1
Estimado señor M.:
Antes que nada, quiero decirle que ya estoy mejor. Probablemente usted no sepa que hubo un tiempo en que no estuve bien. Nada bien, de hecho, pero ya se lo explicaré más adelante.
En sus libros usted siempre describe las caras, pero apuesto a que no sería capaz de decir nada de la mía. Abajo, en el portal o el ascensor, me saluda educadamente con la cabeza, pero por la calle o en el supermercado, o como hace tan sólo un par de días, cuando estaba comiendo con su esposa en el restaurante La B., no muestra el más leve indicio de reconocimiento.
Entiendo que la mirada de un escritor enfoca la mayor parte del tiempo hacia el interior, por eso no debería intentar describir caras en sus libros. Sin embargo, las descripciones de caras, como las de paisajes, son recursos anticuados, así que en ese sentido le pegan. Al fin y al cabo, no nos andemos con rodeos, usted también está muy anticuado, y no sólo por su edad. Se puede ser viejo sin ser anticuado, pero usted es ambas cosas, viejo y anticuado.
El otro día usted estaba sentado con su mujer a la mesita al lado de la ventana. Como siempre. Yo estaba en la barra, también como siempre. Justo acababa de tomar un trago de cerveza cuando sus ojos se detuvieron un momento en mi cara, pero no me reconoció. Luego su esposa miró en mi dirección y sonrió, entonces usted se inclinó hacia ella y le preguntó algo, y a continuación, finalmente, me saludó con la cabeza.
Las mujeres tienen más memoria para las caras, y en especial para las masculinas. No les hace falta describirlas, las recuerdan. Ven enseguida si un semblante es fuerte o débil, si podrían imaginarse llevando en su vientre a un hijo de esa cara. Las mujeres velan por la calidad de la especie. Su esposa también lo miró una vez de ese modo y decidió que su cara tenía suficiente fuerza, que no pondría en peligro a la humanidad.
Que su esposa gestase en su interior a una hija que matemáticamente tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de heredar su cara es algo que debería tomarse como un cumplido. Tal vez el mayor cumplido que una mujer puede hacer a un hombre.
Sí, ya estoy mejor. Esta mañana, al ver cómo ayudaba a su mujer a meter el equipaje en el taxi, no pude reprimir una sonrisa. Tiene usted una esposa muy guapa. Guapa y joven. No voy a juzgar la diferencia de edad. Un escritor debe tener una mujer joven y guapa. O, mejor dicho, tiene derecho a tener una mujer joven y guapa.
En ese sentido, un escritor no está obligado a nada, por supuesto; un escritor sólo tiene que escribir libros. Pero una mujer joven y guapa puede ayudarlo a hacerlo. Sobre todo si se sacrifica completamente por él; si extiende sus alas sobre su talento como una gallina con sus polluelos y ahuyenta a todo aquel que se acerque demasiado al nido; si camina de puntillas por la casa cuando él está en su despacho y sólo le pasa una tacita de té y un platito de bombones por la puerta entreabierta a las horas establecidas; si en las comidas se contenta con respuestas ininteligibles a sus preguntas, pues sabe que tal vez es mejor no decirle nada, ni siquiera cuando salen a cenar al restaurante de la esquina, porque por la cabeza de su marido discurren cosas que ella, con su entendimiento limitado —su entendimiento de mujer limitado—, nunca alcanzará a comprender.
Esta mañana los he observado desde mi balcón, a usted y a su esposa, mientras pensaba en todo esto. He estudiado sus movimientos, cómo le abría la puerta del taxi: galante, como siempre, pero al mismo tiempo, también como siempre, con una pose demasiado estudiada, demasiado rígida y tiesa. A veces parece que su propio cuerpo esté disgustado con usted. Cualquiera puede aprender unos pasos de baile, pero no todo el mundo puede bailar de verdad. Esta mañana, la diferencia de edad entre su mujer y usted sólo podía expresarse en años luz. Cuando están los dos juntos, usted a veces me hace pensar en una reproducción oscura y agrietada de un cuadro del siglo XVII al lado de una postal soleada.
Aunque la verdad es que sobre todo la he observado a ella. Y he vuelto a comprobar lo guapa que es. Con sus deportivas blancas, su camiseta blanca y unos vaqueros azules, ha bailado para mí la danza que en estas situaciones usted parece no ver. Me he fijado, en especial, en las gafas que llevaba sobre la cabeza, en el cabello recogido con horquillas detrás de las orejas, y en cómo todo, todos los movimientos de su cuerpo, transmitía la emoción por el viaje. Por eso estaba incluso más guapa de lo normal.
Ha sido como si al elegir la ropa se hubiese anticipado al destino de su viaje hasta en los más pequeños detalles. Y mientras la observaba desde mi balcón, la imagen de su mujer me ha hecho pensar por un momento en arena reluciente y olas deslizándose lentamente sobre las conchas, hasta que un segundo después ha desaparecido de mi vista —de nuestra vista— en el asiento trasero de un taxi que se alejaba.
¿Cuánto tiempo estará fuera? ¿Una semana? ¿Dos? No importa. Usted se ha quedado solo, eso es lo más importante. Con una semana debería bastar.
Sí, tengo planes para usted, señor M. Tal vez crea que se ha quedado solo, pero, a partir de hoy, también estoy yo aquí. En cierto sentido siempre he estado ahí, claro, pero ahora estoy aquí de verdad. Y por ahora no me voy a ninguna parte.
Le deseo buenas noches en su primera noche solo. Voy a apagar las luces, pero me quedo con usted.
2
Esta mañana he ido a la librería. Todavía está al lado de la caja, pero seguramente no le digo nada nuevo; usted se me antoja del tipo de escritores que al entrar en una librería lo primero que hacen es mirar cuántos centímetros de su obra hay en las estanterías. Tampoco me lo imagino andándose con remilgos a la hora de preguntar al dependiente cómo van las ventas. ¿O tal vez en los últimos años se ha vuelto un poco menos atrevido?
