PRÓLOGO
Miércoles, 6 de diciembre, 21.30 h
Hank Roberts caminaba a paso ligero, silbando alegremente, mientras se dirigía hacia el este por la calle Cuarenta y seis, en el barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen. Hasta finales de los años setenta y principios de los ochenta del pasado siglo aquel era un barrio obrero de estadounidenses de origen irlandés, con un montón de bares de mala muerte entre sus almacenes y bloques de pisos, y con un índice de criminalidad impresionante. En aquella época llamarlo sórdido habría sido usar un eufemismo, a pesar de que albergaba el aclamado Actors Studio y de que era el hogar provisional de muchos actores y actrices que soñaban con alcanzar la fama. Hank era consciente de la historia del barrio porque el holgazán de su hermano le había llevado en varias ocasiones desde su casa en Weehawken, en Nueva Jersey, cuando Hank no era más que un preadolescente flacucho, aún en secundaria, y su hermano acariciaba la idea de convertirse en actor.
Para llegar a Hell’s Kitchen, Hank había tomado un coche compartido en el Upper West Side, donde vivía actualmente, y le había pedido al conductor que le dejara en la esquina de la Duodécima Avenida y la calle Cuarenta y seis, literalmente a la sombra del portaaviones de la Segunda Guerra Mundial Intrepid, hoy convertido en museo y anclado permanentemente en uno de los muelles del río Hudson. El cielo estaba despejado y hacía frío, lo que justificaba el abrigo oscuro y el gorro de lana azul marino que llevaba en la cabeza. Colgada del hombro con una correa de cuero llevaba una cartera de Gucci que contenía una Glock 19 provista de silenciador, así como otras herramientas y material de limpieza que pensaba que podía llegar a necesitar, incluida una segunda Glock, el arma fantasma que planeaba dejar en el escenario, un tipo de arma no serializada que se monta con piezas sueltas y cuya compra no se puede rastrear.
Hank tuvo que contener la excitación mientras esperaba que cambiara el semáforo para poder atravesar la concurrida avenida. Una vez en el otro lado, se encontró caminando junto a una serie de bares y clubes elegantes y restaurantes multiétnicos encajados entre los pocos negocios originales que quedaban en el barrio, en rápido proceso de aburguesamiento. A pesar de ser un miércoles por la noche, estaba atestado de gente bien vestida, y el aspecto general era muy diferente al del lugar que había visitado de jovencito con su hermano. Al igual que el entorno, él también había cambiado mucho: ya no era un chaval enclenque de cuarenta kilos, sino un ex Navy SEAL de cuarenta y ocho años, metro noventa y noventa y cinco kilos de peso, puro músculo, que aún entrenaba a diario.
El motivo de que Hank se sintiera tan animado pero algo nervioso era que estaba implicado en cuerpo y alma en una misión. La empresa para la que trabajaba, Action Security, le había encargado un trabajo que había hecho necesaria una considerable planificación las veinticuatro horas anteriores, por lo que le iban a pagar una cantidad extra considerable, además de su sueldo habitual. Al igual que en sus otras misiones para Action Security, de las que había ejecutado ya casi una docena, la de esa noche iba a requerir que hiciera gala de su amplia experiencia militar, así como de la formación que había recibido en Guerra Naval Especial durante la instrucción para convertirse en un SEAL, la unidad de élite de la Marina de Estados Unidos.
Toda esa preparación convirtió a un veinteañero Hank Roberts, hasta ese momento un universitario normal, empático, atlético y competitivo, en un hábil asesino. Todo había ido bien hasta su cuarta misión, que había tenido lugar en Idlib, en Siria. El objetivo de aquella misión era acabar con Abu Rahim al-Afri, un líder de segundo rango del Estado Islámico de Irak y el Levante. Lo había conseguido, pero aquello había dejado una huella permanente en él. Seis años más tarde aún recordaba detalles de la funesta operación como si hubiera tenido lugar la semana anterior. En aquella época Hank formaba parte del Team Five de los SEAL, desplegado en Irak, donde había participado en cuatro operaciones exitosas contra el ISIS, en las que no había sufrido ni un rasguño gracias a la gran labor de espionaje desplegada, a la gran planificación, a los complejos simulacros previos y a una ejecución impecable.
Aún ahora, mientras se acercaba al escenario de la misión de esa tarde, recordaba como si fuera ayer cuando estaba sentado en aquel helicóptero Black Hawk con seis de sus compañeros SEAL. Camaradas en la oscuridad de la madrugada, acercándose al objetivo y sintiendo el inevitable subidón de adrenalina. Con el inevitable ruido del motor del helicóptero y el característico repiqueteo de sus rotores no había conversación posible, ni había motivo para pensar que aquella misión fuera a ser diferente de las cuatro anteriores, ya que la preparación había sido similar, incluidos los completos simulacros.
Una vez situados sobre el objetivo, que era un bloque de hormigón de dos plantas con un apartamento, Hank había sido el segundo en bajar por la soga rápida, apenas un instante después del teniente comandante Miller, tal como habían planeado. Mientras se deslizaba por la cuerda, le sorprendió oír el típico ratatatá de un Kalashnikov a pesar del ensordecedor ruido que producían el helicóptero y el viento. Habían vigilado la casa del líder terrorista durante casi un mes y nunca había habido ningún vigilante en la azotea, pero era evidente que esa noche la situación había cambiado.
