Un crimen con clase

Julia Seales

Fragmento

 cap-1

 

 

 

 

 

La señorita Arabella Ashbrook presenta

 

EL BAILE DE OTOÑO ANUAL

 

 

El señor Stephen Steele y su esposa, así como sus hijas,

Beatrice, Louisa y Mary, están invitados al baile

que se celebrará en Stabmort Park el próximo

martes a las seis de la tarde.

¡Y ni un segundo antes!

Se espera confirmación.

Pueden incluirse peticiones musicales.

 

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LISTA DE INVITADOS

 

 

Señor Hugh Ashbrook, 66 años, patriarca de Stabmort Park

Señor Daniel Ashbrook, 32 años, heredero de Stabmort Park

Señorita Arabella Ashbrook, 22 años, hija

 

Señor Stephen Steele, 50 años, patriarca de Marsh House

Señora Susan Steele, 48 años, su esposa

Señorita Beatrice Steele, 25 años, hija mayor

Señorita Louisa Steele, 21 años, hija mediana

Señorita Mary Steele, 18 años, hija menor

 

Señor Martin Grub, edad desconocida, primo del señor Stephen Steele y heredero de Marsh House

 

Capitán Philip Peña, 33 años, capitán de navío

 

Señor Frank Fàn, 26 años, caballero

 

Señorita Helen Bolton, 53 años, matriarca de Fauna Manor

 

Señorita Caroline Wynn, 24 años, huérfana y miembro de la alta sociedad

 

Señor Edmund Croaksworth, 32 años, caballero acaudalado

 

Invitado del señor Croaksworth, 29 años, situación desconocida

 

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1

Presentaciones

En la campiña inglesa había un pequeño municipio llamado Swampshire («Condado del Pantano»), que comprendía varias mansiones preciosas y un pantano repugnante. Era el hogar (una de las mansiones, no el pantano) de Beatrice Steele. En la ciénaga vivía una superpoblación de ranas fluorescentes. El efecto visual por la noche era magnífico, aunque el incesante croar desanimaba a algunos de los que, de otro modo, quizá hubieran elegido habitar en esa encantadora aldea.

Beatrice Steele era regordeta, con un simpático hueco entre los dientes delanteros y un mechón blanco en los rizos negros que le había salido durante una partida de whist especialmente competitiva. Tenía un carácter apasionado y un ingenio vivaz que hacía las delicias de sus amigos y familiares... casi siempre. Porque Beatrice era curiosa por naturaleza y, por lo tanto, se fijaba en demasiadas cosas, percibía demasiadas cosas y se hacía demasiadas preguntas acerca de la vida fuera de su localidad. Los demás consideraban que ese comportamiento implicaba un esfuerzo innecesario, dado que sin duda Beatrice acabaría sentando cabeza con uno de los jóvenes de Swampshire en una mansión que no hubiera sido tomada por las ranas, fundaría una familia y viviría feliz para siempre.

Ese era el camino que se esperaba de una dama, ya que en Swampshire se seguía un estricto código de conducta. Años atrás, el padre fundador de la aldea, el barón Fitzwilliam Ashbrook, había huido al campo desde la escandalosa ciudad de Londres en busca de un lugar que pudiera modelar a partir de unos principios de perfecta cortesía. En cuestión de meses, creó un panfleto en el que se recogían esos preceptos: La guía de Swampshire. Como creía que las mujeres eran especialmente proclives a la tentación, escribió dos libros complementarios: La guía para damas de Swampshire, volúmenes I y II. También escribió La guía para damas de Swampshire (edición de viaje), por si alguna mujer se encontraba en una situación indecorosa mientras viajaba. Esos libros se convirtieron en los cimientos de la vida social de Swampshire.

Si alguna fémina optaba por incumplir esas normas, su reputación podía verse mancillada sin remisión. Según La guía para damas, una mujer caída en desgracia tenía prohibido ir a visitar a sus amigas, flirtear con pretendientes e incluso mantener una relación cercana con su familia, por miedo a que los corrompiera con el trato. Ninguna dama respetable hablaría con ella y ningún caballero de honor pediría su mano. Ni siquiera podría frecuentar las mercerías ni las tiendas de ropa locales.