En todo caso, al lado de la caja aún hay una buena columna de libros. Incluso un potencial comprador ha cogido un ejemplar del montón y le ha dado la vuelta entre las manos, como si intentara valorar su interés a partir del peso. He tenido que morderme la lengua para no hacer ningún comentario: «Ya puede dejarlo, no vale nada.» O bien: «Se lo recomiendo encarecidamente, es una obra maestra.»
Pero no he conseguido decidirme a tiempo entre los dos extremos, así que no he dicho nada. Es probable que por la altura de la columna, que ya era lo bastante elocuente. Al fin y al cabo, los libros apilados al lado de la caja son obras maestras, o todo lo contrario: no hay término medio.
Mientras el cliente sujetaba el libro, he visto su fotografía en la contraportada. Siempre me ha parecido que la mirada que dirige al mundo tiene algo de obsceno. La de alguien que se desnuda con una lentitud exasperante en una playa llena de gente, sin ningún pudor, porque no le importa que lo miren. Usted no mira al lector, no: lo desafía a que le devuelva la mirada, a no desviar los ojos. Siempre es una competición; a ver quién aparta la mirada primero. Una competición en la que el lector tiene las de perder.
Por cierto, todavía no le he preguntado cómo ha pasado la noche, ni qué ha hecho con el repentino espacio vacío a su lado. ¿Se ha quedado en su parte de la cama, o se ha acercado más al centro?
Anoche puso música, el CD que nunca escucha si su esposa está en casa. Oí sus pasos por todas las habitaciones, como si quisiera cerciorarse de que realmente estaba solo; abrió las ventanas y después también las puertas del balcón. ¿Intentaba ahuyentar o expulsar algo? ¿El olor de su esposa, tal vez? Las personas enamoradas huelen la ropa de su amado cuando se quedan solas. Las que sienten que la llama de su amor se está apagando abren las ventanas, del mismo modo que uno airea un traje viejo que lleva demasiado tiempo en naftalina aun sabiendo que ya no va a ponérselo más.
Oí que salía al balcón y cantaba siguiendo la melodía. No es el tipo de música que me entusiasme de buenas a primeras, pero sí puedo entender que alguien a quien le gusta ese tipo de música escriba ese tipo de libros. Por cierto, tenía usted el volumen bastante alto, tanto que casi podría considerarse alteración del orden público. Pero para estas cosas no soy inmaduro. No quise aguarle la fiesta en su primera noche a solas.
Por cierto, ¿por qué aquella vez no se atrevió a bajar usted en persona a quejarse de que yo tenía la música demasiado alta? ¿Por qué envió a su esposa?
«Mi marido es escritor —dijo—. Le molesta el ruido.»
La invité a entrar, pero sólo dio un par de pasos más allá del umbral, no quiso pasar del recibidor. Vi que se inclinaba un poco hacia delante, que intentaba echar un vistazo al interior. Miré su cara al tiempo que olí algo que no quise que desapareciese enseguida.
Un par de horas más tarde, cuando pasé por el recibidor de camino a la cama, el olor aún se percibía. Me quedé un buen rato ahí, a oscuras, hasta que dejé de notarlo. En todo caso, no abrí puertas ni ventanas para ahuyentarlo; esperé pacientemente hasta que al propio olor le pareció el momento de desvanecerse.
No hay duda de que ya no es aquella chiquilla que vino a entrevistarlo para el periódico de la escuela; esa noche pude comprobarlo de primera mano. ¿Cómo lo expresó usted? «Un día se presentó con un bloc de notas bajo el brazo y un montón de preguntas, y todavía no se ha cansado de preguntar.»
¿Qué fue lo primero que le preguntó al entrar en su casa? «¿Por qué escribe?» Una pregunta muy típica entre las estudiantes. ¿Y qué respondió usted? ¿Qué respondería hoy en día a esa pregunta?
En la mesa suelen guardar silencio. No es que yo pudiese escuchar lo que dicen si hablaran, pero el eco de las voces atraviesa el techo sin problemas. Oigo el tintineo de los cubiertos contra los platos, y en verano, cuando tienen las ventanas abiertas, incluso cuándo llenan los vasos.
Mientras sus dientes mastican la comida, su cabeza sigue aún en el despacho. No puede contar a su esposa en qué trabaja. No lo entendería; al fin y al cabo, es una mujer.
Por eso las comidas transcurren invariablemente en un silencio que sólo es interrumpido por preguntas suministradas con cuentagotas. No escucho qué le pregunta su esposa, sólo oigo que le pregunta algo. Interrogaciones a las que usted responde con un movimiento de la cabeza.
Si no oigo ninguna respuesta, es que asiente; su cabeza en sí está en su despacho, no puede hablar, únicamente moverse.
Más tarde, cuando usted ya se ha levantado, su esposa recoge la mesa, mete los vasos en el lavavajillas y se va a la habitación que da a la calle, donde se queda hasta la hora de acostarse.
Todavía no he descubierto cómo pasa las horas su mujer sola en esa habitación. ¿Lee? ¿Ve la televisión con el volumen al mínimo o sin volumen?
A menudo me imagino que se sienta y no hace nada: una mujer en una silla, una vida que transcurre como las agujas de un reloj que nunca mira nadie ni para saber qué hora es.
Usted, mientras tanto, ya se habrá dado cuenta de que he puesto música. Seguro que no es de su estilo. He subido un poco más el volumen, aproximadamente hasta el punto en que lo tenía aquella noche que su esposa me pidió que lo bajara un poco.
Sé que usted, por una cuestión de principios, no va a venir. Está acostumbrado a enviar siempre a alguien, no es de los de bajar en persona. Por eso subo el volumen un poco más. Ahora sí, este ruido ya se podría considerar alteración del orden público.
