolorido. En los brazos de las lámparas de gas, adosadas a la pared, faltaban algunas piezas. Los brazos de la butaca de cuero estaban manchados, y el uso había aplanado los almohadones. Hacía tiempo que los colores de la alfombra habían pasado a unas tonalidades ciruela, azul oscuro y verde bosque, lo que en conjunto no dejaba de formar un fondo grato a la vista. De las paredes colgaban varios cuadros, un tanto pretenciosos y en la repisa de la chimenea se leía la grave sentencia: dios lo ve todo.

¿Era suyo todo aquello? Probablemente no, porque sentía en su interior una oleada de emociones encontradas y, sin poder evitarlo, en su rostro apareció una mueca como reacción ante la sensiblería de aquellos cachivaches y hasta notó que los menospreciaba.

La habitación era cómoda, invitaba a permanecer en ella, pese a lo cual la encontraba muy impersonal, sin fotografías ni recuerdos de ningún género, ni tampoco ningún testimonio de sus gustos. Sus ojos estuvieron paseándose por ella con interés, pero no había nada que le resultase familiar ni constituyese tampoco un alfilerazo capaz de remover su memoria.

Quiso probar qué ocurriría al entrar en el dormitorio. Lo mismo: cómodo, viejo y ajado. En el centro había una gran cama, a punto con sus sábanas limpias, la blanca y mullida almohada y el edredón color vino, rematado con volantes. Sobre el pesado tocador había una jofaina de porcelana bastante artística y un aguamanil, y encima de la cómoda un vistoso cepillo para el cabello con el dorso de plata.

Pasó la mano por las superficies y la sacó limpia de la prueba. Había que decir, por lo menos, que la señora Worley era una buena ama de casa.

Ya iba a abrir los cajones para examinar su contenido cuando oyó unos vivos golpecitos en la puerta y entró la señora Worley llevando una bandeja con un plato en el que humeaba un trozo de carne, un pedazo de pastel de hígado, col hervida, zanahorias y habichuelas, y otro con una porción de tarta y un poco de flan.

—¡Aquí tiene! —dijo la mujer con aire satisfecho y dejando la bandeja en la mesa.

Se animó al ver los cubiertos —cuchillo, tenedor y cuchara— y un vaso de sidra.

—¡Coma y se sentirá mejor!

—Gracias, señora Worley.

La gratitud era sincera porque no tomaba una comida sustanciosa desde...

—Señor Monk, es mi deber de mujer cristiana —le replicó ella con un leve movimiento de la cabeza—. Además, usted siempre me ha pagado puntualmente, debo reconocer en su favor que nunca me ha discutido nada ni se ha retrasado un solo día en el pago. ¡Es preciso tenerlo en cuenta! Ahora cómase todo eso y métase en cama. Tiene un aspecto muy desmejorado. No sé qué le ha podido pasar ni me interesa saberlo, si quiere que le diga la verdad. A veces es mejor no saber las cosas.

—¿Qué hago después con...? —dijo él mirando la bandeja.

—¡Déjela en la puerta, como siempre! —dijo la mujer levantando las cejas y, acercándose más a él, añadió con un suspiro—: Y si por la noche se encuentra mal, no tiene más que llamarme y acudiré al momento a atenderle.

—No será preciso... me encontraré perfectamente.

La señora Worley hizo una profunda aspiración y, acto seguido, soltó un resoplido de incredulidad y salió, sin más, cerrando con un ruidoso portazo. Monk se dio cuenta enseguida de lo grosero que había sido con ella. Se había ofrecido a levantarse por la noche si necesitaba ayuda y él se había limitado a asegurarle que no le haría ninguna falta. De todos modos, la mujer no había parecido sorprendida ni herida en sus sentimientos. ¿Sería quizá porque era su manera descortés habitual de tratarla? Según ella le había hecho notar, él pagaba siempre puntualmente y sin rechistar. ¿Era aquél todo el trato que existía entre los dos? ¿Ninguna muestra de amabilidad, ningún sentimiento, sólo un huésped de fiar desde el punto de vista financiero y una patrona que cumplía con su deber de mujer cristiana porque era su manera natural de ser?

El cuadro no presentaba tintes demasiado halagadores.

