Apocalipsis zombi

José Noé Mercado

Fragmento

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GOOD BYE, BLUE SKY

PINK FLOYD

Viernes trece.

Los ladridos de Drago se dirigen a la televisión. Es un perro acostumbrado a mirar con frecuencia la enorme pantalla Full-hd que preside la sala de estar, aunque todavía se sorprende cuando la familia se divierte con determinados videojuegos o se inquieta con la sintonía de algunos programas como el que ahora retiene por completo la atención de los hermanos Tommy y Edmundo Gatica.

En los colores y sonidos o en alguna particular combinación de ellos debe ocultarse la clave del misterio por el que Drago ignora, en cambio, otros contenidos que le producen incluso horas continuas de sueño.

—Tranquilo, Drago. No pasa nada —dice Tommy, acariciando con los dedos el lomo erizado de la mascota de ojos turquesa; un weimaraner tornasol: grisáceo, verdoso y café claro, dependiendo del ángulo y la intensidad de la luz sobre su pelaje.

—¿Cómo es posible que los científicos no lo hayan previsto? —pregunta Edmundo a su hermano menor, sin disimular su emoción por el tema.

—Para que veas que hay cosas que siguen fuera del control humano.

—Pero algo de estas dimensiones tendrían que haberlo sabido y anunciado —replica el muchacho con fascinación y sin despegar los ojos de la pantalla.

—¿Quién tendría que decírtelo?

—No sé. El gobierno. La nasa o alguna otra agencia espacial.

—Sí, claro. Sólo que a ellos seguro les sorprendió tanto como a ti —ríe Tommy, tomando a Drago entre los brazos para apaciguar sus ladridos.

Desparramado sobre el sofá principal, Edmundo eleva el brazo derecho y apunta el control remoto para subir el volumen al nivel exagerado con el que escucharía algo importante y trascendental para él, como una partida de squash o la narración de un partido de futbol con sus comentaristas preferidos. Pero en esta ocasión en la pantalla no hay raquetas ni futbolistas ni la crónica la hace Martinoli con los apuntes del «doctor» Luis García y el exportero Jorge Campos.

Los hermanos Gatica no identifican particularmente a la presentadora de noticias, aunque han visto su rostro en diversos espacios informativos de la misma televisora, sobre todo por la noche. Es una rubia joven de grandes ojos azules y dentadura perfecta, que pese a su buscada belleza para salir a cuadro en este instante no es el centro de atracción de los jóvenes. Éste no es un horario en el que suelan ver televisión. Sin embargo, la noticia de hoy lo amerita.

Edmundo se incorpora un poco y de la mesa de centro toma la bebida de sabor uva, que agita con firmeza. Desenrosca la tapa y bebe pequeños sorbos. Necesita hidratarse. Recién llegó de entrenar. Él y Tommy son valores juveniles del squash y luego de la escuela dedican tres o cuatro horas diarias a su preparación. Corren, marcan estrellas, ensayan tiros, pulen su técnica. Edmundo, hasta antes de su divorcio meses atrás, era categoría primera fuerza. Tommy, a quien su hermano le lleva cuatro años de edad, juega en menores de dieciséis.

Edmundo toma otra bebida y la arroja a Tommy como si fuera un quarterback de futbol americano. Tommy la atrapa a una mano, con cierto malabarismo para no dejarla caer ni soltar a Drago, que hace el intento de interceptar el pase con el hocico.

—Cállense, lo van a pasar otra vez —son las palabras con las que Edmundo acompaña el lanzamiento de la bebida.

* * *

En la pantalla, la presentadora da pie a la nota que los hermanos Gatica esperan. Se proyecta un video casero grabado con un celular.

La toma la realiza el copiloto, dentro de un automóvil que avanza por la carretera.

A través del parabrisas, el cielo se observa de un azul intenso, vespertino. Aunque el video se pixela ligeramente debido a la limitada resolución de la cámara, el paisaje se aprecia con la nitidez típica de los momentos que preceden al anochecer.

La grabación tiene audio.

—Oye, bato, pisa el acelerador. Ya me urge llegar, me estoy muriendo de hambre —dice, entre el ronroneo del motor y el roce del aire en el micrófono, la voz masculina con acento campirano. Presumiblemente pertenece al sujeto que ha decidido grabar el entorno con su teléfono, tal vez agobiado por el tedio de la autopista.

—Qué más quisiera yo, Fede, pero ni que el coche tuviera alas, güey; en media hora estaremos cenando, así que mientras come ansias —le responde el conductor también con una inflexión rural en la voz.

El video, que acaso partió de la ociosidad más intrascendente de Fede, cobra relieve cuando en la zona superior izquierda un objeto luminoso entra a cuadro. Los destellos son multicolores. Se distingue el blanco albugíneo; el plateado. Amarillo. Rojo. Naranja. Azul gaseoso.

—¿Qué es esa chingadera, Fede? —pregunta de pronto el muchacho al volante, señalando con el dedo índice—. No creo que sea un avión, es algo más. Grábalo, güey, grábalo.