No tengo un plan predeterminado. En todo caso, me parece una pena que una mujer tan guapa y joven se quede con usted, que se marchite en su compañía.
Suena el timbre; ha sido más rápido de lo que esperaba.
—¿Podría bajar un poco la música?
No voy a intentar describir su cara; prefiero dejarle las descripciones de caras a usted.
—Faltaría más —digo.
Después de cerrarle la puerta en toda la cara —cara que no he descrito—, bajo la música. Luego voy subiendo el volumen de nuevo, de forma gradual. Sospecho que no va a volver.
Mis sospechas se confirman.
Mañana tiene que firmar en la librería, he visto un cartel en el escaparate. ¿La cola será corta o larga? ¿O no habrá cola? A veces esas pilas altas al lado de la caja no significan nada. A veces llueve, a veces hace sol.
«Debe de ser por el tiempo», le dirá el librero mañana si no va nadie.
Pero alguien aparecerá, seguro. Yo iré.
Hasta mañana.
3
De vez en cuando me pregunto qué se siente al ser un mediocre. Es decir, cómo se percibe la mediocridad en primera persona, qué experimenta el propio mediocre. ¿En qué medida es consciente de su mediocridad? ¿Se siente prisionero en su cabeza mediocre y aporrea puertas y ventanas para poder salir, sin que nadie lo oiga nunca?
Así me lo imagino a menudo, como una pesadilla, un grito que pide ayuda desesperadamente. La inteligencia mediocre sabe que el mundo exterior existe. Huele la hierba, oye el susurro del viento entre las hojas de los árboles, ve la luz del sol que entra por las ventanas... Pero también sabe que está condenada a permanecer encerrada toda su vida.
¿Y cómo se lo toma la inteligencia mediocre? ¿Se da ánimos? ¿Reconoce que tiene limitaciones que nunca podrá superar? ¿O se convence de que no hay para tanto? Al fin y al cabo, esta mañana ha resuelto el crucigrama del periódico sin problemas...
En mi opinión, hay una norma básica y es que nadie con una inteligencia superior a la media dirá jamás algo así. Lo mismo ocurre con los millonarios. Hay millonarios que van en vaqueros y jerséis raídos holgados, y hay millonarios que conducen deportivos descapotables. Cualquiera puede consultar en un catálogo cuánto vale el deportivo, pero apuesto lo que sea a que el del jersey raído sería capaz de dejar ese mismo coche como propina en una cena.
Usted se me antoja de los del descapotable. Aunque llueva o sople el viento, pasa por delante de las terrazas del paseo marítimo con la capota bajada.
«Ya en la guardería mis profesores se dieron cuenta de que tenía una inteligencia extraordinaria.» Es un tema que se repite a menudo —demasiado a menudo, hasta el hastío— en sus entrevistas. «Mi coeficiente intelectual es un poco más alto que el de Albert Einstein.» Podría seguir —«Cuando una persona, como yo, cuenta con una inteligencia que sólo posee el dos por ciento de la población...»—, pero ¿para qué? Hay mujeres que dicen en voz alta que todos los hombres vuelven la cabeza cuando ellas pasan, y hay mujeres a quienes no les hace falta decirlo.
Debería ver su cara cuando ensalza su propia inteligencia. Su cara, y la expresión de sus ojos. Es la misma expresión que muestran los ojos de la liebre que ha calculado mal la distancia hasta el otro lado de la autopista y se da cuenta, demasiado tarde, de que ya no tiene tiempo de esquivar los faros que se acercan. En otras palabras, la mirada del que no se cree ni por asomo lo que dice, del que está muerto de miedo de que lo desenmascaren, de una vez por todas, a la primera pregunta capciosa.
Un escritor mediocre está condenado a cadena perpetua. No puede parar. Es demasiado tarde para cambiar de profesión. Tiene que continuar hasta el final. Hasta que la muerte venga a buscarlo. Sólo la muerte puede salvarlo de su mediocridad.
«No escribe mal», decimos sobre el autor mediocre. Eso es lo máximo a que puede aspirar, a producir libros que no están mal escritos. Sin duda, hay que ser mediocre para seguir viviendo una vez que se ha dado cuenta de eso. Mejor dicho, para tener apego a una vida así, para no preferir estar muerto.
La cola de la librería no estaba mal después de todo. Había llovido un poco por la mañana, luego salió el sol. La gente llegaba hasta la puerta, pero nadie tenía que esperar en la calle. No era la cola de un autor superventas. No era una cola que llegase a la calle y diera la vuelta a la esquina, no: era la cola normal y corriente que se puede esperar cuando el interés por el escritor que firma ha ido disminuyendo a lo largo de los últimos diez años. Había muchas mujeres de mediana edad. En realidad, muchas que ya han superado la mediana edad, siento decir; mujeres por las que nadie vuelve la cabeza en la calle.
Cogí un ejemplar de El año de la liberación del montón y me puse a la cola. Delante tenía a un hombre. El único, aparte de mí. A todas luces era evidente que no había venido por iniciativa propia, sino que acompañaba a su mujer, del mismo modo que los maridos acompañan a sus mujeres a IKEA o a cualquier tienda de muebles. Al principio, este hombre finge pacientemente interés por una cama regulable o una cómoda, pero al cabo de un rato la respiración se le vuelve pesada y empieza a lanzar miradas cada vez más desesperadas en dirección a las cajas y la salida, como un perro que por fin huele el bosque después de un largo viaje en coche.
Su mujer era la que tenía el libro en la mano, no él. Las mujeres disponen de más tiempo libre que los hombres. Después de pasar la aspiradora, abren un libro —su libro— y se ponen a leer, y por la noche, en la cama, leen más. Cuando su marido se recuesta de lado y les pone una mano en la barriga, cerca del ombligo o justo debajo de los pechos, apartan esa mano.