Volvió a dirigir su atención a la comida. Era sencilla pero de exquisito sabor, y había que reconocer que la mujer había sido generosa en la cantidad. En sus pensamientos destelló por un momento la duda de cuánto le podían costar aquellas comodidades y si seguiría estando en condiciones de costeárselas, teniendo en cuenta que ahora no podía trabajar. Cuanto antes recobrase las fuerzas y las facultades para desempeñar sus funciones en la policía, tanto mejor, ya que difícilmente podría pedirle a la mujer que le concediese un crédito, especialmente después de las observaciones que ella le había hecho y de las maneras con que él le había pagado. ¡Quisiera Dios que no estuviera ya en deuda con ella por el tiempo que había pasado en el hospital!

Así que hubo dado cuenta de la comida, colocó la bandeja en la mesilla al otro lado de la puerta, donde ella la retiraría. Monk volvió a la habitación, cerró la puerta y se sentó en una de las butacas con la intención de echar un vistazo al escritorio situado junto a la ventana del rincón, pero estaba tan agotado y se sintió tan cómodo entre los cojines que se quedó dormido.

Al despertarse, frío, entumecido y con agudos dolores en la espalda, se encontró a oscuras, por lo que trató de encender la luz de gas a tientas. Todavía se encontraba cansado, y de buena gana se habría metido en cama, pero la tentación del escritorio y el miedo que le acompañaba bastaban para quitarle el sueño por intenso que fuera.

Encendió la lámpara que había sobre el escritorio y levantó la cubierta. Se encontró con una superficie plana en la que había un tintero, un bloc de notas con tapas de cuero y una docena de pequeños cajones cerrados.

Empezó por la parte superior del lado izquierdo y los fue revisando todos. Debía de ser un hombre metódico. Había facturas pagadas; unas cuantos recortes de periódicos, todos relacionados con delitos, la mayoría violentos, en los que se describía el brillante trabajo policial desplegado para resolverlos; tres horarios de ferrocarriles; cartas de negocios y una nota de un sastre.

¡Un sastre! O sea que era allí donde iba a parar su dinero, ¡indigente casquivano! Tenía que echar un vistazo a su guardarropa para ver cuáles eran sus gustos, aunque por la factura que tenía en las manos, por lo menos podía decir que eran caros. ¡Un policía que quería parecer un caballero! Se echó a reír con ganas. ¡Vaya, cazador de ratas cargado de pretensiones! ¿Eso era en realidad? ¡Un tipo ridículo! La imagen no era de su agrado y la apartó malhumorado.

En otros cajones encontró sobres, papeles para notas, todo de buena calidad... ¡otra vez la vanidad! ¿A quién escribía? También había lacre, cordel, un cortapapeles y unas tijeras, utensilios varios de escritorio... Hasta llegar al décimo cajón no encontró la correspondencia personal. Estaba toda escrita por la misma mano y, a juzgar por la forma de las letras, era una mano joven o alguien con una formación elemental. Tan sólo le escribía una persona o sólo se molestaba en conservar las cartas de una. Abrió la primera, molesto porque le temblaban las manos.

Era una carta sencilla; empezaba con las palabras «Querido William», seguía con noticias de tipo doméstico y terminaba con «tu hermana que te quiere, Beth».

Dejó la carta, sin apartar la vista de aquella lacerante caligrafía redondeada; se sentía confundido, abrumado, por el nerviosismo y el alivio, tal vez sentía incluso una punta de contrariedad que se esforzó por ahuyentar. Tenía una hermana, alguien que lo conocía de toda la vida; es más, alguien que se preocupaba por él. Volvió a coger la carta, rompiéndola casi con su torpeza al releerla. Era amable, franca y, sí, afectuosa; tenía que ser así porque nadie le habla de una manera tan abierta a alguien en quien no confía y por quien no se interesa.

Sin embargo, la carta no era una respuesta, no hacía referencia alguna a nada que él pudiera haber escrito anteriormente. ¿Seguro que él le había escrito? ¿Sería posible que él hubiera tratado a aquella mujer con tan indiferente desconsideración?

¿Qué clase de hombre era? Si no le había prestado atención y no le había escrito, debía de ser por alguna razón. ¿Cómo podía explicarse, justificar algo, si no recordaba nada? Era como verse acusado, estar en el banquillo y carecer de defensa.

Transcurrieron largos y dolorosos momentos antes de que se le ocurriera mirar la dirección. Al hacerlo se llevó una aguda y extraordinaria sorpresa. Vivía en el condado de Northumberland. Repitió las señas una y otra vez, en voz alta. Eran palabras que le sonaban familiares, aunque no era capaz de situar el lugar. Tuvo que ir a la estantería, sacar un atlas para localizarlo. Tardó varios minutos en encontrarlo. El nombre del pueblo era minúsculo, estaba escrito con letras muy finas, situado junto a la costa. Era un pueblo de pescadores.