Sin amistades, soltera y vestida con el atuendo de la temporada anterior, a una mujer deshonrada no le quedaría más remedio que abandonar la población. Solo una ciudad moralmente corrupta la aceptaría, y una vez que llegase a París, seguro que un mimo acabaría robándole todo y la darían por muerta. Pero es posible que ni siquiera llegara tan lejos. Los cuentos para dormir de Swampshire hablaban de mujeres que, mientras intentaban huir, acababan tragadas por uno de los infames «hoyos cenagosos» de la región y no se las volvía a ver jamás. Así pues, las jóvenes tenían motivos para creer que seguir las normas de etiqueta era lo mejor para ellas. No podía permitirse que las infractoras corrompieran aquel mundo seguro, ordenado e idílico.

No obstante, pese a haber crecido con tales valores, pese a que le habían grabado a fuego dichas normas desde la infancia, Beatrice Steele guardaba un oscuro secreto: estaba obsesionada con el asesinato. No con el acto de cometerlo, sino con el acto de resolverlo. Nada la apasionaba más que evaluar las retorcidas motivaciones de un sospechoso, determinar quién era el asesino y después contemplar cómo dicho asesino se enfrentaba a la justicia.

Aquella particular fascinación por el crimen había comenzado a raíz de leer con detenimiento el periódico importado de Londres de su padre. Su idea inicial era leer la columna de sociedad, «Quien es más respetable que quien», pero no pudo pasar del título gramaticalmente incorrecto, en el que habían olvidado la tilde de «quién», y en lugar de eso desvió la atención a otro artículo: «El noble detective sir Huxley (y su ayudante) toman el caso». Esos temas no correspondían a una joven dama, pero antes de poder contenerse ya había devorado la noticia.

El artículo daba detalles sobre las circunstancias del espeluznante asesinato de un tal vizconde Dudley DeBurbie. Hablaba de su joven enamorada, Verity Swan; de su inmensa colección de joyas, que habían desaparecido; del mayordomo sospechoso, y del galante detective que había aceptado el caso: sir Huxley. Escudado en el lema Super omnia decorum, «Decoro ante todo», Huxley opinaba que resolver misterios restauraba el orden social, y eso era lo más respetable que podía hacer alguien. No había nada más importante que la buena educación.

Beatrice se quedó embelesada. Jamás se había planteado que una persona refinada pudiera resolver crímenes como pasatiempo. A ella no le satisfacían los pasatiempos aptos para jovencitas que proponía La guía para damas de Swampshire. Se le daban fatal las labores, no tenía dotes musicales y le habían prohibido dibujar porque sus obras eran tan malas que asustaban a la gente. En contraste, ir a la caza de asesinos le parecía cautivador. Le garantizaba una sensación de plenitud, la sensación de estar mejorando el mundo a partir de la búsqueda —indirecta— de la justicia.

Y quizá en su fuero interno pensase que, si conocía qué males acechaban al mundo, podría prepararse para hacerles frente.

Sin tardanza, Beatrice se puso a coleccionar periódicos de forma compulsiva, ansiosa por leer noticias que ayudasen a dar con la pista del asesino. A su familia le resultó extraño que la joven, antaño tan sociable, empezase a saltarse la partida de cartas vespertina para encerrarse en la buhardilla. Beatrice, entusiasmada por su pasión recién descubierta, les hizo creer que estaba enamorada. Sabía que era el único modo de apaciguar a su madre y garantizar que la dejaran sola durante horas para «suspirar y fantasear»... O lo que fuera que hiciesen las mujeres en esas circunstancias. Su madre aceptó la excusa encantada.

En cierto modo era verdad que Beatrice estaba enamorada. Le robaba el corazón imaginar el posible móvil del crimen, las pistas que indicaban que el asesino podría haber conocido a la víctima, la forma en que cada detalle que rodeaba el caso tenía un significado potencial. También ayudó el hecho de que sir Huxley fuese tan arrolladoramente apuesto. En el grabado del periódico aparecía con la mandíbula marcada, un bastón con empuñadura de áspid y una chistera impoluta. Su ayudante era el inspector Vivek Drake, un hombre con la cara surcada de cicatrices y un parche en el ojo. El grabado de Drake que salía en el periódico era mucho menos favorecedor; siempre lo dibujaban con el ceño fruncido. Por eso, Beatrice no se sorprendió cuando el indecoroso Drake señaló con el dedo a la joven dama, Verity Swan. Sir Huxley defendió de modo admirable su honor y su inocencia; siempre se comportaba como un auténtico caballero.