—No mames, bato. Es como un ovni —responde excitado el copiloto, encuadrando el objeto que surca el cielo en la toma de su celular.

Se escucha un golpeteo rasposo en el micrófono, pero luego se capta un sonido que rápidamente se hace intenso, baritonal; es semejante al de una turbina de avión cercana o al de una maquinaria industrial en funcionamiento.

—Se está aproximando, güey, está inmensa esa chingadera —grita el conductor para hacerse escuchar.

—Ya vi. No mames. ¿Qué será eso? —responde en el mismo tono el camarógrafo de ocasión, mientras procede a pulsar el zoom-in en su teléfono para captar más detalles.

La toma pierde nitidez y se hace temblorosa por el pulso inestable de Fede.

—Está clarísimo que se trata de un ovni que se está incendiando —expresa Edmundo Gatica—. ¿Qué más evidencia quieren?

—Shhht —lo calla Tommy, quien ha conseguido que Drago vea la pantalla sin ladrar—. No es un ovni y tampoco resultó ser un misil, por si se te ocurre pensarlo. Si te fijas bien, tiene más pinta de meteorito gigante.

Aunque se aprecia muy lejano, el objeto ciertamente se percibe de dimensiones colosales y resulta imposible ser confundido con un avión o algún otro aparato volador conocido en la Tierra. La toma acercándose lo hace parecer metálico, encendido, como si se quemara algún tipo de combustible a su alrededor. Cuando el copiloto pulsa zoom-out también puede apreciarse la velocidad sónica con la que se desplaza esa materia por el cielo. Parecería que va cayendo, aunque en el video es difícil determinar con precisión su trayectoria.

El rugido que produce, ya de por sí intenso, se incrementa y satura el audio del televisor cuando la luz natural que se apreciaba en el paisaje campirano deja lugar a una sombra que se extiende rápidamente por los sembradíos y las montañas hasta que parece cubrirlo todo de oscuridad, como si de un eclipse solar se tratara.

El objeto volador, hasta entonces no identificado, se agranda a cada instante y parece venirse encima del automóvil, efecto visual que hace que el conductor frene y encienda las luces intermitentes.

La toma abierta permite ver que otros coches también se han detenido en medio de la carretera y están al pendiente de lo mismo.

—Puta, no mames, Fede, se va a estrellar contra nosotros —expresa el conductor con una entonación que se tiñe de miedo, casi llorosa.

—No, no. ¿Cómo crees? Se va a pasar de largo —intenta tranquilizarlo su compañero, aunque él mismo no logra ocultar el estrés que lo invade al momento de hablar.

Eso que ha surcado el cielo, efectivamente, sigue su curso hacia unas montañas nevadas coronadas por el imponente Tezcatlipoca, un volcán casi siempre humeante a lo largo de los años, aunque sin actividad intensa como para hacer erupción.

El objeto no identificado sale del ángulo de visión de la cámara del celular y la luz de la tarde vuelve para iluminar el paisaje en el video, devolviendo cierta calma a los muchachos de la grabación.

El audio ya no satura los parlantes del televisor.

Entonces se escucha un gran y sordo estallido acompañado por los gritos asustados de los protagonistas del video. En la imagen se observa una explosión de gran magnitud detrás de las montañas, cuyo resplandor pone en blanco la imagen por unos segundos.

—Está temblando, bato. ¡Ay! —se lamenta Fede, soltando el teléfono por la vibración, que se percibe incluso en los cristales del automóvil cuando vuelve a sujetarlo y consigue quitar la imagen en negro.

El temblor dura varios segundos, en los que un ronquido no humano extremadamente grave se escucha en la grabación. Una kilométrica columna de tierra, polvo y humo grisáceo se alza por encima del Tezcatlipoca.

—No mames, bato, ese ruido me va a reventar lo oídos —grita con voz aguda el camarógrafo, que vuelve a perder el control del teléfono celular. Parece que éste ha caído entre sus piernas.

—¡Ay, ay! —aúllan las dos voces mientras la imagen vuelve a negros y el sonido es silenciado por un fadeout de la televisora.

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PURPLE PEOPLE EATER

HAIR & SCARY CREATURES

Regresa a cuadro la rubia de grandes ojos azules para continuar la nota. Un cintillo inferior que atraviesa la pantalla permite conocer su cuenta de Twitter y su nombre: Dalila Velasco, conductora.

«Los jóvenes Federico y René Matosas, primos de veinticuatro y veintisiete años de edad respectivamente, grabaron el testimonio videográfico que le acabo de mostrar. Ahora, ambos se encuentran hospitalizados en un nosocomio de la región, con diversas lesiones provocadas por el desgajamiento de dos cerros en el sitio donde detuvieron su automóvil, todo como consecuencia del sismo que generó la caída del meteorito. Los primos Matosas, reportados por los médicos como ‘muy delicados’, no fueron los únicos heridos, pues otros conductores varados en la autopista sufrieron también daños físicos y materiales, mientras que en las comunidades y rancherías vecinas se registraron diversos derrumbes, quiebres de vidrios, numerosas crisis de pánico y una extraña lluvia roja, coloración que los especialistas atribuyen a las partículas que dejó el aerolito en su trayectoria de ingreso a la Tierra».