Dejándose llevar por el instinto, Hank soltó inmediatamente la cuerda y se dejó caer el último metro y medio, en lugar de esperar a sentir el contacto del suelo contra las botas. El resultado fue que cayó con todo su peso sobre el cadáver del teniente comandante Miller. Mientras rodaba por el techo de hormigón consiguió sacar su arma de mano P266, porque el rifle de asalto M16A2 lo tenía colgado a la espalda, bien pegado al cuerpo para facilitar el descenso desde el helicóptero. En ese mismo momento, el suboficial jefe Nakayama aterrizó sobre Miller y Hank. Por el sonido de sus agonizantes jadeos y sus espasmos, supo que Nakayama también había sido alcanzado por las balas del guardia del ISIS, pero su afanosa respiración se silenció del todo cuando recibió varios disparos más.
Con cierto esfuerzo, porque tenía el cuerpo de Nakayama encima, se echó boca abajo y miró por encima del torso de Miller. Gracias a la luz verdosa de sus gafas de visión nocturna localizó al guerrero del ISIS protegido tras la estructura que daba acceso a la escalera, por la que debían acceder al interior del edificio. Con el arma apoyada en la cintura y apuntando hacia arriba el terrorista disparaba ahora hacia la panza blindada del Black Hawk, iluminando la azotea con los destellos procedentes del cañón del Kalashnikov. Sin dudarlo un segundo, Hank usó la mira láser de su pistola SIG Sauer para apuntar al guardia y disparó varias veces. Al momento vio que el hombre dejaba caer su arma, retrocedía unos pasos trastabillando y caía después sobre la superficie de la azotea.
Apenas un instante más tarde Hank se vio rodeado por otros tres compañeros de equipo, que llegaron a la azotea sin problemas mientras el Black Hawk se alejaba, a la espera de que lo llamaran para la extracción. Los tres miembros de la unidad de élite de la Marina ya tenían sus rifles de asalto en las manos. Hank se giró hacia el teniente D’Agostino e hizo un movimiento con el pulgar de lado a lado del cuello señalando a Miller y Nakayama. El teniente asintió e indicó con un gesto a los miembros que quedaban de su equipo que se dirigieran a la salida de la escalera, donde reventaron la puerta.
El resto de aquella fatídica misión fue igual de desastroso, aunque no hubo más bajas en el Team Five de los SEAL. El ruido del helicóptero y los disparos en la azotea habían alertado a los ocupantes del edificio, en particular al objetivo, cuya reacción fue abandonar su dormitorio, en la primera planta, y buscar refugio entre su reducido harén, en la planta baja.
Con el conocimiento exhaustivo que tenían de los planos del edificio, los SEAL no tuvieron ningún problema para encontrar a Abu Rahim al-Afri y acabar con él, pero no antes de que otros combatientes del ISIS de edificios cercanos se hubieran despertado y hubieran acudido para participar en lo que se convirtió en un intenso tiroteo. A diferencia de las otras misiones en las que había participado Hank, esta acabó provocando una terrible pérdida de vidas humanas, incluidas las de mujeres y niños. A esto hubo que sumarle que la extracción se retrasó y resultó bastante complicada, porque tuvieron que hacer llegar hasta allí una plataforma de extracción táctica aérea para recoger los cadáveres de Miller y Nakayama y llevarlos de vuelta a la base. Los SEAL no abandonaban a sus compañeros en el campo de batalla.
Mientras Hank se acercaba a su actual objetivo, que ahora estaba a menos de media travesía de distancia, sintió un reconfortante subidón de adrenalina que le recordó su tiempo de servicio activo. Para él era como el chute de un adicto, algo que necesitaba desesperadamente. Lo malo era que al mismo tiempo esa euforia también le recordaba lo mucho que le había afectado aquella fatídica misión en Idlib. Aunque había tenido la suerte de sobrevivir, lo que no se esperaba era que, a partir de aquel día, su vida privada se vería afectada. Incluso antes de lo de Idlib, su habitual carácter tranquilo y sereno había ido cambiando con el paso de los años, con cambios de humor repentinos e inesperados, flashbacks de sus misiones y dificultades para dormir, sobre todo mientras estaba en casa, de permiso, lejos de su equipo. Cuando su mujer se lo decía, él lo negaba con vehemencia. En cambio, no tenía ningún problema en señalar que su carácter impredecible estaba afectando negativamente a la familia, en particular a sus dos hijas pequeñas. El problema era que como militar de una unidad de élite estaba condicionado —casi le habían lavado el cerebro— para no admitir ese tipo de debilidades humanas.
La consecuencia fue que, unos seis o siete meses después del desastre de Idlib, su vida privada colapsó, lo que desembocó en un diagnóstico de trastorno por estrés postraumático (TEPT). A pesar de sus vanos intentos por negar la realidad, tuvo que acabar enfrentándose a un divorcio conflictivo, al licenciamiento de la Marina y a la pérdida de la custodia e incluso del derecho a visitar a sus hijas.