Al final, el caso DeBurbie se resolvió cuando declararon culpable al mayordomo y proclamaron que Huxley era un héroe. Despidió a su ceñudo ayudante y abrió un lujoso despacho en el West End. A partir de entonces la columna de sucesos fue virando hasta convertirse en un relato del día a día de Huxley como investigador privado. Beatrice la seguía con fruición, imaginándose junto al detective, husmeando en callejones o discutiendo teorías en su estudio de madera de caoba. Subrayaba los detalles intrigantes con líneas rápidas y añadía «Huxley y Steele» en los márgenes de todos los artículos. Incluso intentó bordar un retrato del caballero. Su falta de habilidad para la costura sirvió para que su interés se mantuviera en secreto, pues todo el mundo pensó que había bordado una patata.

Por desgracia, en Swampshire todo esto la convertía (casi da apuro decirlo) en una macabra depravada. Hay muchos tipos de depravados: los mirones, los acechadores, los que se atreven a presentarse veinte minutos antes de lo que indica una invitación... Pero en Swampshire, los depravados de la modalidad macabra eran considerados los más repugnantes. Si alguien llegaba a enterarse de la obsesión secreta de Beatrice, ella sufriría el escarnio y la vergüenza pública. De forma educada, pero rotunda.

Así pues, sabía que su pasatiempo no podía durar. Un caballero tal vez habría sido capaz de vivir en ambos mundos, pero una dama no. Desde luego, no una dama de Swampshire. Al final, Beatrice tendría que madurar y convertirse en una mujer respetable, por su bien y el de su familia. Y eso ocurriría sin duda a la semana siguiente, se decía, o al cabo de dos semanas.

Pero de momento se hallaba en la torrecilla de Marsh House, el hogar apretado pero encantador de los Steele, tratando de examinar un último artículo antes del baile vespertino. Estaba tan absorta que apenas se percató de los sonidos amortiguados que hacía su padre mientras ataba un cubo de agua por encima del marco de una puerta en alguna habitación de la planta inferior.

El señor Stephen Steele era desgarbado y calvo, tenía un bigote rizado y una afición desmedida por las bromas. Su colección de cápsulas de sangre falsa, su surtido de cuchillos de goma y la tendencia a ocultarse en rincones oscuros y saltar cuando pasaban sus hijas seguramente habían contribuido al talante vivaz de Beatrice. Ella siempre llevaba algún chascarrillo ocurrente a la mesa y él siempre llevaba un cojín ventoso. (El cojín ventoso era un invento del señor Steele y su posesión más preciada. Se trataba de un cojín de goma hinchable que, cuando se colocaba en el asiento de una víctima inocente, creaba una sonora ventosidad). Nada emocionaba tanto al señor Steele como fingir que se caía muerto sobre la sopa. Su afición por ese efectista número habría sido aplaudida de no ser porque la broma daba un susto tremendo a su esposa y sus hijas. Las mujeres de la familia Steele no tenían permitido heredar la propiedad, pues la escritura de la casa dictaba que solo podía heredarla un hombre. Los Steele no poseían fortuna que los respaldara; la casa era su único bien. Así pues, si el señor Steele se caía muerto sobre el plato de sopa y no volvía a incorporarse de golpe con una carcajada, la mansión pasaría a su pariente masculino más cercano, el primo Martin Grub. Si una de las chicas se casase con el señor Grub, todos los problemas se verían resueltos, pero era un hombre absolutamente repugnante, de modo que era poco probable que ocurriese.

Por eso mismo la madre de Beatrice tenía que ser la parte práctica del matrimonio. La señora Susan Steele era una mujer formidable —aunque baja—. Lo que le faltaba de estatura lo suplía con el chorro de voz, unos gestos que denotaban confianza en sí misma y un recogido en la cabeza de un palmo de alto. Era de la señora Steele de quien Beatrice había heredado su certera comprensión de la naturaleza humana, aunque la señora Steele utilizaba esa habilidad para entablar amistades y ejercer influencia en lugar de para analizar a criminales. Organizada y extravertida, la señora Steele sabía cómo hacer realidad los planes. Los futuros matrimonios de las niñas eran su principal maquinación. Si era capaz de hablar de algo más que de campanas de boda, su familia todavía tenía que oírlo.