«Déjame, un capítulo más», dicen, y siguen leyendo. A veces a las mujeres les duele la cabeza o tienen la regla, otras veces leen un libro.
Ahora tampoco voy a intentar describir su cara. La cara que puso cuando dejé mi ejemplar de El año de la liberación sobre la mesa de las firmas. Digamos sólo que me miró como se mira a alguien a quien hasta ahora únicamente has visto detrás de un mostrador. Detrás del mostrador de la droguería, por ejemplo; cuando de repente te encuentras por la calle a la cajera, reconoces la cara, pero no sabes de qué. Sin el contexto del mostrador y las cuchillas de afeitar no consigues ubicarla.
—¿Es para alguien? —pregunta usted, tal como también había preguntado a mis predecesores. Mientras tanto, me mira la cara. La cara que le resulta familiar pero no puede ubicar.
—No, es para mí.
Firma con pluma estilográfica. Una pluma estilográfica cuyo tapón vuelve a enroscar después de cada firma o dedicatoria personal. Teme que de lo contrario se le secará. «Teme secarse usted», podría concluir un psicólogo barato, para a continuación pedirle que le cuente más cosas sobre sus padres y su infancia.
—¿Su nombre...?
Ya había quitado el tapón a la pluma, y la sujetaba inclinada encima de la página del título del libro, cuando me vino una imagen a la mente. Miré su mano con el bolígrafo, su mano vieja con las venas claramente visibles. Mientras siga respirando, la sangre transportará oxígeno a su mano y podrá continuar sentándose a una mesilla de una librería para firmar libros que no están mal escritos.
La imagen que me vino a la mente fue la siguiente: su cara encima de la de su mujer, su cara en un dormitorio en penumbra, su cara acercándose poco a poco a la de ella. Me lo imaginé desde la perspectiva de ella, cómo lo ve acercarse: los ojos viejos y acuosos, el blanco que ya no es blanco del todo, los labios arrugados y agrietados, los dientes viejos, no amarillos sino tirando a gris, el aliento que pasa entre aquellos dientes y alcanza sus orificios nasales. A veces también se percibe el mismo olor cuando baja la marea y sobre la playa sólo quedan unas cuantas algas y conchas de mejillones vacías.
Su aliento es tan intenso que neutraliza el típico olor de viejo: olor a pañales, a piel descamada, a tejido moribundo. Sin embargo, hace poco más de tres años tuvo que haber una noche en que ella viese un futuro a todo eso. Una noche en que ella decidió que un hijo de esa cara maloliente podría ser una inversión de futuro.
Que su esposa viese un futuro aún puedo entenderlo, pero ¿qué futuro vio usted? Ella vio un hijo que primero crecería dentro de su cuerpo, y después fuera. Pero ¿y usted? ¿Usted se ve dentro de unos años, en la verja de la escuela, esperando a su hijo rodeado de madres jóvenes? ¿Se ve como un padre viejo, sí, pero famoso? En otras palabras, ¿le da su fama carta blanca para traer un niño al mundo a una edad tan ridícula como la suya?
Porque ¿qué futuro le espera a su hija? Para verlo, sólo tiene que echar un vistazo al calendario. Se podría decir que ese futuro no existe para usted. Incluso en el mejor de los casos, en algún momento de la secundaria tendrá que seguir adelante sólo con recuerdos de su padre. En plena «edad difícil», que la llaman. La misma edad difícil que tenía su madre aquella vez que llamó a su puerta en calidad de redactora del periódico de la escuela.
Dije mi nombre, y volvió a mirarme con aquellos ojos en los que se vislumbraba un reconocimiento impreciso, como si oyese una canción que le sonara vagamente, pero no se acordara del nombre del cantante.
Su pluma rasguñó el papel. Al acabar, sopló la tinta justo antes de cerrar el libro, y olí su aliento. Ya está más allí que aquí. Una firma, una dedicatoria en la primera página de un libro lo separan de la tumba y el olvido. Porque de eso también tenemos que hablar; del futuro después de su muerte. Claro que puedo equivocarme, pero intuyo que será rápido. En los países meridionales, los muertos son enterrados el mismo día. Por motivos higiénicos. A los faraones los envolvían en vendas y los enterraban con sus posesiones más preciadas: sus mascotas favoritas, sus esposas favoritas... Creo que las cosas irán así: el Gran Olvido empezará ese mismo día. Lo enterrarán junto a su obra. Claro que habrá discursos, y los darán personas distinguidas. Se dedicarán páginas enteras o medias páginas a la importancia de su obra. Ésta se recopilará en una colección de siete volúmenes, con encuadernación de lujo, que ya se puede reservar. Y eso es todo. Pronto empezarán a aparecer volúmenes sueltos de esa edición de lujo en mercadillos de segunda mano. La gente que había reservado uno no se presentó el día que debía recoger su ejemplar, o se murió mientras tanto.
¿Y su esposa? Hará de viuda una temporadita...
Tal vez incluso se lo tomará en serio y prohibirá a un posible biógrafo citar su correspondencia personal. Pero esta situación hipotética no me parece muy realista. Lo de proteger la correspondencia es más cosa de viudas viejas. Las viudas sin futuro. Su esposa es joven. Pronto empezará a pensar en una vida sin usted. Seguramente ahora ya piensa a menudo en ello.
Y para cuando su hija, a los dieciocho años, tenga que solicitar algún documento oficial —un pasaporte, un carné de conducir—, le pedirán que deletree su apellido.
—Soy la hija de... —dirá, tal vez.
—¿De quién?
Sí, así se acabará. No seguirá vivo en su obra, sino en la hija que trajo al mundo a última hora. Como cualquiera.
