Elevación

Stephen King

Fragmento

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1

Pérdida de peso

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Scott Carey tocó a la puerta de los Ellis, y el doctor Bob (que era como los residentes de Highland Acres seguían llamando a Bob Ellis a pesar de que llevaba cinco años retirado) le invitó a entrar.

—Bueno, Scott, pues aquí estás. A las diez en punto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Scott era un hombre corpulento, de metro noventa y tres descalzo, que había empezado a echar barriga.

—No estoy seguro. A lo mejor no es nada, pero… Tengo un problema. Espero que no sea grave, pero pudiera ser.

—Y no quieres hablarlo con tu médico de cabecera, ¿no? —Ellis tenía setenta y cuatro años, cabellos plateados que raleaban y una leve cojera que no le entorpecía en la pista de tenis. Que era donde él y Scott se habían conocido y donde se habían hecho amigos. Quizá no íntimos, pero amigos al fin y al cabo.

—Bueno, ya fui a verlo —replicó Scott— y me hizo un chequeo que llevaba un tiempo postergando. Análisis de sangre, de orina, de próstata…, el paquete completo, vamos. Todo bien. Tengo un poco alto el colesterol, pero dentro del límite normal. Era la diabetes lo que me preocupaba. El portal médico online WebMD sugería que era lo más probable.

Hasta que descubrió lo que sucedía con la ropa, claro. Lo de la ropa no aparecía en ninguna web, ni médica ni de ningún otro tipo. Desde luego, no tenía nada que ver con la diabetes.

Ellis lo guio a la sala de estar, donde un gran ventanal dominaba el green del hoyo catorce de la comunidad privada de Castle Rock en la que su mujer y él vivían ahora. El doctor Bob hacía el circuito de vez en cuando, pero prefería sobre todo el tenis. La mujer de Ellis, por el contrario, disfrutaba jugando al golf, y Scott sospechaba que ese era el motivo por el que residían allí, cuando no pasaban los inviernos en una urbanización similar de Florida, de aquellas dotadas de instalaciones deportivas.

—Si buscas a Myra —dijo Ellis—, está en una reunión del grupo de Mujeres Metodistas. O eso creo, porque podría ser uno de los comités municipales de los que forma parte. Y mañana viaja a Portland a una conferencia de la Sociedad Micológica de Nueva Inglaterra. Esa mujer para menos que un pollo en una parrilla caliente. En fin, quítate el abrigo, siéntate y cuéntame qué te ronda por la cabeza.

Aunque estaban a principios de octubre y el tiempo no era particularmente frío, Scott llevaba una parka North Face. Al despojarse de ella y dejarla a su lado en el sofá, los bolsillos tintinearon.

—¿Quieres un café? ¿O un té? Me parece que ha sobrado algún bollo del desayuno, si…

—Estoy perdiendo peso —lo interrumpió Scott de sopetón—. Eso es lo que me preocupa. ¿Sabes lo gracioso? Que antes ni me acercaba a la báscula del baño, porque en los últimos diez años o así las noticias que me daba no es que me entusiasmaran demasiado. Y ahora todas las mañanas me subo a ella nada más levantarme.

Ellis asintió con la cabeza.

—Entiendo.

Para él sí que no había ninguna razón para evitar la báscula, pensó Scott; el doctor era lo que su abuela habría llamado «una ristra de huesos». Si no se veía sorprendido por algún acontecimiento imprevisto, contaba con muchas bazas para vivir otros veinte años. Quizá incluso rebasara el siglo.

—Comprendo perfectamente esa fobia a la báscula, es un síndrome que veía a diario cuando ejercía. También vi lo contrario: personas con bulimia o anorexia que se pesaban de forma compulsiva. Pero tú no das el tipo. —Se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas entre unos muslos flacuchos—. Entiendes que ya estoy jubilado, ¿no? Conque puedo aconsejarte, pero no extender recetas. Y lo más probable es que te aconseje que vuelvas a la consulta de tu médico y le expongas todo.

Scott esbozó una sonrisa.

—Mi médico me ingresaría en el hospital en el acto para someterme a pruebas, y el mes pasado recibí un encargo importante, diseñar una serie de sitios web interconectados para una cadena de grandes almacenes. No entraré en detalles, pero es un chollo. Tuve suerte de conseguirlo. Es una gran oportunidad para mí y, además, no hace falta que me mude de Castle Rock. Son las ventajas de la era de la informática.