—¡Beatrice! —En ese preciso momento, la señora Steele interrumpió la concentración de su hija con un chillido desde el pie de la escalera de la torrecilla—. ¡No te escondas ahí arriba! Si te quedan horas libres, deberías pasártelas dando vueltas por el jardín, ¡por si hay algún caballero mirando! Una dama siempre va un paso por delante.

Beatrice miró por la ventana. Una sombría zona pantanosa rodeaba Marsh House, y el verde oscuro de la tierra se difuminaba con la luz decreciente del cielo. «Se avecina tormenta», pensó con un escalofrío delicioso. No hacía tiempo para paseos. Pero en calidad de hija mayor incapaz de sacar la nariz de un libro ni de ponerse un anillo en el dedo, estaba acostumbrada a los persistentes reproches de su madre.

—¿Se puede saber qué haces que sea más importante que buscar marido? —insistió la señora Steele.

«Las entrañas de las víctimas fueron arrancadas de los cadáveres y dispuestas en forma de corazón».

—Pensaba en mi amado —contestó Beatrice con alegría, y apretó un chal apolillado contra la ranura de la puerta para amortiguar las continuas protestas de su madre.

Beatrice sabía que era arriesgado leer de día; solía esperar hasta que los demás se iban a la cama para analizar los periódicos. Pero desde hacía un tiempo, cada vez estaba más enfrascada en la búsqueda de pistas, en garabatear apuntes y desarrollar teorías. ¿Cómo podía contentarse alguien con pasarse la tarde tocando el piano cuando un asesino andaba suelto?

Se concentró de nuevo en el periódico y retomó la lectura de la página.

 

LA AMENAZA DE LONDRES CAMPA A SUS ANCHAS

 

Sir Huxley jura que capturará al criminal denominado Amenaza de Londres, mientras la lista de víctimas del asesino aumenta. El viernes, a unos pasos del despacho londinense de Huxley, fueron encontrados tres cuerpos con el pescuezo rebanado. En las inmediaciones apareció un cuchillo ensangrentado. En la ventana de Huxley había un mensaje escrito con sangre: «Ja-ja-ja. No me atraparás».

 

Beatrice apartó el periódico, perdida en sus pensamientos. «Un mensaje dirigido a Huxley... —se dijo—. Eso indica que el asesino lo conoce. Y el uso del futuro, “no me atraparás”, en lugar del pretérito, “no me has atrapado”, da a entender que el asesino volverá a matar. Y el que haya puesto guiones en “ja-ja-ja” me dice que el asesino no ha aprendido las normas de puntuación como es debido». Miró con detenimiento la imagen dibujada e intentó hacerse una idea de cómo eran las heridas de los cuerpos. «La cuestión es: ¿por qué las heridas no encajan con el filo del cuchillo?». Mientras reflexionaba, cogió una hoja de papel de carta de la repisa de la ventana, mojó la pluma en el tintero y empezó a escribir:

 

Querido señor Huxley:

Le saluda de nuevo quien le lee con más devoción.

 

Beatrice sabía que el hecho de que una dama soltera escribiera a un caballero soltero era un atrevimiento indecente, pero se permitió continuar con la correspondencia por dos motivos: uno, sir Huxley no sabía que era una dama, pues firmaba solo con sus iniciales, «B. S.». Dos, técnicamente no podía considerarse que mantuvieran correspondencia, porque él no había respondido jamás.

Justo estaba acabando la carta cuando la interrumpieron de nuevo, esta vez con un grito ensordecedor. Aturdida, miró por la ventana de la torrecilla para averiguar de dónde venía el ruido.

A lo lejos logró vislumbrar a su hermana Louisa, que corría por el terreno empantanado. Con alivio, Beatrice se percató de que Louisa gritaba de alegría, no de miedo; corría jubilosa. Su melena parecía una hoguera encendida, el vestido ondeaba al viento y sus brazos se columpiaban con vigor. Brincó como una experta por encima de un grupo de ranas fluorescentes, aterrizó con elegancia en un montículo de musgo, dio una voltereta y continuó corriendo sin perder el aliento.

