Ella, yo y la gran idea de ser valientes

Cherry Chic

Fragmento

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1

Piso la arena blanca con la cabeza alta y una seguridad que estoy muy lejos de sentir. A un lado y al otro, el césped que decora los jardines delanteros de las encantadoras casas de madera. Respirar. Tengo que acordarme de respirar y cambiar la cara de bicho disecado que debo de tener ahora mismo.

Me quito las Converse rojas y camino descalza. Me clavo las pequeñas piedras de la arena y, lejos de molestarme, sonrío, porque echaba de menos esta sensación. Cuando era niña, me encantaba correr descalza por aquí. Al principio era molesto, incluso me hacía alguna herida, pero pasados un par de días y con los pies acostumbrados, era una maravilla sentir la tierra sin las barreras que para mí significaban los zapatos. Mi padre siempre me ha dicho que, en eso, mis hermanos y yo somos iguales que mi madre. Según él, yo tengo muchísimos más rasgos suyos. Según mi madre, somos una versión mejorada de ella. A veces nos llama generación 2.0.

A través de mis auriculares suena A Thousand Miles. Podría apagar el mp3; debería, de hecho, porque en cualquier momento alguien va a reconocerme, vendrá a saludarme y acabaré gritando por encima de una música que solo yo oigo. Ya me ha pasado otras veces, pero el caso es que, cuando la música suena, mi mente se apaga, y en días como hoy eso se agradece muchísimo.

—No pasa nada —me repito en un susurro—. Todo está bien.

Quizá, si lo repito tanto como sea posible, acabaré creyéndolo y volveré a ser la Victoria alegre y despreocupada de siempre. Además, más me vale aplicarme el cuento, porque en mi familia me conocen tan bien que, en cuanto me miren, sabrán que ocurre algo. Ese es mi mayor temor y, al mismo tiempo, mi mayor deseo.

Quiero mirar a mi padre y que sepa que algo va mal, pero que no haga preguntas. Imposible, porque mi padre es un neurótico en todo lo que concierne a nosotros, y a la mínima monta una investigación que ni el CSI en sus mejores tiempos, pero, oye, mi deseo sigue ahí. De mi madre mejor no digo nada, porque ella puede reaccionar de cualquier manera.

Y, de todas formas, ¿por qué me preocupo tanto? El tema está solucionado, he tomado las decisiones correctas y, si no es así, pues que me den por el mismísimo aire del norte y así aprendo para la próxima. Joder, con lo poco que me gusta estar amargada y darle vueltas a la cabeza y la rachita que llevo.

Esto se arregla en cuanto localice el cáliz de oro. O, lo que es lo mismo, la barra libre que seguro que han montado para la celebración.

—¿Rosa? —No sé si me sobresalta más el grito o el tirón en la oreja para arrebatarme el auricular. Está a mi espalda y procuro no sonreír, pero me resulta inevitable en cuanto me rodea y se pone frente a mí con cara de indignación—. ¿En serio, Vic? ¿Rosa? No te pega nada.

—Sabrás tú lo que me pega o no me pega —contesto con chulería.

—Te pegaba el azul.

Toca mi melena, tan igual y, a la vez, tan distinta a la suya. Tenemos el mismo largo, por debajo de los hombros, pero ella mantiene el castaño natural y yo luzco un bonito rosa chicle que me pareció de lo más acertado cuando lo descubrí en la carta de colores. El pensamiento me duró hasta que me vi en el espejo. Por supuesto, no admití estar arrepentida y salí de la peluquería con la frente en alto y la confianza en mí misma que siempre me ha caracterizado.

Joder, solo hace unos días y siento que ha pasado un año entero.

—¿Insinúas que este no me queda bien?

—No es que no te quede bien, es que no te pega. No sé, es demasiado dulce para ti.

—Soy muy dulce.

—Uy, sí, tanto como la pimienta.

Me río y empujo su hombro con firmeza, pero sin llegar a hacerle daño. Con mis hermanos y mis primos, las cosas siempre son así. No es que no sepamos demostrarnos afecto, pero lo hacemos de una forma un tanto... especial. Lo que, traducido, quiere decir que tenemos una facilidad pasmosa para patearnos el culo y abrazarnos en un lapso de tiempo relativamente corto.

—¿Vas a abrazarme de una vez o piensas quedarte lo que queda de día ahí de pie, criticándome?

Ella se abalanza sobre mí y vuelvo a reír. A veces olvido que somos gemelas. Que nuestras caras son idénticas en esencia, aunque la mía haya lucido distintos piercings en el pasado y mi pelo haya pasado por toda la carta de colores, prácticamente.

Emily, mi hermana, no solo se parece a mí en el físico. Las dos tenemos un carácter fuerte y un optimismo innato. Ella, sin embargo, procura no llamar mucho la atención y viste de manera informal; bonita, pero no llamativa.

Yo... Bueno, yo soy un poco distinta, y llamar la atención nunca me ha supuesto un problema. Era una de esas niñas que sostenían la mirada cuando alguien las observaba y, cuanto más tiempo pasaba, más seguridad ganaba. Todavía es así, solo que estos son tiempos raros. Difíciles. Pero pasará... Todo pasa.

—Mamá está como loca porque lleva llamándote desde ayer sin respuesta.

—Ah, sí, apagué el móvil durante el vuelo.

—¿Y aún lo tienes apagado? Te ha vuelto a llamar hace un rato.

—Sí, me olvidé de encenderlo.

Mi hermana eleva las cejas, y no es de extrañar, teniendo en cuenta que yo vivía pegada al móvil, de forma casi literal. La sola idea de que siga preguntando me pica tanto que me pongo a hablarle de lo que he comido en el avión mientras la hago caminar hacia el césped del jardín principal, donde estará toda la familia.

¿Y qué se celebra?, te preguntarás. Pues nada más y nada menos que el inicio de las vacaciones. Parece poca cosa, pero si conocieras a mi familia, comprenderías que es un gran evento. Un gran gran gran evento. No es solo que mi madre tenga tres hermanos de su misma edad, pues son cuatrillizos, es que, además, todos están casados y tienen hijos, con lo que la lista de primos es casi interminable. Además de ellos está Babu, mi primo, que en realidad es como si fuera un hermano más, porque cuando nosotras nacimos, él ya vivía con mis padres. Ahora también está casado y con hijos. Somos tanta gente que, para ir de vacaciones, alquilábamos autobuses. En serio, lo hacíamos, y lo siguen haciendo, los que todavía viven en mi urbanización, que son casi todos. Reconozco que en mi etapa adolescente me parecía una cutrez eso de montarme en un autobús con mi extensa familia y pasar las vacaciones en un camping del sur, pero fue una etapa temporal de la que me recuperé más o menos rápido. Más o menos, porque aún hoy en día sufro algún que otro ramalazo de niñata.