El siguiente año fue un auténtico descenso a los infiernos, con una serie de infructuosos tratamientos para el TEPT con varios métodos de psicoterapia y fármacos en fase de estudio que tuvieron un efecto mínimo o nulo. Empezó a beber más y a tomar drogas, y casi había perdido la esperanza. Estaba desesperado. Pero entonces, como en respuesta a sus oraciones, recibió una llamada de Chuck Barton, ex compañero en los Navy SEAL algo mayor que él, al que había conocido brevemente cuando Hank estaba acabando su instrucción. Tras dejar el ejército, Chuck había creado una exitosa empresa llamada Action Security, en la que trabajaban sobre todo ex militares de las fuerzas especiales. Tras varias reuniones, en las que Chuck restó importancia a los supuestos problemas psicológicos de Hank —que este no intentó ocultarle—, le ofreció un trabajo que le aseguró que sería perfecto para su nivel de formación y experiencia. Hank lo recibió como maná caído del cielo y aceptó. Y supuso una recuperación de autoestima casi mágica, así como un alivio de su TEPT, especialmente después de realizar unas cuantas misiones con otro empleado de Action Security, David Mach, ex Ranger del ejército. Esas misiones suponían viajar a México a petición de un cártel de la droga para eliminar a ciertos individuos que habían caído en desgracia en la organización o que se habían pasado a algún cártel rival.
A partir de entonces, mientras estaba ocupado con ese tipo de misiones, que él interpretaba como una terapia de inmersión real, en contraste con los tratamientos psicológicos que había probado antes, sus síntomas fueron mejorando. Muy pronto volvió a dormir razonablemente bien, las terribles pesadillas desaparecieron, estaba más centrado e incluso pudo volver a ver a sus hijas.
Seis meses más tarde las cosas mejoraron aún más cuando Action Security empezó a trabajar para un nuevo cliente llamado Oncology Diagnostics. Aquello supuso para Hank un gran impulso. No tenía muy claro qué era lo que hacía exactamente aquella empresa de servicios de salud, pero no le interesaba ni quería descubrirlo. Lo que le importaba era que ya le habían encargado seis misiones allí mismo, en Nueva York, con lo que se ahorraba tener que hacer viajes internacionales y la complicada logística que ello suponía. Todas aquellas misiones las había llevado a cabo él solo, aunque David Mach estaba disponible por si lo necesitaba. La misión que iba a ejecutar ahora era para esa misma empresa de salud, y Hank confiaba en que no necesitaría apoyo, lo que suponía un ahorro considerable para el cliente.
A medida que se acercaba a su objetivo empezó a preguntarse una vez más por qué iba a necesitar eliminar a nadie una organización médica; eso era algo que le tenía desconcertado. Sin embargo, estaba agradecido con la oportunidad que le había caído del cielo para volver a empezar y no pensaba poner objeciones. Lo que hacía más complicadas esas misiones en Nueva York era que el cliente insistía en que se realizaran de modo que no provocaran ninguna investigación por homicidio. Eso exigía una planificación mayor por parte de Action Security y, en particular, por la de Hank, y la solución que habían decidido adoptar desde el principio era hacer que esas muertes parecieran suicidios. Por lo que sabían él y Action Security, de momento ese sistema había funcionado. Lo importante era la satisfacción del cliente. En cuanto al objetivo actual, un hombre de treinta años, Hank había planeado el mismo formato, y ese era el motivo de que llevara una pistola fantasma.
Pasó junto a una tienda del Ejército de Salvación, aún cerrada, y varios portales más allá llegó a un edificio de ladrillo de cinco plantas con una gran cornisa decorativa. Gracias a la investigación realizada en las últimas veinticuatro horas, sabía que el objetivo, Sean O’Brien, vivía solo en la tercera planta, en el apartamento de atrás. Sean llevaba tres años viviendo en Manhattan, y trabajaba en el mundo de las finanzas. Tenía una novia, pero solo la veía los fines de semana, lo cual suponía que la posibilidad de que estuviera solo un lunes era de casi un cien por cien. Aunque se había cruzado con unos cuantos noctámbulos aún de fiesta en el bloque anterior, entre la Duodécima y la Undécima Avenida, donde ahora se encontraba, no había ni rastro del millón y medio de personas que vivían en Manhattan. Las circunstancias eran casi perfectas.
Sintiendo el subidón de adrenalina, sacó un sobre vacío de su bolsa dirigido a Sean O’Brien, con Oncology Diagnostics como remitente, y subió los tres escalones de la entrada del edificio para llegar al interfono, que estaba a la derecha del portal. Apretó el botón del apartamento 3B y esperó. Estaba entrenado para transmitir calma y tranquilidad. Después de consultarlo con el cliente y con el equipo de operaciones de Action Security, Hank tenía claro lo que quería decir. Por fin se oyó el murmullo de la electricidad estática y una voz:
—¿Dígame?
—Señor O’Brien —dijo Hank, acercándose al interfono—, tengo una carta para usted de Oncology Diagnostics. Por lo visto es un asunto de máxima urgencia.
—¿En serio? —preguntó Sean.
—Eso parece —respondió Hank.
Tras una breve pausa, que Hank ya se esperaba, puesto que la misma se había producido en las seis misiones anteriores realizadas para Oncology Diagnostics, la puerta emitió un sonoro zumbido. La abrió rápidamente y entró en el edificio. Al igual que en las otras misiones, pensó con satisfacción, todo estaba saliendo perfectamente.