—Pero no podrás trabajar si te pones enfermo —replicó Ellis—. Eres un tipo listo, Scott, y estoy seguro de que sabes que la pérdida de peso no solo es un indicador de diabetes, sino también de cáncer. Entre otras cosas. ¿De cuánto peso estamos hablando?

—Casi trece kilos. —Scott miró por la ventana y observó los carritos blancos de golf que circulaban sobre la hierba verde bajo un cielo azul. Una fotografía de esa imagen habría encajado bien en el sitio web de Highland Acres. Estaba seguro de que tendrían uno, todo el mundo estaba en internet en esos tiempos, hasta los tenderetes de carretera que vendían maíz y manzanas, pero él no lo había creado; él había progresado y no se ocupaba de minucias—. De momento.

Bob Ellis sonrió, enseñando unos dientes que aún eran los suyos propios.

—Es una pérdida apreciable, vale, pero me parece que podrás encajarlo. Te mueves bien en la pista de tenis para un hombre de tu tamaño y pasas tiempo en las máquinas del gimnasio, pero el exceso de kilos obliga a hacer un sobresfuerzo no solo al corazón, sino a todo el organismo, de la cabeza a los pies —explicó. Y luego—: Como seguro que ya sabes. Por WebMD. —Enfatizó las últimas palabras poniendo los ojos en blanco, y Scott sonrió—. ¿En cuánto estás ahora?

—Adivínalo —le retó Scott.

Bob se echó a reír.

—¿Qué te crees que es esto, la feria del condado? Pues se me han agotado los peluches.

—¿Cuánto tiempo ejerciste como médico de familia? ¿Treinta y cinco años?

—Cuarenta y dos.

—Pues no seas modesto, habrás pesado a miles de pacientes miles de veces. —Scott se levantó, un hombre alto de complexión robusta que llevaba vaqueros, camisa de franela y unas botas Georgia Giant raspadas. Presentaba más aspecto de leñador o de domador de caballos que de diseñador de webs—. Adivina primero cuánto peso y ya trataremos mi destino después.

El doctor Bob escrutó de arriba abajo los casi dos metros, contando las botas, de Scott Carey. Con ojo clínico, prestó especial atención a la curva de la barriga que le sobresalía sobre el cinturón y a los muslos, largos y gruesos, esculpidos por las prensas de piernas y las máquinas de sentadillas que Bob Ellis evitaba ahora.

—Desabróchate la camisa y mantenla abierta.

Scott obedeció y dejó al descubierto una camiseta gris con la leyenda: «UNIVERSIDAD DE MAINE – SECCIÓN DE ATLETISMO». Bob vio un pecho ancho, musculoso, pero que ya acumulaba esos depósitos adiposos que los críos listillos llamaban «tetas de hombre».

—Voy a decir… —Ellis hizo una pausa, de pronto interesado en el desafío—. Voy a decir ciento siete. Como mucho ciento nueve. Por lo que debías de estar por encima de los ciento veinte antes de empezar a adelgazar. Con lo bien que te desenvolvías en la pista de tenis, he de confesar que no se te notaban. Jamás lo habría imaginado.

Scott se acordó de la alegría que sintió cuando, a principios de mes, por fin se armó de valor para subirse a la báscula. Puro deleite, en realidad. El ritmo constante con que perdía peso desde entonces era preocupante, sí, pero solo un poco. Fue el asunto de la ropa lo que transformó la preocupación en miedo. No tenía que consultar WebMD para saber que lo relativo a la ropa era más que extraño; era una anomalía de cojones.

En el exterior, un carrito de golf circulaba al trantrán. Iban montados en él dos hombres de mediana edad, con pantalones de color rosa uno y verde el otro, los dos con sobrepeso. Scott pensó que a ambos les habría beneficiado prescindir del vehículo y hacer el recorrido a pie.

—¿Scott? —llamó el doctor Bob—. ¿Sigues ahí o has desconectado?

—Sigo aquí —contestó el otro—. La última vez que jugamos al tenis sí que estaba en ciento nueve. Lo sé porque fue cuando me atreví a subirme a la báscula. Decidí que había llegado el momento de perder unos kilos, porque en el tercer set ya me faltaba el aliento. Y esta mañana he pesado noventa y seis coma dos.