Además, debo reconocer que muchos de mis mejores recuerdos tienen como escenario este camping junto al mar. Sus casitas de madera, su arena blanca, sus piscinas, sus parques infantiles y hasta sus discotecas arrancan momentos de mi memoria que espero no olvidar nunca. También tengo recuerdos regulares y malos, claro, pero como todo aquello ya pasó, prefiero no pensar en ello.

Volviendo al tema que me ha traído hasta aquí: cada año se celebra una fiesta de inicio de vacaciones que empezó organizando uno de los dueños del camping, Fran. Yo adoraba esas fiestas porque me encontraba con sus hijas y porque él también tiene un montón de hermanos y, por ende, un montón de sobrinos. Juro por lo más sagrado que a veces pensé que en el camping se alojaban más niños que adultos. La fiesta del inicio de las vacaciones era y es la excusa perfecta para comer hasta reventar, beber hasta reventar y atiborrarnos de cuantos dulces y chucherías pudiéramos soportar. Bueno, eso cuando éramos niños; ahora muchos intentan controlarse. Yo no, yo sigo ingiriendo azúcar como una cerda, como si me la fueran a quitar en cualquier momento. De hecho, mientras caminamos hacia el césped, tengo claro que mis objetivos son una cerveza fresca y un paquete de alguna guarrería azucarada y no del todo aconsejable para la salud.

—Te aviso ya de que el decorado de este año no es luminoso: han optado por luces acogedoras, así que no empieces a quejarte de que las fotos no te salen como quieres.

—Tranquila, creo que hoy voy a dejar el móvil apagado.

—Ya, claro. —Mi hermana suelta tal carcajada que la miro frunciendo el ceño.

—¿Qué? ¿No me crees? —Niega con la cabeza—. Pues vas a llevarte una gran sorpresa; tú vigílame y verás.

Ella me observa de reojo. No es que yo la mire, pero lo sé. Emily siempre me mira de reojo cuando empieza a sospechar que algo no va como a ella le gustaría.

Nos adentramos en el césped y, cuando oigo los gritos de mi familia, sonrío. Es automático. Hay gente que necesita oler el turrón para volver a casa. O un caldo, receta de toda la vida de la familia. O un perfume. Yo no. Yo, para saber que estoy de vuelta en casa, lo que necesito es oír los gritos de todos mientras discuten por cualquier chorrada que a otra familia no le llevaría más de dos minutos resolver, pero que en la nuestra puede ser motivo de agravio durante días. ¡Puede que meses!

—¡Os estoy diciendo que si ponemos las mesas en U, cabemos más! ¡Os lo estoy diciendo! Pero ¡a mí nadie me hace caso! ¡¡¡Nadie!!!

Uno de mis tíos, Álex, grita a varios de mis primos mientras estos fingen mostrarse arrepentidos de no seguir sus órdenes al pie de la letra. En realidad, tanto ellos como mi tío, y como yo misma, sabemos que no se arrepienten lo más mínimo y que van a seguir haciendo su santa voluntad, pero es mejor no llevarle la contraria al tío Álex cuando se enerva.

—Alejandro, ¿por qué no vamos a dar un paseo?

Esa es mi tía, y su mujer, Eli, que ha acudido rauda y veloz, como siempre, para calmar un poco la situación. Mi tío se resiste, pero ella se acerca, susurra algo en su oído y consigue arrastrarlo sin protestar. Prefiero no pensar qué es lo que le ha dicho, porque otra de las virtudes reseñables de esta familia es que pocas parejas son capaces de reprimir sus impulsos románticos. Y está bien, pensarás, el amor es precioso, pero cuando se trata de mis tíos, o, peor, mis padres, yo prefiero tener una imagen menos gráfica de cuánto se quieren.

Y hablando de padres, busco a los míos entre la multitud; aún estoy un poco lejos y nadie ha reparado en mí, así que quiero tenerlos localizados para ir hacia ellos porque, en cuanto la familia se dé cuenta de que al final he venido, van a rodearme y ya no voy a poder abrazarlos hasta que la marea de manos me acerque a ellos. No es una exageración. ¡Ojalá lo fuera! He visto hinchas en estadios de fútbol menos intensos que mi familia.

A la primera a la que diviso es a mi madre. Está intentando que mi hermano Edu, en plena adolescencia, despegue los ojos del móvil para centrarse en ella.

—Deja que me acerque un poco sin que me vea —le susurro a Emily.

—Con ese pelo, lo tienes jodido.

—Chis, ven.

Tiro de su mano y rodeo el césped. Aprovecho los troncos de los árboles; todavía estamos lejos y, si conseguimos pasar desapercibidas, llegaremos a unos cinco metros de ellos sin que nadie más nos vea.

Soy una persona positiva. Es algo que deberías saber, porque esta es una misión prácticamente imposible. Mi hermana lo sabe, y yo también, pero, aun así, lo intentamos.

—¿Qué demonios hacéis?

Me sobresalto al oír una voz que no es la de Emily detrás de mí, y me vuelvo con decisión y cierta molestia.

—¿Cómo has conseguido ponerte ahí sin que te vea?

Mi hermana Mérida eleva las cejas y me mira como si yo fuese idiota. Puede que tenga razón.

—¿De verdad crees que te estás camuflando bien? —Asiento, y ella bufa—. Vic, te ha visto todo el jodido camping, pero están esperando que dejes de hacer el ridículo y saludes.

—No te creo.

—Es cierto. Fíjate bien, no dejan de mirarte de soslayo.

Me fijo, tal como me pide, y tiene razón, mal que me pese. Mis primos me observan con sonrisas que van desde la alegría hasta la sorpresa. Muchos no esperaban que viniera, lo sé, y eso me recuerda que, últimamente, he roto demasiadas promesas.

—Supongo que no sirvo para detective.

—Pues no. —Mérida frunce los labios con ese gesto tan típico de las adolescentes, aunque ella odia que la considere adolescente porque ya es mayor de edad, pero para mí siempre será una niña. Es lo que hay—. Ese pelo no ayuda. Me gusta.