1
Jueves, 7 de diciembre, 5.45 h
Laurie Montgomery se despertó sobresaltada al oír la alarma de su móvil. Era el sonido de radar instalado por defecto y no era excesivamente estridente, pero se lanzó a la mesilla y agarró el teléfono con fuerza, como si su vida dependiera de ello. Desde que era adolescente, los despertadores siempre habían activado en ella una especie de reacción de enfrentamiento o huida que era incapaz de controlar. En el pasado la causa era el miedo a llegar tarde a clase y sufrir las consecuencias, aunque nunca había sido impuntual. Con el tiempo había ido analizándose y había llegado a la conclusión de que ese hábito se debía a un miedo condicionado a las figuras de autoridad, como el director del colegio, y al temor de suscitar su ira, algo de lo que hacía responsable a su padre, un cirujano cardiovascular autoritario y distante emocionalmente.
Después de apagar la maldita alarma, se concedió unos momentos para arrebujarse de nuevo entre las sábanas, calmarse y prepararse para el ajetreado día que tenía por delante. También se giró hacia Jack para darle el primero de los muchos empujones necesarios para hacerle reaccionar. Pero se encontró con el segundo sobresalto del día: ¡su marido no estaba ahí!
Volvió a sentarse en la cama, en la oscuridad de la madrugada, mientras un mínimo atisbo de los primeros rayos del sol se colaba por entre las dos ventanas, que daban a la calle Ciento seis, en el Upper West Side de Manhattan, y frunció los párpados, aguzando el oído en busca de cualquier sonido inusual en el silencio reinante. Como madre, su primer pensamiento iba siempre dirigido a sus hijos, Jack Junior —J.J.—, que tenía trece años, y Emma, de siete, preguntándose si alguno de los dos se habría despertado y habría sacado a Jack de la cama. La otra posibilidad era que le hubiera pasado algo a Dorothy, su madre, que seguía viviendo con ellos tras la muerte del padre de Laurie. Con cierto alivio, oyó el ruido distante pero tranquilizador del agua de la ducha. Estaba claro que Jack se acababa de levantar, sin despertarla, y que ya se estaba duchando.
Se concedió otro minuto entre las sábanas calientes, y se preguntó qué sería lo que había despertado a su marido. Desde su terrible accidente de bicicleta un año atrás, cuando había sido arrollado por un conductor kamikaze, lo que le había obligado a seguir un largo proceso de recuperación para curarse de las fracturas de cadera y peroné de la pierna derecha, era siempre ella la que le despertaba a él y no al revés, a pesar de lo mucho que le costaba abrir los ojos por las mañanas.
El motivo era sencillo: a ella le gustaba la noche, y se relajaba leyendo en la cama —en muchos casos más rato del que debería— antes de apagar la luz. En sus tiempos de universitaria, en la facultad de Medicina, e incluso cuando empezó a trabajar como forense, solía leer novelas británicas del siglo XIX. Pero cuando aceptó dirigir la Unidad Forense de la ciudad de Nueva York, aquello cambió. Ahora todo lo que leía en la cama estaba relacionado con el trabajo, porque siempre tenía la sensación de que había algún detalle que repasar, aunque pasaba cada día diez horas —y en ocasiones hasta doce— en su despacho. Cuando aceptó el cargo, cinco años atrás, no tenía ni idea de que iba a requerir tanto tiempo y dedicación, y darse cuenta de ello resultó duro. Ahora, cuando lo pensaba, era la primera en admitir que habría tenido que adivinarlo. Al fin y al cabo, sabía que la Oficina del Médico Forense Jefe de Nueva York, la OCME, tenía que revisar más de setenta mil casos de muertes al año, y que debía estar activa veinticuatro horas al día, siete días a la semana y trescientos sesenta y cinco días al año. También sabía que para llevar a cabo esa ardua tarea eran necesarios más de seiscientos funcionarios, entre ellos unos cuarenta forenses de carrera, otros tantos investigadores médico-legales y un presupuesto de más de setenta y cinco millones de dólares. Ser la forense jefe de la ciudad de Nueva York, la mayor institución de este tipo en el mundo, no era un cargo menor.
Después de salir del hospital y volver a casa tras su accidente y la consiguiente intervención, Jack se había pasado casi una semana entera en la cama, lo cual significaba que Laurie tenía que usar un despertador por las mañanas, ya que él dormía más de lo habitual. Pero más tarde, cuando él insistió en volver al trabajo, pese a no haber recuperado toda la movilidad, ella por fin aceptó hacer uso de una ventaja propia de su cargo: disponer de transporte al trabajo. Pero como era perfectamente consciente de los problemas de presupuesto, decidió no pedir un nuevo vehículo ni crear un nuevo puesto de chófer para su uso personal, y recurrir al personal y al parque móvil del Departamento de Transporte de la OCME para llevarlos a ella y a Jack a la morgue y a casa. El único problema era que el cambio de turno de los conductores se producía a las siete de la mañana, lo que significaba que tenían que recogerlos bastante antes de que acabara el turno, es decir, sobre las seis y media. Dado que a ella le llevaba algo más de tiempo arreglarse que a él, tenía que despertarse antes. Previo a sufrir el accidente, era Jack quien se levantaba primero y la despertaba antes de irse a trabajar en su bici. Ese había sido su modus operandi matutino durante más de diez años.