El televisor muestra escenas en las que niños, adultos y ancianos reciben con sorpresa ese líquido parecido a la sangre, pero de consistencia menos espesa. Extienden la mano para tomarla al caer, elevan el rostro hacia el cielo para refrescarse; un par de mujeres de vestimenta humilde juegan a arrojarse cubetadas.

La lluvia roja también fue grabada de cerca. En charcos en terrenos fangosos, goteando de las hojas de los árboles, manchando flores, vegetación y la ropa de la gente que sonríe o se asusta con esa rareza que le ha tocado presenciar.

La conductora regresa a la pantalla. Las expresiones anímicas de su rostro son mínimas, aunque la noticia gana en dramatismo.

«Como le informé al inicio de este noticiario, la cifra de víctimas mortales asciende a treinta y ocho, en tanto que se han contabilizado más de doscientos heridos, algunos de ellos reportados como graves, por lo que se espera que en las próximas horas el número de muertos se incremente. Por otro lado, le reporto que en este momento cinco brigadas de especialistas, dos de ellas con integrantes enviados por gobiernos multinacionales, buscan el lugar donde impactó el meteorito, aunque el sitio exacto no ha sido localizado debido a las irregularidades del terreno y a las medidas precautorias que deben mantenerse en los alrededores del volcán Tezcatlipoca, según ha informado el Gobierno Federal del Distrito Mexicano».

Mientras Dalila Velasco lee fijamente el teleprompter, su párpado izquierdo se entorna un poco, dándole un ligero aire turnio, lo que no le resta encanto a cuadro. De hecho, lo incrementa al delatar que su belleza es real y sin retoques artificiales.

La nota en voz de la presentadora continúa con imágenes gubernamentales en la pantalla.

«En su cuenta de Twitter, el presidente de la República, el licenciado Sabatia Sotelo Prida, lamentó la pérdida de vidas humanas a causa de este fenómeno de la naturaleza e informó que desde la noche de ayer ordenó a las fuerzas públicas del Estado la implementación del Plan de Emergencias y Desastres en la zona; asimismo, el primer mandatario hizo un importante llamado a la población para no especular con las causas de este suceso y para mantener la tranquilidad ante un hecho focalizado y atípico. El presidente se comprometió a informar de los avances en las investigaciones tan pronto como éstos se vayan generando».

—No estoy seguro de que haya sido un meteorito —duda Edmundo, quien se ha terminado la bebida energética y sigue fascinado, ahora al especular con supuestos escenarios. Para ello pone mute al televisor—. De cualquier manera, resulta terrible pensar que si hubiera sido aún más grande habría acabado con todo el planeta sin que nadie lo viera venir.

—Es un meteorito, no hay duda —responde Tommy, con Drago adormilado en los brazos—. De todos modos, aunque se supiera que alguno puede acabar con la Tierra, ¿qué podría hacerse?

—No lo sé. Quizá destruirlo con misiles.

—No seas fantasioso. No creo que se pueda hacer eso.

—¿Y si no fue un meteorito? ¿Y si fue una nave extraterrestre?

—Pues peor aún. Este planeta y todos nosotros quizá no tendríamos oportunidades en caso de que una raza alienígena decida invadirnos, lo cual me parece muy improbable.

—En eso te equivocas —levanta la voz Edmundo, con histrionismo; se pone de pie y adopta una postura de fisicoculturista—. Aquí estoy yo para combatir cualquier invasión extraterrestre. Soy más fuerte que Goku.

Edmundo tiene un cuerpo atlético, de músculos marcados, pero está alejado de ser un fisicoculturista. Tommy se carcajea.

—No seas ridículo. Guarda tus payasadas de Kamehameha para quien no te conozca. Ni quién se acuerde de tus viejas caricaturas animadas.

—Es una de las mejores de la historia, por eso se va a estrenar una nueva película en unos meses. Así que todo mundo tiene presente a Goku —dice Edmundo y quita el mute a la pantalla.

A cuadro, un enviado especial del noticiario sostiene un vaso transparente lleno de agua roja y lo muestra a la cámara sin aportar mayores datos de los que ya ha informado Dalila Velasco.

Tommy recuesta a Drago en un costado del sillón, se levanta y toma su teléfono celular.

—Le voy a hablar a Lautaro para saber qué opina él.

Edmundo se mantiene atento a las noticias y no parece escuchar sobre la llamada que su hermano menor le hará a su tío Lautaro Simard. Parece ausente, su imaginación vuela hacia la misión de las brigadas de especialistas que buscan el meteorito en los terrenos del volcán Tezcatlipoca.