—Gracias, a mí también.

—Yo estuve a punto de teñírmelo de verde, ¿sabes? Pero cuando se lo comenté a papá, montó un drama de narices porque dice que ya tiene bastante con una rebelde sin causa que juega a ponerse los colores del arcoíris en su pelo. Anda muy gruñón últimamente. Te echa de menos.

Y ahí está. La punzada de culpabilidad. La certeza de que mi empeño por alejarme les hace daño. Intento que ni Mérida ni Emily noten mi dolor y lo consigo. Tengo un máster en disimular mis emociones, así que ni siquiera me sorprende que no se den cuenta de que por dentro estoy más rota que nunca.

Qué difícil es casar una reputación de alocada y despreocupada con unos sentimientos que, a ratos, me asfixian de la peor manera. Esta no soy yo, no me reconozco en este mar de incertidumbre y, a veces, desánimo, pero no sé muy bien cómo volver a encontrarme.

Supongo que por eso he vuelto a casa. A ellos. Si no puedo volver a ser yo misma aquí, entonces no volveré a serlo nunca.

—Está bien —dice Emily—. Ya sabes que, en el fondo, a papá le encanta gruñir.

Sonrío y asiento, intentando convencerme y alegrándome de que la extraña conexión que Emily y yo sentimos no se haya evaporado. No es que sepamos en todo momento lo que siente la otra, pero sí es cierto que, gracias a ser gemelas, hemos crecido como uña y carne. Nos conocemos tan bien que somos capaces de leernos con solo un par de detalles que se salgan de lo normal. Y yo estoy mostrando algo más que un par de detalles, así que no es raro que Emily haya detectado ya que algo no va bien.

—¿Dónde está, por cierto?

Ellas señalan el final del césped, la franja que da a la arena de la playa. Mi padre juega con mis primos más pequeños al fútbol. Es moreno, tiene el pelo rizado y unos ojos preciosos. Su cuerpo se mantiene en forma gracias a su trabajo, y su sonrisa es calmada y cariñosa casi siempre. Dicen que Emily y yo tenemos sus mismos ojos, aunque no hayamos heredado mucho de su personalidad tranquila y responsable.

Me acerco a él ignorando las miradas del resto de la familia. Incluso mi madre deja de gritar a mi hermano cuando repara en mi presencia. Sonríe, pero no se acerca a mí. No me extraña. Si hay alguien capaz de percibir mi estado de ánimo, incluso por encima de Emily, esa es ella.

Me trago el nudo que crece en mi garganta y, cuando mi primo se percata de mi llegada e interrumpe el juego, mi corazón empieza a latir desenfrenadamente.

Mi padre se vuelve, siguiendo su mirada, y, cuando sus ojos encuentran los míos, siento como si estuviera en medio de un mar a la deriva y solo él tuviese un barco capaz de alcanzarme y llevarme a un puerto seguro.

—¡Cariño!

—Papá...

Su sonrisa no se desvanece a medida que se aproxima a mí, pero sé que ha notado mi voz temblorosa porque sus pasos se aceleran y, en pocas zancadas, está abrazándome y besando mi cabeza. Mi cuerpo tiembla y apenas puedo contener las lágrimas. Aspiro su aroma y siento, por primera vez después de mucho tiempo, que estoy a salvo.

—No sé qué ha pasado, pero todo va a estar bien, te lo prometo —susurra él junto a mi oreja—. Ya estás en casa, mi vida. Ya estás en casa...

Y le creo, porque Diego Corleone jamás ha incumplido una promesa.

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2

Apenas tengo tiempo de recrearme en el abrazo de mi padre. Unas manos rodean mi cintura y, al volverme, atisbo la sonrisa de mi madre en mi hombro.

—¿Quedan besos para mí o se los está llevando todos el poli?

—Para ti siempre queda algo, aunque sean migajas.

—No seas cabrona, niña, que a impertinente, si quiero, te gano.

Suelto una risotada y la abrazo mientras mi padre se ríe entre dientes. Mi madre es la mujer con menos filtro que conozco, así que no dudo ni por un instante que pueda ganarme. A eso, a alocada, a valiente... Hay muchos campos en los que ella ganaría. Y, para mí, además, es la mejor madre del mundo. Quizá por eso me siento un poco tonta ahora mismo, porque no sé qué demonios he hecho fuera tanto tiempo. Solo han sido unos meses, lo sé, pero teniendo en cuenta lo mucho que necesito el contacto físico con ellos, parece una vida entera.

—¿Te ha prometido el poli partirle las piernas al causante de que tus ojos no brillen como deberían?

—Me ha prometido que todo estará bien. Es más que suficiente —susurro en su oreja.

—Es verdad, lo de partir piernas me pega más a mí. Te prometo, cariño, que arrancaré de cuajo las entrañas de quien haya osado dañarte. ¿Quién ha sido? Dame un nombre y yo haré el resto.

Vuelvo a reírme y beso su cuello antes de apartarme y mirarla a los ojos.

—¿Cómo sabes tú que mis ojos no brillan igual si no nos hemos mirado hasta ahora?

—Tú me miras ahora. Yo llevo haciéndolo desde que entraste.

Touchée.

No lo dudo ni por un momento.

—Me alegra estar en casa —susurro.

Ella enmarca mis mejillas con las manos, me observa detenidamente y me doy cuenta, no por primera vez, de lo grande que es Julieta León, aunque físicamente sea más bien bajita.

—Vamos, tengo una cerveza fresca y una bolsa de chuches reservadas para ti.

—Yo quiero una cerveza fresca —dice mi hermano Edu.

—Tú, agua, y con las notas que has sacado, agradece que no te ponga al sol y te diseque. ¡Y dale un abrazo a tu hermana!

Mi hermanito resopla tanto que uno de los mechones indomables que caen por su frente se mueve. Me mira, sonríe y me abraza con fuerza.

—Me alegra que hayas vuelto. A ver si me echas un cable para que me dejen ir al concierto que hay en la playa el finde que viene.

—¡No vas a ir! —exclama mi padre desde la poca distancia que nos separa.

Yo miro a mi madre. Es raro que ella no le permita ir, porque Edu es su niño adorado, así que imagino que hay una razón de peso.

—¿Tan mal han ido las notas? —pregunto.

Me siento mal de inmediato al percatarme de que no tengo ni idea del asunto. Puede parecer una tontería, pero en mi familia presumimos de estar al tanto de cada detalle de la vida de los demás, para bien y para mal.