Con un suspiro, consciente de que no podía retrasarlo más, Laurie apartó las sábanas, se levantó, flexionó los dedos de los pies, los metió en las zapatillas y se puso la bata. Entró en el baño y sintió el agradable calor de la humedad del ambiente. En el momento en que llegó a su lavabo —en el baño había dos, uno al lado del otro— Jack estaba cerrando el grifo. Salió de la ducha, con las costuras cicatrizadas de la cadera y la pantorrilla de un rojo encendido a causa del agua caliente.
—Buenos días tenga usted —dijo alegremente, imitando un afectado acento inglés mientras tiraba de la toalla colgada del toallero caliente.
—Buenos días —dijo Laurie, mirándose al espejo para pasar revista a lo que ella llamaba los daños causados por el sueño nocturno—. ¿Por qué estás tan contento?
—¡Hoy es el día! —exclamó Jack animado, cubriéndose la cabeza con la toalla para secarse el cabello—. ¡Estoy entusiasmado!
—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Laurie—. ¿Qué es lo que tiene de especial el día?
La habitual energía de Jack nunca dejaba de sorprenderla, pero esa mañana se le veía aún más efervescente que de costumbre.
—Hoy es el día en que por fin me darán la nueva bici Trek que encargué hace cuatro meses —dijo Jack, colgando su toalla. Se miró al espejo y, con un par de golpecitos se arregló el cabello, que llevaba a lo César. Luego se dirigió a la puerta que daba a lo que llamaban el vestidor, que conectaba el dormitorio con el pasillo—. Aún no me puedo creer que haya tardado tanto —comentó, sin girarse, antes de desaparecer. Levantó la voz para que lo oyera y añadió—: Si hubiera tenido la más mínima idea de lo mucho que iba a tardar con todos esos problemas de suministro causados por la pandemia, la habría encargado nada más salir del hospital.
—¡Dios santo! —exclamó Laurie en voz baja, sin apartar la vista del espejo. Lo cierto era que ya se había olvidado de la bici, y esperaba que Jack también lo hubiera hecho. Nunca le había agradado que la bicicleta fuera su medio de transporte preferido y, tras el accidente, esperaba que Jack hubiera pillado el mensaje y que por fin se hubiera pasado a su bando. Aunque el vehículo de dos ruedas fuera cada vez más popular en la ciudad, con todas esas estaciones de bicis de alquiler que habían aparecido por todas partes y con los nuevos carriles bici, ella seguía pensando que en Nueva York solo podían ir en bicicleta quienes apreciaran poco la vida. La OCME registraba habitualmente de treinta a cuarenta muertes al año por accidente de bicicleta y la cifra iba en aumento, sobre todo porque la gente que las alquilaba raramente usaba casco y porque las bicicletas eléctricas iban demasiado rápido.
Se apoyó en el borde del lavabo y decidió que no quería iniciar un acalorado debate sobre por qué pensaba que, como padre y marido, la decisión de Jack de ir en bici, con el peligro que eso suponía, era irresponsable y hasta egoísta por su parte. Ya hacía tiempo que había aceptado que esa discusión no iba a ganarla, dado que el ir en bicicleta, e incluso los duros partidos de baloncesto en la pista del barrio, suponían para él mucho más que un medio de transporte o la práctica de ejercicio. Ambos eran para él un modo de enfrentarse a los demonios que le perseguían por la pérdida de su primera familia, de la que aún se culpaba. Visto así, tampoco era tan malo. Y esa ansiedad contenida era también la causa de la intensidad que ponía en su trabajo como forense. En la OCME era, con mucho, el más productivo de todos los forenses, siempre dispuesto a afrontar nuevos retos con los que ocupar la mente.
Laurie suspiró. Era una batalla perdida, así que para evitar el conflicto cambió de tema.
—Yo también estaba deseando que llegara este día —dijo, levantando la voz para que la oyera.
—¿De verdad? —preguntó él, asomándose a la puerta del vestidor mientras se ponía la camiseta—. ¿Qué pasa hoy?
—Es jueves —dijo ella, intentando pensar en algo que resultara creíble. Un año atrás había establecido la norma de que cada jueves haría una autopsia con uno de los becarios que hacían sus prácticas en la OCME para poder graduarse como patólogos forenses, o con uno de los dos patólogos residentes de la Universidad de Nueva York que hacían su rotación de un mes en el departamento durante el cuarto año de carrera. Así que el jueves era su día preferido de la semana.
Además de las largas jornadas de trabajo y de las frustraciones que le causaba el aspecto político de su cargo, lo que menos le gustaba a Laurie de su puesto era que echaba de menos ejercer de forense, el desafío que suponía hacer autopsias y poder determinar la causa y la forma de la muerte. Para ella su trabajo era una vocación, la oportunidad de hablar por los muertos. Aunque hacía lo que ella llamaba rondas de supervisión cada mañana, lo que significaba bajar a la sala de autopsias y pasar brevemente de mesa en mesa para escuchar la presentación de cada caso y hacer sugerencias o dar consejos basados en su amplio conocimiento y su experiencia en el campo, eso no era lo mismo que participar personalmente en un caso.