Increíblemente hermosa y dulce, la hija mediana de los Steele, Louisa, era la niña mimada que sin duda iba a salvarlos a todos con un matrimonio ventajoso. Aunque la madre de Beatrice quería que todas sus hijas se casasen con alguien influyente, la familia entera estaba de acuerdo en que Louisa era la más atractiva, la más dotada y, por lo tanto, la que con mayor probabilidad conseguiría un buen partido. Tenía unos espesos rizos pelirrojos, una adorable salpicadura de pecas sobre la delicada nariz y unos músculos bien torneados gracias a su pasión por el deporte. Le gustaba saltar de cabeza a la vida, literalmente: Louisa era activa y grácil, se le daba bien todo, desde bailar hasta tirar al plato. Aunque era competitiva al máximo, tenía un don para hacer que todo el mundo se sintiera acogido. Era capaz de convencer incluso al anciano más estirado para que se uniera a una partida de bolos, y luego lo machacaba encantada. Lo tenía todo, y los Steele, orgullosos de la joya de la familia, la protegían con uñas y dientes.

Aunque Beatrice había pasado su juventud viendo cómo Louisa la superaba en todo, desde el críquet hasta las reverencias, nunca tenía celos de ella. Intentaba enseñarle a Louisa cuanto sabía y guiar su vida en la dirección apropiada, y sentía verdadero orgullo al ver las virtudes que había adquirido su hermana.

Mientras veía a Louisa cruzar sola el páramo, Beatrice sintió una punzada de remordimiento. Por norma general, las hermanas iban caminando juntas a la aldea la mañana previa a un baile. Allí compraban lazos nuevos, cotilleaban e imaginaban qué caballeros les pedirían que les reservaran un baile durante la velada. Pero Beatrice había rechazado el paseo matutino para poder dedicar más tiempo al caso que tenía entre manos.

La puerta principal dio un golpetazo cuando Louisa entró a la carrera.

—¡Noticias del pueblo! —gritó—. ¡Venid todos ahora mismo al salón!

Beatrice estaba convencida de que las noticias no serían tan reveladoras. En Swampshire nunca ocurría nada emocionante. Aun así, hizo caso a su hermana y empezó a esconder las pruebas de su impropio pasatiempo. Levantó el asiento de la ventana de la torrecilla, donde ocultaba un grueso fajo de documentos, cartas y notas amarillentos. Colocó la hoja más reciente en la parte superior de la pila y luego apretó el asiento para cerrarlo. Recolocó el pequeño cojín que cubría el banco de la ventana: un regalo de su querido amigo Daniel Ashbrook, con una cita bordada que, según decía el joven, le recordaba a Beatrice: «En el rincón de una dama, un buen libro hace falta».

Con otra punzada de culpabilidad, Beatrice apartó la mirada de la cita mientras garabateaba sus iniciales en la parte inferior de la carta para Huxley. Aparte de Louisa, Daniel era el mejor amigo de la joven, pero no sabía nada de su afición secreta. Cierto era que siempre animaba a Beatrice a llevarse cualquier libro que quisiera de su biblioteca personal, aunque él creía que su amiga se decantaba por los clásicos y no por las novelas de misterio, debido a que ella cambiaba las sobrecubiertas con astucia. Aun así, era la única persona de Swampshire que compartía su ávida curiosidad por el mundo. Desde la infancia, habían intercambiado libros sin parar y compartido revelaciones fascinantes sobre los hallazgos con los que se topaban. Como es natural, la señora Steele daba por hecho que Daniel era el hombre por el que suspiraba Beatrice. Su hija no negaba esa hipótesis, pues le permitía leer durante horas sin interrupciones. Y, además, Daniel le parecía de lo más correcto y agradable, aunque su relación nunca hubiera ido más allá de una buena amistad.

Pero ¿qué pensaría Daniel, su fiel confidente, si supiera lo que escondía? ¿Si descubriera el objeto de su auténtica pasión? Pese a todo lo que compartían, Beatrice sabía que él nunca lo vería con buenos ojos.

Dobló las cuartillas y se metió la carta debajo del corpiño. El cartero no tardaría en llegar a recoger el correo de la familia y podría entregársela mientras los demás estaban distraídos con los preparativos de la fiesta. Después se puso los guantes para cubrirse los dedos, manchados de tinta de periódico, y se dirigió al salón de la planta inferior, donde ya se había reunido el resto de la familia.

La señora Steele y Louisa estaban de pie junto a la chimenea, ambas tan exaltadas que les faltaba poco para dar saltos de alegría.