—Seis le han quedado. No ha suspendido más porque les habrá dado pena, o algo —comenta mi madre—. Tú sabes que yo no soy muy exigente, no pretendo que todos mis hijos saquen matrícula, pero una cosa es suspender alguna y otra, reírse de los profesores, de nosotros y de todo. Menudo año se ha pegado, el mamón. —Mi hermano frunce el ceño, pero mi madre es una mujer que dice claramente lo que piensa, y no va a detenerse solo porque él se muestre enfurruñado—. Pero no te preocupes, corazón, que te voy a dar el verano de tu vida.

Edu traga saliva y yo disimulo una sonrisa. A mi madre no le pega nada ponerse tan seria, pero entiendo que la situación lo requiere. Desde luego, suspender tantas solo puede significar que se ha dedicado a hacer el vago todo el curso. Debería haber valorado si le compensaba a cambio de sufrir a nuestra madre de malas todo el verano...

—No has estado muy fino —le digo.

—Ya... Te he echado de menos. Estoy como traumatizado.

Me dedica una sonrisa canalla que me pone muy difícil no reírme. Este jodido niñato va a ser un rompecorazones. Se parece mucho a mi padre, a excepción de un par de rasgos que ha heredado de mi madre, pero el genio, y su personalidad, viaja entre la seriedad de mi padre cuando algo le interesa y el desparpajo de mi madre cuando pretende salirse con la suya, o sea, la mayor parte del tiempo. Su pelo moreno, algo rizado y despeinado le da aspecto de chico revoltoso; su pose desgarbada ayuda a hacerlo más atractivo. Dios, si a esta edad es así, no quiero pensar en cuando sea adulto...

No tengo tiempo de darle más vueltas, porque el resto de la familia se abalanza sobre mí. Por lo visto, han decidido que están cansados de esperar que los abrace uno por uno, y aquí estoy, intentando no asfixiarme por sus excesivas muestras de cariño y sonriendo, aunque esté agobiada, porque, como ya he dicho, estar en casa es un placer.

Mis tíos, mis primos e incluso algunos vecinos de toda la vida del camping vienen a saludarme, así que hasta pasada media hora no consigo un poco de calma y esa cerveza que mi madre me prometió a mi llegada.

Me siento en un banco de piedra que hay junto al césped y, en cuanto doy el primer sorbo, siento la compañía de mi primo Noah.

—¿Estás bien?

Me muerdo el labio con fuerza. Mi primo tiene algo; mi hermana dice que es un don, pero yo creo que solo es lo suficientemente observador como para detectar nuestro estado de ánimo. Que tengamos la misma edad y nos hayamos criado a una calle de distancia también tiene que ver. En mi familia los secretos no existen, se divulgan con facilidad y nadie tiene derecho de ofenderse, porque para eso está la familia, para lo bueno y para lo malo. Quizá por eso me aislé estos meses fuera. Pensaba que no quería que supieran tanto de mí, pero, en realidad, lo que no quería era que vieran el tipo de persona que estaba llegando a ser.

—Lo estaré —digo sin más.

—No has sacado el móvil desde que has llegado.

—No. He decidido disfrutar de mi vuelta sin interferencias.

Él me mira con extrañeza, sabedor de que eso, en mí, es más raro que comer piojos, pero es tan prudente que guarda silencio y bebe de su cerveza sin hacer más preguntas. Es lo bueno de Noah, que sabe cuándo debe callarse. Es, junto con su padre, de los poquitos prudentes de esta familia.

—Eh, tú, ¿piensas pasarte la tarde bebiendo y contemplando el paisaje? —pregunta mi hermana Mérida—. Tenemos seis barreños de globos de agua y muchas ganas de una buena guerra.

—Déjala, es una cagada. Ahora le importa más mantener la pose de niña bonita que meterse en una pelea justa.

El que ha hablado es Björn, otro de mis primos, el hijo mayor de mi tía Amelia y mi tío Einar, un islandés que aprendió a hablar español a medias y así sigue, con una lengua de trapo y una desenvoltura que enamoran. Björn solo tiene dos años menos que yo, por eso le revienta que lo trate como si fuera un niño pequeño, que es justo lo que voy a hacer ahora mismo.

—Ya veo que has dedicado estos meses sin vernos a madurar y convertirte en todo un hombre. —Él, lejos de ofenderse, me saca la lengua y me guiña uno de sus ojazos azules—. ¿Te has puesto cremita? No queremos que te quemes con este sol, y tienes piel de bebé.

—Soy medio vikingo, primita; no te preocupes por mí y procura que ese pelo no destiña.

No tengo tiempo de replicar: un globo revienta en mi frente y, cuando quiero darme cuenta, oigo la risotada de mi gemela desde el otro extremo. Es suficiente para que la sed de venganza se apodere de mí. Echo a correr y, antes de darme cuenta, todos los primos, que somos muchísimos, como ya estás descubriendo, nos sumergimos en una guerra de globos de agua que empieza como un juego y acaba con mi madre cogiendo la manguera y proclamándose ganadora por la puerta grande. Esto solo lo superaría que alguien cogiera un extintor del camping. Eso ya lo hicimos un año y Fran, el dueño, acabó dándonos una charla de más de una hora. Merecida, por supuesto.

Cuando la noche se cierra, me siento como si hubiese corrido una maratón. Estoy agotada y todavía tenemos que cenar, aunque hayamos estado picando chuches y porquerías varias toda la tarde. Mis maletas siguen en recepción, donde las dejé al entrar, y el estrés liberado me aviva las ganas de darme una ducha y dormir, pero sé que no es posible, aún queda mucha noche por delante.

—¿Puedo saludar ya a la protagonista indiscutible de la fiesta?

Sonrío de inmediato mientras mi abuelo materno se sienta a mi lado. Es el mayor de todos nosotros y se supone que debería agobiarse con tanta gente, pero después de criar él solo a cuatrillizos, no hay absolutamente nada que asuste o agobie a Javier León.

—Creo que te di un buen achuchón al llegar, así que, en realidad, ya nos hemos saludado.

—Yo, por saludar, me refiero a charlar con mi nieta favorita.

—Te he oído antes darle las gracias a Ariadna por traerte una cerveza y asegurarle que es tu nieta favorita.

—El concepto «favorito» es muy relativo. —Suelto una risita, porque mi abuelo no tiene vergüenza, y él se acaba riendo conmigo—. Te veo bien físicamente. Estás preciosa.