—¡Ah, vale! —dijo Jack, aunque ya había desaparecido otra vez—. ¿Esta mañana vas a hacer una autopsia?
—¡Por supuesto! —gritó Laurie—. No me lo perdería por nada del mundo. Es lo que me ayuda a mantener la cordura.
—¿Con quién vas a trabajar hoy? —respondió Jack, con otro grito.
—Qué curioso que me lo preguntes. Con uno de los nuevos patólogos residentes que empezaron el viernes. Se llama Ryan Sullivan. ¿Lo conoces?
Jack volvió a aparecer en la puerta del baño. Ahora se estaba abotonando una de sus camisas de cambray que, con su americana de pana, componían su atuendo habitual.
—No, aún no he hablado con él, pero le he visto a él y a la otra residente en la sala de autopsias. No he trabajado con ninguno de los dos.
Jack aún no había recuperado su velocidad de trabajo habitual ya que, a pesar de haber retomado todas sus actividades, como el baloncesto a media pista, tras la operación de cadera se cansaba si pasaba mucho tiempo de pie junto a la mesa de autopsias. El doctor Chet McGovern, responsable de los residentes en calidad de director académico, había evitado asignar a los nuevos a los casos de Jack por miedo a que eso pudiera alargar las autopsias.
—¿Has oído algo de los otros forenses que han trabajado con él?
Jack negó con la cabeza.
—Nada. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque Chet tenía mucho interés en que hoy trabajara con él. Según él, Ryan muestra poca disposición. No le gusta demasiado la patología forense y parece molesto de tener que pasar aquí un mes. Así que ha escurrido el bulto de algunas de las autopsias que se le han asignado, especialmente por las tardes, cuando se escabulle al Hospital Pediátrico de Hassenfeld para repasar los casos de patología pediátrica.
—Oh, oh —dijo Jack—. Creo que estoy teniendo un déjà vu.
—Tienes razón —dijo ella. Unos años atrás habían tenido un problema similar con una de las residentes de la Universidad de Nueva York, Aria Nichols, que también había eludido sus responsabilidades durante el período de residencia en la OCME. En aquella ocasión Chet le pidió a Laurie que hiciera una autopsia con ella para ver si podía despertar el interés de la joven por la ciencia forense, algo que ya había conseguido con gran éxito al menos con otra residente en el pasado. Desgraciadamente, aunque una vez más lo consiguió, la historia tuvo un final triste y trágico. Despertar el interés de la mujer por la ciencia forense llevó a una serie de situaciones que en última instancia provocaron su asesinato, y que Jack tuviera que hacerle la autopsia a la joven residente. El cadáver al que habían hecho la autopsia juntas Laurie y Aria correspondía a un caso supuestamente de sobredosis, pero que al final resultó ser homicidio, y cuando Aria descubrió al asesino, este la mató.
—No me digas que este Ryan Sullivan es otra Aria Nichols —dijo Jack, poniendo los ojos en blanco.
—También a mí se me ha pasado por la cabeza —dijo Laurie—. Pero antes de que pudiera planteárselo, Chet me ha tranquilizado al asegurarme que Ryan no tiene esa agresividad antisocial que mostraba Nichols. De hecho, da la impresión de que Ryan es todo lo contrario. Por lo visto tiene una personalidad pasivo-agresiva. Lo bueno es que se supone que es tan listo como lo era Nichols. Según Chet, ya le han ofrecido una beca de patología pediátrica en la Universidad de Nueva York. Eso no es nada fácil, así que en otros campos debe de ser un residente de lo más brillante.
—¡Menudo consuelo! Que tengamos a un segundo residente problemático no hace más que poner en evidencia que el paso por la OCME debería ser voluntario, y no un requisito obligatorio para todos los residentes de patología anatómica de la universidad. Y dado que eso no va a pasar, se me ocurre que al menos deberíamos estar avisados cuando un residente presenta una actitud negativa, para que podamos estar preparados.
—No podría estar más de acuerdo —dijo Laurie—. Es una sugerencia interesante. Siempre he querido tener una excusa para ir a conocer a la nueva jefa del Departamento de Patología Clínica de la Universidad de Nueva York. Podría ser la ocasión. A ver si encuentro un momento esta tarde. Al menos servirá para comunicarle al departamento que, tras la tragedia de Aria Nichols, hemos animado a nuestros forenses a que les den ocasión de participar más a los residentes, sobre todo después de que nuestro consejo general nos prohibiera darles más responsabilidad efectiva.
—¡Oh, oh! —exclamó Jack, poniéndose el reloj en la muñeca y mirando la hora—. Más vale que te metas en la ducha. Ya son más de las seis.
—¡Joder! —respondió Laurie, dejando caer la bata y quitándose las zapatillas con sendas patadas al aire. Una vez en la ducha, le gritó—: ¡Ya que estás vestido, ¿qué tal si preparas café?!
—Ahora mismo.