La otra hermana de Beatrice, Mary, estaba sentada al piano e iba haciendo anotaciones en una partitura titulada «Oda a la Luna». La menor de la familia Steele era muy reservada. Aunque el sonido se propagaba con facilidad por las finas paredes de Marsh House, de algún modo Mary se las arreglaba para merodear por la casa sin que la descubrieran, y solía aparecer de sopetón sin que la oyeran llegar.[1] Desde luego, el señor Steele no pareció darse cuenta de que su hija estaba en la sala. Acomodado en una butaca, siguió enfrascado en un libro de viñetas cómicas, hasta que lo soltó, sobresaltado, cuando Mary tocó una nota discordante.

—¡Por fin has dejado de suspirar por tu amado y te has dignado aparecer! —exclamó la señora Steele cuando Beatrice entró en el salón. La joven puso cara de enamorada afligida y pasó de largo al ver a su madre para evitar que le hiciera preguntas. Se libró por los pelos del chorro de agua del cubo que su padre había colocado en lo alto de la puerta del salón y avanzó decidida a tomar asiento cerca de él. Se detuvo junto a un cojín arrugado y, al levantarlo, descubrió que se trataba del cojín ventoso de goma del señor Steele.

—¿Cómo ha llegado esto aquí? —preguntó su padre con voz inocente cuando Beatrice se lo entregó.

La señora Steele lo interceptó y lo arrojó por una ventana abierta.

—Ahora que ya no queda nadie distraído —dijo con retintín—, Louisa puede contarnos la noticia. —Agarró a Louisa de la mano y las dos se sentaron a plomo en un sofá con tapizado capitoné.

—Acabo de enterarme por Arabella Ashbrook —anunció Louisa—. Me lo ha contado mientras íbamos al pueblo.

—¿Has ido con Arabella? —preguntó Beatrice sorprendida.

—Estaba disponible —dijo Louisa, y se removió incómoda en el sofá—. Te llamé antes de marcharme por si querías venir, pero no me contestaste. Lo siento —añadió, con los ojazos brillantes por los remordimientos.

—Bah... No pasa nada —se apresuró a decir Beatrice, en un intento de tranquilizarla—. No te preocupes.

Arabella Ashbrook, la hermana menor de Daniel, era la anfitriona de la fiesta de esa tarde. Arabella y Louisa pasaban cada vez más tiempo juntas, para disgusto de Beatrice, que consideraba a Arabella una engreída y una esnob. Pero Beatrice había estado tan absorta en su lectura... ¿De verdad podía culpar a Louisa por buscarse una amiga que estuviera mucho más «disponible»?

Louisa continuó, pasando por alto el incómodo momento.

—Tiene que ver con el baile de esta tarde...

—¿Lo han cancelado? —interrumpió el señor Steele—. Eso sí sería una buenísima noticia.

—Sería terrible —protestó la señora Steele.

Beatrice pensó por un instante fugaz que si de verdad ocurría algo terrible, por lo menos sería una novedad. De inmediato se le cerró la garganta por el sentimiento de culpa. No es que quisiera que ocurriese nada malo, por supuesto que no. El aburrimiento era mejor que la aflicción.

¿A que sí?

—En fin —dijo Louisa alzando la voz—, os doy la noticia.

Todos la miraron y se callaron al fin.

—El invitado de honor de esta noche —dijo en un susurro apasionado— será ¡el señor Edmund Croaksworth!

La señora Steele chilló y cayó desmayada en el sofá. Louisa cogió de las manos a Beatrice y se puso a bailar de alegría con ella. Aunque Beatrice no sabía muy bien qué sucedía, sintió un arrebato de emoción mientras hacía piruetas, al ver el rostro ávido y reluciente de su hermana. Incluso el señor Steele bajó el libro de viñetas cómicas, intrigado, y ni se enteró cuando la rana que llevaba metida en el bolsillo encontró una escapatoria.

En contraste, Mary los miró a todos muy confundida.

—¿Quién es ese señor Edmund Croaksworth? —preguntó.

Como era habitual, los demás hicieron oídos sordos a su pregunta.

 

 

 

HUXLEY RESTAURA EL ORDEN

 

 

[Extracto]

 

Un viento gélido sopla en Londres y no es el frío otoñal que se acerca. Hay un asesino entre nosotros.