—Gracias, tú también estás muy guapo.

Él sonríe y sus ojos se arrugan un poco. Mi abuelo puede tener cierta edad, pero siempre será un hombre atractivo. Y si no, que le pregunten a su mujer, Sara. Mi abuela murió en el parto, pero, para mí, Sara es una abuela de pleno derecho. Está en mi familia desde antes de nacer yo, así que es lógico.

—No he acabado. Te veo bien físicamente. Estás preciosa, pero...

—¿Pero...? —pregunto un poco tensa.

—Estás rara. Apagada. No sé, cualquier otro año, a estas alturas, ya te habrías bebido hasta el agua de los floreros, estarías cantando a grito pelado o retando a alguno de tus primos a un juego estúpido mientras apuestas cosas aún más estúpidas. Como el año que hiciste una carrera con tu prima Valentina y apostasteis llevar un disfraz de franela en pleno agosto durante dos días.

—Dios, cómo sudaba la pobre, hasta le salió sarpullido. —Me río ante el recuerdo y, cuando veo su sonrisa comprensiva, suspiro—. Supongo que he madurado.

—Pues no sé si me gusta. O, mejor dicho: no sé si me lo creo.

—Abuelo...

—La madurez es una cosa y perder la alegría es otra. Lo primero es un proceso lógico en todas las personas, menos en tu madre. —Sonreímos y sigue—: Lo segundo es una pena, y nada, nada debería justificar nunca la pérdida de la alegría. Nada debería ser tan importante como para pagar un precio tan alto.

Tiene razón. Yo no soy así, a mí me encanta hacer el tonto, reír, saltar, bailar, jugar, divertirme como si tuviera diez años. Mi espíritu siempre ha sido mucho más joven que mi cuerpo. Y sí, sé que, con veintitrés, soy joven en todos los sentidos, pero me refiero a que mucha gente en mi familia y fuera de ella pensaba que me había quedado en los diez años de edad mental. Y no solo no me importaba que lo pensaran, sino que estaba orgullosa. Ahora, en cambio, bailo en una cuerda desconocida; tengo la sensación de que voy a caer en cualquier momento y ni siquiera sé lo que hay abajo.

Aun así, mi espíritu, ese que tantos dolores de cabeza ha provocado a mi vecindario, a mi familia y a mis amigos, me tira desde dentro. Casi diría que lo noto en las entrañas, gritándome que estoy perdiendo un tiempo precioso y que mi abuelo tiene más razón que un santo. Quizá por eso me levanto y anuncio a la familia que, después de cenar, tenemos que jugar al escondite, y la apuesta debe ser tan fuerte como para que solo los valientes se atrevan.

Antes de acabar la frase, mi primo Björn, por ejemplo, sonríe con el reto pintado en los ojos. Es evidente a quién ha salido tan kamikaze este chico, porque mi tía Amelia es dulce y sosegada como pocas. Mi tío Einar, en cambio, es extravertido y dicharachero como pocos.

El primero en sumarse es él, seguido de cerca por todos mis hermanos, incluido Edu. Mi prima Ariadna, hija de mi tía Esme y mi tío Nate, se apunta, y Noah, su hermano mayor, decide ejercer de árbitro para que nadie haga trampas. Queda mi prima Valentina, hija de mi tío Álex y de mi tía Eli, que se apunta sin pensarlo. Lars y Eyra, los pequeños de mi tía Amelia, también se meten en el saco. Y casi hemos cerrado el cupo de participantes cuando los hijos de Marco empiezan a protestar porque quieren jugar. Nollaig tiene doce años, el pelo del color del fuego (heredado de su madre) y la sonrisa rápida de mi tío. Es mi prima, porque Marco en realidad es mi primo hermano, pero a todos los efectos él es mi hermano y ella, mi sobrina, aunque la gente no lo entienda. Sé que toda esta situación es complicada, pero prometo que irás conociéndolos poco a poco.

—Quiero jugar —dice muy seria.

—Tienes doce años. No —contesta Mérida.

—¡Quiero jugar!

—Si juegas, tendremos que dejar de apostar a lo grande, niña. Para la próxima será. —Este es Edu, así que entiendo que ella monte en cólera, porque solo se llevan tres años.

—Mira, niño, si tú juegas, yo juego. ¡Y punto!

—Si tú juegas, yo juego —apunta Diego, su hermano.

Yo suspiro, porque esto va a convertirse en una pelea de dimensiones épicas, y miro a Marco, deseando que él haga algo.

—No jugáis ninguno de los dos. —Los niños protestan y él alza las manos—. No jugáis y punto. Yo, en cambio, me sumo.

Los adultos protestan. Dicen que si Marco puede jugar, ellos también. Marco y Erin, su mujer, se justifican porque ellos no están en la misma franja de edad y, por lo tanto, pueden relacionarse con nosotros, los jóvenes, y con ellos, los no tan jóvenes. Mi madre monta el drama del siglo porque dice que a ella nadie la llama vieja y sale indemne. Mi padre intenta calmarla y mi abuela se mea de risa mientras se apropia de otro botellín de cerveza. Verás tú la castaña que va a coger con la tontería de hacer de observadora.

Yo me río y desespero a partes iguales, porque amo y odio que mi familia no pueda ponerse de acuerdo ni para un simple juego, pero al final llegan Fran y Martín, dueños del camping, y ponen orden mientras aseguran que todos podemos jugar y que ellos vigilarán que nadie haga trampas. Yo creo que es un despropósito que toda mi familia juegue al escondite y, acto seguido, la pelea es quién se la queda y cuál es la apuesta. Al final acordamos que el último en ser encontrado podrá elegir, junto con el buscador, quién de la familia tiene que pasearse en tanga por la calle principal del camping. En caso de que pierdan los menores de edad, el castigo será recorrer la calle con un ridículo disfraz de La Sirenita que Fran guarda de cuando sus hijas eran pequeñas. Todos estamos conformes; echamos a suertes quién será el buscador y sale elegida Mérida, que se frota las manos al pensar que podrá escoger al perdedor. Yo no sé si las bases de este juego son justas del todo, pero, aun así, me preparo para esconderme lo mejor posible. No sería mi primera vez recorriendo el camping en tanga por una apuesta, pero tengo la adrenalina a mil y el desafío me corre por las venas, así que estoy deseando ser la última y poder elegir quién cumplirá.

Cuando mi hermana empieza a contar, echo a correr en la misma dirección que Emily, mi gemela.