2
Jueves, 7 de diciembre, 7.00 h
El sonido agudo de grillos procedente del teléfono de Isabella Lopez la despertó de golpe. En cuanto apagó la alarma, lo primero que notó fue que tenía la boca seca como el esparto. Por suerte había un vaso de agua casi lleno sobre la mesita de noche. Lo segundo que observó fue que tenía un ligero dolor de cabeza, sin duda porque había bebido demasiado la noche anterior. Como siempre, se juró que iría con más cuidado en el futuro, aunque sabía perfectamente que la próxima vez que saliera de noche disfrutaría del momento, como era habitual en ella.
Isabella era una cubana-americana de segunda generación. Tenía veintiocho años, había estudiado diseño gráfico en la Universidad de Florida y estaba muy centrada en su carrera profesional. De hecho, tras muchos esfuerzos había conseguido un puesto de trabajo estupendo de publicista en Nueva York, y estaba disfrutando como nunca en la Gran Manzana.
Se giró y se quedó mirando a Ryan Sullivan, que curiosamente no había reaccionado al sonido de la alarma. Seguía profundamente dormido, tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre el pecho, respirando profundamente. Estaban en el apartamento de él, en el barrio de Kips Bay, en la calle Veinticinco Este. Solo hacía dos meses que se conocían, después de haber contactado por internet, pero las cosas iban bien. Era la tercera noche que pasaban juntos, y él le había dado una llave de su apartamento, para que pudiera usar de vez en cuando su fantástico ordenador Razer, que tenía una tarjeta gráfica mucho mejor que la del Mac de ella. Viéndolo dormir, tenía que admitir que en persona resultaba igual de atractivo que en las fotos: una piel de porcelana, cabello oscuro, pómulos marcados, una sonrisa arrebatadora y, sobre todo, una nariz afilada que le daba envidia. Era el tipo de nariz que había deseado tener desde que era adolescente.
Lo que más le había sorprendido a Isabella de Ryan era que fuera médico de verdad. Cuando se lo dijo la primera vez, por internet, no le había dado mucha credibilidad. Por su experiencia, los personajes que se creaba mucha gente en las redes no siempre coincidían con la realidad. Esas discrepancias nunca le habían molestado demasiado, porque siempre se había tomado el flirteo con hombres por internet como una especie de juego, y casi nunca había sentido la necesidad de quedar con ellos en persona, así que no le importaba. Lo que le divertía más era pillar las falsedades que publicaban; era como un desafío, y compensaba el tiempo que dedicaba a rebuscar entre cientos de personas en sus aplicaciones de citas favoritas. Con Ryan había sido diferente, dado que lo que decía ser coincidía por completo desde el día uno, a pesar de los esfuerzos de Isabella por buscar contradicciones en su historia.
Las otras noches que habían salido juntos las habían pasado en clubes muy ruidosos, con música estridente y, al menos para Isabella, demasiado alcohol, lo cual había imposibilitado tener una conversación de verdad. En cambio, la noche anterior habían quedado para cenar en el Via Carota, en el Greenwich Village. Aunque el restaurante estaba abarrotado, habían podido hablar largamente. Ryan se había pasado un buen rato quejándose de su situación actual, diciéndole que era residente de patología, pero que tenía que pasarse un mes en la morgue de la ciudad, conocida como OCME. En lugar de salvar a gente, estaba haciendo autopsias de cadáveres, y era algo que no le gustaba nada. No veía el momento de que acabara. Ella no podía hacer otra cosa que compadecerle, ya que efectivamente le parecía horrible, hasta el punto de despertarle el instinto materno, algo bastante nuevo en ella.
Tras echar un nuevo vistazo al teléfono y ver la hora que era, Isabella se dio cuenta de que tenía que ponerse en marcha, ya que no podía llegar tarde al trabajo. Los jefes lo interpretarían como desinterés.
Volvió a mirar a Ryan, intentando decidir qué hacer. Podía levantarse de la cama, vestirse y marcharse. Sin embargo, teniendo en cuenta la interacción de la noche anterior, en la que ella también había revelado más de sí misma de lo que era habitual, le sabía mal marcharse con esa aparente indiferencia. Así que se apoyó en el codo y, alargando la otra mano, le agitó suavemente el hombro. Él abrió de pronto sus ojos de color avellana y levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué hora es? —preguntó, de pronto angustiado.
—Es temprano —dijo Isabella, agarrando la sábana bajo la barbilla para taparse—. Poco más de las siete, pero tengo que volver a mi apartamento a cambiarme antes de ir a trabajar. No quería irme sin decir nada.
—Te lo agradezco —respondió Ryan, dejándose caer de nuevo en la cama. Aparentemente aliviado de no tener que salir corriendo, se relajó y colocó las manos tras la nuca. Hasta suspiró, aliviado.
—Anoche me lo pasé muy bien —dijo Isabella, relajándose a su vez. De pronto se dio cuenta de que su apartamento estaba a un paseo a pie, en Gramercy Park, lo que significaba que tenía más tiempo del que creía en un principio, y no tenía que correr tanto.
—Yo también —dijo él—. Espero no haber sido demasiado pesado al contarte cosas de mi vida.
—En absoluto. A mí también me preocupaba haber hablado demasiado de mí.
—Para nada. Me gustó saber cosas de tu trabajo. Yo no sé nada del mundo de la publicidad y es agradable ver la emoción con la que hablas de lo que haces. Por supuesto me dio envidia, sobre todo si lo comparo con lo que me enfrento estos días en la morgue de la ciudad. Es una jodida pesadilla.