Quizá se ha dado cuenta de que hasta el momento he sido de lo más respetuoso con preservar la intimidad de su hija. Por ejemplo, no la he descrito. En situaciones en las que estaba presente, la he omitido. A veces, en las fotografías de las revistas del corazón, las caras de los niños de famosos aparecen borrosas para proteger su vida privada. Del mismo modo, no he mencionado la presencia de su hija anteayer durante la despedida. Recuerdo que le dijo adiós con la mano por la ventanilla trasera del taxi. Vi su manita desde el balcón, y su cara, pero no la he descrito.
Y también omití su presencia en las comidas, porque usted hace lo mismo. Su esposa se la lleva a la cama antes de que usted empiece a cenar. La cena silenciosa. Ni que decir tiene que es muy libre de dar de cenar a su hija antes y a continuación meterla en la cama. Hay matrimonios que creen que así mantienen algo vivo, algo del romanticismo de la época en que todavía estaban los dos solos. Sin hijos. Pero ¿qué ocurrirá más adelante, cuando su hija se haga mayor? ¿Se conformará con ese silencio, igual que su madre? ¿O lo atosigará a preguntas, como todos los niños? Preguntas que en realidad a usted le convendría escuchar, preguntas que podrían ayudarlo a convertirse en una persona más completa; incluso ahora, aunque ella no haya cumplido ni los cuatro años.
Hay guerras en las que sólo se atacan objetivos militares, y hay guerras en las que cualquiera es un objetivo. Usted sabe mejor que nadie a cuáles me refiero. Escribe sobre ellas. Con demasiada frecuencia para mi gusto. En su último libro vuelve a recurrir a la guerra. Bien mirado, la guerra es su único tema.
Y con eso llego a la pregunta clave de hoy: ¿qué provoca una guerra en una inteligencia mediocre? O dicho de otro modo: ¿qué habría hecho esa misma inteligencia mediocre sin la guerra?
Yo podría proporcionarle material nuevo. Las mujeres y los niños ya están en el refugio. Nada me impide presentarle el material nuevo en bandeja. Debería tomarse como un cumplido que yo lo considere un objetivo militar.
Aunque el material tampoco es cien por cien nuevo; más bien podríamos hablar de material viejo con un enfoque nuevo.
Me voy a casa.
Y, antes que nada, voy a leer su libro.
4
Esta mañana se ha levantado más pronto de lo habitual. Sobre todo teniendo en cuenta que es sábado. El despertador que tengo al lado de la cama marcaba las nueve cuando lo oí en el baño. A juzgar por lo que se percibe, tiene usted una ducha con plato de acero inoxidable y caudal regulable; según parece, prefiere el agua a chorro, porque cuando abre el grifo suena como un chaparrón primaveral sobre un barril de petróleo.
Cierro los ojos y me imagino que comprueba con cuidado que el agua no esté demasiado caliente ni demasiado fría. Seguramente ya se ha desnudado, un pijama a rayas cuelga bien doblado del respaldo de una silla. A continuación se mete en la cabina de la ducha. El fragor del agua sobre el plato de acero aminora. Ahora sólo se oye el salpicar del agua sobre un cuerpo desnudo.
En general, usted es más de bañera. De baños eternos, quiero decir. Con esencias y aceites, y al salir, loción o crema hidratante. Su mujer le lleva una copita de vino u oporto. Se sienta en el borde de la bañera, hunde la mano en el agua y hace pequeñas ondas con los dedos. Usted seguramente está escondido bajo una capa gruesa de espuma, para no darle qué pensar. Sobre la vida y la muerte, por ejemplo. O sobre derechos de autor, que en caso de defunción pasan de forma automática a los herederos directos.
¿Tendrá un barco de plástico? ¿O un patito? No, yo diría que no. Usted no se permite ese tipo de frivolidades, hasta en la bañera ocupa la mente en cosas que escapan al común de los mortales. Es una pena. Una oportunidad perdida. Con montañas de espuma y un barco se puede jugar al Titanic: «Esa noche funesta, el capitán del Titanic ignora todas las advertencias sobre icebergs, y el barco se hunde con la popa en alto en un ángulo de casi noventa grados en las aguas heladas.»
Sí que lo veo capaz de tirarse un pedo.
Un pedo ruidoso que provoque muchas burbujas y suba a la superficie como un trueno estrepitoso y abra un boquete en un iceberg de espuma de baño. Pero dudo de que se ría. Me lo imagino con una expresión seria. La expresión grave de un escritor que se toma muy en serio todo lo que rodea a su persona, incluidos sus pedos.
En fin, el caso es que esta mañana se ha decidido de manera excepcional por la ducha. Sus razones tendrá, sin duda. Tal vez debe ir a algún sitio y tiene prisa. Tal vez es porque está solo en casa y si se encontrase mal no podría avisar a nadie; no sería el primer escritor que aparece muerto en la bañera.
Me lo imagino mientras el agua le chorrea por el cuerpo. Sólo un momento, porque no es una imagen muy agradable que digamos. Me da la sensación de que, en general, las personas mayores se decantan por la ducha porque así no tienen que ver su propio cuerpo. Corríjame si me equivoco, pero parece que a usted no le importa. Se ve que puede soportarlo, que puede soportar la visión de un cuerpo cuyos pliegues y arrugas no hacen sino presagiar un futuro próximo en el que ya no va a estar.
Según he podido deducir desde aquí, su mujer nunca se baña. Y eso que ella justamente no tendría de qué avergonzarse. Ante el espejo, bajo el agua, apenas medio envuelta a toda prisa con una toalla, no importa, puede disfrutar de sí misma. Pero nunca pasa más de dos minutos bajo la ducha.