—¡Apártate o nos confundirán! —me grita.

—Apártate tú, ¡no te jode!

Mi hermana pone los ojos en blanco, pero gira en una de las calles. Hemos delimitado el área para que no tengan que buscarnos por todo el camping, así que no hay tanto espacio para esconderse. Elijo una tienda de campaña junto a un árbol. Nosotros solemos dormir en los bungalows, por lo que no tengo ni idea de quién es el dueño, pero solo espero que ni mis primos ni yo nos llevemos alguna por delante, que tampoco sería la primera vez y luego Fran se pone hecho una fiera, con toda la razón del mundo.

Mi hermana termina de contar. Me acuclillo y distingo, a lo lejos, cómo encuentra sin ningún esfuerzo a los primeros miembros de la familia. Me río con nerviosismo porque, joder, echaba de menos a esta panda de locos. Mérida empieza a caminar hacia donde estoy y me doy cuenta de que, o cambio de sitio, o me encontrará rápido, así que levanto los pies con cuidado de que las hierbas, secas por el verano, no hagan ruido y me coloco junto a un árbol de tronco grueso. A las malas, puedo ir rodeándolo para quedar fuera de su ángulo de visión.

Pierdo a mi hermana de vista; supongo que estará entre las tiendas o árboles buscando a mi familia, porque uno a uno van saliendo de morros y protestando por haber sido cazados. Mi cabeza se desconcentra un par de veces, pero tengo la situación controlada, o eso creo, porque de pronto noto una mano en mi cintura y unos labios que susurran cerca de mi oído.

—Pillada.

Me cabrearía por haber sido descubierta, pero es que la voz no ha sido de Mérida. Ni siquiera ha sido una voz de mujer. Es ronca, gutural, casi hipnótica.

Me vuelvo bruscamente y ahogo un grito justo antes de insultarlo, porque solo él podría sobresaltarme de una forma tan tonta.

—¡Vic, pillada! —grita Mérida.

Ignoro por completo a mi hermana y me centro en los ojos oscuros y penetrantes que me miran. En sus cejas elevadas, su pelo negro despeinado, su barba y su sonrisa ladeada.

—Adam Lendbeck —susurro a modo de reconocimiento.

Él asiente levemente con la cabeza, saca un cigarro del bolsillo trasero de su pantalón, lo enciende, da una calada, expulsa el humo al tiempo que apoya el hombro sobre el árbol, cruza los pies y me sonríe sin despegar los labios ni alterarse lo más mínimo.

—Hasta que volvemos a encontrarnos, Victoria.

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3

Mi hermana vuelve a llamarme para que me reúna con los pillados y miro a Adam sin contener mi rabia.

—Esta me la pagas, te lo juro.

—Vaya... Yo también me alegro de verte.

Pongo los ojos en blanco. Decirle que me alegro de verlo no sería mentir, pero tampoco una verdad completa. No lo esperaba, eso está claro. Adam es hijo de Daniela Acosta y Oliver Lendbeck. Ella es dueña de una parte del camping, pero deja que sus hermanos lo manejen porque vive casi todo el año en Los Ángeles, donde regenta uno de los estudios de fotografía con más prestigio a nivel internacional. Oliver es un compositor y tatuador, también famoso, con dos estudios en España y otro, el más importante, en Los Ángeles. Era de esperar que sus cuatro hijos aprendieran a amar el arte en todas sus formas. Al contrario que nosotros, ellos son tres chicos y una chica. Además, dos son gemelos, como en nuestra familia. Es una casualidad que nuestros padres cuentan una vez al año, mínimo.

Adam es uno de los gemelos y se pasa la vida viajando y fotografiando estrellas para la empresa de su madre. Cuando no tiene compromisos, se va a conocer países y fotografiarlos, también. A veces pienso que su madre lo parió ya con la cámara en las manos, porque es casi imposible verlo sin alguno de sus juguetes encima. En los últimos años era raro que viniera al camping más de un par de días o tres seguidos, pero no puedo juzgarlo por eso, porque yo he hecho lo mismo.

—¿Qué estás haciendo tú aquí?

Adam alza las cejas y mira en derredor con cara de extrañeza.

—Hasta donde yo sé, este camping es mío.

—De tu madre, y solo una parte.

Él se ríe entre dientes y vuelve a dar una calada a su cigarro.

—Sí, lo que sea. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

Su español es fluido, pero el acento estadounidense es innegable. Siempre me hizo gracia que él y sus hermanos hablaran de un modo tan peculiar, y eso que yo tengo a mi tío Einar, que es para darle de comer aparte.

—Hasta donde yo sé —digo imitando su tono petulante—, mi familia siempre veranea aquí.

—Tu familia, sí. Tú, no.

—Los tiempos cambian.

—Es un cambio demasiado grande. ¿No había una fiesta o festival en el que lucir palmito en Dubái, Nueva York o Francia, por ejemplo?

Me revienta su tono impertinente. Me revienta y me divierte, porque me da la oportunidad de sacar mi lengua afilada a pasear. Por eso me alegro y no me alegro de verlo. Incomprensible, lo sé; con Adam Lendbeck las cosas suelen ser así.

—He decidido lucirlo en el sur, que también merece que este cuerpo serrano se deje caer por aquí. ¿Y tú? ¿No tienes que meter la cara entre las tetas de alguna supermodelo? —Él bufa y yo esbozo un gesto de inocencia—. Uy, perdón. Quería decir «cámara» en vez de «cara».

—¿Y querías decir algo en vez de «tetas»? —pregunta con malicia.

—Pues teniendo en cuenta la talla que suelen usar, quizá debería.

Él intenta disimular una sonrisa con un carraspeo. Nos conocemos demasiado bien.

—Quizá deberías dejar de juzgar a las mujeres por su aspecto. Tú tampoco eres la más pechugona del mundo.

—Ya, pero estamos hablando de dónde metes tú la cara, y estás muy lejos de poder tener alguna posibilidad con este escote, querido.

Él no contesta, pero me mira fijamente y eso es mucho peor, porque los ojos de Adam brillan. Lo juro, irradian un brillo natural que hipnotiza. Es como si pudiera ver más que el resto y, aunque yo sea una experta en esconder mis sentimientos, me jode tener que estar alerta.

—¿Estás bien?

Pero, por Dios, ¿por qué todo el mundo me pregunta eso? A ver si al final no voy a ser tan buena disimulando como creo.

—Divinamente, ¿por?