Le parece significativo que un par de unidades integradas por expertos multinacionales se hayan trasladado de inmediato a la zona, pues ello deja ver un singular interés de los gobiernos internacionales por un hecho que, con el paso de las horas, crece en dimensiones y consecuencias.

Edmundo reflexiona, lo que lo lleva a considerar que quizás esa percepción sólo sea fruto de una influencia mediática y de cierta exageración comprensible por la rareza de la noticia. Toma entonces el control remoto del televisor y comienza a buscar otras perspectivas de la información en alguno de los noticiarios extranjeros que se transmiten en los canales de cable.

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APOCALYPSE PLEASE

MUSE

—¿Lautaro? ¿Qué haces? —pregunta Tommy, activando el altavoz de su smartphone.

—Leyendo —responde del otro lado de la línea una voz inquieta, casi nerviosa—. ¿Y tú qué onda, Tomás?

—Estábamos viendo las noticias.

—¿Y eso? ¿Con quién estás?

—Con Edmundo y Drago. Mis papás no han llegado del trabajo y supongo que Martina está en la universidad.

—Qué milagro que ustedes vean noticias. Ya sólo les falta leer periódicos —dice Lautaro con sarcasmo.

—¿Para qué? Como si a diario hubiera algo realmente noticioso para mí. Oye, ¿ya viste lo del meteorito?

—¿Cuál meteorito?

Tommy reconoce en ese tono pretencioso de su tío Lautaro, que ha escuchado en numerosas ocasiones, no sólo una simple pregunta sino también la jactancia de que posee información avanzada.

Lautaro Simard es mayor que Tommy por once años; a Martina le lleva ocho y medio, a Edmundo, seis. Aunque en muchos sentidos sus intereses son muy distintos, incluso opuestos, la relación que mantiene con sus sobrinos Gatica Simard es cercana. Quizás algo de cierto encuentre en el fondo de la frase, que imitando en broma la voz de Vito Corleone, les ha repetido al menos en una decena de ocasiones: «La familia es lo primero».

Durante algún tiempo, Lautaro ejerció como periodista en diversas zonas de conflicto del Distrito Mexicano —narcotráfico, grupos de autodefensa y movimientos sociales— y escribía sendas crónicas y reportajes en el diario Singular y diverso, y en revistas como Cuenta y Parabrisas.

Lautaro dejó esa fuente periodística por diversas razones. Entre ellas la reducción de espacio, lo cual limitaba el largo aliento que creía poseer para narrar esas historias impactantes de la cotidianeidad que aderezaba con ciertas herramientas de ficción, sin llegar a la falsedad o la mentira. El recorte de caracteres en esos medios privilegió contenidos multimedia ligeros, superficialidad, espectáculo noticioso y, desde luego, velada censura. Igualmente, significaba reducción de financiamiento para sus investigaciones y el pago de sus quincenas.

También le preocupaba cada vez más la cercanía de la violencia con su piel. Llegó a sentir miedo y perdió no valor pero sí jovialidad, con la acumulación de amenazas que por fortuna para él nunca se cumplieron.

En el fondo, deseaba cambiar de ambiente y recuperar el aire en las decisiones y tiempos de su vida. Lo que le atrajo recién salido de la universidad ya lo había probado y en sobredosis. Lautaro solía decir que supo retirarse a tiempo de esas aventuras aún juveniles ya que, de haber permanecido ejerciendo el oficio en esas zonas de peligro, lo conflictivo y problemático más que encontrarlo en esos actos y lugares a los que daba cobertura, tendría que empezar a buscarlo en él mismo.

Además, como si el cambio de horizontes hubiera fecundado de pronto su vientre creativo, en menos de dieciocho meses publicó tres novelas de terror y misterio: You talkin’ to me?, Do you know my poetry? y Say hello to my little friend, obras que, contrario a lo que podría suponerse a partir de los títulos, fueron escritas en español y, de inmediato, le ganaron muchísimos más lectores de los que jamás tuvo al ejercer su viejo oficio de reportero en zona de riesgo.

Es probable que en esa trilogía narrativa y en un lado ciberpop que le hace devorar literatura de horror y suspenso, videojuegos, información mediática, cine, anime y series de televisión, se afiancen los vínculos más hondos con sus sobrinos.

Porque, como lo ha expresado Lautaro en varias ocasiones, «la compatibilidad en lo que uno escucha y lee, mira y juega, hermana mucho más que la sangre».

—¿Cómo cuál? El meteorito que cayó ayer en el Tezcatlipoca —dice Tommy, casi reconociendo que va atrasado de noticias respecto de su tío, pero con el interés suficiente para ponerse al día.

—Claro que lo vi. Desde anoche compartí el video y algunas notas en Twitter y Facebook. Pero hay nuevos videos que ya están circulando en las redes. Parece que de ayer a hoy han caído otros ocho meteoritos similares al del Tezcatlipoca.