Conozco esta ciudad. He vivido aquí siempre; ustedes, lectores míos, saben que mi pasión por el orden y la justicia surge del deseo de mantener nuestro hogar a salvo. De garantizar que Londres siga siendo como siempre lo hemos conocido. De mantener a raya las sombras en los callejones oscuros.

Pero esas sombras se están colando en las calles principales. Quienes siguen mi columna ya habrán oído hablar de los peligros de la Amenaza de Londres. Anoche volvió a matar. Incluso ahora, cuando la lista de víctimas sigue aumentando, estoy más seguro que nunca de que seré yo quien lleve a ese villano ante la justicia. Recomiendo a aquellas personas que conozcan algún dato que pueda ser útil en el caso que contacten conmigo sin dilación.

Los lectores de la columna de la semana pasada también se alegrarán de saber que el gatito de la señora Barker estuvo en todo momento debajo del sofá de su casa y, por lo tanto, está sano y salvo.

2

Preparativos

Todo el mundo en Swampshire reconoce esta verdad: un caballero con una gran fortuna es una presa deseada por todas las jóvenes. A partir del júbilo de su hermana y su madre, Beatrice dedujo que Edmund Croaksworth debía de ser esa clase de presa.

Sabía que no residía en Swampshire, aunque su apellido le resultaba extrañamente familiar. Rebuscó en la memoria para intentar ubicarlo.

—Estaba ayudando a Arabella Ashbrook a elegir unas tijeras de podar cuando dejó caer la noticia —le contó Louisa a la señora Steele, que se había recuperado del mareo y tenía energía renovada, como no podía ser de otra manera ante la perspectiva de que un galán refinado asistiera al baile de aquella tarde.

Las cuatro mujeres de la familia Steele se dirigieron a la habitación que Beatrice compartía con Louisa. Para su alivio, dejaron a solas al señor Steele en el salón con sus viñetas cómicas.

El dormitorio estaba dividido en dos mitades. El rincón de Beatrice era una explosión de libros, bordados a medio hacer y tazas de té sin terminar. Beatrice intentaba mantener su cuarto tan limpio como correspondía a una dama, pero parecía que los objetos tuvieran vida propia.

La parte de Louisa, en contraste, siempre estaba ordenada. Se debía a que la señora Steele se empeñaba en poner las cosas en su sitio todas las mañanas, pues sabía que Louisa se distraía con suma facilidad. Tanto las raquetas y los volantes de bádminton como los bolos y las viejas pelotas de metal de su infancia tenían un lugar asignado, gracias a la señora Steele.

Cuando Mary entró en la habitación detrás de ellas, se tropezó con una pila de libros de Beatrice, pero se recuperó con una agilidad canina y aterrizó en la cama de su hermana.[2] Beatrice se le unió y, abstraída, dio un sorbo al té de una taza que había en la mesita de noche y luego lo escupió al darse cuenta de que había fermentado.

—Tendrás que estar perfecta —dijo la señora Steele mientras rebuscaba en el escaso vestuario del armario de Louisa.

La familia no podía permitirse unos conjuntos lujosos, sobre todo porque las prendas siempre acababan destrozadas: las de Beatrice con manchas de tinta, las de Louisa a raíz de sus variadas actividades atléticas y las de Mary a saber por qué, pero sus vestidos terminaban rasgados por la mitad. Aunque, a decir verdad, la ropa no importaba. No era más que el marco dorado para la auténtica obra maestra: Louisa Pamela Steele.

—¿Qué tal el vestido rosado? —sugirió Louisa.

—Ya lo llevaste en el baile del mes pasado —le recordó Beatrice—. Y siempre he pensado que te sienta mejor el verde.

—Yo prefiero el rosa... —empezó Louisa, pero la señora Steele la interrumpió.

—Deberíamos concentrarnos en qué prefiere el señor Croaksworth, querida. ¿Crees que le gustará el encaje? ¿Los lazos? ¿Un corpiño escotado?

—Seguro que lo que más le atrae es su inteligencia y su personalidad —dijo casi sin pensar Beatrice.

—No seas ridícula —respondió la señora Steele sin dejar de rebuscar en el armario.

—¿Qué más sabes de Croaksworth, Louisa? —preguntó Beatrice, volviéndose hacia su hermana—. Sé que he oído su nombre en algún sitio, pero no lo ubico. Ya imagino que será rico, atractivo y soltero, así que puedes ahorrarte esos detalles.