¡Un pueblo de pescadores! ¿Por qué vivía allí su hermana? ¿Estaría casada y se habría trasladado a aquel lugar después de su boda? El apellido del sobre era Bannerman. ¿O quizás él mismo había nacido allí y después se había trasladado a vivir al sur, a Londres? Se echó a reír estruendosamente. ¿No podía ser ésta la clave de su vanidad? Era el hijo de un pescador de pueblo y tenía el prurito de hacerse pasar por lo que no era.

¿Cuándo? ¿Cuándo había venido a Londres?

Se dio cuenta, sobresaltado, de que no sabía qué edad tenía. Todavía no se había mirado en el espejo. ¿Por qué? ¿Acaso tenía miedo? ¿Qué importaba el aspecto físico de un hombre? Sin embargo, la sola idea le hacía temblar.

Tragó saliva ruidosamente y cogió la lamparilla de aceite del escritorio. Entró despacio en el dormitorio y dejó la lámpara en el tocador. Allí tenía que haber un espejo lo bastante grande como para permitirle afeitarse.

Estaba montado sobre un eje giratorio, razón por la cual no lo había descubierto antes, ya que su mirada sólo se había sentido atraída por el cepillo de plata. Dejó la lámpara y movió lentamente el espejo.

El rostro que vio reflejado en él era oscuro y de rasgos acusados, nariz ancha y ligeramente aquilina, boca grande, el labio superior más bien fino y el inferior más lleno, una vieja cicatriz justo debajo de la boca, ojos que eran de un gris intenso y luminoso vistos con aquella luz parpadeante. Era un rostro enérgico, pero no fácil de desentrañar. Si en él había sentido del humor, tenía que ser un humor un poco avinagrado, más propicio al ingenio que a la carcajada. Podía tener entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.

Cogió la lámpara y volvió a la habitación principal, encontrando el camino a ciegas, con el pensamiento puesto aún en aquel rostro que le había devuelto la mirada desde el espejo deslucido. No le había disgustado especialmente, pero era la cara de un desconocido, una cara difícil de descifrar.

Al día siguiente tomó la decisión. Emprendería el viaje hacia el norte e iría a ver a su hermana. Por lo menos ella le hablaría de su infancia y de su familia. A juzgar por las cartas y por lo reciente de la última fecha, su hermana seguía teniéndole cariño, lo mereciera o no. Le escribió una carta aquella misma mañana y en ella le dijo simplemente que había sufrido un accidente pero que ya estaba bastante recuperado y tenía intención de visitarla tan pronto como estuviera en condiciones de hacer el viaje, lo que esperaba fuera posible como máximo al cabo de un día o dos.

Entre las cosas que guardaba en el cajón encontró una modesta suma de dinero. Al parecer no era despilfarrador, salvo en dos cosas: el sastre, ya que la ropa de su armario era de corte impecable y la tela con que estaba confeccionada de primera calidad, y los libros... en caso de que los de la biblioteca fueran de su propiedad. Dejando aparte estos dos capítulos, había ahorrado de manera regular, aunque por alguna razón particular no llevaba las cuentas por escrito, pero esto ahora no importaba demasiado. Dio a la señora Worley lo que ella le pidió por un mes por adelantado —descontando la comida, puesto que no la consumiría mientras estuviera ausente— y le informó de que iba a Northumberland a visitar a su hermana.

—Me parece muy buena idea —dijo ella moviendo la cabeza con aire enterado—, porque hace un montón de tiempo que no le hace ninguna visita, suponiendo que le interese lo que pienso. No es que vaya usted a verla muy a menudo que digamos... claro que yo en esto no me meto. —Hizo una profunda aspiración.

»Que yo sepa no la ha ido usted a ver desde que está aquí... y de eso hace ya unos cuantos años. La pobre no hace más que escribirle... y que me maten si usted le ha contestado alguna vez.

La mujer se guardó el dinero en el bolsillo y miró a Monk con fijeza.

—Cuídese mucho, coma con regularidad y no se meta en embrollos persiguiendo a la gente. Si quiere seguir mi consejo, deje a los criminales en paz, aunque sólo sea para variar.

Y después de este consejo de despedida, volvió a alisarse el delantal y dio media vuelta acompañada del taconeo de sus botas en dirección a la cocina.

Era el día 4 de agosto cuando Monk

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