No sólo los sobrinos de Lautaro sino buena parte del resto de la familia poseen cuentas en diversas redes sociales, pero no lo tienen agregado, o bien, se han bloqueado mutuamente. Ésa ha sido una forma sencilla de conservar privacidad y de no hacer revelaciones a sus respectivos contactos o mirar información de índole personal entre ellos. «Nunca digas lo que piensas a alguien fuera de la familia», enseña Vito a su hijo Santino Corleone; y Lautaro parece haber asimilado el consejo.

—¿Ya escuchaste, Edmundo? —se dirige Tommy a su hermano, que por supuesto ha escuchado la conversación, lo cual se refleja en un gesto de sorpresa, entusiasmo y miedo.

—¿Estás seguro de que han caído otros ocho? —pregunta el sobrino mayor al incorporarse del sofá y apagar el televisor.

Edmundo camina hacia Tommy, quien sujeta el teléfono a manera de micrófono ambiental para que Lautaro escuche la duda de su hermano. Drago ahora duerme con profundidad. De vez en cuando su cuerpo sufre ligeros espasmos, como si estuviera realizando alguna actividad física como correr o saltar dentro de su sueño.

—Puede que ya sean más —responde Lautaro. Ahora parece claro que ese tono inquieto y algo nervioso es resultado de poseer más información y reflexiones de las que desearía comunicar—. Pero es de suponer que en ese caso no todos tendrían que haber sido filmados o que tal vez hayan caído en lugares despoblados. Y también es probable que a estas alturas ya se maneje como información confidencial, por lo menos hasta que se aclare este fenómeno tan extraño en todo el mundo.

—¿Y han causado daños? —pregunta Tommy.

—¿Dónde cayeron los que has visto? —habla al mismo tiempo Edmundo.

Lautaro no entiende a ninguno de los dos. Ríe para sí. En ocasiones se desespera un poco por tener que explicar lo que otros podrían saber por ellos mismos si acompañaran la curiosidad de una investigación, aunque fuera mínima. Ésa es una desventaja a consecuencia de la sobredosis de información. Y lo cierto es que ese sentimiento no lo producen sus sobrinos, sino que se trata de un viejo pasajero de su ser que lo acompaña con cara de superioridad desde mucho antes de que ejerciera de periodista de riesgo o de que estudiara la licenciatura en la universidad.

Al enfrentar ese tipo de circunstancias, un rayo de conciencia hace que se suponga lindante a lo soberbio. Se trata de una consideración que le disgusta todavía más porque entonces puede herir la susceptibilidad de otros. Lo sabe Lautaro y también personas allegadas a él, como su amiga chilena Luciana Scaramelli, quien lo ha visto desplegar su genio laboral y creativo con naturalidad y carisma. En esas situaciones en que el viejo pasajero asoma su rostro de vanidad y arrogancia, Lautaro puede transformarse en un sujeto altivo y pesado. En un egomónster prácticamente insoportable.

Por eso, tantas veces como es necesario, Luciana Scaramelli cita a Nick Carraway en El gran Gatsby en eso de «recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú» para echarlo en cara a Lautaro, quien a su manera toma conciencia de su actitud, y si es difícil pensar que entre en estado de contrición, al menos se esmera en controlar su ego.

—Sí, hay reportes de muchas víctimas, pero no es información exacta. Los meteoritos cayeron en algunos poblados en Rusia, Estados Unidos, Canadá, Argentina, Japón, España, Italia y creo que Alemania o Suiza. Búsquenlos en internet antes de que los borren, porque no dudo que ya se hayan tomado cartas en el asunto a niveles gubernamentales para mantener cierta calma. Este tipo de noticias generan reacciones de pánico en mucha gente y los supersticiosos, apocalípticos y charlatanes de asuntos sobrenaturales se aprovechan para lanzar discursos catastrofistas. Los ingenuos los dan por ciertos y los aderezan con sus propias exageraciones.

—Pero en sí, ¿tú qué crees que está pasando? —pregunta Edmundo.

—Como le dije hace rato a Remi, la verdad no lo sé. Mentiría quien afirme que lo sabe. Podrían ser muchas variables. Puede tratarse simplemente de una ciega lluvia de meteoritos —responde Lautaro con esa alusión a Remi Lazcano Simard, un cuarto sobrino que más bien es como su hermano; adolescente, gamergeek y vecino. Luego suspira y da pie a un prolongado silencio casi actoral, el cual finalmente rompe con una segunda posibilidad—. Claro que también pueden ser meteoritos alien que traigan en su interior alguna nave ingeniero con huevos para incubar xenomorfos en humanos.

Los hermanos Gatica guardan silencio ante lo que dice Lautaro. Conocen todas esas referencias que ningún cinéfilo amante de la cultura pop podría ignorar. De la misma forma, saben con precisión las catástrofes que suelen acompañar esas cosmogonías.