—Es raro verte aquí, y lo digo en serio.

—Echaba de menos a mi familia.

La rotundidad de mis palabras deja claro que digo la verdad. No es toda la verdad, vale, pero es una gran parte. Adam es de las pocas personas que conozco con el mismo apego familiar que los León. Seguramente porque los Acosta son tan intensos como nosotros.

Asiente una vez y mira con una sonrisa hacia donde se han reunido todos.

—Te entiendo.

—¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?

—Más o menos por la misma razón. Mi madre me pidió que me tomara un descanso y que viniera unos días para disfrutar de la familia.

—Y el niño mimado no puede negarse a nada que mami pida, ¿verdad?

—Que tú hables así es curioso, porque a mimada no te gana mucha gente. —Suelto un bufido para ocultar una sonrisa, porque en eso también tiene razón—. ¿Entonces? ¿Cuándo te vas?

—No me voy —admito antes de pararme a pensar que estoy dándole demasiada información—. Me quedo todas las vacaciones y vuelvo a Sin Mar con ellos.

La sonrisa desaparece de su rostro.

—¿Qué ha pasado, Victoria?

—¡Vic! —grita mi hermana Mérida—. ¡Vamos! ¡Hora de elegir al perdedor!

No puedo evitar sonreír, porque mi hermana acaba de darme la salida que ya estaba necesitando. Le guiño un ojo a Adam.

—Nos vemos, Lendbeck.

Él asiente con la cabeza una sola vez y me observa mientras me alejo. Lo sé, aunque no me vuelva para comprobarlo. Estoy segura de que, si lo hiciera, me encontraría esas luciérnagas que tiene en los ojos fijas en mí.

—Bien, ¿quién es el pringado que va a pasearse en tanga por el camping? —pregunto cuando llego donde está mi familia.

Las risitas que se oyen de fondo me dan la primera pista.

—Pues teniendo en cuenta que he ganado yo... —dice Björn, mientras me temo lo peor— y que todos te hemos echado mucho de menos, creo que lo ideal es que te castiguemos un poquito por haber tardado tanto en volver.

—Estarás de coña, ¿no?

—No, en realidad, ya está decidido. —Mi hermana Emily me ofrece una de las cubetas en las que, hasta hace no tanto, descansaban los botellines de cerveza rodeados de cubitos de hielo—. Puedes dejar tu ropa aquí.

—El sujetador puesto, eso sí —apunta mi prima Valentina—, para que veas que somos buenas personas.

Le hago un corte de mangas que solo sirve para que mi familia se venga más arriba. Empiezan a tararear la famosa You Can Leave Your Hat On y, de ser otra persona, me moriría de vergüenza, pero soy Victoria Corleone León. La vergüenza no es un gen que abunde en mi familia, así que, en vez de sufrir un ataque de timidez, me subo a uno de los bancos de piedra y le doy a mi público lo que pide. Mi padre y mi hermano son los únicos que se tapan los ojos. Creo que mi hermano, además, pide que se los arranquen. La adolescencia lo ha vuelto muy melodramático.

Tardo tres minutos de reloj en quedarme con unas bragas altas de semitransparencias y flores bordadas y un sujetador a juego. Puede parecer menos sexy que un tanga, pero me consta que es un conjunto sensual, a la vez que cómodo. Casi sonrío por la decepción que pinta la cara de mis primos y mis hermanos. Los cabrones seguro que estaban deseando que me paseara por el camping con un tanga rojo.

—Eso no vale —se queja mi hermana—. Dijimos «tanga».

—Con esto se ve la misma piel que con un tanga, Mérida. No seas antigua.

Ella tuerce el gesto, pero acaba admitiendo que es cierto. Las flores tapan los puntos más estratégicos y las transparencias dejan mucho a la vista.

—Bien, la procesión empieza aquí. Tienes que pasearte por todas las calles principales del camping y, para asegurarnos de que cumples, vamos a acompañarte —explica Lars.

Suelto una carcajada. Está claro que los mamones solo quieren ser partícipes de mi paseíllo de la vergüenza, como lo llamarían algunos. Yo, en cambio, les pido que me canten algo. Ellos se animan; no todos, porque mi padre y mi hermano se han quedado en el césped con cara de horror, pero mi madre se arranca con uno de los grandes éxitos de Camela. Que podía haber escogido otra canción, pensarás, pero es que entonces no podríamos pasar a la Historia como una de las familias más zumbadas del mundo.

Los huéspedes del camping, ansiosos de diversión y algo que contar, me jalean, y yo saludo y lanzo besos como una reina en el desfile del día nacional de mi país. Muevo el culo y doy vueltas mientras mi familia se ríe y escandaliza a partes iguales.

Cuando todo acaba y vuelvo al banco de piedra, el propio Fran Acosta, dueño principal del camping, me da una cerveza y la promesa de entregarme un diploma por valiente antes de que nos vayamos. Es otra de las cosas geniales de Fran. Va concediendo diplomas en nombre del camping a la gente que participa en los juegos, concursos y demás. Las apuestas familiares no deberían entrar, pero somos amigos, así que, con los años, empezó a hacer excepciones, y ahora más de uno en la familia lucimos orgullosos distintos títulos, que van desde el que peor baila La Macarena hasta este que va a darme a mí.

Pido un aplauso, porque nadie más lo hace, y cuando acabo de saludar a mi público y me alzo, veo a Adam acercarse hacia donde está la familia, que lo recibe con los brazos abiertos y distintas muestras de cariño. Luego se aproxima a mí, que estoy comiendo una brocheta de chucherías para complementar mi botellín de cerveza.

—Bonito conjunto. —Vuelve un poco la cabeza y me mira de arriba abajo.

Lejos de avergonzarme, me levanto, sonrío y doy una vuelta completa para que me observe a conciencia.

—¿Verdad? No todo el mundo puede lucir algo como esto con dignidad.

—Desde luego. Y, aun así, ¿a cuánta gente has convencido de que se compre uno igual?

La risa se me corta en seco. No puedo evitarlo, y él se da cuenta, así que, aunque intento recomponerme, no sirve de mucho.

—¿Has decidido seguirme toda la noche por el camping?

—No, venía a saludar a tu familia y a felicitarte por tu paseíllo, pero ahora que sé que te pasa algo, es posible que sí decida seguirte un poco.

—No me pasa nada, y te prohíbo seguirme.

—Sí te pasa, y tú a mí no me prohíbes nada. Eso déjalo para tus lameculos.