Y lo lamento, la verdad. No soy de piedra. Soy un hombre. Durante esos dos minutos he pensado muchas veces en ella, tal como ahora pienso en usted. En la silla no hay ningún pijama, sino una toalla blanca o un albornoz. Ella ya se ha metido en la cabina de la ducha. Cierra los ojos y levanta el rostro hacia los chorros de agua. Agradece el contacto del agua con sus párpados como la salida del sol, el inicio de un nuevo día. Sacude la cabeza brevemente pero con energía. Gotas de agua salen disparadas de su pelo mojado. En algún rincón de la cabina de la ducha, o cerca de la ventana del baño, aparece por un instante un pequeño arco iris.
El agua le baja por el cuello. Puede estar tranquilo, no entraré en más detalles sobre lo que pienso luego. No voy a mancillar su belleza, pero no por respeto a los sentimientos de usted, sino por respeto a ella.
Como decía, la ducha en sí apenas dura dos minutos, pero a continuación se queda mucho rato en el cuarto de baño. Para hacer cosas, supongo. A veces fantaseo sobre qué podría ser. A veces me pregunto si usted también fantasea sobre este tipo de cosas, o si ya las da por vistas.
Esta mañana dudo sobre el nuevo material, el que podría proporcionarle. Anoche leí su libro, de ahí mis dudas. Sí, leí El año de la liberación de una sentada. No utilizo expresiones como «sin poder parar» o «de un tirón»; simplemente, empecé hacia las siete de la tarde y a medianoche ya lo había terminado. No es que no pudiese dejar de leer ni, menos aún, que quisiera saber cómo continuaba; no, era otra cosa. Es como lo que a veces te pasa en un restaurante: no has acertado al pedir, pero antes que sentirte avergonzado por dejar demasiada comida en el plato acabas comiendo más de lo que te conviene.
Es difícil señalar con exactitud dónde está el problema. Con todos sus libros me ha pasado lo mismo. Das un mordisco y empiezas a masticar, pero no sabe a nada. Cuesta tragar. Se te quedan hilillos entre los dientes. Por otro lado, tampoco es tan grave como para llamar al camarero y exigirle con indignación que devuelva el plato a la cocina.
La cosa es mucho más simple: comer algo que está malo también nos aporta una experiencia nueva. Nos lo hemos terminado todo. Notamos que el estómago se prepara para una digestión pesada. Y para facilitarle el trabajo, tal vez nos tomamos un café y un digestivo.
Del mismo modo, a medianoche, después de cerrar El año de la liberación, encendí el televisor. Tras hacer un poco de zapping, acabé enganchándome al National Geographic. Tuve suerte, daban un programa que siempre me gusta ver, «Seconds from Disaster», que trata sobre accidentes de aviación. Ves cómo los pasajeros —pasajeros que no sospechan nada— colocan su equipaje de mano en los compartimentos superiores y se abrochan el cinturón de seguridad.
A veces, la acción incluso empieza antes, en el mostrador de facturación. Los pasajeros ponen las maletas en la báscula y reciben sus tarjetas de embarque. Esperan con ilusión unas merecidas vacaciones, o tienen ganas de volver a ver a unos familiares que viven lejos. Pero nosotros, los espectadores, sabemos que ya pueden olvidarse de esas vacaciones o de esa visita a la familia, pues nada de eso va a ocurrir.
En ese mismo momento, en otro lugar del aeropuerto, en la puerta D14, el Boeing 737 de Sunny Air está repostando mientras es sometido a un último control. Los técnicos no detectan «nada especial», tal como aseverarán más tarde ante los miembros de la comisión de investigación. Mientras tanto, ya se han almacenado la mayoría de los miles de fragmentos de piezas hechas añicos que estaban esparcidos por un área de cientos de kilómetros cuadrados y han sido rescatados del fondo del mar con la ayuda de la tecnología más moderna. En un hangar vacío, los especialistas de la comisión de investigación reconstruyen el avión como un puzle de miles de pequeñas piezas. Tardan meses. Cuando terminan, el resultado todavía se parece más a un rompecabezas que a un avión. En cualquier caso, nunca volverá a volar. Todo este montaje sólo se realiza con el objetivo de determinar la causa de la catástrofe. ¿Fue un fallo técnico o un error humano? ¿Qué nos dice la caja negra? ¿Qué podemos deducir de las últimas conversaciones entre el capitán y la torre de control?
—Estamos perdiendo el motor izquierdo... Perdemos el motor derecho... Caemos desde nueve mil metros de altura...
En la pantalla del radar de la torre de control, el puntito desaparece de repente.
—¿Hola, Sunny Air 1622...? ¿Nos recibe, vuelo 1622...? ¿Hola, vuelo 1622?
Pero todo esto ocurre mucho más tarde. A mí me interesa el principio, cuando todo está entero. Normalmente incluso retrocedo más en el tiempo. Pienso en los pasajeros. Aquella mañana se habían puesto los calcetines y los zapatos. Se habían lavado los dientes y a continuación habían cogido el taxi o el tren hacia el aeropuerto.
«¿No nos olvidamos nada? ¿Llevas los billetes? ¿Tienes los pasaportes?»
Si fuera por mí, habría una caja negra que empezaría a registrar los acontecimientos mucho antes. Es decir, no sólo la última media hora de conversaciones en la cabina, sino todo. El verdadero alcance de una tragedia se esconde en los detalles. En la notita para la vecina que va a dar de comer al gato: «Por las mañanas sólo pienso, por la noche media lata o algo de pescado y una vez por semana corazón crudo.» Apenas medio día más tarde, la mano que ha escrito esas palabras ha estallado a una altura de nueve mil metros, o se ha perdido entre los restos del accidente. Aquella misma mañana la mano había arrancado un trocito de papel higiénico, lo había doblado en tres y lo había utilizado para limpiarse cuidadosamente el culo. Lo que me interesa aquí también es ver la futilidad de todo esto en retrospectiva. En retrospectiva, no era necesario limpiarse el culo, o en todo caso no era necesario hacerlo con tanto esmero.