Lautaro se carcajea de pronto a través de la línea. A los Gatica se les dificulta identificar si es una risa siniestra imitando a Vincent Price, la cual su tío ha perfeccionado a lo largo de los años a través de la devoción que profesa por el actor estadounidense, o bien es una risa burlona, grotescamente distorsionada por el altavoz.

—Claro que esto no es Prometheus o alguna otra película de Ridley Scott, sino la vida real. Así que tranquilos. Hay que ver qué sucede en las próximas horas —concluye Lautaro, disipando esa especie de tensión imaginaria a través de la línea telefónica.

Pero tanto los hermanos Tommy y Edmundo Gatica como el tío Lautaro, se quedan con la fantasía estimulada. Pensando en meteoritos y catástrofes. Drago, que sigue con movimientos espasmódicos cada vez más intensos en su sueño, podría suponerse que también.

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SEGUNDA TEMPORADA

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JUDGEMENT DAY

WHITESNAKE

La tarde está lluviosa y de colores tan pálidos que parecen procesados por uno de esos filtros que dejan las fotografías tipo vintage.

La luz del día envejeció prematuramente. Aún no anochece, pero el alumbrado público se encendió desde el mediodía y las calles fantasmales de la ciudad son recorridas casi en exclusiva por papeles solitarios, vasos cafeteros de cartón y otras basuras que algún puñado de sucios transeúntes arrojaron a su paso y que ahora son acarreados por un viento punzante que aguijonea el rostro de los pocos peatones que se ven por las aceras.

El azote del temporal lo experimentan también los locatarios de comercios del Centro Histórico del Distrito Mexicano que se entumen detrás de los mostradores, se frotan el cuerpo y beben sorbos de café humeante en vana espera de los clientes que no llegaron en toda la jornada.

Ya de por sí las ventas cayeron de manera preocupante en las últimas semanas en las que sólo abrieron a ratos, ante los disturbios que acompañaron a numerosas marchas de protesta política de varios sectores estudiantiles, académicos y sociales del país agrupados en el denominado Frente Libertario de Resistencia Nacional, que además instaló un plantón insignia en las inmediaciones del centro de la ciudad como acto opositor a una serie de reformas constitucionales que el gobierno busca ratificar en el Congreso Legislativo.

Aunque el conflicto no ha sido resuelto de raíz, la policía de la Federación se impuso en el Centro Histórico y replegó a los disidentes hasta escenarios menos protagónicos que el primer cuadro de la capital, en los que incluso podrían pasar desapercibidas las enmiendas constitucionales para modificar el rumbo del país, las reacciones de protesta a ellas y las medidas de la fuerza pública para contenerlas. En ese contexto, los comerciantes del centro no pueden permitirse el lujo de bajar las cortinas de sus locales, muchas de ellas aún pintarrajeadas con las consignas discrepantes del gobierno, pese a que la ruinosa condición climática de este domingo hizo que el pronóstico de clientes haya sido más que pesimista desde la mañana.

Los edificios públicos de estilo afrancesado que se alzan en el perímetro parecen abandonados. Y en parte es así, puesto que el fin de semana se unió con un trío de días feriados y los oficinistas no perdieron la oportunidad de orquestar el típico puente laboral, lo que significa que cuando vuelvan al trabajo habrá sido después de casi una semana de asueto.

Desde hace diez minutos, un grupo de siete helicópteros sobrevuela la zona del centro, trazando amplios círculos en el aire. Por la pintura de camuflaje y las siglas en color blanco de la cola, se distingue desde tierra que cuatro de las aeronaves son militares. Dos son de la fuerza policial, como lo indican sus insignias oficiales. El séptimo, de color amarillo, podría ser de algún medio de comunicación, aunque no podría asegurarse.

Pocos automóviles circulan espaciadamente y a baja velocidad con los cristales empañados sobre la Vía Maximiliano, pasando frente al Teatro Lírica Imperial, ese palacio con portal gótico que preside el primer cuadro de la ciudad, en cuya entrada en estos momentos se amontona un grupo de ancianos con impermeables fluorescentes, abrigos de lana, bufandas de rombos y paraguas de tamaño extragrande que sacuden bajo el pórtico salpicando a la gente próxima.

Algunas parejas menos añosas, vestidas con jeans, sudaderas y otras prendas casuales, así como jóvenes con atuendos inocultablemente hipster, new age o soft-dark, también arriban al recinto.

Como lo anuncia el afiche gigante colgado desde uno de los ventanales de la fachada principal, se presentará una función con arreglos orquestales de The Rocky Horror Show, el musical de culto escrito por Richard O’Brien que esperan con emoción muchas personas que nunca en su vida se habían interesado en acudir al Imperial.

La diferencia para que esas personas hoy asistan de manera entusiasta por primera vez a este teatro es que The Rocky Horror Show es una obra que les gusta y tienen fresca en la mente luego de que se pusiera de moda cuando algunos de sus fragmentos fueran interpretados en Glee, la popular serie juvenil de televisión. Por si fuera poco, el gobierno a través del Ministerio de Educación y Cultura ha extendido la invitación de entrada libre hasta donde el cupo lo permita.