—Adam...

—Victoria, no me des órdenes. Sabes de sobra que conmigo no puedes.

—Yo no estaría tan seguro —siseo—. Ni se te ocurra joderme las vacaciones, Lendbeck.

—Lo mismo te digo, Corleone.

La tensión es tan palpable que, cuando su gemelo hace acto de presencia, lo agradezco en el alma y me lanzo hacia él en una carrera sin frenos que acaba conmigo enganchada a sus caderas y con él perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo.

—Joder, cómo me suena ese movimiento —dice mi padre desde un lateral.

—Vaya mierda de reflejos, Ethan —protesto—. ¿Y tú te haces llamar bailarín profesional?

—Las bragas transparentes me han despistado —se justifica antes de echarse a reír.

—No te pases, niño. Y tú, levanta de ahí y vístete de nuevo. —El tono de mi padre es tan grave que procuro no reírme.

—Deja que la niña luzca cuerpazo. Ya tendrá tiempo de taparse cuando se le caigan las tetas. —Esa es mi madre, que de diplomacia anda justita.

—Pues tú las tienes caídas y no te tapas una mierda —interviene Álex, su hermano.

A continuación, la familia se enzarza en una discusión acerca de lo descarada que es mi madre y lo culpable que debería sentirse por haber educado a alguien tan desvergonzada como yo. Mis hermanas se parten de risa y Edu intenta dar un sorbo a una cerveza a escondidas aprovechando la situación. Mientras tanto, yo me pongo el pantalón y la camiseta y vuelvo a abrazar a Ethan.

—¿Cómo estás? —pregunto con una gran sonrisa.

—No tan bien como tú. ¿Crees que hay alguna posibilidad de que nos revolquemos juntos en alguna parte antes de acabar las vacaciones?

Suelto una carcajada. Acaricio su torso desnudo con la yema de los dedos y me muerdo el labio con sensualidad impostada.

—Demasiado pan para tan pocos dientes, cariño.

—Por ti me compraría una dentadura postiza, nena.

La risa vuelve a brotar de mi pecho y él me imita, porque los dos sabemos que la tensión sexual entre nosotros es inexistente, pese a que me embobe a menudo con sus movimientos, incluso cuando camina. Será su profesión, ya que es bailarín y coreógrafo. No lo sé, solo sé que, cuando lo veo moverse, no puedo evitar fijarme en la cadencia de su cuerpo. Me consta que el resto de las féminas de mi familia piensan como yo.

—¿Estáis todos aquí, entonces? —digo.

Me interesa de verdad la respuesta, porque me consta que les resulta muy complicado unirse debido a que son muchísimos en la familia. De eso entiendo bastante, la verdad.

—Sí, después del último susto con mi abuelo, queremos estar juntos unos días.

—¿Está todo bien con él?

—Tuvo un derrame. ¿No te enteraste?

Me siento mal en el acto. Estoy segura de que mi familia está al tanto. ¿Por qué no me dijeron nada?

«Quizá porque has estado más pendiente de ti misma que del resto del mundo desde... Ni siquiera recuerdo desde cuándo.»

Me encantaría acallar a mi conciencia, pero es difícil, porque tiene razón. He estado tan inmersa en mi propia vida que he olvidado preocuparme por los demás. Puede que me interesara por los más cercanos, pero hay mucha gente a la que quiero y a la que he ignorado de mala manera. Trago saliva. Ethan, que se da cuenta de mi incomodidad, me abraza y palmea mi costado con cariño.

—Todos estamos liados, nena, no te preocupes.

—Lo siento mucho. ¿Está bien?

—Sí, sí. Fue solo un susto, y está claro que tiene que cuidarse, pero está bien. ¿Y tú? ¿Hasta cuándo te quedas?

—Todas las vacaciones. —Él arquea las cejas, incrédulo, y sonrío—. Sí, señor. Voy a disfrutar de mi familia como hace mucho que no lo hago.

—Me parece genial. Cuento contigo en más de un plan Acosta, entonces.

—Y yo contigo en más de un plan León.

—Corleone León, niña —apostilla mi padre desde un lateral.

Me echo a reír porque a mi padre siempre le ha picado que en la familia, a veces, nos hagamos llamar «los León». No es que quiera obviar su apellido, es que es una forma de englobarnos a la gran mayoría. Solo Adam tiene tendencia a llamarme por mi primer apellido. Claro que también es el único que me sigue llamando Victoria, y no Vic. Bueno, mis padres, cuando se cabrean, también lo hacen.

Y hablando del rey de Roma... Lo veo alejarse por el césped después de despedirse de la familia y frunzo el ceño, porque a mí no me ha dicho ni adiós.

—Tu gemelo sigue siendo el simpático de los dos, ¿eh? —le comento a Ethan, que se echa a reír y chasquea la lengua.

—Él se ha quedado el papel de reservado y misterioso y a mí me ha tocado el de simpático y sexy. También soy el más guapo.

—Evidentemente —convengo con recochineo—. Que vuestra cara sea un calco es lo de menos.

—Tú mejor que nadie deberías saber lo que jode que alguien no reconozca la esencia individual de cada uno de nosotros, aunque seamos gemelos. Además, yo tengo más tatuajes.

—Eso te lo concedo. Y, aun así, te queda mucho camino para parecerte a tu padre. Por cierto, quiero hablar con él. Estoy dándole vueltas a algo... especial.

—Si es una locura, cuenta con él —asume riéndose—. Ha salido con mi madre a cenar, pero mañana estará por aquí. ¿Nos vemos?

—Hecho. Cuídate, Eth.

—Lo mismo digo, chica de pelo rosa. —Me guiña un ojo y acaricia las puntas de mi melena—. Me gusta.

Se aleja con paso lento y oigo un suspiro a mi lado. Me vuelvo y veo a mi prima Valentina mordiéndose el labio inferior y mirándolo con una cara de vicio tremenda.

—Si no supiera que luego vamos a arrepentirnos, ya habría logrado que cayera. Está para hacerle de todo, el mamón.

—¡Elizabeth! ¡Oye las cosas que dice tu hija! —exclama mi tío, o sea, su padre, horrorizado.

Mi prima y yo nos partimos de risa mientras él se queja de la mala boca de su hija. Mi tía intenta calmarlo. El pobre lleva fatal eso de que su niña haya crecido y tenga vida sexual. Bueno, yo creo que eso es algo que llevan mal todos los padr

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