Pero quedémonos con la mano unos segundos. En las últimas horas de su existencia, la mano —a nueve mil metros de altura, avanzando a una velocidad de novecientos kilómetros por hora por el aire frío y enrarecido— hojeó una revista. La mano cogió una lata de cerveza que le alcanzó la azafata; las yemas de los dedos determinaron que la lata no estaba muy fría pero sí lo suficiente. En un momento de guardia baja, la mano metió un dedo en uno de los agujeros de la nariz, pero no encontró nada lo bastante grande o duro para sacarlo al exterior. Los dedos de la mano pasaron entre unos cabellos. La mano reposó sobre un muslo cubierto por unos vaqueros; y justo en ese instante, en la cabina, el capitán se vuelve hacia su copiloto: «¿Hueles eso?», le pregunta. Sobre sus cabezas se encienden lucecitas rojas.
El aparato desciende en un ángulo pronunciado y empieza a perder altura rápidamente. La cabina se llena de humo. En casa, el gato se estira de nuevo en su alfombrita cerca de la estufa y agudiza el oído: ¡ahí llega la vecina con el pienso! A veces el avión estalla en pleno vuelo, otras veces los pilotos consiguen a duras penas, y con dos motores en pana, alcanzar la pista de aterrizaje del aeropuerto militar del atolón. Una pista de aterrizaje que, de hecho, es demasiado corta para aparatos de esa envergadura. Por la noche el gato ronronea en la falda de la vecina. Si la mujer es buena persona, a partir de ahora cuidará de él. Al gato no le importa mucho, siempre y cuando alguien compre pienso, pescado y corazón.
Anoche leí El año de la liberación y esta mañana pienso en usted mientras se ducha. Como ya he dicho, tengo dudas sobre el nuevo material. Dicen que para la mayoría de los escritores todo está fijado, que después de cierta edad ya no se acumulan nuevas experiencias. Usted mismo lo ha dicho en más de una entrevista. Se lo he escuchado y visto decir, por ejemplo, no hace mucho en el programa cultural del domingo por la tarde en televisión.
«Superada esa edad, ya no vives experiencias nuevas», dijo, y el entrevistador fue benévolo y fingió que era la primera vez que lo escuchaba.
Ya no oigo agua por encima de mi cabeza. Se secará, se afeitará y luego se vestirá. En todas las catástrofes aéreas hay un pasajero que llega tarde y pierde el vuelo. Ese pasajero también se había puesto los calcetines y los zapatos esa mañana. «Habría podido ir en ese avión», piensa. La vida continúa; esa noche puede meter los calcetines en el cesto de la ropa sucia.
¿Y si en su momento a usted le hubiese gustado otra casa? No sé, tal vez dejó la elección a su esposa. Al fin y al cabo, es una calle bonita, con árboles centenarios, mucha sombra, poquísimo tráfico, apenas juegan niños. Esto último es una pena para su hija, tal vez habría tenido que pensarlo un poco más en su día. Pero sí es la calle ideal para un escritor que cree que no va a vivir nuevas experiencias.
Al entrar a vivir en esta comunidad, usted ni siquiera se tomó la molestia de presentarse personalmente a sus nuevos vecinos. Ni falta que hacía; para eso ya tiene a su esposa.
—Somos los nuevos vecinos —dijo ella, extendiendo la mano.
Una mano pequeña y cálida.
—Bienvenidos —dije yo.
En aquella ocasión no mencionó su profesión. Eso fue más adelante, el día que puse la música demasiado fuerte.
En «Seconds from Disaster» había una pareja de edad avanzada que iba en avión por primera vez en su vida. El viaje era un regalo de sus hijos. Como al resto de los pasajeros, los interpretaban actores. En la reconstrucción de los últimos minutos del vuelo 1622 se reconfortaban el uno al otro. También aparecían los hijos, éstos no estaban interpretados por actores. Eran los hijos de verdad.
En resumen, no sé si el nuevo material va a servirle de algo. Por eso se lo daré en bruto. Es muy libre de usarlo para lo que quiera. Si desea preguntar algo, sólo tiene que bajar.
Hay libros en los que aparece el escritor como personaje, o en los que hay un personaje que dialoga con el escritor. Seguro que sabe a qué libros me refiero; usted mismo los ha escrito.
Por eso esto es distinto. Yo no soy ningún personaje. Yo soy real. En el instituto ocurrió algo que marcó el resto de mi vida. En el instituto los niños despliegan sus alas. Ya no exploran los límites, sino que los superan. Ya no ven a sus padres ni a los maestros como adultos que los guían de la mano, sino como obstáculos en su desarrollo. Aplastan a un insecto sólo para ver si pueden hacerlo, y luego sienten pena. O no.
El material nuevo empieza aquí. No estoy seguro de que vaya a servirle de algo, pero, de todos modos, aquí es donde empieza.
5
Fue el año en que murieron tantos profesores. De repente, empezaron a caer como moscas. No pasaba ni un mes sin que a los alumnos del liceo Spinoza nos reuniesen en la sala de actos, donde el director Goudeket nos daba la enésima «dolorosa noticia». Tenías que estar callado y poner cara seria, claro, pero la mayoría de nosotros sentía que se había hecho justicia. La noticia nunca nos entristecía; esa muerte masiva de profesores nos ofrecía más bien cierto consuelo. Aunque fuera sólo por su edad, los profesores eran frágiles. En todo caso, no eran inmortales como nosotros.
Un profesor que la tarde anterior todavía te atosigaba por deberes que no habías hecho o por tu falta de interés en general podía no presentarse en clase la mañana siguiente. Que ninguna de las muertes estuviese precedida por una larga enfermedad reforzaba esa sensación reconfortante. No hubo hospitalizaciones infinitas, quimioterapias que no surtían efecto u otras prórrogas de lo inevitable; nada que pudiese humanizar las muertes.