En cambio, al público de la ópera, el habitual del recinto, no le ha hecho ninguna gracia que se programara en su gueto esta comedia musical; los más radicales califican de populista dicha presentación atípica; de degradación indefendible; de cortina de humo para calmar los ánimos caldeados de los manipulables jóvenes que se identifican con los grupos que protestan por las enmiendas constitucionales emprendidas por el Gobierno de la Federación, al que sin embargo hoy terminarán por seguirle el juego.

Aun así, los aficionados líricos más conservadores e ilustres también quieren estar presentes en el teatro. No quieren perderse la ocasión, porque en todo caso participarán cantantes de ópera que conocen e idolatran.

Pero tanto ellos como los neófitos asistentes al Imperial de momento miran con incertidumbre el sobrevuelo de los helicópteros y experimentan la tensión generada por los rotores y las palas girando en el ambiente, sobre sus cabezas.

* * *

En el vestíbulo del Teatro Lírica Imperial se escucha la segunda llamada que da un tipo jorobado, vestido de traje escarlata con botones de oro, haciendo repicar una campanilla de cristal.

En su afán por llegar de inmediato a la función, una vez que los helicópteros y su estresante sonido se han marchado al sur de la ciudad, la gente no presta atención a los frescos históricos que decoran las paredes del recinto e ignora las diversas obras plásticas que forman parte de su acervo.

En la sala de espectáculos, las personas avispadas buscan la fila y el asiento que indica el pase gratuito, pero numerado, que llevan en la mano y que revisan una y otra vez como si las coordenadas pudieran cambiar de repente. Los demás se dejan llevar por ancianas acomodadoras, amables y rutinarias, a las que ofrecen alguna moneda de baja denominación.

El público parroquiano es como un pueblo chico.

Todos, de alguna manera, se conocen entre sí. Quizá demasiado. Se saben sus apetencias, fobias y quereres; las fronteras en las que sus sentidos extravían la cordura.

Son como una gran familia.

Aunque esa familia sea disfuncional y sus integrantes no siempre se dirijan la palabra, se profesen odios apenas disimulados o se dividan en irreconciliables capillas adoradoras de diferentes santos, entre los que destacan los burócratas culturales encargados de la programación artística.

Los asistentes ocupan sólo el treinta y ocho por ciento del aforo total del teatro. La mayor parte de ellos han bajado de anfiteatro y galería para aprovechar los asientos vacíos en luneta y se acumulan en la butaquería próxima al escenario. Los niveles superiores quedan casi abandonados.

En realidad, en el Imperial no hay mucha afición cautiva para el arte lírico. Aunque el hecho de que ésta sea una presentación especial del polémico y bizarro musical de 1973, popularizado en años recientes por Glee, ha encendido una chispa en el ambiente y ha atraído público fresco de otros géneros y espectáculos.

Debido al tiempo ruinoso de la tarde quizá no será la función más entusiasta, pero los presentes lucen animados; unos porque ésta es su primera vez en el Imperial; otros porque juegan su rol de élite cultural y critican a los forasteros, los miran en menos y comentan con mofas las caras de sorpresa que ponen los jóvenes ante los lujos y refinamientos arquitectónicos del teatro.

Claro que entre el público asiduo también hay gente joven, aunque no siempre de espíritu y gustos. Los habituales departen en grupitos herméticos, formando una especie de apartheid lírico inconsciente, y pronostican fallas y debilidades de la trama a partir de la breve sinopsis que han ojeado en los programas de mano; suponen carencias de calidad compositiva en la música que nunca han escuchado. Critican lo que en rigor desconocen, ya que sin saberlo son «vírgenes de Rocky».

Los apartados, en cambio, sonríen en sus butacas, se toman selfies con distintos ángulos del Imperial como fondo, comparten sus expectativas musicales, recuerdan a Rachel Berry, la muerte de Cory Monteith y algunos episodios de Glee, incluido desde luego el 2x05.

Los tipos más conocedores del Imperial, entre ellos los críticos profesionales o autoerigidos que se apoltronarán en los palcos del mezzanine o en la luneta 2, a unos quince metros del escenario, simplemente canonizan y ejercen su pontificado ante los crédulos.

* * *

Una silueta se desliza por los pasillos penumbrosos del segundo piso detrás del escenario. Camina con torpeza; los brazos extendidos hacia el frente caen desganados a la cintura y vuelven a levantarse. En rigor, arrastra los pies por la duela vieja y deslucida que cruje con su paso. No se detiene en las puertas cerradas de vestidores destinados a cantantes comprimarios, ni en los cuadros con afiches y fotografías de personajes legendarios de la música y el canto que adornan las paredes.

Avanza.

Ignora de igual manera los múltiples objetos de utilería que hay sobre mesas de metal, en las que también se encuentran partituras anilladas y otros documentos fotocopiados. Se dirige hacia un camerino con la puerta entreabierta de la que sale una luz amarillenta que traza un triángulo rectángulo en el piso.