—No son cosas que haya que desdeñar —dijo la señora Steele—. ¡El hombre tiene ocho mil al año!

—¿Ocho mil qué? —preguntó Mary.[3]

—Era el mejor amigo de Daniel Ashbrook en el colegio, aunque Arabella me contó que los dos no han vuelto a hablar desde entonces —añadió Louisa—. Beatrice, ¿te lo ha mencionado alguna vez Daniel?

—No —murmuró su hermana mayor—. ¿Y por qué no han vuelto a hablar? ¿Sucedió algo?

—No estoy segura... —empezó a responder Louisa, pero la señora Steele la interrumpió de nuevo.

—Tal vez lo sabrías, Beatrice, si Daniel y tú no os dedicarais a debatir sobre personajes literarios en lugar de hablar de vuestra vida, o de algún plan para el futuro. —Fulminó a Beatrice con la mirada, a ver si pillaba la indirecta.

—Los padres del señor Croaksworth fallecieron hace poco y le dejaron una gran suma de dinero —se apresuró a decir Louisa, y fue una bendición que recondujera el tema antes de que la señora Steele empezase a soltar otro sermón.

—¡Vaya! ¿De qué murieron? —preguntó Beatrice, cuyo interés creció de inmediato.

—¡Beatrice! —la reprendió su madre.

—Quiero saberlo para no decirle nada al señor Croaksworth que pueda traerle malos recuerdos —dijo a toda prisa Beatrice.

—Es muy trágico —contestó Louisa—. Acababan de mudarse a una nueva mansión en Bath con cincuenta y nueve dormitorios. Por desgracia, ambos se perdieron de camino al desayuno. Cuando sus sirvientes los encontraron por fin, ya era demasiado tarde... Se habían quedado consumidos.

—Qué horror —dijo Beatrice, y se inclinó hacia delante—. ¿Los inspectores sospechan que hubo juego sucio?

—No jugaban a nada... Es solo que se orientaban fatal —respondió Louisa.

—Croaksworth —repitió Beatrice. Y de repente cayó en la cuenta—: Ahora me acuerdo... ¡su hermana desapareció!

No había sido Louisa ni la señora Steele ni Daniel quien le había mencionado al señor Croaksworth; Beatrice reconoció el apellido a partir de uno de los artículos de periódico ya ajados que ocultaba en su torrecilla.

—¿Y tú cómo te has enterado? —La señora Steele agarró un chal de encaje y sacudió a Beatrice en los tobillos con él—. En la página 68 de La guía para damas se dice expresamente que las mujeres no deben hablar de casos de personas desaparecidas.

—Tal vez por eso se localiza a tan pocas personas desaparecidas —se defendió Beatrice, y levantó los pies para evitar el azote del chal.

—A decir verdad, madre, apareció en las columnas de sociedad —aclaró Louisa—. Alice se ha tomado unas vacaciones largas.

—¿De dos años? —preguntó Beatrice, enarcando una ceja.

—Si eso dijeron, será verdad —agregó la señora Steele con tono concluyente—. Los individuos ricos tienen su propia forma de hacer las cosas. Debemos concentrarnos en la parte buena: el señor Croaksworth no tiene hermana ni padres, así que buscará un hombro en el que llorar.

—No veo cuál es la parte buena para él —comentó Beatrice.

—Pues claro que tiene una parte positiva. Edmund ha heredado una fortuna, y el dinero cura todas las heridas —dijo la señora Steele con aire sabio.

—¿No querrá decir que el «tiempo» cura todas las heridas? —preguntó Beatrice.

—No... eso no suena bien. Tiene que ser el dinero —respondió su madre. Levantó un vestido y lo puso delante del musculoso cuerpo de Louisa—. A lo que interesa: debemos asegurarnos de que el señor Croaksworth se enamore perdidamente de ti...

—Podría enamorarse de cualquiera de nosotras —interrumpió Louisa, y miró a los ojos a Beatrice—. El ingenio de Beatrice no tiene parangón, y los hombres adoran a las mujeres divertidas.

—No bromees, Louisa. Es poco decoroso —dijo la señora Steele con brusquedad.

Beatrice cogió de la mano a Louisa.

—Qué amable eres, Lou. Pero ¡no te molestes! Confío en que no pienses que estoy celosa de que mi hermana

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