El señor Van Ruth daba matemáticas. Si alguien no prestaba atención, señalaba hacia fuera con un dedo amenazador, en dirección a la academia Rietveld, que quedaba oculta tras unos árboles a un par de centenares de metros, y decía: «Si preferís jugar con barro y dibujar, ahí podéis hacerlo.»
Van Ruth dejó de venir al instituto de un día para otro. Recuerdo perfectamente la mañana en cuestión. Estábamos a principios de otoño; había habido tormenta y los árboles estaban pelados, de modo que por primera vez aquel año se veía una punta del tejado de la academia Rietveld entre las ramas. Lo que más recuerdo es el espacio vacío delante de la pizarra que su larguirucha figura nunca volvería a ocupar.
Pensé en la mañana del día anterior, en la que el señor Van Ruth se había puesto los calcetines y los zapatos para venir en bicicleta al liceo Spinoza como siempre.
El señor Karstens se sentaba a su mesa del laboratorio de física en un taburete más alto de lo normal para no parecer tan bajito. «Aquí hay gente que nunca entenderá nada de física», dijo un lunes por la mañana, y exhaló un profundo suspiro. El martes estaba muerto.
Al director Goudeket le pareció necesario mencionar brevemente la situación familiar del señor Karstens durante el memorial. Así supimos que el profesor de física no tenía esposa pero sí dos «hijos pequeños» de quien se cuidaba él solo. El director omitió algunos detalles importantes. ¿Aún vivía la esposa de Karstens? ¿O esos niños se habían quedado solos en el mundo?
En todo caso, el detalle de los hijos daba un toque de humanidad a su muerte. Ya no era sólo un profesor de naturales que se avergonzaba de su cuerpo enanil, y que por eso no bajaba para nada del taburete en toda la clase, sino que de repente se había convertido en un padre a quien en casa esperaban dos hijos pequeños.
Pero como los hijos nunca se habían dejado ver, nadie los había visto en persona, el toque de humanidad casi desaparecía. Incluso existía la posibilidad remota de que ellos estuviesen tan aliviados como nosotros. Sí, tal vez los hijos pequeños se sentían más aliviados que otra cosa ahora que por fin podrían hacer lo que quisieran —ir todas las noches al bar a por la cena y ver la televisión hasta pasadas las doce— y no tendrían que ir más por la calle con un padre demasiado bajito.
Pero estas posibilidades nunca se contemplaban durante los memoriales en la sala de actos del liceo Spinoza, así que al final no podías evitar quedarte con la imagen de dos niños pequeños sentados en una cocina oscura, esperando, con dos platos vacíos delante, porque no había nadie que pudiese ocuparse de ellos.
La señora Posthuma vivía sola en el noveno piso de un bloque cerca de la salida de la autopista hacia Utrecht. Una vez estuve en su casa para comentar con ella los libros de mi lista de lectura de inglés. Desde la ventana de su salón se veían remeros que avanzaban por las aguas inmóviles del Amstel. Y más tarde, al caer la noche, las lucecitas de los coches en la autopista, cruzando el puente Utrecht. En algún lugar se oía el tictac de un reloj. La señora Posthuma me preguntó si quería otra taza de té. Ya hacía rato que habíamos llegado al último libro de mi lista. Llevaba el pelo corto, con un halo de ricitos alrededor de la cabeza, y tenía aquella voz aguda, sin tonos graves, típica de las mujeres que nunca han tenido un orgasmo. Era una voz que revoloteaba como un pajarito por la habitación sin posarse en ningún sitio, como si no estuviese anclada en ninguna parte ni realmente conectada a la tierra, igual que la propia señora Posthuma en su noveno piso, por encima del mundo y de quienes viven en él.
Luego escuché con claridad que la voz me preguntaba si tal vez me apetecía tomar algo que no fuese té y que seguramente le quedaba una botella de cerveza en el frigorífico. También vi que algo se quebraba en su mirada esperanzada cuando me puse de pie y dije que ya era hora de irme a casa. Su cara se ensombreció de manera casi imperceptible. Fuera, en la calle, miré una vez más hacia arriba, al noveno piso del bloque, pero con las luces de las galerías no se podía discernir bien qué piso era el suyo.
Cuando una mañana la señora Posthuma no apareció por el liceo Spinoza, nadie se preocupó demasiado. Hasta mucho más adelante no supimos que habían tenido que forzar su puerta con una palanca. Pero en el memorial de Goudeket la palabra «palanca» no apareció ni una sola vez. Era evidente que el director no había sabido encontrar nada digno de contar a la hora de armar su discurso. En esta ocasión no había hijos pequeños ni otros detalles lastimosos ni conmovedores que pudiesen humanizar a la señora Posthuma, a quien encontraron muerta en su propia casa. Goudeket no pudo ir más allá de «su enorme dedicación a nuestra escuela y a sus alumnos», lo que en la sala de actos medio vacía e iluminada con fluorescentes significaba menos que nada, como si el Gran Olvido pudiese empezar ahí mismo y en ese preciso instante.
Y luego hubo aquel final espectacular, un final con un gran estruendo, cristales rotos y sangre. No hacía ni media hora que Harm Koolhaas —Harm para los alumnos de los últimos cursos, a los que daba sociales— había aterrizado de noche en el aeropuerto de Miami cuando se equivocó de salida con su coche de alquiler, un Chevrolet Malibú blanco, y fue a parar al «barrio equivocado» (en palabras de Goudeket).
Los dos hombres a quienes preguntó el camino en una gasolinera mal iluminada nunca fueron identificados. Parece que Harm Koolhaas intentó subir su ventanilla y dar marcha atrás a toda velocidad, pero que en esta última maniobra fue a chocar contra un coche aparcado. Según la declaración del empleado de la gasolinera, uno de los hombres había conseguido meter el cañón de su pistola por la ventanilla. Mientras tanto, el segundo hombre había empezado a disparar contra el parabrisas.
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