—Haces que suene muy desagradable.
—Repulsivo, más bien —dijo Ryan, agitando una mano, como asqueado—. Especialmente con mi olfato. Aunque me ponga dos mascarillas, algo que probé ayer, me cuesta entrar en la sala de autopsias, sobre todo cuando hay un cuerpo putrefacto o con gusanos. —Hizo una mueca y se estremeció—. Perdona, no debería darte tantos detalles, pero es asqueroso.
—¡Joder! —exclamó Isabella, arrugando la nariz—. No me lo puedo imaginar.
—Créeme, lo odiarías tanto como yo. Como cualquier persona normal. A decir verdad, no sé cómo voy a soportar pasar ahí el resto del mes. De verdad es una pesadilla. No lo digo en broma. Hasta el edificio es un desastre. Debe de ser uno de los más feos de la ciudad, incluso está programada su demolición. Por mí, cuanto antes, mejor. Y el interior es peor que el exterior, sobre todo en la sala de autopsias y en sus alrededores. No te exagero: es como el decorado de una vieja película de terror. Y eso es solo el espacio físico. ¿Anoche te describí a alguno de los habitantes de este inframundo?
—No. ¿También dan miedo?
Durante la cena, mientras escuchaba cómo se lamentaba de su actual situación laboral, se le había ocurrido preguntarse a qué tipo de médico podía gustarle un ambiente así. Le resultaba inconcebible que alguien decidiera tratar con la muerte todo el día, todos los días, año tras año, después de dedicar tanto tiempo y energías a completar los estudios de medicina para aprender a curar a la gente.
—Más que dar miedo es que son tipos extraños. Todos los que he conocido hasta ahora tienen algo raro, en particular el forense que nos supervisa a los residentes. Anoche no te lo mencioné, pero la otra residente que está conmigo es una lameculos, lo cual me deja aún en peor lugar. En cualquier caso, nuestro supervisor está encantado con ella. El primer día me llevó aparte y me preguntó si estaba casada o si tenía novio formal. Es evidente que es un depredador. Y además de ese misógino, la gran jefa, con la que apenas hablé el primer día, es de esas que sientan cátedra desde el púlpito, y está convencida de que la medicina forense es la especialidad reina. Lo curioso es que su marido también es forense en el mismo centro, y por lo que parece es un adicto al trabajo que no se cansa de hacer una autopsia tras otra. En fin, un grupito extraño.
—Vaya. Suena fatal.
—Lo peor —murmuró Ryan, abatido tras poner en palabras su situación.
—Yo te aconsejaría que asumieras que tienes que hacerlo y que intentaras aprovecharlo al máximo. Es un mes, así que ya llevas casi una cuarta parte. —Isabel alargó la mano y cogió su teléfono para ver qué hora era. Apretó los dientes. Ya le quedaba poco tiempo, a pesar de que su apartamento estuviera cerca.
Él sonrió sin ganas y meneó la cabeza.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo. Pero gracias por el consejo. Ha sido como la voz de la madre que nunca tuve.
Sorprendida por ese comentario tan inesperado, Isabella se lo quedó mirando con gesto interrogativo.
—¿Qué quieres decir?
—Perdona —se disculpó Ryan—. No quería decir eso. Mi madre murió de cáncer cuando yo tenía ocho años, así que durante un tiempo sí tuve madre. Es solo que apenas tengo recuerdos anteriores a esa edad.
—¡Oh, vaya! Lo siento mucho —dijo, de corazón. Su madre era la persona más importante de su vida, e Isabella no podía imaginarse lo que sería haber crecido sin ella—. Espero que tu padre consiguiera llenar el vacío. ¿Volvió a casarse? ¿Has tenido madrastra?
Ryan chasqueó la lengua con un gesto burlón.
—¡Para nada! Mi padre era alcohólico y violento. Se mató apenas un mes después de que muriera mi madre.
—¡Por Dios! —exclamó Isabella, impresionada. Al venir de una gran familia cubana, muy unida, todo aquello le resultaba inconcebible—. ¿Perdiste a ambos padres? ¿Qué fue de ti? ¿Eras hijo único?
—No, tenía un hermano tres años mayor. Pero, oye, siento haber dicho lo que he dicho. Te pido disculpas, pero es que pensar en mi trabajo me pone de mal humor. ¿Podemos hablar de algo más alegre, para que pueda afrontar el día con más ganas? La verdad es que no me gusta hablar de mi infancia, porque no fue fácil. Me deprimiría aún más.
Isabella se lo quedó mirando, conmovida, pero curiosamente no encontraba palabras para responder a aquellas revelaciones inesperadas. No era habitual en ella no saber qué decir. La idea de que haber vivido una infancia tan dura y aun así salir adelante como había hecho él le parecía algo inimaginable.
—¿Y si hacemos algo juntos este fin de semana, si no tienes planes? —sugirió Ryan—. No me importaría ir a ver el árbol de Navidad del Rockefeller Center el sábado o el domingo por la tarde. ¿Te apetece?
Ella bajó la mirada y tardó un momento en reaccionar.
—Tendré que mirar si me había comprometido este fin de se