Volvió a sentarse junto a la parka (de la que surgió otro tintineo). Bob lo observaba con atención.

—A mí no me lo parece, Scott. Perdona que te lo diga, pero das la impresión de estar más gordo.

—Pero ¿parezco sano?

—Sí.

—No estoy enfermo.

—No. Al menos no a simple vista, pero…

—¿Tienes báscula? Apuesto a que sí. Vamos a comprobarlo.

El doctor Bob lo meditó por un instante, preguntándose si el verdadero problema de Scott no radicaría en la materia gris por encima de las cejas. En su experiencia, eran sobre todo las mujeres las que tendían a desarrollar neurosis relacionadas con el peso, pero también les ocurría a los hombres.

—De acuerdo, lo confirmaremos. Ven conmigo.

Bob lo condujo a un estudio poblado de estanterías. Había una lámina de anatomía enmarcada en una pared y una hilera de diplomas en otra, pero Scott no apartaba los ojos del pisapapeles que reposaba entre el ordenador de Ellis y la impresora. Bob siguió su mirada y se echó a reír. Cogió la calavera de la mesa y se la lanzó a Scott.

—Es más de plástico que de hueso, así que no te preocupes si se te cae. Fue un regalo de mi nieto, el mayor. Tiene trece años, la que considero la edad de los regalos de mal gusto. Ven por aquí, a ver qué tenemos.

En el rincón había una báscula mecánica de columna, con un brazo metálico y dos pesas deslizantes, una de mayor tamaño que la otra. Ellis dio una palmadita al aparato.

—Lo único que conservé cuando cerré la consulta fue la lámina de anatomía y esto. Es una Seca, la báscula médica de más calidad que se ha fabricado nunca. Me la regaló mi esposa, hace muchos años, y créeme cuando te digo que a ella nadie la ha acusado jamás de tener mal gusto. Ni de ser tacaña.

—¿Es precisa?

—Pongámoslo así: si comprara un saco de harina de diez kilos y la báscula me indicara que son nueve y tres cuartos, volvería a la tienda y exigiría que me devolvieran el dinero. Deberías quitarte las botas si quieres algo próximo a tu peso real. ¿Y por qué te has traído el abrigo?

—Ya lo verás. —En vez de descalzarse, Scott se puso también la parka, al son del tintineo que surgía de sus bolsillos. Entonces, no solo completamente vestido, sino ataviado para aventurarse en un día mucho más frío que el que hacía, se subió a la báscula—. Métele caña.

Bob desplazó el contrapeso hasta el valor máximo de la escala para dejar margen a las botas y el abrigo, y luego procedió a deslizarlo en sentido contrario, empujándolo poco a poco con el dedo. La aguja no se movía, encallada en los 120, y en los 110, y en los 100, cosa que el doctor Bob habría creído imposible. La ropa y el calzado carecían ya de importancia; Scott Carey sencillamente parecía pesar más. Ellis podría haberse equivocado por dos o tres kilos, pero había tratado a demasiados hombres y mujeres con sobrepeso para cometer un error tan grave.

Por fin, la barra se niveló en 96,2 kilos.

—¡Que me aspen! —exclamó el doctor Bob—. Voy a tener que recalibrar este trasto.

—Yo creo que no —dijo Scott. Se bajó de la báscula y metió las manos en los bolsillos del abrigo. De cada uno de ellos sacó un puñado de monedas de veinticinco centavos—. Me he tirado años guardándolos en un orinal antiguo. Cuando Nora se marchó, estaba casi lleno. Debo de tener como mínimo dos kilos de metal en cada bolsillo, quizá más.

Ellis permaneció callado. No encontraba las palabras.

—¿Comprendes ahora por qué no quería ir a la consulta del doctor Adams? —Scott devolvió las monedas a los bolsillos, que emitieron el alegre tintineo habitual.

—Quiero asegurarme de que lo he entendido bien —dijo Ellis cuando recobró la voz—. ¿Obtuviste la misma lectura en casa?

—Hasta la última décima de kilo. Tengo una báscula de baño Ozeri, puede que no tan buena como esta belleza, pero la he calibrado y da medidas precisas. Ahora, mira esto. Normalmente me gusta algo de música sensual cuando me desnudo, pero, ya que nos hemos desvestido juntos en los vestuarios del club, supongo que podré pasar sin ella.

Scott se quitó la parka y la colgó en el respaldo de una silla. Lue

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