Es el camerino general de coristas masculinos, aunque dentro también deambulan mujeres que se mueven en todas direcciones sacudiendo el nerviosismo, en espera de que inicie la función.

Los cantantes vocalizan, se miran en los espejos de tamaño corporal, comprueban el maquillaje grotesco, sus galas outsiders, para la ocasión. Son menos de quince personas. No están los grupos integrales, ya esparcidos por ahí, cerca del escenario.

Algunas parejas se cuentan secretos, intrigan contra los directivos del Imperial, traman ardides, revisan sus particelle. Gastan bromas a sus compañeros, como en cualquier otra jornada de trabajo.

Las voces, las risas y las pláticas corales forman un bullicio intenso que sale del salón y, sin duda, atrae a aquella figura que se acerca emitiendo un gruñido ronco y excitado.

Apocalipsis zombi

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En el camerino del primer solista, que interpretará el papel del doctor Frank en esta versión en concierto —sinfónica pero semiescenificada pues los cantantes usarán vestuario acorde a la obra—, se realiza una entrevista para la televisora cultural de la Federación.

—Maestro Ramiro de Monteclaro, sé que la función está por dar inicio y usted debe preparar los últimos detalles para salir a escena y deleitarnos con su privilegiada voz —dice un joven reportero que antes de iniciar la charla se tomó numerosas fotografías con el cantante y le pidió dedicatorias en volantes publicitarios, inocultablemente fascinado por conocer en persona al entrevistado—. Pero para concluir esta conversación exclusiva para nuestros televidentes de Canal A-Más-Arte, desearía que me respondiera qué hay de cierto en una frase que suele repetirse en el medio lírico: ¿es verdad que al cantante de ópera sólo le importan dos cosas en la vida, él mismo y su voz?

—Ah, qué caray —responde el tenor Ramiro de Monteclaro alias El Querreque, apenas diluye una carcajada artificial dirigida hacia la cámara—. Pues, ya que lo dices, supongo que algo hay de eso, pero no creo que la frase sea exacta. Dicha de ese modo, sin el contexto debido para entender que un cantante requiere de enorme preparación, esfuerzo y sacrificio para realizar su arte, podría parecer que somos seres egoístas y vanidosos.

El reportero no para de sonreír y afirmar con la cabeza, mientras sujeta con una mano el micrófono con el cubo de Canal A-MásArte frente a la boca del Querreque. La otra la tiene posada sobre el hombro del tenor, postura que le brinda una ilusoria sensación de familiaridad que él —y no el medio de comunicación— cree haber generado.

—Pero lo cierto es que tenemos que cuidar nuestra voz para que esté en condiciones óptimas, que esté lista siempre para los grandes retos que nos imponen las partituras de los más grandes compositores de todos los tiempos y eso no es cualquier cosa —continúa Ramiro, mucho más curtido que el comunicador que tiene enfrente en las mieles del fugaz y aparente romance mediático entre el protagonista de una noticia y la prensa que le da cobertura—. Nosotros, los cantantes, somos los atletas de la voz. Y damos muchas satisfacciones internacionales al país, muchas más que los deportistas, porque metemos más goles en el mundo que todos esos futbolistas o boxeadores mediocres a los que la afición tanto celebra, ya que se siente atraída por lo fácil, por lo intrascendente, y no por este hermoso pero complejo y profundo arte que es el operístico. En todo caso, estoy aquí justamente para sensibilizar a mi pueblo. Para eso es esta presentación de hoy, con una obra en realidad ligera, una comedia musical adecuada para atraer al público que no conoce las obras más clásicas pero que podría interesarse en ellas; y también para ofrecer una imagen de que nuestro país es mucho más que la violencia, los capos de las drogas, la corrupción y todas esas protestas que salen en los noticieros y periódicos amarillistas diariamente. El público de este país merece que yo sacrifique los pocos ratos libres de mi agenda, los que robé con dolor a mi familia, a mi esposa y a mis hijos, para dedicarlos a la construcción y al progreso de esta hermosa nación. Ése es mi servicio social. Las autoridades culturales del Distrito Mexicano me invitan y yo vengo de todo corazón.

—Corte —el reportero se dirige al camarógrafo con un suspiro extasiado a partes iguales por el trabajo que realiza y las palabras que acaba de escuchar en voz de su nuevo ídolo, El Querreque.

El bajo-barítono Benny Figueroa corta la llamada de su celular y siente que el piso trepida, aunque no tanto como su cuerpo.

Intenta alcanzar el tocador de su camerino para sostenerse, convencido de que su sangre le circula por las venas de una manera extraña y anormal. No logra caminar con seguridad. Sus piernas titubean y al mirarse en el espejo con coqueta, que está iluminado por doce bombillas, el cantante apenas si se reconoce. No sólo se visualiza alterado, sino viejo. Casi calvo. Con arrugas a las que no había prestado atención y que a su juicio en este instante

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